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Flores de papel para Prokofiev

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Miércoles 20 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Egils Silins (bajo-barítono), Olesya Petrova (mezzo), Andrejs Žagars (narrador), Coro de la FPA (director: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). S. Prokofiev: Iván El terrible, op. 116 (Cantata para narrador, mezzosoprano y bajo barítono sollistas, gran coro de voces mixtas y orquesta sinfónica, adaptación como cantata de A. Stasevich.

Importante reseñar que la versión escuchada de este Iván «El terrible» es la que suele representarse con 25 números (no nos faltaron cinco sino que algunos llevan A y B en la numeración) pero que es la adaptación como oratorio o cantata de la música para la película del mismo título de Sergei Eisenstein para la que el otro Sergei, Prokofiev compone una partitura que dista bastante de la que se ofrece en los escenarios. La historia de esta adaptación hay que achacársela al régimen ruso, pues las tres partes con las que tenía que contar la película nunca llegaron a completarse al no estar de acuerdo  Pepe Stalin con la visión que el Sergei cineasta ofrecía del Zar Iván IV Vasilievich, debiendo esperar la muerte del Sergei compositor acaecida en Moscú, 5 de marzo de 1953, el mismo día en que se dio a conocer la muerte de Stalin, para quien confiscaron todas las flores naturales y fueron de papel las destinadas a Prokofiev) para completar esta adaptación que no se estrenaría hasta 1958.
Y así también me parece triste traer a un cantante como Silins para cantar apenas dos minutos el papel de Fiódor (nº 18) con el coro, imponente por supuesto, pero dejando el Iván para Žagars que además de narrador, naturalmente en ruso a pesar de que Michael Lankester la tradujo al inglés y fue quien le dio el gran protagonismo al narrador (pero hoy no era plan de poner los textos en cirílico y contamos con todas las traducciones al español de los textos de Vladimir Lugovskoy en el programa de mano) que también recitó el papel del verdadero protagonista.
Del original «fílmico» se han quitado números con lo que debería figurar en letras grandes el adaptador para evitar malentendidos y no tener que leerse las notas de Guillermo Martínez para enterarnos de la «versión». Es como el infausto «Mesías de Goossens» o las orquestaciones de Stokovski, cuyo nombre figura al lado del compositor. Tampoco escuchamos el previsto estreno del periodista y compositor luarqués Guillermo García Alcalde, que por otra parte y tras lo visto, no debía encajar con esta cantata de Prokofiev-Stasevich.

De la hora y cuarto el verdadero protagonista de esta inmensa cantata rusa fue el Coro de la Fundación que dirige mi admirado José Esteban García Miranda, en número adecuado para tan magna obra, con cuerdas muy compensadas y donde los bajos sin ser rusos cumplieron con solvencia. Ideales las intervenciones a capella tanto de las voces blancas como las graves, sobre todo en el número 13A La estepa Tártara, difícil a boca cerrada pero presente, lleno de matices, seguro, por momentos pletórico y bien concertado por un Conti muy atento a todas las dinámicas. Convincentes en ¡Larga vida al zar! (nº 6B), uniendo lirismo y expresión en El cisne y la Celebración (nº 8, 8B y 8A), y así en cada todas y cada una de las intervenciones hasta el impactante coro final. Esta temporada han tenido verdaderos retos sinfónicos manteniendo siempre el tipo para concluir con esta magna obra sin importarles la dificultad del ruso para volver a convencer de su excelente momento y el esfuerzo de una formación amateur pero de nivel profesional en la línea de nuestros vecinos donostiarras.

La Oviedo Filarmonía sigue dándonos alegrías fuera del foso, y aunque la plantilla exigida por Prokofiev pediría más cuerda, lo cierto es que el esfuerzo de la misma por compensar volúmenes con el resto unido al magnífico trabajo desde el podio del director titular por mantener el balance idóneo, permitió disfrutar tanto de las partes instrumentales como de las solistas y corales.

La mezzo moscovita Olesya Petrova me dejó gratamente impresionado con su calidad y graves poderosos sin perder color, con una emisión presente incluso con el coro en Mar océano (nº 3) merced a su perfecta proyección, y en la hermosa Canción de cuna de Efrosinia (nº 15). Del bajo barítono Egils Silins lo apuntado, lástima el esfuerzo económico que debe suponer traer una figura como él para tan poco papel. Y del narrador supongo que como protagonista debería ser el triunfador, leyendo la traducción de lo que contaba si resultaba creíble pero mi ruso es más bien de filete. Pasar de narrador a Iván sólo el texto nos lo aclaraba y no había cambios de color ni inflexiones de voz para percatarse el «doble papel». Me consta que ha habido representaciones con narrador y texto en español que pese a perder «originalidad» hubieran servido para acercar más esta obra donde la ausencia de la película nunca puede suplirse con la narración, y eso que los músicos dieron todo lo mejor para olvidarnos del blanco y negro en pantalla, con Conti dirigiendo una multicolor recreación sonora de este terrible Iván IV Vasilievich, zar de zares.
Sirvan estas letras sin papel como las flores, para recordar a Sergei Prokofiev que nacía un 23 de abril de 1891, ya que su muerte quedó eclipsada por la del dictador, pero su música sigue ofreciéndonos lo mejor de la tradición del pueblo ruso, con Tchaikovski o Rimski-Korshakov entre los precedentes y en cierto modo «homenajeados» en este Iván terriblemente musical.

Poker de eMes: Milán, Mozart, Mahler… ¡y Myung!

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Sábado 16 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Filarmónica della Scala de Milán, Myung-whun Chung (director). Obras de Mozart y Mahler.

La orquesta fundada por Abbado en 1982 volvía al auditorio ovetense este sábado de abril lluvioso tras los anteriores conciertos del 31 de mayo de 2011 con Semyon Bychkov (apuntando ya como mahleriana con una sexta en el recuerdo) y del 31 de mayo de 2015 con Daniel Harding (en programa más «italiano»). El maestro Myung-whun Chung ya nos visitó con la Orquesta Philharmonique de Radio France, el 19 de marzo de 2012, pero este 16 de abril de 2016 que quiero remarcar, confluían la formación milanesa -en una larga tournée europea con Oviedo como única parada española- y el director de Seúl con un programa que tendría muchas «M» como protagonista, uniendo localidad, nombre y compositores con «Maravillosa», un concierto para recordar a partir de una orquesta perfecta en todas las secciones, de sonido preciosista y claro en todas las dinámicas, pero sobre todo con la Maestría de un Myung-whun Chung que domina todos los detalles de las partituras y sabe sacar a flote lo que considera realzable sin olvidar que todo es importante, con un estilo tal vez austero a la vista pero efectivo en todo momento, aumentando el gesto lo preciso y como los grandes, siempre adelantándose lo justo (como debe ser siempre) para que la orquesta responda sin titubear. Como su maestro Giulini, Chung conoce la necesidad de cada músico de sentirse el protagonista y a ellos cedió los innumerables aplausos, incluso sentándose en las rodillas del concertino cuando la orquesta quedó rendida a su magisterio, convenciéndoles para levantarse y ocupar la silla de Francesco De Angelis. Grandeza de director genial, sencillo, nada divo, cercano y amable (tuve el honor de estrechar su mano cuando se dirigía al coche que le llevaría al hotel nada más finalizar el concierto) que seguirá dando muchas alegrías a la interpretación musical.

La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 (Mozart) sonó impecable, perfecta, milimétrica en todo, sin necesidad de criterios históricos porque cuando hay calidad degustamos la globalidad sin más. Hay referencias grabadas para todos los gustos y tengo muchas en diferentes soportes, pero la escuchada por la orquesta milanesa con el surcoreano al frente no tiene nada que envidiarles. El Molto allegro sin complejos por el tempo, virtuoso para poder escucharse todo lo escrito por el genio de Salzburgo, degustar la forma sonata bitemática con claridad de ideas y planos sonoros perfectos. El Andante como debe ser, tranquilo, cuerda sedosa de graves poderosos y presentes, viento orgánico tanto en la el metal -versión primigenia sin trompetas ni timbales- como la madera, planos protagonistas de una sutileza encominable para escuchar cada contestación elevando la cuerda desde la madera con una gama dinámica y una pulsación mantenida sin apenas rubato y así alcanzar el equilibrio clásico en su estado puro. El Menuetto: Trío atacado con brío, los pocos momentos donde el Maestro Chung parece salir de su estado natural, la cuerda sonando por cada familia manteniendo unidad: violas a la derecha permutadas con los chelos, madera impecable, nueva gama de matices para unos colores cual galería de pinacoteca musical, todas las notas precisas y claras, trompas en empaste bucólico por lo pastoriles, manteniéndose la pulsión exacta sin manierismos pese a las hemiolias que resultan naturales a más no poder. Y aún quedaba el Allegro assai para corroborar una interpretación mozartiana de excelencia. nueva apuesta por arriesgar con la velocidad sabedores del resultado deseado, sin perderse ni una nota, el balance ideal y pequeños momentos de recreo casi marcados por las intervenciones solistas con la libertad necesaria para moldear las melodías manteniendo una personalidad global. Los acentos y amplia gama dinámica eran un placer observarlos mirando directamente al podio: batuta implacable, mano izquierda impecable, verticalidad apenas perdida en los cambios de tema o preparando cada matiz, para redondear una «cuarenta de Mozart» de manual, inmejorable en la actualidad.

