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Un Requiem iracundo

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 18b). Conciertos sinfónicos.

Domingo 6 de julio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Orchestra e Coro dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia, Daniel Harding (director), Andrea Secchi (director del coro), Federica Lombardi (soprano), Teresa Romano (mezzo), Francesco Demuro (tenor), Giorgi Manoshvili (bajo). Verdi: Messa da Requiem. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Segundo concierto de los debutantes en el Festival de Granada nada menos que con esa obra que bien describe Arturo Reverter en las notas al programa: que titula Planto por la humanidad: entendido ese «planto» como composición elegíaca:

Cuatro gestos expresivos recorren de arriba a abajo la Misa de difuntos de Verdi tal y como resumía Jürgen Dohm: «horror, temor, contrición y súplica». Cuatro sentimientos muy propios de la música religiosa cristiana y que Verdi reúne en esta obra tan netamente italiana, tan operística, carácter que se combina perfectamente con la emoción cordial que nace de la sinceridad de la expresión. El canto que lloraba el tránsito de Alessandro Manzoni se convertía, por obra y gracia de la pluma de Verdi, en un planto por la humanidad entera.

La anterior noche francesa me dejaba buenas expectativas por la orquesta y coro romano, alguna duda con el titular británico e interrogantes con los cuatro solistas. La web nos lo presentaba como Requiem por un poeta:

En este segundo concierto de la Orquesta y Coro de la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma con la batuta de Harding se sumará un conjunto de notables solistas para afrontar una de las mayores obras del repertorio sacro de todo el siglo XIX, el Réquiem de Verdi. El compositor escribió su misa de difuntos en homenaje a Alessandro Manzoni, muerto en mayo de 1873. La obra se estrenó justo en el primer aniversario del óbito del poeta. Se trata de una pieza monumental, que fusiona la intensidad operística con la solemnidad litúrgica en su exploración de emociones humanas profundas: miedo, esperanza, redención. Su orquestación dramática y sus poderosos números corales lo han convertido en un emblema del repertorio sacro de todos los tiempos.

El Introito se iniciaba con pianísimo del tutti verdaderamente magistral que apuntaba maneras, pero en general hubo de todo, comenzando por un Harding más interesado en llevar casi todo con la mano izquierda que en manejar una batuta a menudo escondida. La amplitud de sus gestos no correspondía a las dinámicas reales (tan solo se «acercaba» para las partes sinfónico-corales), sobre todo cuando este Verdi maduro indica al detalle todos y cada uno de los matices, por lo que al director inglés no se le notó entregado al de Le Roncole, y con números desiguales en los tempi, especialmente en un Sanctus que casi nos duerme por su lentitud. Muy atento a los fraseos con la «siniestra» y mejor en las partes a capella del coro pero no siempre mimando al cuarteto solista, aunque la música del italiano está tan bien escrita que si hay buenas voces todo se escucha con el balance «natural» donde apreciar todo lo reflejado en la partitura. Al director de este Requiem se le exige, como bien apunta Arturo Reverter, «una batuta ágil, desentrañadora y clara, dotada de una necesaria veta lírica» donde el maestro de Oxford personalmente no llegó.

De la orquesta repetir lo dicho en la noche del sábado: buena cuerda empastada y compacta, aunque algo corta en los contrabajos, limpia y muy matizada; madera segura con flautas, oboes y especialmente los fagots, de sonido presente y melódico; metales algo destemplados y con un protagonismo no siempre indicado (aunque estuvo bien el guiño de colocar enfrentados dos pares de trompetas en el anfiteatro), y por último una percusión no todo lo precisa que debiera, con mucha «ira» en el bombo que pocas veces entró a tempo.

Lo mejor de la noche el enorme coro de 80 veces situado en las gradas traseras del escenario, manteniendo presencia, afinación, empaque y buen gusto, de volúmenes extremos muy cuidados (no tanto en el doble coro del Sacntus) si bien apuraban al levantarse sin estar bien asentados para una correcta emisión. Con todo sus pppp son merecedores de mis elogios, y los ffff me siguen impactando con los Dies Irae retumbando en el Palacio de Carlos V.

