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Y mucha incomprensión

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Jueves 31 de octubre, 20:00 horas. Concierto Social, Historia de un soldado (Stravinsky). Siete instrumentistas de la OSPA, internas del Módulo 10 del Centro Penitenciario de Villabona, Gustavo Moral (dirección de escena), Óliver Díaz (dirección musical). Entrada gratuita con invitación.

La OSPA se está abriendo a la sociedad asturiana y con el ciclo «Música y guerra. Una historia de superación» la realidad se trasladó a la cárcel asturiana el miércoles para devolver a las reclusas del módulo 10 un poco de libertad haciéndolas partícipes y coprotagonistas con un septeto de la OSPA formado por Héctor Corpus (violín), Joshua Kuhl (contrabajo), Christian Brandhofer (trombón), John Falcone (fagot), Andreas Weisgerber (clarinete), Maarten van Weverwijk (corneta) y Rafael Casanova (percusión) con la dirección del maestro Díaz, de una historia atemporal, todo un espectáculo ideado por el musicólogo, profesor y animador Gustavo Moral con textos actualizados al castellano del original en francés del suizo Charles F. Ramuz encargado y utilizado por Stravinsky para esta historia, así como la puesta en escena sencilla que pudimos ver proyectada en la pantalla gigante al día siguiente, dado que sólo pudieron acudir las tres narradoras por cuestiones obvias.

Agradecer el esfuerzo por editar el vídeo de los ensayos y la actuación del día antes en el salón de la propia cárcel para comprender en su totalidad esta genial idea de llevar la música a todas partes sintiéndola en primera persona y compartirla en el auditorio ovetense. Me gustaría abrir la mente, o al menos hacer pensar, a parte de un público indignado (y creo algo ignorante) por esta Histoire du Soldat, un espectáculo donde la calidad musical increíble del septeto es cierto que no fue pareja a la narración, olvidando que se trataba de un concierto social, labor que seguramente desconocen y pensaban estar ante una interpretación como la de 1962 que atesoro en CD con el gran Peter Ustinov o Jean Cocteau como diablo y lector junto al soldado y la princesa, dirigidos por Igor Markevitch al frente de unos músicos que puedo decir con seguridad, mejoraron los «siete magníficos de la OSPA», uniendo la calidez y calidad humana que no tienen comparativa alguna.

El esfuerzo de las tres narradoras fue enorme, nervios lógicos ante un auditorio lleno que siempre impone, y la experiencia indescriptible para todos. Actualizar el texto a un español cercano comenzando con el guiño asturiano «Desde Mieres a Avilés, un soldado va a su hogar…» supone la premisa de la propia historia como bien escribe Gustavo en las notas al programa: «(…) nace desde el ahorro y con la intención de ser asequible a cualquier espectador, sin olvidarse de los habitantes de los pueblos más humildes (…) pieza para ser «leída, tocada y bailada» (…) con un narrador que es la pieza angular de toda la obra (…) como un poema sinfónico pero como poema explícito y sin orquesta sinfónica».

Historia en dos partes y nueve números musicales, tres escenas con soldado, diablo y lector femeninas dando lo mejor de ellas y  la música maestra de Stravinsky con todo tipo de influencias para una formación pensada hasta en su disposición, con momentos realmente mágicos bien llevados por Óliver Díaz para una pieza atemporal y tristemente vigente porque mientras hay guerra también tendremos soldados con sus historias, alternancia de momentos de alegría y tristeza como la vida misma hechos música y palabra, en la cárcel y en el auditorio, pactos con el diablo y final moralizante: «No se puede tener lo de hoy y lo de ayer, no se puede a la vez ser quien se ha sido y quien se es. Hay que escoger. La felicidad ha de ser una. No puedes tener el sol… y la luna a la vez».

Cada vez que sonaba la Marche du soldat era una delicia, y sobre todo momentos álgidos como el pequeño, después gran coral que resultaron de un lirismo y delicadeza a cargo de los músicos de nuestra orquesta capaces de emocionar y acallar a un público más respetuoso que en otros conciertos. La Marche triomphale du diable supuso el colofón perfecto para un final real como los tiempos que corren, victoria del mal sobre el bien obligados a pactar por una vida donde la riqueza no es nada.

Al menos me queda lo espiritual, lo inmaterial, el placer de seguir disfrutando de la música, y mi felicidad fue la de un último día de octubre escogiendo un concierto que me deja la alegría artística con el regusto argumental, real para otra historia de superación, con pena por seguir comprobando que todavía existe mucha incomprensión… incluso para la obra de Stravinsky noventa y cinco años después de su estreno.

