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El flautista de Berlín

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Martes 30 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta de Cámara de París, Emmanuel Pahud (flauta), Douglas Boyd (director). Obras de Mozart, Ibert y Ravel.

Crítica para La Nueva España del jueves 31, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

En la historia de quienes peinamos canas recordamos flautistas famosos, desde el literario de Hamlin o Hamelín pasando por el francés Jean-Pierre Rampal (1922-2000) o el televisivo Sir James Galway (1939). El solista desde los tiempos de Abbado en la mediática Filarmónica de Berlín, Emmanuel Pahud (1970), atrajo al auditorio un público variado con abundancia de estudiantes, que como el del cuento de los Hermanos Grimm, sacó de sus guaridas una juventud ávida de figuras, y el flautista francosuizo es una de ellas (entrevistado en LNE), ejemplo de virtuoso que sienta cátedra en todo el mundo con los mejores directores y agrupaciones.

Solo para virtuosos es la Fantasía sobre “La Flauta Mágica” de Mozart, en arreglo de Robert Fobbes, seudónimo del compositor y director belga Robert Janssens (1939). En la línea de los medleys o popurrís que popularizasen en los 80 Louis Clark con sus “Hooked on” o nuestro inefable Luis Cobos pero sin el “chumpachún”, estas fantasías fueron la forma de dar a conocer fragmentos de óperas famosas, aunque no tan agradecidas ni vistosas como la de Carmen (que cierra la temporada de ópera ovetense) de nuestro Sarasate. La flauta de Pahud sonó mágica en parte por la orquesta parisina, calificada de cámara por no sobrepasar los 45 miembros, con presencia femenina casi paritaria y Deborah Nentanu de concertino, vientos a dos, ideal en volúmenes para este cuento musical con el titular Boyd igualmente acertado. Reconocibles las arias elegidas de Papageno o Sarastro, luciendo más las rápidas por el despliegue técnico del “berlinés” con su refulgente flauta dorada más reina de la noche que la de Mozart. Los alumnos tomarían nota de todos los recursos de este aerófono de bisel en manos de una figura mundial.

El Concierto para flauta y orquesta de Jacques Ibert (1890-1962) está en el repertorio obligado, forma académica tripartita y aires llenos de “charme” muy francés, respirando aromas de Debussy, Ravel o Fauré con toques de jazz (como Rampal en la Suite de Claude Bolling). Gran lucimiento técnico y musical de Pahud en los tiempos rápidos extremos más un jugoso intermedio lento donde la flauta verdaderamente canta con ese ropaje orquestal que deja en el río los roedores de Hamelín y desanda el camino para la segunda parte.

Ya sola la orquesta de “chambre”, en colocación vienesa cuidando sonidos, texturas y limpieza expositiva, Le Tombeau de Couperin (Ravel) sumaría el arpa para un homenaje a la música francesa perfectamente traducida por los parisinos con Boyd al frente, adaptación de los seis números originales para piano a cuatro para esta suite orquestal, apacible en instrumentación que resultó ideal para el compositor vascofrancés destilando perfumes del país vecino en los felices años 20, y dejaría clara la calidad de una formación camerística segura en este programa dentro de una gira española con parada obligada en Oviedo, “La Viena del Norte”, solistas solventes y sonido limpio. Brillante el Rigaudon final antes de la última escala en este viaje musical con el flautista mágico al inicio.

En vez de la segunda sinfonía de Beethoven (poco escuchada) quedó más apropiada con el resto del concierto Mozart y su Sinfonía nº 35 en re mayor, “Hafner” K. 385 para cerrar el círculo verdaderamente mágico. Serenata elevada a gran forma orquestal para unos parisinos que nuevamente derrocharon calidad en la búsqueda de sonoridades casi historicistas, optando por trompas y trompetas naturales junto a timbales de latón con baquetas de madera, que llevados con mano firme por Douglas Boyd interpretaron los cuatro movimientos de forma aseada. El Presto final quedó algo oscurecido en los contrabajos pero no restó enteros a una visión global casi lírica por la limpieza de líneas melódicas, el gusto por el sonido claro y unos tiempos ajustados.

Y el regalo tras la apertura operística se mantendría nada menos que con Rossini y su “Barbero de Sevilla” que parecía tener prisa y más que los buenos tiempos de Calzón frente al Campoamor sonaría cual Fígaro del omnipresente Mozart en la Orquesta de Cámara de París, con la timbalera cambiando a bombo y platillo al Boyd “maestro repetidor” en este nuevo concierto del auditorio, casi lleno y muy entusiasta. Hacen falta figuras como el flautista de Berlín para seguir apostando por el público del futuro.

Con admiradores y estudiantes al finalizar el concierto

Confesiones femeninas y eternas

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Viernes 25 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Canciones eternas«, abono 5 OSPA, Marta Mathéu (soprano), Marzena Diakun (directora). Obras de Granados, Turina, Guinovart, L. Boulanger y M. Karlowicz. Entrada último minuto: 16’15 €.

Comentaba en la conferencia previa María Sanhuesa, autora igualmente de las notas al programa (enlazadas en los autores) lo que de confesión íntima tiene toda obra de arte, y además con mucho de femenino en todo el concierto por cuanto teníamos el regreso a la OSPA de la directora polaca y la soprano tarraconense, juntas esta vez para unas obras variadas que no llegaron a atraer el público esperado, si bien la climatología tampoco ayudase a un ambiente cálido en el auditorio.

