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Bodas sin resaca

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Martes 17 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, LXVIII Temporada Ópera: Le Nozze di Figaro, KV. 492 (Mozart), Segunda función. Entrada Principal: 106 € + 1€ gestión.
En el meridiano de la temporada de ópera asturiana llegaba el no siempre habitual Mozart al coliseo carbayón con un reparto mayoritariamente español, hoy en día en línea con el mundial, para unas «Bodas» siempre llenas de vitalidad y humor e incluso sátira donde no falta la crítica aplicable a cualquier tiempo, burlas y engaños, lucha de clases e incluso ruptura de moldes a lo largo de arias y dúos conocidos y reconocibles, concertantes llenos de magia, maravillas de la escritura vocal que son siempre un placer escuchar en vivo.

La producción de la Opera Vlaanderen por la que no pasan los años, es agradable y resultona en los cuatro actos discurriendo en una especie de invernadero con trabajada y cuidada perspectiva que va destruyéndose según avanza esta jornada de locura, con la nobleza que se acerca al fondo engrandeciéndose cual Alicia en el país de las maravillas en un inteligente guiño escénico por parte de Guy Joosten, con iluminación cuidada (Jan Vereecken) y un vestuario en tonos pasteles para los ricos contrapuesto al negro e incluso el azul mahón para la clase trabajadora diseñado por Karin Seydtle. El primer acto de una sensación de pobreza unida a suciedad con los colchones manchados y la ropa tendida, para ir convirtiéndose en estancia palaciega, biombo y muebles bien elegidos, estancias venidas a menos como la propia nobleza, hasta el bosque final con aire catastrófico como de día después…

En el foso la OSPA de nuevo con Benjamin Bayl, al clave y dirección, imprimiéndole a toda la ópera un aire ligero, por momentos vertiginoso (personalmente me gusta más reposado), difícil de seguir para algunos cantantes, desde la deliciosa obertura que marcó la tendencia general: una orquesta cercana a la escena, delicada por momentos cual «guitarrino» y enérgica sin apoderar cuando así lo requiere la partitura, cuerda algo «seca» buscando más un preclasicismo seguidor del barroco a la moda que presencia tímbrica revolucionaria, puesta por una madera verdaderamente delicada y camerística, metales discretos y acertados en volumen, más una percusión siempre ajustada. Los recitativos, casi hablados, tuvieron el continuo del maestro australiano a veces reforzado por un cello preciosista amoldado al clave.

Sin descanso visual ni auditivo, la acción es trepidante toda la obra, apenas hay respiro o arias estáticas, abundante figuración además del Coro de la ópera, siempre afinado y seguro, más exigencias que por momentos parecieron pedir a todos, cantantes incluidos, un extra de estado físico además del propio y necesario de cantar bien.

Del elenco iré destacando en orden de calidad y gusto siempre personal: el Conde asturiano David Menéndez, al que he visto crecer desde sus inicios, hoy en día en un momento ideal (lleva con nosotros desde finales de octubre) con pleno dominio escénico y vocal, convincente, lleno de gusto y un acierto tenerlo como Almaviva mozartiano. La guipuzcoana Ainhoa Garmendia fue una Susana protagonista en todo momento, por papel y presencia, segura y brillante, asentada en los mejores elencos que no defraudó en ningún acto. Cherubino es el caramelo de toda mezzo y la rumana Roxana Constantinescu unió su juventud vocal con la exigencia del papel adolescente juguetón no exento de momentos deliciosos (Voi che sapete) además de cómicos, cautivando al respetable. La Condesa Amanda Majeski (sustituyendo a la inicialmente prevista Ainhoa Arteta) no desentonó aunque el papel pareció contagiarle cierta frialdad, pero solvente y segura en todas sus intervenciones (el aria Porgi amor emocionante y empastada el dúo de la canzonetta). Las mal llamadas voces secundarias, más por lo breve que por las dificultades siempre olvidadas tras la aparente sencillez del genio de Salzburgo, son necesariamente delicadas por lo exigentes, buscando una uniformidad de calidad para todo el reparto, destacando especialmente tres cantantes de grandísima comicidad, muy inspirados en esta función: la Marcellina de la soprano catalana Begoña Alberdi, con amplio registro lírico y escénico, el Don Curzio del cordobés Pablo García-López, un tenor mozartiano en pleno crecimiento, y el Antonio del bajo-barítono Ricardo Seguel, de jardinero casi histriónico y contagioso intentando entrar por la puerta con macetas y regadera, así como la breve Barbarina cantada por la soprano canaria Elisandra Melián realmente deliciosa (L’ho perduta), completando un elenco español más que digno.

Un escalón por detrás, aunque dentro de una media más que decente de voces españolas, el Fígaro protagonista del barcelonés Joan Martín-Royo, poco volumen para un barítono trabajador pero poco convincente en cuerpo, color delgado con mucho que cantar y por ello algo desigual, compensado con una escena muy estudiada y aprendida. Algo parecido me sucedió con el Basilio del tenor donostiarra Jon Plazaola, pareja con el cordobés en un claro recuerdo de «Hernández y Fernández«, algo corto de emisión que en los concertantes tampoco lució, y el Bartolo del bajo catalán Felipe Bou, quien no parece atravesar buena racha, al menos en las veces que le he escuchado, perdiendo aquella prestancia de color y profundidad que me maravillaba en sus inicios.

Como balance me hubiese gustado mayor diferenciación de colores en las voces iguales, pues así las entendía Mozart, pues «confrontar» sopranos o tenores puede llevar a la conclusión de igualarlas tanto en timbre buscando homogeneidad, más que empaste, que perdamos el carácter dramático en el amplio sentido de la palabra, poder diferenciar vocalmente dos clases sociales o dos formas de entender la vida y a fin de cuentas el propio canto. Es la parte complicada de un elenco que en líneas generales resultó bastante equilibrado, junto con el coro. Hubo muchos más detalles a destacar como montar a la vista el tercer acto, los dos telones dibujados uno con la perspectiva y el otro con las puertas, colocando las voces en el borde, y una acústica con la caja del decorado tan buena que incluso colocando los cantantes de espaldas al público (una idea genial de meternos en la escena) proyectaba su voz sin perder calidad ni volumen, por otra parte no siempre adecuado a pesar del mimo orquestal con el que el Maestro Bayl llevó en volandas a todos los músicos con buen entendimiento mutuo como en él es habitual.

Ficha:
El Conde de Almaviva: David Menéndez; La Condesa de Almaviva: Amanda Majeski; Susanna: Ainhoa Garmendia; Figaro: Joan Martín-Royo; Cherubino: Roxana Constantinescu; Marcellina: Begoña Alberdi;  Doctor Bartolo: Felipe Bou; Don Basilio: Jon Plazaola; Don Curzio: Pablo García- López; Barbarina: Elisandra Melián; Antonio: Ricardo Seguel.
Dirección musical: Benjamin Bayl;  Dirección de escena y diseño de vestuario: Guy Joosten; Diseño de escenografía: Johannes Leiacker; Diseño de iluminación: Jan Vereecken; Dirección del coro: Patxi Aizpiri;  Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias;
Coro de la Ópera de Oviedo.

Mozart es imposible que defraude, y estas bodas no dejaron resaca a pesar del ajetreo, así que no está mal seguir contando con él en la ópera ovetense, porque repertorio tiene para seguir disfrutando de su magia. Las localidades de última hora a 15 € están llenando los pocos huecos que quedan para algunas representaciones, todo un acierto en línea con las grandes temporadas.
De las charlas previas a cargo de Patxi Poncela otro positivo en el haber de la Asociación y Fundación Ópera de Oviedo, veinte minutos agradables de compartir humor y conocimiento como debe ser en un comunicador nato caso del gijonés. Y a seguir sumando con los libretos a un precio de 5 € con altísima calidad en todos los aspectos para ir completando una bibliografía que el tiempo convertirá en radiografía de esta señera temporada lírica española.
Por delante esperan El Duque de Alba (Donizetti) y La Bohème (Puccini), un estreno junto a un imprescindible en una programación donde se aúnan riesgo y continuidad ganando público (continuarán también las proyecciones en distintas localidades asturianas este jueves 19) que encuentra en la ópera el espectáculo total más allá de figuras puntuales, con un directo siempre irrepetible, esperando sigan contando con tantas voces españolas que no defraudan y triunfan fuera.

