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Con Mozart hasta Júpiter

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Jueves 11 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Martin Fröst (clarinete), Orquesta de Cámara Sueca, Thomas Dausgaard (director). Obras de Mozart.

Hace tres años titulaba «Placeres suecos» la anterior visita de esta formación con un director danés que siempre impacta por su sencillez y eficacia. Dausgaard sabe cómo conducir esta orquesta con gestos mínimos llenos de sabiduría, dejando que la música fluya de sus músicos y simplemente «recordando» lo trabajado en los ensayos, un gesto de cabeza, un toque de hombro con los brazos pegados al cuerpo, no necesita marcar entradas o compases, tan solo las entradas, los matices siempre increíbles en este pedazo de orquesta (lo de cámara solamente por el número, porque suena grande) y unos rubati en su sitio fruto de muchas horas de trabajo previo. Si la «velada Mozart» fue impresionante, las propinas de un Brahms que están grabando, tres danzas húngaras en arreglos asombrosos por lo frescos y adaptados a la formación, sumando una calidad grupal nórdica por disciplina y sonoridades, hacen lógico que al salir del concierto nos fuésemos no hasta Júpiter sino hasta otra galaxia, recordando que los buenos momentos se mantienen y aumentan en días como hoy, donde el aforo estuvo casi al completo con un público juvenil venido de varios puntos de España ante la presencia de un astro del clarinete como Martin Fröst. Pero esto lo dejo para después.

Antes del concierto charlaba con otros melómanos sobre la moda de llevar los tiempos casi a los extremos, como olvidando las indicaciones (aunque sean eso) o buscando impactar con velocidades supersónicas para demostrar la técnica asombrosa (por otra parte necesaria) de orquesta sinfónicas. La Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543 sonó impecable precisamente por ajustar cada movimiento a lo indicado, con ese Mozart siempre traicionero por la aparente y engañosa sencillez, partituras de una madurez y lenguaje inimitable a partir de una evolución lógica desde «papá Haydn». Y es que el Adagio. Allegro sonó operístico en su arranque, cargado de dramatismos plasmados en los contrastes dinámicos y agógicos que la orquesta sueca con el danés Dausgaard al frente parece entender a la perfección. Cada sección en su plano sonoro, presente cuando debe sin perder unidad, una cuerda camerística aunque de amplísima gama de matices, unos vientos ajustados y de sonido bello (con trompetas naturales) más los timbales antiguos, secos y presentes marcando el inicio y asegurando el fluir sin enturbiar un caudal de notas donde no falta ni sobra ninguna (como parece le dijo Mozart al Emperador José II). El Andante con moto mantuvo la fidelidad desde la sencillez, con mucho sin ser pesante ni lento, expresivo a más no poder y degustando cada tema. Del rítmico Menuetto e Trio den aires austriacos una nueva lección de conducción desde el podio, con unos clarinetes ensamblados como si de uno solo en cuanto al color conseguido con melodía y acompañamiento en inspiradísimo entendimiento bien arropado por el resto. Para rematar una interpretación fabulosa el Finale con los violines limpios entrando casi por sorpresa (lástima parte del público que espera cada «entretiempo» para toser por inercia) aunque el maestro danés controla todo sin aparentar mando (ahí reside su magisterio), saboreando ese contrapunto enérgico, presente, clásico en transición hacia la atmósfera pre-romántica y con la Coda rematando la primera sinfonía de la trilogía final mozartiana.

El Concierto para clarinete en la mayor, K. 622 (1791), único compuesto para este instrumento por Mozart en el final de sus días, ¡lástima se muriese en plenitud!, traía en gira al mejor solista de la actualidad (con permiso de Sabine Meyer) que movilizó jóvenes, estudiantes, profesionales y melómanos venidos de nuestra amplia geografía. Martin Fröst con su «clarinete di bassetto» (más grave y afinado en La que utilizará a dúo en su Requiem) dio una lección magistral de musicalidad con una técnica inalcanzable para muchos desde un sonido único en todos los registros, graves poderosos, agudos nada hirientes, fraseos de voz humana y unos pianissimi mágicos al igual que la orquesta sueca, cortando el silencio y donde los silencios ayudan a reforzar los claroscuros mozartianos, inspirado a su vez en el «corno di bassetto» (como un clarinete contralto en fa o sol) cuyo sonido parece subyugó a Mozart. No es de extrañar cómo escribió para este clarinete al utilizar todos los recursos y características técnicas junto a un poder expresivo que cautivará las instrumentaciones del genio. El Allegreto parece un aria de ópera por fraseo y acompañamiento, las intervenciones de Fröst eran de una tesitura espacial donde la voz no llega, pero el Adagio resultó celestial (siempre «Memorias de África»), un aire eternamente lírico, «mágica» con un dúo de clarinete y flauta operísticas a más no poder, acompañando al clarinete igualmente mágico del virtuoso. Sin dejar de flotar el Rondó Allegro fueron fuegos artificiales cargados de adrenalina musical, brillante, vital, perfecto diálogo entre solista y orquesta con Dausgaard y Fröst en sintonía perfecta, clarinete que suena a cuerda en un catálogo tímbrico envidiable por escritura y ejecución, joyas que adornarán los recuerdos de todos los presentes.

El público cautivado terminó de rendirse ante la propina de unas improvisaciones sobre melodías «klezmer» de Göran Fröst que arrancaron a solo («Let’s be happy») conjugando habla y sonido en un clarinete actual al que se  suma la orquesta, tradición hebrea donde Fröst contó de nuevo con sus paisanos suecos igualmente inspirados, sonoridades punzantes, ritmo frenético desde un dominio del «rubato» de Dausgaard y su orquesta para realzar más si cabe el virtuosismo del sueco.

Al descanso se vendieron todos los discos que pacientemente firmó ante un ambiente que me alegró al comprobar las pasiones juveniles que un músico de la talla del sueco alcanza.
Mozart en formación de cámara con dos conciertos del Auditorio seguidos y nunca cansa. Ante la calidad de la Orquesta de Cámara de Suecia ya auguraba que la Sinfonía nº 41 en do mayor, K. 551 «Júpiter» (1788) iba a resultar irrepetible, y no defraudó un Dausgaard sencillo en apariencia como la música del genio salzburgués, sobrenombre de planeta debido a Johann Peter Salomon como bien recuerda Gloria A. Rodríguez en las notas al programa, sinfonía galáctica en la tonalidad ceremonial por antonomasia y cierre de la trilogía que arrancaba en la primera parte, de plantilla similar aunque sean los oboes quienes reemplacen los clarinetes, pero la misma sonoridad cristalina de la nº 39, el mismo respeto por los tiempos, unos matices ricos por los extremos, increíbles los pianissimi y sin estruendos los forte, empaste y equilibrio clásico en una de las sinfonías más emblemáticas.

