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Ensayo de gloria

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Miércoles 21 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias, ensayo general: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre (con invitación)
Ensayo general para el «concierto de los premios» del jueves a las 19:30 horas al que asisten los actuales reyes (parece que la reina asturiana llegará más tarde, pues estará con Coppola en Gijón) desde que eran príncipes, y ahora la Fundación renombrada «Princesa de Asturias» donde su coro muestra lo mejor de su repertorio sinfónico coral, esta vez debutando la OFil con su titular y una preciosidad de claro sabor operístico como la Misa de Gloria (titulada originalmente «Misa para solistas, cuatro voces y orquesta», 1880) del compositor de Lucca.
De solistas el afamado tenor mexicano Ramón Vargas, que no dio la talla aunque los generales siempre son para encajar más que interpretar, y el barítono asturiano David Menéndez en un momento vocal único y con una trayectoria bien trabajada y asentada en el panorama lírico.

Cinco números con el sello de Puccini para una obra juvenil de apenas una hora de duración donde las voces se mueven en registros medios y graves que dificultan presencias con una nutrida y poderosa orquestación más unos agudos nunca excesivos y bien situados, música al servicio del texto del ordinario de la misa católica.
El maestro Conti optó en este ensayo por dinámicas variadas en todos los intérpretes y agógica casi extrema, tendiendo a unos rubati excesivos que hacían perder pulsación, acelerando en fuertes para frenar los pianos, incluso ritardandi también algo largos, aunque el coro siempre respondió atento al italiano.
El Kyrie arrancó con una cuerda sedosa de graves marcados antes de la entrada del coro casi celestial, con sopranos contenidas en pos de la melodía serena que va contestándose por tenores, bajos y contraltos más el subrayado orquestal antes del «Christe» poderoso en su modulación, casi de requiem dado el carácter marcado por trombones y tuba antes del nuevo «ascenso al cielo», revoloteos pletóricos de esa ondulante melodía.
Contraste total para un Gloria indicado como Allegro ma non troppo despojado del calificativo al buscar un aire casi infantil y demasiado fresco que impidió paladear el texto latino, aunque la orquesta pareció disfutar con este ímpetu casi marcial cual homenaje verdiano de tinte egipcio, deteniendo el vuelo en el «Et in terra», litúrgico en concepción e interpretación, orquestación con reminiscencia de órgano y polifonía clásica de motete elevado a un lenguaje claramente operístico, por lo que esta misa fue tachada de caracter teatral cuando dramatizar consista precisamente en esto, apareciendo el primer solo de tenor «Gratias» cual aria con si bemol incluido y flauta límpida, al que faltó algo de sentimiento y sonido más pulido, menos abierto (puede que por lo comentado de un general), algo que la cuerda sí tuvo presente remarcando los silencios del solista con aromas «bohemios» antes de volver a la gloria coral con un «Qui tollis» para deleite de las voces masculinas contestadas por unas blancas cantando con verdadero mimo y tensión compartida, nuevamente verdiano y marcial de metales presentes manteniendo volúmenes desde el podio, más un «Cum Sancto» impecable, con tensiones bien resueltas para saborear ese fugado final con una orquesta sincopada.
Verdadero acto de fe el Credo aparentemente sencillo pero con recovecos de todos, coro, orquesta y solistas, inicio fortísimo pero de registro grave en el coro, impecable en dinámicas que mantuvo el tipo en todo momento, llegando el solo de tenor sin amoldarse al «Et incarnatus» (el concierto espero sea otra cosa), más buscando encajarlo que sentirlo, agudos tensos y buscando el entendimiento, todo lo contrario del «Crucifixus» del asturiano que resolvió con seguridad y potencia, grave contundente más agudos sostenidos incluso en los pianos, verdadera demostración de buen gusto y musicalidad hasta el los momentos «soto voce» que la orquesta redondeó desde la cuerda, rubricando un excelente número.
El Sanctus et Benedictus devolvió la dulzura sinfónico-coral, escritura con lenguaje propio llena de momentos plenamente luminosos junto a los destellos de oscuridad expresiva, orquesta subyugante en busca de paleta propia, barítono arropado y compartiendo colorido, «Hossana!» que se apaga antes del cierre con el Agnus Dei que nos dejó un dúo solista desequilibrado del lado «visitante» y compensado por los «locales», barítono y coro seguros (manteniendo su «Miserere» afinado) bien apoyados por la orquesta de un Conti enamorado de esta partitura rescatada en 1952 que hacía años no escuchaba en Oviedo.
Ensayo fructífero para todos aunque el concierto siempre es distinto… Mi ubicación será otra pero promete emoción y pasajes para disfrutar.

Sábado coral en casa

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Sábado 17 de octubre, 20:15 horas. FECORA «Ciclos Corales del Principado», Convento Padres Pasionistas, Mieres. Orfeón de Mieres, director: Luis Alberto Suárez Herrera.
La Federación de Coros de Asturias llena el otoño con sus formaciones en toda la geografía promocionando una de nuestras señas de identidad como es el cantar en grupo, esta vez el Orfeón de Mieres que lo hacía en casa pese a la variada oferta de los fines de semana, congregando poco público pero fiel a coro más veterano del Principado y de los más antiguos de España.
Programa muy variado y del gusto del respetable alternando estilos que todo coro tiene en su repertorio, hoy dirigidos por el jefe de cuerda Luis Alberto Suárez que hizo notar su impronta y carácter, respondiendo perfectamente su coro con 16 voces graves y 18 blancas, bien equilibradas en dinámicas y presencia.

Arrancaron con el siempre emocionado Señor, me cansa la vida del recién fallecido compositor extremeño Juan Alfonso García (como bien recordó en la presentación el presidente Eustaquio Álvarez Hevia) a quien recordaron en esta bella partitura con letra de Antonio Machado dedicada, como otros muchos poemas, a Miguel de Unamuno -a quien le envió  en 1913 este hoy musicado-. Aprovechando la sonoridad de la iglesia del arquitecto Luis Cuesta, el coro sonó muy empastado resultando una interpretación muy emotiva «in memoriam» del músico organista durante 40 años de la Catedral de Granada.

No pueden faltar las habaneras y La golondrina (José Pagán) es una de las habituales, llevada con ritmo nada forzado y más cercano al balanceo que a las galernas como a menudo sucede, igualmente bien balanceado en las distintas interpretaciones de las cuatro voces.
También optó el director por un tiempo lento para Ay! un galán (Javier Armenter) mimando los finales aunque hubiese algún percance pero nunca con «pisotones» para esta danza prima armonizada con mucho sentido y grado de dificultad medio superado por el tiempo que lleva en el repertorio de nuestro coro local.

