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El Cosmos concuerda

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Viernes 14 de julio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), “Música de cámara”, #Ligeti100: Cuarteto Cosmos. Obras de Brahms, Tomás Marco y Ligeti. Fotos propias y de Fermín Rodríguez. 

En este Festival de Granada la música de cámara tiene su espacio y en el caso de los cuartetos el programa nos está trayendo de lo mejor en el panorama internacional, este viernes con el Cuarteto Cosmos (2014) catalán y otro homenaje al gran György Ligeti (1923-2006), sin olvidarnos de Tomás Marco (1942), compositor residente esta edición, y Johannes Brahms (1833-1897) en un programa intenso y exigente desde el Patio de los Mármoles en el Hospital Real.

También Schumann está en el aire de estos días, y Brahms se encontró con él en 1853 ya con la idea de componer cuartetos. El Cuarteto nº 2 en la menor, op. 51/2 (1873) es buena forma de comenzar un concierto y el Cuarteto Cosmos ya mostró sus cartas con un sonido homogéneo -tocan con instrumentos construidos exprofeso por el prestigioso luthier barcelonés David Bagué– y en el Allegro ma non troppo las melodías juegan con las combinaciones de los cuatro y una energía que se ve además de escucharse. El Andante moderato mantuvo ese lirismo romántico, heredero de Schubert o Schumann sin faltar la carga dramática con intensidades muy amplias. Con esas alternancias de melodismo y dibujos claros en el cuarteto el breve Quasi Minuetto, moderato, prepararía el ambiente sombrío del Finale. Allegro non assai, con la alternancia o juego de los temas, decidido el primero y más lánguido el segundo, danzables para disfrutar de un violín carnoso y penetrante preparando la creciente agitación del cuarteto, aires zíngaros que con su ritmo contagioso redondearon un buen Brahms con los catalanes.

Tras el descanso, cambio de idioma, de estilo, de colores y sonoridades con tímbricas explorando todos los recursos del cuarteto de cuerda: armónicos, golpes de arco, pizzicati violentos, fraseos de dinámicas bruscas en dos páginas de mi generación, primero el Cuarteto nº 4 «Los desastres de la guerra» (1996) de Tomás Marco, que continúa vigente tal y como estamos comprobando en este Festival. Juan Manuel Viana en sus notas al programa repasa la trayectoria del compositor madrileño en sus composiciones para cuarteto de cuerda: Los desastres de la guerra (…) compuesto en 1996 por encargo del Festival de Santander y estrenado el 24 de agosto de ese año por el Cuarteto Paul Klee en el Santuario de la Bien Aparecida (…) presenta, según su autor, algunos puntos en común con el cuarteto anterior: «Se trata de un material musical rigurosamente objetivo en el que se desarrolla, por aplicación de algunos principios de crecimiento fractal, un sistema de proporciones que confluyen en la creación de una forma autónoma». Como en Los caprichos, Tauromaquia, La nuit de Bordeaux o Tapices y disparates, la alusión a Goya no pretende describir o evocar su pintura sino «asumir algunos de sus planteamientos estéticos y expresivos»”. Si la música de Marco sigue siendo actual, tristemente también las guerras y el dolor que conllevan. Este cuarteto es desgarrador, gris, violento como van desgranando las cuerdas y arcos, sonidos por momentos hirientes, casi una banda sonora de la devastación bélica que Goya ya pintase pero hoy basta con ver las noticias porque esta música sirve para todas ellas. El Cuarteto Cosmos se volcó con una página muy exigente de ejecución e interpretación de la barbarie: empaste y entendimiento total de los catalanes, contrastes extremos entre violín y cello, contestaciones del segundo y la viola, un relato sobrecogedor el de Tomás Marco perfectamente resuelto por unos músicos excelentes.

Y tras una pausa para tomar aire pero con las mismas sensaciones vendría el Cuarteto de cuerdas nº 1 «Metamorfosis nocturnas» (1953-1954) de György Ligeti, a quien el Festival le está homenajeando en el centenario de su nacimiento. El húngaro también sufrió en sus carnes la dictadura magiar y mucha de su música quedó en el cajón como él mismo lo escribió. Obra de juventud con clara inspiración en los cuartetos 3 y 4 de Bartók que sólo conocía por la partitura, aunque escrito en un único movimiento, está dividido en doce secciones breves que van contrastando, casi como en el cuarteto de Marco. El término «Metamorfosis» designa, en palabras del húngaro «una serie de variaciones de carácter atemático, que se desarrolla a partir de un motivo de base. Melódica y armónicamente la pieza descansa sobre el “total cromático”, mientras que desde un punto de vista formal permanece fiel a los criterios del clasicismo vienés: carácter periódico, imitación, despliegue del material motívico, desarrollo, reparto entre los instrumentos de la melodía cortada en frases breves». Si el cuarteto catalán toma el nombre de Cosmos, con esta metamorfósis está claro que es todo un universo de la cuerda, jugando con las palabras, todo concuerda en este Ligeti que desplegó no ya los recursos y sonoridades rompedoras en los años 50, toda la tensión y discurrir “biológico”, nacimiento, desarrollo, madurez, cambios de tamaño, como una clase sonora de la propia evolución vital y recordando que la palabra griega significa “transformación” sin olvidarnos del alemán Kafka. Increíble la partitura de Ligeti y asombrosa la interpretación del Cuarteto Cosmos.

Tras tanta tensión, dramatismos, sonoridades violentas, incisivas, volúmenes extremos de los pianos casi inaudibles a los fortes con los arcos como cuchillas, el mejor regalo vendría de Schubert y el Andante del Cuarteto “Rosamunda” nº 13, en la menor, D804 op. 29. La música de mi generación no se entiende sin escuchar primero a los grandes románticos, y tras el Brahms inicial el círculo se cerraba con Schubert, historias musicales donde el cosmos concuerda.

Y con cuerda aún nos espera el Armida Quartett el día 17, que contaremos desde aquí.

Cuarteto Cosmos:

Helena Satué (violín) – Bernat Prat (violín) – Lara Fernández (viola) – Oriol Prat (violonchelo)

PROGRAMA

Johannes Brahms (1833-1897)

Cuarteto nº 2 en la menor, op. 51/2 (1873)

Allegro ma non troppo – Andante moderato – Quasi Minuetto, moderato / Allegretto vivace – Finale. Allegro non assai

Tomás Marco (1942)

Cuarteto nº 4 «Los desastres de la guerra» (1996)

György Ligeti (1923-2006)

Cuarteto de cuerdas nº 1 «Metamorfosis nocturnas» (1953-1954)

Levit, el pintor elegante

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Jueves 13 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Grandes intérpretes”: Igor Levit (piano). Obras de Stevenson, Schumann, Wagner y Liszt. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Si de algo puede presumir esta septuagésimosegunda edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada es contar con una pléyade de pianistas reconocidos mundialmente, y no podemos quejarnos de los que ya llevamos. Continuando con esta alineación de astros volvía tras su debut en 2020 el pianista ruso nacionalizado alemán Igor Levit (Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1987) con un programa muy original (aunque volvimos a escuchar la Fantasía op. 17 de Schumann) lleno de homenajes, fantasías y virtuosismo al servicio de la música.

Una partitura me recuerda el paisaje al que se enfrenta un pintor, y podemos tener varios contemplándolo donde cada uno elegirá con su técnica el color, la intensidad, el brillo, las líneas, la profundidad, la perspectiva… El mismo paisaje pero enfoques distintos, los pianistas pintores de sonidos desde su punto de vista e interpretación. Incluso con la misma escuela, en este caso la rusa que sigue siendo referente y cantera mundial, enseña a mantener una visión propia sin perder el paisaje original aunque la luz cambie y los días también.

Levit comenzaba con una original obra del compositor y pianista escocés Ronald Stevenson (1928-2015), continuando con las fantasías al piano, esta vez homenaje a Benjamin Britten y su más célebre ópera, la Peter Grimes Fantasy (1971) llena de referencias casi “orquestales” de los preludios marinos. Levit pintó todo el colorido de esta partitura, mezclando los colores de los temas de Britten, el timbre como trazo, efectos de pedal y el necesario además de esperado virtuosismo,
eligiendo distintos pinceles según el grosor con un sonido que parecía tener claro en su propia paleta. Reconocibles los motivos y amplias dinámicas mezclando no sobre el óleo sino en un piano poderoso y elegante en todos los trazos. Las fantasías y homenajes pianísticos de estos “Grandes intérpretes” nos permiten comprobar la riqueza de partituras y ejecutantes.

