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Quintetos históricos: alma, corazón y vida

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Miércoles 9 de febrero, 20:00 horasTeatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1645 de la Filarmónica de Gijón. Ensemble 4.70. Obras de Mozart y Brahms.

La Filarmónica de Gijón, muy activa en las redes sociales, escribe cómo los dos quintetos de este miércoles forman parte de su propia historia: «Podría decirse que «se estrenó con el quinteto de Mozart, que fue interpretado en las sesiones inaugurales de la Filarmonica el 7 de mayo de 1908 (concierto n.°2) con el Quinteto de París; el de Brahms fue interpretado el 23 de diciembre de 1922 (concierto n.°150) junto al de Mozart con el Cuarteto Español y el gran clarinetista Miguel Yuste -quien había estrenado en España el quinteto de Brahms en 1893-». También tiene la buena costumbre, amén de comunicar a sus socios el programa de mano y avisar con antelación de cada concierto, de crear una lista en Spotify© (reciente patrocinador del Barça) con las obras a escuchar, lo que supone la mejor preparación para el público: llevarse la lección aprendida para disfrutar del siempre incomparable e irrepetible directo, sin perder de vista la necesaria pedagogía musical.

Por tanto es de justicia destacar el trabajo del nuevo equipo de la Filarmónica de Gijón, con el doctor Antonio Hedreda al frente, y agradecer que vuelvan a sonar estos dos quintetos con una formación de casa y en casa, el Ensemble 4.70, conjunto de intérpretes vinculado a Kras Klásika, proyecto divulgativo promovido por Enrique Valcarce y David Roldán (hoy de intérprete aunque no pudo evitar unas palabras en el intermedio) que incluye un programa de radio (en el 105
FM Gijón) y la organización de conciertos comentados en todo tipo de espacios bajo el lema “Rebélate, escucha música clásica”.

Formado para esta ocasión por ANTONIO SERRANO, clarinete, ELENA ALBERICIO, violín, CARLOS TAGARRO, violín, DAVID ROLDÁN, viola, y SARA CHORDÁ, violonchelo, estos músicos sobradamente conocidos de todo melómano asturiano, nos dejaron estos dos quintetos con clarinete históricos volviendo a demostrar la vigencia de la llamada «Música de cámara» en esta Asturias que sigue siendo una isla cultural desde tiempos inmemoriales, con la visión de futuro y la calidad que todos ellos atesoran. Buena entrada con público de todas las edades, parte de las adultescentes pateando la locución en asturiano (la globalidad llega también a orillas del Piles) y estudiantes respetuosos de principio a fin (alguno preguntaba al salir por la causa del zapateado).

Los dos quintetos requieren como el bolero «Alma, corazón y vida» en la misma proporción para una interpretación más allá de la asepsia que sobrevoló todo el concierto. Alma la puso Serrano por el importante papel del clarinete en las obras, lo que le perdona un «leve despiste mozartiano» rápidamente «reenganchado» o su continua preocupación por mantener su instrumento en las condiciones idóneas; corazón el cuarteto de cuerda aunque les exigiría una afinación más precisa e ir más allá de lo escrito, como se dice coloquialmente echar toda la carne en el asador precisamente para echar más leña al fuego, ya que no se hubiera quemado reconociendo que «El cuarteto», además de una genial película, exige años de convivencia para mantener un mismo corazón latiendo, algo que en un ensemble puntual se hace imposible por mucha profesionalidad y años de experiencia que tengan sus componentes.

Al menos la vida está en las dos obras elegidas para esta parte de la historia local, un homenaje con pasión hacia un instrumento como el clarinete por el que tanto Mozart pensando en Anton Stadler (1752-1812), como Brahms en Richard Mühlfeld (1856-1907), escribieron estas joyas, bien explicadas en las notas al programa de Mar Fernández, otro «fichaje» de la directiva gijonesa.

El Quinteto para clarinete en La mayor K. 581 de Mozart, contiene melodías que han servido tanto para programas radiofónicos, anuncios y bandas sonoras, especialmente su Larghetto que emparenta con el concierto más cinematográfico del genio de Salzburgo, movimiento donde Serrano Argüelles dejó alma y vida mientras el cuarteto arropó con corazón, «despertando» en el Allegro con variazioni, con más presencia de Albericio. Destacable en todos ellos las dinámicas, especialmente los pianissimi tan difíciles y necesarios para enriquecer y revivir las notas escritas.

Del Quinteto para clarinete y cuarteto de cuerda en Si menor op. 115 de Brahms, comentar nuevamente la implicación de Antonio Serrano, «cantando» y enamorando como a los compositores de este miércolerd, y las partes «solistas» de viola o chelo que, sin entregarse del todo, al menos subieron un poco de temperatura a un corazón con pocas pulsaciones, deteniéndose en ese último compás del Con moto que pareció quitarnos la vida tras dos quintetos con más corazón que alma con la melodía principal que resuena al principio y final, ciclo vital, aunque sigua recordándome parte del estribillo de El ruiseñor de Luis Mariano, quién sabe la razón pero estaba yo muy sesentero.

