Asimismo, en el nuevo apartado de los ‘Festivales Imprescindibles’ de 2023’ el Festival de Granada ocupa la segunda posición, detrás del Sonar+ de Barcelona y por delante de tres importantes festivales de pop como son Primavera Sound, de nuevo en la capital catalana, Sonorama (Burgos) y Jazzaldia en San Sebastián.
En el informe completo del Observatorio de la Cultura (de la Fundación Contemporánea), podemos comprobar cómo el Festival de Granada se ha ganado no ya un prestigio cultural más allá de otras ofertas musicales de otros estilos, también la calidad en esta provincia andaluza unida a su rico patrimonio artístico más allá de La Alhambra donde se realiza parte del festival, un imprescindible para todo melómano y posicionándose además como uno de los mejores festivales de verano del mapa europeo. Puedo dar fe tras años esperando disfrutarlo e imposible por el calendario escolar, llegaría el pasado año, esperando repetir este 2024.
Crítica para ÓperaWorld del sábado 13 con los añadidos de fotos de las RRSS y propias, más links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.
Ermonela Jaho volvía por tercera vez a “La Viena Española” tras su cancelación por enfermedad del concierto previsto en octubre de 2.022 con otro nuevo revés, esta vez el tenor Antonio Corianò que durante los ensayos en Oviedo debido a una repentina y severa afección respiratoria hubo de cancelar su participación. Ante esta situación sobrevenida, la soprano de origen albanés asumiría en solitario esta Gala Lírica incorporando nuevas arias a las inicialmente previstas y programadas (sin tiempo para cambiar los programas de mano, y al menos solventado con una hoja),emitiendo un comunicado la Fundación Municipal de Cultura que deseaba “una pronta recuperación al señor Corianò y agradeciendo muy especialmente a la señora Jaho su generosidad en asumir íntegramente la gala lírica”.
Los Conciertos del Auditorio ya nos trajeron en abril de 2019 a una Jaho con legión de admiradores que repetiría en la ópera ovetense hace ahora dos años con su «Adriana Lecouvrer» comentada en estas mismas páginas. Si el formato de recital compartido presupone la alternancia de números instrumentales a cargo de la orquesta con arias y dúos que permiten a las voces un ligero descanso, pues cada página conlleva un esfuerzo mayor que la propia ópera a la que pertenecen, está claro que asumir las nuevas arias en solitario y con tan poco tiempo, le traería a la soprano un extra que solventó con la misma profesionalidad y entrega a la que nos tiene acostumbrados, espléndida incluso con las propinas tras una “carrera de fondo” luchando contra los elementos y volviendo a enamorar a un público que casi llenó el auditorio ovetense, con muchos “operófilos del Campoamor” y una buena legión de fans, poniéndose en pie al finalizar el recital.
Si de esfuerzo hablamos también el de la Oviedo Filarmonía debiendo armar en dos días el ‘nuevo’ programa aunque su experiencia acumulada en estos veinticinco años en el foso es un tanto a su favor y más con su titular Lucas Macías que se ha hecho plenamente con ella, llevándola a crecer en cada función y concierto, tanto en el “templo lírico” como en este auditorio que con la orquesta celebra sus bodas de plata. La formación de la capital abrió la velada con la obertura de las Vísperas de Verdi disfrutando de la sonoridad fuera del foso y con refuerzos que le dieron un “músculo” extra, desde la parte inicial para acallar toses (algo difícil en estos días), teléfonos y alarmas, que siguen siendo pandémicas, hasta el cambio de tempo para dejarnos lo mejor de este gélido viernes con el que comenzaba un enero lírico en la capital asturiana.
La entrada elegante en escena de “La Jaho” marcaría las líneas generales de la gala, los atributos ya conocidos de la albanesa que ya apuntase en su primera visita al auditorio (entonces con el tenor Benjamin Bernheim): su entrega total en cada papel, su presencia escénica, su técnica e incluso su color vocal que se ha enriquecido, así como la plena implicación en todas las arias elegidas, escenificando las heroínas operísticas que todos esperábamos aunque siga “abusando” de recursos como el vibrato por momentos desmedido, los fiatos que han ganado en amplitud dinámica y todavía algunos portamentos hacia el agudo, dificilísimos por otra parte, rozando una afinación no del todo limpia en algún “tutti” con la orquesta, que tampoco ayudó por sus dinámicas poderosas detrás de la soprano y no abajo en el foso, lo que nos hizo perder intensidades dramáticas en los graves, pero deshaciéndose en estos años del amaneramiento que le pasaba factura global en cuanto a calidad.
Este frío viernes en Vetusta se mantuvo un interesante duelo operístico entre Verdi y Puccini, decantándose por el de Lucca por poca diferencia (la prórroga desequilibraría el empate pese al gran instrumental del de Busseto), aunque abriría recital con su Adriana Lecouvreur(que bisaría como segunda propina) y la famosísima aria de Cilea “Io sono l’umile ancella» de gran poder emocional, que volvió a enamorar por su dramatización y entrega, haciéndonos volver atrás en el tiempo hasta el centenario teatro carbayón con las temporadas líricas de ópera y zarzuela auténticos referentes en España.
Y de nuevo Verdi tras una rápida salida y entrada del escenario para “cambiar el chip”, pues tras la “Canción del Sauce” de Otello, el «Ave María» supone un cambio drástico por la amplia tesitura de una Desdémona evocadora que presiente la muerte, y donde el registro grave tan exigente quedaría algo tapado por una orquesta poderosa más que misteriosa. Pero esta oración siempre emociona y Jaho transmite el intimismo del rol y el dramatismo de su celoso y asesino esposo, miedo y angustia cantado en el “Egli era nato per la sua gloria, io per amar” (Él nació para su gloria y yo para amar…), el mismo sentimiento hacia Otello escrito por Verdi y cantado por Ermonela con toda la carga emocional que el personaje pide.
El siguiente grande, Puccini primero de la tarde, llegaría con Magda de Civry y su aria “El bello sueño de Doretta” de La rondine (brava María Cueva al piano), nuevo cambio escénico y actoral donde la voz de Ermonela Jaho voló como la golondrina, bien proyectada, fiatos “marca de la casa ” y la tentación orquestal por ser águila imperial en esta “opereta vienesa a la italiana”.
Aún quedaba un nuevo contraataque verdiano, la Violetta Valery del último acto, todavía cercana en nuestros oídos (con “La Bakanova” también comentada desde estas páginas) y el aria inmortal “Addio del passato” con la Jaho saliendo transmutada, otra transformación escénica leyendo la carta a Alfredo, melancólica belleza, tosiendo (ayudada por parte del público), creyéndose y sintiendo ese papel que está haciéndola triunfar: el lamento de su vida descarriada y llena de excesos así como de su amor perdido. Emoción y respeto antes de los atronadores aplausos, al menos hubo química con la orquesta y el maestro Macías sacó el mejor concertador, con el oboe de Jorge Bronte tan lírico como la propia albanesa. Público entregado y agradecido por la generosa Jaho que da todo sobre las tablas.
El aria más conocida de La Wally, la sexta y última ópera de Catalani (calificada como “verismo blando” por Arturo Reverter en sus notas al programa), que personalmente nunca vi en directo. “Ebben ne andrò lontana” sería donde Ermonela Jaho arrancaría vocalmente la segunda mitad con otro vestido (las cantantes suelen hacerlo contrastando igualmente color y hechura) antes del Puccini que en el actual momento vocal de la soprano de origen albanés es su mejor tarjeta de presentación. Maravillosos sus cambios de roles, pasando de Sor Angelica a Cio-Cio-San y sin apenas respiro a Flora Tosca, tres arias donde explotar las dotes de una Ermonela que transmite cada página, que las escenifica, que las siente, que emociona y hace creíbles. De nuevo sobrevoló la tentación sinfónica del inigualable orquestador Puccini que opacó por momentos los registros graves, pero la ópera es escena, texto y música. La Jaho lo sabe y el público lírico asturiano lo agradece: la madre y monja sacrificada del “Senza mamma” nos hizo añorarla en el último díptico pucciniano del Campoamor (no llegó a tríptico), ya más mimada por Macías y corpórea en los graves con toda la emoción de los agudos. La japonesa, hasta en la gestualidad, de “Un bel di vedremo” haciéndonos sentirnos Suzuki a todo el auditorio, divisando la esperada nave entrando en puerto, la fragilidad del personaje y la fortaleza vocal de esta “gheisa”. Por último “Vissi d’Arte”, el destino hecho música y personificado por Ermonela Jaho, a merced de los teatros o el público igual que Cavaradossi del terrible Scarpia, testamento propio y ajeno cuando canta “He vivido del arte, he vivido del amor…”, Ermonela Tosca triunfadora de la noche.
