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Equilibrios sin red

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Viernes 15 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Seronda II: OSPA, Roman Simovic (director y violín), Milena Simovic (viola). Obras de: Vaughan Williams, Mozart y Prokofiev.

Hay vueltas que se agradecen cuando quedan recuerdos imperecederos. Tener de nuevo a Roman Simovic con la OSPA ha sido una alegría contagiosa para todos, músicos y público que pudimos valorar la sencillez y magisterio de un grande como el violinista afincado en Londres, esta vez acompañado por su mujer y en un concierto «clásico» como bien presentó Alejandro G. Villalibre en la conferencia previa, aún poco publicitada, y que fue más allá de sus notas al programa (enlazadas al inicio con las obras).

Dirigir desde el violín supone sentirse uno más, casi como un concertino (esta vez Elena Rey de nuevo), que comparte la maravillosa labor de hacer música juntos. Tocar de pie (salvo los «obligados» cellos) supone mantener el mismo nivel, sin tarimas, camerístico, con saludos conjuntos sin darse importancia, la grandeza de los grandes que no necesitan oropeles ni escalones pues la talla moral y musical es suficiente. Simovic siempre arriesgando sin red, con obras llenas de equilibrio que hacen comprender lo «clásico» desde su tiempo y como un escalón más, la tradición de la que beber y la modernidad dominando la técnica para así romper y avanzar, tal cual explicaba el doctor González Villalibre. Apliquémoslo al maestro Simovic y a las partituras elegidas.

Comenzar con esa maravillosa Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis del británico Ralph Vaughan Williams (1872 – 1958) es tributo al Renacimiento de su tierra llevando la polifonía vocal a una cuerda única, dos orquestas manejadas cual coro por el director no ya solista sino cantor (bravísimo el dúo con Alamá), ubicación perfecta de todos con la acústica ideal, devolviendo las mejores cualidades de esta sección que al fin se sintió entendida desde la igualdad y el magisterio del maestro Simovic. Riqueza de matices, sutiles texturas, la música pura y cercana  que transmite emociones, desde TallisVaughan Williams respirando el mismo aire atlántico de este «coro de arcos» que resultó esta OSPA.

Todos sabemos que sólo hay un genio, Wolfgang Amadeus Mozart (1756 – 1791), capaz de aunar y romper  desde la forma, sinfonía y concierto que conjugan amores, el de la viola en masculino dialogando con el violín femenino en su Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor, K 364/320d, con  los Simovic, Milena y Roman arropados por una OSPA que sumaba oboes y trompas sin perder sentido camerístico, solistas y directores la pareja, complicidad única de vida y sentido musical, la magia de la convivencia y el latir compartido. Obra amorosa de Mozart hacia la viola con una orquestación que la mima, la envuelve e iguala al violín, sin géneros, dos en uno capaces de arrancar un I. Allegro maestoso contundente y preciso donde la cadenza fue un regalo mayúsculo, la tristeza del II. Andante (el sentimiento de Mozart por la pérdida de su madre) que los Simovic sintieron cual Requiem solista con el «coro sinfónico» nuevamente de solos inmensos, para volverse operístico compitiendo con «La flauta del Campoamor» explosiva del III. Presto, el «más difícil todavía» sin perder compostura desde el mejor equilibrio posible sin miedo a caminar juntos sin caer. La siempre engañosa simplicidad mozartiana que se esconde pidiendo máxima concentración y entrega, la que no les faltó ni a la pareja Simovic, triunfante viola maridada con el violín, ni a la OSPA copartícipe, esta vez sentada, para disfrutar y vivir la música del genio de Salzburgo junto a dos figuras que ejercen de compañeros.

La propina de Händel – Halvorsen, Pasacaglia de variaciones virtuosas para violín y viola resultaron el mejor regalo del corazón Simovic, música a borbotones, sincera, entregada, entendida y disfrutada, alegría de vivir la música y la propia vida. Al menos hicieron olvidar la impertinente tos que rompió el andante mozartiano para hacer reinar el silencio respetuoso desde el que apreciar la calidez de dos solistas con una gama dinámica al alcance de pocos, un virtuosismo impactante y la sonoridad de sus dos instrumentos únicos.

Y más clásicos desde su tiempo, Sergei Prokofiev (1891 – 1953) con el recuerdo y tributo al Haydn simpático, bromista, menos explorado, una misma forma que condensa todo lo anterior con el lenguaje ya innato del ruso, Sinfonía nº1 en re mayor, op. 25 «Clásica» y rompedora cual Meninas velazqueñas vistas por Picasso, reconocibles y actualizadas, cuatro movimientos que pasaron en un suspiro, OSPA en pie con maderas, metales y percusión, Roman Simovic uno más (volvió a por la partitura), tiempos casi literales y duramente exigentes: I. Allegro con brio, para saborear el lenguaje sinfónico bien entendido, II. Larghetto lleno de delicadeza y empaste total, bálsamico, contenido, preparando el III. Gavotte: Non troppo allegro, matices y acentos casi vieneses con la elegancia británica que bien conoce Simovic, dando a los músicos las mínimas indicaciones pues el sentido común emana de la propia ejecución, y por último el vertiginoso IV. Finale: Molto vivace, cuerda limpia, tersa presente, timbales encajados, viento sin aliento, muy vivaz, al pie de la letra en una sinfonía que la OSPA disfrutó con Simovic y éste con ella. En tiempos donde los ensayos son pocos y los conciertos a pares, aprovechar cada minuto para alcanzar esta calidad orquestal solo lo logran grandes músicos que conocen bien el atril y dirigir lo entienden como compartir. Mientras, la formación asturiana se engrandece de un aprendizaje desde la humildad que solo los maestros como Roman Simovic consiguen transmitir y trascender.

Las pocas novedades en tiempos de pandemia, salvo mi cambio de ubicación obligado por la organización del auditorio que impide pagar un abono individual en la zona central, se agradecen: la vuelta de Elena Rey como concertino invitada, química total con director y compañeros, un director además de solista por partida doble, a falta de titular, más la organización clásica del programa con conferencia previa, ansiosos de recuperar una normalidad siempre distinta a la que entendíamos antes del Covid.

Covadonga de puente

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Domingo 10 de octubre, 17:00 horas. Clausura del XIII Ciclo de Conciertos Órganos de Covadonga: Felipe López. Obras de Ximénez, Buxtehude, Bach, Reger, Guilmant y Tournemire.

