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La OSPA conecta

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Jueves 19 de mayo, 10:30 y 12:00 horas. Auditorio de Oviedo. Concierdo didáctico «La orquesta se mueve»: OSPA, Rossen Milanov (director). Con la participación de Gustavo del Moral (presentador), las sopranos Sonia de Munck, Elena Ramos, el tenor Julio Morales, con Vaudí y su grupo de percusión brasileña.

Apostar por la música es invertir en futuro, y el maestro Milanov se marcó como primer objetivo nada más llegar a la OSPA acercarla a los públicos del mañana. La primera apuesta ha sido traer a Europa el proyecto Link Up en el Carnegie Hall, del «Weill Music Institute», que él conoce en primera persona. Movilizar a 3.000 alumnos de 9 a 13 años de toda Asturias con sus profesores supone un esfuerzo que ha tenido el apoyo de toda la comunidad educativa, implicándonos desde el primer momento en que se nos comunica este concierto didáctico donde el alumnado participa directamente y no sólo como mero auditor, pasando a formar parte de la historia al ser Asturias y España los pioneros europeos ¡en algo somos los primeros! y pronto nos seguirán, como Navarra.

En febrero nos mandaron a los centros unos excelentes materiales (traducidos al español por Ana Mateo de los originales) para comenzar a preparar este concierto con la OSPA y su titular Milanov desde todos los niveles, aprovechándolo como parte de las clases de música, esas que Wert entiende no como cultura sino entretenimiento. Tendría que enterarse un poco más…

El ambiente que se respiraba antes, durante (llenazo histórico) y después nos deja con la esperanza del trabajo bien hecho. Las sugerencias las haremos llegar, como siempre, a los responsables, con la gerente Ana Mateo a la cabeza sin cuya entrega e implicación con el proyecto no hubiera sido posible esta nueva experiencia.

El repertorio elegido giraba en torno a The Orchestra Moves, «La orquesta se mueve» en el amplio sentido que incluye mover y conmover, pues la música es única y directa para el movimiento interior y realmente «conectó» (Link Up) con todos los asistentes. El músico y pedagogo cántabro Gustavo del Moral fue quien llevó el peso del concierto haciendo ora de animador, ora de batuta doblada, incluso de apuntador en momentos puntuales, siendo también el «link» del concierto.

Thomas Cabannis es el compositor del tema «Ven a tocar» (Come To Play) a tres voces, donde cantamos, tocamos la flauta de pico (recorder en inglés) y nos movimos literalmente, todavía un poco «oxidados» aunque pronto nos desperezaríamos.

Para movimiento el conocido Can-Can de «Orfeo en los infiernos» (Offenbach), bailarinas incluidas que fueron las encargadas de despertarnos a todos, incluyendo al bueno de Gustavo.

«El Danubio Azul» (J. Strauss) en versión cantada y traducida al español (en inglés quedaba un poco mejor) tuvo la participación de las flautas que resonaron en todo el auditorio con la OSPA casi acompañante ante el poderío sonoro del alumnado. Hubo melodías, contestaciones y sobre todo «rubato» que pese a no estar en Austria sino en Asturias, ¡funcionó!.

También ternario pero relajado resultó el Nocturno de «El Sueño de una noche de verano« (Mendelssohn) donde las dos voces de las flautas completaron a una OSPA aterciopelada como si el ejemplo de Morató a la trompa surtiese el efecto deseado. Las ganas del alumnado les hacían adelantarse en un tempo lento, pero escucharse fue la mejor lección y el resultado final resultó de nota para todos.

La alegría operística comenzaba con Mozart y la Obertura de «Las bodas de Fígaro« para batir el récord de velocidad por parte de los músicos «ospenses» ya en plena forma matutina que prepararon el famoso Toreador de «Carmen« (Bizet) donde el tenor Escamillo no tuvo su mejor faena pero que el «apoderado» del Moral capeó con un «doble» coro gigantesco cantando en un francés excelente para su faena de aliño. Cierto que podía haber utilizado el estoque-micrófono como el resto, pero la valentía tiene sus riesgos y el torospa no era un novillo precisamente.

Mi alumnado ya se quedó enamorado de Beethoven con el primer movimiento de la Sinfonía nº 5 en Do m., Op. 67, pero como toda esta joven hornada, lo de estar más de cinco minutos callados no lo tienen muy controlado, y tras el «subidón» anterior no saborearon la «Quinta del sordo» como deberían, y eso que la Orquesta se movió a bien nivel con un diestro Milanov exprimiendo una obra que siempre exige.

En un espectáculo tan americano no podía faltar otro tema de Cabannis, auténtico anfitrión de este programa, que compuso «Lejos vuelo» (Away I fly) donde la participación del alumnado fue coreográfica siguiendo los 8 pasos ideados por Hilary Easton. Era el estreno en Europa y acostumbrados a ensayarla con piano la versión orquestal resultó magnífica.

Y el fin de fiesta trajo el Carnaval de Río al auditorio para hacer de Oviedo «Cidade Maravilhosa» (André Filho), entrando la «batucada por la butacada», y llegando por momentos a tapar la rica orquestación preparada, cantando todos en portugués con un brasileño medio asturiano como Vaudí. La alegría nos contagió a todos como la cuica siempre simpática, y aunque no vimos a la Consejera del ramo por nuestra ubicación, sabemos que bailó como los demás, para volver a clase con una sonrisa más el optimismo y ganas de seguir trabajando en estos proyectos que conectan y enganchan a alumnos y profesores.

Vendrán los tuiters, correos, Facebook y demás vías de intercambio de experiencias, pero sobre todo la ilusión por el siguiente que seguro llegará en la próxima temporada y curso escolar. Gracias al maestro Milanov, a la OSPA y a su gerente Ana Mateo, pero sobre todo

GRACIAS A LOS ALUMNOS DE ASTURIAS

auténticos protagonistas de este jueves.

Investigando y sonando

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Jueves 9 de mayo, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres. AMIGO (Aula de Música Iberoamericana «Grupo de Oviedo»).

