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Viva las voces jóvenes «forever»

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVII Temporada Ópera de Oviedo: cuarta función (reparto joven) Madama Butterfly (Puccini). Entrada de principal: 50 €.

Emociona ver al público en pie rendido ante Carmen Solís, una «Butterfly» española debutante en el rol pero que supo cantar desde el sentimiento. Cuarta representación de las cinco programadas de este Puccini que en su momento no triunfó pero que el tiempo pone en su sitio, necesitando un reparto completo para lograr el espectáculo total. Y el segundo reparto, de viernes joven por el que la Ópera de Oviedo sigue apostando, logró un éxito para recordar encabezado desde la dirección de José María Moreno, la soprano extremeña coronada en este debut del coliseo carbayón, y completado con el «Pinkerton» de Eduardo Aladrén, el «Sharpless» de Javier Franco, el «Goro» de Jorge Rodríguez Norton. Repitieron Marina Rodríguez-Cusí como «Suzuki», José Manuel Díaz en su doble papel de «Yamadori» y comisario, y resto de reparto, crecidos y contagiados por el ímpetu y entrega de las «nuevas voces».

El directo siempre es único y permitió disfrutar de más detalles. La escena volvió a ser convincente por lo sencilla y el juego que da remarcado por una iluminación perfecta, blancos puros, azulados o grises, incluso rosados más el siempre necesario rojo pasión. Las bailarinas que no lo son pero con una coreografía cuidadísima pusieron el detalle plástico y visual, el efecto de las sombrillas cerradas convertidas en cuchillos para el «seppuku» colectivo, las velas como estrellas o los globos colgantes llevados como si realmente flotaran, complementando las intervenciones orquestales con acción siempre sobre la escena. Y el coro, con algunos solistas casi de «comprimarios«, volvió a enamorar en cada aparición, difíciles fuera de escena y completos en ella, perfectamente encajados con el foso gracias a una dirección impecable del mallorquín José María Moreno que no sólo mimó todas y cada una de las voces sino que logró intensidades de la Oviedo Filarmonía siempre en el momento preciso, tensión dramática o emoción íntima, volúmenes equilibrados e intervenciones solistas de mucha calidad, juventud en el podio mandando en una partitura compleja de la que extrajo todo el jugo.

El elemento catalizador, la protagonista absoluta y el auténtico revulsivo fue Carmen Solís, convincente en escena desde su primera intervención. Impregnada del espíritu pucciniano logró crecer a lo largo de los tres actos vocalmente, con el vibrato necesario utilizado expresivamente, gama de color uniforme, agudos limpios, medios plenos y graves suficientes incluso con la orquesta en fuerte. Nos tocó la fibra a todos con unos pianisimi emocionantes contrastados con la emoción y fuerza de los agudos, y especialmente con una musicalidad de las que llegan siempre a lo más hondo. No ya la famosa aria «Un bel di vedremo«, que puso la piel de gallina y le dará muchas alegrías a la extremeña, el dúo con Aladrén y sobre todo con Marina Rodríguez-Cusí hizo lucir a sus compañeros, empastando, sacrificando si era necesario en pos de la belleza lírica.

Sólo halagos para una soprano que demostró mucho trabajo para debutar como lo hizo en Oviedo, por lo que el camino iniciado como Cio Cio San deparará triunfos futuros a no tardar.

Eduardo Aladrén fue el Pinkerton perfecto para la Suzuki extremeña, un tenor de afinación segura, color idóneo, registros muy igualados y entrega en cada intervención. De nuevo es de agradecer el equilibrio entre canto y escena, el convencimiento del papel y su evolución en esta partitura compleja y exigente con todos, y el tenor maño captó y cautivó con su voz en cada momento, enamorado, soberbio, cobarde o desgraciado, toda la paleta sentimental desde su línea de canto.

De la mezzo valenciana además de lo escrito sobre ella en la tercera función, repetir el hermoso dúo con Carmen Solís y añadir el momento excelente en que se encuentra, cuerda no siempre reconocida pero que supone, como en el cine, esos papeles de reparto que engrandecen a los protagonistas. Lo mismo podríamos decir del coruñés Javier Franco como Sharpless que completó este repóker canoro porque no quiero olvidarme del joker o comodín Jorge Rodríguez-Norton como Goro, puede que algo corto en volúmenes en casos puntuales y tal vez sobreactuado en un rol agradecido vocalmente sin necesidad de tanto movimiento escénico, pero que al igual que Atxalandabaso en las otras representaciones, son importantes para completar un elenco equilibrado en todos los terrenos.

No cité en la anterior función el papel del hijo de Butterfly que hicieron dos niñas, María Suárez y Paloma Vidau, auténticas actrices y también merecedoras del aplauso del público, que realizan estudios musicales y estoy seguro son ya aficionadas a la ópera para el resto de sus vidas con una experiencia inolvidable.

Seguiré asistiendo a estas funciones donde además del público no habitual de los primeros repartos, que siempre es menos exigente pero también más sincero en la respuesta, también están los que repiten y comparan, así como las conferencias previas de Patxi Poncela siempre distintas y personales, esta vez con «goleada de Puccini a Theodor Adorno« desde el verbo melómano radiofónico de acento playero llegado a la capital.

Sin cargar tintas habrá que recordar que lo bueno no está necesariamente fuera de nuestras fronteras, y España sigue siendo cuna de grandes voces líricas. En Butterfly se canta «America forever» que tras esta experiencia tendremos que cambiar por «Jóvenes para siempre». Apostar por lo de casa no sólo resulta más barato sino que puede ser incluso mejor, acercando a Oviedo público nacional que marcha enamorado de la capital del Principado y su Temporada de Ópera, aunque el dinero del gobierno y la fama se la lleve el Liceu…

Butterfly de Oviedo a Mieres

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Miércoles 19 de noviembre, 20:00 horas. Casa de Cultura de Mieres, retransmisión en directo desde el Teatro Campoamor de Oviedo de la tercera función de «Madama Butterfly« (Puccini).

Volvía la ópera televisada a Mieres con una buena entrada, una toma de sonido ligeramente alta, engañosa por la cercanía de los micrófonos que recogían todo (ruidos de pisadas incluidos), realización buena aunque no estuviese pensada para aguantar primeros planos pero con una iluminación que ayudó y una satisfacción media por parte de los asistentes.

Un elenco muy equilibrado, aunque destacasen más los secundarios, una orquesta sonando como debe hacerlo con Puccini, y la dirección musical del ovetense Pablo González que volvió a mandar desde el conocimiento de una obra difícil para sacar lo mejor de la Oviedo Filarmonía en foso.

No entraré en detalles porque siempre comento que el directo no tiene nada que ver con la proyección por lo apuntado al inicio, si bien las sensaciones las reflejaré tras dejar el reparto a continuación, incluyendo fragmentos de la prensa regional preparando este tercer título de la temporada asturiana, algunas críticas así como fotos tomadas durante la proyección en mi pueblo, que esta vez parecía transcurrir por momentos directamente en el escenario mierense. Por supuesto volver a agradecer a Telecable, CajAstur–Liberbank y a la propia Ópera de Oviedo la iniciativa de transmitir de forma gratuita en pantalla gigante sus títulos, acercando un género que como siempre, sigue de moda aunque eche en falta más juventud.

