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Rescatar del olvido

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Jueves 1 de junio. I Festival Universitario de Música Iberoamericana. Auditorio Príncipe Felipe: «Redescubriendo la música sinfónica de la España del XIX: Carnicer, Marqués y Bretón». Ramón Sobrino, Oviedo Filarmonía, Rubén Díez (director).

La Universidad de Oviedo está plenamente integrada en su ciudad y a ella le devuelve mucho en todos los campos, siendo la música uno de los pilares fundamentales de una capital que puede presumir no solo de una afición única y oferta amplia, también de ser pionera en los estudios de Musicología, aumentando y alimentando el patrimonio humano y cultural de primer orden. Desde la década de los 80 con Emilio Casares marcando el paso a siguientes generaciones, con la ayuda del no siempre reconocido Ángel Medina, ya organizaba aquellas primeras semanas de música y posteriormente un inolvidable y magno Festival de Música en la primavera, creciendo cada año, que ampliaría la ya buena oferta en la capital del Principado, preparando a los programadores culturales (siempre en mi recuerdo Luis G. Iberni y su digno actual sucesor Cosme Marina) más toda una generación de musicólogos encabezados por Ramón Sobrino, María Encina Cortizo, María Sanhuesa, Celsa Alonso, y tantísimos más, hoy en sus respectivas cátedras universitarias por todo España e Iberoamérica, trabajando en archivos catedralicios o de bibliotecas de medio mundo, pues hay quedan muchos tesoros por descubrir, desempolvar, rehacer, publicar y finalmente interpretarse.

Recordar es vivir como olvidar es morir, rescatar supone resucitar.

A tantas hornadas salidas de aquella Facultad de Geografía e Historia en la Plaza Feijóo al estrenado Campus del Cristo, primeras promociones de Musicología (1987) hasta recalar en el actual Campus del Milán, les debemos el rescate de tantos archivos musicográficos, la recuperación del patrimonio musical español y sus herederos transatlánticos, luchando contra todas las dificultades imaginables que poco a poco superan, poniendo siempre a Oviedo, su universidad y nuestro Principado de Asturias como capital de la musicología española a quien no me cansaré de bautizar «La Viena española».

Este año la Universidad de Oviedo recupera esa emblemática tradición musical del pasado siglo y vivida como estudiante, con el primer Festival Universitario de Música Iberoamericana «musicUO», presentado el 17 de mayo y que pretende afianzar la presencia de nuestra universidad fuera de aquellas localidades en las que se ubican sus campus, un festival dedicado a aquellas manifestaciones musicales de países del continente americano con los que históricamente la institución académica ha mantenido una relación muy estrecha. Este ciclo que se está desarrollando desde el 24 de mayo y se prolongará hasta el próximo 16 de junio, cuenta con la colaboración de los concejos de Ribera de Arriba, Piloña, Navia y Langreo, distintos intérpretes más las dos orquestas OSPA y OFIL.

Al auditorio acudía a las 19:00 horas este primer día de junio a la conferencia presentada por la vicerrectora de Extensión Universitaria y Proyección Cultural María Pilar García Cuetos, y el catedrático Ramón Sobrino, catedrático de Musicología y codirector del festival, quien nos daría una verdadera clase con su tono habitual lleno de sabiduría trufada con anécdotas e ironía sobre tres compositores del siglo XIX que la Musicología ha recuperado para nuestros días. La primera vez que escuché el término «Alhambrismo sinfónico» fue precisamente a mi admirado Ramón a raíz de aquel inolvidable 1992 donde la Junta de Andalucía, desde el Centro de Documentación Musical, editaría un CD dentro de su colección «Documentos sonoros del Patrimonio Musical de Andalucía» con la Orquesta Ciudad de Granada dirigida por Juan de Udaeta con obras de Chapí, Bretón, Monasterio y M. Carreras en una edición musical del ICCMU, fundado por nuestro querido profesor Emilio Casares, ya con un trabajo musicológico de años a cargo del entonces profesor Sobrino escribiendo un libreto acompañando al disco, que por entonces ya suponía todo un profundo estudio sobre esta música tan nuestra, y que con el hispánico «complejo de inferioridad» donde lo foráneo se creía mejor, tristemente valorado lo nuestro mucho más fuera de nuestras fronteras (hoy me acordaba de Carnicer cuyas óperas Alemania se hacía cruces por no estar en cartelera aquí). Lo de siempre, el refrán «nadie es profeta e su tierra», y la música no es ajena.

