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Bach: pasión 300 años después

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Lunes 18 de marzo, 20:00 horas. 25 años de «Los Conciertos del Auditorio», Oviedo: La Cetra Barockorchester & Vokalensemble Basel; Jakob Pilgram, Christian Wagner, Shira Patchornik, Sara Mingardo, Mirko Ludwig, Guglielmo Buonsanti, Francesc Ortega; Andrea Marcon (director). Johann Sebastian Bach (1685-1750): Pasión según San Juan, BWV 245 (1724).

Mis amistades saben que cada Semana Santa allá donde me encuentre, escucho las dos pasiones de «Mein Gott» como acto de fe para un cristiano cercano a Lutero (por todo lo que supuso en los grandes cambios en la música, la iglesia, la educación o la explicación del dominio germánico en todos los géneros musicales desde el Renacimiento).

En mi «Ruta Bach» de agosto 2007 pude hacer mi personal peregrinaje para vivir en primera persona cómo pervive el espíritu de El kantor de Leipzig en su patria e impregnarme del culto con su música que tanto envidio como melómano.

A los 300 años del estreno de la Pasión según San Juan, BWV 245, el Auditorio de Oviedo volvió a transportarnos con un respeto sepulcral hacia una música apta para  todos los públicos: católicos, protestantes, agnósticos o ateos, pues la partitura de esta «pasión pequeña» sigue impactando, la pasión y muerte de Jesucristo relatada con la música de Bach como una limpieza espiritual que no debe faltar al menos una vez al año. En mi caso aún resonaba en mi interior la del pasado Festival de Granada con esta misma obra, pero La Cetra Basel con el maestro Marcon al frente junto al Vokalensemble Basel donde estaban cuatro de los siete solistas, dotaron a esta «nueva pasión» del intimismo y calidad desde el primer Herr unser Herrscher (traducción simultánea proyectada). Ni un pero para nadie en este Tour (Christian Wagner parece que perdió el traje y hubo de vestir como vino) que de nuevo puso Oviedo en el mapa de la «capitalidad musical»: el coro de cámara con un empaste y presencia suficiente, una orquesta de tímbricas ideales con un continuo impecable, y las voces protagonistas mimadas tanto en los recitativos donde ellas marcaban la pulsación y expresaban musicalmente los textos, como en las arias que el maestro de Treviso, fundador del conjunto, llevó con mano firme, manteniendo una pulsación musicalmente matemática y las dinámicas perfectas para que sonase esta pasión como «un todo».

Juan el Evangelista lo interpretaría el tenor suizo Jakob Pilgram, de voz adecuada y siempre presente en su omnipresente papel de narrador, siempre bien contestado por Jesús o Pilatos en los complicados recitativos. Jesús estuvo a cargo del joven barítono Christian Wagner, de graves suficientes para su cuerda, dramatismo expresivo y un poder melódico (sobre todo en el aria nº 32 con el coro Mein teurer Heiland tras la crucifixión) que fueron de lo mejor del elenco vocal.

No defraudó la veterana contralto Sara Mingardo cuyo registro se mantiene rotundo en el grave de color y volumen homogéneo en sus arias nº 7 Von den Stricken meiner Súnden, magistral junto a los oboes (siempre mejor en esa voz femenina que escasea, que con los contratenores) en un tempo giusto para saborear esta música, y otro tanto en la nº 30 Es ist vollbracht!, dolorosa con la viola de gamba, pausada, fraseada desde la madurez y siempre protagonista, con el cambio de tempo y agilidades aún jóvenes pareciendo flotar sobre el tutti antes del «da capo» al lento con el archilaúd perlado.

Otra voz a tener en cuenta la joven soprano israelí Shira Patchornik, bien en el aria nº 9 Ich folge dir gleichfalls con las dos flautas y su voz casi la tercera, de agudos limpios, y excelente en la nº 35 Zerfließe, mein Herze con flauta y oboe da caccia en las genialidades tímbricas de «dios Bach» bien empastada con el ensamble, volviendo al coro como una más.

Intervenciones puntuales de los otros tres componentes corales, comenzando con el inmenso tenor Mirko Ludwig algo menos cómodo en el aria nº 13 Ach, mein Sinn por una mayor presencia orquestal y mejor en el arioso nº 34 Mein Herz, in dem die ganze Welt dramatizado en el arranque y más presente en el resto. No defraudó como Pilatos el catalán Francesc Ortega i Martí en todas sus intervenciones desde la tarima y otro tanto su compañero de cuerda Guglielmo Buonsanti como Pedro, barítono y bajo respectivamente de proyección poderosa sin perder la musicalidad necesaria en sus papeles.

Si el reparto vocal fue bueno, el coro de cámara tuvo la misma calidad de los solistas en él incluidos y ser capaces de empastar desde el esfuerzo común, con amplia gama de matices bien señalados por Marcon, el pueblo cantando Jesum von Nazareth (nº 2b), eligiendo a «Barrabam» (nº 18b), pedir la crucifixión «Kreuzige!» (nº 21d y nº 23d) o preguntar con el bajo «Wohin»(nº 24)  con la entrega necesaria para momentos tan distintos emocionalmente. Y todos los corales un prodigio de espiritualidad comunitaria con el órgano trasladándome a Santo Tomás de Leipzig o a tantos templos protestantes de los países nórdicos donde el pueblo participa a cuatro voces. Gracias «Mein Gott» por la inspiración…

Está claro que La Cetra Basel son una formación pensada no solo para Vivaldi y otros, también y especialmente para este 300 aniversario de la «pequeña pasión de Bach«. Sus anteriores visitas al Auditorio hace ahora siete años (volvería a disfrutarlos este verano pasado en Granada) y la anterior a la pandemia en 2019 con «La Petibon» y Éva Borhi de concertino más directora, ya dejaron claro su dominio en el repertorio barroco. Y Andrea Marcon siempre es un seguro para dirigir y concertar voces, incluso en nuestra zarzuela, por lo que no extrañó comprobar cómo iba sacando lo mejor de cada sección y solistas en su orquesta. La cuerda mantuvo afinación pese a la tripa, el color que da, más los dos números  con el bellísimo arioso del bajo (nº 19 Betrachte, meine Seel) y la movida aria de tenor (nº 20 Erwäge, wie sein blutgefärbte Rücken) donde la concertino afincada en Basilea Eva Saladin y el vienés Germán Echeverri Chamorro cambiaron el violín por la viola d’amore; del continuo tanto el cello como la viola de gamba fueron con el archilaúd los perfectos acompañantes del evangelista pero igualmente el mejor sustento armónico en compañía del violone o los teclados del órgano y el clave. No me olvido del viento, desde el contrafagot discreto pero necesario reforzando los graves, también el fagot, pero especialmente las dos parejas de flauta y oboe (doblando el de caccia) que en las combinaciones y tutti van dando el color a cada uno de los números de este relato evangélico que El kantor crea desde una estructura tanto tímbrica como melódica que elevaría al Paraíso en «la grande según San Mateo«.

Milagrosa pasión bachiana capaz de acallar teléfonos, olvidar móviles y tener dos horas al público en esta liturgia musical siempre irrepetible y necesaria. Sólo me queda la pregunta de por qué un descanso entre las dos partes de esta Pasión según San Juan que rompen la ceremonia como si en una misa tras la homilía los feligreses saliesen al vermú y volviesen para finalizarla. Dios Bach aunque lo perdone no necesita descanso alguno…

Evangelista: Jakob Pilgram

Jesus y Arias: Christian Wagner

Soprano: Shira Patchornik

Alto: Sara Mingardo

Tenor: Mirko Ludwig

Pilatos: Francesc Ortega i Martí

Pedro: Guglielmo Buonsanti

La Cetra Barockorchester

Violines primeros: Eva Saladin*, concertino – Johannes Frisch – Christoph Rudolf – Petra Melicharek.

Violines segundos: Claudio Rado – Germán Echeverri Chamorro* – Ildikó Sajgó – Cecilie Valter.

(* viola d’amore)

Violas: Joanna Michalak – Sonoko Asabuki.

Violonchelos: Jonathan PeŠek – Amélie Chemin.

Viola da gamba: Teodoro Baù.

Contrabajo: Fred Uhlig.

Traverso: Karel Valter – Claire Genewein.

Oboe y Oboe da caccia: Georg Fritz.

Oboe: Priska Comploi.

Fagot: Letizia Viola.

Contrafagot: Giovanni Battista Graziadio.

Órgano: Johannes Keller.

Clave: Joan Boronat Sanz.

Archilaúd: Maria Ferré.

Vokalensemble Basel

Sopranos: Shira Patchornik – Baiba Urka – Jaia Niborski – Cornelia Fahrion – Mirjam Striegel.

Altos: Arnaud Gluck – Andrea Gavagnin – Marcjanna Myrlak – Ana María Fonseca Núñez.

Tenores: Andres Montilla Acurero – Mirko Ludwig – Akinobu Ono – Massimo Lombardi.

Bajos: Guglielmo Buonsanti – Jan Kuhar – Santiago Garzon-Arredondo – Francesc Ortega i Marti.

Andrea Marcon, director.

Sobriedad frente al exceso

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Miércoles 7 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1678 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Fundación Alvargonzález: Jaeden Izik-Dzurko (piano). Obras de Bach, Liszt y Rachmaninov.

