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El romanticismo gallego

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Viernes 18 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA abono V: Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG), Clara Jumi-Kang (violín), Asier Polo (cello), Juanjo Mena (director). Obras de Brahms y Schumann.

Es habitual entre las formaciones musicales establecer intercambios que no solo vienen bien como proyección propia sino también para pulsar el estado de forma de otras equivalentes. Y así resultó este intercambio Oviedo – La Coruña llegando al auditorio ovetense la OSG con el vitoriano Juanjo Mena a la dirección, muy apreciado por nuestra OSPA y todos los melómanos asturianos, que se presentaba con un programa romántico de los que gustan, ponen a prueba orquestas similares (la gallega un año menos que la asturiana) y si además los solistas son de altura, esta vez la violinista alemana de origen coreano Clara Jumi-Kang y el cellista bilbaíno Asier Polo, otro músico muy querido, el éxito está asegurado aunque el público no acudiese como deberíamos esperar.

El Concierto para violín y violonchelo en la menor, op. 102, “Doble Concierto” de Johannes Brahms (1833-1897) es obra de madurez donde el dominio instrumental está llevado al máximo, no solo en lo orquestal sino en la elección de dos instrumentos solistas que no compiten sino que manteniéndose al mismo nivel, dialogan, se unen y ensamblan con toda la orquesta. Maravillosa y necesaria la complicidad de Jumi-Kang y Polo con sonoridades amplias, siempre bien concertados por un Mena atento, sin excesos gestuales pero perfectamente entendido y atendido por todos. La OSG mostró una plantilla bien equilibrada en todas las secciones, con las proporciones ideales en cuerda que se agradecen para obras como las de este concierto. Tres movimientos (I. Allegro; II. Andante; III. Vivace non troppo) para lucimiento de los solistas, maravilloso ver y escuchar esas cuerdas compactas y aunadas, más una orquesta de dinámicas controladas para no enturbiar un resultado excelente, sobre todo el último movimiento exigente por el tempo que no impidió escuchar todo lo escrito por la llamada «tercera B» alemana.

Y sin perder romanticismo ni esencias, nadie mejor que Robert Schumann (1810-1856) y su Sinfonía nº 4 en re menor, op. 120, el encuentro maduro con un sinfonismo propio, trabajado, rico en texturas y dinámicas, cambios de tempo exigentes en la interpretación, concatenaciones en busca de sonoridades estudiadas que enriquecen la forma romántica por excelencia.

Cuatro movimientos (I. Ziemlich langsam – Lebhaft; II. Romanze: Siemlich langsam; III. Scherzo: Lebhaft; IV. Langsam – Lebhaft) donde la OSG y Mena sacaron «músculo» y mucha calidad, buenas y equilibradas cada una de las secciones, con primeros atriles de calidad desde el concertino Massimo Spadano hasta la cellista Rouslana Prokopenko (por poner en paralelo con los solistas de Brahms), sonido muy cuidado que el maestro vitoriano supo mimar en esta «cuarta» que es segunda, rotunda y convincente de los gallegos. Importante la contención además de los planos sonoros sin excesos pero manteniendo la esencia, con gestos precisos, escucha atenta y una pulsión mantenida sin pausas hasta el final. Buena muestra sinfónica de nuestros primos hermanos que podrán disfrutar del intercambio galaico-astur sin entrar en competiciones pero tomando el pulso a dos orquestas de larga trayectoria que marcan señas de identidad tras treinta años en los que el mundo, también el musical, ha cambiado mucho.

Martín esencial

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Viernes 11 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV «Bruckner esencial»: OSPA, Nemanja Radulović (violín), Jaime Martín (director). Obras de Mozart y Bruckner.

Mientras seguimos a la espera del nombramiento del director titular para nuestra orquesta, al menos regresan al podio directores que dejan huella en ella como es el caso del santanderino Jaime Martín (1965), que incluso durante la pandemia nos dejó una Séptima de Beethoven para disfrutar desde casa.

Este cuarto de abono (tras la suspensión del tercero por avería de la caja escénica) nos traía a Gijón y Oviedo dos obras que ponen a prueba toda la complicidad de una orquesta con el podio, de nuevo química y entendimiento entre ambos, junto a la presentación del violinista serbio-francés Nemanja Radulović, al que tendremos que seguir muy de cerca, procedente de un país pequeño con mucho talento incluyendo el musical, toda una generación de jóvenes intérpretes balcánicos muy activos y populares en las redes sociales, hoy verdadero escaparate necesario para llegar a todos los públicos que habrá que captar para la música en vivo, pues la imagen y el talento son la mejor carta de presentación.

Nunca está de más escuchar a Mozart con una plantilla ideal para él.  El Concierto para violín nº 3 en sol mayor, K. 216 resultó de una luminosa y juguetona interpretación a cargo de Radulović por su impecable técnica, sonido maravilloso y visión propia teniendo a Martín de perfecto cómplice concertador. Las cadencias de cada movimiento fueron perlas llenas de amplísimas dinámicas, con unos pianissimi en todos muy cuidados dentro de un balance orquestal idóneo donde toda la cuerda, esta vez con el «Quiroga asturiano» Aitor Hevia de concertino invitado, nos dejó un tercero de Mozart imprescindible, tres movimientos a cual mejor y sin perder la homogeneidad, disfrutando sobre todo del Adagio, casi como un aria operística cantada por el violín lírico del serbio, verdadera «prima dona de las cuatro cuerdas», y el Rondó lleno de cambios en una agógica enloquecida pero bien entendida por todos los intérpretes que encajaron y se entendieron gracias a esa virtud de escucharse unos a otros.