Por lo apuntado del punto de vista, escuchábamos dos días después la Fantasía en do mayor, op. 17 (1836) de Robert Schumann (1810-1856) con un colorido distinto, Levit ofreció una visión más luminosa y emotiva que la de su compatriota Trifonov, elegancia y fuerza en la mano izquierda poderosa y la delicadeza en la derecha, tempi contenidos y sonoridad más difusa con un pedal “global” buscando ambientes y referencias claras a la inspiración de Schumann en Beethoven más que el amor a Clara. Los tres movimientos (I. Durchaus fantastisch und leidenschaftlich vorzutragen. Im legenden Ton – II. Mäßig. Durchaus energisch – III. Langsam getragen. Durchweg leise su halten) fueron como lienzos de gran tamaño y color, pasión en el primero bien dibujado, trazos amplios y enérgicos del segundo, y un tercero grisáceo casi abocetado por el propio paisaje que se vuelve triste. Dos visiones rusas de un mismo paisaje que podrían analizarse incluso por la forma de sentarse ante el caballete y en tiempos donde se habla de la “comunicación no verbal” la de los pianistas es al menos curiosa. Los “tics” de cada uno se reflejan en la interiorización de cada obra y en la siempre necesaria concentración previa, en el caso de Levit sus estiramientos tras los pasajes fuertes, la mano derecha que vuela en los silencios o se apoya en el taburete. Esta noche el sudor que se secaba con la manga y las inflexiones sobre el teclado reforzando toda su gama de matices asombrosos.

Sin pausa prosiguió la fantasía e inspiración operística desde la técnica apabullante del ruso con una transcripción pianística (como en Stevenson) del Preludio de Tristan und Isolde, WWV 90 de Richard Wagner (1813-1883) en el arreglo realizado por otro intérprete célebre y virtuoso como el húngaro Zoltán Kocsis. que el pianista ruso ha grabado recientemente, Si en Britten el trazo era amplio, para Wagner se rehacía el dibujo sobre el óleo musical, el paisaje era complicado de plasmar porque la densidad del original orquestal resulta más intrincada desde el piano. Pero Igor Levitt no sólo demostró oficio, también creatividad y conocimiento profundo del original, al igual que Kocsis. Intensidades extremas con variedad de pinceles y gama amplísima de colores, un tema que los grandes pintores han reflejado (como Rogelio de Egusquiza, Dalí o John William Waterhouse) cada uno inspirado en su tiempo y estilo. Este de Levitt fue un derroche de colores bien claros y líneas dibujadas con diferentes grosores, sobrescritas para encontrar la visión global.

Sin pausa ni aplausos, aún contemplando este preludio quedamos “en familia” pasando al yerno de Wagner, Franz Liszt (1811-1886) que como bien se indica en la web del Festival, decidió llevar al piano solo la Muerte de Isolda y no el Preludio. La Sonata para piano en si menor, S. 178 (1853) es la única incursión en esta forma, dedicada a Schumann en devolución a la Fantasía primera y de la que Clara Schumann escribió a su amigo Brahms que era un ruido ciego. Levit empleó todos los recursos para pintar este inmenso mural, más que un lienzo, sin atenerse a la norma clásica de los “cuatro movimientos”, huir y transgredir como buen romántico para romper con las tradiciones, y si al suegro le encantaron, a los presentes la visión que contémplanos aún más. Como apunta Rafael Ortega de esta Sonata en las notas al programa “monumental cuadro de carácter cíclico en el que se suceden los cambios de tempo y expresión, con sabios juegos de contrastes, y en el que la tradicional secuencia de exposición-desarrollo-reexposición aparece menos definida, con incorporación –como en el caso del Beethoven postrero– de formas raramente utilizadas antes por él mismo, como la fuga”. Innovador y rompedor tanto Liszt como Levit en plasmar la imaginación desbordante del húngaro, jugando con los matices y los aires de esta enormidad paisajística.

Cada movimiento (Lento assai / Allegro energico / Grandioso / Recitativo / Andante sostenuto Quasi adagio / Allegro energico / Stretta, quasi presto / Presto / Prestissimo Andante sostenuto / Allegro moderato / Lento assai) parecía independiente por lo variado del trazo, de la línea, de la perspectiva, de la dificultad que una vez finalizado pudimos comprobar la unidad estilística donde el virtuosismo ayudó a contemplar una obra maestra.

Noventa minutos de carga emocional a cargo de Igor Levit, enorme pintor que volvería a Schumann de regalo con el último número de las Kinderszenen, op. 15, las escenas de niños: pausado y emotivo “El poeta habla” (Der Dichter spricht) que podríamos retitular “El pianista pinta”. Grandes obras y otro gran intérprete del piano en este festival.

OBRAS

Ronald Stevenson (1928-2015):

Peter Grimes Fantasy (1971-1972)

Robert Schumann (1810-1856):

Fantasía en do mayor, op. 17 (1836)

I. Durchaus fantastisch und leidenschaftlich vorzutragen. Im legenden Ton

II. Mäßig. Durchaus energisch

III. Langsam getragen. Durchweg leise zu halten

Richard Wagner (1813-1883):
Preludio de Tristan und Isolde, WWV 90 (1859, arr. de Zoltán Kocsis)

Franz Liszt (1811-1886):

Sonata para piano en si menor, S. 178 (1853)

Lento assai / Allegro energico / Grandioso / Recitativo / Andante sostenuto Quasi adagio / Allegro energico / Stretta, quasi presto / Presto / Prestissimo Andante sostenuto / Allegro moderato / Lento assai

Una vida en el piano

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Martes 11 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Grandes intérpretes”: Daniil Trifonov (piano). Obras de Chaikovski, Schumann, Mozart, Ravel y Scriabin. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Vigésimoprimera noche de festival con alerta por calor en Granada y un pianista de referencia como el ruso Daniil Trifonov (Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1991) que me hizo pensar lo dura que es su vida. Con 17 años ya ganaba premios internacionales, lo que supone llevar su infancia y adolescencia pegado al piano y renunciando a muchas cosas. Desde entones su agenda está completa por todo el mundo, de hecho en Oviedo ya estuvo en 2013, 2015 y 2019. Actualmente basta con entrar en su Web y comprobarla, aterrizando ayer desde New York, supongo que con jetlag, ensayar, tocar y continuar “tour” por Mónaco Verbier, Salburgo, alternando conciertos con orquesta y el mismo programa que le trajo al Palacio de Carlos V.

No es de extrañar que con semejante ajetreo, sumado a un calor que dificulta la concentración el programa en principio parecía más un “calentamiento” comenzando con el Álbum para la juventud, op. 39 de Tchaikovsky, una “colección de 24 miniaturas que sigue, según propia declaración, la estela de las Escenas de niños de Schumann (subtitulada por ello 24 piezas fáciles a la Schumann)” como bien recuerda Rafael Ortega Basagoiti en las notas al programa. Dos docenas de cuadros para los estudiantes, que en manos del maestro adquieren toda la genialidad melódica. Sencillas y creando atmósferas que Trifonov consigue desde el mismo momento de salir a escenas, como necesitando “su mundo” y recordándome a otro genio ruso como Don Gregorio. Más allá del carácter pedagógico de estas pequeñas obras como recuerdos de infancia, Trifonov las fue tratando con toda la gama de matices, tempi, ataques, ritmos (bien resueltos la Marcha, el Vals o incluso la Mazurca), verdaderos tributos a tantos pianistas y compositores románticos.

En cuanto a Schumann y su Fantasía en do mayor, op. 17 (1838), ideada inicialmente con el título de Sonata para Beethoven, se nota el tributo al genio de Bonn, con recuerdos del Claro de Luna o la Patética, tres movimientos en los avanza de la sonata a las libertades de la forma llamada “fantasía”. Trifonov brindó una interpretación lenta, por momentos “pesante” pero muy introspectiva, como Trifonov reflejar la añoranza (en Schumann por Clara). Limpieza de sonido tratando especialmente los acordes y jugando con unas dinámicas aún mayores en el segundo movimiento, enérgico y solemne donde las dificultades técnicas no fueron ningún escollo para el virtuoso ruso, en cierto modo sujetando el tempo para moldear todas y cada una de las notas. El tercero movimiento volvió a interiorizar la interpretación que tuvo mucha fantasía pero la opresión del calor nocturno.

Descanso necesario para hidratarse y la segunda parte ya bajado la temperatura, subiría la de Trifonov con otra fantasía, esta vez de Mozart y su Fantasía en do menor, K 475 (1785), que comienza como la Sonata K. 457 con la que suele hermanarse, y escuchada en este mismo festival por el islandés Vikingur Ólafsson, dos visiones e interpretaciones distintas de esta página llena de dolor y oscuridad la noche de San Juan, pesimista en esta canícula granadina. Trifonov fue diseccionando las tres secciones con un sonido pulido, una lentitud resaltando la amargura y el drama que evoluciona a la agitación volcando toda la fuerza sobre el teclado en una amplitud dinámica destacable, “sturm un drang” casi beethoveniano en este último Mozart. El regusto dramático lo resolvió con una sonoridad algo más etérea frente a un frenético y amargo final.