Dejo para el final al cuarteto solista, en el centro entre el coro y la orquesta, exigente para poder emerger o no verse tapado en los tutti. De más a menos aquí dejo mis apreciaciones:

Por fin escuché a un bajo verdadero y cantante (no un barítono entrado en años) como Giorgi Manoshvili, de timbre ideal para esta música de un agnóstico Verdi: intensidad en los momentos necesarios junto al coro (Tuba mirum) , expresividad en su medida (Confutatis) y un buen empaste con sus compañeros (Lux aeeterna). De lo que se le pide, Don Arturo indica que debe tener «La rotundidad del acento, la homogeneidad del color, la oscuridad del timbre y la vibración dramática de la expresión han de acompañar al bajo, un bajo-cantante», y el georgiano lo cumplió al pie de la letra.

Federica Lombardi, una joven soprano de color vocal bello, homogéneo en toda su tesitura, con buen fiato, voz bien proyectada y afinación perfecta -incluso en el do sobreagudo- mantuvo el tipo, resultó musicalmente expresiva y de volumen suficiente (Liber scriptus o Libera me), con un recitativo dramático y adecuado en el grave, verdadera y sentida plegaria, además de generosa al compartir protagonismo (Recordare) tanto con la mezzo, el trío (Quid sum miser) y los cuartetos (Lux aeterna) donde su empaste y fraseo resultaron muy adecuados.

Francesco Demuro fue como diríamos en Asturias un «tenorín» de timbre bello al que se le notó forzado para un esperado Ingemisco que necesitaría otro color vocal y la necesaria mezcla de bravura y refinamiento. En los conjuntos quedaría algo opacado pese a intensificar el volumen para no verse sepultado ante la masa sonora que le rodeaba, y supongo que los años hacen mella en una cuerda donde la juventud pide paso.

Finalmente la mezzo Teresa Romano mostró tantos colores en cada registro, poca musicalidad además de una vocalización no siempre clara, que no me convenció. Su papel en este Requiem es muy exigente porque debe poseer un centro y grave consistente (lo tiene), ascender frecuentemente a las zonas agudas casi como una soprano (llega y se nota su etapa anterior) pero debe cantarse en su contexto y no cual Amneris o Azucena. Los calificativos que publica su curriculum (privilegiado color tímbrico, notas bajas ricas en armónicos, asciende a notas altas radiantes y sin fracturas, voz amplia y oscura o de temperamento abrumador) no las disfrutamos todas en esta noche dominical aunque le reconozca su esfuerzo.

Al menos hubo buen empaste entre los cuatro, mejor en los ppp que en unos fff por momentos más gritados que cantados y haciendo olvidar que es un Requiem y no una ópera aunque Verdi tenga un estilo único.

Sentimientos encontrados en este anhelado Requiem en Palacio con estos «romanos» y su titular más un cuarteto vocal desigual, al que como profesor le pondría una nota final de NOTABLE pese a esperar mucho más.

PROGRAMA:

Giuseppe Verdi (1813-1901):

Messa da Requiem (1874, rev. 1875)

I. Introitus – Kyrie

II. Sequence

Dies irae

Tuba mirum

Mors stupebit

Liber scriptus

Quid sum miser

Rex tremendae

Recordare

Ingemisco

Confutatis

Lacrimosa

III. Offertorium

Domine Iesu Christe

Hostias

IV. Sanctus

V. Agnus Dei

VI. Communio

Lux aeterna

VII. Libera me

Libera me

Dies irae

Requiem aeternam

Libera me

El comandante Harding

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 17b). Conciertos sinfónicos.