Música de Giacomo Puccini (Lucca, 1858-Bruselas, 1924). Libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, inspirado en la obra teatral «Madame Butterfly» de David Belasco y en el relato homónimo de John Luther Long.
Tragedia giapponese en tres actos.
Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán, el 17 de febrero de 1904.
Producción del Theater Magdeburg.
PERSONAJES E INTÉRPRETES
Madama Butterfly: Amarilli Nizza
Suzuki: Marina Rodríguez-Cusí
Kate Pinkerton: Marina Pinchuk
F.B. Pinkerton: Viktor Antipenko
Sharpless: Manuel Lanza
Goro: Mikeldi Atxalandabaso
El Príncipe Yamadori/El Comisario Imperial: José Manuel Díaz
El Tío Bonzo: Víctor García-Sierra
Yakusidé: Manuel Valiente
El Oficial del Registro: Manuel Quintana
La Madre de Butterfly: Marina Acuña
La Tía: Ana Peinado
La Prima: María Fernández
Dirección musical: Pablo González
Dirección de escena: Olivia Fuchs
Diseño de escenografía y vestuario: Niki Turner
Diseño de iluminación: Alfonso Malanda
Coreografía: Tim Claydon
Director del coro: Patxi Aizpiri
Orquesta Oviedo Filarmonía.
Coro de la Ópera de Oviedo.

Vocalmente comenzaremos por  «La Nizza«, protagonista que fue creciendo musicalmente como el personaje, aunque algo sobreactuada y faltando más calidez en su línea de canto, por otra parte apropiada aunque poco creíble en el perfil de Cio Cio San. Lleva todo el peso de la ópera y estuvo bien arropada desde el foso, atento González a los devenires de «la diva«. En su haber experiencia más que demostrada y poderío, por momentos excesivo, en el registro agudo, segura en afinación pero con volúmenes no siempre acordes al momento dramático.

El Pinkerton del tenor ruso no me convenció del todo por un registro agudo algo tenso, transmitiendo más angustia que gusto, si bien el color vocal es bello. Faltó más lirismo y en el dúo con Butterfly quedó un escalón por debajo. En el teatro desconozco cómo corre su voz, actoralmente cumplió y tendré que escucharle en otros roles, pero Antipenko no me parece que tenga mucho más recorrido del apreciado este miércoles a pesar de la amplificación cercana.

Lanza fue el más completo y personalmente quien más me gustó, siendo un barítonoconvincente en todas sus intervenciones, entregado a su papel de Sharpless llegándonos a todos. A la par la excelente mezzo Marina Rodríguez-Cusí que dibujó una Suzuki plena, cantando con buen gusto y dominando todos los registros.

No quiero olvidarme del estupendo Goro de Atxalandabaso, seguro siempre, de trayectoria bien asentada, excelente actor y tenor ideal para dar equilibrio a repartos que sin cantantes como los antes citados, dejarían coja la función. En repartos amplios tenores como el vasco son necesarios e imprescindibles.

Bien el resto de voces que cumplieron en sus intervenciones más o menos breves, incluyendo al niño actor que bordó sus apariciones con una madurez increíble.

El coro que dirige Aizpiri volvió a estar a pleno rendimiento, un poco destemplado en el arranque del primer acto pero yendo a más, siendo conmovedora la intervención fuera de escena a boca cerrada, en un empaste con la orquesta de muchos quilates, siendo Pablo González artífice de ese equilibrio y sonoridad celestial.

Leía en algunas críticas que la puesta en escena resultó minimalista, cierto pero creíble, sin barbaridades y donde la luz ayudó a hacer creíbles los tres actos, con plataformas recordando nenúfares, escaleras con planos paralelos a la emotividad del momento y que sonaban percusivamente al caminar los cantantes sobre ellas por la cercanía de los micrófonos. Incluso la urna transparente y hasta la bandera estadounidense dieron mucho juego, así como un vestuario algo desigual (algunos de los kimonos, especialmente el primero de Cio Cio San era bellísimo, los trajes muy «clásicos» y el uniforme más del ejército del aire que la marina, aunque bien en percha) y el esperado para esta ópera. Los primeros planos descubrieron poco maquillaje en la Butterfly que con más «carga» hubiese dado mejor en la pantalla, pero como suelo decir para los montajes, «no crujió» ni desvió el espíritu japonés.

Volver a destacar el peso del director asturiano capaz de armar toda la función con sutiles intervenciones orquestales, tiempos marcados a menudo por los solistas, especialmente la soprano, y logrando una sonoridad pucciniana algo menguada para una formación que esta vez cumplió sobradamente, acompañando, subrayando y coprotagonizando una acción de todos conocida.

El viernes estaré en el teatro para repetir con el segundo reparto, pero ya lo contaremos al día siguiente. El directo siempre es irrepetible…

Descafeinado académico

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Martes 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stefan Stroissnig (piano), Württembergische Philharmonic Reutlingen, Ola Rudner (director). Obras de Schubert, Beethoven y Brahms.

Como si bebiese directamente de la fuente así esperaba a esta orquesta alemana con un programa de los que suponemos corren por sus venas, uniendo un director solvente y un pianista prometedor. Pero la consabida precisión germana y el sonido potente siempre enérgico al que estamos acostumbrados, se quedó algo descafeinado, formación algo descompensada en la cuerda grave, pese a la colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines segundos. Tampoco destacó ninguna sección en especiales, teniendo errores varios a lo largo del concierto, desajustes impensables y hasta cierta asincronía pese al esfuerzo de una dirección clara y muy académica por parte del maestro sueco que no siempre tuvo respuesta en la orquesta de la que es titular.

La Obertura «Fierrebras», D796 (Schubert) mostró maneras, parecía presagiar una tarde cálida programada en torno a Beethoven, el centro de importancia sobre el que pivotarían primero ese operístico Schubert y posteriormente Brahms, pero fue un espejismo. La interpretación resultó ceñida a la partitura sin poner ningún ingrediente extra, tal vez por esa frialdad más del clima que del carácter musical, mimbres había pero faltó entrega. Cuerda poco incisiva aunque empastada, trompas cálidas, maderas ajustadas, timbales mandando al fondo para un resultado solamente honesto.

El Concierto nº 4 en sol mayor, op. 58 (Beethoven) traía al joven vienés Stroissnig de solista, arrancando en solitario el Allegro moderato, marcando pulsación que debería continuar la orquesta, pero nuevamente hubo poco entendimiento y menos entrega para una partitura conocida que da mucho de sí. El pianista se mostró impecable pero poco preciso y nada entregado, sonoridad limpia, interpretación sincera y ceñida a lo escrito por el genio de Bonn aunque carente de la fuerza que debemos suponer. La cadencia pareció tener algo más de carnaza, siendo más cercana a las sonatas que a la línea temática de este primer movimiento, por otra parte finalizando en poca sincronía con la orquesta a pesar del esfuerzo del director sueco. El Andante con moto tampoco enderezó el rumbo ni puso más carne en el fuego, adoleciendo de la misma asepsia que contagiaría al Rondo vivace, un poco más ajustado entre solista y orquesta con otra cadencia muy lineal, sincera y honesta pero carente de emoción desde una técnica nada epatante ni un sonido poderoso frente a una orquesta algo «menguada» como apuntaba al inicio, aunque el pianista vienés mostró seguridad y claridad en su discurso. Lástima que los caminos de este concierto no concurriesen en uno, menos apolíneo que dionisíaco que apuntaba uno de mis compañeros de butaca.