Gratitud por el esfuerzo que siempre supone el trabajo previo de las obras y subirlas a escena para compartir con un público variado y venido de distintos puntos del Principado como bien comentó David Roldán aunque se olvidase de Mieres donde además no todos somos sportinguistas. Pero «La minera» además de una hamburguesa especial de McCharly, es la autopista que nos comunica con la capital de la Costa Verde por la que transito a menudo como un caminante musical, siempre sonando Radio Clásica que en el viaje de ida me ambientó Noelia Rodiles desde la Fundación March, y la vuelta Capriccio, el Winterreise tan cercano en el tiempo, y llegando a casa precisamente sonaba «Música con alma» (aunque ya tenía elegido el título de esta entrada).

El invierno de la vida

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Jueves 3 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Matthias Goerne (barítono), Markus Hinterhäuser (piano). Winterreise (Viaje de invierno), D. 911 (Franz Schubert).

Inscribir este concierto o recital dentro de las Jornadas de Piano tiene todo el sentido, aunque estemos ante uno de los grandes ciclos de lieder, pues la voz no puede ser protagonista sin el hermanamiento con el piano en los 24 poemas de Wilhem Muller a los que la música del «Príncipe del Lied» eleva a la máxima categoría lírica camerística.
Hace años que conozco este Schubert romántico en la voz de Dietrich Fischer-Dieskau y su «alter ego» Gerald Moore, disfrutar de la reedición digitalizada, mi acercamiento a la lengua de Goethe y el estudio concienzudo publicado (y agotado) en Alianza Música del barítono alemán al que siempre hay que volver, más aún para este recital lleno de emociones vitales con los actuales «defensores» del género musical y poético por excelencia junto a Ian Bostridge, el alumno aventajado Goerne y el pianista Hinterhäuser.
Recital intimista con menos público del esperado para un excelente tándem Goerne-Hinterhäuser, la conjunción schubertiana de la poesía marcando cada nota, cada palabra, cada verso, momentos pictóricos donde el piano pinta el paisaje y la voz los personajes, todo un lienzo sonoro con sobretítulos y traducción que nos hicieron valorar más cada uno de los poemas de Muller.
Sin pausa pero sin prisas, comenzando con las «Buenas noches» que cierran y abren ciclos vitales, la despedida del molinero que el arroyo acoge y un nuevo adiós del último viaje, el caminante, de la mano voz y piano, ya en la madurez, las metáforas del invierno como última etapa no exenta de recuerdos a su amada y «sueños primaverales» con simbolismos bien dramatizados por un Goerne casi bardo, explorando cada registro, su grave potente, los agudos filando la sílaba exacta, con un piano de por sí romántico, nada «veleta» en buena compenetración, postura encogida como el alma de Schubert, subrayando intenciones, paleta desde la amplia pincelada al brochazo expresivo, pudiendo escucharse con un actor declamando y sintiendo las dos docenas escénicas.
Primera parte de versos fluidos como un «torrente» y tranquilamente brillante cual «tilo» totémico, con «descanso» tras el «fuego fatuo» y antes de las flores soñadas hasta la «Soledad» sonora. El caminante Goerne con el bastón de Hinterhäuser, versos escalofriantes para un Schubert enfermo, tránsito lleno del dolor espiritual, el del alma que parece más intenso.
Las otras doce canciones aún más introspectivas (recomendables las siempre acertadas palabras de mi querido Luis Suñén en las notas al programa), reflexivas, la crisis invernal con «la cabeza gris», Goerne dramatizando con su amplio canto y gestualidad tan personal como su acercamiento a Schubert, el arranque tras «El correo» bien anunciado por Hinterhäuser, recordándome a Mahler, la amenazante compañera «corneja» que oscurece y enerva con una melodía intrigante, los cambios de tono y de color que en la voz del barítono alemán encuentran la pincelada exacta para mantener la «Ultima esperanza«, la rápida parada «En el pueblo» y volver al miedo de una «Mañana de tormenta«, la gama de grises del piano y la voz que no quitan nunca «ilusión» pues en este viaje invernal cada vez se atisba más claramente el final.
Una referencia del trecho andado es «El mojón» y por supuesto mucho «Coraje» que no sería aún el adiós sino la última escena de la rueca de la zanfona, de la molinera, la del organillo callejero o del ciego zanfonista (Der Leiermann) al que se une el canto solidario acompañado por un piano casi quejumbroso tras «Los falsos soles» en un viaje que rompe el hielo para una inmersión profunda y personal.
El lied como máxima expresión dramática compartida y reducida al salón romántico en el que Matthias Goerne y Markus Hinterhäuser convirtieron el auditorio, y donde los móviles volvieron a romper la magia siempre en los momentos más delicados. Si las mascarillas parece vinieron a acallar toses, habrá que esperar una pandemia telefónica para que se silencien, pues la educación y saber estar parecen perdidos en un siglo tecnológico, deshumanizado, donde solo parece primar lo inmediato. El viaje de invierno es lento pero inevitable, y su disfrute no admite interferencias.

Dedos de dos

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Miércoles 2 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1644 de la Filarmónica de Gijón, Ciclo de Jóvenes Intérpretes «Fundación Alvargonzález». Leonardo González (violín), Anna Mirakyan (piano). Obras de Schubert, Ysaÿe y Franck.