Sábado 5 de julio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Orchestra e Coro dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia, Daniel Harding (director), Andrea Secchi (director del coro). Obras de Debussy y Ravel. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Un programa francés con una orquesta italiana y un director inglés en mi decimoséptima noche granadina que la web del Festival presentaba así:

Un debut a la francesa
Ni esta gran orquesta romana ni este prestigioso director británico habían actuado hasta ahora en el Festival. Y en su debut se rinden a la música de Ravel, uno de los compositores homenajeados este año. En la primera de sus dos comparecencias, el conjunto ofrecerá por primera vez en el Festival la partitura completa, con coro, de la sinfonía coreográfica Daphnis et Chloé del maestro vasco-francés. La obra fue encargo de Serguéi Diáguilev para las temporadas parisinas de sus Ballets rusos, y en París se estrenó en la primavera de 1912 con coreografía de Michel Fokine. La obra, concebida en un acto con tres tableaux, sirve a Ravel para hacer un despliegue deslumbrante de suntuosidad tímbrica. En la primera parte del concierto, ese brillo orquestal se habrá matizado con El mar, una de las obras más célebres del Debussy más impresionista, pura luz y atmósfera pictóricas traspasadas a una orquesta.

Los melómanos sabemos que Daniel Harding además de director de orquesta es piloto de avión, por lo que utilizaré como «excusa» paralelismos aeronáuticos para mis comentarios, casi siempre noctámbulos.

Las notas al programa de mi admirado musicógrafo Luis Suñén analizan las dos obras escuchadas titulándolas Una revolución y sus dos protagonistas que iré intercalando con mis comentarios, tomando a la Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia como un Jumbo de compañía italiana pilotado por el comandante Daniel Harding y dos rutas con despegue francés con destino Granada (engalanado para el el 150 aniversario del nacimiento del vasco-francés Maurice Ravel).

Claude Debussy es, sin duda, uno de los mayores revolucionarios de la historia de la música. Maurice Ravel es visto con frecuencia como el resultado natural de esa revolución. El primero se mantiene incólume en su trono indiscutido. El segundo va, poco a poco, inexorablemente, escalando hasta esa misma cima.

El mar, compuesta en 1905, es una de las obras maestras de Claude Debussy, en cierta manera el epítome de ese concepto de «impresionismo» que demasiado a menudo nos hace olvidar que estamos hablando de música, desde la inspiración al estilo a través de la técnica sin la cual nada es posible. Desde el amanecer hasta el mediodía en el mar nos sitúa en medio de un mar calmo y ondulante, que nos inquieta, pero no nos amenaza, sin llevarnos de la mano frente a un paisaje forzado. Juego de olas hace un papel de obstinado intermedio en el que se sostiene siempre una línea generadora que otorga a la partitura una especie de dinámica interior, aparentemente constante, que desembocará en ese Diálogo del viento y del mar donde tal continuidad se desborda en la voz de una naturaleza controlada por el arte, ante la que el creador no se apabulla sino se entrega, por decirlo así, activamente. Se ha hablado de Monet, pero también de Turner o del pintor japonés Hokusai a la hora de ponerle pretextos a esta música que vive por sí sola, que se iguala con aquellos en cuanto a grandeza pero que no los necesita para sobrevivir.

Primer vuelo donde este Jumbo sinfónico surcó el cielo del Cantábrico bordeando el Canal de La Mancha en una bella gama de azules, con el comandante llegando a la velocidad de crucero una vez alcanzada la altura requerida. La aeronave italiana respondió sin problemas al rumbo programado, en calma sobrevolando unas olas espumosas pero nada peligrosas, casi planeando cual vuelo sin motor con la sensación de flotar tan debussyana, pictóricamente con la sensación de mezclar los colores en el lienzo y no en la paleta por la riqueza tímbrica alcanzada. Una gran orquesta romana que está rejuveneciendo y mostró en este primer trayecto una excelente cuerda colocada a la vienesa, aunque los contrabajos detrás de las arpas y primeros violines, unos metales nunca estridentes, una percusión variada sin excesos dinámicos cuidando bien sus entradas, y especialmente una madera soberbia, respondiendo a un Harding que sin necesidad de acrobacias aterrizó tras 23 minutos de vuelo confortable.

