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Gratitud lírica

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Domingo 9 de marzo, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Concierto Benéfico Asociación Parkinson Asturias: Ana Nebot (soprano), Simón Orfila (barítono), Mario Bernardo (piano). Obras de Obradors, García Abril, Mompou, Hahn, Tosti, Mozart, Puccini, Bellini, Rossini y Donizetti. Entrada: 15€.

Siempre resulta de agradecer el esfuerzo de asociaciones en defensa de enfermedades máxime en tiempos donde nuevamente la sociedad va por delante de sus gobernantes no ya en el terreno solidario sino en el del bienestar, lucha en la que no podemos bajar la guardia, y ayudar económicamente sigue siendo prioritario. Si la forma de recaudar fondos y concienciarnos a todos de enfermedades que parecen curadas o en retroceso (craso error cuando los recortes llegan incluso a la investigación) es con la música, muy bien, lenguaje universal y directo. Si es con la lírica en una ciudad como Oviedo, el éxito está casi asegurado. Sumemos contar con gente de casa, de nacimiento o adopción, y entonces el (casi) lleno de la sala de cámara -404 localidades según me apuntaron fuentes bien informadas- era previsible.

El pianista gijonés Mario Bernardo domina repertorios tanto específicos de canciones (su Tosti con Pixán lo tengo en mi memoria) como los siempre poco agradecidos operísticos donde las reducciones orquestales son demasiadas veces imposibles. Atento a los cantantes, arropándoles y transmitiendo seguridad en cada obra resultó el apoyo perfecto para este recital en casa.

Mi querida soprano ovetense Ana Nebot sigue trabajando y ganando cuerpo a una voz de timbre algo metálico pero capaz de enamorar tanto en la canción española -poco agradecida para soprano las elegidas- como la francesa (hermosísima A Chloris de Hahn, que incluso nos explicó esa inspiración pictórica), más cercana a su estilo y color, sin olvidarse de unas difíciles arias de ópera buscadas para la ocasión, quedándome sobre todo con su Mozart en los dúos con el asturiano adoptado desde Alayor, Simón Orfila.

Aún fresco en nuestras retinas visuales y auditivas su Leporello, todavía más redondo «el catálogo» con piano, el Don Giovanni de La ci darem la mano confirma un momento vocal álgido del barítono bajo menorquín, con un entendimiento escénico y musical con Ana Nebot en este dúo y en último Quanto amore del elisir donizettiano. Primero nos deleitó con las canciones en catalán (siempre enorme Mompou y el Damunt…) y el mencionado Tosti de L’ultima canzone y Vorrei morire que siguen conmoviendo en cualquier tesitura. La calumnia del barbero de Rossini comienza a ser referencia en el repertorio del menorquín que encontró hueco en su apretadísima agenda para volver a su segunda casa y participar desinteresadamente con sus compañeros en este recital emotivo por muchas razones.

La propina de «Las mañanitas» de Don Gil de Alcalá (Penella) reconvirtió a Orfila en mezzo y a todos los asistentes en coro cumpliendo fielmente el «canta y no llores». Gracias por estos regalos musicales y solidarios.

Soledad superlativa

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Sábado 8 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov. Obras de Chopin.

Nueva visita de San Sokolov a Oviedo en plena gira o vorágine musical, y todos como en misa, es decir las habituales toses y móviles entre la parroquia madura con prisa para cenar cual campanas programadas, y todos esperando propinas que finalmente resultan una tercera parte: esta vez seis que nos llevaron hasta las once menos cuarto de la noche y porque encendieron las luces, por lo que podemos decir que Sokolov nunca defrauda y sigue siendo un grande entre los pianistas.

Monográfico dedicado al llamado «poeta del piano«, ese Chopin (al que el programa más que inmortalizar «eterniza» hasta 1949) cual «soledad sonora» que desde la isla interpretativa del escenario -colocada la caja escénica para estos eventos- y poética igualmente del pianista ruso, con una técnica capaz de emocionar incluso desde la Sonata nº 3 en si menor, op. 58 cuyos cuatro movimientos supusieron una suma de intenciones individuales que conformaron la obra mayor, descubriendo cómo una sola nota emerge e inunda toda una sala siempre desde el «sonido Sokolov«. Parece imposible la gama dinámica capaz de salir de un piano para asombro de primerizos y confirmación agnóstica, pero sobremanera la limpieza de los sonidos desde esa independencia solitaria y sumativa que nos redescubrieron la última sonata chopiniana.

Para la segunda parte una selección de 10 mazurkas en distintas modalidades y tempos, menos virtuosísticas que la tercera sonata pero todas interiorizadas desde las inmensas soledades de Sokolov, su mundo ajeno al de los mortales que adoramos y admiramos cada nuevo milagro sonoro, microcosmos nacionalistas internacionalizados, únicos y enlazados, silencios rotos por la ignominia y la ignorancia de un público vetusto (en todo el sentido de la palabra), por el descaro del inculto al que el santo ruso patrono de teclistas vivos es ajeno, burbuja pianística en blanco y negro, ceremonial en primera persona compartido con los mortales que parecemos molestarle por momentos. Desfile de aires variados pero solitarios, tristemente adecuados a un estado anímico que contagia inexorablemente a quien quiera comulgarlos, la lenta mazurka inicial Op. 68 nº2, los allegro (Op. 68 nº3, op. 30 nº3) contenidos, diría que minimizados, incluso los vivace (Op. 30 nº2 y op. 50 nº1) más vivos y lumínicos que veloces, ligeros siempre volviendo a la redondez y plenitud de una sola nota emergiendo de los acordes, pedales manteniendo el poderío, dominio de un sonido solitario al que acompañan y suman después desde la suprema soledad acústica y el dominio apabullante de una técnica que emociona al ponerse al servicio de un Chopin más íntimo e individualista que nunca, el «Chopin Sokolov» que volvió para quedarse.