Capitaneados por el maestro Julio Ogás, que esta tarde ejercería de anfitrión y presentador, el grupo «AMIGO» lleva dos cursos trabajando en el estudio y recuperación del patrimonio español e iberoamericano con alumnos universitarios que pasan del papel pautado a la interpretación sin más ánimo que dar a conocer un repertorio a veces olvidado y tristemente poco tocado, pues no son profesionales de sus instrumentos sino sus vehículos para el arduo trabajo musicológico.

Las fechas de exámenes y avatares estudiantiles nos privaron de escuchar la Romanza para viola y piano del madrileño Conrado del Campo del que se cumplen 60 años del fallecimiento, permaneciendo casi inédita su amplísima producción (más allá de sus cuartetos), aunque el resto del programa se respetó escrupulosamente.

Mejor suerte tiene el compositor venezolano Rodrigo Riera de quien la estudiante de doctorado leonesa Sara Arenillas nos dejó en su guitarra dos obras donde mostrar en el instrumento que también dominaba el larense su mezcla araucana con la herencia europea (de hecho estuvo varios años en España): el Vals campestre más pastoral que vienés, por esa reinterpretación que tanto se ha utilizado en música, y el Homenaje a La Chicachagua, obra lenta y emotiva con la espiritualidad de esa figura popular, que  ha recuperado el grupo AMIGO, en este caso la música de guitarra de una Venezuela siempre rica en música y músicos.

El dúo formado por Cristina Salgueiro (viola y estudiante de grado) y Naiara Francesena (piano y comenzando su licenciatura con premio de Diplomatura en Magisterio) trajeron dos obras muy distintas: del compositor y pianista porteño afincado en Alemania desde los años 90 Juan María Solare (Buenos Aires, 11 agosto 1966) su Reencuentro: Milonga para viola y piano, con distintas versiones -para piano a cuatro manos, con cello o violín, siendo la versión inicial (parrilla) de 2008 en El Escorial- y estrenada para piano y viola en Bremen (25 enero 2010) con todo el sabor y color de la pampa en esta obra lenta donde la viola parece cantar con un acompañamiento lleno de ritmo en el piano, más la conocida Aria Bachiana nº 2 de Heitor Villalobos, uno de los muchos arreglos de esta obra inmortal que evidentemente no mejoran el original pero sirven para popularizar desde la música de cámara obras mayores.

Siguiendo con ese espíritu melódico tan característico de mi querida Argentina sonaba el gran Carlos Guastavino con Rosita Iglesias del ciclo «Las Presencias» en arreglo del propio compositor para clarinete, a cargo del instrumentista local Xuacu Llaneza, y piano, nuevamente Naiara Francesena. Hermosa canción con un desarrollo a base de variaciones que saca todo el colorido a la caña logrando una tímbrica variada y expresiva antes de retomar el tema inicial.

Para el final el propio Julio Ogas, al piano, acompañó a su hija Sofía Ogas (cello) con dos obras de sus compatriotas: Escualo de Astor Piazzolla cambiando bandoneón por cello, y la original además de difícil Pampeana nº 2, Op. 21 (Alberto Ginastera), dos formas de entender la música desde la misma tierra, el avanzado lenguaje del llamado «nuevo tango» del primero con un protagonismo compartido de los instrumentos decantado por el fraseo melódico del cello y la rítmica tan propia del piano, y la inspiración pseudonacionalista del folclore puneño que Ginastera nunca conoció personamente, como bien explicó el maestro de Mendoza afincado en nuestra tierra más el cercano de La Pampa todo con el crisol propio de un compositor formado en EEUU con Copland, con ese ritmo de «Malambo» que le ha hecho famoso, «reducido» a dúo.

Sin entrar a valorar la ejecución de todos, destacar el plato fuerte final por la enjundia de las obras y el perfecto entendimiento de los Ogas, como no podía ser menos.

Agradecer a la Universidad de Oviedo esta gira astur que recaló en Mieres para sumarse a los actos del 25 Aniversario de nuestra Escuela y Conservatorio local en unos momentos donde la tijera cultural amenaza cada día. La buena asistencia al concierto, pese a otras coincidencias, es indicativa de la afición musical que siempre hemos tenido los de esta cuenca, completada con la posibilidad de estudiar «en casa» en los siempre difíciles primeros años de iniciación en un arte que ocupará el resto de nuestras vidas desde muchos puntos, pero siempre desde el conocimiento que ayuda a un mayor y mejor disfrute. En esta dirección remamos todos los presentes y algunos ausentes. Sólo necesitamos que no frenen un esfuerzo de tanto tiempo, pues peligra el futuro de nuestra generación y la herencia de las siguientes.

Un borroso Dutoit

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Lunes 6 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Royal Philharmonic Orchestra (RPO), Adolfo Gutiérrez Arenas (cello), Charles Dutoit (director). Obras de Mendelssohn, Saint-Saëns y Mahler.

Una orquesta de renombre con director de fama mundial y la «Titán» de Mahler eran más que suficientes para llenar el auditorio, aunque al final el público y un servidor parezcan tener opiniones distintas. Tampoco las notas al programa me aportaron nada esta vez, quedándome un sabor amargo por ese regusto de sentir que las giras de «bolos» no me encajan en un ciclo de la calidad del carbayón.

La Sinfonía nº 1 «Titán» en RE M. (Mahler) en la versión de Dutoit resultó como él quiso porque evidentemente optó por la suya propia a lo que la RPO respondió con más errores de los esperados en una formación con la trayectoria de la británica, seguramente éxito de ventas en cuanto la grabe, pero no la compraré para mi colección. El suizo arrancó el Langsam, schleppend como desenfocado, y pensé en un desajuste inicial, pero la evolución fue a brochazos y con una paleta de colores algo distinta e incluso exagerada. El Scherzo siguió en la misma línea, como bocetos de posibles versiones definitivas sin apostar por ninguna, pues había demasiadas direcciones a lo largo del movimiento, incluso pareció optar por una gama de grises por amplia que fuese. La Marcha fúnebre Trauermarsch resultó evidentemente «solemne y medida» (Feierlich und gemessen), aunque pareció olvidar el «sin retardarse» (zu schleppen) con una agógica desigual desde el arranque inicial, que fue un poco la tónica global. Además había momentos donde ni siquiera consiguió transmitir una idea unívoca sino demasiadas opciones sin optar por ninguna, demasiados bocetos pero nada acabado. La orquesta es poderosa, densa, pero Dutoit pareció apostar por sonoridades al límite que desvirtuaron esta primera de Mahler, creo que excesivamente expresionista, aunque para gustos, los de Dutoit. Stürmisch bewegest resultó más «agitado» que «tempestuoso» pese al despliegue sonoro del último movimiento que siempre impresiona a nivel visual pero nuevamente alejado de mi concepción del sinfonismo «inicial» de Mahler donde Titán pareció más la marca de pinturas que el dios griego. Atronadores aplausos para una primera que no recordaré entre las muchas escuchadas en directo.

