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Wagner se impone a Verdi en el clásico ovetense

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Sábado 26 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Emily Magge (soprano), Klaus Florian Vogt (tenor), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Gala Lírica bicentenario VerdiWagner.

El mismo día que el clásico futbolístico Barcelona – Madrid daba comienzo el Ciclo «Conciertos del Auditorio» con este emparejamiento que tiene paralelismos musicales, no en vano la capital de España, como la de Asturias, siempre han sido verdianas en contraposición a Barcelona o Gijón, más wagnerianas, y el Camp Nou como el Auditorio disfrutó del vencedor en todos los sentidos, disputas aparte que siempre las hubo, hay y habrá.

Como si de una crónica de balompié se tratase, podría hacer la de este concierto teniendo en cuenta que el resultado ha sido el mismo, 2 a 1 en tanto que a Wagner le hemos escuchado por partida doble esta semana, incluso repetido pero siempre distinto. Y si la hinchada carbayona es operísticamente italiana, merengue incluso, la del auditorio reconoció el dominio alemán.

Las figuras invitadas se desenvolvieron mejor en la «Bundesliga» que en el «Calcio», no en vano están reconocidos como cantantes wagnerianos y así resultó, con dos partes bien diferenciadas donde no siempre dominar es suficiente para vencer, planificando el evento en la habitual sucesión de oberturas o preludios entre arias y dúos, repartiendo tiempos y sacrificios.

Verdi jugó cómo en la primera parte aunque sin convencer nunca. La obertura de I vespri siciliani quedó algo desequilibrada entre un ataque de metales dominando la defensa de cuerda, que fue corrigiéndose a lo largo de los 50 minutos, dinámicas y tiempos que fueron de menos a más tal como los planteó la batuta titular.

Emily Magge hizo su primera aparición como Leonora con el aria «Pace, pace mio Dio« de La forza del destino, sobrada escénicamente con un color vocal carnoso en todos los registros, excelente proyección y bien arropada por el maestro concertador Conti, con mejor tino en la obertura de Atilla antes de la salida de Klaus Florian Vogt como Rodolfo en el aria «Quando le sere al placido» de Luisa Miller, quien me dio la sensación de estar en el puesto equivocado, frío, nada convincente a pesar de su capacidad, aún menor tras escuchar la obertura, esta vez después, que la Oviedo Filarmonía sintió como propia en estos repertorios de foso que dominan con el florentino al frente. La mejor jugada de pizarra era Otello y el dúo con Desdémona «Già nella note densa» que la amada cantó mucho más cómoda, casi provocando la muerte del moro de Venecia en un cambio de argumento ante lo poco convincente de un dueto que debería habernos respigado, como los cellos, en vez de mordernos la lengua, dejándonos con la esperanza de la segunda parte y el dominio vocal de la soprano americana sobre el tenor alemán.

Wagner planteó el arranque con su baza ElisabethMagge en «Dich, teure Halle» (Tannhäuser), cambio radical para un mismo color pero de sentimiento mayor, dominio del espacio y el texto de cabo a rabo, seguido por la conocida Cabalgata de las valquirias que la Oviedo Filarmonía interpretó como un ataque de película y poderío sonoro en esa Die Walküre plenamente germana. Y al fin Vogt salió «enchufado», borrando errores italianos, regateando y corroborando a la prensa especializada y sintiendo los colores patrios para convencernos como Siegmund en «Winterstürme wichen dem Wonnemond«, un heldentenor wagneriano en toda regla aunque con mucho recorrido en su carrera.

Lohengrin volvía al mismo campo pero con otro equipo y entrenador, demostrando lo importante de implicarse a pesar de diferencias de plantilla o presupuestos. Y es que los preludios del primer y tercer acto que nos interpretó la OvFi con Conti resultaron convincentes, compensando tensión y fuerza en un par de preludios que sonaron realmente bien, más wagnerianos que verdianos como cambiándose las tornas, secciones equilibradas dominadas por un planteamiento del director sin complejos. En medio el hermoso dúo de Elsa y Lohengrin «Atmest du nicht mit mir die süßen Düfte?» funcionó como el «tiki-taka blaugrana«, empastado, alternando protagonismo bien apoyado orquestalmente, mimados en los planos por Conti sin renunciar a las dinámicas originales, convincente, jugada maestra y lo mejor del partido, perdón concierto aunque siga prefiriendo tenores más dramáticos, y supongo que Magee también. Y se ampliaría el resultado con Vogt recreando «In fernem Land» convenciendo a un público que reconoció la posición natural del germano, rematando un dominio en su terreno que compensó el casi calentamiento de la primera parte justificando su presencia como titular.

