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Cine mudo pero con música

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Sábado 3 de octubre, 12:00 horas. Fundación Juan March, Madrid: Conciertos del Sábado, Ciclo «Clásicos del cine». Improvisar para películas mudas, Javier Pérez de Azpeitia (piano). Entrada gratuita.

La oferta cultural de la Fundación Juan March es encomiable y la música tiene un lugar especial en ella. Durante el mes de octubre se programa un ciclo interesantísimo y personalmente me llamaba la atención acudir a este primer concierto por mi breve relación con el tema. 1982 además del Mundial de Fútbol que tuvo sedes en Gijón y Oviedo también fue año del centenario del cine y además de un Mundial Cultural, un incondicional del séptimo arte como Isaac del Rivero tuvo la idea de hacer un ciclo de películas mudas con acompañamiento al piano en vivo en el salón de actos de la Feria de Muestras, donde tuve la suerte de participar alternando proyecciones con mi recordado Antolín de la Fuente, básicamente películas cómicas de La Pandilla, Keaton, Lloyd o el genial Charlot, pero también La salida de los obreros de la fábrica (Lumière), La casa encantada (Segundo de Chomón) como homenaje al cine español e incluso El gabinete del Doctor Caligari (Wiene), alternando cortos y largometrajes.

Mi experiencia fue increíble y sin visionados previos, pero sirvió para que años después pudiese poner música en directo a La aldea maldita de Florián Rey con el maestro Luis Miguel Ruiz de la Peña al violín en el Ateneo Jovellanos, ya preparando motivos y temas específicos adaptados al trascurrir de la acción. Como mierense repetí en el Teatro Jovellanos invitado por el director de la Filmoteca de Asturias Juan Bonifacio Lorenzo Benavente, Boni para todos, en la proyección y recuperación de la película Mieres del Camino (Juan Díaz Quesada), un acontecimiento que aún recuerdo. Mis únicas referencias eran las «bandas sonoras» añadidas en las proyecciones, muchas con órgano, alguna actualizada como Berlín, sinfonía de una gran ciudad con música de Pegasus, y algunas con orquesta original como Alexander Nevski o Iván el terrible (Eisenstein) con música de Prokofiev, Nosferatu (Murnau) o Metropolis (Lang) incluyendo la «revisión» de Giorgio Moroder, que a lo largo del tiempo he podido revivir como espectador.

El pianista y profesor Javier Pérez de Azpeitia no solo puso la música en vivo a cuatro películas que pudimos disfrutar en pantalla grande sino que también disertó sobre el papel de la improvisación, con todo lo que ello supone, así como la subjetividad, y hasta la forma de trabajar sobre las músicas, algo de agradecer en un mundo recuperado pero no lo suficientemente difundido, por lo que este concierto era impresindible para mi.

La casa encantada (1907) de Chomón, además de una joya de efectos especiales para su época, fue la primera en desgranarse al piano por parte del maestro y hasta de pormenorizar su explicación posterior. Los guiños del piano en perfecta sincronía con la imagen, los motivos tétricos y hasta cómicos por momentos fueron la perfecta banda sonora.

El arranque de Tartüff (1925) de Murnau supuso todo un paso adelante en dificultad y extensión, música específica, original de Giuseppe Becce, y muy trabajada en sonoridades y expresión para una película adaptada o de inspiración teatral, como tantas de su época y que aún continúa pasando casi cien años después.

El toque satírico más que de humor lo puso La princesa de las ostras (1919) de Lubitsch, la música al piano del intérprete vasco el resto, perfecto, acertado en la elección de cada fragmento, variaciones sobre la Marcha Nupcial de Mendelssohn en el mejor estilo improvisatorio (y muy estudiado) y cada situación de la narrativa visual al detalle musical de ritmo infatigable como el propio fox-trot del baile nupcial. El regusto global es premio para el tándem cine-música que siempre han permanecido unidos y algunos compositores se atrevieron a ponerle música propia.

Interesante también la moda de películas inspiradas en zarzuelas, verdaderos éxitos del momento, como Curro Vargas (1923) de José Buchs donde no podían faltar motivos originales de la partitura de Chapí adaptados como el propio discurso cinematográfico, los aires de farruca o la recordada melodía «Soledad mía» del protagonista asociada a cada aparición pero sutilmente moldeada por Pérez de Azpeitia. Con un piano no puede sacarse más partido a una película donde el referente original es eso, recreado para la proyección.

Todo un clásico «de miedo» para finalizar como el Nosferatu (1922) de Murnau, cercano a las composiciones actuales como la de Sánchez Verdú sin perder la idea espacio-temporal de la época y el argumento, con la propia limitación de un instrumento que engrandece la proyección. Bravo por esta banda sonora (Hermann) en directo, única e irrepetible que se podrá volver a escuchar hasta el 4 de noviembre en los audios que la propia fundación coloca en su web, música pura desgajada de las imágenes para la que sonó pero igualmente bellas.

Bandas militares y civismo

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Viernes 18 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe: Concierto de la Unidad de Música de la Guardia Real. Director: Coronel Enrique Blasco. Entrada libre con invitación.
La Guardia Real ha desplegado su operación «Asturias 2015» desde el pasado día 14 con diversos y variados actos que se vieron menguados al suspender muchos los nuevos regidores municipales en una dinámica peligrosa de escuchar sólo a una parte de los ciudadanos olvidando que gobiernan para todos, incluyendo a los que no les votaron. Hago este comentario al hilo de una controversia que ha tocado y mezclado política con sentimientos e intereses variopintos, salpicando a diversos sectores que en el caso de Mieres ha levantado ronchas. Está muy bien ser republicano, conservador, socialista, comunista o mediopensionista, pero (intentar) confundir conceptos es de incultos cuando no malinformados, incluso es antidemocrática la imposición y debilidad la cesión, más ante minorías que esgrimen banderas equivocadas. Es bueno escuchar, necesario ceder y sobre todo entender posturas contrarias a nuestras ideas por muy distantes que estén, siempre desde el respeto. Hay mucha susceptibilidad en estos tiempos revueltos y tocarla es herirla porque se salta a la mínima y prohibir no arregla las cosas, al menos habrá que dar la opción de elegir lo que gusta, por supuesto desde la legalidad, sin obligarnos a comer todos lo mismo. Tan fácil como cambiar de canal es no asistir a un evento, del tipo que sea, que no nos gusta. Lo contrario es masoquismo por no hablar de buscar las cosquillas y seguir encrespando ánimos a la caza de escándalos inexistentes que terminan desviando la atención de lo realmente necesario a lo totalmente superfluo.

La música siempre ha estado en los ejércitos desde que existen, animan al soldado, consuelan en la desgracia y hasta ganaron batallas como el famoso Tambor del Bruch. No concebimos una película de gladiadores romanos sin clarines, un duelo medieval sin timbales o los indios atacados por el 7º de Caballería sin el conocido toque de corneta, o las bandas de pífanos y tambores de la Guerra de Secesión, por poner algunos ejemplos. Es incalculable en todo el mundo la cantidad de músicos militares que una vez formados engrosan bandas de música, orquestas de baile, formaciones sinfónicas sin olvidar afamados directores de educación militar como el recordado Rafael Frühbeck de Burgos, amén de grandes compositores cuyas obras han traspasado el ámbito castrense siendo interpretadas en conciertos y no sólo en desfiles. Hoy en día los músicos militares siguen siendo necesarios y los distintos ejércitos dan trabajo a unos artistas que desde su instrumento ya saben lo que es disciplina, compañerismo, solidaridad y orgullo del trabajo bien hecho, valores necesarios para la vida, sea civil o militar.

Personalmente no he acudido a ningún acto, en mi pueblo reducidos a la mínima expresión, independientemente de gustos u obligaciones varias, pero como «melómano omnívoro» no podía perderme el concierto de la Unidad de Música de la Guardia Real en el Auditorio de Oviedo donde hubo detalles que me ofendieron como ciudadano y que comentaré más adelante. Heredera de la Banda del Real Cuerpo de Alabarderos como agrupación musical según Real Ordenanza de 6 de mayo de 1707, es historia que conviene conocer y reconocer, leyendo las notas incluidas en el programa que dejo aquí.
Han dirigido esta Unidad músicos como Bartolomé Pérez Casas o Francisco Grau Vegara. Su actual director es el Coronel Enrique Damián Blasco Cebolla (Corbera -Valencia- 1959), flautista que con 18 años ingresa por Concurso-Oposición en el Cuerpo de Músicos Militares del Ejército de Tierra, quien no ha dejado investigar recuperando patrimonio musical y continuar formándose en su larga y reconocida trayectoria como compositor y director con profesores de prestigio internacional, habiendo estado al mando de distintas bandas militares antes de ponerse al frente de esta Unidad estructurada en Banda Sinfónica, Banda de Guerra -cornetas y tambores- y Sección de Pífanos, un centenar de profesionales elegidos entre los mejores suboficiales del cuerpo de músicos militares de los tres Ejércitos. Para los que no conozcan la terminología castrense, se llama «Banda» a las agrupaciones de cornetas y tambores, las que conocimos quienes servimos obligatoriamente a la Patria, y «Música» sería el equivalente a la agrupación civil en cuanto a instrumentistas, sin cuerda, siendo el grueso de ellas el viento con muchas «familias» de clarinetes, saxofones, fliscornos, bombardinos… y percusión, añadiendo el calificativo «sinfónica» cuando incorpora violonchelos, contrabajos, incluso arpa.
En el terreno civil existen en España numerosas bandas sinfónicas de calidad contrastada con repertorio propio (incluso exportándolo) aunque complementado con adaptaciones o arreglos que no tienen nada que envidiar a su hermana. La Región Valenciana, junto a Murcia, fueron cantera para muchas de ellas dada la proliferación y calidad de sus bandas de música, dando el salto a sinfónicas de todo el mundo. Puedo decir sin temor a equivocarme que estamos ante un renacimiento y reconocimiento de las bandas de música, tanto civiles como militares, con un relevo generacional propiciado precisamente por su labor de formación y difusión cultural.

