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Cocinando El Brian de Goossens

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Viernes 18 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Fundación Princesa de Asturias: Concierto Extraordinario «Europa Canta a la Navidad». El Mesías (G. F. Haendel, versión para orquesta sinfónica de Sir Eugene Goossens, 1959). Eugenia Boix (soprano), Sarah Couden (contralto), Davide Giusti (tenor), Luis Ledesma (barítono), Coro de la FPA (José Esteban García Miranda, maestro de coro), OSPA, Rossen Milanov (director). Entrada gratuita con invitación previa.

«La vida de Brian» es una simpática película de los Monthy Python trata la vida de un judío que nace el mismo día que Jesús y ya de adulto incluso es confundido con él, algo parecido a este Mesías de Goossens quien «en 1959 orquestó para su amigo y mentor Sir Thomas Beecham, uno de los directores británicos más influyentes de su época, este gran oratorio barroco. Los arreglos de Goossens fueron hechos pensando en una orquesta sinfónica», algo que se indica en el programa para no llamar a engaño, aunque a la vista del escenario y cualquiera que hubiese asistido a los muchos Mesías anteriores en la Catedral de Oviedo se daba cuenta que esta OSPA iba a sonar distinta, reforzada para la ocasión y en esta elección del Maestro Milanov que ya la dirigiese hace dos años en el Kennedy Center Concert Hall a la National Symphony Orchestra y Choral Arts Society of Washington, repitiendo el de hace hoy seis años, todo un espectáculo para los norteamericanos tan dados a estos fastos sinfónico-corales pero que en Europa nos rechinan aún más que a los ultracatólicos la película de Terry Jones.

Lo que voy a contar me traerá calificativos de retrógrado, purista y demás lindezas porque gran parte del público que llenó el Auditorio salió encantado, pero evidentemente quiero explicar mi personal punto de vista porque sobre gustos no hay nada escrito y todos son particulares.
Si a una fabada asturiana con todo su compango le añadimos patatas y berzas se convierte en otro plato que llamamos pote asturiano, aunque puede estar igual de rico, incluso más. Si el producto base es bueno, en este caso nuestras alubias que llamamos «fabes», podemos cocinar otros platos también exquisitos aunque diríamos que menos típicos pese a figurar en muchas cartas: fabes con almejes, con jabalí, con centollo, con angulas, con langostinos, y todo lo que queramos añadirle porque es una legumbre que se adapta a todo, aunque yo quiero quedarme con nuestra fabada asturiana. Habrá frijoles, judías y judiones, alubiones (de La Granja) y todo lo que se quiera, incluso podemos cambiar el compango tradicional de chorizo, tocino y morcilla por criollos, morcilla de Burgos o matachana de León, poner chistorra navarra y seguir cambiando ingredientes, todo muy rico pero ya no será una auténtica fabada asturiana. Cada uno que ponga el nombre al plato porque «¿a qué sabe la música?«…
El Mesías de Händel es como nuestra fabada, en principio un plato de ricos porque no todo el mundo tenía acceso a unos ingredientes caros aunque la sociedad ha ido mejorando y hoy podemos presumir de ser nuestro plato más universal que algunos quieren cambiar por el cachopo, muy popular aunque poco asturiano a pesar de chascarrillos y modas pasajeras. De cocina sabe más Milanov que un servidor, pero quiero pensar que tras la lucha por recuperar y reconocer el Barroco, una vez degustado en su punto ideal sería una pena pasarse de cocción con un plato que tanto tiempo llevó poner en su sitio. No soy muy aficionado a la cultura norteamericana que tanto daño está haciendo en nuestra juventud en una verdadera colonización donde los «burguers» son el emblema visible aunque no nos importe llamarlo comida basura.

Soy nacido en 1959, el año de esta (per)versión de E. Goossens con esta maravilla de oratorio barroco para cuatro solistas, coro y orquesta. Aunque Bach vence a Händel quiero contar que tengo en disco tres Conciertos de Brandemburgo en interpretación de la Marlboro Festival Orchestra dirigida por Pau Casals donde Rudolf Serkin toca al piano el papel del clave, un instrumento casi desconocido (o difícil de encontrar) allá por 1964, también versiones grandiosas de la Pasión según San Mateo con plantillas hoy diríamos que algo exageradas, pero hubo estudiosos que nos abrieron los oídos y las mentes para cocinar de otra forma encontrando los ingredientes apropiados en la proporción idónea, y así aprendimos a degustar estos platos de siempre, sin necesidad de excesos ni sucedáneos. En Oviedo han pasado distintos directores al frente de la OSPA para este Mesías con el que damos el pistoletazo de salida a la Navidad, pero la apuesta del cocinero Milanov creo que no era apta para mi paladar maleducado. La grandilocuencia y el espectáculo están en la propia música de Händel por la que Goossens parece no mostrar mucho respeto disfrazado de visión renovada. No es «el Bach de Stokowski«, que Milanov y la OSPA interpretaron en Musika-Música, ni tan siquiera aumentar efectivos para el original. Ni me atrevería a llamarlo orquestación porque no consiste en añadir percusión (bombo, platillos, triángulo, caja) donde los timbales ya tienen su protagonismo, y parece olvidar a los solistas, ampliando plantilla para un acompañamiento a los recitativos totalmente ignominioso, con un cuarteto de trompas más un arpa, o doblando arias con un clarinete bajo o flautín cuando no taparlas a base de redoblar el bombo o escuchar unos platillos atemporales. Tendría para seguir sumando sinsentidos que desdibujan, por no decir perturban una joya de la música barroca haciendo cual personal deconstrucción de una fabada inigualable. El famoso «Aleluya» puede parecer más impactante en esta destrucción del director y compositor británico en su época, adaptada muy al gusto de los actuales yanquis, los mismos a los que en los programas de mano se les pide que no marquen con el pie el ritmo de la música, aunque sigan mascando chicle o comiendo palomitas… Este no es Mesías sino Brian de Goossens, nada que ver con otros Mesías populares donde el respeto a la partitura no impide aumentar el número de participantes.

Los cuatro solistas internacionales tuvieron que luchar con el cocinero búlgaro, ingredientes de primera algo quemados en la olla a presión de una orquesta sinfónica que tocó lo que tenían escrito. La aragonesa Eugenia Boix puso el sabor español puro, conocedora como nadie de este repertorio que cantó un «Rejoice» limpio y sentido y un «How beautiful» al pie de la letra, sin perder la compostura con el «acompañamiento goossensiano» manteniendo el espíritu barroco en su canto, y un perfecto «He shall feed» con la contralto americana Sarah Couden, una voz ideal para este oratorio tan difícil en su registro, una mezzo grave, bien su «But who may abide» o «He was despised» tras el recitativo del barítono, devolviendo ese color tan especial, igualmente pugnando con la densa escritura orquestal. El tenor italiano Davide Giusti casi como su apellido, arrancando en frío su recitativo sinónimo antes de la hermosa aria «Ev’ry valley» llevada algo lenta, y destemplado hasta el «Thou shalt break them with a tod of iron» de la seguna parte, agilidades endiabladas de por sí con timbre bonito pero complicado brillar con una masa orquestal detrás. El mexicano Luis Ledesma hubo de cantar no «a bombo y platillo» sino con ellos, barítono más que bajo en «The people that walked in darkness» que Sir Goossens pareció tomar al pie de la letra, o la esperada «The trumpet shall sound and the dead shall be rais’d» donde quien «murió» fue nuestro Maarten al quedar reducida su piccolo a un plano nunca imaginado por Händel. Una lástima porque de tener la orquestación original hubiésemos podido disfrutar de estas voces más que prometedores.