En menos de 40 minutos, tras la breve presentación de la catedrática Pilar Cuetos, el doctor Sobrino nos presentó, ilustró y preparó para el concierto posterior: las necesarias pinceladas biográficas donde no pueden faltar las anécdotas, comenzando por el ilerdense Ramón Carnicer y Batlle (1789-1855), de amplia producción operística y promotor de los estrenos en la España del momento con los mismos repartos italianos o franceses, desmenuzando el pot-purri que escucharíamos después; prosiguiendo con el mallorquín Pedro Miguel Marqués (1843-1918), sus cinco sinfonías, la Sociedad de Conciertos madrileña que se las estrenaría, pero también las peripecias tras enviudar y volver a su isla con cuatro poemas sinfónicos que nunca llegó a escuchar y acabaron en la basura, felizmente recuperadas por el archivero de la Orquesta Sinfónica de las Islas Baleares, que la familia Sobrino-Cortizo ha «rehecho» para escucharse este jueves en estreno absoluto del tercero; y finalmente el salmantino Tomás Bretón (1850-1923) de quien conmemoramos el primer centenario de su muerte, no sólo gran compositor de óperas o zarzuelas sino también un sinfonista por redescubrir que bien pasaría en este repertorio por germano o incluso ruso, y cuya integral ha sido grabada pero no interpretada en vivo, criticable pues el proceso debería ser el inverso ya que el directo no es un estudio. Una clase amena, ilustrativa, y «marca de la casa» no en la Facultad sino en la sala de cámara de esta «Extensión Universitaria» con buena asistencia (casi pasamos lista), donde pudimos también escuchar fragmentos en MIDI junto a las partituras que nos darían las pinceladas cual guía para lo que escucharíamos después a la Oviedo Filarmonía (OFil) bajo la batuta del avilesino de Rubén Díez a partir de las 20:00 horas.

Para abrir concierto, Ramón Carnicer y su Potpurrí de aires característicos españoles (1837) que no se escuchaba desde su estreno, y donde el catalán ya curtido en óperas, oberturas-sinfonías, sin perder una escritura orquestal poderosa, engarza canciones propias (El poder de las mujeres) junto a la Tirana = El sonsonete de Mercadante, o el Polo del contrabandista de Manuel García, muy populares entonces, y utilizadas por Carnicer en una original página sinfónica que sonó ideal con la OFIL y el maestro Díez. Mi reconocimiento a esta orquesta ovetense tan versátil en sus repertorios y que Rubén Díez conoce bien, sacando de esta partitura lo mejor de la formación.

El estreno absoluto sería el de Pedro Miguel MarquésEn la Alhambra, pequeño poema instrumental arabesco-español en tres tiempos (ca. 1905). Ayudó mucho la «clase de Don Ramón» para comprender el «invento del alhambrismo» a partir de evocaciones y recursos musicales que el mallorquín utilizó en este breve poema sinfónico. Primer número titulado I. Noche embriagadora (Adagio), orquesta bien matizada con una cuerda siempre presente, siguiendo la II. Danza de odaliscas (Allegretto giocoso) que de no conocerse el autor podría estar enmarcada en Francia o incluso la Alemania wagneriana, orquestación trabajada, vientos y percusión con protagonismos compartidos, y la poderosa III. Marcha de héroes al combate (Tempo di marcia), con una fanfarria de metales incluida en ella a partir de los apuntes del propio Marqués que el doctor Sobrino adoptó y apostó por añadirla (sin la tentación de sumar timbales), dándole mayor cuerpo a este último tiempo.

Y la Sinfonía nº 3 en sol mayor (1905) de Tomás Bretón volvería a sonar en vivo después de un siglo largo, tres movimientos académicos» (I. Allegro non troppo; II. Andante con moto; III. Scherzo. Allegro; IV. Allegro) para gran orquesta, la OFil bien llevada por Díez, al que se notó el concienzudo trabajo abordando estas páginas «inéditas», dándole todo el colorido y sabiduría sinfónica del salmantino, sin complejos, escuchándose referencias de los grandes europeos (el propio Bretón lo era pese a no reconocérsele esta faceta más allá de la escena), pasajes que firmarían Brahms, Mendelssohn, Schumann, R. Strauss y hasta Mahler. Bretón conocía todo este mundo sinfónico del momento y se empapará de él, música romántica que mantiene detalles personales, combinaciones tímbricas y aire hispano sin folclorismo. La OFil y Rubén Díez resucitaron esta tercera de dinámicas amplias muy estudiada por el director avilesino, el público aplaudió reivindicando una España más europea de lo que pensábamos. Al menos las músicas del XIX vuelven a sonar en su tierra con sus intérpretes gracias a la Musicología de Asturias al mundo.

