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Sokolov siempre único

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Sábado 27 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov (piano). Obras de Chopin y Rajmaninov. Entrada butaca: 24 €.

Cada concierto de «San Sokolov» es una liturgia que no se puede perder. Fiel a su cita con Oviedo, parada obligada en cada gira española, volvía el ruso que siempre impresiona y dota su presencia de esperanzas, más en tiempos de pandemia, con un público entregado que «llenó» el auditorio capitalino de poesía pianística, un caleidoscopio desde el blanco y negro señorial, sin defraudar nunca, y con una «tercera parte» de seis propinas que no fueron más por las circunstancias del puñetero Covid, pues Grigory Sokolov (Leningrado / hoy San Petersburgo / 18 de abril de 1950) sigue en forma afrontando cada obra con la profundidad de los años, la técnica apabullante al servicio del piano, su mundo, su vida, compartida desde una concentración que corta la respiración en cada nota, en cada pedal, en cada fraseo, con toda una gama dinámica tan amplia que el instrumento de las 88 teclas esconde solo para los grandes virtuosos: desde los pianissimi que se escuchan casi sin aire hasta los fortissimi resonando orquestales en todo la sala. El arte del piano tiene nombre ruso.

Dos compositores que vivieron por y para el piano, como el propio Sokolov: Chopin y Rachmaninov, dos visiones del mismo universo, la patria chica inspiradora e interiorizada desde un lenguaje propio en ambos, polonesas y preludios con el piano como único protagonista, no se puede pedir más.

Cuatro polonesas de F. Chopin (1810- 1849) para la primera parte, esas danzas de concierto rítmicamente potentes que Sokolov milimetra cada una de ellas con la limpieza estratosférica, la potencia extrema y su lirismo expresivo, comenzando con la  Polonesa en do sostenido menor, op. 26 nº 1, después la nº 2 en mi bemol menor, sin apenas pausa entre ellas, la independencia de manos con el volumen en su sitio y un pedales que nunca sobra cuando podemos escuchar cada nota presente y la importancia justa, las síncopas de la primera con ese ímpetu y trinos paradisíacos, arpegios divinos, súbitos románticos como pocos, la segunda de oscuro inicio contrastado y matizado al estilo Sokolov, el juego de las tonalidades menores que el Steinway redondea en las manos y pies del ruso, los cromatismos que culminan álgidos y precisos, el rubato exacto, las modulaciones precisas, el ritmo de polonesa inimitable y siempre distinto, magia también menor de la Polonesa en fa sostenido menor, op. 44 con el inicial «moderato» que crece en arrebatos extremos en ambas manos jugando desde los claroscuros que contagia a la siempre luz tenue del escenario, las melodías en terceras con idéntico volumen cantabile e izquierda «bailablemente ligera».

Y para cerrar la siempre impresionante Polonesa en la bemol mayor, op. 53 «Heroica», llevándome en el tiempo al Campoamor de 1975 con Rubinstein que cerraba el concierto con ella, otro ruso que me descubrió mi padre cuando el Conservatorio era mi única preocupación y mi mejor formación los grandes en directo. Sin trampa ni cartón, tocándolo todo (el nonagenario Arthur «eludió» las vertiginosas octavas de la izquierda), jugando con el tiempo en todas sus acepciones, sabor guerrero y melancólico, pasión sin contención llena de la poesía musical y dotando de esa unidad en las cuatro polonesas elegidas, gran conclusión chopiniana y eclosión heróica de un Sokolov siempre único.

En mis viejos vinilos los comentarios de las contraportadas eran mi bibliografía directa y en alguno leí que a Rachmaninoff le llamaban en Broadway el Chopin ruso (también a Scriabin). Cirílico difícil de transcribir,  S. Rajmáninov (1873- 1943) llenaría la segunda parte tras el necesario ajuste del piano al que Sokolov siempre somete al máximo esfuerzo, y soportaría inquebrantable los Diez preludios, op. 23.

Todo un microcosmos de locura tonal y lenguaje propio del piano, melodías y giros que aparecerán en sus conciertos con orquesta que aquí asumen toda la grandiosidad del instrumento en manos de su compatriota, siempre fiel intérprete. Imposible describir cada uno, diferentes en todo e iguales en intensidad y virtuosismo: 1. Largo (fa sostenido menor) como obertura majestuosa, también el 2. Maestoso (si bemol mayor) de evocación chopiniana y virtuosismo lisztiano, 3. Tempo di minuetto (re menor) cual histórico homenaje sonoro pintado con primor y color, 4. Andante cantabile (re mayor) en el melodismo inimitable de Sergei y magisterio de Grigory, dos voces cantando en perfecta simbiosis relajada evocadora del segundo concierto preparando la impresionante 5. Alla marcia (sol menor), casi sinfónica, brillante, poderosa, rítmica de principio a fin, dinámicas increíbles, rubati inconmensurables y grandiosa interpretación para semejante preludio universal casi orquestal en el teclado, un «paseo de elefantes» como el tercer concierto del ruso; 6. Andante (mi bemol mayor), un remanso cristalino, romántico, paladeado en ambas manos con pedales atmosféricos bien empleados sin difuminar el sonido, 7. Allegro (do menor) de locura, vertiginoso, campanadas marcando impetuosas el tiempo pianístico, el virtuosismo pleno que «revolucionara» Chopin y Rachmaninov eleva al olimpo técnico, 8. Allegro vivace (la bemol mayor), contraste tonal e igualdad nítida, limpieza en un transcurrir sin respiro hacia el 9. Presto (mi bemol menor), terceras y sextas impolutas, igualadas de volumen y ligaduras casi imposibles, el recuerdo de los estudios polacos engrandecidos por el ruso, preludio libre por denominar una forma rebosante de música con el silencio sonoro y el 10. Largo (sol bemol mayor) paralizador tras tanta emoción, el retorno del guerrero tras una dura batalla con el teclado dejándolo todo en él.