La primera parte comenzaba con la Obertura «Las Hébridas», Op. 26 (Mendelssohn) que resultó correcta en sonoridades y planos, ofreciendo un tiempo algo reposado aunque sin el brillo que toda la RPO posee sin perder nunca ese «sonido británico» que la caracteriza.

El Concierto nº 1 para violonchelo y orquesta en La m., Op. 33 (Saint-Saëns) quedó descafeinado en la interpretación de un Adolfo Gutiérrez Arenas al que pareció pesarle orquesta y director, versión más confrontada que concertada donde la masa sonora se apoderó por momentos del discurso melódico en el solista, sólo salvable en los graves, con una batuta «a lo suyo» en esos tres movimientos ejecutados sin pausa, con un inicio incluso titubeante y carente de la decisión necesaria. Faltó la emoción de otras tardes hasta en la propina (la «Zarabanda» de la Suite nº 5 de Bach), aunque tendrá el orgullo de este acompañamiento «de lujo» para el curriculo de un cellista cercano a nuestra tierra, pero que, como los buenos toreros, no tuvo su tarde, y no todas las ganaderías de renombre dan días de gloria, que le esperan con toda seguridad: el arte musical corre por sus venas…

Alma rusa en Asturias

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Viernes 3 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono 11, OSPA, Lilya Zilberstein (piano), Carlos Miguel Prieto (director). Obras de Shchedrin, Rachmaninov y Prokofiev.
Volvía a la tierra de sus antepasados el director mexicano Carlos Miguel Prieto y traía un concierto totalmente ruso, pianista incluida, conocedor de que parte de nuestra orquesta asturiana tiene mucha de su alma en su país, como los tres compositores elegidos y bien explicado en las «Tres visiones de un concierto» de las notas al programa escritas por Carlos García de la Vega.
El estreno en España del Concierto para orquesta nº 1 «Naughty Limericks» (1963) de Rodion Shchedrin (1932) puso de manifiesto no ya el sentido del humor del pianista casado con la gran Maya Plisetskaya sino toda la herencia de su amigo y maestro Shostakovich, con una orquestación claramente circense y divertida («coplillas gamberras» como bien explica mi amigo neoyorquino John Falcone en el canal OSPA TV, también con mucha alma rusa) que el Maestro Prieto llevó con la misma chispa y energía de una partitura que nos arrancó a todos una sonrisa y trajo a mi memoria momentos cinematográficos.

El momento cumbre de la tarde, que dejará huella en todos los presentes, lo trajo la genial Lilya Zilberstein que ha hecho del Concierto para piano nº 3 en Re m., Op 30 (1909) de Rachmaninov un referente para todo melómano, volviendo a contagiar la magia que solamente el directo es capaz de lograr aunque haya quedado registrado por Radio Clásica para atesorar otro día memorable que el propio compositor seguramente ni se hubiera imaginado. La virtuosa rusa «hace Música» de principio a fin, la fortaleza física y mental que exige «el tercero» no mermó en ningún momento toda la belleza de una partitura que tuvo en la OSPA el complemento perfecto bajo las manos de un Prieto volcado y contagiado de este alma rusa hecha arte sonoro, compositor, partitura e intérpretes.

Como si la lejanía de la tierra amada fuese motivo inspirador (obra contemporánea de La Isla de los Muertos), las enormes proporciones y la factura pianística tan cargada, hacen de este concierto uno de los más peligrosos del repertorio (y de nuevo el cine en el recuerdo: «Shine» basada en la vida del niño prodigio David Helfgott), pero que en la interpretación de Zilberstein parecía fluir con total naturalidad. La han dirigido y acompañado los grandes y Oviedo se ha sumado a esta lista. El Allegro non tanto arranca tranquilo para ir brillando en cada modulación y cada crescendo de piano y orquesta en una auténtica montaña rusa de emociones hasta la cadenza endiablada y poderosa como sólo el propio Sergei era capaz de interpretar. La riqueza tímbrica que consigue la pianista rusa es de embriagar, sumándose una paleta orquestal que logró aún más brillo (¡shine!). El Intermezzo retoma la belleza melódica algo contenida con una orquesta densa pero clara, madura, empastada, pletórica, y las variaciones cristalinas del piano antes del tumulto pianístico que encadena con el «Alla breve» Finale. Ritmos protagónicos en todos los intérpretes bien llevados por un Prieto casi ruso, preciso en el gesto, cómplice de todos más la vitalidad centelleante en cada intervención de piano, solistas y tutti sin poder destacar a nadie por la feliz conjunción. La «colocación Milanov» volvió a conseguir un colorido casi de titanio, reconfortante, armónicos con el piano únicos y ese abrazo de los seis contrabajos que mecieron al «3 de Rach«, creciendo en una vorágine musical donde todo el alma musical de Lilya nos contagió y rompiendo en atronadores aplausos con varias salidas a escena, felices de haber asistido a un concierto único.

