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Quintetos históricos: alma, corazón y vida

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Miércoles 9 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1645 de la Filarmónica de Gijón. Ensemble 4.70. Obras de Mozart y Brahms.

La Filarmónica de Gijón, muy activa en las redes sociales, escribe cómo los dos quintetos de este miércoles forman parte de su propia historia: «Podría decirse que «se estrenó con el quinteto de Mozart, que fue interpretado en las sesiones inaugurales de la Filarmonica el 7 de mayo de 1908 (concierto n.°2) con el Quinteto de París; el de Brahms fue interpretado el 23 de diciembre de 1922 (concierto n.°150) junto al de Mozart con el Cuarteto Español y el gran clarinetista Miguel Yuste -quien había estrenado en España el quinteto de Brahms en 1893-». También tiene la buena costumbre, amén de comunicar a sus socios el programa de mano y avisar con antelación de cada concierto, de crear una lista en Spotify© (reciente patrocinador del Barça) con las obras a escuchar, lo que supone la mejor preparación para el público: llevarse la lección aprendida para disfrutar del siempre incomparable e irrepetible directo, sin perder de vista la necesaria pedagogía musical.

Por tanto es de justicia destacar el trabajo del nuevo equipo de la Filarmónica de Gijón, con el doctor Antonio Hedreda al frente, y agradecer que vuelvan a sonar estos dos quintetos con una formación de casa y en casa, el Ensemble 4.70, conjunto de intérpretes vinculado a Kras Klásika, proyecto divulgativo promovido por Enrique Valcarce y David Roldán (hoy de intérprete aunque no pudo evitar unas palabras en el intermedio) que incluye un programa de radio (en el 105
FM Gijón) y la organización de conciertos comentados en todo tipo de espacios bajo el lema “Rebélate, escucha música clásica”.

Formado para esta ocasión por ANTONIO SERRANO, clarinete, ELENA ALBERICIO, violín, CARLOS TAGARRO, violín, DAVID ROLDÁN, viola, y SARA CHORDÁ, violonchelo, estos músicos sobradamente conocidos de todo melómano asturiano, nos dejaron estos dos quintetos con clarinete históricos volviendo a demostrar la vigencia de la llamada «Música de cámara» en esta Asturias que sigue siendo una isla cultural desde tiempos inmemoriales, con la visión de futuro y la calidad que todos ellos atesoran. Buena entrada con público de todas las edades, parte de las adultescentes pateando la locución en asturiano (la globalidad llega también a orillas del Piles) y estudiantes respetuosos de principio a fin (alguno preguntaba al salir por la causa del zapateado).

Los dos quintetos requieren como el bolero «Alma, corazón y vida» en la misma proporción para una interpretación más allá de la asepsia que sobrevoló todo el concierto. Alma la puso Serrano por el importante papel del clarinete en las obras, lo que le perdona un «leve despiste mozartiano» rápidamente «reenganchado» o su continua preocupación por mantener su instrumento en las condiciones idóneas; corazón el cuarteto de cuerda aunque les exigiría una afinación más precisa e ir más allá de lo escrito, como se dice coloquialmente echar toda la carne en el asador precisamente para echar más leña al fuego, ya que no se hubiera quemado reconociendo que «El cuarteto», además de una genial película, exige años de convivencia para mantener un mismo corazón latiendo, algo que en un ensemble puntual se hace imposible por mucha profesionalidad y años de experiencia que tengan sus componentes.

Al menos la vida está en las dos obras elegidas para esta parte de la historia local, un homenaje con pasión hacia un instrumento como el clarinete por el que tanto Mozart pensando en Anton Stadler (1752-1812), como Brahms en Richard Mühlfeld (1856-1907), escribieron estas joyas, bien explicadas en las notas al programa de Mar Fernández, otro «fichaje» de la directiva gijonesa.

El Quinteto para clarinete en La mayor K. 581 de Mozart, contiene melodías que han servido tanto para programas radiofónicos, anuncios y bandas sonoras, especialmente su Larghetto que emparenta con el concierto más cinematográfico del genio de Salzburgo, movimiento donde Serrano Argüelles dejó alma y vida mientras el cuarteto arropó con corazón, «despertando» en el Allegro con variazioni, con más presencia de Albericio. Destacable en todos ellos las dinámicas, especialmente los pianissimi tan difíciles y necesarios para enriquecer y revivir las notas escritas.

Del Quinteto para clarinete y cuarteto de cuerda en Si menor op. 115 de Brahms, comentar nuevamente la implicación de Antonio Serrano, «cantando» y enamorando como a los compositores de este miércolerd, y las partes «solistas» de viola o chelo que, sin entregarse del todo, al menos subieron un poco de temperatura a un corazón con pocas pulsaciones, deteniéndose en ese último compás del Con moto que pareció quitarnos la vida tras dos quintetos con más corazón que alma con la melodía principal que resuena al principio y final, ciclo vital, aunque sigua recordándome parte del estribillo de El ruiseñor de Luis Mariano, quién sabe la razón pero estaba yo muy sesentero.

