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Exquisito Kavakos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Leonidas Kavakos (violín y dirección), Orquesta de Cámara de Europa (Chamber Orchestra of Europe). Obras de Beethoven.

No se puede tener mejor inicio de temporada que Beethoven con dos de sus obras dirigidas juntas en Viena también por un violinista director como Franz Clement (como recuerda Ramón G. Avello en las notas del programa), esta vez Oviedo con el griego Leonidas Kavakos marcando diferencias como intérprete y aún más a la batuta, al frente de una orquesta verdaderamente excelente (también con españoles en sus filas, la flautista salmantina Clara Andrada de la Calle y el cellista leonés Luis Zorita) que nos dejó a todos con un sabor de boca difícil de olvidar. El trabajo previo se notó en cada movimiento, en cada tiempo, en cada textura, como un orfebre que haya trabajado todos los detalles, lo que nos permitió escuchar notas que están en la partitura pero no siempre salen a la superficie, y una calidad en todas las secciones que permitió disfrutar dos interpretaciones de altura.

El Concierto para violín en re mayor, op. 61 (1806) sirvió para impactarnos del sonido orquestal y solístico, más allá del Stradivarius «Abergavenny« siempre pleno de presencia, con un entendimiento más allá de la propia concertación, y un amplísimo abanico de dinámicas para una formación realmente de cámara aunque rondando los 50 músicos.

Tenía que ser un griego quien nos recordase este Clasicismo con mayúsculas, el que avanza inexorable hacia la libertad, escultura iluminando sombras y oscureciendo luces para no cegarnos y dar vida al mármol o la piedra en un concierto original desde su planteamiento inicial, Allegro ma non troppo sinfónico, pleno, con la colocación y elección instrumental estudiada para conseguir colores únicos, dos trompetas y timbales naturales a la derecha, violines enfrentados y contrabajos tras los primeros. La entrada del solista emocionando por la textura y calidez, la música fluyendo de forma natural en todos, las secciones sonando diferenciadas y uniformes, conduciendo lirismo desde una espontaneidad muy cuidada, Kavakos embriagándonos de música con el «tempo» perfecto y dirigiendo con la naturalidad de saberse entendido en cada momento, con una cadencia para paladear en cada detalle. El Larghetto trajo una cuerda sedosa, aterciopelada, equilibrada con el solista, engarzando sin problemas melodías antes de una nueva «cadenza» que puso la piel de gallina antes de atacar con exactitud germana el Rondó final, precisa la orquesta y precioso el violín, alegría, brillo, comunicación y entendimiento lleno de «rubatos» situados en el momento oportuno, midiendo hasta los calderones y con la velocidad suficiente para dejarnos con la miel en los labios por no tener aún más longitud. Orquesta de colores instrumentales únicos, plegada al ánimo del solista y director griego regalando música por todas partes en este único concierto para violín de Beethoven.

Aplausos y varias salidas para que Kavakos nos regalase la «Gavotte en rondeau» de la Partita nº 3 en mi mayor, BWV1006, un Bach perfecto en todos los sentidos, lección de arco, suavidad en los fraseos, dobles cuerdas con volúmenes diferenciados y siempre música a borbotones. Sólo podía estar Bach en medio de Beethoven.

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Eroica» (1804) me faltarán palabras para poder explicar la inenarrable versión del músico griego con la COE, pues hubo tanto para resaltar que seguro me olvido algo. La riqueza de la tímbrica fue algo único, las dos trompetas naturales presentes junto al timbalero nunca arrebatando volúmenes, el trío de trompas -que ya en dúo durante el concierto de violín sonaron aterciopeladas- como una sola por el color y orgánica en acordes; los fagotes precisos y preciosos, sonando por momentos a trompa y en el dúo con ella una nueva sorpresa auditiva; la flauta solista llena de registros emocionantes; clarinete cercanos al cello por fraseo y timbre; el oboe de una musicalidad que conmovía, con un Kavakos dejando fluir todo sin prisas, paladeando cada melodía con su carácter especial redescubriendo el «segundo estilo» de Beethoven, creación personal donde la música expresa sentimientos e ideas al igual que director y orquesta. No importa si originalmente estaba dedicada a Bonaparte porque realmente sonó y fue concebida como «heróica».
El Allegro con brio nos dejó una cuerda brillante y limpia en el fraseo, contrabajos y cellos presentes, madera y metales alternando protagonismo, dinámicas exquisitas sin perderse nada.
La Marcia funebre. Adagio assai tuvo el acierto de jugar con unos tiempos tranquilos que daban más esperanza que tortura interior, recordándome el sufrimiento del mejor Delacroix pero esperanzador por un más allá, quién sabe si la orilla del tema central, pletórico y magnánimo antes de volver a la triste realidad, emoción a flor de piel pero siempre contenida.
Del Scherzo. Allegro Vivace otro soplo de aire fresco, concepciones dinámicas y rítmicas que serán la firma del genio de Bonn enterrado en Viena, el sonido clásico evolucionado, rápido pero nada vertiginoso, de nuevo escuchando todo en su sitio, oboe, flautas, cuerda, fagotes, trompas, timbales y trompetas… ¡todo! como sólo las grandes formaciones y batutas pueden alcanzar cuando existe la química del entendimiento y la complacencia y aceptación del trabajo bien hecho.
La apoteosis llegó con el Finale. Allegro molto – Poco Andante – Presto, variaciones para degustar de una orquesta pletórica, madura, equilibrada, tímbricas casi desconocidas, dinámicas extremas capaces de acallar el auditorio, solistas impecables, secciones en sana rivalidad sonora, ritmo contagioso y vital, silencios majestuosos, contención y vigor con un director de gesto adecuado, casi contenido, pero que saca a flote la riqueza de una partitura que sigue siendo necesario escucharla al menos una vez al año porque siempre descubrimos algo nuevo doscientos años después, máxime con músicos como los de este inicio de temporada que ha puesto el listón muy alto y las emociones a tope.

Leonidas Kavakos quedó firmando discos, aunque mañana estarán en Lisboa, joyas todos y público de todas las edades haciendo cola, siendo los jóvenes quienes disfrutaron como los que más porque también saben paladear lo exquisito, precisamente por escaso.

Tras la gloria

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Jueves 22 de octubre, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre con invitación.
Puntualidad británica, protocolo obliga, en «el concierto de Los Premios» presidido por el Rey Felipe VI que comenzó con todos los intérpretes en el escenario escuchando el «Himno Nacional» llevado por el Maestro Conti con marcialidad y contención en su debut en este concierto previo al viernes de la ceremonia de los Premios, antes de comenzar la Misa «del Gloria» para un público no habitual que aplaudió al finalizar el segundo de los cinco números, puede que por el ímpetu mostrado en él. Y es que tras el ensayo del día anterior donde ya había unos tiempos extremos y dinámicas contrapuestas en busca de la mayor expresividad, este jueves «a la gloria«, que resulta principal no ya por el título, se llegó volando más que planeando.

El Coro de la Fundación, que dirige y trabaja muy bien todo el año con su titular, fue el verdadero protagonista, plegado a los designios del director italiano, luchando por mantener el brío, mostrándose más cómodo en los lentos, aunque para los solistas no lo fuese. Pese a mi ubicación en la Sala Polivalente como un componente más de la formación, pude comprobar la presencia siempre clara de las voces así como de la orquesta, de matices definidos y equilibrio entre las secciones, solo algo roto por los metales compensado por el excelente efecto orgánico del Maestoso «Quo niam tu sous», aunque los tuviera a todos de espaldas, buen síntoma de su proyección y acústica, totalmente distinta sin la pared habitual.
Del concierto me quedo dentro del extenso y variado Gloria con su «Laudamus te» más el «Domine deus» homofónicos y matizados por coro y orquesta, verdadero remanso tras el vértigo, elevado a placer con David Menéndez del «Qui tolis» poderoso, medido y cantado con el sentimiento y fraseo necesarios, así como el Allegro fugado por la dificultad del aire elegido por Conti para voces e instrumentistas que respondieron al stress «Cum sancto spiritu«.

