Miércoles 2 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1646 de la Filarmónica de Gijón. Cantus Missae: El León de Oro, Marco Antonio García de Paz (director). Obras de Rheinberger, Mendelssohn, Brahms y Whitacre.


Un miércoles de ceniza coral con varios monumentos vocales que nuestra formación más internacional y laureada como
El León de Oro (
LDO) trajeron a la temporada de la filarmónica gijonesa en un Jovellanos que presentaba una entrada excelente con los muchos
leónigans llegados a la capital de la Costa Verde. El programa que ya
pude disfrutar en Oviedo, fue de nuevo un «
Monumento canoro» aunque el título esta vez fuese el de «
Cantus Missae» por la misa de
Rheinberger, más allá de toda creencia religiosa porque la música une, eleva el espíritu y siempre clama por la paz. Así se entendió por todos los presentes, recordando los momentos tan difíciles en Ucrania y la propia pandemia que sigue entre nosotros obligando a seguir «
enfocicaos» tanto los asistentes como los cantantes, mascarillas que no nos impiden demostrar no solo que la cultura es segura sino que la música es la mejor terapia posible y que el
LDO canta siempre bien hasta con la boca tapada.

La
Misa en Mi bemol Mayor (Cantus Missae), Op. 109 de
Josef Rheinberger (1839-1901) abría este emotivo concierto, pensada para gran coro, los 47 componentes sobre el escenario del Jovellanos volvieron a sonar «a capella» con su calidad superlativa, no importan los relevos generacionales porque exprimen cada cuerda al límite, capacidad dinámica, tesituras extremas, con las voces blancas siempre cálidas incluso en los pianísimos, hasta los bajos profundos, más graves siempre de agradecer porque son el verdadero sustento que hace brillar al resto de voces. «Señor ten piedad», sentimientos extramusicales en tiempos de guerra, trascendiendo lo religioso porque necesitamos piedad y amor por el prójimo independientemente de creencias, «hacer todo el bien posible» que
escribiese Beethoven, una verdadera ceremonia coral que «los leones» llevaron a cabo bajo el
sumo sacerdote Marco. Respetuoso silencio de un público agradecido (bisarían el
Kyrie como agradecimiento y dedicado a un ucraniano del coro).

De
Felix Mendelssohn (1809-1847) al que este coro conoce y se entrega desde siempre, dos salmos que siguen siendo joyas vocales,
Jauchzet dem Herrn, alle Welt (Salmo 100) y
Richte Mich Gott (Salmo 43), casi seña de identidad del
LDO, la inspiración en Bach, textos que tenemos traducidos en el siempre excelente
programa de mano, hoy firmado por Violeta Rubio, entrega y recogimiento equilibrado, pronunciación alemana perfecta, cantos religiosos en esta «puesta en escena» profana para respigarse por tantas emociones desde el buen cantar.

Transitando por un romanticismo cada vez más necesario para toda formación, escucharíamos el monumental
Geistliches Lied, Op. 30 de
Johannes Brahms (1833 -1897), con el piano del corista
Óscar Camacho hoy situado hacia atrás, para evitar los incómodos trasiegos, pero en línea visual con
Marco A. García de Paz y «cantando» desde las 88 teclas, conocedor de las «respiraciones» desde el instrumento y con la ductilidad de su formación, el piano vocal ideal para el mejor Brahms coral.

Y final con
Eric Whitacre (1970), el verdadero «romántico» de nuestro tiempo, revolucionario coral para nuestro «coro de oro» que canta como pocos al estadounidense, su
When David Heard, más que un capricho de
Marco, obra exigente a la que «su coro» llega en el momento ideal para interpretarla, las afinaciones extremas siempre controladas, los matices donde el silencio es más importante que nunca, arte vocal subrayando un sufrimiento que en la partitura está siempre presente, respeto de un público en total comunión con «nuestro león», todo un ejemplo de disciplina y trabajo, los ideales de un coro veterano por el que la mezcla generacional le mantiene como un gran reserva. No nos cansaremos de cada concierto único, irrepetible, con emociones imparables sin perder nunca esa «marca de la casa», polivalencia coral o policoralidad, la importancia de los impresioantes silencios intrínsecos a la propia música, dramatismo, afinación muy cuidada (e impagable), partitura y programa con la necesaria compenetración total de cantantes y director.

Si en la misa nos damos la paz antes del
Agnus Dei, hoy musicado por
Rheiberger, también pedimos Piedad al Todopoderoso (máximo rector o ente eterno, no importan las creencias ante el dolor) con el
Kyrie cual plegaria cantada que se repitió más que de regalo, de sentida súplica coral.
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