Fuego que no quema

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Viernes 1 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Rudolf Buchbinder (piano), David Menéndez (barítono), Coro Universitario de Oviedo (director: Joaquín Valdeón), Joven Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (director: José Ángel Émbil), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de G. Fauré (1845-1924), G. Gershwin (1898-1937), Ildebrando Pizzetti (1880-1968) e I. Stravinski (1882-1971).

Programa variopinto con música más cercana a nuestro tiempo y donde el protagonismo estuvo compartido entre el magisterio pianístico y el vocal de mi tierra.

Cual pastillas para arrancar la chimenea Le Pas Espagnol de «Dolly Suite para orquesta», Op. 56 (Fauré) originalmente para piano a cuatro manos en orquestación de Henry Rabaud, breve y agradecido número con la orquesta preparándose para el más puro estilo newyorker.

El Concierto para piano y orquesta en Fa (Gershwin) aún bebe del lenguaje de su «hermana azul» aunque resulte más académico sin perder un ápice el genuino sabor americano pese a que «el Rachmaninov de Broadway» presente la estructura tripartira con pasajes pianísticos realmente hermosos. El fraseo claro y la limpieza de Buchbinder siempre atento a un Conti con quien se entendió a la perfección mantuvieron ese difícil equilibrio entre el swing y el rubato, disfrutando todos de los Allegro extremos y recreándose en el central Adagio – Andante con moto en el más caldeado ambiente con humo de los clubs de jazz. Agradecer esta obra poco programada aunque del amplio repertorio que domina ésta de Don Jorge sea casi una bandeja de carbayones de Camilo de Blas.

Y evidentemente un concierto enmarcado en El Piano, el intérprete austríaco no podía marcharse sin más a pesar del excelente «concierto americano», por lo que nos regaló una auténtica perla de virtuosismo, limpieza, ritmo vienés y música de piano en estado puro con la paráfrasis sobre «El murciélago» de J. Strauss titulada Soirée de Vienne, Op. 56 (A. Grünfeld) que rubricaba el título de las Jornadas y nos dejaba con ganas de más.

La segunda parte vendría con más fuego que (me) da juego a la colaboración de dos coros jóvenes y con talento como los dirigidos por Valdeón y Émbil, hoy dos coralistas más, capaces de sonar empastados como si llevasen juntos años y logrado olvidar la descompensación entre voces graves y blancas en una obra breve de apenas 12 minutos pero muy exigente para todo el elenco de casa, incluyendo al barítono David Menéndez que sigue mostrando poderío y gusto en cualquier repertorio que le echen. La Sinfonía del fuego (Pizzetti) para barítono, coro y orquesta que Luis Suñén describe a la perfección en las notas al programa, es la invocación a Moloch de la banda sonora en vivo para la película muda Cabiria (1914) dirigida por Giovanni Pastrone y efectos especiales del español Segundo de Chomón, «género filmográfico» que Conti domina y se encarga de traernos con su orquesta, alcanzando niveles de madurez y complicidad con su titular, esta vez con el coprotagonismo vocal de solista y coros, todos en su sitio, vibrando y avivando un fuego que no les quemó. Ojalá los organizadores continúen apostando por formaciones y solistas de la tierra, cuyo nivel no tiene nada que envidiar a muchos de fuera con renombre.

Para acabar esta especie de danza prima invernal y cinematográfica alrededor de las llamas musicales, El pájaro de fuego (versión 1919) de Stravinski para corroborar el excelente momento de la Oviedo Filarmonía en todas sus secciones y solistas en esta música de ballet que Conti llevó de memoria, conocedor de partitura y músicos para transmitir en los cuatro números la calidad de esta formación. Interpretación brillante, solos emocionantes de Miljin, Cadenas, Giménez, Bronte y demás, cuerda que va puliendo una sonoridad propia muy firme y delicada, sin olvidarme de la percusión, consiguiendo sacar adelante un programa peligrosamente inflamable controlando chispas y llamaradas con el «Jefe de Bomberos» Don Marzio responsable de un cálido concierto en una tarde noche fría y lluviosa que siempre es de agradecer.