P. D.: Críticas de la primera función en el blog «Tribulaciones» de Aurelio Seco y «OperaWorld» de Alejandro G. Villalibre.

Distintos reportajes en la prensa regional:

Mozart nun tris

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Martes 3 de noviembre, 11:30 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Casa de la Cultura, Mieres. Producciones Nun Tris: Los amorinos de Bastián y Bastiana (Mozart). Vanessa del Riego (soprano), Cristóbal Blanco (tenor), Antón Caamaño (bajo), Mario Álvarez Blanco (piano). Supervisión musical: Elena Pérez Herrero; escenografía: Pablo Maojo; ayudante de dirección: Inma Rodríguez. Dirección escénica y versión en asturianu: Antón Caamaño.

Esta mañana de noviembre nos fuimos con el alumnado del IES «El Batán» a escuchar una ópera de Mozart traducida al asturiano, dentro de la «Axenda Didáctica escolar» que patrocina la Consejería de Educación y Cultura desde hace seis años, a través de la Dirección Xeneral de Política Llingüística, aunando en nuestro caso los Departamentos Didácticos de «Llingua asturiana» y «Música«, una actividad muy útil desde todas las áreas que acoge proyectos de lo más variado, decantándonos nosotros por esta dualidad que toca el folk como en otros años,

pero también la «ópera de cámara», pues eso es Bastien und Bastianne, K. 50/46b, un singspiele que no llega a la hora de duración pero no en alemán sino en nuestra lengua autóctona, ya rodada y con artistas de la tierra, en un montaje sencillo, ocurrente, en época trasladada al siglo XIX de la emigración asturiana como «una crítica a los valores de las ciudades, a las que se la identifica con la vanidad, y una apuesta por la sencillez, simbolizada en el mundo rural» (el mismo de gran parte de nuestro alumnado) y con tres personajes siempre actuales desde cualquier óptica, partiendo de elementos tradicionales que evolucionan al paisaje urbano.

Difícil es cantar por la mañana, aún más tener al alumnado atento, pero resultó todo un éxito esta adaptación muy trabajada no ya por la traducción del alemán al asturiano, primera ópera representada en nuestro idioma, a cargo del director escénico y bajo para la ocasión Antón Caamaño, con la supervisión de la mierense Elena Pérez Herrero, que conoce a la perfección obra e intérpretes desde su condición de cantante y profesora de canto.

Con el piano (eléctrico) de Mario Álvarez Blanco, curtido en repertorios operísticos (es maestro repetidor de la Ópera de Oviedo desde hace años), el propio actor profesional Antón Caamaño como Colás más la soprano Vanessa del Riego en Bastiana y el tenor Cristóbal Blanco como Bastián, ambos también componentes del Coro de la Ópera de Oviedo, ayudados por sobretítulos y una iluminación suficiente, siempre ayudados por el personal técnico de la Casa de la Cultura de Mieres, nos hicieron disfrutar de esta joya compuesta por el prodigio de Mozart con 12 años, música a borbotones con el sello inconfundible del genio de Salzburgo y la engañosa facilidad de una partitura exigente para todos, trío cantante y pianista que debe «reducir la orquesta», donde el alumnado pudo escuchar arias, dúos y el trío final junto a los simpáticos diálogos y enredos que algunos creyeron reales como la vida misma en el coloquio entablado al finalizar la representación.

Mi más cordiales felicitaciones al pianista que hubo de tocar a oscuras en muchos momentos, a una Vanessa acatarrada que luchó como los grandes para no cancelar representación, a Cristóbal que se preparó el papel en tiempo récord (al encontrarse el avilesino Pablo Romero en Londres) y por supuesto al mago Antón, verdadero triunfador entre el público por su trabajo antes, durante y después de esos amoríos que enamoraron a todos. Esta agenda nos viene muy bien a todos en nuestro arduo trabajo, esperando sigan apostando los dirigentes por ella. No olviden que es invertir en futuro.

Mozart siempre fluye

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Viernes 28 de agosto, 20:00 horasFestival de Verano Oviedo 2015Auditorio Príncipe Felipe: Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de W. A. Mozart (1756-1791). Entrada libre.

Concierto monográfico de Mozart pudiendo escuchar su primera y última sinfonía en un recorrido diríamos que fluvial, del Salz al Danubio saltando hasta el Támesis con 24 años de distancia: la Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, KV 16 (1764) escrita en el barrio londinense de Chelsea con tan solo 8 años de edad pero ya con su sello inconfundible que será cual marca eterna, terrenal y universal, que se elevará hasta el universo, al planeta de luz de la Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551, “Júpiter” (1788), todo el firmamento sinfónico en apenas una hora de música.

Casi finalizando el festival de verano musical ovetense, la OFil volvió a llenar el auditorio ovetense para disfrutar de un único protagonista para un viaje comandado por su titular Marzio Conti totalmente volcado con su orquesta, ejerciendo de auténtico maestro de ceremonias al comenzar explicando los movimientos que no figuraban en el programa («notas a la traducción» del ruso Mijlin) y la historia del momento que organizaba las sinfonías en tres movimientos, aplaudiendo al finalizar cada uno y animando al público a hacerlo como entonces.

Conti volvió al podio realmente con las pilas cargadas, superados malos tragos anteriores y físicamente recuperado de su espalda, como un verdadero atleta tras la experiencia futbolística del pasado domingo y detallista al máximo, optando por la colocación vienesa (violines enfrentados, cellos y violas enfrente, y tres contrabajos al fondo e izquierda, pero también en la elección de trompetas de llaves o baquetas de madera para los timbales modernos, buscando sonoridades limpias y mostrándose tan conocedor del genio de Salzburgo, dirigiendo de memoria todo el programa, como de su formación, con la que se le nota cada vez más cómodo y feliz, sacándole todo su potencial aún en esta pretemporada (el día 4 de septiembre tomará la batuta el joven mejicano Iván López-Reynoso).

La Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, KV 16 es deudora de las compuestas por los hijos de Bach en el llamado Preclasicismo, especialmente de Carl PhilippJohann Christian, aún tripartita en movimientos y buscando contrastes en dinámicas que Marzio optó por no llevarlas al extremo, contrastes también en juegos tímbricos que en esta primera están limitados a la cuerda más una sección de viento reducida a oboes y trompas a dos, optando por la forma sonata bien desarrollada y de breve duración. La orquesta fluyó como el río en su nacimiento, Allegro Molto algo retenido en la velocidad como queriendo hacernos disfrutar del elemento cristalino, los motivos claros donde el genio comienza a esbozar su firma única; un radiante y sinuoso Andante que parece tomar un cauce más ancho al adquirir cuerpo orquestal dibujado claramente, sobresaliendo la variada dinámica especialmente los pianísimos (siempre rotos por algún móvil no silenciado) y con pinceladas de una madera confiada y segura más las notas tenidas de las trompas, todo bien delineadas por un Conti que deja brotar la música de este río más que arroyo antes de su desembocadura, diría que a borbotones en el Presto como cascadas en la cuerda, siempre transparente, la espuma de los bronces y sorteando los empinados meandros con mano firme al timón en discurrir por un cauce dominado de memoria donde la nave filarmónica navegó sin sobresaltos.