Respostaje para el segundo trayecto con un vuelo preparado como transoceánico por la  distancia y dimensiones del Jumbo italiano al que se sumó el contingente coral situado en la parte trasera, ganando en potencia para un trayecto más largo (casi una hora) donde el comandante Harding navegó más seguro, sacándole todo el partido a la aeronave y disfrutando del variado paisaje de la noche a la mañana sin «Jet lag» en un viaje donde hubo de todo: turbulencias, distintas velocidades y alturas, cambios de temperatura, rumbos alternos, diversión a bordo, un excelente catering y un muy aplaudido aterrizaje.

Encargada por Diaghilev para sus Ballets Russes, Daphnis et Chloé fue estrenada en el Théâtre du Châtelet de París, el 8 de junio de 1912. La música completa del ballet –de la que Ravel extrajo dos suites en tres partes– resulta ser una obra muy rigurosa en cuanto a sus patrones formales, una «gran sinfonía coreográfica, un vasto fresco musical menos escrupuloso arqueológicamente que fiel a la Grecia imaginada por los artistas franceses de finales del siglo XVIII», tal y como el mismo Ravel se refiriera a ella al inicio de su composición.

Es importante tener en cuenta ese sentido sinfónico de la obra que le dio su autor por mucho que se tratara de un ballet, y más si, como sucede, vamos a vivirlo fuera de la escena, es decir, con solas referencias musicales por mucho que conozcamos la historia de Longo: un bosque sagrado, una gruta, las estatuas de las tres ninfas, la voz de la naturaleza en el tema de las trompas que el coro –siempre sin palabras– repite como un eco. Escucharemos esa melodía de la flauta que nos arrebata en Lever du jour (Amanecer) y que aquí es también célula temática. Seguirá la victoria de Daphnis sobre el grotesco pastor Dorco por el amor de Chloé, la aparición de los piratas, la descripción del campo de estos antes de la Danza guerrera, un fabuloso crescendo que anticipa el paroxismo de la conclusión. La vuelta de las ninfas a la vida, el mar, el conocidísimo Amanecer –uno de esos momentos inmarcesibles de la historia de la música– que la orquesta desarrollará hasta que el día vaya apareciendo y estalle en plenitud. Tras este llega la Pantomima, el episodio más largo de la obra: los dos amantes reproducen la historia de Pan y Syrinx en un momento, otra vez, de extraordinario lucimiento para la flauta. A destacar también esa suerte de coral que encaja perfectamente en la atmósfera de voluptuosidad del conjunto. La Danza general es un desenlace en el que lo dionisíaco toma posesión de la escena y del ánimo de quien escucha.

Musicalmente este «Ravel a la italiana» con acento británico resultó más convincente, con la fabulosa paleta orquestal del «homenajeado» al que la histórica formación romana entendió y respondió compacta, sutil, plegada a un Harding claro en el gesto, dominador de la agógica y los balances, con el protagonismo de cada solista de verdadera calidad, tanto el concertino o el viola pero especialmente una joven flautista que además del virtuosismo en los difíciles pasajes encomendados, lució una musicalidad digna de ser coreografiada, sumándole un empaste y compenetración con sus compañeros de toda la madera. Bien los metales y punto aparte el coro que dirige Andrea Secchi), una sección más donde las voces desempeñan, sin texto, la misma importancia que la propia orquesta. Afinación, matices extremos que el director explotó al máximo, y la riqueza tímbrica del gran orquestador que fue Don Mauricio. Tras lo escuchado esta decimoséptima noche granadina, la de mañana a la misma hora promete otro vuelo feliz y estar «como en misa» operística dependiendo de los «concelebrantes», pues las impresiones francesas fueron buenas pero las puramente italianas deberán subir el listón.

