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Solidaridad con voces de lujo

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Sábado 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Gala lírica de ópera y zarzuela a beneficio de «Kiva Mirando a India«. Beatriz Díaz (soprano), Jessica Pratt (soprano), Juan Jesús Rodríguez (barítono), Alejandro Roy (tenor), Oviedo Filarmonía, Julio César Picos (director). Obras de Verdi, Donizetti, Giordano, Cilea, Giménez, Moreno Torroba, Penella. Entrada: 23 €.

Cuarteto vocal de lujo para una gala solidaria donde también estuvo muy presente París, encabezada por el barítono onubense afincado en Madrid, que lidera la asociación «Kiva Mirando a India» dedicada a escolarizar niños en Belagola (estado de Karnataka) y con pase previo de un vídeo donde aparece parte de este proyecto.

Verdi es el gran renovador de la ópera y ocupó gran parte de esta velada solidaria, primero La traviata desde la obertura que sonó ideal con la Oviedo Filarmonía hoy dirigida por un conocedor del género como el maestro gijonés Picos, pasando por el «Sempre libera» de la soprano inglesa afincada en Australia Jessica Pratt pletórica en volumen y agilidades aunque una Violeta algo fría en este inicio, contestada fuera de escena por un Alfredo que sabíamos era el asturiano Alejandro Roy, antes del Giorgio Germont hoy en día sinónimo de Juan Jesús Rodríguez, impresionante en todos los aspectos ese «Di Provenza», y en un momento álgido que esperemos mantenga, antes de la llegada de nuestra Beatriz Díaz encarnando la Violeta enferma (avisaron de su catarro pero nadie lo diría) en el dúo «Madamigella Valery» con el «suegro», ideal de contrastes, musicalidad y juego de roles, bastón, carta y silla incluidos que nos metieron de lleno en la escena con un rol que la asturiana debutaba con sobresaliente. La otra ópera elegida nada menos que Otello donde Alejandro Roy cantó el «Dio mi potevi» asombrando en toda la gama vocal y dramática bien arropado por la orquesta, un tenor capaz de afrontar todo el amplio registro sin perder proyección, totalmente imbuido del personaje, continuando con el dúo «Talor vedeste in mano» que el Yago del andaluz mejoró al del Campoamor, par de voces empastadas y pletóricas en estos momentos de sus carreras, lamentando no tener más en Asturias a un elenco de casa que debe triunfar fuera. Como premonitorio de ésto la obertura de La forza del destino que abría la segunda parte y nos despedía de Verdi con la orquesta de la capital experta en foso y dominadora de este repertorio al igual que su director, algo mermada en efectivos pero compensado por la entrega de sus integrantes.
Si «Traviata» forma parte de mi mochila operística, puede que el grueso de ella sea Lucia di Lammermoor de Donizetti, tanto en vivo como en grabaciones, y Jessica Pratt no defraudó ni en «Regnaba nel silenzio» con todas las endiabladas agilidades, matices, registros extremos y toda la pirotecnia desplegada en la partitura, como tampoco en el dúo «Apressati Lucia… Sofriva nel pianto» que Enrico Juan Jesús Rodríguez completó y equilibró en emociones musicales, nuevamente rotundo y convincente.

Llegarían las arias de los asturianos, Alejandro Roy con «Colpito qui m’avete» de Andrea Chenier (Giordano) defendido con pasión y dominio escénico para un rol que le va como anillo al dedo, y Beatriz Díaz en «Ecco: respiro appena… Io son l’umile ancella…» de Adriana Lecouvreur (Cilea) verdaderamente increíble, sentido, con esa línea de canto tan bien dibujada, matices increíbles sin perder proyección pese a una orquesta detrás y no en el foso, pero especialmente un color inimitable y personal que delinea cada personaje de forma magistral.

La lírica aúna ópera y zarzuela porque exigentes son ambas e incluso más la española despojada de complejos cuando tiene calidad e intérpretes. El conocido intermedio de La boda de Luis Alonso (G. Giménez) hizo de puente para disfrutar nuevamente de la OFil, cómoda en el repertorio y aire elegido por Picos, cuadro bailable que preparaba dos joyas, la romanza de Vidal «Luché la fe por el triunfo» de Luisa Fernanda (Moreno Torroba) que Juan Jesús Rodríguez canta como nadie, y hay grandes intérpretes a lo largo de la historia,

más el dúo asturiano de El Gato Montés (Penella), Roy y Díaz como Rafaelillo y Soleá arrancando el «ooole» del respetable del pasodoble más universal «Torero quiero ser», y enamorando como la primera vez, pareja perfecta e idónea de tenor-soprano, ambos de casa, calidad más que contrastada, química y física musicales levantando al público que premió con merecidísimos aplausos este cierre de velada con dos asturianos universales a los que apenas podemos disfrutar en su tierra (de hecho Beatriz Díaz parte este domingo a Taiwán para el Carmina Burana de La Fura dels Baus).

Aún quedaban dos propinas de lujo, el dúo del barítono de Cartaya y la soprano de Bóo en La del manojo de rosas (Pablo Sorozábal) «hace tiempo que vengo al taller» renombrando la zarzuela en ópera española por todo lo que disfrutamos, y un aria en solitario de la británica, nada menos que «O luce di quest’anima» de Linda di Chamounix (Donizetti) en la línea de las grandes voces belcantistas, bien acompañada por una OFil siempre presente (por momentos demasiado) con Julio César Picos al frente cerrando un concierto de vértigo por la dificultad en concertar tantas y difíciles partituras en un esfuerzo digno de grandes batutas.

P. D.: Reseña en LNE del domingo 15.

El que canta dos veces ora

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Viernes 13 de noviembre, 20:30 horas. Iglesia de San Isidoro el Real, Oviedo. XI Ciclo de Música Sacra «Alfredo de la Roza». Himnos bizantinos, Nektaria Karantzi (voz).
No deja de sorprenderme la afición musical asturiana llenando veinte minutos la sede de este ciclo único para escuchar cantos bizantinos y «a capella» con una voz para muchos desconocida pero que demuestra, al menos es mi opinión, la avidez por repertorios y culturas nuevas corroborando el acierto de los organizadores en esta apuesta que lleva once años de continuo crecimiento.