Mis amigos y seguidores conocen mi debilidad por Mahler, y tras el altísimo nivel de Mozart era previsible que la «Quinta» (y no hay ninguna mala) iba a ser para recordar mucho tiempo.
La Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (veranos de 1901 y 1902, estrenada en Colonia el 18 de octubre de 1904) sirvió para sacar todo el arsenal de los milaneses y afrontar con rigor además de sentimiento una obra de la que el propio compositor dijo: “¡Ojalá mi sinfonía hubiera de estrenarse cincuenta años
después de mi muerte!”
como recoge mi admirado Ramón Sobrino en las notas al programa. Esta quinta sufrió revisiones posteriores y mantuvo su éxito en cada interpretación. La de Myung-whun Chung con la Filarmónica de la Scala de Milán en Oviedo resultó apoteósica y el tiempo de Mahler ha llegado antes de lo que él se imaginó, merced al coreano-americano que la lleva en su ADN. Nueve contrabajos para que hagan los cálculos de la enorme cuerda utilizada (completada con arpa más 4 flautas y
piccolos, 3 oboes, 3 clarinetes, 2 fagotes, contrafagot, 6 trompas, 4 trompetas, 3
trombones, tuba, timbales más cuatro percusionistas), y todas las virtudes disfrutadas en la primera parte.

La trompeta arrancó la Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt, marcha fúnebre continuada por una cuerda de terciopelo, sentimientos musicales llenos de belleza, paso lento roto por referencias a los lieder que el propio Gustav utilizará tantas veces, el torbellino de luz y sonido de cada sección orquestal, agitación y coral universal en un primer bloque de dos movimientos con protagonismo compartido por todos desde la excelencia de los primeros atriles y hasta de una tuba clara en fraseo además de emisión y afinación virtuosística, con Chung atento preparando cada giro de la partitura. Imposible desgranar tantos momentos delicados e intervenciones porque el conjunto lo hacía aún mejor que los detalles aislados pese a ser muchos pero el Stürmisch bewegt. Mit größter Vehemenz («Turbulento (con gran violencia») puso en lo alto la capacidad sonora completada con el lirismo de una cuerda en estado de gracia y una madera diría que estratosférica para cerrar este primer bloque de dos movimientos cual ideal vital de un Mahler pletórico en ese momento, lo que se transmite con la escucha de este segundo movimiento.
Una «pausa» bien marcada desde el podio dio paso al Scherzo. Kräftig, nicht zu schnell central, segundo bloque de la obra, donde pudimos disfrutar los solos del ovetense Jorge Monte De Fez, un placer de sonido redondo, rico en matices y armónicos desde una afinación perfecta. Este movimiento une ländler y vals vienés que pocos directores son capaces de transmitir pero que el tándem «M» llevó con solvencia y lleno de evocaciones alpinas, campesinas
y urbanas de la Viena todopoderosa. Toda la inquietud que refleja queda perfectamente subrayada por una instrumentación única donde trompetas con sordina y clarinetes se ensamblan en sonoridades propias desde una emisión muy trabajada, así como las otras cinco trompas, los detalles de la percusión, la cuerda siempre presente apoyando cuando no tomando la melodía, con unos pizzicatti casi de gigantesca mandolina remarcando las maderas y contestadas por las trompas, todo con una estructura polifónica para seguir disfrutando de la orquesta como ente propio y un Chung todopoderoso sin necesidad de ampulosidades.
La tercera parte no solo mantuvo toda la emoción sino que continuó creciendo, primero en el maravilloso cuarto movimiento del Adagietto. Sehr langsam que nos puso un nudo en la garganta disfrutando del arpa y la sección de cuerda como nunca, pulsación lenta para recrearse en la corporeidad tímbrica del agudo al grave, delicadeza del primero al último compás que parece no llegar y ha hecho de este «Adagietto» la banda sonora de muchos momentos propios, belleza del dolor hecho música por alguien con una vida azarosa donde la felicidad duró poco pero cuya declaración de amor hacia Alma resultó desde entonces eterna. Hacía tiempo que el silencio en la sala no era tan unánime y hasta se podía cortar con los arcos de una orquesta plegada a un director como ninguna.
El Rondo-Finale. Allegro consiguió alcanzar el cenit interpretativo tras un ascenso sin tregua en la gama emotiva, a través de un fugado trufado de sobresaltos donde el «sherpa» Chung hizo de las dificultades fortaleza sin caer en trampas y escuchando fácilmente todo el camino diseñado por Mahler. No tengo palabras suficientes para transmitir lo sentido en esta hora larga de música, si un movimiento parecía bueno, el siguiente todavía mejor. Tras la hondura del lento, la alegría final presentada primero por las trompas y después la madera siguió engordando con la cuerda, el empuje que hacía sencillo superar lo que quedaba, calidades en sana disputa y la complicidad desde la batuta aupada en el podio de terciopelo granate, como los colores milaneses, cantando los lieder tan inspiradores de Mahler en una sinfonía sin voz pero con todo el lirismo de la música absoluta despojada de lo humano para elevarlo a universal.

La Filarmonica della Scala resultó la orquesta ideal para Mahler y esta «Quinta» por calidad en todos sus efectivos, ductilidad y sobre todo por el toque diferenciador que puso el maestro Myung-whun Chung que se siente cómodo con los dos «vieneses de adopción», el de Salzburgo y el bohemio director de la ópera al que la vida no se lo puso fácil. Me faltó la tertulia tras el concierto, pero estoy convencido que para muchos de los presentes venidos incluso de fuera y llenando el auditorio, este concierto lo recordarán mucho tiempo. El director nacido el 22 de enero de 1952 está en plenitud de forma para afrontar la integral de cualquiera de los grandes compositores de la historia, y no me importaría que Mahler fuera uno de ellos, pues donde lo interpreta hace crecer aún más esa orquesta, y la milanesa lo corroboró este sábado donde la climatología ayudó a revolver sentimientos íntimos con la música escuchada.

Atalaya sevillana en Oviedo

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Jueves 14 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: III Primavera Barroca: «En torno a Pedro Rabassa. Trauermusik en el s. XVIII«. Orquesta Barroca de Sevilla (OBS), Enrico Onofri (concertino y director), Julia Doyle (soprano). Obras de Basset, Rabassa, Ripa, Arquimbau y Haydn. En colaboración con el CNDM (Circuitos). Abono combinado: 58,50 €.
La catedral sevillana como tantas otras, atesora partituras que están saliendo a la luz con el apoyo de organismos públicos y el enorme trabajo de músicos que están recuperando el patrimonio musical, y en ello se encuentra la OBS con Onofri al frente además de la Junta de Andalucía, sus universidades y el CNDM, que hace honor a su nombre de difusor musical de lo nuestro.

Pudimos disfutar este jueves primaveral de las obras de varios maestros de la seo hispalense, además cronológicamente: el poco conocido Vicente Basset (ca. 1748-1762) que fuera primer violinista de la Orquesta del Real Coliseo del Buen Retiro en Madrid según los estudios y recuperación del musicólogo Raúl Angulo Díaz (publicados por la Fundación Gustavo Bueno) y que abría cada una de las partes (cambiando el orden programado que he retocado para dejarlo aquí tal como fue) con dos «aperturas», el barcelonés Pere Rabassa (1683-1767), el aragonés Antonio Ripa (1718-1795) y el gerundense Domingo Arquimbau (1760-1829), con músicas litúrgicas, paralitúrgicas e instrumentales.

La OBS (cuyo director artístico es el violinista vizcaíno Pedro Gandía Martín) en formación ideal para este repertorio, respetando los criterios llamados historicistas, con un Enrico Onofri que toca además de dirigir, estuvo bien balanceada en volumen, adecuado a la acústica de la sala de cámara del auditorio, con plantilla equilibrada en cada sección y un clave (órgano en la tercera obra) a cargo de Alejandro Casal que mantuvo la presencia con elegancia y acierto en los ornamentos para completar una tímbrica rica en matices y tiempos. La incorporación de las parejas de oboes y trompas naturales para la sinfonía de Haydn con las anotaciones de Arquimbau, corroboró el buen momento de esta formación española afrontando repertorios bien elegidos. Lástima los problemas de afinación causados por el cambio brusco de Madrid a Oviedo que afecta a los instrumentos de cuerda, como bien explicó el Maestro Onofri, obligado en cada obra a recuperar el diapasón, pero que no empañó la calidad global de la orquesta sevillana.