Segundo concierto de este ciclo de jóvenes pianistas patrocinado por la Fundación Alvargonzález,  este miércoles con el canadiense Jaeden Izik-Dzurko (Salmom Arm -Columbia británica-, 1999) ganador del XX Concurso Internacional de «Paloma O’Shea» (2022), y con un programa «no apto para todos los públicos» pero con mucho poso ante composiciones de compositores y virtuosos del piano que están bien en las competiciones, con lo que ello supone de oportunidad para mostrar tanto talento, y que en el caso del compatriota de Glenn Gould mostró sobriedad frente a la tentación del exceso, elegancia en todo, desde el impecable traje negro (siempre abrochando la chaqueta antes de saludar), zapatos de charol negro, camisa con gemelos, corbata y pañuelo, hasta la gestualidad, sin aspavientos cara a la galería, nada superfluo, apenas ligeros movimientos del torso dejando al desnudo toda su impresionante técnica al servicio de la música en unas interpretaciones de alto voltaje.
El respeto y admiración por dios Bach como «padre de todas las músicas», hizo sucumbir desde entonces a todos los músicos, épocas y estilos. El «abate Liszt» en sus años de peregrinaje mundial exhibiendo sus dotes al piano para sacar de él sonoridades grandiosas, voluptuosas, que en cierto modo le convertirían en un mito (o diablo) del piano, no dejó pasar la oportunidad de rendirle homenaje y ayudar a acercar la música de órgano de «El kantor de Leipzzig» al competidor por el reinado del teclado, un piano que el propio húngaro pondría de moda en la época romántica. Las notas al programa del profesor Francisco Jaime Pantín nos cuentan que «las transcripciones de la música de Bach realizadas por Liszt revelan el respeto profundo, rayano en la devoción, que el gran compositor húngaro sentía por estas obras (…) Su transcripción de los 6 Preludios y Fugas para Órgano constituyen un ejemplo elocuente de este modelo, siendo el ‘Preludio y Fuga en La menor’ uno de los más conocidos y frecuentemente interpretados en concierto y constituye una magnífica muestra de la capacidad de Liszt para sintetizar de manera magistral las texturas polifónicas más complejas en un solo teclado sin merma aparente de intensidad y grandeza, a partir de una escritura pianística fascinante –repleta de octavas y series de sextas paralelas– capaz de recoger la práctica totalidad del original organístico bachiano, incluyendo el importante papel del pedalero, en una obra que parece desarrollarse bajo el signo de la improvisación y que incluye frecuentes cadencias de marcada vocación virtuosística». El canadiense agrandaría este respeto al original y al transcriptor con una sonoridad grandiosa, descubriendo cómo la música escrita es solo un lenguaje donde la interpretación es fundamental para comprender cada detalle: inflexiones, matices, pausas, acelerandos y retardandos que marcan las diferencias de lectura de lo escrito cuando hay un estudio concienzudo detrás. Como decía al inicio, Izik-Dzurko no cayó en la tentación de los excesos y supo entrar en los detalles sin obviar los ornamentos, el preludio limpio y cristalino donde los registros del órgano los consiguió con un despliegue dinámico amplio, un uso de los pedales y resonancias del piano más una mano izquierda que por momentos era el pedalero del piano-órgano que en el Weimar feliz de Bach (la fuga luminosa parece reflejarlo) aún resuena en la Academia Liszt allí instalada, el apóstol más famoso que el propio dios pagando su penitencia que en el Jovellanos redimió este nuevo testamento juvenil.
Para no dudar del respeto por ambos y también en el Weimar de Goethe o Schiller más que de Bach, la Sonata para piano en si menor, S. 178 del Liszt «republicano» en la interpretación de Izik-Dzurko pareció un duro ejercicio de martirio soportando las continuas tentaciones de esta inmensa sonata que no vende el alma a Mefistófeles sino que hace triunfar el amor por Margarita, una fantasía que alarga la forma clásica en un solo movimiento lleno de indicaciones muy precisas (Lento assai- Allegro enérgico- Grandioso- Recitativo- Andante sostenuto- Quasi Adagio- Allegro enérgico- Stretta quasi presto- Presto- Andante sostenuto- Allegro moderato- Lento assai) para marcar ritmos, tormentos, emociones y luchas que el pianista canadiense venció con las virtudes morales de prudencia y templanza, más que las teologales de fe, esperanza y caridad infundidas en la inteligencia y en la voluntad del hombre para ordenar sus acciones; siempre con la sobriedad entendida como mesura y serenidad y también adjetivo sinónimo de «carecer de adornos superfluos». La exageración en la longitud de esta sonata lisztiana también rinde homenajes a Beethoven o Schubert, y esa unidad musical sin pausas esconde tres movimientos donde hay también su coda (en el análisis detallado y desmenuzado por Jaime Pantín), con una ejecución por parte de Izik-Dzurko igual de minuciosa en los contrastes agógicos y expresivos de los breves motivos que se van transformando, reapareciendo y siguiendo «un hilo conductor de vocación dramática» que llenó de contenido desde un color variado y una riquísima gama tímbrica sin llegar a la lujuria tan de Liszt de ffff o pppp, fuerza y delicadeza contenidas, escalas descendentes y ascendentes sin «tapar» lo imprescindible, stacattos ásperos y dulces venciendo siempre los desafíos y tentaciones siguientes: rítmicas precisas, grandiosidad en su justa medida y hasta cierta religiosidad interior entendida como batalla entre lo escrito y lo interpretado cual coral luterano que vence las turbulencias pecaminosas hasta la presentación del último tema: amplio, lírico y contemplativo muy en la onda del misticismo del reconvertido abate viejo, luces y sombras hechas sonido de piano con un fugato bachiano que entroncaba con la primera transcripción, lleno de tensión y grandeza sinfónica en las 88 teclas. Última penitencia para alcanzar la redención de un joven pianista honesto, sobrio, elegante y capaz de explorar la sonoridad de su instrumento hasta límites inalcanzables para muchos estudiantes, «profundidades del teclado a la que se contraponen luminosos acordes que parecen aunar lo celestial con lo depresivo» como concluye el propio Paco Pantín.
La segunda parte también tendría sus excesos y «grandonismo» que diríamos los asturianos, la Sonata para piano nº1 en re menor, Op. 28 (1908) de Rachmaninov, sin la popularidad de la segunda pero «recuperada» en los últimos tiempos por jóvenes para muchos concursos. El compositor ruso ya expresaba sus dudas sobre la forma y extensión de esta sonata de dimensiones exageradas por su duración incluso después de los recortes ya en su versión definitiva. Obra densa en sus tres movimientos, compleja de ejecución y escucha, pero con el sello personal del virtuoso del pasado siglo, continuador en cierto modo del Liszt del XIX con muchas similitudes incluso físicas (recuerdo el molde en cera de las gigantescas manos de ambos): la probable inspiración faústica o la sonoridad «sinfónica». De nuevo los tormentos llevados al papel y ejecutados con la pasión consustancial y el ímpetu juvenil, fuerza desde el control, lirismo con contención sin amaneramientos. El I. Allegro moderato envuelto en tinieblas bien entendidas con unos pedales perfectos y el virtuosismo adecuado a esta «fantasía» donde escuchamos incluso campanas y motivos tan personales del Rachmaninov de los conciertos para piano (sobre todo el cuarto que álguien calificó como de los elefantes por la fuerza y esfuerzo). Jaeden Izik-Dzurko desplegó todo su poderío físico para explorar acordes en todos los matices, melancolía romántica y aires polacos de los salones parisinos hoy convertidos al Jovellanos gijonés, sobre todo en el II. Lento central, hermoso, poético, melancólico, antes de afrontar con valentía pero «sin despeinarse», el III. Allegro molto deslumbrante, luminoso y trágico alternando nuevamente luz y sombra como en Liszt, ritmos impactantes e interludios líricos, un auténtico frenesí donde recordar el motivo inicial de ataque tétrico como las referencias al Dies Irae que castigaría tanto exceso escrito e interpretado por este joven canadiense que simboliza la sobriedad y elegancia frente a tanto ornamento vacuo de moda en estos tiempos.
Aún le quedarían fuerzas para dos propinas donde aparentemente relajado pero igual de concentrado, volvió a dejarnos el buen gusto por lo escrito desde la «querencia hacia los grandes virtuosos rusos«: de nuevo Rachmaninov con el Preludio op. 23 nº 4 (Andante cantabile en re mayor) menos explosivo que la sonata pero más delicado y tímbricamente íntimo; después el tormentoso Scriabin y su «Étude pathétique» (Estudio op. 8 nº 12 en re sostenido menor), aires de virtuosismo chopiniano que sobrevolaron el teatro culminando más de hora y medio de sobriedad frente a los excesos románticos y febriles traídos a nuestro tiempos por un sensible y soberbio (como adjetivo de grandioso o magnífico) Jaeden Izik-Dzurko al que los premios han posibilitado poder disfrutarlo en nuestro país.
PROGRAMA
I
Johann Sebastian BACH (1685-1750): Preludio y fuga en la menor, BWV 543 (transcripción de Franz Liszt).
Franz LISZT (1811-1886): Sonata para piano en si menor, S. 178.
II
Serguéi RACHMÁNINOV (1873-1943): Sonata para piano nº1 en re menor, Op. 28 (I. Allegro moderato – II. Lento – III. Allegro molto).

Una travesía musical

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Viernes 19 de enero, 20:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, «Conciertos del Auditorio» (25 años): Christian Tetzlaff (violín), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Laura Vega, Elgar y Dvořák.

Interesante travesía musical con tres buques cargados de historias y cual viaje en el tiempo de la Vieja Europa al Nuevo Mundo con una vuelta a casa de la música vieja a la nueva diría que en avión para desandar cronológicamente este periplo con Oviedo Filarmonía y su titular Lucas Macías que disfrutan y hacen disfrutar cada vez más a un auditorio que está respondiendo bien a sus propuestas.

Desde Las Palmas, parada en los cruceros transoceánicos desde tiempos de Colón, hasta La Asturias, primer reino hispano y hoy por mí bautizada como «La Viena Española» llegaba un barco a estrenar con el nombre de «Vetusta», obra de la profesora Laura Vega (Gran Canaria, 1978) que la propia OFil le encargó para surcar el Atlántico hasta nuestro pantalán musical de «Carbayonia» con la tripulación al mando del capitán Macías Navarro que apuesta por mujeres compositoras y obras nuevas.