Si había un incierto empate en este particular duelo lírico entre Busseto y Lucca, la primera propina lo decantó por el último gran operista, el toscano frente al parmesano rememorándonos nuevamente el ya comentado díptico del Campoamor, Gianni Schicchi y el aria más cantada, “O mio babbino caro” donde Lauretta Jaho completó sus personajes puccinianos: angustia y tormento para poder casarse con Rinuccio, esfuerzo dramático y amor por la ópera, regalándonos esta “gala de gala” en solitario con el carácter de “espléndida” en el amplio sentido del adjetivo.
Auditorio en pie, rendido a “La Jaho” y bisando“humilde esclava del genio creador”, Ermonela verdadera trabajadora lírica, quien en una entrevista para la prensa local contestaba que su ópera favorita es “aquella con la que puedo llevar al público en un viaje espiritual en el que ambos alcanzamos la catarsis”, y realmente lo consiguió, rompiéndonos el corazón con todas las protagonistas.
PROGRAMA:
1ª PARTE
Obertura de “I vespri siciliani” (G. Verdi)
Io sono l’umile ancella, de “Adriana Lecouvreur” (F. Cilea)
Ave Maria, de “Otello” (G. Verdi)
Intermezzo de “Cavalleria Rusticana” (P. Mascagni)
Il bel sogno di Doretta, de “La Rondine” (G. Puccini)
Addio del pasato, de “La Traviata” (G. Verdi)
2ª PARTE
Obertura de “Macbeth” (G. Verdi)
Ebben ne andrò lontana, de “La Wally” (A. Catalani)
Senza Mamma, de “Suor Angelica” (G. Puccini)
“Adagietto” de la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (G. Mahler)
Un bel di vedremo, de “Madama Butterfly” (G. Puccini)
Llegaba mi último concierto asturiano del año y además en Gijón por «La Minera» para una gala lírica asturiana con artistas «de casa» uniéndose una causa solidaria pues los beneficios eran para la Asociación Síndrome de Down del Principado de Asturias, que al descanso se nos comunicó había recaudado solo en taquilla más de 2000€, pendientes de la «Fila Cero» y las ventas de manualidades en el vestíbulo del teatro por muchos de ellos, que también acudieron al concierto.
Hizo de presentadora del evento la radiofónica Camino Sofia de la Guerra quien además nos dejó unas pinceladas de lo que se ha avanzado con los chicos y adultos con un síndrome que hasta hace poco parecía taparse o al menos no visibilizarse, mientras hoy vamos incorporándolos a nuestra sociedad con todo el derecho, independizándose muchos de ellos y trabajando, donde sabemos que son puntuales y cumplidores como pocos, como bien recordaba la periodista quien por experiencia había realizado unos talleres de radio con ellos.
Otra gala lírica asturiana en Gijón, este miércoles con la allerana Beatriz Díaz, el avilesino Jorge Rodríguez Norton y el langreano Marcos Suárez, bien conocidos por su exitosa carrera más allá de nuestro Principado y que siempre están dispuestos a participar con su talento en donde se les reclame para causas solidarias, buscando un hueco en unas agendas que están «a tope» y más en estas fechas. La velada se organizaría como es habitual, una primera parte italiana con canciones, arias y dúos de ópera, más una segunda española donde no faltó la canción asturiana o romanzas y dúos de zarzuela, alternando presencia los solistas, abriendo la soprano la primera parte y el tenor la segunda.
Las obras elegidas, que contaron con unas magníficas notas al programa de la doctora María Encina Cortizo no solo analizándolas sino añadiendo anécdotas y curiosidades que todo aficionado agradece, fueron del agrado del respetable que llenó el patio de butacas y buena parte del anfiteatro, haciendo cola antes de abrirse las puerta del Jovellanos a las 19:30, en un ambiente festivo y navideño en todo el Paseo de Begoña.
Beatriz Díaz nos enamoraría nada más comenzar a cantar «Non t’amo più» de Tosti, más acostumbrados a las versiones con tenor pero que en su voz sonó a pura lírica y ese aire pucciniano del compositor de Ortona. Y continuaría Jorge Rodríguez con «Musica proibita», la obra más conocida de Gastaldón, dos canzoni italianas a la que se sumaría en este bloque la popular «‘O sole mio» que como bien escribe la doctora Cortizo«(…) pasando, incluso, por ser una verdadera canción popular napolitana, a pesar de su ritmo de habanera. Sin embargo, es una partitura de Di Capua, compuesta sobre un texto en dialecto napolitano del periodista Giovanni Capurro». Todas con un acompañamiento camerístico al piano que Marcos Suárez brindó con su buen hacer habitual, aunque la tablet no sean papel y el cambio de pantalla a veces obligue a «perderse» notas que nadie recoge al finalizar (con todo el humor y cariño).
Aunque el piano no es orquesta y sus reducciones sean casi imposibles, Marcos Suárez las afrontó siempre plegado a la voz (como todo maestro debe hacer), dramatizada y poderosa «Vissi d’arte« y enternecedor «O mio babbino caro«, recordando a la periodista que es babbino (diminutivo de papá, papito) y no bambino (niño). Dos arias que siguen emocionando en la interpretación de la allerana.
El dúo de Luisa Fernanda con un buen empaste de ambas voces y la necesaria escena para transmitir este desamor entre Luisa y Javier, con un piano a nueve dedos (el décimo en la mano izquierda «picoteaba» la pantalla para pasar página).
El tenor cantaría la romanza del rey «¡Intranquilo estoy!» (acto III, nº 17) de la genial El rey que rabió de Chapí, originalmente escrita para una contralto aunque hoy es más frecuente que sean los tenores quienes la interpreten. El registro grave del avilesino ha ganado cuerpo y en este fragmento que evoca cuando el rey regresa a palacio tras su secreta aventura haciéndose pasar por pastor, es una romanza llena de lirismo y esas melodías que el de Villena redondeaba con una orquesta, hoy al piano.
Preparando la Sagrario que Beatriz Díaz encarnará en La Rosa del Azafrán en mayo próximo, su romanza «No me duele que se vaya» (escena I, acto II), estoy convencido que la volverá a encumbrar en Oviedo y allá donde incluyan esta zarzuela del maestro Guerrero que no se programa frecuentemente, y que tener a la soprano asturiana en ese rol marcará diferencias. Es lo más destacado de la partitura, donde se despide de su amado el capataz Juan Pedro, tras asumir lo imposible de su unión, un personaje desgarrado perfecto para unos graves que van tomando cuerpo y los exigentes agudos cual explosión desbordante de «la nostalgia de un amor que no puede ser por las convenciones sociales» que bien describe mi admirada María Encina.
Siempre que escucho el dúo de El gato montés de Penella viene a mi memoria el recuerdo del mayor admirador de la soprano de Boo, Ramón Jiménez, quien clamaba por escucharla con Alejandro Roy y cuando lo logró fue el hombre más feliz del mundo, aunque le contase el mismo dúo con Enrique Ferrer en Pamplona, y volví a recordarlo con José Bros. Evidentemente el Juanillo de Rodríguez Norton tiene otro color de voz y menos potencia que el tenor gijonés o el catalán, pero nuestra Soleá Díaz se marcó un dúo para seguir manteniendo vivos a nuestros seres queridos, uno de los pasodobles más famosos e internacionales con una actuación entregada por parte de estas figuras que levantaron bravos como si estuviésemos en El Bibio.
Nuestra zarzuela tiene desde hace treinta años a Oviedo como segunda capital con temporada estable, sólo detrás del «templo madrileño» de la calle Jovellanos (un asturiano universal y adelantado a su tiempo).
Este martes 19 de diciembre al mediodía se presentaba ante los medios de comunicación (excelente dossier de prensa) y los aficionados asturianos el XXXI Festival de Teatro Lírico Español del Teatro Campoamor, en un acto que nos adelantarían los distintos responsables de un ciclo estable que recuerdo su arranque allá por 1994, y con una puesta en escena de Raúl Olay, acorde con el evento.