En el tiempo adicional y sin tensiones, propinas repartidas de «bundesopera», Vogt cantando de Lehar su «Dein ist mein ganzes Herz» (de «El país de las sonrisas»), Magee de Carousell antes de recortar distancias nada menos que con el «Tonight« de West Side Story (Bernstein), María Magge y Tony Vogt emulando a Kiri y Carreras con Conti y OvFi de felices compañeros para quitar el mal sabor de boca a los verdianos y recortar diferencias wagnerianas, maquillando un resultado esperado antes de entrar. Algunos se quejarán de robos, fueras de juego o malos planteamientos, pero no podrán quitarnos un arranque de ciclo optimista viendo el calendario de la temporada.

Ensayando Wagner para el anual

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Miércoles 23 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, Ensayo general del XXII Concierto Premios Príncipe de Asturias: Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), director: Jonas Alber. Obras de Wagner. Entrada gratuita con invitación previa.

Otro año más que la FPA prepara el «concierto de los premios» aunque los recortes también se han notado teniendo que tirar de lo de casa, salvo el maestro alemán invitado y conocido como «mago del sonido» tal y como pudimos comprobar en este ensayo, con todo lo que supone, aunque hubiese algún despistado a mi alrededor que no entendía la razón de repetir pasajes o las explicaciones que la soprano del coro Rosa Álvarez traducía para sus compañeros.

Estamos aún en el año del 200 aniversario del nacimiento de Richard Wagner y el programa buscó páginas conocidas para el gran público, no necesariamente wagneriano, de coros y preludios, con una orquesta algo reforzada para el homenajeado aunque todavía corta en cuerda (y así nos quedaremos a la vista de la tijera cultural), y un coro con mayoría de voces blancas sobre graves, y éstas a medio gas, supongo que guardando fuerzas para el concierto, porque el programa es realmente duro.

Además del protocolo obligado con los respectivos himnos de España y Asturias que abren y cierran concierto, la obertura de Tannhäuser pareció algo adormecida, aunque el director alemán se encargaría de limar detalles. El Coro de caballeros y damas «Freudig begrüssen wir die edle Halle» puso en pie a una agrupación vocal algo descompensada, afinada, con buena pronunciación pero dubitativa en alguna entrada, inseguro aún más en el Coro de los viejos peregrinos del acto III «Beglückt darf nun dich, o Heimat» que sacó a flote esa carencia de efectivos para un coro que requeriría casi el doble, y no era cuestión de aumentar volumen, menos aún en un ensayo. El efecto de colocar tres trompetas en un palco hizo desencajar ligeramente las entradas, aunque al repetir el pasaje resultó mucho mejor.

De Lohengrin escuchamos el Preludio del acto I que nos devolvió nuestra cuerda de primera bien respaldada por el resto de familias, tal vez planos en presencia pero inmensos en dinámicas, corrigiendo detalles de planos y fraseos el maestro Alber. La conocida marcha nupcial del tercer acto «Treulich geführt ziehet dahin» pareció más cómoda de lo que realmente es, con las voces blancas seguras y de emisión perfecta, luminosas y a la vez etéreas (como recuerda las notas del programa de este miércoles, supongo que de María Sanhuesa como las notas del programa «oficial») así como la orquesta en su nivel habitual de calidad, metales presentes y poderosos sin exageraciones, calidad aún mayor en el Preludio que va antes de la marcha que aquí se programó después, lo que no entiendo mucho porque finaliza precisamente cuando aparece la melodía más famosa de Wagner.