El Allegro vivace trajo toda la gama de claroscuros desde las pinceladas de Thomas Dausgaard, con esas melodías operísticas que parecen siempre conocidas aunque distintas (salvo el tercer tema Un bacio di mano) con una orquesta aterciopelada y punzante, la engañosa simplicidad del genio. El Andante catabili vuelve a rezumar aires de escena bien delineados por los guiños corporales del director XXX, elegante como el Menuetto Allegreto cuyo trío en los vientos confirmó calidades y musicalidad a raudales. Del Finale: molto allegro otra lección interpretativa, ajustada en el aire exacto para no perder nada del lenguaje contrapuntístico, verdadera filigrana orquestal con el inconfundible sello mozartiano, energía y claridad desde unos suecos nada fríos con un danés al frente.

La vorágine y gratitud se hizo música con tres propinas de Brahms que sonó cálido, cercano, en arreglos para la plantilla (esta vez al completo y con trompetas de llaves) dando otro acento nórdico a las danzas húngaras (la nº 6 , la nº 7 la siempre cinematográfica Danza nº 5) que demostraron ductilidad en la interpretación llevada por un Dausgaard magistral.

Mozart y Say

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Lunes 8 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Fazil Say (piano y dirección), Camerata Salzburg, Gregory Ahss (concertino). Obras de F. Say (1970) y W. A. Mozart (1756-1791).

Muchos huecos entre los abonados para un concierto en lunes de carnaval (en Valencia lo disfrutarán el martes) que supuso una apuesta sobre seguro al programar de nuevo a la Camerata de Salzburg seis años después con un pianista y compositor que no deja indiferente a nadie como es el turco Fazil Say (Ankara, 14 de enero de 1970) que debutaba en Oviedo. De gestualidad exagerada y tics habituales en muchos intérpretes, pero además en su faceta de creador abriendo y cerrando el programa que compartía con el genio de Salzburgo como solista de su poco escuchado Concierto nº 12 más la conocida Sinfonía 29 con una formación de cámara que impacta por calidad y musicalidad. Podemos decir que más que dirigirla, Say dejó que los austriacos escuchasen su interpretación para que la música les guiase, por otra parte muy académica, con cuerda, dos trompas y dos oboes (un percusionista para la última obra) bien comandada por un concertino de primera fila como es Ahss.

De Mozart solo excelencias, una Sinfonía nº 29 en la mayor K 201 (1774) abriendo la segunda parte para disfrutar cada uno de los cuatro movimientos por sonoridades increíbles en todos (momentos donde las violas sonaron a flauta), por una energía nunca desbocada desde una gama dinámica portentosa, incluyendo el viento, una limpieza de ejecución más que digna para los de Salzburgo, y unos tiempos ajustados con un sentido musical puramente clásico. Si un par de días antes me quejaba de la ausencia de un sonido propio ante la primacía de la cantidad, hoy la calidad permitió degustar el «sonido Mozart de Salzburgo» que refleja la biografía incluida en el programa, con unas excelentes notas de Alberto González Lapuente. Impecable la sucesión de temas y movimientos de esta sinfonía tan emocional y galante de un genio con 18 años que don Leopoldo prefería no dar a conocer por no estar a la altura de su hijo, con ese final verdaderamente «spiritoso», escuchando todas las notas en una cuerda con impronta. Un soplo de aire fresco en aquellos años de suplicios con Colloredo que la Camerata de esa ciudad sintió como propia.

Cerrando la primera parte escuchamos el Concierto para piano nº 12 en la mayor, K 414 (1782) con un Fazil Say que pareció descolocar al público ante sus poses, primero de espaldas, como ajeno a la orquesta hasta que comenzó su intervención, limpieza en cada nota, presencia sin excesos y sobre todo un fluir que contagiaba a sus acompañantes, más protagonistas si cabe con esta obra de la que se el propio Mozart deja escrito que es «la exacta vía intermedia entre lo demasiado difícil y lo demasiado fácil» (carta a su padre del 28 de diciembre de 1782), pero que el turco Say aparentó lo segundo desde lo primero. Impresionante verle levitar por momentos sobre los pedales, manejo siempre al servicio del sonido, claro, ausente donde la pulsación da la duración exacta, con una primera cadencia en el Allegro que por personal no dejó de mantener el espíritu mozartiano en ningún momento y arropado por terciopelo con filigranas doradas. Del Andante como si quisiese dirigirse a si mismo, manos que cantan sin tocar, musicalidad hasta en los silencios, sentado en posiciones por momentos incómodas a la vista, la suya perdida en el infinito pero encontrada en unos trinos terrenales, asentados, y unos fraseos entendidos por la camerata fusionada con el solista. Y el Rondeau: Allegretto verdadera explosión contenida, incluso optando por cadencias nada largas para no perder la esencia del genio, ya vienés universal, a medio camino entre «la música de cámara sin interiorización y la música orquestal sin amplitud» que escribe González Lapuente.

Del Say compositor dos muestras del dominio tímbrico, rítmico y narrativo. Abría concierto su Chamber Symphony, op. 62 (2015) para orquesta de cuerda de la que Camerata Salzburg exprimió todo lo reflejado en la partitura, encargo a su vez de la Orpheus Chamber Orchestra y de la que el compositor reconoce su inspiración en la música de su país, «penetrar en las complejidades de la actual Turquía, y en una cierta introspección transmitida mediante el ritmo y la tonlaidad». País en la encrucijada Oriente – Occidente que la música de su compositor parece transmitir desde los compases y contrastes de tiempo hasta la nostalgia de una Constantinopla tan brillante y oscurecida en la historia, hasta llegar al Estambul de hoy, gitano, enérgico y turco desde nuestra «óptica auditiva europea», tristemente cerrada a unas culturas que también musicalmente siguen aportando mucho (mi recuerdo para la obra del franco-libanés Bechara El-Khoury). Una obra impactante, con toques minimalistas y sonoridades muy de nuestro tiempo.

Punto y aparte merece Silk Road (Concierto para piano nº 2), op. 4 para piano y orquesta de cuerdas más gong, la Ruta de la Seda que tanto ha inspirado a los artistas a lo largo del tiempo, un viaje de China a Europa y África aquí reflejado en cuatro espacios o movimientos: Tibet, India, Mesopotamia y Anatolia con un tratamiento abstracto a partir del conocimiento del folklore que el propio Fazil Say realizó en Berlín, cuatro movimientos con una nota pedal constante ejecutada por la contrabajista a la derecha del escenario y el gong separando cada etapa, más un piano lleno de exotismos buscados en la manipulación de las cuerdas, los apagadores, incluso tocando directamente sobre ellas evocando cordófonos asiáticos, toda una apuesta sonora donde el intérprete se vistió para ella y ejerció de mago más que director para ir dirigiendo este viaje a la misma cuerda capaz de sorprender con Mozart o Say. Imposible expresar las sensaciones en casi veinte minutos de obra y mejor (d)escritas en las ya referidas notas al programa de González Lapuente, dejando al final el vídeo con la Academy of St. Martin in the Fields en Kiel del año 2011.