No importan el tiempo en las manos de Sokolov, no hay toques de queda para tanto arte, y la «tercera parte» esperada mantuvo la grandiosidad y las ganas de seguir escuchándole. Para retomar el pulso de nuevo Chopin y dos Mazurkas, la opus 68 nº 2 en la menor, y la 19 en si menor, opus 30 nº 2, magisterio interpretativo, sonido único en las manos del ruso y para despedir al polaco con el Preludio op. 28 nº en do menor, con ese tempo majestuoso, la madre tierra elevada al paraíso musical por el ángel ruso, los matices extremos marca de la casa.

Aún vendrían más, primero Brahms y su Intermezzo en la mayor op. 118 nº 3, imagen auténtica pero afeitada del alemán encarnado en este ruso impagable, emociones románticas de esta música a borbotones antes de la vuelta a casa y a la forma, continuando con esa calma vital, la misma en cada «paseo hasta el piano» y desde el piano, la liturgia Sokolov con el Preludio op. 11 nº 4 en mi menor de Scriabin.

Y como si mein Gott Bach quisiera redimirnos del día anterior, la visión al piano de Busoni con el coral «A tí clamo Señor Jesucristo», Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ BWV 639, Sokolov apóstol único y vivo, genio del piano, en plena forma y para seguir si hubiéramos insistido. Apoteósis, emoción y vivir para disfrutarlo eternamente.

Lucha de egos

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Viernes 12 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu III: OSPADenis Kozhukhin (piano), Christian Vásquez (director). Obras de Grieg y Brahms. Entrada butaca: 15 €.

Continuamos paso a paso en la anormalidad que por lo menos nos permite respirar música, con intérpretes y obras conocidas, el público volviendo al auditorio con todas las medidas de protección pero palpando la necesidad de un liderazgo para nuestra orquesta del que que este viernes adoleció. Teniendo de concertino invitado a Pierre Frapier, personalmente noté una lucha de egos a lo largo del concierto entre el segundo de a bordo y el podio, pero aún más en Grieg.
Aún en la memoria el Liszt de Denis Kozhukhin el 29 noviembre del 2019, esta vez lo hacía con Grieg y su Concierto para piano en La menor, opus 16 del que el intérprete confesaba en la prensa «podría hacerlo si me despiertan en plena noche”, y debo entender la premura en encontrar sustituto del ucraniano Vadym Kholodenco, triste cancelación alegando motivos personales, por lo que en la interpretación dirigida por el venezolano Christian Vásquez resultó una pugna por el «mando en plaza», caminos paralelos en vez de convergentes con ligeros desajustes donde la orquesta siempre fue detrás del piano, sin química a pesar del excelente momento sonoro de todos, que nos dejaron una versión sin pegada emocional.
Kozhukhin se mostró poderoso, fuerte, convincente, seguro con una gran gama dinámica, pero no siempre con la limpieza deseada, luciéndose evidentemente en las cadenzas y brillando sobremanera en ese hermosísimo Adagio central. Pero faltó encajar la pulsación, el latir al mismo ritmo con un mismo corazón, pues así deber ser concertar, algo que Vásquez no logró, puede que por una libertad mala consejera para la precisión necesaria. El sentimiento lo puso el ruso y lo corpóreo la orquesta, bien balanceada en los planos pero sin el músculo que este Grieg exige, pasión con precisión. En un concierto tan escuchado como el del noruego y con intérpretes que están en nuestras discotecas y memoria, este viernes se quedó en poco más que un ensayo general a pesar de haberlo interpretado el jueves en Gijón.
La propina debía ser Grieg, breve, una de las Piezas Líricas que nos dejó mejor sabor de boca por el intimismo, dominio y sonoridad mostrada por el ruso, de la que careció el concierto por esa sensación de lucha de egos tan habitual en el mundo musical, tal vez faltó apostar por más entendimiento y sobriedad como en este regalo.
Vásquez al fin dominador y protagonista absoluto de Brahms con su Sinfonía no 3 en fa mayor, op. 90 de memoria, curtida y asimilada desde sus enseñanzas con Abreu, optó por la sonoridad y la pulcritud sabedor de la respuesta correcta de una orquesta que volvió a la solvencia en todas sus secciones, esta vez con unas violas y chelos verdaderamente aterciopelados, presentes y que parecieron más centrados y entregados, así como el solo de trompa del popular Take my love, el tercer movimiento, Poco Allegretto, pero en general diría que simplemente resultó aseada pero sin sustancia, poco contrastados sus movimientos, correcta sin excesos ni entrega, falta de emoción y tensión en una interpretación algo plana que podía haberse exprimido un poco más. Cierto que esta tercera no es grandiosa ni «heróica» pero la OSPA es capaz de más y al pupilo de «El Sistema» siempre le tocará la odiosa comparación con Dudamel, su buque insignia.

