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Bax y Chung: una vida a cuatro manos

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Martes 23 de septiembre, 19:30 horas: Sala de cámara del Auditorio de Oviedo. I Festival de Piano Joaquín Achúcarro. Dúo de piano a cuatro manos: Lucille Chung y Alessio Bax. Obras de Bach, Mendelssohn, Schubert, Debussy y Piazzolla. Abono: 36€.

(Reseña escrita desde el teléfono para La Nueva España del miércoles 24 con fotos propias y regaladas, tipografía que el papel no siempre soporta, más el añadido de los enlaces –links– siempre enriquecedores)

El I Festival de Piano Joaquín Achúcarro celebró en la Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo su segunda cita con un recital del dúo formado por Lucille Chung y Alessio Bax, matrimonio en la vida y en la música. Su propuesta recordó inevitablemente al propio Achúcarro y a su esposa, Emma Jiménez, quienes defendieron varios años la música a cuatro manos como un espacio de complicidad y equilibrio.

El programa abarcó un amplio arco estilístico, desde Bach hasta Piazzolla, en un recorrido que mostró la versatilidad y entendimiento de los intérpretes. La Sonata nº 1 BWV 525 (a 15 dedos) y la sonatina del Actus Tragicus ofrecieron un Bach depurado y casi organístico, mientras que la Obertura de Las Hébridas de Mendelssohn (también conocida como “La Gruta del Fingal”) se convirtió en un verdadero fresco marino en miniatura sinfónica de perfecta conjunción.

El punto culminante de esta parte llegó con la Fantasía en fa menor D.940 de Schubert, obra central del  repertorio a cuatro manos, que el dúo abordó con lirismo, solidez rítmica y una compenetración admirable, energía y sutileza cargadas de una musicalidad compartida.

En la segunda parte Debussy brilló con la delicadeza del “Preludio a la siesta de un fauno” orquestal , arreglado para cuatro manos por Maurice Ravel, evanescente como las cuatro miniaturas gigantescas de su Petit Suite orquestal, llenas de color por el dúo italocanadiense, impecablemente contrastados (y aplaudidos individualmente) antes de que la energía del llamado “Nuevo Tango” de Piazzolla  que este matrimonio lleva habitualmente en sus conciertos con una complicidad y compenetración única, cerrando el concierto con fuerza y pasión contagiosa. Proverbial “Lo que vendrá”, una auténtica “Milonga del ángel” terrenal y el impactante “Libertango” de coreografía en manos levantando  al público ovetense que casi llena la sala. Todos entregados y entusiasmados con un recital que combinó rigor y emoción, confirmando que la esencia de este festival está en unir tradición, pedagogía y latido compartido desde la máxima calidad.

Reseña en LNE del 24SEP25

 

Meditando en El Salvador

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 24a). Conciertos matinales.

Sábado 12 de julio, 12:30 horas. Parroquia de Nuestro Salvador: Juan María Pedrero, órgano. Obras de Bach. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Penúltimo día de mi festival con sesión matutina dedicada a «Mein Gott» a cargo del organista zamorano afincado en Granada José María Pedrero (1974) en el fantástico órgano construido en 2001 por Paco Alonso, un tándem que sigue teniendo a la capital nazarí como referente para el llamado «rey de los instrumentos». Del instrumento del Salvador que ya he disfrutado en ediciones anteriores, destacar que la caja está directamente inspirada en dos órganos barrocos granadinos de principios del siglo XVII (uno otra joya aún conservada por el propio Alonso en el convento de San Jerónimo procedente del convento de Santa Paula, y en la traza del órgano que construyese para la iglesia de Santa María de la Alhambra el organero Gaspar Fernández de Prado en 1619. Con más de 1800 tubos y diapasón a 440 Hz siempre a una temperatura ideal de 20º C, Juan Mª Pedrero supo sacarle todas las combinaciones y registros del barroco alemán con aires de Sierra Nevada.

La web nos presentaba este sábado matinal con temperatura ideal en estas fechas:

Maestro entre los maestros
En el instrumento que Francisco Alonso construyera en 2001 para la Parroquia del Salvador, uno de los más importantes organistas españoles de hoy, Juan María Pedrero, profesor en el conservatorio de Granada, ofrece un acercamiento a la obra del más grande compositor para órgano de la historia, Bach. Desde la majestuosidad de la Pièce d’Orgue BWV 572 hasta la profundidad expresiva de An Wasserflüssen Babylon BWV 653, cada obra despliega su riqueza técnica y emocional. La Partite diverse sopra il Corale BWV 770 muestra la inventiva del maestro en la variación coral, mientras que la Toccata BWV 564 deslumbra por su virtuosismo en estilo fantasticus. Culmina el programa el imponente Preludio y Fuga en mi menor BWV 548, una obra monumental que encapsula su genialidad arquitectónica y musical.

De las excelentes notas al programa de mi tocayo vasco Pablo Cepeda que analizan las obras elegidas para este monográfico Bach, y tituladas El órgano en J. S. Bach: arquitecturas del infinito iré intercalándolas con mis comentarios:

El concierto que nos disponemos a escuchar nos brinda la oportunidad de recorrer la riqueza musical que Johann Sebastian Bach cultivó en diversos géneros organísticos. Juan María Pedrero nos presenta una ambiciosa y cuidada selección de obras que condensan la maestría compositiva de quien fue también un intérprete e improvisador excepcional. En ellas late un sutil equilibrio entre forma y espíritu: arquitecturas sonoras que apuntan al infinito y resuenan en lo más profundo del ser. Recorreremos esta geografía musical guiados por Pedrero y por la riqueza sonora del órgano de El Salvador, joya de la organería granadina, construido en 2001 por el maestro Francisco Alonso Suárez, que despliega una amplia representación de las distintas familias tímbricas del órgano barroco.

Todo órgano debe respirar para mantenerse vivo, cada vez que el aire hace vibrar sus tubos, por lo que enfrentarse al «dios Bach» además de una preparación previa del instrumento, el organista, cual deportista de cualquier disciplina, debe conocer en profundidad el terreno de juego, nunca igual, y. que en el caso del zamorano al «jugar en casa» fue llevando cada obra por los registros apropiados, un verdadero arte, estrujando no solo la cadereta interior sino el llamado «órgano mayor» y especialmente el pedal, jugando con los acopladores para sumar tímbricas, más un trémolo aplicado en los momentos justos.

Comenzamos con un gran pórtico Bachiano, su Pièce d’Orgue, BWV 572; pieza singular en la literatura para órgano de Bach, tanto por el título en francés como por su forma y estructura. En su primer movimiento –Très vitement– los tresillos en el teclado son el hilo conductor. En el Gravement, potente parte central a 5 voces con pedal, los retardos y disonancias del discurso polifónico nos remiten nuevamente al estilo francés. Tras un acorde suspensivo el Lentement final retoma la figuración rápida mientras la música se embarca en un largo y casi escheriano viaje descendente final.

El tema con las nueve variaciones de su Partite diverse sopra il Corale «Ach, was soll ich Sünder machen», BWV 770 fue la primera gran prueba del abanico desplegado por Pedrero Encabo en el órgano de El Salvador, contrapuntos claros eligiendo el teclado idóneo para combinar violones y flautados.

La partita coral es un conjunto de variaciones (partita diverse, en palabras del propio Bach) sobre una melodía de coral luterano, elaboradas según distintos modelos compositivos. Este género, nacido con Sweelinck y desarrollado por Pachelbel y Böhm, alcanzó una de sus cimas en Bach. En la Partite diverse sopra il Corale «Ach, was soll ich Sünder machen», BWV 770, el tema se presenta de forma homofónica, con cierto sabor francés en su ritmo, y se transforma a lo largo de nueve variaciones que despliegan diversas técnicas contrapuntísticas.
La fama de Bach como virtuoso tanto a los teclados como al pedalero –bien documentada en las crónicas de su tiempo–, queda completamente justificada en su Tocata, Adagio y Fuga en do mayor, BWV 564, un grandioso tríptico musical. Se abre con una Toccata de brillante virtuosismo y diálogo entre teclado y pedal. Le sigue un Adagio de inspiración italiana, ornamentado y expresivo, con una melodía solista sobre un acompañamiento sobrio. Tras un Grave de carácter denso y modulante, culmina en una Fuga vitalista cuyo tema remite al inicio de la obra.

Anteriormente hablaba del pedalero de registros varios, donde la elección es fundamental. Sin abusar de los tubos de 16 pies, clarines y trompetas bien combinados demostraron no solo el virtuosismo con los pies sino la escritura de «mein Gott» en su etapa de Weimar, aunque el órgano acompañaría al kantor toda su vida. Y los corales luteranos además de fuente de inspiración, al órgano nos permite escuchar ese canto del pueblo con unos flautados bien combinados.

El preludio coral An Wasserflüssen Babylon, BWV 653, describe musicalmente la nostalgia del pueblo de Israel durante su exilio en Babilonia. La melodía del coral luterano aparece en la voz intermedia de tenor mientras que en el pedalero recaen en las dos voces inferiores de esta obra de textura inusual y con estructura interna circular.

Y tras todo el derroche sonoro, matizado, tímbricamente ideal con una ejecución siempre clara y precisa por parte de Pedrero, el mejor cierre de esta mañana sabatina con uno de los «monumentos organísticos»:

Concluimos este viaje con una de las cumbres del repertorio organístico de J. S. Bach: El Preludio y Fuga en mi menor, BWV 548. Obra de madurez, destaca por su ambiciosa escala y la riqueza de sus recursos musicales. El preludio evoca el espíritu del concierto barroco, estructurado en tres episodios que alternan el diálogo entre ripieno (tutti) y solista. La fuga, la más extensa escrita por Bach para órgano, despliega un tema que se expande desde la tónica hacia los extremos del teclado, integrando pasajes solistas y una arquitectura ternaria, para concluir en un brillante acorde mayor.
Bach conjuga el orden con la emoción, la lógica con el misterio.