La Sinfonía nº 5 en SIbM, Op. 100 (1944) de Prokofiev completaría este trío ruso para la tarde asturiana, obra impregnada del sentimiento de victoria que alcanzó a todos los presentes contagiando ese aliento épico desde la batuta de Prieto en una partitura exigente para una plantilla algo reforzada que la crisis impide mantener fija. Si hace apenas una semana pensaba que el listón estaba alto, hoy han subido un pequeño peldaño más por la entrega y calidad de todas y cada una de las secciones de nuestra orquesta de cabecera en Asturias. Cierto que en la formación el ruso parece dominar y cuando se programa la música que han mamado desde siempre hay una transformación, pero debemos reconocer que el acento de esta tierrina nuestra les ha empapado como el «orbayu», creciendo todos cuando desde el podio se les exige desde el conocimiento. Y como «no hay quinta mala», así resultó la versión, alma rusa llevada por un mexicano de origen asturiano para nuestra orquesta internacional. Un Andante solemne y dulce que se transforma con vigor y sonoridad así como nuevamente el humor para una «batalla sinfónica» que dice Tranchefort en su «Guía de la música sinfónica». El Allegro marcato con ostinados agitados transitaron por cada sección de una orquesta rotunda de dinámicas contundentes y asombrosa seguridad que transmiten las percusiones atinadas. La emoción llegó con el Adagio que recuerda el inicio del «Claro de Luna» de Beethoven para lucimiento de una madera siempre lírica cargada de dramatismo para culminar con los trombones hercúleos contrastando texturas que Prokofiev domina como nadie. Y el Allegro giocoso que parecía cerrar con la alegría de flautas y fagots seguido por clarinetes cual bufones antes de cerrar una evolución de caracter coral donde las imitaciones las marcaba el Maestro Prieto con los guiños del que se sabe a gusto y bien querido. Los metales recordarán que «la grandeza épica no es extraña a los frenesíes de la alegría popular», como este inicio de mayo que nos devolvió el sol y el alma rusa a mi Asturias patria querida.

Tentaciones sinfónicas

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Jueves 2 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Xavier de Maistre (arpa), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de J. Guerrero, Ginastera y Tchaikovsky.
Continúa una semana de lo más musical que hace la vida un poco mejor. El titular de la formación capitalina volvió a apostar por la mezcla de obras, aunque pienso que la tentación vive arriba.

De Jacinto Guerrero (1895-1951) escuchamos la breve pero agradecida Jhaía: danza mora (1918), en edición de la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero y perfectamente explicada en las notas al programa por mi admirado Ramón Sobrino Sánchez, que leyéndole es casi como estar escuchando su siempre ameno e irónico verbo. Obra de juventud del toledano con giros arabizantes de su tierra natal («boceto oriental» subtitulaba su estreno) y una orquestación grande que el Maestro Conti llevó con la frescura que sabe transmitir desde una memorización precisa capaz de sacar todo y más de la partitura.

El virtuoso francés Xavier de Maiestre fue el encargado de interpretarnos el Concierto para arpa y orquesta, Op. 25 (1956) del porteño Alberto Ginastera estrenado en 1965 por nuestro Nicanor Zabaleta. Tres movimientos bien contrastados y escritos aunque «la falta de experiencia previa de Ginastera con la sonoridad del arpa, le lleva a un frecuente tratamiento en bloques solo-tutti, para no tapar al solista, especialmente en el tercer movimiento» como escribe el Dr. Sobrino, lo que no impide disfrutar de una obra con referencias tanto al folklore argentino natal como a sus amigos y maestros. Impresionante el dominio del arpa por parte del intérprete que hace aún más grande la obra y perfecta concertación de Conti, atento al solista y encajando sin mayores problemas las complejidades rítmicas que esta orquesta afronta con seguridad. Emotivo el Molto moderato central con un lenguaje más cercano a sus contemporáneos y buen Vivace final con sonoridades potentes en todos los intérpretes, percusiones especialmente sin olvidar unos metales bien ensamblados.

La propina de El Carnaval de Venecia de Paganini en esta «paráfrasis» para arpa (y tos) no tuvo nada que envidiar a las guitarrísticas del gran Tárrega, con una demoníaca técnica que saca de un instrumento tan complejo sonoridades celestiales…

Palabras mayores es la Sinfonía nº 6 «Patética» en Si m., Op. 74 (Tchaikovski), probablemente la más escuchada y varias veces en este auditorio, nuestro aunque siempre haya público que aplauda al final del «ruidoso» Allegro molto vivace del tercer movimiento. La tentación de interpretarla debe ser grande en cualquier director aunque para toda orquesta supone una obra exigente para todas las secciones, y si no contamos con una plantilla equilibrada, incluso «agigantada», el resultado final siempre será inferior al deseado. Los músicos pueden darlo todo, como así sucedió, y entiendo que los metales no puedan contenerse aún a costa de engullirse a una cuerda mermada para esta magistral y póstuma sinfonía. Marzio Conti tiene más que interiorizada la obra pero reconocerá que faltó cuerpo en los tutti, pero sobre todo equilibrio.

La cuerda tiene pegada cuando puede y se le pide, musicalidad a raudales en toda ella, bien empastada con la madera, pero algo tapada cuando «los bronces» atacan sus ff. Timbales siempre mandando con reguladores contagiosos a toda la formación, percusión toda ella impecable. Impresionante el esfuerzo de todos, Conti el primero: contrastes bien buscados, melodías sonsacadas, tempi ajustados para saborerarlos, interpretación romántica a más no poder pero globalmente se me quedó pequeña. Enhorabuena por los momentos íntimos conseguidos en cellos o violas, sonido que comienza a personalizarse aunque pierda limpieza en los pasajes rápidos. Con todo siempre es una tentación placentera volver a escuchar «La Patética» en vivo.

El cambio climático de Forma Antiqva

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Martes 30 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Forma Antiqva, Aitor Hevia (violín), Aarón Zapico (clave y dirección). Obras de Telemann y Vivaldi. Entrada: 23 €.

La música siempre me depara placeres únicos, irrepetibles en directo aunque las grabaciones tiendan a capturar lo perecedero. En mi vida guardo momentos imborrables que tiendo a compartir con mis seres queridos, siendo un San Fermín de 2011 en Granada uno de ellos. Allí disfruté de un concierto increíble que titulé «Vivaldi redescubierto» con unos paisanos míos que sabía estaban haciendo historia y felizmente era testigo de ella, dudando en titularlo como «Estaciones asturianas».

