Inicio

El equilibrio del trío

3 comentarios

Miércoles 8 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón: concierto nº 1663, Trío Yoon / Rochat / Jáuregui. Obras de Debussy, Arensky y Brahms.

Concierto este día 8 con muchas eMes: miércoles, marzo, música, mujeres y maravilloso. Programa de un trío joven y experimentado, exigente y agradecido, con tres obras para tres intérpretes que contagian pasión, lirismo, musicalidad a raudales, todo bien asentado en las tres patas que mantienen un equilibrio asombroso, uniendo tres solistas para compartir y sentir como un solo organismo. Un tres que con un espejo se convierte en ocho, magia numérica y musical.

Soyoun Yoo al violín, Nadège Rochat al chelo y Judith Jáuregui al piano demostraron su buen hacer en el formato camerístico ideal del trío, los extremos del agudo al grave en la cuerda frotada con el sustento completísimo de las 88 teclas desde tres compositores y tres tríos que fueron creciendo en dificultad pero también en entrega para estas tres mujeres músicas que no necesitan fechas para festejar su calidad.

Abría la velada el poco escuchado Trío para piano en sol mayor, CD 5 (1880) de un joven Achile Claude Debussy (1862-1918) que explica perfectamente la musicóloga Andrea García Alcantarilla, como cellista y buena estudiosa de los tríos, en las notas al programa: «Junio de 1880: el cortejo de la baronesa von Meck acaba de llegar a la Villa Oppenheim de Fiesole donde se les unen otros dos jóvenes músicos: el violonchelista Danilchenko y el violinista Pachulski que, junto con Debussy, forman un trío que tocará todas las noches para la familia. Es precisamente en este ambiente en el que el joven Debussy se decide a escribir su Trío en Sol Mayor varios meses antes de empezar las clases de composición». Emulando este trío histórico, el piano dibujaba cristalino el primer Andantino con molto allegro, contestado por el violín limpio, la contestación del cello poderoso, para unir los tres caminos hacia un Scherzo. Intermezzo. Moderato con allegro que sería premonitorio de los otros tríos, un «scherzo» jovial, alegre, chispeante, cómplice, encantador tal y como lo describiría la aristócrata a Tchaikovsky, que se sumaría a esta forma musical. Un Debussy casi autodidacta que posee toda la inspiración melódica para plasmarla en los tres instrumentos, aunque el piano parezca llevar el peso. Dominando la rítmica y la técnica, este segundo movimiento está lleno de guiños que Yoo-Rochat-Jáuregui nos transmitieron desde un encaje perfecto y un equilibrio de planos lleno de matices extremos. El Andante espressivo puso el toque melancólico y elegíaco, recordándonos a Schumann o Dvorak, que las intérpretes en solitario dominan y en trío comparten su bagaje musical. El Finale. Appassionato resultó otro regalo interpretativo de expresión, entendimiento y comunión entre las tres músicas, amplias dinámicas además de pulcritud por un sonido compacto.

El «descubrimiento» del programa sería el Trío para piano nº 1 en re menor, op. 32 (1894) del ruso Antón  Stepanóvich Arensky (1861-1906), melómano en los genes, y discípulo de Rimsky-Korsakov en San Petersburgo, para ser después maestro de Scriabin y Rachmaninov en Moscú, compaginando docencia y composición. Como nexo con el anterior trío del francés, también conocería a a Tchaikovsky, influyendo en su estilo y animándole a esta joya camerística, con otro Scherzo. Allegro molto colocado en el segundo movimiento, un juguete en manos del trío Yoo-Rochat-Jáuregui: complicidad en los fraseos, tempi y silencios, saltarín en cada una de ellas con absoluta limpieza pese a la complicada ejecución; y la Elegía. Adagio en el tercero, un canto fúnebre que un público respetuoso escuchó con emoción en la interpretación de estas tres artistas, una marcha fúnebre desde el piano de la donostiarra para proseguir con sordina los arcos de surcoreana y francosuiza, un adagio femenino pero rotundo, delicado y entregado, música a raudales de tres órganos impulsados por un solo corazón haciendo latir esta maravillosa partitura que comenzaba con un Allegro moderato y acababa con el Finale. Allegro non troppo llenos de vida, de nuevo recordando a Schumann e incluso a Brahms. Sonido pulcro, ejecución intachable e impecable en cada una de ellas, fraseos únicos dotando de toda la riqueza que atesora esta obra de Arensky  transmitiéndonos un romanticismo lleno de complejidad y brillantez con la «tristeza … repentinamente barrida (…) por una ráfaga final del destino» que escribe Andrea García A. De lo más aplaudido del concierto que obligó a salir dos veces a saludar antes del necesario descanso tras esta «rareza» que ya tenemos anotada.

La segunda parte la ocuparía plenamente Johannes Brahms (1833-1897) con su conocido Trío para piano nº1 en si mayor, op. 8 (1889), punto álgido de este 8M, la forma musical vista en la primera parte incluso con el scherzo al que podría calificar como en los otros dos pero mucho más exigente técnicamente para los tres instrumentos, especialmente el piano, con unísonos encajados milimétricamente, dinámicas asombrosas, engranaje de «tres en uno» verdaderamente digno de admiración para Yoo-Rochat-Jáuregui. Obra juvenil la del hamburgués que revisaría durante años a excepción del scherzo, reflejo del trabajo exigente del compositor alemán ya con su firma inimitable desde el Allegro con brio inicial, con un cello poderoso lleno de claroscuros; el mágico Scherzo rítmico, enérgico, juguetón y saltarín, utilizado en varias películas que me recuerda siempre a Schubert; el Adagio íntimo, misterioso, melódico y pianístico bien contestado por las cuerdas; para concluir con el Finale. Allegro brillante, contrastante, marcial y lleno de fuerza. Una interpretación impecable del trío, de nuevo muy aplaudido que aún volverían para el regalo francés, volviendo al inicio del camino.

Un admirable Maurice Ravel (1875-1937) del que el trío es devoto, y con el que se le sintió feliz y nosotros más, su «Andantino expressivo» del Trio en sol mayor, una delicia del compositor hispano francés en la interpretación con el melódico cello de Rochat, el lirismo violinístico de Yoo y una delicadeza al piano con Jáuregui, verdadero equilibrio y estabilidad de tres pilares con un mismo sentido de musicalidad.

Con M de martes, marzo, mujeres y música

1 comentario

Martes 7 de marzo, 19:30 h. Centro de Cultura Antiguo Instituto, Salón de actos: Conferencia «La música de las mujeres y las mujeres en la música» a cargo de Eduardo Viñuela, Profesor titular del Departamento de Hª del Arte y Musicología de la Universidad de Oviedo.

Como actividad previa al concierto que se celebrará este miércoles 8M, la Sociedad Filarmónica de Gijón preparó esta interesante conferencia del profesor Viñuela presentado por Mar Fernández, vicepresidenta de la sociedad, haciendo hincapié que el concierto del trío Soyoung Yoon, Nadège Rochat y Judith Jáuregui ya estaba previsto independientemente de la efeméride, pero nada mejor que contar al final de la conferencia con su presencia, para completar una charla y coloquio de lo más enriquecedor en estos nuevos tiempos de feminismo.

El doctor Viñuela planteó una amena exposición desde dos preguntas ¿dónde está la música de las mujeres? y ¿dónde están las mujeres en la música?, primero por las pocas que se conocen en su faceta de compositoras, incluso descubriéndose pero sin escuchar sus obras. Desde la amplia lista en Wikipedia al mapa de Shakira Ventura vemos cómo aún queda mucho por descubrir en el planeta.

No faltó tampoco la explicación del llamado «Sistema patriarcal» y los pares binarios para dar respuesta y comprender mejor tantos interrogantes sobre la poca visibilidad femenina en el mundo de la composición, incluso en el de la interpretación, con la ausencia de referentes o modelos a seguir incluso en un siglo romántico y europeo que «silenciaba» a Hildegard von Bingen, Francesca Caccini o Barbara Strozzi, por lo que hasta Clara Wieck «desistiría» de su creatividad por el mero hecho de ser mujer, como reflejó en su diario:

«Una vez creí que tenía talento creativo, pero abandoné esa idea; una mujer no debe desear componer, no es bastante hábil para ello ¿por qué iba yo a esperar poder hacerlo?»