Gratitud por el esfuerzo que siempre supone el trabajo previo de las obras y subirlas a escena para compartir con un público variado y venido de distintos puntos del Principado como bien comentó David Roldán aunque se olvidase de Mieres donde además no todos somos sportinguistas. Pero «La minera» además de una hamburguesa especial de McCharly, es la autopista que nos comunica con la capital de la Costa Verde por la que transito a menudo como un caminante musical, siempre sonando Radio Clásica que en el viaje de ida me ambientó Noelia Rodiles desde la Fundación March, y la vuelta Capriccio, el Winterreise tan cercano en el tiempo, y llegando a casa precisamente sonaba «Música con alma» (aunque ya tenía elegido el título de esta entrada).

El invierno de la vida

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Jueves 3 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Matthias Goerne (barítono), Markus Hinterhäuser (piano). Winterreise (Viaje de invierno), D. 911 (Franz Schubert).

Inscribir este concierto o recital dentro de las Jornadas de Piano tiene todo el sentido, aunque estemos ante uno de los grandes ciclos de lieder, pues la voz no puede ser protagonista sin el hermanamiento con el piano en los 24 poemas de Wilhem Muller a los que la música del «Príncipe del Lied» eleva a la máxima categoría lírica camerística.
Hace años que conozco este Schubert romántico en la voz de Dietrich Fischer-Dieskau y su «alter ego» Gerald Moore, disfrutar de la reedición digitalizada, mi acercamiento a la lengua de Goethe y el estudio concienzudo publicado (y agotado) en Alianza Música del barítono alemán al que siempre hay que volver, más aún para este recital lleno de emociones vitales con los actuales «defensores» del género musical y poético por excelencia junto a Ian Bostridge, el alumno aventajado Goerne y el pianista Hinterhäuser.
Recital intimista con menos público del esperado para un excelente tándem Goerne-Hinterhäuser, la conjunción schubertiana de la poesía marcando cada nota, cada palabra, cada verso, momentos pictóricos donde el piano pinta el paisaje y la voz los personajes, todo un lienzo sonoro con sobretítulos y traducción que nos hicieron valorar más cada uno de los poemas de Muller.
Sin pausa pero sin prisas, comenzando con las «Buenas noches» que cierran y abren ciclos vitales, la despedida del molinero que el arroyo acoge y un nuevo adiós del último viaje, el caminante, de la mano voz y piano, ya en la madurez, las metáforas del invierno como última etapa no exenta de recuerdos a su amada y «sueños primaverales» con simbolismos bien dramatizados por un Goerne casi bardo, explorando cada registro, su grave potente, los agudos filando la sílaba exacta, con un piano de por sí romántico, nada «veleta» en buena compenetración, postura encogida como el alma de Schubert, subrayando intenciones, paleta desde la amplia pincelada al brochazo expresivo, pudiendo escucharse con un actor declamando y sintiendo las dos docenas escénicas.
Primera parte de versos fluidos como un «torrente» y tranquilamente brillante cual «tilo» totémico, con «descanso» tras el «fuego fatuo» y antes de las flores soñadas hasta la «Soledad» sonora. El caminante Goerne con el bastón de Hinterhäuser, versos escalofriantes para un Schubert enfermo, tránsito lleno del dolor espiritual, el del alma que parece más intenso.
Las otras doce canciones aún más introspectivas (recomendables las siempre acertadas palabras de mi querido Luis Suñén en las notas al programa), reflexivas, la crisis invernal con «la cabeza gris», Goerne dramatizando con su amplio canto y gestualidad tan personal como su acercamiento a Schubert, el arranque tras «El correo» bien anunciado por Hinterhäuser, recordándome a Mahler, la amenazante compañera «corneja» que oscurece y enerva con una melodía intrigante, los cambios de tono y de color que en la voz del barítono alemán encuentran la pincelada exacta para mantener la «Ultima esperanza«, la rápida parada «En el pueblo» y volver al miedo de una «Mañana de tormenta«, la gama de grises del piano y la voz que no quitan nunca «ilusión» pues en este viaje invernal cada vez se atisba más claramente el final.
Una referencia del trecho andado es «El mojón» y por supuesto mucho «Coraje» que no sería aún el adiós sino la última escena de la rueca de la zanfona, de la molinera, la del organillo callejero o del ciego zanfonista (Der Leiermann) al que se une el canto solidario acompañado por un piano casi quejumbroso tras «Los falsos soles» en un viaje que rompe el hielo para una inmersión profunda y personal.
El lied como máxima expresión dramática compartida y reducida al salón romántico en el que Matthias Goerne y Markus Hinterhäuser convirtieron el auditorio, y donde los móviles volvieron a romper la magia siempre en los momentos más delicados. Si las mascarillas parece vinieron a acallar toses, habrá que esperar una pandemia telefónica para que se silencien, pues la educación y saber estar parecen perdidos en un siglo tecnológico, deshumanizado, donde solo parece primar lo inmediato. El viaje de invierno es lento pero inevitable, y su disfrute no admite interferencias.

Dedos de dos

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Miércoles 2 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1644 de la Filarmónica de Gijón, Ciclo de Jóvenes Intérpretes «Fundación Alvargonzález». Leonardo González (violín), Anna Mirakyan (piano). Obras de Schubert, Ysaÿe y Franck.