Silencio sepulcral mientras el preludio hacía meditar y la esplendorosa fuga me llevaba hasta mi «ruta Bach» que guardo en la memoria para volver a interrogarme sobre la grandeza compositiva del que siempre defenderé como «padre de todas las músicas». Si en la historia se habla «a. de JC» y «d. de JC», para la música deberíamos referirnos y cambiar JC por JSB, quien además escribía Soli Deo Gloria cual testamento para la posteridad.

Pablo Cepeda nos pedía al final de sus notas: «Disfruten de todo ello» y lo hemos cumplido religiosamente.

Aún me queda día y medio para poner punto y final a esta edición donde el órgano sigue teniendo sus espacios.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750)
Fantasía en sol mayor «Pièce d’Orgue», BWV 572  (Weimar a. 1717, revisión c. 1720/25)
Très vistement
Gravement
Lentement
Partite diverse sopra il Corale «Ach, was soll ich Sünder machen», BWV 770 (Arnstadt a 1708, copia más temprana c. 1710/14)
Toccata, Adagio y Fuga en do mayor, BWV 564 (Weimar c. 1710/17?, fuente más temprana c. 1725)

An Wasserflüssen Babylon, à 2 clav. et pedal, BWV 653 (Weimar, rev. en Leipzig c. 1740)

Preludio y Fuga en mi menor, BWV 548 (Leipzig, entre 1727 1731)

Inquietud y sosiego

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 18a). Conciertos matinales.

Domingo 6 de julio, 12:30 horas. Crucero del Hospital Real. Trío Arbós. Juan-Alfonso García y la Nueva Música en Granada. Obras de Bach, Busoni, Sánchez-Verdú, Manuel Hidalgo, García Román y Francisco Guerrero. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Finalizando mi tercera semana de Festival volvía en sesión matinal al crucero del Hospital Real para seguir recordando a Juan-Alfonso en otra de la llamada «Nueva Música en Granada» que verdaderamente siempre suena nueva, y más en nuestro caso.

La web del Festival presentaba este aperitivo musical del domingo así:

La Nueva Música en Granada y Bach
El Trío Arbós presenta un fascinante diálogo entre Johann Sebastian Bach y la Nueva Música granadina, bajo el magisterio de Juan-Alfonso García. Juan Carlos Garvayo ha tomado algunos de los corales de Bach que Ferruccio Busoni transcribió para el piano y los ha convertido en piezas camerísticas vibrantes, que resuenan al contacto con la música de vanguardia de cuatro compositores que, desde distintos puntos de Andalucía, representan sensibilidades diferentes: el antequerano Manuel Hidalgo y el algecireño José María Sánchez-Verdú con su fuerte conexión con la creación germana; el linarense Francisco Guerrero, con su indomable y volcánica personalidad, en una obra para piano que preservó como la primera de su catálogo; y el granadino José García Román rindiendo homenaje a «la ciudad del corazón y de la amistad».

Nueva música en Granada de una escuela así bautizada desde Madrid con una conexión andaluza entre sus compositores y «Mein Gott, padre de todas las músicas», con transcripciones para trío de Juan Carlos Garvayo (también autor de las notas al programa) que fueron estreno absoluto, y donde explica a la perfección cómo unir el Bach de Busoni para recrearlo y combinarlo desde el preludio inicial al cierre desde un círculo virtuoso perfecto en un programa de Inquietud y sosiego, pues pese a que esta generación de compositores (dos de ellos presentes entre el público) no es tan nueva, menos aún se puede seguir denominando «vanguardias» tras 20, 30 o 40 años, aunque siguen provocando muchas preguntas al oyente que sólo, y siempre, dios Bach -en cualquier versión- es capaz de responder.

Explica y escribe el compositor además de pianista Juan  Carlos Garvayo (Motril, 1969):

Escuela juanalfonsina de composición

«Sólo cuando existe un nexo vital, efectivo y afectivo entre maestro y discípulo (como en los viejos talleres de arte), sólo entonces se puede hablar con algún sentido de escuela. Y puede que algo de esto exista entre nosotros». Estas palabras de Juan-Alfonso García pronunciadas en su discurso de contestación al de ingreso de José García Román en la Real Academia de Nuestra Señora de las Angustias de Granada, describen a la perfección la esencia de esa supuesta «escuela granadina de composición» —así denominada desde Madrid—, que engloba a los compositores incluidos en este programa en torno a su maestro común, Juan-Alfonso García. Sin embargo, la ausencia de rasgos estilísticos y estéticos comunes entre ellos, frente a la vigencia de los mencionados nexos vitales, efectivos y afectivos, nos inclinan más bien a hablar de una «escuela juanalfonsina de composición». La música de Juan-Alfonso no suena en este programa, pero su presencia simbólica aflora abrazando las músicas diversas y únicas de sus queridos discípulos, a través de cinco de los corales de Bach que Busoni reinterpretó en sus geniales versiones pianísticas. El copioso material polifónico y tímbrico propuesto por Busoni, invita a una nueva reelaboración del material, en este caso para trío con piano, que entronca con una práctica común entre los compositores representados: desde las originales orquestaciones guerrerianas de la Iberia de Albéniz, los corales de Franck orquestados por García Román, las reelaboraciones de obras beethovenianas de Hidalgo, hasta las recientes adaptaciones de Lieder de Schubert para voz y cuarteto de cuerda de Sánchez-Verdú. Describe José Luis Téllez el Trío III «Wie ein Hauch aus Licht und Schatten» (Como un soplo de luz y sombra) de Sánchez-Verdú como «una fascinadora exploración por los diferentes tipos de armónicos y de sonidos concomitantes […] para generar una música ingrávida y casi fantasmal que surge de la nada y a ella regresa». Sus nueve secciones van precedidas, como una suerte de guía emocional para los intérpretes, de versos extraídos de Poemas de la consumación de Vicente Aleixandre. Algunos de ellos («Ignorar es vivir: saber, morirlo» o «Pero ya no amanece») definen el pulso poético y trascendente en el que flota la obra. De civitate cordis de José García Román forma parte del ciclo de ciudades reales o metafóricas iniciado con la obra De civitate aquae en el año 2000. Esta «ciudad del corazón y de la amistad» rinde un homenaje criptográfico a José Luis Ocejo y a su Coral Salve de Laredo. Un fugaz motivo extraído del Te Deum gregoriano es sometido a sorprendentes combinaciones tímbricas y rítmicas entre violín, chelo y piano dibujando un personal y delicado trazo sonoro pleno de luminosidad y belleza. La música del antequerano residente en Alemania Manuel Hidalgo ha sido descrita como «sensual, arcaica, irrespetuosa, libre de dogmas» (F. Kämper). El particular universo de su Trío esperando reconstruye, mediante gestos precisos, elocuentes y un exquisito equilibrio de dinámicas y timbres, estilemas sonoros alojados en nuestra memoria musical más profunda. La obra sucede milagrosamente durante la espera de una resolución que nunca llega. Op. 1 Manual de Francisco Guerrero es fruto de un nuevo periodo en el decurso compositivo de Francisco Guerrero iniciado en 1976. Marcado por exigentes procesos de construcción formal que emanan de «acontecimientos» (que el propio compositor define como modos de ataque, diseños sobre los que estos actúan y duraciones), su título alude a los manuales o teclados del órgano —instrumento de su maestro Juan Alfonso— y a su capacidad de espacialización sonora. Articulada en cuatro secciones sin solución de continuidad, su ejecución supone un verdadero tour de force, un gesto casi heroico de naturaleza xenakiana.

«Efectivo» utilizar el Bach tamizado por Busoni, más actualizado que los corales originales y donde Garvayo desmenuza para el trío los registros organísticos y pianísticos de ambos. «Afectivo» alternarlo con esta «escuela granadina» donde Juan-Alfonso sigue presente en un festival que también dirigió y donde el órgano catedralicio fue su herramienta, pero sobre todo la ciudad que le inspiró tan vasta producción musical para saber aglutinar en su entorno una verdadera escuela «abrazando las músicas diversas y únicas de sus queridos discípulos«.

El Preludio-Coral BWV 667 es grandioso en «el rey de los instrumentos», Busoni lo reduce y Garvayo para su Trío Arbós lo reelabora tras la «deconstrucción» italiana y enlazarlo con el algecireño Sánchez-Verdú (1966), compositor residente de la pasada edición al que «los Arbós» ya han intrepretado, esta vez su trío III Wie ein Hauch aus Licht und Schatten para pasar del sosiego a la inquietud, una auténtica «Arquitectura de la ausencia» del gaditano muy exigente para un trío que debe trabajar unas tímbricas especiales, resonancias, golpes y una reflexión sonora que ya tiene 25 años pero sigue causando al menos perplejidad, con una interpretación rica por parte del Trío Arbós.

Tras los aplausos el despertar bachiano de su cantata BWV 140 con el posterior coral BWV 645 del que el Trío Arbós cantó sin palabras y devolvió sonoridades que Busoni en cierto modo «robó» para engrandecer el piano, ahora devuelta la raíz con los registros de las dos manos y pies traídos al violín, cello y piano «esperando» el trío del antequerano Manuel Hidalgo (1956) emigrado a Alemania pero de «escuela juanalfonsina» como la llama Garvayo. Nuevo desasosiego que explica el anterior y prepara los posteriores: recursos tímbricos, texturas y estructuras de hace 30 años que hoy en día siguen sonando novedosas para muchos (alguno se fue de la sala).

El coral BWV 615 nos «devolvió la alegría» (In dir ist die Freude) triplicada desde Busoni en otra interesante reconstrucción del compositor motrileño. Riqueza sonora más allá del piano con un buen «reparto» entre un violín casi viola y un chelo agradecido, enlazando sin respiro con De civitate cordis de otro alumno «juanalfonsino», el granadino José García Román (1945), una obra de 2004 que titula en latín «De la ciudad del corazón» con un lenguaje instrumental moderno, abriendo camino idiomático a sus continuadores pero sin olvidar los cánones compositivos clásicos, innovador en el tratamiento y desarrollo temático que el Trío Arbós interpretó con la profesionalidad y respeto a estas partituras, recibiendo el aplauso del autor al finalizarlo.