Pires, historia del piano desde la elegante sencillez

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Sábado 23 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Maria João Pires. Obras de Schubert, Debussy y Beethoven. Entrada butaca: 28 €.

Un regalo de cumpleaños volver a disfrutar de «La Pires«, una pianista increíble que volvía a «La Viena del Norte» español, escribiendo una historia que es la de su vida y la del piano mismo: juventud y futuro desde una madurez donde cada nota es un mundo, cada frase un descubrimiento, cada sonido belleza sublime, todo desde esa sencilla elegancia de la portuguesa que hace parecer fácil lo difícil transportándonos a un mundo único donde el público vive unas emociones imposibles de describir con palabras porque es la música su única definición.

El programa elegido resultó toda una declaración de intenciones y un legado en tres fases si se me permite calificarlas así:

Juventud

F. Schubert: Sonata para piano nº 13 en la mayor, D 664, el ímpetu jovial que bebe del Mozart puro clasicismo y la admiración por el amigo Beethoven. Solamente Maria João Pires puede ser la intérprete ideal del vienés así entendido. El Allegro moderato cristalino, perfecto equilibrio sonoro, impecable revisión, Andante sin prisas, la contemplación de la belleza hecha sonido, y ese Allegro final, vital, fogoso nota a nota, saltarín, de escalas interminables con un piano brillante de articulación increíble.

Futuro

C. Debussy: Suite bergamasque, completa, el paso adelante del universo pianístico con el tributo a la forma barroca transitando siglos desde el lenguaje abrumador del impresionismo, lo etéreo que se funde en la distancia sonora para dibujar un mundo nuevo. «La Pires» debutándola cual exploradora de todos los caminos en un mundo de 88 teclas. El Prélude moderado, rubato pausado, dibujando colores de todas las intensidades, la limpieza de un pedal mágico, los graves mantenidos para envolver un vuelo que planeaba por una sala casi sin respiración; Menuet (Andantino) parisino e hispano que bebe un «aire de Albéniz», rítmico y unificador, elegante, equilibrado, con matices sabios y sobrios; Claire de Lune (Andante très expressif) literalmente expresivo, sentido, descubriendo notas ocultas casi perdidas, respirando nocturnos irrepetibles que aportan una luz distinta desde la penumbra del escenario y esa aparente pequeñez que engrandece aún más a la dama del piano portuguesa; Passepied (Allegretto ma non troppo) jazzístico y oriental, meditativo, Debussy en estado puro, en estado de gracia como esta Pires rompedora de clichés, convincente, entregada, diáfana en su discurrir por un teclado de terciopelo pintando de colorido unos pentagramas al fin hechos música en sus manos.

Madurez

L. van Beethoven: Sonata para piano n.º 32 en do menor, op. 111, el «adiós al piano» del sordo genial, un testamento para la eternidad, inflexión de una forma y sonoridad rompedora desde el sufrimiento interior, exploración y testamento. Maria João Pires siempre única, sus tres mundos que tenían que cerrarse en esta despedida conmovedora, dos movimientos como dos joyas: Maestoso: Allegro con brio ed appassionato, el do menor apasionado en el recuerdo inicial, los elementos fugados entremezclando temas desde una forma que se rompe en sí misma, la sorpresiva reexposición sin perder nunca la identidad, así entendida de principio a fin por la lisboeta, la paleta completa de matices que sólo ella es capaz de sacar a un piano único, la evolución al mayor en un placer interpretativo siempre apasionante de vivirlo en vivo, tocando el paraíso, y después la despedida Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile, seis variaciones en la engañosa sencillez tonal y complicado compás que van creciendo y variando, síncopas sorprendentes y marcadísimas, suma de individualidades sonoras de armonía básica que me hace calificar de sencilla elegancia, trinos indescriptibles que desvanecen la melodía, un legado imperecedero para generaciones posteriores, tanto de la partitura como de esta intérprete irrepetible.

Desde la madurez vendría también el regalo del Adagio Cantabile (segundo movimiento de la Sonata para piano nº 8 Op. 13), poso y peso de «La Pires» maestra, señora del piano, terapeuta en tiempos de dolor con el bálsamo de su presencia y esencia, con ganas de que hubiese finalizado esta «Patética» placentera.

Gracias Señora.

Entrevista de Andrea G. Torres para La Nueva España:

 

Bocetos de Iberia

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Martes 15 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Luis Fernando Pérez (piano), Suite «Iberia» (Albéniz). Entrada butaca: 8 €.

El público necesita de la música en vivo como el aire que respira, aunque sea a través de una mascarilla, y la vuelta a ella nos resucita y reconforta un poco. También regresaron las Jornadas de Piano al auditorio con el madrileño Luis Fernando Pérez afrontando esa maratón del piano que es «la Iberia de Albéniz«. Casi dos horas y en el orden original del compositor campodroní para los cuatro cuadernos con una mínima pausa a la mitad y sin movernos de la butaca.

Es difícil aportar novedades, visiones, interpretaciones diferentes a esta biblia pianística también descrita por Enrique Franco como «el gran poema de la música española«, magna obra donde la docena de escenas pueden ser leídas o diría que pintadas en diferentes estilos y materiales: óleo, pastel, acuarela, plumilla, tinta china de colores, porqué no carboncillo, sanguina y hasta técnicas mixtas, puntos de vista del mismo paisaje con diferentes ópticas pero siempre reconociendo el objeto, el tema, el mensaje.