En el Credo también hubo momentos para degustar este plato joven del de Lucca, la orquesta en tresillos mientras el coro cantaba «et expatre natum» en un trayecto vital y textual hacia el «lumen de lumine»por la carga tímbrica lograda por Conti preparando el bellísimo «Et incarnatus» bien cantado por Ramón Vargas, timbre ideal para Puccini, más encajado pero no perfecto (de hecho lo debutaba hoy en Oviedo), al que me pareció algo falto de pianos en los agudos, pero de fraseo hermoso con un coro compañero de lujo, y de nuevo David Menéndez «clavando» el «Crucifixus» que me supo a poco por lo bien escrito y mejor cantado, en compañía de un coro arropando y disfrutando a medida que avanzaba este acto de fe tan pucciniano.
Con el Sanctus y Benedictus ya alcanzamos «Pleni sunt coeli et terra», nueva lección del barítono asturiano sobreponiéndose sin problemas a una orquesta en su plano tras aparición regia y comentarios conyugales en el palco, y un «Hosanna» convincente (supongo que sin segundas intenciones). Quedaba el dúo final de los solistas, empastados, unísono antes del último paseo «miserere nobis» no tan impactante como el gloria aunque se buscase la misma desde el final recogido bien marcado por el director italiano.

Punto final hacia las 20:20 h. con «Asturias Patria Querida» sonando sinfónico-coral y popular entonado por todo el «coro trasero», con final italiano al que tendremos que cantárselo más a menudo. Aplausos familiares y salida rápida para la aldea del que suscribe, escapando de tumultos y protocolos.

Ensayo de gloria

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Miércoles 21 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias, ensayo general: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre (con invitación)
Ensayo general para el «concierto de los premios» del jueves a las 19:30 horas al que asisten los actuales reyes (parece que la reina asturiana llegará más tarde, pues estará con Coppola en Gijón) desde que eran príncipes, y ahora la Fundación renombrada «Princesa de Asturias» donde su coro muestra lo mejor de su repertorio sinfónico coral, esta vez debutando la OFil con su titular y una preciosidad de claro sabor operístico como la Misa de Gloria (titulada originalmente «Misa para solistas, cuatro voces y orquesta», 1880) del compositor de Lucca.
De solistas el afamado tenor mexicano Ramón Vargas, que no dio la talla aunque los generales siempre son para encajar más que interpretar, y el barítono asturiano David Menéndez en un momento vocal único y con una trayectoria bien trabajada y asentada en el panorama lírico.

Cinco números con el sello de Puccini para una obra juvenil de apenas una hora de duración donde las voces se mueven en registros medios y graves que dificultan presencias con una nutrida y poderosa orquestación más unos agudos nunca excesivos y bien situados, música al servicio del texto del ordinario de la misa católica.
El maestro Conti optó en este ensayo por dinámicas variadas en todos los intérpretes y agógica casi extrema, tendiendo a unos rubati excesivos que hacían perder pulsación, acelerando en fuertes para frenar los pianos, incluso ritardandi también algo largos, aunque el coro siempre respondió atento al italiano.
El Kyrie arrancó con una cuerda sedosa de graves marcados antes de la entrada del coro casi celestial, con sopranos contenidas en pos de la melodía serena que va contestándose por tenores, bajos y contraltos más el subrayado orquestal antes del «Christe» poderoso en su modulación, casi de requiem dado el carácter marcado por trombones y tuba antes del nuevo «ascenso al cielo», revoloteos pletóricos de esa ondulante melodía.
Contraste total para un Gloria indicado como Allegro ma non troppo despojado del calificativo al buscar un aire casi infantil y demasiado fresco que impidió paladear el texto latino, aunque la orquesta pareció disfutar con este ímpetu casi marcial cual homenaje verdiano de tinte egipcio, deteniendo el vuelo en el «Et in terra», litúrgico en concepción e interpretación, orquestación con reminiscencia de órgano y polifonía clásica de motete elevado a un lenguaje claramente operístico, por lo que esta misa fue tachada de caracter teatral cuando dramatizar consista precisamente en esto, apareciendo el primer solo de tenor «Gratias» cual aria con si bemol incluido y flauta límpida, al que faltó algo de sentimiento y sonido más pulido, menos abierto (puede que por lo comentado de un general), algo que la cuerda sí tuvo presente remarcando los silencios del solista con aromas «bohemios» antes de volver a la gloria coral con un «Qui tollis» para deleite de las voces masculinas contestadas por unas blancas cantando con verdadero mimo y tensión compartida, nuevamente verdiano y marcial de metales presentes manteniendo volúmenes desde el podio, más un «Cum Sancto» impecable, con tensiones bien resueltas para saborear ese fugado final con una orquesta sincopada.
Verdadero acto de fe el Credo aparentemente sencillo pero con recovecos de todos, coro, orquesta y solistas, inicio fortísimo pero de registro grave en el coro, impecable en dinámicas que mantuvo el tipo en todo momento, llegando el solo de tenor sin amoldarse al «Et incarnatus» (el concierto espero sea otra cosa), más buscando encajarlo que sentirlo, agudos tensos y buscando el entendimiento, todo lo contrario del «Crucifixus» del asturiano que resolvió con seguridad y potencia, grave contundente más agudos sostenidos incluso en los pianos, verdadera demostración de buen gusto y musicalidad hasta el los momentos «soto voce» que la orquesta redondeó desde la cuerda, rubricando un excelente número.
El Sanctus et Benedictus devolvió la dulzura sinfónico-coral, escritura con lenguaje propio llena de momentos plenamente luminosos junto a los destellos de oscuridad expresiva, orquesta subyugante en busca de paleta propia, barítono arropado y compartiendo colorido, «Hossana!» que se apaga antes del cierre con el Agnus Dei que nos dejó un dúo solista desequilibrado del lado «visitante» y compensado por los «locales», barítono y coro seguros (manteniendo su «Miserere» afinado) bien apoyados por la orquesta de un Conti enamorado de esta partitura rescatada en 1952 que hacía años no escuchaba en Oviedo.
Ensayo fructífero para todos aunque el concierto siempre es distinto… Mi ubicación será otra pero promete emoción y pasajes para disfrutar.

Música con aromas

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Viernes 16 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 OSPA, Alexander Vasiliev (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Benito Lauret, Prokofiev, Marcos Fernández Barrero y Paul Hindemith.
Comenzó oficialmente nuestra temporada de la orquesta asturiana, la de sus bodas de plata con una conferencia previa al primero de abono, que derivó en tertulia con varios de los presentes, a cargo de la gerente Ana Mateo acompañada por el gestor y crítico musical Cosme Marina recordando los inicios de la OSPA así como sus orígenes, allá por 1939 (si bien ya existía en la Segunda República) con Ángel Muñiz Toca de concertino y posterior director (olvidándonos de Vicente Santimoteo Maderuelo) o Benito Lauret (¿para cuándo su homenaje?), aquella Orquesta de Cámara de Asturias que tanto ayudó a cimentar la posterior Orquesta Sinfónica de Asturias (OSA) con un joven Víctor Pablo Pérez, antes de la constitución profesional de la formación actual en 1991, donde el tándem Inmaculada Quintanal – Max Valdés relanzaron a nivel nacional e internacional la orquesta, verdadera marca Asturias. Interesante tertulia que casi enlazó con el concierto y donde uno de los mayores retos planteados está en la formación del público futuro, enlazando ocio y formación puesto que el proyecto Link Up llegará este curso escolar a su cuarto año, movilizando más de 5.000 escolares de nuestro Principado para actuar con la OSPA cada primavera, todo un ejemplo a seguir que nos ha traído desde la Fundación Kurt Weill del Carnegie Hall neoyorquino el titular actual Rossen Milanov, implicando a docentes, profesores y administraciones. Está por escribirse el libro de estos casi 100 años de historia, donde Oviedo y toda Asturias siempre han tenido en la música su peculiar seña de identidad.