La propina del propio Fazil Say solo con el piano dejó aromas de Mompou o Esplá, el mismo Mediterráneo hecho música, en la línea de su capacidad improvisatoria y podemos disfrutar mucho más en su web oficial así como en el canal de YouTube, la mejor plataforma para dar a conocer una música que no deja indiferente y menos cuando los intérpretes tienen la calidad de una camerata con el propio compositor al frente, al que me encantaría escuchar con Patricia Kopatchinskaja porque sus dúos son para no olvidar.

Potencia musical americana

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Sábado 6 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Daniel Müller-Schott (violonchelo), National Symphony Orchestra Washington, Christoph Eschenbach (director). Obras de C. Rouse (1949), Dvorak y Brahms / Schoenberg.

Las grandes formaciones orquestales tienden a impactar precisamente por su rotundidad sonora, y el director alemán afincado en EE.UU. parece haberse sumado a la magnificencia más en número que en calidad, algo en lo que parecen coincidir muchos, «Un director capaz de galvanizar un conjunto sinfónico y de extraer de él, por derecho, interpretaciones que destacan más por su brío que por su delicadeza» (Arturo Reverter en «El Cultural»). Basta con recontar la plantilla de la cuerda (15-13-11-9-8) para hacernos una idea del despliegue que la NSO de Washington con su titular han traído a esta gira europea. Tampoco podemos hablar de un sonido propio como antaño, donde las diferencias entre los continentes eran mayores y los europeos presumíamos de una tímbrica vienesa o inglesa. La globalidad y los directores tienen parte de la responsabilidad, Eschenbach coloca la orquesta «antifonal» en violines con contrabajos tras los primeros, timbales al fondo a la izquierda y las trompas a la derecha continuando linealmente los metales, más las maderas algo más adelantadas, logrando una espacialidad sonora algo distinta y de agradecer sobre todo en la segunda parte.

Buscando la potencia de la llamada sinfónica nacional de EE.UU. aunque le va mejor lo de Sinfónica de Washington, arrancaron el concierto con Phaeton (1986) para gran orquesta de Christopher Rouse (Baltimore, 1949), de inspiración mitológica al contar la frenética carrera de Faetón en su carro de caballos que el compositor yanqui parece reducir al adjetivo más que al sustantivo, abundante percusión donde no falta el «martillo mahleriano» y un crescendo de casi nueve minutos evocador del bolero raveliano solamente por buscar algún paralelo. Como anécdota mientras Rouse componía los compases donde quiere «reflejar» que Zeus fulmina a Faetón explotó el transbordador Challenger al que finalmente dedicará la obra en memoria de los siete fallecidos. No hubo que lamentar desgracias en el auditorio ovetense pero debo recoger lo que mi querida «paisana» Lorena Jiménez Alonso escribe en las notas al programa: «Su música es pasional, emocionante y electrizante… Si a eso añadimos estrepitosa y virtuosística, tenemos la definición de Phaeton«, un orquestón de calidades globales pero nada sobresalientes para una partitura algo repetitiva aunque visualmente espectacular, o como suelo decir en estos casos, muy yanqui.

Ya he perdido la cuenta de las veces que el chelista alemán Daniel Müller-Schott ha estado en Oviedo con esa joya de instrumentos como el «Ex Shapiro» Matteo Goffriller fabricado en Venecia en 1727, verdadera maravilla de sonido, con armónicos también espaciales, volumen estratosférico y musicalidad en estado puro en sus manos, desde un arco poderoso y sensible a una mano izquierda que dibuja los pentagramas con esmero. El Concierto para violonchelo y orquesta en si menor, op. 104 (Dvorak) está entre los preferidos de los grandes solistas aunque necesita como es de esperar el equililibrio con la orquesta, algo que esta vez no se logró siempre, sin una concertación clara por parte de Eschenbach, Müller-Schott hubo de renunciar a parte de su potencial, también poco ayudado por unos «diálogos» donde los atriles solistas no engancharon con el chelo ni tampoco las dinámicas algo exageradas. Una pena porque los tres movimientos dan para explotar recursos en cada momento, desde el Allegro inicial que debe encajar en cada detalle, hasta el Finale: Allegro moderato de dinámicas en cascadas emotivas, pero y especialmente en el Adagio, ma non troppo donde la batuta y solista fueron por caminos divergentes en vez de mimar un lento ideal para un chelista de sonido pulcro y penetrante.

Al menos su regalo de Ravel, el Kaddish (de las «Deux mélodies hébraïques») esta vez solo, nos permitió paladear el Goffriller y la musicalidad a la que Müller-Schott nos tiene acostumbrados.

Del Cuarteto con piano en sol menor, op. 25 de Brahms, Schoenberg realiza un arreglo para orquesta del que podemos decir lo mismo que el gran Otto Kemplerer: «El arreglo suena tan bien, que ya nadie querrá escuchar el cuarteto original», y esta vez la NSO con su titular buscaron la fidelidad a Brahms haciendo que se escuche todo de una vez, algo que Schoenberg como pianista conocedor y orquestador consumado puede lograr en esta singular obra, recreación más que arreglo de un compositor cuyo catálogo de cámara es probablemente superior cualitativamente al sinfónico, puede que por su autoexigencia de contar con Beethoven como modelo. El propio Arnold daba tres razones para esta transcripción: «Me gusta la obra. Se toca raras veces. Siempre se toca mal, porque cuanto más bueno es el pianista, más alto toca y no se escuchan las cuerdas», algo que la orquesta de Washington y Eschenbach lograron ampliamente. Impresionantes la riqueza de planos en el Allegro inicial, especialmente en la madera aunque seguía habiendo desajustes, o el Intermezzo que pareció más equilibrado, pero parecía que el director alemán se reservaba para el sensacional Animato de sonoridades pletóricas y sobre todo el final Rondo alla zingarese que hizo todo lo posible por mostrar cierto parentesco con las «Danzas húngaras» del hamburgués, e incluso con algunas eslavas del Dvorák que cerraba la primera parte. Potencia musical para una orquesta a la que su titular tendrá que hacer aún más suya, especialmente en la búsqueda de una identidad de la que adolece.

La propina final para mantener esa plenitud nada menos que la Danza de los comediantes de «La novia vendida» (Smetana), puede que lo mejor del concierto y como si todos dieran lo mejor de un espectáculo con un tempo verdaderamente vertiginoso, supongo que por la hora avanzada y el hambre, con Eschenbach ejerciendo de verdadero kaiser a la batuta.

Y febrero continuará con un especial suma y sigue… no hay mejor carnaval que el musical.