Milanov nos hace danzar

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Sábado 24 de noviembre, 20:30 horas. Sala Argenta, Palacio de Festivales de Cantabria, Santander.  «Les ballets russes de Diaghilev»: Ginesa Ortega (cantaora), OSPA, Rossen Milanov (director); obras de Stravinsky y Falla.
Volvía Milanov al frente de la OSPA con un programa dedicado a dos músicas asociadas a la danza que Diaghilev promovió y coreografió para sus ballets rusos, llevadas al disco en Oviedo por estos intérpretes en los dos días anteriores, aunque Santander evitase las tensiones de una grabación que quedará para la posteridad con la suma del esfuerzo y cansancio del viaje hasta la capital cántabra y posterior retorno a casa.

No es habitual escuchar en concierto versiones completas de músicas para ballet, pero el titular de la OSPA tiene cierto renombre en este mundo del ballet y se preocupó en programar dos de los ballets rusos estrenados en nuestra vieja Europa, los de Falla y Stravinsky, más que antítesis complementarios tras la admiración del español por el ruso en un París ombligo del mundo.

Las notas al programa local de Ricardo Hontañón reflejan que «Petrouchka» (Stravinsky, revisión de 1947) es «un pelele… que exaspera la paciencia de la orquesta», siempre rompedor en los pasajes que Diaguilev vió perfectos para el polichinela danzante, cuatro partes donde cada sección orquestal en conjunto y desde sus solistas, tendrá que pasar de lo grotesco a lo popular, del conjunto a la individualidad con exigencias muy duras. Milanov buscó todos los colores posibles para su orquesta, obra poliédrica con continuos cambios de rítmica, intensidades, tímbricas muy cuidadas, duras pero con aristas redondeadas, dúos y tríos camerísticos excelentes contrapuestos a tutti densos pero definidos. «La fiesta del martes de carnaval» abría y cerraba el espectacular tránsito del día a la noche carnal, las carnestolendas del desenfreno antes de la cuaresma en pleno noviembre cálido, con alguna ligera pifia fruto de labios muy machacados que no desentonó dentro del ambiente festivo, o mínimos desajustes finales en las entradas a tempo de la cuerda grave cual cojera polichinela desapercibida por la mayoría. Plantilla reforzada pero homogénea, solistas de primera en cada sección, sin olvidar celesta, piano y arpa ineludibles por protagonismos bien ejecutados, amén de la percusión acertadísima en dinámicas.

Manuel de Falla nos toca de cerca y parece que esté en nuestros genes. Escuchar el ballet completo «El sombrero de tres picos» es raro, habitualmente nos quedamos con algunas danzas sueltas, pero escuchar las intervenciones de la cantaora elegida, Ginesa Ortega, fiel al espíritu del cordobés enamorado de su tierra y su folklore, una exquisitez que tendremos en el disco. Abrir cada parte con el «quejío» puro de una voz entrenada en un Falla purista (como el de «El amor brujo») es de agradecerle al responsable/s de la elección de solista y obra, versión cuidada al detalle, rica en sus dos partes, una primera que funciona como un «trailer» contenido de la segunda, delicadeza y suspense antes del desenfreno sin perder equilibrio por el que Milanov apostó. Velocidades pensadas para bailarlas sin tropezones, escucharlas casi masticándose, deleitarnos con cada intervención solista, todas y cada una de ellas que enamoraron al público cántabro, y «abriendo boca» siempre la Ginesa.
Me escapaba a tierra vecina para no perderme este concierto esperado desde que lo leí en la programación general de la OSPA, más sabiendo de su destino final en CD (aunque siempre defienda el directo como irrepetible). El viaje mereció la pena.

Foto: © Marta Barbón / OSPA

Más tristeza que amor

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Viernes 4 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 11 OSPA, Joshua Hopkins (bartítono), Jayce Ogren (director). Obras de Stravinsky, Lieberson y Tchaikovsky.

La conferencia previa sobre Stravinsky a cargo del compositor y musicólogo Israel López Estelche (autor también de las notas al programa que enlazo en los autores) nos preparó para la primera obra del concierto de abono que nos traería un programa realmente interesante donde la sección de viento fue la protagonista como otras veces la cuerda en solitario.

Las Sinfonías para instrumentos de viento (1920) revisadas por Stravinsky en 1947 y retomando el coral para armonio de su Toumbeau de Claude Debussy, permitió disfrutar de la llamemos «sección organística» del viento que tiene desde hace años un nivel altísimo tanto en las maderas como en los metales, y no defraudaron a pesar de que la dirección del joven Ogren, que volvía por tercera vez, se limitó a lo básico y poco más, pero la musicalidad de los profesores sacó adelante las tres secciones de que consta esta obra escuchada poquísimas veces en vivo.