Foto ©OSPA

No se han olvidado los responsables de continuar con la propuesta ¿A qué sabe la música? que aglutina el director y cocinero búlgaro con los más reconocidos colegas gastronómicos, esta vez Luis Alberto Martínez de Casa Fermín, quien comentó desde el escenario antes de arrancar el concierto su propuesta plenamente autóctona, «Otoño», con ingredientes de temporada donde están las castañas o las setas, abriendo todos la caja sorpresa entregada al entrar, que contenía globos azules y amarillos (colores de la bandera asturiana) y en su interior aroma de canela, que al soltarlos impregnaron el auditorio para enmarcar el arranque de las Escenas asturianas (1976) de Benito Lauret Mediato (1929-2005), verdadero regalo que el músico cartagenero nos hizo a nuestra cultura, reflejando como nadie la riqueza del folklore asturiano y elevarla a la categoría de música culta. Melodías con orquestación pletórica y luminosa que no podían faltar en este concierto, obra que muchos de los integrantes han interpretado con distintos directores y formaciones (hay un excelente arreglo para Banda) y tomándolo como nexo universal para sentir todos esta esencia asturiana, Milanov el primero y plenamente integrado, dejándonos una versión alegre, nacionalista (aunque el tiempo va cambiándole el color) y diáfana precisamente como nuestra estación más bella, el otoño.

Alexander Vasiliev es el concertino de la OSPA desde sus inicios, diríamos que la cara visible y casi emblema de la formación, siendo habitual ese paso al frente para actuar como solista, dejando su sitio a la ayudante Eva Meliskova, y esta vez con el Concierto para violín nº 2 en sol menor, op. 63 (1935) de Sergei Prokofiev (1891-1953). Podría escribir tanto del autor como del intérprete puesto que ambos sienten esta música como propia, casi genética, y así nos la hicieron llegar con una plantilla orquestal menos numerosa, diríamos que clásica (sin trombones ni tuba) que ayuda a disfrutar del solista, de presencia compacta en todas sus secciones, manteniendo la colocación vienesa de anteriores temporadas, y que brilló con su concertino en sus tres movimientos, juegos tímbricos combinando emparejamientos agradecidos y técnicas acertadísimas. El Allegro moderato arropado por la cuerda grave mostró el virtuosismo de Vasiliev, pizzicatos bien presentes para completar atmósfera preparando un Andante assai emocionante y casi religioso con coprotagonismo del clarinete en el mismo idioma, antes del Allegro ben marcato contrastante, en cierto modo irónico por lo disonante y rítmico sin perder tensión en ningún momento, bien concertado por Milanov, siempre atento a «su mano izquierda», empujado por una percusión en estado de gracia. Excelente versión que agradó al público obligando a salir en repetidas ocasiones al muy querido Vasiliev que se marcó un Capricho (el opus 1 nº 21) de Paganini como regalo, demostrando que los años solo pesan para bien, como en los vinos, madurez y musicalidad innatas compartidas con todos nosotros.

Estuvo bien la idea de alterar el orden inicial del programa y colocar el estreno de Reflejos (2014) de Marcos Fernández Barrero (Barcelona, 1984), un regalo de cumpleaños a nuestra orquesta, que ya interpretase sus Resonancias…  esta vez inspiradas cual breve apunte sinfónico en las notas del himno asturiano trabajando texturas, tímbricas y orquestación con el lenguaje propio del catalán, y que leyendo las notas al programa (enlazadas arriba en los compositores) de Cosme Marina definen perfectamente la intención y ayudaron a saborear este aire de los Lagos de Covadonga en el auditorio.

Totalmente predispuesto ya el oído para afrontar una composición orquestal inmensa y poco programada como la Sinfonía en mi bemol (1940) de Paul Hindemith (1895-1963), verdadera prueba de fuego para la orquesta y su director por la complejidad de una partitura densa que se notó bien entendida y trabajada en todos los aspectos: dinámica y agógica, tiempos pero sobre todo intención. Sinfonía poco conocida de estilo «neoclásico» pero con la firma del alemán por el carácter melódico y enérgico desde una instrumentación potente (maderas a tres, cuatro trompas, tres trompetas y tres trombones, tuba, timbales, percusión y cuerda), auténtico examen final bien planteado por Milanov, feliz en estos repertorios porque conoce sus efectivos a la perfección y partituras de este estilo las disfruta y se nota. Muy interesante cómo sacó a primer plano la escritura contrapuntística que la orquestación exige. Los cuatro movimientos (Muy vivo, Muy lento, Vivo y Moderado) mantuvieron unidad y estilo, desde el arranque breve de la fanfarria con un viento metal poderoso pero nunca aturdiendo, cuarteto de trompas de sonido redondo más trombones y tuba empastados y uniformes, siguiendo con las maderas siempre cálidas y seguras, más la cuerda dando color y expresión incisiva sin olvidarnos del impulso en la percusión. El movimiento lento, sin exagerar y nada estático, diría que épico como en las películas de romanos, permitió alternar colores y dinámicas muy bien trabajadas, nuevamente «los bronces» redondeando sonoridad, solo impecable de flauta, cuerda subyugante y tensa, constraste anímino antes del Sehr langsam tercero, ritmo en estado puro con intervenciones de todas las secciones manteniendo presencia y tensión, crescendos dibujados al detalle, pulsación precisa, melodías claras bien concertadas, antes del Mässig schnelle Halbe, energía e ímpetu «tumultuoso, casi ardiente» que escribe Marina en las notas, disfrute de cada solista y simbiosis orquestal bien trazada desde el podio, colofón sinfónico a esta primera jornada de una temporada festiva que traerá más sorpresas y regalos. Nuestra OSPA está en forma y deseosa de mantener el nivel demostrado: contundentes, seguros y esperanzados… como sus fieles seguidores, contando en aumentar esta gran familia a lo largo del curso en el que ya estamos inmersos.

La OSPA desde La Cuna

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Viernes 9 de octubre, 18:30 horas. Real Sitio de Covadonga, Basílica. Concierto extraordinario OSPA; solistas de violín: Alexander Vasiliev, Eva Meliskova, Héctor Corpus, Pedro Ordieres; director: Rossen Milanov. Obras de Vivaldi y Tchaikovsky. Entrada gratuita.

Arranca la temporada de las bodas de plata de nuestra Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y nada mejor que haciendo nuevamente este peregrinaje a Covadonga, la cuna de España, con toda la simbología que ello conlleva, de la mano de su titular y con cuatro solistas de la propia formación que afronta un curso de obras señeras alternando con estrenos y visitándonos directores e intérpretes muy vinculados a la orquesta de todos los asturianos.

Largas colas que me recordaban la Novena de la Santina y un lleno en la Basílica con público llegado en autobuses especiales desde las principales ciudades asturianas y en coches particulares, lo que hizo algo lenta la vuelta a casa pero mereciendo la pena, con dos números cuatros que fueron cual campanadas para este éxito sinfónico, congregando a muchos abonados al lado de aficionados y jubilados que aprovecharon una tarde otoñal muy agradecida.