Éxito clamoroso de este virtuoso del violín que sigue asombrando en las redes y nos dejó boquiabiertos con las Variaciones de Sedlar sobre el último Capricho de Paganini, capaces de acallar las toses que sobraron en los silencios mozartianos, endiabladamente envidiable y broche de oro para su primer viaje asturiano, que espero no sea el único.

Nuestra orquesta pienso que necesita más Bruckner, tiene músculo para él, y el director cántabro lo sabe, conocedor de todos los efectivos a los que exprimió al máximo en la Sinfonía nº 4 en mi bemol mayor, WAB 104 «Romántica» (versión 1880), no solo por unos bronces poderosos y que son un auténtico órgano sinfónico, también la madera segura y de presencia idónea en esta «romántica», los timbales mandando y al fin una cuerda compacta, tensa y tersa, nítida, presente ante el empuje del resto de secciones y capaz de «sobreponerse», seguir sonando precisa y aunada. Tal vez faltasen más graves pero el trabajo de violas, cellos y contrabajos por mantener el necesario equilibrio dinámico, así como la maestría de Jaime Martín en controlar cada detalle, redondearon una sinfonía imprescindible en los atriles de nuestra orquesta.

La elección de los tempi por parte del director santanderino fueron casi al pie de la letra según las indicaciones que comenzarán a ser más precisas e indicadoras de lo que el compositor deseaba en los albores del siglo XIX, con menos subjetividad que los genéricos términos italianos siempre dudosos, sin contar con las anotaciones a lo largo de cada movimiento, descriptivas y detallistas como en Bruckner era habitual.

No hubo dudas en ninguno de los cuatro movimientos, bien «leídas» por orquesta y director, comenzando con el primero «movido, no demasiado rápido» (Bewegt, nicht zu schnell), ese inicio de la trompa anunciando el nuevo día, como llamando a la puerta para lo que vendría a continuación, reguladores y frases que parece no acabar, volúmenes impactantes pero contenidos, cuerda maleable, sedosa y rugosa según se lo pedía Martín. El segundo «tranquilo y casi rapido» (Andante – andante quasi allegretto), para disfrutar de la cuerda y cada matiz, con metales y maderas cual tubos de lengüetería y bisel de registros únicos para el «órgano sinfónico». Verdaderamente «emocional» (Bewegt) el tercero, espectáculo de fuegos artificiales de trompas, metales al completo y tutti, una montaña rusa que no frena, broma de scherzo en este derroche sonoro que impacta, contrastes dinámicos y rítmicos, las emociones de Bruckner con reminiscencias wagnerianas y siempre necesarias para entender mejor a Mahler, la pletórica Viena toda ella metida en este movimiento con una orquesta entregada, concentrada, atenta y equilibrada al mando claro y preciso del maestro cántabro.

Y el último «movido, pero no demasiado rápido» (Bewegt, doch nicht zu schnell), el paso de la sombra a la luz cegadora, la esperanza en el más allá, visiones y convicciones religiosas, banda sonora de monumentales decorados, procesión no al cadalso sino al paraíso sonoro, estallidos de metales y oraciones de cuerda en un tránsito orquestal que Marina Carnicero en sus notas al programa llama «Un canto de amor a la naturaleza». Cuarta sinfonía romántica, esencial y pletórica gracias al buen hacer de Jaime Martín que volvió a conectar con la OSPA, sensaciones que se notan y transmiten a un público no tan numeroso como querríamos, pero agradecido de conciertos como este cuarto de abono.

El invierno de la vida

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Jueves 3 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Matthias Goerne (barítono), Markus Hinterhäuser (piano). Winterreise (Viaje de invierno), D. 911 (Franz Schubert).