Como si el vienés quisiera resarcirnos del mal sabor de boca o la falta de azúcar, nos hizo un auténtico regalo schubertiano para cargar la taza, el Impromptu D 899 nº 4 (op. 90) en la bemol mayor: Allegretto, donde pudo demostrar todo lo delineado en Beethoven: limpieza, sonido claro, fraseos con rubatos y musicalidad romántica.

De la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 de Brahms no me gustó casi nada, la elección de tiempos algo distintos de los habituales buscando un mayor contrate que tampoco logró unidad en una interpretación donde los músicos parecieron limitarse a tocar lo escrito, y no siempre bien, aceptando órdenes más por disciplina y profesionalidad que por convencimiento. Un poco sostenuto-Allegro fue en agógica demasiado opuesto y contrastado, el Andante sostenuto pareció centrarlo todo más en lo esperable del compositor hamburgués, pero un espejismo, Un poco allegretto e grazioso no transmitió angustias ni poderío en ninguna sección ni tema, desembocando en el Adagio-Allegro non troppo, ma con brio demasiado contenido y cuadriculado, sin concesiones a la galería y no apretando lo suficiente desde el podio, milimetrado, poco emocionante y exageradamente «académico», reconociendo la complejidad de aportar algo distinto a una obra con demasiada miga como esta primera que cerraría círculo beethoveniano.

De nada me sirvieron las dos propinas, algo más «cargadas» pero manteniendo poca cafeína, una formación diríase normal que debería hacernos valorar más lo que tenemos en casa. Alemania es muy grande por lo que tiene, como en España, mucha oferta pero no toda de la misma calidad. El repertorio conocido resulta todavía más exigente para intentar traspasar esa delgada línea hacia la excelencia, y esta vez esperaba un buen tueste para un café de calidad, pero hubo algo de achicoria y además mezclado para quedarse descafeinado total… pero muy académico.

El museo como sala de concierto

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Sábado 15 de noviembre, 20:00 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, Concierto de Cámara: Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Sergei Bezrodny (piano). Obras de Tartini, Tchaikovsky, Sarasate, Beethoven, Mozart y Brahms. Entrada: 10€.

Los museos también tienen vida musical, se promocionan además de ofrecer unos espacios realmente únicos y apuestan por conciertos cercanos, de cámara, con figuras en ciernes o ya consagradas. El gijonés Museo Evaristo Valle tiene como seña de identidad un salón que alberga un excelentemente restaurado y bien conservado piano Steinway donado a la Fundación, que siempre es un placer escucharlo en esa ubicación de acústica impecable, más en las manos de un virtuoso como Bezrodny, esta vez a dúo con el joven violinista Ignacio Rodríguez que nos ofrecieron un recital íntimo, emocionante, cargado de dificultades para obras que sonaron preciosistas desde un perfecto entendimiento entre ambos músicos, la veteranía y poso del ruso con la juventud e ímpetu del asturiano, una promesa que se va haciendo realidad.

Las obras elegidas no siguieron un orden cronológico aunque sí cercano y de estilos variados. De G. Tartini escuchamos su Sonata «Didona Abandonata» en sol menor en tres movimientos, bien diferenciados, piano en segundo plano cual clave barroco con tiempos cantábiles en diferentes velocidades, Tempo moderato cual presentación sonora, Allegro con fuoco para regocijo del violín al más puro estilo veneciano, y el Largo / Allegro comodo solamente en la indicación, puesto que la dualidad exige crear ambientes contrapuestos desde una técnica virtuosa que no debe ocultar la musicalidad, algo que Ignacio y Sergei entendieron desde el primer momento.

Melancolía y amor adolescente son sinónimos hechos música por Tchaikovsky en su Serenade Melancholique, op. 26 en si menor, repertorio básico para un dúo con dos visiones de la vida y una musical, orquesta reducida a pianista maduro que arropa al violinista enamorado, música desde las entrañas con arranques de pasión bien contenida, románticamente rusas en sonoridades primaverales con madurez interpretativa. Me maravilla comprobar el crecimiento global de mi querido Don Ignacio, capaz de conmover con esta partitura enorme.

Todo virtuoso debe incluir a Sarasate en su currículo,  para el piano (una maravilla ver las partituras del virtuoso ruso) y lógicamente para el violín, repertorio global de diabluras con técnica no siempre al servicio de la música, donde el piano acompaña los dificilísimos pasajes del solista. En el Capricho Vasco, op. 24 el dúo astur-ruso solventó con profesionalidad y musicalidad una página cantábrica más que vasca, a pesar del zortzico inicial, por cercanas melodías. Poso en el violín y solera al piano, cercanía en la amplia gama de grises con el brillo de la madera, impregnada por los albores de la figura moldeada con el cincel del trabajo diario. Nueva confirmación del momento dulce que atraviesa Ignacio Rodríguez, conocedor de la dificultad de una partitura que necesita el fuego artificial sin demasiada interiorización pero que con Sergei Bezrodni alcanza otro sentido.

El breve descanso sirvió para cargar pilas ante un triunvirato de genios exigentes para exprimirlos al máximo. Mi memoria musical está unida a la Sonata nº 1, op. 12 nº 1 en re mayor de Beethoven, por lo que fui acompañando mentalmente cada compás y movimiento, disfrutando con el permanente diálogo de los dos intérpretes, seriedad y cascadas sonoras en el Allegro con brio, permutaciones emotivas en cada variación del Andante con moto, y derroche de sentimientos en el Rondo: Allegro, conversación musical en estado puro, mismo idioma con distintos acentos, los del piano y violín en perfecto entendimiento. Siempre un placer disfrutar del genio de Bonn, más en la música de cámara con sus sonatas para violín y piano, abecé de estudiantes pero también parvulario de melómano que se precie. Comprobar la evolución del violinista asturiano es un orgullo personal, verle ganar en sonido amplio, profundo, redondo, de dinámicas abrumadoras con un arco poderoso y una seguridad pasmosa, con una musicalidad genética, es síntoma de madurez y mucho trabajo.

El segundo movimiento del Concierto nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) es un mundo anterior al del sordo pero fuente inagotable de musicalidad, con un piano «de orquesta» para un discurso violinístico plenamente salzburgués, ingenuo pero inconscientemente maduro, perfecto para este dúo con una cadenza bien tocada, con gusto y seguridad.

Rematar con el Scherzo en do menor para piano y violín de Brahms son palabras mayores tras todo lo escuchado anteriormente. El dúo debe ser y sonar uno, la inmensidad del hamburgués se respira en cada compás, energía y tormento mezclado con remansos perecederos donde la música sale a borbotones. Increíble interpretación de ambos músicos, entrega, pasión, energía, potencia, lirismo, incontinencia rítmica, contrastes dinámicos, auténtica montaña rusa de emociones para una obra grande y exigente en todos los aspectos, excelente colofón de un nuevo concierto en este museo tan musical como el gijonés.

Alina Brown, sobrina-nieta de Evaristo Valle, y coordinadora del museo, felicitando al dúo

Mi sincera felicitación a la Fundación gijonesa con su director Guillermo Basagoiti a la cabeza, que sigue apostando por la música en su bellísimo Museo, y enhorabuena enorme a Don Ignacio y sus padres Chonchi y Maque, pues tantos sacrificios tienen recompensas como la de este «concierto de museo». Su carrera ya en ciernes está bien encauzada, tener un pianista como el ruso supone garantía de éxito (merecido siempre), esperando verle en las siguientes etapas, reconfortante para quienes le seguimos y admiramos desde los inicios. No quiero plagiar a nadie pero la conocida frase «Me llena de orgullo y satisfación» en este caso la compartimos muchos.

