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Bohemia capital Bilbao (5)

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Sábado 4 de marzo, 17:30 horas. Palacio Euskalduna, Bilbao: «Musika-Música». Concierto Nº 18, Auditorio. OSPA, Perry So (director). Mahler: Sinfonía nº5 en do sostenido menor. Entrada: 12 €.

Las notas al programa de Mercedes Albaina, que pondré en cursiva y fusia, describen perfectamente lo vivido y sentido en este quinto concierto para «la quinta de Mahler«, añadida a mis anotaciones que ponen textualmente:

Redescubrimiento de «mi» OSPA con un So claro, conciso, incluso valiente en los tiempos, sabedor de la respuesta. Si la cuerda es segura y la madera la respalda, todos los trompas con un Morató inspirado, fueron la guinda de esta quinta. Cada movimiento iba creciendo en emociones, seguridad y ganas de gustar que el público notó y comentó. Formación de Champions para un Mahler eterno.

Y es que Mahler compuso esta sinfonía en plenitud de «técnica y poderes» como la orquesta asturiana que hacía poco la había interpretado en Oviedo con su titular. Pero el chino So realiza un trabajo minucioso, detallado, que siempre encuentra la respuesta deseada a sus gestos perfectos, la «expresión (…) de un poder sin paralelo de la actividad de un hombre a la luz del sol, que ha alcanzado su clímax vital«. Madurez y experiencia la de este director nacido en Hong Kong pero con una trayectoria internacional creciente a la que nuestra orquesta tiene mucho que agradecer en sus múltiples visitas a la capital asturiana, porque una misma obra en tan poco espacio de tiempo iba a pasar de la noche al día. Sinfonía que habla «de vida y por tanto se presenta al oyente repleta de sensaciones significados y emoción«, tres partes bien diferenciadas en el desarrollo así como en la interpretación comandada por el maestro chino nacido en 1982. El arranque de la Trauermarsch (Marcha fúnebre) supuso el discurrir inexorable de unos músicos entregados, para en el Stürmisch bewegt alternar «potentes climax orquestales, vehementes y tempestuosos con pasajes de sugerente refinamiento«, así fue sonando esta primera parte.

La segunda comenzó con el Scherzo: Kräftig nicht zu schnell, diríamos que «vigoroso pero no demasiado rápido» y textual en la música donde el vals se hace internacional y Perry So entendió a la perfección, jugando con el tiempo y los acentos como si Viena fuese su ciudad, ese ritmo ternario tan peculiar y difícil de hacerlo entender, pero que la formación asturiana tradujo al detalle.

La última parte comienza con el evocador por cinematográfico Adagietto que la cuerda con el arpa hicieron sentir único, delicado, aterciopelo y seda vistiendo la angustia viscontiniana, existencialista y «ofrenda de amor«, pienso que hacia la partitura por parte de So desde la excelencia y seguridad del trabajo bien hecho, antes del Rondó-Finale, «alegría de apariencia simple, que da paso a un tapiz sonoro complejo y bellísimo«,  casi describiendo al director porque la maestría está en hacer parecer fácil un mundo tan complejo para transmitir mucho más que sonidos bien tocados. Jugando con toda la tímbrica de una formación adulta, compacta, donde el tiempo que llevan juntos permite hacer sonar cada sección como si de un solo instrumento se tratase, sirvió para marcarse una quinta indescriptible con mis palabras, degustando el contrapunto marcado al detalle por Perry So, y citando también a Bruno Walter «unas veces apasionada, otras, salvaje, heróica, exuberante, ardiente, solmene o tierna, recorriendo la gama posible de emociones«. Siempre digo que la música refleja sensaciones, momentos y este concierto me hizo feliz por muchas razones más allá de las musicales. Corroborar el estado de la OSPA y la química con So merecieron haber invitado a unos amigos de Bilbao a este concierto y seguir presumiendo de esta «Marca Asturias». Suscribo como termina sus notas la doctora Albaina: «La Música como reflejo de la Vida. Disfruten de ambas«.

Bohemia capital Bilbao (4)

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Sábado 4 de marzo, 13:30 horas. Palacio Euskalduna, Bilbao: «Musika-Música». Concierto Nº 28, Sala A-3. Nadège Rochat (violonchelo), Judith Jáuregui (piano). Obras de A. Dvořák. y L. Janáček. Entrada: 6 €.

Verdadero descubrimiento de obras e intérpretes, especialmente la chelista francosuiza Nadège Rochat que debutaba en España con la donostiarra Judith Jáuregui, una pianista a la que sigo hace años y habitual en estas ediciones de «Musika-Música» tan solvente de solista como acompañante o con orquesta, en un repertorio donde se comparte magia a partes iguales, investigando, grabando y trabajando duro para seguir asentándose entre la larga lista de intérpretes internacionales.

L. Janácek: Pohadka – Fairy Tale, verdadero cuento de hadas por fuerza y vigor, inspirada en el poema del ruso Zhukovsky «El cuento del zar Berdyev» está cargado de ese mundo de fantasía de nuestra infancia y las dos intérpretes hicieron sonora una historia compuesta tras la pérdida de la segunda hija del compositor unido al rechazo de sus óperas, otra vida de película para un músico incomprendido que desde el dolor es capaz de escribir partituras tan mágicas como este dúo para cello y piano.
A. Dvořák: Lasst mich allein opus 82, B.157 y Silent Woods opus 68 nº 5, obras «liederísticas» por sus melodías tan cantábiles de tiempo lento o medio retomando aires sosegados para hacer emerger temas vocales desde el chelo, la música de salón donde Rochat emociona dialogando con el piano de Jáuregui, dos páginas con historia propia contadas por ellas mismas incluso en las notas al programa para las cuatro obras elegidas: «… en pocos días hubo de componer el Rondó en sol menor, arreglar dos de sus Danzas Eslavas y terminar también el arreglo de «Silent Woods», original del ciclo para piano a cuatro manos «From the Bohemian Forest». Las cuatro obras dejan percibir cuán y cómo se sentía Dvořák escribiendo para el cello como instrumento solista, la tesitura es alta y las cualidades líricas del instrumento están explotadas al máximo. El arreglo del lied Lasst mich allein no pertenece al autor pero es de gran interés ya que su melodía inspiró el Adagio del Concierto en si menor, pieza clave del repertorio para cello». Si la elección del repertorio supone un hallazgo, la interpretación fue sorpresivamente emocionante.