El director y compositor avilesino Rubén Díez amenizaba desde el piano desgranando melodías conocidas con el fondo del cartel de la «Zarzuela Oviedo 20224», un típico carbayón en trampantojo revistiendo el azúcar con mantón de Manila, mientras iban situándose sobre las tablas los intervinientes.
Abría el acto el Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo David Álvarez Menéndez, reivindicando la capitalidad musical, el reconocimiento a sus antecesores y la defensa de nuestro patrimonio cultural donde nuestro género lírico ha sido reconocido como «Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial», necesidad de salvaguardar nuestra zarzuela, que en Oviedo hemos sido ejemplo de su divulgación y compromiso, aunque tristemente no seguido en el resto de «esta España nuestra» (que cantaba Evangelina Sobredo). No estuvo recordar que este Festival es un activo imprescindible como generador de empleo, riqueza, sinergias y turismo en Oviedo y el resto de nuestro Principado, personal que trabaja en y desde Asturias, incluyendo muchos nombres de los repartos.
Antón García, director general de Acción Cultural del Gobierno del Principado también hablaría del apoyo institucional a este festival que alcanza su trigésima primera edición, lo que indica continuidad y asentamiento de este género hispano que trasciende las fronteras y necesita no ya mantenerse sino proyectarse más allá del Pajares.
Ahora que ya estamos mejor comunicados por ferrocarril con «el resto de España», a la espera de los trenes Avril que pediremos a los Magos de Oriente, y con la Capitalidad Gastronómica de Oviedo también en 2024, que parece tuvo su adelanto en el pasado puente de diciembre, esperemos que nuestro Festival Lírico sea otro reclamo de público para llenar el Campoamor.
El piano de Rubén Díez acompañaba la primera proyección (magnífico Pedro Chamizo en su montaje del audiovisual) con la voz en off de la mezzo ovetense María José Suárez contándonos los títulos que subirán a este mismo escenario según iban apareciendo en pantalla, melodías reconocibles de las zarzuelas programadas perfectamente sincronizadas con la imagen, como en los orígenes del cine, y con los carteles de Javier Díaz Garrido dignos de comentar como verdaderas obras de arte.
La Presidenta de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, Pilar Rubiera, continuaría las intervenciones defendiendo y «presumiendo» de la orquesta que va unida al Festival, uno de los pilares junto al coro titular, con un gasto ajustado pero manteniendo una calidad y continuidad que el tiempo ha consolidado. Por supuesto volvimos a escuchar dos nombres que sonarían a lo largo de la presentación, «Los dos Emilios» que son Sagi y Casares, el mayor conocedor y estudioso de nuestra lírica hispana (incluyendo el primer y magno Diccionario de la Zarzuela). Por supuesto hubo consejo para pedir regalo estas navidades: un abono para la Zarzuela 24 (se ponen a la venta este miércoles 20).
El apoyo de los medios de comunicación es imprescindible para cualquier evento de «La Viena Española» y el diario La Nueva España siempre al lado de la música asturiana estuvo presente con su Directora General Ángeles Rivero, quien como no podía ser menos mantendrá la difusión no solo del Festival sino de todo lo que «suena» en el Principado.
Y no podía faltar Rut Ruisánchez, presidenta de la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo», el coro de nuestra zarzuela que lleva 29 ediciones, citando en estos tiempos de «Inteligencia Artificial» la «Inteligencia Emocional» de la música, la obligación y devoción de la formación coral hacia el Festival, el recuerdo a nuestro querido Francisco González Álvarez-Buylla «Paquirri», la cita al premiado por la FPA este año Nuccio Ordine y su frase válida para esta presentación de La utilidad de lo inútil antes de «trabajar» porque quedaba el último «acto» sonando el piano-orquesta de Rubén Díez con las mujeres de la Capilla cantando y limpiando entonando el ‘Coro de Espigadoras’ y la aparición última de los hombres («Ay! ay, ay ay!, qué trabajo nos manda el señor…») de una ya muy esperada La rosa del Azafrán, antes de la foto final y la despedida del anfitrión, David Álvarez, melómano de pro y al frente de una concejalía que tiene mucha cultura que ofrecer y promocionar.
Por supuesto la felicitación navideña y esperando que 2024 siga llenando de música la capital del Principado.
Dejo aquí todos los títulos y elencos programados para el XXXI Festival de Teatro Lírico Español, escaneados de los manejables programas publicitarios:
Domingo 17 de diciembre, 20:45 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo: Concierto de clausura del XXI Curso «La voz en la música de cámara» (Homenaje a Jeaninne Bouché). Obras de: Guillermo Martínez, Debussy, Berlioz, Ylioppilaskunnan, Whitacre y Ariel Ramírez.
Lástima que muchos homenajes se celebren tras morir, pero Jeaninne Bouché (1930-2023) lo tenía pendiente en Asturias y La Castalia pudo al fin entregar, aunque hubo de ser Luis Español, su hijo presente en la sala, el merecido reconocimiento que esta pianista de carrera truncada en 1953 por una patología de columna, siguió volcada en la música hasta sus últimos días, primero desde su magisterio en la Escuela Superior de Canto como catedrática, y posteriormente en la ‘Cátedra Alfredo Kraus’ de la prestigiosa Escuela Superior de Música Reina Sofía (tras «ficharla» Paloma O’Shea desde el primer curso allá por 1995), eminente profesora de «Fonética francesa aplicada al canto» que seguirá siendo un referente para tantas promociones de cantantes desde nuestro país.
Begoña García-Tamargo fue la encargada de abrir este concierto del vigésimoprimer curso ««La voz en la música de cámara con una semblanza de su amiga y compañera en las labores docentes (aún se recuerda la presencia en Oviedo de la maestra Bouché en el «I Congreso de pedagogía e investigación performativa y creatividad musical» dentro del Centenario Debussy), imposible plasmar aquí su enorme y dilatada carrera y en cierto modo manteniendo la humildad del segundo plano que la madrileña de padres franceses siempre tuvo a bien.
También lo reconoció su hijo Luis, emocionado y agradecido por este homenaje de la asociación ovetense, que reflejaría los vínculos que la música consigue y más desde la docencia, verdadera familia así entendida por tantos que nos dedicamos de una u otra forma a ella.
El concierto comenzaría con unas palabras de Guillermo Martínez(1983), explicando la génesis de las obras a estrenar esta fría noche de diciembre. Importante reseñar cómo al compositor asturiano siempre se le ha apoyado desde La Castalia, como a tantos jóvenes, siendo un ejemplo precisamente los intérpretes de esta velada.
Es un auténtico lujo poder asistir al estreno de obras actuales y además conocer de primera mano estas aportaciones a nuestro patrimonio musical que todos debemos defender, y ya se encargó la directora de La Castalia en recordar los de estos cursos únicos en España y de dilata trayectoria, un alumnado eterno de profesionales que siguen formándose toda su vida, al que reconocerle el esfuerzo de dedicar todo su tiempo a una profesión donde la gratitud es poder demostrar su valía además del aplauso del público, que hoy desafió la climatología acudiendo a esta clausura.
El estreno de dos «Cantos de Minnesinger» pertenecientes al ‘Ciclo de Fantasías para mezzo y piano’ abría el concierto, magníficas obras de nuestro juglar asturiano inspirado en los alemanes (allí los grabará con orquesta) y manteniendo un puro estilo de lied donde voz y piano son uno para realzar la poesía medieval alemana, inspiración pastoral y amatoria como en el siglo XII pero actual en nuestros días. María Heres fue la voz ideal de estas melodías llenas de agilidades y gran tesitura, ricos matices y cambios de tempo, con un exigente registro grave que bien posee la mezzo asturiana más un complicado pero bellísimo ropaje de piano con María Cueva, para poder disfrutar del magisterio compositivo de Guillermo Martínez que se mueve cómodo en todos los estilos.
Un acierto este «aperitivo» de fantasías vocales que seguirán creciendo y encontrando un lugar en el nuevo repertorio del lied más allá de la tierra originaria de los minnesinger, actualizando el lenguaje camerístico de la hoy llamada «Canción de concierto», bien expuesta por el dúo de estas dos Marías artistas, Heres–Cueva.