La helena Nektaria Karantzi traía a la iglesia de la plaza mayor ovetense diez cantos de su tierra con distintos modos o tonos de los que el propio Gregoriano o canto llano también bebió, precisamente por el ideal de conjugar tradiciones, y la griega (todavía cantamos Kyrie en esta lengua), ortodoxa o bizantina están en una misma raíz que no nos es tan ajena como pueda parecer. Impresiona escuchar estos rezos (proyectándonos la traducción al español) en toda su máxima expresión, íntima, plegaria que torna a clamor o directamente el himno en su perfecta definición de «composición poética o musical de tono solemne que representa y ensalza a una organización o un país y en cuyo honor se interpreta en actos públicos» pues así lo entiende la cantante griega, que atesora una riqueza natural en su canto capaz de emocionarnos en cada una de sus intervenciones.

Con una megafonía suficiente, tal vez prescindible, el público escuchó en respetuoso silencio los diez cantos elegidos, contando también con traducción en vivo, recordando los procedentes del sagrado Monte Athos de los ortodoxos o los salmos de David donde el «Terirem» alcanza momentos de verdadero pathos que bien podrían ser desde el comentado por la cantante como idioma de los ángeles hasta la nana de la Virgen María a Su Hijo, delicia desde una voz natural llena de matices que el micrófono y altavoces permitían captar hasta la respiración. Me quedo con el «Entraré en tu casa» -del Salmo 5 de David– de los Monjes de Simonopetra (en lo alto del monte sagrado que tanta música atesora) de la primera parte o el «Alabad al Señor» de la segunda.

Mantener viva esta tradición está al alcance de muy pocos, normalmente conventos y órdenes religiosas, por lo que debemos alabar el trabajo de Nektaria Karantzi, quien también dio una «masterclass» en la universidad asturiana, sin olvidar una obra actual (con el compositor griego presente entre el público) inspirada en la propia tradición, enlazando con el anterior concierto del ciclo donde partiendo de distintos cantos llanos los organistas construían sus obras. Giros vocales cercanos y misteriosos, melismas o adornos sobre sílabas interminables que nos transportan desde los muecines de las mezquitas a los claustros románicos y góticos, lo popular hecho divino devuelto al propio pueblo con todas las variantes abarcando del cante jondo a nuestra asturianada, con una joven cantante transmitiendo la grandeza de unos textos que la música eleva al cénit expresivo, como en ese himno final Oh! Virgen Pura, Himno a la Madre de Dios de San Nectarios de Aegina.

Todo un éxito para los aficionados y seguidores (#yosoydelciclo) con el regalo de un canto ortodoxo dedicado a María al pie de la cruz, postrados con dolor y agradecimiento, Mater dolorosa que tanto arte ha inspirado.

Gracias.

Respeto por los mayores

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Jueves 12 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Kovacevich (piano). Obras de Berg, Beethoven y Schubert.
Es siempre un placer escuchar a músicos de antes, los que están finalizando su carrera porque representan una generación a la que debemos no ya la admiración por toda una vida dedicada a este noble arte sino porque atesoran algo que sólo da el tiempo aunque resulte de perogrullo: años de experiencia. Como en otros campos, escuchar a nuestros mayores supone aprender no lo que dicen sino cómo lo dicen, porque podrán parecernos abuelos contando sus «batallitas», oídas montones de veces pero ahora escuchándolas, cada vez disfrutándolas más, agradecimiento de que todavía puedan y quieran seguir aportando algo nuevo.

El pianista americano de origen croata Stephen Kovacevich o Stephen Bishop (Los Ángeles, 17 de octubre de 1940) parece estar despidiéndose de una dilatada carrera eligiendo casi su testamento interpretativo en unos conciertos que supongo tendrán una especial carga emotiva (como me contaba al descanso alguien que conoce bien este mundo), con obras pegadas a su propia y larga vida, menuda desde los 11 años y enorme en su carrera, probablemente sin la fuerza juvenil de antaño o con una técnica que está ya en su ocaso, puede que incluso desfasada en nuestros días, como por ejemplo un uso del pedal algo «lento» aunque degustando unas sonoridades casi olvidadas, pero donde un fraseo, una nota repetida con distintas intensidades o simplemente contemplarle tocando el piano sentado tan bajo, como el gran Glenn Gould, es más que suficiente para agradecer este concierto. Siempre se aprende de nuestros mayores a los que les debemos todo el respeto.
Abrir con la Sonata para piano nº 1 (Alban Berg) supone el tributo a los compositores de la época difícil, los entonces contemporáneos que beben aún de las fuentes originales tornándolas al lenguaje del momento, algo que Kovacevich transmitió como devolviéndonos al esfuerzo que suponía interpretar estas sonatas desde el conocimiento de un especialista en los repertorios clásicos y románticos. Aún el blanco y negro pero con la riqueza de esas fotografías consideradas obras de arte.

Como si necesitase un respiro para continuar y retomando el estilo que más domina, su Beethoven, primero dos Bagatelas op. 126 nº 1 y nº 5 (que se cambió a última hora en vez de la nº 6 prevista) sonó plenamente juvenil e íntimo, el recuerdo de adolescencia presente sin buscar más allá que la propia frescura de la partitura, bagatela en el sentido opuesto de la palabra y delicia de escucha.
Lo mejor llegaría con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor op. 110 (1821) el dominio de la forma en tres movimientos que el genio de Bonn remueve y traspasa emociones, como contraste al primer Berg y cierre de «la sonata» que Beethoven escribe como puente entre pasado y futuro, el propio de Kovacevich, la penúltima de su corpus, las células que reaparecen como manteniendo la vida, interpretación ceñida a la partitura hasta en las indicaciones, la expresividad del moderato bien cantado, la «broma» del allegro molto y sobre todo un adagio en su justo tiempo antes de una fuga que resultó lección magistral bien explicada por Charles Rosen pero mejor tocada por Bishop, sin excesos y mirándose en toda una vida al piano, la misma historia contada con el poso de los años en la que simplemente escuchar cuatro veces la misma nota con distinta intención son el mejor resumen de su Beethoven, «un programa que expresa la inminencia de la muerte y el posterior regreso a la vida», resurrección musical más allá de la vida y la muerte en las manos de un Maestro, con mayúsculas.