Interesante esta primera singladura de la tarde con una partitura que siguiendo las notas al programa de Stefano Russomano toma como fuente de inspiración el fragmento inicial de la universal novela del zamorano afincado en Oviedo Leopoldo Alas Clarín (1852-1901) «La regenta», que cumple ahora 140 años de su publicación: “La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles…”, una descripción de Vetusta (Oviedo) que se refleja en cada una de las secciones de la obra con una orquestación actual que bebe de lo conocido como no puede ser menos  en estos tiempos donde nunca se parte de cero, un barco nuevo con todas las actualizaciones para una buena navegación. Con más sugerencias que descripciones con frases de Clarín incluidas en la propia partitura, la música de Vega nos evoca imágenes conocidas por todos, de la ciudad provinciana que aún perdura como de los pequeños motivos musicales citados: el Preludio a la siesta de un fauno (1892-1894) de Debussy, el Himno de Asturias y el Concierto para piano Gift of Dreams (1998) de Rautavaara, tomando el diseño actual y rompedor del compositor finlandés para fusionar lo antiguo y lo nuevo en este astillero compositivo preparado para navegar muchos años y botado esta tarde ovetense con la propia Laura Vega presente, que con sus palabras define su música para Vetusta como “de carácter programático con un lenguaje basado en la consonancia (y no en los principios fundamentales de la ‘tonalidad’) siguiendo la línea de mis composiciones de los últimos años como por ejemplo Galdosiana”, verdadera obra Clariniana sugerente, de instrumentación ideal para la tripulación ovetense que Macías desde el puente de mando llevó en este estreno cantábrico, casi una banda sonora de la actual Oviedo, «Capital Gastronómica 2024» que mantiene vivo el espíritu decimonónico también en nuestra particular historia melómana.

Cambiamos de embarcación para viajar ahora en una enorme goleta de la armada británica, un velero de tres palos hasta la Inglaterra de Sir Edward Elgar (1857-1934) y su Concierto para violín en si menor, op. 61 (1910) con el invitado Christian Tetzlaff (Hamburgo, 1966) cual sobrecargo que izaría velas al mando de su trinquete musical en cada movimiento, dejándonos un perfecto entendimiento con el capitán Macías y toda su tripulación de la OFil. Volviendo a citar las notas de Russomano «coloca al principio de la partitura una enigmática frase en castellano, procedente de la novela Gil Blas de Alain-René Lesage: ‘Aquí se esconde el alma de…’«, y el violinista alemán la enseñó desde el primer Allegro, convincente, seguro técnicamente y con una musicalidad digna de mención, aires inquietos con sus compañeros de cuerda luciéndose cada primer atril en el palo de mesana junto al viento cada vez más favorable para afrontar cualquier estado de esta mar musical en buena colaboración y sin enfrentamientos, protagonismos compartidos para una buena navegación. Pasión y lirismo o «terriblemente emocional» como el propio compositor definió este concierto escrito para el virtuoso Fritz Kresiler que sigue dándonos fieles estudiosos y seguidores de su legado como si un gran almirante se tratase. Caluroso y efusivo se mostró Tetzlaff en el Andante, con una mezcla de polifonía, lirismo y melancolía en la tripulación nuevamente bien llevada con Macías al timón y en el tercero, Allegro molto que devolvería el carácter dramático de una mar rizada con pasajes difíciles en el violín virtuoso de sonoridad amplísima (un Peter Greiner actual), dominando la situación en el tema cantable que tiene una larga y elaborada cadenza solista bien apoyada por la orquesta en un segundo plano que parece devolver la camla chicha tras el temporal previo para arribar felizmente a puerto antes de la última travesía transoceánica.

El premio en tierra tras desembarcar no podía ser otro que la acción de gracias a «Mein Gott» Bach al que su compatriota virtuoso del violín le tiene tanta admiración que lo ha llevado al disco e interpretado a lo largo de su dilatada y exitosa carrera, eligiendo para esta vez el Largo (III movimiento) de la Sonata Nº 3 en do mayor, BWV 1005, otra degustación de un lirismo doliente como el Elgar anterior (y propina el pasado lunes), sonido cálido y limpio, fraseos personales de delicada interpretación e impecable ejecución, diseños de siempre para nuevas embarcaciones.

Y la gran travesía vendría hasta el Nueva York donde Dvořák llevaría su conocida Sinfonía desde el Nuevo Mundo (1893), hoy nada nuevo aunque siempre más joven que la «Vieja Europa» pero que en su momento fue cual transatlántico de lujo que no sería un Titanic pero impresionaría por su grandiosidad y «guiños» a unos EEUU que aún no habían encontrado su propio camino musical en aquel final del siglo XIX. La OFil y Macías afrontaban el reto de una navegación conocida pero siempre distinta como el propio océano, pero se manejan en cualquier embarcación con la madurez de los 25 años y el «entrenamiento» en singladuras variadas y dificultosas. Con la misma plantilla la novena sinfonía del checo sacó a flote las mejores cualidades de todas las secciones, desde los timbales seguros junto a la percusión, la cuerda como cabos bien trenzados capaces de pasar de la tensión máxima al aterciopelado fondo para disfrutar de unos metales siempre afinados en el plano exacto, y la madera bien barnizada donde en esta partitura el protagonismo solista y la gran ovación final la llevó el valenciano Javier Pérez al corno inglés. Melodías conocidas, ritmos ricos, contrapuntos bien llevados y presentes además de precisos gracias al capitán de este barco que logró dinámicas amplias, balances perfectos y el trabajo bien repartido y acompasado de una tripulación que volvió a dejarse la piel en la última singladura, con el arranque delicado antes de poner la maquinaria a la máxima potencia, dosificando la velocidad de crucero con los nudos precisos en cada una de las «cuatro etapas».

El «viaje de vuelta» de Nueva York a Asturias lo hice en avión con escala nuevamente en Las Palmas Gran Canaria de donde partió toda la travesía musical para este viernes bajo cero en el exterior pero cálido en butaca, que no nos impidió repasar a Clarín con Galdós, disfrutar de la pompa británica y recordar sintonías radiofónicas o hasta versiones «pop» con Mocedades.

Aún queda mucha música en este enero de 2024 que seguiremos contando desde aquí con el agradecimiento de quienes me leen en el desayuno.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

MAPA SONORO DE VETUSTA: Laura Vega (1978): Vetusta
(Estreno absoluto. Obra por encargo de Oviedo Filarmonía)

Edward Elgar (1857-1934): Concierto para violín en si menor, op. 61 (I. Allegro; II. Andante; III. Allegro molto)

SEGUNDA PARTE

Antonín Dvořák (1841-1904): Sinfonía nº 9 en mi menor, “Del Nuevo Mundo”, op. 95, B. 178 (I. Adagio- Allegro molto; II. Largo; III. Scherzo: Molto vivace; IV. Allegro con fuoco)

Bruce Liu: visiones al piano

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Lunes 4 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «LUIS G. IBERNI»: Bruce Liu (piano). Obras de Rameau, Chopin, Ravel y Liszt.

Diciembre tendrá en estas jornadas de piano dos generaciones de pianistas que a mi edad me sitúo entre ambos extremos: el próximo miércoles 13 Joaquín Achúcarro (1932) a quien sigo desde 1972 cuando me embrujase en la centenaria Sociedad Filarmónica, y este lunes a Bruce Liu (1997), impactante, joven ya maduro que dará mucho que hablar en este siglo XXI. Tantas figuras han pasado por «La Viena Española»  que sigue escribiendo la historia, y además en la festividad de Santa Bárbara suponía el debut en nuestro país del Primer Premio del Concurso de Piano Chopin 2021 -la misma edición donde el gijonés Martín García ganaría el tercero-, un talento nacido en París de padres chinos y criado en Montreal -tiene la nacionalidad canadiense- en tiempos de globalización también en el mundo de las 88 teclas, olvidándonos de escuelas pianísticas o tendencias.

Y esta figura de nombre ligado a las artes marciales y apellido pucciniano no defraudó en un programa verdaderamente de virtuoso que ofreció a dos gigantes del piano que se inspiraron nada menos que en el Don Giovanni mozartiano pero también su asombrosa técnica al servicio de la música con dos franceses casi en las antípodas pero delicados para confrontar sonoridades, estilos y visiones desde la interpretación madura del cosmopolita y generoso Liu.

Si Rameau es el máximo representante del clavecinismo francés junto a Couperin, la tentación de interpretar música barroca al piano supera cualquier opinión personal e incluso histórica, y así lo pude comprobar también en estas jornadas con Don Gregorio y su Purcell emparejado con Mozart, quien también ha incorporado a su amplio repertorio el clave del francés, sin dejarme mi pasado Festival de Granada con una pléyade de pianistas que en las llamadas «Play lists» figuran entre los más reproducidos.

El directo de Bruce Liu es único, con una técnica impecable donde el uso de los pedales marca sonoridades propias y muy cuidadas pero la limpieza en la digitación, la claridad expositiva y una amplísima gama de matices le dan todos los recursos para enfrentarse al repertorio de cualquier época con una solvencia y madurez asombrosa pese a su edad. Dice un proverbio que «Algo tendrá el agua cuando la bendicen» y ganar el Chopin no está al alcance de cualquiera aunque los concursos parezcan estar desprestigiados, en parte por los miembros de los jurados. Lo mismo podría decir de «fichar» por el sello amarillo que acierta en lo comercial pero también supone un escaparate mundial para sus «primeras figuras», independientemente de su mayor o menor calidad, y en el caso de Bruce Liu el acierto ha sido grande.