Protagonismo del pianista y compositor Albert Guinovart (1962) en el arreglo orquestal de las conocidas Doce tonadillas en estilo antiguo de Granados de las que el catalán seleccionó cuatro, número en cierto modo mágico a lo largo de la velada, en orden distinto para lucimiento de Marta Mathéu (entrevistada por Fernando Zorita en el canal de Youtube que tiene OSPATV) con una orquestación muy lograda del original pianístico pero no muy agradecida para la voz que por momentos quedó algo tapada. Con todo el registro y color de la soprano «musa de Guinovart», con quien colabora habitualmente con el maestro y sería la destinataria de los Amoremes posteriores, es ideal para este ambiente goyesco que la polaca Diakun llevó con mimo y tino. El majo discreto, adaptando con «pizzicati» el ambiente original del piano o guitarra, El majo tímido, difícil rubato bien entendido por soprano y directora, El tralará y el punteado (puede que la mejor de las cuatro) y La maja de Goya íntima, sentida, emocionada de los enamorados que resultan canciones eternas y confesiones del más que probable idilio entre el genio de Fuendetodos y la Duquesa de Alba. Marta Mathéu con su línea de canto, su dicción y entrega pasa a engrosar la lista de grandes voces españolas para estas tonadillas hoy vestidas de sinfonismo más que del camerístico original, pero igualmente catalanes universales todos ellos (compositor de Lérida, arreglista barcelonés e intérprete tarraconense).

Muchísimo más acertada la original de Guinovart en cuatro números sobre textos de la periodista musical Mònica Pagès, «De Cataluña al mundo» como el ilerdense Granados y sus trágicas Goyescas, un cuidado trabajo instrumental para orquesta de cuerda con piano casi cinematográfico, confesiones vitales de un proceso natural como la propia Marta Mathéu dominadora, emocionante, la calidad de la cuerda asturiana con Eva Melkiskova de concertino y María Ovín de ayudante más un trabajo cuidado de dinámicas y tímbrica a cargo de la polaca Marzena Diakun que volvió a triunfar con la OSPA también de concertadora para la voz. Primavera als llavis, Cavaller de l’amor, Se sent un sospir y Home infinit son los sugerentes textos a los que Guinovart viste de detallismo, intimismo, decliadeza y cierto «mediterraneísmo» pensado incluso en los grabados de Cuixart buscando aunar las bellas artes como bien nos recordara la doctora Sanhuesa, neorromanticismo cercano a nuestra memoria musical con la voz ideal de Marta Mathéu. Buena elección la de Albert Guinovart para estas «canciones eternas», las suyas con la visión goyesca de Granados.

En medio una excelente Sinfonía Sevillana, op. 23 (Joaquín Turina, 1882-1949) para seguir disfrutando de confesiones de amor de un sevillano por una madrileña, geografía personal y musical del compositor formado en el mejor París posible con una orquestación primorosa de sabor español universal en perfecto puente con las canciones. Un verdadero placer comprobar la conexión de la maestra Diakun con una partitura complicada más allá de un folklorismo bien entendido (caso del ritmo de pasodoble en el último movimiento), y la calidad de la formación asturiana que responde cuando se sabe con claridad qué se quiere desde el podio. Tres movimientos de esta sinfonía nuestra, Panorama diáfano, nítido, protagonismos de concertino o glockenspiel bien arropados por el grueso orquestal, Por el río Guadalquivir pictórico de sonoridades francesas y sevillanas, virtuosismo violinístico con maderas aterciopeladas, la música que respira y hasta huele, el corno inglés heredero de Falla, antes del apoteósico Festival de San Juan de Aznalfarache debussiano, fuegos artificiales por colorido (metales impresionantes) y espectáculo musical en este tándem Diakun-OSPA disfrutando de toda la plantilla y la calidad en cada solista (sin dejarme arpa, celesta, timbales o percusión) porque todos brillaron con luz propia gracias al buen trabajo de la directora polaca.

De nuevo con la plantilla perfecta para la segunda parte afrontando dos obras poquísimo conocidas pero que sonaron modernas, actuales, potentes y delicadas ante una gestualidad clara, precisa, plenamente implicada de esta directora menuda (¡menuda directora) con engañosa apariencia frágil. D’un soir triste (Lili Boulanger, 1893-1918), mujer muy preparada que bebió la música en su casa y nos dejó este díptico testamental, tras el nacimiento (D’un matin du primtemps) el ocaso triste de quien tiene la muerte cerca con total convencimiento y asunción, versiones orquestales de gran instrumentación sin perder dinámicas contenidas evitando la grandilocuencia o el exceso gratuito, y así lo entendió e interpretó Diakun al frente de nuestra orquesta, joven como la compositora francesa pero con mucho futuro. Maravilloso ver cómo conduce a la orquesta por esta obra de diez minutos largos, atenta a cada sección, pendiente de las dinámicas ideales y dejando fluir una música llena de dolor para una gran orquesta nuevamente plena y entregada.

Para cerrar concierto una obra del compatriota de la directora, Mieczyslaw Karlowicz (1876-1909) que daba título al programa, Eternal Songs, poema sinfónico op. 10, poesía sin letra, canciones eternas densas, avanzadas para su época en cuanto a instrumentación, poderosa y amplia (hubiera venido bien algo más de cuerda, especialmente grave), un puente entre dos siglos para mantener una forma orquestal de lenguaje moderno. Marzena Diakun con aplomo en la tarima, batuta firme y mano izquierda enérgica fue leyendo los tres movimientos con recuerdos brucknerianos: Canción del anhelo eterno, cuerda exigente, tersa, frente a trombones y tuba orgánicos en textura; Canción de amor y muerte de catolicismo subyacente, plegaria interiorizada por una madera bendecida junto a la cuerda marca de la casa y las trompas inspiradas en una ascensión de emociones contenidas desde unas dinámicas amplísimas; Canción del eterno ser, nuevamente vida y muerte sobrevolando unas confesiones sinfónicas, letras musicadas, música sin palabras, femenino plural de principio a final para un quinto de abono lleno de numerología (también femenina), una marcha de contrastes en volúmenes extremos sin perder claridad en cada seccción, derroche de calidad en trombones y tuba para un final apoteósico, pletórico, lleno de fe y optimismo en todos y cada uno de los músicos con la polaca al frente.