Pero faltaba lo mejor de la noche, como si la magia de La Alhambra tocase el breve paseo hasta el piano, que es el propio mundo interior de Trifonov, su Gaspard de la nuit (1908) de Ravel llenó de luz, agua, fuegos artificiales y sonoridades únicas desde una técnica apabullante trabajando todo lo que esta maravillosa obra encierra. Si el hilo conductor del concierto era la fantasía, también lo tiene esta suite que lleva el subtítulo de «Tres poemas para piano sobre Aloysius Bertrand», inspiración literaria y literatura pianística del hispanofrancés con que el intérprete ruso nos deleitó en sus tres movimientos. Si en el entorno el agua fluye, las ninfas tomaron el recinto como los propios gatos que la habitan. Seducción rusa y de nuevo el misterio, el piano evanescente en una atmósfera que iba enfriando mientras Trifonov subía su temperatura. No hubo campanas de medianoche pero sí el correspondiente vuelo nocturno sumándose a ese ambiente creado por el ruso en Le Gibet, y proseguiría la inquietud con un Scarbo donde el enano se hizo gigante, el virtuosismo al alcance de pocos (y renunciando a la propia vida fuera del piano), sorpresas y agitación que Trifonov transmitió a un público respetuoso y asombrado de un relato perfecto.

Quedaba volver a su tierra rusa, auténtica escuela pianística que han sabido mantener y exportar, con Daniil Trifonov como uno de los últimos exponentes rompiendo barreras. De Scriabin su Sonata para piano nº 5 en fa sostenido menor, op. 53 en un solo movimiento y coetánea del Poema del éxtasis, nuevamente la conexión literaria escrita en el piano poderoso, brillante, exuberante de Trifonov, euforia tras la primera parte oscura, ímpetu de su tierra, audacia y exaltación del instrumento por y para el que vive.

A los melómanos nos complace disfrutar de intérpretes como el ruso aunque siga preguntándome si realmente el sacrificio de estos virtuosos les compensa. Pienso que sí al ser decisión propia y se lo agradeceremos eternamente. Como el regalo de “Mein Gott” y su Jesus bleibet meine Freude de la Cantata 147, en el arreglo de Myra Hess (personalmente prefiero el de W. Kempff) con el que Daniil Trifonov y muchos compatriotas suyos suelen despedirse, no con la grandeza del original pese a la entrega del ruso apostando de nuevo por la lentitud, pero una alegría de los hombres buena voluntad que amamos el piano y a Bach nuestro señor.

PROGRAMA

I

Piotr Illich Chaikovski (1840-1893)

Álbum para la juventud, op. 39, TH 141 (1878):

1. Plegaria matutina – 2. Mañana de invierno – 3. El caballito de madera – 4. Mamá – 5. Marcha de los soldaditos de plomo – 6. La muñeca enferma – 7. El entierro de la muñeca – 8. Vals – 9. La nueva muñeca –  10. Mazurca – 11. Canción rusa – 12. El campesino toca el acordeón – 13. Kamarinskaja. Canción popular  – 14. Polca – 15. Canción italiana – 16. Vieja canción francesa – 17. Canción alemana – 18. Danza-canción napolitana – 19. El cuento de la nodriza – 20. La bruja – 21. Dulces sueños – 22. El canto de la alondra – 23. El hombre del aristón – 24. En la iglesia

Robert Schumann (1810-1856)

Fantasía en do mayor, op. 17 (1836):

I. Durchaus fantastisch und leidenschaftlich – II. Mäßig. Durchaus energisch – III. Langsam getragen. Durchweg leise zu halten

II

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Fantasía en do menor, K 475 (1785).

Maurice Ravel (1875-1937)

Gaspard de la nuit, M. 55 (1908):

I. Ondine – II. Le Gibet – III. Scarbo

Alexander Scriabin (1872-1915)

Sonata para piano nº 5 en fa sostenido menor, op. 53 (1907)

Noche de Mahler

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Domingo 9 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: , Tríptico Mahler II. Orquesta Nacional de España (ONE), David Afkham (director). Obras de Tomás Marco y Gustav Mahler. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Otra noche mágica en Granada, tras el Bach matutino llegaba el Mahler vespertino casi nocturno y con un estreno inspirado en la “Séptima” no muy escuchada, aunque el “Tiempo de Mahler” hace lustros que ha llegado para mantenerse.

Tomás Marco (1942) ya conocía al compositor bohemio antes de “ponerse de moda” con Alfonso Guerra en 1982, aunque siempre se agradece descubrir autores poco escuchados y todavía estamos a tiempo. El compositor madrileño ya compuso cuatro alegorías mahlerianas: Angelus Novus (Mahleriana I), de 1971 que escuchamos el pasado San Fermín, Mahleriana de bolsillo, Angelus Novus II en 2017, reducción de la anterior para 16 instrumentos, dos años después De la vida celestial (Mahleriana III) para combinar con el arreglo de Klaus Simon de la cuarta sinfonía para pequeño conjunto instrumental con armonio y piano, más el estreno absoluto encargado por el Festival de Música de Granada de Ur-Nachtmusik (Mahleriana IV) como preámbulo de la Séptima sinfonía.

La pasión de Marco por la obra de Mahler viene de un conocimiento profundo que le permite “deconstruir” como los buenos cocineros los ingredientes para crear un plato distinto. Esta nueva composición es una evocación de los cantos y presencias de la noche inspirado en sus dos movimientos titulados Nachtmusik o «música nocturna», que explica el propio compositor: «He llamado a la obra Ur-Nachtmusik, algo así como ‘música nocturna primigenia’ como si fuera una pieza escrita antes de las de Mahler que emergerían de ella. Una ficción, claro, pero que me permitía hacer una música mía entroncada con Mahler, y con coherencia con lo que en el concierto se quiere presentar», como bien recoge Pablo L. Rodríguez en sus notas al programa.

La ONE llegó con todos sus efectivos bajo la batuta de su titular, desde 2019, David Afkham (Friburgo, 1983) en pleno estado de forma y clausurando temporada, por lo que la partitura de Tomás Marco encontró en la formación de todos nosotros el mejor vehículo para transmitirnos el espíritu de Gustav Mahler (1860-1911). Noche llena de sueños o pesadillas, de desengaños y pasiones, con un arranque de los contrabajos angustioso, el uso de glissandos en violines y flautas de émbolo evocando la angustia de una imaginada mala noche que nos despierta sobresaltados, una música que provoca el mismo estado anímico de la siguiente utilizando todos los recursos tímbricos con un importante papel de la percusión generando texturas y planos sonoros sumándose unos metales germanos que nos “biografían” la infancia de Gustav pero supongo que la de tantos de mi generación y anteriores con las bandas de música de nuestros pueblos. Evocaciones que la noche ayuda a revivir como sueños antes del despertar con un gong final mantenido en el duermevela granadino. Buena interpretación y acogida del público, con el compositor recogiendo los aplausos y felicitaciones.

Y si Tomás Marco compuso su “Música nocturna” como ficción, la realidad llegó con la Sinfonía nº 7 en mi menor (1904-1905) aumentando aún más los efectivos de la ONE. Si la Sexta del viernes 7 supuso un descenso a los infiernos, esta séptima se la ha considerado la cenicienta de su producción sinfónica, descrita por Pablo L. Rodríguez como que “avanza desde la tragedia hacia la comedia con cuatro movimientos plagados de ambigüedades y un quinto de tinte cómico: trompetas, tambores y cencerros, donde se combinan parodias operísticas con músicas a la turca, un cancán francés, un minué vienés y música circense”. Las pesadillas previas de Marco se hacen reales. El Langsam. Allegro risoluto, ma non troppo es una siniestra marcha con fanfarrias lejanas y pasajes celestiales aunque como en Marco y Mahler no ascienden y llegamos al colapso. Aplausos al finalizar el movimiento, que parecen han venido para quedarse como “público soberano” o directamente desconocedor de una tradición que quiere romperse.

La Nachtmusik I mezcla de nuevo recuerdos de infancia, pastores, una marcha militar y hasta una habanera, «otro colapso” o sobresalto. David Afkham en estos cuatro años ha conseguido de la ONE un sonido compacto, equilibrado en todas su secciones y la complicidad de sus músicos para responder a la visión de cada obra que afrontan, y esta sexta sonó germánica, nuevamente aplaudida aunque con menor intensidad.

El tercer movimiento, Scherzo. Schattenhaft el propio comentario original lo deja claro, «Schattenhaft» significa sombrío o espectral, vida y muerte de la mano desde el nacimiento, música sinfónica llena de significados, danzas que parecen un vals vienés aunque Mahler no lo indica y tampoco Afkham lo interpretó como tal, más bien buscando la tímbrica de una potente ONE que encontró en esta sinfonía su mejor expresión. Menor intensidad en los aplausos que proseguirían tras cada movimiento.

