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Rusia y Armenia son música

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Miércoles 15 de noviembre, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio: Filarmónica Nacional de Armenia, Sophia Jaffé (violín), Eduard Topchjan (director). Obras de Mussorgsky, Khachaturian y Borodin.

Aires del Cáucaso meridional pero herencia soviética aún cercana en Armenia, país actual de raíces milenarias en una de las civilizaciones más antiguas del mundo con idioma propio, por lo que esta república tiene mucha historia además de una ubicación geográfica entre Europa y Asia que le otorga unas influencias multiculturales. De la capital Ereván llegaba su orquesta filarmónica con el titular también armenio de amplia trayectoria como violinista y director, quien lleva 17 años al frente de la misma, lo que se notó en todo el programa dirigido de memoria y con perfecto entendimiento para una plantilla ideal y bien equilibrada en la cuerda, calculando los violines por el número de violas, 12 más 10 cellos y 6 contrabajos, que ayuda a redondear y balancear una amplia gama tímbrica y diinámica.

La calidad de sus músicos quedó contrastada en las obras elegidas, bien comentadas en las notas al programa por Alejandro G. Villalibre, todas «rusas» con el guiño armenio al más conocido de sus compositores (aunque nacido en Georgia) y con detalles interpretativos que probablemente llevan en su genética desde su fundación hace 93 años por los llamados patriarcas de la música armenia (Arshak Adamian y Alexander
Spendiaryan) y embajadores culturales de su patrimonio del que pueden presumir aunque no sean necesariamente «los mejores» intérpretes de su música, pero al menos beben directamente de sus fuentes.
Curiosa la orquestación de Una noche en el Monte Pelado de M. Mussorgsky (1839-1881) para comenzar el concierto, que no fue la habitual de Rimsky-Korsakov, con pasajes desconocidos, figuración también distinta (puntillos en las conocidas melodías que le dan otra rítmica) pero ofreciendo una sonoridad compacta de buenos balances en todas las secciones, una batuta como la de Topchjan atenta a los múltiples cambios de aire y ritmo para «redescubrirnos» esta original idea musical de brujas en la noche de San Juan cuya ambientación instrumental a cargo de los armenios resultó por lo menos distinta a otras versiones, virtuosismo en una cuerda «marca de la casa» y un juego con los tempi interesante.

De A. Khachaturian (1903-1978) y con la brillante violinista Sophia Jaffé pudimos disfrutar el Concierto para violín en re menor, dedicado a David Oistrakh que lo estrenó en 1940, el mismo año de su escritura y una de las obras más reconocidas del compositor de origen armenio, virtuosística como era de esperar y con elementos del folklore de la región bien integrados en sus tres movimientos (I. Allegro con fermeza, II. Andante sostenuto y III. Allegro vivace) construidos de forma académica en cuanto a los recursos técnicos o la colocación de las «fermatas». Sonido pulcro el de Jaffé bien arropada por la filarmónica (con algunos efectivos menos para contrapesar planos) y un Topchjan atento a las dinámicas que permitió disfrutar de momentos realmente bellos como el dúo de la solista con el clarinete en el primer movimiento realmente «con firmeza», el lirismo contenido bien cantado en las cuerdas graves del andante central y llenos de fuerza y ritmo del último movimiento llevado con aire brillante para lucimiento de todos los intérpretes. El regalo de la violinista alemana nada menos que otra pieza de virtuoso como «L’aurore» de Eugène Ysaÿe (interrumpida por un femenino teléfono en la fila doce al que su dueña no alcanzaba a detener), el primer movimiento de la Sonata nº 5 interpretada desde lo más hondo y llegando su sonido a hacernos vibrar con ella.

Y no podía faltar una sinfonía en un programa ruso (más que armenio), la no muy escuchada en estos lares Sinfonía nº 2 en si menor de A. Borodin (1833-1887), media hora de contrastes de todo tipo en cada uno de sus cuatro movimientos (I. Allegro, II. Scherzo: Prestissimo – Allegretto, III. Andante, y IV. Finale. Allegro) en otra explosión de calidad y cantidad con pasajes recordando tímbricas y melodías de las danzas polovtsianas con esa orquestación rica del químico, doctor y músico ruso. Calidad en el sonido de los armenios, cantidad por la plantilla de nuevo al completo y rica en color, destacando una colocación que ayudó a ello: la clásica con la permuta de cellos y violas más las trompas (excepcionales) detrás de las violas y delante de trombones y tuba, buenos solistas completando una textura orquestal perfecta en este programa de exhibición técnica aunque sin llegar a emocionarme.

Sorpresa fue la aparición de la ingeniero y soprano armeniocanadiense Isabel Bayrakdarian (Zahle, Líbano 1974) para regalarnos la conocida aria de Violeta de «La Traviata» (Verdi), promoción patria de una aspirante a sucesora de La Netrebko, de buena técnica y color pero con agilidades aún por mejorar, premiada y conocida en EE.UU. trayéndola su compatriota Topchjan a esta  breve gira por España y Alemania pero fuera de lugar en este concierto sinfónico ruso, si bien es siempre agradable escuchar (aunque sin Alfredo que lo canté mentalmente) esa descarriada perfectamente arropada por sus paisanos.

Más adecuado resultó recuperar a Aram Khachaturian de los ballets en la siguiente propina para una orquesta total del Gayaneh tan cinematográfico como el dúo de Spartaco y Frigia, casi tan famoso como su Danza del sable, fusión de dos continentes en Armenia y su filarmónica con aires de Hollywood en un concierto más largo de lo previsto aunque con menos «estampida» de las habituales.

Placeres otoñales

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Jueves 2 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Mark Padmore (tenor), Imogen Cooper (piano). Obras de R. Schumann, G. Fauré y R. Hahn.

Con el otoño vuelven los ciclos, de nuevo «las jornadas de Luis Iberni» con el piano protagonista junto a la voz, hoy el mundo del lied y la chanson como bien comenta en las notas al programa María Encina Cortizo en una tarde de puente para muchos (se notó en los huecos y la media de edad) convirtiendo el auditorio ovetense en una tarde de salón con una lección de buen hacer por parte de un dúo de altura como Cooper y Padmore, pues tanto monta, monta tanto en estos recitales.

Maravilloso encontrarnos con el enamorado Robert Schumann (1810-1856) y sus «Kerner-Lieder», op. 35, contando con las traducciones que podíamos seguir al dejar la sala con la luz suficiente para comprender la perfecta unión de poesía y música, los textos de Justinus Kerner plenamente románticos, con esa aureola de sonambulismo tan del gusto de Robert y Clara, melancolía sobrenatural expresada de por sí en el piano y engrandecida formando este ciclo de nueve poemas que Padmore desgranó con delicadeza, expresión contenida sin llegar nunca a los fortísimos, utilizando todos los recursos vocales desde una técnica exquisita capaz de proyectar sin dificultad en toda la gama dinámica, puede que abusando un poco del «falsete» aunque venga tan bien al dramatismo de unas letras  que hablan de  noches de tempestad, muerte, amor y gozo… hasta la imagen del caminante y esa peregrinación o trayecto en compañía de una Cooper sin la cual hubiese resultado menos placentero, guiando cada recoveco, cada flor, el amor silencioso, contestando las preguntas, silenciando lágrimas e incluso sanando esa amor enfermizo con aromas y voces antiguas. Verdadera recreación de un ciclo no tan escuchado como los de Schubert, puede que falto de sobresaltos y para paladearse desde el recogimiento en nuestras propias palabras ante el siempre duro idioma alemán.