Hay días con la magia de la numerología, miércoles 2 del 2 del 22, dos intérpretes en dos días seguidos con dos programas distintos, los dedos de dos artistas en dos instrumentos complementarios, violín y piano, dos obras para solista, y dos sociedades filarmónicas asturianas que centenarias siguen buscando el futuro necesario, en este segundo día de mi jubilación escapándome hasta Gijón.
El violinista Leonardo González Tortosa (Madrid 2005) con la pianista Anna Mirakyan (Erevan, Armenia 1981) tenían otra premio como la oportunidad del concierto en vivo, sin acomodarse al traer otro programa bien armado como comenta en las notas al programa David Roldán: «...combina sabiamente el repertorio más querido por el público con aquel por descubrir; ideal para disfrutar, para aprender, y muy apropiado para homenajear al maestro Hevia…«. Leonardo volvió a brillar con la pianista armenia, hoy más comedida en su siempre difícil tarea del protagonismo compartido, más allá del acompañamiento siempre ingrato para los que conocemos todo el trabajo que conlleva.
La Sonata para violín y piano en la mayor, op. post. 162 D 574 «Gran Dúo» (Schubert) mantiene el ideal melódico del malogrado compositor (que mañana en Oviedo disfrutaré aún más), página poco conocida pese a ser casi obligada en los repertorios académicos, esta titulada «dúo» por Diabelli porque realmente funciona como tal, tonalidad que volvería al final del concierto y que tanto violinista como pianista delinearon en perfecto entendimiento y equilibrio en los planos sonoros, limpieza en los movimientos rápidos junto al delicado tercero (Andantino).
Leonardo en solitario, como en Oviedo, volvería a asombrar con su virtuosismo y musicalidad en una obra de Eugène Ysaÿe (que me descubriese mi añorado Alfonso Ordieres) como la Sonata para violín solo en re menor, op. 27 nº3, «Ballade», compositor frecuente en las propinas de los violinistas tras un concierto con orquesta pero infrecuente en la música de cámara, pues la desnudez del instrumento parece imponer en las programaciones. Mas el madrileño, aún formándose, no tuvo reparo en traerla hasta la villa de Jovellanos con su lección aprendida de todas las técnicas en las cuatro cuerdas y el arco, nuevamente seguro y entregado, esperando que el paso de los años deje el poso suficiente para mantenerla en su carpeta y crecer con ella. Lástima que a la larga y merecida ovación del público no correspondiese al menos con el agradecimiento saliendo a saludar.
Si la primera parte nos dejó de nuevo la pasión de Mirakyan y la sobriedad de González, sin apenas pausa llegaría la conocida Sonata para violín y piano en la mayor, CFF 123 de César Franck, el regreso a la tonalidad inicial con un buen resultado en sus cuatro movimientos, disfrutando todos con el Allegro y el último Allegretto poco mosso, los «tempi» bien elegidos para disfrutar con ambos solistas en volúmenes adecuados y protagonismo puntual, hoy decantándose hacia el lado armenio por su impecable participación, llevando al madrileño cómodo en todas sus intervenciones. De nuevo faltó la cortesía del saludo final para un público que premió el esfuerzo de los dedos de estos dos intérpretes con mucho camino por recorrer.

Premio al trabajo

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Martes 1 de febrero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: Concierto 2028 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Leonardo González (violín), Anna Mirakyan (piano). Obras de Beethoven, Milstein y Brahms.

Reseña para La Nueva España del miércoles 2, escrita tras el concierto desde el teléfono, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
La música de cámara es necesaria en la carrera de todo intérprete y obligada en la formación del público, algo que las centenarias sociedad filarmónicas asturianas, como la ovetense, predican desde sus orígenes, dando cabida a jóvenes valores, caso de este martes con el violinista Leonardo González Tortosa (Madrid 2005), premiado en el pasado Concurso Internacional de Música Villa de Llanes cuya “alma mater” José Ramón Hevia seguramente estaría orgulloso de seguir entre nosotros y corroborar el acierto de un galardón que busca abrir una carrera profesional como la de Leonardo, hoy acompañado de la pianista Anna Mirakyan (Erevan, Armenia 1981), de pulsación potente -que hubiese mejorado el volumen de bajar totalmente la tapa armónica- con un programa de calado, y otro distinto hoy en la Filarmónica de Gijón, igualmente premiando jóvenes talentos como el violinista madrileño.
La Sonata “Primavera” op. 24 de Beethoven, es de las habituales para violín y piano que exigen de ambos una ejecución perfectamente ensamblada con diálogos bien definidos y protagonismo compartido, como así la sintieron Leonardo y Anna (demasiado presente excepto en el lírico Adagio más equilibrado).
Titulada “Paganiniana”, la partitura del virtuoso Nathan Mirónovich Milstein (1903-1992) ya indica el nivel de ella, Leonardo en solitario abordando todas las técnicas en las cuatro cuerdas y arco donde estuvo cómodo, incluso confiado ante las dificultades, buen síntoma para su juventud.
Y Brahms en la segunda parte con su Sonata 2, op. 100, tres movimientos con un piano demasiado presente y el violín algo oscurecido, aunque entregados ambos intérpretes, pasión Mirakyan y sobriedad González.
El concierto como premio al trabajo para un público no muy numeroso ni renovado como todos esperamos, aunque siempre agradecido.