Tras una breve pausa volvía Judith Jáuregui en solitario para otro descubrimiento de Janáček, En la niebla, rememorando el estilo evolucionado de Chopin a Debussy (también lo recogen las notas que dejo al final del párrafo), el virtuosismo más el impresionismo de salón conjugando técnica y pasión en un idioma que se afianzará a lo largo del siglo XX e incluso me recordaba por momentos al mejor Albéniz parisino. «En la niebla da muestra de la catarsis en la que se encontraba (…) y evidencia cómo de la melancolía y la falta de autoestima nace una de sus obras más importantes, un ciclo en cuatro movimientos escrito en tonalidades «nebulosas» en las que encontramos la influencia del impresionismo de Debussy». Si la pianista donostiarra nos ha dejado hace poco su «éXtasis» espero que Janáček sea la siguiente grabación en su propio sello discográfico (Berlimusic), apostando por la belleza del dolor.

Para cerrar la mañana otras dos obras de Dvořák, el Rondó en sol menor opus 94, eslavo y moldavo, virtuoso con un entendimiento digno de alabar en ambas intérpretes que cantaron esta página con tanto sabor, pero sobre todo las dos Danzas eslavas opus 46, B. 172, «Polka» y «Furiant» tocadas independientemente con verdadero sabor y perfección, especialmente la última conocida en la versión orquestal, donde piano y cello sonaron sinfónicamente camerísticos.
Un dúo donde el violonchelo de Nadège Rochat resultó cálido y presente, humano y cercano, además de bello (del que ya escribí en el prefacio de estas notas), y el piano de Judith Jáuregui todo un lujo solo y compartiendo pentagramas.

Bohemia capital Bilbao (3)

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Sábado 4 de marzo, 11:45 horas. Palacio Euskalduna, Bilbao: «Musika-Música». Concierto Nº 27, Sala A-3.  Isabel Villanueva (viola), Vlach Quartet Prague. Obras de Dvořák. Entrada: 6 €.


La música de cámara es una escuela para los compositores y para el público entre el que me encuentro, las raíces y base antes de dar el salto a lo sinfónico, la cercanía de los solos, dúos, tríos o quintetos como este para la ocasión con la violista pamplonesa Isabel Villanueva (1988) sumándose al Cuarteto Vlach de Praga (Jana Vlachová, violín – Karel Stadtherr, violín –  Jiří Kabát, viola – Mikael Ericsson, cello) en un programa plenamente Bohemio, el Dvořák que asombraría en el nuevo mundo pero cuyo trabajo camerístico sigue siendo un referente, músicos integrales como estos checos que también han trabajado a nuestro gran Arriaga, más la laureada violista que está llevando el instrumento, un Enrico Catenar de 1670 al que «hace hablar al mismo nivel que su hermano mayor», a rescatar repertorios como el de esta mañana sabatina en una de las salas de cámara del Euskalduna.

A. Dvořák: Terzetto en do mayor opus 74, B. 148.
Trío y triángulo, la mínima perfección con dos violines y una viola, la que tocaba el propio Antonin que se unió a los dos vecinos de su finca para componer esta joya, con un I. Introduzione. Allegro ma non troppo etéreo y explorando el registro, para las «danzas» populares rítmicas y contrastadas, casi «nupciales» (recordándome a Mendelssohn), perfección y entendimiento. El II. Larghetto plenamente camerístico con la economía de medios aprovechada al máximo antes del III. Scherzo rico, con la primer violín casi solista, movimiento y trío pleno además de brillante.

A. Dvořák: Quinteto de cuerdas en mi bemol mayor opus 97, B. 180.
Con sello propio, vibrante, compacto cual quintaesencia del nuevo mundo en el I. Allegro non tanto que arranca la viola antes de sumarse el cuarteto, igual que el II. Allegro vivo, escritura y ejecución impecables, solos de viola y violín arropados con redondez y ritmo. III. Larghetto cual ensayo grave y reconfortante creciendo en todo y todos, llegando en forma para el IV. Finale. Allegro giusto y gusto tras el progreso del anterior movimiento, resultando plenamente actual más de cien años después de su estreno, internacional desde su estancia neoyorquina para un quinteto quasi sinfónico, ensamblado desde la calidad y la calidez, técnica y musicalmente, «melodioso y sencillo» como la propia Isabel Villanueva recoge en las notas al programa, sumándose a los de Praga para hablar juntos el único lenguaje universal que existe además del único capaz de llegar al alma.

Salir de la sala para volver al siguiente… ¡en el capítulo 4!

Bohemia capital Bilbao (2)

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Viernes 3 de marzo, 20:30 horas. Palacio Euskalduna, Bilbao: «Musika-Música». Concierto Nº 3, Auditorio. Stefan Vinke (tenor), Charlotte Hellekant (mezzo), Orquesta Sinfónica de Galicia, Dima Slobodeniouk (director). G. Mahler: La Canción de la Tierra (Das Lied von der Erde).
Entrada: 12 €.




Arranque con ímpetu para esta sinfonía con voces compuesta al final de la azarosa vida de Mahler, tras dos años sin escribir ninguna sinfonía (aún se pensaba en la maldición de una décima tras Beethoven) y cuatro sin componer lied, lo que supondría cerrar un ciclo volviendo a innovar el concepto de la forma sinfonía fusionando sus dos pasiones de la forma «más personal que he creado hasta la fecha» como el propio Gustav reconocía y Pablo Sánchez Quintero recoge en las notas al programa. Por desgracia no la escucharía en vida y su tiempo aún no había llegado. Sería Bruno Walter quien la estrenaría el 20 de noviembre de 1911 en Münich mientras España tendría que esperar hasta el 24 de enero de 1924 con Fernández Arbós.
Pero Bilbao hace posible escuchar en cuatro días parte de sus obras demostrando que Mahler sigue vivo como «Musika-Música«, arrancando con ese «Canto báquico del dolor de la tierra» (Das Trinklied vom Jammer der Erde. Allegro pesante. Ganze Takte, nicht schnell) como buscando embriagarnos o dejarnos poseer cual fiesta dionisíaca con melopea orquestal.

Tierra viva de la sueca Charlotte y el cielo del alemán Stefan abriendo tenso, colores como «El solitario en otoño» (Der Einsame im Herbst. Etwas schleichend. Ermüdet) y «De la juventud» (Von der Jugend. Behaglich heiter) más en la línea esperado y con el contrapeso de la mezzo, aunque ambas voces tardaron en enraizar tapadas por la OSG a la que Dima su titular espoleaba, intentaba domar el ímpetu orquestal cual tormenta juvenil que fue tomando forma «De la belleza» (Von der Schönheit. Comodo. Dolcissimo) hasta los dos últimos números, más cercano el cielo y germinando el fruto de la tierra yerma a toque de gong regada por violines, maderas con la flauta hermana en esas melodías tan duras que por fin llegan a descubrir la flor más bella, primero «El borracho en primavera» (Der Trunkene im Frühling. Allegro. Keck, aber nicht zu schnell) con esos textos de Li-Tai-Po, y la despedida real de «El adiós» (Der Abschied. Schwer).