La otra despedida nada menos que Schubert y la Sonata para piano nº 21, D. 960, mismos sentimientos, admiración de los dos alemanes en la mejor Viena de la historia, presagios de una muerte joven pero llena de madurez y profundidad, claroscuros que van del intimismo casi de lied en los dos «moderatos» al breve aliento de alegría del Scherzo siempre con «delicatezza», la misma del pianista norteamericano, sin la luz juvenil pero con la profunda senectud de una vida en blanco y negro, hoteles y salas de conciertos, las 88 teclas que destilan vivencias y sabiduría.

Y como cierre del círculo de la vida el regalo de un perpetuo renacimiento, Bach y su «Sarabande» de la Partita nº 4 en re mayor, BWV 828, contada con voz firme y poco aliento, un placer escuchar estas historias al Maestro Kovacevich en este viaje de invierno hacia la perpetuidad del recuerdo.

Dos conciertos en uno

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Sábado 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano «Luis G. Iberni». Bertrand Chamayou (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Scriabin, Ravel y Rimsky-Korsakov.
Buena inauguración de las jornadas de piano que llevan el nombre de su impulsor, con una OFil cada vez más madura y compacta, hoy algo reforzada para la ocasión, su titular al frente más un joven pianista francés y valiente que se atrevió con dos conciertos en vez de uno, el del ruso Scriabin con el que se estrenaba, más el de su compatriota Ravel.
Se nota el trabajo previo de la formación carbayona porque cada sección está segura y compenetrada, hoy echando de menos un poco más de tensión en los cellos que resultaron «blanditos» en comparación con sus hermanos contrabajos, hoy cinco, que redondearon un equilibrio en la cuerda necesario para el programa sabatino, una madera convincente con solistas increíbles, los «bronces» también con refuerzo que sonaron compactos aunque demasiado presentes por momentos (no fue culpa suya) y una percusión un poco insegura como contagiada de un Conti que estuvo desigual en las tres obras de este primer sábado de noviembre.

El Concierto para piano en fa sostenido menor, op. 20 (1898) de Alexander Scriabin (1872-1915) tiene todos los elementos para gustar, manejando los dos instrumentos para los que compuso toda su vida, piano y orquesta, aún joven sin adentrarse en demasiadas «complicaciones», con un melodismo postromántico seguidor de Chopin o Liszt aunque con aire ruso propio digno también de su amigo y compañero Rachmaninov, piano protagonista arropado por una orquestación delicada que nunca enturbia al solista. Tres movimientos (Allegro-Andante-Allegro moderato) casi cinematográficos en su discurrir, con un Chamayou de sonido limpio, pulcro, potente cuando la partitura lo requería, fraseos bien llevados y una concertación por parte de Marzio Conti sin mayores dificultades, con la orquesta respondiendo sin más problemas que los antes apuntados para una obra delicada, lírica y transparente. Especialmente sentido el movimiento lento central con sus variaciones para disfrutar de todo lo escrito antes del «viril» final que diría Jeremy Paul Norris y bien comenta Miriam Perandones en las notas al programa.

Más complicaciones para todos presenta el Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1932) de Maurice Ravel (1875-1937), original y exótico para el momento con fuertes influencias del jazz y exigencias rítmicas para solista y orquesta que Conti hubo de sortear con desigual fortuna. De nuevo impresionante el sonido y entrega de Bertrand Chamayou, demostrando una claridad expositiva compartida por una instrumentación rica en tímbrica que los distintos solistas (arpa, trompeta, corno inglés, clarinete, trombón, percusión…) solventaron con colorido individual muy estudiado y personal. Estructura también en tres movimientos (Allegramente-Adagio assai-Presto) donde el pianista fue creciendo en intensidad y entrega aunque muy pendiente de la dirección por momentos errática y poco clara. Con todo el resultado final resultó más que agradable y el público obligó al solista a salir para regalarnos una espléndida y hermosa Pavana para una infanta difunta para no perder esa continuidad raveliana tan plenamente francesa, en el amplio sentido del término, convencido nuevamente de que el terruño ayuda a entender la música de uno, y Chamayou puso el mejor broche a esta jornada pianística con orquesta por partida doble.

La impresionante Scheherezade, op. 35 (Rimsky-Korsakov) son palabras mayores que requieren poso y pausa, dominar la masa sonora para no caer en ampulosidades innecesarias, sonsacar la riqueza tímbrica que atesora y mimar la agógica al detalle, algo que no hubo en la interpretación diseñada por Conti. Cada solo de Andrei Mijlin, concertino en la segunda parte, era un guante que no recogía el italiano, utilizando por momentos aires precipitados, atropellados, uniendo fortísimos de nuevo erróneos y erráticos. No entendí muy bien los juegos conversacionales en dos tiempos de trombón y trompeta cuando hablan el mismo idioma, supongo que intentando aportar algo nuevo a una obra que todos tenemos más que interiorizada. De nuevo los solistas volvieron a brillar aunque hubiese momentos tan atolondrados que daba vértigo escucharlos, miedo al error por un aire excesivo que tampoco ayudó a disfrutar con unos cuentos que fueron sólo de «quinientas noches». Lástima porque son obras sinfónicas para masticarlas bien, y pausarlas, antes de tragar. Los ad libitum en los solistas sí resultaron melódicos y los pianos presentes, pizzicati por fin audibles pero sin posibilidad de tomar aire antes de afrontar los cuatro relatos de la princesa. Esperaremos una versión más convincente.