Capítulo aparte la soprano inglesa Julia Doyle, especialista en repertorio renacentista y barroco, que me agradó por color vocal, limpieza en las agilidades, emisión idónea y registros homogéneos, de gran matización y expresividad unida a una correcta articulación y pronunciación tanto del castellano como del latín, naturalidad y espontaneidad para adecuarse al estilo de Rabassa y Ripa cercanos al clasicismo pero aún con el regusto barroco religioso a la moda española del momento.

Buenos inicios los de Basset, la Obertura para cuerdas y continuo, Bas-4 en tres movimientos con un impetuoso Allegro assai inicial, intermedio Andante casi lento y el Minuet plenamente danzable, más la Apertura a più stromenti de violin y violongelo obligatto, Bas-8 igualmente tripartita y barroca en escritura, ambas adquiridas por la Biblioteca Nacional de España, obras compuestas en 1740 que nos amplían horizontes para aparcar un poco el llamado «repertorio» apostando por educar y mostrar al amplio público aficionado al barroco otras obras que en nada desmerecen a las más programados y grabadas, pues queda mucho por descubrir y degustar. Música agradecida de escuchar que recupera terreno frente a la sinfónica probablemente por la inmediatez y frescura, más ejecutándola con criterios serios y de calidad como el de la OBS.

Las obras vocales de Pedro Rabassa conjugan igualmente el lenguaje del XVIII, la transición entre épocas y estilos con los instrumentos capaces de olvidar los textos para funcionar independientes, pero magistralmente tratados cuando la voz es protagonista, el instrumento que canta contestado cantando por los que no tienen voz, desde el villancico Corred, corred, pastores que Doyle repitió como regalo final, hasta el Laudate Dominum o la Lamentación 3ª Iod. Manum suam, melodías cantables desde la religiosidad con la orquesta tejiendo un acompañamiento que por momentos completaba la intencionalidad del latín como si de un órgano de cuerda se tratase. Y todavía más en la inédita Vau, Lamentación 2ª de Ripa, formas en voga desde tiempos inmemoriales que el maestro de Tarazona eleva a la máxima expresión, con una Julia Doyle perfecta solista engrandeciendo esta partitura recuperada.

La Sinfonía nº 44 en mi menor ‘Trauer’ (Fúnebre), Hob. I/44 (Haydn), copia de la catedral de Sevilla (1772) con indicaciones del maestro Arquimbau fue el complemento ideal a un programa bien planificado estilística y cronológicamente, demostrando que en España conocíamos de primera mano las novedades vienesas aunque todavía siguiésemos «debiendo barroco» pese a los avances de estos maestros de capilla cuyas obligaciones laborales no les permitían componer como ellos hubiesen querido. Bien traído el título del programa como «Trauermusik» a raíz de esta sinfonía, música fúnebre pero nada trágica, grande por el espíritu religioso subyacente (incluso en el villancico) y enorme escuchando a la OBS con esta sinfonía en cuatro movimientos del padre de la forma orquestal por excelencia desde entonces, papá Haydn cuya herencia seguirían las figuras del sinfonismo a partir del «Sturm und Drang» del vienés. Un placer y gozo de concierto que tuvo una excelente entrada y un público entregado a estos programas que nos descubren joyas de casa, en casa y con músicos de casa, como el siguiente del ciclo con Forma Antiqva (domingo 24 a las 19:00 horas). La primavera es barroca en Oviedo aunque «Sevilla tiene un color especial» y en plena Feria de Abril.

Kožená con Cetra, todo un espectáculo

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Lunes 14 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Magdalena Kožená (mezzo), La Cetra Barockorchester Basel, Andrea Marcon (director). Obras de: M. Ucellini, Monteverdi, Merula, Marko Ivanović, Castello, Berio y Marini.

Las grandes voces femeninas pierden su nombre para añadir el artículo al apellido dando ese toque de inimitable y única con el que todos las conocemos. A Oviedo llegaba “La Kožená”, una mezzo nacida en Brno (1973) que enamora desde la primera vez que la oyes cantar, por su voz cálida, pasional, llena de matices infinitos, dicción perfecta, emisión ideal pero sobre todo una presencia y escena capaces de introducirnos en ella e imaginarnos todo el entorno sólo escuchándola, la magia que siempre alcanza esta mujer hoy de rojo en la primera parte, que siente y nos hace sentir a Claudio Monteverdi (1567-1643) como pocas.
Pero el verdadero ropaje no lo pusieron Daniela Flejšarová ni Kateřina Štefková, que también, sino el maestro italiano Andrea Marcon, verdadero modisto o diseñador de la música tanto instrumental como acompañante vocal, cortada a medida por sus alumnos de La Cetra de Basilea, ocho músicos perfectamente ensamblados y sin tacha, desde una interpretación historicista que hoy consideramos «normal» gracias entre otros a nuestro recién llorado Harnoncourt: un par de violines, una viola que alternó con la flauta dulce piccolo, y un continuo donde además de la viola de gamba y el violón, teníamos un laúd alternando con la guitarra barroca, solo en la primera parte, más una tiorba y un segundo clave complemento del maestro. Obras del barroco temprano alrededor del verdadero eje monteverdiano con algún guiño asombroso como era de esperar en un espectáculo único.

Ellos fueron los encargados de entrar a escena con el Aria Quinta sopra la Bergamasca a tre, de «Sonate,
arie e correnti, op. 3» (1642) de Marco Ucellini (1603-1680) antes de la aparición de una Ottavia de rojo pasión y zapato plateado con altura de vértigo, «L’incoronazaione di Poppea» con el aria Disprezzata Regina que “La Kožená” transmitió desde el desgarro de la abandonada emperatriz, un lujo que iría en aumento en el Addio Roma! Addio Patria! Amici Addio! del tercer acto, con un puente instrumental de Tarquinio Merula (1595-1665) encajado a la perfección, la Sonata XXIV, Ballo detto Pollicio de «Canzoni overo sonate conertante per chiesa e camera, op. 12» (1637), esa despedida trágica, con la voz entrecortada sabedora de la muerte, registro dramático desde la grandeza escénica.

Y es que “La Kožená” es capaz de cantar Monteverdi vestida de rojo puro barroco y (re)vestirlo como si su compatriota Marko Ivanović (1976) diseñase manteniendo el taller y la tela, darle la vuelta sin perder ni un ápice desde otra hechura y parecer otro. Arianna has a problem es un encargo de la propia mezzo precisamentre para este programa, un nuevo personaje femenino de abandonada, la Ariadna partiendo del doloroso Lasciatemi morire (con texto de Ottavio Rinuccini) en el que el director de escena -en la segunda parte- Ondřej Havelka inserta sus propios textos, haciendo interactuar a la protagonista con el público, acusándole de no comprenderla en su tragedia por el traidor Teseo, bajando a las butacas, sacando la escena a la escena como el genial Woody Allen en «La rosa púrpura del Cairo» (1985), fractura de tiempo y espacio, el paso del blanco y negro al color, atravesar la pantalla para convivir, o revivir la vida con los fieles seguidores, actual con la duda de volver, sentir y sufrir en uno u otro lado de la (ir)realidad.
Tras el guiño, vuelta de los jóvenes intérpretes a los barrocos jóvenes, eternamente actuales, en el tercer número instrumental, de Dario Castello (1590-1658) y su Sonata XV a quattro de «Sonate concertate in stil
moderno, libro secondo» (1629), moderno entonces, asimilado ahora y con la misma frescura «cetrina».

Solo una diva es capaz de organizar un programa donde los músicos se sientan entre el público y en solitario «marcarse» Sequenza III, para voz femenina, con poema de Markus Kutter (1966), como si fuesen igual 50 que 500 años, porque Luciano Berio (1925-2003) sigue sonando vanguardista y rompedor, más dentro de un quasi monográfico Monteverdi que “La Kožená” interpretó de forma magistral, precisamente ubicado como cierre carnal, impactante y manteniendo expectante a todo el auditorio, provocando, asombrando, jugando con todo en una camaleónica versión donde su voz no perdió compostura ni brillo, cómplice el tiorbista Daniele Caminiti, portazo y susto incluido, en un alarde de dramaturgia. Merece la pena leerse las notas al programa de María Sanhuesa «Mujeres fuertes: mujeres solas» relatando los distintos abandonos tan estructurados como el propio programa, como solo una mujer puede entender y explicar.