Covadonga siempre cita obligada aunque un puente de su homónima virgen mañica no sea la mejor fecha para el respeto que se debe al Real Sitio, su Basílica y la música de órgano. Mejor quedarse en Cangas de Onís donde la mañana reunía quesos, miel y pasacalles de mi banda del Ateneo Musical de Mieres. Cual parque temático que decía una querida amiga presente en el concierto del titular de San Ginés, se hacía difícil concentrarse tanto los fieles como al intérprete que pondría el punto final a un ciclo de larga trayectoria tras trece años.
Desconozco si es la penitencia por el pecado inicial del compositor con apellido de uva dulce cuya batalla quedó en refriega y sin munición apropiada, pese a tener la mejor artillería asturiana, igualmente pecado venial con el ídolo alemán-danés por quien peregrinaría Mein Gott seguro con más devoción que los turistas en busca de la foto, Dietrich sin fuga ni chacona preludio de gula, pues mientras el inicial coral ya profetizaba la partida con alegría, la fuga de «Mi Señor» resultó literal tras un preludio cual verdadero Via Crucis.
Al menos con el compatriota Reger, igualmente enterrado en la ciudad del Kantor, llegaría la absolución, y ya libre de pecado, el organista madrileño se merendó Bolognesa marina del francés Guilmant, una verdadera plegaria meditada de bellos trémolos antes de repicar las campanas parisinas con el natural de Burdeos al final del concierto, bendición mariana de Nuestra Señora en la Cuna de España, más un postre gastronómico-musical digno de Rossini con alegría mozartiana.
El Acitores de la Basílica sonó mejor con acento romántico francés, pues el alemán barroco no alcanzó el auténtico espíritu ni esencia de los dos grandes. Cierto que Felipe López es una autoridad del órgano nacional, al que tampoco faltaron los nervios provocados por un murmullo molesto, mas el «instrumento rey» gestado en Torquemada no perdona, por lo que hasta dar con los registros, el sonido y el equilibrio justo entre teclados y pedal, hubo que esperar el duro camino penitencial germano antes poder ir en paz francesa donde el madrileño sí mostró lo mejor de este intérprete que cerraba el decimotercer (no creo en la superstición) ciclo otoñal donde mi admirado Heinrich Walther puso el listón tan alto que se hizo imposible superar la marca.
PROGRAMA

Nada nuevo en este otoño primaveral

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Viernes 8 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Seronda I: Jorge Luis Prats (piano), OSPA, Josep Caballé (director). Obras de: Tchaikovsky y Stravinsky.

Otra temporada de la OSPA con pocas novedades en tiempos de pandemia salvo mi cambio de ubicación obligado por la organización del auditorio que impide pagar un abono individual en la zona central, por lo que hasta diciembre estaré en una butaca distinta a la de mis 30 años anteriores (incluyendo el del «cese temporal de convivencia» con el cocinero búlgaro).

Otra temporada sin director titular ni concertino, volvían Josep Caballé Domenech a la batuta, siempre claro y preciso,  más Benjamin Ziervogel, ya casi de plantilla. Programa de rusos que siempre le sientan bien a la OSPA, nada nuevo. Y también regresaba el pianista Jorge Luis Prats, que repetía en el escenario su primero de Tchaikovsky como hace tres años  aunque mejor con la orquesta de todos los asturianos.

Nada nuevo en la programación apostando por lo seguro: concierto y obra sinfónica, perdiéndose la de apertura al no haber descansos y reducir la duración del mismo aunque no haya toques de queda inconstitucionales ni cierres perimetrales, menos aún los restringidos horarios de cierre.

La OSPA mantiene el músculo de la temporada pasada, rodada, empastada, con ganas de directo y director, aunque está claro que cuando hay «mando en plaza» los resultados son buenos. Y el primero de los programas otoñales era apto para disfrutar (casi) todos, especialmente con esa primavera no solo climatológica, donde las cañas sacaron pecho con Igor, la «nueva acústica» de la sala principal (abierta la parte de atrás) continúa dándonos sonoridades más rotundas además de claras, con los metales plenamente engrasados y hasta broncíneos. Los números de la consagración fueron plenamente descriptivos en ánimo y sensaciones, con percusión matemática junto a la cuerda compensada, además de presente.

Importante en todo concierto de piano que exista comunicación total, y así fue con Caballé y Prats que concertaron el primero de Tchaikovsky a la perfección (tras el día anterior en Gijón, como casi siempre), el solista cubano estuvo más comedido que con la Oviedo Filarmonía en sus rubati, igual de poderoso en su pulsación con un pedal a veces exagerado y tempi menos extremos, pero ayudando al encaje correcto de cada entrada o final, más unos balances orquestales muy cuidados por parte del maestro catalán, con un Andantino simple y primoroso antes del Allegro con fuego que Prats mantuvo en su punto sin quemarlo.

Las propinas del pianista cubano afincado en Miami, son casi un programa aparte, como si el concierto fuese para calentar dedos. Perdida la cuenta de las que ofreció, sus esperados y habituales     Lecuona (Siempre está en mi corazón) junto a las danzas de Ignacio Cervantes siguen siendo todo un referente en las manos de Prats: total libertad expresiva, matices explosivos, el ritmo caribeño perlado que ha de llevar en la sangre todo nacido en Camagüey, sumándole el sentido del espectáculo al mejor estilo «made in USA» con esos popurris de su tierra que incluso algunas vecinas de fila tararean en voz baja (nada nuevo). Me quedaré con las ganas de escuchar a Don Jorge Luis más en solitario.

Nada nuevo los móviles irrumpiendo e interrumpiendo, aunque sí la deseada desaparición de toses que las incómodas mascarillas han ayudado a no percibirse. Supongo no haya bozales para los dichosos teléfonos ni tampoco evitar las caídas de bastones al suelo (no había paraguas).

Con la nueva temporada todos (todas, todes..). tenemos ganas de recuperar aforos (aforas, afores ¡no!), maldita nueva normalidad que nunca será «como antes» y mucho menos ¡nueva!. Ansiosos del directo único y terapéutico. «La esperanza es lo último que se pierde»… (Pandora y papeles) pero de momento nada nuevo. A esperar y seguir contándolo, incluso buscando otras formas, siempre desde aquí como desde 2008.

Programa:

Piotr Ilich Chaikovski
(1840 – 1893)

Concierto para piano nº 1 en si bemol menor, op. 23

 I. Allegro non troppo e molto maestoso
II. Andantino semplice
III. Allegro con fuoco

Igor Stravinsky (1882 – 1971)

La Consagración de la Primavera
(reducción de Jonathan McPhee).

