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El arte de registrar

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Domingo 3 de octubre, 17:00 horas. Basílica de Covadonga, XIII Ciclo de Conciertos: Heinrich Walther. Obras de: Gibbons, Sweelinck, Bull, Bach, Grigny y Messiaen.

El peregrinaje a Covadonga es obligado también para los amantes del órgano de Acitores y llegaba el tercero de los conciertos de este ciclo otoñal con el alemán Heinrich Walter que es habitual en nuestra tierra y esta semana también ofreció un concierto en el Grenzing de Pola de Siero.

    

Programa de largo recorrido el del maestro Walther, desde Gibbons a Messiaen cual lección histórica del instrumento rey, sacando el máximo rendimiento al gran órgano sinfónico de Covadonga, con la inestimable ayuda de su titular Fernando Álvarez, con sabia elección de obras, ejecución impecable, unos pies que parecen levitar y la pulcritud de cada partitura que siguiéndolas en la doble pantalla permitieron disfrutar aún más de unas páginas para órgano bien engarzadas.

Si A Fancy for a double organ (Orlando Gibbons) tiene la cercanía de lo bailable, las «Diferencias» del Allein Gott in der Höh sei Ehr (J. P. Sweelinck) no pueden faltar en el renacimiento organístico que el propio Walther ha grabado, celebrando los 400 años del fallecimiento del compositor neerlandés. Y nada mejor que John Bull y su Fantasía sobre un tema de Sweelinck para cerrar este primer bloque donde los teclados del Acitores resultaron ideales para una música modal llena de matices que sin necesidad de muchos registros dieron el brillo y planos ideales.

El Preludio y fuga en mi menor, BWV 548 (J. S. Bach) da el salto al paraíso organístico barroco, y de todos los tiempos. Si el preludio resultó de una claridad expositiva con unos registros tan bien balanceados que permitieron escuchar todo lo escrito al detalle, la fuga endiablada sonó sin pecado, el pedalero acariciado, los cambios de teclado imperceptibles en un desarrollo magistral de pulsación pluscuamperfecta, y el órgano siempre único que en manos de Heinrich Walther destapa la quintaesencia de los órganos de Acitores en Asturias.

Y no por «menor» también sonó paradisíaco el Gloria de la Missa para órgano: Recit de Tierce en taille  (Nicolas de Grygny) en otra clase de combinaciones sonoras e interpretación, el magisterio organístico plenamente integrado con el entorno y oficiando cual maestro de capilla este «otro alemán» en Covadonga.

El final del concierto nada menos que Olivier Messiaen y L’Ascension du Seigneur (1934), cuatro momentos de introspección donde las sonoridades del francés siempre brillan irrepetibles en cada órgano y esta vez el de la basílica sirvió de ejemplo. Impresionante disfrutar de registros «desconocidos», campanas disonantes casi fundidas con el exterior, transiciones rápidas con el timbre apropiado (sólo quedó enganchada una nota pedal rápidamente solventada por la tracción eléctrica) y un auténtico derroche de musicalidad en manos y pies de Walther que hace de Messiaen el Bach contemporáneo y de Heinrich su mejor apóstol organístico.

Del amor que el profesor alemán siente por España y su larga tradición organísitica, especialmente  en el País Vasco, un regalo mayúsculo del Usandizaga orquestal en transcripción del propio Heinrich Walther, el Menuet de la «Suite en la mayor» (1904), como ya ha hecho con Dans la Mer, cantábrica, la escuela francesa en manos del donostiarra con el que Walther ha trabajado en tiempos de pandemia y en «La Cuna de España» hemos podido disfrutar con este regalo, una música la del vasco que el profesor alemán ha descrito que tiene «sentido de la melodía, la armonía y la perfección en la forma«, conjunto perfecto en todo este primer concierto dominical del mes antes de la clausura el próximo día 10 que también espero poder contar desde aquí.

Link al vídeo del concierto: https://youtu.be/BLr7ayJskmg

Vida en Gijón

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Jueves 30 de septiembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Der Tod in Wien, Orbón Ensemble. Obras de Mozart y Beethoven. Entrada butaca: 16 €.

Nueva escapada a Gijón para despedir septiembre y arrancar la temporada en el Jovellanos con este concierto en colaboración con la Sociedad Filarmónica local recién renovada en su junta pero que sigue apostando por abrir las puertas al público no abonado en conciertos de cámara que siguen siendo la escuela para músicos y público.

Presentación a cargo de Beatriz Montes llena de guiños a nuestra generación, a la numerología con el cinco mágico, el musical de las líneas del pentagrama y al número de músicos de este concierto, que fueron saliendo a su llamada biográfica, el oboe que da la afinación con el La anglosajón de la A, la referencia del título de este programa elegido más allá del literario o cinematográfico cambiando Venecia por Viena como la ciudad donde mueren los compositores elegidos, sin olvidar las notas a sus obras, en esta puesta de largo del Orbón Ensemble que homenajea al músico avilesino más internacional de nuestra historia, dos quintetos para piano y vientos de dos clásicos que nunca decepcionan y tienen un estilo único, más el directo como ADN siempre único e irrepetible que los melómanos necesitamos como el aire que respiramos, con una buena entrada a pesar de las restricciones aún vigentes y volviendo a demostrar que la cultura es segura.

Mario Bernardo (piano), Daniel Tarrio (oboe), Iván Cuervo (clarinete), José Luis Morató (trompa) y Vincent Mascarell (fagot) son cinco músicos de casa que como ellos mismos se definen, «comparten una misma pasión: la interpretación de música (…) al más alto nivel técnico y expresivo», unidos para este ensemble hoy quinteto, y al que sus obligaciones profesionales no les impiden disfrutar sobre el escenario y eligiendo dos partituras en la tonalidad de mi bemol mayor de dos grandes afincados en la Viena Imperial que cerraría el XVIII, el Clasicismo máximo atisbando ya los nuevos y convulsos tiempos que traería el XIX.

El Quinteto  en mi bemol mayor, KV 452 (Mozart) es una maravilla del genio de Salzburgo que conocía cada instrumento sacándole todo el colorido y combinaciones tímbricas en su estilo genuino, las melodías que evocan sus óperas y motetes, los pasajes camerísticos de los conciertos solistas reunidos en cinco músicos que se entienden y comparten una música no solo bella o relajante sino chispeante y llena de vida desde el primer movimiento tras el Largo inicial y el Allegro moderato posterior. Balances bien logrados, el ropaje del piano tan mozartiano, las texturas alcanzadas sin importar alguna nota fuera de lugar porque la conjunción sobrevuela toda la obra. El Larguettto central evocador y reposado sin caer en tópicos, disfrute de cada viento y el teclado de hilo conductor llevando de la mano a los cuatro. El Rondó (Allegretto) final demostró lo necesario que es respetar lo escrito y elevarlo a la máxima expresividad, matizado, equilibrado, la aparente y engañosa simplicidad del genio ya maduro que obliga al quinteto a mantener una tensión interminable para redondear esta página maravillosa de la que el propio Mozart se sentía orgulloso como así hizo llegar a su exigente padre Leopold, que también recordó Montes en su presentación.