La tercera parte nuevamente completa, mucho más que seis propinas porque resultaron no ya (in)esperadas y sorpresivas por parte del gran ruso sino todo un nuevo programa ampliación del monográfico, de aires chopinianos para nuevos pecados del solitario y triste Grigory sólo comprensible desde la inmensidad del piano para acallar conciencias y espíritus indómitos. El gran Sokolov y su liturgia siempre impactante desde su soledad superlativa.

Placeres eternos e irrepetibles

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Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: concierto de abono 7, OSPA, Ning Feng (violín), Joana Carneiro (directora). Obras de Adams, Shostakovich y Beethoven.

Algunos seguidores del blog han escrito comentando mis entradas como demasiado optimistas la mayoría de las veces y muy parciales (siempre cierto por personales) dado que apenas asistía a conciertos malos. Aquí viene mi innecesaria defensa, pues hace años que Oviedo es referencia para melómanos aunque no siempre tenga la resonancia mediática que se merece, algo que puedo asegurar es objetivo y no me cansaré de repetir y reflejar. Para una región como la nuestra de apenas un millón de habitantes, concentrados en el centro y en plena crisis industrial, minera, nacional… que la musical siga estando en primera línea con todo tipo de sacrificios pienso que debería tener más eco en un país que se está rompiendo por culpa de unos dirigentes incultos y egoístas.

En una semana beethoveniana está bien escuchar otras formaciones orquestales con directores no titulares, siempre en el irrepetible directo para comprobar y comparar, inevitable por otra parte pese a la losa que supone haber degustado exquisiteces irrepetibles. Sigo presumiendo de asturiano melómano con un vagaje musical repleto de figuras mundiales que han pasado por la capital del Principado e incluso de otras que el tiempo acabó convirtiendo en tales, habiendo sido Oviedo su debut o trampolín. Compartir estos placeres irrepetibles los hace aún mayores, y este tercer viernes de febrero ha sido uno de ellos.

Esta semana se ponía al frente de nuestra OSPA la directora portuguesa Joana Carneiro, que afrontó un programa titulado «Beethoven eterno» y en sus notas Hertha Gallego de Torres calificaba de «sentido del ritmo», ampliado aún más hasta «apoteósis del ritmo» que escribía mi amigo Ramón Avello en El Comercio para cada obra: reiterativo, obsesivo y demoniaco, y apoteósis de la danza.

De los compositores contemporáneos, John Adams (1947) está entre los preferidos del público, y estos días está en Madrid donde tiene «carta blanca«. De su ópera Nixon en China emerge con protagonismo propio The Chairman Dances: Foxtrot para orquesta (1985) que ponen a prueba formación y dirección sinfónica como en Oviedo, y con buena nota para todos: la maestra portuguesa con ideas muy claras, precisión, claridad en el gesto y dominio de la partitura, más unos músicos que se nota trabajaron duro para superar todas las dificultades de esta partitura con múltiples cambios de compás, ritmo, tiempos y dinámicas, exigente en empastes y de estilo minimalista que puede caer en lo monótono de no mediar la riqueza interpretativa, destacando la sección de percusión siempre segura junto al piano, en esa importancia rítmica deudora de tantos otros compositores que el propio Adams reconoce.

Palabras mayores el Concierto nº 1 para violín en la menor, op. 77 (antes op. 99) de Shostakovich con el virtuoso Ning Feng y un Stradivarius «MacMillan» (1721) afrontando una de las obras más importantes del ruso. El violinista chino optó por una interpretación introspectiva que la directora lusa supo e hizo acompañar en la misma línea, cuatro movimientos que son cual suite incluso en los títulos: el Nocturne transmite dolor desde la densidad orquestal y el lamento solista; el Scherzo auténtica «broma» de buen gusto plagada de polirritmias y efectos tímbricos en y para todos, con una orquesta atenta y entregada (destacar sólo un arpa pero siempre referencia), contagiada del vigor de solista y dirección, algo exagerada pero tal vez necesaria, segundo movimiento calificado por el gran Oistrach que estrenó la obra de «demoníaco y espinoso», siéndolo Feng literalmente; Passacaglia de la hondura sinfónica a que nos tiene acostumbrado el compositor ruso, exigente para todas las secciones que nuevamente estuvieron a la altura de la obra y el solista volviendo a impactarnos desde una interpretación diría que volcánica por el proceso emocional, para finalmente llegar a la chispeante Burlesca que desencajó a más de uno con la intermedia larga cadenza capaz de acallar las siempre incómodas toses desde una interiorización de dolor y angustia que salía a borbotones inundando de desbordante emoción el auditorio, la montaña rusa musical que suelo utilizar metafóricamente para este tipo de grandes conciertos.

Sin menospreciar a una orquesta que se comportó y la buena concertación de la señora Carneiro, lo del virtuoso chino es para recordar y así lo entendimos todos. La versión que nos regaló -como el día antes en Avilés- de Recuerdos de la Alhambra de Tárrega espero volver a escucharla cuando Radio Clásica emita el concierto, visionar y repetir, con un arco inigualable, capaz de recrear los trémolos guitarrísticos y la melodía en esa joya de violín. Silencio de emoción y otro regalo «caprichoso» del demonio oriental de Paganini el endiablado. Eternidad infernal y placeres nada pecaminosos.

Beethoven siempre eterno y apoteosis de la danza con esta explosión de la Sinfonía nº 7 en la mayor, op 92, una de esas sinfonías que no deben faltar en cada temporada porque siempre resultan distintas según la batuta al frente, y la portuguesa sacó lo bueno de la OSPA, puede que por la elección del tempi correcto en cada movimiento, algo que todos los musicólogos y estudiosos reconocen como parte importante para acertar con el carácter de las obras del genio de Bonn. Aplaudir cómo la «maestrina Carneiro« pareció ganarse a los músicos en las obras de la primera parte para poder disfrutar más en la segunda, aunque siga preguntándome porqué mantener el esquema de concierto cuando este viernes podría haber sido al revés y dejarnos al chino como cierre, aunque es probable que no hubiera marchado regalándonos aún más propinas.

