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Imparable Laura Mota

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Sábado 25 de junio, 20:30 horas. Gijón, Fundación Museo «Evaristo Valle», Recital de piano: Laura Mota Pello. Obras de Mozart, D. Scarlatti, Soler, Beethoven y Chopin. Entrada: 5 €.

Volvía al «Evaristo Valle» para seguir escuchando a nuestros jóvenes intérpretes, esta vez a la pianista ovetense Laura Mota Pello (28 de Febrero de 2003) a la que sigo hace años, para comprobar su increíble crecimiento no ya físico, hoy toda una jovencita de 13 años recién finalizado 1º de Secundaria todo con sobresalientes de 10, sino el musical de la mano de Francisco Jaime Pantín con un programa duro, exigente, trabajado desde una técnica que es envidiable en los siete años que lleva estudiando piano, y volviendo a impactarnos por su musicalidad, aplomo, fraseo, adaptación a estilos tan diferentes, pedales en su sitio, dinámicas amplias abarcando desde los pianísimos más íntimos a los fortísismos poderosos en un Steinway&Sons de los años cuarenta, agradecido aunque necesitado de algunos ajustes mecánicos, donde cada autor y obra se diferenciaron a la perfección, demostrando nuevamente que la capacidad y posibilidades de Laura Mota son infinitas, esperando encuentre el apoyo institucional (el familiar y profesional siempre está asegurado) que no nos haga perder esta joya del panorama pianístico mundial. Escucharla es algo indescriptible, cierras los ojos absorbido por el fluir mágico y maduro de cada nota y al abrirlos te encuentras con esta joven inconmensurable, enorme al piano y enfrentada al programa que solo puedo comentar a grandes rasgos porque todo lo hace suyo.

La Sonata nº 18, K 576 en re mayor, de W. A. Mozart, la última del genio de Salzburgo con enorme dificultad técnica plagada de pasajes virtuosísticos escoltando un Adagio central hondo resultó de una limpieza asombrosa y difícil elección para abrir un concierto, pero afrontado con la seguridad de la que la pianista ovetense hace siempre gala.
Las dos sonatas de D. Scarlatti interpretadas sin pausa (Sonata K 107 L 474 en fa mayor y Sonata K 135 L 224 en mi mayor) impresionantes por agilidad y madurez de toque, casi clavecinísticas por los ataques y ornamentos siempre perfectos con un equilibrio y sonoridades cercanas contraponiendo tiempos parecidos pero diferenciados y delimitados.
También a pares y espíritu de clavecín el Padre Soler, primero la Sonata R 90 en fa sostenido mayor (una de las joyas de la hoy recordada Alicia de Larrocha con quien Laura tiene muchas similitudes) y después el complicadísimo Fandango R 146 en re menor, virtuosismo al servicio de un lenguaje español que se hace universal, sentido como si de una enorme trayectoria vital se tratase por el conocimiento intrínseco de un lenguaje preclásico de inspiración geográfica pero de una frescura incluso en momentos tan complicados técnicamente (el pulgar de la mano derecha martilleando rítmicamente sin perder pulsación alguna, las octavas, cruces de manos y tantos «recovecos» más) dejándonos boquiabiertos ante el despliegue musical de Laura Mota.

Si la primera parte parecía dura, ya no sé cómo calificar la segunda porque me quedaría corto ante el abismo que sin embargo resultó un placer de vuelo planeando nuevamente la música de piano por encima de todo, casi metiéndome en los cuadros de Evaristo Valle para contemplar el prodigio de una pianista de horizontes inabarcables perfectamente orientada y guiada por su maestro Pantín (sin él sería imposible alcanzar este nivel): la Sonata Op. 2 Nº 3 en do mayor de L. V. Beethoven
me recordó al Wilhelm Kempff referente de mis años de conservatorio hace casi medio siglo pero con el «preparatorio» de la primera parte al hacernos sentir el clasicismo de la técnica y el romanticismo del lenguaje inimitable del genio de Bonn. Si los tiempos rápidos resultan poderosos desde la pulcritud, verdadero brío del primero, chispeante el Scherzo o cascada emocional limpia de tempo valiente el Allegro Assai, el Adagio volvió a impresionarme por la hondura del fraseo, veterano y con toda una vida dedicada al piano aunque parezca mentira al ver quién tocaba.
Y no digamos del Chopin elegido para cerrar concierto, primero dos polonesas (de las 23 al menos compuestas por el polaco) de las opus 26, la Polonesa nº 1 en do sostenido menor, vértigo emocional y trasfondo poético de una obra de juventud interpretada desde esta edad infinita de Laura Mota, dos manos que se funden y diluyen en hacer fluir sentimientos únicos, contrapuesta a la nº 2 en mi bemol menor todavía más interiorizada, tocada con la mayor naturalidad haciendo fácil lo inabarcable, midiendo cada compás con total fidelidad a la partitura para revolverla como propia, lo intangible e inexplicable de los grandes intérpretes, esta vez con ¡trece años!, el rubato adecuado, los contrastes de tempo y dinámicas, la fuerza física con la delicadeza en el toque.

Aún quedaba más Chopin: dos estudios del Opus 10 para quitar el hipo, el virtuosismo para trabajar la técnica sin perder de vista las melodías escondidas, el equilibrio de manos y pedales, primero el

Estudio nº 8 en fa mayor y después el conocido como «teclas negras», Estudio nº 5 en sol bemol mayor, sin importar las tonalidades complicadas porque Laura Mota hace fácil lo imposible desde la naturalidad y equívoca inocencia, una madurez asentada en un trabajo increíble y capacidad de sacrificio más unas cualidades innatas que el buen magisterio lleva por el camino ideal alternando con los estudios obligatorios de Secundaria que en este país parecen incompatibles con los musicales aunque los resultados sean tercos y refuercen un maridaje incomprendido por quienes nos gobiernan.
Todo un programa gigantesco interpretado de memoria que cercano a las dos horas todavía nos dejaría más asombrados ante el Allegro de concierto op. 46 (1904) de Granados, conmemoración centenaria y nuevo guiño a la siempre recordada Alicia desde la juventud descarada y descarnada, apoteósica para un público que parecía enloquecer ante el derroche pianísitico de Laura Mota Pello. No olvidar este nombre porque cada actuación suya es todo un acontecimiento irrepetible.

Lugares de encuentro

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Viernes 17 de junio, 20:30 horas. Fundación Museo Evaristo Valle, Gijón: Concierto Cuarteto para piano y cuerdas. Obras de J. S. Bach, Piazzolla, Mahler y Brahms. Entrada: 10 €.
El museo de Somió es un buen lugar de encuentro y más en una tarde invernal pese a la cercanía del verano, casi como una de las obras del concierto, con músicos que algunos ya pasaron por esta casa y unían destinos en las afueras de Gijón.