Magia y verdadero placer saltar al infinito universo, sin respiros, el paso de la infancia viajera con parada en Londres a la imperial Viena de madura juventud, bulliciosa como su hermana ribereña Praga, cosmopolitismo bañado por el río más musical del mundo y segundo más grande de Europa, paso al Mozart pleno que corrobora genialidad y magnitud de esta forma sinfónica por excelencia, la exploración de apenas un cuarto de siglo que es vertiginosa y llevada al máximo, la Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551 «Júpiter» ya de cuatro movimientos, más extensos en duración y plantilla a la que se suman parejas de fagotes y trompetas más los timbales, un río navegable por mayor caudal y longitud, necesitando una embarcación adaptada a las nuevas circunstancias, exigiendo una paleta orquestal sin perder unidad ni identidad, algo que el maestro entendió desde el inicio y nuevamente sin forzar “tempi”, sabedor y conocedor de las dificultades escondidas en el discurrir no siempre plácido de esta partitura, y optando por una singladura serena, sin sobresaltos pero marcando y mandando lo necesario, destacando los grandes claroscuros, unos silencios claros ya desde el Allegro vivace inicial, casi escénico por los paralelismos operísticos, con protagonismo compartido y bien resuelto en cada sección orquestal; el Andante cantabile discurrió entre frondosa vegetación de finos contornos, con el viento favorable y remando a favor de corriente, paisaje bien pintado por la batuta italiana sobre el lienzo orquestal; el Menuetto: Allegretto pareció más un vals vienés que una danza cortesana, opción válida con un marcado ritmo ternario donde la acentuación supone un paso a uno buscando asentar sonoridades; quedaba desembocar con el Molto allegro de genial contrapunto estudiado en los planos exactos para escuchar cada «fugato», el discurrir potente siempre en el cauce sin llegar a desbordar las márgenes, esa música que fluye sin necesidad de añadidos, mínimas señales de Conti para recordar y permitir el caudal exacto antes de su remanso y amplio final en un mar estrellado, sinfonía de paz y luz tras una regata fluvial hasta la suprema divinidad romana que da nombre al quinto planeta del sistema solar, padre de dioses y hombres casi como el propio Mozart, hombre niño en la primera sinfonía, dios humano en la última, sin necesidad de atributos como águila, rayo o cetro.

Y este viernes sólo podía regalarse Mozart, como en Salzburgo o Viena, más jolgorio y vitalidad, verdadera fiesta nupcial con la obertura de Le nozze di Figaro (1786) en similar línea sinfónica, un dominador Conti transmitiendo energía para completar y dar juego a toda plantilla con la incorporación del par de clarinetes más la segunda flauta, caudal sonoro controlado en todo momento y luz nunca cegadora en un concierto alegre además de fresco con la OFil alcanzando su momento ideal para el arranque de temporada.

P.D.: Crítica en LNE del domingo 31 de agosto:

Juan Barahona, escultor del piano

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Los pianistas, como los organistas, y a diferencia de otros instrumentistas, salvo casos muy excepcionales que incluso viajan con él o exigen un modelo y marca concreta, nunca pueden enfrentarse ni tocar el mismo instrumento, no hay dos iguales y cada uno resulta un complejo de sonoridades, teclados de distintas sensibilidades, pedales mejor o peor ajustados y todo un mundo incontrolable por parte del músico, así como la propia acústica de cada sala, lo que sumado a un mismo programa que no será nunca el mismo desde la propia interpretación siempre subjetiva (como del público) y propia del músico, nos da toda una amplísima opción y gama. Casi podría decir que el pianista debe domar cada piano tras dominarlo con un trabajo que nunca se acaba.

Mi admirado Juan Andrés Barahona Yépez (París, 1989) lleva desde los seis años dedicado en cuerpo y alma a una carrera de sacrificios solo «soportada» por un amor por el piano y el apoyo pleno de la familia, toda una vida pese a su juventud que no ha hecho sino continuar creciendo. Sus distintos maestros le han educado muy bien pero la materia prima estaba ahí, y en este 2015 parece haber llegado una oportunidad al alcance de muy pocos como es llegar al XVIII Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» y superar la primera selección de entre más de 200 pianistas llegados de todo el mundo. Lo difícil, estar entre los 20 finalistas, ya es todo un premio, aunque los obstáculos siguen y todavía le queda un mes de julio de auténtico infarto. El estudio diario, el esfuerzo titánico de abordar repertorios, el obligarse a tocar en público, grabarse y corregirse desde una autocrítica y autoexigencia impresionantes… pude volver a disfrutar de dos conciertos parecidos y siempre distintos en Gijón y Mieres, con el grueso del programa idéntico en ambos, aquí los dejo escaneados, y añadiendo algunas diferencias. El común denominador sería la fuerza, tanto física como psíquica unida a una sensibilidad desbordante que se traduce en mimar cada detalle, cada sonido, cada silencio, la importancia de la nota anterior, la del momento y la siguiente, incluso el protagonismo de una sola dentro de un acorde, por lo que dudaba adjetivar el trabajo de Barahona entre dom(in)ador de piano o escultor, optando por esta a tenor de lo que intentaré contar con palabras, siempre difícil tras escucharle en vivo.

Sábado 6 de junio, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón. Obras de Mozart, Albéniz, Ravel, Kurtág y Brahms. Entrada: 10 €.

Martes 9 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Obras de Brahms, Ravel, Kurtág y Beethoven.

Sólo con ver las obras seleccionadas podemos hacernos una idea de la dificultad y exigencia física, una auténtica «paliza» la que Juan Barahona se dio en ambos conciertos. Acabar en Gijón y empezar en Mieres con la Sonata para piano nº 2 op. 2 en fa sostenido menor de Brahms no está al alcance de muchos pianistas. Cada uno de los movimientos requieren del intérprete un trabajo técnico en busca de la expresividad extrema en cada compás, frase, movimientos diseñados incluso independientes para intentar alcanzar la globalidad de esa forma sonata que el hamburgués eleva al infinito.

Juan Barahona ahonda con auténtica madurez y experiencia vital esta maravilla de partitura buscando cada detalle desde un trabajo meticuloso, de precisión casi relojera, mejor aún de joyero para pulir todo, un manejo de los pedales asombroso, unos ataques siempre diferenciados, los fraseos personalísimos ajustados al estilo del llamado postromanticismo desde una honestidad digna de admiración. Si acabar con esta sonata es para la extenuación, empezar parece derrochar toda la fuerza en el primer asalto, pero no ya la juventud sino ese trabajo sin descanso prepara para esto y mucho más.

Un universo distinto es Ravel, para mostrar y demostrar la riqueza del piano cuando se domina y una belleza en aquel nuevo lenguaje que ahora sigue siendo actual, escondiendo la escritura sinfónica en el mundo pianístico, la paleta orquestal frente a la inmensidad de grises. De los seis números que conforman «Le Tombeau de Couperin» la elección de dos tan contrastados como el cuarto Rigaudon y sexto Toccata resultaron un torbellino de sensaciones, la fuerza delicada, el dramatismo, los contrastes que consiguen colorear lo aparentemente monócromo, de nuevo esculpiendo cual Miguel Ángel o Rodin desde una auténtica roca alcanzando calidades de seda marmórea, impresionantes al oído que hace de ojos ante esta maravilla pianística, un cuarto de vértigo lleno de humor fino frente a un sexto martilleante y cristalino. No importa la calidad pétrea, en este caso el «Steinway» del museo o el «Yamaha» del conservatorio, cada material nos dio el acabado propio, difícil elección de la obra de arte final, rotundidad gijonesa y brillo mierense.

La Sonata para piano en do mayor, KV. 330 de Mozart fue el calentamiento del sábado, claridad expositiva, tres tiempos dibujados al detalle, energías en los extremos y el lirismo del Andante Cantabile central, como preparando el material siguiente del Albéniz casi raveliano en Almería del segundo cuaderno de «Iberia«, partitura que Barahona cantó y contó en grande, con poso e incluso «pellizco» que dicen los puristas del flamenco, la grandeza de lo popular llevado a las salas de concierto y defendiendo con fruición una pequeña parte de nuestra piel de toro, convencido que cuando afronte la totalidad de esa biblia pianística que es la Suite Iberia de Albéniz sorprenderá a más de uno. Ubicarlo antes de Ravel fue todo un acierto en Gijón, y en ambos casos el descanso tras el francés era obligado.

