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Jubilosa banda sonora sinfónica

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Viernes 27 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV OSPA: «Jubiloso Strauss». Roman Simovic (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Miklos Rózsa y Richard Strauss.

Este cuarto de abono tenía todo para disfrutar de una sesión casi cinematográfica, una conferencia previa titulada «DE HÉROES Y VILLANOS» a cargo de Eduardo Chávarri, autor de las notas al programa, el regreso, por quinta vez si no falla mi blog, del director y violinista Roman Simovic, que nunca defrauda, colaborador artístico de la OSPA junto a otros más donde también se encuentra el Cuarteto Quiroga del hoy concertino invitado Aitor Hevia, nuevamente con Simovic y esta vez con Fernando Zorita de ayudante, el titular Coelho al frente (que también se pasó a saludar al inicio de la conferencia antes de la prueba acústica) y sobre todo un programa para gran orquesta de aires cinematográficos con los que el director, como el cinematográfico, debe manejar una ingente plantilla de numerosos «extras» y además en una «toma única» que da toda la emoción al directo. El disfrute fue total, casi merecedor de un oscar, pues hasta las propinas resultaron como los «bonus track» de los DVD que ahora disfrutamos los cinéfilos desde la comodidad del sillón aunque nada como la pantalla grande, y así fue este viernes el auditorio.

Interesante lo que nos contó el doctor Chávarri con sus ilustraciones musicadas, primero del húngaro Miklós Rózsa (1907-1995) al que conocemos por el cine tras instalarse en Hollywood, especialmente por «Ben Hur» que fue galardonado varias veces más, y que en «La vida privada de Sherlock Holmes» de 1970 (dirigida por Billy Wilder) se escucha en la banda sonora al protagonista tocando el violín que aparece como compositor, una adaptación para el film de «la Metro» del segundo movimiento de su Concierto para violín, op. 24 (1953), en estructura clásica tripartirta: I. Allegro non troppo ma passionato  – II. Lento cantabile – III. Allegro vivace, con la colaboración, dedicatoria, grabación y estreno del virtuoso Jascha Heifetz. Esta vez Roman Simovic (Montenegro, 1981) con su Stradivarius pienso que mejoró al destinatario porque su violín es mágico, su musicalidad contagiosa (de respigar el II. Lento cantabile), el sonido fluye cómodo y vertiginoso cuando así le exige, la orquesta arropa y escucha (con un clarinete inspirado), química total con ella, de sonoridad plena en el último movimiento, y además compartida con un Nuno Coelho como gritando Acción! en esta «película» majestuosa, así que el concierto del compositor magiar al completo nos permitió disfrutar tanto del músico  afincado en Londres como de los primeros atriles (hoy varios segundos en esta primera parte) para «otra banda sonora», la auténtica música sinfónica del pasado siglo que las grandes orquestas también van incorporando a su repertorio.

El belga Eugène Ysaÿe (1858-1931) es uno de los preferidos de los violinistas por su riqueza melódica y virtuosismo, por lo que Simovic nos dejó tras su Rózsa (para recuperarlo en RNE2 cuando lo emita), no una sino dos propinas de las seis sonatas: el impresionante Prelude, primer movimiento  de la nº 2, «Obsesion», ese inicio bachiano para una auténtica lección en solitario del maestro, y más lujo con la conmovedora primera parte del Lento molto sostenuto de la nº 3 «Ballade», perfecto final de esta primera parte que nos dejaba preparados y listos para afrontar una segunda parte «jubilosa», cinematográfica sin imágenes pero con mucha música.

Con la plantilla de cine ya preparada se pudo afrontar a Richard Strauss (1864-1949) al que la OSPA parece regresar puntualmente para ponerse a prueba en todas las secciones y los directores tomar el pulso de la formación asturiana, y tras unas palabras explicativas del maestro portugués, arrancaba el Don Juan TrV156, op. 20, verdaderamente jubiloso, majestuoso y grandioso, heroico por momentos, idílico en otros, casi para una nueva banda sonora con este mito que en estos tiempos está tan mal visto pero que el compositor muniqués enfoca como la búsqueda de su mujer ideal, coincidente con el momento joven en que conoció a su esposa. Como director conocía la orquesta como pocos, y siendo hijo del trompa solista de la ópera de la capital bávara escribió para ellas pasajes que son la verdadera prueba de examen, esta vez la sección asturiana sólo se quedó en «aprobado y rapado» (como decía en mis años de docente) porque en ella se aprecian los errores más que los aciertos. Mejor calificación para el resto de metales, subiendo nota la cuerda homogénea comandada por Hevia, hoy reforzada y necesaria ante la inmensidad del viento, muy brillante la madera y excelente la percusión, todos bien ensamblados por un Nuno Coelho que está recuperando la ilusión y buen hacer de nuestra orquesta «treintañera».