Scaramouche, un francés en Gijón

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Miércoles 6 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto inaugural de la temporada: Forma Antiqva: Les Scaramouches (farsa, sátira, tragedia y comedia en la noche francesa). Música del barroco francés.

Forma Antiqva tiene varios equipos para competir en todas la categorías: sala, liga nacional y Champions. Este miércoles en Gijón trajo su alineación de gala capitaneada por Aarón Zapico con once artistas conocidos, figuras todas seleccionadas por el «boss» que nos hicieron pensar en el próximo derby  asturiano por los colores azul y rojo, pero finalmente resultó la tricolor francesa que sobrevoló todo un espectáculo donde la actriz Ana Villa puso en escena la dramaturgia de Natalia Huarte dando unidad a esta pantomima en la línea esperada de la formación asturiana que nunca defrauda, con ideas siempre originales que podemos disfrutar en cualquier escenario.

Importante amar y armar un programa con un hilo conductor desde el barroco francés, algo que el seleccionador  Zapico ya conoce con otro equipo, tras su último proyecto educativo junto a la OSPA (El Gato con botas), para centrarse de nuevo en el personaje de la Comedia del Arte, Scaramouche. Volver de Gijón por «la minera» escuchando por la radio el Italia-España también marcará esta entrada de lo más futbolísitica, pues los símiles taurinos parecen no sentarles bien a algunos seguidores de este blog.

La salida al terreno de juego, con un público más expectante que nunca, arrancó por la banda con una carrera en solitario del imprescindible mago de la percusión David Mayoral ambientando el primer número de las cuatro partes, francesas hasta en los títulos de cada bloque (a la una, a las dos, a las tres y ¡voilá!) para ir combinando entre todos, dando juego y color en un potente medio del campo con las flautas de Alejandro Villar y Guillermo Peñalver, reforzados con el cello de Ruth Verona (la cuarta Zapico) y el contrabajo de Jorge Muñoz doblando los laterales cual carrileros, la defensa sólida en banda con la viola de José Vélez, y la retaguardia de los tres Zapico con el mayor cual cancerbero ordenando, para dejar una delantera de dos estiletes del violín: Jorge Jiménez y Daniel Pinteño.

Un once internacional en un fluir de combinaciones tímbricas, farsa y sátira de textos delineados por Villa, pasos de la tragedia a la comedia pintada por sutiles triangulaciones arrancando desde atrás, músicos cómodos en cualquier ritmo y diseño en un escenario donde poder pasar del control Lully al «tiki taka» de Corrette, cambios de banda largos sin perder la identidad de conjunto, líneas de juego amplio pero igualmente en corto, que la maestría en cada demarcación alcanzó como equipo de Champions barroco.

Si Lully ponía la tranquilidad, Couperin sería la inspiración hispana, podemos presumir de exportarla, Leclair sería el toque sutil y Marais la esencia. Cuatro tiempos en uno, ataque y defensa balanceados en un equipo que se conoce, jugando y disfrutando, escuchándose, integrados con unos textos que fueron creciendo y cambiando en una Villa camaleónica donde el color de las chaquetas, las gafas de sol trágicas o el autodiálogo fraterno, la plegaria serena o los movimientos sencillos pasando por el palco escénico, nos hacían deambular imaginariamente (sin enfermar) por estancias insondables que la música unía como sólo ella es capaz. Banda sonora del exquisito barroco francés ejecutada con pasión y precisión por un once que enamora.

Triunfo arrollador de Forma Antiqva y excelente arranque de una prometedora temporada gijonesa cuya centenaria Sociedad Filarmónica estrena directiva joven tan ilusionada como nosotros, nos regaló una bolsa de tela con su logo para seguir llenándola de buena música. El próximo concierto será de los «históricos» y con dos grandes intérpretes de casa, que espero seguir contando desde aquí.

Los tres Zapico

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Viernes 1 de octubre, 20:00 horas. Auditorio Teodoro Cuesta, Mieres. FORMA ANTIQVA: Concerto Zapico Volumen 2 (Danzas instrumentales del Barroco español e italiano). Entrada gratuita.

Vuelta a casa, a Mieres con buena música de las cuencas mineras, buenas las dos cuencas y con tres hermanos casi adoptados en la del Caudal, tres músicos internacionales que presumo de seguirles desde sus inicios por lo que la cita era imperdible.

En la historia de la música hay muchos hermanos famosos, desde los Broschi (Riccardo y Carlo «Farinelli») pasando por Nannerl y Wolfgang Mozart, Fanny y Felix Mendelssohn, no digamos la saga Bach (toda una dinastía irrepetible), sin olvidarme de apellidos ilustres dentro de la interpretación como José Miguel y Emilio Moreno, los Mena Juanjo y Carlos, pasando por pianistas como PekinelLabèque, Del Valle o  los mediáticos Jussen, siempre en la mal llamada «música clásica», los todo terreno Marsalis Branford y Wynton, también cinematográficos como The Blues Brothers o Los Fabulosos Baker Boys, y hasta los CanoUrquijo en el pop, todo parejas de hermanos donde solo recuerdo que sean tres los Quijano.  Y tres, son tres los hermanos Zapico: Aarón más los gemelos Daniel y Pablo. hijos de Eloy (siempre en el origen) y Marga.  Todas fraternidades que comparten no solo la misma sangre y educación en la familia, sino que al unir afición con profesión resultan verdaderos prodigios tanto por separado como al unirse para hacer música juntos.

Los Zapico son de esa generación que apostó por estudiar instrumentos nada habituales entonces, llamados antiguos, debiendo formarse fuera de nuestras fronteras y apostando por la música barroca, donde han alcanzado fama mundial, tanto de solistas como en distintas formaciones, incluso Aarón en la dirección orquestal. Los tres docentes y con las ideas siempre claras, hacer lo que les gusta, todo un privilegio en estos tiempos. Acompañantes de lujo a los que se rifan, e integrándose en proyectos de distinta envergadura con esa marca propia que es Forma Antiqva donde ellos son el núcleo imprescindible.