Y segundo estreno de la Rapsodia «Reflejos del Sur» para el piano de Henar F. Clavel, aires sevillanos del barrio de Triana con un virtuosismo nada superfluo donde verter esa inspiración universal al lado del Guadalquivir, como Turina pero también Albéniz y ahora Guillermo Martínez. Escritura pianística de alto voltaje para volver a reivindicar la magia de la intérprete avilesina y el talento del antiguo escolano de Covadonga, agradecidos de poder disfrutar su música desde La Castalia y augurándole una larga carrera de «opus» que siempre seguirán sorprendiéndonos por su belleza y riqueza de estilos sin perder nunca el amor por la música que en esta velada mostraron todos y cada uno de los intérpretes.
Si la maestra Bouché sentó cátedra desde la «Fonética francesa aplicada al canto», no podía faltar música en la lengua de Moliere en la que los compositores franceses siguen siendo únicos, pues no se canta igual que se habla.
Maravillosas estas laureadas voces juveniles con mayoría de chicas (habrá que pensar cómo sumar chicos a los coros) bien empastadas, con movimiento escénico y coreografías, bien llevados por otra promesa de la dirección como la Maestra Langa, bien memorizado todo, afinadas, empastadas, de dicción perfecta en finés, inglés y castellano, transmitiendo emociones y alegría, especialmente con el último villancico dominicano, y felicitar la elección de estas cuatro páginas corales donde personalmente me sigue emocionando Alfonsina y el mar del gran Ariel Ramírez en un arreglo hermosísimo del porteño Vivian Tabbush(1936-1917) con el piano original del argentino muy sentido por López Aragón.
En estas fechas no podía faltar Noche de Paz que pondría el primer regalo navideño, musical como debe ser, con Arsis y el piano antes de la salida de todos los participantes en este homenaje y clausura de otro curso de perfeccionamiento que nunca tiene vacaciones.
PROGRAMA
Guillermo Martinez (1983):
CANTOS DE MINNESINGER. Ciclo de fantasías para mezzo-soprano y piano
(estreno absoluto):
1. «Slâfest du friedel ziere?»
(poesía de Dietmar von Aist, ca. 1115- ca.1171).
2. «Kuster mich?»
(fragmento del poema «Under der Linden»)», de Walther von der Vogelweide, ca. 1170- ca.1228).
María Heres (mezzosoprano) – María Cueva (piano).
RAPSODIA «REFLEJOS DEL SUR»
(estreno absoluto).
Henar F. Clavel (piano).
C. Debussy (1862-1918): TROIS MELODIES DE VERLAINE:
1. «La mer est plus belle – 2. «Le son du cor s’afflige ver le bois» – 3. «L’échelonnement des haies»
Angel Simón (barítono) – Mario Alvarez (piano).
H. Berlioz (1803-1869): LES NUITS D’ÉTÉ
(Poesías de Théophile Gautier):
1. «Villanelle» – 2. «Le spectre de la rose» – 4 «Ас оле*
Ángeles Rojas (soprano) – Mario Álvarez (piano)
CORO ARSIS de la Escuela de Música Divertimento:
Ylioppilaskunnan: «On suuri sun rantas».
Eric Whitacre: «Sing Gently».
Ariel Ramirez: «Alfonsina y el mar» (Arr. Vivian Tabbush).
Tradicional República Dominicana: «Cantemos a María».
Directora de coro: Cristina Langa – Pianista: Luis María López Aragón.
Decir Achúcarro (1 de noviembre de 1932) es decir piano, toda una vida dedicada a las 88 teclas, y en mi recuerdo aún perdura la primera vez (despuésvendríanmuchasmás) allá por 1972, ¡51 años y parece que fue ayer! cuando le escuché en la Sociedad Filarmónica de Oviedo, la ciudad donde más ha tocado después de su Bilbao natal, como bien recuerda Ramón Avello en las notas al programa.
Y Don Joaquín Achúcarro Arisqueta sigue ejerciendo magisterio, afrontando un programa de altura al alcance sólo de jóvenes maduros como es el bilbaíno, pues antes de arrancar con las Variaciones sobre un tema de Schumann nos contó micrófono en mano del Brahms con 19 años enamorado de Clara Schumannde quien incluye en la variación décima una melodía suya, grandeza musical de juventud, amor casi adolescente del alemán y pasión madura del vasco enamorado del piano, sonoridad impecable, moldeando el sonido como sólo los grandes saben, resaltando lo importante aunque no haya nada superfluo en la música del hamburgués.
Limpieza en la ejecución, sabiduría en los pedales, exposición clara del tema principal siempre reconocible en cada variación. Y no digamos los dos Intermezzi siguientes, el primero grandioso, cristalino, romántico en estado puro, paladeando cada nota sin apuros, deleitándonos con su interpretación con tanto poso a lo largo de más de 75 años de carrera, la que comenzaba en Oviedo donde Ángel Muñiz Toca intuyó y creyó en él para dar un concierto de Mozart con la Orquesta Clásica de Asturias, que recordaría al final del concierto; y el segundo pura reflexión, silencios que «duelen», los claroscuros de estas «miniaturas» sólo en extensión, Klavierstücke de madurez cual verdadero regalo contraponiendo las dos etapas del sempiterno enamorado, el joven y el maduro con la visión paralela del maestro Achúcarroen una sentida interpretación con tanto poso de amor.
No bajaría el listón de exigencia ni de entrega con Liszt y su Valse oubliée nº 1, nada olvidado y recuperados en un collar de perlas sonoras, jugando con el tempo como los grandes que son leyendas en vida, seguido del famoso «Sueño de amor», dos páginas para afrontarlas nuevamente desde la visión que da la experiencia y los años, obras cinceladas día a día con el trabajo que nunca falta en los pianistas, pues además del talento innato que Don Joaquín tiene, hay que sumar su infatigable día a día donde confiesa que sigue aprendiendo.
La segunda parte de nuevo con compositores que Achúcarro ha interiorizado, los franceses cercanos y unidos por nuestro Mar Cantábrico, primero el vascofrancés Ravel y sus Valses nobles que no dudó en contarnos antes de comenzarlos la anécdota de Rubinstein en España, «aislado» en plena Primera Guerra Mundial con lo que donde había un piano ahí estaba Don Arturo, aprendiendo a hablar un español correctísimo y además estrenar estos valses en Madrid con un abucheo del respetable aunque el resto del concierto fuese un éxito «obligándole a regalar de propina» nuevamente los valses pues parecía que el público debía entenderlos. Genio y figura a quien también disfruté en Oviedo en 1975 ¡con 88 años! y que tantos paralelismos al piano tiene con nuestro Joaquín Achúcarro. El sonido preciosista en cada uno de los ocho valses, la genialidad sorprendente aún hoy del compositor, las armonías que son una «Valse» en miniatura, los tempi escritos e interpretados fielmente con delicadeza o rotundidad y siempre el ímpetu de este joven de 91 años. Y después Debussy del que El Maestro también aclaró micrófono en mano que más allá de nubes, aguas y atmósferas etéreas junto a otros calificativos del músico que no quería le llamaran impresionista, lanzaba también cañonazos, como así nos demostró primero con ese Claro de luna dibujado con mano firme y limpieza de trazo musical, después unos Fuegos artificiales verdaderamente luminosos, descriptivos como pocos incluso con la «datación musical» de París un 14 de julio con el eco de una Marsellesa que sigue siendo el mejor himno mundial, libertad, igualdad y fraternidad pianística de un Achúcarro que parece haber detenido el tiempo transmitiendo un pianismo del que apenas quedan representantes en activo y con su siempre sentido recuerdo a la Francia de su biografía.
Aún quedaban dos rusos, verdaderos pesos pesados que el bilbaíno afrontó con valentía, seguridad, aplomo y el mismo nivel de autoexigencia que en el resto del concierto. Los tres preludios de Rajmáninov (de los 24 que escribió) dignos ejemplos para afrontarlos y organizarlos, dos épocas de su vida, evolución de escritura pero unidad estilística: el bello nº 1 op. 23, la potente mano izquierda y trinos claros del op. 32 central y la vuelta a la juventud del nº 2 op. 3 que el propio Sergei solía dar de propina en sus recitales. agitación y tensión pero delicadeza en la ejecución, sabedor el pianista bilbaíno que no hay obstáculos cuando se domina y entiende la obra desde su atalaya privilegiada.