Analizar las causas supuso también un repaso histórico y sociológico de la mujer en la música, los instrumentos con que se las asociaba (arpa, guitarra y tecla), pues «la organología tiene género» y hasta cierto carácter doméstico, si exceptuamos la voz como algo más «femenino» por el sesgo de natural o emocional, una música interpretada para pocos y la posterior además de lenta incorporación a las orquestas (incluso exclusivamente femeninas) y bandas. Mayor desarrollo tendría el actual debate sobre la dirección que también se trató en el coloquio con las tres intérpretes, donde parece que volvamos del revés la propia historia (comentaba Soyoung Yoo su vivencia inglesa donde no pudo ampliar estudios de violín pero de haber elegido la batuta no hubiese tenido ni que superar pruebas, tal es el momento actual de las directoras que comienzan a «priorizarse» más allá de las llamadas cuotas).

Visibilizar, interpretar obras de mujeres, grabarlas pues son patrimonio (interesante el dato que Nadège Rochat aportó sobre la compositora irlandesa Ina Boyle, siendo la primera en grabarla) y por supuesto los sesgos machistas donde parece darse más importancia al vestido de la pianista que a su propia interpretación, como comentó también Judith Jáuregui, que a su propia interpretación, algo que a la inversa nos preguntamos por qué no sucede. Cierto que la calidad de las tres intérpretes va más allá del género y no han tenido problemas por su condición de mujeres para mantener una carrera imparable y plagada de éxitos.

Entrevista para «El Comercio»:

Como colofón y entre las posibilidades para impulsar un cambio Eduardo Viñuela propuso: «Normalizar la programación de las compositoras», «Romper con los estereotipos en la interpretación», «Ser críticos con los juicios de valor» en programas de mano, críticas y hasta conversaciones informales, y «Demandar música fuera del canon» decimonónico, pues son las claves para visibilizar y escuchar tanta música que duerme el sueño de los injustos, si se me permite la expresión. Todo un proceso interrelacionado donde el profesor sugiere:

1) Cuota de programación en conciertos y en centros de formación; 2) Preparación de repertorio de mujeres; 3) Demanda de partituras; 4) Producción de grabaciones; 5) Enriquecimiento del patrimonio musical, y 6) Incorporación a la historia de la música. Poco a poco vamos lográndolo desde distintas asociaciones como el Ateneo Musical de Mieres, aunque aún queda mucho camino por recorrer y mucho terreno que ganar en esa «Música con M de mujer».

Y el coloquio final que se prolongó hasta casi las nueve de la noche, lleno de anécdotas, experiencias de todo tipo, vivencias propias en sus carreras, sumando la ilusión de poder escuchar mañana a un trío con el entendimiento que se transmite incluso escuchándolas hablar y tan necesario para afrontar un programa exigente que se transmite. Desde aquí lo contaremos.

Grande Barbieri en sus 200 años

2 comentarios

Jueves 23 de febrero, 20:00 horas. Teatro Campoamor (Oviedo), XXX Festival de Teatro Lírico Español: «Pan y Toros», zarzuela en tres actos. Música de Francisco Asenjo Barbieri y libreto de José Picón. Estrenada en el Teatro de la Zarzuela el 22 de diciembre de 1864. Nueva producción del Teatro de la Zarzuela. Conmemoración del bicentenario del nacimiento de Francisco Asenjo Barbieri (1823-2023).

Critica para Ópera World del viernes 24 de febrero, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos de las RRSS, propias y de Alfonso Suárez, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Oviedo puede presumir de su oferta musical, a la que llevo tiempo llamando “La Viena española”, siendo igualmente capital de la lírica española pues tiene la segunda temporada de ópera más antigua, tras el Liceo barcelonés, y la única en mantener un ciclo estable de zarzuela junto al teatro de la madrileña calle Jovellanos.

Finalizada la primera tras 75 años ininterrumpidos a la que ni la pandemia logró callar, comienza ahora la segunda que cumple su trigésima edición comenzando con un título tan emblemático de nuestro género como «Pan y Toros» en el bicentenario de Francisco Asenjo Barbieri (1823-2023), una “zarzuela grande” en todos los sentidos, equiparable sin complejos a la ópera, en esta celebración de altura con la misma producción estrenada en Madrid el pasado mes de octubre, y el mismo elenco salvo ligeros cambios en algunas voces, así como la dirección musical (Virginia Martínez) junto al coro Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” y Oviedo Filarmonía (OFIL), ambas formaciones titulares de este Festival de Teatro Lírico Español ovetense que sigue llenando el Teatro Campoamor.

Un público cada vez más joven, que ha subido los abonados, compartiéndolo con los ya veteranos, por lo que se debería intentar recuperar más funciones (últimamente solo dos) pues ya no hay más restricciones – solo económicas- y el éxito ante esta demanda debe atenderse para mantener una afición que viene a Oviedo desde distintos puntos de la geografía, recordando que la música también vende, y bien cuando hay calidad como en la capital asturiana.

Juan Echanove, director teatral de la obra, señala en el programa madrileño que “es una producción espectacular” volcándose para elaborar un discurso en el que Goya está en el centro, «porque el pintor está, por un lado, en el mundo de los reformistas, pero también en el cerrado mundo de la Corte borbónica, en el incesante trasiego popular madrileño y en el populista mundo de la tauromaquia». Goya está en todos estos entornos, pero siempre desde la contemplación crítica. Y las dos Españas siguen vigentes hoy en día desde la “pintura musical” de Barbieri con la ficción histórica de Picón -la realidad siempre la supera- brillando los tres actos de este “ruedo ibérico” como bien lo explica Echanove en este acercamiento a nuestra lírica con verdad y humor alrededor del “cabezón” de Fuendetodos. Aunque los giros de la plataforma se intentasen tapar con castañuelas, por momentos chirrió un poco, pero en general una excelente propuesta global con excelente video-escena de Álvaro Luna a la que sumar el vestuario de Ana Garay y la coreografía de Marina Barrero, brillando con la iluminación de Gómez Cornejo.

De Barbieri, a quien su biógrafo Emilio Casares llama “anarquista intelectual”, daría para muchas páginas y el perfil del compositor lo equipara a los grandes románticos de la segunda mitad del XIX y en cierto modo fundador de nuestro Nacionalismo, poniendo en la balanza “Pan y Toros” -nada menos que con 299 representaciones en su momento- junto a “El barberillo de Lavapiés” al nivel de su admirado Rossini, de Wagner y hasta de Verdi (a quien nunca perdonó no le contestase en su primera visita a Madrid), siendo más operística esta que nos ocupa, por cercana a la ópera cómica francesa en aquella Europa que Asenjo Barbieri conoció de primera mano desde sus múltiples facetas (musicólogo, bibliófilo, compositor o director) como buen humanista y millonario.

Mantener todo el grueso vocal de Madrid supuso tener mucho avanzado y trabajado, especialmente en los diálogos para actores que cantan y unas voces que actúan, por lo que la calidad global en los personajes principales, todos bien definidos por Barbieri, se pudo apreciar desde que se levantase el telón. Los dos mundos contrapuestos tan nuestros y actuales en esta ficción histórica, lo que el profesor Casares, editor de esta partitura denomina tres líneas o estratos: a) Europeo o neutro, con un lenguaje internacional y símbolos reconocibles como La Marsellesa; b) Hispano culto y religioso, dúos, tríos, cuartetos, concertantes o coro; y c) Hispano popular, donde no faltó la rondalla, el pueblo y hasta la tauromaquia (de faltar que sea el pan, pues se parafraseó a Juvenal que escribía hace dos mil años panem et circenses). De todo ello y más habló en la primera de las conferencias para “La Castalia” -entroncadas este quinto año con el XXX Festival- celebrada en el ovetense Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) el día antes.

Auténtica acción escénica sin descanso en este “ruedo ibérico” del Goya-Echanove, bailarines y figurantes dando color y calor, pese a alguna castañuela fuera de ritmo, musicalmente algo desequilibrada toda la función con algunos desajustes entre foso y escenario pese a los intentos de la maestra Martínez. Por ello quedó deslucido en parte el coro titular de la Capilla Polifónica aunque escénicamente cumplieron, y mejor en los coros de mujeres con el Abate y los hombre cortesanos, todos del tercer acto que fue dándoles confianza.

Oviedo Filarmonía se mantuvo al buen nivel habitual pese a los comentados desajustes, pero con buenas dinámicas, especialmente en la conocida marcha y coro de La Manolería Al son de las guitarras y seguidillas donde se hubiese necesitado una rondalla más nutrida para conseguir el balance ideal, más dos buenas introducciones instrumentales abriendo cada parte de la representación. El trabajo de Virginia Martínez se notó por la atención al detalle, incluso blandiendo el abanico rojo ayudando al “coro en el coso”, pero no alcanzó la concertación ideal que hubiese redondeado un espectáculo de más enjundia para este Barbieri grande.