La música siempre es lugar de encuentro, esta vez cuatro jóvenes unidos por la misma pasión del lenguaje más universal, el violinista Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (Oviedo, 1996), el pianista Héctor Sanz Castillo (Torrelavega, 1996), más el violonchelista Jaime Calvo-Morillo Rapado (Zamora, 1986) y el viola hispano armenio David Abrahamyan, veteranos desde la juventud, ya curtidos ambos aportando la madurez al cuarteto liderando en cierto modo este proyecto que se tuvo que trasladar del mes florido a este sábado casi invernal.

Cuatro autores para encontrar sonoridades carnosas en distintas combinaciones:
Dúo violín y viola con seis Invenciones de J.S. Bach, ideales para abrir boca y corroborar que la música de «Mein Gott» es perfecta en cualquier versión, más con las posibilidades que la cuerda frotada ofrece de tímbrica, ataques y fraseos, no ya la primera y conocida sino especialmente la octava.

Piazzolla se encontró en París con Nadia Boulanger y la música académica para así unir dos mundos elevando el tango desde el barroco a la universalidad. De sus conocidas cuatro estaciones de Buenos Aires, el día frío, lluvioso y grisáceo parecía transportarme con su Inverno Porteño al Nuevo Palermo o incluso a «la bombonera» boquense mientras España le daba un baño a Turquía en Niza. Piano, violín y viola unidos en un arreglo que engrandece la inmensidad del llamado inventor del nuevo tango, sonoridades reconocibles recreadas con una viola rotunda, un violín que baila sin aspavientos y el piano ayudando a crear la magia de un trío con empuje, vida y pasión, en una versión que Abrahamyan nos trajo hasta Gijón haciendo de cello con su viola.

El joven Mahler viajó a la Viena que le quiso y odió a partes iguales, escribiendo para finalizar su paso académico un Cuarteto  para piano en la menor con todo el ímpetu creativo que nunca le abandonaría, encontrando la música en el piano donde compondría toda su vida ya desde estudiante, planteando sus dudas, escribiendo para el trío de cuerda más el piano como si de una sinfónica se tratase, y así entendieron estos músicos esta obra, sentida en la cercanía de una carrera incipiente, volcados en sacar a flote una partitura poco escuchada y exigente para todos, sonoridades que la madera transmite como ninguna, no ya la de los instrumentos sino la tarima y este salón del museo donde la música nos hace vibrar literalmente. Maravilloso este lugar de encuentro de cuatro músicos con carreras solistas que como los grandes a los que emularán en breve, se unen para compartir, hacer música de cámara juntos como escuela indispensable e imprescindible en una formación académica pero también humana que nunca finaliza.

Brahms también encontró en Viena sus raíces e inspiraciones desde un Beethoven al que rinde tributo en la obra escuchada, casi vecinos en el cementerio más musical del mundo aunque faltase Mahler, otro romántico como todos los jóvenes, para quien el Cuarteto para piano, op. 60 nº 3 en do menor (subtitulado «Werther») supone unir, como los compañeros de programa y sus intérpretes, emociones compartidas, protagonismo compartido, unidad desde la diversidad, entendimiento para dejarnos una joya camerística que deslumbra desde las primeras notas tranquilas del Allegro non troppo antes de emprender vuelo. La originalidad del Scherzo. Allegro de segundo movimiento fue más que broma una prueba del buen momento del cuarteto, escuchándose, gustándose, creciendo antes del Andante con moto verdaderamente maravilloso para todos y cada uno, comenzando con chelo y piano camerístico, pasando el primer plano al violín, sumándose la viola para demostrar que el lirismo es este remanso bien tocado por los cuatro. Pero sobre todo el Finale. Allegro comodo que contagió pasión y fuerza a los presentes, vibraciones inequívocas del sentimiento de una partitura leída desde el lugar ideal de la música de cámara, del cuarteto para piano y cuerdas como excelente punto de encuentro de unos jóvenes que transmiten sensaciones de optimismo en unos momentos para olvidarnos del mundanal ruido mediático y refugiarnos en este museo, verdadero remanso para el espíritu donde el arte se respira por todas partes.

Enhorabuena a este cuarteto sin nombre que para mí será el Cuarteto «Evaristo Valle» como lugar de encuentro.

Jordi Casas con el Coro de la FPA

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Sábado 11 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: Conciertos por Asturias: Coro de la Fundación Princesa de Asturias, Óscar Camacho Morejón (piano), Jordi Casas (director invitado). Obras de R. Halfter, Schubert y Brahms. Entrada libre.

Los coros de la Fundación Princesa de Asturias siempre implicados con la sociedad asturiana, llevan su música por el Principado y son perfectos embajadores de nuestra tierra allá donde van, desde el área musical que apostó desde sus inicios por el mundo coral con tanta tradición en nuestra geografía. Y no solo en los conciertos sinfónicos donde su aportación es ya habitual en las programaciones, también en la música vocal, llamemos de cámara, son protagonistas de recitales donde directores invitados les aportan sabiduría y enriquecimiento en una carrera que nunca se acaba, de la que sus directores también toman nota.

Estos días ha estado con el coro de José Esteban G. Miranda el músico catalán Jordi Casas Bayer (1948), una autoridad en la música coral y director del Coro de RTVE al que volvió tras su primera época de 1986 a 1988, figura internacional que lleva los coros en su propia historia desde la infancia en la Escolanía de Montserrat, con un bagaje vital y trayectoria musical de quitar el hipo.

Dirigiendo tres conciertos del coro de adultos viernes y sábado en Avilés y Oviedo más Gijón la próxima semana, con un repertorio básicamente alemán y el guiño a nuestro Rodolfo Halfter (Madrid, 1900 – Ciudad de México, 1987) en este año tan cervantino con sus Tres epitafios, op. 17 que abrían concierto. Maravillosa partitura del gran humanista exiliado tras la guerra civil, y excelente interpretación del coro en tres números que el propio Maestro Casas presentó para mejorar la comprensión de ellos, como haría con el resto del programa. De agradecer escuchar a capella este coro maduro con ansias de seguir aprendiendo y más con el catalán que tuvo total complicidad y atención con ellos, tras días de trabajo que nunca concluyen en los conciertos sino que permanecerán en el acerbo de la formación, conjugando como siempre veteranía y juventud.

Ya con el pianista Óscar Camacho llegaría el grueso coral alemán con Franz Schubert (1797-1828) y Johannes Brahms (1833-1897), los lieder para coro y piano donde el idioma es tan importante para saber cantar e interpretar unos textos de los grandes literatos a los que la música siempre realza estando a su servicio. Un placer escuchar a Jordi Casas antes de cada página compartir con el público el sentido de estas partituras que el Coro de la FPA desgranó con buen gusto, empaste, afinación y entrega. Los cuatro de Schubert tan contrapuestos emocionalmente, Gott im Ungerwitter (texto de Johann Peter Uz) con la fuerza de la naturaleza y la luz divina de una obra póstuma con la sensación cercana de la muerte, el salmo «El Señor es mi pastor» (Gott ist mein Hirt) para voces blancas que Schubert dedicase a su profesora con alumnado solamente femenino para pulsar la calidad de esas cuerdas al completo, An die Sonne vital como un día de sol aunque siempre temeroso de la tormeneta, degustando cada sílaba en un perfecto alemán (igualmente de Uz) tan bien ensamblado con la música a cuatro voces de Schubert, y con texto anónimo Des Tages Welhe nuevamente íntimo con una entrada segura de los tenores más un coro bien empastado (lo bisarían al final del concierto) con un acompañamiento pianístico que complementa al más puro estilo schubertiano las bellas melodías (la última recordándome vagamente el Panis Angelicus de Franck) en perfecta sincronía.