Obra densa para todos los intérpretes, voces tensas por momentos en los agudos y opacos en graves como un admitido «mal» generalizado pero que la belleza disipa en su totalidad, mejor la mezzo que el tenor, una orquesta con algunos desajustes fruto del brío y su director realizando el trabajo tan difícil como su apellido, Sloboeniouk, para alcanzar el triunfo de la tierra, siempre en femenino.

Bohemia capital Bilbao (1)

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Viernes 3 de marzo, 18:30 horas. Palacio Euskalduna, Bilbao: «Musika-Música». Concierto Nº 2, Auditorio. Miah Persson (soprano), Orquesta Sinfónica de Euskadi, Thierry Fischer (director). Gustav Mahler: Sinfonía nº 4 en sol mayor. Entrada: 12 €.

Mi escapada a Bilbao coincidía con «La Cuarta» ovetense dentro del ciclo del Auditorio, pero esta que abría mi personal maratón musical era más esperada y cercana a la original.

Versión tejiendo el terciopelo hasta la entrada de la soprano, equilibrio y contención de dinámicas así como del aire, reposado por parte del maestro invitado Fischer con una sinfónica densa sin excesos, plantilla ideal con una concertino excelente más una cuerda redonda y cálida, especialmente en el calmado III. Ruhevoll recordando el Adagietto de «la quinta» con el arpa presentemente delicada para pintar una verdadera tabla dorada como apuntaban las notas al programa de Mercedes Albaina retomando palabras de lo escrito por Alma «interpretar su Cuarta Sinfonía como un cuadro antiguo sobre fondo de oro», o las más prosaicas de Janik y Toulmin, «un barniz de valses y de nata batida sobre el sobrehaz de una sociedad cabalgada por la desesperana», tapiz sonoro sobre el que brillaría ese inconmensurable IV. Sehr behaglich con los textos de «El cuerno mágico de la juventud» (Des Knaben Wunderhorn) realmente emocionantes, alegres juegos de madera preparando la intervención de la soprano, Fischer jugando con el rubato justo, las sonoridades en los pizzicatti fueron suficientes para convencer, esperando la aparición de la soprano sueca Miah Persson, color ideal para este Mahler, perfecta de emisión y dicción acompañada de gusto bien arropada por la formación vasca, con metales seguros, madera aseada y colorida, percusión discreta pero correcta y una cuerda bien acoplada, todos bien llevados por un Fischer que buscó la brillantez desde la deseada contención sonora para mimar la voz y poder disfrutarla en toda su belleza. Poder escuchar a la sueca en vivo pero recordó la primera vez en agosto de 2011 de la que dejé constancia en el blog, y por supuesto que «La Persson» no me decepcionó lo más mínimo, reencontrándome con Mahler.

Una excelente cuarta para abrir boca con Mahler esta larga Bohemia del fin de semana. Y en breve el segundo del viernes…

Marzo comienza en Bilbao

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La fiesta de la música que supone el macroevento o Festival «Musika-Música» organizado por la Fundación Bilbao 700 en el Palacio Euskalduna durante cuatro días es cita obligada para todo melómano que se precie y siempre que puedo acudo, pasando previamente por esa taquilla virtual donde además de realizar las gestiones y poner nosotros tiempo y papel, se nos cobran 0,90 € por ello, independientemente del precio (ya grabado con el abusivo 21% de IVA), por lo que mis 10 entradas por duplicado (hay que viajar siempre en compañía) les han supuesto 18€ de ganancia extra. Mejor no enfadarme pero por lo menos lo reflejo aquí. Los precios iban este año de los 12€ (auditorio) a los 4€, aunque normalmente abundan los de 6€ en las salas pequeñas, pero siempre hay actividades gratuitas una vez dentro del Euskalduna. La cafetería tiene «precios vascos» si bien alrededor hay oferta para todos los gustos y bolsillos. Como suele ser habitual, abundante presencia de turistas franceses por cercanía y disponibilidad, pero también de distintos puntos de nuestra geografía además de la excelente tradición musical vasca en general y bilbaina en particular, moviendo cada espectáculo verdaderas riadas de aficionados y familias de los estudiantes que dieron la talla como verdaderos profesionales.

Este año la «maratón musical» estuvo dedicado a la Bohemia, con todo lo que me supondrá escribir correctamente los nombres, aunque seguro que elegiré la opción «occidentalizada», agrupando a cuatro compositores clave de esa zona: Gustav Mahler, Antonín Dvořák, Leoš Jánaček y Bedřich Smetana, participando  850 músicos en 75 conciertos y actividades como conferencias, encuentros con músicos o firmas de discos (este año «los del triángulo verde» pusieron su stand, supongo que con remordimiento al comprobar que en sus establecimientos la llamada música clásica sigue menguando en oferta), sin olvidar todo el personal del Euskalduna además de afinadores donde volví a encontrarme con mi querido Jesús Ángel Arévalo, habitual desde las primeras ediciones, al que veo más en Bilbao que en Oviedo.
Y si los números son de impacto, saber que hubo más de 30.000 espectadores, colocados carteles de completo en muchos conciertos (solo estaban numerados los del Auditorio) además de la oportunidad que tienen las formaciones de distintos conservatorios de actuar y asistir en vivo a muchos de los espectáculos ofertados, es toda una alegría y un oasis a tres horas de mi casa.
Para Bilbao supone seguir siendo capital cultural con todo el impacto económico que supone (hoteles llenos, bares, cafeterías, museos…) y el gasto revirtiendo en ingresos, pese a que los políticos solo vean números fríos y se plieguen a ¿órdenes europeas? de recortar, normalmente en cultura… No podemos esperar de nuestros dirigentes algo más de cultura pero podrían pasarse por estos eventos y comprobar en primera persona o a pie de escenario todo lo que se mueve, la vida fuera de los despachos, y especialmente sembrar para la gente joven pues el futuro para ellos no es precisamente halagüeño como sigan gobernando así… Pero mejor no sigo que me enfado y la fiesta continúa.