Pero el auténtico disfrute resulta cuando se juntan los tres para adoptar como suya la música que habitualmente no protagonizan sino que comparten, rompen moldes, transcriben para ellos y consiguen el milagro de tres solistas en uno, todas las combinaciones posibles de solos, dúos hasta el triángulo mágico. Cada «Concerto Zapico» resulta un soplo de aire fresco, lúcido, actual, bien organizado en la selección de las obras y sobre todo un placer verles disfrutar haciendo música juntos, lo que se transmite al patio de butacas siempre con un público heterogéneo que ha encontrado en el barroco una música ligera y atemporal, guiños de jazz y pop, sencillez de estructuras que el magisterio Zapico eleva a la profundidad virtuosa de sus instrumentos:

El clave de Aarón siempre sabio de registro y ornamentos perlados auténticamente vertiginosos cuando así lo exige la obra.

La tiorba de Daniel explorando todos los registros tan grandes como el propio instrumento, bajos potentes, arpegios de ensueño y «punteos» que unen el «obligato» con la personalidad hasta en los armónicos.

Y la guitarra de Pablo, necesario equilibrio de rasgueos rítmicos y solos polifónicos de limpieza escrupulosa, con la atención casi exclusiva de los gemelos que respiran al unísono.

Solo queda unir cada punto, líneas paralelas, convergentes hasta el mejor y mínimo sustento de tres patas para el triángulo de cuerdas afrontando marionas y jácaras, tocatas y folías, aires rápidos y lentos, tonalidades mayores y menores siempre bien conjuntadas, verdadera «Fiesta Zapico» donde hasta lo asturiano les suena barroco, llevando la giraldilla de su Sama o el fandango de Leitariegos al terreno que ellos dominan como nadie. Un repertorio asentado, muy trabajado, dominado, siempre distinto en cada actuación o grabación, el poso y paso del tiempo, la madurez profesional y el entendimiento único entre  los hermanos. Goce compartido sobre el escenario y contagiado a un patio de butacas aún con todas las restricciones que el «Barroco Zapico» nos hace olvidar, volviendo a demostrar en estos tiempos de Pandemia que la cultura es segura y la música la mejor terapia. La receta «Made in  Langreo» es infalible.

Programa Concerto Zapico 2:
“Marionas” – Gaspar Sanz (ca.1640 – ca.1710)
“The old Spagnoletta” – Gilles Farnaby (ca.1563 – ca.1640)
“Grabe” – Santiago de Murcia (1673 – 1739)
“Faborita” – Anónimo (ed. Francisco Tejada, 1721)
“Passacaglia” – Giovanni Girolamo Kapsperger (ca.1580 – 1651)
“Jácaras” – Gaspar Sanz
“Toccata e Bergamasca” – Giovanni Battista Vitali (1632 – 1692)
“Españoletas” – Gaspar Sanz
“Villan di Spagna” – Giovanni Girolamo Kapsperger
“Bayle del Gran Duque” – Anónimo
“Folías Gallegas” – Santiago de Murcia
“Giraldilla de Sama de Langreo y Fandango de Leitariegos” – Tradicional asturiana
“Cumbees” – Santiago de Murcia
“Diferencias sobre las Folías” – Anónimo (ed. Antonio Martín y Coll, 1709)

Vida en Gijón

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Jueves 30 de septiembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Der Tod in Wien, Orbón Ensemble. Obras de Mozart y Beethoven. Entrada butaca: 16 €.

Nueva escapada a Gijón para despedir septiembre y arrancar la temporada en el Jovellanos con este concierto en colaboración con la Sociedad Filarmónica local recién renovada en su junta pero que sigue apostando por abrir las puertas al público no abonado en conciertos de cámara que siguen siendo la escuela para músicos y público.

Presentación a cargo de Beatriz Montes llena de guiños a nuestra generación, a la numerología con el cinco mágico, el musical de las líneas del pentagrama y al número de músicos de este concierto, que fueron saliendo a su llamada biográfica, el oboe que da la afinación con el La anglosajón de la A, la referencia del título de este programa elegido más allá del literario o cinematográfico cambiando Venecia por Viena como la ciudad donde mueren los compositores elegidos, sin olvidar las notas a sus obras, en esta puesta de largo del Orbón Ensemble que homenajea al músico avilesino más internacional de nuestra historia, dos quintetos para piano y vientos de dos clásicos que nunca decepcionan y tienen un estilo único, más el directo como ADN siempre único e irrepetible que los melómanos necesitamos como el aire que respiramos, con una buena entrada a pesar de las restricciones aún vigentes y volviendo a demostrar que la cultura es segura.

Mario Bernardo (piano), Daniel Tarrio (oboe), Iván Cuervo (clarinete), José Luis Morató (trompa) y Vincent Mascarell (fagot) son cinco músicos de casa que como ellos mismos se definen, «comparten una misma pasión: la interpretación de música (…) al más alto nivel técnico y expresivo», unidos para este ensemble hoy quinteto, y al que sus obligaciones profesionales no les impiden disfrutar sobre el escenario y eligiendo dos partituras en la tonalidad de mi bemol mayor de dos grandes afincados en la Viena Imperial que cerraría el XVIII, el Clasicismo máximo atisbando ya los nuevos y convulsos tiempos que traería el XIX.

El Quinteto  en mi bemol mayor, KV 452 (Mozart) es una maravilla del genio de Salzburgo que conocía cada instrumento sacándole todo el colorido y combinaciones tímbricas en su estilo genuino, las melodías que evocan sus óperas y motetes, los pasajes camerísticos de los conciertos solistas reunidos en cinco músicos que se entienden y comparten una música no solo bella o relajante sino chispeante y llena de vida desde el primer movimiento tras el Largo inicial y el Allegro moderato posterior. Balances bien logrados, el ropaje del piano tan mozartiano, las texturas alcanzadas sin importar alguna nota fuera de lugar porque la conjunción sobrevuela toda la obra. El Larguettto central evocador y reposado sin caer en tópicos, disfrute de cada viento y el teclado de hilo conductor llevando de la mano a los cuatro. El Rondó (Allegretto) final demostró lo necesario que es respetar lo escrito y elevarlo a la máxima expresividad, matizado, equilibrado, la aparente y engañosa simplicidad del genio ya maduro que obliga al quinteto a mantener una tensión interminable para redondear esta página maravillosa de la que el propio Mozart se sentía orgulloso como así hizo llegar a su exigente padre Leopold, que también recordó Montes en su presentación.