Antes de que pase más tiempo personalmente pido que fichen a «La Diakun» como titular a partir de este 2019.

Temple germano

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Miércoles 23 de enero, 20:00 horasOviedo, Conciertos del Auditorio: Philharmonisches Staatsorchester Hamburg, Veronika Eberle (violín), Kent Nagano (director). Obras de J. Rueda (1961) y J. Brahms (1833-1897).

Crítica para La Nueva España del viernes 25, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

Miércoles de carreteras cortadas por tormentas y lluvias torrenciales donde el chaparrón musical vino desde Hamburgo, su orquesta filarmónica con sede en la nueva Elbphilarmonie y el titular desde 2015, un angloestadounidense de origen japonés, Kent Nagano, sumándose la también alemana Veronika Eberle más un Jesús Rueda cuya Stairscape, estrenada el día antes en Madrid, se inspira en Brahms siendo encargo de Ibermúsica a propuesta del propio Nagano, redondeando una velada para el recuerdo con sabor germano.

La breve “introducción” del español bebe de la cuarta sinfonía y no desmereció en nada contando con la misma plantilla utilizada en la obra que ocuparía la segunda parte sin perder el sello personal del que ya hemos disfrutado en Asturias con la OSPA, corroborando la excelencia sinfónica de los hamburgueses y la mano izquierda del californiano manejando dinámicas y planos sonoros con la maestría de las leyendas de mi época.

El Concierto para violín en re mayor, op. 77 de Brahms sonó en el Stradivarius Dragonetti (1700) de Veronika Eberle presente, nítido, virtuoso, concertado en comunión con Nagano siempre atento a la solista, manteniendo el temple en volúmenes pese a ser como una sinfonía con(tra) violín, tiempos contenidos en cada uno de los tres movimientos para apreciar cada detalle, saboreando las cadencias que llenaron el auditorio de color instrumental para delinear cada melodía en una interpretación madura, fresca, bien entendida por director y violinista. Sonido aterciopelado, “pianissimi” que acallaron toses y paraguas caídos, alegría de vivir especialmente en el conocido Allegro giocoso ma non troppo vivace verdaderamente delicioso. El regalo todavía más sabroso por original, Andante dolce de la Sonata para violín solo, op. 115 compuesta por el francés Frédèric Pélassy (1972), nueva apuesta por la música de nuestro tiempo con calidez y calidad (como Rueda).

Segunda parte plena con una inmensa Cuarta sinfonía en mi menor, op. 98 del indeciso Brahms al que nadie niega hoy en día su grandeza. Digno sucesor de Beethoven, admirador de Mozart, enamorado de Clara Schumann, su última sinfonía es como un testamento orquestal sin poder componer una quinta que igualase al dios de Bonn; usará una gran plantilla para una “estructura académica” de cuatro movimientos llenos de sorpresas formales y tributo a sus grandes predecesores, dotándola de un sello propio que le ha dado la popularidad actual. La Filarmónica de Hamburgo resultó humana con calidad casi estratosférica, no importó algún golpe de timbal adelantado (¡tocando de memoria toda la sinfonía!), una trompeta titubeante ante la exigencia de volúmenes mínimos o el movimiento final donde el maestro Nagano en un “izquierdazo” tirase las partituras del concertino, que mantuvo el temple sin dejar de tocar mientras la ayudante recogía rápidamente el desaguisado. Germanos magníficos bien llevados por un titular que ejerce como tal, sacando lo mejor de esta formación histórica sin desmerecer otras de su país. Un placer comprobar el vigor de cada movimiento, los “calificativos” aplicados con rigor en la batuta de gestualidad clara pero donde manda la mano prodigiosa, natural: rápido pero no demasiado, tranquilo moderado, gracioso, o enérgico y apasionado tal como rezan las indicaciones de los cuatro movimientos brahmsianos, degustando cada sección de exquisitez sonora, escuchando todo lo escrito limpio y en su sitio.

Emociones equilibradas para una Cuarta repleta de sensaciones. La colocación de trompas a la derecha, timbales a la izquierda, maderas y metales centrados en tres filas, violas y chelos permutados, violines envidiables más una plantilla donde los nueve contrabajos dan idea de la masa sonora dotada de la redondez que dan los graves, otorgando una amplia paleta dinámica controlada por Nagano, ofreciéndonos una interpretación para recordar.
De propina, tras las palabras en español de agradecimiento, música “pop” con unos cantos de los marineros de Hamburgo en arreglo del contrabajo solista Gerhard Kleinert, dando de nuevo un toque actual y ligero tras el peso de Brahms.

Grandes orquestas, directores legendarios y solistas de fama mundial siguen colocando Oviedo en el mapa musical, “La Viena del Norte” español que es envidia nacional.

Reiniciando conciertos

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Viernes 18 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Mensajes ocultos», abono 4 OSPA, Adolfo Gutiérrez Arenas (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Ravel, López Estelche y Elgar. Entrada último minuto: 16,15 €.

Nada mejor que poner el contador a cero y reiniciar mi año 2019 de conciertos saldando una deuda pendiente desde junio pasado como el estreno del Concierto para violonchelo (2017) de Israel López Estelche, aún mejor pudiendo escuchar al propio compositor en la conferencia previa contarnos en primera persona sus fuentes de inspiración, su formación, su honestidad, su búsqueda de un lenguaje propio, su proceso compositivo teniendo siempre en mente el destinatario del mismo, Adolfo G. Arenas, y añadiendo unas notas al programa del propio cántabro, enlazadas arriba en los compositores (con humor confesaría dejar de ser un joven compositor al pasar la barrera de los 35 años) completando un crucero cantábrico que bien podía partir de San Juan de Luz, recalar en Santoña y finalizar en Plymouth.