Colosal Viena musical

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Martes 30 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Orchestre des Champs-Élysées, Philippe Herreweghe (director). Obras de Mozart y Beethoven.

Entrando en la recta final de otra temporada musical con un altísimo nivel en «La Viena Española», este festivo Martes de Campo ovetense, comenzaba su gira la Orchestre des Champs-Élysées con uno de los últimos directores históricos y de referencia como el belga Philippe Herreweghe (Gante, 2 de mayo de 1947), fiel continuador de otros grandes tristemente desaparecidos como Harnoncourt y Leonhardt (siempre en mi recuerdo), colaborando y fundando orquestas con instrumentos de época -antes llamadas «historicistas»- para abarcar un amplísimo repertorio que tenemos la suerte de disfrutarlo en sus múltiples grabaciones o en las retransmisiones que el canal de pago Mezzo© nos continúa ofreciendo y  algunas compartidas en YouTube©.

No voy a descubrir nada nuevo en esta formación parisina con su fundador desde 1991 (también del Collegium Vocale de Gante o La Chapelle Royale) pues sería pretencioso por mi parte, pero sí tenerlos, como suelo repetir, desde el irrepetible directo nada menos que con dos monumentos sinfónicos de los genios de Salzburgo y Bonn: la Júpiter y la Heroica, dos de las sinfonías reconocidas como de las más extraordinarias compuestas en aquella Viena capital cultural del momento, programa que espero escuchar de nuevo el próximo 2 de julio en el Festival de Granada, el paso del Clasicismo al Romanticismo hacia un tiempo donde se presentían grandes cambios que en la música también se vislumbraban y reflejarían, a lo que el propio Herreweghe no es ajeno en sus interpretaciones con la Orchestre des Champs-Élysées abordando estos repertorios. Colocación lógicamente «vienesa» con violines enfrentados y contrabajos al fondo consiguiendo una sonoridad única, envolvente, además del timbre que los instrumentos naturales y su afinación logran, plegados a un director de «manos corales», gesto austero pero eficaz para unos músicos plenamente integrados en su orquesta.

La última sinfonía de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) escrita en aquel prodigioso verano de 1788 (junto a la 39 y la 40), supuso su punto final como sinfonista (aunque él no lo sabía) en la estela de «papá Haydn», mientras que la Tercera significó para Ludwig van Beethoven (1770- 1827) la palanca hacia el éxito en su carrera, lanzándole a una forma de expresión que habría de revolucionar el mundo orquestal de su época. Dos obras en cierto modo complementarias que ocuparían cada parte de este concierto «en gira» con una orquesta a medida del músico belga.

La Sinfonía nº 41 en do mayor, K.551, «Júpiter» es única por la plantilla abundante (con maderas sin clarinetes, y metales a dos con tres trompas), que la Orchestre des Champs-Élysées recreó a la perfección en cada uno de sus cuatro movimientos (I. Allegro vivace; II. Andante Cantabile; III. Menuetto. Allegretto; IV. Molto Allegro): cuerda aterciopelada y limpia, maderas empastadas a la perfección, metales y timbales contenidos para un balance ideal bien controlado por el maestro belga, adusto y eficaz, permitiendo escucharlo todo con una claridad «de disco». Tiempos ajustados a las indicaciones, valientes y brillantes, del arranque inicial al último movimiento, luminosa hasta por la tonalidad que es como contemplar un lienzo restaurado, quitándole la pátina de los años para recrear la vista, en este caso el oido. Maravilloso disfrutar la complejidad de esta última sinfonía mozartiana con la claridad expositiva en los contrapuntos, armónicos y tímbricos, referentes operísticos donde las manos de Herreweghe parecen dar las indicaciones mínimas para sacar a la luz lo preciso sin perder la genial globalidad. El «fugato» final rubricó una «Júpiter» celestial, imposible describir con palabras lo que tantos especialistas han intentado para esta joya sinfónica, y que recogen las notas al programa de Pablo Meléndez-Haddad: “Un canto triunfal, espléndido y consciente de su propia fuerza; la ‘K. 551’ se eleva por encima de los dolores terrenales en un supremo haz de luz”, “Con una elocuencia, una fuerza y una gracia soberanas, el maestro echa mano de todos los elementos de los que se habían servido sus gloriosos predecesores y nos muestra lo que ha hecho la música hasta él y lo que hará hasta cien años después”, ó “Hay un misterio en esta música que no se puede resolver por medio del análisis y la crítica.