Las cuatro estaciones, op. 8 (1725) de Antonio Vivaldi puede que sea el conjunto de cuatro conciertos más popular y escuchado de la historia por el gran público, agradecida de escuchar en cualquier versión y estilo interpretativo, que además tuvo cuatro solistas de verdadero lujo para cada una de ellas, cuatro violinistas y artistas que dieron su personal impronta arropados por una orquesta de cámara con clave que sonó siempre poderosa en los graves y clara en los agudos, buen entendimiento y equilibrio entre todos, intentando resumir cada uno de los cuatro conciertos y músicos:

Pedro Ordieres nos dejó una primavera asturiana, inicio algo frío y como «intentos de alergia» hasta ir entonándose a medida que avanzaba, calentando el aire con líneas limpias y tiempos nada vertiginosos que buscaron el color desde una versión muy inglesa, como era de esperar en él, bien arropado por una «camerata de casa».
Héctor Corpus brindó un verano atlántico, cálido pero no plomizo, disfrutando los momentos lentos y degustando los vivos en una cascada de refrescantes gotas desde un clave en el punto justo, peso y poso de violín.

Eva Meliskova nos pintó el mejor cuadro de un joven otoño en Praga, con rubatos sentidos y entendidos por Milanov y el «grosso» desde un romanticismo interpretativo que no olvidó la fuente barroca, sonido muy presente y redondo lleno de musicalidad plena para la estación más vivaldiana.
Nadie mejor para el invierno ruso que Alexander Vasiliev, el magisterio de los años como el de los buenos licores, dominador de técnica y discurso melódico capaz de presentarnos los copos de nieve como diamantes tallados en un aro bien engarzado por una camerística formación de pizzicati redondos que el titular llevó de la mano según cada solistas, siendo un metafórico invierno que espera la primavera de una jubilación nunca total en los músicos.

Lo dicho, cuatro estaciones por cuatro magníficos, cuatro historias como cuadros sonoros con distintas lenguas y el mismo idioma de la música bien ejecutada.

Y el último cuatro, el cuadrado como perfección de los cuatro movimientos de la Sinfonía nº 4 en fa menor, opus 36 (1877-1893) de Tchaikovski, para una orquesta en pleno, plena de buen gusto y sonido, ayudada por la excelente acústica del templo tan bien pintado por «el alemán de Corao» esta vez esculpido por «el búlgaro de la OSPA«, conocedor de memoria al detalle esta maravilla sinfónica así como del material humano con el que cuenta para sacar de todas las secciones la mejor versión posible, esta vez plegadas al escultor. La cuerda sonó siempre mordiente, hiriente, trágica y plena, sin problemas en ningún pasaje, la madera siempre impecable con los solistas encajando todos los detalles, más que pilares gárgolas, la percusión bien ubicada y apareciendo en el primer plano preciso, pero sobre todo unos metales afinados, empastados, potentes y brillantes en perfecto equilibrio con el resto de la plantilla, estabilidad total de cada familia instrumental dando presencia a las melodías que conforman esta cuarta de verdadero lujo, edificio musical lleno de emoción desde la sobriedad. Hoy la Basílica de Covadonga se volvió Catedral sonora y la piedra rosada devolvió una música multicolor por la que pasaron todas las estaciones con una predicción «metereológica» optimista tras el concierto desde la cuna.

Codalario suma y sigue acertando

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Sábado 3 de octubre, 19:00 horas. Salón de Actos del COAM, Madrid. Premios Codalario de la música 2015. Entrada por invitación.

Codalario, mucho más que un portal web o una revista digital, volvía a la capital de España para presentar su Anuario 2015, ya a la venta por 10 €, mejorando aún los anteriores en cantidad y calidad (convirtiendo esta publicación en una, sino la mejor editada del mundo musical), además de entregar unos premios que ya van por su tercera edición, una «Musa inconclusa» del pintor y escultor Sergio Portela Campos, que están asentándose como referente del panorama musical más allá de nuestras fronteras y que son una ceremonia de reconocimiento a los valores musicales así como el encuentro de distintas figuras y melómanos.

Larga la lista de verdaderas autoridades en los distintos campos del saber y artistas españoles a los que admiro (algunos como Joaquín Achúcarro, premiado en la anterior edición, o el director Enrique García Asensio) y sigo desde hace años (Mª José Montiel, Luis Cansino, Svetla Krasteva, Miguel Borrallo, Cecilia Lavilla, Aurelio Viribay, Cristina Faus o Sonia de Munck por citar algunos), convirtiéndose muchas en amistades imperecederas precisamente por compartir la misma pasión.

Sonaba de fondo una grabación de Teresa Berganza y sus Canciones españolas mientras tomábamos asiento en un salón lleno antes del discurso inicial del Aurelio M. Seco, director de la publicación y docente donde no faltaron críticas ni elogios («¿Para cuándo un apoyo decidido, sistemático y estable al mundo de la música?»), sin olvidar a todo el equipo de Codalario o un repaso a los premiados de este año.

El redactor jefe Gonzalo Lahoz hizo de maestro de ceremonias con cercanía, emoción, pasión juvenil pero madura, glosando con cariño a cada premiado, todos presentes en la sala y absortos con las palabras espontáneas del madrileño, porque la palabra también puede ayudar a la música. Y con distintos vídeos fueron subiendo al estrado los premiados leyendo las notas del jurado:

Ruth Iniesta, artista revelación, una joven soprano con larga trayectoria en el musical pero que la zarzuela recuperó para la lírica dando pasos seguros en la ópera, revelación para quienes no la hayan escuchado, ganadora del «Jacinto Guerrero» a la mejor intérprete de música española, y ya para todos «La Iniesta» que decía Gonzalo.

Recién llegado de Aalborg el pianista onubense Javier Perianes galardonado con el premio al mejor artista, al que sigo hace años y admiro por su carrera al margen de lo comercial, que toca lo que le gusta como nadie, que sigue fiel a sus maestros Ana Guijarro o Josep Colom y del que otro maestro como Francisco Jaime Pantín hace una semblanza en el Anuario como sólo él podría. La sencillez hecha arte quiso agradecer el apoyo de su familia, dedicándole especialmente a sus padres (uno vivo y la otra fallecida) todo su excelente quehacer desde su pequeño pueblo de Nerva hasta los mejores teatros del mundo, en solitario o buscado por los grandes directores y orquestas para seguir haciendo historia.

En el caso de José Luis Temes no se premiaba al director sino al autor del mejor producto editorial por el libro El siglo de la zarzuela (de 1850 a 1950) publicado por Siruela dedicado a un género algo denostado por nosotros olvidando que Chile importaba en tres semanas toda la producción de «El Juramento» de Gaztambide desde Madrid con todo lo que suponía, poniendo el acento de un conocedor objetivo de este fenómeno culturalmás trascendental de España.

Decir Alfonso Aijón es lo mismo que Ibermúsica, premio a la mejor entidad que como él mismo decía, casi resulta póstumo tras las dificultades pasadas pero que no restan este homenaje más que merecido para quien desde la iniciativa privada ha traído a España lo mejor del panorama mundial, y quien en sus palabras pidió «un premio para el ministro de Cultura «que se ocupe de una vez de la música».

El momento más esperado y emotivo fue el «Premio homenaje a toda una carrera» para la irrepetible y única Teresa Berganza, emocionada al ver en el vídeo tantos amigos que ya no están, coqueta al decir que los surcos de la cara que aparecen en las geniales fotografías del Anuario podrían haberlos retocado, y especialmente la conversación telefónica con Mirella Freni, haciéndonos partícipes de un diálogo de hermanas, bromeando, preguntando por las familias, íntimo y compartido, grandes figuras de la historia a las que he tenido la suerte de escuchar en vivo varias veces, cercanía de las estrellas que nada tienen de divas pese a ser leyendas vivas.