Dramaturga y taumaturga se volvió Magdalena Kožená en la segunda parte. Se reorganiza la escena con «La Cetra» a la derecha casi en penumbra, atriles con leds, y una tarima donde solo vemos dos galeas o cascos con penachos diferenciados, como los dos personajes. Suena Biagio Marini (1594-1663) cual obertura en su Passacaglio a quattro de «Per ogni sorte di strumento
musicale diversi generi di sonate, da chiesa, e da camera
op. 22» (1629), muy bien traído antes de la aparición de la checa vestida de romano para representar tres personajes en uno, Il combattimento di Tancredi e Clorinda de «Madrigali
guerrieri ed amorosi…» Libro octavo (1638) del genial Monteverdi, no ya madrigales como hasta entonces sino teatralizarlos realmente, dramatizarlos y crear una mezcla de oratorio y ópera, aparecen dos espadas, del cruzado Tancredi a la amazona Clorinda que piensa guerrero, y el propio narrador, el engaño de la travestida para medirse ambos en armas, canto increíble, diferenciado, natural, con una gama de matices desde una técnica asombrosa, de emisión dulce y clara, todo con una arrolladora personalidad de la checa, el ímpetu de Tancredi siguiendo a Clorinda, la noche y la evocación, fama y gloria resplandecientes, el acero destellando y el pie firme, las ofensas empujando la venganza, fiereza, embestidas… y así la narración que nos convence de los dos personajes moviéndose con las luces mínimas de Lukáš Pondělíček, las candelas creando sombras y tensiones, la sangre cinta roja manando de la dorada ócrea sobre la blanca túnica, la luz que emana de una «cetra» convertida en regio cetro, reina despreciada y abandonada del principio transmutada triplemente en sí misma, narrando y sintiendo por dos. Arrolladora “La Kožená”, convenciéndonos de esta locura desde su propio convencimiento, haciéndonos ver lo invisible, el casco en copa cual grial, el arroyo murmurante, la mano temblorosa, juego de roles y voces como solo ella sabe y puede, el aplomo y dominio escénico desde la madurez vocal y vital. Marcon el maestro, el especialista, el músico completo, discreto desde la sabiduría, dejando fluir la música de sus alumnos vistiendo la voz para ese final que abre el Cielo, curiosamente apagándose voz, luz y música. Casi tres cuartos de hora en este triduo mitológico, la magia del tres como eje perfecto.

Adelantar la caja acústica para el espectáculo fue todo un acierto ayudando no ya la propia sonoridad del «consort» con la mezzo sino por la cercanía ideal, más si cabe para esta escenificación que en un espacio más reducido aún nos hubiese conmovido hasta límites insospechados.
Un auténtico placer Magdalena Kožená, una voz de las que escasean hoy en día y una artista integral, con una propina que no podía ser más que de Monteverdi, Sì dolce é ‘l tormento, totalmente dulce y nada tormentoso, porque el «padre de la ópera» experimentó en los madrigales todo el poder expresivo de la palabra con la música a su servicio, «La Cetra» primorosa desde la cuerda pulsada a la frotada y percutida, puente renacentista al barroco que sigue tendido y manteniendo cada vez más actual este periodo de nuestra historia.

Festival de talento

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Viernes 11 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 8 OSPA, Jaime Martín (director). Obras de Dvorak y Bartók.

Tras «nuestra» escapada bilbaína la OSPA y manteniendo colocación como en el Euskalduna, volvía a su sede ovetense con un director español en constante crecimiento, Jaime Martín (Santander, 1965), actual titular de la Orquesta de Cadaqués, quien en una entrevista al diario La Nueva España (la dejo casi íntegra al final, en su versión papel) decía: «Una orquesta es un festival de talento» y quiero tomar este titular también para mi entrada del blog.

Todas las virtudes que llevo tiempo destacando de la orquesta asturiana, este octavo de abono se han multiplicado porque al fin la batuta cántabra dio la necesaria seguridad, confianza, serenidad, ilusión por el trabajo bien hecho y sobre todo una honestidad con las obras elegidas que los músicos transmiten.

Las Danzas eslavas, op. 46 (1878) de A. Dvorak (1841-1904) suelen interpretarse sueltas y no en su totalidad como pudimos disfrutarlas este viernes, ni en versión original para piano a cuatro manos ni la orquestal, algo que parte del público no pareció enterarse aplaudiendo indebidamente y haciendo romperse el hechizo de la continuidad de ocho danzas en distintas tonalidades, ritmos y tiempos con un empuje contagioso lógico en una música de baile con inspiración folklórica pero a base de melodías propias que no tienen porqué ser herederas de las húngaras de Brahms. Maravillosa cada sección orquestal y cada intervención solista, dinámicas amplias perfectamente marcadas por el director santanderino, intensidades graduadas para deleite de todos, difícil quedarme con alguna aunque por comparar (aunque sea odioso) con la escuchada el pasado 24 de febrero la «Furiant» Danza nº 1 en Do mayor «Presto» hoy tuvo todo lo que entonces faltó: agilidad, bailable, empuje rítmico y claridad en las melodías, al igual que la última, tal vez la más conocida de todas. Estado de gracia para toda la orquesta y entendimiento total con el podio, plenitud para una integral que pone a prueba formaciones y batutas.

Aún más complejo de interpretar y dirigir que al checo Dvorak resulta el llamado Concierto para orquesta, Sz. 116, BB 123 (1942-1943) del húngaro Bela Bartók (1881-1945), puede que evitando llamarlo sinfonía no ya por sus cinco movimientos, aunque resulten como tales los impares e intermedios los pares, sino por unos contrastes más en la línea de los barrocos, también comentado por Asier Vallejo Ugarte en las notas al programa (enlazadas en los autores al principio).
La biografía de Bartok daría para una película y en sus última etapa neoyorkina parecía abocado al hundimiento total cuando surge este encargo de unos compatriotas que nos dejará una de las páginas orquestales más fastuosas y difíciles dentro del repertorio sinfónico, básicamente por el tratamiento concertante de las distintas secciones orquestales que la OSPA tiene en calidad superlativa como pudimos disfrutar por unanimidad los afortunados: el arranque de la cuerda y luego flautas de Introduzione – Andante non troppo presentó credenciales claras de lo que vendría después, el metal del Allegro vivace sonó virtuoso y claro en las secciones fugadas del desarrollo, con unas trompas en perfecto entendimiento desde hace muchos conciertos, unos trombones a los que llamo el cuerpo orgánico por no decir organístico, y las trompetas seguras y vibrantes, con una percusión mandando sin ensuciar; de la cuerda que enamora destacar su pasaje movidísimo del último movimiento perfecto por claridad, presencia e intensidad pero también destacable el segundo movimiento con todos los instrumentos alternando por parejas en pasajes brillantes sonando como uno solo, respiraciones, fraseo, matices idénticos como verdadera sana competición en mejorar el anterior y dotando de una continuidad marcada por el tambor con «mando Dalai en plaza» ese movimiento realmente de verdadero encaje de bolillos: fagots, oboes, trompetas, flautas… cada tema respirando aire popular desde el dominio instrumental plenamente académico, por no decir clásico del compositor húngaro. Hasta el Intermezzo interrotto, cita del «tema de la invasión» de la Séptima sinfonía de Shostakovich -popularísima en EE. UU.- como guiño de su fino humor húngaro, sonó aterciopelado en una OSPA a la que deseamos mantenga este nivel, con un Finale: Pesante – Presto para guardar y grabar cuando Radio Clásica lo emita dentro de unos meses. Si el viejo Bartók muestra mucha ironía con esta obra, Jaime Martín a quien la batuta le proporciona libertad, nos dejó un guiño de cómo alcanzar no ya magia sino una interpretación magnífica y de altura, fruto de la honestidad, el trabajo, el entendimiento y un saber mucho además de bien de su trabajo. Ha sido un excelente flautista y como director sigue creciendo, contando sus apariciones por triunfos, y el de este octavo de abono en Oviedo ha sido uno más. Esperamos vuelva pronto. En la entrevista citada cuenta muy claro la forma de entender su oficio: «… requiere colgar el ego de una percha. La gran cualidad de un músico de orquesta es la flexibilidad. Una orquesta es como una cometa y el director es el encargado de mantener el hilo. Cuando se hace así soy feliz, es un trabajo mágico». Magia y talento.

Casi para todos los públicos

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Miércoles 24 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, AVANTI: OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de L. Diéguez, R. Wagner, W. A. Mozart, P. I. Tchaikovsky, G. Mahler, L. van Beethoven, A. Dvorak, J S. Bach, E. Grieg, G. Bizet, B. Lauret y G. Giménez.

El público seguidor de la OSPA decidió dentro de una encuesta con 25 obras (como los 25 años que celebramos esta temporada) una docena dentro de lo que podríamos llamar, con perdón de RNE, «Clásicos populares» y así sonaron las obras que paso a citar, incidiendo en lo de sonar más que interpretar, pues como bien dijo el maestro titular, que hoy ejerció de «presentador» de cada una, es la orquesta de Asturias, capaz de afrontar cualquier repertorio, esta vez en un abanico de 300 años que no siempre lució como era de esperar.