PROGRAMA

I

Claude Debussy (1862-1918):

La mer, trois esquisses symphoniques pour orchestre (1903-05)

I. De l’aube à midi sur la mer

II. Jeux de vagues

III. Dialogue du vent et de la mer

II

Maurice Ravel (1875-1937):

Daphnis et Chloé (sinfonía coreográfica para orquesta y coro. 1909-12)

-Primera parte

Introduction et danse religieuse

Danse générale

Danse grotesque de Dorcon

Danse légère et gracieuse de Daphnis

Danse de Lycéion

Nocturne. Danse lente et Mysérieuse des Nymphes

-Segunda parte

Introduction

Danse guerrière

Danse suppliante de Chloé

-Tercera parte

Lever du jour

Pantomime (Les amours de Pan et Syrinx)

Danse générale (Bacchanale)

En el 150 aniversario del nacimiento de Maurice Ravel

Esencias de mujer

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Sábado 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Maria João Pires (piano), Orchestre de París, Daniel Harding (director). Obras de Beethoven y Brahms.

Maria João Pires dice adiós a los escenarios y comenzó su despedida en Oviedo, nuevamente «La Viena del Norte», con la mejor clausura posible de estas jornadas de piano que llevan el nombre de Luis G. Iberni, seguro que feliz y orgulloso allá donde esté.
Lleno para seguir haciendo historia en esta nueva visita a la capital del Principado (tercera de las cinco programadas) en compañía de la Orquesta de París con otro que repetía en el Auditorio, el excelente director británico Daniel Harding tras hacerlo en 2012 con la Mahler Chamber Orchestra (en otro programa donde Beethoven y Brahms también fueron protagonistas) y 2014 al frente de la Filarmonica della Scala cerrando aquella temporada. La tercera visita por tanto de dos grandes que se van, «la Pires» de los conciertos y Harding de la dirección (rumores sin confirmar) en un concierto memorable, emocionante, magistral al conjugarse todos los elementos para hacerlo grande y siempre irrepetible.

El Concierto para piano y orquesta nº 3 en do menor, op. 37 de Beethoven supongo consensuado con la portuguesa (estaba previsto el Emperador) puesto que orquesta y director ya lo han interpretado recientemente mientras La Pires lo tiene hace tiempo «en dedos», necesario y habitual para una mozartiana como ella este tercero que resulta ideal por el tránsito entre dos estilos (clásico y romántico) que domina como pocos intérpretes.

El inglés Harding siempre claro en gesto e ideas controlando una orquesta perfecta para concertar con la lusa Pires, frágil y menuda de apariencia pero mandando sin esfuerzo, tal es el grado de magisterio sentada al piano. Un recorrido vital en los tres movimientos, el Allegro con brio literal, primero las amplias credenciales orquestales, casi sinfónicas, a continuación el piano marcando ideas, fusionando todo en un fluir natural con una concertación cuidada de equilibrio, planos y dinámicas al servicio de la solista siempre presente, clara en la exposición, arpegios verdaderas perlas, cromatismos impecables, trinos de ensueño, fuerza arrebatadora y delicadeza angelical, el espíritu de Beethoven imbuyendo esta joya de partitura. El Largo íntimo, meditativo, noctámbulo, solitario antes de la orquesta refinada sumando emociones y recuerdo al mejor Mozart, los silencios luminosos, delicadeza instrumental incluso en las trompas, con poso en el grave y diálogos de sabios, siempre el piano sobrevolando diáfano… y finalmente el Rondó: Allegro, aires de danza, alegría frente al dramatismo, luz venciendo sombras, el foco sobre Pires abriéndose pletórica con una orquestación diáfana, encajando los ritardando, «cayendo» siempre a tiempo, la perfección con un Harding respetuoso y nunca sumiso a la leyenda portuguesa.