Interesante la segunda parte francesa incluso unificando los poemas de Paul Verlaine con dos visiones complementarias tanto en el tratamiento vocal como pianístico, heredero del alemán pero con la cercanía geográfica e idiomática que nos llena más. Por deseo expreso de los artistas se nos indicaban incluso los bloques para el aplauso, emparejando a Gabriel Fauré (1845-1924) y Reinaldo Hahn (1874-1947) con una selección bien traída y poco habitual para tenor. De las «Cinq mélodies «de Venise»», op. 58 del primero,  I. Mandoline y II. En Sourdine mientras del venezolano afincado en el país vecino cinco de «Les Chansons grises»:
I. Chanson d’automne, II. Tous deux, III. L’Allée est sans fin…, IV. En Sourdine y V. L’Heure exquise, con ese traducido «silenciado» que bien podía haberse dejado literalmente como «en sordina» común y hora exquisita que también escucharíamos a continuación.
Qué delicadeza escuchar el Verlaine de Fauré y Hahn en la voz de un apóstol del canto como Mark Padmore acunado por el piano de Imogen Cooper, exquisiteces sin sordina llenas de luz íntima, claridades en penumbra y recuerdos venecianos frente al mundo caribeño traído a París, el otoño creativo de otro poeta de la música aunque la propia poesía la tenga implícita.

Volverían con Fauré y «La bonne chanson», op. 61, nueve escenas apasionadas (I. Une Sainte en son auréole, II. Puisque l’aube grandit, III. La Lune blanche luit dans les bois, IV. J’allais par des chemins perfides, V. J’ai presque peur, en vérité, VI. Avant que tu ne t’en ailles, VII. Donc, ce sera par un clair jour d’été, VIII. N’est-ce pas?, IX. L’Hiver a cessé) explorando y explotando sentimientos más allá del amor humano y divino, santos con lunas llenas tras amaneceres que crecen, caminos traicioneros siempre del caminante vital, el romántico vestido para la nueva época, Fauré transitando el salón, miedos terrenales y cantos estacionales desde un verano esperado hasta un invierno finalizado con todas las preguntas posibles. Protagonismo compartido por piano y voz donde los sentimientos afloraron más con el simbolismo francés que la melancolía alemana, noche y día de placeres otoñales interpretados desde una madurez de dos intérpretes que esta tarde hicieron juntos este camino lírico, regalándonos una más de Fauré antes de contemplar una luna casi llena en el día de difuntos.

Bach hace el camino francés

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Viernes 27 de octubre, 21:00 horas. Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE): Raúl Prieto (órgano). Obras de Bach, Saint-Saëns, Liszt, Widor y Duruflé.

Volvía a sonar el KLAIS con nuestro organista más internacional aquejado de una fascitis plantar en el pie derecho, obligándole a retocar varias de las obras previstas que no impidió disfrutar casi hora y media de buena música con un programa que el propio intérprete definió como «construido pensando más en un plano emocional
que musicológico
» y ejecutado en su integridad de memoria, incluyendo nada menos que cuatro propinas.

Si esta trigésimocuarta edición tiene de hilo conductor la llamada escuela francesa con León parada obligada en el Camino de Santiago de su ruta homónima, Raúl Prieto Ramírez (Navalmoral de la Mata, Cáceres, 1979), peregrino musical por vocación y profesión, organizó el concierto con Bach cerrando el círculo, principio y final cual padre de todas las músicas flanqueando transcripciones propias que resultan más recreaciones de las obras que meras búsquedas de tímbricas cercanas a la orquesta.
Siempre me sorprende su magisterio en la registración desde un virtuosismo que le permite afrontar «partituras imposibles» y un conocimiento del instrumento para sacar sonidos adecuados a su personal visión, exprimiendo allá donde va la potencialidad escondida con un dominio no ya de la técnica sino del funcionamiento interno de cada órgano. Las obras que interpretó en León están muy trabajadas en sus exitosas giras mundiales y forman parte de un repertorio amplísimo que le permite adaptarse a gustos, recintos y programaciones. Conocedor del «bicho Klais» dentro de la «Integral Bach» y pese a los cambios obligados, el concierto resultó otro éxito en una dilatada carrera mundial con otro lleno en la catedral leonesa que se rindió al magisterio exuberante y generoso de este extremeño universal embajador del órgano del que es un enamorado docente y apasionado intérprete.

La Toccata, adagio y fuga en do mayor, BWV 564 (ca. 1708) de J. S. Bach resume a la perfección el ideario o mapa musical de este peregrinaje organístico en León que arrancaba en la lejana Alemania luterana: la toccata virtuosa, vertiginosa y limpia, jugando con la acústica catedralicia con registros bien diferenciados «pisando fuerte» en ese teclado bajo que volvería a sorprendernos al final, interrumpido por un público que no tenía el programa a mano, siguiendo el adagio, lento, reposado, bien articulado y ornamentado con esa bellísima melodía en un registro de lengüetería flotando por tímbrica más que dinámica, casi mecida por mano izquierda y pies cual contrabajos orquestales, para terminar con esa fuga final colorista en compás de 6/8, tres mundos en uno, introspección hacia la explosión, la limpia exposición del motivo que va creciendo, construyendo esa forma matemática hecha música por el rey y dios musical.

Cercanos los difuntos, tradiciones variadas en torno a nuestros muertos, los musicales siempre están muy vivos y más esa Danza Macabra, op. 40 de Saint-Saëns, poema sinfónico en transcripción del propio Raúl Prieto pero como apuntaba al principio, verdadera recreación por la búsqueda de sonidos propios del órgano que no posee la orquesta. Pese a los problemas en el pedal de expresión, independientes de su molesta fascitis, el KLAIS trabajó a la perfección los múltiples cambios de registros y las amplísimas dinámicas para una visión organística moderna y llena de vida para «este muerto», contrastes muy buscados en los distintos teclados con la transmisión a los tubos instantánea, no solo flautados o trompeterías sino toda la paleta y más del compositor francés que nuestro organista reconstruye en esta personal versión.
Interesante también poder escuchar por vez primera en España el Mephisto Waltz nº 1 (S. 514) de Franz Liszt, rebosante y desbordante transcripción del organista afincado en EE.UU. para el instrumento rey que descubre ambientes propios que no se encuentran ni en la versión de piano ni siquiera en la orquestal. Virtuosismo en dedos y pies, inteligencia innata para buscar registros y jugar con ellos construyendo un lenguaje organístico que asombra allá donde lo interpreta, y al fin en su tierra nada menos que con el KLAIS que continúa descubriéndonos tubos y combinaciones cada día. Precisión, perfección y búsqueda constante en esta recreación que no vende el alma al diablo, guiños cómicos, literatura hecha sonido, crisol tímbrico y banda sonora mentando en el templo al innombrable por parte del redimido abate húngaro revestido de magnificencia catedralicia en las manos (y pies) de Raúl Prieto.