Si a Walt Disney le hubiesen descongelado, estoy convencido que habría rodado una tercera versión de «Fantasía» donde necesariamente Las divertidas travesuras de Till Eulenspiegel, TrV171, op. 28 tendrían su momento, ya todos los solistas en su sitio comenzando por la excelencia del clarinete, hoy Till Weisgerber pero también Eva García, y por supuesto el resto en una chispeante versión llevada al detalle por el maestro portuense, muy atento a las dinámicas y su balance, claro en los cambios de ritmo, apostando por aires para degustar la acción. Cada sección brilló con luz propia, todas las escenas protagonistas y con nota, quedándome de nuevo con una madera hoy inspirada y engordada que hacía más difícil un empaste ideal. El próximo de abono en Oviedo (10 de febrero) seguiremos «revolucionando» con Shostakovich bajo el mando de otro conocido, Ari Rasilainen tras Haydn y su concierto de cello con otra nueva visita (la sexta que tenga controlada desde 2011 en el auditorio ovetense) de Daniel Müller-Schott. Sería buena idea ordenar los programas al revés, para quedarnos con el buen recuerdo de los solistas.

Cuarto concierto de abono muy aplaudido por su vitalidad, calidad y con más asistencia de la habitual, esperando se recupere la afición perdida. Finalmente un consejo para el prócimo: controlar desde taquilla, especialmente on line, las butacas asignadas a los abonados para no ofrecerlas a la venta -es cuestión de «cerrarla» en el ordenador- y así evitar malos tragos a los implicados. Hoy estaban libres las contiguas, pero no quiero pensar lo que sucedería en caso contrario, y más cuando servidor lleva en la misma localidad todos mis años en el Auditorio con la OSPA, incluso en época pandémica de restricciones con las ventas individuales, solo con un breve cese de convivencia tras el que «recuperé mi asiento».

El piano de ayer y hoy

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Miércoles 7 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1657: Noelia Rodiles (piano). Obras de Sánchez Allú, Rueda y Schubert.

La pianista avilesina Noelia Fdez. Rodiles (1985) volvía a casa con un programa hispano alemán que aunaba el romanticismo y la visión actual, demostrando estar en plena madurez vital y artística, mostrando las dotes que la han encumbrado entre las mejores de nuestro panorama, que sigue exportando talento desde hace décadas, asombrando con su trabajo minucioso al afrontar obras de distinto calado con las que se encuentra igual de «cómoda», sin etiquetas, aunque está claro que su Schubert no podía faltar, recordándome a otra pianista del pasado siglo como fue Alicia de Larrocha.
Y es que Rodiles continúa en su línea, melodismo puro, pasión y delicadeza, sonido muy trabajado en cada detalle, entrega total más una honestidad al afrontar cada partitura digna de elogio. Así comenzaba su concierto en el Jovellanos con la Sonata para piano op. 1 en mi bemol mayor del salmantino Martín Sánchez Allú (1823-1858), una maravilla recuperada por la asturiana gracias a la Fundación Juan March, pianismo con recuerdos de Mozart o Beethoven, estructura de sonata clásica en cuatro movimientos pero muy bien elaborada, con momentos profundos que Noelia Rodiles exprime desde su conocimiento y las notas al programa de  María Alonso Bustamante ayuda a comprender aún mejor. Al escuchar estas obras rescatadas del polvo, siempre me pregunto qué hubiera sido de Sánchez Allú si su vida fuese un poco más longeva y de cuánto nos privó su joven muerte. Patrimonio hispano a la altura del alemán que Noelia Rodiles interpretó de manera magistral.
La Sonata nº 5 «The Butterfly Effect» (2017) del madrileño Jesús Rueda (1961) ya la conocía por ser una de las que conforman el CD del año 2020 con el mismo título y su escucha en vivo siempre resulta deliciosa por la destinataria de esta inspirada obra en tres movimientos con las «Mariposas» de Schumann como feliz disculpa, Wings impresionista, Evanescent y etéreo de sonoridades propias donde el pedal debe ir en el lugar justo, y el virtuosismo del Perpetuum Mobile, un verdadero ciclón donde dudo entre calificarlo como delicadamente pasional o pasionalmente delicado. No hubiera estado mal escuchar las otras dos obras de encargo (Magrané y David del Puerto), pero Schubert nos esperaba toda la segunda parte.
La versatilidad refinada de Noelia Rodiles le permite reunir como ella dice, «ofrecer el gran repertorio… junto con obras que se han quedado olvidadas o perdidas», y lo grande vendría con los Seis momentos musicales, D. 780, op. 94 de Franz Schubert (1797-1828). No es cuestión de poner en duda el orden pues el presentado fue alternando aires y expresión con una limpieza infinita, reposado el más conocido de ellos como el nº3, arriesgado como el quinto y vibrante el último, siempre «cantabile» incluso en los más rápidos, aportando ese buen hacer y elegancia de la avilesina en este repertorio tan exigente que con su aparente sencillez lo hace todavía más grande.
Las propinas otras dos joyas de ayer y hoy, hispana y alemana, la Rapsodia Asturiana de Benjamín Orbón (1879-1944), paisano suyo que siempre se agradece escucharlas aunque sea de propina, pues «la tiene siempre en dedos«, y el maravilloso arreglo que el gran Wilhelm Kempf hiciese sobre la Danza de los espíritus bienaventurados o Sgambati del «Orfeo y Euridice» de Gluck.
De nuevo el piano de ayer y hoy, de siempre, gran repertorio con obras que no pueden olvidarse ni perderse, el compromiso de Noelia Rodiles en este último del año en Gijón, que siempre se lo agradezco. Espero que 2023 siga siendo tan fructífero como este que vamos acabando, con música por supuesto.