Del amplio reparto, que suele ser un hándicap para programar este «Pan y Toros», así como los muchos diálogos que obligan a un esfuerzo interpretativo mayor, sumándole el “no parar” con tantos concertantes, entradas y salidas de escenas, puso a prueba todos y cada uno de los personajes, siendo aplaudida en cada aparición, triunfadora de la noche la mezzo Cristina Faus como princesa de Luzán que demostró su buen momento: proyección perfecta, matices con mucho gusto, empaste con sus compañeros (la romanza del escapulario con “El Capitán Quiza” lo mejor de la noche, y hasta todos los concertantes, aplaudiendo incluso antes de finalizar, caso del número 10-B que cerraba el segundo acto), y musicalidad a raudales, sin olvidar unos diálogos de dicción perfecta.

Yolanda Auyanet mantuvo el tipo como Doña Pepita aunque más cómoda en los agudos que permitieron escucharla en los concertantes. Personaje enfrentado a la Princesa, el público tomó partido por la corona. Borja Quiza, sin descanso ovetense tras su Don Carlo operístico, sigue demostrando una enorme capacidad para estos roles que exigen cantar y actuar, si bien la voz ha perdido algo de frescura y limpieza en los agudos, pero mantiene una escena imponente además de la proyección suficiente para los muchos concertantes de Barbieri.

El Corregidor de Pedro Mari Sánchez fue a la inversa: un gran actor que lleva toda la vida sobre las tablas y además canta, aunque no lo suficiente para un reparto tan lírico como este, pero la zarzuela siempre ha tenido estos roles, si bien el celebrado compositor madrileño exige más de lo previsto en esta “zarzuela grande”. En el caso del Abate Enrique Viana los años no perdonan la voz aunque mantenga un fiato y volumen increíbles, pero su vibrato en los agudos no compensa una actuación más contenida de lo que en él es habitual, destacando su contradanza del segundo acto con el coro de mujeres.

Buena faena de los tres espadas, de los relatos a los “astados” exigentes: grande el Pepe-Hillo de Carlos Daza, que supo a poco su excelente intervención; digno de vuelta al ruedo el Costillares del mierense Abraham García en su canción Por lo dulce las damas jolín (nº 7-B) completado por el Romero de Pablo Gálvez, verdadera torería cantada la de don Francisco Asenjo, sumándose a los cortesanos del final, para ampliar la presencia vocal de todo el coro.

No defraudó el Goya de José Julián Frontal en sus muchas intervenciones, un artista polifacético que canta y actúa, desgranando un rol que parece escrito para él.
Breves y necesarios los demás personajes en una actuación que si les llamásemos cuadrilla por “el arte de Cúchares” sería de aliño, cumpliendo sobradamente La Tirana de la ovetense Mª José Suárez, también gran actriz, La Duquesa gijonesa Bárbara Fuentes o el General mallorquín Pablo López. Interesante la aportación de otro polifacético de la escena como Alberto Frías, El Santero, y bien los “ciegos” de excelente proyección hablada (especialmente Sandro Cordero) aunque no suficiente entre tantos cantantes. Aún más breve la aparición de Javier Blanco (El del pecado mortal) que obligado a cantar al fondo de la caja escénica no permitió disfrutar de su voz en toda su expresión. Y el esperado Jovellanos de César Sánchez con gran presencia pero algo opaca, tal vez por el frío.

Merecido homenaje en el bicentenario de Francisco Asenjo Barbieri con una propuesta escénica interesante, documentada, agradecida visual y musicalmente (bellísima la escena 10-A de la procesión enmarcable en el “estrato” Hispano culto y religioso), algo desigual pero que en la segunda función seguro sonará más equilibrada una vez estrenada este frío jueves 23F.

Ficha:

Teatro Campoamor (Oviedo), jueves 23 de febrero de 2023, 20:00 horas. XXX Festival de Teatro Lírico Español: «Pan y Toros», zarzuela en tres actos. Música de Francisco Asenjo Barbieri y libreto de José Picón. Estrenada en el Teatro de la Zarzuela el 22 de diciembre de 1864. Nueva producción del Teatro de la Zarzuela. Conmemoración del bicentenario del nacimiento de Francisco Asenjo Barbieri (1823-2023). Edición crítica de Emilio Casares y Xavier de Paz (Ediciones Iberautor Promociones Culturales, SRL) / Instituto Complutense de Ciencias Musicales ICCMU, 2001).

Reparto:

DOÑA PEPITA: Yolanda Auyanet –LA PRINCESA DE LUZÁN: Cristina Faus – EL CAPITÁN PEÑARANDA: Borja Quiza – LA TIRANA: María José Suárez – GOYA: José Julián Frontal – LA DUQUESA: Bárbara Fuentes – EL ABATE CIRUELA: Enrique Viana – EL CORREGIDOR QUIÑONES: Pedro María Sánchez – PEPE-HILLO: Carlos Daza – PEDRO ROMERO: Pablo Gálvez – COSTILLARES: Abraham García – EL GENERAL: Pablo López – EL SANTERO: Alberto Frías – JOVELLANOS: César Sánchez – LA MADRE CIEGA: Lara Chaves – EL PADRE CIEGO: Sandro Cordero – EL NIÑO: Julen Alba – EL DEL PECADO MORTAL: Javier Blanco – EL MOZO DE CUERDA: Alberto Pérez – VENDEDORES: Marina Acuña, Dalia Alonso, María Fernández, Dolores Sánchez, Eugenia Ugarte, Fernando López, Lorenzo Roal – BAILARINES – FIGURANTES: Alberto Aymar, Julia Cano, Davicarome, Teresa Garzón, Sonia Libre, Úrsula Mercado, Inés Narváez-Arrospide, Karel H. Neniger, Esther Ruiz, Gonzalo Simón, Fernando Trujillo.
DIRECCIÓN MUSICAL: Virginia Martínez – DIRECCIÓN DE ESCENA: Juan Echanove – ESCENOGRAFÍA Y VESTUARIO: Ana Garay – ILUMINACIÓN: Juan Gómez Cornejo (AAI) – COREOGRAFÍA: Manuela Barrero – VÍDEO ESCENA: Álvaro Luna.

Orquesta Oviedo Filarmonía (OFIL), Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”, coro residente del Festival de Teatro Lírico Español (dirección del coro: José Manuel San Emeterio Álvarez), Rondalla: quinteto de la “Orquesta Langreana de Plectro” (directora: Seila González).

Don Gregorio siempre sorprendente

5 comentarios

Martes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov (piano). Obras de Purcell y W. A. Mozart.

El hispano-ruso Grigory Lipmanovich Sokolov (Leningrado -actual San Petersburgo- 1950) no necesita más presentación que su propio nombre, para mí hace años le llamo «San Sokolov» y desde su reciente nacionalidad española tendremos que decirle Don Gregorio. Sus conciertos son habitualmente sorpresivos, anunciando los programas con poco tiempo pero donde nunca defrauda, y en sus giras lo repite como si el tiempo invertido en prepararlo hubiese de recuperarlo con creces, amén de las seis propinas que conforman la «tercera parte». En este caso las obras elegidas las interpretará desde este martes de carnaval hasta agosto, y la capital asturiana, «La Viena Española» es el punto de partida geográfico en la «piel de toro» antes de proseguir viaje por Bilbao, Valencia, Madrid y Barcelona, en un auténtico tour de force  europeo con una agenda, a día de hoy, que pocos intérpretes podrían afrontar. Pero Don Gregorio es único hasta para sus conciertos.

Oviedo suele visitarlo cada dos años y es una de sus paradas obligadas, donde además confiesa sentirse muy a gusto, por lo que conocemos sus gustos y preferencias, el trato al piano Steinway© (que siempre se reajusta al descanso), temperatura adecuada, iluminación tenue, casi íntima, sus tics casi obsesivos como la «prisa» en sentarse y comenzar sin premura, un perfeccionismo que le ha llevado a ser un auténtico «coloso del piano» (y al que tengo desde 2011 fichado como «San Sokolov» en el blog antiguo), todo un ritual que en 2019 titulé «Liturgia Sokolov», autodisciplina interiorizada, programación mental para un autocontrol total por el que no pasan los años ¡y va camino de los 73 años!,  una longevidad y trabajo de toda una vida (aunque sólo empezó a reconocérsele en los años 80) que le permite interpretar aquello que le gusta, pues técnica y sonido siguen siendo insuperables hoy en día.