Galante, clásico y heróico

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Viernes 5 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA, Juan Ferriol (oboe), Perry So (director). Obras de Rameau, Haydn y Beethoven.
Las visitas del maestro So al frente de la OSPA suelen contagiar alegría desde un estilo académico de gesto claro y preciso que va madurando sobre todo cuando se enfrente a obras del llamado «repertorio», hoy bien elegido y organizado para saborear el sinfonismo, desde el estilo galante de Rameau, el puro clasicismo de Haydn, padre de la sinfonía quien diría de Beethoven que «este chico dará mucho que hablar», y será el de Bonn afincado en Viena quien dará el paso desde lo ya establecido para romper y crecer hasta el Romanticismo, tres compositores con tres formaciones que también fueron aumentando la plantilla para seguir celebrando unos 25 años con estilos básicos y necesarios para todo melómano pero también para los propios intérpretes, aumentando la formación desde una casi camerística con clave (Silvia Márquez) pasando por el concierto atribuido a Haydn, hasta la gran orquesta con 6 contrabajos, vientos a dos (salvo el trío de trompas para la «Heróica«), y con un solista de la propia orquesta como el oboísta Juan Ferriol que nos volvió a recordar la calidad de nuestros músicos.

Interesante programar la Suite (1764) de Les Boréades de Rameau, en edición del propio Perry So, seis números bien armados sin necesidad de criterios historicistas pero degustando esta especie de trailer de la «tragédie en musique» del compositor francés como bien escribe Juan Manuel Viana en las notas al programa (enlazadas al principio en cada compositor), ese Rameau que me redescubrió mi admirado Mario Guada y del que atesoro su excelente artículo para el Anuario Codalario de 2014, y por supuesto estas joyas que Gardiner, W. Christie, Brüggen o nuestro Savall han puesto en el lugar que se merecen. Un gusto cada número donde la cuerda camaleónica suena verdaderamente barroca, con el clave de Silvia Márquez aportando las perlas, la percusión de Casanova pone los detalles ideales (excelencia en la Contredanse très vive) o un dúo de flautines de «los Pearse» digno de los pífanos reales, así como un dúo de trompas sonando como si fuesen naturales, placeres que no debemos olvidar programar porque son éxito seguro cuando la calidad sobra y la química con el podio es evidente, máxime si además es responsable de la partitura a dirigir, sabedor del material humano capaz de adaptarse a todos los repertorios. Interesante incluso la colocación, con los contrabajos a la izquierda tras los primeros violines.

No importa la autoría del Concierto para oboe en do mayor, Hob VIIg:C1 (1800) porque realmente suena y está escrito en el más puro clasicismo, tres movimientos de libro para lucimiento del solista, un Ferriol seguro siempre en el atril y dando un paso al frente corroboró no ya su profesionalidad sino el buen gusto y musicalidad con un instrumento de sonido cautivador, timbres extremos y dinámicas capaces de recordar trompetas o cellos, con fraseos ilimitados siempre bien concertados por So con una orquesta ideal donde el clave recordó su protagonismo dentro de la formación clásica que Haydn, al igual que Mozart, quiso mantener en pos de unas sonoridades elegantes como las mostradas por una OSPA nuevamente ideal en número. El Allegro con brio bien llevado en la alternancia con el solista, que dejó una cadencia vertigionosa, el Andante clásico a más no poder por cantabile y expresivo, melódico oboe bien arropado por una tímbrica orquestal mimada, y el Rondo: Allegretto decidido en todos los intérpretes. Clasicismo bien entendido y mejor tocado con merecidos aplausos para todos, especialmente para Juan Ferriol que nos regaló junto a sus compañeros un tranquilo Oblivion de Piazzolla casi inédito por los ornamentos y una cuerda sedosa, porteña a más no poder poniendo traje de terciopelo a ese otro rompedor argentino.

Foto ©OSPA

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Heroica» (1803) nada más que el mejor Beethoven, punto de inflexión en la historia de la música, rompedora con el clasicismo desde sus propias recetas, cuatro movimientos que se estiran buscando sonoridades orquestales que desde entonces exigiremos a todos sus sucesores. Perry So apostó por la valentía sabedor de una OSPA en estado de gracia en todas y cada una de las secciones, empastada, afinada, compenetrada, entregada y convencida de un repertorio que siempre deseamos no nos falte. Con decisión atacó el Allegro con brio, sonoridades impecables donde se podía escuchar cada nota con el balance preciso para compartir protagonismos, la Marcha fúnebre: Adagio assai verdadero milagro compositivo, testamento vital donde la tristeza de la muerte física trasciende a la alegría de los recuerdos luminosos antes de la vuelta a la ausencia, emociones transmitidas por unos matices íntimos bien entendidos. Del Scherzo: allegro vivace destacar la valentía del tempo arriesgando todos incluyendo un trío de trompas que suenan como una, sonido trabajado aunque siempre en la cuerda floja de la imprevisible nota falsa pero primando el conjunto, y sobre todo el Finale: Allegro molto redondeando una tercera realmente heróica, de lo más sentida por todos como así entendió el público. Me quedo con momentos revividos como el dúo de fagot y flauta, la presencia de una cuerda que a lo largo del concierto se transformó al servicio del estilo sin perder homogeneidad, pero sobre todo el entendimiento con un Perry So cada vez más asentado en el difícil mundo de la dirección.

Vidrio, piedra y Bach

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Jueves 4 de febrero, 20:30 horas. Catedral de León: «Bach en la Catedral». Arvid Gast, órgano. CNDM en coproducción con el XXXII FIOCLE.

De octubre de 2014 a junio de 2016 la integral para órgano de Bach suena en el Auditorio Nacional de Madrid y dos días antes siempre en la Pulchra Leonina, peregrinaje para todos los amantes del instrumento rey, un total de 20 conciertos (supongo que el número 18 quedará suspendido tras la muerte de Jacques Van Oortmerssen el pasado 21 de noviembre de 2015) donde ir desgranando el maravilloso mundo de «Mein Gott», organizados por los mejores intérpretes actuales sin repetir obras. Y llegó a León un músico de Bremen, organista en Lübeck y Magdeburgo, dos puntos de referencia en la vida de Bach, dispuesto a seguir sorprendiéndonos con la riqueza tímbrica del instrumento de Klais al que bauticé en su inauguración como «El Bicho«.
Impresionante la limpieza de ejecución en cada obra, la sabia elección de registros, la claridad meridiana con la que pudimos paladear todas y cada una de las voces, notas independientes siempre relacionas, una verdadera liturgia oficiada por el maestro Arid Gast (1962) que pergeñó obras con verdadero primor, orden y concierto similar al de las vidrieras y las piedras góticas de la catedral más bella de España, con perdón para las demás (y lo dice un asturiano).

El «pastor» Gast convocó al pueblo, que volvió a llenar el templo catedralicio de Santa María de Regla, para escuchar el sonido alemán ya de acento castellano, con el Preludio y fuga en la menor, BWV 551, logrando mantener ese respeto mágico desde un silencio que permitía asombrarse con los sonidos saltando de una a otra fachada (los llamados «coro del norte» y «coro del sur»), estando yo situado en la nave central bien ubicado para escuchar los efectos, con la vista puesta en el retablo, las vidrieras, las bóvedas y los arcos ojivales. Toque de arrebato en trompeterías con pedaleros como truenos y relámpagos descansando con reposo en el acorde perfecto.