La Banda de Música Sinfónica con 70 efectivos, incluyendo tres violonchelos, dos contrabajos y seis percusionistas, llenó el auditorio hasta la bandera (no así la zona de invitados, sin entrar a buscar respuesta a ello) haciendo disfrutar a todos de esta fiesta castrense musical con un programa largo lleno de guiños locales como es costumbre en sus salidas, aunando tradición y modernidad, dos partes presentadas excelentemente por un subteniente trombón y una sargento primero contrabajo, antes de incorporarse a sus puestos y comenzar con el conocido pasodoble Oviedo de Pascual Marquina (1873-1948), militar y músico.

El propio Blasco firma el arreglo para banda de la siguientes obra, el número 5 de la «Suite Española» conocido como Leyenda o Asturias de Albéniz (1860-1909), difícil encaje del lenguaje pianístico o guitarrístico a banda, además de tener de asturiano solamente el título.

Una de las sorpresas estuvo en la obra de un grande de las bandas sonoras como Miguel Asins Arbó (Barcelona 1918 – Valencia 1996) y su Diego de Acevedo, lenguaje totalmente actual para una serie televisiva de 1966, suite casi poema sinfónico en tres movimientos: «Introducción y marcha» realmente militar, «Seguidilla» popular que no folklórica con un trompeta que supo gustar(se), y «Bailén» cargado de historia militar hecha música con mayúscula, todo el metal con todo su colorido rubricado por timbales y cajas poniendo la imagen sonora para degustar una escritura de calidad en un maestro de formación valenciana, sinónimo de música para banda, más una interpretación equilibrada que sintió esta obra como propia con la calidad de unos solistas entregados, especialmente el corno inglés.

Las Escenas Asturianas de Benito Lauret (1929-2005), también músico militar, no solo demostraron cómo entendió nuestra música el compositor y director cartagenero sino su perfecto conocimiento y dominio de la orquestación, que en la versión del coronel Blasco pecó de cierto desequilibrio en los planos sonoros y algo de retraso en parte de la percusión -pandereta y castañuelas- aunque lo mantuvo en el final que combina nuestro «Pericote» y el Himno de Asturias (que sonaría independiente en la conclusión del concierto). 

La segunda alegría de la noche fueron las Imágenes de la Armada Española de Bernardo Adam Ferrero (Algemesí, 1942), música en tres cuadros con narración (excelente el subteniente antes citado) aludiendo a la historia desde los protagonistas: Lepanto: Vísperas de la Batalla y Don Juan de Austria, Trafalgar: Muerte en el «Nepomuceno» con el heróico donostiarra Churruca más cita musical del famoso «Rule, Britannia«, y El Grupo Aeronaval de la Flota, en Marín, citando la fecha del 16 de julio de 1988, la Patrona y Jura de Bandera del entonces Príncipe Felipe de Borbón, todo en espectacular escritura para banda por parte un perfecto conocedor de los recursos de esta formación, original y tan cinematográfico como el citado Asins Arbó, que la Unidad de Música de la Guardia Real realmente bordó antes de «ordenar descanso».

La segunda parte comenzaba también con la pareja de suboficiales presentando las obras a escuchar, primera vez que escuchaba la marcha militar Al Héroe Noval del Julio César Ruiz Salamanca (Las Pedroñeras, Cuenca) otro compositor, trombonista y director castrense, homenaje al cabo asturiano con toda la carga emotiva de una música para la ocasión.
El Capricho Español (1887) de Rimski Korsakov (1844-1908) tiene mucho de nuestra tierra, con la «Alborada» o el famoso «Fandango asturiano» flanqueando la «Escena y canto gitano» uniendo Asturias y Andalucía desde la inspiración rusa, que sirvió de sintonía radiofónica en mi infancia. El arreglo de A. Courtain sirvió para mostrar todo el poderío sonoro de una formación disciplinada en todos los sentidos, de nuevo con buenos solistas aunque algo «apurados» en los pasajes rápidos del fandango, especialmente el clarinete, y algo falta de sutileza en la batuta para alcanzar planos más diferenciados entre las secciones, con metales poderosos (5 tubas entre ellos) que por momentos taparon a flautas (la solista sargento primero), oboes y corno inglés. No hay comparación con el original pero en su momento estas versiones eran las únicas posibles para conocer en vivo las grandes obras de la historia de la música, y las bandas contribuyeron, aún lo siguen haciendo, a divulgarlas entre un público que no tiene acceso a las grandes salas sinfónicas.

La fantasía descriptiva El Sitio de Zaragoza de Cristóbal Oudrid, con toques militares alternando con la jota es imprescindible en estos eventos (con un trompeta solista impresionante), en excelente arreglo del que fuese director de esta Unidad Francisco Grau, todo un «hit» que el público reclama y del que los músicos pueden estar «cansados» de tocarlo, de hecho pudieron sacar más partido aunque siempre resulte epatante su ejecución, más cuando aparece desfilando la banda de trompetas y tambores, cuatro y cuatro por las escaleras hasta el escenario, levantando a todo el público de sus butacas tras el apoteósico y esperado final.
Mención especial para otro tema con firma valenciana: Libertadores de Oscar Navarro (Novelda, 1981), es una una suite moderna en dos movimientos, “Amazonas” de aire selvático y ritmo trepidante donde la percusión toma protagonismo, sin olvidar la marimba o la cabaça, aunque también hubo momentos cantados literalmente por parte de los trompetas jugando con este lenguaje compositivo actual y cercano que me evocó en cierto modo a Ginastera, y la impresionante «Marcha de los libertadores» ampliando el efectivo de percusionistas e instrumentos, todo un espectáculo la presencia de ocho tambores (una suboficial entre ellos) saliendo por las puertas laterales del escenario y ejecutando una coreografía de las que vemos en las bandas americanas o sajonas, compartiendo baquetas y parches, uniéndose la percusión corporal en clarinetes y saxos, no muy acostumbrados a estos recursos que engrandecen la escritura para banda sinfónica que tiene en clarinetista y compositor alicantino uno de sus mejores exponentes. De nuevo el público enardecido se levantó de sus asientos tras el apoteósico final, aunque los ánimos ya estaban en alto tras la «guerra contra los franceses».

Pasaban siete minutos de las diez de la noche cuando se hizo una pausa para entregar unos galardones de agradecimiento por la acogida de la Guardia Real en Asturias y la ¿colaboración? de las instituciones, con silencios y dudas sobre la ubicación en este momento del concierto, tal vez buscando ¿evitar? una desbandada si se realizaba al finalizar, cuando aparecieron tímidamente por la puerta izquierda las autoridades, abucheo y pitos al alcalde de Oviedo Wenceslao López (PSOE), aplausos y vítores para ex-regidor local y actual delegado del gobierno Gabino de Lorenzo (PP), crítica puede que merecida enlazando con todo el «rollo» del inicio, pero pienso que fuera de lugar evidenciando unos modales y gestos peligrosos que sólo crispan y denotan falta de educación, de la que los medios de comunicación seguro sacarán «carnaza» a estos cinco minutos de sonrojo que no deberían ir en el sueldo de nuestros gobernantes aunque no lo hagan bien. De nuevo mala política en un buen concierto.

No pareció calmar sino más bien destemplar a los músicos el más actual y «autóctono» Busindre Reel de nuestro internacional José Ángel Hevia, incorporándose al final un suboficial gaitero de la propia Unidad algo tapado por el poderío de la banda con un soso arreglo del coronel Blasco que no mejoró el original cargado de un ritmo que no nos transmitió el batería, del que desconozco si será arrestado por la ejecución (musical se entiende).

El delirio llegó con el final esperado, primero el famoso pasodoble compuesto por el maestro Francisco Alonso incluido en la humorada cómico-lírica Las Corsarias (1919) con la unidad al completo y el director animando al público a cantar el conocido “banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda…” cerrando como indica el protocolo con el Himno del Principado de Asturias (desconozco autoría del arreglo para banda) y el Himno de España armonizado por Pérez Casas y revisado por Grau, dos ex directores de la Unidad de Música de la Guardia Real, con todos los presentes en pie, esta vez educadamante. Nadie ordenó romper filas pero el descanso llegó a las 22:25 horas y el bochorno tardó en irse.

P. D.: La crítica musical para La Nueva España se publicará este domingo y la pondré aquí:
CríticaLNE20SEP2015
Crítica 20 septiembre 2015

Mozart siempre fluye

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Viernes 28 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, Auditorio Príncipe Felipe: Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de W. A. Mozart (1756-1791). Entrada libre.