En compañía de los suyos disfrutó y nos hizo disfrutar de este homenaje a la mezzo madrileña más universal, capaz de cantar como nadie a los españoles, de descubrirnos a Mahler, de hacer una Carmen «interiorizada» y sobre todo el mejor Cherubino de Mozart, con el que se abría la entrega de otra «Musa inconclusa», porque continúa su magisterio. La esperamos pronto en Oviedo.

Regalo musical el de Ruth Iniesta acompañada al piano Steinway por un discreto Miguel Huertas en este recinto de hormigón algo duro de acústica, lo que no dio todo el colorido habitual de la soprano zaragozana que comenzó brava y algo metálica en los sobreagudos con Suis-je gentille ainsi? de «Manon» (Massenet), algunas prisas por parte del público en aplaudir tras cada silencio del aria, sentida de principio a fin, y un piano que debe reducir la orquesta como dificultad añadida, suficiente para entrar en calor antes del aria Quel guardo il cavaliere de «Don Pasquale» (Donizzetti), Norina que debutará en breve con Carlos Chausson en el Gayarre de Pamplona que le va muy bien a su registro, buena coloratura y perfecta dicción italiana.

Había que cerrar este minirrecital con algo tan nuestro y de la propia soprano como la polonesa Me llaman la primorosa de «El barbero de Sevilla» (G. Giménez), una romanza cantada con gracia y frescura en un género donde «La Iniesta» se siente más que cómoda.

Un vino español acompañado de cecina leonesa y queso sirvieron de colofón para charlas entre amigos, conocidos y admiradores así como fotos varias que inmortalizaron una verdadera fiesta de la música gracias a Codalario y su equipo. Ya estamos esperando la edición 2016 que volverá a ocupar preferentemente mi agenda para Madrid.

Mayúsculos Cuartetos menores

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Martes 18 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: Cuarteto Quiroga: Aitor Hevia (violín), Cibrán Sierra (violín), Josep Puchades (viola), Helena Poggio (celo). Obras de Haydn y Brahms. Entrada libre.

En su cuenta de Twitter© el Cuarteto Quiroga escribía «500pers aforo completo y una cola con cientos fuera sin escucharnos. Luego dirán q la música de cámara es minoritaria«. Qué más se puede decir del concierto probablemente más esperados de este verano carbayón, algo nunca visto en cuanto a la expectación generada desde su anuncio, porque todos sabíamos que estábamos ante un acontecimiento que triunfa allá donde va, sinónimo de éxito y además en Oviedo ¡gratis!. Porque este cuarteto se le siente como nuestro aunque sólo sea una cuarta parte, la conexión asturiana no es «madreñismo» sino auténtica sinergia desde Llanes hasta Oviedo y un placer poder deleitarse con esta cuadratura del círculo, pasar del Palacio Real al Arqueológico, un cuarteto mayúsculo, casi hercúleo, que afrontó dos obras en modo menor, dos muestras de la excelencia que «El Quiroga» domina de principio a fin, Haydn, el padre del cuarteto, y Brahms, el alumno aventajado, dos momentos, clasicismo y romanticismo, para cuatro magníficos que funcionan como unidad total.

Soy muy dado a buscar paralelismos y no cabe duda que el mejor para hoy es el piragüismo, de hecho nuestra tierra presume de olímpica y universal en este deporte, esta vez en el llamado K4, auténticos campeones individuales que comparten embarcación para remar en perfecta sincronía, respirando al unísono y alcanzando triunfos allá donde compiten, tal es el grado de perfección y entendimiento de una formación que sólo el tiempo, y llevan más de diez años juntos, es capaz de elevar a estas cotas de trabajo permanente. El gallego Cibrán Sierra ha publicado el pasado noviembre un libro titulado «El Cuarteto de Cuerda: laboratorio para una sociedad ilustrada» (Alianza Editorial), casi un manual desde el que comprender esta formación en proceso inverso, casi de retroalimentación de la práctica a la teoría, la historia que nos ayuda a entender mejor y sin olvidar que para muchos de mi generación -y anteriores- supuso el itinerario previo necesario para alcanzar cotas mayores. Así entiende, tal como (d)escribe el cuarteto la música que interpretan desde el conocimiento profundo como docentes y ejecutantes, en una una embarcación que les está llevando por todo el mundo con la calidad como bandera. Ésta es la verdadera «Marca España», un asturiano, un gallego, un valenciano y una madrileña, capaces de acallar bocas con los hechos, la música de cámara con mayúsculas, accesible, popular y embriagadora para todos, moviendo masas en pleno verano carbayón.

El Cuarteto de cuerda en sol menor op. 20 nº 3 (Hob, III. 33) de Haydn es todo un catálogo de sensaciones y el mejor inicio en el mundo camerístico por excelencia, piedra de toque con la receta sempiterna a partir de entonces de los cuatro movimientos, el banco de trabajo y «laboratorio» para experimentar, un Allegro con spirito donde las cuerdas coquetean con un sustento claro del cello, el Menuetto (Allegretto) de evocación barroca por lo danzante y verdadera maravilla polifónica, riqueza de matices posibles desde la sutil limpieza de cada integrante del cuarteto, el extenso Poco adagio de lirismo intrínseco para paladear todos los registros sumados en empaste casi paradisíaco, pianísimos que cortaban el aire (hoy sin apenas interrupciones), silencios dramáticos preparatorios de cada frase con un cello «cantabile» poderoso pero nunca hiriente, acunado por sus tres compañeros de viaje, y el Allegro molto como guinda de un manjar, evolución sin involución sonora pues escuchar perfectamente a los cuatro sin perder unidad es la aspiración de toda la música en conjunto, siendo el cuarteto la mejor manifestación de ello y el elegido auténtica «prueba del algodón».

Brahms pide, exige más como conocedor de sus antepasados y admirador de Beethoven, el Cuarteto de cuerda en do menor, op. 51 nº 1 explora sonoridades, conjuga pizzicatos y arcos, trabaja la melodía en los cuatro instrumentos, da protagonismo desde la colectividad y lo impregna de sentimientos aún más elevados, contrastes y evolución sin revolución: Allegro, tensiones marcadas, sinceridad interpretativa, respeto a cada duración, a cada momento, progresión de cuatro elementos en todas sus combinaciones, sin excesos ni decaimientos; Romanze. Poco Adagio, el más brahmsiano posible, cantabile a más no poder, romanticismo en estado puro y más que el experimento sinfónico la cercanía de lo máximo con lo mínimo, complicidades en todas y cada una de las cuerdas vibrando y cantando como una para alcanzar el timbre celestial cargado de todo el sentimiento posible; Allegretto molto moderato e comodo, el mundo en miniatura, la mínima expresión para el mayor placer, la línea eterna en los extremos dinámicos sin perder plasticidad ni belleza, música cada vez más actual y cercana, conjugando punteo y arco en feliz mezcla tímbrica, para alcanzar el Allegro final que nos sumerge en la angustia, tortuoso, grave, profundo, punzante pero no hiriente, de pulsación vital, respiraciones a una, fraseos prodigiosos, sumas sin restar, multiplicación sonora y sin división de opiniones porque el resultado global te deja vencido ante tanta música directa al estómago, siempre «Brahms con sentido Quiroga».
De menores sólo las modalidades, mayúsculos los cuartetos y gigantesca la interpretación, no podían acabar sino con «un mayor» Haydn, el último movimiento del Op. 20 nº 4 para retomar el vuelo hacia las luces sin sombras.

Talento también en verano

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Miércoles 12 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: Dúo In Extremis: Andrés Fernández (oboe) y Omar Majbour Navarro (piano). Obras de Schumann, Gilles Silvestrini (1961), Tchaikovsky y O. Majbour (Oviedo, 1983). Entrada libre.