El Coro de la Fundación sabe lo que son repertorios sinfónico corales románticos, contemporáneos y por supuesto este «Mesías» que llevan cantando hace muchísimos años con distintos directores, amoldándose a sus exigencias con verdadera profesionalidad, y este Goossens ha sido el más exigente por lo que supuso de intentar borrar tantos años de experiencia a sus espaldas, referencias totalmente distintas que acaban dando inseguridad, unida a unos tempi no siempre apropiados pero que compensaron con el dominio a base de fuerza, contagiados por una voluptuosidad inapropiada en pos de un espectáculo más de cocido que de fabada asturiana con mala digestión. Salieron airosos a pesar del fuego que casi quema el plato, «And the glory of the Lord» y «For unto us a Child is born» presentes, lo que ya era un triunfo, algo desajustados y cortos entre las cuerdas para «And He shall purify«, destemplados en el inicio de la Parte II «Behold the Lamb of God» donde tuvieron mucho más trabajo antes de un «Hallelujah» contagiados y algo desbocados hasta el «Amen» donde parecieron alcanzar la paz, aunque hubiese de regalar el popular «Aleluya» al que Milanov intentó sumar al repestable dentro de este espectáculo para mí bochornoso aunque entendiendo este «Refreshed» made in USA, porque el british es otra cosa.

De la sufrida OSPA solo ponerme en su pellejo y respigarme, debiendo tocar lo que tienen en el atril siguiendo las indicaciones del maestro. Me imagino el asombro de Rafael en la caja redoblando con el coro en este debut mesiánico, el triángulo otro tanto, Paco Revert al bombo atormentando al barítono y Jeffery con trabajo extra en casi todos los números. Del metal nunca tanto que tocar para no aportar casi nada: un cuarteto de trompas que debía hacer diabluras, un dúo de trompetas en un plano secundario olvidando un protagonismo propio, el trío de trombones y tuba doblando coros… La madera reforzada con intervenciones impensables siempre bien ejecutadas pero duplicando melodías o «engordando» recitativos, como clarinete y clarinete bajo, dos oboes más corno ingles, dúo de fagotes más bajo, flautín más flauta… ¿Goossens enloqueció? Y la cuerda a partir de cinco o seis contrabajos calculen, además de la mencionada arpa cuyos armónicos y resonancia no casan muy bien con la voz, así que pueden ir calculando el derroche tímbrico a pesar de buscar dinámicas apropiadas para lo imposible. Las partes donde el Sir no añadió demasiado de su cosecha, casi como limitándose a transcribir el órgano del que prescinde incluso parecían originales aunque más llenas, pero del alemán nacionalizado inglés sólo la presencia melódica, unes fabes de primera perdidas en una olla gigantesca con fuego excesivo que acabó atormentándolas. El chef Mr. Milanov nos sirvió una hamburguesa con patatas fritas cuando esperábamos alta cocina, pero la carta avisaba antes de probar el plato servido por la Fundación.

Magníficos inconfundibles

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Viernes 4 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Los designios del destino», Abono 3 OSPA, Jean-Efflam Bavouzet (piano), Ari Rasilainen (director). Obras de García Abril, Mozart y Tchaikovsky.
Festividad de Santa Bárbara, patrona de mineros y artilleros en cierto modo conmemorada con este concierto que aunaba obras con sello propio donde no faltó pirotecnia variada y devolvía al podio asturiano al finlandés Ari Rasilainen, con quien la OSPA se nota volcada, gran concertador y esta vez con una segunda parte magnífica.

El turolense Antón García Abril (1933) escribió los Cantos de pleamar (1993) por encargo del CNDM para el IX Festival de Música Contemporánea de Alicante extinto con los tijeretazos, estrenada por la Orquesta Sinfónica de Galicia y dirección de Maximino Zumalave. Hoy nuestra OSPA creo que dejó muy satisfecho al compositor, presente en la sala, atravesando un momento de excelencia en todas sus secciones, esta vez sólo para la cuerda que sigue sonando única, interpretando esta partitura de caracter atonal pero con giros clásicos y acordes reconocibles, de escritura clara explotando el color sin necesidad de buscar técnicas «innecesarias» para expresarse desde el sello inconfundible de un autor que podemos considerar verdadero melodista.
La inspiración marina nos toca de cerca tanto a los asturianos como al director finlandés que llevó la orquestación con verdadero mimo en tímbricas y dinámicas, con ritmos claros y precisos buscando la grandiosidad del cosmos con el mar como reflejo, cuadros de olas otoñales y calma chicha, espuma chispeante como estrellas acuáticas desde la contemplación casi mística que el propio compositor escribe o describe y las notas al programa (enlazadas en los autores al principio) del doctor Alejandro G. Villalibre recogen. Realmente la orquesta tradujo a música las palabras del maestro García Abril: «La plemar poética, colmada de impulsos de plenitud, la pleamar inspirada y litúrgica». Un placer seguir escuchando la música de uno de nuestros compositores vivos abriendo velada, al que Asturias y la OSPA siempre tendrán en su historia musical.

En el Concierto para piano nº 17 en sol mayor, K. 453 (1784) de Mozart pudimos escuchar al francés Jean-Efflam Bavouzet que nos dejó una versión clara, limpia, sin excesos dinámicos, bien concertada por el director finlandés con una formación equilibrada y perfecta para un clasicismo que el solista pareció olvidar en sus cadencias, sorprendentes por darles unas armonías y lenguaje impresionista tal vez buscando actualizar a un Mozart que no lo necesita. Puedo entender que a partir de él los compositores decidiesen escribirlas porque la libertad también debemos respetarla. De las muchas cadencias realizadas por los propios pianistas me quedo con la de Andreas Staier por el escrupuloso estilo en este mismo concierto, o la de Gulda, capaz de aparcar su estilo de jazz y respetar el inconfundible sello mozartiano recreando desde la técnica pero sin perder identidad. Bavouzet apostó por lo difícil, pues tras un Allegro bien llevado en líneas generales, su «fermata» me dejó descolocado, no ya por las modulaciones en las que se adentró sino por la rítmica y armonía totalmente ajenas, impactando técnicamente pero cambiando totalmente el color de un concierto brillante. El Andante discurrió en la misma línea, con una orquesta adecuada, maravillosa madera y una dirección en busca de la mejor concertación, no siempre fácil por el discurso francés, alcanzando otra cadencia algo más «contenida» pero nuevamente sorprendente por desarrollo. Es cuestión de gustos, pero coloquialmente no pegaba ni con cola, tal vez una boutade de inspiración impresionista por los acordes y trinos antes de finalizar el movimiento central mozartiano. El Allegretto fue volver a la raíz, recuerdos operísticos con la sencillez melódica en todas las intervenciones, sonidos cristalinos pulsación diáfana en el piano del francés para un discurrir luminoso, trinos, tiempo ajustado y equilibrio con una orquesta asturiana en estado de gracia dirigida por un finlandés.

Al menos la propina de Reflets dans l’eau (Debussy) mantuvo ese algo que las hace inconfundibles, la plasticidad y armonías tan francesas que esta vez sí mantuvieron identidad acorde con la época y estilo, dejándonos el Bazouvet habitual y esperado, pianista de técnica impresionante con sonoridades casi de la pleamar inicial.