Como si corriese aire fresco el siguiente coral pedía «Ahora alégrense, queridos cristianos» (Nun freut euch, lieben Christen) BWV 734, más garbayiano que busoniano, ligerísimo en el trío que además coincidiría con un despliegue de abanicos sincronizados cual coreografía visual al «dios Bach», aplaudido sin dejar conectar con el siguiente como había sucedido en los anteriores.

Y sería el propio Juan Carlos Garbayo en solitario quien derrocharía todo el poderío, técnica, tímbrica, sonoridad, efectos y dominio del lenguaje contemporáneo en el piano del compositor linarense Francisco Guerrero (1951-1997), siempre recordado al que podría llamarle uno de los pioneros en aquella España de 1974 (junto a mi admirado Luis Vázquez del Fresno) con su colosal Op. 1 Manual -que revisaría en 1981- para abrir camino tras unos años oscuros pero esperanzadores, al igual que este programa de la mañana dominical que he titulado, y repito, como de «Inquietud y sosiego».

Mientras estaba finalizándola, volvían casi de puntillas al estrado Trematore y Gómez para enlazar con «dios Bach», desandar lo andado gracias a la maravillosa invocación del coral al Hijo, Ich ruf´ zu dir, Herr Jesu Christ, BWV 639: relajación, meditación y paz, tanto de Busoni como del Trío Arbós en el que Garbayo nos devolvería nuevamente unas sonoridades que ya han hecho nuestras con la «Nueva música en Granada» que lo es cada vez que la escuchamos en cada irrepetible y único directo (Radio Clásica lo grabaron para emitirlo en diferido gracias a unos técnicos que seguramente mejorarán lo vivido para revivirlo en las ondas).

INTÉRPRETES:

Trío Arbós:

Ferdinando Trematore (violín) – José Miguel Gómez (violonchelo) – Juan Carlos Garvayo (piano).

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750) / Ferruccio Busoni (1866-1924)
Komm, Gott Schöpfer!, BWV 667 (1747-49) *
José María Sánchez-Verdú (1968)
Trío III «Wie ein Hauch aus Licht und Schatten (2000)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645 (c. 1746) *
Manuel Hidalgo (1956)
Trío esperando (1995)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
In dir ist die Freude, BWV 615 (c. 1713-17) *
José García Román (1945)
De civitate cordis (2004)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
Nun freut euch, lieben Christen, BWV 734 (1708-17) *
Francisco Guerrero (1951-1997)
Op. 1 Manual (1974, rev. 1981)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
Ich ruf´ zu dir, Herr Jesu Christ, BWV 639 (c. 1713-17) *

* Transcripciones para trío de Juan Carlos Garvayo (estreno absoluto)

De todo lo visible e invisible

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 5). Música de cámara – Recitales.Lunes 23 de junio, 22:00 horas. Patio de los Arrayanes. Alexandre Tharaud (piano). Obras de Bach, Ravel y Dukas. Concierto homenaje a José Luis Kastiyo (1935-2024), periodista, cronista y querido amigo del Festival de Granada. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Mi quinta noche de Festival en la mágica de san Juan donde todo resultó cautivador y hechizante no solo por lo que se suele decir del «marco incomparable», que evidentemente el Patio de Comares lo es (y que «no me toquen los arrayanes» porque no entiendo la manía que tienen los visitantes en palpar unos setos únicos por lo bien podados). Llegaba el pianista francés Alexandre Tharaud con un programa un tanto curioso  por las obras elegidas pero con cierto hilo conductor en torno a la brujería por no seguir llamándole magia en este palacio nazarí de acústica increíble. La web del Festival lo presentaba así:

«La elegancia hecha pianista
Alexandre Tharaud es uno de esos pianistas que han hecho de la finura y la elegancia una forma de estar en el escenario, una manera de acercarse al hecho musical. En repertorios que exigen tanta sensibilidad en el control de la pulsación como el de los barrocos franceses, auténtica especialidad, Tharaud se crece, y por eso su Bach es esperado con expectación. Además, el que presenta en el Festival es un Bach hecho mayormente de transcripciones propias de música vocal. La experiencia se completará con un acercamiento a otro de sus terrenos preferidos, el de la música francesa del siglo XX: Ravel, de aniversario, estará presente con una de sus obras impresionistas más reconocidas, Miroirs, una suite de cinco piezas para piano que estrenó su amigo pianista Ricardo Viñes en 1906; Dukas, con ese cuento fantástico que es El aprendiz de brujo, transcrito también por el propio intérprete».

De las notas que nos dejó mi admirado Rafael Ortega Basagoiti en el programa de mano tituladas «Originales y transcripciones» iré citándolas e intercalándolas para intentar poner palabras a la noche más corta del año, con una primera parte donde volver a creer en dios Bach por todo lo visible e invisible desde un piano no solo elegante sino inmenso de dinámicas y colores, pues la primera parte comenzaría con un viento de Levante que arreciaba aunque se agradecía. Tharaud nos dejaba su apostolado bachiano con transcripciones propias verdaderamente muy logradas, porque su pulsación más un manejo del pedal muy contenido pero efectivo, es capaz de conseguir unas sonoridades delicadas y variadas donde percibir todo.

«El recital que propone Alexandre Tharaud contiene una curiosa y fascinante combinación de páginas ideadas originalmente para el teclado y transcripciones del propio Tharaud que en más de una ocasión rebasan el concepto de mera adaptación al teclado para adentrarse en un terreno que, especialmente en las páginas provenientes de oratorios, se acerca a la paráfrasis o la fantasía. La transcripción ha sido algo practicado continuamente en la historia de la música, muchas veces para familiarizarse y conocer mejor las obras de otros, como lo hacía el propio Bach con Marcello, Telemann o Vivaldi. Otras, para permitir la ejecución de una música determinada en otros instrumentos, algo también practicado por Bach».

El coro inicial de la Pasión según San Juan desgranó en el piano toda la riqueza melódica del kantor de Santo Tomás en la noche del evangelista con un atardecer amenazante que parecía trasladarnos al Gólgota, escuchando mentalmente esta súplica: «Señor, soberano nuestro… muéstranos con tu pasión, que Tú, verdadero hijo de Dios, en todas las ocasiones, y aún en la mayor humillación has sido glorificado». Sobrecogedor inicio de recital ad maiorem Bach gloriam y con la última nota resonando en el Patio de los Arrayanes, llegaba el milagro de convertir el viento en leve brisa antes de la conocida «Sicilienne» de la Sonata en mi bemol mayor para flauta, increíble poder escuchar todo lo escrito por «Mein Gott» transcrito al piano.

«Tharaud nos propone un recorrido variado, que incluye arreglos propios de algunas páginas familiares en otras transcripciones (la bella Siciliana de la Sonata para flauta y clave BWV 1031, por ejemplo, es bien conocida en el arreglo de Wilhelm Kempff), y añade algunas otras que raramente se escuchan en un instrumento de teclado, como el coro Herr, unser Herrscher, que abre la Pasión según san Juan, o la asombrosa, bellísima, que hace del aria de soprano Aus Liebe will mein Heiland sterben de ese mismo oratorio».

Alexander Tharaud sin apenas respiro atacaría cual rezo sin palabras, el aria de soprano «Por amor, por amor va a morir mi Salvador» de la Pasión según San Mateo, que se ha transcrito incluso para dos pianos y que el francés logró el tercer milagro sonoro donde escuchar la sentida voz femenina con solo el orgánico de un piano que aún no estaba inventado y que el tiempo lograría transmitir un legado universal.

«La Suite BWV 996, compuesta probablemente hacia 1715, estaba presumiblemente destinada al laúd, aunque no se descarta que estuviera pensada para ese singular instrumento, hoy olvidado, el clave-laúd o lautenwerk. Aunque sigue el modelo habitual francés de la suite en seis movimientos, Tharaud omite la Courante y cambia el orden de los movimientos, situando la Bourrée antes que la Sarabande. La Suite BWV 818a, originalmente escrita para instrumento de teclado, es una obra relativamente temprana (la primera fuente disponible es de 1722, pero la de la versión que escucharemos hoy es de c. 1740) y Schulenberg la sitúa entre las Suites inglesas y francesas. La segunda versión (818a) de esta suite que escucharemos, añade un Preludio y sustituye la Double de la Sarabande por un Menuet».

Enlazado sin pausa vendrían los seis movimientos de esta Suite desplegando una riqueza esplendorosa de matices, tiempos, ornamentos diferenciados, apoyaturas y trinos, ataques casi de clavecín con la grandiosidad del piano de cola, una Bourrée deudora del mejor Rameau en la transcripción y ejecución de su compatriota,  y una (re)interpretación de estas danzas que finalizan con la Gigue virtuosa tan cristalina como el agua de la alberca, reflejos proyectados por propia magia de la madre naturaleza según íbamos escuchándola.

Tras una mínima parada técnica para estirar las piernas, una segunda parte tan francesa e igualmente inspirada e inspieadora de dos de «Los apaches» en el 150 aniversario del nacimiento de un virtuoso pianista español defensor de nuestra música en la France capital de la modernidad, pero también de sus moradores, estrenando la siguiente obra de la noche, para lo que podría hablar de una transmutación en Alexandre Viñes y después Maurice Tharaud, un intérprete personal que mantendría el hechizo sonoro desde las 88 teclas iluminadas por el espejo acuático del Patio de los Arrayanes.