Carácter de florete y seda

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 3: OSPA, Truls Mørk (violonchelo), Guillermo García Calvo (director). Obras de Holst, Saint-Saëns y Stravinsky.

Raro en mí no escribir en caliente nada más llegar a casa del concierto para no perderme nada de las emociones y sensaciones, pero esta vez necesitaba reposar sabores y esencias. Podría haber titulado esta entrada como «El titular que hemos perdido» porque el regreso de García Calvo al podio volvió a corroborar mi primera impresión de un director completo, con proyección y carácter, capaz de hacer sonar a la orquesta asturiana como otra muy distinta, pues el director español transmite seguridad, confianza y sobre todo mando, elegancia, trabajo e ideas muy claras y bidireccionales. También cabría encabezar esta crónica como «Cuando el carácter es música» porque en el tercero de abono hubo caracteres para dar y tomar con otro regreso de lujo, el del chelista noruego Truls Mørk en una hazaña, puede que irrepetible, de interpretar los dos conciertos de chelo de Saint-Saëns en la misma velada, para redondear velada con dos obras poco escuchadas, en vivo aún menos, exigentes, auténticas maravillas sinfónicas que hicieron aún más grande el protagonismo del director madrileño, eclipsando incluso al solista.

Beni Mora: suite oriental, op 29, nº 1 (Gustav Holst) arrancó quitándonos el aire al público en la Primera danza, con una gestualidad magistral de respuesta inmediata para las primeras notas sinfónicas, clima sonoro desde una cuerda que al fin sonó hiriente, potente, compacta, ligera y clara, espoleada por esa batuta cual florete equilibrada por la mano izquierda, esa tan difícil de encontrar en los directores, terciopelo o seda según las exigencias. La versión de García Calvo devolvió la grandeza de esta suite menos conocida que Los planetas, que también ha interpretado nuestra OSPA, desde un diseño claro en cada una de las tres danzas, con las secciones y solistas convencidos de lo que tocaban, escuchándose y gustándose en cada intervención. La Segunda danza mantuvo la entrega y buen entendimiento, percusiones apoyando sin martillear, viento preclaro sonando unitariamente y espoleado con la batuta en las intervenciones que salían a flote sin perder ni un detalle, escuchándolo todo desde el ambiente nebuloso de la partitura pero nunca borroso en el sonido, nuevamente con la cuerda asombrando por calidad y calidez. El Finale: En la calle de «Ouled Nails» remató ese carácter norteafricano, argelino, del Próximo Oriente en la mejor orquestación del compositor inglés bien resuelta por los intérpretes con esa luminosidad mediterránea y la precisión vienesa, germánica, al mando desde la cercanía asturiana de la tripulación. Extraña la poca calidez del público, apático y desentrenado para estas delicias puede que alejadas del carácter vetusto.

El bellísimo y conocido Concierto para violonchelo nº 1 en la menor, op. 33 de Saint-Saëns es una obra de cabecera para todos los grandes solistas, recordando Juan Manuel Viana en las notas al programa (links o hipervínculos en los títulos) cómo Pau Casals lo eligió para su debut londinense en marzo de 1905. Menguada la orquesta tras Holst y recolocados los contrabajos a la izquierda, Mørk se encargó de hacernos vibrar el alma desde la tercera cuerda, el carácter intimista de su Noruega en verano por la luz vertida en cada intervención desde esa introspección tan suya, arropado por una orquesta desconocida por colores y enamorados del estilo directorial de García Calvo. Concertar como él lo hizo demuestra el amor por su trabajo y el carácter global de la música, siempre protagonismo compartido, más en las obras solistas donde trata al músico cual cantante de ópera, ayudando, subrayando, ensalzando las intervenciones con la atención e intención que se merecen. Si el Tristán con la OSPA me descubrió esa faceta corroborada con los hermanos Del Valle, el Saint-Saëns con Mørk supone un hito para todos por el resultado alcanzado y el buen hacer que llegó hasta el último rincón de un auditorio algo más ocupado (y «sano») que en anteriores conciertos.

Necesario descanso para afrontar el segundo del francés por parte del noruego. El Concierto para violonchelo nº 2 en re menor, op. 119 parece otro mundo por los treinta años de separación con el primero, pero igualmente bello, más complejo y profundo, con el virtuosismo necesario para una obra de estas connotaciones en la madurez interpretativa y compositiva. Curioso que Truls Mørk necesitase partitura, extraño verle incómodo aunque su sonido siguiese siendo impoluto, carácter noruego invernal y parada inesperada en el pasahoja previo a la última cadenza, perdido en la blancura pero que la honda respiración sirvió para afrontar la recta final rápidamente en busca del calor que puso la orquesta y la seda de García Calvo, apartando el florete, sable para este segundo concierto y un nuevo éxito musical para este hito a tres partes: solista, director y orquesta.

Y otra rareza para acabar, el siempre innovador Stravinsky con Juego de cartas: ballet en tres repartos, un póquer sin danzarines pero donde a la voz de «¡Hagan juego!» se repartió carácter en cada mano, las dos del croupier García Calvo y unos músicos con cartas ganadoras, aunque siempre gana la banca, esta vez el público que sí entendió la apuesta arriesgada y aceptando el resultado de esta partida que corrobora nuevamente la ductilidad de la formación asturiana, la enorme calidad de todas sus secciones y su asombrosa transformación cuando hay un Director (con mayúscula) capaz de lograr la empatía desde el carácter. Realmente qué titular hemos perdido…

Sin sobresaltos en cuatrocientos años

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2: OSPA, Maarten van Weverwijk (corno da caccia), Miquel Ortega (director). Obras de Miquel Ortega, Johan Baptist Neruda y F. Mendelssohn.

Noviembre nos devuelve a nuestra orquesta tras el paréntesis operístico, retomado por la OvFi, y con un programa variado, poco escuchado, incluyendo un estreno del propio director invitado y la participación como solista del trompeta de la casa aunque con un instrumento para muchos desconocido. Primero tuvimos conferencia de la gerente Ana Mateo que compartió con «El camino hacia el concierto» la enorme trastienda y camino a recorrer, con un equipo poco reconocido e igualmente necesario antes de llegar al punto final, y que este segundo de abono nos traía al catalán Miquel Ortega en su triple vertiente de compositor, clavecinista y director, lo que redundó en una respuesta homogénea y entregada por parte de nuestra OSPA.

El bestiario que comenzó como ballet de encargo, como sucede en la mayoría de obras para danza, acaba conformando una suite que se estrenaba en Asturias (el jueves dentro del programa «Avanti» en Piedras Blancas) de la mano del propio compositor.

Del ballet de 2010, inspirado en el bestiario de García Lorca quedaban diez animales pequeños que el músico catalán acaba reduciendo a cuatro danzas y una persecución, con principio y final, de las que extrae esta suite con cinco números agradables de escuchar, cercanos al público por la utilización de un lenguaje lleno de «guiños» al tiempo que nos ha tocado vivir a la mayoría, desde el excelente Prokofiev del Romeo y Julieta hasta el tango porteño, la música popular de mi época donde en las casas escuchábamos el «pop» de los 40 y 50, el jazz, Glenn Miller y Cole Porter, Ginger y Fred hasta la pulga de cuplé y cabarets, todo «citado» con una música bailable y consumible incluso en esta versión sinfónica de cinco números. Como suelo hacer, dejo mis anotaciones ante esta primera escucha según iban apareciendo, corroborando tras la entrevista en OSPA TV al maestro, visualizada siempre después para impedir «interferencias», las impresiones de un compositor de mi generación, cercanía cronológica y vivencial.