Como escribe Arturo Reverter en las notas al programa tituladas «Misterios del teclado», «Insólita y atractiva sesión la que nos ofrece (…) Sokolov  pianista original donde los haya (…) de vez en cuando, incorpora a su magín composiciones nuevas o pertenecientes a estratos musicales a los que no solemos asociarlo. Pero la música es un territorio sin fronteras«. Y para la Fundación Scherzo sobre este programa que se escuchará en Madrid ya avisa que es «un repertorio poco usual, lo que convierte esta velada en algo único, ya que pocas veces se ha visto a un pianista de su calado dedicarle la mitad de un concierto a obras para tecla de Henry Purcell«.

Sokolov y su Mozart son obras casi de culto desde siempre, y así lo volvió a demostrar en la segunda parte con la Sonata n.º 13 en si bemol mayor, KV 333 (315c), op. 7 nº 2 (Allegro – Andante cantabile – Allegretto grazioso), sustantiva y sin adjetivos porque es música, piano, elegancia, técnica, sonido, fraseo, pedalización, magia… El último movimiento resaltó la socarronería del genio de Salzburgo desde la introspección del otro genio hispano-ruso. Y del Adagio en si menor, KV 540 una perfecta «delicatessen» en las manos del virtuoso, no sé si llamarlo «canela en rama» porque no tengo más palabras, aunque de nuevo la mala educación de toses, incluso estornudos -comprobando cómo crece la falta de respeto hacia el intérprete y también a quienes no queremos perder ni una nota-  que no fueron capaces de impedirme disfrutar este adagio inconmensurable, «ruso a más no poder» antes de la llamada «tercera parte» tras el trabajo del afinador al descanso (que viaja con el piano).

Pero como ya sucediese con Bach, incluso Rameau, elegir al inglés Henry Purcell (1659-1695) era el «reclamo» para escuchar a Don Gregorio, si es que en verdad necesitase sorprender de nuevo, llenando el auditorio de un público heterogéneo donde no faltaron estudiantes para asistir a una clase magistral. Y Sokolov no falló porque su búsqueda del sonido, de la musicalidad más allá del virginal o clavecín originales, su interiorización, siempre nos descubre que no tiene fronteras ni límites y hasta cierta introspección que algunos han llamado «espiritualidad», porque no hay virtuosismo exagerado sino la profundidad que a los melómanos nos lleva a comprobar aspectos nuevos que estaban ahí escritos y no percibíamos. Mientras al público en general le permite seguir disfrutando del arte pianístico de nuestro ya compatriota.

Obras:

Ground in Gamut en sol mayor, Z 645.

Suite nº 2 en sol menor, Z 661: Prelude – (Almand) – Corant – Saraband.

A New Irish Tune [Lilliburlero] en sol mayor, Z 646.

A New Scoth Tune en sol mayor, Z 655.

(Trumpet Tune, called the Cibell) en do mayor, ZT 678.

Suite nº 4 en la menor, Z 663: Prelude – (Almand) – Corant – Saraband.

Round O en re menor, ZT 684.

Suite nº 7 en re menor, Z 668: Almand, muy lento “Bell-bar” – Corant – Hornpipe.

Chacona en sol menor, ZT 680.

Tres suites como reflejo arriba en obras, pero intercaladas con otras más cortas perfectamente ubicadas en el desarrollo de la primera parte, jugando con las tonalidades y sus relativos, el barroquismo de la ornamentación que nunca cansa, con trinos en todas las dinámicas, las apoyaturas, las melodías siempre a flote, el pedal en su sitio buscando sonoridades nuevas, los aires serenos, tallando cada sonido pétreo cual trampantojo perlado. Imposible reflejar y comentar una a una, pues Sokolov las enlaza sin pausa pero sin prisa, encantadoras las dos zarabandas de las suites pares, el contraste de las «New Tunes» irlandesa y escocesa en la misma tonalidad, intensidades extremas sin llegar al paroximos, el toque de trompeta llamado «The Cibell» tan sonoro como la última Hornpipe o la Chacona brillante, luminosa tras el juego de exploración en cada nota del piano, como pinturas inglesas de herencia flamenca limpiadas para descubrir veladuras, espejos y todo el efectismo que el tiempo parecía ocultar. Henry Purcell como músico, Christopher Wren (1632-1723) arquitecto, completos en todo lo que hacían, iniciadores de un barroco en Gran Bretaña excelente con obras menores que ayudan siempre a comprender mejor las grandes, construcciones eternas y legado universal.

Hasta la Round O sonó orquestal al venirme a la memoria el uso que Britten hace de esta música en su «Guía de Orquesta para Jóvenes«, parte del público asombrado con este Grigory cada vez menos joven y  más bonachón con su imperturbable presencia. Lo sabemos: dos salidas tras las atronadores ovaciones y «carrerina» acortando el paso hasta el piano para comenzar el esperado «fin de fiesta».

Por cierto, los neófitos deberían conocer que suelen ser seis propinas, por lo que sigo sorprendiéndome pese a lo repetitivo, que aún haya groseros, groseras, groseres… levantándose como autómatas al dar las 22:00 horas, perdiéndose los regalos de Don Gregorio. Pero no hay forma… goteo tras cada nuevo «encore» y tan solo al encenderse por completo las luces de la sala, ya pasadas las 22:15, algunos comprendieron que sí había finalizado este «concierto de carnaval» con un bochornoso público maleducado que sigue siendo preocupante ¡y los móviles jodiéndolo todo!.

La tan esperada tercera parte tampoco defraudó tras Purcell y Mozart, después de casi hora y media: las propinas, ahora llamadas encores, con extras habituales: su Rusia en la estación del corazón, la delicadeza en una, la impaciente rotundidad polaca escondida y casi necesaria en otra… pero no pienso hacer spoiler, seguro que las repetirá en esta gira (hay que en buscarlas en mis links), finalizando siempre con nuestro «Mein Gott» atemporal.

Mi memoria y los blogs siguen reflejando la admiración y sorpresa que Don Gregorio Sokolov me causa en cada concierto (discos y vídeos nunca son igual): una verdadera fiesta del piano incluso para los «primerizos», maleducados e irrespetuosos que se lo perdieron. Larga vida a San Sokolov…

Mayte Martín y la música tatuada

Deja un comentario

Viernes 17 de febrero, 20:00 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo Jazz – CNDM: Mayte Martín Quartet: Tatuajes. Entrada butaca: 8 €.

Soy de una generación que tiene grabadas melodías atemporales, imperecederas, no importa cómo se vistan esos «cuerpos bellos», llamémosles arreglos, ropajes, versiones o «simplemente» música, pues todas ellas mantienen la emoción además del recuerdo, un poder evocador capaz de seguir tan vivo como la primera vez. Por eso nada mejor que llamar a este conjunto de canciones Tatuajes y así nos los hizo sentir Mayte Martín (Barcelona, 1965) con un trío de lujo, más allá de etiquetas o géneros, pues cada tema, cada canción, mantiene viva esa llama multicolor, sentida, nostálgica y emocionada. Si en el anterior «viaje» en el Auditorio jugó con un rubato sinfónico vestido de satén, en este precarnavalesco nos grabaría con seda su propia historia cantada y contada a cuatro.

Soy de una generación que ha crecido con las canciones que la artista catalana nos regaló a un Filarmónica lleno, pues la música sigue siendo la mejor herramienta de unión y reunión en tiempos difíciles, punto de encuentro rompiendo frentes y tendiendo puentes, melodías verdaderamente como tatuajes del alma, sinceras estrenadas el día antes en Madrid pero que continuarán «ruta de la plata» hasta Salamanca y Málaga, mirando atrás solo por el tiempo en el que permanecen estas melodías, para algunos nuevas, para otros reconocibles, para la mayoría las llevamos grabadas y marcadas en nuestra memoria.

Las canciones elegidas casi podrían formar un poema sonoro enlazando títulos, letras, aunque lo verdaderamente enriquecedor es escuchárselas a una Mayte Martín que fue calentando voz y entrega, temas que casi aplastaban emocionalmente, necesitando inspirar hondo para afrontar el siguiente sin quedarse anclados en el aire compartido.