La selección de piezas de Rameau que el maestro Francisco Jaime Pantín desgrana en las notas al programa (enlazadas igualmente al inicio), se centró en las tres colecciones que dejo indicadas al final, y que representan una brillantez de escritura y un catálogo de expresividad. Liu exprimió al máximo las seis, limpieza en todos los sentidos, pedales comedidos para no enturbiar el discurso pero dándole todo el color desde el piano a estos «grabados» clavecinistas, como sucederá con Bach en tantos intérpretes del siglo pasado. El antes citado Sokolov tiene a Rameau entre sus propinas favoritas y ha grabado también para el sello amarillo como Liu. Así Les Cyclopes fueron más calmados que las del ruso nacionalizado español mientras Les Sauvages el canadiense la ejecutó ligeramente más rápida sin perdernos ni una nota. A la multinacional alemana no le importa repetir obras con distintos intérpretes y el mundo de la crítica discográfica es aficionado a compararlas también en los tiempos. Lo que tengo claro tras lo escuchado este primer lunes de diciembre por el canadiense nacido en París con su Rameau aporta una visión actual a un repertorio que sin ser pianístico luce siempre cuando el acercamiento respeta lo escrito y lo llena de colores personales.

Y para el «Premio Chopin» no podía faltar el gran polaco del piano con las Variaciones sobre “Là ci darem la mano”, obra de un joven pianista y compositor además de se la primera obra para piano con orquesta (opus 2) pero despojada del acompañamiento sinfónico para poder disfrutar de todos los recursos del instrumento en aquellos salones del XIX y donde la inspiración en las óperas no solo las hacían llegar a todos los públicos sino a impactar con el virtuosismo que se hace y sigue haciendo casi imposible a tantos estudiantes de piano. Liu «cantó» el famoso dúo del Don Giovanni de Mozart con respiraciones, fraseos y el estilo propio del polaco que emana en cada una de las cinco variaciones, incluso indicadas en la partitura. La técnica es necesaria pero la musicalidad de Bruce la hace parecer menor de lo que es, la siempre engañosa facilidad mozartiana que transvasada al lenguaje chopiniano es vestir con traje romántico un clasicismo latente con cualquier ropaje.

La segunda parte volvería a emparejar lo francés y la inspiración en Mozart de otro virtuoso del piano, Ravel con Liszt. Desde esta divergencia cronológica convergiendo al piano y dando cierta homogeneidad a las obras elegidas, los Miroirs (1904-1905) de Ravel casi fueron un viaje en el tiempo del estilo clavecinístico, una visión más que versión propia como pueda ser Picasso y Velázquez con «Las meninas». Cinco piezas que fueron espejos, reflejos, ilustraciones a los propios títulos como harían Debussy el propio Liszt. De nuevo el color de Bruce Liu mezclando y superponiendo sonoridades, si en Rameau era acuarela de un solo y leve trazo, en Ravel óleo de amplia pincelada, lo etéreo y melancólico junto al misterio y la angustia, paleta de color y emotividad pianística, con una Alborada del Gracioso plenamente sinfónica desde las 88 teclas demostrando de nuevo la maravillosa escritura y capacidad de Ravel para crear estos enormes lienzos conformando una exposición que termina en el Valle de las Campanas de serenidad contrapuesta a la sensualidad anterior, soledad del intérprete tras un intenso paseo.

Había que reponer fuerzas porque Liszt y sus Réminiscences de Don Juan suponen una exigencia física puede que mayor que la propia técnica necesitada para tocarlas. De nuevo Mozart en el fondo, paráfrasis operística que como en las variaciones chopinianas parte de melodías siempre reconocibles, también «Là ci darem la mano» que parece pedir una tercera ante el despliegue diabólico de octavas rapidísimas, escalas en terceras, saltos como triples mortales sin red que Bruce Liu ejecutó con total seguridad y unos matices extremos com Liszt exige, tres «p» y tres «f» marcando incluso cuatro, con el Steinway© bien ajustado para devolver cada gesto, cada pentagrama, cada frase de la ópera mozartiana en la vertiginosa demostración del que fuera rey del piano en los salones parisinos, el exagerado húngaro cuya sobra emergía como la del propio Comendador amenazando al protagonista. Liszt no mató a Liu sino que lo elevó a categoría de héroe en estas «reminiscencias» donde primaría de nuevo el amor del anterior dúo utilizado por Chopin y hasta el Aria del Champagne.

Dos bloques franceses y parisinos como el propio pianista que nos regalaría dos joyas resumiendo el propio programa con el que debutaba en España: primero el Preludio en si menor BVV 855a de Bach en el arreglo de Siloti, el clave que crece en el piano, y de nuevo Chopin con su famosísimo Vals del minuto (que duró sólo un poco más), el Bruce Liu figura emergente que engrandece la larga lista de pianistas en «La Viena Española».

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

Jean-Philippe Rameau (1683-1764):

Les tendres plaintes. Rondeau (de Pièces de clavecin avec une méthode), RCT 3/1.

Les Cyclopes. Rondeau (de Pièces de clavecin avec une méthode), RCT 3/8.

Menuet I y II (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 6/3 y RCT 6/4.

Les Sauvages (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 6/14.

La Poule (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 6/5.

Gavotte et six doubles (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 5/7.

Frédéric Chopin (1810-1849): Variaciones sobre “Là ci darem la mano”, op. 2:

Introducción. Largo- Poco piu mosso; Tema. Allegretto; Variación 1. Brillante; Variación 2. Veloce, ma accuratamente; Variación 3. Sempre sostenuto; Variación 4. Con bravura; Variación 5. Adagio- Alla Polacca.

SEGUNDA PARTE

Maurice Ravel (1875-1937): Miroirs, M. 43:

I. Noctuelles; II. Oiseaux tristes; III. Une barque sur l’océan; IV. Alborada del grazioso; V. La vallée des cloches.

Franz Liszt (1811-1886): Réminiscences de Don Juan, S. 418

Desde Budapest con parada en Oviedo

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Miércoles 29 de noviembre, 20:00 horas. 25 años de Conciertos del Auditorio de Oviedo: Orquesta de Cámara Franz Liszt, István Várdai (violonchelo y dirección). Obras de B. Bartók, C. P. E. Bach y Mendelssohn.

Oviedo sigue en el mapa de las giras europeas y «La Viena española» tras el inicio zaragozano de la Franz Liszt Chamber Orchestra y antes de San Sebastián, con un programa de los que saben a poco y no solo por la corta duración a pesar de las dos propinas de István Várdai, sino por lo conocido y agradecido de unas obras que todo melómano tiene en su memoria auditiva y hasta puede tararear mentalmente según las va escuchando. Lástima que este último miércoles de noviembre el público no respondiese como en anteriores citas, pero como siempre digo «ellos se lo pierden» aunque algunos me lean para enterarse cómo fue todo.

La tarde arrancaba con la cuerda casi camerística a cargo de la formación húngara, defendiendo su calificativo, bajo la dirección de su concertino desde hace cinco años Péter Tfirst, una leyenda en esta orquesta de Budapest, con las conocidas seis Danzas rumanas de Bartók, de imposible pronunciación pero con excelencia sonora, rítmica, folklórica y la calidad que en las antes llamadas «orquestas del este»  (europeo, claro) tienen asumida y son casi genéticas, más en estos repertorios. Danzas llenas de color, cercanas y con los aires zíngaros donde los violines disfrutan y desprenden alegría desde un sonido limpio en todos los tempi, compacto con dos contrabajos que dieron sustento a una tímbrica impecable de la cuerda, matizada y con pizzicati rotundos pese a ser sólo 25 instrumentistas.

Con la incorporación de una clavecinista (que completó y redondeó el sonido de los húngaros) llegaría el Concierto para violonchelo y orquesta en la mayor de C. P. E. Bach con István Várdai (Pécs, 1985) «armado» del instrumento que perteneciese a Jacqueline du Pré (el ‘Ex du Pré-Harrell’, un Stradivari de 1673) que aún parece estar impregnado del genio de la malograda y recordada chelista inglesa de apellido francés y matrimonio famoso con Daniel Barenboim que tanto ayudaron a convertir la mal llamada música clásica en todo un fenómeno de masas para su época (sin redes sociales ni apenas televisiones), hoy todo un mito tras sufrir una esclerosis con 28 años que la apartaría de la práctica musical y su posterior muerte a los 42.

El solista húngaro afrontó los tres movimientos con un sonido que conmueve en los graves y proyecta los agudos con facilidad, ejerciendo también de director aunque «los Liszt» podría decir que tocan solos este concierto del quinto de los siete hijos que tuvo «mein Gott», genética y música pura para este enorme clavecinista y compositor del periodo galante considerado uno de los fundadores del Clasicismo, quien decía: «Un músico no puede conmover a menos que él mismo se conmueva» como recuerda en las notas al programa Juan Manuel Viana. Y Várdai leyó y sintió este tercero de los conciertos para chelo (entre los más de cincuenta que escribió). Sturm und Drang o Empfindsamer Stil son expresiones en el idioma de Goethe que todos los estudiantes de música hemos tenido que conocer, y este concierto del «Quinto Bach después de dios padre» contiene tanto la tormenta e ímpetu así como el estilo sentimental, éste en el Largo con sordini mesto central de clave perlado, frente a los rápidos extremos más impetuosos que tormentosos, donde el Allegro assai parecía adelantarme en vivo la emisión de «La dársena» de Jesús Trujillo en Radio Clásica, programa con la actualidad musical que cumple 10 años, cuya agenda de conciertos (donde Oviedo está -casi- siempre en ella) utiliza este último movimiento del bellísimo tercero para chelo. Bien el chelista y mejor la orquesta, balanceada al servicio del solista con una tímbrica además del estilo muy cuidado.

Y mentando a «dios Bach» nos dejó el «menuett» de la Suite para chelo nº 2 en re menor, recuerdo de la sangre Bach y magisterio del padre de todas las músicas en todos los instrumentos (incluso los aún no inventados entonces) con que Várdai se/nos deleitó. Aplausos más que merecidos y un guiño a nuestro Gaspar Cassadó (Barcelona, 1897 – Madrid, 1966) con su Capriccio aún más contundente, virtuoso pero también sentido en un homenaje al músico catalán que el chelista húngaro tiene grabado en su repertorio solista.

