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II Semana de la voz: en la música asturiana

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Lunes 16 de abril, 20:00 horas. Auditorio Teodoro Cuesta, Mieres: II Semana de la voz: La voz en la música asturiana. Fernando G. Nuño (voz), Marcos Suárez Fernández (piano), Vicente Prado Suárez «El Pravianu». Entrada: 5 €.

Desde el año 1999 cada 16 de abril se celebra el «día mundial de la voz» para concienciarnos del cuidado de esta herramienta con la que nacemos, nos comunicamos, hacemos sufrir o emocionar y debemos cuidarla porque es para toda la vida. El Ayuntamiento de Mieres a través de su Concejalía de Cultura con la colaboración de la Escuela de Canto y Repertorio «Haragei» que dirige Elena Pérez-Herrero, han vuelto a organizar por segundo año, y luchando contra incomprensiones pero sin desmayar aunque el público no responda, la «Semana de la voz» que contemplando lo variado contempla distintos enfoques en el uso y disfrute de lo más preciado que tenemos quienes la necesitamos para nuestro trabajo y cómo no, para el ocio. Nada incomparable a la voz humana que en Mieres tiene su espacio público.

Este primer día tras la bienvenida y agradecimientos de mi querida amiga, colega y artista pudimos apreciar el papel de la voz en la música asturiana quitando etiquetas y poniéndola donde siempre está, encima del escenario, sea sola, con gaita, piano o toda una orquesta, sin trampas ni amplificación y buscando temas populares en los que muchos compositores siguen inspirándose, manteniendo cada vez más viva nuestra tradición aunque como bien decía hoy el cantante Vicente Díaz en El Comercio, «la tonada está poco valorada por los organismos oficiales«. Por lo menos en mi pueblo se sigue apostando por ella y hasta la televisión autonómica le dedica bastantes programas, necesario para el relevo generacional que está mucho más preparado que hace cien años.

El cantante Fernando García Nuño es un conocido en los circuitos de canción asturiana que sigue preparándose en Haragei y ampliando horizontes en su repertorio. De voz algo gastada y rota, quebrada en algún momento, está en proceso de «reparación» tanto para la tonada como para el llamado «repertorio lírico» que se debe cantar con la misma naturalidad y gusto en él innato desde la tonada y su simpatía, puliendo detalles que con trabajo y esfuerzo irán dando frutos.
Buena elección de doce temas variados que fue comentando, alternando el acompañamiento al piano de Marcos Suárez y la gaita de El Pravianu, para derribar barreras y etiquetas inútiles de una música tan universal como la asturiana, con muy diferentes arreglos, interpretaciones e inspiraciones.

Del Cancionero de Maya y Rodríguez Lavandera en buen arreglo de piano comenzaron Fernando y Marcos cantándonos Pasé la puente de hierro antes de cambiar al acompañamiento de gaita de El Pravianu, magisterio vivo colocándose al fondo del escenario para equilibrar dinámicas, en Si quieres que te cortexe, con primera referencia grabada por Botón (Los Cuatro Ases) en La Habana allá por 1918 y recogida por Baldomero Fernández, otro nombre propio imprescindible en la dignificación de la canción asturiana, hoy con letra de Antonio Gamoneda que junto a Joaquín Pixán han descongelado nuestra tonada dando paso a esta «Tentativa de Cancionero asturiano del siglo XXI«, llevada incluso a CD.

El músico guipuzcoano afincado en Pola de Siero Ángel Émbil (1897-1980) también se inspiró en nuestros temas populares, dejándonos un hermoso arreglo con piano de Les fayes de la rotella donde Fernando G. Nuño añadió el solo de la conocida tonada Arboleda bien plantada para seguir manteniendo viva nuestra música, llamémoslo actualizar o adaptar, con un acompañamiento pianístico agradecido.
Muchos músicos se han inspirado en nuestra tierra, caso de Rimsky-Korsakov con nuestra Alborada y Fandango asturiano en el Capricho Español, e igualmente en la canción de concierto que buscaba identidades en los salones decimonónicos como nacionalismos bien entendidos, por lo que me encantó escuchar la Asturiana de Joaquín Nin (La Habana, 1879-1949) con letra adaptada por Narciso Fernández en la línea de Falla o Antón García Abril sin olvidarme de nuestro Luis Vázquez del Fresno, compositores que encontraron el equilibrio entre voz y piano desde el folklore. Un caso cercano es el del excelente director y compositor Alfonso Sánchez Peña (1942) con su Allende’l mar con letra de José Leon Delestal (Ciaño, 1921 – Madrid, 1989), asturiana cabraliega, de «equí» del oriente astur, de Bulnes, Carreña o Poncebos.

Con la gaita escuchamos La mio neña grabada en 1911 por el Gaiteru Llibardón y recogida como tantas por Baldomero Fernández, siendo famosa en versiones de Juanín de Mieres o Joaquín Pixán, de nuevo con la letra algo cambiada y con un complicado acompañamiento por los cambios de octava entre voz y gaita que con la tonalidad elegida El Pravianu hubo de hacer malabares.
No podía faltar un merecido homenaje y recuerdo al gijonés Enrique Truán (1905-1995) con su Añada para voz y piano de una delicadeza increíble donde los intérpretes se encontraron realmente cómodos.
En el estilo o modalidad soberana con gaita Arrimadito aquel roble poco habitual con gaita y vuelta al piano con el emotivo Pasando el puertu (A. Sánchez Peña y letra de León Delestal) tras comentarnos su charla con mama Josefa de lo más cercana, espontánea y emotiva para que le cantase alguno de los «Cantares de chigre» recogidos en un libro de bolsillo y cómo se convirtió en un verdadero concierto de tres cuartos de hora que le sirvió de ejemplo para este lunes, saliendo y volviendo a «la tierrina» por cualquiera de nuestros puertos de montaña.

El trío final recuperó tres «clásicos», primero la bellísima La foguera (Truán), alegre, fiesta de San Xuan con una escritura pianística envidiable en perfecta conexión con la voz, después Cuando oigo sonar la gaita de Vicente, el recitado antes de continuar acompañado por el piano en esta canción langreana que como nos contó el propio Fernando, hay una grabación de 1905 a cargo del cantante flamenco El Mochuelo por ese viaje permanente de las músicas sin fronteras, y en estilo «soberana» recogida por Miranda (Los Cuatro Ases) en 1923, conocida más cerca por Alfredo Canga. Emotivo recitado con voz sola y quebrada para entonar después con el pianista que en estos temas donde solo hay melodía y poco más, suelo llamar «gaiteru de tecla».