Tributo vocal y sentimental de esta artista sin yugos, como ella se define, verdadera, viajera de canciones que hace suyas sin perder nunca el rumbo original pero transitándolas con esos músicos tan familiares que saben respirar y caminar con ella, si se me permite el plagio «que hacen camino al cantar»: Guillermo Prats al contrabajo, el sustento grave, el arco puntual que da cimiento expresivo siempre pleno de musicalidad; Vicens Soler a la batería elegante, discreta, pinceladas de color que engrandecen cada tema; y los arreglos con el omnipresente piano único de la cubana Nelsa Baró, «Cosas de dos» entre Mayte y ella desde hace años y como Espejos donde reflejar el talento; de tres con el contrabajo, y revistiendo cada melodía de su excelente musicalidad, jazz, latino, atemporal, virtuoso, detallista, delicado y poderoso cuando así lo requería, respetando originales (el Ricard Miralles de Serrat), homenajeando literalmente a su «querido Pablo«, vivo eternamente, creando otro Ariel Ramírez que no muere ahogado pues le da vida Baró, y hasta lloraría con Brel en un ejercicio minimalista pero de profunda belleza.

Poemas musicales a lo largo de cien minutos de entrega y con las palabras justas pero agradecidas, las que dan Gracias a la vida (Violeta Parra) recordando a la irrepetible Mercedes Sosa, «La negra», la voz con quejío que viaja hasta tierras hermanas; el tributo al amigo Serrat de Lucía, cercano, emotivo, con piano original revestido a trío ideal con la voz sensible de Mayte Martín; el íntimo canto de Víctor Jara Te recuerdo Amanda, delicadeza y emoción como la historia de Alfonsina y el mar (Ariel Ramírez) que suena nueva y propia manteniendo la esencia. En el jazz se llaman «standars», con estas interpretaciones «Tatuajes«.

Lenguajes todos musicales con letras que sabemos de memoria pese a no dominar sus idiomas, tatuadas a lo largo de nuestra vida: la musicalidad italiana de Amore mio con un piano clásico y eterno de Rachmaninov «vocalizando» antes de cantar en un tributo de Baró que también emociona sola desde su papel, imprescindible en todo el concierto. Siempre cercano y romántico el francés de Ne me quitte pass de Jacques Brel que resultó un ciclón creciendo en entrega, poesía sentida y eterna. Otro tanto del portugués brasileño tan musical de Jobim  y Eu sei que vou te amar, para amar y disfrutar de lenguas musicales y toques de jazz, pues el ropaje armónico y rítmico solo sirve para agrandar esos bellísimos cuerpos melódicos.

Si algún compositor puede llegar a emocionar con su letra y música, melodía subrayando poesía pura, es el gaditano Manuel Alejandro (Jerez, 21 febrero 1933), el mejor baladista español de todos los tiempos, y Mayte Martín lo interpreta como nadie. Su Procuro olvidarte, evocaciones del gran Bambino y el recuerdo de «La Jurado«, que también se entregaba en A que no te vas,  tema cinematográfico para voces como la chipionera y la barcelonesa que se visten «de Alejandro» con colores atemporales y estilo propio.

Carne de gallina escuchando El breve espacio en que no estás de Pablo Milanés, Cuba en estado puro desde el piano, arraigo de contrabajo, dibujos de percusión y adopción por la voz de Mayte, otro tatuaje imperecedero, bello y emocional, multicolor. Y otro tanto de Lía (José Mª Cano) que Ana Belén nos descubrió y «La Martín» ha hecho Mía (como a Armando Manzanero), diríamos que «Nuestra» incluso para las nuevas generaciones que descubrirán composiciones impensables en músicos «todoterreno», pues la música como lenguaje universal y bien vestida, se hacen eternos.

Si no la conocen, deben hacerlo como lo hizo su compatriota Pablo: Martha Valdés (1934), compositora de En la imaginación, bolero tatuado por la catalana universal de voz inimitable, viajera desde el Mediterráneo hasta el Caribe o incluso a la Argentina de Carmen Guzmán, Porque vas a venir que nos evoca el tango porteño con una introducción al piano del mejor Piazzolla.

Desfile de temas que cortaron el aire, emocionaron, nos aplastaron emocionalmente, dibujaron paisajes y pinturas en colores como tatuajes casi de copla, y hasta la propina La bien pagá (Perelló y Mostazo), siempre única aunque la vistan en rastrillo o de alta costura, de negro y oro, grana o plata, letra y música que son nuestra historia, interpretadas desde el conocimiento, la razón y la pasión, así lo sentí con el cuarteto de Mayte Martín para seguir escuchándoles con una copa en la mano. Un disfrute total de «Las músicas que vivimos» como escribe Pablo Sanz en las notas al programa: «Somos lo que vivimos (…), somos lo que escuchamos, lo que oímos y amamos«.

Entrevista de Chus Neira para LNE del día 15:

Clásicos y románticos

Deja un comentario

Lunes 13 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Viviane Hagner (violín), Mozarteumorchester Salzburg, Trevor Pinnock (director). Obras de Beethoven, Mendelssohn y Mozart.

No me canso de repetir que la oferta musical de Oviedo la convierte en «La Viena Española», y desde Salzburgo llegaba en su gira por Gerona, Barcelona, Zaragoza, San Sebastián, Madrid, Sevilla, Oviedo y Valladolid la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo con el mítico Trevor Pinnock (1946) al frente sin «La Pires» pero con «La Hagner«, no vino la (re)conocida pianista portuguesa a la que tampoco importaría que repitiese, pero sí la violinista muniquesa de fama internacional, volviendo a poner en el mapa la capital asturiana cinco años después.

Vengo escribiendo hace tiempo lo decimonónicos que siguen resultando muchos programas de los conciertos, no ya por el repertorio (donde sigue ausente la música actual) sino por la forma de organizarlos. Claro que viniendo de Salzburgo y manteniendo esa tradición secular, el de este lunes parecía normal mantener el formato de obertura (Beethoven), concierto solista (Mendelssohn) y sinfonía (Mozart). Al menos las excelentes notas al programa de mi admirado musicógrafo Luis Suñén aportan siempre detalles que los melómanos agradecemos.

La orquesta de Salzburgo en formación camerística ideal comenzaría con la Obertura «Coriolano», op. 62 de Ludwig van Beethoven (1770-1827), el misterio y el drama donde los silencios son tan protagonistas  como la propia instrumentación, cuerda transparente como el cristal de Bohemia, madera exquisita como tallada, metales naturales así como los timbales, sonoridad impecable e interpretación perfecta con un Pinnock aún enérgico y vital al que no le pesan los años, y que mantiene su rigor historicista junto al sonido actual: articulaciones enérgicas en el tempo vivo con respuesta perfecta «llevando de la mano» a esta orquesta capaz de rozar la perfección en el directo.

Y la violinista muniquesa, aunque afincada en Berlín, Viviane Hagner (1977) nos maravillaría con el Concierto para violín en mi menor, op. 64 de Felix Mendelssohn (1809-1847), pues si el sonido es limpio y brillante, contar con una orquesta que mima a los solistas, el resultado solo podía ser óptimo. Trevor Pinnock consigue que escuchemos todo lo escrito con las presencias en su punto, dominando las dinámicas para que el violín nunca pierda protagonismo ni volumen, amén de las cadencias donde «La Hagner» sonó perfecta por técnica, con una elegancia y musicalidad extraordinarias. Y de nuevo el respaldo de la orquesta, en número «exacto» para este concierto, «tempi» ideales y el enlace entre I. Allegro molto appassionato y II. Andante – Allegretto non troppo con un fagot aterciopelado, que siempre sonó a gran altura a lo largo del concierto. El último III. Allegro molto vivace remató una interpretación brillante, esplendorosa, clara, con un empaste entre violín y orquesta envidiable de este conocido concierto, bajo el mando del maestro Pinnock siempre preciso y con la respuesta exacta de los músicos, mostrando un envidiable estado de salud.

Como guiño al público español Viviane Hagner nos regalaría el arreglo que Ruggiero Ricci hiciese de la conocida Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, diría que mejorando el original para guitarra porque el sentido que la profesora alemana dio a cada frase demostró que el virtuosismo es necesario pero al servicio de la musicalidad todavía más, por lo que no es de extrañar que esta violinista sea llamada por las mejores orquestas y directores mundiales pues su madurez además de larga trayectoria (debutó con 12 años) es su mejor tarjeta de presentación.