A la vista del resultado global, lo mejor de la velada resultaría el estreno en España y la primera escucha del barítono Joshua Hopkins cantando cinco sonetos de amor de Pablo Neruda utilizados por Peter Lieberson en Canciones de amor y tristeza, para barítono y orquesta. Sin entrar en la trastienda de la obra, interesantes para comprenderla y bien explicadas en el programa, el peso del texto supera al de las melodías que parecen o quieren brotar de la lectura del mismo. El color de voz de Hopkins y la perfecta dicción castellana (con acento ¿chileno?) cautivó desde el primer verso del soneto XLVI «De las estrellas que admiré», cinco números algo desiguales y monótonos por momentos, con melodías poco pegadizas aunque la instrumentación parecía subrayar los sentimientos del poeta más que el canto. Me gustó el tercero, el soneto LII «Cantas y a sol y a cielo con tu canto…» y los solos de cello a cargo de Atapin que fueron aún más líricos ¿el budismo de Lieberson?, si bien el maestro Ogren no ayudó mucho a ninguno pese a la corrección que no es suficiente. Quedé con ganas de escuchar a Hopkins en otro repertorio porque son los barítonos que me gustan, y en esta primera parte predominó el amor de mi tocayo, con esos tres lánguidos Adiós que cierran el soneto LXXXII «Amor mío, al cerrar esta puerta nocturna».

La tristeza total me sobrevino con la Sinfonía nº 6 en Si m., Op. 74, «Patética» (Tchaikovsky), obra cumbre del ruso que exige atención a todos los detalles desde el arranque pianísimo del Adagio introductorio. La falta de más graves tras el fagot inicial me puso sobre aviso. Los «resonantes clamores» de los que habla François-René Tranchefort en su «Guía de la música sinfónica», así como esa melodía «una de las más abiertamente sentimentales que Chaikovski haya escrito», resultó más bien lastimera. La dirección de Ogren me resultó estudiantil y equivocada, aunque expresase en una entrevista que «para un músico es fundamental tener buen gusto y autoconfianza». Si en un texto subrayamos lo accesorio perdemos la idea, si luego queremos volver atrás queda todo tan resaltado que es ilegible, y utilizando el paralelismo escolar, Jayce se pasó con el rotulador fosforito, además de parecer impasible a la formación que tenía delante. De acuerdo que hubiésemos querido mucha más cuerda, pero con lo que hay su obligación hubiera sido controlar las dinámicas de los metales para equilibrar planos sonoros. Tampoco cuidó la limpieza melódica, algo sucia, ni tampoco la precisión y rigor en los «tutti», siempre desencajados en ese Allegro non troppo que esperaba trágico pero no en esta línea. La majestuosidad se confundió con el «fortissimo», no hubo los contrastes esperados en los tiempos ni siquiera algún detalle que destacase en la ejecución.

Pienso que los músicos se percataron de ello y hubo mejoría en el Allegro con grazia, más por la profesionalidad desde cada atril que por parte del podio, como queriendo tomar las riendas de un caballo desbocado. Pero los profesores deben / tienen que amoldarse al director y los desajustes convertidos en melopea sin sentido volvieron en el Allegro molto vivace cuyo poderío parece agradar a un público que ¡volvió a aplaudir! pero personalmente la dedepción iba en aumento, nada del caracter marcial, pizzicati oscuros y tapados, notas poco claras… Claro que hubo menos toses pero también menos aforo del habitual (¡preocupante esta desbandada de abonados!) aunque cambiando estertores por decenas de paraguas cayéndose arrítmicamente y en los momentos más inoportunos (¡hay guardarropa y hasta la opción de dejarlos directamente en el suelo!). El Adagio lamentoso fue literal, lejos del musical y premonitorio, «el testimonio de la próxima destrucción de sí mismo» que escribe el citado Tranchefort, con las últimas notas imperceptibles del final y un silencio respetuoso exigible siempre antes de bajar los brazos ¿por miedo tras el «patón» del tercero?).

Cuando una obra tan compleja y enorme como la «Patética» no se domina, acaba desbocada y aplastando a todos, desde el director sin mando hasta la orquesta que campó a sus anchas sin ton pero con son, que parece no soportar becarios vengándose a la primera de cambio, incluso del que suscribe, pues hacía mucho tiempo que no salía de escuchar a la OSPA tan cabreado.

Al final triunfó la poesía de Neruda.