Y de la brillantez luminosa del genio al ardor del admirador, el alemán del que su padre quería fuese otro Mozart en Viena, aunque Beethoven sería igualmente único y daría un paso de gigante hacia el nuevo siglo. Su Quinteto en mi bemol mayor, op. 16 aún rezuma juventud y cierta inexperiencia pero apunta directamente el camino a seguir. El Grave-Allegro ma non troppo tiene la feliz conjunción clásica con los claroscuros románticos que vendrían pocos años después, unísonos que exigen al quinteto concentración y serenidad para no excederse en sentimiento, que no sentimentalismo. El Andante Cantabile permite a los músicos unos fraseos personales, incluso el piano dibuja motivos sonatísticos que como quinteto esboza los concertísticos o sinfónicos. Y el Rondó: Allegro ma non troppo común con el genio toma derroteros propios, excelencia de doble caña, otra caña equilibra tensiones, metal que no llega al brillo broncíneo, y el piano abrazando este quinteto.

Muerte en Viena pero vida en Gijón con una propina chispera, una selección de La Gran Vía de Chueca en arreglo para este quinteto de Jorge Costas Miguélez, las melodías de la zarzuela tan populares cantadas por los vientos con un piano orquestal, Menegilda y Caballero de Gracia, los tres ratas que aquí no roban sino más bien encandilan, cantando y contestándose entre las maderas, adaptación ideal donde cada instrumento recrea estos números castizos de una Gran Vía reconvertida hoy en Paseo de Begoña, y una velada que esperemos sea el aperitivo a otra temporada llena de buena música, pues el cartel augura éxitos aunque no haya dos conciertos iguales, el ADN del directo y copiando a Beatriz, «Bienvenidos»….

La autovía minera une Mieres y Gijón, villas de carbón y de mar a las que octubre llenará de luz otoñal y esperanza por retomar las buenas costumbres de los conciertos, y seguir contándolas y compartiéndolas desde este cuaderno de bitácora. Claro que Oviedo sigue siendo capital a la que he bautizado como «La Viena del Norte» español. Hoy no hubo muerte, sólo mucha vida musical.

Cercanos sentimientos corales

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Domingo 26 de septiembre, 19:00 horas. Colegiata de San Juan Bautista, Gijón. «Nuestra música actual«: El León de Oro, Marco Antonio García de Paz (director). Obras de: Josu Elberdin, Albert Alcaraz, Javier Busto, Julio Domínguez y Jesús Gavito. Entrada por invitación.

Casi 25 años de historia coral asturiana tiene a sus espaldas El León de Oro –LDO– un proyecto de vida que busca la excelencia, con una cantera que surte de voces al coro adulto donde nunca se notan musicalmente las incorporaciones ni las bajas porque las líneas de trabajo son las mismas desde los inicios y la convivencia entre veteranía y juventud es lo mejor para mantener una calidad suprema que ha convertido a la formación vocal asturiana entre las mejores del mundo dentro de los llamados coros amateurs siempre actuando como profesionales.

Da gusto seguirles en este crecimiento y madurez que dan los años, presumir de «leónigan» y comprobar que el trabajo bien hecho, con entrega y pasión, tienen su recompensa: la actual gira del coro con la Novena de Beethoven junto a la orquesta de Savall, e incluso el debut orquestal  de su director y fundador Marco A. García de Paz con la Oviedo Filarmonía o su reciente nombramiento como titular del Coro de RTVE.

Este último domingo de septiembre, primero otoñal aunque veraniego aún por temperatura en la capital de la Costa Verde, me considero privilegiado y agradecido de la invitación para asistir a la presentación de la segunda temporada propia de «los leones» con una selección de obras sacras y populares escritas por compositores españoles vivos, muy cercanos todos a la propia historia del coro que han entendido el folklore asturiano desde la excelencia coral, y en la línea de seguir apoyando lo nuestro, lo de casa, música y músicos cercanos de distintos estilos corales que son vanguardia del mundo coral español y universal, partituras que LDO ha llevado por todas partes asombrando no ya interpretativamente, como este concierto, sino con unas obras maravillosamente bien escritas que con estas voces alcanzan verdadero sentimiento coral.

Si las chicas solas abrían las partes sacras y populares del concierto, portentosas con páginas a voces iguales que suenan celestiales, el «Aurum» de Elena Rosso, hoy de nuevo solista excepcional,  el coro al completo desgranó lo mejor y más popular de su repertorio, que hasta nos dejaron dos estrenos mundiales pensados por y para ellos: el regalo para la boda de Marco y Elena que les hizo Julio Domínguez y al fin escuchamos en las voces de sus destinatarios, y la «reinterpretación» de En toda la Quintana que Julio Gavito, también bajo del coro, preparó pensando en su propia formación, colocando cuatro voces blancas emparejadas en los dos púlpitos sobre el escenario de la Colegiata desacralizada, que sigue teniendo una acústica ideal para la música. Estrenos de dos compositores igualmente presentes en el resto del programa pues también hubo de regalo O Sacrum Convivium del propio Gavito, que cerraría un concierto de obras sentidas, queridas y mimadas por Marco García de Paz, parte de la propia historia del coro compartida por muchos de los presentes, volviendo a demostrar que son vanguardia coral en interpretación de todos los estilos, comunión sacra y profana en tiempos difíciles que LDO incluso con mascarillas, hacen fáciles y más llevaderos.

Excelente idea conjugar repertorio sacro y popular, pues en ambos se mueven cómodos y entregados, el empaste envidiable, la afinación perfecta, el sustento de unos graves poderosos y el paraíso de unas sopranos estratosféricas siempre contenidas, para un concierto donde los compositores elegidos resultan los ideales para las características corales de las que «los leones» siempre son el mejor exponente. parte de su propia esencia, depositarios de la inspiración de los amigos y embajadores de nuestra música actual como así titularon el programa gijonés.

Programa: Nuestra música actual 

Salve Regina – Josu Elberdin (1976)

Ave María gratia plena – Josu Elberdin (1976)

Ecce quomodo moritur justus – Albet Alcaraz (1978)

O Magnum Mysterium – Javier Busto (1949)

Estou amor aquí – Julio Domínguez (1965)

Cantos asturianos – Julio Domínguez (1965)

El mar se rizó a contrapelo – Julio Domínguez (1965)*

Del aire y la arena – Jesús Gavito (1979)*

Fariñona y marañueles – Albert Alcaraz (1978)

*Obras de estreno

Notas al programa

Con esta selección musical nos adentramos en el recinto de lo más sagrado y al mismo tiempo el lugar de lo más cotidiano, de aquello que se encuentra vivo en nosotras y nosotros. Hoy escucharemos música coral de nuestro entorno más cercano, autores de varios universos compositivos que se posicionan a la vanguardia de la música coral española, pero sin olvidar la raíz de la tradición popular. 

El programa se inicia con dos obras del guipuzcoano Josu Elberdin, ambas sobre textos de alabanza a la Virgen que celebran su regalo al mundo. Se crea así un fuerte contraste con la composición de Albert Alcaraz sobre el responsorio Ecce quomodo moritur justus por lo solemne de su texto: “Observen como el justo muere. Y nadie se da cuenta”. 

Seguimos con el gran misterio de la Cristiandad puesto en música por Javier Busto, que, haciendo honor al tema, nos mantendrá en suspense con su envolvente inicio. 