De los primeros temas grabados por el Orfeón es este maravilloso Capricho del jesuita gijonés José Ignacio Prieto, reteniendo el tiempo «original» y buscando sonoridades del propio texto para disfrutar del contrapunto y las disonancias.
Habanera casi seña de identidad del titular Joaquín Sandúa (hoy en cometidos ornitológicos como juez de canaricultura) es La niña de Marianao (Fernando Moraleda Bellver) que el Orfeón no se limitó a cantar sino a seguir las indicaciones de Suárez Herrera como coro disciplinado y muy trabajado.
También juega con disonancias no siempre logradas a la perfección Ilusión de amor (Santos Montiel, armonizado por Ginés Abellán) y personalmente nunca me gustó el arreglo y armonización de Antonio Barés sobre el bolero Mi viejo San Juan (Noel Estrada, donde los pentagramas deberían ser más indicativos que rigurosos al tratarse de una transcripción demasiado académica que no debe resultar parecida a una habanera, pero el Orfeón de Mieres la tiene desde hace años y así la cantan convencidos y obedientes, como debe ser, gustos propios al margen.

De las muchas composiciones del músico y militar asturiano Antolín de la Fuente (1921-1997) puede que Mocina dame un besín se lleve el número uno en popularidad. En distintas versiones que no olvidan las voces iguales con solos incluidos, la de Luis Alberto volvió a tender al tiempo tranquilo y un ritmo casi de «sardana» tomándonoslo como el beso pequeño de agradecimiento a los presentes.
Y para finalizar con alegría la canción gallega Velai vai  del compositor y director vigués Francisco Antonio Rey Rivero (1919- 2012) calentando motores para los próximos compromisos del Orfeón que volverá a Mieres el 21 de noviembre para celebrar Santa Cecilia en la Casa de Cultura de Mieres con la Coral Benaventana, devolviendo la visita de la semana anterior a la villa zamorana.
Me alegra comprobar que el Orfeón de Mieres, cuyos enlaces a los temas citados, todos suyos, están en su Canal de YouTube, sigue en forma pese al poco relevo generacional, pero de esto mejor hablaremos en otro momento. Nos quedamos con el buen gusto que nos dejó este concierto organizado por FECORA aunque sin mucha publicidad del evento.

Requiem de fuerza

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Domingo 26 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Angela Meade (soprano), Marianne Cornetti (mezzo), Vittorio Grigolo (tenor), Carlo Malinverno (bajo), Orfeón Donostiarra (José Antonio Sainz Alfaro, director), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Verdi: Messa da Requiem.

Auténtica despliegue sonoro el derrochado durante este último domingo de abril por todos los músicos intervinientes en el «operístico» réquiem verdiano. Uniendo fuerzas con nuestros vecinos donostiarras más un cuarteto vocal poco conocido pero equilibrado, incluso en color vocal, Marzio Conti volvió a liderar un auténtico espectáculo con el que se siente realmente cómodo, y eso que la partitura del genio de Le Roncole está repleta de momentos íntimos, a capella para coro, para solistas, frente a los más impactantes, debiendo alternar ambos desde un difícil equilibrio.

Pablo Meléndez-Haddad en sus notas al programa comenta al final de las mismas que «tanto la parte orquestal como la vocal -sin olvidar la que recae en los solistas-, posee un tratamiento propio de la madurez del genio verdiano, que no escatima en efectos y deja la puerta abierta a la inventiva del director que relee la obra, ofreciendo posibilidades que van desde la extroversión más pura, teatral y manierista, hasta la introspección propia de una obra religiosa, carácter, este último, por el que optan pocas batutas, ya que esta misa se reclina más en la espiritualidad que en la religión«.

Y quedaba poner el punto medio aunque balanceado hacia la explosión. Porque por ello optó el titular de la Oviedo Filarmonía que algo reforzada pareció olvidarse de los graves, quedando extenuados los contrabajos ante la catarata sonora demostrada por sus compañeros en todas las secciones.

Del Donostiarra sólo caben felicitaciones, volviendo a demostrar su excelencia en toda la gama de matices, afinación y presencia. Los fortísimos siempre en su sitio (cada Dies Irae un placer) y presentes pese a una orquesta que nunca quitó «f» de la partitura para aminorar volúmenes (impactando en el Sanctus), y los pianísimos tan delicados y bien pronunciados que nadie pensaría estar ante 90 voces en la escena. La formación de Sáinz Alfaro tiene más que banquillo de repuesto para seguir liderando estos repertorios con el perfecto relevo generacional llevado como sólo ellos llevan haciendo durante muchos lustros. Por echar de menos algunos bajos más, que siguen escaseando en nuestros coros, incluso los norteños, todavía necesarios en número para estas grandes obras sinfónico corales.

De la orquesta en general bien, pese a detalles mejorables como una más escrupulosa afinación en la cuerda (los violonchelos sobre todo), dominada como Conti nos tiene acostumbrados, y aplausos para los refuerzos que necesarios para este Requiem no desentonaron con sus compañeros de atril.

El cuarteto solista ya prometía desde su primera intervención, pese a alguna indecisión puntual, aunque estuvo dominado por el tenor Vittorio Grigolo con un volumen y color realmente asombroso, puede que exagerado en detrimento de sus tres compañeros, con una musicalidad «manierista» dejándonos un Ingemisco bello. Sus contrastes dinámicos agradecidos y una media voz que no pierde uniformidad tímbrica, difícil en estos momentos, pidiendo paso entre los tenores italianos del momento, pienso que fue el triunfador de la noche.

Me encantó la mezzo Marianne Cornetti en todas sus intervenciones, voz bellísima, equilibrada, de graves claros, dicción perfecta, pero sobre todo por su línea de canto puramente verdiana, lirismo en cada solo y dúo, sin diluirse en los cuartetos manteniendo ese nivel de principio a fin.

La soprano Angela Meade tuvo que enfrentarse a la «ingratitud» de una versión tan poderosa que obligó a pequeños tics que pueden deslucir la visión global, con un «vibrato» algo exagerado por momentos aunque una potencia sin perder afinación para aplaudir y un fiato impresionante. Los «pianísimos» detallistas aunque en algún ataque cortados y abusando a veces de un portamento como buscando la nota correcta. El papel más difícil y exigente del cuarteto, hay que alabar su entrega con todos los pros y contras, agradecer el darlo todo con los riesgos asumidos y brillando con luz propia.