«Muchas de las obras de Ravel se han hecho populares en su paso del piano a la orquesta en lugar de hacerlo en el original pianístico. No es el caso de Miroirs, escrita en 1904 y sin duda una de sus mejores y más célebres partituras pianísticas. Estamos ante un conjunto de cinco piezas dedicadas a distintos miembros del colectivo artístico denominado «Los apaches», del que Ravel y Viñes formaban parte. Música que se mueve entre la ensoñación y la evocación, sugerente en la atmósfera agitada, pero delicadamente crepuscular de Noctuelles. Más tranquila la melancólica, no exenta de algún eco amargo, Oiseaux tristes, dedicada al mencionado Viñes, que además estrenó la obra. Seductora y evocadora Une barque sur l’océan, la página más larga de la serie, en la que la traducción sonora de las olas no puede ser más hermosa. El carácter español luce en la brillante y muy exigente (la más difícil de las cinco) Alborada del gracioso, la pieza quizá más sinfónica, que más tarde sería orquestada brillantemente por el propio Ravel. Hipnótica, en fin, la recreación tímbrica de las campanas parisinas en La vallée des cloches».

Cinco pinturas coloridas donde los propios títulos eran ensoñaciones: un nocturno verídico seguido de unos pájaros tristes que al volar acallaron los que suelen anidar cerca, un barco que surcaba el Cantábrico de Ciboure y San Juan de Luz, la algarabía sinfónica en el piano antes del toque de campanas que anunciaban poco a poco el final de esta oración francesa con el reverendo Tharaud.

Y si hubo magia toda la noche de san Juan, El mago Tharaud convirtió y transformó toda la paleta orquestal a un piano arrebatador, embrujado no por el aprendiz sino por este Merlín francés, brujería sonora para creer escuchar hasta un contrafagot al pie del palacio.

«El aprendiz de brujo es, sin lugar a duda, la obra más conocida de Paul Dukas. Lo es con buen motivo, porque es página de gran colorido y capacidad evocadora. Concebida originalmente en 1897 como poema sinfónico sobre una balada de Goethe (Der Zauberlehrling), es un ejemplo muy claro de música programática, un scherzo con cuatro motivos con los que Dukas (y luego Disney en Fantasía), cuenta la historia de un aprendiz que, sin permiso, hechiza una escoba para que le ayude a cargar agua. El propio Dukas arregló poco después la partitura para dúo de pianistas, y posteriormente Lucien Garban, Victor Staub y ahora, Alexandre Tharaud, han realizado sus propios arreglos para piano solo».

Si Walt Disney hizo de Micky Mouse un torpe aprendiz, Tharaud convirtió en pura fantasía esta transcripción, que como bien escribía el doctor Ortega, «rebasan el concepto de mera adaptación al teclado para adentrarse en un terreno que (…) se acerca a la paráfrasis o la fantasía».

Nadie esperaría que tras Bach, Ravel y Dukas sonasen canciones de Edith Piaf, pero Tharaud es ecléctico, libre, pianista sin etiquetas amante de la música de su país y capaz de homenajear no solo a Ravel y Viñes, también a «La Môme Piaf», con dos maravillas que quien no conociese el original bien podrían parecer debussyanas por los arreglos, pero igualmente jazzísticas desde la capital de un género que es tan clásico para mi generación enemiga de clasificaciones, y como para Tharaud otro «omnívoro musical». Primero el Hymne à l’amour emotivo, introspectivo y elegante frente al explosivo y alegre Padam, padam, un piano francés que canta y hace cantar sin palabras en la mágica noche de san Juan.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Coro «Herr, unser Herrscher», de la Pasión según san Juan, BWV 245 (1724) *

Sicilienne, de la Sonata en mi bemol mayor para flauta, BWV 1031 (1730-34) *

Suite en la menor, BWV 818a (c. 1740):

Prélude – Allemande – Courante – Sarabande – Menuet – Gigue

Aria «Aus Liebe will mein Heiland sterben», de la Pasión según San Mateo *

Suite en mi menor para laúd, BWV 996 (1708-17): *

Prélude – Allemande – Bourrée – Sarabande – Gigue

Maurice Ravel (1875-1937)
Miroirs (1904-05): **

Noctuelles – Oiseaux tristes – Une barque sur l’océan – Alborada del gracioso – La vallée des cloches

Paul Dukas (1865-1935):
L’apprenti sorcier (1897) *

* Transcripciones de Alexandre Tharaud
** En el 150 aniversario del nacimiento de Maurice Ravel y Ricardo Viñes

Corpus Bachii

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (Día 1): Conciertos sinfónicos.

Jueves 19 de junio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V: La Cetra (Barockorchester & Vokalensemble Basel), Jone Martínez (soprano), Lea Elisabeth Müller (mezzo), Carlos Mena (contratenor), Jakob Pilgram (tenor), Tobias Berndt (barítono), Andrea Marcon (director). J. S. Bach: Misa en si menor, BWV 232. In memoriam Miguel Ángel Gómez-Martínez.

Creo en dios Bach, creador del cielo y la tierra de la música, también creo en los ateos que también se emocionan con «die große catholische Messe»,  música «que nutre el alma y da alimento al hombre. Es una necesidad, como el pan nuestro de cada día» que así describía la gran misa católica el «apóstol» Andrea Marcon en la prensa local (dejo al final la entrevista). Porque este jueves 19 era la Festividad del Corpus Christi que además de Toledo tiene en Granada su día grande, como grande el inicio de la septuagésima cuarta edición de un festival que sigue siendo peregrinaje obligatorio de todo melómano. No solo los escenarios lo hacen especial, también  los intérpretes, las obras y todo lo que supone la capital nazarí. Para el que suscribe es el reencuentro  con amistades forjadas en anteriores ediciones y hacer de este «asturiano en Granada» un privilegiado que comparte sus sentimientos musicales desde este blog al llegar a mi casa colegial tras la tertulia y el paseo oliendo y escuchando la noche de la Alhambra.

La Misa en si menor, BWV 232 de «Mein Gott» estaba dedicada este jueves de liturgias religiosas y paganas a la memoria del gran maestro granadino Miguel Ángel Gómez-Martínez porque tanto esta fiesta que trasciende lo católico, como lo que supuso para esta capital andaluza su figura y talento, merecía tan magna obra para seguir recordándele, todo un guiño de Paolo Pinamonti (esta noche de anfitrión hasta para Urtasun, el ministro del ramo que al menos asoma en los eventos musicales) pero también de Andrea Marcon, nombres muy unidos a esta ciudad y su festival.

Calidad en La Cetra tanto musical como coral, una formación donde brillaron todos. La orquesta con una concertino que también tuvo su protagonismo, al igual que los dos oboes, la trompa natural, el trío de trompetas, también naturales, con todo lo que supone interpretar números virtuosos pero también melódicos, un órgano siempre atinado en un bajo continuo donde cello y contrabajo dieron sustento…  y hasta los timbales barrocos que pueden traicionar por afinación o presencia, a cada sección el maestro Marcon las llevó de la mano, firme, seguro, convencido y disfrutando. El coro tan importante en toda la misa, cantando a cuatro voces, a cinco e incluso a ocho, cambiando posiciones en las tres partes en que se dividió la misa, sin pausas, solo las justas para afinar, hidratar y no perder concentración, y donde el quinteto solista formaba parte del mismo, integrado antes de avanzar rápidamente al frente en sus arias  y conjuntos solistas antes de retornar a la posición inicial.

De las cinco voces elegidas para la ocasión destacar el empaste y color de todas ellas, con distintas exigencias y protagonismos. La mezzo Lea Elisabeth Müller, estuvo algo corta de volumen al igual que el tenor Jakob Pilgram, muy bachiano a quien La Cetra nos trajo a Oviedo como Juan el evangelista, ambas pese a tener sus intervenciones «aligeradas» por el dios Bach que escribía para disfrutarlas en solitario con unos orgánicos mínimos pero igual de cantables. Bien sin más Tobias Berndt, un barítono no bajo pues en el grave careció del empaque esperado (el Quoniam tu solus Sanctus que hubiera necesitado color y volumen, aunque lo lograse puntualmente.

Poder presumir que dos voces españoles sean ideales para la gran misa de Bach, además alumna y profesor, vuelve a demostrar el nivel que tenemos en nuestra tierra y donde no siempre son reconocidas, pero al menos en Granada se volvió a demostrar. Jone Martínez es una soprano versátil en su repertorio aunque se la nota muy cómoda en la mal llamada música antigua, pues además de tener un color que empasta siempre bien, su línea de canto se adapta como un guante a esta magna partitura. Y su maestro Carlos Mena está en un momento excepcional, sigue siendo no solamente un «alto» seguro de voz poderosa que fluye en cualquier espacio, también por una técnica y color personal que brillaron en sus arias, con el Agnus Dei emocionante, preparándonos para el final Dona nobis pacem del que Marcon decía hablando sobre los políticos actuales en estos tiempos convulsos que si lo oyeran «se les quitarían las ganas de seguir peleando». Paz de espíritu para todos los presentes en vivo y en Radio Clásica.

Casi dos horas de liturgia musical en este Corpus granadino, católicos y luteranos, agnósticos y ateos en común unión con el dios Bach que siempre hace pensar, meditar, emocionar y descubrir algo nuevo en su magna producción, donde esta «Gran Misa» ocupa un altar para intérpretes y público donde volver, al menos una vez al año.

 

La cúpula mágica

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Domingo 1 de junio, 12:00 horas. Centro Niemeyer, Avilés: Suena la cúpula. Ignacio Prego (clave): Las Suites Francesas de J. S. Bach. Obras de Bach, Purcell y Froberger. Entrada: 7 €.Para abrir este nuevo mes de mi curso musical me escapaba hasta el ágora avilesina en una nublada mañana de domingo donde disfrutar un concierto muy especial por el programa, el intérprete y especialmente para volver a asombrarme con la acústica tan especial de la cúpula semiesférica en este desaprovechado espacio que nos regaló el brasileño Oscar Niemeyer (1907-2012) a los asturianos tras el premio recibido allá por 1989 y todo lo que supuso para La Villa del Adelantado (con sus luces y sombras más políticas que artísticas).