Abríamos con nuestro Himno de Asturias en la orquestación oficial de Leoncio Diéguez, la misma que tantas veces ha sonado en este auditorio, aunque esta vez el coro fue público con los mismos problemas que los «profesionales» porque si no se dirige correctamente, todos cantan «a su aire». Pero sentirse protagonista por unos momentos siempre es de agradecer y hasta nos olvidamos de calidades prefiriendo cantidades.
El «Preludio» del Acto III de Lohengrin (R. Wagner) necesita, como diríamos coloquialmente, amarrar los caballos para que no se desboquen, siendo obra sutil que sonó brava porque los balances son necesarios ante una lucha siempre desigual entre las distintas familias orquestales, hoy además al completo.
La cuerda de la OSPA siempre ha sido como la seña de identidad y el primer movimiento, «Allegro» de la Pequeña serenata nocturna en sol mayor, K. 525 (Mozart) era para lucirse, aunque no hubo intención de sentir esta joya que resultó bisutería, de calidad pero lejos de lo esperado. Triste recordar que la música no es solo la partitura.

Los ballets de Tchaikovsky son filigranas para toda orquesta y la Suite nº 1, Op. 71a del Cascanueces una muestra de su maravilloso sentido melódico e instrumental, plagado de detalles muy sutiles, eligiendo tres (o cuatro) de sus danzas: la rusa, la árabe y la china. Al menos pudimos disfrutar de la calidad de nuestros solistas, principalmente la madera, aunque la necesaria conjunción quedó en pinceladas, que no brochazos, de una batuta nuevamente deslavazada que no imprime ni ritmo ni aire, dejando a los músicos que intenten además de sonar, sentir.
Puede que por esa necesidad de sentimiento, el famosísimo y cinematográfico«Adagietto» de la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (G. Mahler) con la cuerda con Miriam del Río al arpa nos dejó el mejor momento de la velada, esta vez más emoción que precisión, para unos músicos que parecen querer dejar clara su valía, con unas dinámicas al fin angustiosamente interpretadas.

Lástima que, como dice el refrán, «la alegría en casa del pobre dura poco» y Beethoven con su Sinfonía nº 6 en fa mayor, op. 68 «Pastoral» no corroboró el «hit» mahleriano. Pese a elegir los movimientos III y IV, la danza pastoril no resultó bucólica, a pesar de las trompas, faltó intención, aire y mando; la tormenta fue un chubasco, con poca claridad en los contrabajos que tronaron con los timbales.
No despejaron los nubarrones con el «Presto«de las Danzas eslavas, op. 46 nº 1 (Dvorak), borrosas, una Furiant nada ágil ni bailable y carente de un empuje rítmico que fue a borbotones y sin claridad en las melodías a pesar de los esfuerzos. Espero que en el próximo abono, de cámara, se resuelvan los problemas del «Avanti».

La grandiosidad de la famosa «Aria» de la Suite nº 3 en re mayor, BWV 1068 (Bach) permitió disfrutar de la cuerda pero sin criterio, ni historicista ni musical, fraseos sin sentido, volúmenes fuera de lugar, sin la pulsación barroca que requiere un movimiento tan cantable que se le denomina precisamente aria.

Otro refrán dice «de perdidos, al río» porque el cuarto número «En la cueva del rey de la montaña» de la conocidísima Suite nº 1, op. 46 de Peer Gynt (Grieg) nos dejó literalmente dentro de la oscuridad absoluta y nada platónica, cierto que los solistas intentaron poner un poco de luz pero el largo y progresivo acelerando sólo sirvió para llenar de barro, tras la tormenta pastoral o los traspiés eslavos, una obra donde los matices olvidados borraron la melodía principal en un final de fuego prehistórico.
Del ímpetu y colorido que tiene el «Preludio» de Carmen (Bizet) nos quedamos con lo primero porque más que de inspiración española me resultó griega (por las ruinas).

A Benito Lauret no me cansaré de recordarle y agradecer lo que hizo por Asturias en todos los campos. Sus Escenas asturianas tanto en la versión sinfónica como para banda recogen melodías que este cartagenero hizo grandes, y en el Finale da gusto el oficio de orquestador en un músico excelente, jugando con el «balamé» del Pericote y nuestro «Asturias patria querida» en una contraposición no ya de temas sino de colores en los que Diéguez también buscó su instrumentación. Es una obra que nuestra OSPA ha llevado por medio mundo y con grabación para la posteridad que se debería escuchar más a menudo, pues su riqueza dentro de cierto nacionalismo bien entendido y académico a más no poder, requiere un estudio previo y documentado. Algo parecido a nuestra fabada que con excelentes ingredientes y condimentos se puede estropear sin una buena cocción.

Y al final llegó el divorcio, vamos que el «Intermedio» de La boda de Luis Alonso (G. Giménez) resultó un «totum revolutum» a pesar de estar todo claro. Puede que con las cartas boca arriba y una partitura precisa se demuestra la falta de entendimiento entre lo escrito y lo escuchado, teniendo en nuestra memoria tantas y excelentes versiones con orquestas de menor calidad que nuestra OSPA.

Temblando estoy del panorama cercano donde podré escuchar otras formaciones españolas como la Orquesta Ciudad de Granada, las de Bilbao y Euskadi o la Real Filharmonia de Galicia, porque además las obras y compositores exigen no solo trabajo sino talento…

Un Maestro con la cantera de las bandas de música

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El Maestro Enrique García Asensio (Valencia, 22 de agosto de 1937) ha impartido durante esta semana unas clases magistrales cuya clausura fueron los dos conciertos con la mejor banda de Asturias formada en el CONSMUPA. De entre todos los alumnos oyentes y los 9 activos que asistieron, el propio Maestro seleccionó a 4 alumnos para dirigirlos, tres internos, alumnos de dirección del propio Conservatorio y a David Colado, único alumno externo al Conservatorio. Antes del concierto tuvo lugar la lectura de un manifiesto por parte de los alumnos de dicho centro, muchos más que los músicos que formaron la banda, reclamando precisamente una​
enseñanza musical de calidad y un profesorado que no cumple en su totalidad, básicamente en sus grandes agrupaciones, las dos orquestas -de cámara y sinfónica- así como la propia banda del conservatorio (y llevan 2 años de protestas que darían para mucho, con burocracia y legislación que entorpecen e impiden la necesaria continuidad de su plantilla). Está claro y suscribo ese manifiesto que denuncia el poco, por no decir nulo, interés de las administraciones públicas por los estudios musicales en todas sus facetas pero sobre todo en la enseñanza especializada.

Los conciertos han sido ayer viernes en el Teatro Prendes de Candás y este sábado en el Auditorio de Oviedo. El programa organizado en dos partes lo comenzó el propio Maestro García Asensio, vitalidad y sabiduría que dan los años así como un trabajo que no ha cesado desde que a los 11 años formase parte como violín de la orquesta del conservatorio de la que llegaría concertino y más tarde director.  La Obertura Festiva (Dmitri Shostakovich) pone a prueba todos los efectivos de una amplia formación como corresponde a las bandas sinfónicas, en un arreglo que mantiene la esencia orquestal pero con el colorido propio que dan clarinetes y saxofones, además de los fliscornos o bombardinos que «magnifica» la original. Maravilloso comprobar cómo respondían los jóvenes músicos a cada indicación del maestro, pendiente de todo y todos, contrastes de planos y ritmos que siguen siendo una lección magistral.

Los alumnos seleccionados, tras recibir con el resto sus diplomas acreditativos de manos del maestro valenciano, se turnaron con los cinco movimientos del Capricho Español (Rimsky-Korsakov), la Alborada (con Ane Legarreta), breve y bien llevada con lenguaje cantábrico bien entendido; las Variazioni (Roberto Redondo) llenas de ricas sutilezas tímbricas que la batuta supo sacar a flote; la Alborada (Xuacu Llaneza) tan rítmica y cercana en sabor, diferenciada de la primera como así debe ser; pero sobre todo los dos últimos números, Scena e Canto Gitano más «nuestro» Fandango Asturiano, dirigidos por el ya «rodado» David Colado que sacó todos los recursos y detalles de estos dos números tan universalmente asturianos en un arreglo poderoso capaz de hacernos olvidar el original sinfónico. Cambios de ritmo, dinámicas amplias, sin olvidar que la técnica de dirección es válida para cualquier formación como bien recordó el maestro valenciano, y que todo director sabe diferenciar lo que tiene delante, por lo que una banda sinfónica mantiene una identidad única que estos alumnos tuvieron claro desde el principio.

La segunda parte ya con el Maestro E. García Asensio al frente, nos dejó dos interesantísimas obras del saxofonista y compositor de Catarroja Francisco Arturo Bort Ramón (1963), autodidacta confeso pero con mucho oficio «a pie de obra» y un vagaje musical familiar, unido a ese gen geográfico que es Valencia, cuna de grandes músicos, lo que puede ayudarnos a comprender las dos obras elegidas para este concierto y que gozan de fama internacional. Leyendas («Llegendes«), un poema sinfónico que resulta todo un mosaico de melodías evocadoras que van pasando por todas las secciones de la banda con un papel protagonista de la amplia percusión (no tuvieron respiro, especialmente las «láminas») y unos cambios de ritmo interesantísimos, con ambientes alcanzados desde una instrumentación actual que bebe de fuentes de claro «acento norteamericano» (Gershwin, Bernstein, Copland.. e incluso nuestro García Abril de las series televisivas por lo avanzado en su época), así que resulta habitual que formaciones de allí programen las obras del valenciano. Si escuchamos en nuestras bandas locales muchas de las composiciones «made in USA» reconoceremos en estas leyendas el amplio vagaje de Bort Ramón como intérprete de las mismas, lo que se tradujo en una vibrante interpretación de García Asensio con la Banda Sinfónica del CONSMUPA, plagada de verdaderos virtuosos aún en formación.