Tres corales (uno de Schübler BWV 649, más el preludio coral BWV 717 y el BWV 706 de Kirnberger) nos hicieron meditar, saborear unos flautados deliciosos en el del medio o unas homogéneas lengüetas claramente diferenciadas en color y dinámica, sin perder nunca las melodías populares que Bach eleva a divina, ceremonia casi religiosa con los comentarios musicales a los textos luteranos antes de otra explosión de la perfección matemática del orbe divino, la Fuga en do menor (sobre un tema de Giovanni Legrenzi) BWV 574, donde el organista demostró no ya un virtuosismo presupuesto sino la sabiduría en elegir los registros, poder escuchar las voces con timbres independientes desde el sujeto hasta la exposición, con un pedalero casi tercera mano de presencia luminosa y sustento pétreo en el Klais, recovecos, precisión, balance y reposo a la búsqueda del descanso en el acorde mayor.

De nuevo la meditación con tres de los llamados Corales Neumeister, los BWV 1097, BWV 1099 realmente poderoso, y BWV 1108, ligero desde una mezcla de lengüetería y principal, el contraste barroco de tiempos y dinámicas, ordenados cronológicamente además de sapiencia, fraseos brillantes, contracantos equilibrados, luces y sombras sin oscuridades, esperanzadoras sin cegarnos y siempre respetando cada nota, su duración, los ornamentos justos y el silencio sepulcral sobrecogedor para dejar sonando en el aire cada exhalación de los tubos.
La Fantasía en do mayor, BWV 570 supuso el momento álgido de la ceremonia, la liturgia de la palabra hecha música, cual golpe de pecho inicial y sobrecogedor ante unos pecados siempre veniales en un Bach que componía «Soli Deo gloria«, vanidad y soberbia casi necesariamente reflejadas en la escritura y aún más en una ejecución cual penitencia y absolución por el «pastor Gast«.

Aún quedaba el Contrapunctus XII a 4, rectus de «El arte de la fuga», BWV 1080/12,1 como si de un Apocalipsis se tratase, capaz de inspirar las mejores obras de arte y mantener todas las relecturas que se quieran incluidas las musicales. Rectitud y altura de miras como las columnas sosteniendo las bóvedas de esta catedral ansiosa de absorber lo que el material le impide, devolviendo generosa los versos en frases musicales donde seguían brillando registros por descubrir como la luz de las vidrieras a lo largo del día.

Finalmente la Toccata (Preludio y fuga) en do mayor, BWV 566a sonó cual bendición, recapitulación de una liturgia única, arrebatadoramente bella sin éxtasis barrocos, meditaciones con tormentas y recovecos para manos y pies que nos llevan hasta la luz cegadora del acorde perfecto de do mayor. Aplausos de alivio tras la tensión y agradecimiento ante unos sermones organísticos en el buen sentido de la palabra, la música pura desde la sabiduría y experiencia de un intérprete que parece imbuido del espíritu bachiano.

No son habituales las propinas, de hecho el maestro Arvid Gast estaba recogiendo las partituras pero el público le jaleaba, feliz ante tanta belleza, y qué mejor regalo que otras hermosas palabras al órgano, «Despertad, nos llama la voz» de Bach en el Klais, Wachet auf, ruft uns die Stimme de la Cantata BWV 140 en este caso la meditación que supone en el órgano el Coral Schübler BWV 645, un prodigio de sonidos todos en perfecto equilibrio, estabilidad emocional, capaz de escuchar una melodía arropada por las armonías del paraíso bachiano para dejarnos, si es que había duda, que Bach es mi Dios…

En Oviedo los jueves suenan a órgano

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Desde el pasado 10 de diciembre y hasta el 28 de abril del presente 2016, en Oviedo sigue sonando la música de órgano con un ciclo titulado «Las veladas de los jueves» que lleva como subtítulo Un recorrido didáctico por la Historia de la Música a través del órgano. Feliz iniciativa que recupera en parte un defenestrado Festival de Órgano de Asturias que patrocinaba la extinta (y saqueada) Caja de Ahorros de Asturias.

Así se mantienen en funcionamiento tres instrumentos de primera y la posibilidad de dar conciertos a alumnado y jóvenes intérpretes, completando la amplia oferta musical de la capital, coincidente con otras actividades pero con entrada gratuita a las 20:00 horas.
Volverán a sonar los órganos de San Tirso el Real fabricado por el Taller de Acitores, de Santa María la Real de la Corte de la factoría Grenzing, y de San Isidoro el Real de 1678 (Alonso Menéndez de Forcinas) y restaurado por Jorge Méndez (los únicos conciertos a las 20:30 h) siendo proyectados en pantalla gigante para no perdernos detalle de manos, pies o registros, y con la participación de los organistas Samuel Maíllo y Elisa García, así como la Escolanía San Salvador que dirige esta última, alumnado del CONSMUPA y del CPM de Oviedo, y solistas puntuales con programas realmente interesantes que dejo aquí:

De lo mucho y bueno merece la pena destacar el Ensemble de tubas del CONSMUPA que reforzará y hermanará el sonido de su «hermano mayor», los propios alumnos de órgano y cámara de los dos Conservatorios de la Corrada del Obispo, así como la Cantata BWV 56 (J. S. Bach) con el barítono Óscar Castillo y la Escolanía de San Salvador que repetirá cerrando ciclo con música del archivo de la S. I. Catedral de Oviedo junto al alumnado del CONSMUPA, pero repito que los programas además de didácticos, repasan un amplio espectro de autores y estilos.

Espero poder asistir a alguno aunque las coincidencias con otros ciclos donde estoy abonado siempre priman, pero la agenda también permite jueves organísticos y no solo en la vecina Catedral de León que continúa con su ciclo dedicado a la integral de Bach.

That’s entertainment

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Sábado 30 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia, WDR, Wayne Marshall (piano y dirección). Obras de G. Gershwin y L. Bernstein.
Como dice el título en inglés «That’s entertainment», eso es entretenimiento, un concierto para disfrutar con una música siempre cercana a nuestra memoria cinematográfica con dos compositores norteamericanos que entendieron la música popular del jazz para elevarla a categoría sinfónica desde unos arreglos realmente agradables de escuchar, esta vez con una orquesta alemana que parecía no de Köln sino de Hollywood, con una plantilla algo corta en la cuerda pero que cumplió con las expectativas de un programa diríamos que ligero, capitaneados por el organista, pianista y director británico Wayne Marshall, especialista en los dos compositores que hoy traía al Auditorio de Oviedo dentro de una gira que llegaba de Barcelona, supongo que por «encajarlo» en las llamadas jornadas de piano, aunque lo único con el instrumento de las 88 teclas solista sería la Rhapsody in Blue tras la obertura Of thee I Sing que supo a poco pese al éxito de todo el musical, y antes de lo que los anglófonos denominan «Medley» y nosotros popurrí, que comentaré más adelante.