El cuarto, Nachtmusik II: Andante amoroso incorpora mandolina y guitarra, aunque no se pudiesen escuchar con la presencia necesaria que intenta recrear una serenata, supongo que por la propia intención de Mahler o como escribe mi tocayo “también se desploma” en cuanto a las sensaciones, aunque la cuerda mantuvo la marca bohemia de un clima onírico y hasta cinematográfico, una madera más allá de lo pastoril o unos metales siempre templados con el protagonismo justo reclamado desde el podio.

Y los “colapsos” o derrumbes que escribe el crítico maño, continúan en el Rondo – Finale: Allegro ordinario que evoca un circo (sus notas las titula “La noche de Marco y el circo de Mahler”. Si la Sexta es “Trágica”, esta Séptima podría tener título goyesco porque “El sueño de la razón engendra monstruos”, también payasos que dan miedo, carpas con marchas donde disfrutar de metales y percusión de la ONE con Afkham de “jefe de pista”. Noche de sombra y espectros, de pesadillas musicales con cromatismos y los glissandi “soñados” por Marco despertándonos con el Mahler angustiado que no pierde la esperanza desde un lenguaje sinfónico cada vez más actual. Pasado y presente dándoles la vuelta en una noche pletórica antes de intentar conciliar el sueño.

Felicidades Don Gustavo

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Viernes 7 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, Tríptico Mahler I, “Conciertos de Palacio”: Orchestre Luxembourg Philharmonic, Gustavo Gimeno (director). Obras de Tomás Marco y G. Mahler. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Tal día como hoy, un San Fermín de 1860, nacía Gustav Mahler (Kaliště, Bohemia, 1860 – Viena, 1911) al que su tiempo hace años ha llegado, y también toca recordar al siempre añorado José Luis Pérez de Arteaga (1951-2017), “El Pérez” para tantos que seguimos por Granada, siempre presente, a quien conocí personalmente en la 60ª edición del Festival, recién publicada su biografía de referencia sobre Mahler, preparando ya la segunda edición ante el aluvión de nuevos registros del austriaco.

Y nada mejor para celebrar este cumpleaños que el segundo concierto de la Luxembourg Philharmonic con el tocayo Gustavo Gimeno (Valencia, 1976) en el palacio imperial y Mahler actual por atemporal.

El madrileño Tomás Marco (1942) compositor residente en este 72ª edición, escribió Angelus Novus (Mahleriana I) estrenada por Rafael Frühbeck de Burgos al frente de la ONE, el 15 de octubre de 1971, dentro de una temporada donde sonaría la integral de Don Gustavo, momentos donde ninguno era “top” e incluso sonaban “rompedores”, pero el tiempo ese impecable juez ha puesto todo en su sitio. Marco no utiliza directamente los temas de Mahler sino que construye una alegoría sinfónica donde utiliza, como escribe en las notas al programa Pablo L. Rodríguez “diversos estilemas que combina libremente en un variado y colorista discurso musical de unos catorce minutos” (explicar que “estilema” o rasgo estilístico, es el elemento distintivo del estilo de una obra artística). Tras 52 años de esta obra es apasionante comprobar cómo mantiene un estado de actualidad único, pudiendo comprobar cómo el maestro madrileño era capaz de “desmenuzar” los elementos mahlerianos que después como en un puzzle se reconstruyeron. Con la Luxembourg Philharmonic y Gustav Gimeno (que se me perdone el germanismo del nombre), si ya el el día anterior me convencieron por su sonoridad, calidad y demás cualidades que se esperan de una gran orquesta sinfónica, no decepcionó esta Mahleriana I que la ejecutaron con todo el magisterio que el propio Tomás Marco seguramente daría su placet, siendo muy aplaudido al saludar finalizada esta obra por la que no pasan los años, más bien se ha convertido en “moderna” con la óptica del tiempo y el oído educado a su música.

Sin romper la unidad temática, la Luxembourg Philharmonic arrancaba enérgicamente al homenajeado Gustav Mahler (1860-1911) con la Sinfonía nº 6 en la menor «Trágica» (1903-1905). Su orquestación comprende un piccolo, cuatro flautas (dos doblando como piccolo), cuatro oboes (dos doblando corno inglés), corno inglés, cuatro clarinetes, un clarinete bajo, cuatro fagots, un contrafagot, ocho trompas, seis trompetas, tres trombones, un trombón bajo, tuba, dos pares de timbales y una amplia sección de percusión formada por glockenspiel, cencerros, campanas tubulares, látigo, martillo, xilófono, címbalos, triángulo, tambor, tambor bajo, tam-tam, dos arpas, celesta y la cuerda. El conjunto de percusión, muy criticado en su época mediante viñetas en las que se decía que todavía le faltaba la bocina, contribuyó a la grandiosidad de esta Sexta que sonó muy correcta, bien llevada por el director valenciano que está “construyendo su orquesta”, con algún error puntual siempre perdonable, algún cambio en los primeros atriles respecto al día anterior (hoy la concertino Seohee Min brilló con luz propia, permutando atril el principal de cellos, al menos visibles desde mi posición), echando de menos un poco más de garra y energía puntuales que no ensombrecieron en absoluto un resultado global óptimo con una orquesta grande donde cada sección se entregó en una “Trágica” llena de luz.

El Allegro energico, ma non troppo. Heftig, aber markig abría sin contemplaciones con la marcha aterradora desde un ataque seguro, luces y sombras, violines primeros y segundos enfrentados para completar una disposición ideal en la acústica palaciega, juego de oposiciones tanto en dinámicas como entre los modos o el desarrollo y recapitulación donde Gimeno estuvo siempre atento y clarificador con cada sección de “los luxemburgueses”, llegando a un final acelerando que no debería corresponderse con el “crescendo” aunque parece un error asumido por muchos directores actuales, y además aplaudido al finalizarlo.

Sin dudas sobre el orden de los movimientos centrales, Scherzo y Andante moderato, que en concierto el compositor siempre optó por el inverso, fue como se escuchó en este aniversario y homenaje de la noche granadina. El Andante moderato calificado por mi tocayo como “una especie de oasis de paz” aunque lleno nuevamente de contrastes y evocando siempre a la Alma “perdida”, con las ambigüedades modales que fluctúan sin saber dónde terminará esa vorágine emocional, hasta llegar al clímax, con todo un muestrario de cencerros sonando en la parte trasera del escenario, hoy completa por la percusión y compartiendo alas con contrabajos a la izquierda y arpas más celesta a la derecha. De nuevo aplausos pues el público es soberano y responde sin buscar excusa ante lo que les emociona, olvidándose de normas de conducta, formalismos o etiquetas que parecen ir cayendo últimamente.

El Scherzo: Wuchtig tiene ese matiz y melancolía característica del Mahler durante aquellos veranos felices de 1903 y 1904, masticándose la tragedia que acabará bautizando esta sexta sinfonía, cual risa contenida o sardónica de presentimientos y realidades que su música sinfónica refleja con dislocaciones rítmicas, juegos tímbricos y un discurrir musical que la Luxembourg Philharmonic y Gimeno a la batuta llevó bien balanceada en todas las secciones: una madera bien empastada, unos metales contenidos manteniendo la presencia compensada con el resto de la orquesta, como bien marcó desde el inicio el Gustav valenciano, contrastes marcados con una batuta precisa aunque la mano izquierda “mejor en el bolso” (como recordaba al finalizar con mis referentes musicográficos) porque los músicos leen sin problemas las indicaciones dinámicas y los fraseos protagonistas en su momento.

De nuevo me sorprendió la acústica palaciega donde los graves tomaban cuerpo tanto en las maderas como en los metales, generando la sonoridad llena de luces y sombras de este tercer movimiento que también se aplaudiría, rompiendo la unidad dramática de una “Trágica” que parece será habitual salvo que el “mando” sepa aguantar las emociones (como sucedió con Chailly el domingo 25 al finalizar el tercer movimiento de la “Patética”).

Y el Finale: Allegro moderato – Allegro energico, donde gravita la sinfonía, se abre con un remolino luminoso transitando por lugares malditos donde los acordes mayores se transforman en menores esperando una melodía que se convierte en otra (un recurso muy del bohemio), aquí con alguna nota “dislocada” pero apreciada solo por oídos expertos y atentos. Protagonismo de cada sección comenzando por una percusión más que correcta, presente sin apoderarse ni siquiera con los famosos dos golpes de martillo (las desgracias venideras de la muerte de Putzi y la propia afección cardiaca de Mahler), el viento grave (clarinetes, contrafagot, trombón, tuba) siempre redondeando sonoridades, nuevamente las trompas ensambladas y que Gimeno mantuvo en su plano y balance contenido y, en general, todo el metal muy “orgánico” sin dejar de citar toda una cuerda limpia, con la concertino de sonido claro y brillante comandando unos violines de amplios matices y ataques (se les pudo pedir más expresión y aspereza dramática aunque el valenciano optase por lo lírico intrínseco en este “tiempo de Mahler”), enfrentados en el escenario con el contrapeso de violas y cellos centrados y centrales, más unos contrabajos cuyo sonido rebotaba en las piedras renacentistas dándonos esa masa sonora esperada en esta Trágica” de aniversario, las dos arpas y hasta la celesta.

