Sábado 19 de octubre, 21:00 horas. XXX FIOCLE y CNDM, Ensemble Organum, Marcel Pérès (director): Peregrinatio II. París – Limoges – Moissac – Compostela.
Penúltimo concierto del festival con otro lleno histórico para vivir en directo el espectáculo de este quinteto vocal que nos deleitó con el Ars Antiqva de los grandes Perotin y Leonin convirtiendo la Pulcha Leonina en Notre Dame, impecables como sus blancos hábitos, procesionando por todo el templo, de la sacristía a la entrada, crucero y sobre todo en el coro, repasando liturgias de S. Martial de Limoges, el Codex Calixtinus, Moissac, Alberto de Paris e incluso el Aleluya: Ortus conclusus como máximo exponente de nuestros cantos mozárabes de Toledo.
Los inicios de la polifonía tan difíciles de entonar, conductus que la formación francesa mima con el maestro Pérès de auténtico oficiante, esas segundas voces que se abren y cierran (puntum contra punctum) como una sola en empaste sobrehumano, el ritmo que impone el latín, la liturgia del canto hecho filigrana «resonare fibris» del público convertido en peregrino. Los muros y bóvedas catedralicias reverberaron con los tenor y alto, con el bajo impresionante y verdadero sustento en la construcción polifónica, el tactus con mimo, el paso latino, cada palabra bien ubicada y la sutileza de cinco voces emitiendo desde los cuatro puntos cardinales que rompieron malos hábitos y lograron el necesario silencio meditativo cerrado por Congaudeant Catholici.
Me pregunto si todos comulgamos con esta polifonía inicial tan difícil de ejecutar y escuchar en un marco como el leonés, si realmente sabían con lo que se iban a encontrar, pero el milagro vocal del Ensemble Organum alcanzó por momentos la reflexión y deleite interior.
Desde la inauguración el pasado 21 de septiembre me he permitido bautizar el nuevo órgano de Klais como «El Bicho de León», pues el otro se encuentra en el Duomo de Milán así apodado por mi amigo Paolo Zacchetti. Y parece que lo de estos «animales sonoros» ha calado porque el regreso triunfal a León del fantástico Giampaolo di Rosa lo glosó finalizando el concierto su director Samuel Rubio que hablaba del caballo salvaje y el domador italiano, organista enamorado de su trabajo, asiduo de este festival, y a la vista de lo escuchado más lo leído en las notas al programa, del instrumento: «Un órgano en sí mismo, y en particular este nuevo… es un monumento del ingenio humano. Con ese instrumento se materializan las posibilidades realmente infinitas de producir continuamente lo que no es material, y que solo puede ser escuchado: el sonido con todos sus colores».
Si en el programa primó la literatura pianística que Giampaolo domina como nadie, la luz que suponen las transcripciones al instrumento rey resultan recreaciones precisamente por la riqueza tímbrica que se consigue, y más en este órgano con tantísimas combinaciones de registros que explican la semana previa de trabajo más los 95 minutos de concierto que de no ser por la hora seguramente serían muchos más. Para los conocecores de la distinta técnica exigida para el piano y el órgano está bien ir un poco más allá del lenguaje de las 88 teclas y cambiar la fuerza física por la búsqueda del color que se logra en el rey de los instrumentos, siendo habituales las reducciones orquestales (Liszt fue uno de los grandes) pero también adaptaciones, más que transcripciones, como la que brindó Guillou el día de San Mateo, admirado y maestro del organista italiano.
El decimoquinto concierto de esta trigésima edición del prestigioso festival leonés volvía a corregir el inicialmente previsto en la Web pero bien en el programa completo, arrancando súbito con el Preludio y fuga en mi menor, BWV 548 (Bach) en el teclado IV y pedalero casi en su totalidad, sonidos recios, potentes y casi austeros hasta que comienza a crecer y saltar de teclados en los pasajes virtuosos, y no digamos en la fuga vertiginosa, presto en aire y registros cambiando a velocidad estratosférica los sonidos en cascada colorista que pasaba de una nave a otra.
La Sonata en do menor op. 13 nº 8 «Patética» de Beethoven es una delicia al piano que en la transcripción del propio Giampaolo cobra nueva vida en el nuevo Klais. El Grave/Allegro di molto e con brìo marcó la línea a seguir en toda la obra, con lo apuntado anteriormente de cambiar fuerza por registros sin olvidarnos el pedalero que consigue ambientes únicos; el intimista Adagio cantabile -que en mis años jóvenes tocaba en la Iglesia- jugó con flautados alternados en los teclados IV y II (rotos por los dichosos móviles) para desembocar en un pleno Rondo (Allegro) de regusto bachiano en música y registros elegidos, permanente búsqueda tímbrica en los cinco teclados y pedalero, combinaciones enganchadas entre unos y otros que dieron otra iluminación a la sonata del sordo de Bonn con multitud de rubati siempre aprovechados para la multitud de cambios sonoros realizados por el virtuoso trasalpino.