Personalmente no creo haber entendido «la Iberia de Luis Fernando Pérez«, un pianista al que admiro hace tiempo, sigo y aplaudo por el valor además de honestidad al regalarnos esta Iberia ovetense, por otra parte muy trabajada como atestiguan sus grabaciones y la edición digitalizada de la misma, pero desconozco si ha tenido una mala tarde o simplemente su acercamiento a las obras está muy alejado de mis referentes en vivo (de los vinilos y compactos daría para otra entrada).

Comprendo y hasta comparto que Iberia supone toda una vida y cada interpretación es siempre diferente, pues evoluciona y crece con el pianista, descubriendo nuevos detalles, sonoridades, pedales, articulaciones, discurso narrativo y todo lo que queramos añadir, mas en mi caso este concierto fueron doce apuntes o si se prefiere bocetos. Agrupando mis propias impresiones por los cuatro cuadernos paso a intentar describirlas:

I. EvocaciónEl PuertoEl Corpus en Sevilla. Flojo arranque, frío con «notas perdidas», pinceladas sin rumbo, no buscando nada concreto salvo el pedal uniendo los 3 paisajes, más bocetos que acuarelas de confusión sonora y fraseos personales que no me placen, con un Corpus extrañamente fraseado, sumando dinámicas bruscas y un rubato exagerado para mi gusto aunque le encuentre «unidad».

II. RondeñaAlmeríaTriana. Algo más centrado y concentrado en el trazo pero igual de confuso o difuso por momentos, con una agógica, una concepción del tempo con los silencios algo extraña desde el inicio del cuaderno. Desenfoques sonoros puede que buscados pero esa Almería desdibujada me llevó más al Cabo de Gata que a la Alcazaba, reflejos del Mediterráneo… incluso Triana sin Guadalquivir pareció un aguafuerte o incluso una plumilla con muchos grises que no son color sino dolor, borrones ágiles buscando un foco de atención que me despistó de la esencia.

III. El AlbaicínEl PoloLavapiés. La pausa no cambió mi perspectiva, las mismas sensaciones con unos caminos tortuosos donde el esfuerzo prima sobre el remanso, desenfoques y contrastes tan brutales que no me dejan delinear las formas. Trazo abrupto y sin finalizar, agilidades entrecortadas como un Lavapiés a trompicones cual camino empedrado además de empinado y líneas discontinuas que parecen traducir las pausas.

IV. MálagaJerezEritaña. Mismos gestos, ondulaciones sin punto de fuga, curvas sin horizonte y fatiga transmitida sin apenas bocanadas de aire, sobresaltos y decepción. Sensación de meterme en un callejón sin salida, bocetos sin terminar, aroma de manzanilla sin sabor en boca o firma ilegible.

Aplausos merecidos por el esfuerzo pero sinsabores personales que tras el titánico desgaste el madrileño aún nos regaló dos propinas: una «inédita» Yolanda popular de Colombia recordando a su amiga y colega Blanca Uribe, y una «Seguidilla murciana».

Alexandra Dovgan aplaza su concierto en Oviedo

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La joven pianista Alexandra Dovgan (2007) se ha visto obligada a aplazar su recital de debut en las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, previsto para el próximo lunes 2 de noviembre, debido a una enfermedad sobrevenida que le impide viajar a Oviedo y tampoco podrá realizar el resto de los conciertos previstos en su gira española la semana que viene, según informa la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo y la prensa regional.

Dovgan mantiene su compromiso con las Jornadas y próximamente nos comunicarán la nueva fecha prevista para el recital. Serán válidas las mismas localidades para la nueva fecha del concierto y se nos informará la semana entrante del procedimiento de devolución del importe de las mismas para quien no pueda asistir en la fecha alternativa.

Foto: Festival de Salzburgo

Personalmente esperaré al cambio de fecha, primero porque estos artistas son el futuro que ya está aquí y debemos disfrutarlos ahora para que con el paso del tiempo presumamos diciendo «Yo la escuché en Oviedo», y segundo mostrando el apoyo a la cultura y a la música en vivo porque sigue siendo segura en estos tiempos convulsos e inciertos.

El efecto Rodiles

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Martes 10 de marzo, 19:00 horas. Club de Prensa La Nueva España: presentación del CD The Butterfly Effect, Noelia Rodiles (piano).

Sigo hace muchos años la carrera imparable de esta pianista avilesina, Noelia Fernández Rodiles, Noelia Rodiles definitivamente para el mundo musical (con permiso de su padre más orgullo materno), y aunque faltase a su último concierto en el Bellas Artes de Oviedo hace dos veranos, precisamente con las obras de este disco, no le pierdo el rastro a su trayectoria ni tampoco sus intervenciones en distintos programas de radio clásica.

El club de prensa ovetense hoy entre amigos, pues parece que empieza a cundir el pánico a salir de casa, presentaba el último trabajo discográfico para el sello Eudora, que pese a la indisposición de última hora de Cosme Marina, tuvimos sustituto de lujo con el compositor y catedrático del Conservatorio Superior de Oviedo, Manuel Martínez Burgos, que además fue profesor de Noelia.