Cual ingeniero de sonido, el director Gustavo Gimeno mantuvo los “fader” de todas las secciones sin “saturar” ninguno, contención como lectura o interpretación de esta Sexta que resultó emocionante y entregada por una gran orquesta.

Belleza sinfónica

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Jueves 6 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: Yuja Wang (piano), Orchestre Luxembourg Philharmonic, Gustavo Gimeno (director). Obras de Coll, Rajmáninov, R. Strauss y Ravel. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

La Filarmónica de Luxemburgo llegaba a su primera noche granadina con el titular valenciano Gustavo Gimeno (1976) al frente, y no pudo dejarme mejores sensaciones con un programa que sacó músculo por tratarse de obras sinfónicas “potentes” para una orquesta equilibrada, robusta en plantilla, con excelentes primeros atriles y todas las secciones perfectamente ensambladas, colocadas “a la vienesa” con los contrabajos detrás de los violines primeros y las trompas a la derecha en línea con el resto de metal. Todo ayudó a conseguir un sonido redondo y rotundo en las cuatro obras del decimosexto día de Festival.

Con este ambiente de grandes orquestadores, abría velada el también valenciano Francisco Coll (1985) y su Aqua Cinerea (2005, rev. 2019) que Gimeno está llevando con su formación en muchos conciertos. Obra de amplísima paleta sinfónica llena de sugerentes tímbricas actuales pero siempre con la mirada puesta en los “maestros del XX” que hoy le acompañaban en el programa. Pablo L. Rodríguez la define en las notas al programa como “(…) un líquido de tono grisáceo o quizá escuchamos la imagen de la ceniza cayendo como lluvia. Lo visual y el sonoro se funden en esta opera prima del joven compositor valenciano, de 2005 (…) donde se concentran intuitivamente todos los elementos de su universo tan proclive a los extremos, desde la excitación a la melancolía”. Una obra que encajó con las dos obras sinfónicas de la segunda parte.

La Suite de su ópera Der Rosenkavalier, TrV227d (1944) de Richard Strauss (1864-1949) no tardó en llegar a las salas de conciertos, y en ella Gimeno y los luxemburgueses volvieron a demostrar su excelente calidad y sonido claro, lleno de matices (excelentes el sonido de las trompas que Strauss siempre mimó) y juegos rítmicos, desde el torrencial motivo de Octavian y la Mariscala, la bellísima «Presentación de la rosa» y el egocéntrico vals vienés del Barón Ochs, sutilmente llevado con elegancia y rubato tan propio del “un, dos y…” que parece no llegar al tres, el bullicio instrumental de una orquesta al fin recreando fielmente lo escrito y sin fisuras.

Y si acababa en tiempo de vals vienés la anterior, el otro gran orquestador sería el hispano francés Maurice Ravel (1875-1937) con su propia visión envolvente y cautivadora de La valse (1919-1920), auténtico retrato sinfónico para disfrutar de la Luxembourg Philharmonic y el perfecto entendimiento de ella con el maestro Gimeno. De gestualidad clara, con una batuta precisa y una mano izquierda llevándoles y dejándose llevar, el sonido a medio camino entre el impresionismo y el expresionismo sería perfecto complemento, dos visiones del 3/4 tan distintas y tan buenas, al igual que las dos propinas que nos brindaron, manteniendo en cierto modo una estructura tímbrica y hasta rítmica aprovechando el potencial de los luxemburgueses:

Con otro Vals, el primero de la Jazz Suite nº 1 de Shostakovich (1906-1975), no tan cinematográfico como el segundo pero más breve, y estando en Granada no podía faltar la Danza ritual del fuego de Falla, coincidencia con Perianes también como segundo regalo, con una orquesta que captó, gracias al director valenciano, todo el color y emoción de una partitura que siempre resulta mágica y más en la noche palaciega.

Evidentemente la “figura” de la noche era la pianista china Yuja Wang (Pekín, 1987), a quien recuerdo en solitario hace ocho años en las “Jornadas de piano” ovetenses. Está claro que sigue teniendo tirón mediático y sus actuaciones se esperan con expectación, más en sus conciertos de Serguéi Rajmáninov (1873-1943), esta vez con “el quinto” que es la Rapsodia sobre un tema de Paganini en la menor, op. 43 (1934).

La pequinesa mandó desde el principio y Gimeno resultó buen concertador al tener que llevar a su orquesta por donde pedía la solista, de amplísimas dinámicas y cierta agógica que no siempre es fácil de encajar aunque se logró por parte de todos. Técnicamente sigue siendo la virtuosa que asombró desde sus inicios, más en estas páginas, aunque supongo que el tiempo le dará el poso necesario para afrontar con más enjundia estas obras con orquesta. Personalmente me pareció muy adecuada la elección del tiempo y fraseo de la cinematográfica Variación XVIII: Andante cantabile, encontrando el balance perfecto con la orquesta y una cuerda siempre bien conjuntada, en este “movimiento central” sedosa, y más agresiva en un Dies Irae donde las dinámicas se llevaron al extremo sin resquebrajarse la sonoridad deseadamente potente por parte de todos.

Yuja Wang, de quien debemos dejar de hablar sobre su vestimenta o tacones, aunque se hizo algo de rogar, también regalaría nada menos que ¡tres propinas! cerrando la primera parte de la noche, manteniendo los esperados “fuegos artificiales” que su técnica le permite:

La primera el arreglo de Franz Liszt de la maravillosa Gretchen am Spinnrade (Margarita en la Rueca) de Schubert, de virtuoso a virtuosa con algo más de hondura que en Rachmaninov.

Segunda propina, que parece ser casi “necesaria” en estos jóvenes pianistas que miran a los históricos, caso de las Variaciones sobre la Carmen de Bizet que V. Horowitz dejó casi como “prueba extraordinaria” de concurso, y que tras las de Paganini con orquesta querían dejar a Yuja Wang el protagonismo solístico y habitual con esta página que la china interpreta sin problemas aunque más vistosa que honda.

No la esperábamos pero llegó la tercera con la Danza de los espíritus bienaventurados del “Orfeo y Eurídice” de Gluck, no tan explosiva técnicamente y más honda de expresión, que se quedó algo apagada tras el despliegue de recursos de las dos anteriores, incluso recordándosela a otros y otras pianistas con mucha más musicalidad y lirismo, así como un sonido más íntimo.

Al menos la Luxembourg Philharmonic y Gustavo Gimeno me han dejado con muchas ganas de volver a escucharla en el decimoséptimo día de Festival y con una Sexta de Mahler más el propio homenaje de Tomás Marco y su Angelus Novus (Mahleriana 1) (1971) que contaremos desde aquí.

Historia del lied en Granada

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Martes 4 de julio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), “Universo vocal”: Anna Lucia Richter (mezzosoprano), Ammiel Bushakevitz (zanfona, piano). Licht!. Obras de Wolfenstein, Vogelweide, Bach, Mozart, Schubert, Fanny Mendelssohn, Mendelssohn, Schumann, Wolf, Berg, Reinmann, Rihm, Eisler y Weill. Concierto Homenaje a Victoria de los Ángeles en el centenario de su nacimiento. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Impresionante lección histórica del “lied” alemán en este “Universo vocal” granadino con dos intérpretes de altura: la mezzosoprano Anna Lucia Richter (Köln, 1990) y el pianista Ammiel Bushakevitz (Jerusalén, 1986) que nos deslumbró también con la zanfona.

Siempre comento la lírica como poesía musicada, pues si los textos son importantes, cuando se les ponen melodías y acompañamientos se engrandecen, máxime en esta feliz unión donde la voz declama y comparte el protagonismo con el instrumento que la viste a la moda del momento. El dúo RichterBushakevit nos brindaron un repaso de calidad a las mejores canciones alemanas de la historia, desde el medievo hasta nuestros días, donde no faltaron ni un Bach siempre único que con el piano sigue sonando actual, los clásicos Haydn y Mozart que en la “canción de concierto” son tan brillantes y cercanos como en sus óperas, los hermanos Mendelssohn románticos «de catálogo», incluso la trilogía del lied (Schubert, Schumann y Wolf) pero también Schumann, el paso al expresionismo puro y duro de Berg o Weill más los todavía vivos Reimann o Rhim, continuadores de una tradición tan alemana como el propio género.