El terremoto sonoro de magnitud 9 en la «escala Klais» estaba por llegar, y todos en el epicentro. Liszt el grande del piano, el endemoniado arrepentido, compone la Fantasía y fuga sobre B.A.C.H. que Di Rosa transcribe para el órgano, para el universo majestuoso de timbres en unos pies aún más rápidos que las manos saltando por los cinco teclados, pedal de expresión y por momentos masa cegadora en tutti cual cascada lumínica antes de recuperar los colores básicos. Derroche sonoro, virtuosístico, físico para una obra de envergadura casi inalcanzable en un reto que muchos organistas se plantean de seguir engrandeciendo lo naturalmente inmenso. Impresionismo e impresionante este Liszt di Rosa.
Un músico completo como Giampaolo di Rosa compuso por encargo para este día la obra Batalla, estreno que pude degustar en buena posición de escucha y visión para comentar que estamos ante una forma renacentista y barroca desde nuestro siglo XXI, batalla imperial como muestrario tímbrico desde la indenifición melódica en lenguaje vanguardista (en cierto modo cercano al anterior estreno de Vlahec) con tintes pianísticos en momentos puntuales, evoluciones en texturas diversas, disonancias, notas pedales, claroscuros, contrastes dinámicos increíbles, ritmos alegres, tintineantes y también de marcha, imperiales a fin de cuentas. Un estreno que sumar a la breve historia del Klais al que cada obra intenta exprimir, testar, «domar», tantear unas posibilidades que se nos hacen inalcanzables («posibilidades realmente infinitas de producir continuamente lo que no es material, y que solo puede ser escuchado: el sonido con todos sus colores» que escribe el propio di Rosa), el público convertido en almas reflejadas por los vitrales sonoros en esta «selva de sonidos creados por el nuevo órgano». Lástima no haber podido sacar una foto de la partitura en el atril, hojas pegadas en una tabla como mosaico mudo que el milagro compositivo e interpretativo hizo hablar.
Tomás Marco, presente en la catedral, escribió dos temas sobre los que Giampaolo di Rosa realizó una improvisación (al igual que Guillou con C. Halfter), arte en el que también es un maestro, regalo de 70 aniversario para nuestro compositor madrileño. Sin peder de vista el estilo o la firma del propio Marco, pero con la óptica del italiano como si de un «espejo» se tratase, pudimos asistir casi atónitos a otro seísmo organístico, acelerandos, búsquedas extremas de frecuencias (la más grave en el pedal y la más aguda en teclado) con trémolos, trinos ostinados sobrevolando momentos espirituales en adagio, acelerandos contagiosos para el pálpito, majestuosidad y final en tutti como rúbrica homenaje y regalo mútuo de compositores e intérprete.
Todavía quedaban dos propinas, un blues que resonó en lo más íntimo de cada uno rehecho litúrgico y una marcha de salida hacia la lluvia nocturna leonesa pasadas las 22:35 para refrescar emociones con gotas de «un arco iris de sonidos» que dijese el gran Olivier Messiaen.
Nuevo éxito de Klais, de Giampaolo, de León y del Festival que todavía nos deparará dos conciertos antes de poner el cierre a esta edición de estrenos, porque 30 años sólo se cumplen una vez.
Lo seguiremos contando en esta nueva Peregrinatio.
Decimoquinto concierto del XXX FIOCLE con Giampaolo di Rosa en «El nuevo bicho de la Catedral», también llamado El bicho de Klais, colas hora y media antes (no faltó la paralela caradura pese a distintos afeamientos de conducta y oídos sordos, además de carencia de sonrojo con total desvergüenza) en otro lleno inicial que fue menguando poco a poco ante un espectáculo gratuito, para escuchar rugir un programa distinto al que figura en la Web, muy pianístico en obras y técnica pero con toda la artillería sonora para disfrute del organista, deleite del público e «interruptus» para el que sucribe.
Lo mejor Bach y Guilmant, como era de esperar por mi parte, sin olvidar la improvisación sobre dos temas originales de Tomás Marco, presente en la Catedral para celebrar sus 70 años, o dos bises donde hubo hasta un blues que nos sacó a la fina lluvia pasadas las 22:35 horas.