Inscribir este concierto o recital dentro de las Jornadas de Piano tiene todo el sentido, aunque estemos ante uno de los grandes ciclos de lieder, pues la voz no puede ser protagonista sin el hermanamiento con el piano en los 24 poemas de Wilhem Muller a los que la música del «Príncipe del Lied» eleva a la máxima categoría lírica camerística.
Hace años que conozco este Schubert romántico en la voz de Dietrich Fischer-Dieskau y su «alter ego» Gerald Moore, disfrutar de la reedición digitalizada, mi acercamiento a la lengua de Goethe y el estudio concienzudo publicado (y agotado) en Alianza Música del barítono alemán al que siempre hay que volver, más aún para este recital lleno de emociones vitales con los actuales «defensores» del género musical y poético por excelencia junto a Ian Bostridge, el alumno aventajado Goerne y el pianista Hinterhäuser.
Recital intimista con menos público del esperado para un excelente tándem Goerne-Hinterhäuser, la conjunción schubertiana de la poesía marcando cada nota, cada palabra, cada verso, momentos pictóricos donde el piano pinta el paisaje y la voz los personajes, todo un lienzo sonoro con sobretítulos y traducción que nos hicieron valorar más cada uno de los poemas de Muller.
Sin pausa pero sin prisas, comenzando con las «Buenas noches» que cierran y abren ciclos vitales, la despedida del molinero que el arroyo acoge y un nuevo adiós del último viaje, el caminante, de la mano voz y piano, ya en la madurez, las metáforas del invierno como última etapa no exenta de recuerdos a su amada y «sueños primaverales» con simbolismos bien dramatizados por un Goerne casi bardo, explorando cada registro, su grave potente, los agudos filando la sílaba exacta, con un piano de por sí romántico, nada «veleta» en buena compenetración, postura encogida como el alma de Schubert, subrayando intenciones, paleta desde la amplia pincelada al brochazo expresivo, pudiendo escucharse con un actor declamando y sintiendo las dos docenas escénicas.
Primera parte de versos fluidos como un «torrente» y tranquilamente brillante cual «tilo» totémico, con «descanso» tras el «fuego fatuo» y antes de las flores soñadas hasta la «Soledad» sonora. El caminante Goerne con el bastón de Hinterhäuser, versos escalofriantes para un Schubert enfermo, tránsito lleno del dolor espiritual, el del alma que parece más intenso.
Las otras doce canciones aún más introspectivas (recomendables las siempre acertadas palabras de mi querido Luis Suñén en las notas al programa), reflexivas, la crisis invernal con «la cabeza gris», Goerne dramatizando con su amplio canto y gestualidad tan personal como su acercamiento a Schubert, el arranque tras «El correo» bien anunciado por Hinterhäuser, recordándome a Mahler, la amenazante compañera «corneja» que oscurece y enerva con una melodía intrigante, los cambios de tono y de color que en la voz del barítono alemán encuentran la pincelada exacta para mantener la «Ultima esperanza«, la rápida parada «En el pueblo» y volver al miedo de una «Mañana de tormenta«, la gama de grises del piano y la voz que no quitan nunca «ilusión» pues en este viaje invernal cada vez se atisba más claramente el final.
Una referencia del trecho andado es «El mojón» y por supuesto mucho «Coraje» que no sería aún el adiós sino la última escena de la rueca de la zanfona, de la molinera, la del organillo callejero o del ciego zanfonista (Der Leiermann) al que se une el canto solidario acompañado por un piano casi quejumbroso tras «Los falsos soles» en un viaje que rompe el hielo para una inmersión profunda y personal.
El lied como máxima expresión dramática compartida y reducida al salón romántico en el que Matthias Goerne y Markus Hinterhäuser convirtieron el auditorio, y donde los móviles volvieron a romper la magia siempre en los momentos más delicados. Si las mascarillas parece vinieron a acallar toses, habrá que esperar una pandemia telefónica para que se silencien, pues la educación y saber estar parecen perdidos en un siglo tecnológico, deshumanizado, donde solo parece primar lo inmediato. El viaje de invierno es lento pero inevitable, y su disfrute no admite interferencias.

El Zar más francés

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Lunes 31 de enero, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, Jonathan Roozeman (cello), Valery Gergiev (director). Obras de Debussy, Tchaikovsky y Ravel.

Regresaba el Zar Gergiev, palillo en mano, al frente de su batallón del Mariinsky, con un concierto al más puro sabor francés del San Petersburgo europeo de espíritu y «apadrinando» al joven cellista Jonathan Roozeman (1997) con el menos ruso de los grandes sinfonistas (interesantes las notas al programa de Alberto González Lapuente), para llenar un auditorio ávido de obras conocidas en una interpretación impactante de sonoridades muy cuidadas, pero rompiendo clichés de las antiguas orquestas del otro lado del telón, nuevamente de actualidad, apostando por lo «trillado» que no suele fallar en una maquinaria que comienza a «oxidarse» en plena renovación generacional, que ya no apabulla como en los tiempos de la llamada «Guerra Fría» (hoy geopolítica) cuando bromeábamos definiendo un cuarteto como «una orquesta soviética tras una gira por occidente».

Está claro que los músicos del Mariinsky le deben todo a Gergiev, se nota que el dominio de «su orquesta» es absolutamente militar, marcando todo con sus gestos característicos, sin dejar nada al azar ni a la calidad de muchos solistas, sacando a la luz instrumentistas como la flautista de oro (Sofía Viland) o el cellista finlandés tan cercano geográficamente a la antigua Leningrado. El maestro se caracteriza precisamente por descubrir talentos y no suele equivocarse.

Del programa francés impactante Debussy por la calidad, la sonoridad cuidada, la claridad expositiva, el balance entre todas las secciones, casi compañías del batallón Mariinsky (algo menguado) con el Preludio a la siesta de un fauno bellísimo que Nijinsky hubiera bailado desde el Olimpo, y La mar báltica dibujada con la elegancia de la que presumían en San Petersburgo, mirando a Versalles más que a la plaza roja aún sin colorear que Gergiev pintó con los suyos.

Siempre agradecido el Bolero de Ravel, examina cada solista (hoy el saxo sustituido por un clarinete bajo) en su  conocido ad perpetuam, con algún «arrestado» en la doble caña, un crescendo que tardó en llegar para mayor «sufrimiento» del caja, la explosión final marca de la casa, sin contención y con ganas de brillar como en ellos es habitual, en una interpretación para la galería a la que faltó mayor pegada y entrega. Franceses más de impresión que impresionistas, aunque suenen bien.