El efecto mariposa es un concepto amplio de todos conocido basado en la teoría del caos, aunque sea mucho más poético (como el vestido que lucía Noelia para la ocasión) pensar en que «el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo» como reza el proverbio chino. Mariposas inspiradoras, fusiones románticas y actuales como en su anterior disco Ligeti – Schubert, y también el título de la Sonata nº 5 de Jesús Rueda (Madrid, 1961) que finalmente daría nombre a esta joya de grabación efectuada en la Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza para escucharlo (en formato SACD) como si estuviésemos tan cerca como esta tarde en Oviedo, aunque el piano vertical del periódico no sea lo que se dice apto para virtuosos como Noelia Rodiles, que pese a todo nos deleitó con un aperitivo «sin palabras» de Mendelssohn antes de dársela a la directora del Club de Prensa Maria José Iglesias, y al maestro Martínez Burgos.

Detalles de cómo surge este maridaje entre el siglo XIX y el XXI que unidos dan más sentido a las páginas elegidas, curiosamente emparejadas por los propios compositores españoles a quienes se las encargó la compositora enviando a los tres las obras románticas pensadas previamente y «acertando» en la elección de cada uno de ellos. Las mariposas, Papillons op. 2 de Schumann con la citada sonata de Rueda, las «Romanzas sin palabras» o Lieder ohne Worte, op. 20 de Mendelssohn y los Seis caprichos sin título de David del Puerto (Madrid, 1964), de quienes también escuchamos en vivo el «Canto del gondolero» más el Agitato, y finalmente el Adagio en sol mayor, D178 de Schubert con las Dues pieces per a piano del catalán Joan Magrané (Reus, 1988).

Fusiones que acercan la música de nuestro tiempo con la escucha así emparejada del mejor repertorio romántico y tan actuales unas como otras en el piano sin complejos de Noelia Rodiles, una técnica sobrada para una musicalidad y expresión madura ya desde sus tiempos de estudiante como bien recordaba el profesor Martínez Burgos, y que marca las diferencias en los pianistas sin más y los intérpretes de raza. Excelentes las notas que acompañan al disco donde los españoles nos describen sus obras.
Un riesgo no exento del placer y satisfacción en seguir apostando y promocionando a compositores actuales y además nuestros, en el mismo plano que los «clásicos» pues solo el tiempo marca las diferencias, y el directo, como el disco, dejará testigo sonoro de una categoría musical sin palabras y cual efecto mariposa donde el leve aleteo de estas páginas hispanas pero internacionales se pueden sentir en todo el mundo gracias a discos como este último de mi admirada Noelia.

Instantáneas sonoras

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Jueves 5 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni«: Rafał Blechacz (piano) y Bomsori Kim (violín). Obras de Beethoven, Fauré, Debussy y Szymanowski.

Las grabaciones musicales son como las fotos, la captura de un momento que podemos repetir cuantas veces queramos porque nos recordará ese instante irrepetible dejando a la memoria y a menudo también la fantasía, que ponga el resto, aunque haya sido algo fugaz pero imperecedero. Las fotos viejas, como los discos, se pueden retocar para una mejor conservación e incluso apariencia, pero nada es comparable al directo, especialmente en la música.

La introducción viene a cuento porque en estas Jornadas de Piano volvía el pianista polaco Rafał Blechacz, que me dejó una excelente impresión allá por noviembre de 2012 en estas mismas Jornadas, así como su primer disco con el sello amarillo, pero no en solitario, aunque apareciese el primero en el orden, sino junto a la violinista coreana Bomsori Kim, con quien parece congenió hace dos años y se plantaron en el estudio para dejarnos una grabación que escuchamos al completo en el auditorio, aunque los estudios y el directo no sean lo mismo. Con la tapa acústica abierta al máximo, el Steinway tapó demasiadas veces el hermoso sonido del Guadagnini de 1774, algo que en la mesa de mezclas se puede arreglar pero sin la tecnología quedó en un segundo plano inmerecido porque realmente hubo momentos del concierto deliciosos.

No podía faltar este año Beethoven una de sus sonatas para violín y piano (ausente en su último CD), optando por la Sonata en re mayor, op. 12 nº 1 (1798) que pude seguir recordándola casi nota a nota de mi último curso de piano en «Música de cámara II» con el profesor Carlos Luzuriaga. Buena complicidad entre los dos intérpretes pero desequilibrado balance sonoro que no nos permitió degustar los intrépidos y dialogados pasajes del Allegro con brio. El Tema con variazioni. Andante con moto sí dejó una mayor presencia del violín aunque la rotundidad del piano de nuevo ocultaría ese juego sonoro entre los dos intérpretes. El Rondo. Allegro adoleció de lo mismo, casi como si el violín acompañase a un piano protagónico de principio a fin, hasta en el orden del programa, por su sonoridad incluso en los pasajes más pianissimi, con la firma inequívoca del genio de Bonn pero obviando la aportación y complemento del violín.

La Sonata en la mayor, op. 13 nº 1 (1875-76) de Fauré pareció enmendar un poco la falta de equlibrio entre los intérpretes, cuatro movimientos donde el violín tiene mucho que tocar en una pugna con el piano muy alejada del ciclo de canciones del francés, si bien su lirismo y estilo ya se perciben, especialmente en el segundo movimiento (Andante). Lucimiento en el Scherzo, Allegro vivace de ambos demostrando lo estudiado que tienen este repertorio antes de grabarlo, miradas y gestos claros para un buen entendimiento y una versión algo fría pero técnicamente impecable.