Con viento (maderas a dos, trompas y trompetas) y timbales se «engordó» la Orquesta Franz Liszt para afrontar una «Italiana» de Mendelssohn que no fue del todo clara ni Vardái la llevó de la mano aunque la calidad de la formación se notó en todos, pero pienso que este repertorio no les va a los húngaros. El Allegro vivace resultó precipitado pese a no abusar del «calificativo», con unos timbales demasiado bravos y dinámicas exageradas confundiéndolas con la agógica, crescendi en los acelerandos, unos rubati algo «traídos por los pelos«. Las indicaciones «moto» del segundo y tercer movimiento tampoco aportaron nada nuevo a una sinfonía tan luminosa como la cuarta del hamburgués afincado en Leipzig, y al menos el Saltarello mostró la capacidad de afrontar el «presto» pero sin claridad en los tutti, falto de balances para disfrutar la calidad de una orquesta que no encontró en el romanticismo la chispa de Bartók ni la elegancia del Bach clásico. Pese a todo la bella sinfonía sigue resonando en mi memoria recordándome el LP rayado precisamente en el Allegro inicial que me obligaba a empujar cuidadosamente la aguja y perderme algunos compases. La llegada del CD con otras versiones no daría estos problemas aunque siga retomando mis viejos vinilos en grabaciones que para mi son históricas.

PROGRAMA:

Béla Bartók (1881-1945)

Danzas populares rumanas, Sz. 56, BB76:

I. Jocul cu bàtă – II. Brăul – III. Pe loc – IV. Buciumeana – V. Poarga romănească – VI. Mărunțel.

Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788)

Concierto para violonchelo y orquesta en la mayor, Wq 172, H. 439:

I. Allegro – II. Largo, mesto – III. Allegro assai.

Felix Mendelssohn (1809-1847)

Sinfonía nº 4 en la mayor, op. 90, «Italiana»:

I. Allegro vivace – II. Andante con moto – III. Con moto moderato – IV- Saltarello. Presto

La cuadratura de Bach

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Lunes 17 de julio, 22:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de Los Arrayanes, “Solo Bach”: El arte de la fuga, Armida Quartett. Obra de J. S. Bach. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

En esta edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada se han programado conciertos de cuartetos y varios dedicados a “Mein Gott” por lo que sumando ambos en un solo concierto era la cuadratura del círculo. Y Johann Sebastian Bach (1685-1750), padre de todas las músicas encontró en estos cuatro “apóstoles alemanes” del Armida Quartett (Berlín, 2006) la profecía cumplida de “inventar el cuarteto de cuerda” antes que el propio Haydn de quien toman el nombre estos cuatro artistas que con sus cuerdas frotadas fueron capaces de convertir la teoría en práctica.

Seremos muy pesados insistiendo en los “marcos incomparables” de Granada que hacen distinto y especial este festival, pero de nuevo la magia del Patio de Los Arrayanes funcionó, tras un día infernal la temperatura bajó lo suficiente para no agobiarnos con el calor, y el agua que los nazaríes adoraban obró el milagro o la magia no solo de refrescar el ambiente, la acústica ideal y el reflejo del estanque en los arcos haciendo pensar que brotaba agua encima del cuarteto alemán.

El maestro Enrique Martínez Miura titulaba sus notas al programa como «Perenne modernidad» porque “dios Bach” sigue actual, habita entre nosotros y no debemos tomar su nombre en vano. Nos cuenta sobre El arte de la fuga que “los datos señalan que Bach la escribió al acabar la Ofrenda musical, del verano de 1747 a la primavera de 1749, hasta casi el momento mismo de su enfermedad final”, cerrando también el círculo bachiano con “el arte de la alquimia musical”, pues a partir de una melodía con la matemática musical se construye el universo de la fuga, no sólo un arte sino una inspiración para encontrar la fórmula magistral y como matemática sonora, combinar cuatro elementos en todas las variante posibles, nada mejor que con un cuarteto de cuerda siempre capaz de desentrañar los secretos insondables que un teclado, peo ni siquiera el órgano, pueden salir a la luz.

Retomando el texto de Martínez Miura sobre esta receta magistral de “dios Bach” que es El arte de la fuga, “(…) se ve hoy como una creación atemporal, aunque de hecho solo podía haber sido fruto de su época. Los músicos más jóvenes coetáneos de Bach pensaron que con ella el viejo compositor daba un gigantesco paso atrás, al intentar la resurrección del contrapunto, porque para ellos ya solo contaba la música elegante y sentimental. Pero la posteridad ha visto en la asombrosa compilación todo un símbolo de modernidad por lo que menos se comprendió en su momento: como música absoluta”.
El Armida Quartett que ha transitado compositores de todas las épocas con notable éxito, vuelve al origen para jugar con las cuatro voces en contrapunto desde todas las combinaciones posibles, alternando inicios de la frase en cada uno de sus componentes, disfrutando de una sonoridad compacta y clara que permitía escuchar cómo “Bach dios nuestro” iba construyendo cada uno de los motivos, dándoles el aire y presencia diferenciadas sin perder la unidad global de tan magna obra aún por explorar. Casi 300 años después cada “receta” trabajada desde 1747 a 1749 traducida al cuarteto de cuerda sigue asombrando por la interminable capacidad creativa para conseguir emocionar con dinámicas extremas, juegos de arcos, la monodia básica que arma una polifonía contrapuntística mágica, superposición de líneas construyendo un magno edificio sonoro al que de haber proseguido Bach podría haberlo ampliado “ad aeternum” en una escalera al cielo.

Die Kunst der Fuge, BWV 1080 es como cuadrar el círculo o redondear el cuadrado, las combinaciones de cuatro elementos tomados de cuatro en cuatro que matemáticamente dan veinticuatro permutaciones aunque el alquimista puede convertirlas en tres, pues “La monumental fuga inacabada –se interrumpe abruptamente en el compás 239–, se conserva como página a tres voces, pero justo donde éstas se cruzan aparece en notación alemana el tema BACH –si bemol, la, do, si–, lo que sugeriría una fuga cuádruple destinada a culminar con esta firma un posible plan de veinticuatro fugas finalmente incompleto” como nos cuenta don Enrique. Iniciar en el violín segundo, en el chelo o en la viola, prescindir de los extremos y seguir manteniendo la magia, las dinámicas, el empaste, afectos y experimentos todos satisfactorios porque el resultado final sigue siendo “oro musical”. No es un planteamiento abstracto ni una elaboración teórica, trasciende al más allá y la perfección de la música es tal que permite todo tipo de recreaciones, por lo que desde el cuarteto de cuerda se destilan todos los microorganismos que conforman un ente musical siempre único.

Uno de los hijos de Bach, el segundo Carl Philipp Emanuel, afirmaba que «mientras escribía esta fuga murió el compositor donde el nombre de BACH aparece en el contrapunto». Misterios que se resuelven plagiando a Santo Tomás, “si no lo escucho no lo creo” y Bach descendió a Los Arrayanes invitándonos a poner el oído en la fuga. El “nuevo catecismo” nos lo explica Enrique Martínez Miura y la transmutación la realizó el Armida Quartett.

Todos los que escuchamos anhelantes la “palabra de Bach” nos faltó terminar orando al unísono “Amen” este nuevo milagro musical, aunque en uno de nuestros mandamientos se nos diga “No tomarás el nombre de Bach en vano”. Este lunes vigesimoséptimo del advenimiento granadino hemos santificado la fiesta.

Armida Quartett

Martin Funda, violín – Johanna Staemmler, violín – Teresa Schwamm-Biskamp, viola – Peter-Philipp Staemmler, violonchelo

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

Die Kunst der Fuge, BWV 1080 (1747-1749)

Contrapunctus I

Contrapunctus II

Contrapunctus III

Contrapunctus IV

Contrapunctus V

Contrapunctus VI a 4 in stile francese

Contrapunctus VII a 4 per Augmentationem et Diminutionem

Contrapunctus VIII a 3

 Contrapunctus IX a 4 alla Duodecima

Contrapunctus X a 4 alla Decima

Contrapunctus XI a 4

Contrapunctus XII a 4

Contrapunctus Inversus XIII a 4

Contrapunctus XIV

Soli Bach Gloria

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Sábado 15 de julio, 12:30 horas. 72 Festival de Granada, Monasterio de San Jerónimo, “Cantar y tañer. Sones antiguos y barrocos”: Academia Barroca del Festival de Granada, Carlos Mena (director). Soli Deo Gloria, obras de Johann Sebastian Bach. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Sé que seré perdonado por titular Soli Bach Gloria esta entrada de la sesión matutina en el vigésimoquinto día de este festival donde los sones antiguos y barrocos han tenido un papel esencial. Y es que Johann Sebastian Bach (1685-1750), “Mein Gott” sigue siendo el padre de todas las músicas, incluyendo las cantatas y el motete que la Academia Barroca del Festival de Granada nos ha traído hasta San Jerónimo, la faceta docente que entre Aarón Zapico y Carlos Mena han llevado a cabo los últimos años.

Seis solistas que tienen mucha carrera por delante y tres instrumentistas de altura, especial mención a Darío Tamayo que participó en todo el concierto alternando órgano positivo y clave, todos bajo la dirección del contratenor vitoriano Carlos Mena (1971) que tras duros días de trabajo han interpretado una selección de seis cantatas que como titula Pablo J. Vayón sus notas al programa, son “Arte y divisa de Bach”. Sin saber distinguir específicamente todas las voces que participaron, pido disculpas por ello, paso a comentar en la sobremesa tras esta “clase final” en concierto.