Nos iremos acercando a música de nuestra tierra con la primera de las tres obras de Julio Domínguez: Estou amor aquí. Basada en un poema de Xela Arias (1962-2003) es una de las pocas obras que es capaz de traducir a música la enorme intimidad que contiene la mirada entre dos amantes. Dentro de Cantos Asturianos podrán identificar algunos de los temas más populares de nuestro cancionero como Si la nieve resbala o Chalaneru. La última, El mar se rizó a contrapelo, es una obra muy especial para nosotros, ya que se trata de un regalo de bodas para Marco y su mujer, Elena, que hoy, 11 años más tarde, estrenamos por fin. 

La última obra que debuta esta tarde se la debemos a nuestro compañero, Jesús Gavito, quien ha imaginado para nosotros una disposición policoral en la que se juega con la llamada entre el mundo de los inmortales y aquellos a los que solo nos queda llorar nuestras penas. 

El fin de fiesta lo pone Fariñona y marañueles, también del alicantino Alcaraz, ideal para menear la saya con otras tres armonizaciones
del cancionero asturiano que seguro, reconocerán. 

Por último, sepan que entra en la elección de este programa nuestro compromiso para con los compositores que construyen las obras con las que nos edificamos como coro. A su buen hacer y su afán por mantener la música coral viva y llena de belleza, calidad y calidez, gracias.

Silvia Pérez Cruz, la voz que enamora

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Miércoles 16 de septiembre, 21:00 horas. Auditorio de Oviedo: Conciertos de San Mateo 2021, Silvia Pérez Cruz. Entrada de butaca: 24 €.

Comenzaba la artista gerundense dando las gracias de volver a cantar en directo con gente “que sepa escuchar y cuidar la música”, y el agradecimiento sería mutuo desde la salida a escena con unas luces que por lo sencillas fueron un firmamento donde dibujar cada uno de los temas desgranados por Silvia Pérez Cruz,
melodías básicamente de su último CD “Farsa (género imposible)” pero también guiños desde Tokyo a Granada, en “Domus” Vestida de nit esta vez todavía veraniega pese al orbayu exterior de Vetusta.
Silvia la voz que enamora, con ese timbre único de estilo tan personal que puede llevar a su terreno músicas de todo el mundo y hacerlas suyas, giros flamencos, de jazz, tesitura tan amplia como se quiera, y personalidad siempre arrolladora especialmente con una banda a su altura y talla, capaz de embellecer unas letras que siempre son poesía pura y que cantada llega al paraíso.
Desde el Tango de la Vía Láctea propio hasta un Miguel Hernández de Todas las madres del mundo con la suya en la sala, auténticas estrellas de un firmamento donde la improvisación está medida y el derroche de fantasía no paró ni siquiera en la propina con percusiones.
Un corazón tan grande como su arte, Silvia Pérez Cruz deleita con un registro amplio capaz de llevar a su Mediterráneo el folklore atlántico uniendo mares y galaxias, lo andino con unos charros mexicanos de mariachi catalán universal, traer la Boca al Rabal, disfrutar el sonido del silencio de Simon y Garfunkel más sonoro que nunca, lenguajes todos poéticos, catalán, inglés o español, el del Javier Ruibal cinematográfico poniendo banda sonora colectiva hasta descubrir escondida la rabia contenida de Camarón, leyendas lorquianas hasta fundirse con las cuerdas en una misma canción, la voz desnuda con el contrabajo o vestida con un violín cual charango, de sentirse libre con el piano, de compartir emociones y aplausos con sus músicos, todo mezclado por el técnico de sonido propio, su ingeniero del último trabajo que hizo del concierto ovetense una joya en vivo irrepetible, calidades máximas para una música muy exigente, efectos, loops medidos, planos en su sitio para un directo único con “lleno de pandemia”, público heterodoxo y atemporal pues Silvia Pérez Cruz llena el alma eterna del oído eterno.
Música suya pero de todos, ideal para los “omnívoros” como el que suscribe, poder disfrutar del piano de Marco apabullantemente delicado, bien combinado con el sintetizador y vestido de diseño para la voz de Silvia; Carlos con el violín imposible, Grappelli o charango, académico y zíngaro, magia incluso cantando en unos dúos de empaste increíble; Aleix pasando de la guitarra a la mandolina con naturalidad y adoptando efectos que hacían orquestaciones únicas; Bori sustento de todo, contrabajo con trabajo, arco o pellizco, cantabile y tortuoso, rítmico completando las pinceladas de Aleix, más que batería percusionista global, un set fabuloso donde aparecían un desde un bombo legüero hasta otro tibetano, mazas y escobillas tanto como baquetas, cencerros y un despliegue de arte(factos) que aparecían en el momento justo redondeando un quinteto estratosférico.
Farsa Circus Band son: Silvia Pérez Cruz, voz y guitarra – Alfred Artigas, guitarra y mandolina – Aleix Tobías, percusión – Bori Albero, contrabajo – Carlos Montfort, violín y voz – Marco Mezquida, piano y sintetizador.
Concierto íntimo por la cercanía de una Silvia cariñosa, amable, entregada, presentando y queriendo a todos, respeto y complicidad con su banda, agradecida a un equipo completo que hace posible estos conciertos, desde el mismo del Auditorio de Oviedo hasta todos los suyos sin dejarse a ninguno. De bien nacidos es ser agradecidos, Silvia Pérez Cruz sin chistes fáciles y volcada, artista que enamora, la música bien tratada y escuchada. Gracias por casi dos horas de pasión y calidad.
De la crítica:
“Este disco, grabado durante 2019, recoge la realidad compositiva de los últimos tres años de Sílvia Pérez Cruz: trece canciones originales con letras propias y algún poema prestado. Farsa (género imposible) responde a la inquietud de Sílvia en relación a la dualidad de lo que se muestra y lo que realmente somos, por cómo sobrevive la fragilidad del interior, de lo íntimo, en estos tiempos en los que la superficie es tan arrasadora, en los que lo que se ve se puede llegar a confundir con lo que se escucha. Donde lo visualmente jugoso puede estar vacío. Lo hueco. La mentira.
Canta aquí Sílvia canciones que ha compuesto dialogando con otras disciplinas artísticas como el cine, la danza, la poesía o el teatro, entre otras, que se empeñan en ensanchar la vida, recreándola
”.

Precisión y emoción

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Sábado 4 de septiembre, 20:00 horas. Iglesia de Santamaría, Monasterio de Valdediós. Círculo Cultural de Valdediós: Atardeceres musicales 2021, «El flujo de la identidad«. Quinto concierto: Metamorfosis. Alissa Margulis (violín), Adolfo Gutiérrez Arenas (violoncello), Josu de Solaun (piano). Obras de Schumann, Liszt, Prokofiev y Brahms.

Última escapada a Valdediós en este verano y vuelta al círculo virtuoso de un Adolfo Gutiérrez Arenas siempre unido a este ciclo que siempre supuso iniciar nuevos proyectos como él mismo escribía en las notas al programa, y puedo decir que esta clausura, quinto concierto de memamorfosis con sus Atardeceres, será el arranque de un trío que hará historia al unirse con el cellista «asturiano» (aunque nacido en Munich) nada menos que la violinista alemana de origen ruso Alissa Margulis y el pianista Josu de Solaun, valenciano universal y cosmopolita. Tres vidas viajeras para un estreno que dibuja el triángulo como la perfección mínima, tres partes iguales y estables, equilibrio también emocional e interpretativo de auténtica altura que bien podríamos bautizar en este Monasterio como «Trío Valdediós».