El estreno absoluto de la Batalla del propio Rosa, sirvió, como comentó Samuel Rubio, para «domar el caballo salvaje». Puede que por ello el auténtico triunfador de la noche fuese el nuevo y largamente esperado nuevo órgano de León, un instrumento del siglo XXI que aguanta lo que le echen, aunque cabalga más ligero con la monta clásica. Con tiempo y descansado, más…
Mi más cordial y sincera enhorabuena a la JAM de Asturias por el esfuerzo y mucho trabajo demostrado en preparar este ciclo en la capital que además contó con un dúo de fama internacional para augurar e inaugurar un buen puñado de eventos para un repertorio que también tiene un público incondicional que llenó el patio y ventanas del primer piso.
Evidentemente tener entre nosotros a Raquel Andueza y Jesús Fdez. Baena por primera vez en Oviedo, resultaba un aperitivo que no podíamos perdernos, con un programa íntimo, en el amplio sentido de la palabra, que nos hizo sentirnos en Palacio como auténticos cortesanos privilegiados, música antigua siempre tan actual y cercana.
Ligeros cambios en el orden de los temas (tras la nana Son ruinato y Che si puó fare), pero sin perder un ápice esta unidad dual. Mi tocayo sevillano titula en una entrada de su blog«El dulce veneno de Raquel Andueza» comentando el disco que titula el programa disfrutado esta tarde, siempre antónimos que funcionan cual sinónimos, simbiosis vocal en cada joya del siglo diecisiete que embelesó, acalló y enamoró a todos los presentes. Despedida francesa con texto español y ganas de más, aunque el refrán dicte «Lo bueno si breve, dos veces bueno» del dúo Andueza-Fernández Baena, Pamplona-Estepa, Norte-Sur.
Martes 15 de octubre, 20:00 horas. Auditorio Teodoro Cuesta (Casa de Cultura) de Mieres: retransmisión en directo desde el Teatro Campoamor de La Traviata (Verdi). Un año después volvía a Mieres la ópera, eso sí, televisada, y nada menos que en el 200 Centenario de Verdi con una entrada como sólo esta obra inmortal es capaz de convocar.
Vuelvo a repetir las carencias de una emisión como las anteriores, que esta vez podrán compartir los cientos de personas que se dieron cita en La Escandalera de la capital, donde ni la iluminación está prevista para la televisión, la realización sigue dejando mucho que desear aunque haya mejorado, y el sonido logra el milagro de las voces tapando a la orquesta (!). Supongo que la falta de medios y algo más de conocimiento técnico no sean impedimento para continuar con esta experiencia que hace llegar la ópera a un público no habitual pero al que también debemos educar con calidad.
Las críticas profesionales tras la primera función coinciden con mi opinión técnica, aunque tras las consideraciones iniciales, quiero dejar unas pinceladas de cosecha propia.
Con un decorado casi minimalista a base de espejos – cristales, Susana Gómez es perfecta para la solución económica entre los grandes montajes inalcanzables por presupuesto y espacio escénico, y las versiones en concierto que no deben venderse como ópera en el sentido estricto. Sofá y mesa de despacho (diseño escenográfico de Antonio López), así como una pequeña mesa de juego como único Mobiliario, unido a un vestuario años 50 (de Gabriela Salaverri) completan la coproducción de la Ópera de Oviedo, Festival de Verano de El Escorial, Quincena Musical de San Sebastián, Auditorio Baluarte de Pamplona y Gran Teatro de Córdoba.
Ópera atemporal donde las haya, el reparto resultó equilibrado en su totalidad, lo que es de por sí digno de mención, aunque la protagonista total haya sido Aylin Pérez que fue capaz de cantar y captar toda la evolución de su personaje de Violeta aunque sin camelias y transformada en una pelirroja Gilda Valery, color vocal perfecto para un rol que le está dando muchas alegrías. El Alfredo de Aquiles Machado resultó convincente en sus conocidas arias, delicado en los dúos y con ligeras carencias que no empañan la globalidad, completada por el Giorgio Germont de Gabriele Viviani, otro tanto que «su hijo», bien actoralmente aunque con una pequeña desafinación en la conocida «Di Provenza», puede que fruto del micrófono tan cercano y la orquesta «hundida en el foso», un trío sobre el que se asienta sin cojear esta maravillosa ópera.
Destacar la buena dirección musical de Carlo Montanaro capaz de dar su toque ya desde la obertura, jugar con los tempi de una Oviedo Filarmonía que no pude degustar como seguramente sonó en el teatro, y sobre todo cómo concertó con las voces, respirando con ellas y eligiendo siempre el aire que reclamaban los protagonistas, que lo son siempre.
No quiero olvidarme del Coro que dirige Patxi Azpiri, auténtica delicia escénica y vocal (nuevamente ellas mejor que ellos) con una profesionalidad que el tiempo ha ido asentando.