Concierto monográfico de Mozart pudiendo escuchar su primera y última sinfonía en un recorrido diríamos que fluvial, del Salz al Danubio saltando hasta el Támesis con 24 años de distancia: la Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, KV 16 (1764) escrita en el barrio londinense de Chelsea con tan solo 8 años de edad pero ya con su sello inconfundible que será cual marca eterna, terrenal y universal, que se elevará hasta el universo, al planeta de luz de la Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551, “Júpiter” (1788), todo el firmamento sinfónico en apenas una hora de música.

Casi finalizando el festival de verano musical ovetense, la OFil volvió a llenar el auditorio ovetense para disfrutar de un único protagonista para un viaje comandado por su titular Marzio Conti totalmente volcado con su orquesta, ejerciendo de auténtico maestro de ceremonias al comenzar explicando los movimientos que no figuraban en el programa («notas a la traducción» del ruso Mijlin) y la historia del momento que organizaba las sinfonías en tres movimientos, aplaudiendo al finalizar cada uno y animando al público a hacerlo como entonces.

Conti volvió al podio realmente con las pilas cargadas, superados malos tragos anteriores y físicamente recuperado de su espalda, como un verdadero atleta tras la experiencia futbolística del pasado domingo y detallista al máximo, optando por la colocación vienesa (violines enfrentados, cellos y violas enfrente, y tres contrabajos al fondo e izquierda, pero también en la elección de trompetas de llaves o baquetas de madera para los timbales modernos, buscando sonoridades limpias y mostrándose tan conocedor del genio de Salzburgo, dirigiendo de memoria todo el programa, como de su formación, con la que se le nota cada vez más cómodo y feliz, sacándole todo su potencial aún en esta pretemporada (el día 4 de septiembre tomará la batuta el joven mejicano Iván López-Reynoso).

La Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, KV 16 es deudora de las compuestas por los hijos de Bach en el llamado Preclasicismo, especialmente de Carl Philipp y Johann Christian, aún tripartita en movimientos y buscando contrastes en dinámicas que Marzio optó por no llevarlas al extremo, contrastes también en juegos tímbricos que en esta primera están limitados a la cuerda más una sección de viento reducida a oboes y trompas a dos, optando por la forma sonata bien desarrollada y de breve duración. La orquesta fluyó como el río en su nacimiento, Allegro Molto algo retenido en la velocidad como queriendo hacernos disfrutar del elemento cristalino, los motivos claros donde el genio comienza a esbozar su firma única; un radiante y sinuoso Andante que parece tomar un cauce más ancho al adquirir cuerpo orquestal dibujado claramente, sobresaliendo la variada dinámica especialmente los pianísimos (siempre rotos por algún móvil no silenciado) y con pinceladas de una madera confiada y segura más las notas tenidas de las trompas, todo bien delineadas por un Conti que deja brotar la música de este río más que arroyo antes de su desembocadura, diría que a borbotones en el Presto como cascadas en la cuerda, siempre transparente, la espuma de los bronces y sorteando los empinados meandros con mano firme al timón en discurrir por un cauce dominado de memoria donde la nave filarmónica navegó sin sobresaltos.

Magia y verdadero placer saltar al infinito universo, sin respiros, el paso de la infancia viajera con parada en Londres a la imperial Viena de madura juventud, bulliciosa como su hermana ribereña Praga, cosmopolitismo bañado por el río más musical del mundo y segundo más grande de Europa, paso al Mozart pleno que corrobora genialidad y magnitud de esta forma sinfónica por excelencia, la exploración de apenas un cuarto de siglo que es vertiginosa y llevada al máximo, la Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551 «Júpiter» ya de cuatro movimientos, más extensos en duración y plantilla a la que se suman parejas de fagotes y trompetas más los timbales, un río navegable por mayor caudal y longitud, necesitando una embarcación adaptada a las nuevas circunstancias, exigiendo una paleta orquestal sin perder unidad ni identidad, algo que el maestro entendió desde el inicio y nuevamente sin forzar “tempi”, sabedor y conocedor de las dificultades escondidas en el discurrir no siempre plácido de esta partitura, y optando por una singladura serena, sin sobresaltos pero marcando y mandando lo necesario, destacando los grandes claroscuros, unos silencios claros ya desde el Allegro vivace inicial, casi escénico por los paralelismos operísticos, con protagonismo compartido y bien resuelto en cada sección orquestal; el Andante cantabile discurrió entre frondosa vegetación de finos contornos, con el viento favorable y remando a favor de corriente, paisaje bien pintado por la batuta italiana sobre el lienzo orquestal; el Menuetto: Allegretto pareció más un vals vienés que una danza cortesana, opción válida con un marcado ritmo ternario donde la acentuación supone un paso a uno buscando asentar sonoridades; quedaba desembocar con el Molto allegro de genial contrapunto estudiado en los planos exactos para escuchar cada «fugato», el discurrir potente siempre en el cauce sin llegar a desbordar las márgenes, esa música que fluye sin necesidad de añadidos, mínimas señales de Conti para recordar y permitir el caudal exacto antes de su remanso y amplio final en un mar estrellado, sinfonía de paz y luz tras una regata fluvial hasta la suprema divinidad romana que da nombre al quinto planeta del sistema solar, padre de dioses y hombres casi como el propio Mozart, hombre niño en la primera sinfonía, dios humano en la última, sin necesidad de atributos como águila, rayo o cetro.

Y este viernes sólo podía regalarse Mozart, como en Salzburgo o Viena, más jolgorio y vitalidad, verdadera fiesta nupcial con la obertura de Le nozze di Figaro (1786) en similar línea sinfónica, un dominador Conti transmitiendo energía para completar y dar juego a toda plantilla con la incorporación del par de clarinetes más la segunda flauta, caudal sonoro controlado en todo momento y luz nunca cegadora en un concierto alegre además de fresco con la OFil alcanzando su momento ideal para el arranque de temporada.

P.D.: Crítica en LNE del domingo 31 de agosto:

Sin descanso veraniego

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Jueves 13 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, Auditorio Príncipe Felipe: Damián Martínez Marco (cello), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Joaquín Martínez de la Roca (1676-1747), Schumann y Beethoven. Entrada: 6 €.

Los equipos de fútbol tras las breves vacaciones una vez finalizadas las competiciones y debiendo mantener el estado físico incluso fuera de la temporada, comienzan la preparación de la siguiente jugando partidos amistosos, triangulares e incluso torneos, lo que se llama la pre-temporada que sirve para dar minutos a los llamados reservas o jugadores de los filiales, engrasar el juego conjunto, probar fichajes, mejorar el entendimiento con el entrenador y todo lo que confluya en una competición de alto nivel a partir del inicio de lo que prefiero llamar Curso 2015-16.

Los músicos, como los deportistas, no tienen vacaciones nunca porque la exigencia es diaria y lo decía incluso el propio Casals: «Si un día no ensayo me lo noto yo , si son dos me lo nota el público«. Y las orquestas, al igual que los equipos, también necesitan su pretemporada, por lo que podemos tomarnos estos conciertos de la orquesta local con su titular cual dura preparación ante un intenso y nuevo curso escolar.

Pese a la coincidencia de actividades dentro de este festival carbayón para un desapacible jueves como los Bailes del Bombé o el espectáculo de danza «E Coreográficas Asturias ’15» en el Teatro Campoamor, que además eran gratis, el auditorio hoy de pago simbólico tuvo una excelente entrada y un comportamiento del público acorde a lo esperado. El programa elegido fue como enfrentarse a rivales de distinta entidad, con invitado de lujo y una OFil aún algo destemplada y falta del ritmo de partido, que fue calentando a lo largo de los noventa minutos «de partido» sin descanso, sentando en el banquillo a varios titulares, hoy Marina Gurdzhiya de concertino, cambiando posiciones pero dando minutos a los no habituales que reforzarán la plantilla más de una vez la larga temporada.

Dedicado a la memoria de la madre de Marzio Conti, fallecida el pasado martes 11, el concierto se abrió con el maestro sentado (sigue con problemas físicos, unidos a un estado anímico que no restó profesionalidad alguna) con una formación casi camerística para estrenar parte de Los desagravios de Troya del compositor zaragozano del barroco Martínez de la Roca aunque sin la presencia vocal pero a fin de cuentas música escénica en una comedia casi simbólica dentro de una producción mayormente religiosa, zarzuela de estilo italiano con protagonismo del trompeta principal Juan Antonio Soriano y donde no faltó el continuo a cargo de Bezrodny, página que recordó el auge de castrati como Carlo Broschi «Farinelli», un verdadero fichaje galáctico de Felipe V para la corte española de entonces. Buen calentamiento la música barroca española que no pasa de moda y debería ser más habitual en los conciertos porque hace afición y es agradecida siempre.