Concierto original con estreno incluido del pianista, director y compositor carbayón, organizado de forma cíclica donde no faltaron las correspondiente intervenciones a solo de dos músicos de casa que “in extremis” lograron evitar más fugas de un público veraniego mal educado que acude a ciegas y sin respeto por nada. Menos mal que sólo queda en anécdota pues todo estuvo bien trabajado y ejecutado por un dúo joven con mucho que decir en el difícil terreno de la música.

Schumann abría programa con Tres romanzas, op. 94, tres originales «lieder» sin palabras para la voz del oboe de timbre no siempre nasal, mientras el piano mantuvo y compartió protagonismo arropando melodías, Nicht schnell bien fraseado arropado por un teclado romántico, intenso Einfach, innig, «sencilla y ardorosa», simplemente íntimo pero con fuego, y la última Nicht schnell llena de intensidades y poesía instrumental.

Del oboísta y compositor francés Gilles Silvestrini pudimos escuchar dos lienzos distintos pero de «pinceladas maestras» donde Andrés Fernández jugó con una amplísima y virtuosa paleta de unas partituras con variadas reminiscencias, explorando sonoridades extremas de un instrumento siempre melódico, más de lo esperado a solo: De los Seis cuadros para oboe solo, el nº 2 «Potager et Arbres en Fleurs, Printemps Pontoise», el cuadro de Camile Pissarro primaveral árbol en flor como inspiración de expresividad máxima, incluso espacial en la búsqueda de colores plenos más allá del impresionismo, proyectando el sonido en las dos alas del claustro, ligero, de acento ruso y extremista sin perder expresión para todo un recital de oboe, y tras el estreno comentado, el nº 8 «Le Ballet Espagnol de E. Manet«, cuadro lleno de luz para un nuevo lucimiento solista, ese baile español que me trajo recuerdos de viajes, rumores de la caleta malagueña de Albéniz, expresividad desde la exploración tímbrica de tintes mediterráneos con pellizco flamenco de Alhambra orientalista como la de nuestro Falla, momentos sonoros cercanos al corno inglés ante un registro grave muy compacto, auténtico muestrario de notas extremas cual arco violinístico para semejar dos voces sin perder sentido melódico, verdaderos lienzos maestros con el pincel del oboe de Andrés Fernández.

Omar Majbour eligió para su intervención solista nada menos que a Tchaikovsky, sinónimo de melodía y sentimiento musical, Tres valses para piano que recordaron parte de los ballets sinfónicos del ruso, contrastes de género y tiempo, el opus 39 nº 9 masculino y quasi orquestal, ligero de ritmo bien marcado, la feminidad «sentimental» opus 51 nº 6, introspección menos bailable por el «rubato» que buscó y contagió todo el intimismo de esencia chopiniana, con una mano izquierda que semeja los violonchelos llevando el peso melódico mientras la derecha alza el vuelo cristalino, para volver a la fortaleza en pareja del opus 40 nº 8 por carácter e interpretación, sinfonismo del teclado en blanco y negro en bailarines de salón y puro romanticismo. Muy buena ejecución del pianista ovetense antes de enfrentarse a su estreno.

La Fantasía para oboe y piano, op. 8 del propio Omar Majbour conjuga parte de lo escuchado en el resto del concierto, conocedor del lenguaje del oboe, dominador de la escritura pianística para pasar del acompañamiento al solo en una obra “ad hoc” de plena actualidad. Tiene tintes franceses como los cuadros de Silvestrini, armonías ricas, un completo y variado discurso más allá del lucimiento del viento, que lo tiene, juegos de notas extremas y disonancias sin perder nunca el sentido melódico característico del instrumento «solista», cargas expresivas a base de amplios reguladores y tiempos contrastados, más silencios subrayando un expresionismo cercano. Interesante obra y ejecución de este dúo “in extremis”. Como en cada estreno suelo tomar notas según voy escuchando, aquí las comparto:

Arranca el oboe solo contestado por pinceladas del piano a base de acordes en melodía tranquila antes de desarrollar un tema de aire ruso por fraseo y acompañamiento, ganando en intensidad y tiempo de forma simultánea para un segundo tema jugando en unísonos, notas cortas y silencios, stacatos en ambos protagonistas y un remanso pianístico solo preparando el tercer tema casi oriental y variando el primero, momentos «ad libitum» antes de un puente del piano que retoma el tempo lento de fraseo muy melódico por parte del oboe, escritura muy clásica con los rellenos armónicos del piano donde no faltan notas pedales que engrandecen una sentimental melodía. Prosigue esta fantasía con un crescendo y tempo agitado a base de arpegios y trinos desembocando en un lento y brillante tema de aire francés con unos graves en el piano que contrastan tímbricantemente con el oboe y caminan juntos hacia un final sin excesos, mínima pausa con e silencio subrayando el vivo y aumento dinámico hasta un seco y concluyente fortísimo.

Tras el ya comentado segundo cuadro del oboista francés, se cerraba el círculo virtuoso con el Adagio y allegro op. 70 de Schumann, perfecto principio y final, auténticas «romanzas sin palabras» del Leipzig de Félix y Robert, el “lied” lento de verbo abstracto y claro seguido del “allegro” final tortuoso y brillante, cascada sentimental de protagonismo compartido en el más puro romanticismo alemán.

Las dos propinas fueron muy del gusto de cualquier melómano por lo conocidas: un respetuoso arreglo del Nocturno op. 9 nº 2 de Chopin, aquí con el oboe llevando toda la melodía y el piano original sin ella, para degustar todavía más del placer y dolor romántico, más el Summertime de Gershwin interpretado y sentido como un canto del siglo XX en el lenguaje americano que perseguía el llamado «Chopin de Broadway», aquí despojado de jazz, perfecto entendimiento de un joven dúo sobresaliente ¡y de casa!.

Del público veraniego irreverente y maleducado volver a destacar sus móviles, movimientos ruidosos de sillas, desvergüenza en marcharse sin esperar una pausa entre obras y demás lindezas que mejor no cabrearse ante el incivismo campante de nuestro tiempo. Por lo menos los fotógrafos respetan los tiempos y algunos incluso desactivan el «click» de sus cámaras digitales, marchando a las redacciones al finalizar los intérpretes. Supongo que algo de complicidad artística hay. Todavía queda mucha música de verano en Oviedo, y en las de pago espero no pasar vergüenza ajena.

P.D. 1: Dejo la crónica de N. Hermida en LNE del 13 de agosto.
P.D. 2: Dejo mi crítica en LNE del 14 de agosto.

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Malestar pero nada grave

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Martes 4 de agosto, 20:00 horas. Claustro Museo Arqueológico de Asturias: Festival de Verano Oviedo 2015: Manuel Ballesteros Taboada (contrabajo) e Irina Palazhchenko (piano). Obras de Granados, Falla, G. Bottesini, Chopin, Pere Valls y Piazzolla. Entrada libre.

Nuevo lleno en el Arqueológico para escuchar una propuesta original, por lo inusual, aunque me dejase cierto malestar por conocer al solista desde hace muchos años, sabedor de su enorme carrera y trabajo tanto de solista como de profesor de contrabajo, un músico integral capaz de acercarse a todo tipo de repertorios, pero que esta vez no pareció acertar (con) la compañía, pese a los años juntos, ni tampoco con el programa, habiendo como hay repertorio propio en vez de optar por algunas “adaptaciones vocales” y arreglos donde el registro potente y grave resultó poco cantabile, peor aún si además tiene una amplificación añadida cuando la acústica del Claustro hubiese sido más que suficiente.