Aún más hondura presenta Brahms en una continuidad de estilo elevado a la quintaesencia camerística con sus canciones, la maravilla del lied llevado al coro con todo lo que ello supone, Vier Quartette, op. 92 marcan un hito tanto en conjunto como una a una en poesía musical, O schöne Nacht (Oh! noche amorosa) con un piano cristalino y voces unidas disfrutando de las cuatro cuerdas por igual, Spätherbst (Otoño tardío) de misticismo renacentista y emociones románticas, Abendlied (Canción de la tarde) desbordando alegría en tesituras agudas contrapuestas con el piano y los bajos, antes de la última Warum (¿Por qué?), inquietante, rítmico, protagonismo global e intervenciones por cuerdas seguras, presentes, llenas de matices bien entendidos por Camacho y «leídas» por un Casas verdadero experto en estos repertorios.

De las Sechs Quartette, op. 112 los cuatro últimos sobre aires zíngaros (catalogados incluso como Zigeunerlieder o Zwei Quartette, op. 112a) con letras más intranscendentes, música en compás binario que adquiere momentos y pasajes pletóricos elevando lo popular a lo clásico: Himmel strahit so helle und klar (El cielo resplandece brillante y limpio), luminoso y matizado, sin perder ligazón en ninguna voz con un piano coprotagonista; Rote Rosenknospen (Rosas rojas predicen la llegada de la primavera), de tiempo tranquilo con cuatro voces equilibradas desde una dinámica contenida, Brennessel steht an Weges Rand (Ortigas al borde del camino), cortante, agitado pero matizado con unos tenores en tesitura difícil solventada sin problemas más el empaste ideal del que hizo gala en todo el concierto, antes del último y breve Liebe Schwalbe, kleine Schwalbe (Golondrina querida, pequeña golondrina) que el piano inicia y continúan las voces blancas casi a media voz antes del coro en tutti bien llevado por Casas sacando a flote el espíritu brahmsiano y unos poemas románticos que la música eleva a lo eterno y atemporal.
Toda una lección de dirección coral a cargo del maestro catalán que las voces asturianas asimilaron a la perfección demostrando el excelente nivel mostrado a lo largo de la temporada, aunque todavía les quedan conciertos para ir cerrando curso y llevando la música coral por nuestra tierrina de la que ellos son la voz cantante de nuestra cultura.

Con cierto desconcierto

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Viernes 10 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 16: «Cuaderno de viajes IV»: OSPA, Luis Fernando Pérez (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Brahms y R. Strauss.
Sabor amargo para un cierre de la temporada celebrando las bodas de plata de nuestra orquesta y de 77 años de historia de una orquesta como se nos recordó en el audiovisual proyectado antes del concierto. Hoy no es hora de balances sino de comentar la desazón sin acritud que me produjo el decimosexto concierto de abono, confirmando algo que viene arrastrando tristemente las apariciones de un titular al que no tengo ninguna animadversión personal pero que deja mucho que desear en cuanto a estilo directorial y trabajo, transmitiendo una inseguridad tal que de lo que podría haber sido una fiesta se quedó en susto y amargura. Prefiero hacer mucho con poco que poco con mucho, y manteniendo los símiles gastronómicos que al menos esta temporada se apartaron de los programas, cocinar también es un arte donde con buenos ingredientes y cantidad se puede estropear un plato y con mucho oficio las patatas fritas con huevos pueden resultar una exquisitez.

Tenía muchas ganas de volver a escuchar al pianista Luis Fernando Pérez (Madrid, 1977) con la OSPA tras unas excelentes «Noches falleras» con Lockington al frente hacía precisamente cinco años, dos temporadas aquellas en busca de director que trajeron al podio y al público mucha ilusión y ganas de continuar una historia sinfónica de tantos lustros.

El Concierto para piano nº 1 en re menor, op. 15 (Brahms) figuraba entre los sueños infantiles del madrileño como comentaba en OSPATV el propio solista (al que sigo desde hace tiempo), una obra para disfrutar de su potencia y sensibilidad enfrentado a una masa orquestal que debe mantenerse a raya. Pero el arranque del Maestoso ya parecía teñir el ambiente de tormenta amenazante, y la pugna no lo fue en los planos y dinámicas sino en ajustar que a fin de cuentas eso es un concierto, concertar y poner de acuerdo a los intérpretes. No hubo claridad de aire ni decisión de mando, el solista pendiente de la batuta tras las intervenciones y ésta desaparecida en su función, por lo que los desajustes comenzaron a aflorar, incluso finalizando este primer movimiento con la impecable cadencia del solista madrileño, hubo una indisposición en el patio de butacas (yo también estaba con el corazón en un puño) que pareció desconcertar a todos, como esperando acabar este «majestuoso» tiempo para resolver la situación en ambos lados del auditorio. Los aplausos esta vez «deseados» parecieron marcar un paréntesis emocional y la intervención de las emergencias sacó de la sala al pobre hombre.
Al menos el Adagio nos permitió saborear el sonido limpio de Pérez sin necesidad de estar pendiente de una pulsación conjunta nunca encontrada, contraponiendo la valentía y fuerza de los movimientos extremos al placer melódico y casi intimista del central.
El descalabro llegaría con el Rondo: Allegro non troppo, nuevo desencuentro total, la orquesta perdida y el pianista intentando engancharse para poder sacar a flote esta inmensidad de concierto que desgraciadamente resultó desconcierto. De nada sirvió que las secciones volviesen a estar ensambladas y en forma, escuchándose para intentar hacer música juntos ante un drama que abortó un concierto muy esperado por todos.

Tras Brahms no podía haber más como el propio Luis Fernando Pérez comentó agradecido de estar invitado a este cumpleaños, pero al menos el Bailecito del argentino Carlos Guastavino (1912-2000) le (nos) resarció del mal trago pasado y al que suscribe le reconfortó encontrarse con el piano cercano y sin tensiones.

La Oviedo Filarmonía también quiso sumarse a la celebración y parte de su plantilla se unió para poder ejecutar la inmensa Sinfonía alpina, op. 66 (R. Strauss) con una orquesta de 118 músicos que mis siempre despistadas vecinas comentaban «hoy está toda la orquesta». Desconozco los criterios para programar obras que necesitan semejante despliegue instrumental (esta vez el órgano eléctrico no pudo suplir al neumático del que nuestro auditorio tristemente carece) que necesitan reforzar una plantilla que el propio Milanov reconocía en la prensa como corta, y en un año con mucho Strauss en nuestras mochilas estaba claro que de la caminata por los Alpes nos quedaríamos como mucho en la cercana Sierra del Aramo o más bien una «sinfonía payariega» (de Pajares, lo más asturiano para una temporada donde la música de la tierra sonó enlatada en el documental inicial). La experiencia del búlgaro con el alemán no me ha dado alegrías y esta última tampoco. Los veintidós números de esta impresionante y especial sinfonía del gran orquestador alemán requieren ideas claras, mano firme y control total de la partitura, donde se pasa de momentos plácidos a verdaderas explosiones sonoras, pero hay más que las dinámicas para poder detallar esas postales musicales reflejo de la propia vida en este último cuaderno de viajes.