Y si el triángulo tiene una línea básica, no cabe duda que De Solaun desempeñó a la perfección ese sustento, pues no solo interpretaría un Liszt impactante sino que también brilló en los dos dúos antes de rematar con el trío de Brahms en un concierto de 99 minutos (alguno más rozando la hora y tres cuartos), tres veces 33 por la perfección del 3, la matemática precisión en la ejecución de todos ellos y la emoción que se respiró de principio a fin con un público asombrado y en silencio sepulcral, búsqueda de la perfección conjunta solo al alcance de tres grandes solistas que deciden latir como unidad en la visión musical de cada partitura, trabajada desde la individualidad pero vivida en el conjunto geométrico perfecto de las tres líneas tras trazar líneas paralelas y ascender al mágico o místico número tres.

El programa ofrecido en la iglesia del Monasterio de Valdediós estuvo a la altura de los grandes, primero Robert Schumann (1810-1856) y sus «5 piezas en estilo popular» Op. 102 para Adolfo y Josu, sonoridades talladas en cada una de ellas, intenciones claras tomando los títulos de referente interpretativo: Mit Humor, canción sin palabras cantada por el cello y contestada al piano, Langsam (lentamente) verdadera delicia de fraseos y equilibrios dinámicos, Nitcht schnell (no rápido) suficiente para degustar las sutilezas de Schumann en ambos instrumentos, Nicht zu rasch (no demasiado rápido) de consistencia tímbrica y resonancias increíbles antes de la quinta Stark und markiert (fuerte bien marcada), contundencia en las teclas y el arco, la precisión con emoción que hace grande el dúo en un mismo idioma.

Josu de Solaun es un auténtico virtuoso que está asombrando allá donde va y que sigo cuanto puedo, y si tenía anotada en principio la Sonata 4 de Scriabin para este concierto, el cambio y elección de Franz Lizst (1811-1886) y su «Primer Vals de Mefisto» puedo calificarla de mágica además de histórica, increíble, la evocación diabólica en esta iglesia cual hechizo pianístico único, esa Der Tanz in der Dorfschenke’ (El baile en la taberna del pueblo) sinfónica al piano de auténtica melopea, fuerza y pasión, ebrios de música que el valenciano derrocha en cada trago, en cada compás. Vigor preciso y precioso, una boda compartida  por un público boquiabierto cual Fausto y el rapto embriagador para una huída mefistofélica donde nos raptó a todos para llevarnos a la siguiente borrachera emocional.

Si el virtuosismo es seña identitaria romántica, los rusos supieron completar el calor del fuego con el colorido tímbrico jugando con melodías y armonías reconocibles como pocas. Así entendieron Alissa Margulis y Josu de Solaun la  Sonata N° 2 de Serguéi Prokoviev (1891-1953), un violín de amplias dinámicas equilibrado y compartido por el piano, entregados anímicamente en dibujar líneas claras y pinceladas de amplísima paleta. Desde el Moderato pudimos captar un lienzo sonoro limpio, fresco, preparándonos para el riquísimo segundo movimiento, Presto-Poco piu mosso del tempo I, vertiginosos pasajes intercambiándose y entrecruzando las líneas para engrosar un sonido aterciopelado y potente; aparente respiro, corto, sin perder complicidad en el Andante y un apasionante y cromático Allegro con brío-Poco mosso – tempo I- Poco meno mosso – Allegro brío, explosión de color musical, apabullante encaje entre ambos intérpretes, grandeza comprobada en la exactitud del trazo sin dudas, el lienzo que va tomando forma conjunta para alcanzar la belleza final de un violín con personalidad junto a un piano dúctil.

Líneas paralelas, línea recta y al final las tres líneas formando el triángulo, el último romántico Johannes Brahms (1833-1897) y una obra que le ocuparía 36 años, compleja como él mismo y donde la madurez consigue la visión buscada. Margulis, G. Arenas y De Solaun en su amplio bagaje uniendo fuerzas para el  Trío Op. 8,  lirismo a raudales en cada uno, sonidos muy trabajados para unirlos en texturas inimaginables, el piano casi sinfónico abrazando los arcos con registros intercambiables, graves de violín y agudos del cello ampliando gamas tan bien ensambladas por parte de los tres músicos que hacen aún más grande este trío maestro, cuatro movimientos que discurren como la propia vida, melodías brahmsianas inconfundibles  en el Allegro con brío, el asentamiento indudable del Scherzo intachable desde su génesis, la belleza madura y hasta mística con un cello cantando corpóreo cual voz humana del Adagio, diálogos cruzados en conversación a tres y la explosión juvenil del Allegro, así lo entendieron estos jóvenes maduros latiendo juntos, el impulso vital lleno de color y esperanza, la confirmación de la obra bien construida y mejor ejecutada, la historia de unos pentagramas precisos que sólo la interpretación consigue emocionar.

Bravo por este Trío Valdediós al que deseo larga vida y colofón perfecto para este ciclo ya consolidado al que la pandemia solo ha restado público por las medidas de prevención, pero ha llenado de esperanza y emoción estos atardeceres «en un lugar único por belleza e historia» como bien (d)escribe Adolfo Gutiérrez Arenas su hogar desde hace muchos años. Gracias.

Recordando nuestras músicas

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Viernes 3 de septiembre, 20:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo. San Mateo 2021: Volver (La música que cantaron nuestros padres y abuelos): Mª José Suárez (mezzo), Marcos Suárez (piano). Entrada: 8 €.

No puede haber fiesta sin música y San Mateo en la capital del Principado arrancaba este primer viernes de septiembre, como el inicio de otro curso escolar, de otra temporada con nuevas ilusiones y las canciones de siempre en una velada de amigos donde la sala de cámara se convirtió en un pub sin copas y con las restricciones de una pandemia que aún convive con nosotros pero no puede parar las ganas del directo y la fiesta con toda la responsabilidad, demostrando no solo que la cultura es segura sino que reivindicamos la capitalidad musical de Oviedo.

La mezzo carbayona fue perfecta anfitriona en este arranque festivo, «La Suárez» triunfando nada más salir a escena mientras «El Suárez» preludiaba la cinematográfica Volver, un «Suárez doble» con canciones que los jóvenes de más edad conocemos y cantamos, Mª José y Marcos dispuestos a compartir los recuerdos que sólo la música es capaz de remover.

Bienvenida a todos los invitados, familia, amigos, compañeros de profesión, aficionados de todas las edades, porque cantar en casa no tiene igual y llegaría el primer bloque de cuplés con Los amores de Ana del artista gijonés Juan Martínez Abades (1862-1920), mis recuerdos setenteros de estudiante tunante y de la otra Ana, Belén que la volvió a poner entonces de moda, melodías que permanecen y mantienen esa picaresca de buen maridaje entre letra y música, el mismo de «Los Suárez», continuando con La chica del 17 (Margarita Seró allá por 1926) que como bien explicaba Mª José, cómplice en el «salón de casa», vivía en el número 13 pero la rima no resultaba con la plaza del Tribulete, arrancando algún coro a media voz antes de afrontar Las tardes del Ritz, tributo a nuestra paisana Lilián de Celis que marcó época e historia viva de este género que nos hace mover los pies con un vaivén contagiado por la pareja asturiana.

Marcos Suárez nos dejaría su primera intervención solista con el Tango de la «Suite España» (Albéniz), seriedad y partitura obligada demostrando que los pianistas se amoldan a todo espectáculo, verdaderos todoterreno como el langreano que esta tarde no quería abandonar el repertorio original, ese aire de habanera en la Cuba perla caribeña española, las músicas de ida y vuelta como todas las que escuchamos este primer viernes mateíno.