Ante los otros tres solistas, el bajo Carlo Malinverno no desentonó pero estuvo un escalón por debajo. Color hermoso en el medio y agudo, volumen algo corto, su canto como en el Tuba mirum o el Confutatis es ideal con menos presencia orquestal, algo que en esta partitura es imposible obviar. En los cuartetos empastó y ayudó a un color homogéneo pero creo que le queda grande para su edad, sabiendo que con los años ganará en empaque. No desentonó en un Requiem difícil de encontrar cuatro voces que no cojeen, primando el resultado global que antiguamente se calificaba como aseado y yo prefiero llamar honesto.

Retomando las notas de Pablo Meléndez-Haddad, «este testamento musical de un agnóstico es un canto al alma humana que ha sobrevivido intacto a más de un siglo de existencia«. Y aunque las toses son peores que en las misas de doce, no ya por la media de edad sino por la total falta de educación cívica, la genialidad operística de Verdi sigue presente incluso en una misa para su difunto amigo Manzoni alcanzando la grandeza y pasión en una ira de Dios musical a más no poder hasta liberarnos con la soprano arropada por coro y orquesta en un hilo de tensión hacia una luz cegadora, no sabemos si eterna, totalmente operística desde el recitativo.

Conti como pez en el agua volvió a anotarse un logro con un compatriota suyo. No será el mejor Requiem de Verdi que haya pasado por el auditorio ovetense pero marchamos con las pilas cargadas ante una inyección sonora que levanta los ánimos aunque la lluvia parezcan lágrimas que no nos abandonan.

Adrenalina Burana de La Fura

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Sábado 11 de abril, 20:00 horas. Sala Sinfónica Centro Cultural Miguel Delibes, Valladolid: Concierto Extraordinario Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCYL). La Fura dels Baus: Carmina Burana (Orff). Josep Vicent (director), Beatriz Díaz (soprano), Toni Marsol (barítono), Vasily Khoroshev (contratenor), Luca Espinosa (actriz), Coros de Castilla y León (Jordi Casas, director).

Entradas agotadas desde semanas, dos días a rebosar, éxito abrumador, espectáculo único, pueden ser los titulares de este Camina Burana en el montaje de La Fura del Baus allá donde va. Cambian los recintos, algo importantísimo, las orquestas con todo lo que ello supone, los coros, desde el «originario» pamplonés a las asociaciones vocales que favorecen presencias, los directores que no todos entienden de igual manera la partitura, pero el equipo «furero» se mantiene y el espíritu cautivador también. Pude asistir en Oviedo a esta cantata donde también estaba la asturiana Beatriz Díaz, me perdí el de Granada con Manuel Hernández Silva capitaneando la imprescindible partitura, y esta vez pude escaparme hasta Valladolid para continuar «disfrutando como un enano» de la magia total que La Fura ha conseguido con este orffiano Carmina Burana tan imbuido del espíritu medieval desde nuestra perspectiva actual, imágenes no sólo complemento musical sino parte integrante de la propia partitura.

Apuntaba cómo los escenarios influyen en la concepción global de la obra irrepetible de Carl Orff, y seguramente el Palacio de Carlos V dentro de La Alhambra granadina fuese el ideal precisamente por su diseño circular. En Oviedo nuestro Campoamor no da para más de lo que tiene. La impresionante sala sinfónica del auditorio vallisoletano unido a una acústica muy buena, favoreció el impacto que La Fura busca con esta puesta en escena. La orquesta suena como si no estuviese la veladura y el coro «de escena» protagonista principal con voces blancas a la izquierda y graves a la derecha se pudo reforzar con las voces de otros once coros castellano leoneses en las gradas traseras superiores que alcanzan nada más arrancar el O Fortuna un clímax realmente impactante en el público por el poderío sonoro. Jordi Casas Bayer realizó la ardua labor previa de ensayos para unificar colores e intenciones, alcanzando todas las voces un nivel excelente.

En conjunto los tutti inicial y final resultaron ideales en afinación, volúmenes y equilibrios con la orquesta, el de escena sumándole el movimiento con las carpetas y luces «led», así como el «divisi» entre blancas y graves en feliz pugna vocal, colocación a los lados delante de la orquesta que facilita presencia. Sin niños las sopranos cumplieron sobradamente en el rol más agudo aunque el color no sea el mismo.

La única pega sobre el escenario fue no poder ver al director, puesto que la emisión se enfoca hacia las butacas y los monitores de referencia para seguir las indicaciones, por leve que sea el «retardo» hicieron que no estuviesen por momentos tan encajados, algo que podía haber evitado el maestro Vicent de seguirles y no perseguirles. También optó por pausas entre los números que hicieron perder un poco esa tensión dramática que la obra tiene y personalmente la elección de tiempos algo lentos, algunos excesivamente lentos (como el In trutina) «olvidando» que los cantantes respiran, aunque respondieron todos como auténticos titanes.

Las chicas del «cuerpo de baile» siempre contagiando la alegría desbordante de la música, los movimientos bien trabajados sin necesidad de coreografías complicadas pero exigentes en atención y ubicación exacta dentro del escenario, incluso los aromas primaverales derramados que impregnaron el auditorio de esencia.

De la crevillentina Luca Espinosa, la imagen de este montaje y fija en cada representación (creo que van cinco años y seguirán girando porque es apostar sobre seguro) admirar su puesta en escena, una artista total e imprescindible dentro del equipo «furero». Y como tal hay que tratar a los tres solistas aunque sus intervenciones tengan distinta presencia, pues en este espectáculo global el equilibrio y elección de las voces va más allá de las partituras.

Las exigencias no ya escénicas sino físicas son enormes para un cantante, mayor que en muchas producciones operísticas, y así el Olim lacus colueram de La Fura se canta en posición horizontal y elevado con una grúa dentro de una especie de jaula – asador, que el contratenor ruso Khoroshev resolvió musical y dramáticamente sin dejar la pizca de humor de ese cisne churruscado al que alude el texto en latín.