Literatura musical con ‘Malats’

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Miércoles, 30 de noviembre, 19:45 h. Teatro Filarmónica, concierto 16 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Trío Malats. Obras de Malats, Suk y Mendelssohn.

Crítica completa para LNE del viernes 2 de diciembre sin problemas de espacio, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva, que la prensa no suele admitir.

Tarde desapacible y poco público, aunque siempre fiel el abonado de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, para finalizar este noviembre invernal desde la mejor escuela de melómanos e intérpretes como es el teatro de la calle Mendizábal, hoy punto de partida de un viaje casi literario por partida triple, donde el Trío Malats, formado por Victor Martínez (violín), Alberto Gorrochategui (chelo) y Carlos Galán (piano) rendían su particular homenaje en los 150 años del nacimiento de Joaquín Malats (1872-1912), compartiendo programa con Josef Suk (1874-1935) y Felix Mendelssohn (1809-1847) en otro aniversario, los 175 de su muerte.

El trío como formación de cámara llenaría los salones románticos hasta los primeros años del pasado siglo, y no faltarían en aquellas pujantes sociedades filarmónicas que hoy luchan por sobrevivir -como las tres asturianas- transportándonos hasta la actualidad en estos reductos musicales. Trío también como género para que los grandes compositores experimentasen con su escritura cual laboratorio sonoro donde el piano conformaba un “sinfonismo a escala reducida” junto a violín y chelo que, además de enriquecer texturas, encontraban la sonoridad buscada antes del paso a las grandes salas de concierto. Los tres compositores elegidos por el Trío Malats son buen ejemplo para interpretar la música de cámara desde distintas épocas y estilos, manteniendo el buen gusto por la escritura “de salón” ejecutada desde la complicidad de tres solistas de altura unidos para latir con un solo corazón en un viaje donde la música no necesita palabras.

La Elegía op. 23 (1902) del checo Suk, alumno de Dvorak, quien influiría enormemente en este género de cámara, sirvió para abrir el concierto, obra en memoria del escritor de novelas y poemas épicos bohemios Julius Zeyer (1841-1901) con esa inspiración literaria expresada por la propia definición de “elegía”: «composición lírica en la que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro acontecimiento infortunado», casi epílogo para el alemán y prólogo del catalán Malats, un niño prodigio que además de excelente pianista, interpretando con 14 años a Beethoven o Mendelssohn, nos dejó páginas tan conocidas como su Serenata española junto a otras menos difundidas, caso del Trío en si bemol mayor, que “El Malats” está ayudando a programar. Tres movimientos con un piano rotundo, lógico en un intérprete como el barcelonés, especialmente en el Allegro; más trabajado el lírico Andante con los tres instrumentos equilibrados en sus intervenciones; más un vertiginoso Vivace final, escritura para virtuosos con aires parisinos de la época estudiantil sin perder el “mediterraneísmo” despojado de folclorismos pero igual de popular y tan catalán en todas las artes de las que la música también bebería.

Palabras mayores la elección de Mendelssohn al que Malats tenía entre sus preferidos y ahora “su trío” interpretaría en la segunda parte: el Trío nº 1 op. 49 en re menor, cuatro movimientos muy exigentes, nuevamente para el piano, donde disfrutar del ambiente que reinaba en la casa del hijo del banquero judío en Leipzig acompañado de otros contemporáneos, romanticismo puro de salón que pide al trío máxima compenetración, demostrada con creces por estos brillantes músicos reunidos en este repertorio que degustamos en la “sala Mendizábal” de este teatro rodeado de mucha arquitectura y literatura -también musical- en cuatro movimientos, primero cual romanza sin palabras, sueños de una noche de verano del segundo, aires escoceses del scherzo o el último esbozo sinfónico escritos por el gran compositor redescubridor del “dios Bach”.

Y la propina del llamado “Brahms ruso” aunque de origen suizo Paul Jon (1872-1940), otro gran compositor de tríos además de sinfonista no lo suficientemente conocido ni difundido, con nuevo tributo a los escritores de “literatura de viajes musicales”, dejándonos una miniatura de ensueño, Rêverie op. 18 nº 3 ampliando las fronteras del Trío Malats en este acercamiento al género de cámara siempre bienvenido para público e intérpretes, rescatando del olvido páginas que nos transportan a salones europeos sin movernos de nuestra butaca en la centenaria sociedad filarmónica ovetense, “La Viena española” en los años 20 ya de este siglo XXI.

Tres de tres

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Miércoles, 30 de noviembre, 19:45 h. Teatro Filarmónica, concierto 16 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Trío Malats. Obras de Malats, Suk y Mendelssohn.

Reseña para LNE del jueves 1 de diciembre escrita desde el teléfono móvil con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva, que la prensa no suele admitir.