Y para cerrar este pequeño gran muestrario wagneriano Los maestros cantores de Nüremberg con el preludio que la orquesta asturiana ejecutó con más convicción, más apropiado para abrir concierto que cerrarlo,  y los coros del acto III, escena quinta «Wach auf, es nahet gen den Tag» realmente exigentes, y el final «Ehrt eure deutschen Meister«, cual himnos no ya de homenaje al compositor sino al «arte de los maestros cantores y el valor de las tradiciones», siendo los conciertos de la fundación una más dentro de la vida musical asturiana.

Interesante ensayo para desenredar la madeja del programa, que tan solo sirve para sacar ideas generales y ver cómo trabaja el maestro Alber con nuestra orquesta y coro en el siempre difícil Wagner. Espero con más ganas el War Requiem de Britten también centenario, con los mismos músicos de hoy más distintos solistas y el titular Milanov al frente. Será el 22 de noviembre.

Sensaciones con la experiencia Milanov

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Viernes 15 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 6: OSPA, Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Wagner, Schumann y Beethoven.

Tras la conferencia previa de Alejandro G. Villalibre (autor de las notas al programa que están enlazadas en los autores de arriba) sobre «El legado de la Pastoral de Beethoven» que ponía el punto final en Wagner, sería como si su bicentenario retornase a Milanov y la OSPA al ciclo de abono con un programa que, en palabras del propio Villalibre citando al genio de Bonn, resultaría «más expresión del sentimiento que pintura sonora» pero nada distanciado de lo romántico en ninguna de las tres obras.

La primera sensación antes de comenzar fue la disposición elegida por el maestro búlgaro totalmente vienesa: contrabajos atrás, violines enfrentados, trompetas al lado de los fagots, timbales a la derecha (la foto de Marta Barbón que abre la entrada es perfecta para verla). Búsqueda de nuevas sonoridades más que vuelta a concepciones históricas aunque las obras fuesen adecuadas para esa colocación, y es un hecho que creo marcaría todo el concierto.

Del Sifgrido wagneriano escucharíamos «Murmullos del bosque», WWV 86c del Acto II, como si la madre naturaleza fuese protagonista de una velada climatológicamente primaveral pese a los gélidos días anteriores del «febrerillo loco». La formación asturiana vuelve por sus fueros dando un paso más en la búsqueda de la excelencia, pues la calidad está más que demostrada. Texturas y dinámicas amplias donde todas las secciones brillaron escuchándose y descubriéndose en la nueva colocación. Puede que la acústica del auditorio no sea perfecta para ellos pero el maestro búlgaro consiguió en este aperitivo un Wagner más cercano desde una orquestación casi íntima por momentos pese a la plantilla utilizada, lo que corrobora el mimo con el que Milanov llevó la obra, sin descuidar nunca los planos sonoros.

El joven violonchelista Pablo Ferrández (Madrid, 1991) parecía predestinado a la música hasta en el nombre, por lo que no es de extrañar su precocidad en el instrumento. Esta semana recibía en Oviedo la noticia de un nuevo premio, recién llegado de un concierto con el pianista Luis del Valle donde también estaba Schumann. El Concierto para violonchelo en La m., Op. 129 lo debutaba con nosotros y su interpretación resultó impactante por el poso, musicalidad y sonido de su Andrea Castagneri de 1733. Impecable de técnica logró recrearse en una partitura sin desmayos siempre bien concertada por Milanov y la OSPA que fueron alternando buen gusto con el solista, respetándose desde la escucha interior y plegados a las indicaciones de la batuta. El regalo de El cant dels ocells fue más que un agradecimiento desde la profundidad musical de una página cargada de simbolismos que el madrileño ya ha interiorizado. Pablo Ferrández se suma a la lista generacional de grandes violonchelistas españoles que triunfan por todo el mundo, y en Oviedo estamos disfrutándolos a (casi) todos.

Y llegaría el Beethoven de la Sinfonía nº 6 en FA M., Op. 68 «Pastoral», la vuelta al origen del programa y el posterior legado que contaba Villalibre en la conferencia previa. La «Experiencia Milanov» comienza a palparse y sus primeras palabras ya toman forma.