El escenario presentaba una imagen diríamos que idílica con instrumentos poco vistos como los cencerros, las máquinas de viento y tormenta, las tubas wagnerianas tocadas por varios trompistas, o el heckelfón (oboe bajo) así como la amplia percusión con dos timbaleros (uno de cada orquesta), y todo el despliegue con dos arpas, celesta, órgano (ya comenté que el eléctrico nunca sonará igual y menos sin darle el protagonismo que tiene en esta sinfonía) y una cuerda calculada a partir de los diez contrabajos, para un público que esta vez sí acudió al auditorio y la camaradería entre las dos formaciones, pero el número no daría la calidad a pesar de los esfuerzos demostrados por todos y cada uno de los músicos. La sonoridad potente debe administrarse para no desbocarse, y como un fórmula uno el piloto tiene la responsabilidad final de sacar el máximo partido a la máquina con la que los entrenamientos y el duro trabajo le darán el deseado dominio so pena de un accidente indeseado o una mala clasificación en carrera. Supongo que todo director quiere ponerse al frente de una orquesta de estas dimensiones, pero repito la necesidad de programar con lo que hay por muy vistoso y llamativo que resulte poder escuchar obras como «la Alpina«. Llevo años pidiendo una «Octava asturiana» pero desde la calidad y no el mero espectáculo sin el necesario trabajo de larga y dura preparación.

Loable la implicación de los músicos de ambas orquestas en sacar a flote esta «sinfonía payariega» con momentos puntuales de emoción contenida, pero como la canción popular Todos queremos más, y 25 años para esta OSPA merecían mejor colofón.
Tengo muchas dudas para la próxima temporada, que aún desconozco, pero mi desencuentro con el director titular al que aún le queda otro año de contrato, es total. Pasado el llamado período de cortesía o educado margen de confianza, no puedo salir de sus conciertos cabreado por la ineptitud ni ser «el bicho raro» que parece remar contra corriente de un público que parece confundir benevolencia con tragaderas, aplaudiendo todo sin rigor ni conocimiento.
Sigo a la orquesta desde 1972, y 44 años de mis 57 están con ellos, pero no bajaré mi grado de exigencia aunque las obras (casi) siempre superen a sus intérpretes. El futuro incierto no es buen consejero y como a mi alumnado, hay que pedir trabajo diario para labrarse una trayectoria sólida. La evaluación del curso la dejaremos para final de mes, como en mi oficio, aunque lo positivo será precisamente el acercamiento a los escolares con el Programa «Link Up», pero ésto lo dejo para otro día más sosegado.

Orlando furioso y pasional

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Martes 7 de junio, 20:00 horas. Sala de Cámara, Auditorio de Oviedo: III Primavera Barroca: «Furioso: Orlandos de Haendel y Vivaldi«. Xabier Sabata (contratenor), Vespres D’Arnadí, Dani Espasa (clave y dirección). CNDM y Ayuntamiento de Oviedo.

Día de verano para clausurar esta primavera barroca plenamente asentada con un Sabata que vuelve a Oviedo siempre triunfante, casi llenando en la sala de cámara, esta vez con el conjunto del oboista Pere Saragossa y el clavecinista Dani Espasa en un monográfico «Orlando» que no solo resultó furioso sino pasional e histriónico como corresponde, con una selección de los personajes musicados por Händel para Senesino y el aria del homónimo vivaldiano que Xavier Sabata recrea, imbuido directamente del carácter épico y humano, bipolaridades volcadas en el canto siempre cercano de textos bien declamados con buen acompañamiento de un «ensemble» apropiado para las páginas elegidas.

Juan Manuel Gómez y Pepe Reche fueron las trompas naturales participando en los números del Orlando, HWV 31 (1733) y especialmente en el Concierto para dos trompas, cuerdas y continuo en fa mayor, RV 538 (1711) de Vivaldi, virtuosismo por parte de todos incluyendo el Largo con Oriol Aymat al cello y Dani Espasa (clave) en un mano a mano equilibrando el poderío del metal verdaderamente diabólico e igualmente épico de interpretar, complemento ideal del «Sorge l’irato nembo» del Orlando furioso, RV 728 de «Il prete rosso«.

La cuerda se completó con Lina Tur Bonet, un lujo de concertino en la formación, y Adriana Alcalde en los violines, que nos dejaron pasajes vigorosos y templados en «pugna instrumental» con Sabata («Cielo! Se tu il consenti» del Orlando, Natan «Nexus» Paruzel (viola) y Mario Lisarde (violone), además del ya citado Saragossa que participó al oboe casi cual solista algo «destemplado» con una segura cuerda en el Concerto grosso op. 3 nº 9 de Händel, ubicado en medio de la primera parte como contrapeso instrumental similar al Vivaldi de la segunda y sumándose al último «Fammi combattere» del Orlando haendeliano.

De Xavier Sabata volver a incidir en su entrega vocal con un registro grave natural, un volumen ideal para las arias elegidas sin olvidarme de unos recitativos excelentes, imaginándonos la escena por la pasión y dicción puesta en música, y un Espasa siempre atento, ornamentos y timbres adecuados, más que un «ripieno» el detalle minucioso que no puede faltar pese a la discreción desde la calidad. Sabata domina el rol de Orlando y lo hace suyo, como el Polinesso en «Se l’inganno sortisce felice» del Ariodante HWV 33 (1735) que cautivase al Campoamor (al igual que Agrippina ya con el contratenor catalán), pero también el Scipione de la primera propina y la joya final de «Cara sposa» que sin estar en el programa no podía faltar en un «casi monográfico» Haendel, esta vez Rinaldo, héroes y chicos malos como el CD del contratenor grabado hace tres años, y que nunca defrauda, menos en vivo y con calidad en el ropaje instrumental.

Como novedad citar que la cuarta Primavera Barroca en el 2017 ya está en marcha, de marzo a mayo, aquí el avance con grandes nombres y formaciones:

Vamos cerrando curso en Mieres

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Sábado 4 de junio, 20:00 horas. Auditorio Casa de Cultura, Mieres. «Conservatorio EM Concierto».
El mes de junio supone ir cerrando curso y temporadas, y Mieres quiso celebrarlo con el alumnado de su Conservatorio y Escuela Municipal de Música nada menos que en el Auditorio compartiendo con todos el enorme esfuerzo que supone a todos ellos dedicar su tiempo al noble arte musical en sus distintos estilos e independientemente de sus expectativas, pues aquí cabe desde el futuro concertista hasta el adulto que desea ocupar las tardes cantando, las enseñanzas regladas y las de la ciudadanía que opta por una oferta de ocio muy enriquecedora en todos los ámbitos.
La respuesta del público fue excelente y los artistas cumplieron sobre las tablas como si de un examen final se tratase, dando lo mejor de ellos, pasando a detallar las actuaciones y agradeciendo al Ayuntamiento y al Conservatorio local con su director Roberto Serrano al frente, seguir apostando por la música como un bien cultural irrenunciable.