El primer número de tempo medio, arranca con una melodía en el clarinete de ritmo ternario que pasará a fagot y dúo de trompetas en la cercanía de Nino Rota con Fellini, bien construida con planos equilibrados y una estructura clara. La cuerda siempre aterciopelada toma otra melodía más española, zarzuelístico por terreno bien conocido del maestro catalán cual homenaje a La canción del olvido, continuando con diálogos de maderas a dos, trompetas con sordina, intervenciones del glockenspiel o la flauta marcando a uno el compás ternario para finalizar este animal de forma seca.

Lúgubre arranca el segundo con el toque de gong, misterioso, melodía en el registro agudo del oboe, de nuevo la trompeta con sordina, toques de pandereta, flauta y los pizzicati de la cuerda donde el protagonismo en dinámicas medias, comedidas, va alternando hasta llegar a cambios de tempo para lograr una densa atmósfera en la cuerda con rellenos del tutti siempre en mezzo forte y estructura compositiva muy clásica, vueltas al inicio incluso en las sonoridades que huyen de tentaciones rompedoras y finalizan en un retardando parejo al descenso melódico de agudos a graves hasta los contrabajos antes del final seco y fortísimo.

El tercer movimiento de la suite es vivo, «rusamente prokofieviano» (con perdón) en orquestación, utilización en la percusión de silbato y caja militar, con disonancias delicadas dentro de la tensión y ligereza del motivo que crece globalmente, en tempo, volúmenes, texturas y el cuco, número exigente para toda la orquesta que solventaron limpiamente permitiendo disfrutar de todos los detalles.

Para el cuarto nos picó la pulga del cabaret al que hacía referencia más arriba, instrumentación muy de musical en Broadway, marimba y temple-block marcando ritmos para la melodía del clarinete como si Fred Astaire y Ginger Rogers bailasen otro «Cheek to cheek», mejilla con mejilla, cuerda de película, trompeta de jazz bien traída y melódicamente pegadiza con mucha calidad y elegancia para un final seco y fuerte, por otra parte previsible.

El cierre de la suite resultó un tango sinfónico tan argentino como Piazzolla, con solo de violín porteño (aunque ruso en estado puro), llevando el ritmo el resto de la cuerda compartiendo y dialogando acentos, dialogando con maderas y dúo «por dos cabezas» entre los solistas primero y segundo nacarados, de discurso cálido, meloso, con el güiro remarcando los pasos, la melodía engrandeciéndose en toda la cuerda y la madera para un «crescendus interruptus» que devuelve dúo a flauta y clarinete, Myra–Andreas antes de apropiárselo Vasiliev–Ordieres, arietes de arco traspasados a Ferriol–Romero en juego vertiginosamente acelerado para frenarse en una «paradinha» aumentativa rematada a puerta.

Un placer de suite agradecida de principio a fin en un bestiario diminuto en sustantivo y enormemente adjetivado.

Salto cronológico del siglo XXI al XVIII, cuatrocientos años que separan a Miquel Ortega Pujol de Johann Baptist Georg Neruda, abismo estilístico para el barroquísimo Concierto para corno da caccia y cuerdas en mi bemol mayor (1750) con nuestro solista Maarten van Weverwjik en un instrumento para cazar bestias mayores con el maestro catalán dirigiendo desde el clave a la cuerda de nuestra OSPA capaz de dar este giro con toda la naturalidad y adaptándose a una obra puede que menor aunque exigente para todos pues solista y cuerda caminan a la par en tres movimientos contrastados escritos según la receta de la época: Allegro-Largo-Vivace con las correspondientes cadencias para lucimiento del solista en un instrumento traicionero siempre, más en el movimiento lento, organizado cual aria operística donde no faltan saltos melódicos, ornamentaciones y todo tipo de recursos expresivos que tanto Maarten como la cuerda y el clave entendieron de principio a fin.

El Allegro presentó un sonido dulce y potente con agilidades claras y fraseos precisos, con la cuerda siempre en su sitio en cada momento y el apoyo necesario, cadencia primera breve y lograda en todo, segura además de matizada. El Largo resultó delicioso, de esencia italiana, corroborando la colocación del solista detrás y no delante para estar más arropado por la cuerda siempre reconfortante, movimiento difícil por las notas largas soltándose, como es de esperar, en la cadencia correspondiente. El Vivace siempre exigente, más «operístico» por respiraciones, ornamentos y la orquesta ajustada al solista y el apoyo del clave directorial que siempre mimó el canto, nuevamente desde la trayectoria de un Ortega que domina la música escénica como pocos. La última cadencia resultó virtuosa por saltos, registros extremos sin perder el carácter «cantabile» y dejándose gustar. Bien todos los ritardandi, preparatorios o conclusivos y todas las dinámicas nada exageradas en cada uno de los movimientos, destacando el perfecto entendimiento entre todos y una dirección siempre precisa, clara y respetuosa con un estilo musical agradecido siempre para intérpretes y público. Podemos seguir presumiendo de tener unos solistas capaces de ofrecernos obras como la de Neruda con una profesionalidad y musicalidad dignas de los mejores especialistas, sin movernos de la OSPA.

La segunda parte nos dejaba casi a medio camino en el tiempo de las dos obras anteriores, ahora ocupada por una primera escasamente programada, la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 11 (1824) de Mendelssohn, obra de juventud pero delicada a la vez que complicada de interpretar, apareciendo muchos de los signos que el hamburgués desarrollará en años posteriores y hacen de esta primera obra sinfónica todo un reto en su interpretación. Cuatro movimientos muy académicos que la orquesta del Principado solventó como si se tratase de la Escocesa o la siempre bella Italiana, casi podríamos rebautizarla como Asturiana por el sentido con que el maestro Ortega llevó cada uno de los mosaicos sonoros de esta primeriza composición, bocetos para las posteriores sin olvidar su «Sueño», sonoridades, armonías y formas del pasado actualizadas para convertir la orquesta en un laboratorio sonoro y por momentos camerístico: Allegro di molto, Andante, Minueto: Allegro molto y Allegro con fuoco, cuatro juegos para todas las secciones sin perder nunca uniformidad, belleza comedida, dinámicas de recogimiento sin arrebatos románticos, dirección de gestos precisos, tiempos ajustados, fraseos marcados y claros para otra obra «menor» e igualmente bella y bien ejecutada, sentida y consentida desde el podio y asentida por unos músicos a los que se les notó la empatía con el director. Velada agradable sin sobresaltos pese a las diferencias en el tiempo y estilos.

Salud para todo un espectáculo

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Jueves 6 de noviembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Teatro d’Amore, música de Monteverdi y sus contemporáneos. Deborah York (soprano), Vincenzo Capezzuto (alto), L’Arpeggiata, Christina Pluhar (directora).

Llegaba a Oviedo la gira de Christina Pluhar con el nuevo espectáculo de su formación, de esos que nunca dejan indiferentes pero con dudas sobre las reacciones del público tras la reprimenda de Sir John Gardiner (que supuso renovar los consejos en el programa).

La apuesta en la programación por conciertos distintos en formato con «sorpresas» parece que vuelve a resultar vencedora, con hora y tres cuartos sin descanso mostrando o recobrando una salud a prueba de bomba, mínimo atisbo de envoltorio pero sin llegar a mayores.