Segundo concierto del penúltimo y frío mes en la centenaria sociedad filarmónica ovetense, el decimosexto del año (diciembre aún nos dejará otros dos más) y una de las pocas oportunidades que se presentan de escuchar en vivo el Trío en si bemol de Joaquín Malats (1872-1912) -coincidiendo con el 150 aniversario de su nacimiento- que lo ofreció precisamente quienes llevan el nombre del compositor catalán, Trío Malats, ofreciendo un programa que incluyó también la Elegía Op. 23 de Josef Suk abriendo concierto, más el siempre admirable Trío nº 1, Op. 49 en re menor de Mendelssohn ocupando toda la segunda mitad.

Victor Martínez (violín), Alberto Gorrochategui (chelo) y Carlos Galán (piano) forman este Trío Malats uniendo sus carreras individuales con mismo corazón para difundir por todo el mundo el nombre del músico barcelonés, también promocionando obras españolas actuales sin olvidarse de los grandes compositores universales en todo estilo y época con esta agrupación camerística por excelencia, premiada con varios galardones en una carrera muy asentada. Trío de músicos y de obras para disfrutar del género más experimental en la historia.

Suk y su elegía cual prólogo, poesía por la muerte con el amplio sentido de la palabra lírica, cuerdas y piano de salón ambientando este concierto.

Malats mucho más que un homenaje, aires mediterráneos del Allegro, perfume francés de estudiante en el Andante central, más todo el fin de siglo cosmopolita con el Vivace de un trío respetuoso con su “mentor” entregados en feliz entendimiento.

Mendelssohn siempre grande por escritura, exigencia a sus intérpretes, especialmente el piano, romanticismo puro y laboratorio sinfónico a tres, viaje al Leipzig de banqueros y mucha música donde nos llevaron estos tres tríos.

El final de viaje tuvo parada extra con Paul Juon conocido como “el Brahms ruso” concluyendo un largo trayecto para el poco pero agradecido y entendido público de “La Viena española”, necesitado de estas músicas de salón más que de antitusivos.

Vetusta tiene su música

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Sábado 26 de noviembre, 20:00 h. Sala principal del Auditorio de Oviedo: Conciertos del Auditorio. Sheku Kanneh-Mason (chelo), Elsa Benoit (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Raquel Rodríguez, Haydn y Mahler.

Crítica completa para La Nueva España del lunes 28, sin recortes por el espacio, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Siempre es un placer asistir a un estreno, más si es de casa y sumándole que es una compositora asturiana joven pero con larga trayectoria como Raquel Rodríguez (1980), para redondear un concierto donde convivían con la carbayona nada menos que “papá Haydn” y Mahler, cuyo tiempo ya ha llegado hace más de un siglo, tradición y modernidad en la sempiterna y melómana Vetusta.

Oviedo Filarmonía (OFil) sigue creciendo bajo la batuta de su titular Lucas Macías, quien prosigue su apuesta por incluir mujeres compositoras en los conciertos, y este sábado abría un ciclo titulado “Mapa Sonoro de Vetusta” estrenando «Albidum, camino hacia las estrellas» de la ovetense, cinco movimientos partiendo del origen de la palabra latina traducida como blanquecina, uno de los probables orígenes del topónimo de la capital del Principado para una historia sinfónica y asturiana, siglos traídos al nuestro con la música de bella factura y mucho oficio de Raquel Rodríguez. Obra contundente en efectos y efectivos, cinco etapas bien comentadas en las notas al programa de mi compañero Jonathan Mallada, escritura muy elaborada cual banda sonora desde los indígenas astures en peregrinación al Salvador, el Júpiter efectista guiando ese “campo de estrellas” para una orquesta luminosa bien llevada y estudiada por su titular, una “introspección” con la diosa Trivia completando el simbolismo de una página sinfónica más que blanquecina resplandeciente, largamente aplaudida por un público que la entendió cercana, luminosa y cálida.

A Franz J. Haydn (1732-1809) se le considera el padre de la sinfonía y del cuarteto de cuerda, con amplia y variada producción donde el Concierto para violonchelo nº 2 en re mayor, Hob. VIIb:2 ocupa lugar preminente entre sus obras más escuchadas, esta vez con otro joven intérprete, Sheku Kanneh-Mason (Nottingham, 1999) quien con 13 años ya maravillaba en este repertorio concertístico que se puede disfrutar en internet (ganador del premio BBC al mejor músico joven del año 2016), y con el que triunfó el pasado septiembre en la capital británica junto a la Philharmonia londinense volviendo en febrero del año que viene siempre con el cartel de Sold out en todos ellos -es una verdadera estrella dentro y fuera del Reino Unido desde su popularidad tras tocar en la boda de los emigrados a EEUU ex duques de Essex– y que llevará el próximo diciembre a la Sociedad Filarmónica de Bilbao con la Camerata Salzburg, por lo que era de esperar y muy esperada su interpretación desde su dominio técnico, unido al sonido maravilloso y corpóreo de su chelo, siempre bien concertado por el maestro Macías en sus tres movimientos “clásicos” llenos de energía, especialmente el adagio central y el virtuosismo en el rondó final, de sonoridad cálida, contenida por momentos, que desde el podio mantuvo el equilibrio concertando con las manos para lograr mayor expresividad, especialmente en una cuerda siempre aterciopelada, perfecta compañera de viaje.