Para la segunda parte el resto del disco, en claro mejoría tanto de sonido como de implicación, primero la Sonata en sol menor (1917) de Debussy, virtuosismo polaco y pasión coreana dibujando esa paleta única del segundo compositor francés del concierto, mismo idioma pero lenguaje nuevo, más logrado en el dúo, como si todo estuviese planificado en cuanto a la entrega. Especialmente delicado el Intermède: fantasque et léger que nos permitió disfrutar de un violín sedoso más presente y protagonista que en los primeros «cortes» y haciéndonos olvidarnos del homenajeado alemán. Lo mejor vendría con Szymanowski y su Sonata en re menor, op. 9 (1904), verdadera pasión compartida, protagonismos equilibrados, sonoridades controladas con mayor lucimiento del violín de Kim más un piano de Blechacz auténtico contrapeso y guía emocional en los tres movimientos. Por fin el espíritu camerístico como escuela tanto interpretativa como auditiva, el momento para recordar y no solo un disco en bucle que siempre sonará igual.

No podía faltar lo que se llama «encore» (propina) que además completaría esta presentación discográfica, el mejor Chopin de Blechachz pero con el violín de Kim para que llevase la parte cantabile y el piano polaco completase el arreglo del ruso Nathan Milstein sobre el conocido Nocturno nº 30 en do sostenido menor.
Buen concierto aunque la coreana no aportase mucho calor desde esta técnica implacable y fría, quedándonos con más ganas del Rafał Blechacz poderoso y entregado en solitario que es donde la memoria me lleva, la instantánea sonora de esta tarde de jueves.

Acento y talento asturiano

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Miércoles 26 de febrero, 20:15 horas. Sociedad Filarmónica Avilesina, Auditorio de la Casa Municipal de Cultura, Avilés: «Con acento asturiano«, Beatriz Díaz (soprano), Luis Vázquez del Fresno (piano). Obras de Luis Vázquez del Fresno (Gijón, 1948).

Es siempre un placer escuchar al maestro Vázquez del Fresno interpretar obras suyas, al que admiro desde mis tiempos de estudiante en Mieres donde visitaba la extinta Filarmónica local, y donde pude disfrutar del gran repertorio como de sus propias composiciones en unos años 70 inolvidables. Comenzar con Yerba, op. 12 (1977) para piano solo me remontó a los orígenes, la fusión e inspiración de nuestro folklore como en tantos grandes compositores de la historia. Ideada para Eladio de la Concha, presidente que fuera de la hermana Sociedad Filarmónica de Gijón, aparecen temas populares asturianos a partir del tema original «Orbayu».

Nuestro rico folclore va desgranándose con canciones reconocibles por todos que se elevan a la categoría de concierto: Dime paxarín…, Romería de San Andrés, La moza que a mí me quiera, Orbayu, Soy de Pravia, Soy de Mieres, Caminito de Avilés, La mió neña y esa vuelta al Orbayu, música cantábrica cual Mompou mediterráneo por ese acento francés que tanto pesa en Vázquez del Fresno, los enlaces entre los temas populares que les dota de esa unidad sin perder la esencia, recuerdos e inspiración de otros grandes asturianos (Torner, Saturino o Manuel del Fresno) que partiendo de lo tradicional lo recrean y elevan a atemporal.

Cantarinos pa que suañes utiliza los textos escritos por el allerano residente en Gijón José Mª González FernándezChemág, publicados por el Conseyu Rexonal d’Asturies en 1979 y reeditados en 1998 por Editora del Norte, el mismo año en que fueron grabados por el propio compositor al piano y la voz de la mierense Tina Gutiérrez, trece canciones que Beatriz Díaz interpreta como nadie por cercanía a la obra completa (letra y música) engrandeciendo la música asturiana digna de figurar en la historiad de nuestra «Lírica» que nada tiene que envidiar al Lied alemán o la Chanson francesa que tan bien conoce tanto el gijonés Vázquez del Fresno como la propia soprano allerana, que ya nos dejase una pequeña muestra hace ocho años, ahora en este tándem que hace única esta obra al completo con el compositor al piano, esperando lo lleven al disco para conservar un patrimonio de todos.

Y es que la voz de nuestra soprano es única para aunar la música del pianista y compositor, aunar la tonada asturiana y la canción de concierto desde el conocimiento, el buen gusto, el color que sigue único pero con más cuerpo en el grave, la musicalidad de unas partituras que respetan el texto y Beatriz Díaz representa, enamora, convence. Alguien del público decía que sabían a poco, tal era la entrega en cada estampa.

Agrupadas en tres bloques de cuatro, cuatro y cinco sumando el trece mágico, comenzaba esta joya con Cantarinos pa que suañes que titula el ciclo y ya nos guiaba por un discurrir único, la voz protagonista y el piano arropando siempre con unas armonías y modulaciones que elevaban los versos (de los que se nos entregó una copia bilingüe para poder seguirlas con verdadero deleite). La mió mamina, La cadenina y Al son d’una gaita vengo cerrarían esta primera entrega con melodías que parecen nuestras por giros, referencias al folklore y siempre la vocalidad presente y una vestimenta ilustrada al piano en un discurrir natural por parte de ambos intérpretes.

