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Sobre todo Beethoven

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Domingo 24 de enero, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Jeremy Irons (narrador), Kerstin Avemo (soprano), Orchester Wiener Akademie, Martin Haselböck (director). Obras de Beethoven.

Difícil llenar el auditorio para escuchar a Beethoven aunque el público mayoritariamente quería ver a un actor famoso. No les importaba que primero escuchásemos esa maravillosa Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92, para abrir concierto y aplaudiesen entre los movimientos, organizando el programa como en el Festival de Granada y repetido el día anterior en Barcelona, pensando en despistados que olvidan el horario dominical, o tal vez dejando el «reclamo» para la hora esperada y cerrando este éxito puede que previsto más por el peso de Irons (creo que ganamos con el cambio por el previsto Malkovich) que Beethoven. Todo sea por escucharlo en este formato.

La orquesta vienesa con instrumentos de época y dirigida por su fundador, el maestro Haselböck afrontaría una séptima algo descompensada en dinámicas precisamente por unos metales, sobre todo las trompas, algo ásperos y exigiendo una presencia puede que desmesurada teniendo la plantilla de cuerda algo «mermada» si se buscaba grandiosidad. El Poco sostenuto – Vivace sirvió más de calentamiento que de verdadera interpretación aunque la calidad de los músicos parecía más que asegurada. El conocido y tantas veces versioneado Allegretto sonó más empastado aunque la madera natural unida a esa afinación más baja de la actual nos deje un sabor algo opaco. El Presto trajo lo mejor de la cuerda, siempre de presencia aterciopelada y tal vez falta de una garra a la que nos han acostumbrado las grandes orquestas, incluso manteniendo estos criterios llamados historicistas pero con plantilla mayor. El concluyente Allegro con brio volvió a demandar desde el podio sonidos ásperos en los metales e incluso en el fagot, perdiendo un poco el colorido de los clarinetes aunque flautas y sobre todo oboe pudieron lucirse. Los timbales de cobre y piel emborronaron las líneas claras de una ejecución muy «académica», pulcra, con claroscuros expresivos y algún destello de calidades.

En cambio esa misma paleta algo más amortiguada resultó ideal para la poco escuchada Ah! perfido, escena y aria para soprano y orquesta op. 65 con la soprano sueca Kerstin Avemo de bello color y registros desiguales, poderoso agudo más seguro en los fuertes, una zona media suficiente y como tristemente sucede en el grave, algo escasa de volumen, forzando la emisión con unos giros de cabeza que descolocaban su voz más de la cuenta. Con todo mejoró de la escena al aria Per pietà, non dirmi addio, de estilo clásico muy en línea mozartiana que pareció venirle bien con una orquesta no muy numerosa aunque Haselböck se encargó de domarla tras la primera parte, como si Beethoven fuese poseído por el espíritu de Mozart residiendo en la misma casa de Praga y con conexiones que Iker Jiménez podría tratar en sus programas.

El esperado Jeremy Irons sería el encargado de narrar los versos de Goethe dedicados a Egmont, adaptados por Franz Grillparzer en versión de Christopher Hampton que además sobretitularon al castellano aunque la dicción del actor inglés resultó una lección teatral, alternando con las arias de la soprano y de nuevo la orquesta al completo con momentos brillantes mimada en los planos por el director austriaco que no necesitó batuta (ni partitura para la séptima) marcando con sus manos todas las intervenciones con detalle.

Interesante este Egmont, op 84 más allá de la conocida Obertura: Sostenuto, ma non troppo – Allegro – Allegro con brio, también las nueve piezas musicales que habrían de interpretarse durante la representación teatral además de los pasajes instrumentales que engarzarían los cinco actos del drama, por tanto una recreación al representarse con los textos jugosos en inglés de un actor que llena la escena, las arias en alemán de la sueca y el sonido vienés de una joven orquesta ceñida a la historia de un Beethoven siempre atemporal. Energía, dramatismo, esencias, brillos sin oropeles, lecturas para recapacitar y un verdadero espectáculo para disfrutar de este Egmont «Para la libertad» como titulaba las notas al programa Luis Gago, también traductor al español de los textos, que explica el paralelismo del Egmont teatral y musical sin olvidarse de las canciones para Clärchen que Avemo no sintió como era de esperar de una heroína, siendo Irons quien bordó textos con intención, dicción y escena pletórica, reforzada por el solo de trompeta y el timbalero fuera de escena que hubo de volver rápido para la Sinfonía de la victoria: Allegro con brio, nueva prueba de fuego para una orquesta muy decorosa con un director que la conoce bien.

En suma un Beethoven que hizo triunfar sobre las tablas del auditorio a Jeremy Irons, por otra parte esperado y como buena disculpa para hacer caja con un espectáculo bien traído a Oviedo.

Savall sin fronteras

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Sábado 23 de enero, 20:30 horas. Auditorio de León, XIII Ciclo de músicas históricas. Hespèrion XXI, Jordi Savall (viola de gamba y dirección): «La Europa musical: 1500-1700». Entrada: 10€. Coproducción del CNDM.

Magia universal con las violas de gamba en todas las tesituras la que trajo a León nuestro universal catalán, con siete músicos en escena capaces de romper las fronteras de una Europa ideal que recordaba el propio Savall antes de la segunda propina, compositores en otros países uniendo acentos para una música a atemporal que mueve público de todas las edades como el que llenó el auditorio de la capital hermana de la asturiana.

Un renacido Savall con la viola de gamba soprano preparó seis bloques bien hilvanados con la danza de nexo, repartidos en dos mitades:

Unas «Danzas italianas del Renacimiento veneciano» para presentar la capacidad de este Hespèrion del XXI: Lorenz Duftschmid a la viola baja más un Philippe Pierlot doblando alto y baja, casi alter ego «savalliano» a lo largo del programa, el violone de Xavier Puertas, la tenor de Sergi Casademunt al lado del maestro, completando toda la tesitura de una viola de gamba más actual que nunca, y los dos detallistas necesarios cual orfebres para preparar unos grabados musicales llenos de monocromías irisadas: Enrike Solinís con doblete tiorba y guitarra siempre complementando con punteos o rasgueos el fluir frotado, más la imprescindible percusión de un siempre maravilloso Pedro Estevan. Las cuatro danzas elegidas prepararon lo que vendría después dado que aún faltaban detalles como cuidar más los finales de Pavana, Gallarda, Tedescha y Saltarello.