Reyes Duarte nos trajo al Corín con dos temas conocidos, Fields of Gold (Summer – Emerson) y Color Esperanza (Coti Sorokin – Diego Torres) con el piano de la profesora Verena Menéndez (que apenas se tomaría un respiro) para agrupar voces infantiles desde temprana edad hasta los 14 años (ahí estaba entre otras mi alumna Olaya Díaz Martino), la cantera coral pero sobre todo el trabajo en equipo. Cantaron, se movieron y nos contagiaron su alegría.

Sara Vera Kozel Álvarez es una alumna modelo de mi Instituto de «El Batán» que además de 2º ESO estudia flauta travesera, y con Verena al piano nos interpretó la Gavotte op. 69 (Ernesto Köhler) demostrando su enorme progresión como artista además y la enorme capacidad de trabajo para ser brillante en todo lo que hace. ¡Mi enhorabuena a Sara!

La guitarra goza de buena salud y los alumnos Jorge Menéndez Estrada y Lucía Castilla Fernández, con el apoyo de su profesor Tom, interpretaron los arreglos para este trío de The Entertainer (S. Joplin) y la famosa Manha de Carnaval de «Orfeo Negro» (L. Bonfá) con la cálida voz de Fátima Álvarez Arbas.

El sexteto Vox Junior va haciéndose «senior» pero siguen uniéndose para cantar, de nuevo con Verena, en dos temas muy distintos, el arreglo de Mac Hugg Someone like you (Adele Adkins y Dan Wilson) y la popular serbia Niska Banja, donde las palmas añadieron el toque alegre además de demostrar qué bien siguen empastando estas voces con repertorios actuales.

Manuel Cuesta Muñiz nos dejó impresionados con su violín, musicalidad y un arco que funciona a la perfección como lo demostró con Perpetual Motion (Suzuki) y el acompañamiento de su profesor, diferenciando para muchos entre «serruchar» y tocar, pues además de una buena educación también se necesitan dotes que este jovencito ha demostrado con creces comenzando un largo camino en el difícil terreno de los instrumentos de cuerda frotada.

Siguieron cayendo tópicos y Raquel Mayordomo Álvarez nos dejó una Lectura a primera vista a la batería sola con ritmo puro y pulsación mantenida, además de sacar a los parches múltiples matices. Los instrumentos de percusión también tienen su sitio en los estudios musicales, siempre desde la seriedad en el trabajo y partiendo de la lectura que hoy en día es necesaria para cualquier músico que se precie, nada de tocar de oído o por mera imitación. Un buen ejemplo y además con una chica.

El Coro de la Escuela de Música con Reyes Duarte sigue funcionando y trabajando semanalmente para afrontar compromisos en toda la geografía, y pese a la dificultad de contar con toda la plantilla por distintas razones, nos dejaron dos temas conocidos y agradecidos para todos: la armonización de Coello del The lion sleeps tonight (Weiss, Peretti, Creatore) y Estremécete de Los Llopies en arreglo de la directora y la pianista habitual, incluyendo coreografía para ambos, repertorio que diferencia a los coros y acercan al gran público canciones de siempre desde la armonización vocal.

Todavía quedaba la Sorpresa de Arturo Menéndez-Baquero García, batería que lleva en los genes como su padre dando una lección de jazz con un contrabajista que desconozco su nombre, gusto, matices, swing innato, nada de machacar la percusión o limitarse a marcar el pulso sino coprotagonizar un dúo con gusto.

El fin de fiesta lo pondría la Big Band del Conservatorio EM Mieres, dirigida por el saxo Miguel Iglesias, con tres temas variados para disfrutar del sonido propio de estas formaciones con las secciones de metales (saxos, trombones, trompetas) y rítmica al completo (guitarra eléctrica, bajo, piano y batería): el arreglo de Roger para The Girl from Ipanema y Skylark (Carmichael – arreglo de Jerry Nowak), ambos cantados por Fátima, más Critical Mass (Jeff Jarvis) para el último empujón marchoso de un concierto variado como punto final a un curso 2015-16 que remata una temporada donde los músicos nunca tienen vacaciones.

Como suelen decir algunos, no es una amenaza pero el próximo año volverán…

Muertos que resucitan

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Jueves 2 de junio, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: concierto de clausura. Saimir Pirgu (tenor), Orfeón Donostiarra, José Antonio Sáinz Alfaro (maestro de coro), Orchestre National du Capitole de Toulouse, Tugan Sokhiev (director). Berlioz: Grande Messe des Morts (Réquiem), op. 5.
Impresionante clausura de los conciertos del auditorio de esta temporada a la que resta poco, con intérpretes de altura y una obra difícil de escuchar en directo por sus dimensiones humanas, algo que Oviedo puede permitirse (¿cuándo una «Octava de Mahler» Made in Asturias?) por instalaciones y contrataciones como este broche final, cerrando una gira podríamos que decir apoteósica.

El Requiem de Berlioz puso en escena más de doscientos intérpretes repartidos casi a partes iguales en casi todo: la orquesta francesa y «el Donostiarra» con cien voces en perfecto entendimiento bajo una dirección fabulosa de Sokhiev ó Sójiev (1977) atento siempre al protagonismo que tiene el texto latino realzado y nunca tapado por la orquestación de un genio como el compositor que ha elevado el himno francés a obra maestra, la de un ateo (o no creyente) capaz de entender este «requiem» como universal. Y es que el director ruso maneja con sus manos (como su maestro Temirkanov) este ejército sonoro como nadie, entradas, matices, tiempos pero sobre todo el balance ideal para disfrutar de un coro histórico que sigue haciendo las delicias del respetable con estas obras sinfónico corales.