Imposible destacar algo concreto porque el recital de este decimocuarto día del Festival de Granada en el Patio de los Mármoles quedará en mi memoria como todo un acontecimiento, la parte vocal con esta mezzo alemana de timbre carnoso, dicción impoluta, proyección pluscuamperfecta, emisión impecable, dramatización perfecta haciendo entender unos textos de por sí verdaderos microrrelatos que con su amplio y homogéneo registro resultaron plenamente creíbles con un color lleno de matices. Sumemos un pianista israelí tan protagonista como la voz que no sólo manejó la zanfona de manera magistral sacando matices increíbles y jugando con los “bordones” o el manubrio empujando la acción cantada, también auténticamente plausible su papel de acompañante (aunque no me guste el término), con todas las obras exigentes y la compenetración exacta en cada página engrandeciendo a la mezzo, revistiéndola del carácter apropiado en cada obra, y sacando del Yamaha CFX de última generación una sonoridad tan luminosa como el título del recital.

Licht!, luz y sombra a lo largo de la poesía cantada, historia que con Wolkenstein pregunta por “el iluminado” o el minnesinger Vogelweide cantando bajo los tilos tal vez berlineses, Anna Lucia Richter y la zanfona de Ammiel Bushakevitz nos transportarían a los auténticos orígenes germanos sobre la pasión por la poesía cantada. Con los textos y traducción proyectados sobre las piedras renacentistas era un placer entender la lengua de Goethe toda la carga poética transmitida por este dúo que enamoraron desde la primera nota.

El maestro Arturo Reverter titula sus notas al programa «Y la luz se hizo» donde desmenuza cada página, y de las dos canciones de “Mein Gott” escribe “en su contención algo escolar, aparecen cortadas por similar patrón. Der lieben Sonne Licht und Pracht, BWV 446, revela una mayor fantasía. O finstre Nacht, BWV 492, discurre lánguidamente a lo largo de una línea muelle y serena”, adivinando el carácter que la mezzo y el pianista imprimieron, Bach siempre eterno con un piano casi organístico y el color vocal ideal para El Cantor.

Más luz y alegría con los clásicos vieneses, Haydn “Lujuria de país” y de canción, más Mozart y la “sensación de la tarde” describiendo casi al momento estos momentos granadinos que voz y piano nos transmitieron. Si “La Richter“ enamoraba, Bushakevitz ayudaba, perfecto entendimiento y sentimiento antes de continuar con otros tres románticos sin olvidarnos de los textos que musicaron, y que dejo al final de esta entrada con el programa íntegro.

La época que le tocó vivir a Schubert no fue justa con él, pero su música le hará eterno. Sus lieder son todo un ejemplo de engrandecer los poemas de sus contemporáneos imaginando aquellas sesiones de salón que se conocen como “schubertiadas” por la feliz unión de las artes y donde la poesía y su música iban de la mano, tal y como Richter con Bushakevitz nos mostraron. Tres canciones que transitarían por el espíritu del vienés, “en el agua para cantar” cristalino por ambos intérpretes, el trágico enano lleno de dolor y otro atardecer porque la luz vespertina tiene magia, y más en Granada con dos artistas que transmitieron todo en cada página.

Los hermanos Mendelssohn no podían faltar en este repaso del lied, el Leipzig romántico con Fanny ahora recuperada y con tanta calidad como Felix, primavera y crepúsculo contrapuestos pero también unidos, voz arropada y subrayada por un piano sin complejos femenino, o el “nuevo amor” masculino con unos textos de los más grandes, incluso los que inspirarían a un Mahler que en este repaso histórico no pudo estar, imposible condensar tanta historia musical.

Una primera parte para comentar al descanso pero aún quedaba la segunda que nos acercaría aún más a una luz casi deslumbrante ya en plena noche granadina.

Schumann y Wolf, dos periodos que escuchados juntos dan continuidad a la poesía alemana y a la escritura lírica, mismos temas con dos técnicas que Richter y Bushakevitz hicieron propias, “cristal de la ventana” por la que escuchar “cantar a la tarde” en Leipzig, o preguntarse “Qué hacer con la alegría” tras un apocalíptico “jinete rojo” que no figuraba en el programa, donde Anna Lucia Richter parecía preparar lo que vendría en el tramo final, simbolismos, metáforas y tragedias, más el piano de Ammiel Bushakevitz dando no ya la confianza necesaria sino todo el dramatismo y ambientación de unas poesías que crecieron con ambos.

Nuevo paso adelante en la historia del lied llegando al expresionismo total de las cuatro canciones de Alban Berg que sólo un dúo tan compenetrado y conocedor de la lengua de Goethe llevada al pentagrama puede interpretar con la fuerza y emoción mostrada, sumándole la última Warm die Lüfte “calentando el aire” y a capella desgarradora, subiendo la temperatura tanto ambiental como emocional antes de los tres más cercanos en el tiempo, manteniendo la misma calidad, intención e intensidad por parte de Richter y Bushakevitz.

Proseguirían textos de luz y hasta de renuncia a ella (Reinmann), “flores marchitas” de Rihm que sonaron bellas y hasta perfumadas, o cantando Eisler desde la meca cinematográfica “Y finalmente” como banda sonora antes del auténtico cabaret berlinés de Kurt Weill con luces de neón o reflectore en los clubes sórdidos que el cine y la música convierten en pequeños templos de culto. Si Ute Lemperer marcó estilo en estos repertorios, tras escuchar a la mezzo Anna Lucia Richter con el piano mágico de Ammiel Bushakevitz la sucesión está garantizada.

“Y la luz se hizo” con el recuerdo y homenaje a nuestra Victoria de los Ángeles en el centenario de su nacimiento, con un regalo a la altura de nuestra soprano internacional, Sommerabend op. 85 nº1 de Brahms, verdadera delicia vocal y auténtico despliegue pianístico tras un paseo histórico por el inigualable lied alemán.

De nuevo la magia y la luz se dieron la mano, y para cerrar el círculo volverían Richter y Bushakevitz al medievo, la zanfona marcando el paso en el escenario mientras la mezzo hacía recorrido real por el “claustro” envolviéndonos con su canto y voz penetrante, cautivadora, luminosa ya cercana la medianoche.

PROGRAMA

I

Oswald von Wolkenstein (1377-1445)

Wer ist, die da durchleuchtet

Walther von der Vogelweide (c. 1170-1230)

Unter den Linden

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

Der lieben Sonne Licht und Pracht, BWV 446 (Texto: Christian Scriver)

O finstre Nacht, BWV 492 (Texto: Georg Friedrich Breithaupt)

Joseph Haydn (1732 – 1809)

Die Landlust , Hob. XXVIa:10 (Texto: Georg Ernst Stahl)

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Abendempfindung, KV 523 (Texto: Joachim Heinrich Campe)

Franz Schubert (1797-1828)

Auf dem Wasser zu singen, D 774, op. 72 (Texto: Friedrich Leopold Graf zu Stolberg-Stolberg)

Der Zwerg, D 771, op 22/1 (Texto: Matthäus Kasimir von Collin)

Im Abendrot, D 799 (Texto: Karl Lappe)

Fanny Mendelssohn (1805-1847)

Frühling, op. 7/3 (Texto: Joseph von Eichendorff)

Dämmrung senkte sich (Texto: Johann Wolfgang von Goethe)

Felix Mendelssohn Bartholdy (1809 – 1847)

Minnelied, op. 34/1 (Texto de Des Knaben Wunderhorn)

Neue Liebe, op. 19a/4 (Texto: Heinrich Hein)

II

Robert Schumann (1810-1856)

Die Fensterscheibe, op. 107/2 (Texto: Titus Ullrich)

Abendlied, op. 107/6 (Texto: Gottfried Kinkel)

Hugo Wolf (1860-1903)

Wohin mit der Freud? (Texto: Robert Reinick)

Alban Berg (1885 – 1935)

Vier Gesänge, op. 2:

Schlafen, nichts als schlafen (Texto: Christian Friedrich Hebbel)

Schlafend trägt man mich (Texto: Alfred Mombert)

Nun ich der Riesen stärksten überwand (Texto: Alfred Mombert)

Warm die Lüfte (Texto: Alfred Mombert)

Aribert Reimann (1936)

Nach dem Lichtverzicht, de Eingedunkelt – Neun Gedichte nach Paul Celan (Texto: Paul Celan)

Wolfgang Rihm (1952)

Verwelkte Blumen, de Vier späte Gedichte von Friedrich Rückert (Texto: Friedrich Rückert)

Hanns Eisler (1898-1962)

Und endlich, de Hollywood Liederbuch (Texto: Peter Altenberg)

Über den Selbstmord, de Hollywood Liederbuch (Texto: Bertolt Brecht)

Kurt Weill (1900-1950)

Berlin im Licht (Texto: Kurt Weill)

Perianes de Califa a Emperador

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Lunes 3 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio Carlos V, “Grandes intérpretes”: Javier Perianes (piano). Concierto homenaje a Alicia de Larrocha en el centenario de su nacimiento. Obras de Falla, Debussy, AlbénizGranados. Fotos de Fermín Rodríguez.