A la vista de semejante despliegue cuesta organizar nuestro «menú a la carta», que en mi caso siguió unos criterios: Mahler porque además de gustarme especialmente, escuchar en tan breve lapso de tiempo cuatro sinfonías (1ª, 2ª, 4ª -se ofertaba también en Oviedo- y 5ª) además de los Kindertotenlieder, la «Canción de la Tierra» o las «Canciones del Caminante» son de por sí un hito, teniendo que «rechazar» varios Dvorak de referencia pero también cercanos en la amplia oferta asturiana (toco madera porque los recortes se anuncian como ¡ahorro!). Mi apuesta suele ser sinfónica, no solo apoyando a la OSPA (que ofreció tres conciertos) sino viendo el estado de otras formaciones nacionales pero también de esa Bohemia en la llamada Europa del Este, pero busco siempre un hueco para la música de cámara porque resulta la mejor escuela de compositores y público antes de las obras sinfónicas, encontrando algunas joyas que iremos comentando desde aquí. Dejo mi particular planning para que se hagan una idea, sumando la novedad de solaparse conciertos cuando en otras ediciones no coincidían y uno podía desechar menos (el bolsillo también mandaba).

La rapidez de twitter me permitió ir comentando sobre la marcha mis conciertos y algunas fotos, con la etiqueta (hastag dicen los «nativos digitales») #MusikaMúsica2017, incluso interactuando con algunos de los intérpretes y hasta avanzando noticias de última hora. Todos los detalles los iré colocando en este blog con el título «Bohemia capital Bilbao» que dan más juego, si bien tuve el humor de cargar con una libreta e ir anotando detalles para las distintas entradas, que la memoria no es la de mis años mozos y hay mucho para contar.
Así que sin prisa pero sin pausa, subiremos detallados mis eventos de esta edición que básicamente puedo resumir en:
–Mahler, siempre un seguro aunque el listón esté inalcanzable, pero cuyas obras superan interpretaciones «simplemente» notables; Dvořák más allá de sus sinfonías, la conjunción del oficio y la tradición en todos los campos; y un poco de Jánaček que siempre es mucho, esperando deje de ser una «rareza» en las programaciones, tanto sinfónicas como camerísticas, verdaderas joyas para disfrutar.

-Festival vocal pero sobre todo de mezzos, lógico con tanto Mahler (también me gustan con barítono, sobre todo en recital) y además con la cancelación para la «Resurrección» de Mª José Montiel (había levantado expectativas entre el público tras la inauguración del festival el jueves) me permitió disfrutar por partida doble a la donostiarra Ainhoa Zubillaga (en principio solo «la tenía» para el Stabat Mater dominical con lo que supone afrontar La Segunda de Mahler en estas circunstancias), calidad en todas las voces, algunas jóvenes, otras todavía formándose, varias con la agenda no tan completa como quisieran en esta España nuestra cada vez más empobrecida musicalmente (aunque sigamos exportando talento), pero especialmente el «descubrimiento» de la austriaca Hermine Haselböck en los Lieder eines fahrenden Gesellen con una orquesta (la Jánaček Philharmonic Orchestra Ostrava) y director (Heiko Mathias Förster) ideales para ese concierto.

-La constatación del nivel de unos solistas de talla internacional como la violista pamplonica Isabel Villanueva y la pianista donostiarra Judith Jáuregui que además nos trajo la presentación en España de la cellista francosuiza Nadège Rochat con un «Ex-Vatican Stradivarius» de 1703 prestado por la Academia de las Artes de Florencia bello en presencia y sonido capaz de emocionarnos en las manos de esta joven intérprete que le hace realmente cantar.
-De los asturianos citar al barítono David Menéndez en el buen cuarteto solista del Stabat Mater de Dvořák, además con «nuestra» OSPA, más los «primos hermanos» de la Sociedad Coral de Bilbao y un Perry So al frente que marcó diferencias. Los tres conciertos fueron exigentes, duros y muy trabajados por el chino que transmite no solo alegría sino profesionalidad, seguridad y por tanto calidad a la Orquesta del Principado que brilló con luz propia.

Quedan muchas entregas con fotos, detalles, mis comentarios de la agenda (no es La libreta colorá pero hace las veces) más una semana con piano, orquestas, distintas épocas para seguir este mes de marzo bastante completo antes de la Semana Santa. Y como en los viejos seriales radiofónicos, continuará…

Laura Mota, juegos de piano

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Miércoles 22 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Año 109, concierto 1585: Laura Mota Pello, piano. Obras de Bach, Beethoven, Nielsen, Liszt, Debussy y Chopin.

PROGRAMA
Primera Parte:
J. S. Bach (1685-1750): Suite francesa nº 6 en mi mayor BWV 817 (Allemande, Courante, Zarabanda, Gavota, Polonesa, Bourre, Minuetto y Giga)
L. van Beethoven (1770-1827): Sonata para piano nº 23 en fa menor op. 57 “Appassionata” (1804-06): I. Allegro assai. II. Andante con moto. III. Allegro ma non troppo.
Segunda Parte:
Franz Liszt (1811-1886): Juegos de agua en la Villa de Este.
Claude Debussy (1862-1918): L’isle joyeuse (1904).
Frederic Chopin (1810-1849): Andante Spianato y Gran Polonesa op. 22.

Llevo tiempo siguiendo a Laura Mota, que aunque joven (nacida en 2003) tiene ya una larga carrera como concertista y prosigue sus estudios de Secundaria mientras el piano ocupa mucho de su tiempo con el maestro Francisco Jaime Pantín que ha sabido encauzar el talento de la pianista ovetense. Y es que sigue maravillándome su crecimiento en todos los sentidos, su talento y capacidad de trabajo para afrontar unos repertorios que músicos consagrados no se atreverían a tocar y menos en un mismo concierto. La centenaria filarmónica gijonesa apuesta por los jóvenes intérpretes y el Jovellanos es una pasarela de talento que abrirá la taquilla para los siguientes, además de la captación de socios sin los cuales la permanencia de estas sociedades viendo los tijeretazos de los regidores, está siempre pendiente de un hilo. De agradecer las notas al programa «Música para piano, de Bach al siglo XX» de Miguel Rodríguez Fernández-Bustillo para seguir culturizando desde el conocimiento.