La orquesta asturiana ya ha tocado muchas esta sinfonía en sus 22 años de historia, pero la versión ofrecida por Milanov en Gijón y Oviedo son de las que no dejan indiferente. La colocación ya comentada mostró esos pasajes muchas veces ocultos (tapados) de los violines segundos, y por fin conseguí escuchar la ansiada «pegada» en los contrabajos, envolviendo desde el fondo toda la obra. Incluso los timbales ayudaron a encontrar el color orquestal apropiado, no sé si para el Auditorio pero evidentemente la apuesta del maestro titular por la disposición vienesa resultó un éxito para mí. Pero sobremanera los tempi elegidos. Habrá polémica siempre positiva, opiniones encontradas sobre las indicaciones metronómicas que Beethoven utilizó para precisar la velocidad elegida, menos subjetivas que un Allegro ma non troppo, pero volviendo a su propia búsqueda de «más expresión del sentimiento que pintura sonora» la Sexta resultó pastoril en cuanto a sentimientos, remanso, deleite en cada pasaje, disfrute en cada intervención solista con una madera realmente inspirada y unos bronces empastados como nunca, alcanzando cotas de entendimiento entre ellos que solamente estos años de «matrimonio» (los mismos que yo) consiguen. La Escena junto al arroyo: andante molto mosso continuó en la línea de tranquilidad expositiva, con una cuerda redonda en cuanto a la sensación de globalidad conseguida por la colocación e interpretación de toda ella, al igual que la Animada reunión de los campesinos: Allegro con toques casi de romería primaveral asturiana, ímpetu sonoro siempre controlado. Incluso el Trueno y tempestad: Allegro nos dejó una tormenta sin excesos, más veraniega que invernal con dinámicas nunca exageradas, bucólicamente sentimental, silencios subrayando la bravura, precisión y respeto a la partitura, reminiscencias del Don Giovanni mozartiano premonitor. Y si de sensaciones hablamos, Sentimientos de benevolencia y agradecimiento hacia la Divinidad después de la Tempestad: Allegretto, colofón unificador en cuanto a la interpretación de Milanov con «nuestra» OSPA, emoción contenida para muchos, explosión de luz para la mayoría.

Mi comentario final es que se está logrando entender a Milanov, incluso comienzan a creérselo, y la transmisión emocional desde el escenario al público la notamos todos. El maestro no volverá hasta abril (y fuera de abono) pero la orquesta repite la próxima semana con Perry So… y espero contarlo desde aquí. Las sensaciones han sido positivas y mi salida del concierto pletórica en el ánimo. Oviedo y Mieres aún siguen celebrando los carnavales.

Wagner se sumó al poderío ruso

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Jueves 17 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky de San Petersburgo, Valery Gergiev (director). Obras de Mozart, Wagner y Shostakóvich.

Una hora antes del concierto la violonchelista Marie-Elisabeth Hecker tendría un desmayo con posterior envío al hospital y nos privaría de escucharla en las Variaciones sobre un tema rococó, Op. 33 de Tchaikovsky que figuraban en el programa. Claro que una orquesta y director como los de esta velada son capaces de remontar y regalarnos el primer Wagner del año con los preludios de los actos I y III de Lohengrin.

Mozart y su Sinfonía nº 40 en Sol m., K. 550 abrían boca y oídos para un auditorio lleno hasta la bandera ante el primer acontecimiento musical de primera en este otro año de crisis e impidiendo asistir a la presentación de «La misa de gaita. Hibridaciones sacroasturianas» de Ángel Medina una hora antes en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo con presencia de muchos amigos y conocidos y recordando a mi querido Lolo «el de Cornellana», pero Gergiev mandaba y sobre todo por la esperada segunda parte.

Mozart me resultó algo exagerado en plantilla aunque sean capaces de sonar cual orquesta clásica. Versión de disco pero que no me emocionó aunque reconozca detalles del maestro ruso. Molto allegro no tal cual sino «menos», sin excesos, un Andante equilibrado, reposado, juego bien llevado, Menuetto: Allegretto-Trio donde la colocación vienesa se agradece para paladear un movimiento con enjundia, y el Finale. Allegro assai tan aseado y bien ejecutado escuchando todas y cada una de las notas, diría que aséptico e impecable pero sin engancharme.