Otro tanto para terminar con la casi obligada y famosa Dime xilguerín parleru que por lo visto fue un asturiano en México quien se la enseñó al El Presi antes de grabarla con guitarra, como informa Javier de Arroes, también presente en la sala, cierre sin «acompañamiento lírico» pero siempre plegado al estilo de canción asturiana cuya historia se remonta a La Busdonga pasando por Diamantina Rodríguez hasta las nuevas generaciones que siguen cantando y renovando nuestro repertorio.

Dorado renacimiento vocal

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Domingo 15 de abril, 19:00 horas. Sala de Cámara, Auditorio de Oviedo, V Primavera Barroca: El León de Oro, Marco Antonio García de Paz (director). #Monteverdi 4.5.0 Italia y España: La Edad de Oro. Obras de G. P. da Palestrina, C. Monteverdi y Tomas Luis de Victoria.

Continúa este ciclo ovetense por quinto año, en colaboración con el CNDM (Centro Nacional de Difusión Musical) que por climatología y obras este domingo merecería llamarse «Invierno Renacentista», supongo que programado aquí por ese intercambio entre Ayuntamiento y el centro dependiente del Ministerio Educación, Cultura y Deporte cultura que también mantiene su ciclo monográfico de Monteverdi, y que siempre sea bienvenido nuestro mejor coro de la historia que tiene a Peter Phillips como Director Honorífico del que han bebido y tomado buena nota para repertorios como el que sonó en la sala de cámara.

El León de Oro (LDO) es capaz de organizar sus voces en todas las combinaciones y ubicaciones posibles en la permanente búsqueda de la belleza sonora: 19 voces blancas y 22 para Palestrina o Monteverdi para combinar en Victoria 15+14 o 17+10, posibilidades que pocos coros tienen pero que nuestros «leones» llevan trabajando desde siempre, siendo estas obras renacentistas de tres grandes polifonistas un verdadero masaje espiritual además de un esfuerzo físico y mental para cantantes e incluso público.

Como recuerda Enrique Martínez Miura en las notas al programa que dejo aquí arriba, el Concilio de Trento marcará un antes y después en la música religiosa para convertirla en «digna y clara» siendo Giovanni Perluigi Da Palestrina (1525-1594) y su Missa Papae Marcelli (1567) el modelo a seguir por todo compositor en pos de poder seguir el texto litúrgico. Tras el Laudate pueri Dominum (1572) que ya trabajasen no hace mucho, «los leones» afrontaron la difícil misa papal con la pulcritud a la que nos tienen acostumbrados, voces que mantienen tras veinte años una base sólida sobre la que la renovación es natural y hasta necesaria. El equilibrio de color y dinámicas lo logran con las combinaciones ya apuntadas, siempre buscando el mayor entendimiento del texto y la riqueza melódica y armónica de las partituras. Los cinco números del ordinario de esta «Misa del Papa Marcelo» escuchados fuera de la liturgia los seguimos como si en ella estuviésemos, creyentes o simples oyentes pero nunca pasivos, fieles seguidores convertidos en «leónigans» que crecen en cada concierto del LDO. Inmensidad coral esta partitura donde se respira paz y misticismo, el tactus lejano de la rítmica mecánica barroca que este coro conoce como pocos dándole esa ductilidad en cualquier repertorio pero la maestría en esta «Edad de Oro» de la polifonía.

Tras la solemnidad vendría el color de Claudio Monteverdi (1567-1643) considerado el primer barroco aunque las obras elegidas rezuman renacimiento madrigalesco pese al texto religioso, la música sobre todas las cosas capaz de iluminar una oración cual madrigal divino, pasar de lo terrestre a lo celestial con esa naturalidad tan única transmitida en las voces del LDO. Adoramus te Christe, SV 289 presenta homogeneidad en el color vocal y todo el juego polifónico limpio que este coro atesora desde hace más de 20 años. Cantate Domino canticum novum SV 292 a seis, es realmente luz vocal, cántico nuevo madrigalesco, de poderosos graves y etéreos agudos con el texto latino siempre preciso, claro y rítmico como estilo propio que preparará un barroco universal desde la vieja Europa con las repúblicas italianas y el mecenazgo pugnando por imponer modas y estilos. Ambas partituras serían bisadas para finalizar el concierto para regocijo de una sala completa rendida de nuevo al león.

De Tomás Luis de Victoria (1548-1610) el LDO se ha convertido en el referente coral frente a la tradición inglesa precisamente de la mano de P. Phillips, fundador de The Tallis Scholars que ha encontrado en nuestro coro la perfecta herramienta para el músico español más importante y universal del Renacimiento. Así que el Magnificat Primi Toni (1600) a ocho, y el Regina Caeli laetare (1576) volvieron a sonar únicos en estas voces, combinando y reponiendo elementos, protagonismos compartidos con la recompensa del esfuerzo titánico que ha dejado huella, cantando al abulense como pocos coros.

Otro éxito de nuestro coro esperando el siguiente en la sala principal nada menos que en los Conciertos del Auditorio del próximo miércoles 25 de abril con la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo dirigida por Leopold Hager para cantarnos la Misa de Coronación para órgano,coro, solistas y orquesta en domayor, KV 317, otro hito del LDO que espero contar desde aquí.

La esperada malquerida

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Sábado 14 de abril, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXV Festival de Teatro Lírico Español: «La malquerida», drama lírico en tres actos con música y libreto de Manuel Penella (basado en la obra teatral de Jacinto Benavente, estrenada el 12 de abril de 1935 en el Teatro Victoria de Barcelona; segunda representación).

Tercer título de la temporada de zarzuela ovetense y segunda función en el aniversario de la República, con aforo completo volviendo a clamar por más (mejor que seguir pateando escuchar hablar en asturiano alimentando estériles polémicas) ante la gran demanda que no pudo ser cubierta, dejando fuera muchos aficionados, incluso de fuera de Asturias, para asistir a la primera representación en el Campoamor de esta joya del maestro Manuel Penella Moreno (1880-1939) sobre la homónima del Nóbel Jacinto Benavente que ha dormido un sueño injusto hasta el reciente despertar en los Teatros del Canal, coproducción con el Palau de le Arts de Valencia este montaje del siglo XXI.

Además del merecido homenaje a los artífices musicales y una escenografía que también lo rinde desde el recuerdo mexicano que ha mantenido esta malquerida como se merece, esta zarzuela llegaba a Oviedo con el elenco madrileño de los papeles principales (Cristina Faus, César San Martín, Sonia de Munck, Sandra Ferrández o el maestro Manuel Coves) sumándose nuevos como Juanma Cifuentes y algunos de la tierra caso del tenor Alejandro Roy, la contralto Yolanda Secades, el actor José Antonio Lobato más la universal, recordada y querida María Garralón, junto a la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» y la Oviedo Filarmonía, redondeando esta recuperación muy esperada por los aficionados.