El clavecinista madrileño Ignacio Prego llegaba a Avilés con su clave de 2016, copia de un Ruckers Colmar holandés de 1624, fabricado en Sabiñán -comarca de Calatayud, Zaragoza- por Tito Grijnen) tras el vivaldiano 1700 gijonés con las tres últimas suites francesas de Bach emparentándolas con Purcell y Froberger. La elección no era gratuita porque sin ahondar en el calificativo que Johann Nikolaus Forkel pone en  la primera biografía de Bach publicada en 1802 donde habla del le bon goùt, «el buen gusto francés» contraponiéndolas a las  suites «grandes» que serían las llamadas Suites Inglesas, pues hay poca evidencia estilística que merezca esas etiquetas más allá de la presencia de los nombres de los movimientos, por otra parte comunes en lo que hoy conocemos como suite, un conjunto, que en mis tiempos de profesor me servía para explicar varias estancias, platos o incluso unas maletas para estos viajes únicos…

Y la magia sonora brotó con la primera Allemande, de la Suite nº 4 en mi bemol mayor, BWV 815: contraste total entre lo minimalista de este peculiar escenario por sus formas, volúmenes, saturación de la luz y especialmente la reverberación del sonido. Contrastes también en cada danza de las suites, procedencias, aires, escritura e incluso el lenguaje en la escritura para el clave de tres compositores donde Purcell y Froberger parecen «menores» ante la magnitud de Meinn Gott. y estas suites compuestas -o al menos revisadas y agrupadas- entre 1720 y 1730 (entonces feliz en Köthen) siguen demostrándonos la genialidad del padre de todas las músicas. Los cambios de registros en el «Titus Magníficus» de Prego iban pintando de colores cada número o danza (que así me gusta describirlas), como iluminando la bellísima decoración de la tapa armónica con el virtuosismo de la Courante, la  emoción de la Sarabande, la alegría de la Gavotte, el peso y poso del Air, el bailarín y elegante Menuet o la impactante Gigue que me sigue transportando  los aires de gaitas. Todas las danzas creaban ambientes y dibujaban un estilo plenamente barroco en la sobriedad brasileña desde la sutileza y el refinamiento bachiano en las manos de Prego.

Con los mismos pinceles y paisaje, otra visión: la de Purcell y los cuatro números de su primera suite, la tonalidad ya asentada de sol donde cada elección en la armadura refleja aún la herencia modal renacentista, pues la física sonora hace distinta la escala-modo en la escritura, la base de esta paleta del inglés con regusto a virginal, leves intensidades para contrapesar la carga cromática en un clave siempre asombroso y todavía más en las manos del madrileño.

De nuevo el contraste en tamaño y color, en aires y escalas musicales en la sexta suite francesa bachiana, en mi mayor, más compleja, exigente técnicamente para disfrutar del contrapunto alemán siempre único, la matemática sonora hecha música por El Kantor en un clave poderoso en el grave, cristalino en los agudos y ampliando la gama tímbrica de las ocho danzas jugando con unos fraseos bien delineados por Prego.

La Partita nº 2 en re menor de Froberger resultaba otro marco y paisaje buscando un tamaño casi de miniatura e igual de detallista con las cuatro danzas, cómo utilizar las mismas danzas desde una oscuridad que permita seguir distinguiendo las formas. Y el clave de Prego supo encontrar el «buen gusto» inicial y hasta la sonoridad del laúd, simplemente restando cantidad a los mismos ingredientes, el chef alemán cocinando en Francia cual inspiración previa a la universalización sonora final.

El plato fuerte y final volvería con el «Master Bach» y la quinta suite que agranda, adereza, enriquece los platos bien servidos con el mismo sol mayor del inglés pero la complejidad del pleno barroco con todos los ingredientes y acompañamientos servidos en lujosa bandeja aderezada con las ornamentaciones que no hacen perder ningún sabor sonoro. Ignacio Prego nos cocinó esta luminosa quinta, emocionante, personal tras una cascada de contrates que rematan siempre en la Gigue final virtuosa y mágica, sonidos que transmiten unos aromas y sabores únicos servidos por todas las estrellas gastronómicas de este «cocinero del clave». En la presentación del madrileño, su discográfica apuntaba que «consigue el equilibrio perfecto en su interpretación de las suites francesas de Bach al revelarnos con claridad y luminosidad toda la arquitectura interna, la prodigiosa construcción de estas piezas, con su contrapunto imitativo y su característica armonía, y a la vez le aporta frescura y elegancia con su maravilloso sentido para la ornamentación». Me sumo a los calificativos de emocionante, elegante, con una clara dirección musical, llena de matices expresivos y con tempi maravillosamente bien juzgados….

Aún quedaba el postre, el regalo de Purcell y su Ground en do menor Z. 221 para seguir manteniendo la uniformidad y universalidad de este conjunto de platos con nombres de bailes, especias de todas las nacionalidades combinadas y cocinadas a fuego lento pero servidas al detalle con todo el mimo y rigor de una de las figuras españolas más universales en el panorama musical de Les Goúts Réunis «desde  1724» como rezan las grandes casas de comida en sus fachadas. Y en El Niemeyer este menú resultó una exquisitez para los elegidos.

PROGRAMA

J. S. Bach (1685-1750):

Suite Francesa nº 4 en mi bemol mayor, BWV 815:

Allemande – Courante – Sarabande – Gavotte – Air – Menuet- Gigue

Henry Purcell (1659-1695):

Suite nº 1 en sol, Z. 660:

Prelude – Allemande – Courante – Minuet

J. S. Bach:

Suite Francesa nº 6 en mi mayor, BWV 817:

Prélude – Allemande – Courante – Sarabande – Gavotte – Air – Menuet polonais – Bourrée – Gigue

Johann J. Froberger (1616-1667):

Partita nº 2 en re menor, FbWV 602:

Allemande – Courante – Sarabande – Gigue

J. S. Bach (1685-1750):

Suite Francesa nº 5 en sol mayor, BWV 816:

Allemande – Courante – Sarabande – Gavotte – Bourrée – Loure – Gigue

El escultor islandés

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Miércoles 28 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura de las «Jornadas de Piano Luis G. Iberni»: Vikingur Ólafsson. Obras de Bach, Beethoven y Schubert.

Cierre por todo lo alto de las jornadas que llevan el nombre de nuestro siempre recordado Iberni, con el islandés islandés Vikingur Ólafsson que me ha hecho dudar con el título de esta entrada, pues podía haber sido «Lava y hielo», «Volcán islandés» e incluso «Esculpiendo la naturaleza». Así que comienzo directamente con la reseña, más que crítica, de este último concierto que registró una excelente entrada con público venido de todas partes, y que ya pudo ver el avance de la próxima temporada (lo dejo para el final, e incluso le dedicaré una entrada propia) en otro ciclo que «nuestro» Cosme Marina ha vuelto a poner el listón en todo lo alto.

En la web del Palau de la Música barcelonés anunciando el concierto que el islandés Vikingur Ólafsson (Reikiavik, 14 de febrero de 1984) llevará en marzo del próximo año (en la actual gira Oviedo vuelve a estar en el mapa), destaca: «Con una capacidad única para dialogar con los grandes maestros del pasado desde una sensibilidad contemporánea, Víkingur Ólafsson se ha consolidado como una de las voces más singulares del pianismo internacional. En este recital (…) el pianista islandés traza un viaje sonoro que enlaza tres nombres esenciales: Bach, Beethoven y Schubert. Una constelación de obras en tonalidades de aire introspectivo y espíritu visionario, que confluyen en un programa atravesado por la luz y la penumbra, la forma y la espontaneidad. Una cita para dejarse sorprender por la sutileza de un intérprete que convierte cada recital en una experiencia íntima y transformadora».

Ólafsson sigue sorprendiendo en cada programa, incluso le han calificado de «visionario», y en esta gira parecía todo girar en torno a la tonalidad de mi, tanto mayor y menor, jugando en esculpir la lava tanto volcánica o enfriada, como en el hielo, capaz de tomar un gigantesco bloque para convertirse en un Miguel Ángel pianístico que ve el resultado final antes de «atacarlo» con las herramientas de su arte.

Por su parte, las notas al programa del joven musicólogo Ramón Sobrino Cortizo (iré intercalándolas con las obras) comienzan con unas palabras del propio Ólafsson, presentando su última grabación Continuum -2024– para DG) que explican a la perfección el programa de este último concierto del ciclo ovetense (previsto inicialmente con las tres últimas sonatas de Beethoven), cómo organiza sus conciertos el islandés (impresionándome hace dos años en el Festival de Granada), e incluso la razón de interpretarlos sin pausas ni aplausos para dar la sensación de «Continuum sonoro: Piano en Mi» que escribe Ramón Sobrino «junior»:

Cuando toco Bach, recuerdo que las etapas de la historia de la música son conceptos que imponemos a lo que es esencialmente un continuum, un hilo ininterrumpido, una corriente que fluye a través de nosotros, lo que los alemanes, por cierto, llaman un Bach [arroyo].

Estaba claro el fluir de lava musical, cual explosión de «Mein Gott» como padre de todas las músicas, que vertebraría el concierto sin interrupciones (de las toses o alarmas móviles ya ni comento), alternando la fuerza volcánica con la transparencia de un hielo que trabaja de arriba a abajo, un bloque desgranado y tallado creando una catedral sonora transparente que va iluminando con una increíble gama de dinámicas y unos pedales justos para un edificio actual donde cada vuelta atrás (repetición temática) sirve para pulir o detallar unos ornamentos nunca recargados, inspiración barroca, fluir clásico y lenguaje romántico de estos «apóstoles» para una construcción que desaparece como el sonido al finalizar, aunque nos deje el momento irrepetible de poder contemplar la obra terminada.

Sigue escribiendo Sobrino junior:

«Este concierto, que combina sonatas de la Viena Biedermeier con piezas de Bach, se inicia con el noveno preludio en Mi Mayor del primer volumen de Das Wohltemperierte Klavier (1722), indispensable hito de la historia de la música. Escrito a tres voces, con textura de melodía acompañada, ritmo lento de giga y carácter pastoral, fue concebido como obertura de la sexta Suite Francesa en mi mayor, BWV 817.