El segundo bloque «Elizabeth Consort Music» nos preparó a tres ingleses (Dowland, Gibbons y Brade) con verdadero acento británico que el septeto interiorizó al detalle convirtiendo el auditorio leonés en corte danzante de las islas. Maravilloso empaste de cuerda frotada con las perlas de la tiorba y la percusión vistiendo a Savall y su viola soprano de rey supremo.
Para cerrar la primera parte unas «Danzas y variaciones de España y Portugal» para seguir paseando por aquella Europa de intercambios sin fronteras como Hespèrion XXI deleitando polifonías vocales o ritmos ibéricos de Luys de Milán, Cabezón con las Diferencias sobre la Dama le demanda, Diego Ortiz y el portugués Pedro de San Lorenzo, delicioso escuchar las voces agudas de Savall y Casademunt contrapuestas a los bajos de Pierlot y Duftschmid con el soporte del violone de Puertas mientras Solinís rasgueaba la guitarra completando las excelentes pinceladas de Estevan, para ir rematando con unos Canarios para lucimiento de un Savall inspirado recorriendo todo el registro de la soprano, de arco poderoso jugando con mayores y menores cual Jam session renacentista más actual que nunca, demostrando un entendimiento con sus músicos envidiable.

Los tres bloques de la segunda parte, ya con el septeto en plena forma, nos llevaron por Francia y Alemania antes de una recapitulación europea:
«Músicas para el Rey Luis XIII» capaces de alternar intimismo y danza, «Músicas de Alemania» centradas en un Samuel Scheidt de colorido etéreo en la línea de aguafuertes y grabados bien delineados, y «Música de la Europa Barroca» haciendo convivir a Purcell, Joan Cabanilles, J. H. Schein, Dumanoir y la excelencia de la Gallarda napolitana de Antonio Valente, juegos de «pizzicatti» actuales para una música de «solo» 500 años que con Hespèrion sigue más actual que nunca, recreando sonoridades de claves y laudes celestes.

Aplausos más que merecidos que nos dejaron de propina otro bloque de cuatro danzas francesas, la segunda lengua de Savall que hace suya esta música cercana a la que el país vecino tanto le debe. Reconforta volver a escucharle feliz tras malos tiempos recientes y comprobar que su legado todavía sigue creciendo. Verdadera y merecida ovación, palabras de agradecimiento y reivindicación de una Europa sin fronteras que tristemente este siglo vuelve a levantar, antes de regalarnos unas danzas de Brade donde todo Hespèrion con Savall a la cabeza recreó sonidos célticos que los asturianos sentimos tan cercanos como este León que me ha hecho un gran regalo de cumpleaños.

Lunáticos en el Museo

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Jueves 21 de enero, 19:00 horas. Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo. Conferencia «Pierrot Lunaire, la actriz y el pintor de sonidos» a cargo de María Sanhuesa. 20:00 horas, Concierto (extraordinario) OSPA en el Museo: Pierrot Lunaire, Op. 21 (Schoenberg): Rossen Milanov (director), Fernando Zorita (violín), María Moros (viola), Maximilian von Pfeil (violonchelo), Peter Pearse (flauta y flautín), Andreas Weisgerber (clarinete), Antonio Serrano (clarinete bajo), Patxi Aizpiri (piano), Anna Davidson (soprano).

En plena celebración de las bodas de plata de nuestra orquesta y programando conciertos en distintas ubicaciones, el recién ampliado Museo de Bellas Artes de Asturias siempre abierto al arte global, acogió en la zona nueva una jornada lunática digna de recordar, comenzando con la conferencia de la doctora Sanhuesa que fue más allá de las notas al programa tituladas «El retrato oscuro», con un lleno preparando el posterior concierto (y colas desde media hora antes), que nos enseñó, como buena docente que es, no solo a entender la muerte del Romanticismo en 1912, año del estreno de este Pierrot Lunaire, recordando al Schoenberg pintor que dudó por esta disciplina en vez de la «orfeística», preguntándonos si alguna vez hemos tenido ganas de matar a alguien, toda la carga satírica y crítica de una María siempre completa e inspirada, inquiriéndonos si podríamos matar el claro de luna… la respuesta estaba en el viento, imágenes y sonidos, Caspar Friedrich y el Werther de Massenet, Debussy y la Salomé de Richard Strauss, ya cercana a un año histórico, también recordando cuadros de nuestro Evaristo Valle, de Picasso o Juan Gris y hasta Botero con pierrots y arlequines músicos y las referencias al «futurismo asesino» para hacer música en el museo, poner sonido a la imagen, cultura de la que siempre estaremos hambrientos, la evolución de la Commedia dell’Arte y su inspiración artística mostrando también el lado oscuro de esta fuerza atesorada por un lunático Pierrot capaz de matar a cosquillas su Colombina, tortura o violencia sin géneros, incluso recordarnos qué es la triscadecafobia desarrollada por un Schoenberg al que la numerología puede apagar la luna poniendo luz pantonal (mejor que atonal y con la carga que hoy tiene el término «pantone«) en una obra centenaria que sigue asombrando.

Milanov se puso al frente de sus músicos trayendo del «otro lado del charco» a una soprano norteamericana cual Pierrot contemporáneo interpretando los versos franceses de Albert Guiraud traducidos al alemán por Otto Erich Hartleben y encargados por  Albertine Zehme, una actriz del melodrama (desde la acepción de palabras con música) a un Schoenberg siempre rompedor capaz, de conseguir lo máximo desde lo mínimo en unos tiempos de crisis totalmente actuales. Un placer poder seguir los textos en la revista trimestral de la OSPA con su correspondiente traducción al español, tres veces siete, veintiún melodramas de 12a estrofas vestidos por siete -en vez de cinco- enormes instrumentistas (donde Zorita sustituía a la programada María Ovín, baja por lesión) para ir recreando paisajes llenos de expresionismo, simbolismo y decadentismo, críticos con un romanticismo trasnochado, despojándolo de las lunas convertidas en inquietantes círculos rojos, desmenuzando cada texto algo falto de la fuerza vocal del sprechgesang (“canto hablado”) en momentos puntuales -y yo estaba situado a menos de cinco metros- pero inmenso con unos solistas a los que Schoenberg trata con un lenguaje contrastante, arisco y melódico desde un concepto tímbrico, combinaciones sonoras bien resueltas por los siete magníficos. Momentos álgidos en cada grupo de siete como Der Dandy vertiginoso, Rote Messe contrastado con madera y piano trémulos a la vez que escalofritantes, y Heimfahrt verdadera «vuelta a casa» de cálida madera y saltarinas teclas bien asentadas para una voz más cantada que hablada, tres ejemplos con cargas emocionales llenas de pinceladas nocturnas sin luz de luna.