Punto y aparte merece Jonathan Roozeman que nos deleitó con las Variaciones «Rococó» de Tchaikovsky, sin tarimas como el propio Gergiev, al que no perdió de vista forzando su posición más de la cuenta pese a estar ladeado «el zar», y plegado a cada una de sus indicaciones, pienso que con ese «miedo a defraudar» al mentor, que no le permitió soltarse salvo en las cadencias. El sonido de su cello (David Tecchler c.1707 cedido por la Fundación Cultural Finlandesa, y el arco Jean Pierre Marie Persoit, París, c. 1850) es profundo, de largo alcance, con un timbre muy redondo, así como unos armónicos tan perceptibles que lograron unos silencios en la sala siempre de agradecer. Muy bien compenetrado con la flautista, la limpieza de ejecución por parte del finlandés-holandés así como sus fraseos (siempre controlados por Gergiev) muestran un intérprete que pronto será figura mundial. Aclamado por el público y casi obligado por «el jefe» nos dejaría toda su (musi)calidad en la Sarabande de la Suite BWV1009 de Bach, un examen permanente para los cellistas donde Roozeman alcanzó la matrícula de honor.

Y para propina sinfónica e inesperada por el transcurrir del programa, el Scherzo (un SUEÑO de verano de Mendelssohn) con un tempo para virtuosos de dinámicas suntuosas donde Gergiev disfrutó tanto como nosotros, al fin la maquinaria engrasada, impoluta y de sabor ruso, el que respiraba Leipzig en tiempos de Kurt Masur, el regreso a la Rusia esperada tras el coqueteo zarista con la Francia elegante.

Placeres de Oro

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Sábado 29 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Monumentos canoros, Coro El León de Oro, Óscar Camacho (piano), Marco A. García de Paz (director). Obras de Rheinberger, Mendelssohn, Brahms y Whitacre. Entrada: 12 €.

Como «leónigan» confeso tras casi 25 años siguiéndoles, tengo que confesar no ya mi admiración hacia El León de Oro sino también mi devoción por cada concierto que nos ofrece, pues no me quedan calificativos para este coro que mantiene sus señas de identidad desde los inicios. Con una renovación paulatina, casi imperceptible, una base continuada en cada cuerda y la incorporación de voces nuevas, frescas, el espíritu permanece inalterable. Afinación perfecta, empaste ideal, equilibrio dinámico, repertorios exigentes, rodados desde hacen años y que hacen fáciles, pero sobre todo la disciplina coral necesaria para que sigan funcionando como un ente único, plegado a la voluntad de Marco A. García de Paz que crece con «su coro», elige y recupera a la perfección el repertorio ideal para cada programa, dotándolo de unidad temática y equilibrio para regalarnos conciertos como el de este sábado puramente romántico.

La Misa en Mi bemol Mayor (Cantus Missae), Op. 109 de Josef Rheinberger (1839-1901) pensada para un gran coro, trajo a todos los luanquinos sobre el escenario del auditorio sonando «a capella» con una calidad superlativa, exprimiendo cada cuerda en toda su capacidad dinámica y de tesituras extremas, desde las sopranos agudas que nunca pierden calidez hasta los bajos profundos, sustentos extremos que hacen brillar al resto de voces. Sentimientos musicales que trascienden lo religioso para una verdadera ceremonia coral que cortaba el respetuoso silencio de un público agradecido (bisarían el Kyrie como agradecimiento).

Felix Mendelssohn (1809-1847) es un compositor que este coro conoce de siempre, en el que se siente no ya cómodo sino volcado por la gran intensidad que las partituras entrañan, dejándonos dos salmos verdaderas joyas vocales, Jauchzet dem Herrn, alle Welt (Salmo 100) y Richte Mich Gott (Salmo 43), la inspiración en Bach, el recogimiento equilibrado y la pronunciación alemana perfecta.

No podía faltar en este romanticismo canoro y monumental Geistliches Lied, Op. 30 de Johannes Brahms (1833 -1897), continuador de su compatriota y al piano el corista Óscar Camacho que en esta doble faceta aporta la «respiración» del instrumento y la ductilidad de su formación. Tener la posibilidad del acompañamiento instrumental (orquesta, órgano o en este caso piano), siempre supone un punto más de calidad en un concierto a capella aunque El León de Oro también se ha mostrado en sus obras sinfónicas igual de confortable, pero la ocasión y el programa merecía la pena este nuevo regalo para sus seguidores.

Y del verdadero revolucionario coral como es Eric Whitacre (1970), este «coro de platino» ha encontrado en el estadounidense un verdadero filón, convirtiéndose casi en embajadores de sus complejas partituras, entre ellas este When David Heard que el propio Marco confesó su capricho en afrontarla hace tiempo y que ahora tenía el instrumento perfecto para interpretarla, como así sucedió. De nuevo la disciplina y el duro trabajo previo tuvo el premio de una versión «marca de la casa», la policoralidad, la importancia del silencio intrínseco a la música, el dramatismo, la afinación extrema, compenetración total, la exploración de la voz sin perder un lenguaje cercano a la historia coral que Whitacre conoce y El León de Oro interpreta como nadie.

Nuevo éxito de «los leones» en una temporada propia que ya de por sí es una heroicidad, con balance escrito del 2021 (gracias Adela) y mucha esperanza para un nuevo año indeciso, todavía cantando con mascarillas, que se olvidan al escucharles, tal es su capacidad y calidad. Gracias por estos monumentales regalos y salud para seguir disfrutando.