Y cual complemento a la última de Mozart, la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op.55, «Heroica» (1802-1804) sumando a la plantilla la tercera trompa y dos clarinetes, aún resultó más grandiosa si cabe. Escucharla me lleva siempre a la película de la BBC Eroica con Harnoncourt «recreando con su orquesta cómo trabajó el estreno de esta Tercera el propio Beethoven (aunque los actores no sean muy buenos). Arranque valiente de los parisinos en el I. Allegro con brio de tímbrica sedosa y sin complejos, dinámicas amplias y fortes bien equilibrados en toda la orquesta, incluyendo los metales, con un trompa solista perfecto y la disposición vienesa ideal para el balance correcto. Herreweghe ampliando un poco más su gesto contenido presentó la II. Marcia funebre (Allegro assai) desde esa dualidad entre marcha triunfal y mortuoria, el primer Napoleón admirado hasta la decepción tras erigirse Emperador, el maestro belga atento a cada detalle sonoro y el contraste anímico hecho música, sombras luminosas, reguladores amplios, dinámicas nunca estruendosas sino contenidas pero siempre claro el discurso con los silencios sobrecogedores; impactante el III. Scherzo (Allegro vivace) con la madera en diálogo y la cuerda empujando, los timbales ayudando sin sobresalir y un Herreweghe «desatado» dentro de su gestualidad siempre contenida para ir trazando las amplias dinámicas y un tempo que la orquesta mantuvo nítido en todas las secciones, con el trío de trompas naturales y humanas porque sus notas resuenan al darles el papel predominante. Y como contagiado este otro «héroe» de director, con el cuerpo fue llevando el IV. Finale (Allegro molto) a una orquesta plegada a sus órdenes, pizzicatti redondos en las tripas, un fugato de primeros atriles marcado sin excesos gestuales pero entregados todos en la interpretación de este monumento sinfónico que es La Tercera, maderas y metales en su sitio, timbales impecables con juegos dinámicos y rítmicos impactantes, pasando por ese «momento turco» antes de la recapitulación total con un final pletórico.

Emoción de un programa grande en «La Viena Española», dos genios con dos sinfonías de cabecera para todo melómano por unos intérpretes a la altura de estas maravillas que forman parte de la historia, de la genuina Viena de Mozart y Beethoven a la española, que disfrutó con otro de estos conciertos para el recuerdo. El vigor de Herreweghe a sus estrenados 76 años lo transmite desde la contención y sabiduría por su visión historicista que limpia y da esplendor con esta su Orquesta de los Campos Eliseos a un repertorio que siempre conviene volver en su «estado puro», más en tiempos casi tan convulsos como los de sus compositores.

Tiempos de guerra

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Viernes 26 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XIII OSPA, Alena Baeva (violín), Anna Rakitina (directora). «Música en tiempos de guerra»: obras de Elena Langer y Prokofiev.

Sin supersticiones llegaba el decimotercer concierto de abono de la OSPA, de nuevo con poco público que comienza a ser preocupante, con un programa donde los tiempos de guerra están presentes ayer y hoy, mujeres protagonistas desde un conflicto que continúa hace más de un año aunque parezca olvidado como es la invasión rusa de Ucrania: la violinista rusa Alena Baeva (1985) de familia musical como tantas en la antigua Unión Soviética, la propia directora Anna Rakitina (1989) otra moscovita de padre ucraniano y madre rusa, la compositora Elena Langer (1974) de quien nuestra orquesta está estrenando en Europa el Sueño de Leonora, y hasta la propina de la polaca Grażyna Bacewicz, otra nacionalidad donde los conflictos bélicos a lo largo de la historia han marcado una producción artística llena de dolor pero también de esperanza. Programa con «Música en tiempos de guerra» que continúa dividiendo familias y donde el dolor sigue siendo fuente de inspiración.