Como balance apuntar en el DEBE menor autocomplacencia para algunos atriles en obras que por muy tocadas parecen «olvidar» son tan exigentes como las nuevas, y la interpretación va más allá del pentagrama. En el HABER la autoexigencia de mantener calidades sonoras alcanzadas no ya en «la séptima» sino en todo este séptimo de abono. De momento saldo positivo, pero hay que aumentarlo, no sólo mantenerlo…

Furlanetto sigue regalando ópera

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Lunes 10 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Boris Godunov (Mussorgski) versión concierto. Ferruccio Furlanetto (bajo), Anastasia Kalagina (soprano), Garry Magee (barítono), Ain Anger (bajo) y más solistas del Teatro MariinskiOrchestre National du Capitole de Toulouse, Orfeón Donostiarra (director: Sainz Alfaro)Tugan Sokhiev (director).

En mis años jóvenes acudí a un «Boris Godunov» que pese a su grandiosidad tan solo recuerdo haberme dormido. Corría el año 1986 dentro de la duodécima edición de aquellos festivales internacionales de música y danza de Asturias organizados por la Universidad, sucediendo las primeras Semanas con mi profe Casares en cabeza, y distintas colaboraciones más patrocinios que eran todo un lujo entonces, relevo tomado por el malogrado Luis G. Iberni, y sirven para seguir presumiendo de tradición en la capital del Principado. Los programas de cada festival siguen siendo como reliquias por sus cortas tiradas, de los que conservo algunos con artículos que aún son referentes amén de información que tendré que ordenar algún día (de momento siguen en cajas y archivadores).

Esta vez aguanté despierto las dos horas y cuarto sin descanso gracias a un elenco completo, poderoso, equilibrado, comandado por el maestro Sokhiev, donde el protagonista total resultó el veterano Ferruccio Furlanetto, otro habitual en Oviedo en los años 70 pero que conserva no ya magisterio o cátedra sino un registro de bajo que ya quisieran muchos cantantes actuales. Resultó el más convincente para una ópera en concierto que, con la ayuda de los sobretítulos en español y la profesionalidad de todos, salió más redonda y creíble que algunas del Campoamor, lo que corrobora mi conocida apuesta por la música y las voces antes de nada (serán los años que no perdonan).

Catorce solistas del nivel escuchado no se encuentran fácilmente y menos para esta obra en la versión original (1869) de Don Modesto. Distintas presencias y protagonismos para un reparto impresionante, especialmente en voces graves aunque el tenor John Graham Hall como príncipe Chuiski (o Shuiski, que ya sabemos los problemas con el cirílico) se quedó un escalón por debajo frente a un Anger (Pimen) al que tendré que seguir de cerca. De las féminas la Xenia (ó Yenia) de la soprano Kalagina aunque secundaria me gustó su color vocal, más el de la mezzo Svetlana Lifar como el zarevich Fiodor.

Por supuesto «El Donostiarra» sigue siendo el coro ideal para estas producciones sinfónico-corales y que el director Sokhiev buscó «ex profeso» para ensamblar junto a la orquesta de la que es titular (las campanas fuera de escena repicaron incluso de más), todo un espectáculo dentro de estos conciertos y como propina a la recién finalizada temporada de ópera.

En el Baluarte pamplonés también disfrutaron del evento el sábado, compartiendo y corroborando todo lo escrito en «Beckmesser» por Jose M. Irurzun.

Felicitar a los organizadores por un excelente y grueso programa de mano que además de biografías y notas al programa del doctor González Villalilbre, incluye el libreto en castellano con las siete escenas.

Canciones y poemas con Hampson

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Sábado 8 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Thomas Hampson (barítono), Amsterdam Sinfonietta, Candida Thompson (concertino). Obras de Schönberg, BrahmsBarber, H. Wolf y Schubert.

Regresaba uno de los grandes a la capital asturiana aunque no llenó el auditorio, lástima porque el barítono estadounidense nos dejó en el 2011 un gratísimo homenaje mahleriano. Esta vez cambiaba piano por una joven orquesta de cuerda que fue protagonista plena y auténtica delicia interpretativa en Verklärte Nacht, op. 4 (Schönberg), una «Noche transfigurada» de 1917 revisada en 1943, enmarcada dentro de un programa titulado «Canciones y poemas» con textos más las respectivas traducciones en las notas al programa de Alberto González Lapuente. Nos dejaron encendidas las luces de la sala para poder disfrutar del maridaje letra música al que no es ajeno Schönberg al incorporarnos el poema homónimo de Richard Dehmel para ir entrando en materia. Impresionante sonoridad y sentimiento por parte de este «ensemble» de volúmenes casi sinfónicos con la concertino Candida Thompson al frente, aunque presumen de no tener director titular, que a la vista de lo escuchado no parece necesario cuando además se viene en larga gira europea (Oviedo era última parada española antes de volar a Lisboa) con un programa más que trabajado. Parte del público sigue considerando a Don Arnoldo demasiado moderno, no callaba ni dejaba de toser en el inicio, pero la interpretación de los holandeses no pudo sonar más romántica ni redonda, romanza sin palabras o poesía hecha música, antes de dar paso al protagonista.

Brahms elige para sus Vier ernste Gesänge, op. 121 «Cuatro canciones serias» con textos bíblicos, del Eclesiastés y una Carta a los corintios de San Pablo, protagonistas musicales luteranos de temática mortal (¡cómo resuena en alemán la palabra muerte, «Tod«!) antes de la encíclica más esperanzadora del converso, por lo que Hampson cantó esa oscuridad brahmsiana reforzada con el estreno de esta versión para orquesta de cuerda de David Matthews, que tras la transfiguración inicial puedo decir que nos dejó el corazón en un puño.
Menos mal que la segunda parte alternarían poemas variados a los que la música engrandece, más aún en la voz de un barítono universal capaz de emocionar tanto en la ópera como en el lied, donde cada canción es un microclima sentimental. «La playa de Dover» de Matthew Arnold musicada por Samuel Barber en Dover Beach, op. 3 en nuevo estreno de la versión para barítono y orquesta de cuerda de Marijn van Prooijen todavía rezuma sombras más que luces aunque Hampson saca brillo a todo lo que canta, esta vez en su inglés natal.