P. D.: De las notas al programa del propio Marco A. García de Paz, destacar el inicio: 

««Monumentos canoros” puede parecer un título ambicioso, de hecho, lo es. ¿Se
puede cantar un monumento? ¿Es posible, acaso, construir con un arte que es efímero en el tiempo? Nosotros creemos que sí, y para demostrarlo hemos escogido esta selección de obras, en su mayoría románticas, que hacen honor a la época en que fueron compuestas. Son obras pensadas para grandes coros y un elevado número de voces (no olvidemos que el Romanticismo es la época de la Revolución Coral, el auge de las grandes masas corales lejanas al ámbito profesional, aunque bien cercanas al disfrute). La forma en que están compuestas explota la sonoridad sin resultar nunca estridente, sino sobrecogedoramente bella, como los emplazamientos para las que fueron concebidas. Y es dentro de esa belleza donde esperamos que puedan pararse a disfrutar de este efímero arte con nosotros
».

Jaroussky cercano

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Miércoles 26 de enero, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: À SA GUITARE. Philippe Jaroussky (contratenor), Thibaut Garcia (guitarra). Obras de Poulenc, Giordani, Caccini, Dowland, Purcell, Mozart, Paisiello, Rossini, Matos Rodríguez, Granados, Schubert, Fauré, Barbara, Lorca, Bonfá, Reis, Ramírez y Britten.

Segundo concierto del triplete de contratenores con otro conocido de la afición como Philippe Jaroussky, esta vez con el guitarrista Thibaut Garcia, la unión de dos mundos, estilos, ambientes, casi una velada íntima para un auditorio con excelente entrada que respiró la cercanía de dos artistas con vínculos españoles en perfecta armonía, comentando los temas y su organización en distintos bloques, bromeando entre ellos y levantando algunos excesivos «bravos» que rompieron la tranquilidad y recogimiento que transmitieron tanto los artistas como la tenue iluminación y una sonorización cuidadísima, amplificación tan bien mezclada que ayudó a redondear un recital de los que llamo para «omnívoros» por la variedad.

Como si de la presentación que hacen las figuras internacionales de sus trabajos discográficos, el recital mantuvo esa estructura, la del CD homónimo al título del concierto, alternando solamente el orden,  con abundante música francesa como era de esperar, algún guiño al repertorio barroco que el contratenor lleva años defendiendo, por supuesto la música «ligera» de mi tiempo, esa que también se ha convertido en clásica, y por supuesto las intervenciones solitas del guitarrista hispanofrancés que demostró sus dotes no ya de acompañante ideal para este formato de repertorio sino un transcriptor de páginas con piano que en la guitarra toman un color casi de salón. Si la séptima cuerda, como bien escribe María Sanhuesa en las notas al programa (enlazadas arriba en obras) es la voz, este concierto, con duración más allá de noventa minutos, fue un auténtico placer para seguir situando a Oviedo como «la Viena española».

Imposible detallar las dos decenas largas de obras, incluyendo las dos propinas, pero quiero destacar el acercamiento al popular García Lorca y su Anda, jaleo con una guitarra cercana al flamenco como bien comentó el propio Thibaut, mucho más «verdadero» que la «maja» de Granados, las canciones de Poulenc, la primera dando el título a la grabación y el concierto, el siempre bello y sentido lirismo de Fauré que Jaroussky con García dejaron para el recuerdo, incluso el Britten «francés» atemporal o el más reciente Septembre de Barbara (1930-1997) porque no había «enero» que bromeó el contratenor. La mezcla de estilos en una voz que adopta y adapta cualquier canción que con la guitarra las hacen actuales y para todos los públicos. Incluso el «tributo» a los laudistas como Dowland que nuestro instrumento identitario engrandece en color y sonido.

Interesante el acercamiento sudamericano, tanto en la versionadísima Mañana de Carnaval en «brasileño» como en la argentina Alfonsina y el mar naturales y que demuestran la versatilidad de estilos tanto de los intérpretes como de estas páginas ya atemporales de las que todos tenemos nuestras referencias.

Al principio citaba el enorme trabajo de Thibaut García como solista y transcriptor, dejándonos La cumparsita uruguaya a nivel concertístico o el Xodó de Baiana (Dilermando Reis), lo popular con la calidad camerística. Pero personalmente me impactó el Schubert elegido, esos elfos (Erikönig D 328) sobre un texto de Goethe que la guitarra francesa «robó» al piano alemán y el contratenor interpretó con el dominio del siempre exigente lied que en esta interpretación demostró la excelente idea de este dúo. Interesantes igualmente las transcripciones de Giordani o Paisiello que todo estudiante de canto conoce pero que con Jaroussky alcanzan la excelencia.

Concierto original y variado como el público, satisfechos y con la amabilidad de siempre por parte de unos intérpretes cercanos siendo estrellas mundiales, sin divismos, firmando autógrafos y fotografiándose con todos, como ya hiciese hace tres años cuando el mundo era más sano y las mascarillas no robaban sonrisas.

Impagable Fagioli

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Sábado 22 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: «Naturaleza & tormentos». Franco Fagioli (contratenor), Gabetta Consort, Andrés Gabetta (violín y director). Obras de: Purcell, Vinci, Händel, Porpora, VivaldiLocatelli.

La capital asturiana a quien llamo hace tiempo «La Viena española» por su oferta musical amplia y variada, la misma de la que el concejal de cultura José Costillas en FITUR dice «ha quitado a la ciudad el sambenito de ciudad burguesa y aburrida en la que no pasaba nada«,  prosigue su lujo de programación con el primero de los tres conciertos dedicados a los contratenores que ahora mismo ocupan la cima de este registro, aún sorprendente para muchos.