No podía faltar en esta orquesta que fundase allá por 1841 Constanze Weber la música de su primer esposo, el genio, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). De su amplia producción eligieron para Oviedo la antepenúltima de sus sinfonías, que son casi el puente puerta al romanticismo de la primera parte, aunque sin los oboes. La Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K 543 la llevó Pinnock con todo el magisterio de su larguísima experiencia, de nuevo apostando por metales y timbales naturales, toda la sección de viento en estado de gracia pero especialmente la cuerda sedosa y homogénea, capaz de volverse pétrea sin resultar demasiado incisiva. El I. Adagio; Allegro sonó cual obertura operística escuchándose todo lo escrito por Mozart con el balance perfecto en todas las secciones y la gama dinámica amplísima que atesora esta primera sinfonía del «trío final». Maravilloso comprobar el respeto por el aire indicado para el II. Andante con moto, difícil encontrar ese punto exacto sin «pasarse de frenada», pero la Mozarteumorchester Salzburg lleva esta música en sus genes y el director inglés sabe dónde incidir sin grandes gestos. Delicado y maravilloso el III. Menuetto e Trio con un dúo clarinete-fagot totalmente mozartiano y las trompas delicadas además de afinadas con la cuerda incisiva fraseando unitariamente desde unos matices perfectos. Del final, IV. Allegro, alegría contagiosa, sonoridad rotunda, magisterio del gran Pinnock marcando cada inflexión y dinámicas lo suficiente para lograr «una 39 de disco» e inigualable directo, el repertorio que dominan y disfrutan, contagiándolo a todos. No podríamos imaginar un ápice de hartazgo en interpretar y escuchar Mozart, pues es imposible.

Público entusiasmado con este concierto «esencial» para todos, casi rozando el lleno, sin faltar las toses rítmicas unas, a contratiempo (y destiempo todas), estertores entre los movimientos -que al menos en Mendelssohn no cabían- y mis vecinos traseros comentando todo en voz baja como si estuviesen en su salón, discutiendo por la propina antes del descanso que presumía tener en casa («¡Adagio de Albinoni, si lo sabré yo que la escuché cientos de veces!) y aunque «enseñar al que no sabe» sea una obra de misericordia, mejor callarme). El divertimento de la última propina mostraría ese sonido perfecto en todo, clásicos románticos sonando a Mozart o Martín i Soler, pues el genio de Salzburgo conocía bien al valenciano y nunca sabremos cómo hubiese sido la historia de haber vivido ambos muchos años más.

Una delicia volver a escuchar los dos oboes que retornaron para esta última joya antes de retirarse al merecido descanso, porque aún queda Valladolid para cerrar este «Tour español» con parada obligada en la capital asturiana. Como salimos del concierto con humor, continúo y termino comentando que si Mieres es como Salzburgo (o Caudalburg) al menos por el río separando ciudad y fortaleza, Oviedo es nuestra Viena española.

No hay quinto malo

Deja un comentario

Viernes 10 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA: Shostakovich y la revolución. Daniel Müller-Schott (violonchelo), Ari Rasilainen (director); Benjamin Ziervogel (concertino invitado). Obras de Haydn y Shostakovich.

Hay una expresión, parece ser taurina, que dice «no hay quinto malo» y que utilizándolo musicalmente sobre las sinfonías suelo adaptarlo como «no hay quinta mala». Esta vez el quinto de abono de la OSPA (el día anterior en Gijón) ha sido  nuevamente para recordar: regresos de figuras conocidas, comenzando por Daniel Müller-Schott al que tengo en 2011 como primera reseña en mi blog antiguo, volviendo casi cada año con distintas formaciones, incluyendo la propia OSPA, y que nos traía de entre sus habituales conciertos el de Haydn (otra vez en menos de un mes), el director finlandés Ari Rasilainen (Helsinki, 18 febrero de 1959) al que siempre recuerdo desde su primera visita en 2003 con Carmen Yepes al piano, y ya con reseña en el blog en 2009 también «en otro quinto» además de ser «de mi quinta«, sumándose el austriaco Benjamin Ziervogel de nuevo concertino invitado, a la espera de cubrir esa plaza tan necesaria para una orquesta.

Contar con músicos conocidos ayuda a afrontar en las mejores condiciones un concierto que siguen organizándose como en el siglo XIX en cuanto al programa: un estreno -que no hubo esta vez-, participación del solista invitado y para cerrar una obra sinfónica, supongo que por cuestiones organizativas sobre el escenario, aprovechando el descanso para reubicar la gran plantilla que exige «la undécima» del siempre esperado Shostakovich, más con un director que domina estos repertorios.

El chelo de Daniel Müller-Schott (Munich, 2 de noviembre de 1976), un “Ex Shapiro” Matteo Goffriller, fabricado en Venecia en 1727, es una delicia de sonoridad y color, proyección, limpieza y musicalidad, por lo que el primer Concierto para violonchelo y orquesta en do mayor, Hob.VIIb,1 de F.  J. Haydn (1732-1809) resultó ideal, especialmente en las «cadenzas» de cada movimiento (Moderato – Adagio – Allegro molto), curiosamente sin escribir por Haydn y dejando al solista libertad para ellas, mientras una OSPA casi camerística en esta primera parte, al mando de Rasilainen mantuvo una interpretación «pulcra y aseada», bien concertada y con los tempi adecuados al lucimiento del solista alemán ciñéndose a las indicaciones de la partitura, algo menos rápidos que en otras versiones del alemán. Se nota que tiene este concierto más que «rodado», por lo tanto técnicamente es impecable y sigue emocionando aunque le faltase ese plus de musicalidad que se espera en un virtuoso de su altura, si bien la «contención» se agradeció para poder disfrutar cada intervención suya, y hasta redescubrir esa herencia barroca vivaldiana de «papá Haydn«. Puede que cualquiera de los demás conciertos que el muniqués tiene en su amplio repertorio (Elgar, Walton, Dvorak, Schumann, Saint-Saëns, Lalo…) hubiese resultado más lucido incluso para nuestra OSPA, pero supongo que deben «tenerse en dedos» todos pues nunca hay dos días iguales y cada concierto siempre es único e irrepetible en los directos, tanto para los intérpretes como para el público.

No defraudó Müller-Schott en sus dos propinas donde sí disfrutamos de lo esperado, primero Prayer de Ernest Bloch (1885-1959) de Jewish Life, en versión solo, auténtica plegaria que en este quinto parecía una «oración» para acabar definitivamente con la pandemia de toses que no faltó de inicio a fin en este viernes, pese a no haber mucho público (sigue siendo preocupante), y que incluso hubo quien llegó solo a los llamados «encores».

Una deliciosa interpretación con el cello llenando cada rincón de la sala principal del auditorio ovetense, para después regalarnos nuestro imperdible Bach con la Giga de la Suite nº 3 para su instrumento, aires de gaita que tan de cerca nos «tocan» y llegan a emocionarnos siempre en manos de grandes cellistas como Müller-Schott, de nuevo reposado en el aire pero dominando cada cuerda con un arco que sigue asombrando incluso plásticamente.

Dmitri Shostakovich (1906-1975) no puede faltar en las programaciones sinfónicas de cada temporada, siempre actual, potente en las orquestaciones, exigente para las grandes formaciones donde todas las secciones y primeros atriles tienen que darlo todo. La Sinfonía nº 11 en sol menor, op. 103 (subtitulada El año 1905) fue nuevamente impactante en las manos de un Rasilainen maduro, claro, preciso, exprimiendo partitura y músicos en cada compás, cada motivo, cada matiz en sus cuatro movimientos sin solución de continuidad, sin pausas, luchando contra el «enemigo pandémico», y manteniendo la máxima concentración.

Una verdadera montaña rusa de dinámicas, tiempos, emociones, más allá del relato revolucionario y de requiem que igual nos lleva a la Primavera de Praga que al angustioso y oscuro invierno de San Petersburgo, incluso la actual invasión rusa de Ucrania con tanto dolor acumulado. Cual banda sonora pudimos ir sufriendo cada capítulo (La Plaza del Palacio de Invierno – El 9 de Enero – Memoria eterna – Campana con toque a rebato) bien explicado en las notas al programa de Julia Mª Martínez-Lombó Test, para saborear una orquesta en perfecta sintonía con el podio, melodías populares que se transforman en relato interior. Imposible destacar solistas o secciones pues todo funcionó sin reparos: la cuerda al completo, equilibrada en plantilla y homogénea -sugiriendo se ponga tarima que haga de caja acústica para reforzar una mayor presencia de los contrabajos-, con las violas hoy todas  ellas protagonistas; el viento madera al completo, sin fisuras, con corno inglés o clarinete bajo impecables junto a un flautín «estratosférico»; metales apenas reforzados, afinados y empastados con buen protagonismo de la trompeta; celesta y arpa (solo una) completando una velada rotunda plena de matices extremos marcados al detalle por Ari Rasilainen; y tratándose de Shostakovich con la percusión inspirada, desde las melodías de timbal a todo el arsenal de esta «revolución sinfónica» que nunca defrauda: magistrales toques de caja, platillos y gong, el bombo redoblando, las campanas que parecen cerrar este relato musical… Una hora de tensiones, emoción y contención, volúmenes extremos muy cuidados y otra versión del maestro finlandés para el recuerdo, muy aplaudido por todos e intentando salir por la puerta equivocada (tomándoselo con buen sentido del humor tras una intensa undécima). Ya lo decía al principio, «no hay quinto malo».