En broma siempre digo que «no hay quinta mala» y es que la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (1888) de Chaikovski es una de las más grandes obras orquestales, con una plantilla reforzada en el número exacto para alcanzar toda la inmensidad de una partitura que conmueve en sus cuatro movimientos, «destino» amargo que finalmente alcanza la luz, llevada de memoria por un Rasilainen que la entendió diáfana sacando de todas las secciones y solistas de la OSPA lo mejor.
Hago referencia al refuerzo necesario porque el poderío de los metales con cinco trompas, dos trompetas, tres trombones y tuba más las tres flautas con el  resto de madera a dos exige una cuerda más numerosa, lo que brindó un balance dinámico realmente perfecto para las exigencias de la quinta del ruso. El maestro finlandés arrancó el Andante-Allegro con anima dejando fluir el clarinete aterciopelado de Andreas Weisgerber sin decaer la pulsación antes del fogoso desarrollo siguiente sin excesos para paladear maderas inspiradas y la cuerda asturiana como nunca, buenos balances con los metales poderosos sin tapar protagonismos, incluso los timbales presentes ayudando a la sensación de seguridad global. Difícil encontrar calificativos pero la sensación de sonido compacto y poderoso marcó este primer movimiento lleno de contrastes bien definidos, pizzicati claros, melodías llevadas con decisión sin amaneramientos. El Andante cantabile con alcuna licenza subió el lirismo y buen gusto interpretativo, contrabajos envolviendo una cuerda sedosa ideal para acompañar con esmero el conocido y bellísimo solo de trompa con el alicantino Miguel Ángel Martínez Antolinos pleno de musicalidad y acertado, bien contestado por las demás intervenciones al mismo nivel del solista, verdaderamente «cantable» por un tiempo sereno que permitió emocionarse con este movimiento único donde la melodía triunfa en cada intervención instrumental, todas de altura, calidad y gusto interpretativo. El Vals: Allegro moderato sonó realmente de ballet, acentuaciones adecuadas, tensión en el momento justo, dirección jugosa dejando disfrutar a todas las secciones, recreándose en la cuerda con las pinceladas de madera, equilibrios de secciones para relucir las intervenciones de fagot o flautas, cambios de tempo donde las notas se percibieron limpias en todos los instrumentos. Y qué decir del Finale: Andante maestoso-Allegro vivace, el camino sinuoso de la amargura inicial que alcanza una felicidad impensable en un desarrollo exigente en todos los terrenos musicales con el sello inconfundible del ruso: los cambios de tiempo, la riquísima paleta instrumental, el equilibrio entre las secciones, el ritmo cual motor de alto caballaje, las dinámicas extremas… otra prueba de fuego superada con sobresaliente, las recapitulaciones temáticas en recovecos de riqueza tímbrica y el empuje en ese vertiginoso final, energía pura sin desbocarse, bien encauzada desde una batuta que volvió a triunfar con la OSPA, algo que todos los presentes entendieron aplaudiendo larga y merecidamente, obligando al maestro escandinavo a salir tres veces pese a la duración del concierto. La «temporada plateada» avanza desde lo alto en este inicio de diciembre.

Climatologías musicales

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Viernes 27 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2 OSPA, Ludmil Angelov (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Saariaho, Chopin y Sibelius.

Volvía la OSPA a los conciertos de abono tras el paréntesis operístico mozartiano que le ha venido realmente bien, con si titular al frente en un programa de los que le gustan y domina, algo que se percibe en muchos detalles. La estructura del concierto la ya centenaria de colocar en el centro un concierto solista y finalizar con obra sinfónica, en este caso continuación casi del día anterior en el mismo auditorio aunque con otra formación con una obra breve, a veces de estreno, para abrir velada.

También volvían las conferencias previas una hora antes, esta vez con Daniel Moro Vallina, autor de las notas al programa (que dejo enlazadas arriba en los autores), centrando perfectamente, aunque con tecnicismos que no todos los presentes entendieron, las obras a escuchar con el título París-Helsinki: Centro y periferia europea del siglo XIX para un concierto bautizado como «Auroras Boreales I» al enmarcar a Chopin entre dos finlandeses.

Comenzábamos con el estreno en España de Cielo de Invierno (2013) de la compositora Kaija Saariaho (1952), en la línea de otras contemporáneas basada en «texturas espaciadas que evolucionan lentamente desde el sonido individual a la totalidad del espectro armónico» que escribe el conferenciante, o si se quiere, el trabajo del timbre instrumental para crear ambientes o imágenes sonoras que sabiendo corresponde a la segunda parte de una trilogía titulada Orion (2002) y abandona su habitual estilo electrónico para reencontrarse con la orquesta, nos da una idea de música cósmica. Con amplia plantilla donde no faltaba la percusión más piano y celesta (hoy tocados por dos compositores como Omar Majbour Navarro y Guillermo Martínez, puede que por entender mejor la mecánica de estas obras cercanas a su generación), saca sonidos que evocan constelaciones, estrellas, frialdad cósmica vista y sentida desde su país natal, tiempos lentos casi flotantes con los instrumentos utilizando sordinas, registros no habituales y una serie de capas superpuestas que el director búlgaro iba balanceando para pasar de unos planos a otros, sin olvidarse de unas dinámicas extremas (impresionante el pianísimo final) que completan un lenguaje poco personal y más argumental por no llamarlo descriptivo, incluso sin saber nada de la obra. Bien todas las secciones y los refuerzos para seguir apostando por la escucha de obras actuales, puesto que debemos educar el oído como el resto de los sentidos.

La parte central nada menos que el Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi menor, op. 11 de Chopin a cargo de Ludmil Angelov, compatriota de Milanov por lo que podríamos decir que hablaron el mismo idioma para una escritura donde el protagonista es el solista y la orquesta acompaña con la dificultad del siempre necesario rubato romántico un poco en la línea del canto como también nos contó el doctor Moro en la conferencia. Sonido limpio y cristalino el de Angelov, con la técnica apropiada para Chopin, sin gran sonoridad y bien concertado por Rossen, disfrutando de este concierto que los pianistas de mi generación asociamos al último año de la entonces llamada carrera profesional. Salvo ligeros retrasos de la orquesta en algún final de frase, destacar la «colocación vienesa» que ayudó a ganar en color el papel orquestal de arropar al solista redescubriendo contestaciones del fagot o unas trompas contenidas y bien ensambladas, aunque siempre triunfando el piano en un clima de temperatura otoñal, con un buen comunicador el pianista búlgaro.
Y no podía haber otras propinas que Chopin, en solitario y con la misma limpieza y ligereza del número 1, el Nocturno en do sostenido menor profundo en lectura, más un personal Vals op. 64 nº 2 en la misma tonalidad, donde los juegos de tiempo fueron algo excesivos pero lógicamente buscando aportar algo nuevo para un repertorio que todo melómano conoce de memoria. Un excelente solista Ludmil Angelov en unas obras donde está reconocido como intérprete de referencia, aunque los grandes sigan en activo pese a los años que aún tiene por delante el búlgaro, verano de la Europa central en plena primavera vital.