Descubrimiento especial el «fichaje» cellístico von Pfeil o las sonoridades de Serrano en el clarinete bajo, la confirmación de los conocidos con un Pearse pletórico en un flautín desgarrador, un Weigerber incisivo, la recuperación del Aizpiri pianista con tanto trabajo sustentando cada cuadro, y un dúo Zorita–Moros recordando texturas olvidadas y corroborando el impresionante momento que estos músicos de la OSPA atraviesan en esta temporada plateada cual luna llena. Al maestro Milanov se le nota feliz con estos repertorios y apuestas por escenarios que terminarán siendo habituales para la música, siente esta música más que otros periodos, puede que sus carencias queden compensadas con conciertos arriesgados, y este de Schoenberg lo era. Cierto que sus músicos responden aunque los invitados parecen quedar en segundo plano, caso de una Davidson que luchó por sentir este Pierrot desde el poderío de unos textos alemanes muy exigentes, demasiado «pegada al papel» y esperando más escena. Mezclar lo grotesto, lo ligero, lo sentimental, parodia e ironía, horror y absurdo, no es tarea fácil, pero los cinco que fueron siete nos hicieron pasar por todos los estados posibles superando con creces lo esperado y alcanzando un éxito impensable para muchos lunáticos que hoy poblábamos el museo.

Dudamel vuelve a unirnos

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Martes 19 de enero, 20:00 horas. Digital Concert Hall, Berlín: retransmisión en vivo (streaming). Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, Gustavo Dudamel (director). Obras de Stravinsky.

En la madrugada del 4 de octubre de 2009 pude asistir en directo al debut como titular de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles de Dudamel vía Internet compartiéndolo con mi querido Osvaldo Burgos desde Venezuela, y nuevamente nos encontramos en la red para disfrutar juntos, porque en el corazón no hay distancias, este martes de enero con nuestro admirado Gustavo al frente de «su orquesta» que ha dejado de ser joven pero mantiene el mismo impulso y amor por la música de siempre, caras conocidas que se han convertido en maestros salidos de «El Sistema», sin entrar a valorar la utilización política del mismo, que esto daría para mucho, aunque conviene recordar que la trayectoria de esta organización viene de antes del «chavismo» y tuvo muchos directores de orquesta apoyándolo, un modelo que se está implantando con mayor o menor éxito por el mundo y que fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en el año 2008.


Lo que no me cabe ninguna duda es que Gustavo Dudamel además de un director carismático, también es único a pesar de su edad, pues lleva toda la vida trabajando en este difícil mundo orquestal, con repertorios no solo sinfónicos sino también operísticos, y que allá donde va triunfa. No en vano se barajaba su nombre hace poco como posible titular de la Filarmónica de Berlín (donde hoy dirigía este programa Stravinsky con «La Bolívar»), aunque optasen por otra batuta menos mediática (el ruso Kirill Petrenko) con todo lo que se ha escrito sobre esta elección, al igual que la sorprendente elección para muchos este primer día del año cuando se anunció que dirigirá el Concierto de Año Nuevo 2017, pasando a ser la batuta más joven en ponerse al frente de la Filarmónica de Viena en el concierto más visto y escuchado de la historia. Los vieneses ya le conocen, los berlineses también, sé que no podemos olvidar el marketing ni que pertenezca a la «escudería amarilla» (DG) pero la trayectoria del músico de Barquisimeto es impecable e imparable.

En este concierto «on line» el tándem venezolano en la propia «casa amarilla» se enfrentaron con música de ballet que tiene peso propio despojada de la escena, más en el caso de Stravinsky, aunque en la entrevista al descanso grabada unos días antes en Londres, el propio Dudamel reconocía cómo su mentor y maestro Abreu le inculcó y casi inoculó la pasión por la danza de los rusos como Tchaikovski o Prokofiev. Como figuraba en la propia web del «Digital Concert Hall» de la filarmónica berlinesa:

«El hecho de que tantas grandes obras del modernismo clásico surgieran inicialmente como músicas de ballet antes de que se consolidaran como composiciones sinfónicas independientes en la sala de conciertos no constituye ninguna casualidad: fueron realmente la corporalidad sin trabas y la fuerza elemental rítmica de la danza las que ampliaron las fronteras de la música de una manera revolucionaria. En el centro de esta evolución en la segunda década del XX se situó una extraordinaria constelación integrada por una ubicación geográfica, una institución y una personalidad artística: París, como un «laboratorio de la modernidad» internacional; los Ballets Russes, que bajo la dirección de su artífice, Serguéi Diáguilev, encargaron un gran número de obras nuevas a famosos compositores; e Igor Stravinsky, en cuya música se entrelazaron de una manera única un espíritu cosmopolita y su enraizamiento en su tierra natal rusa. Las obras juveniles del compositor han conservado hasta hoy su radicalismo e inmediatez por medio de su magistral orquestación, sus ritmos arrebatadores y su empleo nada convencional de las melodías folclóricas rusas.
Mientras que Petrushka fue celebrada ya en su estreno en 1911 como un gran éxito, la primera interpretación de La consagración de la primavera dos años después se convirtió en uno de los más famosos escándalos de la historia de la música. La interpretación de ambas obras con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar bajo la dirección de Gustavo Dudamel puede esperarse con un alegre suspense; y es que la formación, nacida en el marco del proyecto educativo venezolano de «El Sistema», se ha consolidado ya desde hace tiempo como uno de los grandes nombres indiscutibles del panorama clásico internacional. Gustavo Dudamel, actual director titular de la Filarmónica de Los Ángeles, se ha mantenido fiel al conjunto, del que ha sido director musical desde que tenía diecinueve años. Dado que Dudamel siente una especial afinidad hacia el repertorio ruso en general y hacia Igor Stravinsky en particular, cabe esperar una interpretación competente y rebosante de energía de dos obras esenciales del siglo XX».

No se confundieron en las previsiones. Petrushka ocupó la primera parte dejándonos una muy grata impresión de una orquesta que tiene sonido propio y pasión contagiosa, con sonido potente y compacto así como unos solistas que lo tocan todo. Si además les lleva Dudamel con el que la química es perfecta, el resultado fue realmente óptimo.

La consagración de la primavera son palabras mayores, dirigida por el propio Dudamel al frente de la Symphonierorchester des Bayerischen Rundfunks lo pudimos comprobar en Oviedo hace casi dos años, obra que el venezolano domina hace tiempo, incluso ha dejado grabada en 2010 (Rite) y sigue siendo increíble el sentido rítmico que es capaz de transmitir al frente de cualquier orquesta, aunque «La Bolívar» parezca llevarlo en los genes, puede que por los aires caribeños, una formación completa y segura en componentes para afrontar esta maravilla sinfónica que es este ballet ruso, una prueba de fuego junto con «El pájaro» (cuyo final dieron de propina) para cualquier orquesta, y la OSSB con Dudamel son de sobresaliente. El público berlinés cayó rendido ante esta explosión sonora de Stravinsky bien entendida por los venezolanos, e incluso han echado por tierra nuevamente la etiqueta de fríos alemanes, porque es imposible no emocionarse con esta juventud ya crecida que mantiene la ilusión aumentando la calidad que da el paso de los años.