En la búsqueda de estilo propio se necesita poder tocar lo máximo y más variado de un repertorio inabarcable para el piano, algo donde los maestros tienen mucha influencia aunque el alumno aventajado, y Juan Barahona siempre lo ha sido, son quienes dicen la última palabra al sentirlos y poder hacerlos suyos. El rumano «casi húngaro» Giórgy Kurtág (1926) es uno de los compositores más interesantes del pasado siglo y un buscador de sonoridades al piano donde sus «Jatékok» (Juegos), de los que ya lleva ocho volúmenes desde que comenzase con ellos en 1973, casi como herramientas didácticas, un mínimo ejemplo y obra ideal para un pianista como el asturiano de adopción que investiga continuamente en ello, eligiendo dos de ellos por lo que pese a la brevedad, Stop and Go hace un derroche tímbrico incluyendo el propio silencio, tan distinto según mantengas o no el pedal, dependiendo del ataque y levantamiento de cada tecla, incluso el toque justo del pie para jugar con los armónicos que sigan manteniéndose el tiempo necesario, todos los recursos llevados también al Hommage a Schubert donde sutilmente se homenajea al instrumento e intérprete vienés que tanto trabajó y admiró a sus contemporáneos, en Gijón perfecto antes de Brahms y en Mieres preparación incluso del instrumento antes de enfrentarse al siempre complicado Beethoven. Debemos saber que pese a la originalidad del lenguaje de Kurtág, su conocimiento y admiración de toda la música anterior desde Machaut hasta Bach o el propio Beethoven, le llevan a su concepción personal. Si se me permite la comparación, hay que conocer todo el proceso de un artista, por ejemplo pintor, antes de saborear las obras últimas, pensando en nuestro Joan Miró.

Porque si comentaba la barbaridad que supone afrontar estas obras en un concierto, el esfuerzo y exigencia del intérprete me deja sin calificativos, eligiendo la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor «Hammerklavier», un auténtico martillo para sacar del más duro mármol una escultura humana donde no hay nada de frío ni inmaterial, casi un pensador por no llegar al David. Frente al micromundo húngaro la inmensidad del genio de Bonn hecha sonata, la más personal y exigente para intérpretes y públicos, cuatro movimientos con vida propia muy profunda, madurez vital llevada al lenguaje extremo de las ochenta y ocho teclas, repaso a la historia desde la novedad, aires de fuga que alzan el vuelo del sentimiento en una carrera desenfrenada que necesita momentos de ternura, el universo de Beethoven que Juan Barahona desgranó nota a nota, transitando con paso seguro y golpes certeros, modelando cada aire, impresionándome el Adagio Sostenuto por la solemnidad, gusto sin prisa, fraseo sonoro y especialmente (será por la cercanía aún en la memoria auditiva) el Largo – Allegro Risoluto, el trabajo ante una mole a la que rebajando con el cuidado de no romper la obra que «esconde» aplicó el cincel del mimo y la fuerza necesaria para alcanzar el cénit.

Extenuación total que en Gijón todavía llevó a lo impensable con el regalo de la paráfrasis de Rigoletto que compusiese el genial y virtuoso Liszt, derroche de facultades físicas y mentales tras un «pedazo de programa» que no solo le mantiene en una forma impresionante de cara a Santander sino que le pone muy alto en el panorama de los pianistas augurándole muchos éxitos. Se ganó una cena para reponer y supongo que una buena sesión de Spa para la necesaria relajación que el trabajo de Titán tuvo en estos dos conciertos. Lo malo es que no hay descanso para los músicos, al menos disfruta con su trabajo y lo comparte con el público. Gracias Juan.

Para Mozart no hace falta escena

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Lunes 25 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Don Giovanni (Mozart), versión concierto. Johannes Weisser (barítono), Marcos Fink (bajo-barítono), Jeremy Ovenden (tenor), Birgitte Christensen (soprano), Alex Penda (soprano), Sunhae Im (soprano), Tareq Nazmi (bajo), Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana (director: Josep Vila i Casañas), Orquesta Barroca de Friburgo, René Jacobs (director).

Mozart cuando está bien interpretado es único, incluso cualquier ópera suya soporta una versión semi-escenificada como la que tuvimos el placer de escuchar en este penúltimo de los conciertos del auditorio (en Barcelona el miércoles 27), con el mítico contratenor René Jacbos al frente de su formación que volvía a convencer en Oviedo tras su anterior «La Finta Giardinera» de hace cinco años, con instrumentos de época incluyendo un fortepiano que hizo las delicias en los recitativos, y un septeto vocal de altura, sin olvidarnos del coro del Palau catalán que dirige un viejo conocido en Asturias como Josep Vila, perfecto en número, presencia y escena, auténticos profesionales.

Cierto que para los cantantes no siempre ayuda tener a la orquesta detrás en vez de ubicada en el foso, pero buscaron posiciones buenas, incluso la idea de la tarima trasera favoreció la emisión vocal, además de dar mucho juego las puertas laterales, tanto del escenario como las de acceso por las butacas, cantar fuera de escena y hasta la aparición del Comendador bajando por todo el patio de butacas hasta subirse a escena. Los sobretítulos, aunque amarillo sobre blanco y con mucha luz, ayudaron a seguir un argumento que la mayoría conocemos al dedillo pero que resulta más cómodo que leerlo en los programas de mano.

Comenzaba mis elogios con el músico belga René Jacobs por todo lo que supone en la interpretación de la música de los siglos XVI al XVIII en las últimos décadas donde Mozart también ha estado siempre presente, y este Don Giovanni de gira con parada en Oviedo lo recordaremos mucho tiempo. Formación ideal en número con ese color instrumental especial que dan los instrumentos llamados antiguos, básicamente la madera y metal, además de la cuerda o el fortepiano sustituyendo a un clave que en el Clasicismo pierde protagonismo, así como los timbales naturales. Supongo que la afinación también estaba más baja que en la actualidad, favoreciendo el lucimiento de los cantantes en los registros extremos, especialmente las voces agudas, y optando por tiempos agradecidos por movidos incluso en las arias más conocidas, tendentes casi siempre a retener velocidades para no comprometer las agilidades, aunque el elenco vocal no tuvo problemas en ningún número, siendo de agradecer unos ornamentos muy trabajados en todos los «da capo». En suma una versión viva que no hace olvidar en ningún momento el drama universal del Don Juan.

No se olvidó el maestro de incorporar la mandolina en el aria de «la ventana» de Don Juan (tocada impecablemente por uno de los violines primeros), de completar algún recitativo del pianoforte con el violonchelo, o de sacar de sitio un par de contrabajos y un violín, dotándoles de pandereta y pandero para la escena de Zerlina y Masetto, así como poner en pie las maderas para el baile del segundo acto, siempre detalles que hacen del Mozart de Jacobs algo distinto sin perder sabor. Salvo la obertura algo lenta en relación al resto, por otra parte necesariamente lúgubre, la orquesta sonó con ese barniz clásico que «acuna» a las voces incluso en los momentos de tutti, destacando la concertino Petra Müllejans como auténtica directora de esta formación que Don René lleva «de la mano», cuidando sobre todo los recitativos y los concertantes, porque hay tanto entendimiento que los músicos parecen tocar solos.

El coro al completo sólo tiene la intervención del primer acto con Zerlina, mientras las voces graves (siete por cuerda) tienen dos apariciones que resultaron convincentes de volumen, presencia, afinación así como el movimiento escénico donde camisas blancas y después negras es suficiente para convencernos de la acción. Bravo por el coro catalán.