Los siempre difíciles secundarios cumplieron en sus intervenciones, desde la Flora de la asturiana María José Suárez, seguridad y aplomo, la delicada Annina de Marta Ubieta, siguiendo con Jon Plazaola (Gastone), Carlos Daza (Douphol), el MarquésJosé Manuel Díaz y el Grenvil de David Sánchez, junto a los «comprimarios» Gonzalo Quirós y Bruno Prieto (del propio coro) en sus breves apariciones como Giuseppe y Commissionario.
El público mierense disfrutó sobre todo hasta el descanso tras hora y media de un tirón, quedando todavía el último acto donde Violeta es «abducida por la luz» tras enamorar al respetable esta Ailyn Pérezcomo auténtica diva de esta segunda función que sonó en medio Asturias como merecido homenaje a Pepe Verdi. Agradecer estas iniciativas aunque tengan todos los peros que queramos y algunos sigan recordando el año 1958 de La Callas con Kraus, siempre Don Alfredo, en Lisboa… Ay! ¡si hubiesen tenido los medios técnicos de hoy en día…!
En una tarde que trajo la lluvia otoñal y el fresco desapacible me acerqué a este nuevo concierto de órgano del FIOCLE, y nada que ver lo escuchado en el viejo órgano maragato de Amezúa (construído en 1857 y restaurado por Acitores en 1985) con lo programado en la web del festival, aunque se nos regaló el programa que en la capital se vende a 2€. La organista guipuzcoana volvía a Astorga tras su paso por Ponferrada en un festival que no se olvida de los intérpretes españoles, y Ana Belén García Pérez tiene una larga trayectoria donde las obras de nuestro tiempo siempre están presentes en sus conciertos, aunque los órganos no suelan responder a sus exigencias. Pensaba en poder escucharla en «el bicho de Kleis» porque el programa que trajo era para disfrutar en su totalidad, o al menos equiparable al esfuerzo y trabajo realizado.
Para «calentar» nada menos que el Preludio en do menor, BWV 546 (Bach), difícil como toda la obra para el instrumento rey escritas por el kantor de Leipzig, donde el virtuosismo en manos y pies va unido a la sabia elección de los registros adecuados, interpretación vigorosa y fiel a la partitura.
Las Diferencias sobre la gayta, un anónimo del siglo XVIII, exploran el timbre de la cornamusa o gaita, sea gallega, asturiana, bretona o escocesa, con una nota pedal o bordón sobre la que escuchamos los floreos del puntero, aquí teclado, exponiendo un tema popular para proseguir con la técnica de la diferencia, nueva demostración de virtuosismo en el órgano astorgano que resonó cual aerófono popular.
Del fraile franciscano Antonio Martín y Coll pudimos escuchar y saborear tres números de «Flores de Música», El villano, Marizápalos y Canarios, barroco en cronología pero aún deudor renacentista que además de recoger y variar temas españoles utiliza los efectos que el instrumento de Aquilino Amezúa tiene, en especial los «pajarillos», bien ayudada la guipuzcoana en los registros para su entrada a tiempo en esta auténtica recreación a los teclados.
Una de las muchas virtudes de la joven organista de Andoaín es trabajar obras contemporáneas, y la Ezpata dantza del libanés Hakim dedicada e inspirada precisamente en el pueblo vasco y sus danzas, resultó un soplo de aire fresco a pesar de las carencias del órgano, poderío en disonancias desde registros variados sin perder el ritmo danzante de melodías modales para un auténtico derroche sonoro que hizo «llorar» muchos tubos, temerosos de la tímbrica exigente.
El Veni Creator de Grigny no estuvo a la zaga en cuanto a despliegue de color para sus cinco movimientos perfectamente contrastados en todo: el primero (Plein Jeu en taille) con trompetería y pedalero gimiendo en el arranque, el tema fugado (Fugue à 5) en las dos voces, una por teclado, el intimismo del tercer número (Duo) buscando registros agudos y trémolo para una trompeta magna de batalla delicada en ornamentos (Récit de Cromorne – Amen), finalizando en un tutti (Dialogue sur les Grand Jeux) donde pies y manos retoman aires fugados con cambios de registros manteniendo siempre presente la línea melódica ante nuevos tutti siempre recios y sin excesos para un órgano castellano en colorido y fortaleza.