Con echar un vistazo al programa que encabeza esta entrada, ya podemos darnos una idea de la complejidad no ya técnica sino de profundización en cada obra y autor sin ningún complejo. Abrir concierto con la sexta Suite francesa de Bach es todo un reto que superó con una claridad diáfana en los tiempos y el sonido, pureza teclística, brillantez y aplomo. Las ocho danzas contrapuestas lo fueron en fraseo, sentido del ritmo, limpieza melódica, contrapeso en ambas manos sacando siempre a la luz las notas precisas sin menoscabo de todo el ornamento que «el kantor de Leipzig» vuelva en estas composiciones alejado de la iglesia durante su feliz y corta etapa en Cöthen.
La segunda «B» de la música es Beethoven cuyas sonatas para piano suponen el «corpus» de todo intérprete y la conocida Appasionata uno de los pilares, pues el salto estilístico del clasicismo al romanticismo se aprecia sobremanera en los tres movimientos además del propio título. Laura Mota posee la frescura adolescente y el arrojo para dotar una obra de claroscuros en cuadros luminosos sin sacrificar sombras, nuevamente optando por la limpieza de trazo en vez de fuerza descontrolada. Con una gama dinámica suficiente, un pedal siempre en su sitio y digitaciones claras que no apuran los tempi nos dan la posibilidad de escuchar todas las notas nuevamente con el balance preciso incluso en el segundo movimiento mucho más denso y tortuoso para hacer sonar lo deseado, salvado no ya sin problemas sino aportando una madurez interpretativa que parece imposible al observar quién está tocando.
Para continuar esta barbaridad de repertorio, otros cuatro autores a cual más exigente, desde el danés Nielsen y el francés Debussy sin olvidarnos de los auténticos virtuosos románticos Liszt y Chopin. En castellano bagatela es una cosa de poca importancia y valor, por lo que la forma musical pueda parecer nimia, sinónimo de ágil y corta en duración con estructura ABA más coda final, pero las de Nielsen condensan mucho conocimiento técnico y cercanía con sus «compañeros de programa», el recorrido interior tras el físico, virtuosismo para un peregrinaje tan duro como el de Liszt, esos Juegos de agua del tercer año o el viaje secreto de Debussy a La isla feliz impresionista e impresionante en la interpretación de Laura Mota antes del adiós definitivo a la Varsovia querida por parte de Chopin.

Este viaje desde la etapa adolescente de la propia intérprete desde la aún cercana infancia hasta la plena madurez que parece todavía lejana, donde Nielsen resultó, pese a los aplausos interrumpiendo, pequeñas páginas sonoras distintas y unitarias, coloridas y sentidas, breves frescos sonoros antes del increíble Liszt que, como el título, resultó nuevamente cristalino, acuoso y se me permite, femenino por belleza, delicadeza e inteligencia, nada al azar, ambiente etéreo que salpica la inocencia del momento. Y el francés Debussy como perfecto complemento histórico, parisino adelantado a su época y conocedor de las anteriores, igualmente viajero como todos los grandes artistas que en su escritura trasciende la descripción para plasmar instantes breves. Laura Mota se mueve con seguridad y aplomo en un discurrir por el teclado casi mágico, indescriptible, brillante, concentrado a la par que bello.
Pero el remate por excelencia es Chopin, el virtuoso y tortuoso cuya Polonia le acompañaría incluso hasta el más allá, haciendo de sus polonesas la quintaesencia de todos los pianistas. El Andante spianato seguido de la Gran Polonesa op. 22 no es fuego de artificio sino poso vital de largas trayectorias, y Laura Mota con 14 años parece haber estado siempre en el piano, profundidad y emoción, sonido potente sin aparente esfuerzo, dinámicas recogidas plenamente románticas, otro acento para el idioma de los viajeros sin más descripciones, el Andante casi como un nocturno y la polonesa llena de vigor. Asombro del que nunca salgo ante cada concierto de esta joven ovetense que está excepcionalmente dotada para comunicar desde el piano en todos los repertorios. El público tendrá sus preferencias, ella supongo que también, pero afronta épocas y autores con desparpajo y aplomo desde una apertura de miras que le permite empaparse de todo, asistir a los conciertos de pianistas como Sokolov con devoción y hacer suyas las sabias enseñanzas de quienes tienen el privilegio de contar con ella como una alumna única e irrepetible.

Y si todo lo anterior parecía poco, la propina de Granados y su Allegro de Concierto, op. 46 que me recuerda siempre a la añorada Alicia de Larrocha en estas mismas edades, virtuosismo de aire francés como el Chopin anterior en un nuevo fogonazo de talento, frescura y música a raudales con poso adulto. Para quien no la haya escuchado en vivo busquen su agenda para no perderse el próximo concierto.

La Ortodoxia rusa

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Viernes 17 de febrero, 20:30 horas. San Isidoro el Real, Oviedo: XII Ciclo de Música Sacra Alfredo de la Roza. Doros: «Música Ortodoxa de la Catedral de San Basilio, Moscú».
Doros: Vruyr Ananikyan, tenor – Aleksandr Gorbatov, tenor – Aleksandr Kamyshintcev, barítono – Konstantin Senchenko, bajo-barítono – Bekseit Ryspaev, bajo.

El ciclo que homenajea a Don Alfredo de la Roza ha cambiado noviembre por febrero pero sigue contando con el apoyo popular volviendo a registrarse un lleno histórico ocupando totalmente el templo desde media hora antes del concierto del quinteto vocal Doros.

Dos partes de música coral rusa de distintas épocas y estilos pero cercanos al oído por tratarse de obras bien armonizadas diría que académicas, para mostrarnos la calidad de los componentes tanto individualmente, con solos de los cuatro, especialmente presente el barítono Aleksandr Kamyshintcev (mientras el bajo Ryspaev lo haría en la segunda de las propinas) bien situados en el programa, como del quinteto capaz de cantar imprimiendo emoción y calidad llena de excelencias, amplios reguladores, matices variados, emisión clara y cuantos calificativos vocales queramos añadir.

La gama de dinámicas bien trabajada según la partitura dejaba pianísimos impactantes perfectamente audibles en una iglesia de acústica apropiada y los fortísimos modulados sin perder nunca un sonido compacto, afinado, con un bajo profundo verdadero sustento de las variadas obras ofrecidas por los moscovitas, profesionales de la música y embajadores de sus compositores, muchos desconocidos pero con tanto oficio como sus intérpretes.

Armonizaciones para un quinteto de voces graves que destacaron la religiosidad de melodías y textos (sin traducir pero avanzados por los títulos de salmos y plegarias ortodoxas) salpicados por otras populares desde la sacralidad como los Doce ladrones, una balada rusa que aquí en Asturias se ha conocido por agrupaciones similares desde el Peregrino de la noche (Jaroff). Repaso histórico de obras anónimas junto a compositores desde el barroco de Deletsky, el clasicismo del italiano Sárti, Bortnyantsky o Degtyaréff, a la plenitud coral del XIX con Arkhangelski y el más cercano siglo XX con Khristov también famoso cantante búlgaro, o Tchesnokoff, el más presente dentro del programa, todos buenos conocedores de los recursos vocales al servicio del culto, la herencia europea con toques tradicionales rusos desde la tonalidad occidental para melodías que siguen sonando cercanas pese a la distancia geográfica.

Como decía, unos solistas de hermoso timbre y grandes recursos bien arropados por el cuarteto para obras de herencia occidental en cuanto a su composición, y quintetos de empaque que gustaron al respetable, sonido increíble que cerrando los ojos presumía mayor número de componentes, verdaderos profesionales del canto coral.