Llegando a las voces protagonistas, intentaré ir de más a menos, debiendo destacar al bajo kuwaití Tareq Nazmi por el esfuerzo de doblar al Comendador y a Masetto, buscando distintos colores para diferenciar los personajes extremos en cuanto a la aparición en escena, convincente bajo para el noble y lirismo en el pastor, muy cantabile en una línea donde no hay bajos profundos sino barítonos «dramáticos», más con estas orquestas y versiones que ayudan al lucimiento.

El barítono noruego de formación danesa Johannes Weisser bordó su Don Juan, altura en todos los sentidos que le dan presencia independientemente de dónde se coloque para cantar, llenando la escena allá donde vaya, perfilando este personaje que resulta cómico dentro del drama, conquistador de todo y no sólo de lo que lleve faldas.

La Donna Anna de la soprano noruega Birgitte Christensen puso muy alto el listón para un rol siempre dramático, de turquesa en el primer acto y riguroso luto en el segundo, de emisión perfecta desde todas sus posiciones, penetrante sin perder dulzura, convincente en todas sus intervenciones.
No se quedó atrás Elvira con la búlgara Alex Penda cuyo personaje crece a lo largo del drama, despechada, enamorada y sacrificada, estados anímicos que llevó en su línea de canto, siendo emocionante su última aria.
La pequeña surcoreana Sunhae Im personificó una Zerlina ideal, bellísimo el dúo Là ci darem la mano, inocencia desde un registro medio y agudo presente, algo menor en el grave (de nuevo la afinación de la orquesta) pero de bellísimo color vocal y musicalidad en cada aria y dúo, escénicamente completa para recrear un papel muy agradecido, de los bombones Mozart que toda soprano desea.
También es un caramelo el Leporello que cantó el porteño de origen esloveno Marcos Fink, más barítono que bajo, mejor actor aún que con la orquesta en los fuertes o en los concertantes quedaba algo oscurecido pero que defendió como un veterano de las tablas, incluso con algún «parlato» para evitar «males mayores». El dúo con Don Juan mantuvo el equilibrio para dos colores vocales bien diferenciados y su «catálogo» lo solventó con profesionalidad aunque falto de más dicción en un «tempo aligerado» por Jacobs y su formación.
Dejo el último al tenor inglés Jeremy Ovenden que fue de menos a más en su Ottavio, color mozartiano a más no poder aunque algo justo de volumen, especialmente en los conjuntos donde no se le apreciaba, pero defendiendo muy bien sus dos arias (Dalla sua pace e Il mio tesoro) bien llevadas de tiempo por el maestro Jacobs, unos ornamentos y agilidades bien afinadas así como una línea de canto muy estudiada. Puede que con la orquesta en el foso gane en presencia pero el escalón inferior respecto al resto pareció claro a casi todos.
Con estos mimbres se armó este Don Giovanni «en concierto» plenamente convincente por la profesionalidad e interpretaciones de todos, difícil encontrar tanto equilibrio en una ópera del genio de Salzburgo, nivel homogéneo o versión más que aseada que se decía antiguamente. Al menos el único móvil que apareció fue el de Don Juan para comprobar que aún no eran las dos de la madrugada antes de su «mandolino» a la luz de la luna. Y es que ni siquiera las tres horas y media parecieron causar toses, aunque los que cenan temprano se fuesen al descanso. Ellos se lo perdieron.
Esta semana aún queda mucha música.
P. D. 1.: Los links mayoritariamente son los del propio reparto escuchado en Oviedo.

Un Réquiem para recordar

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Sábado 28 de marzo, 20:00 horas. Teatro Cervantes, Málaga. Programa 10 «Semana Santa» Orquesta Filarmónica de Málaga, Beatriz Díaz (soprano), Anna Alàs i Jové (mezzo), Pablo García López (tenor), Alfredo García (barítono), Coral Cármina Nova (Diego González Ávila, director), Manuel Hernández Silva (director). Mozart: Requiem K. 626. Precio: 37,80 €.

Con las sinceras condolencias a todos los familiares de las víctimas del trágico accidente aéreo del 24 de marzo, como rezaba el programa (del que dejo foto) y toda la emoción de una página musical póstuma dedicada precisamente a una muerte nunca deseada, volvía la segunda función de un concierto que llenó el coliseo malagueño, con artistas plenamente implicados y volcados.

En su primera temporada como titular de la orquesta malagueña el Maestro Hernández Silva está en pleno idilio con sus músicos, conociéndose al detalle, respondiendo al mínimo gesto, compenetración y entendimiento en esta obra que el director venezolano conoce como pocos desde su educación vienesa, dieron como resultado el esperado por todos, éxito que se hizo extensivo al cuarteto solista y al coro local.

Destacable en primer lugar y por el mayor peso la Coral Cármina Nova (dirigida por Diego González) que brilló con luz propia guiada por el Maestro desde el primer Requiem, vocalización y emisión clara, ajustada, respetuosa con la partitura al máximo, figuras y expresión donde las sílabas adquirían el protagonismo puntual, los fraseos impolutos y la musicalidad desbordante. Todo un ejercicio de quiromancia musical, podíamos contemplar la lectura con las manos de Hernández Silva sacando los hilos de la gran tela, atacando con seguridad, creciendo o disminuyendo la expresividad y dramatismo (Rex tremendae impactante), claridad en las partes fugadas y homogeneidad rotunda sin perder el lirismo. Se notó el trabajo meticuloso desde la dirección en cada número, con la respuesta siempre al momento, alcanzando un nivel altísimo para un coro que se crece cuando existe la química desde el dominio. Imposible destacar emociones y caracteres a lo largo de sus intervenciones.

El cuarteto solista elegido con mimo fue el otro hito de la noche, voces jóvenes, con técnica al servicio de la partitura e igualmente entregadas a un Maestro que convence con el mínimo gesto, sacando a la «vista auditiva» las líneas precisas para degustar el detalle individual sin olvidar el conjunto. Ideales los solos, destacando Beatriz Díaz realmente celestial, línea de canto cual flauta con luz propia capaz de poner la carne de gallina, Pablo García plenamente mozartiano desenvolviéndose cómodo ante todas a las exigencias, Alfredo García con la rotundidad necesaria y un buen gusto cantabile, más Anna Alàs que equilibró desde el peso hondo del grave de blancas el masculino brioso, un plantel funcionando excelentemente como cuarteto de colores complementarios en paleta hermosa y bien tratada desde el podio, dúos equilibrados y conjuntos exquisitos.

La orquesta con plantilla ideal para alcanzar la textura y planos ajustados en todas las secciones, órgano y timbales presentes sin excesos, maderas sedosas, metales afinados y contundentes cuando se les exigía (impresionante el trombón solista y su Tuba Mirum casi vocal por expresión) y una cuerda de terciopelo, nunca hiriente pero siempre clara, balances vieneses con uniformidad y timbre precioso además de preciso, toda una lección de entrega y aceptación del Maestro.

El trabajo de Manuel Hernández Silva realmente magistral de principio a fin. Sin batuta para hacer de sus manos el auténtico hilo conductor, expresivo y preciso, contagiando ímpetu y genialidad que dieron como resultado una interpretación de hondura y luz, drama sin negrura, hilando fino para encontrar siempre la respuesta exacta por parte de todos. Estoy seguro que Málaga aumentará la afición con Manuel Hernández al frente, convencido e implicado allá donde va, siendo este Requiem que arrancaba su gran semana santa una pequeña muestra de lo que se puede alcanzar desde un magisterio musical y humano difícil de encontrar.

No pude encontrar mejor inicio vacacional con este concierto en la capital de la Costa del Sol brillando con luz propia musical, emocional y hasta climatológicamente. Lo recordaremos mucho tiempo.

Publicado desde el iPad

PD: los links ya desde Siana; dos visiones del concierto: El Mundo y Darba Culture.