Los fríos finlandeses los degustamos el jueves como preparándonos para estos climas nórdicos donde la música de Sibelius y otros vecinos parecen dibujar paisajes blancos de nieve, cielos azules intensos con auroras boreales, pero también bosques de apariencia devastadora con un encanto que a los asturianos nos toca de cerca, aunque sea un invierno con mejor temperatura. Finlandia y la segunda sinfonía nos hicieron descubrir una orquesta distinta de la habitual pero «Leyendas» la Suite Lemminkäinen, opus 22 sacó de la OSPA sus mejores cualidades, con Milanov sabedor de todos los recursos y calidades. Cuatro poemas sinfónicos o cuentos, historias de la mitología del frío con aires rusos cercanos y una escritura orquestal bellísima, llena de contrastes entre secciones, con intervenciones solistas que reafirman la calidad de cada atril, cuatro obras con personalidad propia conectadas por la unidad interpretativa desde un clima nunca gélido pero sí tenebroso, muy Mordor astur por emplear una imagen muy nuestra.
Lemminkäinen y las doncellas de la isla, arrancando con las trompas seguras, la madera nostálgica y alegre pero sobre todo la cuerda que nos cautiva, compacta, propia, presente, incisiva y aterciopelada, dinámicas muy trabajadas y manteniendo la pulsión del personaje con todas sus aventuras, melodías con el sello finlandés indescriptible con palabras e inconfundibles al oído, energía y vitalidad.
El cisne de Tuonela, probablemente lo más conocido de esta suite, nos dejó dos solos de corno inglés y cello dignos de unos intérpretes de primera que sintieron e hicieron sentir el ambiente nórdico desde nuestro paisaje y lenguaje asturiano, bien arropados por sus compañeros con un Milanov dejando fluir las melodías.
Lemminkäinen en Tuonela volvió a dejarnos una cuerda increíble, misteriosamente clara, trémolos presentes jugando con intensidades y ataques, la percusión, especialmente el bombo, más todo el viento derrochando protagonismos compartidos que el director búlgaro impulsó con autoridad en busca de la temperatura adecuada, balances dinámicos acertados y tensión mantenida con ritmos cambiantes y tímbricas increíbles.
El regreso de Lemminkäinen es como la reafirmación del paisaje plateado, los veinticinco años de esta OSPA continuadora de una larga tradición sinfónica asturiana que alcanza ahora un momento ideal para afrontar cualquier repertorio aunque Sibelius suene siempre especial en ella, y este regreso del protagonista nos permitió disfrutar de nuevo con todas y cada una de las secciones con un Milanov inspirado, brillo de metales, «pizzicattos» de cuerda punzantes, ritmo vigoroso y alegre reforzado por toda la percusión, píccolos volando a dúo, clarinetes chispeantes, tuba poderosa, trompas empastadas como nunca, la formación al completo y una sensación de trabajo bien hecho que como público agradecemos siempre, con ese final apoteósico que nos levantó el ánimo ¡y las posaderas!. Los siguientes directores invitados tienen ahora la responsabilidad de mantener e incluso superar el nivel actual.

L.A. Finlandia mediterránea

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Jueves 26 de noviembre, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Francesca Dego (violín), Oviedo Filarmonía, Pedro Halfter Caro (director). Obras de Corigliano y Sibelius.

El cambio de última hora de director tras la «indisposición» del venezolano Matheuz no supuso contratiempos pese a la dificultad del programa sino que todo pareció como reforzado con la llegada del madrileño Pedro Halfter que transmitió seguridad, decisión e ímpetu a los músicos, siempre desde el dominio de las obras (enhorabuena a quien realizase la rápida gestión de encontrar esta perla española para un programa ya decidido), la excelente concertación con la solista y sobre todo con la visión mediterránea de dos estilos tan dispares como el del finlandés Jean Sibelius y el cinematográfico «made in Hollywood» de L. A. (como llaman los americanos a Los Ángeles de un John Corigliano que no desentonó con el nórdico.

La violinista italiana Francesca Dego impactó y convenció desde la afinación previa con un sonido potente, de armónicos capaces de sobreponerse a una masa orquestal poderosa, con una técnica sobresaliente no ya en la mano izquierda sino con un dominio del arco que sacó del violín el verdadero espíritu del título de este concierto para violín y orquesta más su película correspondiente, «El violín rojo» con cuatro movimientos que nos llevan a distintos ambientes en la historia de un instrumento cargado de dramatismo con una escritura actual que no pierde referentes históricos y bien comentado en las notas al programa de Luis Suñén. Todas las secciones de la OFil sonaron convincentes, cómodas, con tensión y relajación en el momento justo, por fin una cuerda homogénea con pegada en el grave, carnosa, realmente jugosa en una partitura complicada de ejecutar por todos que el maestro Halfter llevó realmente bien. Impresionante la Chaconne primigenia y fílmica así como su crecimiento tímbrico, dinámico y rítmico desde un violín subyugante que irá «enrojeciendo» en carácter contagiado a toda la orquesta: percusión ajustada, metales seguros con unas trompas aterciopeladas y una cuerda redonda, más unos solos llenos de pasión y energía compartida. El Pianissimo Scherzo delicado y presente en todas las secciones mostró la calidad de una orquesta necesariamente más contenida alcanzando unas tímbricas etéreas realmente muy logradas, al igual que el violín de la italiana, armónicos claros bien arropados por una cuerda percusiva con los arcos ayudando a crear ese ambiente. El Andante flautando incidiendo en la misma onda positiva, luchando con los paraguas desmayándose con una cuerda este jueves convincente, con garra y rubricando las intervenciones solistas con unos graves que hacían vibrabar las entrañas desde un lirismo cálido pero aguerrido en una montaña rusa de emociones escritas con dinámicas vertiginosas plagadas de «sustos y remansos». Pero sobre todo el epatante Acelerando finale que sacó lo mejor de todos, director, orquesta (sobresaliente para la percusión) y solista, casi una danza macabra explosiva redondeando un concierto de nuestro tiempo estrenado por Joshua Bell en noviembre de 1997 que «la Dego» está haciendo suyo en este su tiempo.

Y dos propinas generosas para acabar de convencer de su dominio técnico al servicio de una musicalidad cálida, mediterránea, la Sonata nº 3 «Balada» de Ysaÿe y el Capricho nº 16 en sol menor, Presto de Paganini con exhibición cargada de sentimiento que me llevé a casa grabado con los otros veintitrés en el CD firmado por la elegante y guapa Francesca Dego, amable con todos los que se acercaron a charlar con ella.

El gran Sibelius (del que mi admirado David Revilla tiene el mejor blog en castellano) enmarcó al norteamericano, abriendo con Finlandia, op. 26 y cerrando con la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43, con una Oviedo Filarmonía distinta a los últimos conciertos, pletórica en todas las secciones y entregada al magisterio de Pedro Halfter. El arranque del poema sinfónico (sin los coros, lógicamente) ya presentó un sonido compacto, tenso en todas las secciones, que el director y compositor madrileño se encargó de cuidar al detalle, metales sedosos a la vez que presentes jugando con trompas y trompetas más trombones con tuba, timbales protagonistas asegurando la pulsión, cuerda enérgica y limpia desde los contrabajos a los violines, solo algo «escasas» en número las violas pero sin merma de la sonoridad global. Sorpresa positiva escuchar esta obra «puro Sibelius», a la vez cálida como en un deshielo primaveral, ruptura del hielo que aún respira aire ruso pero con anticiclón mediterráneo, latino si se quiere aunque germano por una dirección clara y precisa, pletórica como nunca.

Y la segunda sinfonía que hemos escuchado varias veces en este mismo auditorio (recordando muy bien la que dirigiese a la OSPA mi querido Ari Rasilainen) sonó fresca y homogénea, esperable tras la primera parte, cuatro movimientos con el sello inconfundible y el carisma de un sinfonista como el finlandés, energía y claridad en toda la gama dinámica, Halfter transmitiendo conocimiento con cada gesto en una partitura exigente para todas las secciones de la orquesta hoy reluciente, entregada, convincente de principio a fin. No huyó el maestro de tiempos más serenos, sin renunciar a unos «rubati» bien entendidos como en el segundo movimiento -dejando disfrutar de los solistas-, el Vivacissimo-Lento e suave-attaca demostró que la formación capitalina rinde cuando se la dirige con las ideas claras a pesar del poco tiempo con que el madrileño ha contado, apostando por un final verdaderamente poderoso al servicio de ese Allegro moderato emocionante, música en estado puro. De no saber la trastienda de este concierto hubiésemos pensado que es su titular (creo que no importaría a nadie que lo fuese) por cómo llevó tanto la sinfonía como el resto del concierto. Una alegría tener un español entre las batutas de referencia mundial capaz de desenvolverse tanto en el foso como sobre el escenario, y este jueves volvió a demostrarlo con la OFil. ¡Bravo Maestro!