Los dos maestros del lied serían protagonistas hasta el final: Hugo Wolf resultó el contrapunto de alegría intercalado con el profundo Schubert, donde los textos casi los entendemos escuchando cómo los recrean Hampson y la Amsterdam Sinfonietta, que nos volvía a dejar una joya instrumental del primero, la Serenata italiana en sol mayor («Italienische Serenade») en arreglo del ya citado Prooijen, antes del Fußreise («Viaje a pie»), el número 10 de los «Mörike-Lieder» que Matthews engrandece en estos arreglos o intervenciones que llaman algunos, pues manteniendo la pureza de la escritura pianística la ensalza en tímbricas y dinámicas increíbles, también para Schubert y su Memnon D541 op. 6 nº 1 con texto de Mayhofer que Thomas Hampson sazonó al punto desde su poderío y gusto, imposible sin los ingredientes holandeses.

Luces y sombras, canciones y poemas, Mörike y Goethe, Wolf «En una caminata» (lied nº15 Auf einer Wanderung) y Schubert «Secreto»(Geheimes op. 14, nº 2) antes de cuadrar un círculo austrogermano total con la alegría del cuento musicado por Wolf Der RattenfängerEl cazador de ratas«), barítono que lleva de la mano a la orquesta, que recrea con su enorme presencia cada palabra, y esos arreglos mágicos dando mayor rango expresivo al lied vienés, al igual que las dos propinas (en Madrid llegó a cuatro): Anakreons Grab de Wolf, donde el propio barítono recordaba su anterior visita a Oviedo hace algo más de dos años antes de volver a regalarnos el Mahler de los Wunderhorn en arreglos igualmente de Matthews, aunque este sábado quedó algo más frío que en el año del aniversario. Lástima porque la calidad del conjunto se merecía más aplausos y éxito, pero «para gustos, colores», esta vez no brilló el arco iris.

Dedicado a quienes no pudieron estar en Oviedo, dejo aquí incrustado el concierto de Amsterdam, mismo programa para todo el Tour europeo, con propinas y todo:

Allegro MaestroSO

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Viernes 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA: Concierto de abono nº 6 «El pasado recobrado»: Teo Gheorghiu (piano), Perry So (director), Claudio Abbado in memoriam. Obras de G. Gabrieli, Beethoven y Stravinsky.

Regresaba el alegre maestro Perry So al frente de la OSPA con un programa variado bien comentado por María Antonia Barnés Vigil tanto en las notas al programa (enlazadas en los autores) como en la interesante conferencia previa de la que tomaré su hilo argumental sobre los distintos diálogos y en memoria del director recién fallecido Abbado.

Como ya sucediese la temporada pasada, se introdujo en el programa música camerística, esta vez a cargo de «los bronces» propios para escuchar el efectista G. Gabrieli con dos canzone flanqueando una sonata, obras todas de 1597 (Sacra Symphonia), aunque puestos a innovar hubiese quedado genial haber colocado en los laterales del segundo piso los metales precisamente para disfrutarlo acústicamente en el auditorio cual San Marcos veneciano, y la profesora Barnés hablaba precisamente de «diálogo con la arquitectura» en el caso del compositor italiano. Mejor la Sonata pian’e forte a dos (trompeta, trompa, trombón y trombón bajo más tuba) sin herencia vocal y auténtica delicia de matices (de aquí surgen los términos «piano» y «forte» en cuanto a intensidades, un coro o ambos, entendiendo por tal las balconadas enfrentadas donde se ubicaban en Venecia) que la Canzon primi toni (dos, cuatro, dos) algo destemplada para arrancar, o la Canzon septimi toni nº 2 mejor empastada. Se agradece escuchar música barroca aunque no sea sinfónica sino camerística, si bien no creo que encaje en los conciertos de abono, dejando claro que no la considero menor ni una rebaja incluir a los músicos propios como solistas en la temporada.

El piano de Beethoven siempre es un placer, y de sus conciertos aún tenemos reciente el segundo nada menos que con «la Pires y los vieneses». Probablemente menos escuchado que el «Emperador» pero de preparación, experimentación y muchos puntos en común, el Concierto para piano nº 4 en sol mayor, op. 58 en las manos del joven Teo Gheorghiu resultó globalmente honrado, versión íntima y perfectamente concertada por el maestro So, atento a cada detalle (destacar la recolocación de los contrabajos detrás a la izquierda o la utilización de timbales antiguos), diálogo del director con todos, también el imprescindible entre solista y orquesta, escuchándose en una obra de «diálogo interior». Pese a ser obra nueva en el repertorio del actor y joven pianista suizo de sangre rumana, nacionalidad canadiense y sentimiento londinense, resultó convincente desde el inicio del Allegro moderato, marcando el tiempo a seguir, con claridad sonora y expositiva. Necesitará tiempo para profundizar pero lo apuntado dejó buenas sensaciones tanto en las cadencias como en el Rondo: Vivace impetuoso y contrastado con el Andante con moto donde el diálogo con las violas resultó conmovedor.

La Balada nº 3 en la bemol mayor, op. 47 de Chopin fue una generosa propina corroborando su trayectoria más que prometedora desde su infancia, aunque personalmente no subiese el escalón de emocionarme, algo siempre subjetivo pero nuevamente impecable y con ese ímpetu juvenil.