Grandiosa discreción

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Viernes 20 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 8, OSPA, Asier Polo (violonchelo), Corrado Rovaris (director). Obras de Mozart y Chaikovski.

La musicóloga y chelista Andrea García Alcantarilla, autora de las notas al programa que incluyo como link en los autores del inicio, ofrecía la conferencia previa al concierto con el título «Mozart y Chaikovski: una huida hacia el pasado que inexorablemente culmina en el presente», ella misma reconociendo lo excesivo pero también razonando y explicándonos de forma clara la conexión entre dos autores que parecen (y lo son) tan distintos confluyendo en un gusto hacia las etapas anteriores, Mozart al italiano de la policoralidad veneciana de San Marcos y Chaikovski al rococó del joven Mozart que parecía ver la vida en rosa. Siempre está bien acudir a estas charlas tan ilustrativas que abren aún más los oidos para el concierto posterior porque esa hilo argumental tejería las tres obras a escuchar desde una aparente sencillez, puede que también entendiendo la discreción como virtud, con un director de la vieja escuela como el Maestro Rovaris que sin excesos pero con claridad académica, logró la máxima efectividad en un programa de los que no provocan grandes pasiones pero que son necesarios para todos, músicos y público. En sus anteriores visitas operísticas ya me convenció, pero lo de este viernes corroboró pese a su discreción, que es Maestro con mayúsculas.

El director italiano dispuso a la orquesta, hoy con Eva Meliskova de concertino, de formas distintas para cada obra, un primer ejemplo de cómo debe mimarse el sonido, dejando instantánea prohibida de esa colocación que ayudó siempre a una escucha perfecta de las tres partituras.

Mozart abría velada con su Serenata nº 6 en re mayor, K. 239 «Serenata nocturna» (1776), música de baile, que no molesta, rememorando los efectos buscados entre un cuarteto solista protagonista (con la citada Meliskova, Corpus, Moros y Mijno en estado de gracia) y el «grueso» donde los timbales en el centro ponían el cimiento de esta joya casi de juguete. El Maestro siempre pulcro, adelantándose lo necesario para recordar el matiz exacto, el tiempo que va también «in crescendo», dejando al cuarteto disfrutar y contagiar al resto. Toda una lección de música la Marcha: Maestoso, el imaginativo Minueto y sobre todo el Rondó: Allegretto – Adagio – Allegro dibujado como haría un orfebre sin levantar la mano, contraste barroco hecho clásico por el genio de Salzburgo.

Cada visita de Asier Polo es un placer para el melómano y prueba del nivel que nuestros violonchelistas españoles tienen en un mercado competitivo al máximo donde el toque diferencial lo ponen músicos como el bilbaino. Las Variaciones sobre un tema rococó para violonchelo y orquesta, op. 33 (1876) de Chaikovski son agradecidas para el solista y más aún para la orquesta cuando desde el podio se domina todo el tejido de texturas como volvió a demostrar Rovaris. A partir del Moderato assi, casi Andante – Tema: Moderato semplice la obra va agrandándose en ornamentos que no oscurecen el motivo principal sino que están tan bien escritas para el colega en el Conservatorio de Moscú Fitzenhagen que el violonchelo se hace voz más allá del hermosísimo Andante del que todos hablan. El sonido del Francesco Rugieri (Cremona 1689) en las manos de Polo cautiva en todos los registros, incluyendo unos armónicos estratosféricos, en cada variación, con cada técnica aplicada no ya en las cuerdas sino también en el arco, obra de energía positiva que Asier transmite a todos, sonriente, elegante en el diseño y en la interpretación bien secundada por todos desde Rovaris. Las intervenciones de las maderas todo un ejercicio de color sin perder unidad, contestando y arropando al solista, misma intención en la misma dirección para una ejecución preciosista especialmente en la sexta variación, el «dichoso» Andante colocado en lugar estratégico por belleza más que concepción.

La gratitud mutua vino en forma de propina con una obra de nuestro gran cellista y compositor Gaspar Cassadó, el Preludio – Fantasía de de la «Suite para violonchelo solo» (1926) digna de figurar directamente en el programa y ocupar mayor espacio en este comentario porque pudimos disfrutar de una interpretación íntima, bella, majestuosa, maravillando de nuevo ese arco prolongación del propio Asier Polo. Aperitivo de una obra grande aunque todavía vendría otro regalo, la Bourré de la Suite nº 4 de Bach, un triángulo equilátero, tres compositores para el instrumento más cercano a la voz humana que siempre hace perfectamente entendible el chelista vasco, con tres épocas en una sola visión maestra.

La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 de Mozart forma parte de la memoria colectiva no solamente melómana. Perderemos la cuenta de las grabaciones, versiones y directos que atesoramos todos los presentes en el concierto y aún más mis fervientes lectores (gracias siempre), así como ejecuciones a cargo de nuestra orquesta, siempre la misma partitura pero distinta en cada momento. Estoy seguro que el jueves en Gijón fue otra visión del paisaje aunque contase con el mismo pintor y lienzo. Corrado Rovaris optó por la claridad total, la limpieza contagiada a las tres secciones que sonaron como nunca, todos a una, escuchando cada nota en equilibrios y protagonismos marcados en el instante previo por una batuta honesta y delicada, lejos de los estiletes o mandobles de otros, la izquierda puntualmente acertada, la cabeza asintiendo y el cuerpo balanceándose ocasionalmente. El Molto allegro sonó vivaz sin perderse nada, el Andante todo un remanso de belleza, el Minueto: Allegretto de una dramatización musical que daría para una sola lección por los diferentes planos dibujados entre madera y cuerda, para finalizar con el Allegro assai en pulsación mantenida con apenas rubato, todo ello con esta tercera colocación buscando el sonido adecuado a esta sinfonía de la que nuestra conferenciante hizo notar su composición global y central dentro de la llamada trilogía final, siendo «La 40» el gran movimiento central. Me imagino escuchar a continuación la última con estos mismos colores y pintor, OSPA y Rovaris porque la emoción y placer del concierto hubiese alcanzado cotas únicas. Estaremos atentos a la retransmisión por Radio Clásica de esta velada que me ha dejado feliz como hacía tiempo no sentía, puede que compensando mi ausencia vacacional para el Requiem Alemán de Brahms del próximo viernes 27. Aunque lea críticas nunca será igual que el irrepetible y mágico directo.

Compartir a cuatro manos

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Lunes 2 de marzo, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música (Mieres). Dúo Wanderer (Francisco Jaime Pantín y Mª Teresa Pérez Hernández, piano a cuatro manos). Obras de Mozart, Schubert, Grieg y Dvorak.

Emulando el «grandonismo» y a la vista de la prensa regional, Oviedo es casi un barrio de Mieres (o viceversa), porque realmente hoy no hay distancias y es de agradecer cualquier oferta musical en la llamada área metropolitana de Asturias. Si el marco del concierto es el Conservatorio local, aún sin reconocer su nivel profesional por parte de la Consejería del ramo, ubicado en la llamada Casa de la Música, el público acude y llena la sala, como sucedió este primer lunes de marzo, contando además con dos profesores vinculados a este centro, al que tienen presente para sus actuaciones.

Y es que parecen volver los dúos de piano (aunque siempre están en los programas), funcionando bien en la versión a cuatro manos con repertorio propio o adaptaciones que en muchos casos suponen el primer acercamiento al mundo sinfónico, y es que las sonoridades logradas con estas obras es lo más parecido a una orquesta reducida. Interpretar estas partituras siempre comento que exigen de ambos pianistas mucho más que ensayo y renuncias, sacrificio del pensar en común, sentir lo mismo para alcanzar esa grandiosidad con veinte dedos y una sola idea. Si la convivencia es diaria está claro que hay mucho terreno ganado, pues damos por supuesto que la música corre por las venas de ambos, y en el caso del Dúo Wanderer respiran música por los cuatro costados.