La música escrita es guión y pauta para los estudiosos, razón de existir en la propia historia y hasta motivo de discusiones encontradas en pleno siglo XXI para musicólogos, melómanos e intérpretes. La música escuchada plantea la dualidad objetividad – subjetividad por todo lo que conlleva de estado anímico en ambas partes, intérpretes y auditorio, preparación y/o formación, pero sobre todo, algo tan primigenio como el gusto individual.

Forma Antiqva no lograrán jamás dejarnos indiferentes, algo que en sí ya marca diferencias. Su regreso a casa siempre resulta noticia y puedo decir que «son profetas en su tierra», que les devuelve en pequeñas dosis todo lo que ellos hacen por ella. Volver a escuchar sus Concerti Figurati ossia Le Quattro Stagioni («Conciertos descriptivos, o Las Cuatro Estaciones») casi dos años después me mantiene la capacidad de seguir sorprendiéndome por lo irrepetible de la música.

Dos de los Concerto Polonoise (Concierto polaco) de Telemann,  los TWV 43:G7 y B3 escoltarían la Symphonia RV 111a de Vivaldi en un bloque ejecutado como único a petición suya, con una formación que varía según programas y ligeramente de «la granadina». Aarón Zapico cual prete bruno tomaría el timón de una nave que convirtió el auditorio carbayón en Ospedale della Pietà que recoge jóvenes músicos de primera remando en la misma dirección, en Ovetus veneciana por aguas mil de este cierre abrileño con acqua alta para dar y tomar. Pero esta orquesta barroca «de casa», capaz de igualar otras que ya han pasado por el mismo escenario, quería arrancar precisamente con el compositor alemán, que fusionase los estilos alemán y francés con su collegium musicum en Leipzig y Eisenach emulando aquel espíritu de difundir los conciertos de música instrumental entre el público aficionado fuera de la exclusividad de los ambientes cortesanos y eclesiásticos como bien recoge en las notas al programa Maria Sanhuesa, autoridad en música de la época y valedora como pocos de nuestro patrimonio histórico y actual. Alternancia de movimientos lentos y rápidos típica de los conjuntos de cuerda y continuo que Forma Antiqva fue desgranando, seguros en los movidos, líricos en los pausados, claros en los danzables, para dejar a Vivaldi aún más luminoso entre ellos. Jorge Jiménez como concertino, conocido ya en Oviedo, marcaba el ritmo y velaba armas nuevamente a las órdenes del Mayor Zapico, capitán de la nave, algo exagerado en el gesto pero eficiente en el resultado: una regata por aguas nada fáciles capaz de mantener equilibrio y contagiar sensación de remanso ante una auténtica tormenta emocional que no dio tregua en casi media hora de remo. El fondo de la embarcación lo ponían los contramaestres Zapico a la tiorba y guitarra – archilaúd, con un clave y órgano de Silvia Márquez más el contrabajo de Vega Montero, que asentaban el conjunto y sumaban agilidades. La tripulación estaba preparada para la larga ciaboga final.

La cuarta parte asturiana «del Quiroga» Aitor Hevia tiene mucho peso en estas «cuatro estaciones de Forma Antiqva» y sin él no resultarán nunca igual (del cuarto gallego lo dejo en los «links» finales, dando de pista que está en los violines segundos). Los años dan madurez y perspectiva, poso y sabor, paso de crianza a gran reserva, por lo que seguir aportando cosas nuevas a los archiconocidos conciertos para violín de Vivaldi no es reto sino virtud.

Apuntaba en el momento de escucharlas en Granada que fue como redescubrir «Las Meninas» tras la limpieza, pero aún siguen capa a capa sacando a la superficie colores nuevos (alternar guitarra y laúd), sombras llenas de luz (silencios ligeramente más largos), fraseos distintos (arcos, ataques, peso del viento en el órgano), dinámicas estremecedoramente extremas (los pp acallaron incluso toses), respiraciones con poso (el sustento del contrabajo solo o el órgano con nota pedal) y sobre todo la frescura del espectáculo (qué bien queda rebajar el tempi cuando el tema mayor torna a menor) volvieron a asombrarme y deslumbrarme sin cegar del todo, para poder visualizar lo siguiente sin momento para el reposo (hasta los movimientos lentos resultaron subyugantes).

Cada estación, cada uno de los doce números sonaron nuevos, pero esta primavera invernal ovetense sirvió para disfrutar de un Verano indescriptible, en especial el Allegro mà non molto. La magia de Hevia no tiene parangón cuando es contagiosa para todos. Hay otras formaciones, incluso españolas, que siguen interpretando «Las Cuatro Estaciones» de Vivaldi, pero Forma Antiqva con Hevia las reinterpretan con la frescura y juventud de quien no pretende más que disfrutar y compartir (los alemanes han apostado por ellos ¡caramba, qué coincidencia!).

No suelo elegir ni priorizar cuando el conjunto es sobresaliente, pero realmente hubo cambio climático y me marcó toda la velada (más el resto de la noche).

El público no daba crédido a este ciclón musical y la propina del conocido Fiddle Faddle (John Johnson) supo a poco ante un auditorio entregado que olvidó la Champions televisada. Sin descanso en todos los sentidos, aún bisarían el Largo de «El invierno», otra delicia para recordar la temperatura real en el exterior, aunque la belleza de la nieve cristalizada fuese musical (en Pajares creo que no). Obras conocidas y siempre distintas, grandeza de los intérpretes que quiero citar uno a uno, pero sobre todo el placer en primera persona de continuar viviendo momentos irrepetibles en una España que va por el camino equivocado: educar no es gasto sino inversión, y Forma Antiqva rentabilizan con creces esta premisa. La música nos haría enderezar el rumbo pero la ignorancia es la madre del atrevimiento, y todavía quedan quienes piensan que el cambio climático es una tontería.

Forma Antiqva:

Violín solista: Aitor Hevia; Violines I: Jorge Jiménez (concertino), Pablo Prieto, Cecilia Clares; Violines II: Cibrán Sierra, Miren Ceberio, Judith Verona; Violas: Antonio Clares, José Vélez; Violonchelos: Diana Vinagre, Ruth Verona; Contrabajo: Vega Montero; Tiorba: Daniel Zapico; Guitarra barroca – archilaúd: Pablo Zapico; Clave – órgano: Silvia Márquez; Clave y dirección: Aarón Zapico.