Órgano virginal

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Viernes 6 de noviembre, 20:00 horas. Iglesia de Santa María la Real de La Corte, Oviedo. XI Ciclo de Música Sacra Maestro de la Roza. «Organi carmen in sanctae Mariae Virginis honorem», Germán Yagüe (órgano). Obras de Francisco Correa de Arauxo (1584-1654), Pablo Bruna (1611-1679), Sebastián Aguilera de Heredia (1611-1679), Giovanni Battista Fasolo (1598-1664), Juan Bautista Cabanilles (1664-1712), Girolamo Frescobaldi (1583-1643), Pierre Dandrieu (1664-1733), Girolamo Cavazzoni (1510-1580) y Pedro de Araujo (1640-1705).

Lleno para el concierto inaugural del ciclo de música sacra que organiza la Escolanía San Salvador siempre recordando a Don Alfredo y alcanzando su undécima edición (#yosoydelciclo), todo un logro en estos tiempos de crisis, en el órgano restaurado por Grenzing que tras múltiples vicisitudes nos ha devuelto su sonido de acento castellano ya hecho al asturiano en las manos de un burgalés que está llamado a protagonizar muchos días de gloria, actualmente finalizando sus estudios con Elisa García Gutiérrez (también directora de la Escolanía) en el vecino conservatorio, que comienza este año su colaboración con el ciclo desde este concierto «Jóvenes Talentos» para dar oportunidades a sus instrumentistas en el siempre duro terreno de la música en vivo.
Por supuesto que estudiar órgano supone el plus añadido de tener que hacerlo fuera de tu casa y en este caso un lujo mantener vivo este instrumento de finales del XVIII considerado por muchos como el mejor órgano barroco asturiano, un solo teclado lleno de sonoridades variadas que en el programa elegido por Ignacio Germán González Yagüe (Burgos, 1989) de música renacentista y del primer barroco se adaptaron perfectamente, sin «gemidos» y abarcando una amplia gama tímbrica ayudado en el difícil manejo de los tiradores.

Despligue de medios con dos pantallas. En una pudimos contemplar la técnica depurada de Yagüe, ligados asombrosos escrupulosamente ejecutados, ornamentos que van ganando en personalidad propia, registros no siempre bien diferenciados en ambas manos pero perfectamente elegidos para conseguir variedades no ya tímbricas sino expresivas adecuándose a cada partitura, organizadas con el título de «Cantos de órgano en honor de Santa María Virgen», misma advocación de la iglesia y señalando la inspiración de cada una, con los textos en la otra pantalla que también mostraban la partitura gregoriana e incluso en las «salve» con escucha previa de una grabación vocal a la interpretación organística.

El Canto Llano de la Inmaculada Concepción (Arauxo) se dibujó realmente pegado a la tierra, perfilado vocalmente o acompañamiento sencillo del gregoriano inspirador, lo mismo con el Tiento sobre la Letanía de la Virgen (Bruna, «el ciego de Daroca»), variaciones donde los registros, nunca potentes, ayudaron a diferenciar y frasear la oración.
Las mencionadas «salve» permitieron tras escuchar el fragmento gregoriano original disfrutar del «arte de tañer» de Aguilera de Heredia en la Salve de primer tono por de la sol re, sencillez melódica que va engarzando flores bien ligadas sin perder la esencia primigenia, o los cinco versos de la conocida Salve Regina inspiradora de tantos músicos a lo largo de la historia, esta vez del italiano Fasolo, mayor despliegue de registros en cada exposición incluyendo bajoncillos y trompetería.
El «Ave Maris Stella» fue motivo elegido por Cabanilles para su Tiento de primer tono Partido de Mano Derecha sobre el Inno Ave Maris Stella así como Frescobaldi y su Inno, contraposición estilística hispano italiana con un mismo origen y distinto desarrollo, contención castellana y explosión italiana así reflejadas en la interpretación de Germán Yagüe.

Aún quedaba por escuchar y disfrutar de los múltiples sonidos que atesora el órgano de La Corte, comenzando por un nada habitual Stabat Mater de Dandrieu con siete números que en cierto modo indican los registros buscados y así sonaron, ganando en expresividad e incluso técnica, picados y ligados, contrapuntos sencillos para el momento pero diferenciados en los timbres para una obra «dolorosa» de inspiración y otra muestra de escritura renacentista con inspiración vocal llevada al llamado «rey de los instrumentos». Y del sabor dolorido francés a la magnificencia italiana del Magnificat Quarti Toni (Cavazzoni) con sus cinco números vocales realmente cantados al órgano en despligue sonoro total, sabiamente elegidos los registros recordándonos el importante papel que la música instrumental tenía en las iglesias católicas sin perder nunca el rezo original, que tristemente pareció obnubilar a los dirigentes de entonces.
Y en un concierto de música renacentista no podía faltar una forma genuinamente española como la «batalla» para poner a prueba el órgano ovetense, Batalha de VI Tom, un anónimo atribuido a Pedro de Araújo que hizo vibrar la trompetería desde la música modal no siempre bien entendida ni atendida. Excelente Yagüe y sus ayudantes en una verdadera guerra y despliegue sonoro antes de las siempre bien recibidas Improvisaciones, cómo no sobre la Salve Regina, supongo que muchas veces cantada como escolano en su Burgos natal en las distintas escrituras (como las de VictoriaGuerrero) que nunca «perdimos de escucha» en todas las variantes posibles, expuestas en ambas manos, jugando con los registros, modulaciones modales que hoy vuelven a sonarnos contemporáneas, el «tactus» como ritmo al servicio del texto, y un auténtico examen final con nota para el organista castellano.