El Zar más francés

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Lunes 31 de enero, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, Jonathan Roozeman (cello), Valery Gergiev (director). Obras de Debussy, Tchaikovsky y Ravel.

Regresaba el Zar Gergiev, palillo en mano, al frente de su batallón del Mariinsky, con un concierto al más puro sabor francés del San Petersburgo europeo de espíritu y «apadrinando» al joven cellista Jonathan Roozeman (1997) con el menos ruso de los grandes sinfonistas (interesantes las notas al programa de Alberto González Lapuente), para llenar un auditorio ávido de obras conocidas en una interpretación impactante de sonoridades muy cuidadas, pero rompiendo clichés de las antiguas orquestas del otro lado del telón, nuevamente de actualidad, apostando por lo «trillado» que no suele fallar en una maquinaria que comienza a «oxidarse» en plena renovación generacional, que ya no apabulla como en los tiempos de la llamada «Guerra Fría» (hoy geopolítica) cuando bromeábamos definiendo un cuarteto como «una orquesta soviética tras una gira por occidente».

Está claro que los músicos del Mariinsky le deben todo a Gergiev, se nota que el dominio de «su orquesta» es absolutamente militar, marcando todo con sus gestos característicos, sin dejar nada al azar ni a la calidad de muchos solistas, sacando a la luz instrumentistas como la flautista de oro (Sofía Viland) o el cellista finlandés tan cercano geográficamente a la antigua Leningrado. El maestro se caracteriza precisamente por descubrir talentos y no suele equivocarse.

Del programa francés impactante Debussy por la calidad, la sonoridad cuidada, la claridad expositiva, el balance entre todas las secciones, casi compañías del batallón Mariinsky (algo menguado) con el Preludio a la siesta de un fauno bellísimo que Nijinsky hubiera bailado desde el Olimpo, y La mar báltica dibujada con la elegancia de la que presumían en San Petersburgo, mirando a Versalles más que a la plaza roja aún sin colorear que Gergiev pintó con los suyos.

Siempre agradecido el Bolero de Ravel, examina cada solista (hoy el saxo sustituido por un clarinete bajo) en su  conocido ad perpetuam, con algún «arrestado» en la doble caña, un crescendo que tardó en llegar para mayor «sufrimiento» del caja, la explosión final marca de la casa, sin contención y con ganas de brillar como en ellos es habitual, en una interpretación para la galería a la que faltó mayor pegada y entrega. Franceses más de impresión que impresionistas, aunque suenen bien.

Punto y aparte merece Jonathan Roozeman que nos deleitó con las Variaciones «Rococó» de Tchaikovsky, sin tarimas como el propio Gergiev, al que no perdió de vista forzando su posición más de la cuenta pese a estar ladeado «el zar», y plegado a cada una de sus indicaciones, pienso que con ese «miedo a defraudar» al mentor, que no le permitió soltarse salvo en las cadencias. El sonido de su cello (David Tecchler c.1707 cedido por la Fundación Cultural Finlandesa, y el arco Jean Pierre Marie Persoit, París, c. 1850) es profundo, de largo alcance, con un timbre muy redondo, así como unos armónicos tan perceptibles que lograron unos silencios en la sala siempre de agradecer. Muy bien compenetrado con la flautista, la limpieza de ejecución por parte del finlandés-holandés así como sus fraseos (siempre controlados por Gergiev) muestran un intérprete que pronto será figura mundial. Aclamado por el público y casi obligado por «el jefe» nos dejaría toda su (musi)calidad en la Sarabande de la Suite BWV1009 de Bach, un examen permanente para los cellistas donde Roozeman alcanzó la matrícula de honor.

Y para propina sinfónica e inesperada por el transcurrir del programa, el Scherzo (un SUEÑO de verano de Mendelssohn) con un tempo para virtuosos de dinámicas suntuosas donde Gergiev disfrutó tanto como nosotros, al fin la maquinaria engrasada, impoluta y de sabor ruso, el que respiraba Leipzig en tiempos de Kurt Masur, el regreso a la Rusia esperada tras el coqueteo zarista con la Francia elegante.

Jaroussky cercano

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Miércoles 26 de enero, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: À SA GUITARE. Philippe Jaroussky (contratenor), Thibaut Garcia (guitarra). Obras de Poulenc, Giordani, Caccini, Dowland, Purcell, Mozart, Paisiello, Rossini, Matos Rodríguez, Granados, Schubert, Fauré, Barbara, Lorca, Bonfá, Reis, Ramírez y Britten.

Segundo concierto del triplete de contratenores con otro conocido de la afición como Philippe Jaroussky, esta vez con el guitarrista Thibaut Garcia, la unión de dos mundos, estilos, ambientes, casi una velada íntima para un auditorio con excelente entrada que respiró la cercanía de dos artistas con vínculos españoles en perfecta armonía, comentando los temas y su organización en distintos bloques, bromeando entre ellos y levantando algunos excesivos «bravos» que rompieron la tranquilidad y recogimiento que transmitieron tanto los artistas como la tenue iluminación y una sonorización cuidadísima, amplificación tan bien mezclada que ayudó a redondear un recital de los que llamo para «omnívoros» por la variedad.