Hay días con la magia de la numerología, miércoles 2 del 2 del 22, dos intérpretes en dos días seguidos con dos programas distintos, los dedos de dos artistas en dos instrumentos complementarios, violín y piano, dos obras para solista, y dos sociedades filarmónicas asturianas que centenarias siguen buscando el futuro necesario, en este segundo día de mi jubilación escapándome hasta Gijón.
El violinista Leonardo González Tortosa (Madrid 2005) con la pianista Anna Mirakyan (Erevan, Armenia 1981) tenían otra premio como la oportunidad del concierto en vivo, sin acomodarse al traer otro programa bien armado como comenta en las notas al programa David Roldán: «...combina sabiamente el repertorio más querido por el público con aquel por descubrir; ideal para disfrutar, para aprender, y muy apropiado para homenajear al maestro Hevia…«. Leonardo volvió a brillar con la pianista armenia, hoy más comedida en su siempre difícil tarea del protagonismo compartido, más allá del acompañamiento siempre ingrato para los que conocemos todo el trabajo que conlleva.
La Sonata para violín y piano en la mayor, op. post. 162 D 574 «Gran Dúo» (Schubert) mantiene el ideal melódico del malogrado compositor (que mañana en Oviedo disfrutaré aún más), página poco conocida pese a ser casi obligada en los repertorios académicos, esta titulada «dúo» por Diabelli porque realmente funciona como tal, tonalidad que volvería al final del concierto y que tanto violinista como pianista delinearon en perfecto entendimiento y equilibrio en los planos sonoros, limpieza en los movimientos rápidos junto al delicado tercero (Andantino).
Leonardo en solitario, como en Oviedo, volvería a asombrar con su virtuosismo y musicalidad en una obra de Eugène Ysaÿe (que me descubriese mi añorado Alfonso Ordieres) como la Sonata para violín solo en re menor, op. 27 nº3, «Ballade», compositor frecuente en las propinas de los violinistas tras un concierto con orquesta pero infrecuente en la música de cámara, pues la desnudez del instrumento parece imponer en las programaciones. Mas el madrileño, aún formándose, no tuvo reparo en traerla hasta la villa de Jovellanos con su lección aprendida de todas las técnicas en las cuatro cuerdas y el arco, nuevamente seguro y entregado, esperando que el paso de los años deje el poso suficiente para mantenerla en su carpeta y crecer con ella. Lástima que a la larga y merecida ovación del público no correspondiese al menos con el agradecimiento saliendo a saludar.
Si la primera parte nos dejó de nuevo la pasión de Mirakyan y la sobriedad de González, sin apenas pausa llegaría la conocida Sonata para violín y piano en la mayor, CFF 123 de César Franck, el regreso a la tonalidad inicial con un buen resultado en sus cuatro movimientos, disfrutando todos con el Allegro y el último Allegretto poco mosso, los «tempi» bien elegidos para disfrutar con ambos solistas en volúmenes adecuados y protagonismo puntual, hoy decantándose hacia el lado armenio por su impecable participación, llevando al madrileño cómodo en todas sus intervenciones. De nuevo faltó la cortesía del saludo final para un público que premió el esfuerzo de los dedos de estos dos intérpretes con mucho camino por recorrer.

Premio al trabajo

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Martes 1 de febrero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: Concierto 2028 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Leonardo González (violín), Anna Mirakyan (piano). Obras de Beethoven, Milstein y Brahms.

Reseña para La Nueva España del miércoles 2, escrita tras el concierto desde el teléfono, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
La música de cámara es necesaria en la carrera de todo intérprete y obligada en la formación del público, algo que las centenarias sociedad filarmónicas asturianas, como la ovetense, predican desde sus orígenes, dando cabida a jóvenes valores, caso de este martes con el violinista Leonardo González Tortosa (Madrid 2005), premiado en el pasado Concurso Internacional de Música Villa de Llanes cuya “alma materJosé Ramón Hevia seguramente estaría orgulloso de seguir entre nosotros y corroborar el acierto de un galardón que busca abrir una carrera profesional como la de Leonardo, hoy acompañado de la pianista Anna Mirakyan (Erevan, Armenia 1981), de pulsación potente -que hubiese mejorado el volumen de bajar totalmente la tapa armónica- con un programa de calado, y otro distinto hoy en la Filarmónica de Gijón, igualmente premiando jóvenes talentos como el violinista madrileño.
La Sonata “Primavera” op. 24 de Beethoven, es de las habituales para violín y piano que exigen de ambos una ejecución perfectamente ensamblada con diálogos bien definidos y protagonismo compartido, como así la sintieron Leonardo y Anna (demasiado presente excepto en el lírico Adagio más equilibrado).
Titulada “Paganiniana”, la partitura del virtuoso Nathan Mirónovich Milstein (1903-1992) ya indica el nivel de ella, Leonardo en solitario abordando todas las técnicas en las cuatro cuerdas y arco donde estuvo cómodo, incluso confiado ante las dificultades, buen síntoma para su juventud.
Y Brahms en la segunda parte con su Sonata 2, op. 100, tres movimientos con un piano demasiado presente y el violín algo oscurecido, aunque entregados ambos intérpretes, pasión Mirakyan y sobriedad González.
El concierto como premio al trabajo para un público no muy numeroso ni renovado como todos esperamos, aunque siempre agradecido.

El Zar más francés

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Lunes 31 de enero, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, Jonathan Roozeman (cello), Valery Gergiev (director). Obras de Debussy, Tchaikovsky y Ravel.