Cercano en el tiempo y casi flotando aún en «la Pulchra Leonina» sonaba de nuevo el primer movimiento «Allegro» de la Sexta Sinfonía op. 42 nº 2 de Widor, sustituyendo a la prevista transcripción de Horowitz, misma obra con distinta sonoridad, grandeza de la música en vivo, órgano en estado puro, solemne, poderoso, volviendo a enamorar a los seguidores de nuestro admirado intérprete sea Milán o León en este peculiar peregrinaje por el mundo del instrumento rey. Buena elección para este cambio obligado, transcripciones sinfónicas al órgano y una sinfonía propia como Widor la entendió en el instrumento al que dedicó su vida y mejor producción.

Para finalizar y manteniendo el argumentario francés, nadie mejor que uno de los alumnos de Widor, su compatriota Maurice Duruflé (1902-1986), evolución compositiva desde el respeto a las formas y su utilización pero rompiendo moldes como es de esperar. La Suite para órgano, op. 5 (1933), prueba de fuego para órgano y organista nos dejó sus tres movimientos que volvieron a sacar sonidos encontrados de lengüetería, la expresión romántica e impresionista colorido. Preludio que bebe de fuentes ya escuchadas este viernes con tímbricas sabiamente seleccionadas por Prieto, combinaciones de teclados que lograron jugar con las distintas fachadas del KLAIS, evoluciones dinámicas y pinceladas recreándose en cada registro; después la Siciliana celestial por un fagot ideal en la exposición junto a unos cristalinos flautados bien combinados casi etéreos cual homenaje a Debussy o Fauré, el inexplicable acento francés más allá de las propias melodías o armonías, la delicadeza sonora antes de la ruptura sonora que supone la Toccata, última para armar de principio a fin este concierto virtuoso, la forma por excelencia del virtuosismo en las teclas de Bach a Duruflé, testimonio de pervivencia compositiva e interpretativa.

El público entusiasmado tras semejante derroche y buena música que emanaba del KLAIS, con un Raúl Prieto que quería mantener mi pensado título «Bach principio y final», por lo que nos regalaría el Preludio y Fuga en re mayor, BWV 532, docencia con el Maestro por el discípulo aventajado, pues órgano y Bach siempre van de la mano. Bienestar mutuo entre todos y otro regalo, vuelta a Saint-Saëns, de sus Septs improvisactions op. 150, la séptima «Allegro giocoso«, alegría por el instrumento alemán ya asentado en León que devolvía con creces cada nota, la respuesta del público volcado, las molestias del pie que parecían olvidarse con esta música. Y generosidad porque Bach tenía que cerrar el círculo virtuoso, curiosamente volviendo con un regalo que también sonó el sábado anterior, el Preludio Coral, BWV 731 enamorado de esa melodía luterana, Liebster Jesu! wir sind hier, casi traducido a «querido Bach, estamos aquí» en registro de lengüeta horizontal octavado, otra dimensión que desata pasiones interiores, paz y belleza del «kantor» de Leipzig. Pero Raúl todavía dejaría más constancia del virtuosismo, generosidad y profesionalidad con el «Ejercicio para pedal» BWV 598, recuperado plenamente para el órgano aunque después retomaría las muletas y la inmovilización del pie derecho que trabajó con una plantilla especialmente diseñada para no cancelar y mantener el compromiso con organizadores, obras y un público rendido literalmente a sus pies. Gracias amigo.

P. D.: muchas de las veces que escribo «lengüetas» también son flautados, para evitar interpretaciones erróneas de los especialistas en los registros de órgano, y buscando más un paralelismo instrumental; en el caso del coral de Bach el organista utilizó una flauta 8′ del positivo y una docena 2 2/3′ del recitativo. Gracias al intérprete por indicarme su elección.

 

Pianistas sin fronteras

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Miércoles 25 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón,  Concierto 1593 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. «Homenaje a Granados«, Luis Fernando Pérez (piano). Obras de Mompou, Chopin y Granados.

Un homenaje a Enrique Granados en sus 150 años por Luis Fernando Pérez, un pianista español sin fronteras como el propio compositor catalán, y rodeado de dos referentes en el mundo de las 88 teclas igualmente internacionales y con querencia parisina como entonces era de esperar: el polaco Frédéric Chopin con su particular universo sonoro, virtuoso volcado en el señor de los instrumentos, y su tocayo catalán Federico Mompou quien también viajó al país vecino recomendado precisamente por Granados. Habría que recordar la influencia o condicionamiento geográfico en todo, por supuesto en las artes y especialmente la música, más aún en el caso de Cataluña o el País Vasco y buen hilo conductor del pianista madrileño muy querido en Francia, reconocido mundialmente con estos tres compositores que completaron un programa exigente técnica e interpretativamente, lidiando con un instrumento por el que sí pasan los años y extrayendo toda la paleta que las partituras elegidas esconden. Voy dejando aquí las excelentes notas al programa de Lorena López Fernández por el perfecto complemento a la música que sonó en un teatro no tan lleno como hubiésemos querido y de edad avanzada pero gustoso además de feliz por la calidad del concierto.

Abrir con Mompou y sus Scènes d’enfants son un reto que Luis Fernando Pérez ha superado llevándolo al disco con el sello francés Mirare el pasado año (y con quien ha grabado también a los compañeros de programa). Íntimamente cristalino, aire mediterráneo, pinceladas sonoras sueltas, casi acuarelas delicadas bien perfiladas en negro, cinco joyas infantiles de reminiscencias impresionistas sin perder originalidad y aire propio.

Las obras de Chopin emparejadas a pares nos trajeron por un lado el intimismo y la delicadeza romántica de sus Nocturnos op. 27 nº 1 en do sostenido menor y el nº 2 en re bemol mayor, dedicados a la Condesa de Appony, amores casi goyescos en una penumbra ideal para lograr ese ambiente íntimo, dominio del claroscuro por parte del pianista madrileño, polo casi opuesto al catalán pero complemento sonoro, y continuar con el Nocturno en do sostenido menor «póstumo» encendiendo las velas para una luminosa Balada op. 23 nº1 en sol menor, el arrebato romántico por excelencia, los contrastes de matices, velocidades con el rubato apropiado, nuevos cuadros de trazo vivo bien cargados de colores superpuestos, el óleo frente a las acuarelas.

Antes de comenzar la segunda parte dedicada a Granados, el propio intérprete desgranó los motivos principales de unas Goyescas o los majos enamorados para una mejor comprensión por parte del respetable, prepararnos para una escucha bien asentada de una de las obras magnas escritas para piano (junto a la Iberia de Albéniz) como bien nos recordó, causa también de su rareza en los conciertos por el esfuerzo que conlleva, incluso con la partitura delante para no perderse nada del mundo pianístico de Granados inspirándose en el pintor maño y abordado como dijese el compositor catalán: «no con tristeza de viuda sino con celos de mujer enamorada».

Si podría decir que el programa tenía un aire pictórico como hilo conductor, Goya trata todas las técnicas y estilos, un avanzado de la época del que se ha escrito que fue el primer impresionista. Su paleta de colores es tan amplia que Granados pareció querer realizar un paralelismo al piano siendo Luis Fernando Pérez su intérprete ideal.