Tras agradecer la acogida, tres propinas con dos populares y una armonización del conocido Ave María de Schubert en latín, nuevamente permitieron disfrutar de la voz solista de Gorbatov, uno de los dos tenores, el más matizado y con timbre ideal para lo sacro, finalizando a las diez de la noche este segundo concierto del ciclo antes de la clausura el próximo viernes con la Escolanía San Salvador organizadora de esta cita imperdible con mucho apoyo popular, que este año incorpora conferencias y mesas redondas sobre la figura del querido y siempre recordado Don Alfredo.

PROGRAMA:
PRIMERA PARTE
El canto de los Querubines (Serbia)
Canto sobre la Natividad de Cristo
Aleksandr Arkhangelski (1846-1924)
Salmo 20
Dmitri Bortnyantsky (1751-1825)
Mi alma pecadora (Poesía sacra del norte de Rusia)
Glorificación de Dios (Salmo)
Nikolay Deletsky (1630-1681)
En tu Reino de la bienaventuranza
Bóris Khristov (1914-1993)
Canto de Pascua
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
Señor, escucha mi plegaria
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
El Señor está elevado
Stepán Degtyaréff (1766-1813)
Amor santo
Georgy Svirìdoff
SEGUNDA PARTE
Concierto de Navidad
Stepán Degtyaréff (1766-1813)
Nuestro Padre
Nikolay Kèdroff, padre
¿Por qué me has abandonado?
Georgy Rùtoff
Canto consagrado al icono de la Virgen de Kazan
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
Canto de Pascua
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
La cena
Aleksandr Lvoff
Canto de Pascua
Giuseppe Sárti (1729-1802)
Doce ladrones (Balada rusa sacra)
En memoria eterna del justo
Nikolay Kedróff, hijo
Veré los rápidos del río (Canción popular rusa)
arr, Victor Popov.

Planeta Sokolov

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Martes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Grigory Sokolov, piano. Obras de Mozart y Beethoven. Notas al programa de F. Jaime Pantín.

Cada concierto de Sokolov en Oviedo, y van muchos, como en Madrid (20 años de presencia frente a los 25 de estas Jornadas) o en el resto del mundo, es único, irrepetible, con liturgia propia como la luz tenue unido al movimiento de la caja escénica para acercarnos la presencia total, su salida apurada hacia el piano que se convierte en el verdadero protagonista, y arrancar sin más demora ni necesidad de concentración. No importa la tormenta de toses (ya es otra plaga similar a la de los móviles) entre movimientos porque este 14 de febrero era «San Sokolov» y teníamos claro que en el programa habría tres partes: Mozart, Beethoven y «la fiesta». Recordando a Pérez de Arteaga en sus comentarios durante los Conciertos de Año Nuevo antes del esperado Danubio, todos los seguidores del pianista ruso, desde Guinea Papúa hasta Vladivostok, de Ushuaia a Gilleleje o de Pernambuco hasta Pénjamo saben que el concierto no finaliza donde indica el programa. Tras casi tres horas, rondando las once de la noche y «obligándome a posponer» esta entrada (y dejarme muchas cosas en el tintero por la necesidad de dormir y madrugar), con seis propinas que resultaron como siempre otro recital extra donde pasar revista, una vez «despachado» lo previsto, a tantos otros compositores con los que Don Gregorio se deleita con igual placer y magisterio: Schumann, Chopin, Schubert, Rameau o Debussy.

Con Grigory Lipmanovich Sokolov (San Petersburgo, 18 de abril de 1950) no hay rankings, es único, diría que de otro planeta e incluso galáctico aunque este término tenga hoy en día connotación futbolística. No es el mejor sino directamente Sokolov, y nunca defrauda. Las obras elegidas no pudieron estar mejor comentadas que por un intérprete y docente del piano, que dejo arriba enlazadas, porque en manos del ruso tienen todo el sentido del mundo. Del «sonido Sokolov» habría para una tesis doctoral porque tampoco es de este mundo y su presentación en el programa de mano lo describe mejor que nadie: «La naturaleza única de la música modelada en el instante presente es fundamental para comprender toda la belleza expresiva y la honestidad del arte de Grigory Sokolov. Las interpretaciones poéticas del pianista ruso, que cobran vida con intensidad mística, surgen de un profundo conocimiento de las obras en su vasto repertorio». Parece humanamente imposible que alcance distinto timbre en cada mano, en notas sueltas, el ambiente que flota con el pedal derecho pisado donde se perciben todas con la presencia precisa y preciosa. No es su técnica estratosférica sino magia capaz de transportarnos a la música primigenia. La primera parte comenzaba con la llamada «sonata semplice» que todos los pianistas hemos machacado pero solamente Sokolov hace sonar verdaderamente «fácil» por luminosa, genialmente infantil y además (re)interpretando «la doble barra con los dos puntos» porque nunca es repetición sino el doble de arte sonoro. Las ornamentaciones, apoyaturas, los trinos ornitológicos además de antológicos, el fraseo, las dinámicas, el rubato impecable, la elección de los tiempo… todo lo que uno se pueda imaginar de esta sonata para piano y mucho más, indescriptible. Pero no quería aplausos que rompieran el Mozart preparado, los dos mundos que Jaime Pantín describe y Sokolov hace esencia pianística, el de Salzburgo sonando como el de Bonn, como traduciendo pensamientos o historia, uniendo fantasía y sonata para una interpretación beethoveniana de Mozart. Me pregunto, como algún otro al descanso, si había algo de histrionismo en afrontarlo de esa manera pero no tenemos a los compositores para sacarnos de dudas. Tras escuchar las Köechel 475 y 457 seguidas con toda la congruencia (el profesor Pantín nos recuerda que «constituye una tradición que se ha perpetuado a partir de su publicación simultánea en 1785») y numerología casi masónica puede que así las escuchase el digno sucesor y genio alemán muertos ambos en aquella Viena capital musical para sus homónimas al piano, dando el paso estilístico del Clasicismo al Romanticismo, porque este Mozart sokoloviano resonaría con luces y sombras, tormentas y calma, dos esferas más que mundos o incluso firmamentos. Nunca nos dejará indiferentes porque sus aportaciones serán discutibles pero la música desde el piano parece otra y sigue conmocionándonos: fuerza pasional y delicadeza íntima, el tiempo flexible moldeado con precisión, espiritualidad conmovedora flotando en el ambiente, libertad total en la escritura y la interpretación desde un rigor asombroso…