Regresaba el Zar Gergiev, palillo en mano, al frente de su batallón del Mariinsky, con un concierto al más puro sabor francés del San Petersburgo europeo de espíritu y «apadrinando» al joven cellista Jonathan Roozeman (1997) con el menos ruso de los grandes sinfonistas (interesantes las notas al programa de Alberto González Lapuente), para llenar un auditorio ávido de obras conocidas en una interpretación impactante de sonoridades muy cuidadas, pero rompiendo clichés de las antiguas orquestas del otro lado del telón, nuevamente de actualidad, apostando por lo «trillado» que no suele fallar en una maquinaria que comienza a «oxidarse» en plena renovación generacional, que ya no apabulla como en los tiempos de la llamada «Guerra Fría» (hoy geopolítica) cuando bromeábamos definiendo un cuarteto como «una orquesta soviética tras una gira por occidente».

Está claro que los músicos del Mariinsky le deben todo a Gergiev, se nota que el dominio de «su orquesta» es absolutamente militar, marcando todo con sus gestos característicos, sin dejar nada al azar ni a la calidad de muchos solistas, sacando a la luz instrumentistas como la flautista de oro (Sofía Viland) o el cellista finlandés tan cercano geográficamente a la antigua Leningrado. El maestro se caracteriza precisamente por descubrir talentos y no suele equivocarse.

Del programa francés impactante Debussy por la calidad, la sonoridad cuidada, la claridad expositiva, el balance entre todas las secciones, casi compañías del batallón Mariinsky (algo menguado) con el Preludio a la siesta de un fauno bellísimo que Nijinsky hubiera bailado desde el Olimpo, y La mar báltica dibujada con la elegancia de la que presumían en San Petersburgo, mirando a Versalles más que a la plaza roja aún sin colorear que Gergiev pintó con los suyos.

Siempre agradecido el Bolero de Ravel, examina cada solista (hoy el saxo sustituido por un clarinete bajo) en su  conocido ad perpetuam, con algún «arrestado» en la doble caña, un crescendo que tardó en llegar para mayor «sufrimiento» del caja, la explosión final marca de la casa, sin contención y con ganas de brillar como en ellos es habitual, en una interpretación para la galería a la que faltó mayor pegada y entrega. Franceses más de impresión que impresionistas, aunque suenen bien.

Punto y aparte merece Jonathan Roozeman que nos deleitó con las Variaciones «Rococó» de Tchaikovsky, sin tarimas como el propio Gergiev, al que no perdió de vista forzando su posición más de la cuenta pese a estar ladeado «el zar», y plegado a cada una de sus indicaciones, pienso que con ese «miedo a defraudar» al mentor, que no le permitió soltarse salvo en las cadencias. El sonido de su cello (David Tecchler c.1707 cedido por la Fundación Cultural Finlandesa, y el arco Jean Pierre Marie Persoit, París, c. 1850) es profundo, de largo alcance, con un timbre muy redondo, así como unos armónicos tan perceptibles que lograron unos silencios en la sala siempre de agradecer. Muy bien compenetrado con la flautista, la limpieza de ejecución por parte del finlandés-holandés así como sus fraseos (siempre controlados por Gergiev) muestran un intérprete que pronto será figura mundial. Aclamado por el público y casi obligado por «el jefe» nos dejaría toda su (musi)calidad en la Sarabande de la Suite BWV1009 de Bach, un examen permanente para los cellistas donde Roozeman alcanzó la matrícula de honor.

Y para propina sinfónica e inesperada por el transcurrir del programa, el Scherzo (un SUEÑO de verano de Mendelssohn) con un tempo para virtuosos de dinámicas suntuosas donde Gergiev disfrutó tanto como nosotros, al fin la maquinaria engrasada, impoluta y de sabor ruso, el que respiraba Leipzig en tiempos de Kurt Masur, el regreso a la Rusia esperada tras el coqueteo zarista con la Francia elegante.

Cuando triunfa la escena

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Jueves 27 de enero de 2022, 19:30 horas. Teatro Campoamor de Oviedo, LXXIV Temporada de Ópera de Oviedo: Adriana Lecouvreur (Cilea).
Reseña para Opera World del domingo 30, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

La 74ª temporada ovetense, con fechas recolocadas por el pandémico COVID, cierra con una ópera rescatada tras muchos sin disfrutarla en el Campoamor como es Adriana Lecouvreur, la más popular de Francesco Cilea estrenada nada menos que por Caruso y recordando al Aragall de 1982, esta vez con Alejandro Roy estrenando su rol de Maurizio, primer asturiano en debutar en el MET, más el “reclamo” de la aclamada Ermonela Jaho como protagonista, tras su anterior Butterfly de la temporada pasada, y un elenco español con muchos conocidos de la afición asturiana como Nancy Fabiola Herrera o Luis Cansino, un cuarteto vocal de altura que fue creciendo a lo largo de los cuatro actos.