Los dos cuadernos sonaron unidos por el «Intermezzo» de la ópera Goyescas, sutil trabajo orquestal en el piano con mayor riqueza de detalles cual boceto ya de por sí maestro. Los cuatro primeros números parecieron traducir a notas las veladuras de cada cuadro, los colores pastel de los retratos aunque los caprichos sean grabados.
Aquí no hubo medias tintas, los contrastes grabados casi con sangre, sudor y lágrimas, amores imposibles con finales trágicos, el relato complejo como la propia partitura, la psicología de Goya que enamoró a Granados. Paralelismos musicales y pictóricos en cada estampa, pinceladas en cada nota al detalle cual cincelador de sonidos, pulcritud de trazo e independencia tímbrica en cada tecla para alcanzar la globalidad desde el ataque o el fraseo, algo especial que Luis Fernando Pérez consigue como pocos, individualidad en cada número pero con visión total cual exposición temática donde poder observar todo el proceso creativo, aquí escuchando los seis números más el intermedio cual «promenade» o paseo.

De su trayectoria y premios podemos concluir que el resultado fue esperado en un programa tan español como universal, pianistas todos sin fronteras, autores y obras plenamente asimilados por el intérprete, sentidos y disfrutados como bien reflejaba en la entrevista al diario La Nueva España del día antes que dejo también aquí.

No podía haber mejor regalo que la Danza Andaluza nº 5 del propio Granados, casi taconeo flamenco desde un arrebato de pasión, el calor del sur frente a los «caprichos» que nos pusieron los pelos de punta, nuevo relato de un pintor del piano perfectamente entendido por el intérprete madrileño.
Como guiño a nuestra tierra y al otro gran pianista y compositor catalán Albéniz, Asturias cercana, vibrante, «Leyenda» de subtítulo con los dos grandes motivos, chispeante como nuestra lluvia y reposado cual neblina, un paisaje sonoro para redondear un excelente concierto de piano durante dos horas, generoso como el propio Luis Fernando Pérez al que sigo hace tiempo y nunca nos defrauda.

P. D.: Dejo el enlace a la crítica de Ramón Avello, actual presidente de la Filarmónica local, en el diario El Comercio, con la historia que relaciona a Granados con Gijón y esta centenaria sociedad.

Aplaudida decisión

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Jueves 19 de octubre, 21:00 horas. XXXIV Festival Internacional de Órgano Catedral de León, Ciclo de Músicas Históricas de León: Monica Melcova (órgano). Obras de Bach, Marchand, Melcova, Fauré y Vierne.

Enfilando ya la segunda mitad del festival de órgano me escapaba de nuevo a la capital vecina con tiempo de sobra para tener buen sitio en la cola y disfrutar del duodécimo concierto con una baja imprevista como la del estadounidense Stephan Tharp y la anunciada cancelación por enfermedad del decimotercero a cargo de Paolo Oreni, comunicada antes de comenzar por Samuel Rubio, en el primer caso cubierta a tiempo con éxito por mi admirada Monica Melcova (1974) que repetirá programa en la inauguración del cuarto año del exitoso «Bach Vermut» en el órgano de la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid este sábado (otro éxito del CNDM copatrocinador de este FIOCLE) mientras sigue sumando éxitos allá donde va, alternando conciertos y docencia en Musikene con su residencia granadina.

El programa elegido por la organista eslovaca volvió a sacar sonoridades de «el bicho Klais» aún por descubrir, optando por registrar manualmente y dominando como pocos intérpretes no solo la ornamentación sino la improvisación de la que es una verdadera maestra en el amplio sentido de la palabra.

Tres obras de «Dios Bach» para disfrutar de la magnitud compositiva e intepretativa en el órgano alemán capaz de hablar todos los idiomas: el monumental Praeludium E dur, BWV 566, exigente en manos y pies con registros «esperados» sin necesidad de excesos pero variado y potente inicio de concierto en un día frío. Continuaría con An Wasserflüssen Babylon, BWV 653, perteneciente a los llamados «corales de Leipzig«, perfecto de tímbricas en dos teclados más pedalero, la melodía luterana en la izquierda siempre presente por registro, el acompañamiento delicado de la mano derecha y el sustento del pedalero, el lenguaje divino de «Mein Gott«.
Y para cerrar esta trilogía inicial la Fantasia super Valet will ich dir geben, BWV 735, otra mezcla de maestría sonora por la elección de los registros y la rica pero nunca superflua ornamentación desde una limpieza expositiva más el rigor de cada figura, BACH siempre el mejor examen para todo músico.

Contrapuesto al alemán no solo en acentos, el barroco francés tiene en Louis MARCHAND
(1669 -1732) uno de los principales representantes y habitual en cada festival, dos mundos unidos en el tiempo pero separados en estilo, como así pudimos comprobar con las dos obras elegidas: Tierce en Taille [del 1er Livre] reposado y emparentado en registros más con España que Alemania aunque técnicamente lo fuese con el coral bachiano, y Grand Dialogue en Ut [3ème Livre] potente en sonoridades jugando con esos aires de gaita bretona que me recuerdan el folklore asturiano, de nuevo con ese acento del órgano hispano que Melcova conoce de primera mano, perfecto diálogo entre lo solemne y festivo en el leonés KLAIS.

Ya hice mención al magisterio de Monica MELCOVA con las Improvisaciones, y Samuel Rubio le pasó las partituras con dos melodías, de nuevo el «Himno a la Virgen del Camino«, supongo que por el fervor que despierta en todo el Reino, y la bellísima canción tradicional asturiana pero igualmente leonesa por su popularidad y cercanía, «Dónde vas a por agua» que me tomé como un guiño casi personal pues resultó más protagonista que el himno con un despliegue de registros parejo al virtuosismo de la eslovaca con armonías de la mejor escuela francesa de órgano de la que es gran intérprete, superponiendo ambas en una lección de gusto y técnica.

No deben faltar las transcripciones y arreglos de grandes partituras orquestales, y por supuesto para el órgano, pensando que cuando no existían las grabaciones o eran inaccesibles para el pueblo llano, era la única forma de conocerlas precisamente en las iglesias y catedrales. De Gabriel FAURÉ
(1845 – 1924) su Pavane op. 50
[transcripción de Geoff Piper] en la interpretación de Melcova sonó verdaderamente sinfónica, cuerdas en los tubos, arcos imposibles y contrabajos en los pies, pizzicati bien atacados, oboes y flautas en las manos melódicas, con un fluir creando el ambiente tristemente bello de esta página tan gala y con el sello propio del compositor traducido por la eslovaca.

Las campanas sonaron de nuevo en el KLAIS con la virtuosística página del también francés Louis VIERNE
(1870-1937) y su Carillon de Westminster
[Pièces de Fantaisie op. 54 nº 6]

perfecto toque final para seguir explorando y descubriendo sonidos del instrumento catedralicio leonés que va asentando su acento políglota que Monica tradujo desde la primera nota, honestidad en cada duración, planos clarísimos, uso del pedal de expresión romántico, despliegue en la búsqueda de efectos y registros ideales, pero sobre todo una lección de buen hacer, aplaudiendo a la organización y al CNDM por la decisión de sustituir al yanqui por esta organista afincada en España, que colmó las expectativas de aquellos que desconocían el cambio y mejoró la opinión de los que seguimos a esta gran organista plenamente afincada entre nosotros, aunque los músicos sean siempre universales.