Las Variaciones Irónicas, ganadora del premio de composición “Maestro Villa” de Madrid del 2007, y como casi todas las del músico valenciano programadas por la Banda Municipal de Valencia en el Palau de la Música de esta ciudad bajo la dirección de su titular Pablo Sánchez Torrella. Asimismo, Enrique García Asensio, titular de la Banda Sinfónica Municipal de Madrid hasta 2012, ha programado numerosas veces y con gran éxito sus obras, agradeciéndole las trajese a Asturias porque ambas son ideales para estas formaciones. Tanto “Llegendes” como estas «Variaciones Irónicas”, donde no faltan guiños al tango y otros sutiles ritmos hispanos con la ironía instrumental bien entendida, utilizan recursos agradecidos de escuchar, puede que algo reiterativos al escuchar ambas seguidas, aunque lo podamos entender como sello personal del saxofonista y compositor, pero no cabe duda que son difíciles de ejecutar y dirigir, aunque García Asensio lo haga fácil, implicado no ya como maestro sino como docente además de precursor en la televisión. Mis felicitaciones para todas las secciones, especialmente a los clarinetes y trombones, aunque sin desmerecer a nadie, pues solo esta Banda puede afrontar un repertorio como el que sonó esta tarde de sábado en Oviedo.

Quiero comentar que el Maestro muy gustosamente accedió a escuchar el ensayo y a dar una charla a los componentes de la Banda Sinfónica Infantil y Juvenil del Principado de Asturias esta mañana de sábado entre las 12:30 y las 13:30 en el propio Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, y que este domingo 21 a las 19:00 h en la Sala Principal Sinfónica del Auditorio Principe Felipe de Oviedo se presenta precisamente la BANDA SINFÓNICA INFANTIL Y JUVENIL DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS formada desde la ANDB, Asociación Nacional de Directores de Banda, de la que David Colado es Delegado Territorial aquí en Asturias, concierto en colaboración con la Banda de Música «Ciudad de Oviedo».
Se trata de una banda sinfónica formada por niños y jóvenes de edades comprendidas entre los 6 años y los 20 procedentes de diversas ciudades y pueblos de Asturias como Gijón, Oviedo, Avilés, Corvera, Candás, Pravia, Cangas de Narcea, Tineo, Luarca, etc…

Este proyecto está integrado en un «Plan Nacional de Bandas de Música» desarrollando por la ANDB de la que el Maestro Asensio es Socio de Honor y que ya se está trabajando de la misma forma en otras comunidades autónomas como Galicia, Cataluña, País Vasco, Madrid o Valencia… Mi total apoyo a las bandas de música como cantera de intérpretes y públicos en los que las administraciones deberían tomar nota por lo que supone de esfuerzo, trabajo en equipo y formación permanente. Apostar por la música es invertir en cultura, verdadera identidad y riqueza de un país donde la crisis no puede robar ilusiones.

P. D.: Manifiesto leído por el alumnado del CONSMUPA:

Amores y desamores boreales

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Viernes 19 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Auroras boreales II»: Abono 7 OSPA, Colin Currie (percusión), Rossen Milanov (director). Obras de Sánchez Velasco, Rautavaara y Rachmaninov.

Interesante conferencia previa al concierto del musicólogo y compositor Israel López Estelche, autor de las notas al programa (enlazadas arriba en los autores), poniendo más luz a unas «auroras boreales» finlandesas que nos ayudaron a aumentar la envidia por ese modelo político, educativo y social, el de los países del norte que han sabido apostar e invertir en lo suyo.

En menor medida también defendemos lo nuestro y fue una alegría ver cómo Daniel Sánchez Velasco (1972), clarinete coprincipal en excedencia de la OSPA, director y compositor, volvía a su casa con sus amigos y compañeros para escuchar el estreno (jueves en Gijón) de sus Danzas flamencas (2015) pensadas para la plantilla actual (arpa incluida) y puede que incluso en nombres propios para hacer sonar un ballet con la disculpa de Paco de Lucía en el recuerdo y armar cinco números totalmente melódicos, agradecidos, algo «arcaicos» en comparación con el resto del programa, conocedor de la instrumentación desde dentro, lo que se nota en cada número, un encargo para lucimiento de solistas y orquesta desde el folklore andaluz con tintes variados como Falla, Turina e incluso Rodrigo sin olvidar un toque de jazz sinfónico o una percusión plenamente española con castañuelas o maracas pero también «glockenspiel», y donde no faltó el cajón que Francisco Sánchez Gómez incorporaría al flamenco fusionando acentos para un mismo idioma. Así parece entender el avilesino desde su residencia cordobesa un Prólogo cual carta de presentación sin tópicos pero fiel a la raíz con los elementos inprescindibles: melodía, ritmo y armonía desde todos los estilos, antes de una Danza general casi cinematográfica, cartas boca arriba en cuanto a estructura coherente y formal donde la composición se vuelve recreación, danza vibrante preparando una romántica Escena con decorado de Guadalquivir cordobés más que sevillano, lucimiento de la flauta pero también de las violas, todo bien armado y encajado. Hasta Huelva nos llevó ese río flamenco en esencia con un Fandango sureño y cálido totalmente actual de fusión, como Paco de Lucía rompiendo tradiciones y tabúes que ahora se consideran leyenda. El Vito remontó río arriba hasta los incomparables alcázares en la línea de revisiones sinfónicas «albenizianas» de su Iberia sin complejos ni ataduras, creación libre de un Sánchez Velasco amable, formal y con oficio, bien correspondido por sus compañeros y un Milanov matizando más que moviendo, supongo que lejano en sentimiento de algo muy de raíz. Merece la pena escuchar la entrevista para OSPATV donde habla de estas danzas.

El finlandés Einojuhani Rautavaara (1928), como bien nos contó López Estelche, supo aprovechar el legado de Sibelius y la formación que su país le brindó para cumplir las expectativas antes de romper clichés desde su ideario de componer para él olvidándose de convencionalismo o modas, llegando a decir que «la música sin melodía puede ser interesante, pero demasiado a menudo suena falta de talento». Podría decir que con Rautavaara la disonancia es bella, su música cercana y actual a sus vitales 88 años, aceptando el encargo del músico Colin Currie componiendo estas «Incantations» para percusión y orquesta (2008), estreno en España, un verdadero alarde y espectáculo del solista dentro de una obra de estructura clásica en tres movimientos contrastados en tiempo para comprobar las posibilidades de un auténtico arsenal percusivo: marimba, vibráfono, campanas, platillos, membranófonos varios incluyendo un bombo accionado con el talón, cencerro (con otro pedal) y flexatone, todo un alarde tímbrico y melódico en unas permanentes disonancias contrapuestas a las distintas alturas de su peculiar batería. La energía del primer movimiento (Pesante – Enérgico) pareció quedarse en el primero para Milanov que seguía dibujando ondas con una batuta nada clara, que confunde más que ayuda, en una obra realmente compleja de encajar, con una orquestación que debe contrapesar equilibrios y marcar poliritmias con el percusionista, y eso que estos repertorios de estrenos son su tarjeta de visita. Con el Espresivo segundo movimiento Currie logró transmitir con el vibráfono ese paisaje que titulaba el programa, las resonancias alcanzadas dejando un peso sobre el apagador, virtuosismo de doble baqueta para interpretar terceras paralelas que convergen en cuatro voces casi corales, la formación vocal de todo finlandés llevada al concierto solista, con una orquesta de gravedad marcada por el solista escocés ante la ausencia búlgara. Tercer movimiento Animato y rítmico a más no poder, con ostinados simulatáneos que no encajaron como deberían en un despligue tímbrico por parte de todos con la marimba finalmente protagonista entre todo el amplio material percusivo, evocando la cálida madera nórdica y cierto espíritu de chamán en este virtuoso solista, verdadero mediador, más que intermediario, entre obra y público.

La breve propina de Elliott Carter volvió a cautivar con la marimba de este percusionista del que dejo aquí un fragmento de estas encantaciones.