Auténtico «obrón» desgarrador que resulta más teatro musical que drama rural, como se ha etiquetado, y en la estela del Curro Vargas de Chapí, básicamente por la cantidad de texto hablado que obliga a los cantantes a un esfuerzo extra para no perder la colocación de su voz y mantener una emisión correcta, así como a memorizar e interpretar largas parrafadas no siempre con la unidad y credibilidad exigida a los actores profesionales que se mueven mejor en este terreno, aunque les perdonemos esos mínimos errores a algunos cantantes.

En vez de rondalla, estudiantina o incluso Tuna, se incorporaba sin aportar nada a la obra un inicial mariachi que resultó flojo nada más levantarse el telón en otro homenaje al propio Penella con un fragmento de «Las mañanitas» de Don Gil de Alcalá en la primera aparición de Alejandro Roy, que iría haciendo «cameos» siempre exigentes a lo largo de los tres actos, y que tras dejar solos a estos asturmexicanos del Mariachi Hispanoamérica especialista en «bolos» varios, el desafine del solista y guitarrón apuró la salida de escena. Algo mejor junto a la orquesta en foso y la excelente Sandra Ferrández en las «Coplas del Sacristán», la romanza de Rita en uno los pocos momentos donde liberar la tensión dramática, bien avanzado  el acto II, así como Juanma Cifuentes, un Rufino bonachón algo sobreactuado y marcando acento mexicano pero convincente, siendo ambos muy aplaudidos.

El maestro valenciano fue un gran compositor y digno representante de nuestro género que nació en una verdadera estirpe de artistas con música en las venas (hijo de Manuel Penella Raga), conocedor del verismo italiano con el que podemos establecer algún paralelismo en esta malquerida, excelente orquestador con buenos preludios necesarios para armar la obra (donde la OFil y Coves como responsable final, brillaron con luz propia), dominio de la carga dramática aunque esta última zarzuela no sea de las mejores suyas, preparando una obra con todos los ingredientes exigidos a la clasificada como «grande»: romanzas, dúos, coro simbolizando al pueblo (otro éxito de Pablo Moras al frente de la formación titular en el festival, hoy más ellas que ellos), protagonismo en las voces de registro grave y diríamos más naturales, mezzo y barítono, papeles como si del cine se tratase junto a la soprano coprotagonista y malquerida como canta la copla a lo largo de la obra («el que quiera a la del Soto / tiene la pena de la vida / por quererla quien la quiere / le dicen la malquerida»), que vamos descubriendo con el avance de la trama. Zarzuela bien escrita que trata bien todas las voces pero faltando ese número de calidad excepcional que la hubiese encaramado a una popularidad perdida como la propia obra. Tampoco ayuda su excesiva duración con un último acto de texto abundante que puede ser la causa de su olvido aunque siga aplaudiendo que se recuperen obras con esta dignidad.

Destacar la excelente Raimunda de la mezzo Cristina Faus, exigente de principio a fin dominando un rol que ha hecho suyo con un trabajo completo de amplios registros muy homogéneos. Otro sinónimo de calidad lo puso la soprano Sonia de Munck dibujando una Acacia que gana enteros y «maldad» a lo largo de los tres actos, con agudos potentes y afinados sumando la parte de actriz todavía más exigente si cabe que la lírica, para redondear un papel de joven por la que no parecen pasar los años. El barítono César San Martín sigue cautivando por su voz redonda y rotunda pero quedó algo soso pese a tener el papel ideal de los grandes por su poca credibilidad como actor, así como el añadido de la romanza de «Curro Gallardo» A verla voy… para completar su parte vocal.

Con ganas de más papel el secundario Norberto de nuestro tenor Alejandro Roy, siempre poderoso en estos roles como el ya recordado Curro Vargas que parecen buscarlo ante la ausencia de voces tan peculiares como la suya. Y otro aplauso para el nuevo papel principal de la contralto Yolanda Secades como Mercedes, que desde el coro da el paso adelante para completar un reparto vocal de primera para esta zarzuela dura donde las haya, complemento vocal y actoral de Acacia en perfecto empaste y réplicas.

De los actores solo aplausos comenzando por la excelente criada Juliana de María Garralón, un lujo sobre las tablas, y El Rubio de nuestro Lobato que no desaprovechó este «caramelo» de malo aún más que el Esteban «blandito» o el mínimo Faustino.

Ya destacada anteriormente la orquesta y coro titulares de este segundo festival español de zarzuela, que debemos seguir defendiendo de los tiburones, y quiero citar también el vestuario de Gabriela Salaverri, muy cuidado aunque algunos atuendos mexicanos de las chicas parecían reciclados de El Cantor, y bien por Emilio López que acertó con la ambientación y un escenario circular capaz de trasladar cada cuadro a una elegante hacienda mexicana digna de un plató de cine con «El Indio» Fernández también recordado en este exilio y muerte del Maestro Penella.

La Banda también de folixa

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Este fin de semana se ha celebrado la Folixa na Primavera que parece haberse consolidado por parte del ayuntamiento local como una cita con lo tradicional, desde la llamada música folk, la tonada y la sidra primera escanciada junto a la gastronomía, aunque los orígenes fuesen para devolver al entorno hostelero del Parque Jovellanos la marcha que se llevó Requejo como «catedral sidrera» y recuperar la gente joven, pero incluso menores de edad ha tomado y tornado esta folixa en desmadre etílico que conviene evitar a toda costa (y coste).

Sin ahondar en críticas o calidades de estas fiestas inventadas, como celebrar carnavales en Cuaresma o el peso que se les ha dado a negocios para (re)organizar eventos donde la corporación tampoco está muy unida, al menos me quedo con la música como protagonista indiscutible de todo evento.

El tiempo climatológico no siempre ayuda con un arranque diluviando y desapacible de viernes para poder escuchar además de cantantes de tonada a dos grupos emblemáticos en nuestra tierrrina como Los Berrones o Skama la Rede, aunque el sábado pudimos disfrutar de una mañana verdaderamente primaveral para tomar por 3€ que costaba el vaso de sidra y mientras íbamos catando los distintos palos a las 13:30 volvía al Parque Jovellanos y su auditorio la Banda de Música de Mieres dirigida por la valdesana Lara González Cortés, oboe de la agrupación local que tomaba la batuta con verdadero magisterio, poniendo a las mujeres en el mismo sitio que los hombres para una profesión donde todavía son minoría pero ganándose el puesto con mucho estudio y tesón como demostró Lara, nombre novelesco, cinematográfico y por supuesto musical.