Lo han puesto difícil

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Viernes 26 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 10, OSPA, Pablo González (director), Obras de Varèse, Carter y Tchaikovsky. Notas al programa de Eduardo G. Salueña (quien impartió una conferencia previa, a las 19:00 horas: La estética del contraste: abstracción, urbanismo y bucolismo en el lenguaje orquestal).

Visto lo visto sigue pareciéndome increíble que obras de casi 100 años sigan provocando malestar en parte del público y de algunos músicos de la orquesta, evidentemente no entre los intérpretes ni un director que arriesga en cada aparición y volvió a pensar qué figura perdimos pero cuánto ganó personalmente. Las Integrales (1924-25) de Varèse creo que sonaron por vez primera en Oviedo este viernes (y Avilés el día antes), lógico porque se suele programar buscando equilibrio entre «lo seguro y lo arriesgado», olvidándose que la única forma de educar en estas composiciones es precisamente escuchándolas más a menudo y la apuesta fue total por no decir «rompedora». El director carbayón llevó a los once músicos por auténticas búsquedas sonoras más allá de los ancenstrales y conservadores conceptos académicos que precisamente Varèse quería romper, pese a titular los tres movimientos como Andantino, Allegro y Lento.

El recientemente fallecido Elliot Carter puede resultar tras Varèse como ver un Kandinsky tras Max Ernst, máxime en esa Suite del ballet «El Minotauro» (1947) que resulta cinematográfica y creíble hasta en el «hilo» argumental. Sin apenas respiro la OSPA fue desgranando lo mejor de esta selección del ballet, Obertura y dos escenas de tres y siete números respectivamente de lo más variados en todos los aspectos musicales, bajo la dirección impecable e implicada del maestro carbayón, volviendo a dar confianza a los músicos que sonaron como una auténtica unidad y donde volvió a destacar el cuarteto de trompas que ya han alcanzado el mismo nivel que sus demás compañeros, con sonoridades envidiables y seguras, siempre con esa tremenda seguridad y color que parece contagia la cuerda. Incluso los timbales parecen haberse «domado» pese a recuperar la posición superior.

Lograr este éxito es labor de todos pero pienso que Pablo González ha transmitido ganas y amor por todo lo que dirige, y esta primera parte volvió a demostrar que la formación asturiana puede con cualquier repertorio sin mermar un ápice la excelencia, siendo cuestión de trabajo y convencimiento.

La Sinfonía nº 1 en Sol m., Op. 13 «Sueños de invierno» (1866) de Tchaikovsky puso tan alto el listón que resulta preocupante pensar en bajar un mínimo esta calidad. Calificativos para estas obras supongo que vienen de análisis concienzudos y comparativos con otras sinfonías (y autores), pero realmente la primera del ruso sonó grande, pletórica, redonda para esta orquesta compacta, de dinámicas apabullantes nunca estridentes, de rubati perfectamente entendidos con la batuta, de claridad lineal dibujada en cada sección y solista con la maestría equiparable de un Courbet. Volver a insistir en el necesario convencimiento más allá de la técnica, en todos exigible y demostrada. Si la recreación de «esta primera» resultó tan increiblemente buena como para intentar convencernos que es lo que gusta a la mayoría, en mi caso corrobora que hay que volcarse con todo lo bueno desde el conocimiento y el esfuerzo.

Si hacía comparaciones entre Ernst (podía haber elegido a Picasso), Kandinsky o Courbet no es cuestión de prioridades sino de ampliar horizontes y gustos. Probablemente cuanta más pintura veamos más nos gustará uno u otro, incluso ¡los tres!, lo malo es que no podamos contemplarla en directo todas las veces que quisiéramos, y menos en Oviedo. No me importa que la primera «tercera obra hoy» sonase pletórica, ahora a esperar todo lo que queda hasta final de temporada.

Zapicos con clase

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Jueves 25 de abril, 18:30 horas. Auditorio del CONSMUPA, Oviedo. Charla concierto: Presentación de instrumentos de cuerda pulsada del Renacimiento y el Barroco (ICPRB): Daniel Zapico (tiorba) y Pablo Zapico (guitarra barroca).

Observar un auditorio donde sea de los más viejos siempre me alegra, aunque es cierto que me rodeaban muchos alumnos de guitarra de un conservatorio muy distinto del mío pero que sigo sintiéndolo como propio. Tener a dos profesores en activo como los «gemelos Zapico«, Dani en Zaragoza y mi tocayo en Madrid, alternando el repertorio que «casi conozco» como ellos con explicaciones de todo tipo (de hecho llegaban de Gijón de la clase anterior) es otro placer.

Alternando música y palabra como debe ser toda charla-concierto, sin demasiados tecnicismos pero contagiando pasión en todo, y sin pasarse del tiempo programado, la verdad que esta clase pasó volando. De lo contado al alimón más allá de las siempre doctas explicaciones sobre la tiorba (Daniel) y la guitarra barroca (Pablo), me quedo con su visión de la llamada «Música Antigua» en el sentido de frescura por saber del virtuosismo de aquellos músicos (mejor que compositores) equivalentes a Caravaggio, Dante… que anotaban en sus partituras de tablatura como el boceto o esqueleto sobre el que ir sumando esas melodías que Forma Antiqva a dúo (Aarón hoy de profesor del Claustro y uno más entre el público aunque seguramente tocando mentalmente con sus hermanos pequeños) desgranan y construyen como nadie.

Breves disertaciones organológicas ilustrativas así como pinceladas de las danzas elegidas, y la música bien ordenada con interpretaciones a la altura habitual, es decir estratosférica, con la complicidad no ya fraternal sino de las muchas horas de ensayo más las que les quedan. Esperamos el día 30 de abril donde recordaremos «Las Cuatro Estaciones» que resultan Tésis Doctoral tras la clase de hoy (y que cosas de la vida, ensayaban después alumnos del propio CONSMUPA donde mi querido Don Ignacio Rodríguez, cada vez más grande en todos los sentidos, tendrá su primera intervención como solista aunque en otra visión llamemos «conservadora»).