Para terminar en Rusia nada menos que dos estudios de Scriabin, del que Achúcarro siempre fue su valedor (de hecho la última propina sería el conocido «Nocturno para la mano izquierda» que «lo dice todo»). El primero, opus 2 compuesto a los catorce años, de raíz chopiniana (como la primera propina del Nocturno op. 9 nº2) con un juego de voces interiores perfectamente escuchadas en el piano siempre enorme del bilbaíno, y el nº 12 de la op. 8, bautizado como “Patético” por la pasión exacerbada pero espectacular en la interpretación del Maestro vasco, unas octavas plenas y ritmos en tresillos que hacen sonar fácil lo intrincado de estos «estudios» donde «intensidad, vehemencia y pasión constituyen los ingredientes de este estudio trágico y épico»como escribe Ramón Avello.
Tras la primera propina de un Chopin para enmarcar, un sencillo y rápido homenaje tomando la palabra David Álvarez, melómano reconocido y Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo quien en compañía de dos «familiares» de «su» Filarmónica de Oviedo (Santiago González del Valle Rodríguez y Manuel Álvarez-Buylla, presidente y vicepresidente respectivamente), que le hicieron entrega del primer programa que Joaquín Achúcarro ofreció un 13 de abril de 1956, emociones, gratitud suya y nuestra para despedirse con la mano izquierda que siempre ha tenido El Maestro y una de sus propinas preferidas, el Scriabin que tendrá en Achúcarro un referente para tantos alumnos que ha tenido en su larga carrera docente, todo un lujo combinar interpretación y enseñanza, algunos incluso aprendiendo a escuchar el piano con él.
Gracias Maestro Don Joaquín.
PROGRAMA
I
Johannes Brahms (1833-1897):
Variaciones sobre un tema de Schumann, op. 9
Intermezzo nº 1 en la menor, op. 118
Intermezzo nº 2 en la mayor, op. 118
Franz Liszt (1811-1886):
Valse oubliée nº 1, S. 215/1
Liebestraum nº 3, S.541/3 (Nocturno “Sueño de amor”)
II
Maurice Ravel (1875-1937):
Valses nobles et sentimentales:
1. Modéré, très franc – 2. Assez lent, avec une expression intense – 3. Modéré – 4. Assez animé – 5. Presque lent, dans un sentiment intime – 6. Vif – 7. Moins vif – 8. Épilogue. Lent
Claude Debussy (1862-1918):
Clair de Lune (de la «Suite bergamasque») L.75/3
Feux d’artifice (de los «Préludes», Libro 2)
Sergei Rajmáninov (1873-1943):
Preludio nº 1 en fa sostenido menor, op. 23
Preludio nº 12 en sol sostenido menor, op. 32
Preludio nº 2 en do sostenido menor, op. 3
Alexander Scriabin (1872-1915):
Estudio nº 1 en do sostenido menor, op. 2
Estudio nº 12 en re sostenido menor, op. 8, “Patético”
Manuel PALAU BOIX (Alfara del Patriarca, 4 de enero de 1893 – Valencia, 18 de febrero de 1967) fue un pedagogo además de músico prolífico y polifacético no lo suficientemente reconocido en la llamada «canción de concierto» del que el vitoriano Aurelio Viribay Salazar (1963) nos cuenta en las notas del álbum que «por su excepcional calidad y originalidad la extensa producción para voz y piano (…) ocupa un lugar de especial relevancia en la evolución de la canción de concierto española a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XX. El maestro de Alfara del Patriarca expresó reiteradamente su afinidad y predilección por un género del que se ocupó ininterrumpidamente y con especial dedicación a lo largo de su dilatada trayectoria compositiva y al que prefería referirse como ‘Lied’ por entenderlo como fruto de la completa fusión entre poesía y música». Y nadie mejor que este pianista, investigador, docente, recuperador, estudioso de nuestro patrimonio vocal, todo un especialista en este repertorio como el maestro Viribay Salazar para contarnos y transmitirnos en esta selección de canciones una pequeña muestra del legado de Palau con la voz de la soprano pacense Mar Morán(1992) -estos días en Oviedo cantando «La Traviata»– en quien ha encontrado la intérprete ideal no ya para este repertorio sino también para el de otros compositores españoles como García Leoz en su anterior trabajo «Luna clara», del que esta «Luna muerta» es continuación en un proyecto que seguramente encuentre más calificativos a la siempre encantadora luna lorquiana en un dúo que tiene aún mucho recorrido.
Muy interesante y abundante la producción del compositor valenciano, que en el terreno del lied nos encontramos más de 100 canciones con textos en distintas lenguas (galaico-portugués, gallego, brasileño, francés o alemán) aunque el grueso de su obra liederística se basa en textos valencianos y castellanos, las dos lenguas que Palau utilizaba asiduamente. Para esta grabación Morán y Viribay se han centrado solo en las compuestas en castellano -con la excepción de una canción en gallego- presentando veintinueve canciones, algunas formando colección con título propio denominadas por el propio compositor «Lieder», indicativo de su conocimiento del género y con una visión europea más que española, junto con otras canciones «sueltas» de distinta temática, todas ellas compuestas entre 1924 y 1955 «cuya sorprendente y rica disparidad estética revela un original eclecticismo como principal rasgo estilístico de la obra para voz y piano de Manuel Palau» citando de nuevo y como haré a lo largo de esta reseña las notas de Don Aurelio en el magnífico libreto que acompaña el CD, donde tampoco pueden faltar las letras, pues la comunión texto-música es la base para paladear el lied y entender mejor estos lieder españoles.
Arranca la grabación con un primer bloque de canciones que «refleja la mirada al pasado del compositor, ejemplificada en un estilo neoclásico en lo musical y en la utilización de textos antiguos en lo literario. Cinco de los ‘Seis Lieder’ que abren esta selección ponen música a textos del Cancionero anónimo de la Edad Media mientras que la primera canción del grupo, «Por el montecico sola», se basa en un texto de Lope de Vega en el que la temerosa inquietud de la protagonista abandonada es traducida con gran belleza por el compositor». Un piano hondo preludia y acompaña el primer lied con la voz rotunda y delicada de la soprano pacense, una galería de personajes femeninos de este primer grupo de canciones, dramatismo vocal en el siguiente, Gritos daba la morenica, campanadas al piano y voz cuyo grito es matizado y realzando el texto, tesitura amplia con homogeneidad en el color de la soprano, al igual que una tristeza de enamorada bien reflejada en Mal ferida iba la garza que reflejan ambos intérpretes con delicadeza y dolor en el agudo mientras el piano casi acuna cual aleteo; buen gusto y preciosismo pianísitico de La flor de la villa, aire de inspiración popular pero escritura «clásica».
Los dos siguientes lieder, ¿Con qué la lavaré? y De los álamos vengo, madre, conocidos por las recreaciones que hizo Joaquín Rodrigo en sus célebres e interpretadísimas «Cuatro madrigales amatorios«, Palau como bien explica Viribay en las notas, «no recurre a citas musicales preexistentes sino que utiliza música de nueva creación: desnudos acordes pianísticos subrayan la solitaria tristeza de la protagonista en la primera canción mientras un movimiento continuo de dinámicas semicorcheas dibuja la agitación de las hojas de los álamos movidas por el viento en la segunda». Si no conociésemos las del compositor de Sagunto, son dos visiones nuevas de unos textos atemporales que Mar Morán desgrana deleitándose en cada nota y el acompañamiento de Aurelio Viribay casi sosteniendo esa fresca vocalidad del compositor recuperado en estas bellísimas páginas líricas, la primera sosegada y la segunda con brisa mediterránea.
Siguiente bloque con ‘Dos canciones amatorias’ que Palau busca en la musicología a historia su inspiración: No me habléis, conde sobre un texto anónimo del siglo XVI y en el “Cancionero de Uppsala” para Ya no más. De nuevo creatividad musical para unos pentagramas delicados en voz y piano, cristalinos y pausados, cual viaje al pasado desde una perspectiva muy actual que refleja el compositor valenciano en estos cantos de amor.
Tras el díptico, otro lied inspirado en un texto anónimo del siglo XVI, ¿Qué sentís, coraçón mío?, otro itinerario histórico a la época y textos cantados desde un lenguaje sencillo y atractivo, sin prisa, diálogo más que voz con acompañamiento, articulación exacta en la soprano y perlas al piano.