El público en un respetuoso silencio a lo largo del concierto explotó con este final luminoso, brillante de principio a fin, deseoso de más oferta musical de órgano que siempre tuvo su papel en esta tierra nuestra, patrimonio cultural que no sólo debe recuperarse sino, y sobre todo, mantenerse. Tomen nota los a veces miopes ideólogos de rutas, turismo, congresos o ciclos porque disponemos de medios técnicos y también humanos para un referente que en otras partes mueve pasiones. Y felicidades nuevamente al Ciclo, con ideas siempre claras en su programación desde hace más de una década.

Amorós: contención y explosión

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Miércoles 4 de noviembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, recital de piano: Pablo Amorós. Obras de Schubert, Chopin, Granados y Falla. Entrada: 18 €.
Las sociedades filarmónicas siguen siendo la base de toda formación musical y el lugar idóneo para iniciarse en la llamada música de cámara, de la que el piano es probablemente el instrumento principal, no solo para melómanos o aficionados sino para los propios músicos en unos momentos donde la contratación es difícil y darse a conocer en vivo una verdadera odisea.

En esta temporada 2015-16 serán varios intérpretes los que pasen por el escenario del coliseo gijonés, llegando desde Córdoba el joven Pablo Amorós con un programa del que habló el día anterior invitado por el Taller de Músicos que mantiene colaboración con la sociedad local, acercando al público los concertistas que dan a conocer esos detalles ayudando a comprender y entender mejor su profesión. Parte de los asistentes aplaudían el poder escuchar obras de música española, que tristemente sigue teniendo más reconocimiento fuera de nuestra tierra como el propio Amorós ha hecho en EE.UU. por citar una de sus giras. Puede ser coincidencia que los dos elegidos para hoy falleciesen fuera de España.

Este miércoles la primera parte estuvo ocupada por dos compositores que no deben faltar en el repertorio de un pianista: Schubert con su Impromtu op. 90 nº 2 que resulta difícil para abrir boca, donde el músico cordobés mostró una de sus cualidades, la elegancia, dibujando con verdadera delicadeza todos los cromatismos sin perder las melodías, elección de aire no muy agitado, con una mano izquierda nunca ofensiva, más bien pinceladas como si de una obra vocal se tratase, y sobre todo el grueso de esta parte que recayó en Chopin, del que Amorós parece tenerle tomado su pulso desde una lectura interior, introspectiva, contenida, sin arrebatos, delicada a más no poder como en los dos nocturnos opus 27 número 1, mano izquierda de brumas y derecha luminosa, pausado para degustar el intimismo, y el número 2, posado y no pesante. Pero sobre todo en las dos baladas, la nº 3 op. 47 diseñada desde la sonoridad buscada con los fuertes contenidos y el ritmo marcado, más la nº 4 op. 52, el intimismo de la mal entendida «música de salón» donde la fuerza nunca es explosiva ni desgarradora, más bien contenida como el propio corazón del compositor polaco, dibujos delicados, casi abocetados con los toques de color en el momento justo, de «rubato» nada exagerado y siempre oportuno, todo ello trabajado desde una sonoridad aterciopelada, sonido cercano aunque capaz de llenar todo el teatro. Si los referentes del cordobés son Horowitz o Rubinstein parece claro que también quiere aportar su interpretación, la tensión necesaria y en el momento preciso capaz de arrancar indebidamente los aplausos como si acumular emociones necesitase soltarlas de golpe. No en vano la biografía del programa dice textualmente: «Un simple «nocturno» de Chopin en las manos de Amorós consigue conmover a muchos de sus oyentes», conmoción romántica entendida desde lo apolíneo y la pasión sin amaneramientos.

Hay que seguir reconociendo, interpretando y escuchando a nuestros grandes porque tanto Granados como Falla lo son. El españolismo universal bien entendido como cultura sin patrioterismos, el que bebe de las fuentes populares con distinto sello y formación pasadas por la genialidad de los compositores, la visión catalana y «afrancesada» del sur que propone Don Enrique  en sus «Danzas españolas» de las que Amorós eligió la «Oriental» (nº 2) y la popular «Andaluza» (nº 5) pero sobre todo los «Valses poéticos» con referencias parisinas y chopinianas en inspiración y color, de nuevo elegancia más contención pero con «duende», andaluz que se nace y no se pace.

Pero punto y aparte resultó Falla (que no falla) como el gaditano capaz de diferenciar toda la región, las distintas provincias de la que Granada marcaría su obra, y sobre todo la Sevilla inspiradora de tantos músicos. La «Serenata Andaluza» comenzó a despeinar el talento del cordobés como traduciendo dede las fuentes lo que Don Manuel captó como nadie, las melodías cristalinas como las fuentes del Generalife o la mezquita cordobesa que tantas veces habrá imaginado el pianista. La explosión necesaria tras la contención llegaría con la «Fantasía Bética«, geografía sonora de una tierra de contrastes donde lo flamenco es solamente disculpa para demostrar el dominio de la escritura pianística del fallecido en la Córdoba argentina y compuesta por encargo del virtuoso Arthur Rubinstein, verdadera fantasía para 88 teclas, cascada de color y ritmo, capaz de transmitir el taconeo y el rasgueo, verdaderos jirones del alma hechos música en el piano del cordobés intérprete, desmelenado, fogoso, encogido para sentir una guitarra de teclas dando rienda suelta al despliegue sonoro casi prohibido en la primera parte. Y como en los grandes momentos aquéllo tuvo «pellizco».

Serán leyendas urbanas pero nadie mejor que los intérpretes españoles para entender, sentir y transmitir nuestra música. Los grandes maestros de Pablo Amorós han sido referentes, especialmente Alicia de Larrocha y Joaquín Achúcarro, dominadores del piano romántico pero modelos en la música española capaz de compartir programa con Chopin y Schubert sin complejos y sin necesidad de traducción. Habrá que seguir de cerca la trayectoria de este cordobés, digno alumno de nuestros grandes intérpretes y compositores.