Con una cuerda sedosa, abundante percusión, maderas donde no podían faltar los saxofones y el propio Marshall dirigiendo y tocando la «rapsodia» este «concierto» de piano tuvo dos momentos álgidos precisamente en los solos «made in Wayne» cargados de buen gusto jazzístico, distintos de las múltiples versiones que atesoro (la de Michel Camilo es referente para mí junto a la de Gabriela Montero, con el género de la improvisación tan antiguo como la propia música), llevando las melodías de Broadway con unas armonías delicadas bien marcadas, así como unos tiempos rápidos sin perder nunca el «swing» y dejando que la orquesta alemana demostrase la calidad de sus integrantes desde el solo de clarinete inicial. Difícil tocar y dirigir que el músico británico, dominador de todo el concierto (memorizado en su integridad), llegó a contestar tocando de pie sin perder detalle en una obra donde el solista tiene dificultades técnica y de carácter. No es el pianista y organista de color uno de esos intérpretes de fuerza en las dinámicas (con orquesta deberían ser algo mayores) ni de sonido cristalino (en los arpegios quedó algo opaco) pero su versión de la rapsodia fue notable, sobre todo por la visión global, impetuosa y cercana de una obra siempre actual con una instrumentación rica en colores aunque con la balanza caída hacia el carácter.

Con el título de Gershwin in Hollywood Robert Russell Bennet (1894-1981), un gran músico siempre en la sombra, orquestó esta suite de concierto con ocho conocidos temas de los hermanos Gershwin que hemos escuchado en tantas películas y documentales, todo muy bien analizado en las notas al programa por Alejandro G. Villalibre, donde no faltó «El amor llegó para quedarse» de la conocida película y musical Un americano en París, instrumentaciones muy «americanas» y canciones bien enlazadas para dotar de unidad idiomática en el amplio sentido este repertorio que también se denomina de «standards«. Bien los alemanes que tanto les gusta el jazz (no faltó el banjo), con calidad y calidez para esta música hoy sin palabras de George Gerswhin.

Un músico completo fue Leonard Berstein, el gran Lenny que destacó en todas las facetas (también interpretó y dirigió la «Rhapsody») y donde la composición nos ha dejado páginas únicas que rompen etiquetas, caso de West Side Story o Candide, versiones en cualquier soporte y escena con fuentes cercanas tanto a Gerswhin y el jazz como a Copland o lo mejor del music hall, su forma de entender el espectáculo total, concepción de la ópera popular, opereta en cuanto a la cercanía contrapuesta a la «seria» que parece irreconciliable con ese letrero de «música culta» que los puristas no perdonaron (ni perdonan) todavía en este siglo XXI. Mejor interpretación de unas partituras llenas de matices, contrastes, ritmo y siempre la popularidad desde la calidad.
Las «Danzas sinfónicas» de West Side Story mostraron el dominio que Bernstein tenía del lenguaje orquestal, revisión de 1961 para unir nueve secciones de su musical tras la orquestación que Ramin y Kostal hicieron para la película que nos hizo enamorarnos de Natalie Wood, dejando la música pura capaz de mantener el dramatismo del argumento shakesperiano. Un placer escuchar los temas por unos alemanes a los que Marshall deja disfrutar, con un Mambo realmente latino y técnicamente sinfónico a más no poder.
Otro tanto podríamos decir de la suite de Candide, obertura incluida, que la Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia eleva a la categoría de culta con una ejecución impecable en todos los números y una química con el maestro británico al que especializarse en estos repertorios le da la autoridad demostrada en unas interpretaciones de indiscutible calidad.
Entretenimiento ideal para una tarde de sábado y cual cambio de menú que los melómanos agradecemos, aunque ya saben que me declaro omnívoro. El regalo con la orquesta «sola» y Mr. Wayne al piano (lástima no tener órgano como en Barcelona) como un músico más, todo un refresco.

Vientos del norte

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Viernes 29 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA, EntreQuatre (cuarteto de guitarras), Óliver Díaz (director). Obras de Erik Satie, Flores Chaviano y Jean Sibelius.
Jueves «playo» y viernes carbayón con aniversarios de casa y compartidos, en plena celebración de los 25 años de nuestra orquesta más los 30 del cuarteto de guitarras formado por Jesus Prieto, Carlos Cuanda, Carmen Cuello y Manuel Paz, que además nos traía un estreno a ellos de dicado de un compositor muy unido desde a ellos desde sus orígenes como es el cubano Flores Chaviano, presente en la sala, y con una batuta también de casa como la de Óliver Díaz, actual director musical del Teatro de la Zarzuela.

Para abrir programa nada mejor que un poco del humor de Satie y su Jack in the Box (1899) en la orquestación de Darius Milhaud del año 1926 para la versión de ballet encargada por el siempre oportuno Diaghilev, que la OSPA (levemente reforzada) disfrutó con la energía de Díaz en sus tres movimientos, Preludio, Entreacto y Final para ir calentando motores rítmicos y dinámicos, con unos solistas en estado de gracia y una cuerda que nos devolvía ese sonido tenso y claro, una muestra de las calidades demostradas en cualquier repertorio y que en este quinto de abono corroborarían.

El Concierto nº 2 para cuarteto de guitarras y orquesta (2015) de Flores Chaviano (1946) está en la línea de sus obras sinfónicas, buen orquestador y conocedor de la rica tímbrica instrumental especialmente la de «su» instrumento, hoy en cuarteto con leve amplificación que por momentos quedó tapada ante una masa sonora poderosa así como un impulso rítmico más allá de la «consabida» etiqueta caribeña. Los tres movimientos en los que se estructura sirven para jugar con los colores de todos los instrumentos desde el inicio con un solo de clarinete bajo excelentemente «cantado» por Antonio Serrano (que ya me maravillase en el Pierrot de la semana pasada) así como el protagonismo del trío de percusión, Pablo García Reyes («pequeña percusión»), Francisco Revert (vibráfono) y Rafael Casanova (marimba) con unas pinceladas de color bien buscadas, no ya arropando a los solistas sino tejiendo una tímbrica especial que fue dando el ambiente sonoro. Solos realmente impecables y bien ejecutados por Christian Brandhofer al trombón, Vicente Mascarell al fagot, María Moros a la viola o Maarten van Weverwijk a la trompeta y un cuarteto que funciona cual guitarra imposible, empaste ideal, intervenciones encajadas al mínimo detalle, lirismo desde melodías apenas dibujadas o perfectamente reflejadas así como los juegos habituales de percusión, imaginando los tres ambientes de cada movimiento enlazados sin apenas respiro con un Óliver Díaz atento a cada entrada, color y volumen: la Entrada, los Diálogos y una impactante Kora-Finale, aromas norteafricanos inspirados en el laudista Driss el Maloumi (con quien Entrequatre también ha tocado), un lento central de conversación amigable antes del rítmico final de acento más reconocible para un concierto bien ensamblado con la única pena de un mayor volumen del cuarteto solista, aunque tener la guitarra con orquesta suele dar estos problemas, pero Flores Chaviano nunca defrauda ni deja indiferente a nadie.