La compositora británica Elena Langer (Moscú, 8 de diciembre de 1974) está siendo reconocida por sus óperas y en diciembre de 2020 fue seleccionada por el Conservatorio de Nueva Inglaterra para componer  una obra basada en el tema de Leonora de la ópera «Fidelio» en el 250 aniversario de Beethoven. Así surge Leonora ́s dream estrenada en Boston el pasado noviembre de 2022 por la NEC Philharmonia, y que llega a Europa de la mano de la directora invitada Anna Rakitina que se escuchó ayer en Gijón y mañana en Santander. La directora moscovita, segundo premio del prestigioso «Concurso Malko» de Copenhague en 2018,  lo que la ha llevado al frente de casi todas las orquestas europeas y norteamericanas, defendió esta obra de su compatriota con la misma energía que desprende la partitura. Como explica Vera Fouter en las notas al programa y recogiendo palabras de la propia Langer, «…parte de «el aria que Florestán canta desde la mazmorra en el segundo acto de la ópera: “In des Lebens Frühlingstagen” (En la primavera de la vida), que simboliza la victoria sobre la opresión y el coraje de reivindicar la verdad ante el poder. Langer salpicó su obra de referencias a este aria, jugando ingeniosamente con algunos de sus materiales musicales: lo cita al inicio de la obra, alargándolo en el tiempo y lo deja resonar, usando instrumentos de sonoridad aguda combinados con el glockenspiel y el flexatone. Es entonces cuando la música se convierte progresivamente en “un coro imaginario de pájaros cantores».

Obra de nuestro tiempo que bebe de la gran escuela rusa en cuanto a la instrumentación potente con inmenso protagonismo de la percusión, pero dando juego a todas las secciones orquestales sin perder el sello «made in USA» tan presente. Continúan las notas diciendo la compositora que «Quería darle a toda la orquesta su momento, por eso hay muchos solos y pasajes divisi, pero en algunas ocasiones la orquesta toca al unísono, alegre y fuerte». Un homenaje a esta Leonora de nuestro tiempo que no desentonaría para nada con el ruso Prokofiev que completaría el concierto, con una orquesta de plantilla «musculada» que siguió atenta cada gesto claro y preciso de la maestra Rakitina.

La violinista Alena Baeva con el Guarnerius del Gesù «ex William Kroll» de 1738 (préstamo de un mecenas anónimo con la ayuda de J&A Beares) nos dejaría el Concierto para violín nº 1 en re mayor, op. 19 de Sergei Prokofiev (1891-1953) compuesto en el convulso año 1917 que más de cien años después  sigue siendo difícil de digerir. Sería el gran David Oistrakh quien lo definiría como «un paisaje inundado por la luz de sol» pero no es de los más agradecidos para el lucimiento del violín a pesar de su belleza, además «invirtiendo» la forma clásica al colocar el movimiento rápido enmarcado entre dos lentos (I. Andantino
II. Scherzo: Vivacissimo
III. Moderato
). Baeva lo interpretó y sintió como parte de su propia historia, sonoridad suficiente y fraseos muy interiorizados con profundidad expositiva llevando el peso del desarrollo musical en buen entendimiento con una Rakitina que concertó y exprimió cada detalle de este concierto de Prokofiev. Aires románticos en los inicios del siglo XX donde no faltará el elemento grotesco tan propio del compositor contrapuesto al lirismo de la solista, con una orquestación de aires impresionistas. La OSPA volvió a sacar «músculo» desde una cuerda compacta, comandada de nuevo por Aitor Hevia como concertino invitado, junto a madera y arpa brillantes en sus intervenciones. El scherzo central resultó lo más vistoso del concierto por ese sello característico de Prokofiev por contrastar su música llena de sensaciones e intenciones (divertida, traviesa, malévola, ingeniosa, brillante, dolorosa y optimista) que tanto el violín como la orquesta vuelcan, con ese Moderato final de preciosismo instrumental y final tranquilo, la esperanza que nos hicieron llegar desde esta conjunción astur-soviética en tiempos de guerra.

La magia del violín sólo llegaría con el Capricho Polaco (Kaprys Polski) compuesto en 1949 por Grażyna Bacewicz (1909-1969) que Baeva presentó -en inglés- como un canto de paz acorde con la «línea argumental» de este penúltimo de abono, saboreando el sonido redondo y melódico de su Guarnieri en este virtuoso y breve capricho que nos supo a poco.