Tras un minuto de silencio en memoria del recientemente fallecido Vicente Álvarez «Tini» Areces, quien fuese alcalde de Gijón, presidente del Principado y senador por Asturias, a quien se le dedicó el concierto (también el día anterior en Gijón) tuvo desigual respuesta entre el público (sentados o en pie y aplausos finales), comenzando esta singladura del «crucero OSPA» capitaneado por Milanov en su última temporada que se organizaba a la forma tradicional, situando el concierto con solista en medio de las obras sinfónicas, música para disfrutar de una plantilla ideal (Elena Rey concertino invitada en este de abono, tras la jubilación de mi querido Vasiliev) con un repertorio donde el búlgaro se mueve cómodo aunque su estilo siga siendo peculiar, mejor cerrar los ojos y dejar que todo fluya.
Así comenzaba la velada con esos «cuentos sinfónicos» de Perrault que Ravel originalmente compuso para dos pianosMa mère l’Oye, una suite de 1911 con una instrumentación brillante del vascofrancés que permitió lucirse a una orquesta siempre poderosa y sedosa a la que le faltó precisión en el podio para encajar sobre todo los cuentos rápidos con una percusión que no pudo mandar como hubiese deseado, pero con momentos mágicos como Laideronnette, impératrice des pagodes. El cuento está perfectamente ilustrado, colorido pero donde el narrador no pareció convencer a este niño por la falta de la inflexión de voz necesaria, un verdadero actor que haga creíble el relato. Salvando las distancias me hubiese encantado escucharlo por Fernando Rey.

El Concierto para violonchelo de Israel López Estelche es un encargo de la SGAE y AEOS a través de la OSPA financiado con la Beca Leonardo de la Fundación BBVA y supone palabras mayores en el amplio catálogo del compositor cántabro, tanto por su duración (más de treinta y tres minutos) como por el despliegue instrumental siempre mimando a un instrumento tan lírico como el violonchelo que en las manos de Adolfo Gutiérrez Arenas realmente cantó con un lenguaje ya plenamente propio de López Estelche. Su estilo sigue joven pero alcanzando una madurez fruto de un trabajo incansable, conocimiento orquestal en todas las secciones y una técnica compositiva que permitía escuchar los elementos brindados por el solista a las distintas familias para armar un concierto de tres movimientos sin pausa plenamente identificables tras las «pautas» dadas en la conferencia. En palabras de un amigo común «dominio del trabajo motívico, de la orquestación, del lenguaje del violoncello… qué capacidad para conectar con el público sin renunciar a un estilo propio«.
La riqueza tímbrica es tal que de la percusión saca colores únicos al utilizar el arco en las láminas además de los platillos, varios gongs, celesta, las dinámicas siempre en su punto para mantener el protagonismo del cello, el lirismo que ya disfrutase en Victoria’s Secret con la OFil aún se vuelve mayor en una música sin palabras que utilizando todos los recursos del violonchelo es capaz de hacernos vibrar con la cuarta cuerda o hilvanar unos agudos unidos a los primeros violines en perfecta e inapreciable melodía que va creciendo según van sirviéndose los elementos para conformar toda la trama. La cadenza antes del último «movimiento» nos regaló el mejor Gutiérrez Arenas, el camerístico que mima el sonido del Francesco Ruggieri (1673) que lo deja flotar en el ambiente saboreando armónicos para coronar una primera parte volcado en esta obra exigente hecha a medida, y a la que solo faltó una propina, porque el público obligó a saludar a solista y compositor varias veces tras un estreno (el absoluto fue el día anterior en el Jovellanos gijonés) que tiene por delante muchas más alegrías y la AEOS supongo programará en sus orquestas. Al menos quedó registrado para Radio Clásica y podremos repetir la escucha.

Las Variaciones «Enigma», op. 36 (Elgar) sería la última escala británica de este crucero del viernes, los catorce números donde emerge siempre impresionante el noveno, ese Adagio «Nimrod» que nuestra OSPA elevó al paraíso sonoro con la cuerda aterciopelada que mantiene las calidades de siempre. Unas variaciones con distintas emociones que han demostrado que para el titular el compositor inglés es uno de sus compositores preferidos, desvelándome el «enigma» que tuve estos años siguiéndole: la batuta nunca firme ni clara resultó cual cucharón de madera removiendo el guiso, aunque haya tenido platos pasados de cocción y otros crudos. Por lo menos el menú de «mi despedida búlgara» lo sirvió en su punto, equilibrado, disfrutando de unas dinámicas delicadas y mimando la obra en su totalidad, aunque no sea de «estrella Michelín«.

La próxima semana será femenino singular con la soprano tarraconense Marta Mathéu y el regreso de la polaca Marzena Diakun en la dirección con «Canciones eternas» y conferencia previa de María Sanhuesa (Confesiones a cinco). Intentaré escaparme y contarlo desde aquí.

FELICES FIESTAS

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Esperando el próximo año supere este que dejamos, deseo a todos mis seguidores habituales tanto como a los recién incorporados todo lo mejor en estas fiestas, paz, felicidad y por supuesto mucha música, a ser posible buena.

P.D. Voy preparando la carta de Pablito para sus majestades…

Flores de Pascua musicales

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Jueves 13 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Isabel Villanueva (viola), Oviedo Filarmonia, Yaron Traub (director). Obras de I. López Estelche, W. Walton y Beethoven.