Tras el paréntesis instrumental volveríamos con Mª José Suárez que «colgaba las plumas” y pasaba al bolero, recuerdos de amores y películas, desde el gardeliano Volver
de nuestras sienes plateadas que nos hicieron saltar Lágrimas negras cubanas y hasta la pasión cinematográfica de Almodóvar con el  Cucurrucucú paloma o el siempre eterno Piensa en mí, Chavela o Linda Ronstad, versiones del Lara original siempre personales de la ovetense y el langreano sin perder sello propio pues son canciones verdaderamente caleidoscópicas que admiten cualquier acercamiento desde estilos aparentemente antagónicos, pues cuando la melodía es bella, el ropaje queda perfecto.

En una velada tan cercana y nuestra, nada mejor que escuchar al piano el eterno pasodoble Suspiros de España del maestro jienense Álvarez Alonso, que Marcos Suárez afrontó nuevamente desde la seriedad en una difícil adaptación de la orquestación original, antes de llegar a dos verdaderos «hits» que escuchaba de crío a mi abuela Pepita, la parte cantarina de la familia, primero La violetera de Padilla, que Suárez enmendó la plana a la mismísima Saritísima, y hasta «La Peluso» se atreve con ella, vigencia eterna del cuplé, y no digamos el picarón Tápame ideal para un verano astur atípico de frío comentado siempre con la sorna y coña marinera candasina o almeriense única de María José, ganándose aún más a un público entregado y cada vez más entonado, rejuveneciendo con esta pócima musical en los años de radio y televisión todavía en blanco y negro ya en tiempos digitales punto cero.

Nada mejor que estar entre amigos, y así llegaría la sorpresa cantado a dúo con la soprano Beatriz Díaz el cómico Dúo de gatos de Rossini, felinas reales de peluche que maúllan y convirtieron esta «riña de líricas» en un verdadero regalo para el oído, siempre con el seguro Marcos Suárez que conoce bien a las dos y «respira» como buen repertorista.

Y llegaría el final nunca deseado con un cuplé del llamado «pasatiempo lírico» La alegre trompetería (1908) compuesto por el maestro Lledó, «La regadera» con toda la picardía ya perdida de la ironía y los dobles sentidos, textos a los que la imaginación libraba de censuras en tiempos duros, necesaria música terapéutica con la psicóloga Suárez, jardinera armada de regadera en miniatura para la ocasión. ¡Que no nos falte el humor! y si es con inteligencia todavía mejor, el de la mezzo asturiana insustituible en nuestra zarzuela (sin abandonar la ópera), regalándonos un recital distinto para nuestra larga juventud. Así nos sentimos con la propina compartida y coreada de «La Corte de Faraón» también de Lledó y ¡Ay, ba! del Babilonio que marea, revista llevada a la gran pantalla, las vedettes en color de aquellos programas televisivos para las noches de los sábados y el recuerdo de unas melodías que forman parte de una historia común vivida por todos, presentes y ausentes.

Agradecimientos últimos como las flores de Mª José Suárez a todos los asistentes y muy especiales al alcalde Alfredo Canteli por su apoyo a la lírica en La Viena del Norte español durante estos tiempos difíciles, y a Covadonga Díaz, concejal de festejos incansable y luchadora, bisando ya a viva voz con toda la sala el «Ay! vámonos allá», a Oviedo capital musical asturiana y feliz comienzo del San Mateo 2021. Faltó volver a los diecisiete pero siempre volvemos a sentirnos jóvenes con estas canciones que guardan muchas historias.

Memoria pétrea

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Sábado 28 de agosto, 20:00 horas. Catedral de Oviedo, 1200 años de historia, «Música en el origen del camino». Concierto conmemorativo del año Jacobeo 2021: Beatriz Díaz (soprano), Lola Casariego (mezzo), Juan Noval Moro (tenor), David Menéndez (barítono), Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo»(director: José Manuel San Emeterio), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Haydn y Mozart. Entrada libre (con invitación).

Escuchar música en la catedral trae a mi memoria todos los recuerdos cual memoria pétrea, y si la celebración de los 1200 años de la Sancta Ovetensis titulaban este concierto como «Música en el origen del camino» puedo añadirlo a mi propia historia de seis décadas donde Oviedo y la música siempre han estado unidas.

El sábado confluía todo en la misma velada por haber vivido los «orígenes» de todos los intérpretes. Quiero comenzar cronológicamente con la Capilla Polifónica recordada con sus altibajos, Luis Gutiérrez Arias y los esperanzadores inicios con Lauret y Alfredo de la Roza llegando a cotas de calidad únicas en aquellos momentos, la «penúltima etapa» con mis recordados Luis Miguel Ruiz de la Peña y Joaquín Salvador Cuervo unificando coros para salvar un patrimonio coral necesario… siempre con cantantes amigos donde Mieres ha estado presente desde el principio (con mucha cantera de mi querido Orfeón), y el posterior «renacimiento» hasta nuestros días con el último y reciente fichaje de San Emeterio al que debemos reconocer este trabajo para un concierto ya comprometido, manteniendo el tipo como luchador al frente de un coro algo mermado en efectivos pero que volverá a crecer, pues ilusión no falta y voces hay cantera suficiente en la tierrina.

Prosigo con la Oviedo Filarmonía, primero OSCO, recordando toda la infrahistoria de su fundación pero donde la música pudo con todo y con todos, una plantilla también de muchos conocidos y hasta compañeros que han ido creciendo y madurando con los años, el despegue internacional que supuso Haider, el atrevimiento y versatilidad con Conti más el futuro ya presente de Lucas Macías Navarro, un acierto total en su contrato y mis felicitaciones a una gestión envidiable.

Y cierro recuerdos con el cuarteto vocal de casa, comenzando por Lola Casariego, mi Lolina de larga trayectoria con amistades comunes desde aquel Coro Universitario de Luis G. Arias, a la que he seguido todos estos años y de quien tengo todavía guardadas tres cintas que grabé de Radio Clásica en su debut en 1989 con Acis y Galatea de Literes. Sigo con mi admirado y querido «alumno» David Menéndez que nunca defrauda porque aquella firme promesa se convertiría pronto en enorme realidad a base de trabajo concienzudo, sabias elecciones de repertorio y total entrega. El polesu Juan Noval Moro que crece y mejora como los buenos vinos con los años y que aún no ha tocado techo, con una evolución vocal merecedora de más protagonismo, pues lleva la música en los genes. Finalmente Beatriz Díaz que superaría toda entrada de este blog porque la amistad y el cariño no ha nublado nunca mi criterio musical sobre ella, y lo sabe. Capaz de seguir emocionándome como pocas voces, de ponerme los pelos de punta y hasta hacerme saltar las lágrimas ante este prodigio de voz con el enorme esfuerzo y trabajo que hay siempre detrás (como suele y debe suceder), disfrutar con una evolución que conozco de primera mano y de la que presumo y se me nota.