El regalo del inglés todo un “clásico moderno” de Burt Bacharach, I Say A Little Prayer que conocimos cantado por Aretha Franklin, sacando del cello, sin arco, una sonoridad actual en este arreglo tan popular como el propio Sheku Kanneh-Mason, juvenil hasta en su “camisa africana”, más allá de modas, épocas o costumbres.

Y si Gustav Mahler (1860-1911) decía que el tiempo de su música aún no había llegado, hoy es el más grabado e interpretado de la historia, por lo que no puede faltar en toda temporada que se precie, esta vez con su Cuarta sinfonía estrenada por el propio compositor hace ahora 121 años, un 25 de noviembre, y con no muy buena acogida del público -de hecho estaría reelaborándola hasta unos meses antes de su muerte y a la que llamaba su “hijastro”-. Excelente orquestación aunque más “ligera” que en otras sinfonías, pero perfecta para la plantilla de la formación ovetense y poder disfrutar todas y cada una de las secciones de la OFil con Lucas Macías dominador de la partitura memorizada hasta el último detalle, jugando y apostando fuerte en los aires muy controlados y respondidos a la perfección por “su orquesta”, cortando la respiración en el Ruhevoll, poco adagio tan profundo o más que el de la viscontiana Quinta, para una cuerda en estado de gracia por su sonoridad compacta y uniforme, hasta llegar al último movimiento, Sehr Behaglich (Muy cómodo) ya con la soprano francesa Elsa Benoit cantando los primeros versos de Das himmlische Leben (La vida celestial) perteneciente a la colección Des Knaben Wunderhorn (El cuerno mágico de la juventud), «lied» sinfónico cantando el goce celestial del hombre maravillado pero confundido, que se pregunta con ojos de niño el significado de todo ello, agradeciendo la proyección del texto traducido. Volumen suficiente de la cantante y pura emoción mahleriana, de nuevo con la orquesta en su mejor momento, un universo sinfónico plagado de estrellas en cada primer atril, disfrutando de Birgit Kolar como concertino por partida doble (utilizado otro para la “scordatura” del segundo movimiento) y redondeando una tarde joven para todas las edades.

Toda una premonición cumplida en esta galaxia musical astur para disfrutar de un sábado donde la OFil con Lucas Macías fueron las estrellas gastronómicas en versión sinfónica bien cocinadas y servidas, brillando con luz propia para cerrar estos placeres melómanos con un viaje por la estrellas de Vetusta.

Estrellas sinfónicas

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Sábado 26 de noviembre, 20:00 h. Sala principal del Auditorio de Oviedo: Conciertos del Auditorio. Sheku Kanneh-Mason (chelo), Elsa Benoit (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Raquel Rodríguez, Haydn y Mahler.

Reseña para La Nueva España del domingo 27 escrita desde el móvil con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Concierto estelar donde no faltó de nada: un estreno mundial de la ovetense Raquel Rodríguez (1980) con el título de «Albidum» (uno de los probables orígenes del topónimo Oviedo) subtitulada “camino hacia las estrellas”; otro brillo en el firmamento con el famoso cellista inglés Sheku Kanneh-Mason, popular mundialmente al tocar en la boda real de los ex duques de Essex; más la Cuarta de Mahler con la soprano francesa Elsa Benoit en el último movimiento, goce celestial visto con los ojos de un niño y el placer melómano.

Más que las estrellas gastronómicas de la Guía Michelín (que vamos ganando para Asturias), este último sábado de noviembre con un Auditorio lleno y supongo hambriento, disfrutamos nada menos que de tres soles sinfónicos:

Primera: Raquel Rodríguez, mucho más que un contundente entrante femenino al que el “master chef” Macías se ha comprometido en servirnos cada menú por él elaborado esta temporada. Un plato para repetir en cualquier momento por su calidad, sabor y guarnición.

Segunda: número 2 de los conciertos para violonchelo de Haydn, donde el plato principal sería el solista británico, un Sheku de camisa y etnia subsahariana para paladear en tres pasos, conectando desde el principio con el titular onubense, maridando y madurando con una orquesta que sigue brillando en cualquier carta siempre bien servido.

Un sorbete original de propina en pizzicato Forever and ever de la oración que nos cantase la gran Aretha Franklin.

Y tercera, digna de ser doble para el Mahler siempre contundente, tradicional pero actual 121 años y un día del estreno de su cuarta sinfonía, donde el sabor especial lo da incluir “La vida celestial”, poema del «Cuerno mágico de la juventud» con soprano en el último movimiento, la francesa Elsa Benoit cual verdadera esencia final para una hora de esta “sinfonía de mortales” donde alcanzar el paraíso mahleriano, magnífica sinfonía de ángeles bien acompañada por el jefe Macías y respetuoso silencio final antes del aplauso unánime.

Merecidas estrellas sinfónicas para este menú que ofreció tres platos estelares, por los ingredientes (compositores de ayer y hoy) junto a unos condimentos especiados y servidos por unos intérpretes esenciales para alcanzar este firmamento musical, desde el primero al último, con una Oviedo Filarmonía que “liga con todo” y brilla en la galaxia sonora de Vetusta, con mejor salud que Don Gustavo.

Piano espectacular y potente

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Domingo 20 de noviembre, 19:00 h. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G, Iberni». Martín García García (piano). Obras de Chopin y Rajmáninov.