Jugando con los giros «ad libitum» típicos de la tonada donde el piano se convierte en «gaita de tecla», enlazando con momentos líricos dignos de Fauré, el segundo bloque con una acústica asistida en esta sala avilesina que permite saborear cada fin de canción: La xaronca namorá, la exigente Les abeyines con unos sobreagudos en pianístico que solamente «la Díaz» es capaz de cantar, delicadez una en Los carros de la mió aldega, fraseada en este asturiano nada artificioso que se mantiene fresco sin academicismos, para «concluir» con otra bellísima La ñube, canción íntima con la atmósfera asturiana, cantábrica y vestida de mediterráneo con unos pianísimos que ponen la carne de gallina.

Tercer y último bloque con inspiraciones directas, un Villancicu rítmico de recuerdos a «xiringüelu» de salón, la nana Añada d’una caparina de aire moderadamente lento dibujando el tema popular que en el piano reviste de ópera al evocarme la Liu pucciniana por modulaciones y sentimiento antes de La mollinera allegre, canto asturiano elevado a internacional, juegos modales de dificultades máximas para la voz aunque siempre mimada en escritura, acompañamiento e interpretación que el dúo Vázquez-Díaz sublimaban según se acercaba el final. El ambiente impresionista tan del gusto del compositor se percibiría en El xuguete en un juego de tensiones entre la fuerza y la caricia, el soldadito y el caballo de cartón rotos como el sentimiento en la pérdida del amigo emigrante, maravillosa dramatización de la soprano y convincente complemento pianístico con una escritura que va subiendo de tono en todos los sentidos para concluir con el Marineru de tierra y montaña, mina y mar que tanto ha inspirado a los músicos, rememoranzas de «Al pasar por el puertu» o «La mió neña«,  lágrimas vocales que emocionan, el piano gijonés y la voz allerana, para un broche de oro a estos «Cantarinos» donde el diminutivo es cariñoso y la música superlativa.

No podían faltar los regalos y más con Beatriz Díaz que prosigue su carrera operística, dos arias de quitar la respiración para un público entregado: Cilea y Io son l’umile ancella («Adriana Lecouvreur») rotundamente íntimo y cantado con total entrega, más el Puccini para el que la de Bóo está dotada como ninguna, ese Oh! mio babbino caro («Gianni Schicchi») siempre único y emocionante con Vázquez del Fresno mimando a la soprano en toda la velada. Un placer que se repetirá en la Filarmónica Gijonesa en mayo, sociedades centenarias que tanto han ayudado y siguen luchando por promover la música e intérpretes de la tierra, como esta pareja de asturianos que suma generaciones y talento.

Un grande de muerte

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Martes 25 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Hough (piano). Obras de Bach, Busoni, Chopin, Hough y Liszt.

Venía a Oviedo el gran pianista, compositor y escritor británico Stephen Hough (1961) sustituyendo al previsto Nelson Freire que no pudo hacer el concierto debido a la rotura de un brazo producida por una caída, y con el cambio pienso que salimos ganando tanto por la altura del intérprete como por el programa ofrecido, con el virtuosismo esperado de unos compositores que son el abecé de todo pianista, aunando en ellos la faceta interpretativa.
Muy interesante la entrevista ofrecida a La Nueva España donde explica esta dedicatoria musical a la muerte, «y tal vez se trata más de la fragilidad y la brevedad de la vida. Y eso debería estar lleno de felicidad y alegría. La muerte solo es mala porque tenemos que dejar ir algo hermoso… pero la vida se trata de dejar ir de muchas maneras. Y sobre aceptar la realidad«.

Podría haber titulado la entrada como las notas al programa de Iván J. Román Busto, «La muerte como inspiración» que parece sacada de la citada entrevista casi como preparación antes del concierto, porque había mucho del tránsito entre lo terrenal y lo eternal. «Saber que algo tiene un fin debería hacernos sostenerlo con gran ternura y amor mientras está con nosotros. La música es quizá la más temporal de las artes, es como un perfume en el aire. Se tocan las notas y luego mueren y solo nos quedan recuerdos. Pero eso es parte de lo que hace que un concierto sea tan especial. Recuerdos que compartimos con amigos y vecinos mientras duran«. Nos quedarán los recuerdos de un Stephen Hough rotundo, con un uso algo saturado del pedal pero desde una entrega total a cada obra, interioridad y curiosamente solo usando la partitura para su composición.

El padre de todas las músicas Bach revisado por Busoni, la Chacona, BWV 1004, esa recreación del mundo violinístico en el piano escrita por el Cantor de Leipzig tras la muerte de su primera esposa Mª Bárbara, la chacona convertida en lamento mientras suenan materiales del coral luterano que Hough delineó dentro e una visión plenamente romántica de esta obra.
Del propio Busoni escucharíamos la Berceuse elegiaque op. 42, la original al piano antes de orquestarla, emparentada con el Liszt de la segunda parte,  nuevamente con la muerte flotando en la música, esa «Canción de cuna de un hombre en el féretro de su madre», lenguaje elegíaco lleno de dramatismo que el piano traduce con la fuerza y el dolor, un «canto desquebrajado que da la espalda a sus presupuestos románticos de juventud» (Iván J. Román) aunque desde una interpretación poderosa e íntima, sin afectación y desde una búsqueda del sonido puro. No hubo aplausos tras finalizarla puede que por la impresionante lección del pianista británico que afrontaría la inmensidad romántica de Chopin y su Sonata No. 2 en Si bemol menor, Op. 35, cuatro movimientos donde destaca la famosa Marcha fúnebre del tercero aunque también podamos disfrutar de momentos que nos recuerdan a sus polonesas, valses o nocturnos, enlazados en esta sonata que aúna la solemnidad de la muerte con lo efímero de la vida, casi «De la brevedad de la vida» (Séneca) y «Del sentimiento trágico» (Unamuno), guiño literario al Hugh que escribió un Chopin rotundo y entregado, que exigió un retoque de afinación en el intermedio.