El plato fuerte vendría con el cellista Damián Martínez Marco en el muy escuchado Concierto para violonchelo y orquesta en la menor, opus 129 (1850) de Schumann, que puso sobre el césped los desencuentros a la hora de concertar de la plantilla, algunas entradas a destiempo sin llegar a la tarjeta, falta de tensión e implicación que se fue corrigiendo a lo largo de los tres movimientos sin pausa de una de las joyas escritas para cello y orquesta donde el solista apostó por sonoridades cercanas aunque fraseos menos claros, el Nicht zu schnell destemplado en todos, costando arrancar y coger ritmo, mejorando en el Langsam que siempre permite el lucimiento de la figura, arropado por un ya erguido Conti aunque los hermosos «pizzicati» estuvieron algo faltos de presencia, y el Sehr lebhaft con cadencia incluida que trajo mayor entendimiento, un buen «tiki taka» agradecido pero falto de contundencia sonora, dejando un resultado aceptable pero corto en expectativas.

Una figura como Damián Martínez no podía abandonar sin una propina a su altura, por lo que la «Courante» de la Suite nº 3 en do mayor, BWV 1009 de Bach era lo menos, tampoco muy sentida para una afición no habitual que disfruta siempre con estos regalos de talla.

El tramo final nadie mejor que Beethoven y la no muy escuchada Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 36 (1803) manteniendo teorías sobre las pares e impares, pero ésta junto a la cuarta son casi rarezas poder encontrarlas en nuestros partidos caseros pese a la grandeza sinfónica ya pergeñada del genio de Bonn, que parece semejar en vigor y temperamento el Mozart de Don Giovanni, transición del Clasicismo al Romanticismo, apareciendo ya el «scherzo» que suplirá al «menuetto«, sinfonía par esta segunda bien entendida por Conti en plena forma y sin necesidad de papeles, exigiendo a todas las secciones que fueron de menos a más para rematar una intervención notable.

El inicial Adagio molto – Allegro con brio logró más seguridad en el viento (bien la flauta de Juan de Nicolás) que la cuerda, algo coja y afianzándose según va creciendo hasta arrancar el aplauso inesperado pero agradecido, síntoma de la emoción incontenida. El Larghetto es la elegancia de los movimientos lentos beethovenianos, dramatismo que orquesta y maestro transmitieron con buen gusto y sonoridades más equilibradas, pero aún sin garra. El Scherzo: Allegro sube la velocidad y exigencias a todos los músicos, centrados y con los músculos entonados, puede que todavía sin la intensidad del final de la temporada pasada pero convencidos, buscando luminosidad más que lucimiento con un tempo casi «allegretto» en pos de la seguridad. Y había que echarlo todo en el Allegro molto final, ritmo apoteósico y fuerza orquestal nunca vista hasta entonces, el Beethoven rompedor e innovador usando una forma no muy estricta de rondó, al fin los violines presentes dada la obsesión mostrada por el compositor en este movimiento, el trío de contrabajos al límite de intensidades desde el pianísimo, la frescura de las maderas con las trompas ya confiadas, verdadera entrega total y disciplinada a un Marzio Conti que se movió cómodo y confiado en esta perla cultivada llena de brillo.

Aún queda «pretemporada» pero el de hoy no fue entrenamiento ni pachanga, menos un amistoso con rivales inferiores, sino un partido exigente y primera toma de contacto con la realidad que se avecina. Plantilla y calidad hay para afrontar una larga y dura temporada.

Granito mierense en el estreno

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Domingo 21 de junio, 20:00 horas. Teatro de la Laboral, Gijón. Concierto inaugural de la Orquesta Filarmónica de Asturias (OFA), Antonio Ribera Soler (director). Obras de Beethoven, Schubert, Rossini, Verdi y Juan Carlos Casimiro. Entrada: 16 €.

Comienza el verano en el Día europeo de la música y nada menos que con el estreno de una nueva orquesta con epicentro en el Conservatorio de Música y Danza gijonés, siendo el profesor de clarinete y director Antonio Ribera Soler su primer titular, continuando una formación por y para jóvenes que no pueden seguir esperando más oportunidades, dando forma a un proyecto con distintos apoyos que para su bautizo quiso programar una muestra de su potencial: sinfonismo, ópera y música asturiana de compositores actuales, contando con invitados de distintas localidades que no podían faltar a esta puesta de largo.

Mi primera queja será para la acústica que no ayudó para apreciar al detalle los valores que atesora una formación que respira música por todas partes. Hace 42 años podía escuchar en este mismo teatro precisamente una «Quinta de Beethoven» con la Orquesta Nacional de Eespaña y el recordado maestro Frühbeck al frente en un concierto de los que se quedan grabados a fuego en mi memoria musical, en un recinto que presumía de tener una sonoridad única, tristemente perdida con una remodelación muy cómoda a la vista y traseros pero cargándose uno de los valores que atesoraba esta sala. No es posible que una masa sonora como la que Casimiro presenta en sus obras quede apagada, amortiguada y casi con sordina para unos tutti que deberían inundar y poner los pelos de punta. De los metales no digamos lo poco presentes que se escucharon no ya por estar en el mismo plano que el resto sino precisamente por unos materiales constructivos y una caja escénica que se comen literalmente el volumen. Lástima de trabajo que no obtuvo la misma respuesta arriba que abajo, aunque ya no tenga remedio. Esperemos otros entornos mejores para disfrutar con una orquesta cuyo ímpetu juvenil no llegó a las butacas como hubiésemos deseado todos.

Siempre aplaudiré proyectos como este local de la Asociación Cultural Gijón Sinfónica en colaboración con otros conservatorios y sociedades filarmónicas asturianas, esperando tenga más suerte y visión que otras formaciones desaparecidas o casi en extinción por políticas miopes o falta de apoyos varios (Orquesta Sinfónica de Gijón, JOSPA, Sabugo Filarmonía u Orquesta Clásica de Asturias por recordar las más cercanas), agradeciendo igualmente el esfuerzo por poner sobre la escena a cinco formaciones corales donde no faltó la aportación mierense con el Coro de la Escuela de Música de Mieres que dirige mi admirada Reyes Duarte incluso con dos mierenses más: Eduardo López Fernández de concertino en la recién nacida OFA y el «adoptado» Fulgencio Argüelles, autor de los textos de la Loa de Casimiro. Las palabras iniciales del promotor gijonés Aquiles G. Tuero, autopresentándose, o de Ángeles Miranda, presidenta de la AMPA del Conservatorio de Gijón, fueron los deseos y buenas intenciones que todos intentaremos apoyar como público, dejando para posteriores encuentros las opiniones musicales más exigentes.

Arrancar concierto con el «Allegro con brio» de la Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67 de Beethoven ponía alto el listón para todos, ese inicio traicionero donde el director debe transmitir empuje y seguridad ante una todavía insegura y nerviosa orquesta. El «Allegro Moderato» de la Sinfonía nº 8 en si menor, D. 759 «Incompleta» (Schubert) sería el escalón siguiente dentro del sinfonismo vienés con aires marineros, ya asentándose los músicos siempre llevados y casi «amarrados» de las manos (ambas) por el docente y maestro valenciano que siempre supo dar confianza a sus antiguos alumnos, respuestas convincentes a la vista que como ya apunté, no llegaron en igual medida al patio de butacas.

La obertura de Guillermo Tell (Rossini) permitió el lucimiento de Guillermo López Cañal al cello, bien secundado por Ignacio Alonso Canteli antes de un final donde percusión, maderas y metales no alcanzaron el volumen deseado pero intuyendo un esfuerzo enorme por parte de todas las secciones que siempre sonaron afinadas.

Tras el descanso volvería la ópera, esta vez de Verdi con la profundidad de La forza del destino cuya obertura resulta exigente para cualquier orquesta, y no digamos el conocidísimo «Ah, for’è lui… sempre libera» de La traviata con la soprano Inmaculada Laín a la que sí pudimos apreciar presente en volumen pero desafinada tras el silencio antes de la «cabaletta», agilidades no siempre claras y un timbre desigual buscando más las notas que una auténtica recreación de la Violeta. Pesan mucho las referencias de esta endiablada aria donde clarinete y oboe suplieron un Alfredo que yo cantaba mentalmente con la voz de Kraus… (incluso Pavarotti). Concertación correcta del maestro Ribera para una orquesta que nunca tapó a la soprano.

El final contaba con dos obras del madrileño con vínculos asturianos Juan Carlos Casimiro Pinto (1961) que pusieron sobre el escenario a la gaitera Andrea Joglar, al lado del arpa, la citada Inmaculada Laín (que participó en la grabación del CD «Asturias paraíso natural» del compositor) y a cinco formaciones corales: Coro de voces mixtas del Conservatorio de Gijón y Coral de Granda, ambas dirigidas por Policarpo Muñiz Santurio, Coro Más que Jazz con la directora Adriana Cristina García, la Coral Polifónica de Llanera con Carlos Esteban al frente y el ya citado coro mierense, en la Loa, para gaita, coro y orquesta más el Panegírico para gaita, coro y orquesta. De nuevo quedamos con ganas de apreciar ese poderío vocal e instrumental en unas partituras bien escritas, reconocibles sobre todo con las variaciones sobre nuestro Asturias patria querida con orquestación muy completa, incluso la propina del Sunday de Stephen Sondheim con letra en español adaptada al evento y redondeando una velada donde no faltó como regalo a cada asistente la litografía de Marcos Tamargo «El motivo del destino» con el texto que dejo a continuación.