Crítica para La Nueva España del martes 22 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Un lleno espectacular en el auditorio este domingo para disfrutar del mejor piano romántico con el gijonés Martín García García (1996), que sigue madurando como el buen vino, esta vez dejándonos a dos compositores, Chopin y Rajmáninov, con los que se encuentra cómodo, confiado, entregado, sin perder aún la pasión juvenil y unas interpretaciones siempre con un toque personal, no importan algunas imperfecciones mínimas, llegando y emocionando aunque tengamos que seguir sufriendo un amplio repertorio de toses en todas las tesituras, tonalidades (domina el flemol), caídas de paraguas y bolsos, luces más tonos de móviles incluso con conversaciones… hasta niños que preguntan o se suman al coro de estertores en su registro más agudo, haciéndonme anhelar aquellos conciertos de aforo reducido y mascarillas (deberían volver) que llegué a pensar, inocente e ingenuo de mí, vendrían para retornar a la escucha de la música desde el silencio, el respeto, la educación… y la salud. El Covid sigue, la gripe nunca se fue pero la esperanza en el necesario civismo que nos permita disfrutar como se debe, ya se ha perdido del todo convirtiéndose en la verdadera pandemia.

Dos románticos para degustar ocupando cada una de las partes del concierto con el piano protagonista absoluto, iluminación cenital y resto en penumbra. Chopin toda la primera, bien organizada comenzando con las cuatro Mazurkas, op. 33 muy contrastadas en aires y rubati muy apropiados, una brillante Barcarola en fa sostenido mayor, op. 68, cuatro de los Preludios op. 28 igualmente ordenados por sus “tempi” buscando ese ambiente contrastante y hasta lúgubre de los días en Valldemosa, donde la tisis pareció contagiar en el túnel del tiempo al “coro de asistentes”, para cerrar con la conocida “Sonata nº 2 en si bemol menor op. 35”, cuya famosa Marcha fúnebre del tercer movimiento, Martín García le dio toda la pasión y visión personal, más el Presto final donde el virtuosismo es necesario pero la musicalidad aún más. Momentos casi sinfónicos con pasajes que el polaco utilizará en sus dos conciertos para piano junto al intimismo de otros en buena conjunción e interpretación del asturiano.

Y el “Chopin de Broadway”, Rajmáninov, que comparte con el polaco la nostalgia desde el exilio, las añoranzas por “la amada Polonia” o “la madre Rusia” transmitidos en su piano de tragedias y depresiones volcadas por un Martín García pletórico, potente, amplio de dinámicas, desde los dos “Momentos Musicales” op. 16, primero el nº 3 en si menor, después el nº 2 en mi bemol menor, nuevamente buscando los claroscuros románticos en el último de los intérpretes virtuosos además de compositores, el melodismo inimitable del ruso canturreado por el gijonés, al igual que con el polaco, como otra seña de identidad de nuestro joven virtuoso, pasajes inconfundibles que evocan también las páginas con orquesta (en especial las Variaciones sobre un tema de Paganini). Todavía quedaba la “Sonata nº 1 en re menor op. 28” para rematar la faena, sonido muy trabajado, ímpetu e introspección en perfecto equilibrio, música a borbotones, juventud con recorrido y mucho estudio para un recital titánico que levantó a todo el público de sus butacas con bravos y hasta un merecido e inoportuno “¡Grande!” rompiendo la unidad del “momento”, y es que las emociones no entienden de buenos modales.

Sin chaqueta salió Martín para agradecer el entusiasmo que levantó y nos regaló tres propinas en una línea argumental acorde con este concierto puramente romántico por todo lo que escuchamos, incluyendo el “coro de ruidos”. Primero el Étude-Tableau, op. 39, nº 8 en re menor, limpio y cristalino; después el Preludio nº 3 en re menor, poderoso, enérgico, arriesgado “tempo di menuetto”, elefantiásico cual las manos de Serguéi transmutado al gijonés como si comenzase el concierto dos horas después; y si se me permite la expresión, desmelenado pero reposado volviendo a la intimidad con la camisa sudada y la tercera del ruso, de sus siete piezas de salón, la op. 10 nº 6, una delicadísima Romanza en fa menor cuyo “Andante doloroso” más que mosso, solo lo rompió un infantil estornudo que no empañó un concierto para el recuerdo que las notas al programa, felizmente en papel, de mi compañera Andrea García Torres tituló “El virtuosismo expresivo”.

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El ciclón gijonés

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Domingo 20 de noviembre, 19:00 h. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G, Iberni». Martín García García (piano). Obras de Chopin y Rajmáninov.