Llevo varios conciertos donde asevero que «no hay quinta mala» en cuanto a las sinfonías, y este viernes escuchamos la Sinfonía nº 5 en si mayor, op. 100. De la directora rusa, el maestro Andris Nelsons ha dicho tras tenerla de asistente en la Sinfónica de Boston que «es un placer verla dirigir: sus expresiones son poderosas, pero refinadas, y provienen de una profunda musicalidad. Una de sus mayores cualidades, entre otras, es su lado humano; su sensibilidad y su profunda comprensión psicológica de nuestro trabajo», y la OSPA respondió al buen hacer de esta quinta del ruso a cargo de una Rakitina que dejó buen sabor de boca para una sinfonía con muchas aristas en sus movimientos (I. Andante II. Allegro marcato III. Adagio IV. Allegro giocoso). Frente al «juvenil» concierto de violín, esta sinfonía compuesta en 1944 durante la evacuación del compositor durante la Segunda Guerra Mundial, estrenada el 13 de enero de 1945 en Moscú, sería el retorno tras 16 años a la forma sinfónica tradicional del ruso. Sin necesidad de descripciones pero muy personal y llena de distintos estados de ánimo, con un arranque algo inseguro pero poderoso y rítmico del Andante, una percusión verdadero motor de la formación asturiana, sin perder el equilibrio con «el Prokofiev juguetón»; el segundo «scherzo» complejo por los cambios de tímbricas siempre claras aunque a veces cuesta «sujetar los bronces», pero que el podio buscó la oscuridad escrita más que el brillo, todas las secciones bien balanceadas y una cuerda clara, con una colocación (permutando violasy cellos más el uso de tarimas y los trombones con la tuba a la derecha del escenario) que siempre ayuda a diferenciar los planos sonoros. Maderas incisivas y la percusión siempre impulsando al resto; una verdadera balada el Adagio para comprobar la cohesión orquestal exigida por la directora rusa y el final grandioso del Allegro giocoso, tras el dolor de todo el concierto llegaba la esperanza, vida y alegría que Prokofiev escribe magistralmente desde un estilo propio que se interpretó con entrega, rigor y vigor por parte de todos.

Mayo va llegando a su fin y el próximo abono, penúltimo de la temporada, será el próximo viernes 2 de junio con otra mujer en el podio, Ruth Reinhardt, y el pianista italiano Alessio Bax con el tercero de Rachmaninov, Bartok y el Nocturno Sinfónico de Marcos Fernández Barrero que espero atraiga al auditorio el público que este concierto se merece.

Calidade romántica

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Sábado 20 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XII OSPA: «OSG Romántica». Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG), Liza Ferschtman (violín), Antonello Manacorda (director). Obras de Brahms y Tchaikovsky.

«Solo la música ilumina, reconcilia y consuela» (carta de Tchaikovsky a la señora Von Meck)

Sábado de aire neerlandés en la Sinfónica de Galicia con un programa romántico de calidad y dos obras de envergadura que todo melómano se sabe de memoria. Intercambio y hermanamiento asturgalaico entre nuestra OSPA y la OSG, fundada por el siempre recordado en el Principado Víctor Pablo Pérez, y que nos permite comprobar el nivel sinfónico de nuestros vecinos, esta vez con dos invitados como la holandesa Liza Ferschtman y el italiano Antonello Manacorda, antes también violinista y ahora un reputado director, tercero de este programa tras Vigo y Coruña, recalando finalmente en Oviedo.

El Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 77 de Johannes Brahms (1833-1897) es no sólo el único sino probablemente el más grande de la literatura solista, el compositor hamburgués instalado en Viena, deudor del de Beethoven pero con el sello inconfundible y sinfónico de este Brahms admirador del sordo de Bonn, sonando ambos el 1 de enero de 1879 en Leipzig con el virtuoso Joseph Joachim (1831-1907) de solista y el propio compositor dirigiendo.

El violín de Liza Ferschtman impactó a un público, más abundante que en anteriores abonos, por su sonido carnoso y dulce, siempre presente en toda la gama dinámica, a lo que ayudó un Manacorda cómplice y conocedor del concierto, mimando siempre a la solista, respeto mutuo y «apretando» cuando  podía a una OSG que brilló en todas sus secciones, con una plantilla similar a la asturiana. Maravillosas las cadencias escritas por Joachim en la interpretación de Ferschtman, matizando, brillando, emocionando, compartiendo sonoridades, buena concertación para esta joya de Brahms a cargo de todos. Los tres movimientos (I. Allegro non troppo; II. Adagio; III. Allegro giocoso, ma non troppo vivace – Poco più presto) llenos de claroscuros tan románticos como el título de este duodécimo de abono, donde el maestro Manacorda desplegó todo su acervo violinístico al servicio del compositor y la intérprete, BrahmsFerschtman. El director italiano de gestos contenidos pero clarísimos, una batuta cual pincel de movimientos amplios, precisos, marcando todo, pero sobremanera su mano izquierda que hacía de la OSG un instrumento en común unión con la solista. Excelentes balances e intervenciones de los músicos principales y maravillosa la entrega de la violinista holandesa con un sonido preciosista, entrega apasionada, fraseos impecables y esas melodías únicas del hamburgués que en Pörtschcach decía «surgen por doquier y debe ponerse cuidado en no pisarlas al caminar», llenas de color y sabor, de «calidade» gallega con sus dos invitados que brillaron y nos hicieron vibrar en el último movimiento.