En este jueves de verano sonaron el Preludio (Ludovico Roncalli) y la Passacaglia (Kapsperger) para comprobar qué bien empastan tiorba y guitarra barroca. Las Jácaras (Gaspar Sanz) hicieron sonar mentalmente las castañuelas transportándonos a la España del XVII, y otro tanto con las Marionas (Sanz) enlazadas con los Cumbees de Santiago de Murcia, contagiándonos del ritmo al que aludía Pablo como uno de los éxitos de su instrumento en aquellos tiempos que siguen siendo actuales. La Capona & Ciaccona (Kapsperger) recordaron el estilo italiano de este emigrante alemán en unos tiempos tan distintos al actual, para rematar con esa danza perseguida por la Inquisición al bailar más pegados de lo que «la Santa» deseaba para los demás: el primer Fandango de S. Murcia, siempre comentando con la ironía langreana la aparición en tierras mexicanas de libro, músico o vaya usted a saber si ninguno pisó la patria azteca.

Al menos nuestro «Universo Zapico» lleva más kilómetros que los músicos que reinterpretan, siempre con el nombre de Asturias del que son los mejores embajadores para demostrar que la crisis no afecta a sus ganas de trabajar contracorriente.

Introspección aristócrata

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Domingo 21 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Jornadas de Piano Luis G. Iberni«. Leif Ove Andsnes (piano). Obras de Beethoven, Bartok, Liszt y Chopin.

Volvía la esencia del piano solo en las manos de un grandísimo intérprete como el noruego Andsnes que eligió un programa nada populista y desde una visión totalmente personal de un repertorio que domina desde la limpieza de líneas, ciñéndose a la partitura que es la auténtica protagonista, emanando la emoción interior y el pianista mero transmisor.

El público comentaba que resultó frío y no solamente por nórdico, pero pienso que la respuesta está precisamente en las obras seleccionadas.

Beethoven ocupó la primera parte con un Bartók intercalado. Las sonatas elegidas no resultan las conocidas pero en estas pudimos apreciar la evolución del lenguaje del sordo genial con una visión «apolínea» que decía uno de mis vecinos de localidad. La Sonata para piano nº 22 en FA M, Op. 54 de 1804, con solo dos movimientos y calificada como «misteriosa» pero también como «un valle entre altos picachos» en referencia a las sonatas «Waldstein» y «Appassionata» que la flanquean, recoge emociones bien contrastantes con recursos técnicos variados no ya en el desarrollo motívico sino en un viaje tonal, aún mayor en la Op. 101 posterior, desde la sombra concentrada utilizando todos los registros de un piano (alquilado para la ocasión) que con la caja acústica cercana y la especial del auditorio carbayón, dejaron flotando delicias sonoras. La Sonata nº 28 en LA M, Op. 101 de 1816 es el inicio de sus últimas composiciones para el piano donde conviven las citadas emociones llevadas al pentagrama con todo detalle, incluso con indicaciones claras de tiempo «rápido, pero no mucho y con determinación» (las recogen las notas al programa de José Antonio Cantón) y dedicada a la baronesa Dorothea von Ertmann. En ambas sonatas Andsnes optó por la visión fiel desde el estudio interior y concienzudo de la obra, intérprete como cauce de la música más que versión personal, aunque este camino merece un respeto profundo.

Incrustar la Suite para piano, Op. 14 Sz. 62 BB70 de Bartók entre las dos sonatas beethovenianas puede resultar chocante pero visto en conjunto parece tener la lógica de la propia interpretación, rigor y respeto desde la técnica o virtuosismo hecho normal, curiosamente lo que parece alejarlo del público en general. Como una sonatina compuesta a principios de 1916, esta suite presenta influencias varias donde quién sabe si también estará el propio Beethoven en tanto que parece elevarlo desde el Romanticismo al siglo XX con una técnica potente que remarca los cuatro números, destacando un Scherzo claro y sin prisas pese a la complejidad o el Sostenuto final que devuelve la «…tranquilidad vacilante, casi melancólica…« (que escribe Cantón) en un discurso siempre romántico del intérprete noruego.

Franz Liszt y sobre todo Frederic Chopin llenarían la segunda parte más las dos propinas. Tampoco eligió obras populares sino las que parecen encajar en el estilo interpretativo de Andsnes tan introspectivo. De las diez Harmonies Poétiques et Religieuses («Armonías poéticas y religiosas») S. 173 de Liszt optó el noruego por la nº 4 «Pensamientos de los muertos», otro tributo húngaro de la velada cargado del romanticismo global, esta vez meditación «De Profundis» como homenaje a los seres queridos desde la resignación. Y otra dedicatoria aristócrata para la Princesa Carolyne Sayn-Wittgenstein (obvio comentar del apellido). La complejidad que encierra esta obra resultó idónea para una interpretación cargada de sombras claramente dibujadas, conocedor de profundidades desde la hondura musical y poética.

Finalmente el polaco Chopin, el piano romántico por excelencia, el adorado y siempre difícil estilo que toda su producción esconde, esta vez el Nocturno Op. 48 nº 1 en Do m., dedicado a su alumna Laure Duperré en tono menor e inicio sereno que irá creciendo en exigencias técnicas que Leif Ove Andsnes supera sin problemas con una perfección impactante llena de gamas dinámicas amplísimas que el piano devuelve una a una. Dedicada a la baronesa Charlotte de Rotschild, La Balada nº 4, Op. 52 en Fa m. encierra todo un ideario musical desde las texturas o contrapuntos hasta un pre-impresionismo que emana de los dedos del noruego delineado, exacto, detallado y cuidadoso al máximo, enlazando sin aplausos (hubo connato y móvil de turno) con el anterior «sentido nocturnal» para buscar esa unidad chopiniana e incluso romántica que en la balada alcanza auténtico clímax emocional y vigor interpretativo.