No hubo descanso del guerrero ni obras de relleno y el Allegro appasionato (de la Sonata V op. 80) de Guilmant resultó como el título, apasionada, exigente para un instrumento que se «empapizaba» con un aroma francés en armonías y registros variados donde el pedalero tiene su protagonismo rezumando romanticismo coral casi sinfónico en cuanto a sonoridades que otro órgano más «capaz» hubiese sacado chispas, finalizando con esa modulación en modo mayor antes del acorde final menor, guiños de compositor en una partitura dura en toda su extensión y perfectamente resuelta por el magisterio de Ana Belén.
Y llegaba el estreno esperado, la obra ganadora del XXXIIIConcurso de Composición para órgano «Cristóbal Halfter» que patrocina el Aula de Música Esteban de la Puente y la Sociedad Filarmónica Juan del Enzina, del Instituto de Estudios Bercianos (en Ponferrada se estrenaba el viernes 11 para España), Choral-Phantasie Breitet dem Herm den Weg para órgano solo (2009) del croata afincado en Madrid Bruno Vlahek. Además de las notas al programa, que transcribo un poco más adelante, y comentarios sobre la obra, estuve haciendo mis anotaciones (algo raro en mí pero que en los estrenos suelo hacer como referencia) de una compleja y trabajada obra sobre el coral «Preparad el camino al Señor» inspirado en la figura bíblica de San Juan Bautista y su profecía, que se suele entonar en Adviento: «La composición presenta esta antigua tradición con un lenguaje musical de nuestros días. Las distintas partes de la obra están compuestas libremente aunque todas se inspiran en el motivo temático original, algunas son variaciones corales estrictas y otras tienen libertad temática. La pieza está especialmente adecuada para ser interpretada por el gran instrumento que es el órgano. Combina técnicas diferentes, virtuosismo, variedad de colores y timbres, y formas de tocar el órgano. Para llegar a la última parte, el intérprete ha tenido que improvisar sobre el tema coral en el pedal del órgano que llevará a una coda muy festiva». A continuación dejo el vídeo subido por Marko Pletikosa de la premier en Zagreb el pasado 21 de septiembre (el mismo día de la inauguración del «bicho» leonés) por la propia Ana Belén García y a continuación mis impresiones a vuelapluma intentando «describir lo indescriptible» según lo iba escuchando:
Además de reiterarme en haber escuchado esta joya en un órgano más apropiado que el astorgano, la obra es impresionante desde el inicio, con un fraseo en trompetería del coral seguido por esas dos voces que van creciendo en disonancias con el apoyo del pedalero. Agudos saltarines contrastando con el grave de los pies (que además tuvo el complemento de los cuartos en las campanas catedralicias que aún enriquecieron la paleta tímbrica). Un tutti y silencios dramáticos que dan paso a un presto agitado de dinámicas bruscas, cascadas frente a ritmos acórdicos y una vorágine tímbrica que siempre vuelve al flautado inicial sólo (y esta vez con las campanadas de las 8 de la tarde) y el pedalero sobre el que emerge el coral diluyendo disonancias que crecen hasta retomar el grueso armónico con el pedal como sustrato orgánico para reconstruir en una segunda menor a modo de nota pedal distintas bocanadas en las tuberías. Nuevo silencio dramático para el siguiente juego de timbres rítmicamente trabajados en sentidos opuestos, pedalero «cantabile» y teclados tocando otra marcha paralela que crece hasta el abismo. Ligeras cesuras hasta la aparición de un bis cual danza oriental en ostinatos picados y da capo al flautado solo como remanso necesario. Nuevo bordón, silencio subyugante y carreras arpegiadas de tímbricas potentes y clusters. Una mínima toma de aliento preparando la siguiente melodía clara en los pies y manos revoloteando hasta nuevos bloques sonoros con notas tenidas, largas, para volver al coral en el pedalero, tutti claro resguardado en el teclado II virtuoso antes de los acordes sobre otra nota pedal que elevan dinámicas en trompetería con un rallentando en el pedalero y una figuración cada vez más larga antes de pedal, acorde, silencio y el concluyente último y poderoso acorde mayor.
Auténtico arco iris de timbres más allá de los registros elegidos que se quedaron algo pequeños para el poderío exigido, técnicas interpretativas que aprietan en la búsqueda del impacto sensorial sin perder el motivo coral hecho fantasía como los grandes compositores para el órgano. Un descubrimiento que Ana Belén García ya ha interiorizado (ahí está el vídeo), ha hecho suya esta partitura que llevará en sus muchos conciertos por España y Europa, esperando repetir con un órgano acorde a la obra y la intérprete.
El peregrinaje por el XXX FIOCLE me llevó este domingo 13 de octubre hasta la Catedral de Astorga para volver a disfrutar de la organista Ana Belén García, en un programa exigente como en ella es habitual, donde destacaba la obra de Bruno Vlahek que resultó ganadora del XXIII Concurso de Composición para órgano «Cristóbal Halfter» estrenada dos días antes en Ponferrada.