Tendremos que seguir de cerca a la OFA y seguir asistiendo a sus conciertos, hay mimbres de calidad y la versatilidad en cualquier repertorio ha quedado demostrada a pesar del recinto. La juventud tiene la palabra y debemos defenderla de los ataques furibundos de unos dirigentes que no parecen apostar mucho por la cultura, menos aún por la música. Iniciativas privadas con apoyos públicos parecen ser el futuro a medio y largo plazo a la espera de un IVA cultural más europeo y una necesaria Ley del Mecenazgo que siempre se queda en proyecto incumplido. Para muchos de nosotros cada día es de la música pero este 21 de junio de 2015 va unido a este nacimiento de una criatura que tenemos que ver crecer sana y bien alimentada.

OSPA fin de curso

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: abono 14 OSPA, Ning Feng (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Fernando Buide del Real, Ravel, Sarasate, Waxman y Brahms.

Finaliza la temporada de abono de nuestra OSPA y como los alumnos llega el momento del último examen aunque las valoraciones de los resultados siempre se hacen después. En el penúltimo quedaron sabores agridulces y el esfuerzo final elevó la nota global pero no me resisto a la coletilla que digo a mis alumnos: «podíais haber rendido más».

Programa interesante que arrancaba con el estreno asturiano de Fragmentos del Satiricón (2013) del gallego Fernando Buide del Real (1980), obra ganadora del VII Premio de Composición AEOS-Fundación BBVA bien comentada por Israel López Estelche en las notas al programa (enlaces al inicio en los autores), quien también conoce las mieles del triunfo y donde el premio importante, además del económico, es poder escuchar la partitura interpretar por las orquestas que conforman la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas (AEOS) de la que nuestras orquestas OSPA y OFIL son miembros.

El propio compositor también la comentaba en el canal «OSPA Sinfónica» de YouTube© que presenta el violinista Fernando Zorita, por lo que me limitaré a las impresiones de la primera escucha, agradeciendo siempre mezclar repertorios de ayer y de siempre puesto que es el mejor legado cultural, poder abrir mentes y sobre todo horizontes, tanto a músicas como públicos, educar como tarea inherente a toda actividad pública y objetivo que tarda generaciones en alcanzarse. El Satiricón de Petronio como «disculpa» para una obra sinfónica abierta, juegos tímbricos que trabaja con sutileza el músico gallego e intervenciones solistas agradecidas para crear momentos contrastados de emociones, tensiones no siempre resueltas, melodías diluidas en texturas orquestales muy logradas que demuestran el conocimiento de la paleta y la técnica compositiva, sin necesidad de recurrir a paralelismos con bandas sinfónicas (que podemos encontrarlos) puesto que la obra funciona sola y es de escucha fácil. Milanov trabajó bien el sonido y los balances para convencer en un repertorio donde se muestra cómodo, algo que se le nota.

Pero la auténtica estrella fue el violinista chino Ning Feng y «El MacMillan», un Stradivarius de 1721 de préstamo privado, que volvía con la OSPA, esta vez con tres obras para lucimiento de virtuosos que bordó haciendo brotar música en cada momento, aflorando de nuevo las dificultades que el titular tiene en concertar adecuadamente, notándosele incluso con prisa por arrancarlas, esperando trabaje este apartado para el próximo curso.

Cuidado con los músicos orientales formados y asentados en Occidente porque las leyendas urbanas se derrumban en muchos casos, y Feng es un claro ejemplo de la grandeza interpretativa en obras que exigen una técnica estratosférica, casi sobrehumana por no decir diabólica, pero donde la musicalidad y gusto hacen olvidar el grado de dificultad de las obras interpretadas para convertirlas en maravillas sonoras. La rapsodia «Tzigane» para violín y orquesta (Ravel) es un claro ejemplo, con el solo inicial del Lento quasi cadenza que ya erizó la piel por la sonoridad del joven músico chino afincado en Berlín, creciendo en el Allegro pese a la rémora de una orquesta perfecta de presencia y equilibrio, como el gran compositor francés la trabaja, hasta el Meno vivo, grandioso literalmente hablando, luces desde todos los ángulos y sombras en el fondo, aires gitanos de la Europa del Este que traspasan fronteras y son ya universalmente atemporales.

De nuestro Sarasate podemos sentirnos orgullosos, no ya como un genio del violín sino también con composiciones de altura como sus Danzas españolas, de las que en versión orquestal pudimos escuchar la Romanza andaluza, op. 22 nº 1, maravillosa interpretación de Ning Feng sintiendo y transmitiendo el espíritu del navarro como si por sus venas corriese sangre española, impresionando la delicadeza, el fraseo, la tensión contenida con un manejo del arco sedoso, aparentemente sencillo unido al difícil virtuosismo «fácil», culmen musical al que todos aspiran y pocos alcanzan. Lástima de mayor comunicación y entendimiento, puede que también más tiempo de ensayo entre todos porque la propina, obra fuera de programa además de regalo, esos Aires gitanos, op. 20, si se quiere «Aires bohemios» (que son como un avance del disco que grabarán en breve todos ellos) que resultaron nuevamente brillantes y prolongación raveliana en concepción e interpretación global, esperando se ajuste para lograr un registro sonoro de los que se guarden mucho tiempo. El discurso musical de Ning Feng en el inicio resultó impecable, melodía hirientemente delicada, zíngaro universal con colchón orquestal, un cantabile dramático de belleza sin par, «czarda de Sarasate» virtuosísticamente emocionante, sublime en cada recurso técnico, contestado por esa trompeta con sordina completando el cuadro naturalista que desemboca en rápido desparpajo con una vertiginosa cascada de fuego como si la «pólvora musical» también la manejase el violinista chino tras la lenta preparación previa, al fin acompañada por una OSPA inspirada y contagiada del ímpetu oriental para esta partitura tan universalmente española.

Y entre Sarasate otra joya violinística como la Fantasía sobre «Carmen» de Franz Waxman, casi de película para insistir en la matrícula de honor del solista chino más un notable para la formación asturiana que no muestra fisuras en ninguna sección. El líder no llegó al suficiente, mismos problemas sin resolver y bajando la calificación global que hubiese sido altísima de cumplir con las expectativas. Creo que muchos del público intentamos empujar un poco, alguno hasta con el paraguas (dedicaré en otra entrada una lección útil para su ubicación correcta y evitar percusiones no escritas) para encajar las recreaciones que de cada número de esta ópera -que conocemos de memoria- hace el virtuoso Waxman mimando y engrandeciendo a Bizet, como también hiciese Sarasate, redondeando unos aires gitanos con este violinista chino.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 (Brahms) serviría para subir nota ya que superadas las dificultades previas del último test, Milanov se esmeró en defender este testamento del hamburgués sacando lo mejor de la orquesta, sonido cuidado en cada sección, cuerda tensa y clara para una emotividad cargada sin exageraciones, madera siempre brillante (donde Julio Sánchez Antuña suplió a nuestro querido Andreas), metales contenidos y percusión precisa, planos bien definidos, balances exactos delineando cuatro movimientos personalmente poco resposados, puede que contagiado aún del ímpetu chino y mal consejero para el siempre profundo Brahms. Cuatro movimientos para dejar en el lugar que corresponde una temporada con altibajos, porque la sinfónica asturiana tiene calidad más que sobrada, la renovación de su plantilla está en el buen camino sin perder identidad propia, los refuerzos siempre solventes y trabajo más que contrastado a lo largo del tiempo.

La «cuarta de Brahms» corroboró la grandeza de una partitura que contagia y nos llena de satisfacción a todos los melómanos, un Allegro non troppo para saborear la cuerda en su punto, equilibrios asentados con el viento, tensión contenida en la tonalidad menor y presencia dominadora. El Andante moderato transición a mayor sin perder sello alemán y orquestación elegante que Milanov se encargó de subrayar adecuadamente reteniendo el «tempo», trompas seguras, maderas majestuosas de melodías infinitas. La alegría del modo mayor en el Allegro giocoso transmitida y sentida con un aire más liviano extendido como la propia duración de este tercer movimiento, mostrando unas dinámicas amplias que la batuta marcó siempre, llamadas de atención en unos metales presentes de sonoridad muy trabajada, dibujos de una cuerda fortalecida que estrenaba concertino y ayudante, madera empastada y convincente como es habitual, y percusión detallista. Aumentando en tiempo y expresión llegaría el Allegro energico e passionato más segundo que primero aunque suficiente para un notable que redondeó la nota media, majestuoso y casi trágico cierre sinfónico del irrepetible Brahms, angustias musicales en la expresión contenida por todas las secciones al mando de un Milanov seguro y al fin convencido, convincente aunque no pleno. Salvado y redimido por la grandiosidad de esta partitura que siempre es bien recibida por todos.

Los responsables políticos seguramente desconozcan todo lo que supone programar una temporada, por otra parte ya pergeñada como es lógico y necesario para el próximo curso académico, así que espero poder seguir contando y disfrutando con esta orquesta seña de identidad de nuestra Asturias que lleva la cultura más allá de nuestras fronteras. El avance para los 25 años, nuestras bodas de plata, vuelve a ser esperanzador sin olvidar el proyecto social y la misión educativa emprendida hace tres años, aunque todavía me quede realizar el balance final de junio. Es mi trabajo como docente que también intento traer aquí como no podía ser menos.

La magia de Andris Nelsons

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Sábado 30 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Klaus Florian Vogt (tenor), Orquesta Sinfónica «Ciudad de Birmingham» (CBSO), Andris Nelsons (director). Obras de Wagner y Bruckner.