Y de la brillantez luminosa del genio al ardor del admirador, el alemán del que su padre quería fuese otro Mozart en Viena, aunque Beethoven sería igualmente único y daría un paso de gigante hacia el nuevo siglo. Su Quinteto en mi bemol mayor, op. 16 aún rezuma juventud y cierta inexperiencia pero apunta directamente el camino a seguir. El Grave-Allegro ma non troppo tiene la feliz conjunción clásica con los claroscuros románticos que vendrían pocos años después, unísonos que exigen al quinteto concentración y serenidad para no excederse en sentimiento, que no sentimentalismo. El Andante Cantabile permite a los músicos unos fraseos personales, incluso el piano dibuja motivos sonatísticos que como quinteto esboza los concertísticos o sinfónicos. Y el Rondó: Allegro ma non troppo común con el genio toma derroteros propios, excelencia de doble caña, otra caña equilibra tensiones, metal que no llega al brillo broncíneo, y el piano abrazando este quinteto.

Muerte en Viena pero vida en Gijón con una propina chispera, una selección de La Gran Vía de Chueca en arreglo para este quinteto de Jorge Costas Miguélez, las melodías de la zarzuela tan populares cantadas por los vientos con un piano orquestal, Menegilda y Caballero de Gracia, los tres ratas que aquí no roban sino más bien encandilan, cantando y contestándose entre las maderas, adaptación ideal donde cada instrumento recrea estos números castizos de una Gran Vía reconvertida hoy en Paseo de Begoña, y una velada que esperemos sea el aperitivo a otra temporada llena de buena música, pues el cartel augura éxitos aunque no haya dos conciertos iguales, el ADN del directo y copiando a Beatriz, «Bienvenidos»….

La autovía minera une Mieres y Gijón, villas de carbón y de mar a las que octubre llenará de luz otoñal y esperanza por retomar las buenas costumbres de los conciertos, y seguir contándolas y compartiéndolas desde este cuaderno de bitácora. Claro que Oviedo sigue siendo capital a la que he bautizado como «La Viena del Norte» español. Hoy no hubo muerte, sólo mucha vida musical.

Cercanos sentimientos corales

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Domingo 26 de septiembre, 19:00 horas. Colegiata de San Juan Bautista, Gijón. «Nuestra música actual«: El León de Oro, Marco Antonio García de Paz (director). Obras de: Josu Elberdin, Albert Alcaraz, Javier Busto, Julio Domínguez y Jesús Gavito. Entrada por invitación.

Casi 25 años de historia coral asturiana tiene a sus espaldas El León de Oro –LDO– un proyecto de vida que busca la excelencia, con una cantera que surte de voces al coro adulto donde nunca se notan musicalmente las incorporaciones ni las bajas porque las líneas de trabajo son las mismas desde los inicios y la convivencia entre veteranía y juventud es lo mejor para mantener una calidad suprema que ha convertido a la formación vocal asturiana entre las mejores del mundo dentro de los llamados coros amateurs siempre actuando como profesionales.

Da gusto seguirles en este crecimiento y madurez que dan los años, presumir de «leónigan» y comprobar que el trabajo bien hecho, con entrega y pasión, tienen su recompensa: la actual gira del coro con la Novena de Beethoven junto a la orquesta de Savall, e incluso el debut orquestal  de su director y fundador Marco A. García de Paz con la Oviedo Filarmonía o su reciente nombramiento como titular del Coro de RTVE.

Este último domingo de septiembre, primero otoñal aunque veraniego aún por temperatura en la capital de la Costa Verde, me considero privilegiado y agradecido de la invitación para asistir a la presentación de la segunda temporada propia de «los leones» con una selección de obras sacras y populares escritas por compositores españoles vivos, muy cercanos todos a la propia historia del coro que han entendido el folklore asturiano desde la excelencia coral, y en la línea de seguir apoyando lo nuestro, lo de casa, música y músicos cercanos de distintos estilos corales que son vanguardia del mundo coral español y universal, partituras que LDO ha llevado por todas partes asombrando no ya interpretativamente, como este concierto, sino con unas obras maravillosamente bien escritas que con estas voces alcanzan verdadero sentimiento coral.

Si las chicas solas abrían las partes sacras y populares del concierto, portentosas con páginas a voces iguales que suenan celestiales, el «Aurum» de Elena Rosso, hoy de nuevo solista excepcional,  el coro al completo desgranó lo mejor y más popular de su repertorio, que hasta nos dejaron dos estrenos mundiales pensados por y para ellos: el regalo para la boda de Marco y Elena que les hizo Julio Domínguez y al fin escuchamos en las voces de sus destinatarios, y la «reinterpretación» de En toda la Quintana que Julio Gavito, también bajo del coro, preparó pensando en su propia formación, colocando cuatro voces blancas emparejadas en los dos púlpitos sobre el escenario de la Colegiata desacralizada, que sigue teniendo una acústica ideal para la música. Estrenos de dos compositores igualmente presentes en el resto del programa pues también hubo de regalo O Sacrum Convivium del propio Gavito, que cerraría un concierto de obras sentidas, queridas y mimadas por Marco García de Paz, parte de la propia historia del coro compartida por muchos de los presentes, volviendo a demostrar que son vanguardia coral en interpretación de todos los estilos, comunión sacra y profana en tiempos difíciles que LDO incluso con mascarillas, hacen fáciles y más llevaderos.

Excelente idea conjugar repertorio sacro y popular, pues en ambos se mueven cómodos y entregados, el empaste envidiable, la afinación perfecta, el sustento de unos graves poderosos y el paraíso de unas sopranos estratosféricas siempre contenidas, para un concierto donde los compositores elegidos resultan los ideales para las características corales de las que «los leones» siempre son el mejor exponente. parte de su propia esencia, depositarios de la inspiración de los amigos y embajadores de nuestra música actual como así titularon el programa gijonés.

Programa: Nuestra música actual 

Salve Regina – Josu Elberdin (1976)

Ave María gratia plena – Josu Elberdin (1976)

Ecce quomodo moritur justus – Albet Alcaraz (1978)

O Magnum Mysterium Javier Busto (1949)

Estou amor aquí – Julio Domínguez (1965)

Cantos asturianos – Julio Domínguez (1965)

El mar se rizó a contrapelo – Julio Domínguez (1965)*

Del aire y la arenaJesús Gavito (1979)*

Fariñona y marañueles – Albert Alcaraz (1978)

*Obras de estreno

Notas al programa

Con esta selección musical nos adentramos en el recinto de lo más sagrado y al mismo tiempo el lugar de lo más cotidiano, de aquello que se encuentra vivo en nosotras y nosotros. Hoy escucharemos música coral de nuestro entorno más cercano, autores de varios universos compositivos que se posicionan a la vanguardia de la música coral española, pero sin olvidar la raíz de la tradición popular. 