Continúan el disco con dos lieder basados en textos de Lope de Vega, Elegía al Caballero de Olmedo y Villancico. En la primera con extenso piano inicial de protagonista como «llamadas de trompetería» que vuelve a transportarnos al contexto de la época de sus versos, y la soprano dramatizando una escritura muy exigente en tesitura y matices que la pacense afronta sin problemas; la segunda cual oposición y contraste, «íntima, tierna y delicada, como corresponde a una canción de cuna de contexto navideño» precisamente en estas fechas, nana que arrullan ambos intérpretes desde una dicción perfecta para la excelente combinación de palabra y música.
Prosigue el ambiente navideño pero con una escritura más «neoclásica» de Palau con La Virgen va caminando, muestra de la gran cultura del compositor valenciano capaz de escribir en estilos distintos, una canción con texto de una copla popular malagueña y piano que envuelve la hermosa melodía. La palmera es la segunda de las ‘Dos canciones de Navidad’, árboles importados que no faltan como símbolo de nuestra emigración y convertidos aquí en árbol navideño. Para el maestro Viribay una de las joyas de la producción de canciones de Manuel Palau y «una de las más bellas canciones de concierto españolas del siglo XX», pues si alguien conoce este repertorio es el pianista vitoriano, y corroboro su afirmación pues hay una delicadeza vocal que refleja a la perfección la ternura del poema de Gerardo Diegoy un piano sugerente que no distrae en ningún momento.
En Partida el compositor vuelve a cambiar de estilo, ahora «neorromántico» pero manteniendo la inspiración y métrica que la poesía impone, con largas frases largas que expresan la tristeza por el marinero que no volverá sobre un poema del valenciano Lluís Guarner Pérez. La poesía siempre en la base de todo lied, Palau utiliza al gaditano José María Pemán para Arroyuelo del molino, melodía sencilla y piano manteniendo la pulsación que recrea el fluir constante del agua moviendo las aspas.
La única canción en gallego, Chove, toma un desolador poema del orensano José Ramón Fernández-Oxea, y como bien explica en las notas del disco, «pertenece a la colección de canciones gallegas encargadas por el crítico Antonio Fernández-Cid a diferentes compositores españoles. Utiliza un lenguaje impresionista que describe musicalmente la lluvia en las corcheas iniciales de una parte pianística que adquiere paulatinamente una complejidad paralela a la exigente parte cantada». Importante la lengua gallega en la escritura de tantas canciones como el propio Aurelio Viribay nos dejó en su trabajo ‘No Camiño’ recorriendo distintos compositores, podría decir que con ésta se completa este ciclo con el valenciano Palau en versión para soprano y piano que seguirá aumentando el repertorio de concierto.
Cierran este tercer bloque dos páginas, Tonadilla y Chiquilla, de las primeras canciones de Palau con textos de la colección poética Mil y un cantares del valenciano Estanislao Alberola, que está en mis estanterías literarias. Musicalmente siguen mostrando el «oficio» del valenciano ya en estos inicios, no importa calificarlas de «canción de concierto» o «canción ligera», Chiquilla es una copla casi de las llamadas «folklóricas» (que también habría que situar en su contexto y no desmerecen en nada de estas que comento), pues parece que el ánimo del valenciano era «llamar la atención de un público foráneo ávido de tópicos costumbristas de carácter españolizante, de los que también participa ‘Tonadilla’». Desde la humildad del propio compositor, si Rossini confesaba «pecados de vejez» sus últimas obras una vez abandonada la ópera, el valenciano consideraba estas dos “pecados de juventud”, pero que ayudan a comprobar la evolución de su escritura vocal.
Y con otro cambio estilístico, retomando la idea de un «lied español» por el coprotagonismo de piano con voz y el texto centro de cada pentagrama, Ávila y Montesa, sobre poemas del valenciano Joan Lacomba i Guillot, que pertenecientes a la colección de cinco “Evocaciones de España”, posteriormente se publicaron como Dos Lieder. Buen conocedor de nuestro patrimonio, Palau recrea musicalmente ambas ciudades con los textos de Lacomba, transportando al oyente tanto a la llanura de la Ávila amurallada y llena de iglesias o conventos, como a la Montesa medieval, de nuevo con evocación de trompetas y fanfarrias organísticas en el piano vasco y la poesía bien cantada por la extrema. Recuerdos franceses lógicos tras los estudios del compositor con Ravel o Charles Koechlin, por entonces al alcance de pocos y que el valenciano aprovechó al máximo.
Dentro de los tantos estilos transitados por Palaue igualmente por las modas del momento, el díptico ‘Del Oriente lejano‘ nos lleva al exotismo de tantos otros compositores coetáneos suyos, como bien recuerda Viribay en sus notas, Stravinsky, el citado Ravel,Albert Roussel, cuatro breves Poesías japonesas del madrileño Julio Gómez o el tríptico La flûte de jade del también madrileño Julián Bautistason composiciones que el pianista y estudioso vitoriano conoce de primera mano y en esta búsqueda no podía faltar Manuel Palau, primero Improvisación, musicando un texto del poeta chino Li-Tai-Pe y Lírica japonesa, de un anónimo japonés del siglo XVI, traducidas al castellano e intensamente interpretadas por el dúo Morán-Viribay, con aires impresionistas de los que el compositor de Alfara del Patriarca nunca renegó.
Aurelio Viribay escribe que «Manuel Palau se sentía especialmente satisfecho del ciclo ‘Paréntesis lírico’, cuyo lenguaje musical evoluciona notablemente adquiriendo una mayor complejidad. Los textos de Vicente E. Pertegaz referidos al entorno de una huerta valenciana -la noria, un farol, la lluvia, la noche, la luna o la niña que recoge caracoles- dan lugar a una música tan descriptiva como sugerente que abarca una amplísima gama de registros expresivos». Sonoridades francesas, cromatismos, jugando con bitonalismo, atonalismo y tonalidad académica, este ‘Paréntesis lírico» es un muestrario de la versatilidad musical de Palau por todos los recursos compositivos utilizados. Siete lieder para disfrutar de la voz de Mar y el piano de Aurelio: Imperceptible, de recuerdo catedralicio debussyano en el piano y exigente registro grave en la voz; Noria vieja , evocadora desde el cromatismo al piano y sentida de la soprano con difícil entonación así como su amplia tesitura; Lluvia, la más francesa en todo e igualmente exigente para los dos intérpretes; otro giro de estilo con Caracolera, cante andaluz o tonada llevada al salón de conciertos; Farsa, llena de atonalidad que viste una melodía resplandeciente, expresionista y totalmente actual con la rompedora habanera final («¡Qué danza más loca!» dice la letra ); la cita del “Dies Irae” en Farsa, un delicioso «engaño» en el piano para llevar la melodía misteriosa cantada por la soprano, y la «marcha surrealista» de Luna muerta que da título al disco y «cierra brillantemente esta antología con una de las canciones más sorprendentes del repertorio lírico español del siglo XX», un verdadero descubrimiento de un repertorio que sigue asombrándonos por el tiempo que ha permanecido en un cajón pero que un trabajo de investigación, ensayo y sabia elección de la intérprete ideal para ello al menos tenemos la ocasión de escucharlo cuantas veces queramos, esperando se mantenga en los conciertos de nuestra amplia geografía.
La toma de sonido perfecta para poder escuchar un piano excelente y toda la amplia gama de matices y buen gusto de la soprano, y todo un CD cuidado hasta el mínimo detalle.
Pistas:
01-06. Seis Lieder:
I. Por el montecico sola (Lope de Vega); II. Gritos daba la morenica (Cancionero anónimo de la Edad Media); III. Mal ferida iba la garza (Anónimo); IV. La flor de la villa (Cancionero anónimo de la Edad Media); V. ¿Con qué la lavaré? (Cancionero anónimo de la Edad Media); VI. De los álamos vengo, madre (Anónimo).
07-08. Dos canciones amatorias:
I. No me habléis, conde (Anónimo); II. Ya no más (Cancionero de Upsala).
09. ¿Qué sentís, corazón mío? (Anónimo siglo XVI); 10. Elegía al Caballero de Olmedo (Lope de Vega); 11. Villancico (Lope de Vega); 12. La Virgen va caminando (Popular); 13. La palmera (Gerardo Diego); 14. Partida (Lluís Guarner Pérez); 15. Arroyuelo del molino (José María Pemán); 16. Chove (José Ramón Fernández-Oxea); 17. Tonadilla (Estanislao Alberola); 18. Chiquilla (Estanislao Arberola).