Y de su Venezuela ese otro «pajarillo» sólo de diminutivo, «cono el alma primorosa» para alcanzar la grandeza orquestal desde ese ritmo de joropo, sintiéndome hermano de la brisa, de la espuma,  de las garzas, de las rosas…   y del sol, «Alma Llanera«, otra propina con la que «La Bolívar» sigue haciendo historia.

Mi querido Osvaldo prepara su venida a Málaga para defender su tesis el próximo 5 de febrero, este profesor de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica «Andrés Bello» en Caracas sobre «Música y Comunicación» en la Facultad malagueña, donde «El Sistema» es también protagonista volviendo a recordar que nos unió para siempre. Su trabajo de investigación de 2009, tutelado por el Doctor Quíntín Calle Carabias del que tengo una copia dedicada que atesoro entre mis incunables, llevaba por título «El Eco de la Orquesta. Análisis de los valores humanos reflejados en las crónicas sobre las presentaciones de la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar«. Desde aquí todo mi ánimo y fuerza porque los valores que defiende nunca pueden ni deben perderse.

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Como en casa

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4 OSPA, Joaquín Achúcarro (piano), David Lockington (director): Evocaciones. Obras de Brahms, Rachmaninov y Dvorak.

Enero es el retorno a la normalidad y nuestra orquesta asturiana volvía con su principal director invitado y con el pianista que más veces ha tocado en Oviedo, el bilbaíno Joaquín Achúcarro al que se le quiere como un asturiano de adopción que no parece cumplir años. Cuando se celebraban en 1964 los 25 años de la primera Orquesta Sinfónica de Asturias, también conocida como Orquesta de Cámara «Ángel Muñiz Toca«, entonces dirigida por Don Vicente Santimoteo, se contó con Achúcarro y su esposa Emma Jiménez que interpretaron el concierto para dos pianos de Poulenc, y ahora en las bodas de plata de la actual OSPA también nos ha vuelto a deleitar Don Joaquín, a quien «Codalario» distinguió en 2014 con el «Premio a toda una carrera«, no ya de intérprete sino también de docente, algo de lo que nuestros políticos deberían tomar nota.

Y realmente normal fue que se convirtiese en el protagonista del cuarto de abono con una obra diríamos «fetiche» para él, como contaba a OSPATV, tocada más de 100 veces, debutada en Siena allá por 1956 nada menos que dirigida por Zubin Metha aún estudiante, o haber ganado con ella el Concurso Internacional de Liverpool en 1959, la Rapsodia sobre un tema de Paganini, opus 43 (Rachmaninov) que data de 1934 estrenada por el propio compositor en Suiza, volviendo a demostrar el dominio del piano tanto en la escritura como en la interpretación de este «quinto concierto» que exige el verdadero virtuosismo para todos, desde el solista que debe pasar al piano las diabluras del violín de Paganini y sobre todo para la orquesta, difícil encaje rítmico si se desea la mejor concertación posible especialmente en las variaciones rápidas. Ésta fue la única pega de una obra que Joaquín Achúcarro tiene interiorizada desde sus inicios (y que celebrase los 18 años de la OSPA en Madrid) siempre aportando cosas aunque no logró transmitirlas al podio, dándose momentos desajustados para una orquesta que iba detrás del solista, especialmente en el unísono del glockenspiel con el piano que casi finaliza un compás antes. Pero si una de las grandezas del pianista vasco es la continua búsqueda del sonido, no queda a la zaga el director británico afincado en EE.UU. al igual que el bilbaíno, alcanzando con la OSPA sonoridades ideales para esta obra, especialmente en la más conocida de las 24 variaciones, tan cinematográfica como recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa (que también están en el Facebook© de la orquesta), obra de la que atesoro en vinilo una grabación de Earl Wild que casi rayé de tanto ponerla en el plato.

El maestro Lockington consigue siempre que dirige a nuestra formación un sonido diría que amable, sin estridencias, conocedor del potencial que atesoran todos sus músicos y la belleza interpretativa en cada intervención solista, desde el concertino Vasiliev al oboe de Ferriol o del clarinete de Weisgerber a la flauta de Myra Pearse, solo por citar algunas de las joyas de la rapsodia en bella pugna con el piano. Achúcarro no tiene la fuerza de hace años pero mantiene el gusto característico, la pulcritud de sonido y el rigor hacia la partitura con una técnica todavía impresionante. Y si había dudas tras los detalles antes apuntados, aún nos regaló tres propinas de quitar el hipo:

El Nocturno para la mano izquierda op. 9 nº 2 de Scriabin nos recordó su homónimo con orquesta de Ravel que está entre los preferidos del amplio repertorio del bilbaíno, demostrando la capacidad de emocionar al cien por cien solo con una mano.

Pero el público, ovetense en particular y asturiano en general, le quiere y aplaudió a rabiar, cálido homenaje a un bilbaíno que sentimos como nuestro, por lo que no reparó en volver a sentarse al piano para seguir emocionándonos con su Chopin, otro referente de gusto francés tan cercano a los vascos, primero el Vals nº 14 en mi menor, op. póstumo impecable, con hondura y sentimiento, para después sin apenas mover su característico flequillo blanco por unos años que no pasan para sus dedos y engrandecen cada interpretación, el Preludio op. 28 nº 16 en si bemol menor, virtuosismo sin concesiones a la galería porque tocar en casa es hacerlo para uno mismo, algo que siempre le agradeceremos porque «la vida es más bella con música«.

Brahms abría concierto con la «Obertura trágica» en re menor, op. 81 (1880), con el sonido amable Lockington al que hacía referencia anteriormente, buscando la pureza sin extremismos, dinámicas amplias sin estridencias, cuerda aterciopelada nunca hiriente con unos graves redondeados y buen sustento armónico, madera llena de matices con una tímbrica homogénea y metales empastados solamente exigentes en intervenciones puntuales, transmitiendo ese gusto por dejar fluir la música bajo control, lo que agradecen partituras como las elegidas para este programa de abono. David Lockington transmite a la orquesta desde su gesto amable el gusto y respeto por la música bien entendida sin aspavientos ni exageraciones cara a la galería.

