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Wagner ya no es una cosa rara en Oviedo

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Jueves 25 de enero de 2024, 19:00 horas. Teatro Campoamor, 76ª Temporada Ópera de Oviedo: «Lohengrin» (1850), música y libreto de Richard Wagner.

Crítica para Ópera World del viernes 26 con los añadidos de fotos de las RRSS y propias, más links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

La septuagésimo sexta temporada de la ópera ovetense llega a su fin con un esperado «Lohengrin» que sólo se representaría en 1897 y 1908 nada menos que con Francisco Viñas, y en 1949, versiones en italiano y español, debiendo esperar a recuperarlo en su versión original con una pobre producción de la Ópera del Teatro Nacional de Ostrava, que recuerdo como si fuese ayer de mis años de estudiante aquel 8 de mayo de 1983 en el IX Festival de Música de Asturias, conmemorando el centenario del Richard Wagner, algo que de por sí ya era “histórico” frente al reducto más puro del italianismo en que se convirtió Oviedo como ya por entonces reflejaba el profesor Casares en el libro del festival citado, recordando también a Bercelius, seudónimo del insigne poeta ovetense Ángel González quien en el periódico “La Voz de Asturias” escribía tras la reposición de 1949: «Una ópera de Wagner en Oviedo es cosa rara. No sé qué milagro o qué extraña casualidad hizo que se llegara a representar», y así ha sido hasta nuestros días. Al menos Don Ricardo en el siglo XXI ha vuelto al Campoamor más que en los dos siglos anteriores, si bien su música no dejó de sonar en nuestra tierra en sociedades filarmónicas, orquestas, coros e incluso bandas (“la música en postales” como las llamaba Adolfo Salazar), amén de una versión en concierto de 2008 en el Auditorio Príncipe Felipe (con Robert Dean Smith, Nancy Gustafson, Petra Lang y Hans Joachim Ketelsen).

Y es que Wagner ha estado presente más allá de Barcelona y Madrid, incluso trayendo la “rivalidad” con Verdi a Gijón y Oviedo, debiendo citar en la capital a un wagneriano de pro como Anselmo González del Valle, auténtico valedor de la música del alemán (como de Liszt), sin olvidar que Asturias siempre ha estado abierta a las corriente musicales europeas, al menos hasta la guerra civil como lo demuestran las estadísticas desde la década de los ochenta del siglo XIX. Bienvenido de nuevo este «Lohengrin» de nuestra época, que es el mejor epílogo de temporada con la esperanza de no esperar tantos años.

En un anfiteatro griego atemporal y abstracto se desarrolla esta historia del caballero del Santo Grial con la dirección escénica de Guillermo Anaya y la escenografía de Pablo Menor, simple, pura y “abrumadora” para mover a 193 personas del universo de Wagner, la obra de arte total (Gesamtkunstwerk) que siempre es exigente para todos pero nunca deja indiferente, haciendo partícipe de la acción a un público no muy entusiasmado pero que premió el esfuerzo global, con un vestuario de Raquel Porter huyendo de tópicos pero sobrio dentro una gama de colorido oscuro, contrapuesto al blanco y negro de la tragedia, con clara inspiración en el ‘art nouveau’ de referencias igualmente griegas.

Mucha filosofía clásica pero también de los contemporáneos de Wagner, unido a la psicología por la que transcurren tanto los protagonistas como el coro, trágico como los griegos, testigo y cómplice, lo público (conjuntos) frente a lo privado (de los dúos) a lo largo de casi cuatro horas de acción -con dos descansos- para armar este drama que fluye como la propia narración en alemán, llena de pasiones y conflictos de lo divino a lo humano. Así sentimos a las dos parejas principales contrapuestas, que fueron creciendo a lo largo de los tres actos y seguramente continúen en las tres funciones restantes.

La magia arrancó con el hermosísimo preludio inicial donde la OSPA mostró sus mejores cartas bien jugadas por un wagneriano reconocido como el maestro Christoph Gedschold (que ya dirigiese ‘El Ocaso’ de 2019), dibujando claramente los leitmotiven que cantarían los protagonistas, más el del tercer acto verdaderamente grandioso, de sonoridad clara en todo momento (incluso en las trompetas fuera de escena), dinámicas amplias, juegos tímbricos, primeros atriles impecables y la orquesta suficiente para este monumento operístico.