Granada sigue siendo mágica y la mejor disculpa para que el onubense Javier Perianes (Nerva, 1978) armase un programa con la capital nazarí como nexo de unión, aunque también serviría la inspiración propia de cuatro compositores que sin ser naturales de esta tierra, e incluso sin conocerla, en los feliz inicios del pasado siglo lo exótico era La Alhambra y sus leyendas, la historia que para los europeos debía de resultar cual un parque temático del momento sin pisar otro continente.

Y esta inspiración la tuvieron los cuatro compositores elegidos: el gaditano Manuel de Falla (1876-1946) que acabaría enamorado de Granada y viviendo en el Carmen de los Mártires y en el de la Antequeruela; visiones en el París capital cultural del momento que las transmitiría al francés Claude Debussy (1862-1918) bebiendo la misma fuente del idioma musical con la añoranza que da la distancia; el gerundés Isaac Albéniz (1860-1909) en ese mismo “exilio” pergeñará la biblia del piano actual que es su suite Iberia donde no falta esa página tan granadina como es “El Albaicín”. Y otro catalán como el ilerdense Enrique Granados (1867-1916) probablemente impregnado de la misma magia que todos los anteriores buscando trasladar al piano esa inspiración española que nuestros intérpretes más señeros llevaron por todas las salas de concierto y continúan haciéndolo.

En este año del centenario de la gran Alicia de Larrocha, quien sería nuestra mejor embajadora de todos ellos, varios intérpretes de ahora están homenajeando a la catalana, y no podía faltar nuestro Javier Perianes con un programa tan mágico como La Alhambra donde está como en casa, del Patio de los Arrayanes en ediciones anteriores a este Palacio de Carlos V donde el andaluz moró durante dos horas para convertirse en el emperador de la noche.

Hace tiempo que he calificado a Perianes como “El Sorolla del piano” porque mima el sonido de cada nota, en cada mano, con un manejo del pedal capaz de crear unas atmósferas cual veladuras, un limpieza y frescura en el trazo que asemeja la acuarela donde no hay posibilidad de error, gamas de matices tan extensas que pasan de acariciar las teclas a volcar toda la energía que exija el pasaje, claridad en lo melódico casi de tinta china sobre el papel y perfilar la esencia. Por finalizar con tantos paralelismos, el manejo de los tempi o del rubato que los años han madurado desde una musicalidad de siempre pero con la hondura emocional que solo los grandes intérpretes alcanzan, por lo que el mejor homenaje a Doña Alicia ha sido este programa que el onubense interpretó dos días antes en Campo de Criptana, aunque nunca hay dos conciertos iguales.

Sin pausas afrontó la primera parte, “de un tirón” y como dicen por aquí “estuvo sembrao”, primero Falla y su Homenaje «Le tombeau de Claude Debussy» (1920) donde el dibujo musical del francés que nunca quiso ser llamado “impresionista” pintó una habanera no sé si del Cádiz de Don Manuel o de la Huelva de Don Javier. Está claro que en la interpretación encontró todos los colores de los dos compositores, tal vez por lo que Ana García Urcola llama “españolidad francesa” del onubense y “penetra plenamente en ese sabor amargo, apasionado y seductor”.

Dándole la vuelta al epíteto de la profesora donostiarra, Perianes nos dejaría las tres páginas del Debussy imbuido por Falla desde la “francesa españolidad”, imágenes que se funden el oido como los colores en la retina pero siempre con la luminosidad mediterránea o atlántica pues el mar consigue reflejos que el compositor francés entendió y llevó al piano. Estampas como la tarde en Granada para enmarcar en nuestra memoria melómana, el paseo pasando por La Puerta del Vino o la interrupción de una serenata nocturna, en este caso por el vuelo de avión que intentó confundir la única estrella que brillaba en el firmamento (quiero pensar que Alicia de Larrocha estaba disfrutando de este digno heredero), tres láminas distintas con la misma temática pero sentidas e interpretadas con unidad estilística y toda la gama de recursos que Perianes domina, asombrando con unos pianísimos imperceptibles que cortaban la respiración en esas caricias, pero la energía de una mano izquierda prodigiosa capaz de pasar del canto al ropaje desde una rítmica personal que maravilla, la habanera gaditana y onubense como hilo conductor jugando con el grosor de los trazos.

Y uniendo este paisaje sonoro contemplar el de El Albaicín que tan bien musicó Albéniz, evocación de guitarra en la tierra que mejor las construye y en los dedos de un onubense que entiende estos ritmos desde el “pellizco” clásico manteniendo la esencia popular, no quedó atrás la vuelta a Falla y una Fantasía bætica (1919) para recordar por la fuerza, entrega, pasión y musicalidad capaz de recrear nuestra música andaluza por momentos chopiniana, zapateado cual polonesa y el sonido elegante además de muy trabajado del onubense, romanticismo en estado puro y virtuosismo necesario para trasmitir todo “lo jondo” que esconde la partitura de nuestro gaditano universal, lo que cautivó al público que le jaleó al finalizar esta primera parte.

Si Granada es la inspiración que París materializaba, nuevamente “la pintura musical” sigue siendo el hilo conductor de este “Sorolla del piano” que ha encontrado en las Goyescas (1911) de Granados otra galería sonora donde los dedos son pinceles que recrean al primer impresionista que fue Goya antes de acuñarse el término. Escuchar los dos libros seguidos, al igual que en Oviedo el pasado mes de abril dentro de las Jornadas de Piano, redondean la elegancia de la escuela parisina que Perianes transmite, despliegue de contrastes y dinámicas, de ritmos y fraseos, de pulir las melodías con una sonoridad tan trabajada que hasta parecía estar escuchando a la gran Teresa Berganza cantarlas en el universo del piano que de blanco y negro solo las teclas más el mueble. No quiero olvidarme del excelente sonido que devolvió el Steinway en el palacio imperial, y reajustado al descanso tras el “tute” de la primera parte.

«Las Goyescas es una obra de todo tiempo» decía el propio Granados, la escritura pianística es un compendio de técnica, claroscuros, pasiones y herencias románticas con la genialidad e inspiración española, y Perianes las ha hecho suyas de principio a final. Los dos cuadernos como toda una galería del Prado en este Palacio de Carlos V, cartones que son cuadros y páginas monumentales para seguir contemplándolas a toda hora, aunque la noche granadina redondeó la magia.
Otro triunfo del andaluz y más Falla que no falla en dos propinas manteniendo todo lo bueno, incluso el respeto de un público entregado (hasta un ramo de flores), la Serenata Andaluza más flamenca y guitarrística llevada al concierto, más la Danza ritual del fuego de “El Amor Brujo”en otro homenaje al Festival que también lo es de danza, personal interpretación y final en la medianoche para que el hechizo no se rompiese en este decimotercer día.

PROGRAMA

I

Manuel de Falla (1876-1946): Homenaje «Le tombeau de Claude Debussy» (1920)

 Claude Debussy (1862-1918): La soirée dans Grenade, de Estampes, L. 100/2 (1903) / La Puerta del Vino, de Préludes – Libro II, L. 123/3 (1911/1913) / La sérénade interrompue, de Préludes – Libro I, L. 117/9 (1909)

Isaac Albéniz (1860-1909): El Albaicín, de la suite Iberia (1905-1909)

Manuel de Falla: Fantasía bætica (1919)

II

Enrique Granados (1867-1916): Goyescas (1911)

 Los requiebros / Coloquio en la reja / El Fandango del candil / Quejas o La maja y el ruiseñor / El amor y la muerte (Balada) /  Epílogo: Serenata del espectro

Y hoy descafeinado

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Domingo 2 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: Orchestre des Champs-Elysées, Philippe Herreweghe (director). Obras de Mozart y Beethoven. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