Cuarteto solista asturiano que es un lujo del que disfrutamos no todo lo que quisiéramos, saliendo de la tierra porque es cual Saturno que devora a sus hijos, y sigue enfadándome comprobar nuevamente que en este negocio musical no siempre triunfan los mejores, aunque sea fiel reflejo de nuestra propia sociedad donde los mediocres están al mando. Al menos seguimos siendo unos privilegiados en Oviedo, la verdadera «Viena del norte» español desde una Asturias que sigue exportando talento y calidad, músicos que llevan nuestra tierra allá donde van aunque el dicho de que «nadie es profeta en su tierra» es cierto tristemente. Queda el consuelo de saberse todos queridos y reconocidos por un público que volvió a agotar las entradas en cinco minutos, y que apostar por ellas es sinónimo de éxito porque nunca defraudan.

Sobre el concierto debo reiterar nuevamente la reverberación catedralicia que tiene pocos pros y muchas contras. Comenzaba Oviedo Filarmonía con la Sinfonía nº 22 en mi bemol mayor, Hob. I/22 «El filósofo» de Haydn, donde el maestro Macías Navarro dispuso una colocación vienesa aprovechando la acústica y los recursos sonoros de esta joya del «padre de la Sinfonía«, con movimientos lentos ideales y rápidos irreconocibles, especialmente el Presto final con ese duelo de cornos (inglés y francés), virtuosismo imposible de paladear pese al fino trabajo de contención del viento y el quehacer detallado de la cuerda. Con todo, el tándem clásico Haydn–Mozart funcionaría a nivel global porque la calidad de la orquesta está demostrada y luchar contra los elementos está en sus ADN. Excelente estado de una cuerda cada vez más  homogénea con Marina Gurdzhiya de concertino.

Y no hacía falta más liturgia que Mozart y su Misa en do mayor (Coronación), KV 317 para celebrar memorias históricas, con una Capilla Polifónica dándolo todo pese a las mascarillas, sin poder saborear el latín pero sí de una sonoridad que ayudaría en los volúmenes y equilibrios dinámicos, con una orquesta recolocada de nuevo en busca de las mejores texturas con la seguridad que el director onubense transmitió desde el primer Kyrie al completo. Otro acierto fue colocar el cuarteto solista en los dos púlpitos laterales, mujeres a la izquierda y hombres a la derecha, esa altura que ayudó a una proyección vocal nunca tapada por la orquesta, buen empaste entre ellas, y la elección de los tempi donde hubo que primar la lentitud para exprimir la acústica, incluso en el Gloria, redundando en mayores emociones. Silencios buscando la duración exacta para no ensuciar la belleza melódica del genio de Salzburgo, balances orquestales contenidos (y no siempre alcanzados para un coro que no superaba las 40 voces), incluso el órgano, sumando una afinación casi histórica mandando las trompetas naturales, con mimo hacia el coro y el cuarteto sustentado en las voces extremas para una cimentación necesaria donde el momento álgido llegaría con el Agnus Dei de una Beatriz Díaz dominadora de la expresión y los matices, cómoda de tesitura, registros nítidos de color y emisión, sumándose un poderoso David Menéndez con el resto del cuarteto en ese Andante maestoso final subrayado por coro y orquesta que Macías condujo con precisión vienesa.

La música en el origen del Camino, el mío personal y el histórico catedralicio, memoria pétrea donde mis recuerdos sonaron tan cercanos en la grandeza ovetense. En breve comenzamos otro curso escolar, otra temporada más en la Viena del norte español tras disfrutar de los genuinos vieneses Haydn y Mozart «Made in Asturias». Este blog nacía en 2008 con el encabezamiento desde esta aldea en la ladera de Mieres, al mundo y con la Música por montera que sigue vigente tras este último sábado de agosto que permanecerá en mi memoria.

Estrenos matutinos

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Domingo 15 de agosto, 12:00 horas. Museo de Bellas Artes de Asturias, «El jardín de la música»: María Heres (mezzosoprano), Mario Álvarez (piano). Obras de: Schubert, Wolf, Fauré, García Abril, Guastavino, G. Ordás, Gounod, Sait-Saëns, J. Serrano y G. Giménez. Entrada libre (previa reserva telemática).

Enredando con los refranes, «a mal tiempo buena música» y aunque el orbayu carbayón obligó a cambiar los jardines del museo por el patio de columnas, continúa la programación de la capital asturiana dentro de su ciclo «Oviedo, Origen del Camino» y no podíamos faltar esta mañana llena de emociones por asistir a otro estreno de mi admirado Gabriel Ordás pero sobre todo al debut en solitario de la querida María Heres a quien sigo desde sus comienzos, la «Cantera de La Castalia» que sigue demostrando el talento asturiano con estos ejemplos a modo de pequeña muestra. Ahí estaban muchos de los compañeros de María y sus orgullosas profesoras con Begoña G. Tamargo disfrutando y «sufriendo» como sólo las maestras de canto saben, recogiendo sus enseñanzas de la mejor forma posible: un concierto. El público completó el aforo, aún más reducido por las medidas ante el Covid y respondió con merecidas ovaciones a cada página, premios para unos intérpretes que hicieron las delicias en horario siempre difícil para los recitales, habiéndose aclimatado como el entrenamiento de los deportistas en competición.

Programa de altura en este debut de la mezzo pixueta donde hubo de todo: la llamada canción de concierto, ópera y zarzuela, con un Mario Álvarez impecable en cada página, pianista coprotagonista en las primeras canciones, virtuoso en las obras de Ordás, que merecen capítulo aparte, y la orquesta lírica con esas reducciones orquestales al piano que parecen imposibles y sólo los grandes profesionales como él saben afrontar. Siempre mimando la voz, entendimiento obligado y entregado con María Heres, brillando con luz propia desde un plano compañero y privilegiado de compartir estos estrenos desde su posición.

Con puntualidad británica sonaría Erlkönig de Schubert para despertar emociones desde las primeras notas del piano y el poderío de María Heres, el lied alemán tan bien trabajado y sentido, al igual que Verborgenheit (H. Wolf) en la línea de expresividad y entrega musical a la poesía, piano y voz protagonizando dos páginas alemanas que muestran la evolución de la forma y la de la mezzo a lo largo de estos años.

Si el lied es prueba de fuego para los cantantes, la chanson francesa examina la dicción siempre complicada para todos los cantantes no parlantes, pero el trabajo en los idiomas es parte importantísima en la formación lírica, y María Heres es una alumna sobresaliente, dejándonos dos ejemplos de belleza indescriptible en escritura y ejecución: Tristesse (Fauré) y À Chloris (R. Hahn), el piano que viste a medida la voz y la melodía dramatizada de dos poesías que la música eleva a obras de arte como las que rodeaban el escenario.

Continuaría la lección de idiomas con dos tributos, al recién desaparecido García Abril, ligado igualmente a «La Castalia» con su Camiño longo (de las «Canciones Xacobeas«) en este año especial, y el grandísimo Guastavino cuya Pampamapa puso la piel de gallina por la entrega interpretativa, el piano rítmico y único del argentino con la voz poderosa e íntima, Álvarez y Heres en tándem campeón con una de las primeras cimas de la mañana, y que bisarían al final.

Excelente primer bloque con obras elegidas a la perfección para una voz que enamora, potente y nunca estridente, afinada y bien colocada, técnica para dominar cada partitura con una musicalidad innata, más un color homogéneo en toda su amplia tesitura como demostraría más adelante.

El «intermedio» pianístico siempre necesario en los recitales, sirvió para gozar con las músicas de Gabriel Ordás (1999), quien explicaría previamente el germen de ellas, el estreno de «Consonancias» y sus Transparencias, preciosismo cargado de virtuosismo al que Mario Álvarez dio vida, proceso creativo de pintor musical, bocetos que van delineando formas y coloreando con su característica paleta compositiva que bebe de tantas fuentes de inspiración, casi tantas como la ejecución y escucha de esta obra preciosista.