Si el concierto sacó chispas del envejecido órgano maragato, restaurado por Acitores S.L. aunque al límite de sus posibilidades ante el poderío de la donostiarra, la obra del croata afincado en Madrid supo a poco ¡ojalá vuelva a sonar en el «bicho de Kleis»! pero pasará a ocupar un puesto entre las obras imprescindibles de nuestro tiempo, como la de Hakim, perfectas en un repaso histórico donde lo mejor fue la interpretación de la muy trabajadora Ana Belén, capaz de seguir ejerciendo magisterio allá donde va. El programa escuchado fue el publicado en papel (que en Astorga nos regalaron) y nada que ver con el de la web del Festival.
Sábado 12 de octubre, 21:00 horas. Catedral de León, Alia Mvsica, Miguel Sánchez (director). Peregrinatio I. Devoción Mariana. Obras de los siglos XII al XIV. Entrada libre.
Dentro del VIII Ciclo Músicas históricas de León, coproducción del CNDM y enmarcado en el XXX FIOCLE, el sexteto de Miguel Sánchez llenó la «Pulchra Leonina» para mucho despistado que se apunta a todo espectáculo gratis, cueste lo que cueste, incluso esperando escuchar el «bicho» que hoy dormía plácido. Con leer el cartel de la reja exterior hubiesen evitado cola, empujones para coger silla y comentarios fuera de lugar.
La ruta europea caminó a capella con las dos féminas hacia el escenario en el crucero y el Gloria, laus et honor tibi sit, contestado por los seis caballeros y el Christus resurgens parando en el coro, primeros «organum» donde la acústica catedralicia ayuda a multiplicar pero resta inteligibilidad. Los hombres compaginan voces e instrumentos, laúd, pandero y viola de brazo o fídula (alternando con el órgano portativo que alguno pensaría fuese el de Klais), siempre complemento o refuerzo a las seis voces empastadas para los orígenes polifónicos a dos y tres voces, monodia acompañada, voces iguales y mixtas, delicada y completa hermana Bingen y su O Virga ac diadema, hasta el Vitry de Vos qui admiramini… Gaude gloriosa, parada y encrucijada de caminos en León, ida y vuelta entre Montserrat y Santiago.
La ruta española empezó y terminó en el XIII, Cedit frigus hiemale, Maria, virgo virginum hasta la cantiga Por dereito ten a Virgen del rey sabio, nuevas combinaciones íntimas que se perdían en la grandiosa «Pulchra leonina» antes de la tercera ruta directa a Santiago, fuera Roderici (Juan Rodríguez) por indisposición de la soprano «titular» pero con la Vox nostra resonet de Legalis, el anónimo del siglo XII Dum pater familias más el tradicional Romance de Don Gaiferos, mismas combinaciones vocales pensadas para paladear en familia aunque la evolución del Románico al Gótico, de la monodia a la polifonía, viviese en todo recinto. Recreaciones e interpretaciones pulcras y sentidas pero sin la emoción del latín difícil de entender cual pueblo llano y regalo «in secula seculorum» donde prefiero cambiar el amén por un imperativo amen… Con todo, sigo peregrinando!
Ya tenía ganas de retomar el pulso de nuestra orquesta tras el rodaje en foso más el extraordinario Réquiem de Verdien Covadonga, con el estreno de la temporada regular que llevaba por título «Rusia esencial» aunque bien podríamos rebautizarlo como «OSPA esencial» al unirse intenciones cual guía o catálogo de intenciones, a saber:
El titular Milanov, un solista invitado de calidad que además «es de casa», más un programa donde conviven obras de nuestro tiempo, los grandes e imprescindibles conciertos más el atemporal mundo sinfónico, habitual para redondear una larga, emotiva y dura jornada que conjuga situaciones personales dolorosas pero donde siempre aflora la belleza, el arte hecho música desde la profundidad interior.