Primera cantata Sehet, wir geh’n hinauf gen Jerusalem, BWV 159 con el duetto: «Ich folge dir nach» cantado por las dos sopranos, el alto Juan Manuel Morales y el órgano de Tamayo. Excelente dicción y fraseos con un solista de timbre bellísimo que los años le redondearán.

Siguiente cantata con altos más un tenor solista con acompañamiento de órgano y chelo, Aus der Tiefe ruf ich. Herr, zu dir, BWV 131 y su aria con coral: «Meine Seele wartet». Tenor con buena proyección y altos muy piano, en parte por un órgano positivo que no varió los registros, pero disfrutando de un trío vocal que más adelante también se lucirían como solistas.

De la cantata Der Himmel lacht! die Erde jubiliert, BWV 31 se organizó entre el recitativo «Erwunschter Tag!» por un lado con solista y bajo continuo incluyendo el clave, para en la vivaz aria «Fürst des Lebens, starker Streiten» sumarse el trío instrumental con cierto desequilibrio en el balance vocal pero ejecutado con pulcritud por todos, siempre bajo las atentas indicaciones de Carlos Mena.

La mezzo asturiana Serena Pérez interpretó de la cantata Geist und Seele wird verwirret, BWV 35 el recitativo «Ich wundre mich» con órgano, bien fraseado y emitido, más el aria «Gott hat alles wohl gemacht» con una base instrumental algo fuerte donde el granadino de nuevo marcó más decibelios de los necesarios al òrgano, pero como comentaba con mi vecino de localidad al final del concierto “hay cantera” y en Asturias el talento vocal lo exportamos. El registro grave irá ganando en volumen y técnica tiene para lograrlo.

Una de mis cantatas favoritas es Christ lag in Todes Banden, BWV 4, que con órgano más la asturiana y una de las sopranos nos emocionaron con el Versus II «Den Tod niemand zwingen kunnt», buen empaste y afinación, dominando el idioma de Goethe que tanto ayuda a la colocación de la voz.

Los nervios supongo que siempre son necesarios en los conciertos, y hubo “entrada falsa” mientras Tamayo cambiaba partituras. La cantata Jauchzet Gott in allen Landen, BWV 51 también se eligió alternar entre las dos sopranos el recitativo «Wir beten zu dem Tempel an» por la primera de ellas y el bajo continuo al completo, más la segunda soprano de mayor proyección y volumen para el aria «Höchster, mache deine Güte», dos colores vocales distintos para comprobar que las tesituras no son suficientes en las clasificaciones tendiendo más a diferenciar las diferencias en ese color, emisión y hasta matices o fraseos. Las lecciones de Mena surten buen efecto y estas solistas toman nota en cada página estudiada.

Para cerrar este bloque de cantatas, Erhalt uns, Herr, bei deinem Wort, BWV 126 poderosa, variada, combinando solistas y conjuntos, recitativo «Der Menschen Gunst und Macht» con altos y tenores, aria «Stürze zu Boden» de excelente bajo solista, nuevo recitativo «So wird dein Wort und Wahrheit offenbar» con clave y distinto solistas para finalizar todos en el bellísimo coral «Verleih uns Frieden gnädiglich», buen cierre a este pequeño ciclo donde cada cantante participó y se sumó en esta última plegaria, destacando la tiorba de Sergio Bermúdez y el poderoso cello de Héctor Hervás, con pasajes virtuosos ejecutados con limpieza y presencia.

Una breve pausa para reorganizar el órgano en el centro y las voces colocadas tradicionalmente por cuerdas, cuatro a cada lado. Mientras una explicación del maestro Mena sobre el motete Jesu, meine Freude, BWV 227, el más largo y complejo musicalmente de los compuestos por Bach, alfa y omega, principio y final, “Jesús mi alegría” porque la muerte luterana también es volver a la mejor vida, y con la música del dios Bach una explosión interior. Como recordó el vitoriano, se cumplen 300 años de este motete (escrito en julio de 1723 para el funeral de Johanna Maria Kees, esposa del jefe de correos) donde disfrutar cada una de las partes, diferenciando coro y corales, ocho voces o cuatro con “cantus firmus” a cargo del contratenor, una práctica hoy habitual por historicista aunque en su momento fuesen los niños. Los once movimientos juegan con los impares escenario de los versos de la coral del mismo nombre de Johann Franck de 1653, mientras que los pares son extractos de la Epístola de Pablo a los Romanos. Se han analizado hasta hablar de una simetría general, no aparente para algunos diletantes pero recordando que el primer y último movimiento son armonizaciones idénticas de la coral, el segundo y el décimo movimiento trabajan con el mismo material musical, el sexto movimiento central es una fuga elaborada, y Bach reduce la textura a tres voces en el cuarto y octavo movimiento. Con ese final que dice “Huid, espíritu de tristeza, que el maestro de mi alegría, Jesús, ya entra en mí”, así Bach ayudó a estas voces jóvenes con el órgano de Tamayo a darnos la esperanza siempre necesaria.

Final con las palabras de Antonio Moral despidiendo estos conciertos en San Jerónimo y agradeciendo el trabajo de Carlos Mena así como de Aarón Zapico con esta Academia Barroca del Festival de Granada, un proyecto que es realidad y sigue sumando jóvenes al apostolado bachiano que nunca morirá.

Academia Barroca del Festival de Granada

Soraya Méncid y Laura Rivas, sopranos – Serena Pérez y Juan Manuel Morales, altos – Raúl Jiménez y Luken Munguira, tenores – Roger Casanova y Julen García, bajos.

Darío Tamayo, clave/órgano positivo – Héctor Hervás, violonchelo – Sergio Bermúdez, tiorba

Carlos Mena, dirección musical

PROGRAMA

Soli Deo Gloria

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

De la cantata Sehet, wir geh’n hinauf gen Jerusalem, BWV 159

 Duetto: «Ich folge dir nach»

 De la cantata Aus der Tiefe ruf ich. Herr, zu dir, BWV 131

Aria con Coral: «Meine Seele wartet»

 De la cantata Der Himmel lacht! die Erde jubiliert, BWV 31

Recitativo: «Erwunschter Tag!»

Aria: «Fürst des Lebens, starker Streiten»

De la cantata Geist und Seele wird verwirret, BWV 35

Recitativo: «Ich wundre mich»

Aria: «Gott hat alles wohl gemacht»

De la cantata Christ lag in Todes Banden, BWV 4

Versus II: «Den Tod niemand zwingen kunnt»

De la cantata Jauchzet Gott in allen Landen, BWV 51

Recitativo: «Wir beten zu dem Tempel an»

Aria: «Höchster, mache deine Güte»

De la cantata Erhalt uns, Herr, bei deinem Wort, BWV 126

Recitativo: «Der Menschen Gunst und Macht»

Aria: «Stürze zu Boden»

Recitativo: «So wird dein Wort und Wahrheit offenbar»

Coral: «Verleih uns Frieden gnädiglich»

Motete Jesu, meine Freude, BWV 227

Bach es clave

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Domingo 9 de julio, 20:00 horas. 72 Festival de Granada, Auditorio Manuel de Falla (Sala B), “Solo Bach”: Pierre Hantaï (clave). Obras de J S. Bach. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Llegamos al decimonoveno día del Festival de Granada con la sesión matutina de “Nuestro Señor Bach” aún impregnando el Auditorio Manuel de Falla de su música y con uno de los apóstoles como el francés Pierre Hantaï (París, 28 de febrero de 1964), aunque nos hablase en inglés para redondear una clase magistral desde el clave (utilizando uno de los de la tarde anterior más la réplica y “joya” donada por nuestro irrepetible Rafael Puyana que evidentemente resultó imposible “caer en la tentación” de hacer lo sonar).

Muchos diletantes de “Mein Gott” donde tampoco faltaron móviles, toses (el propio Hantaï tuvo que parar a pedir agua para una espectadora ante su “ataque” si bien confundieron la petición para el propio intérprete, sin perder nunca la compostura y no como los “sufridores” de aires acondicionados) y la nueva pandemia veraniega de los abanicos, tan necesarios en Granada con estas temperaturas (pero tampoco es cuestión de exagerar el “recogimiento”).

Tras unas palabras iniciales en inglés donde el maestro Hantaï completó parte de las notas al programa del crítico valenciano Enrique Martínez Miura (1953), el verdadero carácter didáctico tanto de las primeras obras interpretadas, como del propio concierto, nos permitió pudimos disfrutar de los maravillosos registros del clave, la limpieza sonora, la claridad de las melodías y el indescriptible magisterio en las ornamentaciones del clavecinista francés que nos iluminaron con las primeras cinco piezas del Klavierbüchlein für Wilhelm Friedemann Bach, imaginándonos al Cantor en esta faceta de continuador de la saga transmitiendo el oficio a los herederos. Escribe el valenciano que “Bach empezó a anotar algunas piezas del Klavierbüchlein für Wilhelm Friedemann el 22 de enero de 1720, cuando su primer hijo varón, habido con Maria Barbara, contaba diez años. De obvia intención didáctica, reúne 63 páginas breves –preludios, minuetos, invenciones– que conocemos por otras fuentes de la producción bachiana, caso de El clave bien temperado. Varias son quizá del propio Wilhelm Friedemann y otras de Richter o Stölzel”.

No faltó el recuerdo al primer apóstol bachiano Gustav Leonhardt a quien escuché en mayo de 2011 un memorable concierto ovetense (“La Viena española” siempre), explicando Hantaï cómo trabajó y arregló algunos originales para laúd (aunque no editó sus adaptaciones, siendo Siebe Henstra en 2018 quien lo haría), pues el clave tiene mayor sonoridad, capacidad de expresión, y en los dedos del francés un perfecto dominio de ese registro que enriqueció más aún el Praludium de la Suite en sol menor, BWV 995 (1727-1731. Consiste a su vez en un arreglo de la Suite para violonchelo solo, BWV 1011, pues la creatividad de “dios Bach” aunque infinita también reutilizaba “recetas” siendo todo un ejemplo de reciclaje o “ecología musical”. Del nivel de exigencia interpretativa habría para escribir mucho y con dificultades inmensas caso de transponer el original a una quinta superior, armonía real a dos voces del laúd primigenio y en el clave jugar con las posibilidades que ofrece con numerosas voces y notas complementarias, todo un despliegue virtuosos de Leonhardt y de Hantaï, con este Preludio casi obertura “a la francesa”, que el oriundo se encargaría de aclarar los calificativos de la obra clavecinística de J. S. Bach.