Hay estudios sobre el efecto positivo que las obras de Mozart tienen en las embarazadas, por extensión a todo ser humano, y especialmente las obras a cuatro manos. El Andante con variaciones en sol mayor, k. 501 es un claro ejemplo de esta escritura original que necesita planteamientos diáfanos, claros, equilibrados en sonoridades y discurso presente, terapéutico podríamos decir. Así resultó cada variación, diálogos reales entre los registros agudos (a cargo de Maite Pérez) y los graves (con Paco Pantín), equilibrio equívoco en apariencias y entretejidos complejos desde la falsa simpleza del niño prodigio. Maravilloso ejercicio de solidaridad musical, de afectos y efectos, de compartir entre todos.

Schubert es la seña de identidad de este dúo asturcanario, y el Divertimento a la Húngara D. 818 otra joya del no siempre reconocido compositor vienés. Los tres movimientos son un catálogo melódico y armónico lleno de lirismo y virtuosismo, diversión y contrastes rítmicos, evoluciones y revoluciones románticas, con la mirada puesta en los aires de moda en aquellos tiempos dentro de las veladas conocidas como schubertiadas, los salones humanistas que tenían la música como epicentro. El Andante parece preparar el ambiente, calentando más que dedos en un derroche sonoro que se agranda en la Marcha, sabor zíngaro más que húngaro, rico en cada detalle, poderío en la zona izquierda, brillo en la derecha, balanza sin fiel y fiel al espíritu del bueno de Franz, antes de rematar con un Allegretto característico de toda su obra camerística como laboratorio de pruebas sinfónicas, la posibilidad que cuatro manos en el piano tienen como microcosmos que la pareja Wanderer entienden como uno, el Schubert como música pura.

La segunda parte supuso avanzar en tiempo y estilo con una transcripción del conocido «Peer Gynt», Suite nº 1 op. 46 (Grieg), reducción orquestal con claro sabor pianístico de sonoridades cercanas a Tchaikovsky, exploración sonora y técnica donde una mano deja paso a dos (no necesariamente del mismo intérprete pero sí una sola interpretación) enlazando las cuatro danzas con el misterio numérico del propio número cuatro, dos veces dos, ánimos y espíritus, Por la mañana de sonidos casi intuidos y delicados, La muerte de Ase oscura y diseñada en el grave con toques de esperanza, la Danza de Anitra de nuevo con aires rusos de ballet sinfónico en cuatro manos, y En el palacio del rey de la montaña como conclusión en una vorágine dinámica y rítmica de menos a más, un contínuo crescendo y acelerando que exige total entendimiento entre los dos intérpretes para encajar a la perfección una obra compleja.

Las Danzas eslavas (Dvorak) como bien me explicaron los maestros, son originales para cuatro manos antes de la versión orquestal más conocida, por lo que la riqueza del piano es fácil elevarla al mundo sinfónico, pero la dificultad que entrañan es enorme y nuevamente muy exigente para el mundo camerístico en su versión plena de paleta sonora. Primero escuchamos las Danzas eslavas op. 46 nº 6 y nº 8, reparto de papeles protagonistas con momentos de lucimiento en ambos pianistas, matices ricos, tiempos donde el rubato siempre debe estar controlado, aires de la Europa oriental sentidos más cercanos con la música, y después las aún más comprometidas Op. 72 nº 2 y nº 7, toda una lección magistral del Dúo Wanderer, exprimiendo el instrumento al máximo desde un virtuosismo necesario para volcar un universo más allá del sentimiento popular, cortando la respiración de un público siempre atento, muchos estudiantes que asistían a esta clase extraordinaria donde el aprendizaje no tiene precio.

El orgullo de compartir música entre intérpretes y público se amplió con las dos propinas del Moderato y Allegro comodo (segunda y cuarta de las Cinco danzas Españolas op. 12 de Moszkowski, originales para dueto de piano aunque también orquestadas posteriormente), para seguir jugando con el dos en una nueva muestra de generosidad por parte del matrimonio pianístico tras recibir un ramo de flores y un detalle de manos de dos alumnos, siempre agradecidos de que Paco y Maite sigan teniendo a Mieres en sus agendas.

Estrenos como regalos

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Viernes 23 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Concierto para familias: «Los niños y la música». Laura Mota (piano), Alma Deutscher (violín), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Mozart, Gabriel Ordás y Alma Deutscher.

Me planteé titular esta entrada como «El regalo de la educación» puesto que es un bien que se riega cada día en casa y crece toda la vida con la ayuda de todo lo que nos rodea. Resulta un proyecto a largo plazo que puede truncarse por muchos factores. La parte cívica, los modales, se están olvidando y la educación musical minusvalorando por parte de las autoridades responsables de incluirla como parte importantísima e imprescindible en los planes de estudios, por lo que esta tarde de cumpleaños me encontré con un choque de sensaciones: un auditorio lleno de familias que no siempre saben comportarse ante un concierto, experiencia primera sin preparación previa y puede que igual de válida que otra, aunque todo cambia y hasta la actitud que siempre supone asistir a un concierto de la llamada música culta. Con todo siempre debe primar el respeto y sobre todo el aprendizaje para a escuchar, válido ante cualquier faceta de la vida, así como la educación en valores que parece importar poco en estos tiempos cambiantes. Como última sensación, la familia como pilar para apoyar y encauzar a unos niños realmente únicos, dotados para la música y con una sensibilidad que nos pone de acuerdo en las emociones a las que llegamos por distintos caminos.

El concierto arrancaba con unas palabras del maestro Conti que sigue apostando por sorpresas y novedades desde el buen gusto y sabiduría, realizando una entrevista previa a los protagonistas antes de cada intervención. No importa su «itañolo» puesto que la música es el único lenguaje universal y la magia se transmite sin palabras.

La Música, con mayúsculas, comenzaba a sonar con el Concierto para piano y orquesta nº 23 en la mayor, K. 488 (Mozart) con el piano de Laura Mota, su debut con orquesta aunque parecía llevar toda la vida haciéndolo. Su Mozart tomó sentido como nunca antes me había sucedido: la cadencia del I Allegro profunda y ligera, el II Adagio inolvidable por su sentimiento hondo, maduro digno de una trayectoria larguísima, y el III Allegro assai con el descaro de la naturalidad desde el conocimiento profundo de una obra difícil. Atenta al maestro, que sacó todo el clasicismo a «su orquesta» siempre cómoda en estos repertorios, la pianista ovetense dominó la compleja partitura (toda de memoria), de principio a fin, segura, impresionante por una musicalidad diría que innata y un trabajo bien enfocado por su maestro Francisco Jaime Pantín, Laura Mota Pello está llamada a darnos muchas alegrías. ¡Tiene 11 años!.

Gabriel Ordás además de violinista se presentaba como compositor con el estreno de su obra Entornos, tríptico para orquesta, explicando que intenta reflejar sensaciones como si de las partes del día se tratase, sorpresa total en cada movimiento de una riqueza tímbrica y texturas totalmente actuales como si detrás hubiese la reflexión de toda una larga vida intensa, con una orquesta completa bien llevada por Conti, auténticos intérpretes de una obra madura: I. Bosque, primeras luces como un despertar al mundo sinfónico desde hace tres años y alumno de Fernando Agüeria, II. Desierto en plenitud donde la exploración toma cuerpo, desarrollos temáticos en las distintas secciones con una escritura actual y legible, hasta el III. Glaciar en su ocaso, intensidades anímicas y sonoras que lograron realmente congelar los ruidos de la sala en una explosión magistral para un violinista y compositor ¡de 15 años!.