El programa se inicia con dos obras del guipuzcoano Josu Elberdin, ambas sobre textos de alabanza a la Virgen que celebran su regalo al mundo. Se crea así un fuerte contraste con la composición de Albert Alcaraz sobre el responsorio Ecce quomodo moritur justus por lo solemne de su texto: “Observen como el justo muere. Y nadie se da cuenta”. 

Seguimos con el gran misterio de la Cristiandad puesto en música por Javier Busto, que, haciendo honor al tema, nos mantendrá en suspense con su envolvente inicio. 

Nos iremos acercando a música de nuestra tierra con la primera de las tres obras de Julio Domínguez: Estou amor aquí. Basada en un poema de Xela Arias (1962-2003) es una de las pocas obras que es capaz de traducir a música la enorme intimidad que contiene la mirada entre dos amantes. Dentro de Cantos Asturianos podrán identificar algunos de los temas más populares de nuestro cancionero como Si la nieve resbala o Chalaneru. La última, El mar se rizó a contrapelo, es una obra muy especial para nosotros, ya que se trata de un regalo de bodas para Marco y su mujer, Elena, que hoy, 11 años más tarde, estrenamos por fin. 

La última obra que debuta esta tarde se la debemos a nuestro compañero, Jesús Gavito, quien ha imaginado para nosotros una disposición policoral en la que se juega con la llamada entre el mundo de los inmortales y aquellos a los que solo nos queda llorar nuestras penas. 

El fin de fiesta lo pone Fariñona y marañueles, también del alicantino Alcaraz, ideal para menear la saya con otras tres armonizaciones
del cancionero asturiano que seguro, reconocerán. 

Por último, sepan que entra en la elección de este programa nuestro compromiso para con los compositores que construyen las obras con las que nos edificamos como coro. A su buen hacer y su afán por mantener la música coral viva y llena de belleza, calidad y calidez, gracias.

Tres Tenores Tres

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Jueves 16 de septiembre de 2021, 21:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe: SAN MATEO 2021, GALA LÍRICA DE GRANDES TENORES BAG (BROS-ANDUAGA-GANDÍA). José Bros, Antonio Gandía y Xabier Anduaga, Oviedo Filarmonía, Jaume Santonja (director).
Entrada butaca: 28€.

Espectáculo vocal nocturno en el gran coso ovetense con tres espadas que hubieron de torear auténticos morlacos de distintas ganaderías líricas con mayor y menor cuerpo, tres figuras de tres generaciones, bien arropados por una Oviedo Filarmonía veterana en estas lides y con el maestro de ceremonias el valenciano Santonja Espinos que iniciaría el «paseíllo» antes de la aparición de los diestros en el orden del cartel mateín con un ejemplar de la gran casta verdiana.

Una voz y tres timbres, de colores variados y épocas distintas con momentos cumbres que los buenos aficionados asturianos recuerdan de la otra plaza lírica, repertorio para todas las edades que haría cuajar distintas faenas para un público entregado que les haría salir por la puerta, grande independientemente de los trofeos alcanzados otorgados por el respetable sin que la presidencia del alcalde y parte de la corporación en el palco se opusiesen.

Tres estilos y tres formas de entender esta fiesta “tenoril” comenzando por el maestro catalán Bros, con mando en plaza, querido y admirado, bien asentado en el ruedo dando un recital de buen gusto, arrimándose con la distancia justa para no salir corneado, gustándose en todas los estilos, cómodo y aseado. Al final del festejo tomaría la palabra para agradecer sus 30 años de carrera donde Oviedo siempre ha estado apoyándole y la lleva en el corazón, como otras figuras mundiales.

Tomaría la alternativa el joven donostiarra Xabier Anduaga, torero de principio a fin, arriesgando para gustar y gustarse, estilista de excelente recorrido y volumen en los primeros, algo más tapado en lo hispano y faena de aliño con los italianos. Belleza y elegancia prometedora que augura éxitos en las grades plazas internacionales porque hay buena materia prima y de escuela tradicional, con buenos maestros donde inspirarse.

Completaba la terna el alicantino Antonio Gandía, complemento ideal e intermedio equilibrado, contenido, con algún susto ante el volumen nunca contenido por Santonja, dejando la bravura de las partituras que mostrasen el peligro. Entregado de principio a fin, aunque menos ovacionado que sus compañeros, tuvo una serie de naturales sentidos llenos de buen gusto más que para la galería, pero no lo suficiente para levantar los oles del graderío central totalmente opuesto a lo que sería el llamado “Tendido 7”. Son tres estilos distintos, que no distantes, para apreciar colores, continuidad en la línea siempre plena de musicalidad en el caso del maestro Gandía.

Hubo susto en el graderío bajo por un desmayo al iniciarse la segunda parte del festejo, que hizo volver a comenzar su faena a un Anduaga que no perdió la compostura.
La vuelta al ruedo al alimón nos dejó otra faena compartida para un toreo de salón con tres «sobreros» Amapola de Lacalle, Júrame de María Grever, y Granada de Agustín Lara, excelente trapío que los diestros alternaron en la línea de su lidia individual emulando el espectáculo de otros tres tenores del finiquitado siglo XX que apostaron por estadios de fútbol y un marketing que este nuevo trío de nuestro siglo XXI le da el lavado de imagen y la cercanía de los tiempos que corren pues la pandemia ha trastocado todo, pero Oviedo sigue siendo capital musical, «La Viena del norte» español.

La presidencia y el respetable tras los tres regalos fuera del programa, pidieron volver a sacar de chiqueros el indultado Moreno Torroba cual brindis por el triunfo y la gratitud del Bros Maestro abriendo las puertas grandes para una salida ordenada de un público aún recordando pases para el recuerdo. Casi parezco un currista que se conformase con un natural, una verónica o un par en todo lo alto aunque fallase en la suerte máxima. Curiosos paralelismos del Arte de Cúchares y Euterpe mal vistos hoy en día. Por lo menos espero no se prohíba lo que no gusta, pues nadie está libre de pecar…

PROGRAMA (cual ÓRDEN DE LIDIA y diestros)

* Obertura de «La forza del destino», G. Verdi.

* “Il lamento de Federico», de «L’arlesiana», F. Cilea. (José Bros).

* Una furtiva lagrima de «L’elisir d’amore», G. Donizetti. (Xabier Anduaga).