La segunda parte otro mundo que es el mismo, el nuestro: Stravinsky enamorado de la Venecia que arrancaba el concierto, con la Sinfonía en Do (1939-1940) compuesta entre Europa y Estados Unidos, recuerdos de Beethoven y Tchaikovsky, dos primeros movimientos casi vieneses y los otros dos realmente de slogan «genuino sabor americano», el diálogo con el pasado desde el conocimiento y maestría compositiva y el otro diálogo de director-orquesta que resultó lo mejor de este primer viernes de febrero.

Los cuatro movimientos clásicos desarrollados con maestría y complicidad, la que Perry So alcanza con la OSPA en cada visita, química en esta partitura que volvió a reencontrar lo mejor de nuestra formación sin recuperar excelencias anteriores pero manteniendo una esperanza que todos queremos cristalice en realidad permanente.

Regalos y magia del cinco musical

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Jueves 23 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano), Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Muñiz y Schumann.

La música de cámara en un entorno propicio con la caja acústica colocada, el cuarteto como formación cumbre añadiendo el piano para comprobar que 4+1 en música es mucho más que 5, y en mi 55 cumpleaños nada menos que dos 5, doble igualmente: un quinteto estreno mundial de un compositor asturiano al que «nacieron» en Suiza, colocado entre dos grandes. Mejor regalo imposible con intérpretes de primera y programa para degustar desde el primer 4 a los dos 5 más un tercero de propina.

El Cuarteto op. 20 nº 1 en mi bemol mayor, Hob. III:31 (Haydn) forma parte de los seis llamados cuartetos «Sol» por el dibujo de la portada de su primera edición aunque también «cuartetos grandes», apasionados, audaces, perfecto equilibrio entre los cuatro instrumentos y con la forma sonata plenamente asentada, como bien nos recuerda el doctor Ramón Sobrino Sánchez en las notas al programa, cuatro movimientos que el Cuarteto Quiroga interpretó de manera magistral y serán parte fundamental en muchos conciertos de este 2014. El entendimiento de sus cuatro componentes (Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio) es la base para poder afrontar esta música con el debido respeto al original y el toque personal de un sonido propio –con los «Stradivarius» del Palacio Real debe ser algo increíble- capaz de afrontar repertorios de todos los tiempos, en este caso el clásico, donde cada intérprete es un virtuoso y juntos forman el cuarteto perfecto. A destacar el tercer movimiento Affetuoso e sostenuto de sonoridades íntimas con protagonismo del asturiano Hevia, y el cierre del Finale: presto amplio y exigente para los cuatro componentes.

Tras este aperitivo de auténtico lujo, el pianista onubense Javier Perianes se reecontraba y sumaba al Cuarteto Quiroga con el que completaría este concierto dentro de las jornadas dedicadas al piano, esta vez en quinteto merecedor también de protagonismo, mayor con el estreno mundial del Quinteto con piano nº 2 de Jorge Muñiz (1974), obra encargo de estas jornadas y escrito precisamente para «el Quiroga», fechado en Columbia, Missouri, el 30 de agosto de 2012. Estructurado en cuatro movimientos bien explicados tanto en las notas al programa como por el propio compositor en el periódico LNE, suelo hacer anotaciones en los estrenos mundiales y esta vez también. Imposible explicar en pocas líneas más de veinte minutos donde el piano emerge del cuarteto, otros momentos dialogan e incluso alternan protagonismos. Se ha bautizado este segundo quinteto de Muñiz como «Quinteto Mississippi» no ya por ser hilo conductor y sello «made in USA» con reminiscencias de Falla y el «agua granadina», sino por un auténtico fluir musical de una partitura muy bien construida, con el oficio basado en el respeto a la tradición, que precisamente permite estar enmarcado entre Haydn y Schumann, del que uno de sus maestros, Leoncio Diéguez, se habrá sentido muy orgulloso en este estreno, y un lenguaje yanqui lógico por formación y temática de la obra. Dejo unas breves notas o apuntes tomados a vuelapluma de cada «etapa de viaje»:

I. Preamble. Lake Itasca, Minnesota. El piano arranca en los graves las primeras gotas del río, sumándose viola y cello en oscuridad que irá tomando cuerpo progresivamente en cuarteto dialogando con el piano, protagonista junto con el cello y silencios expresivos antes de seguir fluyendo motivos claros, rítmicos, poderosos cual las «Noches de Falla» donde el cuarteto suena a orquesta en un diálogo de amplias dinámicas.

II. Scherzo. St. Louis, Missouri. De nuevo el piano solo al comienzo, acelerando y acercándonos con los «pizzicati» para ambientarnos claramente en un ragtime de escritura hermosa y clara como el propio río, piano y cuerdas «con legno», dinámicas que engradecen el cauce musical, ritmos saltarines que atraviesan zonas sombrías de las que emerge un blues, reminiscencias de Gershwin en un piano arpegiado y cuerda coprotagonista, ritmos melódicos y «crescendi» casi atonal con la vuelta al «rag». Un móvil nos devolvió a la dura realidad (la mala educación siempre incorregible).

III. Ballad. Memphis, Tennesse. Será el cello quien comience esta etapa del viaje, timbre casi humano, homenaje a Elvis y los años 50, magia del 5, ¿el término medio?, notas largas, armónicos y climas etéreos con juegos de texturas donde el piano se despereza en el calor sureño, animándose sin prisas bien arropado por una cuerda en pizzicati y referencias al jazz y Shostakovich, fuentes o río siempre inspirador en compás ternario y melodías claras, solo de viola incluido, combinando los cinco elementos para un final de movimiento bellísimamente armonizado.

IV. Finale. New Orleans, Louisiana. «Tutti» para la desembocadura en el Golfo de México, sones hispanos (reafirmo «las noches» de Falla) y de «Far West», ritmos de ferrocarril sin protagonismos pero respirando el sur más cinematográfico y caleidoscópico, accesible para todos en una escritura magistral que no cae en lo comercial pese a la cercanía. Quinteto con piano más que piano y cuarteto, juegos dinámicos y rítmicos sin perder nunca «punch», conjunción tímbrica perfecta donde las octavas en el piano y los «pichicatos» de la cuerda consiguen colorear de yanqui los recuerdos de Falla, Gershwin y hasta Steve Reich.