Impresionante el Coro Lohengrin Global Atac, el titular Coro Intermezzo reforzado para la ocasión: 68 voces más los cuatro pajes, maravillosas de afinación y presencia las siete voces de Divertimento, preparadas por Cristina Langa, verdadera cantera coral asturiana, que ayudaron a alcanzar una verdadera catarsis griega con el espectador. Momentos íntimos frente a los poderosos, especialmente los nobles y el pueblo de Brabante desde su primera intervención, al igual que graves y blancas por separado; también seguros y presentes los cuatro nobles “partiquinos” (Javier Blanco, Andoni Martínez, Francisco Sierra y Sergey Zavalin), sin olvidarnos de la famosa “marcha nupcial” que en la repetición fuera de escena costó algo más encajar con el foso, pero donde la colocación del coro, casi por cuerdas, unido al estatismo escénico tan de drama griego, pienso que lo agradecieron para poder impactar vocalmente, y donde el miedo a la masa orquestal hizo subir más decibelios de la cuenta aunque siempre insuflan emoción sonora al drama, sin perder nunca el empaste, el buen gusto y una emisión clara.

En el reparto una buena suma de voces conocidas y debutantes en la temporada ovetense. De las primeras el barítono gallego Borja Quiza nos dejó un correcto y poderoso heraldo del rey, la Ortrud de la soprano suiza Stéphanie Müther fue creciendo vocal y escénicamente, con un excelente segundo acto junto a Telramund. Y me quedo con la soprano donostiarra Miren Urbieta-Vega que triunfó y brilló en esta Elsa que debutaba en Oviedo: muy trabajada vocalmente, bien dramatizada a lo largo de toda la ópera, con esa evolución psicológica desde el miedo inicial a la esperanza, el “duelo” con Ortrud, o la escena del tálamo con Lohengrin, brillando su voz de emisión siempre clara en todo el extenso registro, tanto en los necesarios fortes como en unos pianos delicados y amplios matices probablemente en un rol no puramente wagneriano pero que le viene como anillo al dedo, siendo la verdadera triunfadora.

Entre los debutantes, un correcto rey Heinrich del bajo Insung Sim, con buen volumen en el agudo y grave corto pero redondo; un excelente y homogéneo Simon Neal como Friedrich von Telramund en toda la partitura, de color bien diferenciado entre el barítono irlandés y el gallego, dejando para el final al australiano, afincado en Irlanda del Norte, Samuel Sakker como Lohengrin. Esperaba más del protagonista que defendió su papel con afinación y escena, volumen suficiente pero no plenamente “heldentenor” aunque el color redondo sí se asemeje a los tenores dramáticos que antes llamábamos abaritonados. Sus agudos no siempre sonaron claros, reconociéndole el esfuerzo en la afinación correcta, siendo los mejores momentos aquellos más “emotivos” como el dúo con Elsa, y espero que los años redondeen una voz aún poco wagneriana.

Si tanto el vestuario como la escena mostraron sobriedad y efectividad, siempre apoyada en la iluminación adecuada de Ioan Aníbal López, a nivel vocal el elenco fue muy equilibrado, con el coro impactante, la orquesta en su línea de seguridad en el foso para estas partituras tan densas, y un Gedschold dominador del Wagner que siempre nos hace reflexionar sobre la condición humana, que no da descanso, y poder disfrutar de estas experiencias únicas que suponen las óperas de Don Ricardo. Este «Lohengrin» tan esperado no decepcionó y al fin podemos decir que en Oviedo ya no es una cosa rara escuchar sus óperas.

FICHA:

Jueves 25 de enero de 2024, 19:00 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor: «Lohengrin» (1850), música y libreto de Richard Wagner. Ópera romántica en tres actos estrenada en el Hoftheater de Weimar el 28 de agosto de 1850. Coproducción de la Ópera de Oviedo y el Auditorio de Tenerife.

FICHA ARTÍSTICA:

Heinrich der Vogler: Insung Sim – Lohengrin: Samuel Sakker – Elsa von Brabant: Miren Urbieta-Vega – Friedrich von Telramund: Simon Neal – Ortrud: Stéphanie Müther – Heraldo del rey: Borja Quiza – Nobles de Brabante: Javier Blanco Blanco, Andoni Martínez Barañano, Francisco Sierra Fernández, Sergey Zavalin – Cuatro pajes: María Alonso Sentíes, Aitana Carnicero Peinado, Carolina Cortijo Busta, Carla Gutiérrez Fernández, Irene Gutiérrez Fernández, Alberto Pardo López, Lola Villa Suárez.

Dirección musical: Christoph Gedschold – Dirección de escena: Guillermo Amaya – Diseño de escenografía: Pablo Menor – Diseño de vestuario: Raquel Porter – Diseño de iluminación: Ion Aníbal López.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) – Coro Lohengrin Global Atac (Coro Intermezzo) – Escuela de Música Divertimento.