Dos conciertos en uno

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Sábado 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano «Luis G. Iberni». Bertrand Chamayou (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Scriabin, Ravel y Rimsky-Korsakov.
Buena inauguración de las jornadas de piano que llevan el nombre de su impulsor, con una OFil cada vez más madura y compacta, hoy algo reforzada para la ocasión, su titular al frente más un joven pianista francés y valiente que se atrevió con dos conciertos en vez de uno, el del ruso Scriabin con el que se estrenaba, más el de su compatriota Ravel.
Se nota el trabajo previo de la formación carbayona porque cada sección está segura y compenetrada, hoy echando de menos un poco más de tensión en los cellos que resultaron «blanditos» en comparación con sus hermanos contrabajos, hoy cinco, que redondearon un equilibrio en la cuerda necesario para el programa sabatino, una madera convincente con solistas increíbles, los «bronces» también con refuerzo que sonaron compactos aunque demasiado presentes por momentos (no fue culpa suya) y una percusión un poco insegura como contagiada de un Conti que estuvo desigual en las tres obras de este primer sábado de noviembre.

El Concierto para piano en fa sostenido menor, op. 20 (1898) de Alexander Scriabin (1872-1915) tiene todos los elementos para gustar, manejando los dos instrumentos para los que compuso toda su vida, piano y orquesta, aún joven sin adentrarse en demasiadas «complicaciones», con un melodismo postromántico seguidor de Chopin o Liszt aunque con aire ruso propio digno también de su amigo y compañero Rachmaninov, piano protagonista arropado por una orquestación delicada que nunca enturbia al solista. Tres movimientos (Allegro-Andante-Allegro moderato) casi cinematográficos en su discurrir, con un Chamayou de sonido limpio, pulcro, potente cuando la partitura lo requería, fraseos bien llevados y una concertación por parte de Marzio Conti sin mayores dificultades, con la orquesta respondiendo sin más problemas que los antes apuntados para una obra delicada, lírica y transparente. Especialmente sentido el movimiento lento central con sus variaciones para disfrutar de todo lo escrito antes del «viril» final que diría Jeremy Paul Norris y bien comenta Miriam Perandones en las notas al programa.

Más complicaciones para todos presenta el Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1932) de Maurice Ravel (1875-1937), original y exótico para el momento con fuertes influencias del jazz y exigencias rítmicas para solista y orquesta que Conti hubo de sortear con desigual fortuna. De nuevo impresionante el sonido y entrega de Bertrand Chamayou, demostrando una claridad expositiva compartida por una instrumentación rica en tímbrica que los distintos solistas (arpa, trompeta, corno inglés, clarinete, trombón, percusión…) solventaron con colorido individual muy estudiado y personal. Estructura también en tres movimientos (Allegramente-Adagio assai-Presto) donde el pianista fue creciendo en intensidad y entrega aunque muy pendiente de la dirección por momentos errática y poco clara. Con todo el resultado final resultó más que agradable y el público obligó al solista a salir para regalarnos una espléndida y hermosa Pavana para una infanta difunta para no perder esa continuidad raveliana tan plenamente francesa, en el amplio sentido del término, convencido nuevamente de que el terruño ayuda a entender la música de uno, y Chamayou puso el mejor broche a esta jornada pianística con orquesta por partida doble.

La impresionante Scheherezade, op. 35 (Rimsky-Korsakov) son palabras mayores que requieren poso y pausa, dominar la masa sonora para no caer en ampulosidades innecesarias, sonsacar la riqueza tímbrica que atesora y mimar la agógica al detalle, algo que no hubo en la interpretación diseñada por Conti. Cada solo de Andrei Mijlin, concertino en la segunda parte, era un guante que no recogía el italiano, utilizando por momentos aires precipitados, atropellados, uniendo fortísimos de nuevo erróneos y erráticos. No entendí muy bien los juegos conversacionales en dos tiempos de trombón y trompeta cuando hablan el mismo idioma, supongo que intentando aportar algo nuevo a una obra que todos tenemos más que interiorizada. De nuevo los solistas volvieron a brillar aunque hubiese momentos tan atolondrados que daba vértigo escucharlos, miedo al error por un aire excesivo que tampoco ayudó a disfrutar con unos cuentos que fueron sólo de «quinientas noches». Lástima porque son obras sinfónicas para masticarlas bien, y pausarlas, antes de tragar. Los ad libitum en los solistas sí resultaron melódicos y los pianos presentes, pizzicati por fin audibles pero sin posibilidad de tomar aire antes de afrontar los cuatro relatos de la princesa. Esperaremos una versión más convincente.

Exquisito Kavakos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Leonidas Kavakos (violín y dirección), Orquesta de Cámara de Europa (Chamber Orchestra of Europe). Obras de Beethoven.

No se puede tener mejor inicio de temporada que Beethoven con dos de sus obras dirigidas juntas en Viena también por un violinista director como Franz Clement (como recuerda Ramón G. Avello en las notas del programa), esta vez Oviedo con el griego Leonidas Kavakos marcando diferencias como intérprete y aún más a la batuta, al frente de una orquesta verdaderamente excelente (también con españoles en sus filas, la flautista salmantina Clara Andrada de la Calle y el cellista leonés Luis Zorita) que nos dejó a todos con un sabor de boca difícil de olvidar. El trabajo previo se notó en cada movimiento, en cada tiempo, en cada textura, como un orfebre que haya trabajado todos los detalles, lo que nos permitió escuchar notas que están en la partitura pero no siempre salen a la superficie, y una calidad en todas las secciones que permitió disfrutar dos interpretaciones de altura.

El Concierto para violín en re mayor, op. 61 (1806) sirvió para impactarnos del sonido orquestal y solístico, más allá del Stradivarius «Abergavenny« siempre pleno de presencia, con un entendimiento más allá de la propia concertación, y un amplísimo abanico de dinámicas para una formación realmente de cámara aunque rondando los 50 músicos.

Tenía que ser un griego quien nos recordase este Clasicismo con mayúsculas, el que avanza inexorable hacia la libertad, escultura iluminando sombras y oscureciendo luces para no cegarnos y dar vida al mármol o la piedra en un concierto original desde su planteamiento inicial, Allegro ma non troppo sinfónico, pleno, con la colocación y elección instrumental estudiada para conseguir colores únicos, dos trompetas y timbales naturales a la derecha, violines enfrentados y contrabajos tras los primeros. La entrada del solista emocionando por la textura y calidez, la música fluyendo de forma natural en todos, las secciones sonando diferenciadas y uniformes, conduciendo lirismo desde una espontaneidad muy cuidada, Kavakos embriagándonos de música con el «tempo» perfecto y dirigiendo con la naturalidad de saberse entendido en cada momento, con una cadencia para paladear en cada detalle. El Larghetto trajo una cuerda sedosa, aterciopelada, equilibrada con el solista, engarzando sin problemas melodías antes de una nueva «cadenza» que puso la piel de gallina antes de atacar con exactitud germana el Rondó final, precisa la orquesta y precioso el violín, alegría, brillo, comunicación y entendimiento lleno de «rubatos» situados en el momento oportuno, midiendo hasta los calderones y con la velocidad suficiente para dejarnos con la miel en los labios por no tener aún más longitud. Orquesta de colores instrumentales únicos, plegada al ánimo del solista y director griego regalando música por todas partes en este único concierto para violín de Beethoven.

Aplausos y varias salidas para que Kavakos nos regalase la «Gavotte en rondeau» de la Partita nº 3 en mi mayor, BWV1006, un Bach perfecto en todos los sentidos, lección de arco, suavidad en los fraseos, dobles cuerdas con volúmenes diferenciados y siempre música a borbotones. Sólo podía estar Bach en medio de Beethoven.