Cuidada y bellísima escenografía de Rosetta Cucchi donde la evolución del drama corrió pareja a los cambios de época en cada acto, y al momento vocal de los protagonistas, el recurso del teatro dentro del teatro que resultó efectista sin romper la trama. A destacar un tercero coral en el amplio sentido de la palabra, que contó además del duelo femenino con la belleza plástica del acróbata Davide Riminucci y la bailarina Luisa Baldinetti mientras se proyectaban unos vídeos homenaje al cine de los felices 20, pero especialmente el último ambientado en el París de los 70, impactante de emociones, buen gusto y originalidad donde se cierran los dos temas sobre los que gravita toda la ópera: el teatro y el amor bajo los focos, iluminación que siempre subrayó los momentos de intensidad emocional.
El teatro con sus actores, la obra de Cilea con una música pura, bella, exigente para las voces muy entregadas a sus papeles donde el triunfo del amor puro de Michonnet fue el verdadero triunfador y dominador de la escena, un Luis Cansino pleno y convincente desde su primera intervención hasta rematar un final lleno de emoción con Ermonela Lecouvreur, simbiosis total de Jaho con la Adriana que ya ha hecho suya pese a incorporarla recientemente a su repertorio. La entrega de la soprano albanesa es innegable, como su capacidad para comunicar con el público en cada aparición, declamando una Fedra en el tercer acto digna de las grandes de la escena, y una voz que fue ganando enteros a lo largo de la función, mimando los pianos y explotando sin esfuerzo su amplia tesitura. Su personaje, con un vestuario colorido de diva, culmina en la sencillez y simbolismo del negro setentero del séptimo arte, desde la “l’umile ancella” al esperado y trágico final “Poveri fiori” que arrancó los únicos aplausos tras el aria que no aparecieron en el resto, sensibilidad y buen hacer de la soprano albanesa que sigue triunfando en nuestros escenarios.
La antagonista Nancy Fabiola Herrera mantuvo el nivel homogéneo de los protagonistas, puro lirismo en su aria del segundo “Acerba voluttà” y el dramatismo necesario de su pugna por el amor de Maurizio, con dúos bien empastados en color además del buen gusto de la mezzo canaria. Será debilidad por las “malas de la película” pero tan necesarias para que brille más el amor en escena.
Alejandro Roy debutaba en su rol de Maurizio que, como el resto, fue ganando confianza a lo largo de la función. La fuerza característica del tenor asturiano es idónea en el llamado verismo, aunque puede traicionarle por momentos en los agudos a media voz, pero el tiempo acabará puliendo esos detalles a medida que se haga cada vez más con esta partitura exigente de principio a fin, situándole oculto en la escena final ya pletórico vocalmente, evolución temporal en vestuario hasta la luminosidad de la oscuridad sobre las tablas.
El cuarteto protagonista estuvo bien arropado por la Oviedo Filarmonía, dueña del foso y madurando con los años, esta vez bajo la dirección de un Daniele Callegari que supo sacar el refinamiento orquestal de Cilea sin miramientos a las voces, exprimiendo el dramatismo a todos los intérpretes, con destacables intervenciones de los primeros atriles, colorida el arpa de Miriam del Río, y sentido el violín de Marina Gurdzhiya.
Y la ópera necesita de más voces, los mal llamados secundarios que, como en el cine, dan sentido y aportan la necesaria unidad dramática, manteniendo un nivel muy homogéneo en cada personaje cantado, destacando el abate de Josep Fadó, el Príncipe de Felipe Bou o las “mademoiselles” Cristina Toledo y Marifé Nogales, la misma línea ascendente de toda la representación. El Coro Intermezzo que dirige Pablo Moras redondeó todo el elenco vocal que nos dejó una primera Adriana muy interesante, seguramente mejorando en las cuatro funciones restantes que pondrán punto final a la profesionalidad e intenso trabajo de todo el equipo de la Ópera de Oviedo, asentándose todos en esta maravillosa y poco habitual ópera de Cilea que esperemos no pasen tantos años en reponerla. Está demostrado que no hace falta salir de nuestra tierra para tener todos los elementos necesarios que la ópera necesita en esta vida que es puro teatro.
Ficha:
Teatro Campoamor de Oviedo, jueves 27 de enero de 2022, 19:30 horas. Adriana Lecouvreur. Maurizio, Alejandro Roy. Príncipe de Bouillon, Felipe Bou. Abate di Chazeuil, Josep Fadó. Michonnet, Luis Cansino. Quinault, Carlos Daza. Poisson, Albert Casals. Adriana Lecouvreur, Ermonela Jaho. Princesa de Bouillon, Nancy Fabiola Herrera. Mademoiselle Jouvenot, Cristina Toledo. Mademoiselle Dangeville, Marifé Nogales. Dirección musical, Daniele Callegari. Orquesta Oviedo Filarmonía. Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo). Dirección del coro, Pablo Moras. Dirección de escena Rosetta Cucchi. Diseño de escenografía, Tiziano Santi. Diseño de vestuario, Claudia Pernigotti. Diseño de iluminación, Daniele Naldi. Coreografía, Luisa Baldinetti. Diseñador de vídeo, Roberto Recchia. Acróbata, Davide Riminucci. Coproducción de la Ópera de Oviedo, Teatro Comunale di Bologna y Sidney Opera House.

Placeres de Oro

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Sábado 29 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Monumentos canoros, Coro El León de Oro, Óscar Camacho (piano), Marco A. García de Paz (director). Obras de Rheinberger, Mendelssohn, Brahms y Whitacre. Entrada: 12 €.