El repertorio elegido para esta «sesión sidra» fue variado, no solo bailables como se decía entonces, sino con músicas cercanas, populares, conocidas, que sirvieron de fondo más que protagonista a un público que tomó sidra y música sin exigencias, catando sin ahondar en detalles, que los había tanto en el zumo de a manzana como más  la calurosa mañana.

Lara González Cortés dirigiendo la Banda de Música de Mieres comenzaron con un pasadobole, como debe ser una sesión de bailables: Andrés contrabandista del alicantino Oscar Navarro (Novelda, 1981), antes de unos excelentes poutpourris, pupurris o «medleys» que dicen los entendidos, con melodías bien arregladas para banda de temas muy conocidos.
Primero el arreglo para banda de Manuel Calero García sobre temas de Nino Bravo, Nino Bravo en concierto donde reconocimos a Noelia, América, Un beso y una flor más Libre, después el homenaje a «La Voz», Frank Sinatra in concert en arreglos de Norbert Studnitzky escuchando desde el Cheeck to cheeck que dice «estoy en el cielo», recuerdo a los seres queridos que se nos van, Something Stupid, una «tontería» que cantase con su hija Nancy, hasta el New York, New York.

Buenos años de marcha en Mieres aquellos 70s y parte de los 80s donde otro arreglo titulado Disco light  nos devolvió aquellos éxitos en arreglos realmente conseguidos como Stayin’ Alive, I will survival, YMCA, mejor por banda que enlatados, pues el directo seguirá siendo único e irrepetible.
No es por presumir pero lo bueno de la llamada música pop de mi juventud el tiempo acaba conviertiéndola en clásicos, por lo que todas las edades conocen y tararean los grandes éxitos de Abba, Abba Gold de nuevo con arreglos excelentes de Ron Sebregts donde van sucediéndose Dancing Queen, Mamma Mia, Fernando o The winner takes it all.

Otro tanto con los atemporales y únicos Beatles y este Tribute con unos pocos éxitos arreglados por John Moss como All my loving, A Hard days night, Ticket to ride, Yesterday… llevando las conocidas melodías distintos solistas con un ritmo seguro de los percusionistas, que gozarían  en el último pupurri con el Midley del guitarrista Carlos Santana con la banda transportándonos en el arreglo de Giancarlo Gazzani titulado Santana A portrait con Flor de luna, Oye cómo va o Europa donde el saxo solista emula esos punteos que viven en nuestra memoria atemporal, porque lo bueno no cumple años aunque nosotros sí.
Larga vida a nuestra banda de música y mi enhorabuena a Lara González para quien deseo una fructífera carrera musical, oboe o batuta, ambas exigentes pero al alcance de gente como ella.
Por la tarde tocaría zarzuela en Oviedo, pero ya lo contaré en otra entrada bien o mal querida… y este domingo aún queda folixa.

Inspiraciones zíngaras

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Miércoles 11 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, concierto nº 1600: Zíngaros, Quantum Ensemble. Obras de Liszt, Bartok y Brahms.

Un año después volvía a Gijón el pianista tinerfeño Gustavo Díaz-Jerez pero con su Ensemble residente en el auditorio de su ciudad, esta vez en formato variado de trío, cuarteto y hasta el quinteto de regalo para ofrecernos un concierto bajo el sugerente título de «Zíngaros», presentando obras de compositores inspirados en ese folklore universal del pueblo romaní que los genios de la escritura musical sintieron como húngaro, llevándolo a unas composiciones no del todo conocidas por el gran público y menos en formato camerístico del que no me cansaré en repetir sigue siendo la escuela de todos, melómanos e intérpretes.

Las notas al programa de Carla Miranda Rodríguez de la Universidad de Oviedo, las dejo escaneadas porque siempre ayudan a enmarcar cronológica y estilísticamente las vidas y obras de cada concierto, una buena costumbre que no debe perderse.

Con David Ballesteros (violín) ejerciendo de presentador, Ángel Luis Quintana (violonchelo) y Gustavo Díaz-Jerez (piano) comenzaba a sonar la Rapsodia húngara nº9 «Carnaval de Pest» de Franz Liszt en arreglo para trío del propio compositor, algo desafinados pero dándole ese carácter callejero de una música que «el abate» elevó a la sala de conciertos. Virtuosos en sus instrumentos es difícil encontrar un trío con pianistas de talla capaces de acompañar y brillar con la cuerda frotada, y el tinerfeño nunca defrauda.

Y los Contrastes para violín, clarinete y piano, Sz. 111 de Bela Bartók nos permitió disfrutar del virtuoso Cristo Barrios en esta obra de 1938 dedicada y estrenada por Benny Goodman, el propio compositor al piano y Joseph Szigeti durante la estancia de los húngaros en EEUU. Tres movimientos que conjugan no ya lo gitano sino el espíritu innovador y todavía vigente del compositor húngaro afincado en Nueva York, empapándose también de la música balcánica, húngara, gitana, negra, como del jazz y la música popular allá donde ponía su privilegiado oído y su escritura única. Verbunkos (danza del reclutamiento): Moderato ben rimato, juego tímbrico lleno de ese ambiente internacional con armonías rompedoras en su momento, continuas «interrupciones» quitándose protagonismo piano, violín y clarinete, compartiéndolo, con emparejamientos, solos, y hasta danza plástica en estos últimos intentando contagiarse de tanta música escondida en la partitura. Pihenó (Relajación): Lento ayudó a tomar aire a todos con las pinceladas bartokianas llenas de color y sobre todo Sebes (Danza rápida): Allegro vivace, con cambio de violín y clarinete para ser lo más fieles posibles al sonido «gipsy» volviendo al instrumento original mientras el piano enlazaba esa vivacidad rítmica, melódica y camerística de un trío exigente como pocos para una música que no aparenta 80 años por su cercanía a los estilos y lenguajes que en este siglo son habituales.

El Cuarteto con piano nº 1 en sol menor, op. 25 «Zíngaro» de Brahms no necesita de mayor presentación, con la viola de Cecilia Bércovich completando esta formación que exprime la sonoridad del cuarteto con ese sobrenombre por el último movimiento Rondo alla Zingarese (Presto), más por la inspiración que por beber de lo folklórico, aunque el compositor alemán lo asociase a lo húngaro como sus conocidas danzas de las que nos regalaron la novena en arreglo de la también componente del Trío Arbós para este peculiar quinteto, el «ensemble» al completo en gira peninsular con parada gijonesa, rematando una velada más húngara que zíngara aunque lo romaní siempre ha sido fuente de inspiración para músicos de todos los tiempos y estilos. Por su parte el cuarteto con piano brahmsiano sigue siendo un referente de la agrupación camerística por excelencia que permite gozar del trío de cuerda con el piano virtuoso en un conjunto como el canario donde sus intérpretes brillan con luz propia y juntos asombran por la calidad.