Y más aún lo alcanzó con la Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60 (1880) de Dvorak, un compositor al que la OSPA parece tener cual confirmación cada vez que lo interpreta, siempre con distintos directores como si la entendiesen a la perfección de principio a fin, lo que con Lockington resultó especial precisamente por coincidir en esta búsqueda de la perfección, apreciación muy subjetiva pero que nunca me ha fallado porque la propia plantilla es ideal para las obras del checo, escritas para sacar de la orquesta toda la riqueza que de ella esperamos. Desde el poderoso Allegro non tanto ya presentía que la sinfonía iba a resultar redonda, dinámicas muy trabajadas por todas las secciones, presencias medidas desde una dirección precisa que transmite seguridad a la orquesta, trompas y maderas en este primer movimiento sin desmerecer el resto, con un empuje que nunca decayó sin necesidad de acelerar en los fuertes y arrancando aplausos de unos pocos espectadores. El Adagio aumentó el nivel de musicalidad, fraseos impecables, unos solos de trompa de Morató delicados bien acunados por cuerda y madera, tensiones bien resueltas, contrastes dinámicos muy trabajados, «fortes» con los metales poderosamente presentes frente a los «pianos» de un oboe cristalino (en esta segunda parte Romero), timbales marcados sin un exceso, todo anímicamente preparando el Scherzo (Furiant): Presto en una nueva demostración del entendimiento total y global para la interpretación, partitura, podio y atriles llenos de la vitalidad de ese ritmo endiablado perfectamente encajado de hemiolia, también contrastados con el reposado trío donde los sutiles piccolo y clarinete parecían luchar con la cuerda por ese latido orgánico donde trombones y tuba igual sonaban cual contrabajos soplados que se imponían cual órgano sinfónico a las indicaciones del maestro Lockington, exigente con una cuerda vertiginosa en la que escuchamos todas las notas sin perder pulsión ni ímpetu desde el sello inconfundible de un Dvorak que siempre orquesta magistralmente (dedicada esta sexta a Hans Richter en la dirección de la Filarmónica de Viena) desde una paleta tímbrica realmente personal, para rematar el Finale: Allegro con spirito de la mejor forma posible, implicación de todos en alcanzar la excelencia, intervenciones solistas magníficas y cuerpo orquestal compenetrado para una musicalidad que no debería faltar nunca, triunvirato Dvorak-Lockington-OSPA que parece sinónimo de calidad y cercanía, sintiéndonos cómodos, es decir como en casa…

Eterna juventud

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Miércoles 13 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Mitsuko Uchida (piano y dirección), Mahler Chamber Orchestra. Obras de Mozart.

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Nada mejor para comenzar el año que Mozart, el joven eterno que nos transmite esa vitalidad indescriptible, y con una de las grandes del piano, Mitsuko Uchida, madurez juvenil que sigue siendo referente en la interpretación del genio de Salzburgo, en gira con la MCO plena de jóvenes músicos donde también había representación española (seguimos formando y exportando), calidad, cercanía, vitalidad, complicidad con la Maestra en un número ideal para los conciertos elegidos, y contagiosa alegría haciendo de Mozart una verdadera fiesta sobre el escenario de un auditorio que no se llenó como merecía este esperado concierto.

El concertino israelí Itamar Zorman lideró el Divertimento en Si bemol mayor «Sinfonía Salzburgo», K137 (K125b), que sirvió como tal entre los dos grandes conciertos solistas, al frente de la sección de cuerda que sonó realmente camerística como si del cuarteto original se tratase, empastada, de sonido brillante y claro en una obra del joven Mozart con tres movimientos ligeros y frescos, especialmente el conocido Allegro di molto central para disfrute interpretativo, compuesto aún en Salzburgo ya con ese sello personal para completar un programa donde piano y pianista fueron los verdaderos protagonistas.

Y es que Mitsuko Uchida mantiene un idilio permanente con Mozart del que parece absorber su energía juvenil más allá de su atuendo siempre etéreo cual ángel a punto de levantar el vuelo, controlando todo desde el piano con una química y entendimiento cercano además de cómplice con sus jóvenes acompañantes, lo que permite tener el control total en cualquiera de los conciertos que interprete, en esta gira dos de la época vienesa que analiza perfectamente Juan Manuel Viana en sus notas al programa.

El Concierto para piano y orquesta nº 17 en sol mayor, K453 tiene una orquestación donde el trío de madera (flauta, oboe y fagot) presenta momentos sublimes perfectamente ejecutados por unos intérpretes de primera, bien contestados por el dúo de trompas (a pesar de algún problema en los saltos de octava) y sobre todo por una cuerda que daba gusto escucharla, coprotagonista siempre con el piano de Mitsuko Uchida, tímbricas increíbles junto a dinámicas asombrosas por parte de todos, ejecutado con una limpieza cristalina para saborear cada movimiento y paladear las cadencias de la Maestra. Si personalmente disfruto con los movimientos lentos (y el Andante fue una lección de intimismo), los rápidos de la japonesa afincada en Viena representan otro mundo que cautiva por su empuje y energía sin perder nunca una sonoridad clara desde la precisión y dominio total de la obra. La transición del Allegretto al Presto en el tercer movimiento contagió su vigor a todos los presentes, obligando a la artista a salir al escenario casi sin esperarlo ataviada con un mantón para aliviar la diferencia de temperatura. Mientras sus jóvenes nos «divertían», ella se metió en la sala de cámara donde había otro piano para mantener sus dedos en estado óptimo para la segunda parte, lo que nos da una idea de cómo entienden y sienten la música estos genios.

El Concierto para piano y orquesta nº 25 en do mayor, K503 tiene de sobrenombre «Emperador», homónimo del beethoveniano en parte por la majestuosidad global, desde la elección de la tonalidad hasta la evolución de los tres movimientos que parecen estar presagiando ya el romanticismo, incluso con una rítmica digna de su continuador en Viena, sin olvidarnos del tema secundario que recuerda la famosa Marsellesa compuesta cinco meses después de la muerte de Mozart. Añadiendo timbales y trompetas (naturales) a la orquestación del 17, nuevamente Mitsuko Uchida dominó de principio a fin, con los tiempos exactos para escuchar todo lo que está escrito, asombrar con sus trinos, dejarnos unas cadencias que la orquesta contestaba con la misma intención y equilibrio de planos escuchados en el piano, respeto por la partitura que marca diferencias con otros intérpretes reconocidos, pero sobre todo la mencionada complicidad y control de cada momento, pisando a fondo y frenando afectos sin perder intensidad emocional.

Un placer escuchar este debut en las jornadas dedicadas al piano y además con Mozart que también fue regalo solitario en otra lección magistral: el Andante de la Sonata en Do K545 que iba devolviéndome juventud al escuchar y seguir mentalmente una partitura que estudié con verdadera fruición y me descubrió la dificultad de ejecutar el engañoso y aparentemente fácil Wolfgi, un genio que nos dejó pese a su juventud un catálogo sin par. Su música sigue contagiando vida y produce ese vampirismo casi adolescente tanto a sus intérpretes como al público.