Un Beethoven para el recuerdo y no podía haber otro para el regalo, cercano al Largo anterior el Adagio Cantabile, segundo movimiento de la Sonata nº 8, op. 13 «Patética», elección de la calma tras la tempestad, volver a la luz tenue y madura cual reflexión pianística de compositor e intérprete, propina nada habitual como tampoco lo es ella, Maria João Pires, una grande que tiene su sitio en el olimpo de las 88 teclas y pudimos volver a disfrutarla en su plenitud. Larga vida y felicidad en esta nueva etapa que emprende y gracias por tanto como nos ha dado.

La Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90 de Brahms desplegaba toda la plantilla de los parisinos, un ejército sonoro por efectivos que el mariscal Harding, titular desde hace dos años y parece que con tensiones porque en todas las familias suele haber discrepancias, llevaría con mano firme los cuatro movimientos, bien contrastados, flexibilidad romántica reteniendo los tiempos para así disfrutar de la sonoridad orquestal en todas sus secciones, perfectas todas ellas (un espectáculo por momentos observar al clarinete principal «pugnando con sus vecinos»), sinfonía que jugó entre la claridad de los temas y el ímpetu en los desarrollos, sobre todo en los movimientos extremos frente a la sensualidad y delicadeza del conocido Poco allegretto que mis amistades recuerdan en sus versiones para el cine y hasta en «recreaciones pop» como la de Los Sonor. La Orquesta de París y Harding nos dejaron una tercera muy especial que me recordó, salvando las distancias, la de Bernstein con los vieneses.

Y el regalo orquestal, muy del gusto de Lenny y con reminiscencias del pianístico adagio, el bellísimo «Nimrod«, noveno número de las Variaciones Enigma (Elgar), calmado, casi con igual inspiración que el «patético» y hermoso de Beethoven, delicadeza en una cuerda poderosa emergiendo desde lo más hondo y el viento casi susurrando dentro de una orquesta «in crescendo» entregada a Harding con melodías que emocionan en un sábado cargado de recuerdos, «Libre pero feliz«.

Harding Scala al Nuevo Mundo

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Sábado 31 de mayo, 20:00 horas. Concierto extraordinario Fin de temporada, XV Años del Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo. Filarmonica della Scala, Daniel Harding (director). Obras de Rossini, Puccini, Mascagni, Leoncavallo, Verdi y Dvorak.

Con equívocos informativos varios como prensa y programación general anunciando Beethoven y Mahler con Essa Peka-Salonen en la dirección, la certeza estuvo en un excelente concierto para conmemorar quince años del «templo musical asturiano» y cerrar mes así como temporada del ciclo «Conciertos del Auditorio», nuevamente nuevo con figuras mundiales sobre el escenario, la orquesta del foso operístico milanés con el inglés Daniel Harding al frente In memoriam Claudio Abbado, curiosamente sin haber dirigido en vida ninguna de las óperas programadas como cuenta Carlos García de la Vega en las notas al programa, pero que seguramente las habría llevado en la línea escuchada este último sábado de mayo donde se alcanzo un deseado lleno en el auditorio carbayón. Harding ya dirigió en Oviedo hace cuatro años la Mahler Chamber Orchestra, fundada igualmente por Abbado, dejándome entonces un sabor agridulce, aunque esta vez pareció otro, puede que por las diferencias entre ambas formaciones y el repertorio elegido.

La orquesta filarmónica fundada con los músicos de la ópera de La Scala por Abbado en 1982 surge para «salir del foso» y abordar repertorios sinfónicos, aunque la crisis parece ir en dirección contraria y «reciclar» las sinfónicas para interpretar también óperas. Está claro que una gran orquesta funciona con cualquier repertorio, y más si al frente hay una batuta solvente, como sucedió con Harding (Oxford, 1975) veinte años desde su debut en Birmingham, y la Filarmonica della Scala.