Otro éxito de la centenaria sociedad gijonesa en este número redondo de sus conciertos a lo largo de 110 años: 1600 que seguirán sumando…

Placeres apócrifos

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Luigi Boccherini: Apocryphal Sonatas for violin and harpsichord. Emilio MorenoAarón Zapico. Glossa.
En este blog no suelo comentar discos aunque soy un tanto mitómano al seguir ampliando mi colección en formato físico. Incluso cuando compro en Internet para escuchar legalmente en el ordenador u otros dispositivos (gadgets dicen los finos), termino pasándolo a CD, con su caja, ilustraciones y todo lo que ello supone de mayor gasto que si lo hubiese comprado directamente e importado a los dispositivos digitales. Me consta que muchos de los coches actuales prescinden del lector y lo sustituyen por entradas USB o conexiones para los teléfonos que traen todas las posibilidades musicales imaginables. En mi caso además de todo ello todavía dispongo de un lector de CD y otro de tarjetas SD con la ventaja de poder cargar muchas horas de música para esos viajes que tanto me gusta hacer, a menudo con la «disculpa musical» correspondiente.

Esta vez y con el disco sonando de nuevo en la cadena (nada que ver con todas las «modernidades» que también utilizo) no quería dejar de comentar este Boccherini que Emilio Moreno nos ha preparado con nuestro común amigo Aarón Zapico. El primero es referente en este país de la llamada música antigua y barroca, no ya como intérprete en sus muchas formaciones e inspirador de las posteriores que le deben mucho, como investigador es único y podríamos decir que se ha convertido en un especialista de Don Luis Boquerini, así como él mismo finaliza las notas del disco, el genial violonchelista y compositor italiano pero tan español como el que más. Rehacer, adaptar, recrear, todo es posible manteniendo el espíritu y el Boccherini de estas cuatro sonatas respira por los cuatro costados música en continua evolución. Elegir el clave como acompañante del violín permite disfrutar de una tímbrica especial, cuidada hasta el mínimo detalle en todo el proyecto: la selección de las obras, la adaptación a este dúo, los instrumentos utilizados, el lugar de grabación y por supuesto la presentación a la que Glossa nos tiene acostumbrados por diseño, fotografías, calidad y textos que aquí firman Miguel Ángel Marín y el propio Moreno. La elección de Aarón Zapico parecía lógica tras otros proyectos juntos y sabedor que el clavecinista asturiano está en plena madurez interpretativa, verdadero momento dulce para quien ha tomado el testigo del maestro y hacer escuela con Forma Antiqva, alumnos ahora profesores que comparten mucha música pero sobre todo pasión por ella. El buen gusto y complicidad del dúo se nota en cada sonata, sin pájaros en a cabeza como aparecen en la portada, más bien adecuados y rebuscados (por el mucho buscar) en cada movimiento, destilando emociones que traspasan al oyente, pudiendo titular esta entrada inspirado en el propio título del disco como «Placeres apócrifos», no por fingido sino por dudar de la autenticidad del placer auditivo, haciendo un guiño al término como don Emilio para estas sonatas de salón asturiano.
Llevadas estas obras a la Lucca natal de Luigi Boccherini (1743-1805) y sonando también en la Corte Madrileña imbuidos del mismo espíritu dieciochesco original en pleno siglo XXI, antes de encerrarse en septiembre del pasado año en la Finca Casa de Oficios de Torremocha del Jarama, para dejar testimonio sonoro ya rodado en directo, el dúo Moreno-Zapico ha presentado el disco en Madrid este mes de febrero, y pese a las agendas apretadas de ambos en sus distintos proyectos, supongo encontrarán huecos para seguir haciéndolo en vivo, siempre único aunque se venda al finalizar los conciertos con firmas de los músicos, porque esta fórmula sigue funcionando y hay muchos más «chiflados» que siguen comprando música.

Las cuatro sonatas abarcan distintos momentos en la vida de Boccherini con un trabajo de recuperación y transcripción por parte de ambos intérpretes y estudiosos realmente memorable, a partir de distintas colecciones y formaciones. Miguel Ángel Marín comienza sus notas en el libreto del disco diciendo que El arreglo musical tiene hoy mala prensa para continuar razonando una práctica habitual de entonces que cada vez más las nuevas agrupaciones están siguiendo: adaptar las obras a las distintas formaciones que tengan, y este es el caso de este dúo asturmadrileño, grandes conocedores de la instrumentación más allá de la propia interpretación siempre maestra por parte de los dos. Los criterios que ambos músicos han seguido también los explica en la «carpetilla» con los textos el maestro Moreno:

Primero, el de ofrecer una visión evidente y diacrónica de la evolución creativa de Boccherini con obras que van desde su primera juventud (la sonata G43 a partir de su primer cuarteto de cuerda de 1761, escrito probablemente en Milán) hasta el periodo final, el más castizo y madrileño (las sonatas a partir del cuarteto de La Tirana y el quinteto de La Seguidilla de 1792 y 1795 respectivamente), pasando por la sonata G24/4 a partir del trío op. 14/4 de 1772, un momento de profunda cimentación del estilo de Boccherini (…). El segundo criterio, y quizás el más importante e interesante para los intérpretes, ha sido investigar la manera de abordar la producción boccheriniana reinventada a través de la transcripción como legítima vía de expresión artística, ya sea a través de la óptica de sus contemporáneos (…) ya sea abordando los mismos intérpretes de este disco la transcripción y adaptación, la «reinvención» de la pieza original inspirados por los modelos contemporáneos a Boccherini, y con la pretensión de, sin menoscabo de autenticidad y con el máximo respeto a la obra, el autor y su filosofía musical, ofrecer una visión completamente personal de la obra tal y como lo hubieran hecho un violinista y un clavecinista de la segunda mitad del XVIII, tan rendidos admiradores del violonchelista toscano-madrileño aquellos como lo son los protagonistas de esta grabación dos siglos más tarde.

Con esta intención y todo el respeto aparecen las obras citadas: la Sonata en re mayor (G24/4, Trío op. 14/4, G98, 1772) [de las Sei Sonate per il cembalo e violino ad libitum. C.D. Ebeling. Hamburg, 1775], con tres movimientos: Allegro giusto, Andantino sempre piano y Allegro assai. Un violín grave recordando el chelo del italiano y el clave escurialense cristalino en perfecta simbiosis y equilibrio, alternancias de protagonismo y planos ideales.