Como «leónigan» confeso tras casi 25 años siguiéndoles, tengo que confesar no ya mi admiración hacia El León de Oro sino también mi devoción por cada concierto que nos ofrece, pues no me quedan calificativos para este coro que mantiene sus señas de identidad desde los inicios. Con una renovación paulatina, casi imperceptible, una base continuada en cada cuerda y la incorporación de voces nuevas, frescas, el espíritu permanece inalterable. Afinación perfecta, empaste ideal, equilibrio dinámico, repertorios exigentes, rodados desde hacen años y que hacen fáciles, pero sobre todo la disciplina coral necesaria para que sigan funcionando como un ente único, plegado a la voluntad de Marco A. García de Paz que crece con «su coro», elige y recupera a la perfección el repertorio ideal para cada programa, dotándolo de unidad temática y equilibrio para regalarnos conciertos como el de este sábado puramente romántico.

La Misa en Mi bemol Mayor (Cantus Missae), Op. 109 de Josef Rheinberger (1839-1901) pensada para un gran coro, trajo a todos los luanquinos sobre el escenario del auditorio sonando «a capella» con una calidad superlativa, exprimiendo cada cuerda en toda su capacidad dinámica y de tesituras extremas, desde las sopranos agudas que nunca pierden calidez hasta los bajos profundos, sustentos extremos que hacen brillar al resto de voces. Sentimientos musicales que trascienden lo religioso para una verdadera ceremonia coral que cortaba el respetuoso silencio de un público agradecido (bisarían el Kyrie como agradecimiento).

Felix Mendelssohn (1809-1847) es un compositor que este coro conoce de siempre, en el que se siente no ya cómodo sino volcado por la gran intensidad que las partituras entrañan, dejándonos dos salmos verdaderas joyas vocales, Jauchzet dem Herrn, alle Welt (Salmo 100) y Richte Mich Gott (Salmo 43), la inspiración en Bach, el recogimiento equilibrado y la pronunciación alemana perfecta.

No podía faltar en este romanticismo canoro y monumental Geistliches Lied, Op. 30 de Johannes Brahms (1833 -1897), continuador de su compatriota y al piano el corista Óscar Camacho que en esta doble faceta aporta la «respiración» del instrumento y la ductilidad de su formación. Tener la posibilidad del acompañamiento instrumental (orquesta, órgano o en este caso piano), siempre supone un punto más de calidad en un concierto a capella aunque El León de Oro también se ha mostrado en sus obras sinfónicas igual de confortable, pero la ocasión y el programa merecía la pena este nuevo regalo para sus seguidores.

Y del verdadero revolucionario coral como es Eric Whitacre (1970), este «coro de platino» ha encontrado en el estadounidense un verdadero filón, convirtiéndose casi en embajadores de sus complejas partituras, entre ellas este When David Heard que el propio Marco confesó su capricho en afrontarla hace tiempo y que ahora tenía el instrumento perfecto para interpretarla, como así sucedió. De nuevo la disciplina y el duro trabajo previo tuvo el premio de una versión «marca de la casa», la policoralidad, la importancia del silencio intrínseco a la música, el dramatismo, la afinación extrema, compenetración total, la exploración de la voz sin perder un lenguaje cercano a la historia coral que Whitacre conoce y El León de Oro interpreta como nadie.

Nuevo éxito de «los leones» en una temporada propia que ya de por sí es una heroicidad, con balance escrito del 2021 (gracias Adela) y mucha esperanza para un nuevo año indeciso, todavía cantando con mascarillas, que se olvidan al escucharles, tal es su capacidad y calidad. Gracias por estos monumentales regalos y salud para seguir disfrutando.

P. D.: De las notas al programa del propio Marco A. García de Paz, destacar el inicio: 

««Monumentos canoros” puede parecer un título ambicioso, de hecho, lo es. ¿Se
puede cantar un monumento? ¿Es posible, acaso, construir con un arte que es efímero en el tiempo? Nosotros creemos que sí, y para demostrarlo hemos escogido esta selección de obras, en su mayoría románticas, que hacen honor a la época en que fueron compuestas. Son obras pensadas para grandes coros y un elevado número de voces (no olvidemos que el Romanticismo es la época de la Revolución Coral, el auge de las grandes masas corales lejanas al ámbito profesional, aunque bien cercanas al disfrute). La forma en que están compuestas explota la sonoridad sin resultar nunca estridente, sino sobrecogedoramente bella, como los emplazamientos para las que fueron concebidas. Y es dentro de esa belleza donde esperamos que puedan pararse a disfrutar de este efímero arte con nosotros
».

La armónica pata negra

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Viernes 28 de enero, 20:00 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: CNDM21/22, Oviedo Jazz. Antonio Serrano Quartet: Tootsology. Entrada de butaca: 8 €.

Si el gran Víctor Luque publicó un LP titulado La guitarra imposible, no estaría mal otro de Antonio Serrano (Madrid 1974) como «La armónica imposible», pues parece inimaginable e increíble hasta escucharla que un instrumento tan pequeño suene tan grande. Si el gran Toots Thielemans (1922-2016) ayudó a popularizar y elevar a profesional la armónica, con muchas bandas sonoras en nuestra memoria, era lógico que el alumno aventajado le rindiese un merecido homenaje, ya auténtico virtuoso capaz de interpretar blues, jazz, tango, flamenco y hasta música llamada clásica, tal es el nivel de un músico que disfruta y hace disfrutar en todas sus apariciones radiofónicas, televisivas, discográficas y especialmente en vivo, irrepetibles momentos como los vividos este viernes en un Filarmónica a tope (mascarillas también), porque Oviedo es «La Viena española» y su oferta musical es variada, para todos los públicos y con calidad más que demostrada.