El barítono catalán Toni Marsol tiene un color de voz hermoso, potencia suficiente y escena imponente, desde el Omnia sol temperat bien cantado, el esfuerzo del Estuans interius de la segunda parte («In taberna») imponente en la piscina convertida en cubo de vino durante el juego de borrachera lógica con algunos hombres del coro escénico, provocando risas y aplausos tras el baño del néctar báquico, más el derroche del Ego sum abbas no solo vocal o el Dies, nox et omnia donde prefirió la voz natural al «falsete» sin perder esencia, supongo que por alguna ligera afección gripal, que en Valladolid no es de extrañar, y a remojo todavía peor.

Dejo para el final a nuestra Beatriz Díaz, soprano total capaz de cantar el Siqua sine socio del número 15 Amor volat undique colgada de unas cadenas en posiciones no aptas para cualquiera, puede que bombeando sangre a la cabeza, manteniendo esos pianos nunca tapados por la orquesta, elevarla con la grúa al asador ahora convertido casi en púlpito para el Stetit puella, esa muchacha que se detuvo con túnica roja, cara radiante y boca como una flor, para descenderla recogida tras el velo de escena y seguir escuchando su voz pianísimo como una flauta a la que me refería tras su Requiem malagueño, o de nuevo en el universo aéreo para el celestial In trutina, con un fiato «obligado» por la lentitud orquestal. Por supuesto el Dulcissime literal, al pie de la letra y la música, «dulcísima entregada por entero» a esas notas exigentes sin equilibrio en el suelo, como pendiente de un hilo y cortando las respiraciones de una sala abarrotada con las miradas (aunque cerrasen los ojos) puestas en ese momento álgido en todo el sentido de la palabra. Sólo unos pocos conocerán o cantarán un «re natural flemol» que dejo aquí como un guiño cariñoso, casi críptico, y convencido que Orff tiene en la soprano asturiana la mejor voz para esta su obra maestra, más en este montaje que muy pocas pueden interpretar como ella, volcada en cuerpo y voz. Además «La Fura lo sabe»…

La orquesta sonó siempre correcta, solistas con altibajos pero sin pifias y una dirección personalmente algo anodina que podía haber sacado más partido de unos músicos que cumplieron como profesionales faltando un poco de más pegada sin necesitar el estrépito, mayor «endendimiento» con las voces y la siempre deseada escucha mutua.

El final impresionante que «derrumba al hombre fuera que llora conmigo por tu villanía» (sternit fortem mecum omnes plangite!) levantó de los asientos a un auditorio que necesitaba romper tras la tensión, la adrenalina de La Fura que todo lo invade. Bis casi lógico con los solistas participando como coristas para otro nuevo éxito de este Carmina Burana.

Musika Música toma 8 cerrando con pasión

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Domingo 8 marzo 2015, 14:00 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio EuskaldunaSala Príncipe Leopoldo: Raquel Lojendio (soprano), Olatz Saitua (soprano), Maarten Engeltjens (contratenor), Andrew Tortise (tenor), Pablo García López (tenor), Stephan Loges (bajo-barítono), Javier Jiménez Cuevas (bajo), Coro El León de Oro (Marco A. García de Paz, director)Forma AntiqvaAarón Zapico (director): HaendelOratorio «Johannes Passion»Entrada: 8€.

Para cerrar este «finde» tan completo nada mejor que volver a mis pasiones reconocidas de «leónigan» y «en forma antiqva«, unidos de nuevo y con solistas ya escuchados, incluso en esta maratón, sumándose otros y con Händel que también tiene su Pasión según San Juan, gran redescubrimiento que armaron todos estos intérpretes en una sala dedicada a quien en Köthen, pequeña y hermosa ciudad digna de conocerse, hizo posible que Bach pudiese desconectar un poco de la música para la iglesia, ahora con el relevo del nacionalizado inglés que pareció recorrer el camino contrario, por lo que nombre y ubicación idóneos en esta mi última toma, ocho conciertos en dos días y medio que han dado para mucho.
La pasión homónima de Bach en la noche del viernes puede que haya marcado la escucha de esta de Händel, máxime cuando volvió a cojear evitando un resultado óptimo para una obra poquísimo escuchada, puede que eclipsada por la inevitable comparación, y que requiere muchos solistas con pequeñas intervenciones no todas agradecidas y difíciles de encontrar en el panorama actual. Cierto que se trata de una obra de juventud estrenada en Hamburgo en 1704, un oratorio que combina texto del evangelio y glosas poéticas de Postel, musicalmente sencilla pero llena de dramatismo cargado de emotividad.
Para empezar por lo positivo volver a felicitar a Forma Antiqva, imbuidos todavía del «espíritu Halle» después del vespertino del sábado y llenando la «mediana» Sala Príncipe Leopoldo. Encomiable el trabajo de la formación asturiana con Aarón Zapico al frente, pues en los conciertos de Bilbao demostraron porqué son un referente europeo en la interpretación de la música barroca, con un público entregado que disfruta con sus interpretaciones, siempre novedosas al aportar el «plus» de un continuo siempre eficaz, simbiosis necesaria para unas partituras donde llenan momentos teóricamente menores pero iluminados por los gemelos, la «adoptada» Ruth o una Silvia Márquez «alter ego» del hermano mayor. Me consta el trabajo de preparar un solo tras el Mein Sünd’ mich werder kränken sehr trabajado como coral desde el laúd de Pablo, gusto y musicalidad totalmente ceñidos al estilo y ejecutado con la maestría de mi tocayo.
El León de Oro que dirige Marco A. García de Paz no estuvo tan a gusto como el viernes, puede que la colocación no ayudase y además las sopranos carecieron del color característicos para mostrarse menos empastadas de lo que nos tienen acostumbrados. Tampoco puedo decir que las entradas fueran decididas, el gesto de su titular y el de Aarón Zapico son totalmente distintos, por lo que hubo altibajos, bien el coral inicial pero indecisión en el Kreuzige, mejor el siguiente Wir haben ein Gesetz y cuando cantaron a capella, más el coral antes citado (tras la intervención de Pablo Zapico) volúmenes no siempre presentes, algo desequilibrados los planos entre cuerdas y «cortos» en los tutti pero manteniendo la afinación exquisita de la que pueden presumir. Estoy convencido que de haber cantado con la OSPA el resultado hubiese sido magnífico, quedándose en un notable alto por este último concierto, amén del esfuerzo que la maratón ha supuesto para todos los intérpretes.
Destacar la colocación de los solistas, centro para Jesús y el evangelista, con los extremos viniendo al centro para las restantes intervenciones. En las voces solistas teníamos de nuevo haciendo triplete a Lojendio y Loges o doblete de Engeltjes, en la línea de los anteriores conciertos, seguros en sus roles, sumándose el tenor cordobés Pablo García López (que además de la lírica comienza a destacar en estos repertorios religiosos), todos bien en sus intervenciones, color vocal apropiado, empastes hermosos, destacando el dúo de Pablo con el bajo del «león» y ópera ovetense Manuel Quintana Aspra (en la foto superior) realmente ensamblado y agradecido, pero bajando el listón la soprano local Olatz Saitua, voz algo «pequeña» con torpes agilidades -siendo el intríngulis del barroco por excelencia-, y muy flojo el bajo Javier Jiménez Cuevas, a quien es cierto le tocó el papel más difícil, pero suspendiendo por desafinado, falto de mayor técnica, desigualdades en los registros cambiando totalmente el color, careciendo del nivel mínimo para compartir escenario con auténticos profesionales, al menos en este programa.
Siempre con todo el respeto a quien se sube a un escenario, reconociendo el trabajo que supone llegar y mayor en mantenerse, el estudio a lo largo de toda la vida y el cansancio que todo músico pueda arrastrar, debo constatar estos detalles que sin empañar el resultado conjunto, desequilibran la interpretación de una obra como esta Johannes Passion de Händel en la que teníamos muchas esperanzas depositadas pero que no todos se involucraron de igual manera. Mi último concierto no colmó el fin de semana aunque la satisfacción por la experiencia vivida fue tan grande que tendré que dedicar otra entrada más que toma, a modo de epílogo, resumen de vivencias musicales. Al menos este año la agenda nos permitió una escapada que está más cerca de Asturias.