La Sonata en do menor (G43, originalmente Cuarteto op. 2/1, G159, 1761) [de las Six Sonates pour le clavecin, forte piano ou harpe avec accompagnement de violon oblige􀀀e, tire􀀀es des oeuvres de Luigi Boccherini, mises au jour par M. Naderman. Paris, 1778], también tripartita: Allegro comodo, Largo y Allegro. Cortesana de intenciones y clara de interpretación donde el violín parece sobrevolar todo acompañamiento de «otras cuerdas» aunque de nuevo el clave resulte tímbricamente más rico que el arpa o incluso el fortepiano que vendría a aparcar las teclas del instrumento barroco por excelencia.

Todo el sabor español y el oficio italiano los encontramos en las dos últimas sonatas. Aquí el violinista lo explica mejor que nadie: feliz simbiosis entre la gran tradición italiana con el casticismo y españolidad de la música de aquel maravilloso violonchelista y compositor toscano que llegó a Madrid en plena juventud para no salir nunca más de España. En transcripciones de Emilio Moreno y Aarón Zapico, primero la Sonata en sol mayor, ‘La Tirana’ (Quartettino op. 44/4, G223, 1792), dos tiempos: Presto «La Tirana Spagnola» virtuoso violín, sólido clave, pareja impoluta de feliz entendimiento, y Tempo di minuetto, casi bailable del momento por alegría, popularidad y cercanía al pueblo llano, al igual que la interpretación del dúo. Finalmente la Sonata en do mayor, ‘La Seguidilla’ (Quintettino op. 50/5, G374, 1795) con el Allegretto de lo más «cantabile» al que mentalmente podríamos ponerle voz femenina y letra popular, más el Minuetto ‘a modo di sighidiglia spagnola’, la seguidilla única e inimitable capaz de convertir la calle en un salón cortesano con una pareja goyesca en fiesta callejera, violín bailarín con clave poderoso, cimentando pasos y ritmo.

Cuatro sonatas para violín y clave jugando con ritmos, timbres, tiempos, compases, dinámicas, texturas, aires y espíritu con dos generaciones de intérpretes que conocen los recursos y técnicas adecuados a cada momento, reflejados en un disco para disfrutar en cualquier ocasión. Vuelvo a darle al «Play».

Merienda vienesa en Vetusta

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Domingo 8 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de piano “Luis G. Iberni”: Denis Kozhukhin, solistas de la Orquesta de Cadaqués. Obras de Schubert y Beethoven.

Tras el paréntesis vacacional retomaba mis conciertos, y este domingo el pianista ruso Denis Kozhukhin llegaba a las jornadas “con” piano del auditorio de Oviedo en formato camerístico con varios solistas de la Orquesta de Cadaqués y obras que podemos considerar “grandes éxitos” de la música por formar parte de nuestra memoria colectiva con Viena de nexo: el Quinteto La trucha de Schubert partiendo de la canción homónima de su penúltimo movimiento, y ya sin piano el Septimino de Beethoven del que su minueto fue usado como sintonía en la longeva serie de dibujos animados “Érase una vez…” añadiéndose la letra española cantada por los niños de entonces.

Schubert otorga al piano en este Quinteto en la mayor, D. 667 (opus 114) un papel de reparto compartido más que protagonista, especialmente para las variaciones de su “lied”, donde tiene su momento de gloria aunque las posibilidades de brillo sean superiores a sus compañeros del cuarteto de cuerda (violín, viola, chelo y contrabajo) pero igualmente agradecidos en conjunto, brillando todos al nivel esperado, sobre todo por el buen entendimiento y ajustes en cada uno de los cinco movimientos, para degustar estos “apuntes” que todo melómano (también los solistas) debe preparar antes de acometer el obligado salto sinfónico orquestal del incomprendido compositor vienés, que ni siquiera vio publicado en vida su quinteto.

El Septeto en mi bemol mayor, op. 20 del genio alemán nacido en Bonn y enterrado en Viena también sonó en la capital austriaca de inicios del XIX como hoy transportada en el túnel del tiempo musical a la del norte español, Oviedo más de 200 años después, sin piano pero con el mismo cuarteto de Schubert, sumando clarinete, fagot y trompa, siete solistas de la Orquesta de Cadaqués comandados por la violinista Sara Bitlloch en seis movimientos que se engarzaron entre las toses (im)prescindibles de un auditorio con buena entrada dominical. Emoción en el dialogante Adagio cantabile entre violinista y clarinete aún de recuerdo mozartiano, así como la trompa segura de María Rubio completando un buen trío de viento, contrapeso tímbrico del cuarteto de cuerda en una interpretación con mucho oficio de estos siete músicos sinfónicos que comparten igualmente formaciones de cámara con la misma profesionalidad, buen gusto y amor por la música.

Quedamos con ganas de más piano en esta velada de salón sin merienda para nuestra irrepetible Vetusta, la Viena del norte.

DENIS KOZHUKHIN, piano. Solistas de la Orquesta de Cadaqués:
SARA BITLLOCH, violín; CRISTINA POZAS, viola; MÀRIUS DÍAZ, cello; TONI GARCIA, contrabajo; JOAN ENRIC LLUNA, clarinete; DAVID TOMÀS, fagot; MARÍA RUBIO, trompa.

P. D.: Reseña para LNE del lunes 9 de abril de 2018.

Laura Mota, una pianista esplendorosa

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Miércoles 28 de marzo, 19:45 horasTeatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 6 del año 2018: Laura Mota Pello (piano). Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.