No es cuestión de rankings pero el hispano argentino Franco Fagioli, que ya me entusiasmase en su anterior visita hace cuatro años «trayéndonos la primavera», ha dejado el listón tan alto que a punto estuve de titular esta entrada como Al filo de lo imposible pero mejor evitar confusiones con el programa de Sebastián Álvaro aunque haya retos musicales que merecen el mismo respeto. Esta vez la fusión de naturaleza y tormento fue digna de «los 14 ochomiles» demostrando de nuevo que no hay nada imposible.

El programa elegido para este tour de Barcelona a París con la parada obligada en Oviedo, está al alcance de pocos cantantes, un maratón vocal mucho más duro que toda una ópera y que exige no solo dramatizar cada personaje de las arias sino todo un esfuerzo físico que convierte a estos virtuosos en auténticos atletas del canto.

Es un placer escuchar pero también ver a Fagioli cómo respira, su gestualidad, su técnica asombrosa, sus fiatos, su perfecta dicción, su amplísimo registro donde los graves son rotundos y sus agilidades un verdadero derroche de gusto y entrega. Nada de artificio, la naturalidad del canto barroco, el auténtico bel canto de la época que instrumentaliza la voz. Y si además la arropa unos músicos como los de Andrés Gabetta al mando de este «consort», el resultado es redondo e impagable, pues hasta el violín solista cantó con la misma belleza que el contratenor argentino en Vivaldi y Locatelli.

Arias lentas y rápidas para degustar el canto legato del tucumano y corroborar la belleza de estas páginas, la genialidad de Händel, la grandeza de Vinci o el oficio del maestro Porpora. Bien organizado todo el programa que nos llevó hasta las 22:30 de la noche en un verdadero suspiro, con apenas los necesarios descansos que nos dejaron al Gabetta Consort dos conciertos vivaldianos de altura, más el de Locatelli con mi admirado Jorge Jiménez ejerciendo de concertino y la muestra de la sabia elección de los músicos por parte de su director Andrés Gabetta, no solo excelente violinista sino un perfecto concertador de esta música barroca que volvió a llenar el auditorio ovetense. De su formación también citar la impecable y bien sentida tiorba de Miguel Rincón, auténticas perlas en el continuo, y el fagot de Alessandro Nasello sobre todo en el «pastor» final de Händel así como la flauta del «ruiseñor» vinciano en feliz contestación al vocal de Fagioli.

Cada personaje, cada aria, cada intervención del contratenor logró quitarnos la respiración como si vampirizase el aire del respetable, aunque imposible apagar móviles que parecen volvernos a la post-normalidad de la pandemia. Las tres arias de Leo Vinci (1690-1730) equiparables en belleza al todopoderoso Händel de cuya Ariodante nos dejó Fagioli los momentos álgidos en un auténtico crescendo emocional incluso en el regalo Come nube de «Agripina y el triunfo del tiempo», el que detuvo este contratenor que sigue alternando escena y recital, esperando la terna completa con Jarouski y Orlinski que espero contar desde aquí, pero este frío sábado de enero con un Fagioli impagable hará difícil superarlo.

P.D.: Entrevista de este sábado en LNE:

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Viernes 21 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono II: Vidas fugacesOSPA, María Luisa Espada (soprano), Federica Carnevale (mezzo), Santiago Serrate (director). Obras de Arriaga y Pergolesi.

La pandemia sigue entre nosotros y cada día es una sorpresa para la que debemos adaptarnos sobre la marcha. Los eventos musicales siembran incertidumbres y los contagios aumentan, por lo que cancelar a última hora se está volviendo tristemente habitual pero los programadores siguen trabajando y consiguiendo auténticos milagros. El previsto segundo de abono Telemann desconocido se hubo de suspender pues Carlos Mena dio positivo (curioso llamarlo así cuando el propio hecho es negativo) y rápidamente nos encontramos con un programa de dos compositores de vidas fugaces, fallecidos por la tuberculosis que tantas muertes causó hasta conseguir su vacuna, y Santiago Serrate (Sabadell, 1975) se ponía nuevamente al frente de la OSPA con un concierto contenido de dolor y color.

La Sinfonía para Gran Orquesta del bilbaíno Arriaga, con toda la historia a su alrededor que bien escribe Pablo Gallego en las notas al programa (enlazadas al inicio), nos presenta esta forma orquestal perfecta para nuestra OSPA, ducha en repertorio de esta época, que el maestro catalán llevó con limpieza, buena respuesta y explorando un lenguaje que bebiendo del clasicismo es de un romanticismo claro que la prematura muerte de nuestro genio truncado, admirado hasta por Mozart, nos impidió saber dónde llegaría. Sinfonía interesante de escuchar interpretada con escrupulosa sonoridad, limpia, de rítmica precisa, tempi ajustados a las indicaciones y una energía contenida por momentos para una plantilla ideal (maderas a dos, dos trompas, timbal y cuerda) con intervenciones solistas destacadas de flauta y oboe en este segundo de abono, así como una sonoridad global aterciopelada y elegante.

El Stabat Mater de Pergolesi es una perla musical para disfrutar en cualquier versión. Buena elección de las solistas y una orquesta camerística de cuerda y órgano que la obliga a afrontar un repertorio poco habitual que Serrate supo comunicar. Sonoridades contenidas siempre subrayando a las voces, auténtico sustento y refuerzo dramático de un texto en latín que tanto la soprano emeritense como la mezzo italiana articularon correctamente (con el texto y la traducción en pantalla). Colores vocales las de estas voces femeninas adecuadas al estilo, con un empaste homogéneo en los siete dúos y cinco arias solistas plenamente dramatizadas, respirándose cierta religiosidad operística con aires más ágiles de lo habitual que favorecieron los ornamentos y supusieron mayor «comodidad» en sus intervenciones.