Musika Música toma 1

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Viernes 6 marzo 2015, 18:00 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Sala Príncipe Leopoldo: Raquel Lojendio (soprano), Andrew Tortise (tenor), Coro «El León de Oro» (Marco A. García de Paz, director), Forma Antiqva, Aarón Zapico (director). HaendelOda para el día de Santa Cecilia HWV 76. Entrada: 8€.

Inicio del mayor espectáculo musical que podemos disfrutar durante un fin de semana en Bilbao, este año dedicado a Haendel y Bach, con presencia de músicos de mi tierra a los que siempre hay que seguir fuera de ella para pulsar públicos distintos y mostrar todo mi apoyo incondicional.

Tras encajar mi personal puzzle de ocho piezas, comenzamos el espectáculo con mis dos pasiones: leónigan de LDO que en esta obra del de Halle volvió a brillar cuerda por cuerda pese a no estar al completo y continuar el bien preparado relevo, en una obra con pocas pero precisas intervenciones cantadas en inglés, buena pronunciación y emisión global más que correcta: el cuarto número From harmony, con Andrew Tortise en The trumpet’s loud clangot y el gran coro con Raquel Lojendio As from the pow’r of sacred lays, volúmenes adecuados en todos con entradas no muy seguras pero sin desajustes dignos de mención.

Los dos solistas ya mencionados fueron idóneos para la Oda handeliana, el tenor inglés con color ideal para estas obras barrocas y la soprano canaria de timbre algo metálico en el agudo y sonoridad poderosa que le permite alcanzar toda la tesitura con bastante uniformidad. Cierto que las agilidades barrocas son siempre difíciles y las cinco arias exigentes en expresión, pero que Lojendio resolvió con seguridad pese a algunos apoyos más de estilo operístico que religioso.

De Forma Antiqva en formación mediana solamente elogios, desde la Obetura: Larghetto e staccato-Allegro-Minueto se mostraron convencidos, dominadores de un repertorio todos y cada uno de los músicos, con un continuo donde el tándem Zapico (trioba y laúd) más la «hermana» Verona y el órgano-clave de Silvia Márquez conforman el toque propio de la formación asturiana, los acompañados siempre redondeados con intervenciones solistas subrayando las partes vocales, momentos primorosos de cada uno de ellos, o el colorido de la Marcha donde las trompetas naturales sonaron virtuosas sin necesitar excesos dinámicos, además de una formación que adaptada a los distintos programas, siempre suena sin fisuras.

Al frente de todo un Aarón Zapico más cómodo con su formación que en los conjuntos, atento a los solistas más que al coro, pero resultando su visión de la Oda a Santa Cecilia realmente brillante, todo un trabajo de tiempo donde Haendel ocupa un lugar de honor. El público que casi llenaba la sala mediana del Euskalduna brindó una larga y merecida formación en este arranque de «maratón musika» llevando el nombre de Asturias a esta capital barroca del primer fin de semana de marzo.

Diez años que somos del ciclo de Don Alfredo

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Viernes 12 de diciembre, 20:30 horas. San Isidoro el Real de Oviedo: Concierto de clausura del X Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza». Svetoglas Quartet, Polifonía Sacra Ortodoxa. Entrada libre. Lleno absoluto.

Durante cinco viernes Oviedo volvió a ser la capital de la música sacra recordando a nuestro querido Alfredo de la Roza, un ciclo que se mantiene con todo tipo de apoyos, pocos en estos tiempos pero incluyendo el popular desde la campaña «Yo soy del Ciclo», con difusión en cada concierto y en las redes sociales donde la Escolanía de San Salvador, organizadora desde hace diez años de esta cita obligada en el final del otoño carbayón, trabaja para mantener una música atemporal que nos toca la fibra a todos los aficionados. Este año por coincidencia de fechas con otros conciertos a los que estoy abonado, sólo pude asistir al último, pero la falta hubiera sido imperdonable.

Como novedad intentan acercarnos cada año alguna formación nueva, recordando todavía a Cuncordu e tenore de Orosei, y hace cinco años aunque parezca que fue ayer, que continuaron incluso en la plaza para completar aquel concierto con música popular de Cerdeña.

Esta vez desde Bulgaria acudía el Svetoglas Quartet cuya polifonía ortodoxa abarca un amplio repertorio desde el siglo IX hasta el XIX, incluyendo tanto obras escritas como las de transmisión oral con todo lo que ello supone.

Conforman este cuarteto dos tenores, barítono y bajo pero no desde la concepción o clasificación vocal clásica sino desde el canto natural de voces de hombre agudas y graves combinándose en dúos, tríos o cuartetos dependiendo de la obra elegida, tanto del folklore búlgaro (especialmente las dos propinas) como los cantos religiosos desde una visión actual que sin necesidad de ahondar en criterios necesariamente musicológicos, hacen de esta música actual desde sus interpretaciones que nunca pierden la novedad de descubrir cantos hasta ahora desconocidos por muchos, sonando cercanos e incluso modernos.