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Los números de 2015

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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 19.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 7 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

Felices Fiestas

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Desconectando y deseando lo mejor a mis seguidores   

Cocinando El Brian de Goossens

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Viernes 18 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Fundación Princesa de Asturias: Concierto Extraordinario «Europa Canta a la Navidad». El Mesías (G. F. Haendel, versión para orquesta sinfónica de Sir Eugene Goossens, 1959). Eugenia Boix (soprano), Sarah Couden (contralto), Davide Giusti (tenor), Luis Ledesma (barítono), Coro de la FPA (José Esteban García Miranda, maestro de coro), OSPA, Rossen Milanov (director). Entrada gratuita con invitación previa.

«La vida de Brian» es una simpática película de los Monthy Python trata la vida de un judío que nace el mismo día que Jesús y ya de adulto incluso es confundido con él, algo parecido a este Mesías de Goossens quien «en 1959 orquestó para su amigo y mentor Sir Thomas Beecham, uno de los directores británicos más influyentes de su época, este gran oratorio barroco. Los arreglos de Goossens fueron hechos pensando en una orquesta sinfónica», algo que se indica en el programa para no llamar a engaño, aunque a la vista del escenario y cualquiera que hubiese asistido a los muchos Mesías anteriores en la Catedral de Oviedo se daba cuenta que esta OSPA iba a sonar distinta, reforzada para la ocasión y en esta elección del Maestro Milanov que ya la dirigiese hace dos años en el Kennedy Center Concert Hall a la National Symphony Orchestra y Choral Arts Society of Washington, repitiendo el de hace hoy seis años, todo un espectáculo para los norteamericanos tan dados a estos fastos sinfónico-corales pero que en Europa nos rechinan aún más que a los ultracatólicos la película de Terry Jones.

Lo que voy a contar me traerá calificativos de retrógrado, purista y demás lindezas porque gran parte del público que llenó el Auditorio salió encantado, pero evidentemente quiero explicar mi personal punto de vista porque sobre gustos no hay nada escrito y todos son particulares.
Si a una fabada asturiana con todo su compango le añadimos patatas y berzas se convierte en otro plato que llamamos pote asturiano, aunque puede estar igual de rico, incluso más. Si el producto base es bueno, en este caso nuestras alubias que llamamos «fabes», podemos cocinar otros platos también exquisitos aunque diríamos que menos típicos pese a figurar en muchas cartas: fabes con almejes, con jabalí, con centollo, con angulas, con langostinos, y todo lo que queramos añadirle porque es una legumbre que se adapta a todo, aunque yo quiero quedarme con nuestra fabada asturiana. Habrá frijoles, judías y judiones, alubiones (de La Granja) y todo lo que se quiera, incluso podemos cambiar el compango tradicional de chorizo, tocino y morcilla por criollos, morcilla de Burgos o matachana de León, poner chistorra navarra y seguir cambiando ingredientes, todo muy rico pero ya no será una auténtica fabada asturiana. Cada uno que ponga el nombre al plato porque «¿a qué sabe la música?«…
El Mesías de Händel es como nuestra fabada, en principio un plato de ricos porque no todo el mundo tenía acceso a unos ingredientes caros aunque la sociedad ha ido mejorando y hoy podemos presumir de ser nuestro plato más universal que algunos quieren cambiar por el cachopo, muy popular aunque poco asturiano a pesar de chascarrillos y modas pasajeras. De cocina sabe más Milanov que un servidor, pero quiero pensar que tras la lucha por recuperar y reconocer el Barroco, una vez degustado en su punto ideal sería una pena pasarse de cocción con un plato que tanto tiempo llevó poner en su sitio. No soy muy aficionado a la cultura norteamericana que tanto daño está haciendo en nuestra juventud en una verdadera colonización donde los «burguers» son el emblema visible aunque no nos importe llamarlo comida basura.

Soy nacido en 1959, el año de esta (per)versión de E. Goossens con esta maravilla de oratorio barroco para cuatro solistas, coro y orquesta. Aunque Bach vence a Händel quiero contar que tengo en disco tres Conciertos de Brandemburgo en interpretación de la Marlboro Festival Orchestra dirigida por Pau Casals donde Rudolf Serkin toca al piano el papel del clave, un instrumento casi desconocido (o difícil de encontrar) allá por 1964, también versiones grandiosas de la Pasión según San Mateo con plantillas hoy diríamos que algo exageradas, pero hubo estudiosos que nos abrieron los oídos y las mentes para cocinar de otra forma encontrando los ingredientes apropiados en la proporción idónea, y así aprendimos a degustar estos platos de siempre, sin necesidad de excesos ni sucedáneos. En Oviedo han pasado distintos directores al frente de la OSPA para este Mesías con el que damos el pistoletazo de salida a la Navidad, pero la apuesta del cocinero Milanov creo que no era apta para mi paladar maleducado. La grandilocuencia y el espectáculo están en la propia música de Händel por la que Goossens parece no mostrar mucho respeto disfrazado de visión renovada. No es «el Bach de Stokowski«, que Milanov y la OSPA interpretaron en Musika-Música, ni tan siquiera aumentar efectivos para el original. Ni me atrevería a llamarlo orquestación porque no consiste en añadir percusión (bombo, platillos, triángulo, caja) donde los timbales ya tienen su protagonismo, y parece olvidar a los solistas, ampliando plantilla para un acompañamiento a los recitativos totalmente ignominioso, con un cuarteto de trompas más un arpa, o doblando arias con un clarinete bajo o flautín cuando no taparlas a base de redoblar el bombo o escuchar unos platillos atemporales. Tendría para seguir sumando sinsentidos que desdibujan, por no decir perturban una joya de la música barroca haciendo cual personal deconstrucción de una fabada inigualable. El famoso «Aleluya» puede parecer más impactante en esta destrucción del director y compositor británico en su época, adaptada muy al gusto de los actuales yanquis, los mismos a los que en los programas de mano se les pide que no marquen con el pie el ritmo de la música, aunque sigan mascando chicle o comiendo palomitas… Este no es Mesías sino Brian de Goossens, nada que ver con otros Mesías populares donde el respeto a la partitura no impide aumentar el número de participantes.