El contrabajo no es instrumento solista habitual aunque existan intentos a lo largo de la historia en escribir para él, con verdaderas joyas específicas (al menos escuchamos alguna) más allá de su importancia en la música de cámara o la sinfónica, incluso imprescindible en el jazz y mucha música folklórica, repertorios todos en los que Manuel se desenvuelve sin problemas. Pero es difícil casar su color y afinación con el piano (quienes conocen del tema saben el problema), que además casi nunca estuvo a la altura esperada para una concertista especializada precisamente en acompañar. Noté a disgusto al asturiano, al menos fue mi percepción ya desde el principio del concierto, fraseos poco claros, cambios de octava bruscos, arcos poco ligero y sobre todo la falta de entendimiento con el piano, limitándose diría más a tocar que a interpretar en detrimento de un disfrute por falta de ambos que pienso se transmitió al público. Había mucha música en todas las partituras pero sólo nos llegó una mínima parte, verdadera lástima y cierta amargura por mi parte.

El arreglo para cello y piano del Intermezzo de “Goyescas” (Granados) realizado por Gaspar Cassadó, esta vez con contrabajo, sirvió para calentar motores, claro que intentar reducir el hilo de seda orquestal a la cuerda del contrabajo con acompañamiento de piano es tarea más que ingrata. Reconocible la melodía es decir lo mínimo que podríamos esperar, como podríamos aplicar a las siete «Canciones populares españolas» de Falla, que conocemos de memoria tanto en sus versiones originales para piano y voz (habitualmente soprano / mezzo o tenor) pero también en arreglo con guitarra o adaptaciones para violín, viola o cello, hoy también para contrabajo (creo que en arreglo del maestro vienés Ludwig Streicher) que obliga a esforzarse todavía más para alcanzar el fraseo y tesitura humana que sus hermanos mayores tienen más fácil. Tres de ellas escuchamos en este original dúo: El paño moruno resultó de lágrimas, carece de la agilidad original por mucho que el intérprete intente el fraseo humano doblado incluso con el instrumental del piano; la Asturiana (nada que ver con la «Asturianada» del programa, supongo que deslices de la tierra) intenta consolar y así pareció sentirla Manuel pero el instrumento es poco agradecido y hubo momentos de auténtico gemido más que enamoramieneto; y la siempre comprometida Jota no tuvo nada de bailable, un piano «despojado de notas» añadidas al contrabajo que compensó con todo el sentimiento máximo (casi maño) el desequilibrio casi angustioso, siendo mejor el cambio a la octava aguda, más «humano».

El virtuoso Bottesini cual Paganini o Sarasate del contrabajo ha sido uno de los mayores defensores de su instrumento, intentando auparle a lo máximo en las salas de concierto y auténtico compositor para privilegiados que son el terror de estudiantes de futuros atriles ante obras que les exigen unas cotas de técnica necesarias. Así escribió su Fantasía de “Lucía de Lammermoor” de locura total en la línea de la fama operística que llegaba a los salones europeos en versiones instrumentales para lucimiento de los músicos de arco. Ballesteros tuvo que lidiar con partitura y pianista, dificultades resueltas de manera desigual, especialmente en los agudos y armónicos, nunca en su sitio, necesitando más “legato” aunque reconociendo la dificultad extrema de esta partitura que tarareaba mentalmente mientras la escuchaba, variaciones diabólicas en un original virtuoso de inspiración belcantista que no tuvo el necesario contrapunto del acompañamiento, siempre mejorable. Original e inusual propuesta de dúo desacertada velada en el terreno interpretativo pese a las buenas intenciones del profesor Manuel Ballesteros.

Para dar descanso al contrabajista tras el esfuerzo titánico y retocar afinaciones, la pianista rusa optó nada menos que la Polonesa en la bemol mayor, op. 53 de Chopin, ignorando el porqué de esta elección a la vista de cómo resultó, “patética” en vez de «heroica», para olvidar en un día nada inspirado y pienso que extraño para una profesional de la que esperaba más, perdiéndose, comiéndose notas, intentando compensarlo más con la intención de un rubato por otra parte nada sentido, que con la ejecución, literal.

Volvimos a escuchar música original para esta formación, precisamente de un alumno de Bottesini, el catalán Pere Valls, profesor de contrabajo al que incluso Casals le estrenó su “Romanza” en transcripción para cello, quien compone la Suite Andaluza (1918) como sus contemporáneos españoles sumergidos en pleno nacionalismo musical, hoy suprimida del programa la Saeta pero escuchando el resto: una emocionada y sentida Serenata con más cuerda que tecla, un Polo gitano de inspiración similar a nuestro ibérico Albéniz que adoleció del «pellizco», sin el ritmo contagioso, y finalmente el siempre agradecido y pegadizo Zapateado, casi como el de mi tocayo navarro que al menos no dañó calzado ajeno aunque se quedase cojo por no bailar o entender lo mismo solista y acompañante. Seguí haciéndome cruces y preguntándome la causa de este desaguisado, máxime en una obra que el dúo tiene más que trabajada, pero no hay dos días iguales y el directo tiene estas cosas.

Del Gran tango de Piazzolla me costó descubrir su magnitud y verdadera grandeza, sentir ese ritmo porteño que no resultó baile pese al intento de Manuel, quien realizó todo un esfuerzo para «convertir» en cello su contrabajo y poder brillar sin resultar pisado por Irina, una verdadera lástima por la divergencia y falta de entendimiento entre dos profesores reconocidos que hubiesen conseguido una verdadera (re)interpretación. Dejo arriba un vídeo de ambos intérpretes con la misma, obra, que sin dejarme las mismas sensaciones del claustro, tampoco resulta muy diferente en cuanto a emociones.

Y como existe una parte del público poco entrenado a los conciertos, desconoce las mínimas normas de cortesía o las costumbres (no siempre cumplidas) de esperar que los concertistas no regresen al escenario para saber que ya ha finalizado. Hubo propina mientras salían delante de mis narices, interrumpiendo, haciendo ruido sin esperar e impidiendo que escuchase la propina de aire español. Ni siquiera la megafonía pudo compensar mi intento de agudizar el odio, pero es lo que tiene.

La crítica para La Nueva España ya está enviada con un título distinto al de esta entrada y las limitaciones de espacio habituales de la prensa escrita, algo que desde aquí no supone hándicap alguno además de la posibilidad de enlazar obras, autores, versiones… Supongo salga el próximo jueves 6 donde volveremos al Arqueológico para otro concierto de este ciclo veraniego carbayón, esperando un buen día para los músicos.

Avanzadas a su época

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Martes 28 de julio, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, «Oviedo es música», Claustro del Museo Arqueológico): Begoña García-Tamargo (soprano), Manuel Burgueras (piano). Obras de Clara Schumann, Fanny Mendelssohn y Pauline Viardot. Entrada libre.

No hay vacaciones para la música y menos en Oviedo, auténtica capital musical allá donde las haya, siendo ya cita ineludible los llamados conciertos de verano muchos de ellos en lugar tan mágico como el Claustro del antiguo Monasterio de San Vicente, el mismo donde estuvo el Padre Feijóo. Recordaba antes del recital mis fiestas de San Mateo en Oviedo con mi abuelo, que me hizo socio de la SOF, acudiendo a muchos conciertos en este mismo recinto así como en el salón de actos de la Escuela de Minas. Y quiero dejarlo aquí porque no es nuevo escuchar música en la calle que toma el nombre del viejo monasterio hoy remodelado Museo Arqueológico.

A la vista del programa bien podía haber titulado la entrada «Leipzig-París-Oviedo» parafraseando una película de Woody Allen que enamoró de nuestra tierra al director y escenógrafo premio Príncipe de Asturias de las Artes 2002, haciendo buena publicidad asturiana. También «Música y músicas» como la excelente guía didáctica elaborada por compañeras profesoras de instituto (al final dejo la portada), incluso «Pasión femenina» para no repetir el de mi crítica para La Nueva España del jueves 30.