Crítica para La Nueva España del viernes 30, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía:

La sociedad filarmónica ovetense de la calle Mendizábal es toda una escuela para melómanos desde 1907 en la que me “matriculó” mi tío Paco en 1971 para disfrutar con Joaquín Achúcarro, al que terminaría idolatrando. Por su escenario han desfilado grandes figuras de instrumentistas, voces y orquestas de renombre, aunque siempre apostando por los talentos de la tierra como las pianistas Purita de la Riva o mi querida Carmen Yepes, por citar dos generaciones muy distintas de mujeres y artistas. Laura Mota Pello (Oviedo, 2003) es la última de estas figuras debutantes en la centenaria sociedad del Teatro Filarmónica aunque de trayectoria muy amplia pese a su juventud. La descubrí dando un recital en Mieres con solo 9 años y desde entonces no he dejado de emocionarme cada vez que la escucho y no solo en Asturias, donde recuerdo suConcierto nº 23 de Mozart en el Auditorio con la Oviedo Filarmonía y Marzio Conti el 23 de enero de 2015, junto a un estreno del también joven ovetense Gabriel Ordás más la violinista y compositora inglesa Alma Deutscher, auténtica niña repollo). Laura ha asombrado desde el piano a casi toda España incluso en TVE en aquel programa “Pizzicato” presentado por Ara Malikian, con una sólida carrera de concertista acumulando premios allá donde va hasta llegar a ser la única finalista europea hace ahora un año en el “Aarhus International Piano Competition” danés, incidiendo en ello porque no es niña prodigio sino directamente un prodigio al piano, con mucho trabajo, pasión, madurez y el apoyo incondicional de sus padres, Alberto y Clara, sumando una labor de años con el maestro Francisco Jaime-Pantín, siempre tutelando esta opción de vida desde la experiencia y la sabiduría necesarias para un viaje larguísimo como es el de concertista de piano.

Para su primera actuación en la sociedad presidida por Jaime Álvarez-Buylla la joven intérprete ovetense no escatimó en esfuerzo, recursos, memoria, ni dificultades técnicas con tres autores románticos cual piedras angulares de la literatura pianística: Beethoven, Schubert y Schumann que habrán sonado muchas veces en este mismo escenario en manos de figuras como Alicia de la Rocha, con quien ya se ha comparado a Laura Mota en cuanto a trayectoria y formación, Luis Galve, Arturo Benedetti, Nikita Magaloff o el mismísimo Sergei Rachmaninoff, por citar algunos Pianistas, con mayúscula, que dejaron su firma en el “Libro de Oro” de la Sociedad Filarmónica de Oviedo.

La Sonata nº 8 en do menor, “Patética”, de Beethoven sirvió para abrir boca, suficiente para ocupar toda una parte durísima, que Laura abordó con fuerza y delicadeza, vértigo y calma romántica a más no poder, vertiginosa y sin mareos, con peso además de poso.
Schubert fue el segundo sustento vienés con dos obras igual de exigentes para todo intérprete: el Impromptu nº 3 op. 142 en si bemol mayor más la Fantasía Wanderer, op. 15, dos páginas notables, profundas y extensas pero también frescas y experimentales como las ideas que bullían en la mente del compositor con su paralelo interpretativo, hondura y madurez para abordar las líneas melódicas de cambiantes armonías e integración en la textura colorista del piano, explorando desde su juventud una sensibilidad interior propia digna de admirar que escuchándola hace olvidarnos de su edad.

Si todo lo anterior ya tenía entidad para todo un concierto, todavía sonaría el Carnaval, op. 9 de Schumann en la segunda parte. Veintiún estampas breves y complejas, arrebatadoras y serenas, juegos de homenajes a Chopin y Paganini con mariposas y marchas filisteas además de esa literatura sonora inspirada en la “Comedia dell’Arte” pintada por Laura Mota con destreza y autoridad, con desparpajo y sentimiento sin artificios, interpretando y releyendo trazos, dinámicas, sonoridades y velocidades. La primera impresión fue la de conjugar técnicas distintas de acuarela, óleo y hasta mosaico por la variedad expositiva desde el piano, esa hondura de la que carecen muchos prodigios asiáticos que tienden a impactar con una técnica vacía de sentimientos. Laura Mota asombra no por lo que toca, pese a tener ya un amplísimo repertorio para quitar el hipo, sino por cómo, algo increíble para su edad que se transmuta al piano para emocionar con cualquier época y autor, tal es su acercamiento a las obras desde una seriedad atípica en estos tiempos. El Schumann carnavalesco brilló entre los mejores recuerdos de este teatro.

Todavía con fuerzas nos regaló a Rachmaninoff por partida doble, resucitado y revivido en esta Filarmónica nada menos que con dos de los diez Preludios op. 23, el nº 4 (Andante cantabile en re mayor) lirismo en estado puro, y el nº 5 (Alla marcia en sol menor) poderoso y marcial, dos propinas plenamente integradas en el discurrir anímico de todo un concierto pleno de musicalidad, sentimiento, hondura y emociones al comprobar cuánto talento atesora Laura Mota. Un miércoles santo para comenzar estas vacaciones escolares inexistentes para los eternos y sacrificados estudiantes de música con bravos merecidos de un público veterano, educado y entendido en esta escuela de melómanos.

Laura Mota, talento adulto

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Miércoles 28 de marzo, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica de Oviedo, Laura Mota Pello (piano). Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.


Presentación en sociedad
Reseña para La Nueva España del jueves 29, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía:
La pianista ovetense Laura Mota (2003) se presentaba en la centenaria Sociedad Filarmónica Ovetense con un programa duro y profundo que los socios conocen por ser piedra angular de tantos grandes concertistas que por su escenario han pasado.
La trayectoria de nuestra pianista es imparable desde 2009 porque este prodigio comenzó su andadura con seis años. Su currículo es apabullante y deslumbra allá donde actúa con una madurez y hondura que solo las grandes como nuestra Purita de la Riva o Alicia de la Rocha tenían a su edad. Su maestro Francisco J. Pantín está encauzando una carrera de mucho recorrido que el tiempo permitirá corroborarlo.

Laura Mota no es espectacular por lo que toca sino cómo, a diferencia de las asiáticas que copan premios en todos los concursos pero cual autómatas carentes de pasión.
La Patética de Beethoven abriendo concierto supuso poner sus cartas boca arriba en el debut con esta Sociedad que siempre ha apostado por músicos de nuestra tierra.

Schubert continuaría asombrando e impactando, el Impromptu 3 fresco y hondo, brillante y contrastado con la gigantesca Fantasía Wanderer, dramatismo y delicadeza, caminante sentimental en 88 teclas y casi una hora de entrega.

Todavía quedaba el Carnaval, op. 9 de Schumann por si la primera parte no fuese suficiente para todo un concierto. La evolución interpretativa de Laura Mota va en progresión geométrica y con todas las épocas y estilos, pero este programa romántico nos da una idea de un horizonte lejano que no tiene fin. Schumann es literatura sin palabras, la Comedia del Arte llevada al piano con guiños a Chopin o Paganini, mariposas coquetas o marchas de filisteos con Laura Mota intérprete de las 21 estampas, breves pero intensas de este “carnaval” en plena Semana Santa, acuarelas por el trazo, óleos por textura, mosaicos por color, obra total en estas manos infantiles de talento adulto y arrebatadora delicadeza.