Si el jamón serrano gusta en todo el mundo y en especial los «Cinco jotas», este otro Serrano universal es auténtica pata negra para el «paladar auditivo», con un trío clásico para la ocasión que arropó y brilló con luz propia: el delicado piano de Albert Sanz, sin excesos e incluso tuteando la armónica protagonista, el contundente contrabajo de Toño Miguel, discreto pero necesario, y la elegancia irlandesa del veterano Stephen Keogh, metrónomo con gusto tanto a las baquetas como las escobillas.

El homenaje a la figura del armonicista belga estuvo plagado de los llamados «standars» que tanto gustan al aficionado, auténticas joyas desde el Tunin’In sintonía de «Jazz entre amigos» para los clarinetistas como Woody Herman o el Don’t be that way de Benny Goodman que la armónica lleva a su color, más el increíble «Barrio Sésamo«, todas ellas melodías capaces de retrotraernos a nuestros años jóvenes como también el éxito de Disney del tantas veces versioneado Someday my prince will come, con un esbozo intermedio del mejor verano de Gershwin que «pasaba por allí», la Soul Station en estado puro más dos obras que coincidieron esta semana con visiones tan opuestas como bellas melodías como Las hojas muertas o la Mañana de carnaval. Trío a medida para un Serrano estratosférico.

Imperdibles versiones «clásicas» donde la armónica imposible de Antonio Serrano hace a Bach atemporal, melodía y armonía todo en uno, amplificación para ella volcada, revisitando el Real Books, la «biblia» de todo músico de jazz, con ese Bluesette de Thielemans, incluso tuvimos hasta un espontáneo pidiendo una propina específica que comenzó con un esbozo de la Malagueña de Lecuona para terminar con en el Duke’s Place, armónicas de todos los sabores: a acordeón o bandoneón, trompetas con sordina y percusiones linguales, de «cine cinco estrellas» y club de jazz madrileño, incluso sintonías radiofónicas para «omívoros» noctámbulos «Entre dos luces» que mantienen vivo el primer instrumento que hice sonar en mi vida imitando aquellos vaqueros del Far West. Faltaron las copas con su tertulia posterior, pero al menos la música sigue uniéndonos para encontrarnos con amistades atemporales que seguimos disfrutando.

Jaroussky cercano

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Miércoles 26 de enero, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: À SA GUITARE. Philippe Jaroussky (contratenor), Thibaut Garcia (guitarra). Obras de Poulenc, Giordani, Caccini, Dowland, Purcell, Mozart, Paisiello, Rossini, Matos Rodríguez, Granados, Schubert, Fauré, Barbara, Lorca, Bonfá, Reis, Ramírez y Britten.

Segundo concierto del triplete de contratenores con otro conocido de la afición como Philippe Jaroussky, esta vez con el guitarrista Thibaut Garcia, la unión de dos mundos, estilos, ambientes, casi una velada íntima para un auditorio con excelente entrada que respiró la cercanía de dos artistas con vínculos españoles en perfecta armonía, comentando los temas y su organización en distintos bloques, bromeando entre ellos y levantando algunos excesivos «bravos» que rompieron la tranquilidad y recogimiento que transmitieron tanto los artistas como la tenue iluminación y una sonorización cuidadísima, amplificación tan bien mezclada que ayudó a redondear un recital de los que llamo para «omnívoros» por la variedad.

Como si de la presentación que hacen las figuras internacionales de sus trabajos discográficos, el recital mantuvo esa estructura, la del CD homónimo al título del concierto, alternando solamente el orden,  con abundante música francesa como era de esperar, algún guiño al repertorio barroco que el contratenor lleva años defendiendo, por supuesto la música «ligera» de mi tiempo, esa que también se ha convertido en clásica, y por supuesto las intervenciones solitas del guitarrista hispanofrancés que demostró sus dotes no ya de acompañante ideal para este formato de repertorio sino un transcriptor de páginas con piano que en la guitarra toman un color casi de salón. Si la séptima cuerda, como bien escribe María Sanhuesa en las notas al programa (enlazadas arriba en obras) es la voz, este concierto, con duración más allá de noventa minutos, fue un auténtico placer para seguir situando a Oviedo como «la Viena española».

Imposible detallar las dos decenas largas de obras, incluyendo las dos propinas, pero quiero destacar el acercamiento al popular García Lorca y su Anda, jaleo con una guitarra cercana al flamenco como bien comentó el propio Thibaut, mucho más «verdadero» que la «maja» de Granados, las canciones de Poulenc, la primera dando el título a la grabación y el concierto, el siempre bello y sentido lirismo de Fauré que Jaroussky con García dejaron para el recuerdo, incluso el Britten «francés» atemporal o el más reciente Septembre de Barbara (1930-1997) porque no había «enero» que bromeó el contratenor. La mezcla de estilos en una voz que adopta y adapta cualquier canción que con la guitarra las hacen actuales y para todos los públicos. Incluso el «tributo» a los laudistas como Dowland que nuestro instrumento identitario engrandece en color y sonido.