Y del “Pater Petrus Leonhard” otro arreglo de la Partita en si menor, BWV 1002 (1720, original para violín) ofreciéndonos Sarabande y Bourré, con algunos aspectos semejantes a la anterior aunque la diferencia entre clave y violín sea  mucho mayor, volviendo a “ganar” en acordes y contrapunto en el clave.

Continuaba la clase con el asombro técnico de Hantaï y la sabia elección del programa, jugando con los registros, los teclados y la soberbia ornamentación en cada una, primero la Gigue de la Suite en do menor, BWV 997 (1737-1741), original para el instrumento donde la interminable capacidad de Bach se torna en libro donde cada versículo da luz y esta danza es un ejemplo.

No podía faltarnos un coral del Cantor, la sonoridad del órgano es evidente pero en el clave presenta recogimiento sin perder grandiosidad, «Wer nur den lieben Gott lässt walten», BWV 691 (1720), la educación desde casa sobre una melodía de Georg Neumark de 1657, que aparece ligeramente modificado (BWV 691a) tanto en el Klavierbüchlein de Wilhelm Friedemann como en el Notenbüchlein de Anna Magdalena, siempre presente el carácter didáctico de “Dios Bach” y la enseñanza en el propio hogar para lo que siempre en los países protestantes ha sido y es un oficio.

Y tras tanta página orientada a repertorio e instrumento, llegaría la Suite inglesa nº 2 en la menor, BWV 807 (1717-1723), que como explicaba Hantaï hay dudas hasta del calificativo, pues no hay nada de tal nacionalidad. Pero no olvidamos a la familia Bach pues los autógrafos no se conservaron pero sí una de las copias de Johann Christian Bach. Suite de estructura tradicional (Prélude – Allemande – Courante – Sarabande – Bourrée I – Bourrée II – Gigue), donde cada “danza” resultó un despliegue de buen gusto, mejor interpretación y hondura con interrupciones que no empañaron la unidad y complejidad de esta “joya” bachiana para el clave en manos de Pierre Hantaï.

No podía marcharse pese a la hora y el calor exterior sin cambiar el clave de Andrea Restelli (Milán, 2005, según modelo original de Christian Müller, Alemania, 1738 por el donado por Rafael Puyana al Archivo Manuel de Falla, contándonos la historia del original de Hieronymus Albrecht Hass, Hamburgo, 1740), traído por Bárbara de Braganza para Domenico Scarlatti. Dos nuevos redescubrimientos de “Nuestro padre Bach”, fantasía (sin fuga) en sol menor de rotundos graves en ese ·monumento a la memoria sonora” y extracto de la “inglesa” suite para encontrar la respuesta al enamoramiento del instrumento que podía conseguir el amplio sonido doméstico que en el trabajo daban los órganos.
Demos gracias a Bach y a Hantaï por dos clases excelentes para los acólitos y diletantes de nuestro “Padre de la música”.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Cinco piezas de Klavierbüchlein für Wilhelm Friedemann Bach (colección iniciada en 1720)

De la Suite en sol menor, BWV 995 (1727-1731, original para laúd. arr. de Gustav Leonhardt):

Praludium

De la Partita en si menor, BWV 1002 (1720, original para violín. arr. de G. Leonhardt):

Sarabande

Bourrée

De la Suite en do menor, BWV 997 (1737-1741):

Gigue

Coral «Wer nur den lieben Gott lässt walten», BWV 691 (1720)

Suite inglesa nº 2 en la menor, BWV 807 (1717-1723)

Prélude – Allemande – Courante – Sarabande – Bourrée I – Bourrée II – Gigue

Fiesta de claves con Bach

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Sábado 8 de julio, 20:00 horas. 72 Festival de Granada, Auditorio Manuel de Falla (Sala B), “Solo Bach”: La Ritirata, Pierre Hantaï, Diego Ares, Ignacio Prego y Daniel Oyarzábal (claves), Josetxu Obregón (violonchelo y dirección artística). Obras de J S. Bach. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Espectacular concierto vespertino del 18º día del festival granadino, calor en el exterior y temperatura ideal en el Auditorio con un monográfico Bach dedicado a los conciertos para dos, tres y cuatro claves. Difícil reunir sobre el escenario intérpretes e instrumentos, cuyos modelos dejo al final, dos propiedad de Diego Ares y Daniel Oyarzábal transportados desde Madrid, más otros en el propio Auditorio Manuel de Falla, siendo “la joya” el último que Pierre Hantaï utilizaría para redondear el despliegue clavecinístico con todo lo que supone de transporte, aclimatación y sobre todo la afinación perfecta de todos ellos (1).

Porque La Ritirata con Josetxu Obregón trajo un cuarteto de cuerda siempre compenetrado por tanto tiempo haciendo música juntos, más tres clavecinistas españoles que son habituales tanto en solitario como formando parte de distintas formaciones barrocas, y comandados por el el maestro francés (que repetirá en solitario este domingo en la sesión matutina), alternándose en los distintos conciertos, como iré indicando, y compartiendo este amor por Bach donde todos ellos desplegaron el virtuosismo que les caracteriza.

Aunque en las primeras palabras de Obregón avanzaba lo que supuso la intendencia de mover instrumentos, dejaría para el último concierto las descripciones de los claves utilizados mientras se reubicaban instrumentos mimados por los afinadores y los técnicos de Radio Clásica con la microfonía.

El crítico valenciano Enrique Martínez Miura (1953) en las notas al programa desmenuza los cinco conciertos que escuchamos, transportándonos al Collegium musicum de Leipzig y a los viernes (aunque hoy fuese sábado), del Café Zimmermann en medio del humo del tabaco, imaginándonos a Johann Sebastian Bach (1685-1750) acompañado ocasionalmente por sus hijos mayores Wilhelm Friedemann y Carl Philipp Emanuel.

Con Pierre Hantaï y Diego Ares como solistas (llevando la dirección del conjunto el maestro francés) comenzaba la velada escuchando el Concierto para dos claves en do mayor, BWV 1061, con los habituales tres movimientos (Allegro – Adagio overo Largo – Fuga. Vivace), que según Martínez Miura no parece proceder de adaptación alguna. Impetuoso primer movimiento por parte de todos tras un más tranquilo y expresivo central, para disfrutar de los dos claves en un “duelo ornamental” cargado de lirismo antes del último fugado donde comprobar el equilibrio de todo el conjunto mientras los claves iban contestándose.

Cambio de solistas para el Concierto para dos claves en do menor, BWV 1060, Ignacio Prego y Daniel Oyarzábal con otro lujo de obra y tímbricas, estructura tripartita (Allegro – Adagio – Allegro), el primero con la técnica del eco de los motivos entre los solistas, seguido del segundo que enlaza con el último y animado cierre. Sonidos de clave tanto solistas como en continuo resultando un placer ver a los intérpretes “relevarse” en los protagonismos mientras La Ritirata destacaría por su conjunción y afinación impecable.

Como en los juegos subía la apuesta de dos a tres y llegaría el Concierto para tres claves en re menor, BWV 1063, trío de virtuosos (Hantaï, Prego y Oyarzábal) emulando a los tres Bach, padre e hijos. Aunque el primero se hace más protagonista, y con el francés siempre se agradece, las dificultades existen para los tres mientras “la orquesta” tiende a reforzar y armonizar los teclados. Impresionantes las dos cadencias solistas y el primer violín por tímbricas y ajustes rítmicos en un conciertos enérgico donde Bach escribe para los teclados con su inspiración divina.

Se mantenían los tres claves pero cambiando al francés Hantaï por el gallego Ares en el Concierto para tres claves en do mayor, BWV 1064. Considerado como una de las grandes obras instrumentales de Bach, La Ritirata tuvo mayor presencia estando los solistas más equilibrados en cuanto a protagonismo, siendo difícil al oído reconocer quién “tomaba la palabra” a no ser que fuésemos observando a cada uno. Nuevo despliegue sonoro y técnico por todos los músicos sobre el escenario del auditorio antes del “derroche final” que nos esperaba.

Reubicación total, colocando al contrabajo más atrás y los cuatro teclados casi engarzados con el donado por el gran Rafael Puyana al Archivo Falla “presidiendo” por sonoridad (16, 8, 4 y 2 pies) con tres teclados (Obregón lo describió como un rinoceronte por potencia) en las manos de Hantaï. El Concierto para cuatro claves en la menor, BWV 1065 es una transcripción del Concierto para cuatro violines en si menor, op. 3, nº 10 de Vivaldi pero la grandeza italiana se hace gigantesca por cómo la elabora “Mein Gott”, jugando con timbres, armonía y unos bajos poderosos. De los tres movimientos el central lento es como contemplar cuatro pistas de un espectáculo viendo cómo van sucediéndose llevando el foco a cada uno, con el “ensemble» rodeando este ejercicio de escritura e interpretación. El sumum solístico que sigue siendo único, bisando los dos últimos movimientos como un regalo para todos.

La Ritirata

Andoni Mercero, violín I – Pablo Prieto, violín II – Daniel Lorenzo, viola – Jorge Muñoz, contrabajo. Josetxu Obregón, violonchelo y dirección artística.

Claves: Pierre Hantaï, Diego Ares, Ignacio Prego y Daniel Oyarzábal.