El calor, las giras maratonianas o los suculentos contratos pueden ser la explicación a una velada descafeinada pese a mis expectativas tras disfrutar el pasado 30 de mayo este mismo concierto en “La Viena Española”. Lo vivido en esta noche granadina en el duodécimo día de Festival me dejó con el sabor agridulce de la frustración, con sentimientos encontrados para dos monumentos sinfónicos que me tentaron a titular “No lo sabían”.
No sabían Mozart ni Beethoven el camino de sus sinfonías, la última del salzburgués y la puerta al futuro del alemán, ambos viviendo en la misma capital imperial pero con trayectorias tan distintas aunque no distantes. Del niño que no quería crecer pero madura repentinamente dejándonos un legado de tres sinfonías postreras y rompedoras, al luchador contra el sistema revelándose gritando libertad cambiando moldes a partir de la Heroica que tanta intrahistoria traería con ella.
Mi pregunta tras lo escuchado en este último nocturno sinfónico es si verdaderamente era necesario que nuestros “tótem” de la llamada música historicista, que tanto han aportado al repertorio barroco donde se convirtieron en auténticas autoridades y leyendas, necesitaban ir más allá haciendo incursiones en el Clasicismo, el Romanticismo y hasta el siglo XX, creando orquestas a su medida donde el legado sigue pesando y personalmente han aportado poco en estos “otros” repertorios que se alejan del espíritu juvenil y el ímpetu con el que irrumpieron en el mundo musical, por lo que me pareció triste que el maestro belga al frente de su Orchestre des Champs-Elysées careciese de la misma entrega que apuntaba en el anterior concierto ovetense.
La “Júpiter” que se ha considerado el mayor triunfo de la musica instrumental, no tuvo en Herreweghe ni en su formación lo que esperábamos de ella, pese a la colocación vienesa que ayuda a captar la tímbrica de entonces, pero tampoco el rigor en la dirección del belga, dejando a una orquesta perdida por momentos, sin precisión ni sincronía y hasta un punto desafinada la cuerda, salvándose la madera con unos metales que no encajaban con el resto pese a los intentos por hacerlo. Herreweghe parecía más preocupado por las dinámicas que por los tempi, y el Allegro vivace tardó en armarse y encontrar la velocidad idónea, tan necesaria como la precisión de una obertura operística. La madera fue un salvavidas para la marejada de una cuerda sin garra, aunque el balance se alcanzó, pero no fue suficiente para el arranque.
Ya que de aire operístico hablo, el Andante cantabile que parece esperar la entrada de la voz, no llegó pese al clima de claroscuros que la preparaba. Todo el viento bien empastado pero la cuerda no era seda sino terciopelo por lo espesa, solo con los contrabajos soportando la tímbrica global. El Menuetto: Allegretto encontró mejor acomodo aunque sin la limpieza deseada, con los metales siempre bien sujetos y unos timbales que “emborronaron” la sonoridad de este movimiento. Si el belga insistía en las dinámicas con sus dedos temblorosos, solo el concertino pareció tomar el mando pues el podio no dirigía, más bien invitaba, y la educación en la interpretación no suele resultar bien. Cierto que la sonoridad del viento buscaba las “referencias de época” siendo lo más destacado, pero la orquesta es una maquinaria que necesita funcionar toda ella sn fisuras, algo de lo que los parisinos adolecieron.
Y el Finale: Molto allegro pareció atragantarse ante las dificultades que son conocidas y trabajadas más en una orquesta casi camerística. Escalas poco limpias, desincronización desde unos matices sí marcados por Herreweghe que nos dejaron una “Júpiter” casi “Saturno” por lejana y borrosa.
Tras el descanso esperábamos la «Heroica» para resarcirnos, o al menos eso deseábamos. Pero quedó algo descafeinada, necesitada de más carne en el asador, leña al fuego o la garra del Beethoven rompedor desde el Allegro con brio que ya cojeó en la insegura entrada inicial. Herreweghe seguía invitando más que marcando cada entrada, fraseo, presencia pero sin pulsación clara. Nuevamente la madera (con la llegada de los clarinetes) sacó a relucir lo mejor de la orquesta francesa que nunca encontró el punto exacto. La Marcia funebre. Adagio Assai personalmente pecó de un tempo no acorde con el sentido ni el calificativo, al menos diferenciar los modos aunque las interpretaciones son siempre subjetivas y para gustos colores. Solo pensar la cantidad de formas en pedir y servir un café en cada sitio puede servir para comprender mi sensación de descafeinado (de máquina, de sobre, con leche o solo…).
Mejor servido el Scherzo: Allegro vivace que no puede salir mal si acertamos en las proporciones. El heroísmo del tercer movimiento no llegó a la emoción. Más que una batalla de amplias dinámicas quedamos en fogueo que al menos no dejó heridos. Un poco de brisa hizo peligrar la partitura del belga pese a la pinza de la ropa (obligada al aire libre), pero las trompas naturales hicieron su papel sobresaliente, al menos cargando la proporción para saborearse sin mucha prisa, todo antes del Allegro molto que intentó enderezar un rumbo indeciso para llegar a buen puerto, más pausado para disfrutar de una flauta impecable, con mayor entendimiento en todas las secciones pese a los años que esta nave lleva capitaneada por el maestro, si bien no fuese esta la mejor noche.
Quedó poso en la taza y regusto en el paladar, pero el aroma no engaña. Al menos Mozart y Beethoven no lo sabían.

Transfiguración y esperanza

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Sábado 24 de junio, 20:00 horas. 72 Festival de Granada, Auditorio Manuel de Falla, “Conciertos de Palacio”: Joven Orquesta Nacional de España (JONDE), Eliahu Inbal (director). Obras de Wagner y Bruckner. Fotos de Fermín Rodríguez.

Cuarto día de Festival y doblete en la Festividad de San Juan con la JONDE completando un duro trabajo desde el pasado 9 de junio con 13 reputadísimos profesores de diferentes especialidades llegados de distintas orquestas y conservatorios para el Segundo Encuentro Sinfónico de 2023, preparando un programa con la murciana Isabel Rubio de directora asistente y residente, para dejarla finalmente en manos del maestro israelí Eliahu Inbal (Jerusalén, 1936) con envidiable salud, ánimo y un eterno magisterio sacando de estos 92 músicos a su mando el mismo ímpetu que él transmite desde el podio.

Se notó la complicidad y esfuerzo para hacer de esta orquesta de “elegidos” (entre 18 y 28 años) un potente equipo musical, emocionando en las obras elegidas, propina incluida, que han girado por Baeza (sede de los encuentros), Almería, Jaén y finalmente Granada cual reválida final.

El profesor Pablo L. Rodríguez titulaba sus notas al programa “Muerte y transfiguración, Wagner y Bruckner” para centrarnos históricamente en estos dos genios para quienes el mundo sinfónico no tenía secretos, y me he permitido trastocar ese título por el de “Transfiguración y esperanza” ante la interpretación de unos músicos ya maduros en este vivero de la JONDE que pronto darán el salto a las orquestas profesionales.

Dos monumentos sinfónicos con el músculo orquestal y protagonismos compartidos, primero Richard Wagner (1813-1883) con el “Preludio y Muerte de Amor”, de Tristan und Isolde, WWV 90 (versión instrumental. 1857-1859), una de las obras clave para el desarrollo de la modernidad acompañado por la versión instrumental del Liebestod, que sustituye la parte cantada de la protagonista, pasando de la muerte de amor original para transmutarse en un amor eterno, introducción magistral donde disfrutar de cada gesto del maestro Inbal y la respuesta exacta de los jóvenes. Entregados mutuamente como enamorados de Wagner, el israelí fue sacando amplios matices con dinámicas extremas, fraseos impecables, llevando a cada sección por sus mejores recursos tímbricos, desde una cuerda tersa y aterciopelada (bravo los cellos), una madera empastada y ajustada, unos metales bien amarrados para el ímpetu que se podría esperar de ellos, más una percusión mandando y en su sitio. Interpretación mayúscula por parte de una JONDE que sin descanso y con toda la plantilla afrontaría el segundo reto de una tarde calurosísima que no les afectó en nada.

Anton Bruckner (1824-1896) era un wagneriano fervoroso y su Sinfonía nº 7 en mi mayor, WAB 107 (1881-83, rev. 1885) es contundente como pocas. Mi tocayo escribe cómo también se vio afectada por la muerte del propio Wagner cuyo pálpito le llegó tras visitarle en Bayreuth, decidiendo homenajearle con ese Adagio elegíaco que en nada se preveía tras el luminoso Allegro moderato inicial.

Destacar de nuevo a chelos, violas, más los solistas de clarinete y trompa sonando a gloria bendita, con algunos de los solistas y principales permutando posiciones siempre de agradecer en materia didáctica. La irrupción de las cuatro trompas wagnerianas no son solamente homenaje al amigo sino la afirmación de una sonoridad impresionante que el maestro Inbal llevó con mano izquierda mientras la derecha blandía una batuta nunca incisiva, bastón de mando permitiendo expresar los juveniles sentimientos de dolor de este segundo movimiento.

El Scherzo bruckneriano no tiene nada de broma y fue maravillosa la continuidad emotiva de todos los músicos llevados con primor por el maestro israelí, con unos metales que siempre me recuerdan las obras organísticas de este compositor católico (no sé si apostólico y romano).

El Finale majestuoso, casi cinematográfico y más resurrección que transfiguración de un “dios Wagner” pero también del mejor Mahler cuyo tiempo ya ha llegado y personalmente creo que el de Bruckner.

La propina auténtica “fuerza del destino” de una JONDE rotunda y madura llevada por un juvenil Eliahu Inbal que regaló de memoria toda su experiencia verdiana con esta obertura llena de gusto, dinámicas, expresividad y manejo orquestal como una de las batutas históricas todavía vivas. Viva VERDI.

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