María Luisa Espada en sus arias volvió a demostrar el dominio vocal, comodidad en su tesitura que ha ganado cuerpo en el grave y con unos agudos sólo «afilados» cuando así lo exigía el texto desde ese color natural que la caracteriza en cualquier repertorio. Por su parte Federica Carnevale mantuvo el mismo nivel de calidad en sus tres números, voz carnosa de buena proyección en todos los registros, dicción y articulación clara, con el volumen necesario para la proyección correcta, siempre mimada por una orquesta contenida por el maestro Serrate, buen concertador de voces y entendiendo la ductilidad de la orquesta asturiana que debería transitar más el barroco, pues el público agradece estos repertorios. Como concertino invitado volvió a sentarse Benjamin Ziervogel, integrado en el grupo casi como uno más de la plantilla, aunque sigamos necesitando cubrir pronto esa plaza (el querido Vasiliev parece insustituible). La de director parece una quimera…

Francia a cuatro manos

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Jueves 20 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Lucas & Arthur Jussen (dúo de piano), Ensemble de la Filarmónica de Berlín. Obras de: Dvořák, Poulenc, Ravel y Saint-Saëns.

Volvían a Oviedo para celebrar los 30 años de estas Jornadas de Piano los hermanos Jussen (tras su paso por Barcelona), von una compañía de auténtico lujo como los ocho componentes de «los berliners» entre los que se encontraba un conocido de la afición ovetense, el violista Joaquín Riquelme, auténtico «dinamizador» de sus compañeros que casi ejerció de maestro de ceremonias. Lucas Jussen (27 de febrero de 1993) y Arthur Jussen (28 de septiembre de 1996) nunca defraudan y menos en las obras elegidas, todas francesas y en combinaciones para disfrutarlos a pares: a cuatro manos, con dos pianos y en formato camerístico rodeados de un ensemble auténticamente formidable que hizo las delicias de un público que vuelve con hambre de música recuperando aforos y manteniendo la mascarilla entre otras medidas de prevención.

Para abrir boca y gozar de los «berlineses«, el quinteto de cuerda puso la nota checa con Dvořák y su Quinteto de cuerda nº 2 en sol mayor, op. 77, cuatro movimientos que sonaron «de disco», tal es el entendimiento y sonido de estos cinco virtuosos del arco, fraseos delineados, sonoridades compactas ricas  en matices, minuciosos en la afinación (tras cada movimiento) y detallistas que sacaron de esta perla camerística lo mejor de ella, fuego en el primer movimiento, vértigo unificado en el segundo, la calma de una «respiración única» en el tercero y un final sobresaliente, auténtica lección y aperitivo para paladares exquisitos dentro del menú francés que trajeron los hermanos holandeses.

La Sonata para piano a cuatro manos, FP8 (Poulenc) comenzó impetuosa, casi sin respiro con el Prélude enérgico donde la «coreografía» iba no ya en las manos sino en los propios gestos de los hermanos. Como escribía el gran Sir Neville Marriner «Te das cuenta de que no es normal. No son sólo dos buenos pianistas tocando juntos: ambos sienten exactamente los detalles más sutiles de la interpretación del otro». Maravilla de sonata con el sello inconfundible del Rústique Poulenc capaz de volcar en 20 dedos todo un mundo orgánico coronado en el vertiginoso, además de virtuoso Final que estos hermanos interpretan desde la unidad genética que tantos ejemplos ha dado en este repertorio.

Aún quedaban dos pianos, el de Ravel, inspirado escribiendo igualmente para una mano izquierda como en esta versión de La Valse, M.72 (en Barcelona los Jussen optaron por las cuatro manos de Mi madre la oca, más imbricada con la última obra del programa ovetense), el mundo sinfónico lleno de color que con un piano a pares consigue una cercanía difícil de alcanzar pero tan rica y sentida dentro de ese encaje perfecto de los hermanos. Impresiona cerrar los ojos para escuchar el «piano imposible», duplicado y casi en espejo, con el hermano mayor siempre de «grave sustento» para hacer brillar al pequeño, la luminosidad por partida doble.

La juventud tiene en estos dos holandeses (desconozco el gentilicio de los Países Bajos como ahora denominan al país de los tulipanes) buen reflejo para sus contemporáneos y seguidores, especialmente en las hoy cenagosas redes sociales donde verles y escucharles es un oasis entre tanta miseria humana. Elegir El carnaval de los animales (Saint-Saëns) creo que es una excelente opción más allá del carácter didáctico que pueda tener, pues contar con un octeto de tanta altura como el que trajeron para ofrecernos la versión original, fue un regalo para todo melómano.