Si lo escuchado resultó frío o duro para algunos, la elección de dos Valses del polaco pareció acallar comentarios más por lo conocidos que por la propia interpretación, curiosa y lógicamente en la misma línea de todo el concierto: total respeto a la partitura con una técnica apabullantemente sobria que hacen que lo difícil parezca fácil. Es el rasgo de los grandes… Como si los destinatarios de las obras contagiesen esa aristocracia lejana, totalmente distinta de la actual, al propio Andsnes desde hoy le podemos dar el título «Barón del piano».

Delicada rotundidad

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Viernes 19 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 9: OSPA, Alexander Melnikov (piano), Pablo González (director). Obras de Beethoven y Schumann.

Volvía mi tocayo a casa y su presencia al frente de la OSPA parece inhalar nuevos vientos independientemente de las obras que dirija pues consigue de nuestra formación colores siempre nuevos así como una simbiósis que sólo unos pocos logran de los músicos.

Dos autores que nunca pueden faltar en las programaciones para solaz de melómanos y forjando el necesario «corpus» de futuros públicos que con esfuerzo se van ganando en la capital del Principado, Gijón o Avilés, como sedes de los distintos abonos.

La primera parte Beethoven abriendo con Egmont, obertura, Op. 84 (1809-1810) que no por trabajada nos deja indiferentes. Visión clara en su discurso melódico atendiendo cada detalle de ritmo, dinámicas y colorido orquestal con los silencios subrayando la trama y tiempos bien diferenciados para una formación madura que acepta sin discusión interpretaciones rigurosas como la que ofreció el director ovetense. Si la cuerda debe sonar aterciopelada o los vientos arriesgados, así responden, y todos apostaron por el vigor de esta obertura que como escribe Tania Perón Pérez en las notas al programa del número 2 de la revista trimestral (este viernes se repartí el tercero), «esta obra es un claro ejemplo en el que la historia se convierte en leyenda, la leyenda en drama, el drama en música y la música en historia». Maravilloso juego de palabras para la versión que Beethoven hace del drama de Goethe.

El Concierto para piano nº 2 en SIb M, Op 19 (1795) no es de los más escuchados en directo, pero tras la vivencia con el pianista ruso Melnikov, la concertación de González y la respuesta perfecta de la OSPA tendré que estar muy atento a su emisión por Radio Clásica para grabarla y guardarla como referente absoluto. Si hace un par de años con R. Gamba (también en el 9 de abono) titulaba «Y qué pianista» con el nº 2 de Prokofiev, el primer calificativo que me vino esta vez a la cabeza fue «rotundo», porque cada uno de los tres movimientos fue impactante en todo. El sonido del piano empastó como nunca con el de esa formación orquestal un tanto peculiar del alemán, la nitidez expositiva del solista fue prístina tanto en los concertantes como en los solos desde una escritura clásica que consigue una densidad casi inigualable. Los contrabajos sonaron redondos y potentes sin excesos, la madera se convirtió en una extensión, sino ampliación tímbrica, de una piano potente y delicado, más los metales, sobre todo las trompas, completaron unas texturas inverosímiles. Puedo decir que hubo magia sonora y volviendo a Melnikov (merece la pena escucharle en la entrevista previa en YouTube©) su fraseo e implicación desde el Allegro con brio resultaron perfectos por el entendimiento con la orquesta sabiamente llevada por Don Pablo, usando aquí la batuta para mayor claridad visual de todos que supuso una paleta amplísima de dinámicas y tempi prodigiosos. Pero lo que me impactó fue el Adagio, en la tonalidad de MIbM que siempre he mantenido como perfecta para el protagonismo melódico de las 88 teclas, lirismo equiparable a su homónimo del «Emperador» con la frescura juvenil sin complejos del primer concierto que luego resultaría segundo, simbiosis de resonancias en las cuerdas del piano ensambladas con un único color orquestal que crearon ambientes indescriptibles. Si la cadenza del primer movimiento sonó impactante, todo el segundo pareció paradisíaco. Ante este discurso y entendimiento de un diálogo obvio que Pablo González supo moderar como nadie, el Rondó: Molto allegro transmitió desde el virtuosismo intrínseco el futuro genio compositivo que vendría después, nuevo empuje de vigor y limpieza solística arropada por una orquesta unida y sin flecos capaz de lograr una versión de referencia.

El sonido y técnica de Alexander Melnikov lo disfrutamos en su propina, cristalina, sentida y nuevamente rotunda: me pareció entender y recordar desde casa Brahms el «Intermezzo» de su Fantasía Op. 116. El descanso me sirvió para seguir paladeando un pianismo cercano.

La Sinfonía nº 4 en Re m, Op. 120 (Schumann) ya va siendo hora de quitarle el «sambenito», incluso de Mahler, de lo poco orquestador que era Robert en esta revisión de 1851. El titular de la OBC ya comentaba con Fernando Zorita en YouTube la obra, pero su interpretación resultó todavía más clara y contundente superando los balances o densidades camerísticas que bien apunta el director ovetense. Logrando la continuidad de los cinco movimientos apenas interrumpidos por las «toses obligadas» algo menores de lo habitual, consiguió una interpretación no sólo equilibrada sino brillante y delicada. Todo un muestrario de buen gusto al que respondieron todas y cada una de las secciones de nuestra orquesta, el primer y contrastante Ziemlich langsam – Lebhaft, la reposada y emocionante Romanze: Ziemlich langsam, el movido y contagioso Scherzo: Lebhaft, el nuevo contrate del Etwas zurückhaltend – Langsam, y el brioso Lebhaft final, donde el idioma alemán siempre exigente pero «tranquilo» (lento o aún mejor «Langsam») consiguió desde esa concepción la pluralidad de ideas musicales convergentes en un todo compacto y nuevamente rotundo, redondo, magistrales metales otrora fustigados, timbales delicados y presentes, maderas vigorosas y la buena cuerda que en perfecta conjunción dirigida sin batuta por Pablo González sonaron con personalidad propia, identificativa y diferenciadora para una «Cuarta» impactante, reposada, paladeada hasta el último fraseo y sin prisas en el aplauso.

La semana que viene darán otro «giro de tuerca», pero las bases están asentadas en este romántico, delicado y rotundo noveno de abono.

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