P. D. 1: En el Facebook© de la OSPA están las críticas de Diana Díaz, Ramón G. Avello e Eduardo G. Salueña.
 P. D. 2: Crítica de Aurelio M. Seco en «Codalario».

Alta costura sinfónica

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Lunes 19 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del AuditorioOrchestre Philharmonique de Radio FranceMyung-Whun Chung. Obras de DebussyStravinsky y Ravel.

Podría haber titulado la entrada como perfume francés, cocina gala o incluso fuego de terciopelo porque todos servirían para plasmar lo escuchado en estos «Conciertos del Auditorio» que nos traen formaciones europeas de todo tipo y distinta calidad aunque con maravillas como la de la Radio Francesa, digna heredera de unas orquestas públicas que desde la radio y posterior televisión, tanto han hecho para promocionar la llama música clásica, y esta vez la propia música sinfónica francesa. Creo que no es chauvinismo sino defender y hacer valer lo de cada tierra, algo que los españoles y en particular los asturianos, deberíamos copiar.

El surcoreano Myung-Whun Chung lleva muchos años al frente de esta orquesta y se nota en cada detalle sobre la tarima, gestos suficientes y claros tras los que se esconden muchas horas de ensayo para lograr una gran orquesta llena de excelentes solistas y secciones impolutas donde la batuta, conduciendo todo el concierto ¡de memoria! deja fluir las genialidades y disfrutar escuchándose todos, con una sonoridad propia, redonda, potente y callada, ajustada al estilo de cada partitura, todavía más cuando en todas las notas el perfume que se respira es parisino a más no poder.

La primera parte sirvió para homenajear los 150 años y hacer «desfilar» el Debussy delicado del Prélude à l’après-midi d’un faune (Preludio a la siesta de un fauno) y Le mer, trois esquisses symphoniques pour orchestre (El mar, tres bocetos sinfónicos para orquesta), auténticos figurines sinfónicos que sirven para bailar y también de cocktail, detalles de calidad exquisita cual Chanel nº5 en el solo inicial de flauta extensible a trompas y oboe para cortar unas telas de colorido oriental que debemos escuchar desde lejos para apreciar los distintos brillos. Y un Mar Cantábrico que baña también nuestra tierra resultó tal como lo pensase el compositor: ese Desde el amanecer en un mar contemplado desde tierra, una evocación de color paulatino desde la penumbra al resplandor del mediodía, los Juegos de olas otoñales rompiendo en pedreros cercanos al Faro Vidio, hasta un invernal Diálogo del viento y el mar plenamente «animado y tumultuoso», toda la gama de colores grisáceos rotos por los resplandores de tormentas siendo la orquesta un galeón y el surcoreano almirante al timón capaz de surcar estas aguas procelosas con una maestría digna de estudio sin apenas notar el mar de fondo.

Más la segunda parte traería la alta costura francesa en todo su esplendor, Stravinski cual modisto ruso afincado en París trabajando en el taller de sus colegas de profesión y programa, cosidos a mano, sedas y satenes confeccionados en rojos aterciopelados de El pájaro de fuego (versión 1919), hilos dorados en todos los remates donde los broncíneos trombones se entretejían con las trompas y tubas en encaje impecable, siete «modelos» para cada número de la suite válidos a todas las horas del día, con una Danza infernal rompedora y la Berceuse realmente noctámbula, explotando en un Final sobrecogedor, modelos apolíneos para estos ropajes del gran «diseñador sinfónico» Chung.

Y quién mejor que el gran Ravel y La Valse para concluir este desfile donde los «complementos» brillaron tanto o más que la propia ropa, porque la versión disfrutada creo que ha sido la mejor que escuchado nunca (y tengo versiones para dar y tomar). Desde la gama de color hasta unos rubati que hicieron empalidecer incluso a la Viena Imperial, unos matices que aplacaron brotes otrora habituales, y sobre todo una cuerda que hizo lucir todo el conjunto, siempre atento al ímpetu coreano no siempre contenido.

La copa de champán, francés por supuesto: ¡qué obertura de la Carmen de Bizet nos regalaron los «radiofónicos franceses» con Myung-Whun Chung de maestro de ceremonias inigualable!.

Si los grandes creadores de moda son del país vecino, el desfile sinfónico de Haute Couture brilló para convertir Oviedo en el París español. Que no baje el listón porque el Prêt-à-porter no sienta igual de bien, aunque resulte más barato…

P. D. El miércoles 21 aparecen las críticas de Aurelio M. Seco en LVA y la de Joaquín Valdeón en la edición impresa de LNE.

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