Como si de la presentación que hacen las figuras internacionales de sus trabajos discográficos, el recital mantuvo esa estructura, la del CD homónimo al título del concierto, alternando solamente el orden,  con abundante música francesa como era de esperar, algún guiño al repertorio barroco que el contratenor lleva años defendiendo, por supuesto la música «ligera» de mi tiempo, esa que también se ha convertido en clásica, y por supuesto las intervenciones solitas del guitarrista hispanofrancés que demostró sus dotes no ya de acompañante ideal para este formato de repertorio sino un transcriptor de páginas con piano que en la guitarra toman un color casi de salón. Si la séptima cuerda, como bien escribe María Sanhuesa en las notas al programa (enlazadas arriba en obras) es la voz, este concierto, con duración más allá de noventa minutos, fue un auténtico placer para seguir situando a Oviedo como «la Viena española».

Imposible detallar las dos decenas largas de obras, incluyendo las dos propinas, pero quiero destacar el acercamiento al popular García Lorca y su Anda, jaleo con una guitarra cercana al flamenco como bien comentó el propio Thibaut, mucho más «verdadero» que la «maja» de Granados, las canciones de Poulenc, la primera dando el título a la grabación y el concierto, el siempre bello y sentido lirismo de Fauré que Jaroussky con García dejaron para el recuerdo, incluso el Britten «francés» atemporal o el más reciente Septembre de Barbara (1930-1997) porque no había «enero» que bromeó el contratenor. La mezcla de estilos en una voz que adopta y adapta cualquier canción que con la guitarra las hacen actuales y para todos los públicos. Incluso el «tributo» a los laudistas como Dowland que nuestro instrumento identitario engrandece en color y sonido.

Interesante el acercamiento sudamericano, tanto en la versionadísima Mañana de Carnaval en «brasileño» como en la argentina Alfonsina y el mar naturales y que demuestran la versatilidad de estilos tanto de los intérpretes como de estas páginas ya atemporales de las que todos tenemos nuestras referencias.

Al principio citaba el enorme trabajo de Thibaut García como solista y transcriptor, dejándonos La cumparsita uruguaya a nivel concertístico o el Xodó de Baiana (Dilermando Reis), lo popular con la calidad camerística. Pero personalmente me impactó el Schubert elegido, esos elfos (Erikönig D 328) sobre un texto de Goethe que la guitarra francesa «robó» al piano alemán y el contratenor interpretó con el dominio del siempre exigente lied que en esta interpretación demostró la excelente idea de este dúo. Interesantes igualmente las transcripciones de Giordani o Paisiello que todo estudiante de canto conoce pero que con Jaroussky alcanzan la excelencia.

Concierto original y variado como el público, satisfechos y con la amabilidad de siempre por parte de unos intérpretes cercanos siendo estrellas mundiales, sin divismos, firmando autógrafos y fotografiándose con todos, como ya hiciese hace tres años cuando el mundo era más sano y las mascarillas no robaban sonrisas.

Impagable Fagioli

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Sábado 22 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: «Naturaleza & tormentos». Franco Fagioli (contratenor), Gabetta Consort, Andrés Gabetta (violín y director). Obras de: Purcell, Vinci, Händel, Porpora, Vivaldi y Locatelli.

La capital asturiana a quien llamo hace tiempo «La Viena española» por su oferta musical amplia y variada, la misma de la que el concejal de cultura José Costillas en FITUR dice «ha quitado a la ciudad el sambenito de ciudad burguesa y aburrida en la que no pasaba nada«,  prosigue su lujo de programación con el primero de los tres conciertos dedicados a los contratenores que ahora mismo ocupan la cima de este registro, aún sorprendente para muchos.

No es cuestión de rankings pero el hispano argentino Franco Fagioli, que ya me entusiasmase en su anterior visita hace cuatro años «trayéndonos la primavera», ha dejado el listón tan alto que a punto estuve de titular esta entrada como Al filo de lo imposible pero mejor evitar confusiones con el programa de Sebastián Álvaro aunque haya retos musicales que merecen el mismo respeto. Esta vez la fusión de naturaleza y tormento fue digna de «los 14 ochomiles» demostrando de nuevo que no hay nada imposible.

El programa elegido para este tour de Barcelona a París con la parada obligada en Oviedo, está al alcance de pocos cantantes, un maratón vocal mucho más duro que toda una ópera y que exige no solo dramatizar cada personaje de las arias sino todo un esfuerzo físico que convierte a estos virtuosos en auténticos atletas del canto.

Es un placer escuchar pero también ver a Fagioli cómo respira, su gestualidad, su técnica asombrosa, sus fiatos, su perfecta dicción, su amplísimo registro donde los graves son rotundos y sus agilidades un verdadero derroche de gusto y entrega. Nada de artificio, la naturalidad del canto barroco, el auténtico bel canto de la época que instrumentaliza la voz. Y si además la arropa unos músicos como los de Andrés Gabetta al mando de este «consort», el resultado es redondo e impagable, pues hasta el violín solista cantó con la misma belleza que el contratenor argentino en Vivaldi y Locatelli.