La plantilla resultó ideal y su colocación vienesa perfecta para lograr un sonido de disco: contrabajos atrás a la izquierda, percusión al fondo y metales agrupados de centro a derecha incluyendo aquí las trompas, con solista ovetense (Jorge Monte de Fez) para quien no faltaron aplausos individuales. Impresionante la calidad alcanzada por esta orquesta donde hubo brillo, tensión, limpieza, presencia, gama dinámica amplísima, disciplina y todos los calificativos que queramos, plegados al gesto siempre exquisito de Harding, claro y preciso, marcándolo todo mientras dejaba a los músicos compartir ese disfrute musical, sobre todo en la primera parte que resultó como una promoción del producto deseado.

La música instrumental de las óperas habituales en la Scala milanesa ocupó la parte esperada por un público mayoritariamente lírico en este concierto, arrancando con el solo de cello inicial de la obertura de Guillermo Tell (Rossini) antes de alcanzar la parte más conocida, ciertamente algo fríos y todavía calentando, aunque los siguientes tres intermedios, pausados y tranquilos desde el podio, resultaron «in crescendo» de emociones y calidades: Puccini y el inicio del tercer acto de Manon Lescaut, segundo solo de cello, Cavalleria rusticana (Mascagni) descubriendo mismas raíces y dramatismo que en el de Lucca, culmen de intensidad emocional con Pagliacci (Leoncavallo), sonido convincente en cada sección y solistas convencidos, conocedores de un repertorio amoldado siempre a la dirección del momento, y Harding optó por la pulcritud confiando la sensibilidad a sus músicos. Para cerrar Verdi y la obertura de La forza del destino, obra habitual en conciertos precisamente por su carácter sinfónico de música pura pese a componerse como apertura de esta ópera de argumento español y que tantos directores de orquesta la han dejado grabada para disfrute de discófilos. Buen sabor de boca operístico para una formación que encima del escenario gana en sonoridades desde un trabajo con los altibajos habituales. Lástima que haya público con prisa para el aplauso sin esperar la bajada de brazos del director porque nos privaba al resto de seguir paladeando esos silencios sabrosos donde la música todavía está en el ambiente.

Foto Web

Totalmente distinta la segunda parte retomando el espíritu de Abbado para esta orquesta, el repertorio sinfónico con una de las cumbres del género, la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» (Dvorak) donde Daniel Harding disfrutó de una orquesta rendida a su excelencia en la dirección, logrando una interpretación perfecta, apolínea sin perder romanticismo alguno merced a una sonoridad precisa y preciosa: cuerda presente en todo momento independientemente del caudal sonoro de vientos, redondez en unos contrabajos ligeros en melodías y pesantes en pegada, solistas con timbre hermoso (especialmente las maderas con corno inglés, flauta y clarinete rivalizando en belleza), percusión acertada y metales en el punto justo donde el poderío nunca resultó arrebatador, optando el director británico por dinámicas extremas que exigen sacrificio en todos para no perder nunca el equilibrio. Cada movimiento contrastado resultó impecable, el Adagio – Allegro molto un micromundo de expresión e intensidades, el Largo de emotividad y belleza expositiva, el Molto vivace más allá de virtuosismos, que los hubo, sin perder ni una nota por el camino con un balance entre secciones perfecto, y ese final realmente fogoso, el Allegro con fuoco recordado por los de mi quinta y anteriores como sintonía del programa «Ustedes son formidables» con Alberto Oliveras al micrófono. Cuatro movimientos donde observar al maestro Harding resultó todo un espectáculo y una verdadera clase de dirección: elegante, claro, conocedor de la obra en todos los detalles que fue haciendo sonar en su punto exacto, siempre con la respuesta esperada de una orquesta que brilló más que con la primera parte operística.

Como si subscribiesen lo anteriormente apuntado, bisaron la obertura de Guillermo Tell, esta vez sin partitura (de eso hablaban maestro y viola solista) y sin el inicio de chelo, entrando en la archiconocida «carga». Se quitaron la espina inicial reafirmándose como una excelente orquesta sinfónica con un Harding ya en primera línea del escalafón directorial. Buen cierre esperando ver y disfrutar por lo menos otros quince aniversarios más.