Público rendido al magisterio de la organista que regaló otra improvisación además de atender gustosamente a cuantos se acercaron a felicitarla. Siempre un placer escucharla.

Consideraciones finales: hora y cuarto de cola para encontrar una buena ubicación pero entrar y ver reservada toda la zona central para los socios que colaboran en la organización del FIOCLE lo puedo entender y hasta asumir, aunque creo se pasaron con las previsiones. Y al abrir el cordón para llenar tanta silla vacía mientras había público de pie que no cabía en el espacio libre corriendo a ocuparlas, terminó por incomodarme y hacerme sentir un idiota por una espera estéril. Tampoco entiendo la decisión de no cobrar algo simbólico (el euro del programa podría servir) pues evitaría curiosos y peregrinos que aprovechan para ver gratis la catedral y marcharse en medio del concierto, si bien algunos se enganchan a la música. La consigna «espectáculo gratis cueste lo que cueste» no suele fallar tampoco en León.
Moraleja: llegar diez minutos antes, y esperar que abran la zona reservada da mejor posición que los abnegados y educados aficionados sufridores de las inclemencias del tiempo ubicados en laterales con poca o escasa visión del teclado (ya no se usan las pantallas de hace años). Menos mal que «el bicho» ruge en cualquier sitio.

Preparando el terrible

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Miércoles 18 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo: Ensayo general XXVI Concierto Premios Princesa de Asturias. María Luisa Corbacho (mezzo), Alfredo García (barítono), Jorge Moreno (narrador), Coro de la FPA (director: José Esteban García Miranda); OSPA, Miquel Ortega (director). Sergéi Prokófiev: Iván el Terrible, op. 116 (cantata para narrador, mezzosoprano y bajo barítono, solistas, gran coro de voces mixtas y orquesta sinfónica, adaptación como cantata de Alexander Stassevich). Entrada libre con invitación.

Tanto la OSPA como el coro nos ofrecieron para abrir temporada una honrosa Carmina Burana y sin apenas respiro afrontan este concierto real con otra de las grandes páginas sinfónico corales que están en su repertorio, el Prokofiev de cine como en su momento fue Alexander Nevsky y ahora Iván el Terrible, todavía reciente en nuestra memoria, a cuyo ensayo general acudí ante la imposibilidad de hacerlo en el evento sociocultural de octubre, y menos aún al reducir el aforo en 500 localidades (cerrando la sala polivalente aunque ganando en acústica).

Todos sabemos qué supone un ensayo general con público, con detalles por pulir pero perfecta aproximación a lo que sonará al día siguiente y donde no faltó ni el Himno Nacional para abrir el concierto ni el de Asturias, cantado por todos los presentes, para cerrar.
Las partituras del ruso para las películas de Serguéi M. Einsenstein son verdaderas bandas sonoras para ejecutarse en vivo e Iván el Terrible mantiene todos los clichés asociados a la música popular rusa con capítulos variados donde pasamos de la voluptuosidad épica a los momentos líricos en cuanto a poesía con música reconvertidos en cantata con el excelente narrador gijonés que puso el complemento escénico.

Protagonismo casi total del Coro de la Fundación que está en un momento álgido capaz de afrontar una partitura agradecida para todos, rico en matices, especialmente en los números a capella, volúmenes generosos exigidos por la masa orquestal, empaste global y unas cuerdas que volvieron a brillar tanto por separado como en conjunto en una obra más que dominada. Mi felicitación a la formación que dirige mi querido Pepu.

Y si el coro madura con los años, nuestra orquesta es un lujo en cada sección, hoy reforzada por exigencias de la obra en vientos, percusión, arpas y algo menos en los contrabajos (se hubiesen agradecido dos más). Al maestro Miquel Ortega se le respeta y hay buenas sensaciones entre ellos, por lo que hubo un amplísimo espectro de dinámicas, ritmos y texturas, con una cuerda capaz de resultar hiriente o aterciopelada según se le reclame, y una homogeneidad tímbrica solo al alcance de las grandes, y la OSPA es una de ellas sin que me ciegue la pasión. Perfecto entendimiento con el podio y un despliegue épico de sonoridades, destacando la percusión (con el piano) para mantener ese empuje rítmico que esperamos encaje al detalle en el concierto, con unas campanas demasiado reales para un contexto coral.

También interesante la mezzo mallorquina María Luisa Corbacho algo tapada en los fuertes pero de color carnoso, aún más en la parte hablada, de registro central cómodo y agudos sin forzar en ningún momento, buena emisión y momentos de belleza vocal en sus solos.

La breve intervención del barítono madrileño Alfredo García en verdadera lucha con el coro masculino y el empuje orquestal se saldó con nota, supongo que «guardando munición» al ser un general pero generoso además de entregado como en él es habitual.

Esperamos que los últimos retoques ya a puerta cerrada ayuden a un concierto donde solo sea terrible este Iván IV, zar de Rusia «contado» en 1936 por el tocayo del cineasta con el maestro Ortega tan hecho como nuestros intérpretes.

Carmina instabilis

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Viernes 6 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 1: «Música y literatura I», OSPA, Ana Nebot (soprano), David Alegret (tenor), Hugh Russel (barítono), Coros de la FPA (José Esteban García Miranda, maestro de coro), Rossen Milanov (director). Carl Orff (1895-1982): Carmina Burana (1935-1936), «in memoriam Juan Carlos y Olga».

Sabores agridulces en la inauguración de la temporada de abono ovetense con la OSPA y su titular que recordaba, además de guardar todos en pie un minuto de silencio, a los dos componentes fallecidos el pasado agosto: el chelista Juan Carlos Cadenas y la pianista Olga Semouchina, antes de pasar a escuchar el ¿One hit wonder? de Orff como bien nos contaba una hora antes el doctor Alejandro G. Villalibre (autor de las notas al programa enlazadas al principio) en una amena conferencia (¡diez años ya!) sobre un autor no flor de un día ni solo famoso por una obra, aunque esta primera cantata profana junto a su conocido «Método Orff» sean de por sí suficientes para pasar a la posteridad más allá de una biografía algo turbia. Resaltar un lleno nunca visto en la misma así como la excelente entrada para el concierto al sumarse la sala polivalente que se abre esporádicamente y se cerrará cuando era costumbre (sobre la cuestionada seguridad del auditorio mejor no hablar para no seguir agriándome).

Y como la vida del compositor así resultó la interpretación de esta obra que sigue atrayendo al público en general más allá de los fieles abonados, estando todavía viva la interpretación en la Plaza de la Catedral del pasado San Juan carbayón. La belleza e impacto de la partitura se sobrepone a cualquier versión, soportando desde la «furera» a la festiva al aire libre pasando por esta de un primer viernes de octubre donde el calor solo fue climatológico (en un mal llamado veroño) y la calidez con humor vendría del barítono canadiense, todo desde una sensación de inestabilidad a lo largo de la hora y cuarto de duración que transmite una dirección desigual, imprecisa, turbia por momentos, sin criterios claros de agógica y dinámicas que siguen sumándose a errores de bulto como frenar en los piani y acelerar en los forte.