Supongo que el descanso era necesario pero podría haberse unido con el «último Mozart» y encontrar la globalidad Sokolov de estas jornadas con el piano protagonista, aún más grandioso en solitario cuando es este ruso quien lo toca. No es ya la conocida escuela rusa en todos los instrumentos, irrepetible porque la historia es otra aunque todavía podamos seguir gozando de sus frutos, sino el «Planeta Sokolov» donde Beethoven siempre brillará cual Venus en otro sistema solar. Las sonatas 27 y 32 también enlazadas, obras de referencia cuya magnitud al unirlas se hace exorbitante, explicando incluso el ideal beethoveniano de las propias anotaciones de la opus 90 y la rareza de solo dos movimientos: «con vitalidad y completo sentimiento y expresividad» para el primero y «no demasiado rápido y cantable» el segundo, textualmente tocado como solo el ruso es capaz, los conflictos interiores con el mejor traductor posible en estos tiempos y corroborado en todo el «programa programático» que unía a los dos residentes vieneses bebiendo de la misma fuente, el mismo idioma y distinto acento perfectamente entendible, los trinos mozartianos elevados a la enésima potencia para firmar ese final de las contradicciones escritas y tocadas, la respuesta a los interrogantes de quien suscribe tras escuchar a Sokolov. Insondable, sin palabras para los simples melómanos y otro concierto histórico en Oviedo, capital del piano.

Claro que en San Valentín y por San Sokolov quedaban regalos para dar y tomar, ninguno de compromiso sino con fondo, comenzando por el Momento Musical nº 1 en Do mayor de Schubert, saboreando cada nota y cada silencio, salva de aplausos y tras pensárselo sentado en el austero taburete el Chopin del Nocturno en Si mayor op. 32 nº 1 cristalino, íntimo, belleza en estado puro, aplausos sinceros y el siguiente nocturno de la serie, op. 32 nº 2 aún más brillante, el piano de salón dentro del Auditorio, el virtuoso sencillo y profundo. Ya se me olvidó la siguiente, creo que Rameau al que el ruso le da aires del padre Soler o Scarlatti evocando un clavecín imposible por la ejecución y sonido magistral inigualable, sin perder la calma en penumbra con el público entregado. Pero todavía quedaba el Schumann amado de la Arabesque en Do mayor, op. 18 que me recordó a otro genial pianista ruso y la Canope, juguete casi acuático del libro segundo de preludios escritos por el francés Debussy, pintura impresionista para cerrar una «tercera parte» impresionante, finalizando en un silencio respetuoso que engrandeció aún más un concierto único para asombro de su repertorio inmenso y su inabarcable e incomparable genialidad, todos agradecidamente atónitos, desde quienes debutaban con Sokolov en escena a los impacientes de pie al lado de la puerta mirando incrédulos el reloj, también a las futuras generaciones de concertistas que abrían los ojos con devoción… a todo un auditorio embrujado por el irrepetible Sokolov.

Programa
Primera parte
W. A. Mozart (1756-1791):
–Sonata en do mayor, K. 545:  I. AllegroII. Andante

III. Rondo. Allegretto.

-Fantasía y sonata en do menor, K. 475/457:

Fantasía K. 475 (1785): 
Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I.
Sonata K. 457 (1784):  I. Molto allegroII. Adagio

III. Allegro assai.

Segunda parte
L. van Beethoven (1770-1827):
-Sonata nº 27 en mi menor, op. 90
: I. Mit Lebhaftigkeit und durchaus mit Empfindung und Ausdruck
(Con vitalidad y completo sentimiento y expresividad); 
II. Nicht zu geschwind und sehr singbar vorgetragen (No 
demasiado rápido y cantable).
–Sonata nº 32 en do menor, op. 111: 
I. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato
; II. Arietta: Adagio molto semplice cantabile.

P. D.: Ramón Avello en El Comercio del día 15 de febrero; Andrea G. Torres en La Nueva España del día 15 de febrero, y mejor no comentar lo de «tocar de memoria»…

El nuevo desde el viejo

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Sábado 11 de febrero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Gil Shaham (violín), St. Louis Symphony, David Robertson (director). Obras de Adams, Korngold y Dvorak. Notas al programa de Alejandro G. Villalibre.

La llegada del inculto tuitero Donald Trump está poniendo su slogan «América para los americanos» en el punto de mira, pero que a la vista del programa sabatino del auditorio, entre otras muchas más cosas debería cambiar por «América por los europeos» (lo de pensarlo mejor lo omito), los Estados Unidos país de mestizaje al que la aportación del viejo continente en todos los ámbitos, ha encumbrado a lo más alto (y recordar que más dura será la caída).
En el terreno musical hemos vivido un concierto que reflejó perfectamente este personal punto de vista, con su segunda orquesta más antigua interpretando un programa de europeos emigrados a los EEUU sumándole un contemporáneo autóctono y heredero de siglos de tradición europea en el nuevo mundo para abrir boca y reafirmar esa nacionalismo que les honra aunque parezcan desmemoriados con sus orígenes.

El director y compositor John Coolidge Adams (Massachusetts, 15 de febrero de 1947) que este miércoles cumple 70 años, confiesa haber crecido en una casa donde Benny Goodman y Mozart convivían, paz y armonía entre lo nuevo y lo viejo que ha llevado a su propia música. The Chairman Dances -foxtrot para orquesta- (1985) conjuga los dos mundos, la herencia europea mezclada con la llamada música «genuina americana» como el jazz, tristemente mestiza por unos orígenes en los esclavos africanos. Nada nuevo y todo en una larga tradición de herencias reinterpretadas, una escena eliminada por el propio Adams del tercer acto de su Nixon in China, ópera «made in USA» por argumento, estilo y orgullo, considerada como la gran ópera estadounidense tras el Porgy and Bess de Gershwin. Y nadie mejor para interpretar estas danzas como esta orquesta pionera en los EEUU con sede en la capital del estado sureño de Missouri (Misuri) desde 1880, raíces francesas hasta en su topónimo, la St. Louis Symphony con su titular David Robertson al frente hasta dentro de otros dos años. Despliegue de formación en gira que finalizaba en Oviedo, para «hablar» el lenguaje propio de Adams, ritmo lógico para unas danzas que juegan con el «ostinato» de la repetición motívica para jugar continuamente con las texturas instrumentales, las dinámicas a menudo por adición y sustracción de instrumentos, y el sonido que los europeos seguimos asociando a las bandas sonoras de tantas películas del otro lado del charco, más programadas y famosas que las propias, varias generaciones adorando una cultura que ha tenido de todo, odios a las campañas bélicas y amores fílmicos, comida basura implantada como la obesidad desde nuestra «dieta mediterránea», sucumbiendo a lo yanqui desde la lucha interior por una herencia que lleva nuestros mismos genes, orquesta envidiable en plantilla (e historia), entendimiento con un director californiano formado en Londres pero buen conocedor del show business que siempre parecen necesitar para sus espectáculos, y la música no escapa a él, gestualidad por momentos exagerada e innecesaria pero que gusta al respetable. Recuerdo programas de mano en el «Lincoln Center» recomendando no comer chicle ni pipas o no marcar el ritmo con el pie ni tararear las melodías conocidas, y la colonización cultural secular nos la han devuelto con todos sus tics, positivos y negativos. Los que somos omnívoros musicales confesos no encontramos nada nuevo a otros contemporáneos de Adams que hace 30 años les llamaban minimalistas o incluso «New Wave» ante la dificultad y casi imperiosa necesidad de poner etiquetas a todo, pero todo un placer cuando una sinfónica como la de St. Louis saca a flote el poder hipnótico de Adams, formación galardonada por alguna otra interpretación del septuagenario compositor y que en este «foxtrot» desplegó todo su potencial con solistas impecables, piano incluido, y esa cuerda sedosa como era de adivinar.