Ovación de gala para todos, en especial para Liza Ferschtman que nos regalaría el virtuoso Capricho Recitativo y Scherzo op. 6 de Fritz Kreisler (1875-1962), una propina de altos vuelos, joya de lucimiento y «romanticismo vienés» donde el violín reinaba con el esplendor del momento.

La segunda parte nos traería al amigo de Brahms e igual de «tardo romántico» y excelente orquestador además de melodista, el ruso Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893), bien contado en las notas al programa por Maruxa Baliñas, directora de Mundoclásico. Dentro del mundo sinfónico siempre escribo que «no hay quinta mala», y la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 es prueba de ello. Con una super orquesta donde el cálculo de su plantilla nos lo da la presencia de ocho contrabajos (y demás proporciones necesarias para equilibrar las impresionantes dinámicas e instrumentación de esta partitura), la OSG sacó músculo sonoro con la dirección de un apasionado Manacorda atento a todo, jugando bien con los tempi de los cuatro movimientos (I. Ante – Scherzo: Allegro con anima; II. Andante cantabile, con alcuna licenza; III. Valse: Allegro moderato; IV. Andante maestoso – Allegro vivace – Molto meno mosso), luciéndose tanto la cuerda de amplias dinámicas, la madera y unos timbales que empujaron continuamente no siempre reconocidos en su papel. Evidentemente los metales tienen mucho protagonismo y es difícil que no se desboquen, pero comprendo el afán de engrandecer esta quinta que el director italiano no pudo «sujetar los caballos» de estos bronces. Con todo, el famoso además de versionado andante (hasta por Sinatra) permitió lucirse al trompa solista, el vals respiró de nuevo cierto aire vienés y el último movimiento sigue impactando en su escucha a un auditorio que agradece el repertorio de siempre, también por nuestros «primos» gallegos arropados por los músicos de la OSPA en el patio de butacas.

Sábado romántico con más calidad que morriña y una climatología perfecta para ambientar «La Viena española», pues como citaba al comenzar esta entrada, «Solo la música ilumina, reconcilia y consuela».

P.D.: Concierto dedicado a la memoria de las mellizas de La Ería.

RetOS PAra la próxima temporada

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En la sala de cámara del Auditorio de Oviedo, el viernes 28 de abril, antes del décimo concierto de abono, la OSPA presentaba el avance de su próxima temporada 2023-24 a los abonados, aún cerrándose fechas, obras e intérpretes, la segunda del portuense Nuno Coelho como titular, junto a la gerente Ana Mateo al frente del equipo técnico.

Retos y apuestas del director portugués, plenamente integrado en su orquesta y en nuestra tierra, con programas de necesaria dualidad «tradición e innovación» que abren caminos a repertorios nuevos o menos transitados junto a las «obras de siempre» que no pueden faltar, y con nombres propios reconocidos en el panorama nacional y mundial.

Septiembre marca el pistoletazo de salida del Curso 23-24, con la participación en la temporada de ópera ovetense, esta vez con el maestro portugués inaugurándola con el mismo título que abría 1947, la Manon de Massenet, más el Lohengrin de Wagner bajo la dirección de Christoph Gedschold finalizando enero de 2024.

En los conciertos de abono no faltarán solistas invitados que son habituales en la OSPA (muchos reconocidos como «colaboradores artísticos«) y aseguran calidad además de cercanía y confianza: los pianistas Javier Perianes inaugurará temporada los días 12 y 13 de octubre en Gijón y Oviedo respectivamente, que volverá en mayo con el Cuarteto Quiroga en un monográfico con los conciertos 12, 21 y 22 de Mozart, más la vuelta de Nikolay Lugansky en marzo con el regreso a la batuta de Thomas Dausgaard, Roman Simovic en su doble faceta de violinista y director, o el vitoriano Juanjo Mena. Nombres casi de la casa con repertorios que apuestan por los tradicionales, destacables además de Mozart el Beethoven de noviembre, muchos rusos presentes (Tchaikovsky, Mussorgsky, Rachmaninov, Shostakovich, Stravinsky, Gubaidulina…) y las «novedades» siempre de agradecer como Ligeti, Chin o nuestro Montsalvage.