Los cuatro solistas internacionales tuvieron que luchar con el cocinero búlgaro, ingredientes de primera algo quemados en la olla a presión de una orquesta sinfónica que tocó lo que tenían escrito. La aragonesa Eugenia Boix puso el sabor español puro, conocedora como nadie de este repertorio que cantó un «Rejoice» limpio y sentido y un «How beautiful» al pie de la letra, sin perder la compostura con el «acompañamiento goossensiano» manteniendo el espíritu barroco en su canto, y un perfecto «He shall feed» con la contralto americana Sarah Couden, una voz ideal para este oratorio tan difícil en su registro, una mezzo grave, bien su «But who may abide» o «He was despised» tras el recitativo del barítono, devolviendo ese color tan especial, igualmente pugnando con la densa escritura orquestal. El tenor italiano Davide Giusti casi como su apellido, arrancando en frío su recitativo sinónimo antes de la hermosa aria «Ev’ry valley» llevada algo lenta, y destemplado hasta el «Thou shalt break them with a tod of iron» de la seguna parte, agilidades endiabladas de por sí con timbre bonito pero complicado brillar con una masa orquestal detrás. El mexicano Luis Ledesma hubo de cantar no «a bombo y platillo» sino con ellos, barítono más que bajo en «The people that walked in darkness» que Sir Goossens pareció tomar al pie de la letra, o la esperada «The trumpet shall sound and the dead shall be rais’d» donde quien «murió» fue nuestro Maarten al quedar reducida su piccolo a un plano nunca imaginado por Händel. Una lástima porque de tener la orquestación original hubiésemos podido disfrutar de estas voces más que prometedores.

El Coro de la Fundación sabe lo que son repertorios sinfónico corales románticos, contemporáneos y por supuesto este «Mesías» que llevan cantando hace muchísimos años con distintos directores, amoldándose a sus exigencias con verdadera profesionalidad, y este Goossens ha sido el más exigente por lo que supuso de intentar borrar tantos años de experiencia a sus espaldas, referencias totalmente distintas que acaban dando inseguridad, unida a unos tempi no siempre apropiados pero que compensaron con el dominio a base de fuerza, contagiados por una voluptuosidad inapropiada en pos de un espectáculo más de cocido que de fabada asturiana con mala digestión. Salieron airosos a pesar del fuego que casi quema el plato, «And the glory of the Lord» y «For unto us a Child is born» presentes, lo que ya era un triunfo, algo desajustados y cortos entre las cuerdas para «And He shall purify«, destemplados en el inicio de la Parte II «Behold the Lamb of God» donde tuvieron mucho más trabajo antes de un «Hallelujah» contagiados y algo desbocados hasta el «Amen» donde parecieron alcanzar la paz, aunque hubiese de regalar el popular «Aleluya» al que Milanov intentó sumar al repestable dentro de este espectáculo para mí bochornoso aunque entendiendo este «Refreshed» made in USA, porque el british es otra cosa.

De la sufrida OSPA solo ponerme en su pellejo y respigarme, debiendo tocar lo que tienen en el atril siguiendo las indicaciones del maestro. Me imagino el asombro de Rafael en la caja redoblando con el coro en este debut mesiánico, el triángulo otro tanto, Paco Revert al bombo atormentando al barítono y Jeffery con trabajo extra en casi todos los números. Del metal nunca tanto que tocar para no aportar casi nada: un cuarteto de trompas que debía hacer diabluras, un dúo de trompetas en un plano secundario olvidando un protagonismo propio, el trío de trombones y tuba doblando coros… La madera reforzada con intervenciones impensables siempre bien ejecutadas pero duplicando melodías o «engordando» recitativos, como clarinete y clarinete bajo, dos oboes más corno ingles, dúo de fagotes más bajo, flautín más flauta… ¿Goossens enloqueció? Y la cuerda a partir de cinco o seis contrabajos calculen, además de la mencionada arpa cuyos armónicos y resonancia no casan muy bien con la voz, así que pueden ir calculando el derroche tímbrico a pesar de buscar dinámicas apropiadas para lo imposible. Las partes donde el Sir no añadió demasiado de su cosecha, casi como limitándose a transcribir el órgano del que prescinde incluso parecían originales aunque más llenas, pero del alemán nacionalizado inglés sólo la presencia melódica, unes fabes de primera perdidas en una olla gigantesca con fuego excesivo que acabó atormentándolas. El chef Mr. Milanov nos sirvió una hamburguesa con patatas fritas cuando esperábamos alta cocina, pero la carta avisaba antes de probar el plato servido por la Fundación.

Amores desgarrados

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Martes 15 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVIII Temporada de Ópera de Oviedo: Il Duca d’Alba (G. Donizetti – M. Salvi). Segunda función. Entrada última hora: 15 €. Fotos: ©Ópera de Oviedo salvo las indicadas como ©pablosiana.

Tras esperar 128 años este martes tocaba volver a la segunda representación de esta ópera de Donizetti que mantiene mi opinión del «reestreno» con las matizaciones y el tiempo de poder reposar todo lo escuchado, con la magia de un espectáculo irrepetible siempre, exigente cada día, redescubriendo detalles como toda segunda lectura, esta vez desde principal, cortada la visión superior del escenario pero con monitores por si se querían seguir igualmente los sobretítulos, aunque la dicción en italiano por parte del reparto hacía fácil seguirla.

Esta vez pude paladear más a Donizetti que a su discípulo Mateo Salvi que supo continuar y completar la obra del maestro aunque se aprecian los «añadidos», especialmente en la línea de canto y en la orquestación, algo más «académica» y menos rica que la autógrafa, pero volvió a sonar belcanto con un reparto ya rodado tras la función del domingo.
La obra tiene momentos hermosos con otros donde decae un poco, sobre todo los recitativos antes de las arias escritas para todos y cada uno aunque ninguna «especial» para la soprano en el sentido donizzetiano, por otra parte con un protagonismo exigente y duro, más dúos o tríos combinando las voces del «quinteto» con Daniele el maestro cervecero, sumando unos concertantes donde los cantantes solistas mantuvieron casi todos la presencia dentro de la sonoridad por momentos majestuosa.

El Coro de la Ópera estuvo algo retrasado por momentos y puede que mermado en efectivos, especialmente masculinos, para una obra donde su coprotagonismo es claro. En el primer acto puede que la colocación no favoreciese un mayor volumen, al igual que en la salida desde atrás en «pianísimo» no necesario porque al acercarse ya se produce el efecto deseado de «crescendo». Hay mucho que cantar pero volvió a mantener el tipo, especialmente los cantos fuera de escena e incluso las intervervenciones  «a capella» que con algún despiste puntual de afinación, también arroparon a los solistas, completando una segunda función más que digna pese al poco tiempo con el que Enrique Rueda ha estado trabajando. Supongo que la inestabilidad e incertidumbre no es compatible con la confianza al cantar.
La OFil volvió a sonar bien en el foso, normalmente contenida en volúmenes desde la dirección de Roberto Tolomelli, siempre pendiente del escenario, con mínimos «desajustes» en el cuarteto de trompas tan característico de Donizetti o el dúo de viola «destemplada» con Amelia d’Egmont, puntuales desvíos para un trazo de línea fina, cuidando tiempos aunque los acelerando arrastrasen por momentos al coro o al propio Duque en su solo del tercer acto.