PROGRAMA

Concierto para dos claves en do mayor, BWV 1061. (Allegro) – Adagio overo Largo – Fuga. Vivace 

Concierto para dos claves en do menor, BWV 1060. Allegro – Adagio – Allegro

Concierto para tres claves en re menor, BWV 1063.
(Allegro) – Alla siciliana – Allegro

Concierto para tres claves en do mayor, BWV 1064.
(Allegro) – Adagio – Allegro assai

Concierto para cuatro claves en la menor, BWV 1065.
(Allegro) – Largo – Allegro

Claves utilizados:

Clave fabricado en 1982 por Willard Martin en Bethlehem, Pennsylvania, según un original de Nicolas Blanchet.

Clave fabricado por Andrea Restelli en 2005 en Milán, según un modelo original de Christian Müller, Alemania, 1738.

Clave fabricado por Titus Crijnen en 2016 en Sabiñán, según un modelo original de Ruckers Colmar, Países Bajos, 1624.

Clave fabricado en 1994 por Andrea & Anthony Goble en Oxford, según el original de Hieronymus Albrecht Hass, Hamburgo, 1740. Donado por Rafael Puyana al Archivo Manuel de Falla.

(1) Gracias a José María Leonés por su trabajo titánico para una afinación perfecta de los cuatro claves.

Un jardín barroco en el colegio renacentista

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Miércoles 5 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Colegio Mayor Santa Cruz la Real, “Cantar y tañer. Sones antiguos y barrocos”: Avi Avital (mandolina), Il Giardino Armonico, Giovanni Antonini (flauta y dirección). Obras de Durante, Barbella, C. Ph. E. Bach, Paisielllo y J. S. Bach. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Decimoquinto día de Festival y la música volvía a “mi colegio” con la ilusión de escuchar al mandolinista israelí Avi Avital (Beerseba, 1978) al que sigo como diletante del instrumento que heredase de mi padre. Y además se presentaba junto a Il Giardino Armonico y su fundador Giovanni Antonini, con lo que las espectativas eran altas añadiendo un programa donde primaría lo italiano pero no podía faltar “Mein Gott”. La mandolina napolitana de cuatro órdenes (que afina como el violín) sería uno de los instrumentos que los barrocos compondrían por esa sonoridad tan evocadora y hasta cautivadora, exigente para la mano derecha pertrechada de un plectro o púa, pero aún más para la izquierda que puede asegurar destroza las llamas de los dedos.

Il Giardino abriría la velada nocturna con dos napolitanos, primero con uno de los ocho conciertos a 4 conservados de Francesco Durante (1684-1755) , el Concierto nº 2 en sol menor para cuerdas y bajo continuo bien contrastados (Affettuoso / Presto / Largo affetuoso / Allegro) siguiendo la “receta de la sonata de Corelli”, donde poder disfrutar de la sonoridad perfecta de estos intérpretes italianos que dominan el repertorio de su tierra, con un Antonini marcando todo y la plantilla ideal para ello (4-4-2-2-1, más continuo de tiorba y clave); después Emanuele Barbella (1718-1777) ya con Avital en el Concierto en re mayor para dos violines, mandolina y bajo continuo en tres movimientos (Allegro / Andantino / Allegro) que ya mostraron el dominio de la mandolina y los dos solistas de violín en conjunción exacta para encontrar las sonoridades que tan bien maridan entre los tres, catálogo de virtuosismo en la púa capaz de matices amplísimos con la amplificación equilibrada para todo el concierto. Un aperitivo para abrir boca ante lo que aún nos esperaba.

De nuevo Il Giardino dando un paso adelante en el tiempo con Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788) y la Sinfonía nº 1 en sol mayor para cuerdas y bajo continuo, Wq 182/1, organizada en tres movimientos (Allegro di molto / Poco adagio / Presto), obra de tensión y agitación del movimiento conocido como Sturm und Drang, aún con aromas barrocos pero ya respirando nuevos aires prerrománticos, con los reguladores de la “Escuela de Manheim” que generan toda la tensión que Antonini con Il Giardino imprimen a esta composición del hijo más famoso de Johann Sebastian, y apostando por tempi exprimidos al máximo para comprobar la calidad de unos intérpretes que funcionan como una máquina perfecta.

Pero el padre siempre acaba reinando en este jardín, siendo el elegido para el broche de cada una de las dos partes con transcripciones (o reutilizaciones) del material que Johann Sebastian Bach escribe “soportando” cualquier combinación instrumental.
El Concierto en re menor, BWV 1060, para flauta, mandolina, cuerdas y bajo continuo, como bien explica Pablo J. Vayón en las notas al programa, «…nos ha llegado en una copia para dos claves (y Avital ha transcrito para su mandolina y la flauta dulce de Antonini) se trata seguramente de la versión de un original para violín y oboe. En ambas obras, Bach aplica los principios del concerto ritornello típico de Vivaldi, con estructura tripartita y unos tiempos rápidos en los que alternan los tutti orquestales con los pasajes solistas. En cualquier caso, el genio de Eisenach aporta siempre la especial densidad de su trabajo contrapuntístico, dando relieve a las voces internas”. El tejido orquestal del “Giardino” fue alfombra floral para Avital y Antonini en un duelo virtuosístico por parte de ambos, tímbricas que empastan jugando el flautista con la piccolo en los rápidos y la contralto en el movimiento central (Allegro / Adagio / Allegro) mientras la mandolina recorría toda la tesitura del instrumento, ambos dialogando, acercándose, explorando nuevas sonoridades que para El Cantor siempre vienen bien.

Antonini dejaría sus flautas para centrarse ya en “su” Giardino y los dos conciertos de Avital para la segunda parte, subiendo tanto la carga emocional como el virtuosismo bien tratado en un claustro colegial que parecía respirar aires del sur.

De Giovanni Paisiello (1740-1816) han sobrevivido tres conciertos, entre ellos el Concierto en mi bemol mayor para mandolina, cuerdas y bajo continuo, R 8.14, sin las violas y con el continuo algo “apagado” en presencia pero reinando la mandolina mágica de Avi Avital en los tres movimientos (Allegro maestoso / Larghetto / Allegretto). Más allá del dominio técnico, destacar la amplia gama de sonidos y matices, pasando de las melodías a los acordes que realzaban el ritmo, y sobremanera el movimiento central donde Il Giardino fue una alfombra floral para adornar la sonoridad y sentimiento del israelí.

Y el propio solista ha transcrito para la mandolina dos de los conciertos para clave de Bach, escuchando este miércoles el Concierto nº 1 en re menor, BWV 1052 , del que sabemos usó en los conciertos del Collegium musicum de Leipizg, y como la inmensa mayoría de los conciertos que el genio de Eisenach destinó al clave, eran transcripciones de obras anteriores, seguramente creadas en su feliz período de Cöthen, donde estuvo centrado en la música instrumental, por lo que este concierto para clave, hoy para mandolina en la transcripción del israelí, se ha reutilizado el Concierto para violín en mi menor y usado ya en las cantatas 146 y 188. El timbre de la mandolina resultó ideal para esta joya de concierto, si del violín posee la afinación, del clave el sonido metálico y la armonía, por lo que Avital desplegó todos los recursos del instrumento al servicio de la música de Bach, siempre divina y más si se interpreta con buen criterio, caso de Il Giardino con Avital.

Los tres movimientos (Allegro / Adagio / Allegro) se sucedieron con la sensación de ser originales para mandolina, orquesta de cuerda y continuo, y sólo un virtuoso como el israelita pueden afrontarlos con tan amplia gama dinámica, combinaciones de melodía y armonía, ornamentos increíbles, arpegios poderosos, agudos al límite y acordes completos sin perder nunca la referencia. De nuevo el movimiento central lento ofrece el color (casi el olor en este jardín) único de mi instrumento favorito, pero los rápidos soportaron todo el peso (como los magnolios del claustro) de la exigente escritura clavecinística. Público rendido a Bach y a estos intérpretes que hicieron grande la música de “Mein Gott”.

Pero habiendo una mandolina italiana, no podía faltar, aunque fuese la propina, Vivaldi y el primer movimiento de su Concierto en do mayor, que cambiaría el perfume alemán por el veneciano en este jardín barroco del claustro renacentista

Il Giardino Armonico

Violines pimeros: Stefano Barneschi (solista), Fabrizio Haim Cipriani, Ayako Matsunaga y Liana Mosca.
Violines segundos: Angelo Calvo (solista), Francesco Colletti, Archimede De Martini y Gabriele Pro
Violas: Ernest Braucher (solista) y Maria Cristina Vasi
Violonchelos: Marcello Scandelli (solista) y Elena Russo
Contrabajo: Giancarlo De Frenza – Tiorba: Michele Pasotti – Clave: Riccardo Doni.
Avi Avital mandolina
Giovanni Antonini dirección y flauta

PROGRAMA

I

Francesco Durante (1684-1755): Concierto nº 2 en sol menor para cuerdas y bajo continuo (Affettuoso / Presto / Largo affetuoso / Allegro)

Emanuele Barbella (1718-1777): Concierto en re mayor para dos violines, mandolina y bajo continuo (Allegro / Andantino / Allegro)

Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788): Sinfonía nº 1 en sol mayor para cuerdas y bajo continuo, Wq 182/1 (Allegro di molto / Poco adagio / Presto)

Johann Sebastian Bach (1685-1750): Concierto en re menor, BWV 1060, para flauta, mandolina, cuerdas y bajo continuo (Allegro / Adagio / Allegro)

II

Giovanni Paisiello (1740-1816): Concierto en mi bemol mayor para mandolina, cuerdas y bajo continuo, R 8.14 (Allegro maestoso / Larghetto / Allegretto)

Johann Sebastian Bach: Concierto nº 1 en re menor, BWV 1052 (transcr. de Avi Avital para mandolina y orquesta). (Allegro / Adagio / Allegro).

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