«No hay mal que por bien no venga» y escuchar los dos preludios wagnerianos resultó una bocanada de tensión y energía, brillo y sabiduría desde el pianissimo inicial de unos violines perfectos en el primero hasta el poderío de metales redondos y humanos del tercer acto, siempre conducidos con el estilo tan personal pero eficaz de Gergiev con su orquesta, pues así la debemos considerar. Cambiar el programa una hora antes y hacerlo con la calidad y consistencia demostradas no está al alcance de cualquiera. Ya quisiera haber sonado así en el Concierto de Año Nuevo de este año con el soso Welser-Möst.

La Sinfonía nº 10 en Mi m., Op. 93 de Shostakóvich sería la protagonista del esperado concierto, una hora que pasó volando y donde cada nota parece correr por las venas de esta formación. Aurelio M. Seco en las notas al programa explica perfectamente esta sinfonía que refleja en palabras de Viora «la horrible crueldad del asesino de masas» y le sumaría el carácter obsesivo que subyace en toda ella junto con los toques marciales, sin olvidar las palabras del propio compositor de introducir «mas tempi lentos y episodios líricos que pasajes heróico-dramáticos y trágicos». La orquesta es un bloque perfecto en todas sus secciones y solistas, logrando unas texturas perfectas para «la décima» y un impulso vital que convierte esta obra de 1953 en una de las grandes del pasado siglo y protagonista asidua desde hace unos años para toda formación y director que se precie. Claro que el binomio Mariinsky-Gergiev la sitúa como cimera e inigualable, molestándole las pausas entre movimientos porque entiende las obras en su globalidad, y este Shostakóvich fue como beber directamente de la fuente, el auténtico poderío ruso donde Mozart hizo de telonero y Wagner se sumó a la fiesta.

Nina Stemme ¡placeres suecos!

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Sábado 15 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo, «El Amor, la Esperanza y el Destino»: Nina Stemme (soprano), Orquesta de Cámara de Suecia, Thomas Dausgaard (director). Obras de Beethoven, Grieg, Sibelius, Wagner, Ravel, Weill, Brahms, Berlioz, Schubert, Elgar y R. Strauss.

Podría haber titulado «Nina Stemme sin más» como la primera impresión tras escuchar a la cantante sueca, pero evidentemente hubo mucho más, una orquesta de su país que se llama «de cámara» aunque ya quisiéramos aquí formaciones con estos efectivos, más un director danés con el podemos estar en deacuerdo con alguna interpretación, versión o incluso estilo directorial, pero que no hay dudas sobre su magisterio y comunicación entre todas las partes implicadas en esta gira ya escuchada en Bilbao y el Kursaal donostiarra el día anterior.

Llamar fríos a los nórdicos tiene que ir desterrándose del imaginario colectivo como otras tantas cosas, y tenemos muchas pruebas, musicales en nuestro caso, de la calidad unida a la calidez como con otras grandes sopranos: la ya fallecida Birgit Nilsson, la mezzo también sueca Anne Sofie von Otter o la finlandesa Karita Mattila, todavía en activo.

Nina Stemme (Estocolmo, 11 de mayo de 1963) que obtuviese en 2010 uno de los Premios Líricos Teatro Campoamor, es un ejemplo vivo de cómo hay que cantar, una diva más diosa terrenal con un programa de una hora sin interrupciones, intermedios musicales donde no abandona el escenario sino que se adereza sobre él con un toque floral trasero o un «guardapolvo» negro para ir recreando cada poema musicado (de agradecer que figurasen los textos en el programa aunque faltase luz para leerlos) y colocarse para cantar delante o detrás de la orquesta sin perder nunca una línea melódica magistral, técnica al servicio de temas tan diferentes sin ninguna estridencia y deleitándonos con cada sílaba emitida, pero sobre todo un color de voz que rompe la clasificación habitual de las voces porque cuando se canta como la sueca, sobran etiquetas, casi diría que hasta estos comentarios míos.