Desde el «Introito» pudimos disfrutar las dinámicas amplísimas de la partitura, independientemente del volumen que tuviese la orquesta, siempre en su sitio y sin tapar en ningún momento las voces donostiarras, sólo titubeantes los bajos en el primer Kyrie pero un espejismo ante lo que vendría después. El Dies irae que arranca con una cuerda grave rotunda y presente prepararía las voces blancas dobladas por las flautas en una entrada aguda en piano contestada por las graves más una orquesta en una concepción coral global que va «in crescendo» en emociones e intensidades, una voluptuosidad desde la intimidad antes de la aparición de la «fanfarria» de trombones y tubas en la sala polivalente (no hubo el efecto cuadrafónico ni trombones bajos pero igualmente poderoso) más los cinco timbaleros para alcanzar la verdadera «ira de Dios» que hizo retumbar el auditorio. Momentos puntuales de éxtasis musical y sonoro sin perder unidad vocal con una cuerda de bajos (30 frente a los 20 tenores) igual de redonda que la instrumental. Voces en extremos sin tensiones, volúmenes potentes capaces de hacerse escuchar en todo momento dando paso a momentos casi «a capella» interiorizados por todos con el dominio absoluto de Sokhiev.
La formación de Toulouse es una maravilla en todas sus secciones, capaz de expresar como pocas las genialidades orquestales de Berlioz, contrabajos y oboes dando peso a unos tenores celestiales para el Quid sum miser, familias instrumentales equilibradas en todo momento y balanceadas con Sokhiev como si de un ingeniero de sonido se tratase. Podría decir lo mismo de cada número porque tal y como recalca Arturo Reverter en las notas al programa«este Réquiem no es, de principio
a fin, una obra tonante, espectacular, desaforada, alimentada por una llama
incombustible; es, al contrario, una composición generalmente discreta, incluso
intimista, en la que el matiz piano se afirma mayoritariamente pese a la
existencia episódica de efectos de potencia abrumadora»
. Rex tremendae resultó otra demostración de poderío vocal y orquestal, silabeo conjunto, fraseos de voces dobladas por una instrumentación genial del maestro (salvame), «crescendi» bien graduados, cambios de tiempo con suavidad sin sobresaltos, y llevando al Donostiarra en Quaerens me como si del propio Sainz Alfaro se tratase, tal fue el entendimiento entre vascos y ruso en esta belleza de número para disfrute de los muchos aficionados corales en una sala casi llena para esta clausura.

El Lacrymosa prosiguió dando espectáculo, tenores estratosféricos con orquesta poderosa en vientos y cortante en la cuerda, desgranando el latín las distintas voces vestidas por la instrumentación ingeniosa y siempre acertada de Berlioz, protagonismo masculino con la cuerda doblando melodías en idéntica intencionalidad con una línea de canto global subrayada siempre por el Maestro Sokhiev, como la entrada femenina en verdadera lección coral llena de emociones, dinámicas cercanas al paroxismo pero conteniendo cualquier exceso al que de nuevo este número se presta por metales y timbales, tan bien colocados en partitura y escena que se escuchaba todo y a todos.
El «Ofertorio» dejó esos momentos de intimismo que Reverter cita, como el Domine Jesu Christe, con unos bronces diría que orgánicos cual instrumento necesario en esta obra, dibujando las voces, subrayándolas pero nunca tapando ninguna línea melódica, la cuerda orquestal con una redondez idónea para realce coral y nuevamente Sokhiev dominador absoluto del «ejército sonoro» con respuesta inmediata de sus huestes musicales. Hostias de regusto masculinamente wagneriano pero con esa orginalidad de Berlioz emparejando trombones y flautas en combinación nuevamente organística.

Llegó el esperado Sanctus para poder disfrutar del tenor albanés Saimir Pirgu, voz impecable de lírico, hermosa, delicada línea de canto bien arropado por las voces blancas donostiarras y una cuerda con flautas de colchón especial que ayudó a una interpretación «bendita», ubicado a la derecha del escenario entre orquesta y coro. Si una de las grabaciones de referencia es la de Pavarotti con los berlineses y Levine, puedo asegurar que la voz del XX está a la misma altura que la del italiano y está llamado a convertirse en uno de los grandes, si no lo es ya. El Hossanna in excelsis nueva maravilla sinfónico-coral, franceses y donostiarras con el tenor todos angelicales, una intervención breve para esta inmensidad musical del conjunto.
Final con el Agnus Dei uniforme en sentido e intención, un coro poderoso, ideal de empaste, afinación y sonoridad con el perfecto complemento orquestal (nuevo juego de trombones y flautas), medios «crescendos» apoyando un latín sin el que un «requiem» parecería perder sentido, pero especialmente Sokhiev todopoderoso, un placer observar sus manos controlando la inmensidad de Berlioz y sacar a la luz esta obra magna para redondear un concierto perfecto de clausura, con el Amén seguido de un respetuoso y largo silencio gracias al director ruso manteniendo sus manos en alto para la tensión necesaria que permite escuchar el último aliento.
Éxito total de nuestros queridos donostiarras que siguen siendo referente coral independientemente de la orquesta con la que canten, esta vez los vecinos de Toulouse con Tugan Sokhiev perfecto en todo.

Ya tenemos el avance de la próxima temporada, que dejo a continuación y apunta nuevamente a la calidad además de la cantidad, pero se merece otra entrada en días venideros.

La Marchenera de Carlos Álvarez

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Lunes 30 de mayo, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo. Zarzuela: XXIII Festival de Teatro Lírico Español: La Marchenera (música de F. Moreno Torroba, libreto de Ricardo González Toro y Fernando Luque), producción del Teatro de la Zarzuela. Equipo artístico: dirección musical de Miguel Ángel Gómez Martínez al frente de la Oviedo Filarmonía, coro Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo»; dirección de escena y dramaturgia: Javier de Dios; iluminador: David J. Díaz. Entrada butaca: 38,50€ + 1 € de gestión (aunque Liberbank no actualiza los cajeros obligándonos a pasar por taquilla).

©Foto Archivo histórico de la SGAE

Primera función de las tres programadas para este penúltimo título del festival de zarzuela ovetense con una producción de «la casa madre» bien resuelta por Javier de Dios, que reescribe todo el texto teatral, al contar con dos excelentes actores como Fernando Sansegundo como Blas Cantero el empresario, y David Ávila como el libretista Serafín Bravo, los verdaderos protagonistas por el enorme trabajo en conseguir explicarnos a la perfección un libreto algo caótico y endeble que van (re)creando para que la música del gran Moreno Torroba lo salve y sirva de actualización con unos recursos en escena básicos que funcionan a la perfección: salvo los actores vestidos según la moda de 1928 en que se estrena La Marchenera, el resto del elenco lo está de fiesta, con trajes negros y fracs siempre elegantes, una iluminación y teloncillos en su sitio para la sucesión de números, y sobre todo un enorme despligue de cantantes mal llamados secundarios por el distinto peso y protagonismo, incluyendo varios solistas del propio coro hoy coprotagonistas, que darían distinto juego, aunque fuese la presencia del barítono Carlos Álvarez como Conde Hinojares más el tenor Sergio Escobar en el rol de Don Félix, perfectos «reclamos» vocales en sus papeles protagonistas, sin desmerecer a las sopranos Rocío Ignacio como Valentina (el único toque verde azabache dentro de la sobriedad global en blanco y negro) y Susana Cordón como Paloma (aunque sea más papel de mezzo).

Quiero comenzar felicitando a la Oviedo Filarmonía que volvió a dejar el foso pequeño por el derroche y calidad demostrados en los dieciséis números, especialmente en el preludio del tercer acto, con un maestro de prestigio como Miguel Ángel Gómez Martínez quien defendió con solvencia y conocimiento esta partitura llena de momentos muy variados, de la alta tensión a lo más popular, todos respetando el escenario para hacer llevaderas y acertadas las intervenciones de los cantantes.