19-20. Dos Lieder (Juan Lacomba):
I. Ávila; II. Montesa.
21-22. Del Oriente Lejano:
I. Improvisación (Li-Tai-Pe, siglo XVI); II. Lírica japonesa (Anónimo japonés, siglo XVI).
23-29. Paréntesis lírico (Vicente E. Pertegaz):
I. Imperceptible; II. Noria vieja; III. Lluvia; IV. Caracolera; V. Farsa; VI. Farol; VII. Luna muerta.
Grabado, mezclado y masterizado en los Estudios Cezanne, 24 a 27 julio de 2023 por Javier Monteverde.
Diciembre tendrá en estas jornadas de piano dos generaciones de pianistas que a mi edad me sitúo entre ambos extremos: el próximo miércoles 13Joaquín Achúcarro (1932) a quien sigo desde 1972 cuando me embrujase en la centenaria Sociedad Filarmónica, y este lunes a Bruce Liu (1997), impactante, joven ya maduro que dará mucho que hablar en este siglo XXI. Tantas figuras han pasado por «La Viena Española» que sigue escribiendo la historia, y además en la festividad de Santa Bárbara suponía el debut en nuestro país del Primer Premio del Concurso de Piano Chopin 2021 -la misma edición donde el gijonés Martín García ganaría el tercero-, un talento nacido en París de padres chinos y criado en Montreal -tiene la nacionalidad canadiense- en tiempos de globalización también en el mundo de las 88 teclas, olvidándonos de escuelas pianísticas o tendencias.
Y esta figura de nombre ligado a las artes marciales y apellido pucciniano no defraudó en un programa verdaderamente de virtuoso que ofreció a dos gigantes del piano que se inspiraron nada menos que en el Don Giovanni mozartiano pero también su asombrosa técnica al servicio de la música con dos franceses casi en las antípodas pero delicados para confrontar sonoridades, estilos y visiones desde la interpretación madura del cosmopolita y generoso Liu.
Si Rameau es el máximo representante del clavecinismo francés junto a Couperin, la tentación de interpretar música barroca al piano supera cualquier opinión personal e incluso histórica, y así lo pude comprobar también en estas jornadas con Don Gregorio y su Purcell emparejado con Mozart, quien también ha incorporado a su amplio repertorio el clave del francés, sin dejarme mi pasado Festival de Granada con una pléyade de pianistas que en las llamadas «Play lists» figuran entre los más reproducidos.
El directo de Bruce Liues único, con una técnica impecable donde el uso de los pedales marca sonoridades propias y muy cuidadas pero la limpieza en la digitación, la claridad expositiva y una amplísima gama de matices le dan todos los recursos para enfrentarse al repertorio de cualquier época con una solvencia y madurez asombrosa pese a su edad. Dice un proverbio que «Algo tendrá el agua cuando la bendicen» y ganar el Chopin no está al alcance de cualquiera aunque los concursos parezcan estar desprestigiados, en parte por los miembros de los jurados. Lo mismo podría decir de «fichar» por el sello amarillo que acierta en lo comercial pero también supone un escaparate mundial para sus «primeras figuras», independientemente de su mayor o menor calidad, y en el caso de Bruce Liu el acierto ha sido grande.
La selección de piezas de Rameau que el maestro Francisco Jaime Pantín desgrana en las notas al programa (enlazadas igualmente al inicio), se centró en las tres colecciones que dejo indicadas al final, y que representan una brillantez de escritura y un catálogo de expresividad. Liu exprimió al máximo las seis, limpieza en todos los sentidos, pedales comedidos para no enturbiar el discurso pero dándole todo el color desde el piano a estos «grabados» clavecinistas, como sucederá con Bach en tantos intérpretes del siglo pasado. El antes citado Sokolov tiene a Rameauentre sus propinas favoritas y ha grabado también para el sello amarillo como Liu. Así Les Cyclopes fueron más calmados que las del ruso nacionalizado español mientras Les Sauvages el canadiense la ejecutó ligeramente más rápida sin perdernos ni una nota. A la multinacional alemana no le importa repetir obras con distintos intérpretes y el mundo de la crítica discográfica es aficionado a compararlas también en los tiempos. Lo que tengo claro tras lo escuchado este primer lunes de diciembre por el canadiense nacido en París con su Rameau aporta una visión actual a un repertorio que sin ser pianístico luce siempre cuando el acercamiento respeta lo escrito y lo llena de colores personales.
Y para el «Premio Chopin» no podía faltar el gran polaco del piano con las Variaciones sobre “Là ci darem la mano”, obra de un joven pianista y compositor además de se la primera obra para piano con orquesta (opus 2) pero despojada del acompañamiento sinfónico para poder disfrutar de todos los recursos del instrumento en aquellos salones del XIX y donde la inspiración en las óperas no solo las hacían llegar a todos los públicos sino a impactar con el virtuosismo que se hace y sigue haciendo casi imposible a tantos estudiantes de piano. Liu «cantó» el famoso dúo del Don Giovanni de Mozart con respiraciones, fraseos y el estilo propio del polaco que emana en cada una de las cinco variaciones, incluso indicadas en la partitura. La técnica es necesaria pero la musicalidad de Bruce la hace parecer menor de lo que es, la siempre engañosa facilidad mozartiana que transvasada al lenguaje chopiniano es vestir con traje romántico un clasicismo latente con cualquier ropaje.
La segunda parte volvería a emparejar lo francés y la inspiración en Mozart de otro virtuoso del piano, Ravel con Liszt. Desde esta divergencia cronológica convergiendo al piano y dando cierta homogeneidad a las obras elegidas, los Miroirs (1904-1905) de Ravel casi fueron un viaje en el tiempo del estilo clavecinístico, una visión más que versión propia como pueda ser Picasso y Velázquez con «Las meninas». Cinco piezas que fueron espejos, reflejos, ilustraciones a los propios títulos como harían Debussy el propio Liszt. De nuevo el color de Bruce Liu mezclando y superponiendo sonoridades, si en Rameau era acuarela de un solo y leve trazo, en Ravel óleo de amplia pincelada, lo etéreo y melancólico junto al misterio y la angustia, paleta de color y emotividad pianística, con una Alborada del Gracioso plenamente sinfónica desde las 88 teclas demostrando de nuevo la maravillosa escritura y capacidad de Ravel para crear estos enormes lienzos conformando una exposición que termina en el Valle de las Campanas de serenidad contrapuesta a la sensualidad anterior, soledad del intérprete tras un intenso paseo.
Dos bloques franceses y parisinos como el propio pianista que nos regalaría dos joyas resumiendo el propio programa con el que debutaba en España: primero el Preludio en si menor BVV 855a de Bach en el arreglo de Siloti, el clave que crece en el piano, y de nuevo Chopin con su famosísimo Vals del minuto (que duró sólo un poco más), el Bruce Liu figura emergente que engrandece la larga lista de pianistas en «La Viena Española».
PROGRAMA
PRIMERA PARTE
Jean-Philippe Rameau (1683-1764):
Les tendres plaintes. Rondeau (de Pièces de clavecin avec une méthode), RCT 3/1.
Les Cyclopes. Rondeau (de Pièces de clavecin avec une méthode), RCT 3/8.
Menuet I y II (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 6/3 y RCT 6/4.
Les Sauvages (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 6/14.
La Poule (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 6/5.
Gavotte et six doubles (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 5/7.
Frédéric Chopin (1810-1849): Variaciones sobre “Là ci darem la mano”, op. 2:
Introducción. Largo- Poco piu mosso; Tema. Allegretto; Variación 1. Brillante; Variación 2. Veloce, ma accuratamente; Variación 3. Sempre sostenuto; Variación 4. Con bravura; Variación 5. Adagio- Alla Polacca.
SEGUNDA PARTE
Maurice Ravel (1875-1937): Miroirs, M. 43:
I. Noctuelles; II. Oiseaux tristes; III. Une barque sur l’océan; IV. Alborada del grazioso; V. La vallée des cloches.
Franz Liszt (1811-1886): Réminiscences de Don Juan, S. 418
Entre Madrid y Zürich camino de Alemania, nuestra violista más internacional, la navarra Isabel Villanueva (Pamplona, 1988) hacía parada en «La Viena Española» junto al pianista granadino Calio Alonso (Baza, 1985) para ofrecernos un programa germánico de puro romanticismo, donde el instrumento de Enrico Catenar (Turín, 1670) cantó lieder sin necesidad de palabras. Las reseñas que acumula la pamplonesa la definen como «artista que arriesga», «artista sensible que sabe sumergirse en lo más profundo de la música» y añadirle la pasión en cada obra que afronta, encabezando el movimiento «Viola Power», interpretando tanto compositores actuales como los llamados clásicos. Un miércoles para seguir llenando de calificativos una biografía que no para de crecer.