En la temporada del 20 aniversario de la OFil, pasamos en dos semanas de los «Buenos modales» anteriores a unas «Flores de Pascua«, ambas con Marina Gurdzhiya de concertino, que anuncian la Navidad, tanto en la decoración del frontal escénico como por un programa que sigue organizándose como hace doscientos años y que podría haberse invertido cronológicamente comenzando con la sinfonía, seguir con el concierto solista y terminar con el estreno, aunque por las fechas debo reconocer que «La séptima» del sordo de Bonn es mejor que un villancico e incluso eleva los ánimos de todos, público e intérpretes.

Dicho lo anterior, el estreno absoluto de Victoria’s secret for orchestra del compositor de Santoña Israel López Estelche (1983) podría haber sido el remate a este concierto casi navideño porque es un regalo seguir componiendo y además inspirado en nuestro gran Tomás Luis de Victoria. El toque humorístico no falta ni en el título, que induce a pensar en lencería y ángeles más que en el genio abulense de nuestro Siglo de Oro musical. En las notas al programa el doctor Julio R. Ogas explica la génesis de esta obra «los motetes policorales de Tomás Luis de Victoria «Magnificat Primi Toni» y «Regina Caeli Laeteram» constituyen “la huella de una escritura anterior” sobre la que se plasma la nueva composición, como si de un palimpsesto se tratara«, dividiendo en dos la orquesta jugando con la ubicación del viento y los metales no solo buscando sonoridades organísticas sino todo un mundo tímbrico inspirado en el mundo renacentista y tridentino de Victoria. Porque las melodías de las que parte Israel son modales y los ritmos puramente medievales y no el tactus para una orquesta actual (muy interesante el colorido de la marimba o el arpa) que plantea al oyente unas texturas verdaderamente originales.

Hubo que aparcar el estreno del concierto de cello con la OSPA y Adolfo G. Arenas que espero se retome en el año que comienza, pero López Estelche sigue trabajando duro y asentándose con unas ideas propias plenamente exportables a más formaciones orquestales siempre que los directores también quieran implicarse. La OFil con el maestro Traub fueron el instrumento perfecto de este «secreto de Victoria» triunfante que obligó al compositor afincado en nuestra tierra a subir dos veces para recoger el aplauso de un público que ocupó tres cuartas partes del Auditorio, más que otras «titulares» del recinto.

Con ganas de volver a escuchar a la violista Isabel Villanueva y el hermoso Concierto para viola y orquesta de Walton no defraudó en ninguno de los tres movimientos, contando con un excelente concertador en el maestro israelí de gesto claro, preciso, aunque por momentos la sonoridad de la viola quedara «tapada» por una orquesta más cómoda que hace diez días. El color de este instrumento en manos de la virtuosa pamplonica es indescriptible, menos hiriente que el violín y cual chelo agudo en un registro diría que de mezzosoprano cual voz natural femenina, y así hace sonar la viola Villanueva desde el Andante comodo solo de indicación, contrastes constantes casi preparando el movimiento central impactante del Vivo, con moto preciso, un verdadero lujo ver y escuchar esa viola sobrevolando la masa orquestal en momentos precisos y fundida con ella en los otros, con un Traub atento a todo antes del último Allegro moderato. Belleza inglesa este concierto casi de banda sonora donde las imágenes podemos añadirlas nosotros o simplemente dejarse embriagar por la belleza que recoge.

Un verdadero regalo la versión de la Nana de Falla intimista, sin toses y cortando el aire de la sala desde esa voz de mezzo que suena con la viola de Isabel Villanueva, sola ante la inmensidad y arrullando una tarde que resultó florida musicalmente.

Al finalizar el concierto discrepaba con un amigo de siempre sobre la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (Beethoven) y mi apreciación quiero ceñirla a la plantilla con la que se cuenta, perfecta para todo este programa de Santa Lucía, buscando Yaron Traub un color homogéneo sin estridencias, jugando con las dinámicas hasta un nivel comedido y contenido pese a ser Beethoven, optando más por Ingres que por Delacroix, dos visiones coetáneas desde el neoclasicismo hasta el romanticismo, tonos apastelados huyendo de fuertes contrastes y eligiendo los tempi perfectos al ser conocedor de los posibilidades de esta orquesta ovetense similar a la bilbaína que tan bien trabaja.

Cada uno de los cuatro movimientos dieron el aire indicado literalmente, las dinámicas escritas sin pasarse al fortissimi los metales, pudiendo escuchar cada línea melódica limpia al retener velocidades y volúmenes. Elegancia desde la contención, como las flores de Pascua, rojo presente sin fuego, ornamento ideal para un maestro veterano que conoce el material humano y musical antes de subirse al podio, dejando fluir la música y lucirse en obras como esta sinfonía a la que Mocedades también se atrevió a ponerles letra y arreglar (?) para llegar a todos los públicos. Esta vez no hizo falta semejante osadía y «la séptima de Beethoven» volvió a triunfar dignamente.


Aprovecho desde aquí para desear a todos mi lectores unas muy
Felices Fiestas

Viva Puccini con Beatriz Díaz

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Miércoles 12 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Gala Lírica Asturiana, Sociedad Filarmónica de Gijón. Beatriz Díaz (soprano), Alejandro Roy (tenor), Juan Antonio Álvarez Parejo (piano). Arias y dúos de Verdi, Cilea, Ponchielli, Catalani y Puccini. Entrada 26 €.

Llevo años diciendo y escribiendo que la soprano para la que Puccini escribió es la asturiana Beatriz Díaz, y este miércoles junto al tenor Alejandro Roy quedó más que corroborado, ampliando además roles que los años colocan en su sitio exacto, sabia elección de repertorio que nos dará muchas alegrías.