Y la orquesta consiguió contrastes y dinámicas sobrecogedoras, especialmente en los pianissimi, ya desde el primer acorde de la Obertura Coriolano, Op. 62 (Beethoven) con la soprano en escena para indicarnos la visión global que el título del programa tenía. Podremos buscar un hilo conductor, un argumentario a las obras y autores elegidos o simplemente disfrutarlas «de un tirón» que fue lo que hicimos (se escaparon algunos aplausos, lógicos por la emoción contenida). La versión «dausgaardiana» me resultó demasiado lineal, ceñida sin más a la partitura, olvidando todo lo que esconde detrás el genio de Bonn…

De lo que antes llamé «intermedios musicales» o mejor «puentes instrumentales», tal vez académicos y sin grandes aportaciones por parte de Dausgaard pero con una orquesta tan buena y trabajada que es capaz de seguirle siempre, me quedo con la Pavana para una infanta difunta (Ravel) y el «Nimrod» nº 9 de las Variaciones Enigma, Op. 36 (Elgar) por el conjunto logrado, bien ubicadas en el discurrir del programa y auténticos puentes dramáticos en el devenir de las canciones.

De «la Stemme» cada tema un placer, amor, esperanza y destino nunca mejor hilados. Además de los textos traducidos, siempre es un placer leer notas al programa como las de Mª Encina Cortizo para «una selección de las mejores obras vocales y sinfónicas del repertorio romántico». Si el arreglo del director danés, como los textos de Hans Christian Andersen para la obra noruega Jeg elsker dig, nº 3 Op. 5 (Grieg) de las llamadas «Melodías del corazón», un Te amo cantado por la sueca reúne mis amados países nórdicos hechos Arte Musical, lo mismo puedo aplicar a Sibelius y Flickan kom ifrån sin älsklings möte (La chica volvió del encuentro con su amante), nº 5 Op. 37. «De la serenidad a la pasión erótica» destilada en los Wesendonck Lieder de Wagner y el nº 2 Stehe still! (Detente!) en orquestación de Felix Mottl con una orquesta delicada y sensual más «La Voz» embriagadora de Nina, que pasado el «puente raveliano» se cubrió de negro sobre rojo pasión de su intervención para «La saga de Jenny» de Lady in the Dark (K. Weill), mujer nada sombría diametralmente distinta a la reciente de Ute Lemper, aquí nos devolvía «una mujer moderna, escéptica y pragmática, alejada de las angustiadas féminas románticas», colores vocales perfectamente arropados por una cuerda de lencería que hace recordar el piano original antes de «El espectro de la rosa» nº 2 de Les Nuits d’eté (Berlioz), otra lección vocal para una melodía preciosa y dominando los idiomas desde la música. Tras la vuelta al sosiego de Elgar la concertino Katarina Andreasson y el arpa Patrizia Carciani  serían compañeras de camino para Morgen, Op. 4 (R. Strauss), «una de las obras más hermosas de toda la historia de la música» que comparto con la doctora Cortizo, y que en la voz de Nina Stemme fueron capaces de emocionarme hasta lo profundo. Imposible describir el delirio final y la propina de un lied de Brahms para ir preparándonos la segunda parte. Recordaremos a la soprano sueca muchos años.

La Sinfonía nº 1 en Do m., Op. 68 (Brahms) volvió a corroborar la calidad de una joven orquesta sueca plegada a su director en cada gesto. La sonoridad y empaque son asombrosos, seguramente en poco tiempo estará a la par de su compatriota dirigida por Dudamel, y se nota el trabajo previo porque la versión que Dausgaard brindó de «la primera» no es fácil de seguir, sobre todo en los movimientos extremos donde el danés creo que abusó del rubato conocedor de la flexibilidad de esta formación y la técnica en cada sección, especialmente la cuerda y la madera. Tengo muchas primeras en vivo realmente mejores que esta sueco-danesa. Sin entrar a comentar la disposición que descubre sonoridades nuevas (trompas a la derecha y en «su lugar» trompetas y trombones), mejor los movimientos centrales sin que me convenciese su forma de dirigir ni la visión algo distorsionada del sinfonismo brahmsiano. Lo mismo podría añadir de las dos propinas, la lenta y ese Allegro Molto de la Danza Húngara nº 1 (con un trombonista al triángulo) impecable que puso el remate a dos horas de buena música, incidiendo en mi opinión, aunque Nina Stemme fuese quien nos dejó LO MEJOR.

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