La caja escénica acortada dejó los ingredientes bien servidos: una formación más allá del barroco, músicos completos capaces de ceñirse a Monteverdi dándole un toque actual sin perdernos nada del espíritu original, alternar con músicas tradicionales que suenan frescas y entremeses ligeros ante las llamemos «obras mayores», sin olvidarnos de las danzas teatralizadas de Anna Dego (realmente un espectáculo en sí con tarantellas y pizzica), la cocina resultó natural, ecológica y digerible para descubrimiento de muchos que ni siquiera han probado o conocían la larga trayectoria de la excelente tiorbista austríaca y sus apuestas aparentemente rompedoras pero que llegan a todos los públicos, especialmente aquellos sin complejos ni corsés, recuperando la juventud, o contagiándola, en las salas de concierto.

Hasta el programa de mano resultó completísimo: textos en italiano y español que dan para recreo lector además de auditivo pese a no contar con los «originales«, la soprano Deborah York, algo corta en volumen pero comulgando de esa intimidad que desbordó todo el conjunto, y el impresionante Vincenzo Capezzuto, voz natural y divina, alto ideal en las canciones tradicionales de su Italia, hasta pareja de baile, sin olvidarnos de su «Amor» (Lamento della Ninfa del octavo libro de madrigales de Monteverdi) sentido y cantado como nunca, humano y divino desde la pureza. Hasta las notas al programa de María Sanhuesa son para guardar, conjugando talento y poesía, contagiada de un repertorio que sus palabras expresan a la perfección y con un final del que deseo extraer: «Los cortinajes del escenario de nuestros sentimientos caerán con el motete para voz, solista y continuo (…) De lo profano a lo sacro, amor, dolor, indiferencia, tarantulados, filósofos, asesinos… ¿vida y teatro no son lo mismo?».

Más que escribir de las obras, pues dejo el programa escaneado, esta vez quiero dedicarme a los instrumentistas que individualmente pudieron lucirse y también en conjunto, pese a una combinación tímbrica algo similar en cuanto a cuerdas punteadas pero sin estridencias, siempre rica en los formatos y presencias desde una dirección discreta aunque medida al detalle incluso en las improvisaciones.

Doron David Sherwin con el dificilísimo corneto sacó toda la rica paleta de un instrumento evocador de otros y con identidad propia, contracanto de violín, vocal, protagonista con pinceladas siempre de genialidad. Veronila Skuplik logró momentos virtuosos en improvisaciones, ciaccona y especialmene «La Vinciolina» de Mealli, Sonata para violín solo, op. 4 que fue acompañada muy tenue por la tiorba, intimismo y delicadeza llena de virtuosismos. El siempre triunfador (más en casa) David Mayoral capaz de hacer hablar un djembé o darbuka, manejar las castañuelas como si Lucero Tena se reencarnase y sobre todo dar ese colorido a cada obra, ritmo de jazz o tarantella italiana, subrayado de cada melodía con el instrumento preciso. Boris Schmidt al contrabajo siempre en «pizzicato» que convence desde la técnica y nos hace preguntarnos cómo no usarlo antes para Monteverdi, auténtico sustento sonoro y hasta melódico completando polifonía global. El grande, en todos los sentidos, Francesco Turrisi es un jazzman que no sólo le dio a las teclas del clave o el órgano positivo que en momentos puntuales, y como requerían algunos arreglos de Pluhar, parecía un Hammond®, sino que encumbró la melódica a protagonista (como en la Penguin Cafe Orchestra), «cantábile» intermedia entre la armónica popular y el teclado mayor, participando también con los parches en escenas bailadas.

Dejo para el bloque final a Margit Übellacker que sacó del salterio el brillo que necesitaba por momentos el clave o el órgano, completando paleta sonora, incluso con solos difíciles siempre en esa atmósfera de intimismo que la salud del respetable colaboró a mantener; Marcello Vitale con las guitarras barroca y «battente» alternó rítmicas y punteos, luciéndose como los flamencos en las canciones tradicionales cantadas y bailadas, como la clavecinista y organista Haru Kitamika de discreción intrínseca más por el resto «punteado» que por unas intervenciones siempre claras y bien ornamentadas aunque diluidas en esa nube de cuerdas.

Christina Pluhar mantuvo con la tiorba esa nebulosa de la que emergían puntualmente sus músicos, pero con dirección siempre atenta y trabajada con unos intérpretes que saben dónde están, girando de la pureza a la recreación desde el respeto y amor a la música de Monteverdi. Vida fluída, reencarnaciones y teatro musical servidos como Purcell pero con la salsa italiana que agradó a todos, con dos propinas de tarántula y el «Hallelujah» de Leonard Cohen, todo un bonus track en la voz de Capezzuto y breve dúo de York, que no desentonó entre el resto de compañeros de programa.

Dos bandas en una

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Domingo 2 de noviembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Banda de Música «Ciudad de Oviedo», Antonio Cánovas Moreno (saxofones), Francisco Vigil Sampedro (director). Homenaje al compositor Manuel Lillo. Obras de Julius Fučík, Satoshi Yagisawa y Manuel Lillo Torregrosa. Entrada libre.

De mis notas, que suelo tomar sobre la marcha en mi agenda de bolsillo cuando me enfrento a obras nuevas, quiero dejar las siguientes:

La obertura Marinarella, Op. 215 de J. Fučík (1872-1916) es una obra compuesta en 1907 y muy conocida y programada normalmente por las bandas de música europeas, alegre, con intervenciones de toda la agrupación muy al gusto patriótico que retomarán los norteamericanos, juegos en 3/4 a uno sin pausas antes de la parte melódica y «da capo» al tema fuerte antes de un puente lento en los instrumentos graves con intervenciones solistas de clarinete cuidadoso en diálogo con oboe y flauta «muy Grieg», tubas ambientando antes de la entrada de la sección de «cañas» y resto de maderas con metales en la base. Aunque podamos escucharlo en YouTube® no me resisto a seguir comentando lo escrito sobre la escucha, el otro tema tras el puente en unísonos antes de la aparición de un tema folklórico de reminiscencias zíngaras en un acelerando triunfal con todos los fuegos de artificio al uso y con oficio sonoro, bien equilibradas todas las secciones antes de la vuelta al 3/4 en flautas, clarinetes, todo muy lírico junto a la trompeta solista que desemboca en un «tutti» manteniendo el compás y un acelerando hacia el final de lo más efectista en una obra en torno a los diez minutos.

Capítulo aparte merece el estreno en España de «Mystic Quest», Concierto para saxofón del japonés Satoshi Yagisawa (Tokyo, 1975) en tres movimientos con Antonio Cánovas de solista con los saxos alto y soprano. Arranca esta obra con una introducción que me recordó al mejor Bernstein para una banda casi cual orquesta ligera, con un «tutti» donde no falta la percusión antes de la primera entrada del saxo alto en una instrumentación impresionante y con dinámicas muy logradas, empaste, juegos de planos sonoros, tiempos sin respiro para texturas bellas en el saxo solista sobrevolando y bajando a la masa sonora para volver a remontar en un planeo majestuoso. Buen tratamiento de cada sección de la banda, compositor conocedor de la tímbrica a la perfección y los ingredientes de un concierto llevados a rajatabla.