Daniel Spassov, Stanimir Ivanov, Tihomir Borissov y Milen Ivanov, que hace las veces de director, son las voces de este cuarteto «a capella» con la mezcla necesaria de juventud y experiencia, explicándonos en inglés el origen, estructura o forma de las obras a escuchar.

Organizadas en dos partes con un intermedio necesario para descansar ellos y marchar algunos del público (habitual en los conciertos gratuitos) para agradecimiento del público que estaba de pie, la primera parte ofreció diez obras variadas en estilos y combinaciones, con la letra traducida al español y proyectada en la pantalla gigante central, siempre desde el Misterio de la polifonía búlgara con referencias o recuerdos a músicas medievales recogidas en España como en el «Condúcenos, Santa Cruz» que aunque del siglo XIX y cantado por dos de ellos en «monodia con roncón» parecía sacada del Llibre Vermell de Montserrat, o con la misma forma el canto dedicado al «Sacerdote» que me trajo recuerdos del canto en las mezquitas por el muecín, con una melodía utilizando esos giros arábigos y melismas u ornamentaciones típicas, al igual que el «Aleluya» interpretado en séptimo lugar.

La primera del siglo IX en cuarteto como la melodía popular «Bendiciendo el nombre de Dios» para dejarnos un dúo del siglo X en la tercera, casi como del rito mozárabe o el tradicional y heredado en versión a tres voces «Gospodi», contrastando la música escrita y la transmitida que va enriqueciendo las melodías como en los inicios polifónicos de Leonin o Perotin, mismas formas musicales a partir de las propias composiciones de autores anónimos y posteriores armonías añadidas como el hermosísimo «Bautismo» a cuatro voces antes del trío para la «Lamentación sepulcral» riquísima incluso en matices y reguladores que desde la acústica perfecta por la ubicación de las voces y su empaste nos transportaron a esa música de los monasterios búlgaros que parecían estar en San Isidoro.

Finalizaron esta primera parte con «Te bendecimos, Santa Madre» con el cuarteto y no pudiendo faltar la temática mariana tras este recorrido cristiano desde el bautismo a la muerte como esperanza.

Otras diez obras para la segunda parte que comenzaron con la «Bendición» a dúo del siglo XIV antes de seguir el resto con música de transmisión oral y autores anónimos manteniendo las combinaciones a tres, dos o cuatro voces, sin perder nunca el «basso» como sustento para la monodia, la polifonía básica a tres voces o la más elaborada a cuatro casi académica de no ser por el tamiz que Bulgaria realiza como cualquier otro pueblo que hace suya la tradición. La penúltima «Sálvanos, Hijo de Dios» prescindió del habitual tenor primero sustituyéndolo por el segundo, para acabar a cuatro voces con «Te glorificamos María», nuevamente cierre mariano antes de las dos propinas folklóricas llenas del colorido interpretativo de «ayes guturales» que Don Alfredo, hombre abierto a todas las músicas, hubiera disfrutado como los demás.

La venta de discos del cuarteto búlgaro al finalizar el concierto corroboró el nuevo éxito de este concierto de clausura. Esta décima edición hay que volver a felicitar a la organización, siempre impecable, con cuatro conciertos y una conferencia glosando, como no podía ser menos, la vida de Don Alfredo a cargo del párroco José Luis Alonso Tuñón en el Monasterio de San Pelayo, y manteniendo San Isidoro como sede principal. Desde mañana ya está en marcha la undécima, el público la espera y la oferta ovetense sigue siendo algo que asombra a foráneos y propios, por lo que contra viento y marea, cantando esa «paz en la tierra» que titulaba esta edición aunque válido para todos los hombres de buena voluntad incluyendo «Amicus meus» del concierto de la Escolanía, amigos todos de un ciclo que no debe faltar.

Santa Cecilia coral en Mieres

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Sábado 22 de noviembre, 19:30 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Mieres: Concierto Santa Cecilia: Coro Mixto «San Pedro» de Cudillero (director: Pablo Moras) y Orfeón de Mieres (director: Joaquín Sandúa).

La mina y el mar además de una bella canción es un emparejamiento que va más allá de la conocida explotación de La Camocha en Gijón. La villa pixueta y la minera de Mieres siempre han estrechado lazos, más en el mundo coral, y son habituales los encuentros de sus dos formaciones, bien al lado del Mar Cantábrico o a la vera del río Caudal, el último celebrado este mismo mes hace quince días en el 14º Certamen Internacional de Habaneras y Canción Marinera «Añoranzas en Cudillero», donde nuestro centenario orfeón acudió.

Celebrar la festividad de los músicos con música, más la coral, es buena disculpa para llenar el auditorio de la calle Manuel Llaneza de aficionados fieles que siguen disfrutando con las canciones de siempre, habaneras y tradicionales asturianas sin olvidar «clásicos populares» presentes en el repertorio de todas las formaciones.

El Coro Mixto «San Pedro» de Cudillero ahora dirigido por Pablo Moras, es formación veterana en el panorama asturiano aunque algo reducida en la actualidad, y trajo a Mieres una selección donde no faltaron el salitre de «El abanico» (Trayter), «Háblame del mar» (A. Barja) o » A tu lado» (Javi Busto) con el regusto a sidra de «Ay! Pinín» (Alfonso Sánchez Peña) o una vaqueira. Obras agradecidas para intérpretes y público, aunque son formaciones amateurs que necesitan renovación en voces de querer mantener una tradición que exige cantera (Cudillero la tiene) y apostar por nuevos repertorios a los que no siempre pueden acceder por las limitaciones habituales. Con todo dejaron un buen sabor de boca.

El Orfeón de Mieres en esta última etapa con Joaquín Sandúa está cambiando repertorio, recuperando obras que cantaban en los años setenta y eran casi la seña de identidad como: «Capricho» (J. Ignacio Prieto), «Canción crepuscular» (F. Mendelssohn) o la hermosa habanera «La niña de Marianao» (Fernando Moraleda) manteniendo otras muy trabajadas, ahora con otro «aire», caso de «Ay un galán» (Javier Armenter), «Ilusión de amor» (Santos Montiel, armonización de Ginés Abellán)
o «Un velero y una canción» (Santos Montiel), necesitando también renovación en las voces, pero que como en el caso de los pixuetos, tendrán más difícil sin cantera infantil, siendo más un «hobby» (que les ocupa mucho tiempo) para sus componentes, haciendo de embajadores allá donde van con su música. Los enlaces en los temas están en el canal del Orfeón en YouTube©.