Mozart nun tris

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Martes 3 de noviembre, 11:30 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Casa de la Cultura, Mieres. Producciones Nun Tris: Los amorinos de Bastián y Bastiana (Mozart). Vanessa del Riego (soprano), Cristóbal Blanco (tenor), Antón Caamaño (bajo), Mario Álvarez Blanco (piano). Supervisión musical: Elena Pérez Herrero; escenografía: Pablo Maojo; ayudante de dirección: Inma Rodríguez. Dirección escénica y versión en asturianu: Antón Caamaño.

Esta mañana de noviembre nos fuimos con el alumnado del IES «El Batán» a escuchar una ópera de Mozart traducida al asturiano, dentro de la «Axenda Didáctica escolar» que patrocina la Consejería de Educación y Cultura desde hace seis años, a través de la Dirección Xeneral de Política Llingüística, aunando en nuestro caso los Departamentos Didácticos de «Llingua asturiana» y «Música«, una actividad muy útil desde todas las áreas que acoge proyectos de lo más variado, decantándonos nosotros por esta dualidad que toca el folk como en otros años,

pero también la «ópera de cámara», pues eso es Bastien und Bastianne, K. 50/46b, un singspiele que no llega a la hora de duración pero no en alemán sino en nuestra lengua autóctona, ya rodada y con artistas de la tierra, en un montaje sencillo, ocurrente, en época trasladada al siglo XIX de la emigración asturiana como «una crítica a los valores de las ciudades, a las que se la identifica con la vanidad, y una apuesta por la sencillez, simbolizada en el mundo rural» (el mismo de gran parte de nuestro alumnado) y con tres personajes siempre actuales desde cualquier óptica, partiendo de elementos tradicionales que evolucionan al paisaje urbano.

Difícil es cantar por la mañana, aún más tener al alumnado atento, pero resultó todo un éxito esta adaptación muy trabajada no ya por la traducción del alemán al asturiano, primera ópera representada en nuestro idioma, a cargo del director escénico y bajo para la ocasión Antón Caamaño, con la supervisión de la mierense Elena Pérez Herrero, que conoce a la perfección obra e intérpretes desde su condición de cantante y profesora de canto.

Con el piano (eléctrico) de Mario Álvarez Blanco, curtido en repertorios operísticos (es maestro repetidor de la Ópera de Oviedo desde hace años), el propio actor profesional Antón Caamaño como Colás más la soprano Vanessa del Riego en Bastiana y el tenor Cristóbal Blanco como Bastián, ambos también componentes del Coro de la Ópera de Oviedo, ayudados por sobretítulos y una iluminación suficiente, siempre ayudados por el personal técnico de la Casa de la Cultura de Mieres, nos hicieron disfrutar de esta joya compuesta por el prodigio de Mozart con 12 años, música a borbotones con el sello inconfundible del genio de Salzburgo y la engañosa facilidad de una partitura exigente para todos, trío cantante y pianista que debe «reducir la orquesta», donde el alumnado pudo escuchar arias, dúos y el trío final junto a los simpáticos diálogos y enredos que algunos creyeron reales como la vida misma en el coloquio entablado al finalizar la representación.

Mi más cordiales felicitaciones al pianista que hubo de tocar a oscuras en muchos momentos, a una Vanessa acatarrada que luchó como los grandes para no cancelar representación, a Cristóbal que se preparó el papel en tiempo récord (al encontrarse el avilesino Pablo Romero en Londres) y por supuesto al mago Antón, verdadero triunfador entre el público por su trabajo antes, durante y después de esos amoríos que enamoraron a todos. Esta agenda nos viene muy bien a todos en nuestro arduo trabajo, esperando sigan apostando los dirigentes por ella. No olviden que es invertir en futuro.

Don Alfredo, la muerte no es el final

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Este sábado 31 de octubre se cumplían once años del fallecimiento del Maestro Alfredo de la Roza Campo (Santa Marina de Siero, 1925 – Oviedo, 2004) y «su» Escolanía San Salvador le rendía homenaje con una Misa en San Isidoro oficiada por su párroco Don José Luis Alonso Tuñón, y cantando porque es la mejor forma de mantener vivos a nuestros seres queridos, desde el inicial Cerca de tí, Señor hasta La muerte no es el final pasando por una de las misas compuestas por el propio Don Alfredo, cuyas partituras calígrafas eran mejores que las de imprenta, porque así era este sacerdote que ejerció su pastoral por y desde la música, con alumnado a lo largo de muchos años al que inculcó su pasión plantando una semilla que con el tiempo ha dado buenos frutos.

La «Escolanía de Don Alfredo» sigue funcionando a la perfección, con muchos avatares (situación o vicisitud contraria a la buena marcha de algo) pero muy viva y madura, dirigida actualmente por Elisa García Gutiérrez, también organista y profesora. Por esta formación han pasado varias generaciones, incluyendo a su anterior director Don Gaspar Muñiz, sin olvidarme de Joaquín Sandúa que tanto trabajó codo con codo con Don Alfredo en la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (en los tiempos de Benito Lauret) y que le ayudó a crear junto a Manuel Ardura Nachón la Escolanía de Mieres, de breve recorrido ensayando en la entonces llamada Casa de la Juventud de Mieres en Oñón, con Javier Pérez López de responsable. Todos buenos amigos.

Y los viernes de noviembre vuelven a ser cita obligada del Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza», que con esfuerzo, como todo en la vida, alcanza su undécima edición, siendo esta Misa el verdadero arranque del mismo y siempre con nuestro Alfredo presente. El lema de este año «Nada te turbe», acertado como la música e intérpretes elegidos para la misma, cuatro conciertos #yosoydelciclo, etiqueta en las redes sociales donde la Escolanía y sus seguidores van informando puntualmente.