El segundo movimiento, lento, será protagonista el saxo soprano, sumándose el arpa, con maderas detallistas y pequeños toques en tubas y sección de saxos creando el clima previo a la entrada del solista en una melodía extrema de registros sin perder nunca el color que realza la entrada de toda la banda y un breve puente a solo antes de ser arropado por toda la agrupación. El agudo del saxo soprano del Maestro Cánovas siempre contrastado con los graves de la banda, pasajes rápidos y virtuosos dibujando espacios siempre llenos por el tutti, dando paso a la obligada cadencia que explora toda la tesitura del saxo soprano, fraseo vocálico cual aria operística, misticismo del título sin perder armonizaciones clásicas y cercanas al oído, climas hasta el clímax, emociones de aire por el aire y desde el aire con el toque mágico del arpa.

El último movimiento retoma el solista saxo alto para un tempo movido, épico, casi cinematográfico, juguetón en el solo y las contestaciones de la banda, ascensos y descensos bien construidos desde una sonoridad clara bien arropada por una instrumentación muy trabajada y cuidada desde una escritura realmente de calidad. Vuelta al soprano como protagonista para completar registros agudos inalcanzables, melódicos cual saxo inabarcable, inmenso en la vuelta al alto, dos instrumentos en uno rematando melodías con mordentes, ataques secos, silencios justos y tejiendo un masa redonda donde cada sección de la banda aporta su color. El «tutti» con el solista tocando a unísono la melodía bien vestida antes del acelerando final dará paso a su última cadenza de vértigo, saltos y registros en las fronteras, silencios luminosos ante lo que sigue, siempre cantabile desde el virtuosismo y color de un saxo tenor rotundo, como otra aria final «a capella» rota por el arpa y los bronces en grave preparando un final «de película», policoralidad y épica por ese toque militar de marcha, vuelo de un águila muy americana hecha saxofón desde el magisterio y sonido único de Antonio Cánovas. Unos veinte minutos para una obra donde la banda ovetense que dirige el Maestro Vigil, sonó con acento asturamericano, de tímbrica propia y sin folclorismos sonoros.

Sin descanso llegó el homenaje al maestro alicantino Manuel Lillo Torregrosa (San Vicente del Raspeig, 1940), desde 1959 a 2010 requinto (clarinete en mi bemol) solista de la Banda Sinfónica Municipal de Madrid, compositor que sobrepasa las 600 obras -más de 100 sinfónicas- que devolvieron el color típico de las bandas de música valencianas sobremanera, terreno donde siempre se ha movido como pez en el agua, y partituras que no esconden un casticismo algo rancio pero cercano al público, que casi llenaba la sala principal del auditorio en el día de difuntos.

Estreno en Asturias del Fandango de un torero (estreno absoluto 16 de junio de 2013, Castellón), apenas cinco minutos de duración que presenta una introducción muy al uso del compositor en sonoridades: trompetas, percusión y clarinetes con un ritmo muy claro y evocador. Cada sección va tomando su protagonismo en una escritura algo trillada, incluso en el cambio a ritmo de marcha muy de su tierra en cuanto al recuerdo de «Moros y Cristianos», ciertamente agradable pero poco renovadora musicalmente hablando. Hasta el uso de las castañuelas dan ese toque «casposo» por la referencia tan directa, sin estar claros nunca los planos sonoros, excesivos siempre, y donde la melodía luce más por frecuencia (tesitura) que por escritura.

Más ambiciosa es «Mares lunares», Suite sinfónica (estreno 18/02/1996) de unos veinte minutos de duración, la primera vez que se escuchaba en Asturias, obra organizada en cuatro números más líricos en sus títulos que en la partitura, y es que dentro de cierta unidad evocadora desde las diferencias, el lenguaje instrumental resulta deudor de muchas influencias, amén de su afición por la astronomía. Mar de vapores tiene un inicio descriptivo, tormentoso, en fortísimos y reguladores dinámicos varios, con trompas y arpas muy marineras antes del excelente solo de corno inglés con las tubas de fondo antes de tornarse en ritmo ternario de salón muy movido con intervención de un xilófono bien utilizado y un tempo de vals casi ruso con recuerdos a Shostakovich en concepción, instrumentación e incluso armonías. Delicados los instrumentos graves, brillante el xilófono, clara la madera de los clarinetes y cambios rítmicos internos sin perder de vista el ternario.

Mar de las crisis con las trompas nuevamente en el inicio nos llevaron al mar «debussyano», con caja marcial y melodías orientales, escritura modal en vez de tonal con intervenciones siempre acertadas de clarinete bajo y fagot, crescendi instrumentales casi ravelianos por la siempre presente influencia francesa en esos mares impresionistas más que de crisis desembocando en un pasaje «pianisimo» y melódico bien logrado antes de retomar una melodía más de los mares de China, pequineses desde la trompeta con sordina y los saxofones retomando protagonismos compartidos entre nuevos reguladores y cierta marcha al cadalso «berlioziano» con final fuerte y seco.

El Mar de Néctar trajo oleaje en los saxofones y clarinetes con recuerdos de Mendelssohn, mares del norte antes de las flautas ternarias y el binario yunque con clarinetes para volver al dulce tres por cuatro que quiere y no puede en su pugna con el binario vencido en oleaje por un «tutti» que se apodera dulce aunque machacón, de color «labanda» en clarinetes algo agresivos por su tímbrica aguda para poner más sal que azúcar antes de volver a la calma chicha más matizada y «senza tempo» desembocando en un final brusco como de la ola traidora que siempre nos moja aunque sea mar lunar.

El Mar de las lluvias mantuvo el oleaje con un virtuoso xilófono, clarinetes en ostinatos, saxofones llenando pausas y un cierto ritmo de foxtrot con melodía en los bajos contrapuesta a los clarinetes en el más puro estilo de música de banda tan distinto al del japonés. Es difícil apostar por algo nuevo y parece usar clichés aprehendidos y reelaborarlos, agradecidos para el gran público, todo muy espectacular buscando el efecto deseado pero que personalmente no me aportó nada nuevo excepto el oficio de un compositor conocedor de la materia prima al que se le rendía homenaje en vida, estando presente en la sala y pudiendo disfrutar con su música, que es lo mejor que podemos brindarle. El final de esta suite resultó cual preludio zarzuelístico tras mostrar todos «los palos» en sus cuatro mares de luna.

Tras las gracias del maestro Vigil al homenajeado compositor alicantino, la propina del pasodoble Quiosco del Retiro (18/09/1994) de lo más académico y «ad hoc» para banda de música en todo, oficio más que calidades, algunas armonías buscando romper sin llegar a alcanzar vanguardias, manteniendo el casticismo en el buen sentido de la palabra, melodías pegadizas, dúo de trompetas o «tuttis» muy previsibles en todo el desarrollo. La banda ovetense mostró calidad aunque exagerando en momentos donde no se lo pedía el maestro, dejándose arrastrar por una partitura casi popular.

El propio Manuel Lillo subió al podio para dirigir nuevamente su pasodoble, esta vez distinta, directa del compositor, más pausada y matizada con todo el respeto de la banda ovetense hacia el maestro, sonando con más sabor y dulzura finalizando con el respetable dando palmas a petición del propio compositor a ritmo marcial que fue lo que faltó, desfilar para rematar un sentido homenaje.