*  Pourquoi me réveiller, de «Werther», J. Massenet. (Antonio Gandía)

* Quando le sere al placido, de «Luisa Miller», G. Verdi. (José Bros).

* A mes amis, de «La fille du règiment», G. Donizetti. (Xabier Anduaga).

* M’appari tutt’amor, de «Marta», F. von Flotow. (Antonio Gandía).

* Donna non vidi mai, de «Manon Lescaut», G. Puccini. (José Bros).

* La donna è mobile, de «Rigoletto», G. Verdi. (Xabier Anduaga).

* L’amour, l’amour…Ah lève-toi soleil, de «Romeo et Juliette», Ch. Gounod (Antonio Gandía).

Pausa (sin bocadillo que Oviedo no es Iruña)

* Por el humo, de «Doña Francisquita», A. Vives. (Xabier Anduaga).

* De este apacible rincón de Madrid , de «Luisa Fernanda», F. Moreno Torroba. (Antonio Gandia).

* No puede ser, de «La tabernera del puerto», P. Sorozábal (José Bros).

* “La danza”, G. Rossini. (Xabier Anduaga).

* «L’alba separa dalla luce l’ombra”, F. P. Tosti. (Antonio Gandía).

* “Musica proibita”, S. Gastaldon. (José Bros).

* “A Vucchella”, F. P. Tosti. (Xabier Anduaga).

* “Mattinata”, R. Leoncavallo. (Antonio Gandía).

* “Non ti scordar di me”, E. De Curtis. (José Bros).

Silvia Pérez Cruz, la voz que enamora

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Miércoles 16 de septiembre, 21:00 horas. Auditorio de Oviedo: Conciertos de San Mateo 2021, Silvia Pérez Cruz. Entrada de butaca: 24 €.

Comenzaba la artista gerundense dando las gracias de volver a cantar en directo con gente “que sepa escuchar y cuidar la música”, y el agradecimiento sería mutuo desde la salida a escena con unas luces que por lo sencillas fueron un firmamento donde dibujar cada uno de los temas desgranados por Silvia Pérez Cruz,
melodías básicamente de su último CDFarsa (género imposible)” pero también guiños desde Tokyo a Granada, en “Domus” Vestida de nit esta vez todavía veraniega pese al orbayu exterior de Vetusta.
Silvia la voz que enamora, con ese timbre único de estilo tan personal que puede llevar a su terreno músicas de todo el mundo y hacerlas suyas, giros flamencos, de jazz, tesitura tan amplia como se quiera, y personalidad siempre arrolladora especialmente con una banda a su altura y talla, capaz de embellecer unas letras que siempre son poesía pura y que cantada llega al paraíso.
Desde el Tango de la Vía Láctea propio hasta un Miguel Hernández de Todas las madres del mundo con la suya en la sala, auténticas estrellas de un firmamento donde la improvisación está medida y el derroche de fantasía no paró ni siquiera en la propina con percusiones.
Un corazón tan grande como su arte, Silvia Pérez Cruz deleita con un registro amplio capaz de llevar a su Mediterráneo el folklore atlántico uniendo mares y galaxias, lo andino con unos charros mexicanos de mariachi catalán universal, traer la Boca al Rabal, disfrutar el sonido del silencio de Simon y Garfunkel más sonoro que nunca, lenguajes todos poéticos, catalán, inglés o español, el del Javier Ruibal cinematográfico poniendo banda sonora colectiva hasta descubrir escondida la rabia contenida de Camarón, leyendas lorquianas hasta fundirse con las cuerdas en una misma canción, la voz desnuda con el contrabajo o vestida con un violín cual charango, de sentirse libre con el piano, de compartir emociones y aplausos con sus músicos, todo mezclado por el técnico de sonido propio, su ingeniero del último trabajo que hizo del concierto ovetense una joya en vivo irrepetible, calidades máximas para una música muy exigente, efectos, loops medidos, planos en su sitio para un directo único con “lleno de pandemia”, público heterodoxo y atemporal pues Silvia Pérez Cruz llena el alma eterna del oído eterno.
Música suya pero de todos, ideal para los “omnívoros” como el que suscribe, poder disfrutar del piano de Marco apabullantemente delicado, bien combinado con el sintetizador y vestido de diseño para la voz de Silvia; Carlos con el violín imposible, Grappelli o charango, académico y zíngaro, magia incluso cantando en unos dúos de empaste increíble; Aleix pasando de la guitarra a la mandolina con naturalidad y adoptando efectos que hacían orquestaciones únicas; Bori sustento de todo, contrabajo con trabajo, arco o pellizco, cantabile y tortuoso, rítmico completando las pinceladas de Aleix, más que batería percusionista global, un set fabuloso donde aparecían un desde un bombo legüero hasta otro tibetano, mazas y escobillas tanto como baquetas, cencerros y un despliegue de arte(factos) que aparecían en el momento justo redondeando un quinteto estratosférico.
Farsa Circus Band son: Silvia Pérez Cruz, voz y guitarra – Alfred Artigas, guitarra y mandolina – Aleix Tobías, percusión – Bori Albero, contrabajo – Carlos Montfort, violín y voz – Marco Mezquida, piano y sintetizador.
Concierto íntimo por la cercanía de una Silvia cariñosa, amable, entregada, presentando y queriendo a todos, respeto y complicidad con su banda, agradecida a un equipo completo que hace posible estos conciertos, desde el mismo del Auditorio de Oviedo hasta todos los suyos sin dejarse a ninguno. De bien nacidos es ser agradecidos, Silvia Pérez Cruz sin chistes fáciles y volcada, artista que enamora, la música bien tratada y escuchada. Gracias por casi dos horas de pasión y calidad.
De la crítica:
Este disco, grabado durante 2019, recoge la realidad compositiva de los últimos tres años de Sílvia Pérez Cruz: trece canciones originales con letras propias y algún poema prestado. Farsa (género imposible) responde a la inquietud de Sílvia en relación a la dualidad de lo que se muestra y lo que realmente somos, por cómo sobrevive la fragilidad del interior, de lo íntimo, en estos tiempos en los que la superficie es tan arrasadora, en los que lo que se ve se puede llegar a confundir con lo que se escucha. Donde lo visualmente jugoso puede estar vacío. Lo hueco. La mentira.
Canta aquí Sílvia canciones que ha compuesto dialogando con otras disciplinas artísticas como el cine, la danza, la poesía o el teatro, entre otras, que se empeñan en ensanchar la vida, recreándola
”.