La Capilla Polifónica es el coro oficial del festival y las tablas unidas al trabajo de una formación joven y preparada son un seguro para sus apariciones. En La Marchenera son parte importante de la obra, esta vez sentados pero con una presencia vocal enorme, salvo el último acto, llenos de matices y energía bien medida en los fuertes con todas las cuerdas bien equilibradas, afinadas y empastadas. Los solistas aportados al enorme reparto son de agradecer por ese «paso adelante» que supone tener sus papeles, destacando especialmente Yolanda Secades como Jeroma, convincente vocal y escénicamente.

Y de las once voces del reparto, al igual que en Madrid triunfó Carlos Álvarez, pletórico conde, recuperado felizmente para llenar escena y aportar el grado de calidad a esta zarzuela, profesionalidad y buen gusto siempre, ya demostrado en la temporada de ópera. También volvía Sergio Escobar, esta vez Félix Samaniego sin problemas vocales como en el Ismael de Nabucco, potente y con derroche de volumen que le hace perder musicalidad en los finales de unas páginas bien escritas para tenor, especialmente los pianísimos que brillaron por su ausencia, aunque el ímpetu orquestal también tuvo parte de culpa.

Mejor la Valentina de Rocío Ignacio, que no se salió por peteneras sino que la cantó convencida y con excelente emisión para un color bonito como su vestido. La Paloma de Susana Cordón voló de forma irregular, con un registro grave casi inaudible que intentó compensar con unos agudos sin medida, problemas de tesitura para este papel ingrato de cantar, muy distinto de su anterior visita mozartiana.

De los llamados secundarios volvía el «asturiano de adopción» Francisco Sánchez como Cárdenas tras su anterior Concordio terrible, breve pero seguro, esperando escucharle en papeles con más empaque, pues cualidades y calidad tiene. La soprano toledana Hevila Cardeña fue una Teravilla que se ganó al público, algo corta de emisión pero con gracejo escénico, al igual que el Orentino de Gabriel Blanco, «dibujados» como dúo cómico que no vocales, en un dúo algo gritado en su final, al igual que el breve Don Miguelito de Lorenzo Moncloa.

No me gustó la breve intervención de la cantaora Sara Salado como la Gitana de los Buñuelos al estar amplificada solamente al final ante el poderío del foso, aunque seguramente con una guitarra española y en los palos adecuados su voz luzca mucho más que en esta zarzuela. Una buena técnica vocal no necesita micrófonos, como así demostraron el resto (me pareció Sansegundo en su intervención con la orquesta en tutti algo ayudado, pero puntualmente), pero reconozco que acostumbrados a los trucos en las grabaciones el directo «desmerece» al hacer desvanecerse las voces que no proyectan correctamente.

Con todo Moreno Torroba siempre deja momentos musicales únicos como el dúo de arpa y violín, conocedor de la orquestación aunque La Marchenera resulte densa para algunas voces salvo un Carlos Álvarez que vuelve a ser el de siempre, como Gómez Martínez, la OFil y nuestra «Polifónica».

Sacra juventud en León

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En León visitar la Catedral es obligatorio y más haciendo casi de «guía turístico» para nuestras amistades mejicanas y francesas una vez finalizados sus compromisos profesionales y afrontando la tarde-noche en la vecina capital del reino leonés. La cola hasta la calle Ancha anunciaba concierto de la mejor agrupación vocal local y en la liga de campeones coral (la futbolística no quitó nada de público), por lo que merecía la pena asistir a este concierto presentado casi hasta el detalle biográfico y lingüístico por Don Samuel Rubio Álvarez.

Es maravilloso comprobar el excelente estado vocal del coro que lleva el nombre de una de las figuras musicales leonesas, y el repertorio sacro lo dominan en todas las épocas, desde nuestro siglo de oro con el Padre Tomás Luis Victoria del que bordaron el motete Gaude María Virgo a cinco voces, y Sancta Maria Succurre Miseris que la prontitud, casi inmediatez de las redes sociales y YouTube© me permiten dejar aquí íntegro, agradeciéndoselo a «camaraurbanaleon«:

como del otro componente del equipo polifónico por excelencia, Francisco Guerrero y su Duo Seraphim Clamabant, gusto en el texto reforzado por las voces frescas y afinadas de este joven y maduro coro, ubicado para ganar en sonoridades en esta obra a doce voces, y que cuenta con una cantera para años. De nuevo agradecimiento por el vídeo a «camaraurbanaleon«:

Y aunque faltase Morales para el «tridente», el fichaje ruso de S. Rachmaninov puso la nota del cambio estilístico pero la misma exquisitez en la bellísima Bogoroditse Devo de sus «Vísperas«, equilibrio entre cuerdas con unos bajos poderosos y claros de sustento para elevar en la catedral sonidos celestiales con las sopranos delicadas en unos agudos casi estratosféricos, extremando registros siempre completados por las voces intermedias de tenores y contraltos igualmente necesarias para redondear una sonoridad propia, segura y bien interpretada con el magisterio del maestro Olivares.

Importante la elección del repertorio (que me recuerda a sus «leones hermanos asturianos» con quienes comparten no sólo música) para adecuarlo a las voces que van forjándose con obras más cercanas, actuales y siempre eternas como el Beati Quorum Via del irlandés Sir Charles Villiers Stanford (1852-1924) o el Sanctus del impactante noruego Ola Gjeilo (1978) que domina la escritura coral como pocos hoy en día, con quien el coro leonés y su director el vasco Aitor Olivares se mueven con estas obras como peces en el agua (la misma que caía afuera cual diluvio universal contrapuesto a la paz y serenidad interior en las voces locales), empaste y afinación ejemplares, obra exigente por tesitura pero también por necesidad de entendimiento y escucha atenta de todos, una lección coral antes de dar paso a la Orquesta de las Juventudes Musicales de la Universidad de León, todo un ejemplo de colaboración que es digno de llevarse a otros centros españoles pues «unidos venceremos». Aquí lo dejo merced a «camaraurbanaleon«:

Podríamos decir que escucharíamos un estreno, pues rescatar obras de los archivos catedralicios es primicia aunque sonase en su momento. Y en la Pulchra Leonina se guardan aún muchos tesoros corales como el Salutis Humanae Sator (Himno de la Ascensión) del compositor y organista Bonifacio Manzano Vega
(Burgos 1807 – Riaza, Segovia 1872), una vida por (re)descubrir con obras de enorme calidad como este himno, verdadera maravilla sinfónico coral de estilo clásico por lo «académico» y el mucho oficio que daba el conocimiento de obras del repertorio europeo de su tiempo, equiparable en sonoridades a Haydn o Mozart, puede que incluso a los hijos de Bach por el «estilo galante» ya conocido en el siglo XIX de la vida del burgalés e incluso al avilesino Ramón de Garay (1761-1823).