Arias lentas y rápidas para degustar el canto legato del tucumano y corroborar la belleza de estas páginas, la genialidad de Händel, la grandeza de Vinci o el oficio del maestro Porpora. Bien organizado todo el programa que nos llevó hasta las 22:30 de la noche en un verdadero suspiro, con apenas los necesarios descansos que nos dejaron al Gabetta Consort dos conciertos vivaldianos de altura, más el de Locatelli con mi admirado Jorge Jiménez ejerciendo de concertino y la muestra de la sabia elección de los músicos por parte de su director Andrés Gabetta, no solo excelente violinista sino un perfecto concertador de esta música barroca que volvió a llenar el auditorio ovetense. De su formación también citar la impecable y bien sentida tiorba de Miguel Rincón, auténticas perlas en el continuo, y el fagot de Alessandro Nasello sobre todo en el «pastor» final de Händel así como la flauta del «ruiseñor» vinciano en feliz contestación al vocal de Fagioli.

Cada personaje, cada aria, cada intervención del contratenor logró quitarnos la respiración como si vampirizase el aire del respetable, aunque imposible apagar móviles que parecen volvernos a la post-normalidad de la pandemia. Las tres arias de Leo Vinci (1690-1730) equiparables en belleza al todopoderoso Händel de cuya Ariodante nos dejó Fagioli los momentos álgidos en un auténtico crescendo emocional incluso en el regalo Come nube de «Agripina y el triunfo del tiempo», el que detuvo este contratenor que sigue alternando escena y recital, esperando la terna completa con Jarouski y Orlinski que espero contar desde aquí, pero este frío sábado de enero con un Fagioli impagable hará difícil superarlo.

P.D.: Entrevista de este sábado en LNE:

Dolor contenido

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Viernes 21 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono II: Vidas fugaces. OSPA, María Luisa Espada (soprano), Federica Carnevale (mezzo), Santiago Serrate (director). Obras de Arriaga y Pergolesi.

La pandemia sigue entre nosotros y cada día es una sorpresa para la que debemos adaptarnos sobre la marcha. Los eventos musicales siembran incertidumbres y los contagios aumentan, por lo que cancelar a última hora se está volviendo tristemente habitual pero los programadores siguen trabajando y consiguiendo auténticos milagros. El previsto segundo de abono Telemann desconocido se hubo de suspender pues Carlos Mena dio positivo (curioso llamarlo así cuando el propio hecho es negativo) y rápidamente nos encontramos con un programa de dos compositores de vidas fugaces, fallecidos por la tuberculosis que tantas muertes causó hasta conseguir su vacuna, y Santiago Serrate (Sabadell, 1975) se ponía nuevamente al frente de la OSPA con un concierto contenido de dolor y color.

La Sinfonía para Gran Orquesta del bilbaíno Arriaga, con toda la historia a su alrededor que bien escribe Pablo Gallego en las notas al programa (enlazadas al inicio), nos presenta esta forma orquestal perfecta para nuestra OSPA, ducha en repertorio de esta época, que el maestro catalán llevó con limpieza, buena respuesta y explorando un lenguaje que bebiendo del clasicismo es de un romanticismo claro que la prematura muerte de nuestro genio truncado, admirado hasta por Mozart, nos impidió saber dónde llegaría. Sinfonía interesante de escuchar interpretada con escrupulosa sonoridad, limpia, de rítmica precisa, tempi ajustados a las indicaciones y una energía contenida por momentos para una plantilla ideal (maderas a dos, dos trompas, timbal y cuerda) con intervenciones solistas destacadas de flauta y oboe en este segundo de abono, así como una sonoridad global aterciopelada y elegante.

El Stabat Mater de Pergolesi es una perla musical para disfrutar en cualquier versión. Buena elección de las solistas y una orquesta camerística de cuerda y órgano que la obliga a afrontar un repertorio poco habitual que Serrate supo comunicar. Sonoridades contenidas siempre subrayando a las voces, auténtico sustento y refuerzo dramático de un texto en latín que tanto la soprano emeritense como la mezzo italiana articularon correctamente (con el texto y la traducción en pantalla). Colores vocales las de estas voces femeninas adecuadas al estilo, con un empaste homogéneo en los siete dúos y cinco arias solistas plenamente dramatizadas, respirándose cierta religiosidad operística con aires más ágiles de lo habitual que favorecieron los ornamentos y supusieron mayor «comodidad» en sus intervenciones.