PRENSA PREVIA:

Honestidad musical para el arranque invernal

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Iviernu I, OSPA, Juan Barahona (piano), Christoph Gedschold (director). Obras de Rachmaninov y Dvořák. Entrada butaca: 15 €.

Con homenaje a la recién fallecida Inmaculada Quintanal (La Felguera 1940), respetuoso minuto de silencio y dedicatoria a la que fuese Profesora de Música en mis años de estudiante en la E.U. de Magisterio, musicóloga, docente, investigadora y gerente de la OSPA durante la primera década de consolidación (1993-2003), mujer generosa, luchadora, honesta y valiente, comenzaba la Temporada de Invierno con estos calificativos válidos para un concierto que agotó las entradas pese a todas las incomodidades que supone esta pandemia que no cesa, incertidumbres continuas y un (sin)vivir al día pero demostrando que La Música, así con mayúsculas, y mejor en directo, es más necesaria que nunca, como siempre defendía mi admirada Inmaculada, pues la cultura es segura, y los sacrificios obligados no impedirán saciar este hambre de conciertos que son seña de identidad cultural de Oviedo y Asturias, como siempre digo «La Viena del Norte» español.

Programa con dos obras que todo melómano conoce, la orquesta también y Jonathan Mallada en las notas al programa, concluye sobre los dos compositores, Rachmaninov y Dvořák: «sus obras muestran siempre una frescura muy difícil de superar y, en definitiva, han trascendido los siglos como dignos embajadores de la sinceridad más pura que pueda existir: la sinceridad musical«.

Siempre es un placer escuchar el popular Concierto para piano nº 2 en do menor opus 18 del ruso, este viernes con el asturiano Juan Barahona de solista y la batuta del alemán Christoph Gedschold (tras su última visita wagneriana), siendo el austriaco Benjamin Ziervogel el concertino invitado y compañero del pianista en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Concierto difícil de concertar y momentos de ímpetu que pudieron desencajar algunos pasajes con el piano, por delante de la orquesta, pero mostrando una visión personal de Barahona quien tiene la obra bien rodada y trabajada de principio a fin, con un rubato especialmente sentido que Gedschold siempre intentó seguir aunque sin una marcada pulsación interior. La interpretación fue de bien a mejor, un Moderato apasionado con una orquesta de dinámicas ajustadas a la sonoridad pianística, un intenso e inmenso Adagio sostenuto muy sentido por parte del piano, y un entregado Allegro scherzando donde todos brillaron y encontraron el entendimiento perfecto para una obra de madurez tanto compositiva como interpretativa que Juan Barahona va moldeando en cada concierto.

Aplausos merecidos y propina como no podía ser otra del ruso, su Preludio en re mayor op. 23 nº4 donde sin el «encorsetamiento» orquestal sí pudo lucir esa musicalidad genética Juan Barahona, un intérprete de raza que crece con los años, siempre entregado y honesto ante las obras que amplían su ya extenso y exigente repertorio.

De la Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 de Dvořák no llevo la cuenta de las veces que ha sonado en este auditorio y a los atriles de la OSPA, siempre con buen sabor de boca en cada concierto, habiendo pasado por directores que dejaron huella con esta maravillosa página que siempre pone a prueba las formaciones sinfónicas y nuevamente la asturiana junto al alemán Gedschold han vuelto a deleitarnos con ella, perfecto complemento el checo tras el ruso (aunque hubiera estado bien alternar el orden para ir rompiendo los clichés de los programas) creciendo en los cuatro movimientos con un conductor de manos amplias, gestos claros y visión muy trabajada de dinámicas y tempi ideales para lucimiento de todas las secciones orquestales. Como en Rachmaninov la cuerda sonó dulce, equilibrada, presente incluso en los graves (aunque siempre hecho en falta algunos más), los metales en buen momento tímbrico y en coordinación perfecta, mas nuevamente la madera erigiéndose en «la niña bonita» de la orquesta en esta sinfonía donde tanto protagonismo tiene. Un Allegro con brio algo contenido, un Adagio para paladear y disfrutar de los planos sonoros con ese terciopelo de arcos jugando con escalas descendentes y Ziervogel marcando galones, un  Allegretto grazioso en crecimiento emotivo de aires vieneses, y el vibrante Allegro, ma non troppo chispeante, trompetas victoriosas, la melodía que siempre me recuerda «La Canción del Olvido«, vibrante, estallidos del metal cual fuegos artificiales, los aires turcos bien marcados, flauta virtuosa y un allegro entregado y bien entendido para otra «octava honesta» que disfrutamos todos, músicos y público. El esfuerzo merece la pena y estos conciertos son la mejor terapia en tiempos revueltos.

Toquemos madera para mantener la programación porque la necesitamos como el respirar (aunque sea con mascarilla).