Y es que las obras eran originales y femeninas, firmadas por apellidos musicales ilustres, pentagramas en la genética y en la propia vida de unas mujeres apasionadas por la música y hasta avanzadas a su tiempo, romántico y masculino:

Clara Wieck (1819-1896), hija del compositor, profesor de piano y vendedor de ellos Friedrich Wieck, mujer compositora y pianista de talento que se enamoraría de un Robert Schumann que trabajaba en la tienda de su padre, que en cierto modo «la explotaba», casándose contra su voluntad y adoptando el apellido de su amado, renunciando incluso a una carrera más que prometedora para convertirse en la mayor defensora de la música de su esposo, auténtica vida de película.

Fanny Hensel-Mendelssohn (1805-1847), hermana mayor de Félix Mendelssohn, hija de de un banquero y filántropo berlinés, nieta del filósofo judeoalemán Moses Mendelssohn, niña prodigio que estudió con Ignaz Moscheles y composición con Carl Friedrich Zelter que la introdujo en la música de Bach, aunque las imposiciones sociales de su época la «encerrarían» en el salón de su casa de Berlín, donde se hacía música semanalmente, componiendo nada menos que 466 obras entre las que encontramos cuadernos de canciones como las que escuchamos hoy en Oviedo, pero también un oratorio Escenas de la Biblia, obras para piano solo, dúos, un trío para violín chelo y piano op. 11, unas Romanzas sin palabras como las de su hermano, habiendo viajado a Italia donde conoció a distintos compositores antes de su muerte con 42 años y seis meses antes que Félix, pasando a un olvido en parte por una familia que se negó a que sus partituras se comercializaran, sus obras se tocaran, o que se escribiera sobre ella, no ya por los prejuicios habituales sino por proceder de una alta posición social y económica, siendo impensable entonces que una mujer ganara dinero con su trabajo o publicara sus obras, aunque felizmente ha sido rescatada para disfrute de melómanos y estudiosos.

Paulina García Sitches (1821-1910), hija de dos cantantes de ópera, el tenor Manuel del Pópulo García y Joaquina Sitches, padres igualmente de la famosa mezzo María Malibrán y el barítono Manuel García, inventor del laringoscopio; a nuestra Pauline parece que la casaron con el escritor e hispanista Louis Viardot, veinte años mayor que ella aunque fuese la «pasión española» de Turguéniev, resultando de aquí un más que probable ménage à trois propiciado por el carácter mundano y liberal del esposo e impulsor de la carrera musical de Pauline Viardot García, una romántica en «estado puro» con arte en las venas, capaz de reunir en el salón de su casa de campo en Courtavenel a lo más granado de entonces: músicos como Chopin, Rossini, Saint-Saëns, Gounod, Liszt -profesor suyo y amor imposible no correspondido-, escritores como George Sand (Aurore Dupin, quien parece le presentó a Louis Viardot), Flaubert, el pintor Delacroix… y estrenando obras como las escuchadas este último martes de julio en Oviedo, o ese Cendrillon que disfruté el año pasado por partida doble. Sangre española la de esta cantante «todoterreno» que nunca pisó nuestro país pero cultivando la lengua materna de sus padres para convertirse en la mejor embajadora de nuestra cultura, mujer políglota, cantante de talento, compositora, pianista, buena dibujante, fascinante conversadora, polifacética, enérgica y vigorosa como la describieron muchos de sus invitados.

Tres grandes personalidades que darían para mucho, avanzadas a su tiempo, cercanas a nosotros por lo que significan de mujer culta, luchadora, trabajadora, sin complejos, a contracorriente, inteligente pero también y sobre todo tan apasionada que se «sacrifican» por amor.

De los Sechs Lieder, op. 13 de Clara Schumann escuchamos una selección formada por Ich stand in dunklen Träumen, Sie liebten sich beide, con textos de Heine, y Liebeszauber (poema de Geibel) que mostraron la cercanía literalmente hablando con los lieder de Robert Schumann, por estilo y escritura, pareja voz-piano en complemento perfecto para unos textos en alemán no del todo claros en la potente voz de Begoña García-Tamargo, a quien le faltó sentimiento y profundidad.

Si Schumann suena a Schumann, Mendelssohn suena a Mendelssohn, no es perogrullada, las dos se acercan a la forma musical vocal romántica por excelencia, a la poesía musical del «lied» que  Fanny Hensel comienza igualmente con Sechs Lieder, op. 1, esta vez una selección de cuatro números en alternancias emotivas dadas por el propio texto de Heine en los dos primeros con el subrayado y diálogo pianístico que nos recuerda a Félix: Schwanenlied: Es fällt ein Stern herunter, un canto de cisne no muy convincente por parte de la soprano gijonesa, Warum sind denn die Rosen so blass? preguntando por la palidez de las rosas, demasiado intenso y falto de legato en la voz equilibrando el discurso pianístico del pianista porteño afincado hace años en España, Morgenständchen: In den Wipfeln frische Lüfte, despertar con serenata matutina y aire fresco sobre un poema de Eichendorff, al que le faltó precisamente más frescura pese al empuje pianístico que siempre intentó transmitir la emoción, y finalmente el Gondellied: O komm zu mir mecidos por el «canto del gondolero» pidiendo ser cazador, animal, latido de corazón cantando «ven a mí», subrayado apolíneo en Burgueras siempre atento al canto algo falto de intimismo y convencimiento, necesitando más consonantes para un texto germano musical a más no poder.

Pero el protagonismo lo tuvo Pauline Viardot, un descubrimiento musical de enorme calidad y estilo totalmente contemporáneo, una selección recuperada por el propio Burgueras en la Biblioteca de París y librerías de antiguo, labor que muchos pianistas están realizando sacando a la luz nuevos repertorios y auténticos estrenos (Haí Luli’ sí la hemos escuchado antes) que resultaron singulares y bien entonadas por la soprano asturiana “in crescendo” como la emoción de cada una. De las 5 Poésies toscanas escuchamos tres: L’inamorata, Serenata Fiorentina de mayor empaque y extensión, y Povera me!, más cómoda la soprano con el idioma de Dante que el de Goethe y Schiller de melodías agradecidas para su registro con un piano sorprendente en escritura y ejecución.

Las diez siguientes, de las que escuchamos siete, demostraron el talento de la cantante y compositora francesa en su idioma, música apoyando siempre al texto, lenguaje pianístico puede que inspirador del mejor Nino Rota por armonías y texturas, la intención de la música completando un texto cantado, para mi gusto con exceso de vibrato más allá de la propia expresión de la partitura donde el francés es melodía en sí mismo, destacando Un jour de printemps de voz silabeada y piano cristalino, la antes citada Haí Lulí’ en compás de 6/8, binario de subdivisión ternaria y muy sentida, casi aria operística de salón, más la última, bisada, Grand oiseaux blancs, que tiene inicio de desnudez vocal, momentos «a capella», después un piano leve con apenas una nota grave, para ir levantando el vuelo, remontando y alcanzando toda la tensión hasta tocar y planear desde el cielo, el mismo que comenzaba a oscurecerse tenuemente en este atarceder de estío ovetense, explosión sonora en los dos intérpretes.

Mujeres protagonistas de sus vidas, de sus obras, músicas apasionadas interpretadas por este dúo conocido y muy querido en Asturias, aunque creo debutaban juntos, y que se ganaron al público desde la primera canción, si bien los aplausos rompieron la unidad de las compositoras, pero el respetable manda y cantar en casa tiene estos peajes. Bravo por esta apuesta novedosa si bien Pauline Viardot continúa enamorándonos a todos, empezando por el propio Manuel.

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