No hubo lleno en el Jovellanos gijonés aunque la gala operística se lo merecía, con un Juan Antonio Álvarez Parejo en el siempre difícil papel de «pianista-orquesta», partituras imposibles de tocar por sus reducciones complejas que solo los años de experiencia logran hacer creíbles desde su magisterio repertorista, como ya demostrase en la última Suor Angelica gallega, una segunda juventud desde la madurez.

Y aunque Puccini sigue siendo tan protagonista como nuestra pareja lírica asturiana, eligieron Verdi y su Otello para abrir boca, exigente, de claroscuros instrumentales para ir descubriendo una Desdémona allerana inédita que empastó a la perfección con «el moro de Gijón» en Già nella notte. Continuarían cada uno con arias habituales de sus repertorio, Io son l’umile ancella (Cilea, Adriana Lecouvreur) para disfrutar de «La Díaz» en estado puro, y Cielo e mar (Ponchielli, La Gioconda) con un Roy en su línea habitual de tenor «dramático» por fuerza en la emisión y color vocal, cariñosamente un «auténtico animal».

El maestro Parejo tuvo su protagonismo con un arreglo de John Gribben del famoso «Intermezzo» de Manon Lescaut (Puccini), la belleza de una partitura orquestal igualmente válida al piano cuando se logra el color preciso y bebiendo en las fuentes originales del italiano.

Hasta el merecido descanso el Jovellanos de Gijón sería la Nagasaki de Madama Butterfly (Puccini) con la bomba de Boo y el Pinkerton embaucador, Un bel di vedremo que nos pondría la piel de gallina con Butterfly Díaz de salón, por cercanía capaz de susurrarnos y explotar emociones desde una voz única con la orquesta en blanco y negro del piano, contestado con Addio fiorito occhi de Pinkerton Roy, muy sentido y condensando la fuerza del personaje en este aria de apenas minuto y medio antes del amoroso dúo Bimba dagli occhi que realmente enamoró al respetable, caracteres vocales bien definidos, la inocente Cio-Cio San y el marino conquistador con amores en cada puerto, en un momento irrepetible de estos asturianos universales.

Si la primera parte rebosó emoción por Puccini, la segunda rompería moldes con pinceladas increíbles en sedas líricas como Ebben, ne andrò lontana (Catalani, La Wally) a cargo de «la sopranísima» que emociona de principio a fin en este aria de aire «pucciniano», o el Vesti la giubba (Leoncavallo, Pagliacci) de Canio Roy cual anillo al dedo de nuestro tenor que está igualmente en un momento perfecto para el verismo desde su Curro Vargas que sólo él puede cantar en estos momentos.

Puccini nos devolvió al paraíso melódico que sólo el de Lucca entendió como nadie, primero la «debutante» Tosca nos cantó a dúo con Mario (quien regaló fuera de programa el «Adiós a la vida«) actuando en igualdad de condiciones escénicas y vocales, muchas ganas de poder recrearlo encima de las tablas con orquesta, transformando después a Cavaradossi en el Dick Johnson de La fanciulla del West que la «orquesta Parejo» vistió realmente de vaqueros el aria Ch’ella mi creda. Su intermedio de esta segunda sería la Fantasía brillante sobre Carmen en arreglo de Wilhelm Kuhe, ópera que los dos asturianos tienen en repertorio pero donde Bizet permitió que Puccini le eclipsase por tierra, mar y aire.

Para el final la Liù allerana con Tu che di gel del Turandot, lágrimas musicales que espesan con los años pero vuelan igual de alto en esta cantante que adora a Giacomo, antes de La Bohème y el famoso dúo de Mimì y Rodolfo, O soave fanciulla, el papel que espero ver en vida completo de esta «Musseta con alma de Mimì» que Beatriz Díaz bordó con Alejandro Roy, dos voces asturianas por el mundo y que la «sopranísima» personifica como nadie.

Puccini también regalo de lujo como no podía ser menos, el citado E lucevan le stelle (Mario Cavaradossi de Tosca), y O mio babbino caro (Lauretta de Gianni Schichi) que pusiese el Colón bonaerense a los pies de esta grande y el Jovellanos nos la trajo de vuelta a casa junto al tenor gijonés, dúo de artistas astures profetas también en su tierra.

Crecer y seguir apoyando

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Domingo 9 de diciembre, 19:00 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: La Castalia, Concierto de Clausura XVII curso «La voz en la música de cámara», homenaje al RIDEA. Entrada libre.

Ya van diecisiete cursos organizados por «La Castalia» centrados en la voz y la música de cámara con un profesorado de reconocido prestigio y un alumnado conocido que además de seguir formándose protagonizaron todos un estreno absoluto que llenó el Teatro Filarmónica porque el RIDEA no hubiera sido suficiente y además el merecido homenaje de «La Castalia» por el apoyo incondicional en tiempos de crisis varias merecía el mejor de los marcos posibles y el de la vecina calle Mendizábal reunía todas las condiciones.

Begoña García-Tamargo abrió el acto con la gratitud a los colaboradores y una excelente y amplia semblanza de la institución homenajeada, así como la entrega a Ramón Rodríguez Álvarez, actual presidente del RIDEA, de una placa conmemorativa y unas breves palabras de agradecimiento.