La magia inundó el último concierto de este ciclo municipal coincidiendo con la vuelta al Auditorio ovetense del gran «helden tenor» Klaus Florian Vogt, que entonces también supuso una victoria del Barça como hoy, esta vez en la Copa del Rey. Mágico el programa que Alberto González Lapuente presentó como «Amigos conciables (supongo que serían conciliables) referidos a Wagner y Bruckner, con una orquesta británica de esas de sonido único e inimitable, y sobre todo el Mago letón Nelsons (Riga, 1978) al frente, de gestos no muy ortodoxos pero efectivos con su formación, trabajo de años al frente dando fruto hasta con una mirada, posiciones que le permiten encogerse como un ovillo, cambiar la batuta de mano y ponerla del revés sin perderse ni un detalle, apoyarse en la barandilla, quedar a la pata coja, caracolear con los dedos para manejar el gran instrumento sinfónico, incluso bajar los brazos dejando fluir esa magia y clamar al cielo en los momentos más sublimes (mi tocayo en la crítica de «El País» lo llama Calistenia musical). Verle dirigir mientras sonaba la séptima bruckneriana era asistir al hechizo de disparar en el momento exacto todos los efectos mientras adelantaba en el instante previo lo que vendría a continuación, dirigiendo la atención de músicos y públicos al lugar exacto, conduciéndonos a todos en una velada donde el brebaje que nos dio causó el efecto deseado. No es de extrañar que sea firme candidato a la titularidad de la Filarmónica de Berlín, aunque tengamos que esperar al 2016 para el veredicto final.

La ópera de Wagner es única donde la música supone la parte de un todo (Gesamtkunstwerk), la obra de arte total que incluye lógicamente la voz cantada pero cuya orquestación marcará historia y modelo a seguir. Para la primera parte dos arias de «Parsifal» y dos de «Lohengrin» precedidas de los preludios Karfreitagszauber e inicial del tercer acto para asentar sonoridades antes de escuchar la voz poderosa e íntima de Vogt, auténtico defensor de sus dos personajes, no ya cantados sino sentidos, comprobando la evolución de Parsifal del segundo acto Amfortas, die Wunde al tercero con Nur eine Waffe taugt, pudiendo seguir los textos también traducidos en el programa de mano, heroico de timbre wagneriano capaz de alcanzar matices en cualquier registro y sobrevolando la densa orquestación que coprotagoniza el drama, perfecto ejemplo de lo que se ha matizado como «helden tenor«, el más dramático y heroico de su cuerda (que en mis años jóvenes llamaban tenor abaritonado, «tipo» Plácido Domingo). Aún mejor su Lohengrin del tercer acto, Höchstes Vertrauen hast Du mir schon zu danken y esa verdadera confesión final In fernem Land llegando al clímax conjunto con los de Birmingham mientras «Merlín Nelsons» descubría los personajes y pasiones wagnerianas. Auténtica lección por parte de todos, con el «lírico» Klaus Florian Vogt pletórico en sus cuatro arias, un verdadero tenor wagneriano a los que se les pide que tengan voz rica, oscura, poderosa y dramática, de amplia tesitura vocal y gran potencia además de una auténtica resistencia física (que dicen los estudiosos). Bravos y nada mejor que seguir con Wagner de propina: Winterstürme wichen dem Wonnemond (de «La Walkyria«) para corroborar cómo es un tenor para disfrutar, con una orquesta bajo la varita mágica de Nelsons. Seguiré jugando a la lotería para poder hacer una escapada veraniega y escucharlo en Bayreuth…

Pero la Sinfonía nº 7 en mi mayor, WAB 107 de Bruckner son palabras mayores sin necesidad de textos, con una «orquestaza» que nos trajo las tubas wagnerianas alineadas desde la izquierda con el resto de metales hasta la tuba en el extremo contrario, entre la percusión sin elevar detrás y la madera, más la cuerda en la colocación habitual, con ocho contrabajos para calcular el número total de arcos, equilibrio ideal que me llevaba al ideal del día anterior con Richard Strauss. Nada mejor tras Wagner que Bruckner, incompatibilidad de caracteres en ese postromanticismo que tanta música ha producido, y Leipzig siempre capital de la música, inspiración  y admiración del segundo hacia el primero, amistades irreconciliables solo salvadas por el mismo amor musical. La séptima como la única sinfonía que Bruckner apenas modificó y además la estrenó como homenaje a su héroe, la más «popular» pero no tan interpretada por los efectivos que requiere. La CBSO los tiene y todos de primera que con el director letón alcanzó la magia total dejándonos un recuerdo imperecedero de este fin de ciclo:

El Allegro moderato fue trenzando melodías eternas en contrastes anímicos como dudas vitales hechas música, los metales preguntando, la cuerda serenando, todo dibujado y sentido con todo el cuerpo de Nelsons, sacando dinámicas increíbles, redondas, allá donde la partitura las indica y salen al aire como si las notas cobrasen vida con el mago. El Adagio. Sher feierlich un sehr langsam (con lentísima solemnidad) es el homenaje wagneriano más allá del protagonismo de las tubas diseñadas por el sajón, la dedicatoria también a Luis II de Baviera, o la sensación de eternidad veneciana con una marcha fúnebre que hipnotiza, acongoja pero también brilla cual interrogante universal, casi la «precuela» del mismo movimiento mahleriano en su Quinta, inspiración también previa para Visconti, en Senso (1954). El director es también un excelente intérprete de Mahler por lo que el «maridaje» con Anton Bruckner es más que evidente. La cuerda británica de seda y terciopelo, violines angustiosamente desgarradores y contrabajos en la boca del estómago en un discurrir sin prisa pero desenfrenado hacia un punto final que no quiere llegar, «crescendi» y vientos llamando del más allá como pesadillas con la belleza bruckneriana plasmada en la interpretación de Nelsons con su orquesta, arrullo y consuelo donde no falta un brevísimo tema del Te Deum. Clásica en construcción, el tercer movimiento de esta sinfonía es un Scherzo. Sehr schnell (muy rápido), brillante, casi jocoso pese al contraste tonal, danzarín por lo rítmico en compás ternario, bromista por el propio significado llegando a lo tumultuoso a medida que crece antes de frenarse en el Etwas langsamer (un poco más lento) que indica la partitura y da protagonismo a los violines contestados por el viento reforzados con unos timbales que ayudan a ese crecimiento anímico antes de la repetición, sin olvidar el aire de danza popular y macabra, puede que hasta riéndose de la propia e inevitable muerte, un «Aprendiz de brujo» ante la ausencia de Merlin con resultados esperados y siempre arreglado por la sabiduría e incluso convicción, antes de coronarse en el Finale. Bewegt, doch nich zu schnell (movido pero no demasiado rápido), siempre añadiendo cómo desea el compositor austriaco «exactamente» el aire de cada movimiento, el último perfectamente leído por Andris Nelsons en otra pócima de magia cocinada dentro de la marmita Birmingham, recordando el inicio de la obra pero conteniendo efectismos para la instrospección católica traducida a un coral donde los metales suenan como un órgano donde Maese Bruckner trabajó, incluso los contrabajos redondearon una tímbrica controlada al detalle, jugando con cada plano en una formación que responde como un solo instrumento más allá de los unísonos, no importa alguna nota «insegura» de las trompas como si un tubo del gigantesco órgano escupiese alguna mota de polvo, atacando una conclusión sobrenatural, efectista y convincente. Aplausos más que merecidos sin olvidar la propia partitura, ovacionada por el maestro.

Lástima en las prisas incluso para aplaudir que nos privaron de disfrutar el silencio final, algo que es inherente a la música y todavía más a esta séptima que pudimos saborear. La popularidad de esta sinfonía más allá del gran melómano Visconti (y Thomas Mann, «El arte, el deseo y la muerte») estriba en las emociones que todos tenemos, la varita mágica que toca la fibra sensible, el sonido orquestal bien combinado en cada momento que el brujo Nelson hace disminuir y aumentar como retorciéndonos con él, espectáculo casi místico, poesía musical, esperanza cristiana, admiración vital, sensibilidad artística y comunión total entre obra, intérpretes y músicos para una liturgia sin igual.

Heroicidades musicales

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, concierto de abono 13, OSPA, Lilya Zilberstein (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Prokofiev y R. Strauss.

Dice el saber popular que «los cementerios están llenos de héroes«, pudiendo añadir que por ello el objetivo más importante es salvar la vida. Este decimotercero presentaba auténticas heroicidades musicales, pero el resultado fue amargo.

Para los supersticiosos el número trece dicen que trae mala suerte, supongo que desde la conocida y famosa «última cena»; incluso los aviones no tienen esa fila, aunque la mía en el Auditorio es precisamente esa y puedo decir que he disfrutado mucho en ella. Pero los presentimientos parecen funcionar: los ingredientes eran perfectos, algunos cambiaron para la siguiente «carta», y volvía el cocinero titular a los fogones, aunque la mesa no estuvo bien organizada, el menú falló y la digestión tras la ingesta aún sigue siendo pesada.