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Eroica» (1804) me faltarán palabras para poder explicar la inenarrable versión del músico griego con la COE, pues hubo tanto para resaltar que seguro me olvido algo. La riqueza de la tímbrica fue algo único, las dos trompetas naturales presentes junto al timbalero nunca arrebatando volúmenes, el trío de trompas -que ya en dúo durante el concierto de violín sonaron aterciopeladas- como una sola por el color y orgánica en acordes; los fagotes precisos y preciosos, sonando por momentos a trompa y en el dúo con ella una nueva sorpresa auditiva; la flauta solista llena de registros emocionantes; clarinete cercanos al cello por fraseo y timbre; el oboe de una musicalidad que conmovía, con un Kavakos dejando fluir todo sin prisas, paladeando cada melodía con su carácter especial redescubriendo el «segundo estilo» de Beethoven, creación personal donde la música expresa sentimientos e ideas al igual que director y orquesta. No importa si originalmente estaba dedicada a Bonaparte porque realmente sonó y fue concebida como «heróica».
El Allegro con brio nos dejó una cuerda brillante y limpia en el fraseo, contrabajos y cellos presentes, madera y metales alternando protagonismo, dinámicas exquisitas sin perderse nada.
La Marcia funebre. Adagio assai tuvo el acierto de jugar con unos tiempos tranquilos que daban más esperanza que tortura interior, recordándome el sufrimiento del mejor Delacroix pero esperanzador por un más allá, quién sabe si la orilla del tema central, pletórico y magnánimo antes de volver a la triste realidad, emoción a flor de piel pero siempre contenida.
Del Scherzo. Allegro Vivace otro soplo de aire fresco, concepciones dinámicas y rítmicas que serán la firma del genio de Bonn enterrado en Viena, el sonido clásico evolucionado, rápido pero nada vertiginoso, de nuevo escuchando todo en su sitio, oboe, flautas, cuerda, fagotes, trompas, timbales y trompetas… ¡todo! como sólo las grandes formaciones y batutas pueden alcanzar cuando existe la química del entendimiento y la complacencia y aceptación del trabajo bien hecho.
La apoteosis llegó con el Finale. Allegro molto – Poco Andante – Presto, variaciones para degustar de una orquesta pletórica, madura, equilibrada, tímbricas casi desconocidas, dinámicas extremas capaces de acallar el auditorio, solistas impecables, secciones en sana rivalidad sonora, ritmo contagioso y vital, silencios majestuosos, contención y vigor con un director de gesto adecuado, casi contenido, pero que saca a flote la riqueza de una partitura que sigue siendo necesario escucharla al menos una vez al año porque siempre descubrimos algo nuevo doscientos años después, máxime con músicos como los de este inicio de temporada que ha puesto el listón muy alto y las emociones a tope.

Leonidas Kavakos quedó firmando discos, aunque mañana estarán en Lisboa, joyas todos y público de todas las edades haciendo cola, siendo los jóvenes quienes disfrutaron como los que más porque también saben paladear lo exquisito, precisamente por escaso.

Tras la gloria

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Jueves 22 de octubre, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre con invitación.
Puntualidad británica, protocolo obliga, en «el concierto de Los Premios» presidido por el Rey Felipe VI que comenzó con todos los intérpretes en el escenario escuchando el «Himno Nacional» llevado por el Maestro Conti con marcialidad y contención en su debut en este concierto previo al viernes de la ceremonia de los Premios, antes de comenzar la Misa «del Gloria» para un público no habitual que aplaudió al finalizar el segundo de los cinco números, puede que por el ímpetu mostrado en él. Y es que tras el ensayo del día anterior donde ya había unos tiempos extremos y dinámicas contrapuestas en busca de la mayor expresividad, este jueves «a la gloria«, que resulta principal no ya por el título, se llegó volando más que planeando.

El Coro de la Fundación, que dirige y trabaja muy bien todo el año con su titular, fue el verdadero protagonista, plegado a los designios del director italiano, luchando por mantener el brío, mostrándose más cómodo en los lentos, aunque para los solistas no lo fuese. Pese a mi ubicación en la Sala Polivalente como un componente más de la formación, pude comprobar la presencia siempre clara de las voces así como de la orquesta, de matices definidos y equilibrio entre las secciones, solo algo roto por los metales compensado por el excelente efecto orgánico del Maestoso «Quo niam tu sous», aunque los tuviera a todos de espaldas, buen síntoma de su proyección y acústica, totalmente distinta sin la pared habitual.
Del concierto me quedo dentro del extenso y variado Gloria con su «Laudamus te» más el «Domine deus» homofónicos y matizados por coro y orquesta, verdadero remanso tras el vértigo, elevado a placer con David Menéndez del «Qui tolis» poderoso, medido y cantado con el sentimiento y fraseo necesarios, así como el Allegro fugado por la dificultad del aire elegido por Conti para voces e instrumentistas que respondieron al stress «Cum sancto spiritu«.

En el Credo también hubo momentos para degustar este plato joven del de Lucca, la orquesta en tresillos mientras el coro cantaba «et expatre natum» en un trayecto vital y textual hacia el «lumen de lumine»por la carga tímbrica lograda por Conti preparando el bellísimo «Et incarnatus» bien cantado por Ramón Vargas, timbre ideal para Puccini, más encajado pero no perfecto (de hecho lo debutaba hoy en Oviedo), al que me pareció algo falto de pianos en los agudos, pero de fraseo hermoso con un coro compañero de lujo, y de nuevo David Menéndez «clavando» el «Crucifixus» que me supo a poco por lo bien escrito y mejor cantado, en compañía de un coro arropando y disfrutando a medida que avanzaba este acto de fe tan pucciniano.
Con el Sanctus y Benedictus ya alcanzamos «Pleni sunt coeli et terra», nueva lección del barítono asturiano sobreponiéndose sin problemas a una orquesta en su plano tras aparición regia y comentarios conyugales en el palco, y un «Hosanna» convincente (supongo que sin segundas intenciones). Quedaba el dúo final de los solistas, empastados, unísono antes del último paseo «miserere nobis» no tan impactante como el gloria aunque se buscase la misma desde el final recogido bien marcado por el director italiano.

Punto final hacia las 20:20 h. con «Asturias Patria Querida» sonando sinfónico-coral y popular entonado por todo el «coro trasero», con final italiano al que tendremos que cantárselo más a menudo. Aplausos familiares y salida rápida para la aldea del que suscribe, escapando de tumultos y protocolos.

Ensayo de gloria

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Miércoles 21 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias, ensayo general: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre (con invitación)
Ensayo general para el «concierto de los premios» del jueves a las 19:30 horas al que asisten los actuales reyes (parece que la reina asturiana llegará más tarde, pues estará con Coppola en Gijón) desde que eran príncipes, y ahora la Fundación renombrada «Princesa de Asturias» donde su coro muestra lo mejor de su repertorio sinfónico coral, esta vez debutando la OFil con su titular y una preciosidad de claro sabor operístico como la Misa de Gloria (titulada originalmente «Misa para solistas, cuatro voces y orquesta», 1880) del compositor de Lucca.
De solistas el afamado tenor mexicano Ramón Vargas, que no dio la talla aunque los generales siempre son para encajar más que interpretar, y el barítono asturiano David Menéndez en un momento vocal único y con una trayectoria bien trabajada y asentada en el panorama lírico.