A pesar de todo, la orquesta continúa ganando enteros, sonoridad propia, amplísima gama de matices, solistas de primera que solo necesitan más confianza porque la inseguridad casi se masca en el aire (y sigo cerrando los ojos para no perderme como oyente). La belleza melódica y de texturas instrumentales junto a la riqueza rítmica de Orff es innegable, con dos pianos, celesta, percusión impactante, todos ingredientes que deben cuidarse junto a los balances nunca caprichosos, más en esta cantata donde prima la voz de principio a fin. Para mi gusto volvió el trazo grueso y solo los matices indicados en la partitura, que fueron mejores los pp que los ff.

El Coro de la FPA, junto al infantil que mima y hace crecer Natalia Ruisánchez, continúa en su línea de trabajo sinfónico (en menos de dos semanas afrontará el concierto anual de la Fundación, retomando el cinematográfico Iván El Terrible de Prokofiev pero con Miguel Ortega, que vuelve al frente de la OSPA), amoldándose a cada batuta con el esfuerzo que ello supone, plegándose como profesionales a las indicaciones y vaivenes de tempo, poca precisión que no favoreció mayor enjundia en los tutti con la orquesta. En este Carmina instabilis volvieron a estar a la altura de lo esperado, intervenciones llenas de matices, color uniforme tanto juntos como en las intervenciones separadas de las distintas cuerdas, destacando las voces graves con empaque y homogeneidad así como las contraltos de empaste perfecto, aunque esta vez los «peques» se llevaron la mejor parte por aplomo, seguridad, afinación y color ideal.

Del trío solista el joven barítono canadiense Hugh Russel se tomó muy en serio su participación, no solo cantar con toda la riqueza y cambios de color que su papel exige sino sumándole la escena tan necesaria en esta cantata (Orff así lo entendió), dominador de principio a fin sobrado de facultades y realmente completo. A la soprano ovetense Ana Nebot le faltó la sobrada actuación del canadiense, enamorar In trutina y dominar un papel exigente que requiere interiorización además de proyección (no le ayudó cantar con partitura al bajar la cabeza y perdiéndose emisión), aunque tampoco colaboró la dirección, pero siguen siendo tan hermosas sus intervenciones que al gran público no le importan detalles tan técnicos como poder afrontar recreándose en crescendi, fiatos o agudos pianissimi. Finalmente el barcelonés David Alegret no es un contratenor (al que estamos más acostumbrados) y sus agudos sonaron «apretados» para un tenor lírico-ligero muy mozartiano, haciéndose extraño el color pese a tener dominada su breve intervención.

La OSPA sonará de cine la próxima semana y mozartiana a fin de mes tras el «concierto real» en un octubre de lo más variado que no ha comenzado como (yo) hubiese querido, antes de volver al foso en noviembre. Casi sin respiro volveré mañana al auditorio donde repito inicio de temporada con los conciertos y jornadas de piano… por supuesto también lo contaré desde aquí.

Música entre amigos

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Jueves 31 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2017, Museo Arqueológico: Ana Nebot (soprano), Mario Bernardo (piano). «Sin etiquetas», obras de Haendel, Schubert, R. Strauss, Rossini, Fauré, R. Hahn, Satie, Saint-Saëns, Villa-Lobos, C. Porter y M. Legrand. Invitados: Rubén Menéndez Larfeuil (viola), Pablo García-López (tenor), Marina Pardo (mezzo) y Antony da Cruz (contrabajo).

Brillante clausura de un festival veraniego que volvió a llenar el museo con colas dos horas antes del inicio quedándose público fuera (lástima el aforo reducido) con artistas de casa como la soprano carbayona y el pianista gijonés, sin localismos y además rodeándose de amigos para compartir una tarde «sin etiquetas» del agrado de todos y repasando épocas con estilos distintos.

Para el dúo Nebot-Bernardo comenzar con el barroco y sus agilidades aún en frío, además de la emoción de saberse querida no sería óbice para ir ganando tranquilidad y hondura, también (y tan bien) arropada por compañeros, además de amigos, a lo largo de una hora de buena música en el mejor ambiente.

Tras el inicial Haendel y el aria Ch’io mai vi possa (Que yo pueda un día) de la ópera «Siroe«, vendría la viola de Rubén Menéndez Larfeuil para sumarse a dos grandes bien sentidos por la soprano junto al sólido piano, Schubert con Der Hirt auf dem Felsen (El pastor en la roca) D. 965 de mundos sonoros contrapuestos en expresiones e intensidades (con clarinete hubiese sonado menos intenso), y especialmente el Morgen (Mañana) op. 27 nº 4 de R. Strauss que llegó a alcanzar la milagrosa complicidad del silencio total de un atardecer mágico con «la hermana del violín» tan sentida como la propia voz.

En este repaso entre compañeros llegó el turno al tenor cordobés Pablo García-López para dos dúos muy distintos, Rossini y La Serenata (Notturno) más Fauré Puisqu´ ici-bas toute âme (Pues aquí abajo las almas) preparado por «La Nebot» en solitario con Le papillon et la fleur (La mariposa y la flor) op. 1, nº 1. El nocturno del italiano, contrastado con la común poesía francesa de Victor Hugo en dos voces que se gustan además de actuar para hacer creíbles unos textos que se nos ofrecieron en fotocopias aparte (siempre de agradecer) redondeando este hermanamiento vocal y sentimental entre Asturias y Andalucía que lleva años cimentado, aplaudiendo la generosidad de la anfitriona ovetense por compartir protagonismos.

Verdadera «exquisitez» el Verlaine de L´ heure exquise musicado por Reynaldo Hahn (1874-1947), venezolano de nacimiento con madre vasca y padre germano, pero francés de adopción y formación aunque alemán de pasaporte, universal como todo el programa «sin etiquetas» donde Ana Nebot y Mario Bernardo volvieron a demostrar el trabajo bien hecho, al igual que el siempre ideal Satie con su Je te veux (Te quiero), otra «delicatesen» antes de seguir compartiendo amigos y música, sobre texto de Henry Pacory, poesía musical francesa donde la soprano está en su salsa. Todo un detallazo de Ana cantar colocándose para el otro ala del claustro, aunque la acústica sea buena en cualquier lugar, y siempre atenta a un público que la quiere en su Oviedo natal, aunque hubo turistas de todas partes, incluso del otro lado del charco (a quienes pude saludar al finalizar el recital en «otro encuentro» con la música de punto en común y acercamiento físico más allá de las redes sociales).

Con la mezzo Marina Pardo en un empaste perfecto y el acompañamiento siempre sobrio de Mario Bernardo, escuchamos a Saint-Saëns y su bolero El desdichado, en castellano con la forma original antes de la herencia al actual que bien aclaró Ana Nebot al público antes de cantarlo, ante algún comentario al presentarlo, pues siendo capaz de cantar incluso jazz aún no se ha enfrentado a los grandes éxitos de Miguel Matamoros, Los Panchos y seguidores, aunque nunca se puede rechazar nada, menos cuando hay calidad y emoción.

Y del jazz vendría el contrabajista Tony da Cruz para seguir sumando «sentimiento» desde su compatriota Heitor Villa-Lobos con Melodía Sentimental (letra de Dora Vasconcelos), una nueva visión del folklore brasileño sumado a la canción de concierto donde solo faltó una batería con escobillas para volver a demostrar que no hay etiquetas, solo música bien hecha, al igual que con Cole Porter en So in love (Tan enamorado) de la comedia musical «Kiss me Kate«. Piano más contrabajo en pizzicato como perfecto ropaje a la voz de Ana Nebot navegando cada vez más cómoda en estos repertorios ligeros que se van haciendo merecido hueco en este tipo de recitales camerísticos.