Preludio bachiano con firma islandesa, el bloque de arena volcánica enfriada para un primer castillo robusto, rico en detalles siempre diáfanos con total respeto a lo escrito en cuanto a duraciones y hasta tempo, con las ornamentaciones necesarias que no nos hacen perder nunca la visión estructural. Y con igual mimo de técnica en la tonalidad de mi, transición de menor a mayor desde el témpano gigantesco que es este último Beethoven en el primer constructo que mantiene la fluidez e inspiración divina para jugar con la fuerza interna y la delicadeza que Ólafsson transmite sin excesos, solamente introvertido en los pianissimi donde parece besar el teclado o escuchar el latir del hielo, dos movimientos en mi alternando menor-mayor y compás (2/4 y 3/4), un juego de introspección esta opus 90 que «junior» continúa comentando:

La Sonata nº 27, en mi menor, Op. 90 fue compuesta por Beethoven en 1814, cinco años después de su Sonata «Les Adieux», tras concluir la primera versión de Fidelio, y hacerse popular gracias a La Victoria de Wellington. Es un complejo momento vital: su sordera avanza, le ha abandona la «amada inmortal» y se ve inmerso en un pleito por la custodia de su sobrino. Dedicada al príncipe Lichnowsky, inaugura el tercer periodo estilístico de Beethoven. Está estructurada en dos movimientos, con precisos títulos en alemán, no en italiano: una sobria forma de sonata, a ritmo de siciliana, de atmósfera «desesperada y apasionada» según Rosen, y un romántico rondó, cuyo tema, en estilo cantabile, es considerado por Kinderman, Cooper o Rosen una de las melodías más hermosas de su autor.

Tras la sobriedad y manteniendo una unidad buscada, la vuelta a la base pétrea del padre de todas las músicas, la sexta partita que arranca y fluye no como el castillo inicial sino cual lava caliente que arrasa pero limpia, el Bach interiorizado tantos años por el pianista islandés brillando en la noche e irisado durante el día con un paisaje sonoro variado en cada uno de los siete movimientos: luces y sombras, fuerza y delicadeza, contrastes barrocos que la naturaleza refleja y Ólafsson cincela sin perder el «continuum», de pedales perfectos que nunca enturbian y hacen refulgir aún más el lento discurrir de «dios Bach» por un paisaje arrebatadoramente bello y nunca abrupto:

La sexta Partita en Mi menor (1725-30) de Bach, fue publicada en 1731 como parte del Clavier-Übung I. Consolidado en el ámbito germánico a inicios del siglo XVIII, el modelo de partita traslada al teclado la suite de danza orquestal. Esta Partita, en siete movimientos, es perfecto modelo de ello: una rapsódica y atormentada Toccata inicial; Allemande; Corrente, con el ritmo a contratiempo; Air, con rasgos de invención y movimiento en canon; una ornamentada y delicada Sarabande; una Gavotta ternaria, y una contrapuntística y cromática Gigue, de complejidad constructiva.

Y si saltamos de la lava al hielo, también podemos unirlas en el mismo color tonal, labrando la misma forma sonata en dos movimientos, tras Beethoven su fiel Schubert, de ornamentos nunca recargados, dinámicas alternando la fuerza volcánica con los gélidos brillos, lava congelada que Ólaffson vuelve a trabajar con manos y pies en «su isla» que parece transitar en círculo para emprender otra ruta musical siempre detallista, trabajada, delineada, conocida en cada recodo para saber dónde pisar con seguridad mientras disfrutamos del paisaje pianísitico que parece llevarnos a un camino sin salida, casi laberíntico que el pianista islandés desvelará en la siguiente etapa. Aquí el «mapa» detallado por Sobrino Cortizo:

La Sonata en Mi menor D566 (1817) de Schubert pertenece a su periodo de madurez. Se ha considerado inconclusa, y presenta una historia casi detectivesca. En 1888 la Schubert Gesamtausgabe publicaba un Allegretto; años más tarde, un autógrafo vendido en 1842 por Ferdinand Schubert al editor Whistling de Leipzig, presentaba el citado Allegretto en mi menor –en forma de sonata–, un Moderato en mi mayor – en forma de Lied ABA– y un Scherzo e trio en Lab y Reb respectivamente. En 1948, la musicóloga K. Dale publicó la Sonata en cuatro movimientos, añadiendo a estos tres el Rondó D 506 en Mi mayor, al asumir que era el perdido cuarto movimiento de la misma; sin embargo, hoy en día persisten serias dudas sobre la pertenencia del Rondó e, incluso, del Scherzo a dicha Sonata. Y es que, si Schubert se inspiró en la Sonata en mi menor Op. 90 de Beethoven, como revelan sus reminiscencias temáticas, texturales y tonales no sería extraño que hubiera imitado, incluso, su estructura. De especial interés es la evocación melódica de la ópera italiana coetánea de Rossini en el Allegretto, en un periodo en el que Viena se había rendido al «Rossini Rummel», o el cultivo característico de la célula dáctila –con la figuración larga-breve-breve–, que se convierte en marca de estilo, como Rosen destaca al estudiar a Beethoven.

Había que retomar el camino desandando un trayecto peligroso, volcánico y fogoso, aún caliente, largo e intenso, porque también habría algún géiser para sorprendernos en la última «caminata»:

En 1820, dos años después de la escritura de la Sonata Hammerklavier, nº 29, Op. 106, Beethoven recupera el carácter más íntimo en la primera de sus tres últimas sonatas, la Sonata nº 30 en Mi Mayor, Op. 109. El compositor había escogido esa misma tonalidad de Mi Mayor para su heroína operística Leonora; no parece, por tanto, coincidencia que haya sido la tonalidad elegida para esta sonata dedicada a Maximiliane Brentano.

El Vivace inicial fue concebido como una posible bagatela para la colección del Op. 119, pero ante la sugerencia de su secretario Oliva, Beethoven añadió el Prestissimo y el tema con variaciones y conformó esta Sonata. Sin embargo, al igual que la Sonata Op. 90, la obra presenta sólo dos grandes secciones: un primer bloque constituido por el Vivace (I) –que yuxtapone ideas (rápido/lento, piano/forte, mayor/ menor)– y el Prestissimo (II) en estilo scherzo, que asume la función de forma sonata inicial–, y el tema con seis variaciones (III), a la manera de movimiento lento, cuya duración (2/3 del total de la obra) eclipsa al bloque inicial. El hermoso tema a ritmo de zarabanda evoca estructuras armónicas que aparecían ya en el rondó de la Sonata Op. 90 y el lied final del ciclo An die ferne Geliebte, Op. 98 (1816). La primera variación, una melodía acompañada a ritmo de vals, evoca a Chopin o, incluso, al preludio Danseuses de Delphes (Libro I, 1910) de Debussy; la segunda, en estilo brisé, recupera el Vivace inicial, conectando así temáticamente la sonata, como es propio de Beethoven; el contrapunto aparece en la tercera –con rasgos de invención bachiana a dos voces–, la cuarta –imitación a cuatro voces– y la quinta –a la manera de fugado en estilo coral–: y la sexta intensifica todos los elementos –figuras rítmicas, trinos, arpegios, ostinati, secuencias…– hasta recuperar el tema para concluir. Así, esta obra es un excelente testimonio del interés de Beethoven, por el desarrollo de la técnica de la variación como por el cultivo del contrapunto en su tercer estilo.

Cuando escribió esta sonata, Beethoven estaba completamente aislado del mundo debido a su sordera, y en ella, como en las dos siguientes, renuncia a cualquier concesión. A pesar de su complejidad, nunca dejo de interpretarse, pues, tras la muerte del compositor, Franz Liszt la incluyó en su repertorio, incorporándola así al canon pianístico».

Como el propio Beethoven, Ólafsson renuncia a cualquier concesión en su personal ruta entre mi mayor y mi menor, eligiendo no las tres últimas del «sordo de Bonn» sino la antepenúltima tras una velada sin respiros, aunando fuego y hielo, empuje vital que vuelve la vista atrás en la inspiración, con una interpretación liviana pese a lo aparentemente rocosa. La opus 109 abre con una exhalación arrolladora cual orador en mitad de una frase, que suena como una improvisación pero termina como empieza, al vuelo, pues nunca un vivace suena tranquilo, y sigue el prestissimo en modo menor, airado y punzando sobre el hielo… Pero el final es el bálsamo tras un viaje islandés lleno de sorpresas climáticas por las sonoridades. Parece que el pianista Alfred Cortot discutía en una sesión sobre esta sonata y comenzaba tocando tres acordes: Mi mayor, Mi menor, Mi mayor… Ésta es la esencia de todo el concierto: alternancias constantes de todo tipo para construir monumentos perecederos que permanecerán en la memoria sonora, probablemente perpetuados en alguna grabación cual fotografías históricas, pero siempre únicos como la geografía islandesa y la personalidad de su pianista más famoso.

Público en pie y nada menos que tres propinas manteniendo el mismo fluir y paisaje musical de todo lo anterior: el arroyo de Bach (con un guiño a Rameau digno de Sokolov) para seguir tallando en el hielo unas cálidas interpretaciones llenas del virtuosismo islandés al servicio de lo escrito, reconstruyendo unas músicas efímeras pero eternas: primero de la Organ Sonata nº 4, BWV 528 el segundo movimiento Andante [Adagio], en transcripción de August Stradal, el brillo y casi tintineo luminoso de Le Rappel des Oiseaux (Rameau), para finalizar con el Preludio nº 10 ¡en si menor!  transcrito por Siloti (del Preludio & Fuga, BWV 855a).