Reseña telefónica con Franco Torre para La Nueva España del lunes 21 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Un ciclón musical pasó anoche por Oviedo. El ojo de la tormenta estaba en el Auditorio Príncipe Felipe, en una sala principal que registró lleno absoluto. Sobre el escenario, un único instrumento, el gran Steinwway© de cola, y un maestro nacido a la orilla del Piles y que se ha coronado en los mejores escenarios antes de volver para ser profeta en su tierra: Martín García. Un pianista que puso en pie el Auditorio ovetense con un concierto memorable, de más de dos horas (dos y media con el descanso) y que cerró con tres propinas, entre las ovaciones de un público entregado.
A días de cumplir los 26, Martín García retornaba a Oviedo tras engordar de forma descomunal su currículo en los últimos años. En 2021 llegó su consagración internacional tras lograr el primer lugar en el Cleveland International Piano Competition y el tercer lugar en el Concurso Internacional de Piano Fryderyk Chopin. La expectación en «la Viena española» era máxima, y el pianista no defraudó. Al contrario: el nivel excelso de su música incluso sorprendió a los melómanos, impactados por la fuerza del pianista y ante la espléndida madurez que ha alcanzado en los últimos años. El gijonés, instalado ya en la élite del instrumento, apunta maneras para convertirse en uno de los grandes.
La primera parte del concierto estaba dedicada a Frédéric Chopin, en un guiño indisimulado al certamen que le coronó en Varsovia un año atrás. Interpretó las cuatro «Mazurkas» op. 33, «Barcarolle» en fa sostenido mayor, op. 60, cuatro de los «Preludes» op. 28, y la «Sonata n.º 2» en si bemol menor, op. 35. Para definir su nivel solo hay un calificativo:tremendo.

Llegó la tregua del descanso y parecía difícil que García mantuviese el nivel en una segunda parte dedicada a Serguéi Rajmáninov, pero lo logró. Interpretó de forma absolutamente impresionante los dos «Moment Musicaux» op. 16 nº 3 y nº 2, en este orden, y la «Sonata n.º 1» en re menor, op. 28. Todo perfecto salvo por la inesperada competencia que le salió al pianista desde el patio de butacas, donde se improvisó un concierto de toses (había todo un coro, con toses agudas, graves y hasta algún “staccato”) y móviles, con la irrupción ocasional, menos molesta, de algún niño que preguntaba si era hora ya de aplaudir.

Los aplausos llegaron, y a raudales. Todo el auditorio en pie, rompiéndose las manos, dedicando sonoros «¡bravos!» y hasta un inoportuno, por el momento, «Grande!» al pianista y reclamando su retorno al escenario. Martín García, con una sudada más propia de un extremo que se hubiese pateado la banda en el mundial de Qatar que de un pianista, en prueba fehaciente de su entrega sobre las tablas, volvió al escenario para dar una propina al agradecido público ovetense a base de Rajmáninov y talento. La operación se repetiría otras dos veces, con el músico ya en camisa sin quitarse la pajarita, sin bajar ni un ápice el pistón, instalado en la excelencia a tiempo completo a lomos de ese Steinway© poderoso, luciendo una madurez impresionante que se traduce no solo en ese virtuosismo, también en una musicalidad al alcance de muy pocos pianistas.

A la salida, una ciudad fría y lluviosa recibió al respetable. El común de los mortales lo achacaría a este otoño que ya quiere ser invierno, pero los agradecidos asistentes al concierto sabían la verdad: eran las secuelas de ese ciclón musical que anoche pasó por Oviedo.

Kantorow, fuego en el camino

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Sábado 12 de noviembre, 20:00 h. Auditorio de Oviedo: Concierto inaugural de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Alexandre Kantorow (piano). Obras de Liszt, Scriabin y Schubert.

Crítica para La Nueva España del lunes 14 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

No se pudo elegir mejor pianista ni programa para arrancar estas jornadas de la llamada “Temporada del rencuentro” que el francés Alexandre Kantorow (Clemont-Ferrand, 20 de mayo de 1997), un prodigio que comenzó su carrera profesional con solo 16 años para ser el primero de su país en ganar el prestigioso Concurso Internacional Chaikovski en 2019, y que llegaba a Oviedo en su gira con tres compositores “fetiche” donde se mueve con una madurez impresionante y técnica puesta al servicio de unas interpretaciones soberbias, modelando el sonido, recorriendo verdaderos pasajes interiores llenos de puro romanticismo. Los cambios en el programa previsto funcionaron de forma homogénea y dándole un sentido global a un recital que puso al público a sus pies tras una velada intensa además de sentida, llegando a regalar hasta tres propinas (ahora se les llama “encores”).

Liszt es un referente para los pianistas por sus exigencias para entresacar de sus obras todos los avances de su época y Kantorow, al que la crítica del magazine Fanfare le ha bautizado como “Liszt reencarnado”, comenzaría con Weinen, Klagen, Sorgen, Zagen S.179, basado en el tema de la cantata 12 de Bach, la contundencia unida a la devoción por el padre de todas las músicas, inicio de un peregrinaje que el joven virtuoso proseguiría con el Soneto nº 104 del Petrarca, perteneciente a los “Años de Peregrinaje” S.161 del abate, clara reminiscencia chopiniana, pleno de contrastes en una penumbra total que ayudaría a un silencio sepulcral poco habitual en el auditorio, con el piano en el centro del escenario sin mover la caja escénica, iluminado levemente en un rectángulo que impresionaba al escuchar todo lo que de él brotaba en las manos del francés. Sin respiros, con una gama amplísima de matices donde primó siempre la musicalidad, para “redondear” este camino literario con Après une lecture du Dante, fantasía en el amplio sentido, tres etapas donde disfrutar de la pasión, fuerza y delicadeza de un sonido limpio, trabajado, rotundo y delicado, mimando cada nota, los pedales realzando y dibujando desde su técnica impecable una primera parte poderosa y llena de claroscursos expresivos al alcance de pocos intérpretes de su edad.