María Luisa Espada en sus arias volvió a demostrar el dominio vocal, comodidad en su tesitura que ha ganado cuerpo en el grave y con unos agudos sólo «afilados» cuando así lo exigía el texto desde ese color natural que la caracteriza en cualquier repertorio. Por su parte Federica Carnevale mantuvo el mismo nivel de calidad en sus tres números, voz carnosa de buena proyección en todos los registros, dicción y articulación clara, con el volumen necesario para la proyección correcta, siempre mimada por una orquesta contenida por el maestro Serrate, buen concertador de voces y entendiendo la ductilidad de la orquesta asturiana que debería transitar más el barroco, pues el público agradece estos repertorios. Como concertino invitado volvió a sentarse Benjamin Ziervogel, integrado en el grupo casi como uno más de la plantilla, aunque sigamos necesitando cubrir pronto esa plaza (el querido Vasiliev parece insustituible). La de director parece una quimera…

Francia a cuatro manos

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Jueves 20 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Lucas & Arthur Jussen (dúo de piano), Ensemble de la Filarmónica de Berlín. Obras de: Dvořák, Poulenc, Ravel y Saint-Saëns.

Volvían a Oviedo para celebrar los 30 años de estas Jornadas de Piano los hermanos Jussen (tras su paso por Barcelona), von una compañía de auténtico lujo como los ocho componentes de «los berliners» entre los que se encontraba un conocido de la afición ovetense, el violista Joaquín Riquelme, auténtico «dinamizador» de sus compañeros que casi ejerció de maestro de ceremonias. Lucas Jussen (27 de febrero de 1993) y Arthur Jussen (28 de septiembre de 1996) nunca defraudan y menos en las obras elegidas, todas francesas y en combinaciones para disfrutarlos a pares: a cuatro manos, con dos pianos y en formato camerístico rodeados de un ensemble auténticamente formidable que hizo las delicias de un público que vuelve con hambre de música recuperando aforos y manteniendo la mascarilla entre otras medidas de prevención.

Para abrir boca y gozar de los «berlineses«, el quinteto de cuerda puso la nota checa con Dvořák y su Quinteto de cuerda nº 2 en sol mayor, op. 77, cuatro movimientos que sonaron «de disco», tal es el entendimiento y sonido de estos cinco virtuosos del arco, fraseos delineados, sonoridades compactas ricas  en matices, minuciosos en la afinación (tras cada movimiento) y detallistas que sacaron de esta perla camerística lo mejor de ella, fuego en el primer movimiento, vértigo unificado en el segundo, la calma de una «respiración única» en el tercero y un final sobresaliente, auténtica lección y aperitivo para paladares exquisitos dentro del menú francés que trajeron los hermanos holandeses.

La Sonata para piano a cuatro manos, FP8 (Poulenc) comenzó impetuosa, casi sin respiro con el Prélude enérgico donde la «coreografía» iba no ya en las manos sino en los propios gestos de los hermanos. Como escribía el gran Sir Neville Marriner «Te das cuenta de que no es normal. No son sólo dos buenos pianistas tocando juntos: ambos sienten exactamente los detalles más sutiles de la interpretación del otro». Maravilla de sonata con el sello inconfundible del Rústique Poulenc capaz de volcar en 20 dedos todo un mundo orgánico coronado en el vertiginoso, además de virtuoso Final que estos hermanos interpretan desde la unidad genética que tantos ejemplos ha dado en este repertorio.

Aún quedaban dos pianos, el de Ravel, inspirado escribiendo igualmente para una mano izquierda como en esta versión de La Valse, M.72 (en Barcelona los Jussen optaron por las cuatro manos de Mi madre la oca, más imbricada con la última obra del programa ovetense), el mundo sinfónico lleno de color que con un piano a pares consigue una cercanía difícil de alcanzar pero tan rica y sentida dentro de ese encaje perfecto de los hermanos. Impresiona cerrar los ojos para escuchar el «piano imposible», duplicado y casi en espejo, con el hermano mayor siempre de «grave sustento» para hacer brillar al pequeño, la luminosidad por partida doble.

La juventud tiene en estos dos holandeses (desconozco el gentilicio de los Países Bajos como ahora denominan al país de los tulipanes) buen reflejo para sus contemporáneos y seguidores, especialmente en las hoy cenagosas redes sociales donde verles y escucharles es un oasis entre tanta miseria humana. Elegir El carnaval de los animales (Saint-Saëns) creo que es una excelente opción más allá del carácter didáctico que pueda tener, pues contar con un octeto de tanta altura como el que trajeron para ofrecernos la versión original, fue un regalo para todo melómano.

Simon Rössler al «glockenspiel» y marimba solamente para esta obra, como el flautista Egor Egorkin con algo más de protagonismo, son lujos casi inalcanzables, y no digamos el principal berlinés de clarinete Wenzel Fuchs, un «cuco» de ensueño con el nivel de este solista mundial que también puso el toque de comicidad incluso marcándole la pulsación en las escalas del menor de los Jussen en los Pianistas animales. No podemos olvidarnos de cada intervención estelar, irreprochables y perfectas, desde El elefante Gunars Upatnieks, pasando por los cacareos de gallinas y rebuznos de asnos (nada burros) con Luis Felipe Coelho y Álvaro Parra, más el emocionante cisne de Solène Kermarrec. Por supuesto completaron este elenco de figuras internacionales los hermanos en los pianos sonando como uno desde la grandeza y entendimiento rozando la deseada perfección en su ejecución, realmente todo el conjunto, disfrutando y sonando impecable, encajado y «ensamblado» con el rigor germano aunque con «mano de obra» internacional.