Todavía quedaba el remate con el prolífico compositor de bandas sonoras francés Michel Legrand (1932), y de la película musical “Les Demoiselles de Rochefort” con «la gemela» Marina Pardo en la Chanson des jumelles, teatralización de altura con la redondez del contrabajo y el piano poniendo mentalmente la percusión que seguramente más de uno añadió aunque fuese corporal.

Verdadero regalo Alfonsina y el mar (Ariel Ramírez) cantado por «La Nebot» con naturalidad, cercanía y emoción subrayada por Tony y Mario redondeando el mejor colofón al mes, al ciclo y a las vacaciones dejándonos con ganas de más, sobre todo viendo que los amigos nunca fallan cuando lo son.

Schumann y Falla con el Mediterráneo

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Viernes 28 de julio, 22:30 horas. Castillo de Bil-Bil, Benalmádena. Recital lírico de canto y piano «Cultura en la calle»: José Manuel Montero (tenor), Aurelio Viribay (piano). Obras de Schumann, F. Alonso y Falla.

El verano supone para muchos artistas trabajo que el público siempre agradece, con escenarios distintos a los habituales como en el caso de Benalmádena que con el Mediterráneo y el Castillo de Bil-Bil de telón de fondo traía este último viernes de julio una música aparentemente poco popular como el mundo del «lied» romántico y que el año pasado funcionó, por lo que repetir no era correr riesgos y a la vista de la ocupación de todas las sillas, más abundante público de pie, la fórmula volvió a resultar acertada, en buena parte por la calidad de unos intérpretes que se han puesto como objetivo dar a conocer la música vocal de salón, los grandes compositores de la canción con piano donde los españoles deben estar a la misma altura que los germanos, como pudimos volver a comprobar.

El ciclo de canciones Liederkreis, op. 39 de R. Schumann y textos de von Eichendorff (1788 – 1857) no están entre los más escuchados, si bien de los dos ciclos, nueve temas con textos de Heine los opus 24 menos que los doce del segundo que pudimos disfrutar al aire libre y con amplificación cuidada, más transitados a lo largo de los años, teniéndolos en mi discoteca nada menos que por el irrepetible barítono Fischer-Dieskau.
El piano poniendo la música sin palabras en equilibrio a la poética del canto, diálogos con el trasfondo tan romántico de la naturaleza, el desamor, la paz y el dolor con momentos íntimos, poderosos y la belleza imponente de la naturaleza en comunión piano y tenor para esos microrrelatos románticos y puros. Títulos que parecían describir el propio entorno de esta noche de verano mediterráneo: La quietud, En un castillo, En la lejanía, Melancolía, con la dicción germana perfecta de José Manuel Montero y color dramático capaz de alcanzar sin problemas el amplio registro de este ciclo, más el piano maestro de Aurelio Viribay, un tándem de muchos quilates. La docena de poemas con música fueron desgranándose con todo el sentimiento que los textos requerían (lástima no poder ir leyéndolos) y un público que aplaudía cada uno sin esperar el resultado global, óptimo sin lugar a dudas.

El piano solo necesario para un leve descanso vocal (y un cambio de camisa) vino con un «desconocido» Francisco Alonso y una poco frecuente Mi adiós a Granada de hondura en fraseo evocado por ese folclore único que el maestro Viribay siempre eleva la llamada música de salón al Olimpo de Orfeo, el recuerdo nostálgico del granadino en el Madrid que le daría la fama.

Las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla resultaron perfecto complemento y enaltecimiento de nuestro lied hispano, textos y estampas bien combinadas de tiempo, sentimientos y fragor con una articulación de excelencia en Montero y el piano coprotagonista de Viribay, enamorando a propios y extraños. Siempre emocionante y admirable cómo el compositor gaditano elevó las canciones populares al nivel clásico equiparable a los germanos Schubert, Wolf, R. Strauss o Mahler y engrosando un «corpus» donde también estarán Granados, Toldrá, Obradors o Turina por recordar algunos de los nuestros. Por emociones me quedo con la Asturiana y el siempre exigente Polo que Montero-Viribay dejaron siempre en todo lo alto, claros y precisos de inicio a final, tal vez con un piano amplificado algo inferior al necesario para saborear todo lo escrito y la voz ligera con cuerpo y presencia más que suficiente para bajar un par de puntos los «fader».

De regalo nada menos que un par, dos mundos en uno: el recuerdo de Granados y su Andaluza (la Danza española nº 5 compuesta para piano sin letra y popularizada por tantos cantantes de todos los estilos), casi leyendo mi mente sobre los hispanos, para rematar con el gran R. Strauss y Devoción, la que yo siento por esta pareja de intérpretes cerrando un círculo virtuoso hispano-alemán en el mismo plano de calidad y calidez.
Quien no apuesta no arriesga y bien por la cultura en la calle del Ayuntamiento de Benalmádena que ya sabido apostar por una música que aún no tiene el hueco merecido ni siquiera en los escenarios habituales.

El verano también es trabajo

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Viernes 21 de julio, 20:00 horas. RIDEA, Oviedo: Concierto de clausura del III Curso de Canto y Repertorio «La Castalia«. Entrada libre.
Para algunos el verano supone ocio y vacaciones aunque en el mundo musical nunca se tenga un minuto de tiempo libre. Oviedo sigue siendo «La Viena del Norte» hispano incluso en los meses de estío con unas temperaturas idóneas para disfrutar de su amplia oferta en los distintos entornos y festivales, pero también para aprovechar unos días de formación, la que ocupa toda la vida profesional y más aún en el siempre exigente mundo lírico.

La Asociación Cultural «La Castalia» que preside Santiago Ruiz de la Peña sigue ofreciendo cursos como este tercero de canto y repertorio en la capital asturiana, acudiendo jóvenes voces asturianas y de las comunidades cercanas para continuar esa carrera en algunos casos incipiente, en otros consolidándose, buscando siempre mejorar distintos aspectos como perfeccionar la técnica, dicción y fonética, idiomas tan necesarios en todas las facetas profesionales, o repertorio y análisis, recordando que todo ello es imprescindible para quienes se dedican al mundo de la lírica, independientemente de buscar una carrera o por el mero hecho de continuar ese itinerario sin final que es el canto.
La labor del claustro de «La Castalia» sigue siendo encomiable por inculcar amor por la música y poder visibilizar unas voces desconocidas para parte de un público que volvió a llenar el Palacio de Toreno, y que resultó el termómetro de examen final a cinco días de duro trabajo que culminan con el concierto final.

Enhorabuena a Begoña García-Tamargo (dirección artística y canto), Manuel Burgueras (repertorio y pianista «oficial» de estos cursos), Ana Cristina Tolívar (fonética), Mª José Collazos (análisis) y la ucraniana afincada entre nosotros Yelyzaveta Tomchuk, nuevo fichaje en el campo del pianista de repertorio, más allá del acompañamiento, con un trabajo «poco agradecido» en las siempre diabólicas reducciones orquestales que compensan páginas «liederísticas» como también pudimos disfrutar este viernes, completando un elenco de profesores a los que la moda e invasión anglosajona comienza a llamar coach.
Interesantes las obras elegidas y el orden de intervención de los cantantes para «armar» este concierto de clausura del que dejo copia a continuación y amplío con algunas anotaciones a vuelapluma.