El Concierto para piano nº 3 en do mayor, op. 26 de Prokofiev suponía el regreso de la pianista moscovita Lilya Zilberstein tras su tercero de Rachmaninov hace ahora dos años, (entonces con el maestro asturmexicano Carlos Miguel Prieto al frente). La OSPA permutó varios primeros atriles para esta página increíble del compositor ruso con todas sus señas de identidad y el más interpretado de los cinco, obra muy exigente para el solista pero aún más para la orquesta, con continuos cambios de ritmo, compás, tempo, agógicas increíbles y un impulso rítmico de principio a fin. Milanov estuvo casi siempre a remolque de la pianista, no concertó como esperábamos, los balances tampoco funcionaron y hubo momentos donde el poderío solista quedó diluido ante unos volúmenes excesivos. Cierto que el piano tiene compases plenamente incrustados en el color orquestal, pero es importante dejar fluir una sonoridad tan protagonista como la de este «otro» tercero.

De estructura clásica Prokofiev «se toma libertades» a lo largo del mismo, como bien recoge en las notas al programa (enlazadas en los autores) de Asier Vallejo Ugarte, comenzando con ese dúo de clarinetes marca  de la casa en un Andante que pronto pasa al Allegro, brillante en colorido y algo menos en el tempo elegido, contenido aunque igualmente virtuoso por parte de Zilberstein en un derroche de fuerza que no tuvo la pegada esperada en cuanto a presencia. La orquesta siempre en primer plano, con intervenciones precisas desde las castañuelas a la madera pasando por la cuerda o los metales, aunque cojeando en las caídas con la solista, con esos cambios de velocidad tan difíciles de encajar cuando la batuta no es precisa y comienza a dibujar ondas en vez de líneas rectas, intento de la pianista en avanzar pero lastrada por la orquesta. El Andantino es un tema con variaciones donde la orquesta diseña ese «sonido Prokofiev» con una cuerda incisiva, una madera sutil, metales opacos por la sordina buscando colores y sabores dentro de ese aire grotesco tan peculiar del ruso para dejar que el piano dibuje melodías hermosas, el momento más equilibrado y sutil por parte de todos, «pequeñas diabluras armónicas, feroces galopadas pianísticas y un hedonismo de aromas neo-impresionistas» que escribe el crítico vasco, aromas imperecederos de un piano cristalino al fin plenamente protagonista, la salsa perfecta para un plato llenos de matices, la sal justa en una cuerda atinada y acertada con madera de fondo más que condimento ideal antes de arrancar con el Allegro ma non troppo final en compás ternario con los fagotes marcando el ritmo contestado con «glissandos» pianísticos y escalas vertiginosas en la cuerda que de nuevo salpicó a este oyente-comensal por la falta de entendimiento entre solista y director, como si nos pasásemos de mantequilla en el caviar de este suculento manjar, salvándose los momentos orquestales gracias a una cuerda cálida sin perder el sonido marcante y el momento protagonista, casi solístico, del piano contestado por violines y maderas en bellos juegos tímbricos. Sabor agridulce para una pianista como la rusa que no sonó como esperábamos en este «otro tercero ruso» ni la vi cómoda en ningún momento. De hecho no hubo propina, aunque el esfuerzo que exige la haya podido dejar exhausta.

Enorme despliegue y refuerzos en la OSPA para Vida de héroe (Ein Heldenleben), op. 40 de R. Strauss aunque no en su justa medida, pues la cuerda se quedó algo corta, supongo que por los dichosos presupuestos en tiempos de recortes económicos, pero una auténtica lástima no poder alcanzar el número ideal para esta maravilla sinfónica del compositor muniqués, auténtico genio de la orquestación en una partitura que pone a prueba a cualquier formación y director. No podemos quitar ingredientes para un plato tan potente y suculento como el del menú, y si falta arroz tendremos que usar fideos ¡pero ya no es paella!.

Quiero destacar la auténtica heroicidad de todos los músicos, dándolo todo en los seis episodios de la propia vida del alemán Strauss (nada que ver con la saga de los valses vieneses aunque en último número de la revista de la OSPA aparezca la foto de Johann Strauss II), especialmente la cuerda que en «inferioridad numérica» hubo de forzar para buscar el equilibrio y balance necesarios, auténtico esfuerzo titánico. Para los cocineros de la batuta preparar este plato es una tentación siempre que se acierte en todo, desde el punto de cocción, la proporción de los ingredientes y el salpimentado en su justa medida, así como el «fumé» y demás condimentos. Creo que a Milanov se le fue la mano ante la opulencia, puede que hasta la autocomplacencia que el propio Strauss pone en esta página donde intenta «glorificar sus propios triunfos y caricaturizar a sus críticos«, pendiente del espectáculo que suponen «los bronces» (que decía Max Valdés) incluso fuera de escena, en detrimento de una cuerda que cuando pudo demostró la primerísima calidad que atesora. Vasiliev disfrutó en La compañera del héroe enamorado de su esposa, aunque buscando el gusto más que el impacto con el poso de la veteranía, siempre comandando la sección estrella originaria (clara y presente sobre todo en el último episodio), que el viento lleva compartiendo liderazgo, no ya los solistas sino toda la sección incluyendo los refuerzos para este concierto. La orquestación es de quitar el hipo: piccolo, tres flautas, cuatro oboes (con corno inglés), cuatro fagots (uno contrafagot), cuatro clarinetes (con requinto y bajo), nueve trompas, cinco trompetas, tres trombones, dos tubas (con la tenor), percusiones ricas para cuatro músicos, dos arpas, y toda la cuerda frotada… Y todos impecables, de musicalidad innata, esfuerzo enorme y trabajo global por alcanzar la excelencia, por gustar y repetir, pero mucha comida para un recipiente que se quedó pequeño, incluso pienso que faltó atención al fuego, quemándose algunos ingredientes que hicieron perder el sabor global, abusando del picante que en exceso enmascara el paladar y deja un toque amargo en la garganta. La elección del menú era cosa del cocinero, así que su responsabilidad es total. Altibajos en presencias, tiempos no excesivos, sonoridades desiguales, líneas melódicas no siempre claras y discurso ceñido a la partitura, por otra parte precisa hasta el mínimo detalle, fluyendo no siempre contenida. Con todo es de aplaudir poder saborear estos manjares aunque llega un momento donde el cliente puede devolver el plato a la cocina, pues a pagar nunca se niega. A favor siempre paladares (que no estómagos) agradecidos o menos exigentes, personalmente el mío fruto de años degustando otros fogones y por supuesto dependiendo del momento y estado anímico individual, esta vez elevado tras una temporada variada y llena de sorpresas agradables.

Sólo queda un concierto para cerrar temporada, de nuevo con excelentes ingredientes y mismo cocinero. Espero acabar con buen sabor de boca y no tener que usar antiácidos.

Pinturas orquestales

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Viernes 22 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, concierto de abono 12, OSPA, Ana María Valderrama (violín), David Lockington (director). Obras de Fauré, Saint-Saëns, Respighi y Berlioz.

La violinista prevista para este duodécimo de abono, Dylana Jenson, pareja del principal invitado Lockington, fue sustituida por la madrileña Ana María Valderrama, un agradable descubrimiento que defendió con auténtico vigor el mismo programa diseñado por el maestro británico afincado en EE.UU., quien además tuvo que enfrentarse a problemas mayores ante la falta de educación de una parte del público, aunque no voy a insistir tras la entrada anterior. Buscó e intentó siempre comenzar cada obra en silencio, parando el gesto ante la insistencia del ruido, acallando instantáneamente pero durando apenas un suspiro…

Miriam Perandones, autora de las notas al programa -que dejo enlazadas en los autores- que comienza titulando con una frase del doctor Berlioz: «La instrumentación es exactamente, en música, lo que el color en la pintura», y nada mejor para poder explicar en palabras, siempre difícil, unas obras que la OSPA con Lockington al frente, derrocharon precisamente colorido instrumental, maestros de la orquestación con obras no muy habituales en directo, salvo el concierto de violín, que hicieron disfrutar a todos volviendo la conexión británica, la elegancia y el magisterio directorial capaz de convencer nuevamente de la calidad de la formación asturiana.

Pelléas y Mélisande, suite op. 80 (Fauré) sonó como un fresco de temática teatral ya conocida y musicada, cuatro movimientos que presagian un final dramático sin perder nunca luminosidad. El cuidado del sonido intrínseco en la música francesa requiere trabajar la tímbrica y las dinámicas, algo que Lockington domina e imprime a la orquesta asturiana en cada visita. Un placer disfrutar cada sección delineando melodías que suben y bajan al primer plano gracias al foco orientado hacia ellas desde el conocimiento de la partitura. El Preludio abre el lienzo a la paleta de Don Gabriel, la Hilandera teje los detalles, la Siciliana dibuja las líneas y el conjunto se recompone en La muerte de Mélisande.

Nuestro Sarasate fue el destinatario del Concierto para violín nº 3 en si menor, op. 61 de Saint-Saëns, volviendo a sonar en el Auditorio ejecutado por la primera española ganadora en 2011 del premio que lleva el nombre del virtuoso pamplonés, Ana María Valderrama, poseedora además del don de la juventud de una madurez interpretativa que el director británico entendió a la perfección, sin necesidad de un sonido grande por parte de nadie, cada movimiento fue un lienzo donde el violín solista era el pincel y la orquesta la base en la que dibujar, poniendo los tonos adecuados bien guiada desde el podio, con momentos sublimes, especialmente el unísono del Andantino quasi allegretto con el clarinete tocado como un instrumento de color nuevo hasta tal punto de idéntico fraseo que se alcanzó. Las dos partes del tercer movimiento no necesitaron cargar las tintas para derrochar frescura arropada por una calidez orquestal, fraseos solistas contestados por los distintos atriles en la misma paleta cromática desde el inestable equilibrio de la partitura y el siempre necesario «rubato» de la solista. Aunque cerrase los ojos el color seguía en el aire.