El ejemplo del trabajo en equipo sintiendo y viviendo la música con una calidad «brutal» (como dice ahora la gente joven) se coronó con ese Finale bisado tras un nuevo éxito de los hermanos Jussen con una compañía de ocho inmensos solistas unidos para ofrecernos la crème de la crème del mundo camerístico.

P. D.: Dejo a continuación el artículo publicado el pasado martes en el diario La Nueva España.

Pasión juvenil

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Miércoles 19 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: concierto 2027 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Henar Fernández Clavel (piano). Obras de Beethoven, Bach, Mendelssohn, Chaminade, Saint-Saëns, Albéniz, Turina, Falla, Granados y Lecuona.

Henar Fernández Clavel (Avilés 2006) es una joven de su generación, tal vez «rara avis» entre sus iguales de estudios obligatorios, pero que tiene un don especial para el piano, buen ejemplo de la cantera «del Orbón». Posee una musicalidad innata, personalidad, talento, ingenio, evidentemente muchas horas de estudio y buenos profesores. Gracias a «La Castalia» y el RIDEA ha ofrecido este concierto en la Filarmónica de Oviedo que siempre se ha caracterizado por apoyar las promesas asturianas desde su fundación, y en esta nueva época busca igualmente ir renovando un público necesario para mantener ese escaparate que supone la llamada «música de cámara», antesala pedagógica para dar el salto a las grandes salas de conciertos y teatros de ópera que Oviedo tiene como mejor tarjeta de visita.

Henar Fernández Clavel, a punto de cumplir 16 años en abril, es desparpajo en estado puro, comunicadora que llega al público sin complejos aunque no deba olvidarse del necesario rigor en el estudio de las partituras, la técnica (que nunca termina para poder darlo todo) al servicio de la música.

La pianista avilesina es un torbellino emocional que se aprecia incluso al salir a escena y sentarse al piano, con una madurez poco habitual para su corta edad e incluso con tics de muchos  grandes de las 88 teclas. Pero ese ímpetu puede impedirle el necesario reposo para afrontar las páginas que nos trajo al Filarmónica, obras de estudio y trabajo en el conservatorio que van más allá de los exámenes. Es envidiable el empuje juvenil efervescente y explosivo, demasiado acelerado por momentos que impiden un fraseo más limpio, obligándola a meterse en «demasiados charcos» (cierto es que de los errores también se aprende y ayudan a superarse).

Obras de enjundia ya desde el primer movimiento de la sonata Patética de Beethoven, más «apasionada» a la que eché de menos el siguiente movimiento que frenase un poco sus revoluciones (como en los vinilos de mi época), o esa Fantasía bachiana que deberá tomarse como entrenamiento diario o desayuno musical, mejor a mitad de velocidad para ir «desengrasando dedos» y acelerar un poco cada semana. Las palabras de la romanza de Mendelssohn las puso con la pasión que envolvió todo el concierto, pero los «arabescos» de Cécile Chaminade también requieren respirar hondo. Henar seguramente conoce los «trucos» para alcanzar su deseado virtuosismo más allá del impacto para el gran público, y el dibujo es la base de la pintura. Sus profesores la guiarán por el buen camino y está en él. Totalmente de acuerdo con su versión del Allegro appassionato (Saint-Saëns), fogosa y digna de virtuosos, al que nuevamente pediría rigor y exactitud pese a la dificultad extrema, limpieza en las notas aunque suponga menos carga emotiva y más trabajo duro, cabeza y corazón en la proporción ideal que los años aún desequilibran hacia el segundo.

Tras el merecido y necesario descanso, la parte de música española estuvo bien enfocada y el poso lo darán los años que seguro la llevarán a afrontar estas partituras de forma precisa y clara, porque sentido musical y talento le sobra a la avilesina, con detalles dignos de una intérprete con larga trayectoria que van descubriendo más allá de nuestra tierra. La «orgía» pianística de Turina bañó incluso la propina totalmente «fogosa» de Falla, de agradecer la entrega en cada obra, «añorando» unos tempi más llevaderos en pos del rigor y aplaudiendo el valor de enfrentarse al público. El exceso de velocidad no suele ser buen compañeros de viaje y provoca demasiados accidentes, pero los años la harán más prudente y segura.

Agradeció a todos tras el «aperitivo» beethoveniano el apoyo y oportunidad de «presentarse en sociedad» (especialmente a Begoña G. Tamargo, luchadora y defensora como pocos) sin olvidarse de sus profesores, incluso en el campo del acompañamiento que hoy en día presenta oportunidades de trabajo siempre necesario en el difícil mundo de la música, y especialmente en el de los pianistas. Espero que Henar no se acomode y regocije en exceso con los siempre merecidos premios, pues el día a día no perdona y siempre se encontrará entre el público con «repugnantes exigentes» como el que suscribe (con todo el respeto y cariño hacia mi admirada joven pianista).

Mucho ánimo para Henar Fernández Clavel en una carrera que ya ha comenzado con pasión y entrega, del que desconocemos el destino final, siempre con la esperanza de seguir escuchándola y verla crecer en todos los aspectos.

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