El calvario que supuso el género sinfónico para Sergei Rachmaninov (1873-1943) se explica muy bien en las notas de López Estelche, y la Sinfonía nº 1 en re menor, op. 13 (1895) el mejor ejemplo. No es de las más programadas, es poco agradecida de escuchar, y supongo que de interpretar, pese a tener una estructura clásica de orquestación poderosa, con melodías que pueden hacerse eternas si además falta implicación y claridad para sacar a flote la complejidad, por lo que el sopor y calvario se hacen contagiosos. Rossen Milanov no convenció en el Grave-Allegro ma non troppo, la flacidez del gesto parece transmitir cansancio y así no hay forma de paladear los juegos entre clarinete y cuerda partiendo de ese motivo con tres notas cromáticas que estará presente en toda la obra pero sonando siempre distinto. La OSPA está en un momento ideal de entendimiento, cada sección suena empastada, sin fisuras, pero falta seguridad desde el podio, hacer música juntos y más allá de las dinámicas, que siempre han sido amplias y delicadas. Este primer movimiento no tuvo claros los motivos unificadores ni la intención, tampoco el paso del lento al rápido además indicado como «no demasiado». La plantilla es perfecta para jugar con los planos y ver crecer este arranque de sinfonía que tiene tutti grandiosos que se quedaron cortos, esta vez una continencia nada deseada, puede que por inseguridad. El Allegro animato pareció algo más claro en su exposición aunque sin «carnaza», de nuevo sin impulso a pesar de una cuerda hiriente como este primerizo Rachmaninov la quiere, de graves reforzados, con los metales seguros protagonistas y la madera con unas pinceladas luminosas, siempre acertadas, el «toque ruso» del que la orquesta tiene para regalar pero que el cocinero búlgaro parece obviar en busca de una expresividad que sale sola. El Larghetto me resultó soporífero, la obra se cayó literalmente y solo el Allegro con fuoco pareció despertarnos un poco a todos, por fin la batuta emergió contagiando seguridad y frescura, el fuego apareció con el ritmo vibrante, el toque de percusión y trompetas, el cuarteto de trompas empastado, la cuerda punzante, pero ya estaba todo quemado. Lo del séptimo de abono ha sido realmente una pena y un dolor porque hay producto o equipo para triunfar.

El próximo miércoles volveremos con un programa elegido por el público, y en marzo estaré apoyando en el Euskalduna a nuestra orquesta en dura «competición» con otras formaciones españolas para una «maratón musical» que tendrá de protagonistas a Schubert, Mendelssohn, Wagner y R. Strauss, esperando que el nivel interpretativo se ajuste a lo que de ella se espera.

Dejo finalmente las dos entrevistas para la prensa regional de Daniel Sánchez Velasco, que volvía a casa pero desde el patio de butacas como compositor, deseándole lo mejor en esta etapa y que su música llegue lo más lejos posible sin mucha espera…

Prometedores debutantes

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Miércoles 17 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Edgar Moreau (violonchelo), Oviedo Filarmonía, Tung-Chieh Chuang (director). Obras de J. Fernández Guerra, Shostakovich y Tchaikovsky.
Noche de debuts y estrenos con un verdadero examen para el director taiwanés Tung-Chieh Chuang que se enfrentó a tres obras muy distintas como son una primicia, un dificilísimo concierto con solista y una sinfonía histórica, superando con sobresaliente la prueba, dominando tanto las obras como a la formación local que igualmente es una todo-terreno en cualquier repertorio y estilo, sabiendo amoldarse a las distintas batutas que se han puesto al frente, aprendiendo de casi todas, esta vez equilibrando los planos para compensar una cuerda que sigue siendo algo escasa pero que con maestría y esfuerzo logran hacernos olvidarlo, precisamente por una contención y búsqueda del sonido de una sección de viento realmente «domada» por el ganador del último Concurso Malko de dirección en la capital danesa, lo que le supondrá una verdadera gira con orquestas de prestigio, siendo el arranque este miércoles dentro de los conciertos del auditorio asturiano.

La propia Oviedo Filarmonía sigue con su política de encargar obras para engrosar sus estrenos, y esta vez correspondió al compositor madrileño Jorge Fernández Guerra (1952) y su Calle 1061, explicada perfectamente por él mismo en las notas al programa, inspirado en el Concierto para dosclaves y continuo, BWV 1061:

«… Yo, entonces, era un ferviente consumidor
de fugas, pero esta no es superior a cualquiera de las más grandes de
los últimos años (El arte de la fuga, Ofrenda musical, etc.)…. En esas fechas era adepto de las
orquestaciones de Bach realizadas por Webern, Schoenberg, Stravinsky o Busoni.
Y “orquesté” esa fuga con un secuenciador electrónico de esos años, con
sonidos lamentables pero que me daban los planos que escuchaba. El secuenciador
terminó saliendo de mi vida, así como una grabación casera en casete
que perdí en alguna de tantas mudanzas.
Pero la fuga seguía en mi cabeza y solo en ella. La oportunidad de hacer con
ella un proyecto orquestal que acabara con esta fijación vino con este encargo
para Oviedo Filarmonía.
Calle 1061 consta de dos partes, la primera recoge momentos del segundo movimiento
del Concierto de Bach, con algunas licencias y una especie de tratamiento
casi narrativo. Es siempre Bach pero “glosado”. La segunda parte es la
fuga del tercer movimiento, y aquí suena entera (no se puede bromear con una
fuga de Bach), pero tratada orquestalmente siguiendo ese lema: “así es como yo
la oigo”, que Anton Webern empleó para explicar su orquestación del Ricercare a Seis de la Ofrenda Musical. No es el mismo resultado, yo no soy Webern, pero
me he reconciliado con un episodio de mi pasado y, al mismo tiempo, ofrezco
una obra de muy buena música, no en vano es de Bach»
.

Obra amable de escuchar porque «Mein Gott» soporta lecturas desde todos los estilos y tímbricas, y Fernández Guerra opta por una cercanía nada actual donde prima el buen gusto orquestal con el color que dan la marimba y el arpa junto a una cuerda sedosa y unos vientos por momentos organísticos en cuanto a presencia. Cierto que la fuga no está desarrollada académicamente sino desde la óptica del compositor, bebiendo de distintas fuentes y profesores, con una «visión de las transformaciones que la música de creación precisaba acometer en el cambio de siglo» (como figura en su propia biografía); el maestro Chuang sacó de la partitura no ya los motivos bachianos sino la paleta elegida por el madrileño, con quien supongo intercambiaría impresiones en los ensayos, y que subió a recibir los aplausos de un público agradecido, en general predispuesto a estrenos en esta línea compositiva.

El Concierto para violonchelo nº 1 en mi bemol mayor, op. 107 de Shostakovich es como casi todo el catálogo del gran compositor ruso, una verdadera montaña de emociones plagada de diabluras para todos los intérpretes con momentos de aparente remanso, exigente para el solista, esta vez Edgar Moreau, un prodigio de cellista francés con un «David Tecchler de 1711» sonando por momentos aterciopelado y nunca «gimiente», excelentemente concertado por un Chuang de nuevo explorando planos y presencias, con tiempos pactados con el solista desde el Allegretto inicial fácil de degustar cada intervención solista o del tutti, contagiando el aire festivo y veloz, con una trompa cual segundo solista, aunque técnicamente en otra categoría, un extenso Moderato realmente sentido por todos, atención y escucha mutua, dramatismo y sonoridades excelentes tanto en los armónicos de Moreau como el ambiente de la celesta en los dedos del virtuoso Bezrodny, la Cadenza del solista de musicalidad y sonido preciosista, con fraseos limpios y presencia, musicalidad madura tal vez bien encauzada por sus maestros pero ya totalmente interiorizada pese a la juventud, y el Allegro con moto vibrante, espectacular, los sentimientos personales de Don Dmitri llevados al pentagrama en una obra referente de Rostropovich a quien fue dedicado, con Moreau asombrando y contagiando empuje. Una excelente interpretación de todos.
La propina solo podía ser Bach como hiciese en el homenaje a las víctimas de París, esta vez la «Sarabande» de la Suite nº 3, poderosa, desgarradora y cerrando círculo de esta primera parte, inspiración y fuente. Este enfant terrible nos dará muchas alegrías y habrá que seguirle la pista.

Aunque pueda parecer reiterativo siempre digo que «no hay quinta mala», y además la tenemos fresca de hace dos meses con la OSPA, y me refiero a la impresionante Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (Tchaikovsky). La orquesta ovetense no tiene la plantilla de la asturiana, y en estas maravillas sinfónicas se nota, pero el trabajo del director taiwanés es digno de destacarlo, como lo fue en la primera parte. Dominando la obra de memoria pudo mantener el tipo y alcanzar de la OFil lo mejor de cada sección, de sus solistas y sobre todo del conjunto, amoldándose fielmente a todas las indicaciones del maestro Chuang que brindó una quinta sobresaliente desde el Andante previo al Allegro con anima. Seguridad, aplomo, gestos claros y precisos, una mano izquierda prodigiosa para mantener los volúmenes en su sitio con una respuesta ideal por parte de la orquesta. El famosísimo Andante cantabile – Andante maestoso resultó melódico a más no poder, con un sentido del «rubato» impecable, reguladores de total expresividad bien logrados por un viento muy empastado desde un sonido suave sin perder color, no ya el conocido solo de trompa sino las distintas contestaciones de la madera o toda la cuerda. El Valse: Allegro moderato con patrioso parecía arrancar cojo y binario pero solo la primera apariencia porque el inestable equilibrio sirvió para la personal lectura de un taiwanés berlinés, el Tchaikovski de los ballets como recordando un foso en el que la OFil tiene su «sede» y el Auditorio lo visita como si de otra orquesta invitada al ciclo se tratase, tiempos no forzados para disfrutar todas las notas y hasta bailarlas sin traspiés. Lo mejor ese inigualable último movimiento, donde cada repetición del tema es distinta y subrayó claramente Tung-Chieh Chuang, sucesión de tiempos y presencias, la entrega de los músicos a una partitura que no nos cansamos de escuchar, Andante maestoso – Presto furioso – Allegro maestoso – Allegro vivace- Allegro con anima, cada el aire calificativo haciéndose sustantivo y sustancioso, uniendo en esta quinta sinfonía «el amor y el dolor extremos» como el propio director comentaba en La Nueva España, contención y explosión.