Cinco números con el sello de Puccini para una obra juvenil de apenas una hora de duración donde las voces se mueven en registros medios y graves que dificultan presencias con una nutrida y poderosa orquestación más unos agudos nunca excesivos y bien situados, música al servicio del texto del ordinario de la misa católica.
El maestro Conti optó en este ensayo por dinámicas variadas en todos los intérpretes y agógica casi extrema, tendiendo a unos rubati excesivos que hacían perder pulsación, acelerando en fuertes para frenar los pianos, incluso ritardandi también algo largos, aunque el coro siempre respondió atento al italiano.
El Kyrie arrancó con una cuerda sedosa de graves marcados antes de la entrada del coro casi celestial, con sopranos contenidas en pos de la melodía serena que va contestándose por tenores, bajos y contraltos más el subrayado orquestal antes del «Christe» poderoso en su modulación, casi de requiem dado el carácter marcado por trombones y tuba antes del nuevo «ascenso al cielo», revoloteos pletóricos de esa ondulante melodía.
Contraste total para un Gloria indicado como Allegro ma non troppo despojado del calificativo al buscar un aire casi infantil y demasiado fresco que impidió paladear el texto latino, aunque la orquesta pareció disfutar con este ímpetu casi marcial cual homenaje verdiano de tinte egipcio, deteniendo el vuelo en el «Et in terra», litúrgico en concepción e interpretación, orquestación con reminiscencia de órgano y polifonía clásica de motete elevado a un lenguaje claramente operístico, por lo que esta misa fue tachada de caracter teatral cuando dramatizar consista precisamente en esto, apareciendo el primer solo de tenor «Gratias» cual aria con si bemol incluido y flauta límpida, al que faltó algo de sentimiento y sonido más pulido, menos abierto (puede que por lo comentado de un general), algo que la cuerda sí tuvo presente remarcando los silencios del solista con aromas «bohemios» antes de volver a la gloria coral con un «Qui tollis» para deleite de las voces masculinas contestadas por unas blancas cantando con verdadero mimo y tensión compartida, nuevamente verdiano y marcial de metales presentes manteniendo volúmenes desde el podio, más un «Cum Sancto» impecable, con tensiones bien resueltas para saborear ese fugado final con una orquesta sincopada.
Verdadero acto de fe el Credo aparentemente sencillo pero con recovecos de todos, coro, orquesta y solistas, inicio fortísimo pero de registro grave en el coro, impecable en dinámicas que mantuvo el tipo en todo momento, llegando el solo de tenor sin amoldarse al «Et incarnatus» (el concierto espero sea otra cosa), más buscando encajarlo que sentirlo, agudos tensos y buscando el entendimiento, todo lo contrario del «Crucifixus» del asturiano que resolvió con seguridad y potencia, grave contundente más agudos sostenidos incluso en los pianos, verdadera demostración de buen gusto y musicalidad hasta el los momentos «soto voce» que la orquesta redondeó desde la cuerda, rubricando un excelente número.
El Sanctus et Benedictus devolvió la dulzura sinfónico-coral, escritura con lenguaje propio llena de momentos plenamente luminosos junto a los destellos de oscuridad expresiva, orquesta subyugante en busca de paleta propia, barítono arropado y compartiendo colorido, «Hossana!» que se apaga antes del cierre con el Agnus Dei que nos dejó un dúo solista desequilibrado del lado «visitante» y compensado por los «locales», barítono y coro seguros (manteniendo su «Miserere» afinado) bien apoyados por la orquesta de un Conti enamorado de esta partitura rescatada en 1952 que hacía años no escuchaba en Oviedo.
Ensayo fructífero para todos aunque el concierto siempre es distinto… Mi ubicación será otra pero promete emoción y pasajes para disfrutar.

Música con aromas

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Viernes 16 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 OSPA, Alexander Vasiliev (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Benito Lauret, Prokofiev, Marcos Fernández Barrero y Paul Hindemith.
Comenzó oficialmente nuestra temporada de la orquesta asturiana, la de sus bodas de plata con una conferencia previa al primero de abono, que derivó en tertulia con varios de los presentes, a cargo de la gerente Ana Mateo acompañada por el gestor y crítico musical Cosme Marina recordando los inicios de la OSPA así como sus orígenes, allá por 1939 (si bien ya existía en la Segunda República) con Ángel Muñiz Toca de concertino y posterior director (olvidándonos de Vicente Santimoteo Maderuelo) o Benito Lauret (¿para cuándo su homenaje?), aquella Orquesta de Cámara de Asturias que tanto ayudó a cimentar la posterior Orquesta Sinfónica de Asturias (OSA) con un joven Víctor Pablo Pérez, antes de la constitución profesional de la formación actual en 1991, donde el tándem Inmaculada Quintanal – Max Valdés relanzaron a nivel nacional e internacional la orquesta, verdadera marca Asturias. Interesante tertulia que casi enlazó con el concierto y donde uno de los mayores retos planteados está en la formación del público futuro, enlazando ocio y formación puesto que el proyecto Link Up llegará este curso escolar a su cuarto año, movilizando más de 5.000 escolares de nuestro Principado para actuar con la OSPA cada primavera, todo un ejemplo a seguir que nos ha traído desde la Fundación Kurt Weill del Carnegie Hall neoyorquino el titular actual Rossen Milanov, implicando a docentes, profesores y administraciones. Está por escribirse el libro de estos casi 100 años de historia, donde Oviedo y toda Asturias siempre han tenido en la música su peculiar seña de identidad.

Foto ©OSPA

No se han olvidado los responsables de continuar con la propuesta ¿A qué sabe la música? que aglutina el director y cocinero búlgaro con los más reconocidos colegas gastronómicos, esta vez Luis Alberto Martínez de Casa Fermín, quien comentó desde el escenario antes de arrancar el concierto su propuesta plenamente autóctona, «Otoño», con ingredientes de temporada donde están las castañas o las setas, abriendo todos la caja sorpresa entregada al entrar, que contenía globos azules y amarillos (colores de la bandera asturiana) y en su interior aroma de canela, que al soltarlos impregnaron el auditorio para enmarcar el arranque de las Escenas asturianas (1976) de Benito Lauret Mediato (1929-2005), verdadero regalo que el músico cartagenero nos hizo a nuestra cultura, reflejando como nadie la riqueza del folklore asturiano y elevarla a la categoría de música culta. Melodías con orquestación pletórica y luminosa que no podían faltar en este concierto, obra que muchos de los integrantes han interpretado con distintos directores y formaciones (hay un excelente arreglo para Banda) y tomándolo como nexo universal para sentir todos esta esencia asturiana, Milanov el primero y plenamente integrado, dejándonos una versión alegre, nacionalista (aunque el tiempo va cambiándole el color) y diáfana precisamente como nuestra estación más bella, el otoño.

Alexander Vasiliev es el concertino de la OSPA desde sus inicios, diríamos que la cara visible y casi emblema de la formación, siendo habitual ese paso al frente para actuar como solista, dejando su sitio a la ayudante Eva Meliskova, y esta vez con el Concierto para violín nº 2 en sol menor, op. 63 (1935) de Sergei Prokofiev (1891-1953). Podría escribir tanto del autor como del intérprete puesto que ambos sienten esta música como propia, casi genética, y así nos la hicieron llegar con una plantilla orquestal menos numerosa, diríamos que clásica (sin trombones ni tuba) que ayuda a disfrutar del solista, de presencia compacta en todas sus secciones, manteniendo la colocación vienesa de anteriores temporadas, y que brilló con su concertino en sus tres movimientos, juegos tímbricos combinando emparejamientos agradecidos y técnicas acertadísimas. El Allegro moderato arropado por la cuerda grave mostró el virtuosismo de Vasiliev, pizzicatos bien presentes para completar atmósfera preparando un Andante assai emocionante y casi religioso con coprotagonismo del clarinete en el mismo idioma, antes del Allegro ben marcato contrastante, en cierto modo irónico por lo disonante y rítmico sin perder tensión en ningún momento, bien concertado por Milanov, siempre atento a «su mano izquierda», empujado por una percusión en estado de gracia. Excelente versión que agradó al público obligando a salir en repetidas ocasiones al muy querido Vasiliev que se marcó un Capricho (el opus 1 nº 21) de Paganini como regalo, demostrando que los años solo pesan para bien, como en los vinos, madurez y musicalidad innatas compartidas con todos nosotros.