Con el brillo en los oídos y la tertulia posterior con mis amistades, la alegría de ver salir a Víkingur Ólafsson sin cambiarse (aún puesta su pajarita y chaqueta de terciopelo verde botella), hablando por el teléfono, poder saludarle brindándole nuestras felicitaciones, que agradeció, para proseguir solitario cruzando la Plaza del Abeto a descansar antes de su concierto en Madrid y hacernos pensar la dura vida de los músicos, un poso de tristeza que nos devuelve a la realidad.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Preludio en mi mayor, BWV 854

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Sonata n° 27 en mi menor, op. 90:

I. Mit Lebhaftigkeit und durchaus mit Empfindung und Ausdruck – II. Nicht zu geschwind und sehr singbar vorgetragen

Johann Sebastian Bach:

Partita nº 6 en mi menor, BWV 830:

I. Toccata – II. Allemande – III. Corrente – IV. Air – V. Sarabande – VI. Tempo di Gavotta – VII. Gigue

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata n° 6 en mi menor, D 566:

I. Moderato – II. Allegretto

Ludwig van Beethoven:

Sonata n° 30 en mi mayor, op. 109:

I. Vivace ma non troppo, sempre legato – Adagio espressivo
II. Prestissimo
III. Gesangvoll, mit innigster Empfindung. Andante molto cantabile ed espressivo

AVANCE Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano 2025-2026:

Avance de Programación 25/26

Apoyando el talento joven

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Miércoles 7 de mayo, 19:30 horas. Iglesia de San Tirso El Real, Oviedo: La Castalia: In memoriam. Obras de Bach, Mozart y Montero Rey.

La asociación ovetense lleva muchos años formando y ofreciendo oportunidades a muchos artistas, alguno de ellos ya incorporados como profesionales a un mercado siempre difícil y aún más en lo profesional, con cursos, conciertos y estrenos varios que a menudo he reflejado desde estas líneas. Y nuevamente hay que agradecer a La Castalia que dirige la incombustible Begoña García-Tamargo otra nueva oportunidad que además servía de tributo a la memoria del recientemente fallecido  Leoncio Diéguez Marcos (Palazuelo de Órbigo, 20 de marzo de 1941 – León, 27 de abril de 2025) de quien la profesora de canto hizo una breve y sentida semblanza, pues coincidieron en el Conservatorio de la Corrada del Obispo, destacando la gran labor del sacerdote y músico leonés en Asturias que aún está por escribir.

En honor de Don Leoncio, el joven compositor gallego Teo Montero Rey (A Coruña, 2025), ganador del Primer Premio del Intercentros Melómano – Premio de Composición Fundación SGAE, estrenaba su Missa Brevis en sol menor con un plantel de músicos de su generación que volvieron a mostrar un amor por la música y una entrega que emocionó a los asistentes a este concierto «In Memoriam».

Antes del estreno, los instrumentistas, que participarían posteriormente, se organizaron para ofrecernos tres páginas de algunos compositores eternos: dos de Bach «padre de todas las músicas» y una de Mozart, «el niño prodigio» que no creció y siempre asombra.

Uxue Zabala (flauta) y Muriel Antolí (cello) interpretaron el Andante y Allegro de la Sonata en do mayor BWV 1033, siempre exigente técnicamente y con un buen entendimiento entre ambas instrumentistas.

A continuación un dúo de clarinetes formado por Alicia Martínez y Juan Diego que ofrecerían el Dúo Concertante I de Mozart, impecable y asombroso cómo el genio de Salzburgo escribió para todos los instrumentos manteniendo un lenguaje inimitable que los jóvenes transmitieron con seguridad y un sonido rico ayudado por la siempre agradecida acústica del templo asturiano de San Tirso.

De las seis suites para cello de Bach, el irrepetible Pau Casals que tanto ayudó a divulgar la obra del kantor, decía desayunar una hasta el final de su longeva vida. Y la dificultad técnica siempre las hace plantearlas como todo un reto que nunca se logra. Pero eso no impedirá seguir trabajando, estudiando y tras una vida de sacrificios llegar a interiorizarlo y sentirlo, así que Muriel Antolí tuvo el arrojo de elegir el Preludio y Giga de la Suite nº 3 BWV 1009, no alcanzar la cima en el primero pero afrontar la segunda con ese aire de gaita con un instrumento de potente sonoridad y la entrega de esta valiente violonchelista, que como al resto de compañeros, tocar en público es parte de un aprendizaje que nunca termina.Para el estreno se unió el grupo instrumental anterior aunque con Alicia Martínez sumándose a las segundas voces del coro joven (dejo al final a los componentes), con tres voces por cuerda en las voces blancas y cuatro en las graves , más la soprano solista, natural de San Felices Buelna, Noive Solar (a quien La Castalia ya me descubriese en dos de sus funciones y que cursa estudios en el Conservatorio ovetense) dirigidos todos por el compositor Teo Montero. Esta misa breve suya en latín usa del ordinario el Kyrie, Gloria, Sanctus y Agnus Dei, con una instrumentación «ad hoc» que aunque sugiera sonidos del órgano (y bien podría hacerse la transcripción para él) su tímbrica propia y fraseos que da el trío elegido ayudaron tanto al coro como a la solista, con partes instrumentales bellísimas, y melodías tanto en la flauta como en el clarinete, también a dúo, manteniendo una unidad estilística en los inicios de cada parte -especialmente en el Sanctus– no solo de aires franceses (con perfume de Fauré) sino también pensando en las tesituras de todos al elegir la tonalidad de sol, en modo menor para esta obra, con partes en homofonía y otras en contrapunto, siempre respetando la inteligibilidad del texto y el subrayado instrumental de las cuatro partes, especialmente de un cello siempre presente y poderoso en sonoridad.

Volvió a sorprenderme la soprano cántabra que no tuvo problemas de volumen en ningún momento, poderosa pero igualmente matizada, buena dicción, excelente proyección y capaz de defender con profesionalidad esta nueva partitura de Montero Rey, que a buen seguro seguirá regalándonos mucho más repertorio. Aplauso para el coro de cámara muy afinado, seguro, empastado, que se plegó a las exigencias de la obra y compositor, con un par de excelentes bajos siempre bien arropados por el cello, matizando y dialogando con la solista.

Una tarde de emociones y estreno gracias a esta prometedora gente joven que me reconcilia con su generación y recuerda lo importante que es el esfuerzo individual, el trabajo colectivo y la labor docente para seguir dando oportunidades y formando personas como músicos en el amplio sentido de la palabra, como hizo tantos años Don Leoncio Diéguez y sigue haciéndolo Begoña García-Tamargo.

CORO:

Mujeres I: Beatriz Pérez, Sonia Arango, Vania Revilla

Mujeres II: Alicia Martínez, Covadonga Martínez, Elena Lucas

Hombres: Adrián Villa, Antón Martínez, Daniel Vidal, Martín San Miguel

Alquimia para la primavera

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Domingo 23 de marzo, 19:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Sala de cámara: Primavera Barroca – Circuitos CNDM: Musica Alchemica, Lina Tur Bonet (concertino y dirección). Obras de Vivaldi y Bach.

En lo musical seguimos con la «Primavera barroca» aunque metereológicamente estemos aún en un invierno que vuelve a vender todo el aforo de la sala de cámara del auditorio ovetense, ideal para estas músicas, con un Diálogo entre iguales (como titula Pablo J. Vayón las notas al programa) de la violinista Lina Tur Bonet al frente de su formación Musica Alchemica.

Con dos grandes del Barroco rodados por una formación «ad hoc» volvía a Oviedo con «su ensemble» la violinista ibicenca en gira del CNDM, tras Sevilla (ayer) y Salamanca (mañana) con parada obligada en la capital asturiana en un viaje por la Ruta de la Plata, de norte a sur casi como Vivaldi y Bach. Siempre rompedora en sus proyectos, el éxito estaba asegurado de mano, y este maridaje ítalo-alemán lo explicaría antes del concierto, con Bach llenando las bibliotecas de Köthen y Weimar con partituras de Vivaldi al que conocería copiando su música (era cómo se estudiaba entonces), inspiradora y engrandecida por el kantor, pues la música instrumental sería en esos años el centro de su producción, por una vez sin tantas obligaciones litúrgicas y probablemente su periodo más feliz.

Abría el concierto la obertura de La verità in cimento, RV 739 de «Il Prete Rosso» con el orgánico al completo (que dejo al final de esta entrada), cartas sobre la mesa de esta «alquimia barroca» donde la afinación siempre es un problema, aún mayor por los cambios de temperatura, pero suficiente para comprobar el buen entendimiento entre los ocho músicos.

Con Marco Testori de solista y dos violines -no los tres- llegaría el Concierto para violonchelo en si menor, RV 424 donde lo interesante estuvo en la combinación tímbrica, aunque la afinación no siempre ayudó a este luminoso Vivaldi con el que Lina Tur Bonet siempre ha apostado por tempi casi al límite, que transmite a sus músicos, y mantendría en esta primera parte con ella de solista en el Concierto ‘Il grosso mogul’, retrotrayéndome a otro escuchado en Gijón. Entonces escribía para este concierto:

El RV 208 es una variante de la opus 7 nº 11 transcrita para órgano por Bach (BWV 594) con la novedad del movimiento central para el solista (Allegro – Grave Recitativo – Allegro) de un “recitativo sin palabras” sin perder el carácter virtuosístico del veneciano. Compuesto en los albores de la década de 1710 es un ejemplo del “hombre de teatro” con efectos especiales de todo tipo: ritornellos brillantes, ascendentes bariolages (técnica del arco que consiste en una rápida alternancia entre una nota estática y una que cambia, creando una melodía por encima o por debajo de dicha nota), solos sonoros y rudos junto a una velocidad exuberante en los pasajes más caprichosos, o la generación de melodías sobre armonías exóticas, todo sobre los patrones de un estilo resueltamente teatral donde tampoco falta el elemento visual incluyendo grandes movimientos de arco, articulaciones irregulares y abruptos cambios de posición, algo esencial para causar efecto y admiración incluso en nuestros días.