Aurum, mujeres al poder

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Miércoles 29 de octubre, 20:30 horas. Auditorio del CONSMUPA, Oviedo: Coro Femenino «Aurum», Elena Rosso Valiña (directora). Obras de César Alejandro Carrillo, Jacobus Gallus, R. Schumann, Eva Ugalde, Jackson Berkey, Javier Fajardo, Idoia Azurmendi, Javier Busto, Tobin Stokes, Josu Elberdin y Julio Domínguez.

El León de Oro más que un proyecto musical es una filosofía coral, una familia numerosa bien avenida y planificada, donde «Aurum» ha alcanzado su mayoría de edad sin abandonar nunca el hogar. En dos años han crecido en todos los sentidos y los premios solamente avalan el duro trabajo bien hecho con Elena Rosso al frente.

Como embajadoras corales acudirán el próximo fin de semana a Tolosa para competir en la 46 edición de su reconocido concurso, con las mejores formaciones mundiales, así que hemos podido comprobar en el auditorio del conservatorio carbayón con un público entendido, que escuchó con riguroso silencio, respeto y admiración, el programa que defenderán en la capital coral guipuzcoana y cantarán en una minigira por tierras vascas antes de llegar al destino final.

Dos partes como es costumbre, polifonía y folklore, difíciles ambas, memorizadas por todas y dando una lección de excelencia en todo: colorido vocal y visual, coreografías, afinación, empaste, dinámicas impresionantes y sobre todo mucha disciplina. Aún retocarán y asegurarán cada una de las partituras que llevan preparadas al detalle. Destacar la (s)elección de obras básicamente actuales, frescas, cercanas al LDO casi todas y perfectamente organizadas para un certamen competitivo donde el nivel global es altísimo aunque la experiencia de las féminas sea grande y garantía de éxito.

Del programa íntegro que dejo aquí, destacar a Schumann, pero especialmente el hermosísimo Miserere de Eva Ugalde que hacen aún mayor emocionalmente, transmitiendo la riqueza de una partitura casi a medida de «las chicas de oro». También el Ascendit Deus de Jackson Berkey por el alarde polifónico de una obra que conjuga el saber del «Ars Antiqva y Ars Nova» ya trabajado por Los Peques de El León de Oro también para Tolosa, pero que Aurum recrean y engrandecen desde su excelencia vocal. Dejo para el final de la primera parte Fervor na brétema de Javier Fajardo (presente en la sala) por tratarse de una obra ejemplar de principio a fin, participación puntual de dos xilófonos (esta vez metalófonos) y tambor de tormenta, reubicaciones de las voces en el escenario, siempre con una sonoridad rotunda, y la belleza de una partitura que estas voces blancas sienten propia, para ellas compuesta y algo indescriptible que transmiten desde el escenario.

Un breve descanso para afrontar la parte de folklore, calzadas con madreñas que no sólo les dan altura sino el recurso de percusiones más allá de lo asturiano, como en el Zutaz del doctor Busto, la maravilla visual y vocal de Ikimilikiliklik (T. Stokes), conjuro de brujas, aquelarre con rememoranzas maoríes, trabalenguas, magia coral en estado puramente femenino, y D’Alborada de Julio Domínguez, más que una recreación de temas asturianos, inspiración donde la percusión de las madreñas vuelve a integrarse en el canto. Excelentes las Aurum con Elena Rosso que vuelve a marcar diferencias en la dirección por su magisterio, gesto claro y preciso, pero sobre todo una trabajadora nata que ve recompensado su esfuerzo.

Gracias a todas y Tolosa disfrutará con ellas, el mejor premio que se puede tener.

Viena con sonido asturiano

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©Foto asturias24.es  ® Gabriel Ureña

El pasado lunes 27 de octubre de 2014 era noticia el violonchelista asturiano Gabriel Ureña por interpretar en Viena la Suite nº 1 de Bach ante la Reina de España, con motivo de la inauguración de una exposición sobre Velázquez en el Museo de la Historia del Arte de la capital austríaca, siendo el primer viaje oficial en solitario de su majestad Doña Letizia, asturiana como Don Gabriel, lo que tuvo más repercusión en la prensa regional, no siempre acertada en algo que algunos han llamado, no exento de crítica «madreñismo» por el afán de buscar orígenes astures a todo aquel personaje conocido, independientemente de sus logros o desmanes. Al menos esta vez sí había algo directamente astur en la capital más musical de Europa.

 

® Gabriel Ureña: Concierto 4 de Mayo en el Palacio Strozzi (Florencia)

El chelista avilesino ha pedido una excedencia en la Oviedo Filarmonía (de la que es solista desde el año 2009, siendo el más joven de las orquestas españolas), para poder cursar un máster de alta especialización en la capital de la música con Natalia Gutman, y también con ella un postgrado en Fiésole (Florencia) para una carrera que nunca tiene fin.

Bebiendo directamente de la alumna de Rostropovich, Gabriel Ureña lleva años con su instrumento a cuestas de aquí para allá, trabajando duramente y viajando para completar una formación que vuelve a demostrar la calidad de nuestros intérpretes asturianos, semillas que han florecido desde la llegada hace más de veinte años de los Virtuosos de Moscú a esta tierra, estéril hasta entonces para los músicos de cuerda pero que supuso un punto de inflexión y solaz de melómanos, agrupaciones instrumentales y salas de concierto, siempre desde el esfuerzo personal de gente joven y de sus familias, sacrificadas en todos los sentidos ante una miopía de los gestores que siguen sin ver en la educación una inversión más que un gasto, y en la música un bien cultural del que cualquier país civilizado presume, incluso en tiempos de crisis.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

Gabriel Ureña comenzó sus estudios en el Conservatorio «Julián Orbón» de su Avilés natal con Alexander Osokin antes de pasar a Oviedo con Maite Andérez, aunque su calidad e inquietud le llevó a seguir perfeccionándose y aprendiendo. Siempre un placer escucharle en solitario, a dúo, como solista e incluso dentro de la orquesta carbayona cuyas intervenciones, tanto en conciertos como en la ópera, son destacables.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

En Viena Gabriel forma parte, entre otros del Quatuor du Solei (sustituyendo a Steffan Morris) y con el Ensemble Barroco Contemporáneo de Austria interpretó en otro acto, nada menos que en el famoso Palacio Imperial, un cuarteto de Boccherini.

Como él mismo contaba en la entrevista publicada por el diario LNE, «esta carrera conlleva sacrificio, mucho viaje, pero el esfuerzo se ve recompensado cuando compruebas que el público disfruta con lo que haces«, y quienes le seguimos desde sus inicios podemos corroborarlo. De sus andanzas tengo noticias suyas por las redes sociales, donde encuentra hueco para compartir vivencias con su legión de seguidores, unido a un carácter que le abre todas las puertas. Además de hablar inglés, italiano o el alemán que ya maneja con soltura, el único lenguaje universal sigue siendo la música, y Gabriel es políglota, además de responsable y consecuente, un ejemplo para una juventud que estamos exportando, esperando no se queden en otras tierras porque sería perder una inversión de todos.

La actividad vienesa es frenética, arte en cada esquina, música por todas partes acudiendo a conciertos en sedes históricas o actuando en esos mismos escenarios. La carrera de Gabriel Ureña está bien enfocada y tiene compromisos para todo el curso, recalando en la Sociedad Filarmónica de Oviedo allá para el 12 de mayo de 2015 sin perder ni un minuto. Al menos podemos presumir de un músico asturiano «coronado» en Viena con calidad reconocida y embajador de nuestra tierra, orgullo para todos y envidia (sana) de muchos colegas. Seguiré mandándole «MUCHO CUCHO©».

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