La segunda parte finalizaría el recorrido por el húngaro que enamoraba en los salones parisinos con su endiablada técnica volviendo al íntimismo y hondura expresivas tras la que podríamos llamar pirotecnia pianística, Abschlied que adapta una melodía popular rusa breve y compleja, nuevamente con dualidades bien contrastadas al final de su vida, nostálgica y evocadora, al igual que La lúgubre góndola, la oscuridad llena de amargura, austeridad frente a la opulencia juvenil, donde el pianista francés enamoraría a los melómanos asturianos, ofreciendo la otra cara de la moneda para reflejar el dominio de la globalidad del piano de Liszt, el ocaso del genio premonitorio de la muerte de Wagner dos meses después de finalizarla.

El peregrinaje pianístico daría un salto sin perder la homogeneidad temática con Fers la Flamme, op. 72 del ruso Scriabin, el sinfonismo desde las 88 teclas que canta el triunfo del resplandor sobre la oscuridad, acordes sombríos donde cada nota toma cuerpo para ir moviéndose hasta el estallido emocional de Kantorow.

Y sólo podía poner punto final a este tortuoso camino de luces y sombras el otro Franz, Schubert con su Fantasía “Wanderer” (caminante) D. 760 que alude al lied homónimo. Un homenaje pianístico al primer romanticismo del que todos beberían, el virtuosismo exigente que canta sin palabras toda la gama emocional en tres movimientos para un solo tema que en manos de Kantorow resultó una verdadera lección interpretativa, deslumbrante, sentida de principio a fin cerrando un recital de verdadero peregrinaje íntimo, donde todo los colores posibles sonaron y brillaron llenos de vida.

Bravos y aplausos más que merecidos para regalarnos una etapa extra del “camino francés” desde un pianismo razonado, pues el lied de Schubert Letanía en arreglo del propio Liszt sería el mejor colofón del concierto.

De otro gran virtuoso e improvisador como fue Gyorgy Cziffra, su arreglo del Vals triste a partir de una canción popular húngara volvió a impactar y epatar a un público totalmente rendido a Alexandre “el grande”, este joven francés que aún tendría fuerzas para seguir emocionándonos con su tercer regalo tras un concierto maratoniano para todo pianista: el final de El pájaro de fuego de Stravinski en arreglo de Guido Agosti (1901-1989), el fuego mágico que crea sombras, dando luz y calor además de color. Mejor inauguración para las jornadas de piano imposible.

El peregrino Kantorow

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Sábado 12 de noviembre, 20:00 h. Auditorio de Oviedo: Concierto inaugural de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Alexandre Kantorow (piano). Obras de Liszt, Scriabin y Schubert.

Reseña para La Nueva España del domingo 13 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni” de esta temporada arrancaron con el pianista Alexandre Kantorow, premio «Tchaikovsky» en 2019 con tan solo 22 años, el primer francés en ganar la medalla de oro y el Grand Prix del prestigioso Concurso Internacional, algo que solo había sucedido en tres ocasiones en la historia del certamen.

Declarado por la crítica como el “joven zar del piano” o “Liszt reencarnado”, Oviedo sigue siendo La Viena española y parada obligada en esta gira de conciertos por las mejores salas de todo el mundo entre las que está el Auditorio de la capital asturiana.

Kantorow no defraudó en un concierto con excelente entrada y público en un respetuoso silencio solo roto por algún estertor, asombrando no solo por el virtuosístico sino la profundidad y rotundidad de este joven que debutó con 16 años y que asombra por su madurez interpretativa.
Con cambios en el orden previsto y Liszt casi protagonista único en la primera parte e inicio de la segunda, que cerrarían Scriabin y Schubert. Si el abate húngaro arrebataba en los salones parisinos del XIX, el francés lo hizo en la Vetusta del XXI.

Penumbra que ayudó al silencio y el gran Steinway enmarcado con la mínima luz para paladear el Liszt de Kantorow, pleno de romanticismo, claroscuros increíbles con matices extremos y la fuerza juvenil capaz de pasar al intimismo mágico en un peregrinaje interior (de Petrarca a Dante) bien ejecutado y transmitido con el fuego fatuo y arrebatador del virtuoso francés.

No rebajó entrega ni intensidad tras la necesaria pausa para retomar fuerzas, con una góndola lúgubre, premonitoria del entierro de su yerno Wagner, de compleja sencillez, después la llama de Scriabin cual sucesor virtuoso desde el frio, para finalizar con ese Caminante (Wanderer) de Schubert que nos llevaría al romanticismo inicial e inspirado(r) de este pianista que no deberemos perderle la pista porque está llamado a ser uno de los grandes de nuestro siglo.

Una delicia de interpretación que levantó bravos y merecidísimos aplausos respondidos por no dos sino tres “encores” resumiendo la técnica al servicio de la música con todo el lirismo de nuevo de Schubert en arreglo de Liszt, una popular de Cziffra y hasta el fuego de Stravinsky y su pájaro sobrevolando con piruetas elegantes un final de concierto apoteósico.

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