Villanueva nunca defrauda, sea camerística o sinfónica, y esta fría tarde del otoño asturiano en su nueva visita a la capital asturiana, debutando en la centenaria sociedad ovetense, nos traería un repertorio con cuatro «tops románticos» germánicos para disfrutar de su sonido hermoso, siempre a caballo entre el violín y el chelo pero con un timbre «más humano» por cercanía en el registro a la voz natural, que además habla en cada pentagrama, transmitiendo una sensación de calma interior, jugando con las tesituras de las obras elegidas.
Con el piano del baezano la primera parte comenzó con Schumann y una de las tres romanzas (para oboe aunque hay versiones para violín, clarinete o esta tarde viola con piano), que se indica como «Nada rápida», abriendo los oídos del Filarmónica en un canto pausado, respirando con largos trazos dialogados junto al piano siempre compañero más que acompañante, para pasar sin pausa a Schubert y su conocida Sonata «‘Arpeggione’, D 821, instrumento «transmutado» a la viola, la calidez del registro propio bien entendida con el piano del bastetano. Tres movimientos para comprobar que la música bien escrita admite versiones, y Villanueva las trata con el respeto al original pero desde la sonoridad ideal de una viola capaz de sonar aterciopelada (impecable el Adagio central) e incisiva, interiorizada y cantarina. Tan solo en los pizzicatti perdió algo de volumen pese al mimo del piano, aunque la tímbrica funcionó y el aliento romántico se mantuvo en los cuatro movimientos si sumamos como primero la romanza, matices amplios en el dúo y aires germanos de salón hoy convertido en teatro.
Y dos «pesos pesados» para a segunda parte, un programa que sonará pronto en Suiza, lieder que canta la viola de Villanueva compartiendo musicalidad con el piano de Alonso. Primero los Wesendonck Lieder de Wagner, arreglados por la propia Isabel en una tarea donde comunicar esas páginas originales para voz femenina en una visión diría que didáctica, pues lo camerístico y vocal es fuente básica en la escucha y por supuesto en la interpretación, obligando a «cantar interiormente» los poemas de MathildeWesendonck, el único (?) amor platónico del alemán. Mientras Wagner trabajaba en el primer acto de Tristán e Isolda escribe este ciclo de cinco canciones de lo más inspiradas, una música de «transfiguración y consagración supremas» que la viola de Isabel Villanueva y el piano de Calio Alonso entendieron como tal. Arranque dubitativo pero expresivo, planos sonoros amplios ricos, cantos de emociones elevando estas páginas vocales al color y calor instrumental, que en cierto modo recrearán pronto en el Zurich wagneriano el episodio de su «envío a Venecia» por parte de Minna Planner. Melodía pura en Der Engel con un piano matizado; súplica estática en Stehe still!, el inspirador preludio «isoldiano» mejor desnudo de palabras pero vestido con el color de la viola y una orquesta de 88 teclas pidiendo se detenga el tiempo; penas o tormentos del Schmerzen que cantó en todo el registro vocal la viola de Villanueva bien asentada en Alonso; y final del estudio para Tristán, «el olvido de todo, el único recuerdo» que devolvía y compartía protagonismo en este dúo antes de afrontar el final del concierto.
Y para amor platónico el de Brahms hacia Clara Schumann, cerrando el círculo del programa. Otros cinco «lieder» sin necesitar palabras, bellísima la elección e interpretación de todos y cada uno de ellos, el último romántico y gran melodista que se adapta como un guante a esta reinterpretación con la viola y el siempre exigente piano. Comenzaría el dúo con las dos primeras del op. 105, la melodía que atrapa (Wie Melodien zieht es mir) y el sueño tranquilo (Immer leiser wird mein Schlummer), que bisarían al final, canto de tenor más que viola, articulando cada frase en diálogo perfecto con un piano profundo. El alegre y breve «Domingo» (Sonntag), tercero de los cinco op. 47 que la viola sonó aquí a mezzo corpórea con un piano cristalino. Finalizarían con dos de las cuatro op. 43: segunda «La noche de mayo» (Die Mainacht), piano tranquilo sobre el que se dibuja una de las más bellas melodías del «eterno enamorado» en la viola reposada y profunda con agudos contenidos cual voz femenina de soprano, para finalizar con la primera «Del amor eterno» (Von ewiger Liebe), como un cambio de registro de la viola al mejor barítono de lied con piano alemán, un tándem de intensidades y complicidad para una pasión compartida.
Una escapada matutina a «La Villa del Adelantado» y al ágora cultural del arquitecto brasileño para disfrutar con la poesía del Nobel onubense (re)vestida por la guitarra limpia y sentida de la manchega junto al verbo impoluto de la actriz granadina universalizando este proyecto original y creativo en otra bella propuesta de Silvia Nogales, con la calidad habitual de sus interpretaciones, como este domingo resonando en la cúpula de Niemeyer.
Lástima que la acústica ideal para la guitarra no ayudase a entender siempre la poesía de Juan Ramón, aunque el esfuerzo de Esther por moverse para favorecer la inteligibilidad fue encomiable y mejor aún su dramatización y escena con una vocalización de dicción perfecta y un atrezzo sencillo además de efectivo y creativo.
La guitarra sonó tan cristalina como el agua que fluyó, dulce y salada, vida en cada poema del Moguer postcolombino con música por él inspirada.
Los adjetivos para Platero resonaron vívidos en las “seis doncellas” lorquianas, olor a mandarinas, sonidos de pozo, caldero y barreño, la ría avilesina desembocando en el Cantábrico surcándola a dúo lírico hasta el inmenso océano, el flujo dramatizado fundiendo dulce y salado como música y poesía, pues somos agua y así suena la vida.
Un espectáculo para ofrecer en cualquier recinto sin encasillarlo, necesitando buscar nuevos enfoques musicales que encajan allá donde los lleven si los gestores son «omnívoros» y sin complejos: en un teatro, un centro cultural y hasta un auditorio con la amplificación necesaria, pues música y poesía con Nogales y Acevedo es éxito seguro, amplía públicos, tiene calidad musical y literaria, con una perfecta elección de repertorio bien hilvanado, donde solo la guitarra de Silvia Nogales Barrios ya llenaría ella una hora, y si le añadimos el extra de Esther Acevedo todo tiene más sentido para este recital que lleva 10 años de viaje y sigue tan vigente como entonces.
Una alegría volver a disfrutar en mi tierra de Silvia Nogales junto a Esther Acevedo, esperando continúen ofreciendo estos recitales distintos, cercanos, didácticos y siempre llenos de poesía incluso en las páginas instrumentales donde la guitarra habla sin palabras…
PROGRAMA:
Angelo Gilardino (1941): Elegía di marzo (Omaggio a Juan Ramón Jiménez), de «Studi di virtuosità e di trascendenza».
Manuel de Falla (1876-1946): El amor brujo (selección). Arreglo para guitarra de Miguel Llobet. Romance delpescador; Canción del fuego fatuo.
Pablo Despeyroux: Agua.
Leo Brouwer (1939): Preludios epigramáticos (selección): «Desde que el alba quiso ser alba, todo eres madre…»; «Tristes hombres si no mueren de amores…»; «Alrededor de tu piel, ato y desato la mía…».
Eduardo Sáinz de la Maza (1903-1982): Platero y yo (1972): V. Paseo.
Mario Castelnuovo-Tedesco (1895-1968): Platero y yo op. 190 (selección): Platero; Amistad; Ángelus; La luna; El pozo; El loco; A Platero en el cielo de Moguer.
Músico, melómano y profesor de instituto en mi pueblo natal de Mieres (Asturias); vivo en "la aldea" desde diciembre de 1997. Viajero empedernido (aunque pobre), tengo grandes vínculos con Dinamarca donde viajo casi cada año... Casado con Asun Tejedor desde 1991 ¡y pa' seguir! Dicen que me parezco a Daniel Ravinovich (Les Luthiers) y a García Remón (ex-portero y entrenador); algo menos a Peter Sellers (El Guateque) pero con los años nunca se sabe...