Sin cansancio aparente e igual naturalidad nos regaló dos preludios (4 y 5) de Rachmaninov.
Porque cerrar los ojos nos transporta a interpretaciones de referencia en este mismo teatro… al abrirlos la impactante y agradable sorpresa de comprobar quién toca ese piano, recreando y sintiendo con poso maduro e ímpetu juvenil.

Los mejores de los nuestros

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Sábado 24 de marzo, 20:15 horas: Salón de Actos del Museo de la Evolución Humana (MEH), Burgos. «La voz de la memoria«, Homenaje a Joaquín Díaz, 70 aniversario, Diego Fernández Magdaleno (piano). Entrada libre (aforo completo).

El título de esta entrada no es mío sino de la Junta de Castilla y León en un ciclo que homenajea y premia a los suyos, a sus castellanos ilustres, a fin de cuentas también nuestros, y mucho mejor en vida porque se disfruta más.

Joaquín Díaz (Zamora, 1947) no necesita presentación en esta España nuestra de memorias televisivas en blanco  y negro y sobre todo radiofónicas, músico global aunque le etiquetemos de folklorista, hoy diríamos etnógrafo, que en un gesto de generosidad con visión de futuro legó a la Diputación de Valladolid su amplio archivo para plantar la Fundación con su nombre en la villa de Urueña, una parada obligada a medio camino entre Asturias y Madrid del que me enamoré en la primera visita, de «los museos de Joaquín» incluyendo el de campanas que creo es único en España, el de la música con instrumentos de todo el mundo, museo y casa de otro musicazo como Luis Delgado (Madrid, 1956), siguiendo la llamada del maestro, tiendas de artesanía, talleres varios, las incontables librerías de todo tipo que hacen de esta ubicación «La Villa del Libro«.
Pero también su muralla, las vistas desde ella, los atardeceres en cualquier estación, su gastronomía y alrededores donde es obligatorio visitar San Cebrián de Mazote. Este sábado burgalés se lo recordaba al homenajeado que además me firmaba el «pack» con tres compactos de grabaciones junto al DVD que recoge archivos de TVE, doble regalo porque mi admirado Florentino, un asturiano en Burgos con el que había quedado para disfrutar este evento, acababa de regalármelo sin conocer la presencia de Don Joaquín.

Y esta escapada a la capital castellana era para disfrutar una vez más de mi querido y admirado amigo Diego Fernández Magdaleno (Medina de Rioseco, 1971), al que tenía muchas ganas de volver a escuchar en directo porque sus conciertos respiran emociones, homenajes, respeto, literatura, música y honestidad. Analizar cómo organiza sus programas es todo un reto que me consta igualmente para él y quienes le seguimos. El homenajeado bromeaba con el último orden en estos conciertos festejando sus siete décadas, porque los ocho «bloques» incluían una referencia personal, geográfica incluso, visionada por el piano de Diego acompañada por compositores de nuestro tiempo perfectamente encajados con nuestro folklore. «La voz de la memoria» son Joaquín y Diego, palabras del agua que fluye como la música, que apuesta por los recuerdos (como la visita rápida tras el concierto a la casa donde vivió Antonio José), por los amigos, muchos compositores pues los vínculos establecidos con la música ofrecen regalos tangibles pero igualmente inmateriales.

El programa lo dejo escaneado como los demás «regalos», y para intentar sumarme a este homenaje dedicado a Los mejores de los nuestros destacar un poco de lo mucho que supuso el concierto junto al entorno previo y posterior.

Notas telegráficas: la sorpresa adelantada del encuentro. Inmensidad del MEH que necesitaría un día completo para disfrutarlo. La evolución humana también está marcada por la amistad y la música entre muchas cosas. La materialización física y burgalesa de dos melómanos asturianos en la ciudad del Cid. Emociones compartidas en primera fila, sintiendo las vibraciones del Steinway© en la madera del salón.

Las campanas de Urueña con Kurtág, Montague y el Gerineldo de Joaquín. La fusión de palabras y músicas tan del gusto de Diego, Caibanera por las habaneras de Cádiz y el blues de raíz a cargo de Dolores Serrano Cueto (Cádiz, 1967) con la añada asturiana Duérmete, fíu del alma y la Carta de Falla a Rubinstein de Tomás Marco (Madrid, 1942), un bloque para viajar sin equipaje.
Impensable Diego F. Magdaleno sin un estreno absoluto de un español y amigo, esta vez Espigas de luz de Jesús Legido (Valladolid, 1943) tan actual como el que más, Castilla desde un trigal cromático en blanco y negro con la explosión de Sa Ximbomba de Antonio Ruiz-Pipó (Granada 1934 – París, 1997).

El cuarto bloque redondo por encaje desde la gratitud por compartir Recuerdo de Albert Sardà (Barcelona, 1943), homenaje a Diego Fernández Piera, padre de nuestro pianista, enamorado del flamenco que el compositor catalán entendió desde los melismas que el hijo canta en el piano, como El enamorado y la muerte de Joaquín con el homenaje de «mi gemelo» Francisco García Álvarez (Valladolid, 1959) al músico zamorano festejado este sábado burgalés.

Mi «descubrimiento» de otro pucelanoLuis Villalba Muñoz (1873-1921), cuya Meditación me despertó la curiosidad para urgar en un pasado menos cercano que su música, curiosamente la más alejada cronológicamente en este concierto pero capaz de «compartir actualidad» con la conocida canción burgalesa Morito pititón visionada por el mallorquín Román Alís (1931-2006) junto al Romance del Conde Olinos. Geografías musicales manteniendo título de «los mejores de los nuestros» aunque siempre se quede alguno fuera de programa ante el obligado encaje de bolillos que siempre realiza Diego para sus conciertos.

Sesión «in crescendo» emocional y de homenajes el piano cantábrico en mis entrañas por la Clusteriana Didakus de Pedro Aizpurúa (Andoain, 1924) llena de vigor y resaca marina junto a Sabor d’amor de Ignasi Adiego (Barcelona, 1963) capaz de elevar el bolero al concierto contemporáneo con La rosa enflorece castellana bien regada musicalmente en el medio de ambas.
Último bloque el octavo que supo a poco, Joaquín con Carlos Cruz de Castro (1941) y Max Richter (1966), Diego y su intensidad emotiva, los mejores y además nuestros en sus dedos, con un público agradecido, aplausos merecidos, intercambios a vuelapluma, confidencias rápidas, tiempo para unas cañas rápidas, ilusiones compartidas y sorpresas como los mejores regalos de nuestras vidas.

La música es algo que no tiene precio y viajar el mínimo peaje por ella, para ella y con ella, incluso sin moverte de casa. Pero el directo siempre es irrepetible, palabras del agua…

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