Tras la entrega de obsequios del Orfeón y Ayuntamiento de Mieres al coro invitado y amigo, ambos coros dirigidos por Pablo Moras interpretaron conjuntamente y con la participación del público asistente el himno oficial «Asturias, patria querida».

No había mucha gente joven que parece tener otros gustos musicales, como podríamos comprobar el día siguiente, aunque lo contaremos en otro momento. Sigo preguntándome qué hacer para implicar más a la juventud en el canto coral, si bien la Escuela de Música (con muchas zancadillas) está cubriendo la base y sembrando para el futuro, pero quedando ese hueco juvenil que parece buscar otros terrenos musicales distintos del coral.

El periódico «La Nueva España» en su edición Cuencas este lunes recogía la reseña que dejo aquí:

Aurum, mujeres al poder

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Miércoles 29 de octubre, 20:30 horas. Auditorio del CONSMUPA, Oviedo: Coro Femenino «Aurum», Elena Rosso Valiña (directora). Obras de César Alejandro Carrillo, Jacobus Gallus, R. Schumann, Eva Ugalde, Jackson Berkey, Javier Fajardo, Idoia Azurmendi, Javier Busto, Tobin Stokes, Josu Elberdin y Julio Domínguez.

El León de Oro más que un proyecto musical es una filosofía coral, una familia numerosa bien avenida y planificada, donde «Aurum» ha alcanzado su mayoría de edad sin abandonar nunca el hogar. En dos años han crecido en todos los sentidos y los premios solamente avalan el duro trabajo bien hecho con Elena Rosso al frente.

Como embajadoras corales acudirán el próximo fin de semana a Tolosa para competir en la 46 edición de su reconocido concurso, con las mejores formaciones mundiales, así que hemos podido comprobar en el auditorio del conservatorio carbayón con un público entendido, que escuchó con riguroso silencio, respeto y admiración, el programa que defenderán en la capital coral guipuzcoana y cantarán en una minigira por tierras vascas antes de llegar al destino final.

Dos partes como es costumbre, polifonía y folklore, difíciles ambas, memorizadas por todas y dando una lección de excelencia en todo: colorido vocal y visual, coreografías, afinación, empaste, dinámicas impresionantes y sobre todo mucha disciplina. Aún retocarán y asegurarán cada una de las partituras que llevan preparadas al detalle. Destacar la (s)elección de obras básicamente actuales, frescas, cercanas al LDO casi todas y perfectamente organizadas para un certamen competitivo donde el nivel global es altísimo aunque la experiencia de las féminas sea grande y garantía de éxito.

Del programa íntegro que dejo aquí, destacar a Schumann, pero especialmente el hermosísimo Miserere de Eva Ugalde que hacen aún mayor emocionalmente, transmitiendo la riqueza de una partitura casi a medida de «las chicas de oro». También el Ascendit Deus de Jackson Berkey por el alarde polifónico de una obra que conjuga el saber del «Ars Antiqva y Ars Nova» ya trabajado por Los Peques de El León de Oro también para Tolosa, pero que Aurum recrean y engrandecen desde su excelencia vocal. Dejo para el final de la primera parte Fervor na brétema de Javier Fajardo (presente en la sala) por tratarse de una obra ejemplar de principio a fin, participación puntual de dos xilófonos (esta vez metalófonos) y tambor de tormenta, reubicaciones de las voces en el escenario, siempre con una sonoridad rotunda, y la belleza de una partitura que estas voces blancas sienten propia, para ellas compuesta y algo indescriptible que transmiten desde el escenario.

Un breve descanso para afrontar la parte de folklore, calzadas con madreñas que no sólo les dan altura sino el recurso de percusiones más allá de lo asturiano, como en el Zutaz del doctor Busto, la maravilla visual y vocal de Ikimilikiliklik (T. Stokes), conjuro de brujas, aquelarre con rememoranzas maoríes, trabalenguas, magia coral en estado puramente femenino, y D’Alborada de Julio Domínguez, más que una recreación de temas asturianos, inspiración donde la percusión de las madreñas vuelve a integrarse en el canto. Excelentes las Aurum con Elena Rosso que vuelve a marcar diferencias en la dirección por su magisterio, gesto claro y preciso, pero sobre todo una trabajadora nata que ve recompensado su esfuerzo.

Gracias a todas y Tolosa disfrutará con ellas, el mejor premio que se puede tener.

Armas solo musicales

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Lunes 30 de junio, 20.00 horas. S. I. B. Catedral de San Salvador, Oviedo. Coro de la Universidad de Oviedo, Orquesta Clásica de Asturias (OCA), Joaquín Valdeón (director): The Armed Man: A Mass for Peaceselección- (Karl Jenkins, 1944).

Mi generación ha bebido de muchas y variadas fuentes, declarándome y aceptando el calificativo de omnívoro musical, por lo que puedo decir pasado un tiempo que podemos presumir de tener amplitud de miras sin prejuicios, algo similar a la de esos viejos rockeros (que nunca mueren) como Sir Paul McCartney o nuestro Karl Jenkins que dieron el salto a la llamada “música culta” con obras sinfónico corales plagadas de guiños a épocas que seguimos disfrutando como si fuese la primera vez, caso del «Oratorio de Liverpool» (1991) del exbeatle o esta «Misa para la paz» del miembro de Soft Machine, titulada “El hombre armado” que ha inspirado a tantos otros músicos de la historia como bien aparece en el programa de mano.

La obra compuesta en 1999 por encargo del Real Museo de Armamento de Leeds y dedicada a los muertos de Kosovo (extensible a todas las víctimas de la guerra), se estrenó en el Royal Albert Hall londinense el 25 de abril de 2000 con el propio Jenkins dirigiendo la London Philharmonic Orchestra, y consta de trece números (se añadió el decimocuarto en octubre de 2010) con textos de diversa procedencia, mayoritariamente cristiana, en latín lo que será el ordinario de la misa, aunque el compositor galés prescinde del Gloria y el Credo, pasando por el árabe de la llamada a la oración (Al-Adhan), el francés del tema original «L’homme armé«, canción popular sobre la que también han compuesto entre otros muchos Dufay, Palestrina, Josquin Desprez, japonés y por supuesto inglés, con textos bíblicos pero también de Kipling, el Mahabharata, y muchos más, entroncando con el impresionante War Requiem de Britten que pudimos disfrutar en el centenario también en nuestra capital asturiana.