Abundante cosecha de sopranos y digna representación del resto de cuerdas (mezzo, tenor y barítono) afrontando repertorio variado y difícil donde hubo una verdadera colección lírica con dos obras por voz colocadas en el programa para dar variedad y vistosidad a los géneros trabajados con el profesorado durante la semana.

Abría velada la soprano gallega Cristina Suárez con Manuel Burgueras al piano cantando Sposa son disprezzata de «Bajazet» RV 703 (Vivaldi), con la misma trama de «Il Tamerlano«, un aria barroca de calado mostrando buenas maneras (que completaría su intervención con Weber) y ganas de gustar en dos estilos distintos y distantes.

Volvía a escuchar a la soprano Canela García que nos dejó el «lied» sinfónico Zueignung op. 10 nº 1 (R. Strauss) de sentimiento, poesía musical y diálogo con el piano del maestro hispanoargentino y volvería con La zagala alegre de las «Seis canciones castellanas» (Toldrá), la canción de concierto que exige a los intérpretes crear y cantar un microrrelato donde el texto debe ser subrayado con la música, algo que ambos intérpretes entendieron en la dirección correcta.

Ya conocía a la mezzo María Heres, con Lisa Tomchuk al piano que afrontó el aria Che puro ciel de «Orfeo y Euridice» (Gluck), un repertorio de arias barrocas en las que la ovetense se desenvuelve con comodidad y un color idóneo recordándonos el de algunos contratenores que están recuperando muchas de estas partituras, retomándolo posteriormente con Che faro senza Euridice (en vez del previsto Cruda sorte! Amor tiranno! de la rossiniana «L’Italiana in Algeri«, único cambio que demuestra el atento trabajo por ofrecer siempre lo mejor de cada intérprete).

Mi admirada soprano la avilesina Vanessa del Riego con Manuel Burgueras al «piano orquestal» nos interpretaron el Laudamus te de la «Gran Misa en do menor» (Mozart) siempre progresando en un repertorio que lleva interpretando a lo largo de su carrera, siempre difícil en el caso del genio de Salzburgo, endiablado en agilidades, color, saltos y musicalidad. Un aplauso por su encomiable trabajo y amor por la música.

El también conocido tenor Adrián Begega con Yelyzabeta Tomchuk afrontó el lied Der Neugierige del ciclo «Die schöne Müllerin» (Schubert) y el recitativo con aria Sventurata Sidon!… Se colà ne´fatti è scritto del «Idomeneo» mozartiano, bello color y registro central poderoso, más idóneo para Mozart que para el muy exigente y siempre complicado mundo camerístico de la llamada canción de concierto, al que pocos cantantes han querido acercarse precisamente por sus dificultades.

La también gallega y soprano Carla Romalde nos interpretaría la Ännchen de «El cazador furtivo» (Weber) con el aria Einst träume meiner sel’gen Base donde su expresión gestual debe complementar la acción que el texto en alemán describe, mejor en la parte movida y «cantabile», mientras su compañera Cristina Suárez volvería para la Ágata doliente Und ob die Wolke sie verhülle, dos colores de voz y personajes para la misma obra, con la reducción pianísitica a cargo de una convincente Lysa Tomchuk. Carla Romalde repetiría posteriormente con la Romanza de María de «El Juramento» (Gaztambide) más cómoda  con el castellano y de color carnoso escrito para lo que entonces se llamaba tiple, para una partitura igual de exigente que también pudimos disfrutar en el Campoamor hace tres años.

Habitual en nuestra tierra y también trabajando duro, la soprano moscona Paula Lueje con Manuel Burgueras nos dejaron una auténtica recreación de I’ vidi in terra (soneto 123 y último de los «Drittes Sonet von Petrarca«) del húngaro Franz Liszt, partitura poco habitual bien defendida y ejecutada por ambos intérpretes, que como escribe Petrarca supusieron «cordura, amor, dolor y cortesía», muchas tablas por parte de ambos, siendo la de Grado quien finalizaría el concierto con el piano de Tomchuk pasando de la poética italiana al alemán casi cabaretero de la conocida Canción de Vilja (Vilja Lied) perteneciente a «La viuda alegre» («Die Lustige Witwe«) de Léhar, el rey de la opereta siempre exigente pero muy agradecida, perfecto rubato con feliz entendimiento pianístico y sentimiento a raudales que resultaría broche dorado del concierto.

Otra voz que pasó hace unos años por Asturias y volvía a este curso es la soprano ferrolana Gloria Amil que tiene tras de sí una carrera variada, esta vez trabajando y cantando con la orquesta hecha piano de Manuel Burgueras dos exigentes y conocidas arias operísticas: el Addio, del passato bei sogni ridenti de «La Traviata» (Verdi) y la gavota Obéissons quand leur voix appellee de «Manon» (Massenet) lógicamente con piano y sin coro pero que el público interrumpió varias veces -supongo que por desconocimiento pese a ser un título de referencia en la ópera-, mejor Manon que Violeta sin meterse mucho en dos roles que deben convencer y enamorar además de cantarse, aunque la belleza de estas páginas supera cualquier comentario teniendo todos nuestras referencias en dos personajes fetiches para cualquier operófilo.

El joven barítono turolense Ricardo Barrul Martín acompañado al piano por el maestro Burgueras apuntó buenas maneras en las arias de Alfonso Ma, de’malvagi invan… Vien, Leonora de «La Favorita» (Donizetti) y Zurga O Nadir de «Los pescadores de perlas» (Bizet), con un bello color vocal que los años irán dando el cuerpo necesario puesto que musicalidad tiene y técnica continúa trabajándolo, estando en el camino correcto para afrontar estos roles.

La soprano vitoriana Nora Chena Sola con el piano de Yelyzabeta Tomchuk demostró el buen y poderoso instrumento que posee afrontando dos pesos pesados vocalmente como la «Canción de la risa de Adela· en Mein Herr Marquis de «El murciélago» (Johann Strauss hijo) y Les oiseaux dans la chamille («Los Cuentos de Hoffman«) de Offenbach, mucho más que un despliegue de poderío, agudos o agilidades, convencimiento y escena que da el trabajo así como mucho tiempo de estudio, el que nunca termina, cautivando al público en ambas arias, especialmente la segunda donde no necesitó «darle cuerda a la muñeca» para enamorar siempre con el excelente subrayado musical de la astur-ucraniana Tomchuk.

En definitiva un curso de nota con las lecciones bien aprendidas que todavía quedaría repasar tras el concierto de examen final porque así es la vida del música, estudiando siempre para buscar la excelencia. Y llegar a casa con tiempo para disfrutar en El Palco de La 2 (también en la web de rtve) de un «Liceu a la fresca» con un «Trovador» que algunos de estos cantantes podrían cantar en algún momento de sus carreras, pues la ópera sigue enamorando y las voces llegan directamente al alma.
Enhorabuena a todos.

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