Para quitar este cierto malestar sonoro, EntreQuatre nos regalaron la Cubanita del propio Flores Chaviano, feliz en la sala y siempre unido a nuestra tierra, con el sabor camerístico y la calidad instrumental de un cuarteto al que los años le dan una solidez y entendimiento que sólo el tiempo es capaz de conseguir.

Sibelius es la prueba de fuego para toda orquesta, siempre bien con nuestra OSPA, y la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43 ya la hemos disfrutado en el auditorio con algunas interpretaciones para el recuerdo, una formación la asturiana versátil ante los distintos directores que se ponen al frente. Con Óliver Díaz puedo asegurar que la versión de esta segunda alcanzó cotas casi de perfección, dominador de principio a fin apostando por el juego de matices cual ingeniero de sonido capaz de dinámicas extremas capaces de expresar la levedad del gélido viento finlandés o la magnificencia de una música grandiosa sin exageraciones pero sacando lo mejor de cada sección. En su entrevista para OSPATV citaba la versión de Bernstein y puedo afirmar que tiene mucho de ella aunque tamizada por su propia personalidad. En el Allegretto pudimos disfrutar de la cuerda apuntada en la primera parte, tensa, vibrante, presente, clara, de «pizzicatti» punzantes y amplia en expresión con unos graves poderosos (seis contrabajos), una madera de empaste idílico que la paleta de Sibelius resalta aún más, unos timbales en su sitio con un aire reposado, y sobre todo los metales que siguen sonando orgánicos, seguros, aterciopelados, pudiendo paladear esa paleta tan del finlandés, con un empuje desde el podio llevándonos por una montaña rusa de sensaciones. El Andante, ma rubato nos mostró la madurez de un Óliver Díaz cada vez más afianzado en los grandes repertorios, capaz de jugar con el tiempo sin perder pulsión y de nuevo sacando matices y planos a la orquesta asturiana que siempre están ahí pero no salen a flote, incluso los expresivos silencios sin apurar la continuidad, dejando fluir las hermosas melodías de Sibelius en todos los colores posibles con majestuosidad y también introversión a partes iguales. Se empapizó un poco el Vivacissimo más por las dificultades de encaje en un aire realmente vertiginoso por el que optó la batuta asturiana, exigiendo unidades que sólo se alcanzan con muchísimos días trabajo, algo que en nuestros tiempos es imposible. Cuerda limpia, vientos frescos (encantador solo de oboe de Ferriol), percusión segura y la tensión del movimiento bien lograda cuando el tiempo lento devolvía tranquilidades expresivas. Así quedó todo listo para el Finale: Allegro moderato que puso a intérpretes y partitura en todo lo alto, nueva demostración de calidad en cada solista y sobre todo en esa visión global de esta segunda sinfonía que parece darnos solamente alegrías, empuje de viento del norte, obligando al director ovetense a salir varias veces, siendo reconocido su trabajo al frente de una formación asturiana con la que nos gustaría disfrutarle más veces en los repertorios que engrandecen a los intérpretes.
Dejo como homenaje a EntreQuatre la nota de prensa con motivo de este aniversario:

El cuarteto EntreQuatre está celebrando sus 30 años de actividad concertística ininterrumpida con una serie de conciertos. Dos de los más señalados son los que se celebrarán esta misma semana con la OSPA con el estreno mundial del Segundo Concierto para 4 guitarras y orquesta de Flores Chaviano.

Tras varios años las dos formaciones asturianas vuelven a juntarse para un nuevo proyecto en esta ocasión con música de Flores Chaviano, el gran innovador de la guitarra en España y que ha creado docenas de obras para EntreQuatre en todos estos años.

La obra se mueve en ese mundo sonoro tan sugestivo y a la vez inquietante de la música afrocubana en el que Chaviano tan bien se desenvuelve; en esta ocasión un poco más cerca de África que de Cuba.

A la batuta estará el gran director asturiano Óliver Díaz recientemente nombrado director musical del Teatro de la Zarzuela siendo este su primer concierto en Asturias tras ese nombramiento.

Poco se puede añadir sobre la conocida y amplísima trayectoria de la OSPA. En cuanto a EntreQuatre, está ampliamente reconocida su impresionante trayectoria concertística internacional con más de 40 países visitados, y también su aportación al repertorio para cuarteto de guitarras propiciando la creación de, hasta el momento, 57 obras de grandes creadores españoles e iberoamericanos. Cabe destacar su presentación en el Carnegie Hall de Nueva York en 2004 y la nominación a los Grammy’s Latinos en 2009. (se adjunta historial actualizado)

Rogamos la máxima difusión de este singular evento que se producirá el próximo jueves 28 a las 20:00 en el Teatro Jovellanos de Gijón, y a la misma hora el viernes 29 en la sala principal del Auditorio de Oviedo.

 

Sobre todo Beethoven

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Domingo 24 de enero, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del AuditorioJeremy Irons (narrador), Kerstin Avemo (soprano), Orchester Wiener Akademie, Martin Haselböck (director). Obras de Beethoven.

Difícil llenar el auditorio para escuchar a Beethoven aunque el público mayoritariamente quería ver a un actor famoso. No les importaba que primero escuchásemos esa maravillosa Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92, para abrir concierto y aplaudiesen entre los movimientos, organizando el programa como en el Festival de Granada y repetido el día anterior en Barcelona, pensando en despistados que olvidan el horario dominical, o tal vez dejando el «reclamo» para la hora esperada y cerrando este éxito puede que previsto más por el peso de Irons (creo que ganamos con el cambio por el previsto Malkovich) que Beethoven. Todo sea por escucharlo en este formato.

La orquesta vienesa con instrumentos de época y dirigida por su fundador, el maestro Haselböck afrontaría una séptima algo descompensada en dinámicas precisamente por unos metales, sobre todo las trompas, algo ásperos y exigiendo una presencia puede que desmesurada teniendo la plantilla de cuerda algo «mermada» si se buscaba grandiosidad. El Poco sostenuto – Vivace sirvió más de calentamiento que de verdadera interpretación aunque la calidad de los músicos parecía más que asegurada. El conocido y tantas veces versioneado Allegretto sonó más empastado aunque la madera natural unida a esa afinación más baja de la actual nos deje un sabor algo opaco. El Presto trajo lo mejor de la cuerda, siempre de presencia aterciopelada y tal vez falta de una garra a la que nos han acostumbrado las grandes orquestas, incluso manteniendo estos criterios llamados historicistas pero con plantilla mayor. El concluyente Allegro con brio volvió a demandar desde el podio sonidos ásperos en los metales e incluso en el fagot, perdiendo un poco el colorido de los clarinetes aunque flautas y sobre todo oboe pudieron lucirse. Los timbales de cobre y piel emborronaron las líneas claras de una ejecución muy «académica», pulcra, con claroscuros expresivos y algún destello de calidades.