De todo el elenco prima el trío protagonista formado por Amelia, Marcel y el Duque de Alba, sin olvidar al citado Daniele, y con menos intervenciones pero exigentes como al resto, Sandoval y Carlo, incluso el tabernero de Ricardo Domínguez, uno de componentes del coro, en una trama donde podemos comprender la evolución de los personajes, siempre con el amor en sus multiples variantes y enfoques, con los malos no del todo y los buenos tampoco… La música empuja el destino de cada uno de ellos y el de Bérgamo supo escribir para las voces como pocos, de ahí la vigencia de esta obra aparcada tanto tiempo puede que sumando complejidades para cantantes y desigual escritura no solo del alumno.

José Bros volvió a triunfar con este Marcel de Brujas, pletórico, entregado, cantando como en él es habitual a pesar de ciertos «tics nasalizantes» que acaban siendo seña de identidad, de nuevo con un papel muy adecuado a su voz, gustándome mucho el dúo del segundo acto con Amelia añadiendo la dificultad de cantarlo tumbados y revolcándose como dos enamorados, más incluso que en la conocida aria Angelo casto e bel del último acto, aplaudida igual que el domingo aunque personalmente me gustase más el primer día. Igualmente acertado el dúo con El Duque del primer acto, jugando ambos con los dos planos en escena, y nuevo triunfo del tenor catalán, muy querido en Oviedo desde hace muchos años por su entrega total, arriesgando también con papeles como este nuevo donizzetiano.

La jovencísima Maria Katzarava (Ciudad de México, 1984) demostró de nuevo la proyección que le espera aunque me encandiló un poco menos que el domingo. Amelia d’Egmont tiene muchas dificultades no ya por su evolución de enamorada a desengañada, que no logró del todo en cuanto a color, sino por unos graves que requieren volumen y uniformidad tímbrica, algo que una soprano lírica no alcanza en sus inicios como los de esta debutante soprano, papel exigente en los concertantes donde sí brilló por encima de sus compañeros, pese a un ligerísimo «calado» en el potente final, empastes difíciles como el dúo con Danielle del segundo acto y el comentado dúo de amor con Marcel, lo mejor de esta segunda función. El aria del tercer acto no tiene el poderío hipnótico de otras heroínas del propio Donizetti, puede que temiendo un «belcanto» demasiado preciosista, pero «la Katzarava» lo defendió con seguridad, arrancando el merecido aplauso tras finalizarla. Tomemos nota por lo apuntado de la primera, color hermoso, emisión clara, amplia gama de matices y sobre todo excelente presencia escénica.

El Duque de Alba del barítono Ángel Ódena sigue sin convencerme, pletórico de potencia y mejorando en cada acto abusa de un vibrato que afea la emisión, sigue siendo expresivo pero incluso en los momentos más «íntimos» como el dúo con Marcel mantiene este recurso, por otra parte personal, volviendo a reconocerle un papel grande en escena y defendido con profesionalidad en cada aparición, especialmente en el tercer acto y el desenlace del cuarto, despidiéndose de los belgas casi a grito pelado más allá del desgarro.

Mejor el bajo asturiano Miguel Ángel Zapater que dibuja un Daniele templado, capaz de transmitir heroicidad en su primera aparición del acto inicial, complicidad con Amelia en el segundo y decisión en el conjunto final donde su color brilló en el agudo, más cercano a un barítono, sin desmerecer unos graves que Donizetti no exagera nunca.

El Sandoval del barítono Felipe Bou mantuvo el nivel global aunque en el trío con Marcel y el Duque perdiésemos su presencia, solo recuperada en el silencio orquestal. Bien el Carlo del tenor Josep Fadó, breves intervenciones pero seguras en un «secundario» que no puede perder el equilibrio necesario dentro de un reparto de calidad diríamos que completamente hispano.

Dejo para el final la producción de la Opera ballet Vlaanderen, con una dirección de escena muy lograda de Carlos Wagner, la escenografía de Alfons Flores, el vestuario de A. F. Vandevorst o la iluminación, tétrica por argumento pero con los toques apropiados para realzar de Fabrice Kebour, todo con lo que en esta segunda función pude recrearme.
Desde la obertura con telón bajado y vídeo premonitorio de una Virgen que se hará pedazos, la misma sobre la que se postrará el Duque en el tercer acto, al lado de una mesa de billar, los soldados gigantes que se irán cambiando de posición en el resto (solo «ausentes» en el segundo acto de la cervecería) para con las luces adquirir transparencia o poderío, opresión frente a revolución, sombra omnipresente y especialmente los dos planos en escena que sirven para diferenciar vencedores y vencidos, también calle sobre el sótano de la fábrica donde se ocultan los insurgentes, y hasta pasarela al barco que llevará al Duque a Portugal.

Detalles como los cadáveres que llenan la primera escena, cubriéndolos con sábanas blancas, entre ellos Egmont, sábanas que en el tercer acto se vuelven vendas, las sombras con los ahorcados en la plaza de Bruselas proyectadas sobre el trío gigantesco dando sombra al trío masculino, los aviones sobrevolando, las cruces del último acto con las velas bien ubicadas, la aparición cual trono de semana santa del Duque antes de dar el relevo de mando generacional, y ese final de belgas decapitados puede que por Magritte antes de la oscuridad total, todo para una ambientación fuera de época que no molesta en ninguno de los cuatro actos, sumando un vestuario que me gustó por ese aire de «novecento» para el pueblo, los soldados algo más peliculeros, aunque sin entender el luto blanco de la heroína, con pantalón y calzas del siglo de oro, descalza con vestido túnica para el dúo amoroso. Me encantó el segundo acto por el juego que da la cebada, malta o lúpulo de la cervecería, brindis de ambrosía belga donde los españoles beben sin pagar, casi playa donde el castillo de arena es tumba y posterior cama de regocijo, y montaña para esconder unas armas que son necesarias para toda invasión.

Las críticas de la primera función las dejo al final, dando la razón a Aurelio M. Seco (en su Web) en cuanto a estrenar obras de autores españoles en vez de recuperar este Donizetti inacabado que dormía en el limbo de los justos de nuestra historia lírica, pero reconozcamos que poder disfrutarla en vivo precisamente en Oviedo, con ser una apuesta arriesgada, nos permitirá poder contar la experiencia. Cinco títulos para todos los gustos es como elegir el once ideal de la selección porque todos llevamos un entrenador dentro, pero al final lo que queremos es ver ganar y sobre todo que den buen espectáculo, y hasta ahora estamos en los puestos punteros, a pesar de todo lo que llevamos pasado. El futuro está por escribirse…

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