Excelente obra de un Jorge Muñiz ya maduro, afincado en los EE.UU. de América pero con sus raíces siempre claras.

Para toda la segunda parte Schumann y su Quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor, op. 44, compuesto en 1842 y dedicado a Clara Wieck, siendo de los primeros quintetos donde piano y cuerda son tratados en igualdad, algo que «Perianes y el Quiroga» tienen asumido, una conjunción impecable para una partitura exigente y fresca que ya llevan rodada pero disfrutan siempre, contagiando al público de ese goce en escena. El enérgico Allegro brillante paladeando las melodías de los lieder de Robert en las cuerdas graves, el «modo de marcha» fúnebre del segundo movimiento con tímbrica y ritmo contrastado con el agitado centro temático, el Scherzo lleno de modulaciones para disfrute del quinteto y modelo que retomará Brahms (también interpretado por nuestros protagonistas) hasta ese Allegro ma non troppo final que es cual montaña rusa de modulaciones y dinámicas enérgicas pero tradicionales, fuga incluida bien delineada por unos músicos de primera que suenan como auténtica unidad, múltiples corazones y una misma alma, y ya que uno es acuario por nacimiento, cinco remeros sin timonel en esta tarde de mucha referencia acuática, dignos no ya de un «Elogio del Cuarteto» sino de toda un «Romance mágico del cinco».

La propina no hizo sino confirmar el buen momento de nuestra música de cámara, solistas de talla mundial que en conjunto no sacrifican sino que comparten magisterio dándonos alegrías y regalos como el de este día de mi quincuagésimo quinto cumpleaños. Gracias porque así da gusto sumar.

Buscando identidades en el inicio de año

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Viernes 17 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA: Concierto de abono nº 5 «Música e identidades»: Kristóf Baráti (violín), David Lockington (director). Obras de Kodály, Dvorak y Sibelius.

Tras el periodo navideño y una neumonía aún en el cuerpo mi nuevo año musical comenzaba como terminaba, es decir con la OSPA y su principal director invitado, el británico afincado en EE.UU. que además afrontaba un programa duro para todos (el jueves en Gijón), de los que requieren mucho trasfondo, atención, intención e introspección. Eso sí, el formato no varía desde hace lustros: primera obra a modo de aperitivo, un concierto con solista antes del descanso, buena propina incluida normalmente, y una sinfonía llenando la segunda parte.

El título buscado podría cambiarse por «Música y densidades» en vez de identidades, pues resulta un tanto engañoso: cada intérprete debe recrear la identidad de su papel, por otra parte obra identitaria de su autor, especialmente cuando es de los considerados grandes -lo que normalmente decimos el sello inconfundible-, búsqueda de identidades nacionales en el caso de los compositores elegidos y de los que habló la gallega Beatriz Cancela Montes en la conferencia previa así como en sus notas al programa (enlazadas en los autores). También identidades distintas en los directores que recrean cada obra y los propios intérpretes que sin perder su identidad deben renunciar en pos del conjunto y del director. Muchas, puede que demasiadas identidades sin olvidarme del solista y hasta de su violín Stradivarius, también con identidad propia y única, para tres obras muy densas:

Las Danzas de Galanta (1933) del húngaro Kodály resultaron menos livianas de lo esperado con un inicio titubeante, como si tardasen en entrar en calor hasta la cuarta o quinta (y última), siempre ligeras como le gusta al director británico llevar los tiempos vivos, exigencia no devuelta del todo por una orquesta algo destemplada en conjunto pero siempre atenta en los solistas que no suelen enfriarse habitualmente, destacando el inconmensurable Andreas Weisgerber capaz de convertir su clarinete en tárogató húngaro asumiendo identidades con total entrega y respeto a la partitura.

El concierto para violín y orquesta en la menor, op. 53 del checo Dvorak no es tan famoso como el de cello, tampoco muy escuchado ni grabado en parte por las dificultades para encontrar un solista más que virtuoso, entregado a una partitura poco agradecida para la mayoría, que solo el convencimiento pleno de todos los intérpretes puede llegar a alcanzar la emoción, algo que faltó a pesar del esfuerzo tanto de Lockington como de un Baráti pendiente del atril con su «Lady Harmsworth» de 1703, sonido increíble con identidad propia tamizada por una interpretación que adoleció de más comunicación entre todos, con algunos desajustes e imprecisiones en la orquesta adoleciendo de una limpieza que sí ofreció el solista húngaro. Escuchar este concierto es comprobar cómo se puede pasar del ímpetu casi violento del tutti al lirismo del solista en su Allegro ma non troppo, con pocos momentos para el relajo y la tensión que se transmitió pero por lo poco claro del bloque orquestal. Más llevadero resultó ese Adagio ma non tropo de total lirismo donde la madera, especialmente las flautas, empastaron y comulgaron en el discurrir melódico hasta el nuevo estado anímico que introducen las trompas, ímpetu algo turbulento que transmitió más inseguridad que ambiente bucólico o pastoril como identidad propia, invierno más que verano en otra visión. La batuta siempre atenta y clara hubo de concertar hasta la extenuación del Allegro giocoso ma non troppo para reconducir ambientes folklóricos bohemios que nuevamente la madera sacó a flote, seña inequívoca, casi firma, de nuestra formación asturiana para un final fresco por parte de todos los intérpretes.

El Stradivarius de Baráti sonó a gloria con la Obsesion de Eugene Ysaye, primer movimiento de la segunda sonata del director, compositor y virtuoso belga donde el tema del Dies Irae rememorado desde Bach saca del violín y su intérprete todo un muestrario de identidades. Lo mejor del concierto.

La Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39 de Sibelius nos devolvió la OSPA más habitual en cuanto a sonoridades, entrega y entendimiento con el podio para una obra más interiorizada por todos, aunque no sea tampoco muy llevadera para la mayoría: crecimientos temáticos con reminiscencia todavía romántica que precisamente trajo a la memoria una identidad brahmsiana para la primera del finlandés, cuatro movimientos donde los solistas (de nuevo Weisgerber más una percusión ajustada) se impusieron al grupo, mejor ensamblado en esta segunda parte y espoleado por una escritura sinfónica que ayuda al lucimiento de todos. Lockington volvió a apostar por combinar dibujos melódicos claros y juegos de intensidades a los que la OSPA responde perfecta, madera con identidades propias, metales protagónicos sin excesos y cuerda -con el arpa cristalina y segura de Mirian del Río-como reivindicando el papel perdido, puede que por incredulidades que no deberían darse. De menos a más hasta el Finale Quasi una fantasia donde tensión y pasión se dieron la mano antes del sorpresivo e inesperado final.

Tres obras densas, exigentes, introversión más que extroversión y toda la subjetividad insalubre en el concierto que abre mi 2014 lleno de esperanzas, incluso musicales.

Inspiradora Italia

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Viernes 13 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Jesús Rodolfo Rodríguez (viola), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Hector Berlioz y Richard Strauss.

Italia siempre fuente de inspiración, esta vez con dos grandes orquestadores desde obras de juventud coincidentes hasta en número de opus, con muchas coincidencias que Ramón Avello hace saber en las notas al programa.

Se abría la velada con una obra poco escuchada del gran Berlioz: su Harold en Italia, op. 16 (1834), curiosa por no ser propiamente sinfonía ni poema sinfónico o concierto para viola, aunque sea la protagonista. El solista un asturiano, Jesús Rodríguez, al que descubrí en 2008escuché hace tres años cuando ganó recién finalizados los estudios en el CONSMUPA su Premio «Ángel Muñiz Toca», compartiendo escena y también formación en la GMJO con mi admirada María Ovín (hoy de violín segundo en la OSPA), impactándome entonces su frescura interpretativa en solitario con obras muy exigentes. Ahora con orquesta y más «hecho» como solista y la siempre excelente concertación del italiano Conti nos deleitaron con «el Harold» muy desigual en emociones y sonoridades, difícil técnicamente para Jesús Rodolfo que solventó con madurez aunque volumen siempre discreto en un instrumento de por sí opaco, aunque el maestro de la orquestación francés escribiese esta obra por encargo de Paganini para su recién adquirida viola Stradivarius, cuidando y mimando siempre esos planos variados en tutti, solos y concertantes. El asturiano, hoy afincado en Nueva York, toca una viola moderna italiana «Ferruccio Varagnolo» (1910) de bello color en los registros agudos y medios pero tapada por momentos que no impidieron reconocer su evolución en una partitura donde la viola es la comentarista musical de «Las peregrinaciones de Childe Harold» de Lord Byron en las que se inspira el compositor francés y maestro de la instrumentación.

Los títulos de los cuatro movimientos sirven para buscar los paralelismos músico-literarios: «Harold en las montañas» que comienza en un sombrío Adagio antes de la entrada de la viola acompañada por arpa y madera antes del Allegro rico en sonoridades por parte de solista y orquesta, magisterio de orquestación bien trabajada con las intervenciones puntuales de la viola en un movimiento largo y denso; «Marcha de peregrinos cantando la plegaria del atardecer», Allegretto muy lírico que resultó íntimo en sensaciones con unas trompas bien empastadas y la cuerda rítmica en pizzicati siempre ayudando a realzar el protagonismo del solista; «Serenata de un montañés de los Abruzos a su amante» hizo recordar el folklore italiano que tan bien entiende Conti, en complicidad con Jesús, Allegro assai, auténtico scherzo y serenata que permitieron lucirse a la madera, en especial el corno inglés; «Orgía de bandidos» es el Berlioz desenfrenado como el propio tempo Allegro frenético, aunque contenido pese a que el compositor lo describiese como «furibundo, ebrio, … una estampa en la que se golpea, rompe, mata y viola«. Interpretación sobria pero sin emociones profundas como la propina de una personal versión breve del conocido Over the Rainbow de «El Mago de Oz».

Más explosivo y dramático resultó el R. Strauss de Aus Italien, «Fantasía sinfónica», Op. 16 (1886) que el titular florentino llevó con la pasión mediterránea que los germanos envidian. La Oviedo Filarmonía está afrontando con el director italiano repertorios sin complejos y convenciendo de las posibilidades de esta formación ya madura y con personalidad sonora. Cuatro movimientos también titulados indicando la fuente de inspiración del alemán que pasó de la partitura a la interpretación: «En el campo«, Andante molto tranquilo para paladear una cuerda con poso, «En las ruinas de Roma» para las trompetas realmente straussianas de este Allegro molto con las pinceladas de oboe y clarinete en virtuosa pugna, «En la playa de Sorrento» de orquestación potente desde el Andantino con ritmo de siciliana y precuelas (palabra de moda) impresionistas con protagonismo de madera, antes de la «Calle popular de Nápoles» y el director florentino como en casa, ese Allegro molto que Strauss convierte en auténtica lección compositiva variando el conocido «Funiculì, funiculà» que pensase popular (realmente mejora el original de Luigi Denza) para ir elaborando la paleta orquestal cual muestrario a utilizar posteriormente en sus poemas sinfónicos. Placer sonoro y Vesuvio de color con la Italia siempre evocadora e inspiradora, esta vez de primera mano en la interpretación de la OFil con Marzio Conti: «Grazie mille» maestro.

Un planetario musical con aires vieneses… ¡y la Pires!

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Viernes 6 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Wiener Symphoniker (Orquesta Sinfónica de Viena), Maria João Pires (piano), Ádám Fischer (director). Obras de Haydn, Beethoven y Mozart.