Escuchaba por tercera vez Resonancias para orquesta (2012) de Marcos Fernández Barrero, obra ganadora del Concurso de Composición OSPA 2013, siempre necesario el poso para degustar, y no me defraudó tras leer mis anotaciones del estreno y las notas del programa, donde pudimos repetir y llegar ahora como el refrán «a la tercera va la vencida». Si la obra en su momento era merecedora del premio, hoy se me quedó pequeña al escucharla entre gigantes e incluso descontextualizada dentro del título programado por no ser «rusa» (aunque en mi primera audición me recordase a Shostakovich) pero sí «esencial» en cuanto al aroma o esencia figurando dentro de la «normalidad» que supone aparecer entre dos obras maestras. Supongo que el compositor catalán con orígenes asturianos, nuevamente en la sala, disfrutó más que nadie de esta (re)interpretación que la OSPA hizo grande, pues esta temporada 2013-14 podremos llamarla como de plena madurez para la formación, así como del asentamiento de Milanov en la titularidad, con ideas siempre claras desde su toma de posesión, manteniendo la colocación vienesa que nos dará muchas alegrías a lo largo del curso musical y con algunos fichajes que no pasarán desapercibidos. Podría decir que la obra de Fernández Barrero no desentonó en absoluto dentro de la globalidad dolorosa por emociones, texturas y climas otoñales como el asturiano que esas resonancias pudieron reflejar.
Mi admirado cellista Adolfo Gutiérrez Arenas volvía a «nuestro» Oviedo con otra cima interpretativa tras sus anteriores «ochomiles» y en compañía de auténticos amigos para esta nueva aventura sinfónica: el Concierto para violonchelo nº1 en mi bemol mayor, Op. 107(1959) de Dmitri Shostakovich. Si su Saint-Saëns con Dutoit no le pude equiparar al intimismo con Judith Jáuregui, una delicadeza inolvidable, al menos volvía en «la cordada» con esta orquesta que camina a su paso como con Elgar, auténtico Everest solístico lleno de hondura y sombras, el Shostakovich más duro y terrible donde no existe atisbo de luz en ninguno de sus movimientos pero que Adolfo G. Arenas hizo bello de inicio a fin, bien concertado por un Milanov atento y condolente para compartir sufrimiento hecho arte desde todas las secciones orquestales aunque la trompa del maestro Morató influyó y mucho en embellecer el dolor. La incuestionable levedad del ser del Allegretto, la profundidad del Moderato, la soledad de la Candeza que robó hasta el silencio de un público perezoso en respirar por no asifixiarse, y la cima del abismo del Allegro con moto que sacude hasta el último aliento. El bello dolor existencial sin autocomplacencia ni sadismos, no hay placer sin él, dos caras de la misma moneda que Shostakovich explora y explota en un cello humano e individual con la orquesta reflejo global y coral, dolor compartido que parece menor en sufrimiento y mayor en belleza. Indescriptible esa ascensión al abismo que aún subió muchos metros con ese lento como marcha fúnebre de la Suite nº 3, op. 87 para cello sólo de Britten, «ethos y pathos» desde la admiración y recuerdo del centenario del británico pero también a Rostropovich y Shostakovich, placeres dolorosos o viceversa desde la belleza magistral del arte musical en la vivencia compartida por Adolfo Gutiérrez Arenas, inconmensurable.
Tras coger aire al descanso por la angustia antes vivida, la Sinfonía nº 2 en mi menor, Op. 27 de Rachmaninov supuso un remanso de tensión interior pese a recoger emociones del compositor ruso ya musicalizadas en otras obras, angustias amorosas que siempre me parecieron en el segundo de piano donde la cuerda tiene el mismo toque lírico que en esta segunda sinfonía. Madurez orquestal y claridad expositiva de un Milanov que con su peculiar estilo va sonsacando colores para un lienzo total lleno de luz sin perder el tenebrismo que parecía flotar en este viernes otoñal asturiano inigualable por los perfiles claros, delineados sin brumas, emociones de belleza anhelada e inaprensible tras el lúcido y luminoso verano. Fortaleza orquestal en el Allegro molto puramente «rachmaninoviano» (¡vaya calificativo!), el Adagio que puede traducir a música la difícil descripción del título (belleza del dolor) con una formación perfectamente ensamblada y confiada, gustándose melódicamente una cuerda con nombre propio, para en el Allegro vivace remontar la cima con paso firme, ágil sin tropezones, y contemplar desde arriba ese paisaje único, ascenso seguro, controlado pero desfondados tras un esfuerzo que sólo tiene la recompensa de una belleza dolorosa. Interpretación y satisfacción, así sentí este arranque de temporada que solamente acaba de comenzar.
Otro concierto en «La Pulchra leonina» con largas colas hora y media antes del inicio, otra paralela de los habituales caraduras que se ríen del resto y se cuelan sin más, programas de mano inexistentes (tan sólo el completo a 2€ donde hay erratas y tampoco figura el cambio de solistas, aunque siempre está la web del FIOCLE), pero sobre todo un concierto donde obras e intérpretes dieron lo mejor de sí.
El coro de cámara de Pamplona es una agrupación que se presentó con 23 voces (13+10) más que suficientes, bien equilibrada, afinada, empastada y bajo la dirección del valenciano maestro Gálvez sonó perfecta salvo en momentos muy puntuales donde quedó tapado por el órgano, supongo que «más lejano» desde el escenario en el crucero.