La Iglesia de Santa María de La Corte acogerá el día 6 de noviembre a las 20:00 horas el concierto del compositor y organista burgalés Germán Yagüe, también en su momento escolano en su tierra, ahora estudiante y organista en Oviedo, que interpretará obras de Correa de Arauxo, Pablo Bruna, Cabanilles o Frescobaldi entre otros. Buen repertorio para poner a prueba el órgano de La Corte, también con mucha historia.
Volveremos a la «sede oficial» de San Isidoro el 13 de noviembre a las 20:30 horas, la iglesia de la Plaza del Ayuntamiento, con la cantante griega Nektaria Karantzi, un referente del canto bizantino que será objeto del programa a escuchar.
El 20 de noviembre a las 20:30 horas será el turno del grupo malagueño Oniria que dirige Daniel Anarte, especializado en repertorio renacentista y barroco en una formación que seguro llamará la atención del público con sacabuches, antecesores de los actuales trombones, percusión y narrador en un concierto titulado «La música estremada», música y mística del Siglo de Oro enlazando con ese «Nada te turbe» tan teresiano con obras del Cancionero de Upsala, Francisco Guerrero, Morales, Cabezón o Victoria.
Cerrará el XI Ciclo la propia Escolanía San Salvador dirigida por el prestigioso profesor y músico argentino Gabriel Garrido, especialista del barroco y fundador del Ensemble Elyma, el 27 de noviembre a las 20:30 horas, un concierto titulado «Oh luz gozosa» con Marc Sunyer al violón, Luis Alberto Rodríguez al bajón, arpa y Elisa García al órgano, interpretando villancicos navideños con batallas y lamentos de Juan de Araujo encontrados en los archivos del virreinato peruano donde fue Maestro de Capilla en Lima, verdadera mina para rescatar repertorio hispano.
coincidiéndome con un concierto en el Auditorio, pero seguro que colofón perfecto de una música que ha encontrado su hueco en el mes que comienza con todos los santos y los difuntos, aunque como la propia letra de esta maravillosa partitura del sacerdote Cesáreo Gabaráin Azurmendi (1936-1991), autor entre muchas más de la popular Pescador de hombres, y hoy convertida como otras en himno militar, aunque fuese compuesta tras la pérdida de Juan Pedro, joven organista de 17 años de su parroquia:

«Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos,
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.
Siendo felices contigo,
sin padecer ni morir
«.

Casi palabras en boca del propio Don Alfredo, siempre en nuestro recuerdo.

Exquisito Kavakos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Leonidas Kavakos (violín y dirección), Orquesta de Cámara de Europa (Chamber Orchestra of Europe). Obras de Beethoven.

No se puede tener mejor inicio de temporada que Beethoven con dos de sus obras dirigidas juntas en Viena también por un violinista director como Franz Clement (como recuerda Ramón G. Avello en las notas del programa), esta vez Oviedo con el griego Leonidas Kavakos marcando diferencias como intérprete y aún más a la batuta, al frente de una orquesta verdaderamente excelente (también con españoles en sus filas, la flautista salmantina Clara Andrada de la Calle y el cellista leonés Luis Zorita) que nos dejó a todos con un sabor de boca difícil de olvidar. El trabajo previo se notó en cada movimiento, en cada tiempo, en cada textura, como un orfebre que haya trabajado todos los detalles, lo que nos permitió escuchar notas que están en la partitura pero no siempre salen a la superficie, y una calidad en todas las secciones que permitió disfrutar dos interpretaciones de altura.

El Concierto para violín en re mayor, op. 61 (1806) sirvió para impactarnos del sonido orquestal y solístico, más allá del Stradivarius «Abergavenny« siempre pleno de presencia, con un entendimiento más allá de la propia concertación, y un amplísimo abanico de dinámicas para una formación realmente de cámara aunque rondando los 50 músicos.

Tenía que ser un griego quien nos recordase este Clasicismo con mayúsculas, el que avanza inexorable hacia la libertad, escultura iluminando sombras y oscureciendo luces para no cegarnos y dar vida al mármol o la piedra en un concierto original desde su planteamiento inicial, Allegro ma non troppo sinfónico, pleno, con la colocación y elección instrumental estudiada para conseguir colores únicos, dos trompetas y timbales naturales a la derecha, violines enfrentados y contrabajos tras los primeros. La entrada del solista emocionando por la textura y calidez, la música fluyendo de forma natural en todos, las secciones sonando diferenciadas y uniformes, conduciendo lirismo desde una espontaneidad muy cuidada, Kavakos embriagándonos de música con el «tempo» perfecto y dirigiendo con la naturalidad de saberse entendido en cada momento, con una cadencia para paladear en cada detalle. El Larghetto trajo una cuerda sedosa, aterciopelada, equilibrada con el solista, engarzando sin problemas melodías antes de una nueva «cadenza» que puso la piel de gallina antes de atacar con exactitud germana el Rondó final, precisa la orquesta y precioso el violín, alegría, brillo, comunicación y entendimiento lleno de «rubatos» situados en el momento oportuno, midiendo hasta los calderones y con la velocidad suficiente para dejarnos con la miel en los labios por no tener aún más longitud. Orquesta de colores instrumentales únicos, plegada al ánimo del solista y director griego regalando música por todas partes en este único concierto para violín de Beethoven.

Aplausos y varias salidas para que Kavakos nos regalase la «Gavotte en rondeau» de la Partita nº 3 en mi mayor, BWV1006, un Bach perfecto en todos los sentidos, lección de arco, suavidad en los fraseos, dobles cuerdas con volúmenes diferenciados y siempre música a borbotones. Sólo podía estar Bach en medio de Beethoven.