Dejo imágenes del programa y cartel de la ópera de cámara así como alguna fotografía mía sin entrar muy a fondo en detalles. Cierto que los dúos elegidos de Haydn, Schumann, Mendelssohn o el hermosisimo La Nuit de E. Chausson buscaron el empaste y continuar trabajando repertorios e idiomas donde estas voces se van encontrando más cómodas, todas ellas conocidas por el que suscribe y contemplando una evolución no siempre igual, alguna diría incluso que en retroceso, puede que por nerviosismo ante el imponente aspecto teatral (es preocupante la desafinación total sin escuchar el piano de referencia), incluso con distintos pianistas que aportan nuevos enfoques al trabajo como Ignacio Fernández o Juan Urdániz además de los profesores de estos cursos Sergey Bezrodny o Manuel Burgueras, con incorporaciones de nuevo repertorio español actual comenzando con el turolense Antón García Abril (1933) y sus Canciones asturianas, con Urdániz al piano acompañando las tres elegidas, Tengo de subir al puertu y la añada Dúermete neñu de la mezzo María Heres realmente cómoda en ellas, y Hasta los naranjales han florecido de la soprano Canela García.

El asturiano Jorge Muñiz (1974) y su ópera Fuenteovejuna fue la que abrió la temporada de ópera ovetense y de él pudimos escuchar en este concierto el estreno en España de su Oda a Covadonga (2005) con texto de Claudio Sánchez Albornoz en la voz del tenor Adrián Begega y el piano del maestro Burgueras, un homenaje a los tres centenarios de Covadonga.

El gallego Juan Durán (1960) no solo arregló Lela de su paisano Rosendo Mato Hermida (1914-1994) y letra de Castelao cantado por el tenor Vladimir López y Urdániz al piano sino el compositor de Tríptico de Amor y Ausencia con texto de Gabriela Mistral, cuya Ausencia estrenaban en Asturias la mezzo María Heres y el pianista Manuel Burgueras deleitando a un público entregado con esta belleza de música cercana geográfica y anímicamente.

Siempre se ha dicho que el violonchelo es lo más parecido a a voz humana, y antes de sumarse al trío instrumental para Doña Esquina, Santiago Ruiz de la Peña nos dejó la difícil Polonesa Concertante (David Popper, 1843-1913) de armónicos casi imposibles, con el virtuoso Bezrodny al piano, poniendo el punto y seguido antes del esperado estreno absoluto del ovetense Gabriel Ordás (1999), quien tomaría el violín y la dirección de una ópera de cámara sobre el entremés homónimo de Agustín Moreto y Cavana que disfrutamos en versión concierto y a no más tardar estoy convencido tendrá su puesta de largo porque resulta actual, moderna y accesible, en la línea de este músico integral con el que «La Castalia» encontró un filón al ser destinataria de algunas composiciones de un talento que sigue sorprendiendo con cada obra.

Cinco personajes para las voces que fueron «calentando» con Urdániz al piano, Ruiz de la Peña al cello y el propio Ordás tocando el violín y dirigiendo, corroborando lo escuchado previamente en calidades y registros para un elenco vocal donde nuestra mezzo Doña Esquina fue la protagonista total e incontestable de una partitura fresca, que respeta las voces, con ritmo, salero, aires del mejor musical de Broadway (a fin de cuentas también ópera de nuestro tiempo) recordando al genio Bernstein, y un argumento dieciochesco que parece tan actual como la música del propio Gabriel.

Mi más sincera enhorabuena a «La Castalia» por seguir creciendo, apoyando lo nuestro y formando contra viento y marea a una generación que no lo tiene fácil en estos tiempos.

Recortes de la prensa asturiana del lunes 10 en El Comercio y La Nueva España:

Buenos modales

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Sábado 1 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano «Luis G. Iberni». Kun-Woo Paik, piano, Oviedo FilarmoníaCarlos Domínguez-Nieto (director). Obras de Beethoven y Tchaikovsky.

Para empezar el último mes nada mejor que dos obras conocidas y también en cierto modo cerrando producciones como el «Emperador» de Beethoven y la «Patética» de Chaikovsky, lo que trajo buena entrada al auditorio carbayón aunque personalmente me dejase ciertos sinsabores por la sensación de falta de entendimiento y mando en la línea de la siempre necesaria «dictadura musical» donde no hay consensos ni buenos modales en pos de una interpretación y no la suma de ellas. Me recordó aquel chiste donde dos gemelos no acababan de salir al mundo porque eran tan educados y «pasa tú primero» les llevaba a continuar en el seno materno.

El coreano Kun-Woo Paik, solista del Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73 “Emperador” (L. van Beethoven) se presentó con sonido amplio y delicado aunque sin entendimiento con el director invitado Carlos Domínguez-Nieto, titular de la Orquesta de Córdoba, primero por una clara discrepancia de tempi entre ambos, lo que de entrada sonaba chocante, sumando una fuerte indecisión en cada entrada orquestal, tardando siempre en arrancar cada movimiento o post cadencias hasta que de nuevo alcanzaba la «velocidad crucero». Tampoco se cuidaron los planos orquestales, demasiado discretos para este emperador que se quedó en principesco por no decir claramente republicano. El Allegro inicial fue irregular de principio a fin, incluso «pisando» orquestalmente el final de una de las cadencias, un poco más agradecido el hermosísimo Adagio un poco mosso que nos dejó disfrutar del aterciopelado sonido del coreano y la transición al Rondó-Allegro non troppo con los mismos modales ya comentados, caminos paralelos sin decisiones ni mando que impidieron una interpretación más acorde para una orquesta madura de veinte años capaz de desenvolverse en todos los repertorios. Recordar una de las definiciones de «concertar» como acordar, lo que debe hacerse en los ensayos y tenerlo claro para darle la forma definitiva con el público.

La obra orquestal «póstuma» de P. I. Chaikovsky, su Sinfonía nº 6 en si menor, op. 74 “Patética”, es un caramelo ¿envenenado? para todo director y orquesta por su magnitud, abanico tímbrico y dinámico, casi el cierre de temporada por efectivos y efectividad donde el público sigue aplaudiendo al final del tercer movimiento Allegro molto vivace por colocar el genio ruso a continuación el último Finale: Adagio lamentoso.