Vendrían después cinco de las «MiniMiniaturas» que así tituló Ordás estas instantáneas pianísticas de corta duración y grandeza en escritura, delineadas con trazo firme, sonoridades del piano bien logradas por Álvarez, reflejos diarios en tiempos de pandemia, Unicornio onírico de raíz astur, Etéreo el contacto del piano con el aire, Montaña de cimas y valles tan poderosas como las notas, Starship auténticamente galáctico y Amor sin más, todas paisajes interiores, juguetes de un talento desbordante y aparente facilidad que esconden complejidades interpretativas solventadas con la profesionalidad y arte de Mario Álvarez.

Y si la llamada canción de concierto es exigente para la voz, no digamos las arias y romanzas siguientes,  primero ópera francesa que para María Heres supone su «aria de confort» por dominio escénico, lingüístico e interpretativo más la orquesta pianística del maestro Álvarez: Faites-lui mes aveux de «Fausto» (Gounod) y sobre todo Mon coeur s’ouvre à ta voix de «Samson et Dalila» (Saint-Saëns), dramatismo concentrado, sentimiento a borbotones, expresión total de un aria que ya es suya, intensidad emocional y vocal con «el piano imposible» que sólo un repertorista conocedor puede amoldar al concierto.

Defendiendo nuestra zarzuela, con la calidad y dignidad que tiene, interpretada sin complejos, con gracejo y poderío, dos pequeñas muestras muy grandes de nuestro género, ¿Qué te importa que no venga? de «Los Claveles» (J. Serrano), total control de la escena para una mezzo ya madura, asentada, dominadora de la situación, entregada, y la alegría desbordante de La tarántula, el famoso Zapateado de «La tempranica» (G. Giménez), verdadero trabalenguas vocal y rompededos pianístico que Heres y Álvarez interpretaron con una frescura digna de elogio tras todo lo que llevaban hasta ese momento.

Comentaba anteriormente que la ópera francesa es ideal para el color vocal de María Heres, y así lo demostró en su propina con la famosa Habanera de «Carmen» (Bizet), profesionalidad a raudales, musicalidad desbocada para esta Mujer con mayusculas libre, enamorada y entregada, la gitana en el cuerpo de la asturiana, amor y entrega por la música con una voz privilegiada que continúa su formación dando pequeños pasos que en su profesión la llevarán a las alturas.

Ovaciones cerradas, emociones variadas en familia, compañeros, profesores, amigos, melómanos, y el bis de Guastavino pusieron este regalo de María en nuestros corazones para estos estrenos matutinos que dejarían despejado un día prometedor.

ENHORABUENA.

Clausura en casa

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Viernes 13 de agosto, 20:30 horas. Iglesia de Santa María de Valdediós: X Ciclo de Órgano de Villaviciosa. Susana G. Lastra (órgano). Obras de: Soler, Correa de Arauxo, Galuppi, Martín y Coll, Cabanilles, Froberger, Haydn y Arquimbau. Entrada libre por inscripción.

Llegamos a la clausura de este décimo ciclo de órgano con el concierto de la maliayesa Susana García Lastra predicando nuevamente con el ejemplo a las teclas (antes del próximo en tierras catalanas) y no solo desde la organización de esta cita imprescindible en el verano asturiano para melómanos y amantes del órgano, también los muchos turistas que se acercan a visitar y disfrutar este rincón mágico de nuestro Paraíso Natural, completando otra vez el aforo reducido con todas las medidas de seguridad e higiene en tiempos de pandemia, demostrando siempre que la cultura es segura cuando hay responsabilidad por parte de todos.

La máxima conocedora del instrumento «de casa» seleccionaría un programa adecuado a las posibilidades de la joya de Valdediós, en el que la gran organista local realizó un recorrido europeo por el Renacimiento, Barroco y Clasicismo, con alguna obra ya escuchada en conciertos anteriores pero disfrutando de la magia del directo, siempre irrepetible pues nunca es igual por registros ni interpretación, esmerándose y trabajando incluso a «seis manos» en un derroche sonoro para dejar en todo lo alto la música de tecla que sonó a lo largo de estos cuatro conciertos y llenando de luz un día grisáceo en el casi vaciado valle monacal.

Para abrir boca y oídos así como los «pulmones» del instrumento de viento por excelencia, nada mejor que el Padre Antonio Soler (1729-1783) con una amplia selección de sus Versos para “Te Deum”, jugando con registros variados gracias a la ayuda de dos compañeros luchando con los tiradores de una madera a la que los cambios meteorológicos afecta igual que a la lengüetería pero donde la música bien tocada cura todos los males.

El indispensable Francisco Correa de Arauxo (1584-1654) repetiría en Valdediós con el Tiento de quarto tono (1626), dedicado a John Mortimer, un artista local muy querido y fallecido recientemente, haciéndolo extensivo a todas las víctimas del Covid que siguen dejándonos aún en estos días, y manteniendo la proyección de su obra «Un diálogo infinito» con el tiento como banda sonora.

Saltando a Italia hasta la laguna veneciana, conocido como Il Buranello, Baldassare Galuppi (1706-1785) cuya Sonata en re (Allegro – Largo – Allegro e spiritoso) jugó con los timbres para cada uno de sus tres movimientos, sin importar que en el último «no quisiese entrar» el registro buscado, para retomarlo rápidamente a gusto de una intérprete que buscó la limpieza y exactitud en todo.

Atravesando el Mare Nostrum del reusenc Antonio Martín y Coll (ca. 1680-1734?), otro habitual en los programas organísticos, degustamos Obra de falsas cromáticas, música rica en escritura y tímbricas ejecutada con primor y sonando luminosa en el órgano monacal, nueva clase de la profesora Lastra en «su órgano».

Atribuída a Juan Cabanilles (1644-1712), la Corrente italiana tampoco podía faltar en un órgano barroco por responder fiel a la historia y aunando los gustos del momento así como la música anterior y posterior que sonaría de nuevo este segundo viernes de agosto, siempre distinta y única jugando con el tempo y los timbres, grandeza del único lenguaje universal.

Asimilando las escuelas francesa e italiana, el alemán Johann Jakob Froberger (1616-1667) es un referente organístico y su Toccata III in Sol M toda una prueba de fuego para los «teclistas»: variedad de registros en esta virtuosística forma que resonó grandiosa en las centenarias paredes de Valdediós cual catedral germana en tiempos barrocos. Y continuando con los anglosajones, un anónimo inglés atribuido a John James (s. XVIII) y una de las formas típicas de su época, Voluntary en la menor (Adagio-Allegro),  dos movimientos contrastados en todo, recreando la sonoridad británica exportada al continente, para proseguir con la Marche (Flötenuhrstücke, Hob.XIX) de Franz Joseph Haydn (1732-1809) que forma parte de las llamadas  piezas para órgano mecánico en la misma línea de su contemporáneo Mozart, que también sonaría en el ciclo, pero que Lastra prefirió engrandecerla con una registración plena más allá de los «tubos callejeros», manteniendo la marca Haydn de principio a fin.