Oviedo volvía a ser como la capital austríaca en cuanto a su actividad musical de primera, y dentro de una gira por Zaragoza, Madrid y Barcelona (sin pasar por San Sebastián) última parada española en el Auditorio, con unos intérpretes de primera y programa de los que aseguran éxito, público hasta la bandera, muchas toses y el móvil ó celular de turno reincidente siempre en los momentos de más intensidad emotiva, nunca coincidente con la dinámica desde el escenario, cual otra de las Leyes de Murphy.

Con todo, nuevo hito musical que al título mozartiano de su última sinfonía me sumo haciendo paralelismos de planetas y dioses para los comentarios de esta noche, pues hubo una alineación cósmica dentro de nuestro sistema solar por la calidad de los artífices en este viernes festivo en toda España (Día de la Constitución).

El verdadero «hacedor» de una auténtica armonía de las esferas cual mago Merlín fue el director húngaro Ádám Fischer, Maestro con mayúscula que demostró cómo llevar un repertorio que domina a la perfección, gestos precisos, sin grandilocuencia (sólo la música lo es), siempre exacto, pulcro, atento, animado, contagiando ilusiones, adelantándose lo necesario para avanzar el inmediato presente y sacar a una orquesta como la «pequeña vienesa» el auténtico sabor del clasicismo vienés, de tamaño idóneo para ello, lo mucho que estas partituras elegidas esconden.

A Haydn podría equipararle con el planeta Mercurio y el mensajero de los dioses, precisamente los compañeros de viaje musical del concierto hoy comentado, y viajero a Londres donde compuso su Sinfonía nº 101 en re mayor, Hob. 1:101 «El reloj» que desde el ataque del Adagio-Presto la Wiener Symphoniker hizo sonar cósmica, limpia, equilibrada, llena de matices bien sacados por el maestro Fischer. El Andante resultó Chronos por el ritmo vital del tiempo que todo lo puede, maquinaria de precisión y buen gusto. Un Menuetto para disfrute no ya de la cuerda con efectos de vihuela sino de la madera con la disonancia de la flauta que tanto dió que hablar y las trompas «adelantadas», secciones todas en perfecto ensamblaje. El Vivace final es puro virtuosismo revestido de contrapunto, forma rondó-sonata perfecta en ejecución, sin olvidarme del silencio con calderón que realza el «fugato» final de la cuerda sola en un «pianissimo» posible en formaciones de otra galaxia, y la vienesa es una de ellas, hasta el retrono progresivo del viento (colocación vienesa ligeramente variada, con los timbales a la izquierda, también trompetas, y contrabajos a la derecha, con las trompas).

Beethoven joven, aún cercano, dios Marte muy clásico y alumno de «papá Haydn» escribe su Concierto para piano y orquesta nº 2 en si bemol mayor, Op. 19, su debut en esta forma (primera y publicada después), siendo el solista el propio alemán ya afincado en Viena. Sólo una diosa Venus, otrora planeta, puede afrontar una interpretación con el cielo estrellado capaz de permitirnos apreciar la inmensidad eterna desde nuestro perecedero disfrute. Maria João Pires nunca nos deja indiferentes, elige el instrumento (Yamaha CFX), su afinador (Sr. Kazuto Osato) y estamos preparados para despegar con ella a bordo de esta nave que pilota como diosa accesible y terrenal hacia un viaje breve pero eterno, sin sobresaltos, sólo emociones desbordantes en cada momento: Allegro con brio en el primer trayecto, cristalino, equilibrado, delineado con brillos dorados, antes de la «cadenza» maestra avisando fin de etapa y antes del Adagio segunda etapa placentera que nos permitió el vuelo sin motor, degustando emociones, reverberaciones increíbles desde los pedales, y la vuelta a tierra con el Rondo. Molto allegro de piloto de guerra sin combate, acrobacias sin mareos con el dominio de la nave musical y el plan de vuelo bien diseñado por el joven y viajero Ludwig, esta vez de Lisboa a Brasil pasando por Viena antes de la llegada a la Tierra en Oviedo a bordo de este «Voyager» musical donde el espacio aéreo lo puso la sinfónica vienesa y el controlador Fischer que nos recordó cómo se concerta no ya en un simulador (grabación) sino en la realidad (directo).

En solitario la Venus pianista siguió brillando a plena luz con un Schubert (Impromptu Op. 142 nº 2) como sólo «La Pires» es capaz de deleitarnos.

Poco tiempo de espera, cigarrillo sin café y último vuelo vienés de auténtico peso, Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551 «Júpiter», Mozart revivido y la mejor experiencia en vivo que haya podido disfrutar, «carácter majestuoso y triunfal» que apuntaba Lorena Jiménez Alonso en las notas al programa. Magisterio total de Ádám Fischer, placer directorial en cada movimiento y cada gesto que la formación habitual del foso operístico vienés acató con la confianza que da la veteranía, como si en ella viviese el auténtico Clasicismo atemporal del que son sus máximos guardianes. Allegro vivace decidido, Andante cantabile lírica pura, Menuetto: Allegretto que supo cual «Sachertorte«, y Molto allegro todos a uno, escuchando cada nota, cada matiz, cada ataque, todo lo que el genio de Salzburgo disfrutaba en Viena libre de ataduras, descubridor del contrapunto bachiano y marcando la aparición de otra galaxia, la Romántica. Maravilloso comprobar cómo se escuchan unos a otros para hacer Música.

No importaba la hora en la inmensidad del universo, Ovetus planeta operístico para recibir la obertura de Las bodas de Fígaro, otra lección maestra de clasicismo vienés ya con clarinetes para completar tripulación, Mozart puro y maduro, antes de volver a Viena preparando el fin de año con la Pizzicato Polka (J. Strauss II), disfrute de la cuerda vienesa colofón de un auténtico planetario musical donde «la Pires» fue una invitada de lujo.

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