Estuvo bien la idea de alterar el orden inicial del programa y colocar el estreno de Reflejos (2014) de Marcos Fernández Barrero (Barcelona, 1984), un regalo de cumpleaños a nuestra orquesta, que ya interpretase sus Resonancias…  esta vez inspiradas cual breve apunte sinfónico en las notas del himno asturiano trabajando texturas, tímbricas y orquestación con el lenguaje propio del catalán, y que leyendo las notas al programa (enlazadas arriba en los compositores) de Cosme Marina definen perfectamente la intención y ayudaron a saborear este aire de los Lagos de Covadonga en el auditorio.

Totalmente predispuesto ya el oído para afrontar una composición orquestal inmensa y poco programada como la Sinfonía en mi bemol (1940) de Paul Hindemith (1895-1963), verdadera prueba de fuego para la orquesta y su director por la complejidad de una partitura densa que se notó bien entendida y trabajada en todos los aspectos: dinámica y agógica, tiempos pero sobre todo intención. Sinfonía poco conocida de estilo «neoclásico» pero con la firma del alemán por el carácter melódico y enérgico desde una instrumentación potente (maderas a tres, cuatro trompas, tres trompetas y tres trombones, tuba, timbales, percusión y cuerda), auténtico examen final bien planteado por Milanov, feliz en estos repertorios porque conoce sus efectivos a la perfección y partituras de este estilo las disfruta y se nota. Muy interesante cómo sacó a primer plano la escritura contrapuntística que la orquestación exige. Los cuatro movimientos (Muy vivo, Muy lento, Vivo y Moderado) mantuvieron unidad y estilo, desde el arranque breve de la fanfarria con un viento metal poderoso pero nunca aturdiendo, cuarteto de trompas de sonido redondo más trombones y tuba empastados y uniformes, siguiendo con las maderas siempre cálidas y seguras, más la cuerda dando color y expresión incisiva sin olvidarnos del impulso en la percusión. El movimiento lento, sin exagerar y nada estático, diría que épico como en las películas de romanos, permitió alternar colores y dinámicas muy bien trabajadas, nuevamente «los bronces» redondeando sonoridad, solo impecable de flauta, cuerda subyugante y tensa, constraste anímino antes del Sehr langsam tercero, ritmo en estado puro con intervenciones de todas las secciones manteniendo presencia y tensión, crescendos dibujados al detalle, pulsación precisa, melodías claras bien concertadas, antes del Mässig schnelle Halbe, energía e ímpetu «tumultuoso, casi ardiente» que escribe Marina en las notas, disfrute de cada solista y simbiosis orquestal bien trazada desde el podio, colofón sinfónico a esta primera jornada de una temporada festiva que traerá más sorpresas y regalos. Nuestra OSPA está en forma y deseosa de mantener el nivel demostrado: contundentes, seguros y esperanzados… como sus fieles seguidores, contando en aumentar esta gran familia a lo largo del curso en el que ya estamos inmersos.

La OSPA desde La Cuna

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Viernes 9 de octubre, 18:30 horas. Real Sitio de Covadonga, Basílica. Concierto extraordinario OSPA; solistas de violín: Alexander Vasiliev, Eva Meliskova, Héctor Corpus, Pedro Ordieres; director: Rossen Milanov. Obras de Vivaldi y Tchaikovsky. Entrada gratuita.

Arranca la temporada de las bodas de plata de nuestra Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y nada mejor que haciendo nuevamente este peregrinaje a Covadonga, la cuna de España, con toda la simbología que ello conlleva, de la mano de su titular y con cuatro solistas de la propia formación que afronta un curso de obras señeras alternando con estrenos y visitándonos directores e intérpretes muy vinculados a la orquesta de todos los asturianos.

Largas colas que me recordaban la Novena de la Santina y un lleno en la Basílica con público llegado en autobuses especiales desde las principales ciudades asturianas y en coches particulares, lo que hizo algo lenta la vuelta a casa pero mereciendo la pena, con dos números cuatros que fueron cual campanadas para este éxito sinfónico, congregando a muchos abonados al lado de aficionados y jubilados que aprovecharon una tarde otoñal muy agradecida.

Las cuatro estaciones, op. 8 (1725) de Antonio Vivaldi puede que sea el conjunto de cuatro conciertos más popular y escuchado de la historia por el gran público, agradecida de escuchar en cualquier versión y estilo interpretativo, que además tuvo cuatro solistas de verdadero lujo para cada una de ellas, cuatro violinistas y artistas que dieron su personal impronta arropados por una orquesta de cámara con clave que sonó siempre poderosa en los graves y clara en los agudos, buen entendimiento y equilibrio entre todos, intentando resumir cada uno de los cuatro conciertos y músicos:

Pedro Ordieres nos dejó una primavera asturiana, inicio algo frío y como «intentos de alergia» hasta ir entonándose a medida que avanzaba, calentando el aire con líneas limpias y tiempos nada vertiginosos que buscaron el color desde una versión muy inglesa, como era de esperar en él, bien arropado por una «camerata de casa».
Héctor Corpus brindó un verano atlántico, cálido pero no plomizo, disfrutando los momentos lentos y degustando los vivos en una cascada de refrescantes gotas desde un clave en el punto justo, peso y poso de violín.

Eva Meliskova nos pintó el mejor cuadro de un joven otoño en Praga, con rubatos sentidos y entendidos por Milanov y el «grosso» desde un romanticismo interpretativo que no olvidó la fuente barroca, sonido muy presente y redondo lleno de musicalidad plena para la estación más vivaldiana.
Nadie mejor para el invierno ruso que Alexander Vasiliev, el magisterio de los años como el de los buenos licores, dominador de técnica y discurso melódico capaz de presentarnos los copos de nieve como diamantes tallados en un aro bien engarzado por una camerística formación de pizzicati redondos que el titular llevó de la mano según cada solistas, siendo un metafórico invierno que espera la primavera de una jubilación nunca total en los músicos.

Lo dicho, cuatro estaciones por cuatro magníficos, cuatro historias como cuadros sonoros con distintas lenguas y el mismo idioma de la música bien ejecutada.

Y el último cuatro, el cuadrado como perfección de los cuatro movimientos de la Sinfonía nº 4 en fa menor, opus 36 (1877-1893) de Tchaikovski, para una orquesta en pleno, plena de buen gusto y sonido, ayudada por la excelente acústica del templo tan bien pintado por «el alemán de Corao» esta vez esculpido por «el búlgaro de la OSPA«, conocedor de memoria al detalle esta maravilla sinfónica así como del material humano con el que cuenta para sacar de todas las secciones la mejor versión posible, esta vez plegadas al escultor. La cuerda sonó siempre mordiente, hiriente, trágica y plena, sin problemas en ningún pasaje, la madera siempre impecable con los solistas encajando todos los detalles, más que pilares gárgolas, la percusión bien ubicada y apareciendo en el primer plano preciso, pero sobre todo unos metales afinados, empastados, potentes y brillantes en perfecto equilibrio con el resto de la plantilla, estabilidad total de cada familia instrumental dando presencia a las melodías que conforman esta cuarta de verdadero lujo, edificio musical lleno de emoción desde la sobriedad. Hoy la Basílica de Covadonga se volvió Catedral sonora y la piedra rosada devolvió una música multicolor por la que pasaron todas las estaciones con una predicción «metereológica» optimista tras el concierto desde la cuna.

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