La versión de los «alquímicos» resultó mucho más libre y todo el virtuosismo y energía de la balear, las cadencias originales ejecutadas con rigor y enorme expresividad, el continuo uniendo clave, laúd, más chelo y contrabajo que le dan más «peso» y color, acelerandos bien entendidos por todos y un rotundo primer movimiento (aplaudid0 al finalizar), el intrigante y sentido Grave: recitativo, para rematar con un Allegro assai bien equilibrado llevado desde el violín con un dominio total de Lina Tur Bonet y mejor ubicado en esta primera parte -permutado con el de Bach del programa original-.

Pausa de quince minutos y un arreglo para cuerda realizado por Dani Espasa de la Passacaglia en do menor, BWV 582, contemporánea de Il grosso mogul en los años de Bach en Weimar como recuerda el sevillano Pablo J. Vayón, interesante apuesta para la ocasión con el orgánico casi al completo (sin laúd) y más contenido, buscando una sonoridad organística y fraseos casi de tecla destacando la viola de Paruzel, el kantor enlazando con el siguiente Vivaldi y el Concierto para laúd en re mayor, RV 93 que tiene versiones para mandolina o guitarra, esta vez con Jadran Duncumb (1989)de solista, bien técnicamente aunque por momentos quedase corto en presencia, pues está escrito principalmente como acordes, y el solista debe tocar arpegios basados en estos acordes aumnque también incluye partes importantes de lucimiento para los violines. El conocido Largo intermedio fue más mimado por el ensamble aunque todo el concierto estuvo en la línea de los grandes contrastes (tempo, dinámicas…) que el barroco pide y con el aire fresco que siempre insufla la directora y violinista a sus interpretaciones. Muy aplaudido el noruego, croata e inglés Duncumb.

Y cerrando el círculo nuevamente Bach con Tur Bonet interpretando el Concierto para violín, cuerda y continuo en mi mayor, BWV 1042, misma estructura tripartita utilizada por Vivaldi, de nuevo con más rigor y excelencia en la ejecución, llevando su ensemble por donde quiso pero sin obligar, transmitiendo dominio y magisterio, eligiendo unos tempi ajustados a las indicaciones donde nuevamente el Adagio fue entendido por todos con la grandeza del kantor mientras los movimientos extremos mantuvieron la exuberancia virtuosística y el balance apropiado para disfrutar de una solista madura, valiente y generosa.

De regalo un guiño al cambio climático y las condiciones de esta primavera invernal con el Presto veraniego de L’estate vivaldiano que muchos de los músicos presentes esta tarde han llevado al disco Se4sons  (emparejándolo con Piazzolla), el directo siempre único pero con la misma energía y libertad de Lina Tur Bonet a la que siempre es un placer escuchar en cualquier estación del año.

PROGRAMA

Primera parte:

Antonio VIVALDI (1678-1741):

La verità in cimento, RV 739 (1720): Obertura

Concierto para violonchelo en si menor, RV 424 (1) (ca. 1729):

I. Allegro non molto – II. Largo – III. Allegro

Johann Sebastian BACH (1685-1750):

Concierto para violín en re mayor ‘Il grosso mogul’, RV 208 (4):

I. Allegro – II. Grave recitativo – III. Allegro

Segunda parte:

J. S. BACH:

Passacaglia en do menor, BWV 582 (ca. 1708-1712, arr. para cuerda de D. Espasa)

A. VIVALDI:

Concierto para laúd en re mayor, RV 93 (3) (1730-1731)

I. Allegro giusto – II. Largo – III. Allegro

J. S. BACH:

Concierto para violín, cuerda y continuo en mi mayor, BWV 1042 (2) (ca. 1718)

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro assai

MUSICA ALCHEMICA:

Timoti Fregni y Valerio Losito, VIOLINES – Natan Paruzel, VIOLA – Marco Testori (1), VIOLONCHELO  – Margherita Naldini, CONTRABAJO – Jadran Duncumb (3), LAÚD – Matteo Messori, CLAVE.
LINA TUR BONET (2-4), CONCERTINO Y DIRECCIÓN.

Sokolov el ilustrador

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Domingo 16 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov (piano). Obras de Byrd y Brahms.

No llevo la cuenta de las veces que el ya español Gregorio Sokolov (Leningrado -hoy San Petersburgo-, 18 de abril de 1950) y afincado en Mijas (Málaga) ha venido a Oviedo (al menos desde 2011 están reflejadas en mi blog anterior y en este). Me suelo quedar sin calificativos porque siempre resulta asombroso, rompedor, innovador, cautivador y esta verdadera leyenda viva del piano, de las pocas que nos van quedando, es capaz de llenar el auditorio sin ser ningún influencer ni necesitado de campañas comerciales como muchos y muchas intérpretes que también han pasado por el Teatro Campoamor y posteriormente por el Auditorio «Príncipe Felipe». De nuevo con la caja acústica cerrada, luz tenue y la que se puede llamar «liturgia Sokolov» en un programa ya cerrado que le llevará hasta agosto por media Europa.

Si el acercamiento a compositores como Rameau, Purcell (hace dos años también en Oviedo), Couperin, no digamos nuestro «dios Bach«, en esta gira del ruso, que vuelve a poner a la capital del Principado en su mapa, nos impactaría con el inglés William Byrd, y seis páginas originalmente escritas para el virginal, que mi admirado Paco Pantín explica en sus siempre ricas notas al programa: «(…) instrumento de la familia del clavecín, de pequeñas dimensiones, caja rectangular y sonoridad característica dentro de un amplio espectro tímbrico que se mueve entre la nitidez y la dulzura (…) modelo compositivo que sintetiza influencias diversas, conjugando la austeridad de la polifonía religiosa con el mundo de la danza, la fantasía improvisatoria de los laudistas contemporáneos y una ingente riqueza ornamental, conformando una extensa producción de más de 120 piezas, muchas de ellas danzas como pavanas, gallardas, allemandas, courantes, variaciones sobre melodías populares, fantasías y piezas de carácter descriptivo en las que la austeridad global alterna con el humor refinado y la melancolía, dentro de una elegancia que en todo momento evita la gravedad a partir de una sorprendente y original variedad rítmica, riqueza contrapuntística y una ornamentación constante no exenta de un virtuosismo lógicamente condicionado por las limitaciones del instrumento y que en su translación al piano podemos apreciar con mayor perspectiva». Así resultaron casi literalmente y que demuestran cómo Don Gregorio se vuelve un ilustrador o iluminador de estas páginas que con su pianismo  único parecen colorear cual orfebre, músicas renacentistas desde un instrumento «moderno» del que Sokolov extrae sonoridades impensables. Buscaba compararlo con un niño a quien regalan un libro para colorear y le dan una gran caja de lápices o ceras, pero mejor un maese Grigory medievalista que realza los contornos, da sombras e intensidades increíbles, volumen al plano ilustrando con piedras preciosas y caros tintes cada danza, con los ataques de su técnica «de escuela rusa» que parecen mazas que se vuelven plumas, delicada potencia, o viceversa, capaz de hacernos pensar que está pinzando las cuerdas, siempre con unos pedales que crean la atmósfera tímbrica para redescubrir todo lo que estos compositores (que sigue «redescubriendo al piano») esconden como si hubiesen escrito adivinando el futuro del fortepiano o el piano actual. El mismo Steinway© del pasado miércoles con Bronfman, otra leyenda de la misma escuela, parecía haber ganado en sonido dada la amplísima paleta de nuestro nacionalizado.

Byrd volvió a renacer en las manos de Sokolov, enriquecido con tanta luz e intensidades, casi una orquestación en las 88 teclas con ornamentos perlados que nunca escondían la melodía, jugando con los tempos de danza desde un estoicismo solo roto cuando se le escucha. Magia al piano que contagió un silencio sepulcral que tantas veces echamos de menos.

Brahms es otro de los «fetiches gregorianos» y pareció encarnarse sin barba en el intérprete, misma barriga y posición al piano con todo el magisterio del hamburgués perfectamente entendido por Sokolov. Sin pausas y sin prisas las cuatro baladas opus 10 para paladear cada una con sentimiento, interiorización, fuerza y la equívoca sencillez de una técnica imprescindible para estas seis obras de la «parte intermedia», pues las dos rapsodias siguientes nos dejaron boquiabiertos por la potencia que mantiene el universal Grigory capaz de llenar el auditorio con una música tan romántica enlazada con la renacentista en perfecto maridaje de «dos bes».

Y si el seis anterior era numerología en estado puro, también la «tercera parte» con las esperadas ¡seis propinas!, aunque aún haya quien se marche sin esperarlas (ellos se lo perdieron y no había disculpa por la hora). Así fueron desgranándose con el mismo asombroSokolov la Chacona en sol menor, ZT. 680 (Purcell), devolviéndonos al febrero hace dos años, el Chopin referente «de la casa» con la Mazurka en do sostenido menor, op. 63 nº 3, su ya «habitual» Rameau de Le tambourin, otras dos mazurkas del polaco (la opus 30 nº 1 en do menor y la op. 68 nº 3 en la menor) y para los creyentes en «Mein Gott» el coral Ich ruf’ du dir, Herr Jesu Christ, BWV 639 (Bach/Siloti).

Casi tres horas que pasaron en un tris y nos cargaron las pilas… Amen siempre, pero sobre todo tras lo escuchado ¡Amén!.

 

PROGRAMA

-I-

William Byrd (1540-1623):

John come kiss me now (T478, BK81, FVB10)

The first pavan. The galliard to the first pavan (T478, BK81, FVB10)

Fantasia (T455, BK63, FVB8)

Alman (T436, BK11, FVB163)

Pavan: The Earl of Salisbury. Galliard. Second galliard (T503; BK15a, 15b, 15c)

Callino casturame (T441, BK35, FVB158)

-II-

Johannes Brahms (1833-1897):

Cuatro baladas, op. 10

Nº 1 Andante – Nº 2 Andante – Nº3 Intermezzo. Allegro – Nº4 Andante con moto

Rapsodias, op. 79

Nº 1 Agitato – Nº 2 Molto passionato, ma non troppo allegro

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