Interesante el acercamiento sudamericano, tanto en la versionadísima Mañana de Carnaval en «brasileño» como en la argentina Alfonsina y el mar naturales y que demuestran la versatilidad de estilos tanto de los intérpretes como de estas páginas ya atemporales de las que todos tenemos nuestras referencias.

Al principio citaba el enorme trabajo de Thibaut García como solista y transcriptor, dejándonos La cumparsita uruguaya a nivel concertístico o el Xodó de Baiana (Dilermando Reis), lo popular con la calidad camerística. Pero personalmente me impactó el Schubert elegido, esos elfos (Erikönig D 328) sobre un texto de Goethe que la guitarra francesa «robó» al piano alemán y el contratenor interpretó con el dominio del siempre exigente lied que en esta interpretación demostró la excelente idea de este dúo. Interesantes igualmente las transcripciones de Giordani o Paisiello que todo estudiante de canto conoce pero que con Jaroussky alcanzan la excelencia.

Concierto original y variado como el público, satisfechos y con la amabilidad de siempre por parte de unos intérpretes cercanos siendo estrellas mundiales, sin divismos, firmando autógrafos y fotografiándose con todos, como ya hiciese hace tres años cuando el mundo era más sano y las mascarillas no robaban sonrisas.

Impagable Fagioli

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Sábado 22 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: «Naturaleza & tormentos». Franco Fagioli (contratenor), Gabetta Consort, Andrés Gabetta (violín y director). Obras de: Purcell, Vinci, Händel, Porpora, VivaldiLocatelli.

La capital asturiana a quien llamo hace tiempo «La Viena española» por su oferta musical amplia y variada, la misma de la que el concejal de cultura José Costillas en FITUR dice «ha quitado a la ciudad el sambenito de ciudad burguesa y aburrida en la que no pasaba nada«,  prosigue su lujo de programación con el primero de los tres conciertos dedicados a los contratenores que ahora mismo ocupan la cima de este registro, aún sorprendente para muchos.

No es cuestión de rankings pero el hispano argentino Franco Fagioli, que ya me entusiasmase en su anterior visita hace cuatro años «trayéndonos la primavera», ha dejado el listón tan alto que a punto estuve de titular esta entrada como Al filo de lo imposible pero mejor evitar confusiones con el programa de Sebastián Álvaro aunque haya retos musicales que merecen el mismo respeto. Esta vez la fusión de naturaleza y tormento fue digna de «los 14 ochomiles» demostrando de nuevo que no hay nada imposible.

El programa elegido para este tour de Barcelona a París con la parada obligada en Oviedo, está al alcance de pocos cantantes, un maratón vocal mucho más duro que toda una ópera y que exige no solo dramatizar cada personaje de las arias sino todo un esfuerzo físico que convierte a estos virtuosos en auténticos atletas del canto.

Es un placer escuchar pero también ver a Fagioli cómo respira, su gestualidad, su técnica asombrosa, sus fiatos, su perfecta dicción, su amplísimo registro donde los graves son rotundos y sus agilidades un verdadero derroche de gusto y entrega. Nada de artificio, la naturalidad del canto barroco, el auténtico bel canto de la época que instrumentaliza la voz. Y si además la arropa unos músicos como los de Andrés Gabetta al mando de este «consort», el resultado es redondo e impagable, pues hasta el violín solista cantó con la misma belleza que el contratenor argentino en Vivaldi y Locatelli.

Arias lentas y rápidas para degustar el canto legato del tucumano y corroborar la belleza de estas páginas, la genialidad de Händel, la grandeza de Vinci o el oficio del maestro Porpora. Bien organizado todo el programa que nos llevó hasta las 22:30 de la noche en un verdadero suspiro, con apenas los necesarios descansos que nos dejaron al Gabetta Consort dos conciertos vivaldianos de altura, más el de Locatelli con mi admirado Jorge Jiménez ejerciendo de concertino y la muestra de la sabia elección de los músicos por parte de su director Andrés Gabetta, no solo excelente violinista sino un perfecto concertador de esta música barroca que volvió a llenar el auditorio ovetense. De su formación también citar la impecable y bien sentida tiorba de Miguel Rincón, auténticas perlas en el continuo, y el fagot de Alessandro Nasello sobre todo en el «pastor» final de Händel así como la flauta del «ruiseñor» vinciano en feliz contestación al vocal de Fagioli.

Cada personaje, cada aria, cada intervención del contratenor logró quitarnos la respiración como si vampirizase el aire del respetable, aunque imposible apagar móviles que parecen volvernos a la post-normalidad de la pandemia. Las tres arias de Leo Vinci (1690-1730) equiparables en belleza al todopoderoso Händel de cuya Ariodante nos dejó Fagioli los momentos álgidos en un auténtico crescendo emocional incluso en el regalo Come nube de «Agripina y el triunfo del tiempo», el que detuvo este contratenor que sigue alternando escena y recital, esperando la terna completa con Jarouski y Orlinski que espero contar desde aquí, pero este frío sábado de enero con un Fagioli impagable hará difícil superarlo.

P.D.: Entrevista de este sábado en LNE:

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