Reminiscencias de oyente para una obra nueva, casi recién nacida, con Alma Deutscher y su aún inconcluso Concierto nº 1 en sol menor para violín y orquesta que se estrenaba en una velada para recordar. Alma nos alucinó con su presencia, porte y el pequeño violín sonando enorme con la luminosidad de compositora e intérprete indisolublemente unidas en este concierto, sin olvidar el virtuosismo nunca gratuito para su propia música. Primera audición de dos movimientos perfectos en escritura, orden, orquestación, melodías… El II. Romanza. Andante cantabile estaba pellizcándome por la musicalidad clásica y el sonido claro, con planos sonoros siempre en su sitio, música que sonaba natural y cercana a Mozart o incluso Mendelssohn, pero el III. Allegro vivace e scherzando resultó pletórico de alegría, contagiada por unas melodías «bromistas» (los toques de trompeta así resultan) iluminadas por la sonrisa permanente e indicativa de un juego feliz compartido y envidiado de esa eterna infancia, con un dominio del violín apabullante e impactante. Formalmente obra sin peros, de estructura clásica donde no faltó la cadenza del último movimiento digna de los grandes de siempre sin olvidar que esta Alma ¡tiene 9 años! y se estrenaba como solista con orquesta.

De la Danza de las sirenas de El Solent, un ballet compuesto con 8 años casi no me quedan ni palabras, para la propia compositora son cuentos musicales, para este aficionado unas danzas de un clasicismo nunca rancio, obra redonda, romántica e inmortal. La Oviedo Filarmonía y Conti hicieron posible otro milagro casi de extraterrestres

Regalos impagables para un cumpleaños entre niños educados además de poseer un don del que disfrutamos y compartimos. Todos salieron a saludar incluyendo a Helen, la pequeña de la familia Deutscher que quiere ser ¡directora de orquesta!, regalos para ellos con un pedazo de bolsa repleta de chucherías para la más pequeña.

El regalo de La abeja (Schubert) con Laura y Alma ya fue otra historia para seguir boquiabiertos. No son niños prodigios sino prodigios de niños o directamente «niños prodigiosos» que decía el maestro en entrevista para LNE que dejó arriba, niños para los que la música es tan natural en su vida que la hacen natural y eterna para todos.

GRACIAS y enhorabuena a las familias de estos prodigios: Clara y Alberto Ordás, Janie y Guy con la pequeña Helen Deutscher, y finalmente Yolanda Pello y Mariano Mota.

El museo como sala de concierto

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Sábado 15 de noviembre, 20:00 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, Concierto de Cámara: Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Sergei Bezrodny (piano). Obras de Tartini, Tchaikovsky, Sarasate, Beethoven, Mozart y Brahms. Entrada: 10€.

Los museos también tienen vida musical, se promocionan además de ofrecer unos espacios realmente únicos y apuestan por conciertos cercanos, de cámara, con figuras en ciernes o ya consagradas. El gijonés Museo Evaristo Valle tiene como seña de identidad un salón que alberga un excelentemente restaurado y bien conservado piano Steinway donado a la Fundación, que siempre es un placer escucharlo en esa ubicación de acústica impecable, más en las manos de un virtuoso como Bezrodny, esta vez a dúo con el joven violinista Ignacio Rodríguez que nos ofrecieron un recital íntimo, emocionante, cargado de dificultades para obras que sonaron preciosistas desde un perfecto entendimiento entre ambos músicos, la veteranía y poso del ruso con la juventud e ímpetu del asturiano, una promesa que se va haciendo realidad.

Las obras elegidas no siguieron un orden cronológico aunque sí cercano y de estilos variados. De G. Tartini escuchamos su Sonata «Didona Abandonata» en sol menor en tres movimientos, bien diferenciados, piano en segundo plano cual clave barroco con tiempos cantábiles en diferentes velocidades, Tempo moderato cual presentación sonora, Allegro con fuoco para regocijo del violín al más puro estilo veneciano, y el Largo / Allegro comodo solamente en la indicación, puesto que la dualidad exige crear ambientes contrapuestos desde una técnica virtuosa que no debe ocultar la musicalidad, algo que Ignacio y Sergei entendieron desde el primer momento.

Melancolía y amor adolescente son sinónimos hechos música por Tchaikovsky en su Serenade Melancholique, op. 26 en si menor, repertorio básico para un dúo con dos visiones de la vida y una musical, orquesta reducida a pianista maduro que arropa al violinista enamorado, música desde las entrañas con arranques de pasión bien contenida, románticamente rusas en sonoridades primaverales con madurez interpretativa. Me maravilla comprobar el crecimiento global de mi querido Don Ignacio, capaz de conmover con esta partitura enorme.

Todo virtuoso debe incluir a Sarasate en su currículo,  para el piano (una maravilla ver las partituras del virtuoso ruso) y lógicamente para el violín, repertorio global de diabluras con técnica no siempre al servicio de la música, donde el piano acompaña los dificilísimos pasajes del solista. En el Capricho Vasco, op. 24 el dúo astur-ruso solventó con profesionalidad y musicalidad una página cantábrica más que vasca, a pesar del zortzico inicial, por cercanas melodías. Poso en el violín y solera al piano, cercanía en la amplia gama de grises con el brillo de la madera, impregnada por los albores de la figura moldeada con el cincel del trabajo diario. Nueva confirmación del momento dulce que atraviesa Ignacio Rodríguez, conocedor de la dificultad de una partitura que necesita el fuego artificial sin demasiada interiorización pero que con Sergei Bezrodni alcanza otro sentido.

El breve descanso sirvió para cargar pilas ante un triunvirato de genios exigentes para exprimirlos al máximo. Mi memoria musical está unida a la Sonata nº 1, op. 12 nº 1 en re mayor de Beethoven, por lo que fui acompañando mentalmente cada compás y movimiento, disfrutando con el permanente diálogo de los dos intérpretes, seriedad y cascadas sonoras en el Allegro con brio, permutaciones emotivas en cada variación del Andante con moto, y derroche de sentimientos en el Rondo: Allegro, conversación musical en estado puro, mismo idioma con distintos acentos, los del piano y violín en perfecto entendimiento. Siempre un placer disfrutar del genio de Bonn, más en la música de cámara con sus sonatas para violín y piano, abecé de estudiantes pero también parvulario de melómano que se precie. Comprobar la evolución del violinista asturiano es un orgullo personal, verle ganar en sonido amplio, profundo, redondo, de dinámicas abrumadoras con un arco poderoso y una seguridad pasmosa, con una musicalidad genética, es síntoma de madurez y mucho trabajo.

El segundo movimiento del Concierto nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) es un mundo anterior al del sordo pero fuente inagotable de musicalidad, con un piano «de orquesta» para un discurso violinístico plenamente salzburgués, ingenuo pero inconscientemente maduro, perfecto para este dúo con una cadenza bien tocada, con gusto y seguridad.

Rematar con el Scherzo en do menor para piano y violín de Brahms son palabras mayores tras todo lo escuchado anteriormente. El dúo debe ser y sonar uno, la inmensidad del hamburgués se respira en cada compás, energía y tormento mezclado con remansos perecederos donde la música sale a borbotones. Increíble interpretación de ambos músicos, entrega, pasión, energía, potencia, lirismo, incontinencia rítmica, contrastes dinámicos, auténtica montaña rusa de emociones para una obra grande y exigente en todos los aspectos, excelente colofón de un nuevo concierto en este museo tan musical como el gijonés.

Alina Brown, sobrina-nieta de Evaristo Valle, y coordinadora del museo, felicitando al dúo

Mi sincera felicitación a la Fundación gijonesa con su director Guillermo Basagoiti a la cabeza, que sigue apostando por la música en su bellísimo Museo, y enhorabuena enorme a Don Ignacio y sus padres Chonchi y Maque, pues tantos sacrificios tienen recompensas como la de este «concierto de museo». Su carrera ya en ciernes está bien encauzada, tener un pianista como el ruso supone garantía de éxito (merecido siempre), esperando verle en las siguientes etapas, reconfortante para quienes le seguimos y admiramos desde los inicios. No quiero plagiar a nadie pero la conocida frase «Me llena de orgullo y satisfación» en este caso la compartimos muchos.

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