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Eroica» (1804) me faltarán palabras para poder explicar la inenarrable versión del músico griego con la COE, pues hubo tanto para resaltar que seguro me olvido algo. La riqueza de la tímbrica fue algo único, las dos trompetas naturales presentes junto al timbalero nunca arrebatando volúmenes, el trío de trompas -que ya en dúo durante el concierto de violín sonaron aterciopeladas- como una sola por el color y orgánica en acordes; los fagotes precisos y preciosos, sonando por momentos a trompa y en el dúo con ella una nueva sorpresa auditiva; la flauta solista llena de registros emocionantes; clarinete cercanos al cello por fraseo y timbre; el oboe de una musicalidad que conmovía, con un Kavakos dejando fluir todo sin prisas, paladeando cada melodía con su carácter especial redescubriendo el «segundo estilo» de Beethoven, creación personal donde la música expresa sentimientos e ideas al igual que director y orquesta. No importa si originalmente estaba dedicada a Bonaparte porque realmente sonó y fue concebida como «heróica».
El Allegro con brio nos dejó una cuerda brillante y limpia en el fraseo, contrabajos y cellos presentes, madera y metales alternando protagonismo, dinámicas exquisitas sin perderse nada.
La Marcia funebre. Adagio assai tuvo el acierto de jugar con unos tiempos tranquilos que daban más esperanza que tortura interior, recordándome el sufrimiento del mejor Delacroix pero esperanzador por un más allá, quién sabe si la orilla del tema central, pletórico y magnánimo antes de volver a la triste realidad, emoción a flor de piel pero siempre contenida.
Del Scherzo. Allegro Vivace otro soplo de aire fresco, concepciones dinámicas y rítmicas que serán la firma del genio de Bonn enterrado en Viena, el sonido clásico evolucionado, rápido pero nada vertiginoso, de nuevo escuchando todo en su sitio, oboe, flautas, cuerda, fagotes, trompas, timbales y trompetas… ¡todo! como sólo las grandes formaciones y batutas pueden alcanzar cuando existe la química del entendimiento y la complacencia y aceptación del trabajo bien hecho.
La apoteosis llegó con el Finale. Allegro molto – Poco Andante – Presto, variaciones para degustar de una orquesta pletórica, madura, equilibrada, tímbricas casi desconocidas, dinámicas extremas capaces de acallar el auditorio, solistas impecables, secciones en sana rivalidad sonora, ritmo contagioso y vital, silencios majestuosos, contención y vigor con un director de gesto adecuado, casi contenido, pero que saca a flote la riqueza de una partitura que sigue siendo necesario escucharla al menos una vez al año porque siempre descubrimos algo nuevo doscientos años después, máxime con músicos como los de este inicio de temporada que ha puesto el listón muy alto y las emociones a tope.

Leonidas Kavakos quedó firmando discos, aunque mañana estarán en Lisboa, joyas todos y público de todas las edades haciendo cola, siendo los jóvenes quienes disfrutaron como los que más porque también saben paladear lo exquisito, precisamente por escaso.

Tras la gloria

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Jueves 22 de octubre, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre con invitación.
Puntualidad británica, protocolo obliga, en «el concierto de Los Premios» presidido por el Rey Felipe VI que comenzó con todos los intérpretes en el escenario escuchando el «Himno Nacional» llevado por el Maestro Conti con marcialidad y contención en su debut en este concierto previo al viernes de la ceremonia de los Premios, antes de comenzar la Misa «del Gloria» para un público no habitual que aplaudió al finalizar el segundo de los cinco números, puede que por el ímpetu mostrado en él. Y es que tras el ensayo del día anterior donde ya había unos tiempos extremos y dinámicas contrapuestas en busca de la mayor expresividad, este jueves «a la gloria«, que resulta principal no ya por el título, se llegó volando más que planeando.

El Coro de la Fundación, que dirige y trabaja muy bien todo el año con su titular, fue el verdadero protagonista, plegado a los designios del director italiano, luchando por mantener el brío, mostrándose más cómodo en los lentos, aunque para los solistas no lo fuese. Pese a mi ubicación en la Sala Polivalente como un componente más de la formación, pude comprobar la presencia siempre clara de las voces así como de la orquesta, de matices definidos y equilibrio entre las secciones, solo algo roto por los metales compensado por el excelente efecto orgánico del Maestoso «Quo niam tu sous», aunque los tuviera a todos de espaldas, buen síntoma de su proyección y acústica, totalmente distinta sin la pared habitual.
Del concierto me quedo dentro del extenso y variado Gloria con su «Laudamus te» más el «Domine deus» homofónicos y matizados por coro y orquesta, verdadero remanso tras el vértigo, elevado a placer con David Menéndez del «Qui tolis» poderoso, medido y cantado con el sentimiento y fraseo necesarios, así como el Allegro fugado por la dificultad del aire elegido por Conti para voces e instrumentistas que respondieron al stress «Cum sancto spiritu«.

En el Credo también hubo momentos para degustar este plato joven del de Lucca, la orquesta en tresillos mientras el coro cantaba «et expatre natum» en un trayecto vital y textual hacia el «lumen de lumine»por la carga tímbrica lograda por Conti preparando el bellísimo «Et incarnatus» bien cantado por Ramón Vargas, timbre ideal para Puccini, más encajado pero no perfecto (de hecho lo debutaba hoy en Oviedo), al que me pareció algo falto de pianos en los agudos, pero de fraseo hermoso con un coro compañero de lujo, y de nuevo David Menéndez «clavando» el «Crucifixus» que me supo a poco por lo bien escrito y mejor cantado, en compañía de un coro arropando y disfrutando a medida que avanzaba este acto de fe tan pucciniano.
Con el Sanctus y Benedictus ya alcanzamos «Pleni sunt coeli et terra», nueva lección del barítono asturiano sobreponiéndose sin problemas a una orquesta en su plano tras aparición regia y comentarios conyugales en el palco, y un «Hosanna» convincente (supongo que sin segundas intenciones). Quedaba el dúo final de los solistas, empastados, unísono antes del último paseo «miserere nobis» no tan impactante como el gloria aunque se buscase la misma desde el final recogido bien marcado por el director italiano.

Punto final hacia las 20:20 h. con «Asturias Patria Querida» sonando sinfónico-coral y popular entonado por todo el «coro trasero», con final italiano al que tendremos que cantárselo más a menudo. Aplausos familiares y salida rápida para la aldea del que suscribe, escapando de tumultos y protocolos.

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