Cantares de “La Vía de la Plata”

Deja un comentario

Miércoles 8 de febrero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica (Oviedo), Sociedad Filarmónica de Oviedo: Año 117, Concierto 3 del año 2023, 2.046 de la Sociedad. Cantares de la Vía de la Plata, María Zapata (soprano), Aurelio Viribay (piano). Obras de Guridi, Gerhard, Granados, Obradors y García Abril.
Critica para Ópera World del jueves 9 de febrero, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y de las RRSS, indicando la autoría, y tipografía que a menudo la prensa no admite.
La llamada “Canción de concierto” española no tiene nada que envidiar a la alemana, francesa, británica o italiana, alcanzando en muchos compositores niveles muy exigentes que pueden ser la causa de su no mayor difusión, aunque forman parte de los estudios de canto conformando una base de repertorio que debe tenerse siempre cerca. En nuestros días continúa escribiéndose para voz y piano en esta línea que toma todos los estilos posibles, con la inspiración en la canción popular, el folclore real pero también el imaginado hecho viaje musical.
Y los conciertos de canciones españolas no pueden faltar en nuestras centenarias sociedades filarmónicas entre las que se encuentra Oviedo, que ofrecía este miércoles un programa desde Andalucía hasta Asturias, composiciones escritas por españoles, vascos, catalanes o aragoneses porque así de rico es nuestro patrimonio, lo popular desde el Renacimiento hasta el pasado siglo con la visión del exilio, interior o real.
La soprano ovetense María Zapata, tras su éxito como Elvira en el “Ernani” que cerraba la 75ª temporada de ópera ovetense, cambiaba la escena por la “música de salón” y subía con el pianista Aurelio Viribay al Teatro Filarmónica para hacernos viajar por la Ruta de la Plata, tan fructífera en intercambios, idas y vueltas históricas a las que la música nunca ha sido ajena, y así nos lo demostró este dúo de larga trayectoria en estos repertorios.
Para comenzar las Seis canciones castellanas de Jesús Guridi (1886-1961), vitoriano como el maestro Viribay, inspiradas en tierras abulenses y escritas para la película “La malquerida” como nos explicó el pianista y catedrático de la Escuela Superior de Canto de Madrid. Exigentes por su amplio registro vocal, la más conocida es “No quiero tus avellanas” pero escucharlas todas supone no ya un regalo sino todo un esfuerzo, cambios de ritmo y aires, riqueza de la tierra cercana con melodismo popular y “armonías francesas” sin perder la esencia. Así las interpretaron a dúo con protagonismo compartido, voz poderosa y sentida con piano más que mero acompañante, una de las características de la canción española.
Uno de nuestros grandes compositores a rescatar de un olvido histórico es el tarraconense Robert Gerhard (1896-1970), nacido en Valls, hijo de padre suizo y madre francesa, exiliado tras la Guerra Civil a Inglaterra (como nuestro Torner) donde desarrollaría su carrera. Sus cuatro canciones tradicionales andaluzas, tituladas “Cante jondo”, son verdaderas joyas (Rondeña, Boleras sevillanas, Malagueña y Zapateado), inspiración universal desde esos ritmos tan típicos que con la música del catalán alcanzan un cénit que finaliza en el complicado zapateado para la soprano y el pianista, el remate “jondo” de esta primera parte.
María Zapata no olvida la ópera, continúa estudiando roles, y en este viaje musical pudimos escuchar del ilerdense Enrique Granados (1867-1915) La maja y el ruiseñor también conocida como Quejas, de su ópera “Goyescas” compuesta en el exilio parisino con material previo de la suite de seis piezas para piano, esta vez escuchando la más popular y famosa de ellas convertida en aria, versión con soprano y piano, fascinante el diálogo rapsódico con el ruiseñor, la maja Rosario en este drama de celos entre su amante Fernando y Paquiro que la desea. Delicadeza vocal, expresividad, buena dicción más el piano “orquestal” de Aurelio Viribay, una lección lírica que como dice la letra “¡Misterio es el cantar…”.
El barcelonés Fernando Obradors (1897-1945) fue un gran compositor, director de orquesta y pianista, que escribió muchas obras para voz y piano como buen conocedor de todos los recursos a utilizar, nieto e hijo de pianistas y casado con una cantante, estudiando como tantos otros en París que dará la visión “clásica” a lo popular, destacando la musicalización de La casada infiel: romance gitano de Lorca. Igual de inspiradas son sus tres volúmenes de las Canciones clásicas españolas (1921-1941), con un estilo nacionalista en boga pero con su particular e inimitable estilo. Zapata y Viribay eligieron tres de ellas, “Consejo” (Cervantes), la maravillosa “Del cabello más sutil” y “El Vito”, voz que se eleva por encima de lo popular y piano virtuoso como era de esperar de Obradors, cuyo archivo musical se conserva en la Sociedad Filarmónica de Las Palmas que lo adquirió tras el fallecimiento del compositor.
Y para llegar al fin del viaje, la visión del turolense Antón García Abril (1933-2021), otra víctima el Covid, sobre Canciones asturianas, catorce melodías conocidas por populares pero también inspiradas en nuestro rico folclore sin perder su propio lenguaje musical y resistiendo los dictados de las modas a las que el maestro García Abril combatió con un domino de la melodía en todas sus composiciones, que el cine o la televisión ayudaron a popularizar en gran parte. Originalmente escritas por encargo del tenor asturiano Joaquín Pixán que las grabaría en 1984 junto a la Orquesta Filarmónica de Londres dirigida por el toresano Jesús López Cobos, el propio compositor haría el arreglo para voz y piano (también grabado por Pixán junto a Rosa Torres Pardo en 2007 publicado dos años más tarde) que en muchos conciertos del tenor cangués contó con el pianista Mario Bernardo, y éste revisó con permiso del compositor una versión para viola y piano con Cristina Gestido, llevando y ampliando estas “canciones de concierto” siempre enriquecidas desde la versión original cantada con textos del poeta langreano José León Delestal. Difícil elegir entre todas ellas, el dúo Zapata-Viribay optó por la popular Ella lloraba por mí a partir de la tonada “Cuando salí de Cabrales” que ya recogiese Eduardo Martínez Torner (Oviedo, 1888 – Londres, 1955) en su “Cancionero de la lírica asturiana” (1920) siendo habitual la interpretase al piano en sus conferencias, o Juan Hidalgo en el “Cancionero de Asturias” (1973). Excelente modelo de orquestación para un folclore tan rico como el asturiano, una melodía bien cantada y sentida, arropada por un piano hermoso y complejo desde su aparente sencillez, más dos originales del propio García Abril con letra de León Delestal: El canto del urogallo, cantada y sentida por ambos, cerrando con Madre Asturias que da título a las grabaciones y es mucho más que un homenaje a los emigrantes lejos de la “tierrina”, más emoción por la soprano asturiana desde Madrid, enorme, heroica y exigente para los dos intérpretes, aún más en esta “reducción orquestal” que difícilmente iguala el original pero que el vitoriano defendiendo esta asturiana del turolense volcaría toda su experiencia y magisterio sobre las 88 teclas en estos repertorios españoles, colofón en casa de una música siempre cercana y no suficientemente escuchada, menos en vivo.
María Zapata nos regalaría la conocida romanza de la criolla Cecilia Valdés, homónima de la zarzuela cubana estrenada en 1932, compuesta por Gonzalo Roig (1890-1970), españoles en La Habana donde tantos asturianos emigraron. Cómoda en este rol y con el seguro Aurelio Viribay desde el piano “llevándola de la mano” en los cambios de ritmo tan típicos de esta obra de la lírica hispana, que ya la escuchase en el Museo Arqueológico ovetense dentro de su ciclo veraniego en 2019 por estos mismos intérpretes. Un buen viaje musical con nuestra canción de concierto universal.
Ficha:
Teatro Filarmónica (Oviedo), miércoles 8 de febrero de 2023, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica de Oviedo: Año 117, Concierto 3 del año 2023, 2.046 de la Sociedad. María Zapata (soprano), Aurelio Viribay (piano). “Cantares de la Vía de la Plata”, obras de Guridi Gerhard, Granados, Obradors y García Abril.