El Hough compositor además de interprete abriría la segunda parte con su Piano Sonata IV (Vida breve), nueva reflexión sobre lo transitorio y efímero de la vida, con una cita a la canción de Charles Trenet En Avril à Paris, ya utilizada por Weissenberg pero que en la visión de Hough está más cercana al Debussy pictórico que a la capital de la luz, cinco pequeñas células con la alegoría a la juventud que se marchitará pidiendo vivir cada momento sin pensar que puede ser el último, una filosofía vital que comparto.

Tras la sonata propia, el tributo a Liszt con tres obras inconmensurables y sin espacios para disfrutar de la total mortandad sin perecer en el intento: Funerailles. ese mundo religioso del Abate de las Harmonías poéticas y religiosas III, S 173, las iniciales campanas en la mano izquierda (aquí el pedal sí ayudó a la expresividad), cierto aire chopiniano de polonesa por el sacrificio heróico y feroz de los ejecutados en la Revolución Húngara de 1848, el horror y el honor, dos marchas contrapuestas, fúnebre, lacrimosa y la heróica, todo ese caudal sonoro de trasfondo religioso en la visión de un Hough virtuoso capaz de matices extremos (rotos por la tos y el papel de caramelo siempre inoportunos) que dejaban boquiabierto al respetable.
De los cuatro Mephisto-Walzer, comenzar por el «inconcluso y añadido» Vals Mefisto nº 4 (bagatela sin tonalidad) S 696, es como enlazar muerte y vida, el avance hacia la luz, la vuelta al piano tras la orquesta, el mundo sinfónico recreado por el virtuoso único que fue Franz Liszt fielmente reflejado por el pianista británico en una explosiva y contenida, tempestuosamente delicada, la redención de los excesos del pasado antes del nunca mejor dicho «diabólico» Vals Mefisto nº 1, S 514, «Der Tanz in der Dorfschenke» (El baile de la taberna del pueblo), alquimia pianística, redención de condena por el amor, el hombre enfrentado a su destino tras los excesos de su vida. Sensualidad y erotismo de esa bodega, el recuerdo del pasado propio hecho música con Hough perfecto narrador en una demostración de fuerza y virtuosismo para este Liszt inconmensurable.

Y como tras la tempestad llega la calma, nada mejor que esa oración, Ave María de Gounod sobre el Preludio 1 de Bach, el descanso del guerrero, la penitencia cumplida con la gratitud íntima de esta maravillosa partitura donde dada uno rezábamos en latín como abates melómanos.
Todavía nos regalaría un Jeux sur la plage de Mompou, de las cinco Escenas de niños como vuelta al inicio y la inocencia, la playa como destino o final, todo delicadeza y relajación llena de luz, noche lóbrega de carnaval, muere Don Carnal y llega Doña Cuaresma, pero siempre con la esperanza a pesar del «memento mori«.

En casa y de casa

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Viernes 14 de febrero, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica Ovetense: Ludis Duo. Obras de: J. C. Bach, Mozart, Schubert, Debussy y Ligeti. Concierto 4 del año 2020, 2.001 de la Sociedad.

Reseña para La Nueva España del sábado 15, escrita desde el teléfono móvil, y editada desde casa con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos mías y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

La agrupación de piano a cuatro manos Ludis Dúo, formada por los pianistas ovetenses Andrés Martínez y Fernando Santirso se suman a una tradición que la centenaria sociedad filarmónica ha apoyado siempre, recordando a Achúcarro y su esposa Emma Jiménez o los más Mª Teresa Pérez y Francisco Jaime Pantín (Dúo Wanderer), profesor éste de ambos pianistas con cuatro manos y un solo alma, pues el entendimiento necesario necesita unificar sonido además de sentimientos.

Formados en nuestro Conservatorio siguen estudios en Holanda y Alemania pero uniéndose en estos conciertos que son una delicia para la música de cámara engrandecida con veinte dedos, pianistas de casa en una velada íntima casi de salón.
Uno de los hijos de Bach, Johann Christian (1735-1782), abrirá un Clasicismo que Mozart llevará a la cumbre, dos sonatas bipartitas del alemán (Opus 18, nº 5 y 6) y la K358 del austríaco, complementarias y bien ejecutadas por el Ludis Dúo con esa frescura no exenta de virtuosismo, especialmente el tercer movimiento Molto presto.

El recorrido histórico continuaría con el Rondó D951 del Schubert (1797-1828) maduro y romántico, arrebatador entendimiento de los “Ludis”,
el impresionismo de Debussy (Petit Suite L65) colorido, brillante e incluso danzado a pares en su Ballet, más el felizmente recuperado de nuestro tiempo, el húngaro György Ligeti (1923-2006) con su Sonatina que es como volver a la forma y firma inicial desde la actualidad de un dúo que fue creciendo a lo largo del programa. Regalo de otro Ligeti contemporáneo, permutándose roles en igual complicidad y calidad más el Bach de Kurtag para meditar musicalmente sobre la juventud, lo eterno y las oportunidades de esta Filarmónica. Excelente Ludis Dúo.

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