El regreso a tierras hispanas con Domingo Arquimbau (1760-1829) cuyo Baile de Seises representa el mejor espíritu sevillano del compositor catalán, Maestro de Capilla en la catedral hispalense transportado al Monasterio de Valdediós por la magia del órgano, más cuerpo sonoro que en el anterior concierto apostando por tubos menos cortos y alternando registros en los distintos aires ceremoniales de los niños catedralicios también disfrutados hace unos años en Pamplona.

Y nada mejor que terminar este «viaje musical» tal como lo iniciamos: Correa de Arauxo y su Tiento tercero de Sexto Tono sobre la primera parte de la Batalla de Morales (1626), exprimiendo todo el poderío tímbrico de los grandes registros de esta joya organística para poner no el punto final sino un deseado punto y seguido del undécimo ciclo (para 2022), con la esperanza de mantener la buena salud de un instrumento que necesita seguir respirando como nosotros con todo el mimo de su conservación, necesitada de inversión pública y privada para una sanidad también cultural.

El regalo de Susana a su madre cumpliendo años redondos fue una selección de tres temas asturianos más allá de la tonada, elevados al concierto organístico, comenzando por Soy de Mieres (que me autodediqué) aunque dice también «… y en Villaviciosa vivo», finalizando con nuestro Himno, amplia paleta sonora barroca de fin de fiesta en el BIC Grenzing para este tríptico de clausura en casa, regional e internacional por su música e intérpretes.

El espejo del tiempo

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Viernes 6 de agosto, 20:30 horas. Iglesia de Santa María de Valdediós: X Ciclo de Órgano de Villaviciosa. Matteo Bonfiglioli (órgano). Obras de: Baguer, Cabanilles, Correa de Arauxo, Fernández Palero, Bonfiglioli, Merulo, Frescobaldi y Baldrati. Entrada libre por inscripción.

Tercer concierto de este décimo ciclo en el órgano de Valdediós con el italiano Matteo Bonfiglioli (Bologna, 1977), que organizaría las obras cual juego de espejos como bien explicó en la presentación Susana G. Lastra, nueve obras con el eje central del propio organista compositor, desde el Renacimiento pasando por el Barroco y el Clasicismo de las dos caras del programa, España e Italia, mostrando la versatilidad de un instrumento barroco en el que un programa bien elegido suena todo atemporal sin perder nunca las esencias musicales. Si además contamos con una climatología más benigna que la pasada semana, la ayuda inestimable en la registración de la propia Susana en las páginas más complejas, y lo bien que se comportó el BIC (no la marca de bolígrafo sino el Bien de Interés Cultural, como dice la Fundación Cardín en sus Tweets), el nivel del ciclo ha subido otro escalón de excelencia.

Arrancaba este concierto con música española comenzando con el catalán Carles Baguer (1768-1808), Carlets ya predestinado al órgano desde la pila bautismal, seguidor de Haydn como demuestra en sus 17 sinfonías, aún sin publicarse las grabaciones, obras poco escuchadas y agradecidos que deba venir un organista italiano a «desempolvarlas» precisamente en Valdediós. La Sinfonia III (Allegro moderato – Minuetto – Adagio. Larghetto [con variaciones]) es fiel tributo a la forma clásica y ejemplo del poderío orquestal que tiene el llamado «instrumento rey», más regio aún en esta joya de instrumento explorando registros casi sinfónicos, complejidad en la elección de los mismos, siempre excelente para poder reflejar la riqueza tímbrica de esta sinfonía, y limpieza en la ejecución de Bonfiglioli comprobando ya la salud del instrumento de la Iglesia de Santa María.

De nuestra época dorada no podía faltar Juan Cabanilles (1644-1712) con la Corrente italiana que sonaría perfecta en su totalidad, digitación esplendorosa y los mejores registros del instrumento barroco para esta  obra; y otro tanto a favor con Francisco Correa de Arauxo (1584-1654) del que el Tiento de medio registro de baxon de duodecimo tono – XLIX (Facultad orgánica, Alcalá 1626) sacó al aire la tímbrica ideal, sin alardes y plenamente cristalino; para cerrar este viaje en el tiempo español, el poquísimamente escuchado maestro de la Capilla Real de Granada durante más de 40 años, Francisco Fernandez Palero (1533 ca.-1597), quien firmaba con su segundo apellido, Palero, y cuyo Ave mari[s] stella es una pequeña muestra de su buen oficio compositivo e interpretativo, destacando ya en la primera publicación española de tablatura, «Libro de cifra nueva» (Alcalá, 1557) compilado por su contemporáneo Luis Venegas de Henestrosa, aunque con una vida al menos curiosa por los continuos enfrentamientos con sus superiores eclesiásticos. La música ayuda a purgar pecados y la dedicatoria mariana supongo que fuese una penitencia bien aceptada, absolución del organista boloñes de nuevo perfecto e impecable en ejecución y registros que lucieron celestiales.

Ya en el eje ítalo a modo de bisagra Matteo Bonfiglioli (1977) con su particular tributo propio usando dos formas muy hispanas como la Pavana e Gagliarda del Cucco (2020) con un poco di improvvisazione, historia organística con la visión del intérprete y compositor, increíbles combinaciones de timbres para un regalo musical que volvería a manifestar la buena salud del órgano ibérico de Valdediós exigiéndole gran esfuerzo del que no se resintió, «pulmones» a pleno rendimiento preparando el desdoble cronológico de este juego de espejos tubulares.

Dos grandes compositores bien elegidos para el sonido de la joya de Valdediós: primero Claudio Merulo (1533-1604), La Palma (Libro secondo di canzoni d’intavolatura d’organo […] a quattro voci, fatte alla francese, Venezia 1606), la polifonía bien construida que cuando la digitación es tan precisa como la del Señor Matteo, permite reconocer y disfrutar la individualidad desde el conjunto, registros partidos y riqueza compositiva; después Girolamo Frescobaldi (1583-1643), la Fantasia Ottava sopra tre Soggetti (Il primo libro delle fantasie a quattro, Milano 1608), virtuosística con el «rubato» justo, la intencionalidad exacta y una interpretación de altura.

Para ir cerrando este círculo en espejo, una danza anónima del XVIII que siempre anima el espíritu, una Tarantella curativa, con los tubos más pequeños en la parte rápida sin perdernos ni una nota pese a unos agudos casi imperceptibles, y los plenos para la parte central de este baile eterno y mágico, más un final pletórico del para mí desconocido Giuseppe Baldrati (ss. XVIII-XIX), cuya Overtur per l’Organo, gracias a una explosión de registros consiguió el salto en el tiempo bien soportado por el «restaurado Grenzing», del que un órgano romántico habría hecho un castillo de fuegos artificiales pero que con el magisterio de Bonfiglioli logró una pirotecnia artesanal bien llevada a esta fiesta del órgano, verdadero espejo del tiempo que brilló como nunca.

Quiero destacar la buena realización en la proyección que permitió ver el inconmensurable trabajo de los registros y la digitación exacta del maestro italiano, con un uso del zoom adecuado a cada momento, y por supuesto al público que tiene sed de la música en directo, ama el órgano, peregrina hasta Valdediós y demuestra que la cultura es segura, aplaudiendo cada obra pese a las advertencias previas de esperar al final para no romper la unidad, pues sigue siendo soberano y agradece el regalo musical además del esfuerzo de los organizadores de este ciclo plenamente consolidado en el verano astur que finalizará el próximo viernes con la propia Susana G. Lastra en «su órgano», esperando seguir contándolo desde aquí.

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