Con Mozart hasta Júpiter

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Jueves 11 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Martin Fröst (clarinete), Orquesta de Cámara Sueca, Thomas Dausgaard (director). Obras de Mozart.

Hace tres años titulaba «Placeres suecos» la anterior visita de esta formación con un director danés que siempre impacta por su sencillez y eficacia. Dausgaard sabe cómo conducir esta orquesta con gestos mínimos llenos de sabiduría, dejando que la música fluya de sus músicos y simplemente «recordando» lo trabajado en los ensayos, un gesto de cabeza, un toque de hombro con los brazos pegados al cuerpo, no necesita marcar entradas o compases, tan solo las entradas, los matices siempre increíbles en este pedazo de orquesta (lo de cámara solamente por el número, porque suena grande) y unos rubati en su sitio fruto de muchas horas de trabajo previo. Si la «velada Mozart» fue impresionante, las propinas de un Brahms que están grabando, tres danzas húngaras en arreglos asombrosos por lo frescos y adaptados a la formación, sumando una calidad grupal nórdica por disciplina y sonoridades, hacen lógico que al salir del concierto nos fuésemos no hasta Júpiter sino hasta otra galaxia, recordando que los buenos momentos se mantienen y aumentan en días como hoy, donde el aforo estuvo casi al completo con un público juvenil venido de varios puntos de España ante la presencia de un astro del clarinete como Martin Fröst. Pero esto lo dejo para después.

Antes del concierto charlaba con otros melómanos sobre la moda de llevar los tiempos casi a los extremos, como olvidando las indicaciones (aunque sean eso) o buscando impactar con velocidades supersónicas para demostrar la técnica asombrosa (por otra parte necesaria) de orquesta sinfónicas. La Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543 sonó impecable precisamente por ajustar cada movimiento a lo indicado, con ese Mozart siempre traicionero por la aparente y engañosa sencillez, partituras de una madurez y lenguaje inimitable a partir de una evolución lógica desde «papá Haydn». Y es que el Adagio. Allegro sonó operístico en su arranque, cargado de dramatismos plasmados en los contrastes dinámicos y agógicos que la orquesta sueca con el danés Dausgaard al frente parece entender a la perfección. Cada sección en su plano sonoro, presente cuando debe sin perder unidad, una cuerda camerística aunque de amplísima gama de matices, unos vientos ajustados y de sonido bello (con trompetas naturales) más los timbales antiguos, secos y presentes marcando el inicio y asegurando el fluir sin enturbiar un caudal de notas donde no falta ni sobra ninguna (como parece le dijo Mozart al Emperador José II). El Andante con moto mantuvo la fidelidad desde la sencillez, con mucho sin ser pesante ni lento, expresivo a más no poder y degustando cada tema. Del rítmico Menuetto e Trio den aires austriacos una nueva lección de conducción desde el podio, con unos clarinetes ensamblados como si de uno solo en cuanto al color conseguido con melodía y acompañamiento en inspiradísimo entendimiento bien arropado por el resto. Para rematar una interpretación fabulosa el Finale con los violines limpios entrando casi por sorpresa (lástima parte del público que espera cada «entretiempo» para toser por inercia) aunque el maestro danés controla todo sin aparentar mando (ahí reside su magisterio), saboreando ese contrapunto enérgico, presente, clásico en transición hacia la atmósfera pre-romántica y con la Coda rematando la primera sinfonía de la trilogía final mozartiana.

El Concierto para clarinete en la mayor, K. 622 (1791), único compuesto para este instrumento por Mozart en el final de sus días, ¡lástima se muriese en plenitud!, traía en gira al mejor solista de la actualidad (con permiso de Sabine Meyer) que movilizó jóvenes, estudiantes, profesionales y melómanos venidos de nuestra amplia geografía. Martin Fröst con su «clarinete di bassetto» (más grave y afinado en La que utilizará a dúo en su Requiem) dio una lección magistral de musicalidad con una técnica inalcanzable para muchos desde un sonido único en todos los registros, graves poderosos, agudos nada hirientes, fraseos de voz humana y unos pianissimi mágicos al igual que la orquesta sueca, cortando el silencio y donde los silencios ayudan a reforzar los claroscuros mozartianos, inspirado a su vez en el «corno di bassetto» (como un clarinete contralto en fa o sol) cuyo sonido parece subyugó a Mozart. No es de extrañar cómo escribió para este clarinete al utilizar todos los recursos y características técnicas junto a un poder expresivo que cautivará las instrumentaciones del genio. El Allegreto parece un aria de ópera por fraseo y acompañamiento, las intervenciones de Fröst eran de una tesitura espacial donde la voz no llega, pero el Adagio resultó celestial (siempre «Memorias de África»), un aire eternamente lírico, «mágica» con un dúo de clarinete y flauta operísticas a más no poder, acompañando al clarinete igualmente mágico del virtuoso. Sin dejar de flotar el Rondó Allegro fueron fuegos artificiales cargados de adrenalina musical, brillante, vital, perfecto diálogo entre solista y orquesta con Dausgaard y Fröst en sintonía perfecta, clarinete que suena a cuerda en un catálogo tímbrico envidiable por escritura y ejecución, joyas que adornarán los recuerdos de todos los presentes.

El público cautivado terminó de rendirse ante la propina de unas improvisaciones sobre melodías «klezmer» de Göran Fröst que arrancaron a solo («Let’s be happy») conjugando habla y sonido en un clarinete actual al que se  suma la orquesta, tradición hebrea donde Fröst contó de nuevo con sus paisanos suecos igualmente inspirados, sonoridades punzantes, ritmo frenético desde un dominio del «rubato» de Dausgaard y su orquesta para realzar más si cabe el virtuosismo del sueco.

Al descanso se vendieron todos los discos que pacientemente firmó ante un ambiente que me alegró al comprobar las pasiones juveniles que un músico de la talla del sueco alcanza.
Mozart en formación de cámara con dos conciertos del Auditorio seguidos y nunca cansa. Ante la calidad de la Orquesta de Cámara de Suecia ya auguraba que la Sinfonía nº 41 en do mayor, K. 551 «Júpiter» (1788) iba a resultar irrepetible, y no defraudó un Dausgaard sencillo en apariencia como la música del genio salzburgués, sobrenombre de planeta debido a Johann Peter Salomon como bien recuerda Gloria A. Rodríguez en las notas al programa, sinfonía galáctica en la tonalidad ceremonial por antonomasia y cierre de la trilogía que arrancaba en la primera parte, de plantilla similar aunque sean los oboes quienes reemplacen los clarinetes, pero la misma sonoridad cristalina de la nº 39, el mismo respeto por los tiempos, unos matices ricos por los extremos, increíbles los pianissimi y sin estruendos los forte, empaste y equilibrio clásico en una de las sinfonías más emblemáticas.

El Allegro vivace trajo toda la gama de claroscuros desde las pinceladas de Thomas Dausgaard, con esas melodías operísticas que parecen siempre conocidas aunque distintas (salvo el tercer tema Un bacio di mano) con una orquesta aterciopelada y punzante, la engañosa simplicidad del genio. El Andante catabili vuelve a rezumar aires de escena bien delineados por los guiños corporales del director XXX, elegante como el Menuetto Allegreto cuyo trío en los vientos confirmó calidades y musicalidad a raudales. Del Finale: molto allegro otra lección interpretativa, ajustada en el aire exacto para no perder nada del lenguaje contrapuntístico, verdadera filigrana orquestal con el inconfundible sello mozartiano, energía y claridad desde unos suecos nada fríos con un danés al frente.

La vorágine y gratitud se hizo música con tres propinas de Brahms que sonó cálido, cercano, en arreglos para la plantilla (esta vez al completo y con trompetas de llaves) dando otro acento nórdico a las danzas húngaras (la nº 6 , la nº 7 la siempre cinematográfica Danza nº 5) que demostraron ductilidad en la interpretación llevada por un Dausgaard magistral.

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