Recuperando la figura de Jesús González Alonso

Deja un comentario

La Colección «René de Coupaud» está recuperando nuestro patrimonio musical asturiano con grabaciones que son auténticas joyas documentales y documentadas, y poco a poco van apareciendo con mucho trabajo nuevos títulos (hasta ahora uno cada dos años). Primero fue el CD doble dedicado a «Tres misas de gaita. Entre la tradición y la conservación del patrimonio asturiano» donde mi memoria retrocedió muchos años hasta San Marcelo en Cornellana con el siempre recordado Lolo. El segundo volumen sería un CD con DVD dedicado al malogrado teclista «Berto Turulla. Una mirada moderna a la música popular de Asturias», que de nuevo me llevaría a otro viaje temporal, a mis años de juventud cuando los teclistas escuchábamos sus intervenciones y envidiábamos su arsenal de sintetizadores en todas las formaciones con las que estuvo.

El pasado día 9 de enero tuvo lugar en el Antiguo Instituto Jovellanos de su Gijón natal la presentación del volumen 3 «Jesús González Alonso. Ecos de un pianista gijonés en la Escuela Superior de Música de Viena«, donde al fin pude hacerme con la música grabada de este gran pianista que marcaría mis estudios de piano tras escucharle en Oviedo cuando ganó en 1971 el Concurso de Casa Viena, y posteriormente en Mieres con el programa que dejo a continuación, donde interpretaría este repertorio que dominaba como pocos y le llevó hasta Helsinki, Frankfurt, Hamburgo, Viena y posteriormente a San Sebastián donde moriría prematuramente con solo 41 años en el mejor momento de su carrera profesional y docente.

A Jesús González Alonso (Gijón, 1946 – San Sebastián, 1988), el ayuntamiento de su ciudad a título póstumo en 1990 al menos le ha dado una calle a tan ilustre gijonés. En la presentación del Libro-Disco se contó con la presencia de su hermana Blanca (guardiana de su legado) junto a Manuel Ángel Vallina, concejal de cultura del Ayuntamiento de Gijón, y Eduardo G. Salueña, verdadero hacedor de este proyecto y digno «heredero» de nuestro querido René, así como Miguel Barrero, director de la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular de Gijón, y José Ramón Méndez Menéndez, uno de sus alumnos que siguen teniéndole como referente, también emigrado, y que es el organizador y director del festival internacional de piano que lleva el nombre del maestro gijonés desde 2011.

Con amplia difusión en los medios de comunicación asturianos, de los que dejo algunas capturas de pantalla aquí, al fin pude hacerme con la música grabada del gran pianista, alumno en sus inicios gijoneses de Enrique Truán (otro gran docente a los que seguirían Cubiles, Carrá y tantos), que marcaría mis estudios de piano tras escucharle en Oviedo cuando ganó en 1971 el Concurso de Casa Viena que se celebraba en el antiguo Conservatorio de la calle Rosal a principios de septiembre (aunque ya por aquel entonces acumulaba muchos premios), coincidiendo con mis fiestas de San Mateo en casa de los abuelos, y posteriormente en Mieres el 28 de febrero de 1972, donde iba pertrechado de una grabadora de casete (que borraba para el siguiente concierto tras horas de escucha como alguna vez le comenté a otro querido maestro gijonés de la misma generación que Jesús González) con el programa que dejo a continuación:

Recuperar su música grabada (gratitud al sello Zweitausendeins© para quien grabó estas músicas en formato analógico, remasterizadas por Fernando Oyágüez Reyes) es un auténtico disfrute además de un «viaje al pasado»; sumemos el libro que acompaña este tercer volumen, con fotos del archivo de su hermana (que también ilustran esta entrada) y textos de Sheila Martínez Díez con los del citado José Ramón Méndez, completa no ya mis recuerdos sino la necesaria historia bien documentada del malogrado pianista gijonés.

Poder volver a escucharle con Mussorgsky y Gershwin (grabados en 1979) sigue siendo toda una referencia por su interpretación y sonoridad. Otro tanto de los autores españoles (1982): Albéniz (qué pena no tener su Iberia completa), Esplá o Granados, convirtiéndole en una de los embajadores de nuestra música; y de auténtico regalo la digitalización de la Sonata 50 de Haydn (custodiada en cinta de bobina por su hermana), corroborando el magisterio en todos los estilos y épocas del piano que atesoraba el gran Jesús González Alonso. Las fotos son recuerdos imperecederos, pero además poder escucharle en el extracto de su entrevista para el programa «Música Ficta» de Radio Gijón (24/04/1981) con Avelino Alonso nos deja su voz y amplia visión musical.

Desconozco si desde Gijón tendremos más volúmenes ni a quien se dedicarán, pero verdaderamente los tres actuales son ya tesoros que guardo en formato físico, pues el de la memoria continúa para siempre y las emociones siguen a flor de piel, más con Jesús González Alonso. Lo bueno de cumplir años es seguir llenando esta mochila de la vida.

Mi felicitación al Taller de Músicos de Gijón con Eduardo al frente no solo por este regalo más allá de lo personal, y por supuesto al Ayuntamiento de Gijón por apoyar esta colección imprescindible para melómanos «omnívoros» donde este tercer volumen rescata del inmerecido olvido a mi siempre admirado Jesús González Alonso.

Acercando el canto lírico

1 comentario

Sábado 4 de febrero, 20:00 h. Auditorio «Teodoro Cuesta» (Mieres): “¿Cómo se canta Ópera? Curiosidades del canto lírico” por Abraham García (bajo-barítono), Verena Menéndez (piano), Dalia Alonso (poetisa). Entrada libre.

El mierense Abraham García lleva años buscándose un hueco en el difícil mundo de la lírica, y como tantos otros, su vida ha estado más centrada en Italia que en casa, hablando como todos nosotros pero ya con acento italiano. Poco a poco van saliendo papeles secundarios, primer paso para los grandes roles líricos que aún le esperan, y ya ha debutado en el Campoamor, donde volverá los próximos  23 y 25  abriendo el XXX Festival Lírico de Oviedo.

Para un público variopinto y de todas las edades, con mucho humor y totalmente didáctico, Abraham fue explicando desde los tipos de voces hasta las tripas de la Scala milanesa, no solo la escena, el foso o la platea sino todos los pasos que encierra el montaje de una ópera, vestuario, zapateros, maquillaje, utillaje… Anécdotas varias, explicaciones del papel que juegan los agentes artísticos o los críticos, por supuesto los directores de orquesta, las correcciones e incluso algunos datos técnicos, todo bien medido y explicado, sentándose al piano como Elton John (y mejor que el mediático Ramón Gener, otro barítono pero el catalán truncado cambiándose a «divulgador musical»). Incluso no faltaron los ejemplos musicales, con la poetisa Dalia contando y traduciendo las partituras a cantar que desde el piano completaría Verena.

Hubo tiempo para aclarar dudas, contestar preguntas y cerrar esta charla concierto de unos 80 minutos, con un formato muy válido y exportable que daría para muchas más «clases», complemento de los talleres que ha dado en el Conservatorio de Mieres. Está bien conocer las exigencias del buen canto, la preparación, todo el trabajo vocal y por supuesto el escénico, buscando convencer desde la voz, lo que se comprobó en los tres ejemplos elegidos.

De ópera pudimos escucharle primero la canzonetta –con mandolino al piano- Deh vieni alla finestra del «Don Giovanni» (Mozart), un papel que le va perfecto al barítono mierense.

Otro tanto el Colline de «La Boheme» (Puccini), con el aria Vecchia zimarra perptechado con la «chamarra» e intetando combatir el frío exterior, explicando la escena junto al lecho de muerte de Mimì.

Y el último ejemplo cantado por cercanía en el tiempo, defendiendo nuestra zarzuela (tan difícil como la ópera), aprovechando su presencia en el próximo «Pan y toros» (Barbieri), la canción popular «El perulillo» (Por lo dulce las damas) medio en caló del torero Costillares, e imaginándonos a Abraham vestido de rosa y oro para una faena, esta vez vocal.

Si nada lo impide estaremos en el Campoamor para seguir comprobando la evolución del «mierense con voz grave».

 

 

 

 

 

 

Older Entries Newer Entries