El otro protagonista del concierto fue el organista titular de la Sagrada Familia barcelonesa, un Juan de la Rubia (1982) que sacó del «bicho de Klais» (hoy con la consola frente al escenario) sonoridades nuevas, auténtica orquesta para el coro aunque el público percibiese otro equilibrio, ambientes románticos, impresionistas o contemporáneos dependiendo de la obra, pero sobre todo las improvisaciones sobre Duruflé que fueron totalmente impactantes.
El dúo solista, solamente para la obra de Orbán, afinado y discreto, algo desigual aunque con buen entendimiento en sus intervenciones conjuntas pero aprobado globalmente.
Stabat Mater Speciosa (Pastor Arriazu) es un auténtico órgano como rezan las notas al programa: «un ser vivo, un organismo multi-estructural…» jugando con voces e instrumento todo en uno, obra de nuestros días de un conocedor coral en cuanto a escritura –dirigió a la propia coral pamplonesa-, que mantiene referencias francesas atemporales y un dominio, no ya vocal impresionante donde el texto siempre permanece claro, sino en un órgano que no sólo acompaña, comparte protagonismo en cuanto a expresión superior del hermoso canto litúrgico.
Los Cuatro motetes sobre temas gregorianos, Op. 10 (M. Duruflé) e improvisaciones al órgano fueron lo mejor de la tarde, inicio gregoriano por parte de cada solista en las cuatro cuerdas, maravilla coral desde el siempre universal latín y sobre todo las cuatro improvisaciones tras cada motete a cargo del organista valenciano, «complementando el color, el significado y la honda espiritualidad de los motetes» (como bien figura en las notas al programa) arrancando aplausos pese a romper la obligada unidad de ellos, Ubi caritas de Jueves Santo que reza «donde hay caridad y amor» tornado a calidad y amor coral más la improvisación en el nuevo órgano a partir de la melodía gregoriana que voló desde cada tubo reinterpretando texto y espíritu; Tota Pulchra realmente «Toda Hermosura», contrapunto diáfano e improvisación angelical, etérea, silencios remarcando claroscuros bellísimos desde registros agudos levemente tintados de toques graves cual campanadas; Tu es Petrus, cimiento puro y duro, coro redondo y potente para dar paso a un tutti organístico de armonías impresionistas sin olvidar la fortaleza, «sobre esta palabra edificaré la improvisación»; Tantum ergo de Sto. Tomás de Aquino, poesía verbal, vocal e instrumental, adoración musical al Santísimo que tanto Duruflé como el propio Juan de la Rubia consiguen exaltar sin concesiones, nuevo gozo estético con tímbricas en «el Klais» llenas de color desde la introspección. Realmente irrepetible.
El Stabat Mater en Re del húngaro Orbán es una sucesión de números a coro y solistas donde el órgano comparte emociones dentro de una partitura neoromántica que mima las voces igual que las líneas escultóricas del gran Miguel Ángel, probablemente más apoteósico de contar con una agrupación vocal mayor, aunque el esmero mostrado por una camerística siempre resulta más cercano. El coro arranca el Stabat Mater casi plegaria musical y «lamento de la madre dolorosa» subrayada por un órgano discreto, prosigue el Cuis animam gementes para las solistas femeninas a dúo profanamente litúrgico, nuevo coro Pro peccatis en estacatos compartidos con tuberías aflautadas, nuevo solo de la mezzo antes del Eia Mater fons Amoris coral y orgánico retomando las notas al programa, Fac ut ardeat donde Cecilia Lavilla estuvo bien en los agudos -pues el grave no pudimos escucharlo-, y hermosísimo Christe a dúo con la vizcaína Maite Maruri, coro y órgano brillando todos sin destellos, finalizando un bellísimo Amen coral y orgánico, «variedad casi infinita de colores y texturas que voz y órgano ofrecen y logrando esa comunión perfecta cuando ambos se funden» porque El Verbo se hizo Música y habitó entre nosotros, organum, «herramienta» al servicio de todos los presentes, intérpretes y público.
Músico, melómano y profesor de instituto en mi pueblo natal de Mieres (Asturias); vivo en "la aldea" desde diciembre de 1997. Viajero empedernido (aunque pobre), tengo grandes vínculos con Dinamarca donde viajo casi cada año... Casado con Asun Tejedor desde 1991 ¡y pa' seguir! Dicen que me parezco a Daniel Ravinovich (Les Luthiers) y a García Remón (ex-portero y entrenador); algo menos a Peter Sellers (El Guateque) pero con los años nunca se sabe...