Al moravio nacido en Brno Erich Wolfgang Korngold (1897-1957), judío emigrado y fallecido en Hollywood del que este año celebramos los 60 años de su muerte, me lo descubrió nuestro siempre añorado Pérez de Arteaga, igualmente admirador de John Williams (8 de febrero, 1932), otro heredero del viejo mundo, y como bien cuenta el doctor González Villalibre (experto en música de cine) en sus notas al programa, fue el verdadero creador del sonido con «genuino sabor americano», como la marca de tabaco que entonces se anunciaba incluso en el cine -claro que los tiempos cambian muy rápido-. Curiosidad que el creador de algo tan identitario del cine sonoro americano fuese un emigrante europeo. Gracias a la radio, los discos, las nuevas tecnologías y la globalización imparable a la que ningún «trumposo» podrá poner freno ni muros, la grandiosidad de Korngold permanecerá, sobre todo con Die tote Stadt (La ciudad muerta) que recomiendo a todos los operófilos, y su Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 35 puede ser para algunos como una carta de presentación de su estilo inconfundible, melodías con cuerda aterciopelada, metales épicos, violín solista evocadoramente romántico, percusiones variadas subrayando la acción… Con un virtuoso como Gil Shaham en perfecto entendimiento y complicidad con Robertson, la forma clásica por excelencia de los tres movimientos llevan al nuevo mundo una escritura centenaria con la óptica abierta del compositor para brindarnos una interpretación plenamente cinematográfica más allá de los temas reutilizados por el propio moravio (algo que Bach o Vivaldi también hicieron), tradición y modernidad que el tiempo barniza con más tiempo para un músico admirado por sus contemporáneos, Mahler incluido, y que el horror de la segunda guerra mundial obligó a escapar a la entonces tierra de las libertades. Shaham jugó con su Stradivarius «Countess Polignac» (1699) en un concierto que conoce como pocos, sacándole armónicos y presencias irrepetibles bien arropado por una orquesta con la que se mezclaba o emergía a lo largo de los compases, deleitándonos especialmente en el II. Romanze: Andante con esas pinceladas de celesta, que como con los tiempos extremos rezumó virtuosismo en estado puro siempre al servicio de la música, sobre todo el Finale: Allegro assai vivace deslumbrante y americano hasta la raíz, con Robertson  enmarcando y hasta disfrutando de un mano a mano en «dúo sinfónico» con este concierto. Incluso la propina mantuvo el humor y entendimiento entre todos, un homenaje al virtuoso Kreisler y su Schön Rosmarin con otro virtuoso más una orquesta casi camerística conducida por el californiano como si de un piano sinfónico se tratase.

Para unir lo que otros quieren separar, Dvorak y su Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» resume lo mejor de la cultura occidental en forma y fondo, instalado desde de 1892 a 1895 y estrenándola en el Carnegie Hall de Nueva York (1893), inspiración popular americana por la que sentía verdadera fascinación, pasado por el tamiz academicista europeo de este gran sinfonista bohemio, cuatro movimientos de orquestación sublime para una formación como la de St. Louis que entendió a la perfección de la mano de Robertson la unión musical del mestizaje, jugando con la agógica y la dinámica, dando los protagonismos necesarios sin perdernos nada, dejando disfrutar a sus músicos sabedor de todos los recursos con los que cuenta, tiempos casi al límite de lo indicado en todos los extremos pero con una brillantez y calidad diríamos que europea, todo un halago porque sin entrar en categorías que a menudo viven más de la historia que del presente, sin ser tan reconocida el resultado final fue sobresaliente. Adagio-Allegro molto con un inicio íntimo, toque de trompas y maderas cálidos antes del cambio de tiempo, amplísimo y casi «presto», timbales dominadores con cellos más contrabajos rotundos y carnosos, motivos bien cantados y los acelerando que enriquecen el discurrir junto a los crescendi impresionantes para una formación inmensa además de potente sin perdernos nada de ninguna sección; Largo soberbio en el amplio sentido de la palabra, con una maravillosa solista de corno inglés y en general toda la madera, nuevamente de sonoridades amplias pero contenidas, con una batuta «sujetando»matices y fraseos antes del trepidante Scherzo: Molto vivace-Poco sostenuto, riqueza rítmica, juegos en la madera y la cuerda, timbales rotundos, metales aterciopelados y sobre todo una cuerda rica además de compenetrada para alcanzar equilibrios difíciles ante la tentación que supone la ostentación desde la contención del tempo que seguía elástico sin perder unidad. El Allegro con fuoco acabó de encandilar (perdón por el juego de palabras) a un público que estuvo atento sin toses ni ruidos superfluos, aguantando la respiración ante el empuje de los yanquis en esa recopilación temática que Dvorak agranda como nadie y la sinfónica transmitió en su precisa magnitud, velocidades y matices contrastantes pintando el gran lienzo del nuevo mundo desde la sabiduría del viejo. Excelente versión con David Robertson desplegando todo su amplio repertorio gestual.

La propina con la obertura de Candide (Bernstein) quiso dejar claro que también dominan «su repertorio», el que nos han devuelto las generaciones que han bebido de la vieja Europa, el musical cual «zarzuela americana» aunando edades y sabores, pero sobre todo colores, derribando muros desde la Música con mayúscula, atemporal e histórica, siempre viva porque ella misma es vida más allá de modas y modos. Bernstein, judío universal, homosexual casi clandestino, comprometido, comunicador, pedagogo, músico integral, venerado por muchos, único e irrepetible, entendió como nadie que no hay bandos ni etiquetas, solo orillas de un mismo universo todavía sin explorar. David Robertson y la St. Louis Symphony han sido un buen ejemplo de cómo entender la historia, también la musical, y transmitirla a las generaciones venideras, esta vez en Oviedo.

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