La propina Obsesión, el primer movimiento de la Sonata nº2 de Ysaÿe fue como una plumilla de maestro, intensidades de arco, líneas en mástil, dobles cuerdas creando perspectivas y luces sin sombras con la juvenil técnica desbordante al servicio de una partitura virtuosa.

Para la segunda parte continuamos con esta galería musical pero con un toque académico italiano como Respighi y «Las fuentes de Roma» conformando un tríptico como los renacentistas con Pinos y Fiestas, que rinde culto desde la orquesta al paisaje de la ciudad eterna, esta vez pintando el agua de cuatro fuentes tan distintas que compiten en belleza, instrumentación completísima donde no faltan celesta, piano, arpa y hasta unas campanas fuera de escena que ponen colorido a formas evanescentes, imágenes más que sonidos impresionistas, fluidas en esta nueva paleta pintada por Lockington que hace brillar toda la orquesta, primeros atriles y conjunta, cuatro momentos del día con sus luces dispares que el compositor italiano es capaz de traducir a música como también hiciese Debussy. Obras así permiten el lucimiento de nuestra formación cuando la batuta se convierte en pincel, La fuente del valle Giulia al amanecer, gotas cristalinas desde la madera, La fuente de Tritón por la mañana, rítmica casi como chorros luminosos de variadas texturas, La fuente de Trevi al mediodía grandilocuente, la fotogenia desde los metales poderosos sin «salpicar», y La fuente de la Villa Médici al atardecer, serenidad transmitida por el arpa, el glockenspiel, la flauta y el violín alejándonos con las campanas que nos devuelven a casa. Estados anímicos en fotografías como pinturas velazqueñas que Lockington y la OSPA nos regalaron antes de un final de cuento.

Original acabar con una Obertura como la de Beatriz y Benedicto de Berlioz pero lógica pictórica en cuanto a orquestaciones y escuela francesa, aprovechar todos los colores ya vertidos sobre la paleta para un último lienzo ligero, también luminoso y brillante, preludio de una ópera cómica shakesperiana, «Mucho ruido y pocas nueces» como un pretexto para darle la vuelta saboreando frutos secos sin tanta interrupción, contagiar alegría y luz en un concierto pictórico. Quedan dos más para cerrar una temporada donde el balance resultará positivo aunque falte todavía mucha emoción.

Luces y vientos

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Sábado 9 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sabine Meyer (clarinete), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Israel López Estelche, C. M. von Weber e I. Stravinski.

El musicólogo y compositor cántabro afincado en Oviedo López Estelche (Santoña, 1983) puede presumir de currículo y de un privilegio al alcance de pocos como que las dos principales orquestas asturianas hayan estrenado sus obras. Aún recuerdo el del 12 de mayo de 2011 con la OSPA dirigida por Max Valdés tras ganar el concurso del XX aniversario con De la eternidad concéntrica (2010) y ahora Lumen (2014) con la OFi y Marzio Conti, a quien está dedicada y encargo de la propia formación ovetense. De sus otras composiciones orquestales me queda escuchar su Trayecto líquido (2014) con la que obtuvo el «Premio Xavier Montsalvatge» de la 25 edición de los Premios Jóvenes Compositores Fundación SGAE-CNDM 2014, pero la línea emprendida por este percusionista en origen volcado en la siempre difícil tarea creativa parece seguir en ascenso. Lumen la analiza perfectamente en las notas al programa el profesor y doctor Ramón Sobrino, y el propio Israel en la entrevista del blog OFil, por lo que mis comentarios a vuelapluma solo hacen referencia a las primeras impresiones, alegrándome que los conciertos incluyan nuevas obras y más si son «en casa» por lo que supone de apuesta por nuevos repertorios, compartiendo además programa con Weber o Stravinski como este sábado con vientos y luces, siendo el ruso uno de los muchos referentes del músico cántabro.

Estudioso de la música de la segunda mitad del siglo XX, con una tesis doctoral sobre el gran compositor bilbaíno Luis de Pablo, las referencias a composiciones de este periodo son varias, buscando un sello propio que parece encontrar en los registros extremos, en el empleo inteligente y detallista de la percusión, y como él mismo reconoce, en la resonancia. Lumen como idea de luminosidad pero supongo que también del propio proceso creativo el cual alcanza momentos casi cegadores precisamente en el uso de tesituras extremas para una plantilla grande que permite esa orquestación brillante con un desarrollo interválico como germen y «disculpa» para hacer juegos tímbricos en todas las secciones. Orquesta compacta, contundente cuando se le exige y etérea en los momentos marcados, sensaciones ligeras pese a esa masa sonora y como cuatro grandes secciones más coda muy fluidas para una obra no muy extensa (unos nueve minutos) que viaja en capas mediante intervenciones puntuales del viento madera, en estado de gracia, y después el metal, también inspirados, arropados por una cuerda algo opaca en presencia (sobre todo los violines), con intervenciones más brillantes del arpa, y sobre todo una amplia y triunfante percusión que no solo lleva una rítmica potente sino también creadora de ambientes y texturas a base de efectos variados (como el arco en el glockenspiel) que además ponen el punto y final bien aguantada la resonancia del gong, triángulo y platillos por el maestro Conti, convencido defensor de una obra que trató con mimo y energía, guante y estilete para este nuevo acierto compositivo de López Estelche.

La virtuosa Sabine Meyer se presentaba con el Concierto nº 1 para clarinete y orquesta en fa menor, op. 73 (Weber), obra difícil de ejecutar y escuchar en vivo (incluso el nº 2), probablemente el concierto estrella para un instrumento poco valorado como solista, y también difícil de concertar, más con un Conti aquejado de lumbalgia que le obligó a continuar dirigiendo el resto del concierto sentado. Claro que Meyer es capaz de mandar desde la primera nota del Allegro, desplegando una cantidad impensable de registros con una musicalidad impactante y una gama dinámica amplísima que la orquesta nunca ocultó en ese estilo aún clásico. El Adagio ma non troppo casi resultó un aria de ópera por el fraseo y «melodismo» en estado puro, destacando la intervención con el trío de trompas como de lo mejor de la obra del compositor alemán, rematando con ese danzarín Rondó que Sabine Meyer pareció bailar, llevando de la mano a la orquesta con la que Conti se limitó a mantener pulsación y rubatos (que no es poco) de la alemana. De propina más Weber, el tercer movimiento (Satz Menuetto) de su Quinteto para clarinete, op. 34, breve, ligerísimo y sólo con la cuerda, ampliando el cuarteto original, más luminosa, dirigida por ella y en la misma línea de belleza virtuosística, impactante, genio y artista con mayúsculas, haciendo fluir notas con un caleidoscopio tímbrico para enamorarnos del clarinete.

La música de ballet está presente en Asturias y las dos orquestas parecen rivalizar en obras como esta Petrushka (Stravinski) donde el viento volvió a ganar la partida por firmeza, protagonismo y elección de «iluminación» por parte del titular de la OFil. El subtítulo de Escenas burlescas en cuatro cuadros (versión 1947) resultaron un catálogo del magisterio y genialidad de Stravinski en sus composiciones orquestales, las combinaciones tímbricas donde el metal, especialmente las trompetas, consiguen convencernos del ambiente de Fiesta popular de la semana de carnaval o el final con la muerte de la protagonista, esa marioneta humana. En casa de Petrushka y Con el Moro son los otros dos cuadros de unas escenas donde de nuevo los violines tuvieron momentos oscuros en cuanto a presencia, faltos de más tensión aunque Conti optase por mantener la presencia del viento. Tengo que destacar las intervenciones al piano del virtuoso Sergey Bezrodny que tan importantes son en esta maravillosa Petrushka, y nuevamente la percusión, pues además del protagonismo que Stravinski les confiere a ellos, no defraudaron nunca. Mi sensación de planos sonoros no suficientemente diferenciados la comparo con los focos en cuanto a la opción de iluminar más unas intervenciones que otras, como una puesta en escena del propio ballet (coreografiado por Fokine), y así aunque la cuerda tiene momentos deslumbrantes, disminuir intensidades no debe confundirse con oscuridad ni siquiera con penumbra, como una mesa de luces que en el teatro es capaz de crear ambientes cuando se manejan con maestría e imaginación. La interpretación y los puntos de interés son muy personales, el resultado global sigue siendo bueno pero es en los detalles donde se alcanza la diferencia, incluso el color elegido y hasta el tipo de bombilla, ahora que los halógenos han dejado paso a los «leds«, siempre pensando en el paralelismo sonoro y visual de este ballet de marionetas que resulta la «obra de arte total» wagneriana con el personal estilo ruso de Stravinski. Pese a todo, una velada muy interesante donde sopló un fuerte viento germano y brisas asturianas sin perder luz norteña ni aires danzantes.

 

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