The Armed man es obra poco programada en nuestro país aunque gozando de popularidad sobre todo entre coros jóvenes, por lo que no será extraño que también sea llamada a escucharse como cierre de ciclos sinfónicos por su impactante y atemporal mensaje.

Partitura con amplia orquestación, aunque abierta, que incluye por ejemplo pícolos, flautas, oboes, corno inglés, clarinete, clarinete bajo, fagot, trompetas, trompas, percusión abundante así como órgano, más la cuerda, coro a cuatro voces mixtas, cuarteto vocal solista, un muecín, y solo de violoncello en el antepenúltimo número, Valdeón realizó una selección con la mitad de sus números que pudimos escuchar por primera vez en Asturias (puede que en España) en una catedral a rebosar (y eso que había otro concierto en el Auditorio de la ALAAK) al frente de “su” coro universitario, con una OCA algo mermada en efectivos, de plantilla siempre variable aunque de nuevo resultase garante de profesionalidad desde una media de edad siempre joven, sumándose un músico integral como Guillermo Martínez al órgano, adaptando estos mimbres para construir una versión más que digna de esta forma musical que transciende lo litúrgico o sacro, como en el antes citado Oratorio de Liverpool.

Siete de los catorce movimientos fueron desgranándose por un coro entregado en cuerpo y alma, afinado, empastado, multilingüe en los distintos números, corto en potencia pero rico en dinámicas, sobre todo las voces agudas, con una orquesta disciplinada y casi camerística donde metales y percusión brillaron sin necesidad de avasallar en volumen, sumando magisterio organístico por la elección de los registros adecuados, complementarios o solistas, todo desde la atenta y convincente dirección del maestro Valdeón, conocedor y defensor de la obra, los músicos y sobre todo el entorno, dominando la siempre difícil acústica catedralicia para utilizarla como un plus en vez de enemigo. Lástima unos ruidos molestos en las pausas, tal vez golpes en el micrófono abierto, pero tomados como si de la propia obra se tratase.

El primer número L’homme armé presentó credenciales vocales e instrumentales, arrancando con el ritmo militar en los pies de los intérpretes para ir engordando la escritura instrumental y la aparición del órgano desde el contagioso ritmo del original que finalizado el público no pudo reprimir los aplausos, pese a la indicación contraria del director.

Sin canto árabe de llamada a la oración pasamos al número tres, Kyrie de estructura clásica (Kyrie-Christe-Kyrie) que contó con el solo inicial de la soprano Ana Peinado, bien vocalizado y más que suficiente en presencia y proyección, bien arropada por el resto del coro y una orquesta templada.

El imponente Sanctus, quinto número, hizo vibrar a todos por la capacidad mostrada desde el podio de alcanzar el difícil equilibrio de planos sonoros entre coro, percusión y metales extremos en las dinámicas, pp realmente logrados y ff impactantes donde la orquesta nunca tapó al coro, aprovechando la reverberación para duplicar sensaciones, duraciones acortadas y silencios remarcando la intensidad dramática: coro silábico, rítmico con las trompetas contestando, unísonos de cuerda y coro con la percusión guerrera y cinematográfica casi de romanos, timbales y platillos, efectismos plenos de belleza en la línea del proyecto «Adiemus» del propio Jenkins, el latín idioma musical en el ocaso del siglo XX, lengua muerta pero resucitada siempre para el canto sacro.

El sexto número, Hymn before action (Himno antes de la batalla) con texto en inglés de Rudyard Kipling resultó difícil de entender pero plenamente conmovedor: «La tierra se ha llenado de cólera, los mares, de furia se han oscurecido. Las naciones reúnen a sus guarniciones para cruzarlas en nuestro camino…» y la música perfectamente adaptada a una letra realmente trágica como ese final «… Tú mejor que nadie, Señor, danos fuerzas para morir», tintes épicos de nuevo con referencias a bandas sonoras de los verdaderos clásicos sinfónicos que están en nuestra memoria auditiva, lenguaje universal.

La tensión creciente llegaría en el siguiente número, séptimo «de caballería con verdadera carga», Charge! -que bisarían- realmente épico, fanfarrias dignas de un Péplum, agradecidas de interpretar y escuchar, efectistas, cañonazos sobre parches para llegar a dar las sopranos unos agudos al límite en tesitura y matices bien resueltos, sumando dificultades y riqueza de reguladores por parte de todos, coro incluido hasta las aclamaciones sobrecogedoras, reguladores infinitos de horrores pero nunca gritos en un final (omitido en la propina) impactante como el concluyente silencio.

El toque de trompeta, militar y dulce, fin del horror y del movimiento séptimo, cual canto a los caídos sobre notas pedales, desemboca en el hermosísimo Agnus Dei, número décimo de esta misa, recogimiento roto con disonancias y notas tenidas en la cuerda, lejanas campanadas de muerte, recuerdos de Britten, antes de saltar al duodécimo número con el registro de armonio preparatorio anímicamente al inigualable Benedictus, digno final (aunque faltasen los números siguientes) como reza el programa: «Con su dulzura melancólica que simboliza el fin de la guerra, la tristeza y la asunción de sus consecuencias y, también, cómo no, la esperanza; «Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!»», melancolía y paz desde el lirismo en el solo de cello a cargo de Elena Robledillo contestado por maderas (oboe, flautas), después dúo de trompas aterciopeladas, las cuatro voces del coro en entradas sucesivas (sopranos, tenores, contraltos, bajos), de buen gusto en escritura y ejecución, sutiles en los pianísimos y rompedoras en los «fortissimi» contrastando volúmenes de todos en un tiempo lento majestuoso antes del “da capo”, esperanzador como el propio concierto, apuesta por repertorios nuevos que serán clásicos dentro de uno o dos siglos y con armas estrictamente musicales.

Sólo me queda pedir y esperar la escucha completa de la obra, completa en todos los sentidos sin desmerecer lo vivido en San Salvador, pues las emociones colmaron cualquier necesidad anímica para cerrar un curso musical con este junio que todavía no respira verano en Asturias, por otra parte lo habitual contrastado con lo especial de esta paz musical siempre necesaria tras la guerra no deseada.

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