Precisión y emoción

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Sábado 4 de septiembre, 20:00 horas. Iglesia de Santamaría, Monasterio de Valdediós. Círculo Cultural de Valdediós: Atardeceres musicales 2021, «El flujo de la identidad«. Quinto concierto: Metamorfosis. Alissa Margulis (violín), Adolfo Gutiérrez Arenas (violoncello), Josu de Solaun (piano). Obras de Schumann, Liszt, Prokofiev y Brahms.

Última escapada a Valdediós en este verano y vuelta al círculo virtuoso de un Adolfo Gutiérrez Arenas siempre unido a este ciclo que siempre supuso iniciar nuevos proyectos como él mismo escribía en las notas al programa, y puedo decir que esta clausura, quinto concierto de memamorfosis con sus Atardeceres, será el arranque de un trío que hará historia al unirse con el cellista «asturiano» (aunque nacido en Munich) nada menos que la violinista alemana de origen ruso Alissa Margulis y el pianista Josu de Solaun, valenciano universal y cosmopolita. Tres vidas viajeras para un estreno que dibuja el triángulo como la perfección mínima, tres partes iguales y estables, equilibrio también emocional e interpretativo de auténtica altura que bien podríamos bautizar en este Monasterio como «Trío Valdediós».

Y si el triángulo tiene una línea básica, no cabe duda que De Solaun desempeñó a la perfección ese sustento, pues no solo interpretaría un Liszt impactante sino que también brilló en los dos dúos antes de rematar con el trío de Brahms en un concierto de 99 minutos (alguno más rozando la hora y tres cuartos), tres veces 33 por la perfección del 3, la matemática precisión en la ejecución de todos ellos y la emoción que se respiró de principio a fin con un público asombrado y en silencio sepulcral, búsqueda de la perfección conjunta solo al alcance de tres grandes solistas que deciden latir como unidad en la visión musical de cada partitura, trabajada desde la individualidad pero vivida en el conjunto geométrico perfecto de las tres líneas tras trazar líneas paralelas y ascender al mágico o místico número tres.

El programa ofrecido en la iglesia del Monasterio de Valdediós estuvo a la altura de los grandes, primero Robert Schumann (1810-1856) y sus «5 piezas en estilo popular» Op. 102 para Adolfo y Josu, sonoridades talladas en cada una de ellas, intenciones claras tomando los títulos de referente interpretativo: Mit Humor, canción sin palabras cantada por el cello y contestada al piano, Langsam (lentamente) verdadera delicia de fraseos y equilibrios dinámicos, Nitcht schnell (no rápido) suficiente para degustar las sutilezas de Schumann en ambos instrumentos, Nicht zu rasch (no demasiado rápido) de consistencia tímbrica y resonancias increíbles antes de la quinta Stark und markiert (fuerte bien marcada), contundencia en las teclas y el arco, la precisión con emoción que hace grande el dúo en un mismo idioma.

Josu de Solaun es un auténtico virtuoso que está asombrando allá donde va y que sigo cuanto puedo, y si tenía anotada en principio la Sonata 4 de Scriabin para este concierto, el cambio y elección de Franz Lizst (1811-1886) y su «Primer Vals de Mefisto» puedo calificarla de mágica además de histórica, increíble, la evocación diabólica en esta iglesia cual hechizo pianístico único, esa Der Tanz in der Dorfschenke’ (El baile en la taberna del pueblo) sinfónica al piano de auténtica melopea, fuerza y pasión, ebrios de música que el valenciano derrocha en cada trago, en cada compás. Vigor preciso y precioso, una boda compartida  por un público boquiabierto cual Fausto y el rapto embriagador para una huída mefistofélica donde nos raptó a todos para llevarnos a la siguiente borrachera emocional.

Si el virtuosismo es seña identitaria romántica, los rusos supieron completar el calor del fuego con el colorido tímbrico jugando con melodías y armonías reconocibles como pocas. Así entendieron Alissa Margulis y Josu de Solaun la  Sonata N° 2 de Serguéi Prokoviev (1891-1953), un violín de amplias dinámicas equilibrado y compartido por el piano, entregados anímicamente en dibujar líneas claras y pinceladas de amplísima paleta. Desde el Moderato pudimos captar un lienzo sonoro limpio, fresco, preparándonos para el riquísimo segundo movimiento, Presto-Poco piu mosso del tempo I, vertiginosos pasajes intercambiándose y entrecruzando las líneas para engrosar un sonido aterciopelado y potente; aparente respiro, corto, sin perder complicidad en el Andante y un apasionante y cromático Allegro con brío-Poco mosso – tempo I- Poco meno mosso – Allegro brío, explosión de color musical, apabullante encaje entre ambos intérpretes, grandeza comprobada en la exactitud del trazo sin dudas, el lienzo que va tomando forma conjunta para alcanzar la belleza final de un violín con personalidad junto a un piano dúctil.

Líneas paralelas, línea recta y al final las tres líneas formando el triángulo, el último romántico Johannes Brahms (1833-1897) y una obra que le ocuparía 36 años, compleja como él mismo y donde la madurez consigue la visión buscada. Margulis, G. Arenas y De Solaun en su amplio bagaje uniendo fuerzas para el  Trío Op. 8,  lirismo a raudales en cada uno, sonidos muy trabajados para unirlos en texturas inimaginables, el piano casi sinfónico abrazando los arcos con registros intercambiables, graves de violín y agudos del cello ampliando gamas tan bien ensambladas por parte de los tres músicos que hacen aún más grande este trío maestro, cuatro movimientos que discurren como la propia vida, melodías brahmsianas inconfundibles  en el Allegro con brío, el asentamiento indudable del Scherzo intachable desde su génesis, la belleza madura y hasta mística con un cello cantando corpóreo cual voz humana del Adagio, diálogos cruzados en conversación a tres y la explosión juvenil del Allegro, así lo entendieron estos jóvenes maduros latiendo juntos, el impulso vital lleno de color y esperanza, la confirmación de la obra bien construida y mejor ejecutada, la historia de unos pentagramas precisos que sólo la interpretación consigue emocionar.

Bravo por este Trío Valdediós al que deseo larga vida y colofón perfecto para este ciclo ya consolidado al que la pandemia solo ha restado público por las medidas de prevención, pero ha llenado de esperanza y emoción estos atardeceres «en un lugar único por belleza e historia» como bien (d)escribe Adolfo Gutiérrez Arenas su hogar desde hace muchos años. Gracias.

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