En cambio esa misma paleta algo más amortiguada resultó ideal para la poco escuchada Ah! perfido, escena y aria para soprano y orquesta op. 65 con la soprano sueca Kerstin Avemo de bello color y registros desiguales, poderoso agudo más seguro en los fuertes, una zona media suficiente y como tristemente sucede en el grave, algo escasa de volumen, forzando la emisión con unos giros de cabeza que descolocaban su voz más de la cuenta. Con todo mejoró de la escena al aria Per pietà, non dirmi addio, de estilo clásico muy en línea mozartiana que pareció venirle bien con una orquesta no muy numerosa aunque Haselböck se encargó de domarla tras la primera parte, como si Beethoven fuese poseído por el espíritu de Mozart residiendo en la misma casa de Praga y con conexiones que Iker Jiménez podría tratar en sus programas.

El esperado Jeremy Irons sería el encargado de narrar los versos de Goethe dedicados a Egmont, adaptados por Franz Grillparzer en versión de Christopher Hampton que además sobretitularon al castellano aunque la dicción del actor inglés resultó una lección teatral, alternando con las arias de la soprano y de nuevo la orquesta al completo con momentos brillantes mimada en los planos por el director austriaco que no necesitó batuta (ni partitura para la séptima) marcando con sus manos todas las intervenciones con detalle.

Interesante este Egmont, op 84 más allá de la conocida Obertura: Sostenuto, ma non troppo – Allegro – Allegro con brio, también las nueve piezas musicales que habrían de interpretarse durante la representación teatral además de los pasajes instrumentales que engarzarían los cinco actos del drama, por tanto una recreación al representarse con los textos jugosos en inglés de un actor que llena la escena, las arias en alemán de la sueca y el sonido vienés de una joven orquesta ceñida a la historia de un Beethoven siempre atemporal. Energía, dramatismo, esencias, brillos sin oropeles, lecturas para recapacitar y un verdadero espectáculo para disfrutar de este Egmont «Para la libertad» como titulaba las notas al programa Luis Gago, también traductor al español de los textos, que explica el paralelismo del Egmont teatral y musical sin olvidarse de las canciones para Clärchen que Avemo no sintió como era de esperar de una heroína, siendo Irons quien bordó textos con intención, dicción y escena pletórica, reforzada por el solo de trompeta y el timbalero fuera de escena que hubo de volver rápido para la Sinfonía de la victoria: Allegro con brio, nueva prueba de fuego para una orquesta muy decorosa con un director que la conoce bien.

En suma un Beethoven que hizo triunfar sobre las tablas del auditorio a Jeremy Irons, por otra parte esperado y como buena disculpa para hacer caja con un espectáculo bien traído a Oviedo.

Savall sin fronteras

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Sábado 23 de enero, 20:30 horas. Auditorio de León, XIII Ciclo de músicas históricas. Hespèrion XXI, Jordi Savall (viola de gamba y dirección): «La Europa musical: 1500-1700». Entrada: 10€. Coproducción del CNDM.

Magia universal con las violas de gamba en todas las tesituras la que trajo a León nuestro universal catalán, con siete músicos en escena capaces de romper las fronteras de una Europa ideal que recordaba el propio Savall antes de la segunda propina, compositores en otros países uniendo acentos para una música a atemporal que mueve público de todas las edades como el que llenó el auditorio de la capital hermana de la asturiana.

Un renacido Savall con la viola de gamba soprano preparó seis bloques bien hilvanados con la danza de nexo, repartidos en dos mitades:

Unas «Danzas italianas del Renacimiento veneciano» para presentar la capacidad de este Hespèrion del XXI: Lorenz Duftschmid a la viola baja más un Philippe Pierlot doblando alto y baja, casi alter ego «savalliano» a lo largo del programa, el violone de Xavier Puertas, la tenor de Sergi Casademunt al lado del maestro, completando toda la tesitura de una viola de gamba más actual que nunca, y los dos detallistas necesarios cual orfebres para preparar unos grabados musicales llenos de monocromías irisadas: Enrike Solinís con doblete tiorba y guitarra siempre complementando con punteos o rasgueos el fluir frotado, más la imprescindible percusión de un siempre maravilloso Pedro EstevanLas cuatro danzas elegidas prepararon lo que vendría después dado que aún faltaban detalles como cuidar más los finales de Pavana, Gallarda, Tedescha y Saltarello.

El segundo bloque «Elizabeth Consort Music» nos preparó a tres ingleses (Dowland, Gibbons y Brade) con verdadero acento británico que el septeto interiorizó al detalle convirtiendo el auditorio leonés en corte danzante de las islas. Maravilloso empaste de cuerda frotada con las perlas de la tiorba y la percusión vistiendo a Savall y su viola soprano de rey supremo.
Para cerrar la primera parte unas «Danzas y variaciones de España y Portugal» para seguir paseando por aquella Europa de intercambios sin fronteras como Hespèrion XXI deleitando polifonías vocales o ritmos ibéricos de Luys de Milán, Cabezón con las Diferencias sobre la Dama le demanda, Diego Ortiz y el portugués Pedro de San Lorenzo, delicioso escuchar las voces agudas de Savall y Casademunt contrapuestas a los bajos de Pierlot y Duftschmid con el soporte del violone de Puertas mientras Solinís rasgueaba la guitarra completando las excelentes pinceladas de Estevan, para ir rematando con unos Canarios para lucimiento de un Savall inspirado recorriendo todo el registro de la soprano, de arco poderoso jugando con mayores y menores cual Jam session renacentista más actual que nunca, demostrando un entendimiento con sus músicos envidiable.

Los tres bloques de la segunda parte, ya con el septeto en plena forma, nos llevaron por Francia y Alemania antes de una recapitulación europea:
«Músicas para el Rey Luis XIII» capaces de alternar intimismo y danza, «Músicas de Alemania» centradas en un Samuel Scheidt de colorido etéreo en la línea de aguafuertes y grabados bien delineados, y «Música de la Europa Barroca» haciendo convivir a Purcell, Joan Cabanilles, J. H. Schein, Dumanoir y la excelencia de la Gallarda napolitana de Antonio Valente, juegos de «pizzicatti» actuales para una música de «solo» 500 años que con Hespèrion sigue más actual que nunca, recreando sonoridades de claves y laudes celestes.

Aplausos más que merecidos que nos dejaron de propina otro bloque de cuatro danzas francesas, la segunda lengua de Savall que hace suya esta música cercana a la que el país vecino tanto le debe. Reconforta volver a escucharle feliz tras malos tiempos recientes y comprobar que su legado todavía sigue creciendo. Verdadera y merecida ovación, palabras de agradecimiento y reivindicación de una Europa sin fronteras que tristemente este siglo vuelve a levantar, antes de regalarnos unas danzas de Brade donde todo Hespèrion con Savall a la cabeza recreó sonidos célticos que los asturianos sentimos tan cercanos como este León que me ha hecho un gran regalo de cumpleaños.

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