La joven orquesta tuvo algunos problemas de afinación, lógicos en parte por los cambios de temperatura y humedad pero pudimos volver a escucharla en el bis con mejor resultado, y sobre todo un coro capaz de imponer presencia sin necesidad de grandes volúmenes dada la emisión perfecta para conseguir el equilibrio y balances necesarios, con unos solistas que desconozco sus identidades pero igualmente dotados técnica y musicalmente para transmitir y «defender» una obra con mucha calidad. Aquí dejo otro de los vídeos subidos por «camaraurbanaleon» a YouTube© para que también lo disfruten mis lectores (que corresponde al bis final).

Y el británico John Rutter (1945) completó esta fiesta de música sacra juvenil, coral y orquestal con su versión de otra partitura plena como su título de la belleza de la tierra, For the Beauty of the Earth con todos mucho más ensamblados, vigorosos, entregados, convencidos, siempre bajo la batuta del maestro García Díez que les infundía esa confianza para disfrutar hasta el último aliento, un coro casi angelical y la orquesta en comunión ideal con las voces. Muchas más gracias a «camaraurbanaleon» por estos vídeos que resultan la mejor ilustración posible de esta crónica de «el día después»:

Un verdadero triunfo y agradecido de haber estado en este concierto del que «mis extranjeras» se llevaron una óptima impresión del nivel musical en una ciudad como León. Las viandas posteriores así como la sobremesa y el paseo posterior sirvieron para completarles un poco de la historia que siempre es mucha, más si hay tanta como en la capital, en la Catedral y en la música escuchada. La prensa titulaba «Culto, cultura, coro» que sirvió de presentación a Rubio y de disculpa posterior para el que suscribe poder seguir comentando hasta avanzada la noche.

Rugen los motores de seda

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Viernes 27 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 15 OSPA: «Cuaderno de viajes III», Bella Hristova (violín), David Lockington (director). Obras de Mussorgsky, Piazzolla y Chaikovski.

Penúltimo concierto de la temporada con una OSPA perfectamente engrasada y un Lockington que sabe sacar todo el partido a esta maquinaria instrumental, conduciendo con seguridad, pisando a fondo hasta hacer rugir los motores, dejando fluir la música con unos solistas en forma tras una larga temporada pero que afrontan el final en momento óptimo, con otro cuaderno de viajes universal pese al itinerario ruso y escala argentina, pues comenzó hechizándonos para ubicarnos en mi Buenos Aires querido, bien recordado por el profesor Julio Ogas en la conferencia previa, última del curso, amena e ilustrada con «El tango: antes y después de Piazzolla», así como las notas al programa (enlazadas en los autores arriba), devolviéndonos a un Dante universal con acento ruso.
Como si de un mundial automovilístico se tratase, tres circuitos de distinto trazado para un vehículo sinfónico que cumple 25 años de escudería adaptándose cada temporada a los variados recorridos, capaz de agarrarse al duro asfalto sin perder potencia, circular como la seda apenas sin virajes bruscos para disfrutar del paisaje, y alcanzar la meta pisando a fondo seguros, sabedores que ya está todo decidido a la espera de la última vuelta triunfal, que será la próxima semana con el conductor oficial en un «Cuaderno de Viajes IV» cerrando las bodas de plata por todo lo alto.

Una noche en el Monte Pelado de Mussorgski en el arreglo que engrandeciese Rimski Korsakov en 1867 supone poner a prueba todo el arsenal sonoro para un poema sinfónico de aquelarre tímbrico en siete cuadros bien armados por Lockington, preciso en todos, dando carta blanca al lucimiento de todas las secciones sin forzar los tiempos pero acelerando con suavidad conocedor de la respuesta inmediata de los profesores de la orquesta, sin frenazos bruscos, dejando fluir un motor con potencia nunca desbocada pero buscando los límites, banda sonora colorida para unos lienzos «ténebres» mejor que lúgubres, plateados, brillantes incluso en las sombras, emoción e impacto antes del esperado Amanecer.

La copiloto que nos llevaría a Las cuatro estaciones porteñas (Piazzolla) sería la violinista compatriota de nuestro titular Milanov (con quien comparte muchos conciertos y esta misma obra la semana pasada con la Columbus Symphony Orchestra), Bella Hristova, búlgara universal como Don Astor y afincada en los Estados Unidos, artista invitada que se desenvuelve en todos los terrenos y compositores al mando de un histórico Amati de 1655 del que saca la intención además de la música del original bandoneón, esta vez con el acompañamiento de una cuerda casi camerística que hizo del viaje sonoro un placer pese a la enorme dificultad que plantea ajustar cualquier partitura de Piazzolla, mayores cuando el quinteto es orquestal de arco y sin piano. Los guiños a Vivaldi de esta adaptación (ausente el clave ni alternancia con las italianas) sonaron claros con la complicidad de los cinco solistas, destacando el cello «otoñal» tomando la voz cantante equiparable en calidad y belleza a Hristova pero sobre todo el otoño, arrabalero y Pantaleón al completo. Lockington intentó no perder un acento lunfardo que faltó aunque el esfuerzo tímbrico se alcanzó pero la rítmica es complicada y no puede plasmarse en una partitura, es el tango que no levanta los pies del suelo como nos contaba Ogas, menos espectacular y más profundo, con las cuerdas hirientes, percusivas, rítmicas, rotundas o aterciopeladas dependiente de la estación, finalizando en ese verano que coincide con nuestro invierno, juego de hemisferios y grandeza de absorber lo culto hasta lo popular para devolverlo con la marca Piazzolla.
Agradecida la violinista nos dejó propinas también de dos mundos: Ratchenitsa, una danza de su país con virtuosismo popular de aires zíngaros y el padre Bach con el inicio de su Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, nada hiriente e íntima, contrapuesta al desparpajo de su tierra.

Para el derroche final nada menos que el poderoso Tchaikovski, el sinfónico de su Francesca da Rimini, fantaisie d’aprés Dante op. 32 (1876), el melodismo característico, la orquestación en todas sus combinaciones para disfrutar calidades solistas y entendimiento con el podio, todo bien marcado dejando volúmenes mayores de los habituales pero necesarios y casi terapéuticos para desfogarse. Nuevamente poderío en los metales que siguen empastados y orgánicos, cuarteto de trompas, de trompetas, trombones con tuba junto a la percusión segura alcanzando el clímax de apoteosis casi «infernal» y dantesca (castigo de lujuriosos siendo su pena ser atormentados continuamente por vientos crueles en un ambiente oscuro y sombrío) con el resto, pero las calidades de seda en la madera, momentos mágicos de belleza (mientras un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo que, lleno de compasión, yo desfallecía como si muriera y caía como cae un cuerpo sin vida) en los diálogos oboe y flauta, clarinete y fagot, combinaciones y permutas de todos ellos sumándose un corno inglés aterciopelado con perlas de arpa. La cuerda siempre la cito como seña de identidad pero esta «Francesca y Paolo» volvió a corroborar la orquesta al completo derrocha calidad y musicalidad, Lockington lo sabe y el público lo agradeció. Sus visitas son unánimemente bien acogidas y programas como este penúltimo ayudan a soltar tensiones, una verdadera terapia.

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