Si en Beethoven los modales fueron buenos pero ineficaces, de nuevo en esta Patética faltó decisión en los arranques, como si la potencia o el gesto no llegase limpio al destinatario, claridad en la agógica, más intensidades y otros balances que diesen luces más allá de las sombras, que de todo tiene esta última sinfonía. Cierto que hubo secciones que brillaron como en ellas es habitual (los cellos especialmente) pero faltó más plantilla, al menos contrabajos que den el necesario sustento grave a esta maravilla orquestal, más presencia a unos metales que se contuvieron en pos de una versión algo descafeinada pese a la belleza, y una dirección memorizada pero sin gancho. Hay obras que gustan tanto que la ilusión pone lo que la realidad niega. Lástima porque el concierto prometía y se quedó demasiado en lo superficial.

Para Santa Lucía volverá Beethoven con su séptima en la OFil con un Yaron Traub de más peso directorial y la violista Isabel Villanueva y el concierto de Walton que tanto éxito le está trayendo, sin olvidarme del estreno de Israel López Estelche, otro más de este cántabro muy ligado a nosotros y que sigue su incansable labor compositiva recompensada con la escucha, a lo que todos aspiran y el público también necesita. Espero contarlo desde aquí, como siempre… ahora con muletas.

Mayúsculas íntimas

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Miércoles 28 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni: Piotr Anderszewski (piano). Obras de J. S. Bach y Beethoven.

En música las tres B mayúsculas las asociamos con Bach, Beethoven, Brahms, y los dos primeros serían los protagonistas del concierto que el pianista polaco-húngaro presentó en Oviedo, ampliando una primera parte que en principio se quedaba «corta» al ofertar tres -después serían seis- preludios y fugas del segundo libro de El clave bien temperado. Las notas a programa de Luis Gago se titulaban «Non Plus Ultra» aunque el recital lo dejaré en personal, pues así entendí la visión de un intérprete que tiene querencia por algunas obras y que afronta esa biblia del músico que es Bach con limpieza exquisita pero algo enfocada por un pedal «sui generis» en un concepto global muy romántico, como si la primera parte fuese preludio de «las Diabelli» sin entender tampoco el criterio en la elección de unas obras concretas así como su orden en el discurso musical, amén de los errores en los números de catálogo o tonalidades dentro del programa inicial y de la hoja añadida que descubrí al finalizar el concierto.

De los seis preludios y fugas no hubo un orden armónico, cronológico ni temático como tampoco en los iniciales tres, y de ellos me quedo con su interpretación contrastada sobre todo en las dinámicas casi extremas donde el éxito se alcanzó con los pianissimi íntimos capaces de acallar toses y respirar con Anderszweski. Personalmente tuvimos hace casi cuatro años nuestro doctorado de melómanos y seguidores de Bach con Pierre-Laurent Aimard que nos dejó casi tan exhaustos com él mismo, un monumento sonoro e interpretativo de que adoleció el polaco. Aportar algo personal a Bach no está al alcance de todos aunque se tenga la técnica necesaria para afrontarlo y creo que es la razón por la que no se escucha habitualmente en concierto. Los preludios resultaron algo desconectados de sus respectivas fugas en cuanto a intención aunque las segundas siempre sonaron limpias y haciéndonos cómplices de su discurso, pero por momentos parecían sonar lejanos, de otros tiempos remotos, por lo que me limité a degustarlos sin más emoción que la ir sorprendiéndome según aparecían. La crítica destaca del pianista polaco la «intensidad y originalidad de sus interpretaciones», y «su
fuerte personalidad artística», así que no estaba muy descarriado.

Pequeña conversación al descanso sobre filosofía y música desde mi silla de ruedas, que voy aparcando poco a poco desde este último miércoles de noviembre, me hicieron pensar sobre introversión bachiana y extroversión beethoveniana, implosión y explosión, decantándose siempre por lo segundo según iba escuchando esas 33 variaciones sobre un vals de Anton Diabelli, op. 120. Desde mis tiempos de estudiante reconozco que buscamos obras que nos gustan y luego no podemos, encontramos otras que terminan cautivando y una extraña sensación, mayor como público, de obras que se cruzan en tu vida. Supongo que esta opción debió ser la de Anderszweski pues las ha grabado en audio, documental y es obra habitual en sus recitales, densa pero asumida como propia de nuevo por su forma de afrontarlas sin esconder nada intrínseco al Beethoven del piano. Nadie mejor que el propio Gago para explicar estas «Variaciones Diabelli» de las que escribe: «una gigantesca metamorfosis, una transformación de proporciones colosales (…) unas variaciones que remiten al inicio de otras variaciones, como si Beethoven quisiera entrelazarlas simbólicamente, con ambas remitiéndose una a otra en una suerte de eterno retorno». Puede que esa media docena de preludios con su fuga correspondiente fuesen como variaciones que nos llevasen a las otras con la visión del genio de Bonn sobre el Kantor de Leipzig y leídas por un intérprete de origen húngaro igualmente universal como ellos, intentando beber como casi todos los polacos de la fuente más cercana en busca de la verdad que en música nunca es total pero siempre será personal y entregada como en el caso de Piotr Anderszweski.

De regalo más Beethoven, la primera de las seis Bagatelas op. 126, misma sonoridad y sentimiento, casi intimidad en toda la velada, personal y solo apto para paladares delicados en un auditorio con excelente entrada para un piano solo, donde la palabra «bagatela» no refleja esta pequeña joya del irrepetible sordo enterrado en Viena.

Este primer sábado de diciembre tendremos más Beethoven en el Auditorio, el Emperador con Kun-Woo Paik de solista Oviedo Filarmonía celebrando 20 años y Carlos Domínguez-Nieto a la batuta, que espero contar desde aquí.

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