Simon Rössler al «glockenspiel» y marimba solamente para esta obra, como el flautista Egor Egorkin con algo más de protagonismo, son lujos casi inalcanzables, y no digamos el principal berlinés de clarinete Wenzel Fuchs, un «cuco» de ensueño con el nivel de este solista mundial que también puso el toque de comicidad incluso marcándole la pulsación en las escalas del menor de los Jussen en los Pianistas animales. No podemos olvidarnos de cada intervención estelar, irreprochables y perfectas, desde El elefante Gunars Upatnieks, pasando por los cacareos de gallinas y rebuznos de asnos (nada burros) con Luis Felipe Coelho y Álvaro Parra, más el emocionante cisne de Solène Kermarrec. Por supuesto completaron este elenco de figuras internacionales los hermanos en los pianos sonando como uno desde la grandeza y entendimiento rozando la deseada perfección en su ejecución, realmente todo el conjunto, disfrutando y sonando impecable, encajado y «ensamblado» con el rigor germano aunque con «mano de obra» internacional.

El ejemplo del trabajo en equipo sintiendo y viviendo la música con una calidad «brutal» (como dice ahora la gente joven) se coronó con ese Finale bisado tras un nuevo éxito de los hermanos Jussen con una compañía de ocho inmensos solistas unidos para ofrecernos la crème de la crème del mundo camerístico.

P. D.: Dejo a continuación el artículo publicado el pasado martes en el diario La Nueva España.

El mágico tránsito de Perianes

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Viernes 14 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 OSPA: Perianes Integral. OSPA, Javier Perianes (piano y dirección), Obras de Mozart y Beethoven.

Día para el recuerdo con ausencias muy presentes como la de mi querido Alfonso Ordieres a quien se le dedicaron los dos conciertos, el tránsito vital que nunca deseamos pero forma parte de nuestra existencia, y la música siempre resulta la mejor poción mágica para aliviar dolores, un sentido pésame para toda su familia desde el propio tránsito del maestro y amigo.

Mágico tránsito el de este concierto especial con Javier Perianes compartiendo dos páginas inmortales para piano con orquesta, el vigésimo de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) y el primero de Ludwig van Beethoven (1770-1827), ejerciendo de auténtico maestro y hechicero, conviviendo y compartiendo con todos los músicos sobre el escenario, escuchándose, disfrutando de la mejor música concertada donde quien dirige es el latido común de cada instrumentista en una interpretación llena de emoción, dolor, esperanza, pasión y vitalidad.

Impresionante homenaje lleno de historia, lección para comprobar la transición de dos genios, un Mozart premonitorio del romanticismo junto al Beethoven clásico que dará el paso adelante sin sobresaltos, su homenaje y admiración por el genio de Salzburgo junto al personal heroísmo por romper moldes. Así entendió Perianes los dos conciertos elegidos formando un bloque común que brilló e hizo brillar dos páginas únicas, complicidad desde un piano plenamente ensamblado en dinámicas y agógicas, esta vez con Alexis Aguado como concertino invitado, un puesto que sigue clamando titularidad (de la batuta esperada mejor ni hablamos) y transformación «digital» como aquel programa de edición fotográfica donde el paso de hombre a lobo era sutil y sin sustos, lleno de arte visual, esta vez Mozart y Beethoven arte musical con una «aplicación desde Nerva al mundo»

El Concierto para piano y orquesta nº20 en re menor, K. 466, como bien apunta en las notas al programa mi tocayo Pablo Gallego, «…el hecho de que todas las ideas musicales felices contengan tristeza, y todas las tristes aporten una medida de esperanza, como señala Richard Westerberg, “es donde reside la clave de la humanidad de Mozart, que ha resonado en músicos experimentados y noveles por igual a través de los tiempos”, y la elección de este «cinematográfico concierto» no pudo ser más acertada para el primero de abono que esperemos nos deje (con)vivir sin perder tanto ganado, incluyendo la música en vivo. Exactitud en los tempi con encaje en el dramatismo propio sin buscar referencias operísticas y marcando distancias de protagonismo entre una orquesta rica en matices junto al piano cristalino y entregado del maestro onubense  (I. Allegro). La paz y el sosiego llegaría en el movimiento central (II. Romanza) que Peter Shaffer inmortalizaría en su Amadeus, mi particular Sorolla del piano iluminando ese remanso único, en primera persona para compartirlo entre todos en feliz y bien entendido diálogo. Y esa furia contenida del último tiempo (III. Rondo: Allegro assai), siempre las cadencias de Perianes como recordatorios anímicos y avisos libertarios. La magia de Mozart conseguida en este concertar auténtico para disfrute de todos los públicos.

Sin descanso, sin perder ese tránsito vital en el tiempo, Beethoven y su Concierto para piano y orquesta nº1 en do mayor, op.15, imaginando al compositor en el piano como también hiciese su admirado Mozart, dos mundos en un mismo universo, el torrente del segundo y el tormento del primero para unir orquesta y piano en pos de una libertad sin luchas fratricidas. Inicio con tributo clásico  (I. Allegro con brio) en escritura e interpretación, disfrutando de una OSPA entregada al compañero pianista, repeticiones llenas de matices y unos balances perfectos en la «acústica pandémica» que ha supuesto quitar la pantalla del fondo. De nuevo el remanso del movimiento central (II. Largo) con el clarinete de Andreas Weisgerber completando  una sonoridad delicada y una concertación perfecta y sin fisuras.  Qué mejor título para el cierre, la forma y el fondo (Rondo: Allegro scherzando), rápido y bromista, parecidos de los dos genios y visiones distintas, un regalo pianístico bien secundado por la orquesta, cadencias impolutas y sensuales más ese empuje de danza que cerraría un tránsito mágico en las manos y el arte de Javier Perianes cuyas visitas a nuestra tierra las contabilizo en emociones a flor de piel.

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