Y de los abonos destacar de nuevo al compositor, director y colaborador artístico de la OSPA Francisco Coll, que en abril dirigirá en La Coruña antes de Oviedo un programa muy interesante incluyendo su Lilith junto a «Los Cuadros» o el Rendering de Schubert-Berio, más su Mural con Coelho a la batuta cerrando un mes de mayo que nos traerá al compositor valenciano en su faceta de pintor con una exposición única en el Auditorio. Otro compositor español que sonará esta próxima temporada será el «cinematográfico» Fernando Velázquez (Getxo, 1976) y su Concierto para dos flautas (con el matrimonio Pearse) programado para febrero de 2024 en otra colaboración del vasco con nuestra OSPA.

Igualmente se mantiene el ciclo Next Gen (la próxima generación) apostando como no puede faltar por la parte didáctica, tanto en noviembre con el concierto final de la «Masterclass Internacional de Dirección de Orquesta» con Johannes Schlaefli y solista el principal de cello Max von Pfeil para el famoso concierto de Elgar, como la vuelta de la violista Sara Ferrández junto al alumnado de ls conservatorios asturianos en diciembre. Otra seña de identidad desde hace años serán los conciertos LinkUp recuperados esta semana con Daniel Sánchez Velasco a la batuta, que si nada lo impide retoman la normalidad del mes de mayo en las temporadas de la OSPA, tras un trabajo de todo un curso desde los colegios e institutos asturianos dentro de los «Conciertos educativos y familiares» que los días 16 y 17 de febrero estrenarán el espectáculo «ideado» por nuestra querida Ana Hernández SanchizEl compositor ha muerto (Stookey), bajo la dirección musical de Luis Toro Araya.

También continúa el ciclo denominado «OspaFest» esta próxima temporada en una apuesta por escuchar músicas orientales junto a las occidentales, dos abonos East-West en el mes de abril desde la música de cámara con la mezzo Fleur Barron, el piano de Julius Drake y la pipa de Wu Man, al sinfonismo con la misma mezzo y colaboradora artística, junto al tenor Nicky Spence dirigidos por Nuno Coelho,  estrenándose una obra de Du Yun (Kraken) en contraposición a La Canción de la tierra (Mahler), o Song of the Flaming Phoenix del compositor Fang Man junto al solista de sheng Wu Wei, dirigiendo Marzena Diakun que siempre nos ha subyugado desde el podio.

La música de cámara sigue siendo no solo la iniciación a la sinfónica sino el mejor banco de pruebas para público e intérpretes, en la sala de cámara del auditorio los domingos a la 12:30 horas, con los músicos de las distintas secciones de la OSPA en agrupaciones y repertorios ideales para esos vermuts musicales a lo largo de toda la temporada.

No faltarán tres conciertos extraordinarios: el de Semana Santa (21 y 22 de marzo) con el Coro de la FPA y otro participativo para disfrutar de Fauré (Requiem y Cantique de Jean Racine); «Les Lletres» (2 de mayo) con los asturianos Martín García y Juan Barahona al piano y los percusionistas de la OSPA Rafael Casanova y Francisco Revert, en el poquísimo escuchado pero muy agradecido Concierto para dos pianos y percusión (Bartók) bajo la dirección de Daniel Sánchez, con su propia obra Tres canciones asturianas junto al poema sinfónico Chichén Itzá de María Teresa Prieto; el 21 de junio será la noche de San Xuan con un esperado «Fado» desde la tierra de Nuno Coelho junto a Camané&Trío y la OSPA, poniendo el broche final a una temporada que promete y espero continuar esta trigesimatercera que podría llamar del asentamiento, sólo a la espera de cubrir el concertino que aún no llega.

No quiero olvidarme que Como en la actual temporada, que este sábado 20 disfrutaremos, la OSG continuará este hermanamiento sinfónico asturgallego el 4 de mayo, pero con el holandés Antony Hermus a la batuta en un esperado Prokofiev.

Ya han pasado 32 años

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Viernes 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 11 «El pasado recobrado»: OSPA, Lorenza Borrani (violín y directora). Obras de Mozart, Schnittke, Petrucci y Schubert.

Un 12 de mayo de 1991 asistía al primer concierto de la OSPA, heredera de la OSA (Orquesta Sinfónica de Asturias) y de la anteriormente denominada Orquesta de Cámara de Asturias, «Muñiz Toca», todas por mí disfrutadas, una formación inicialmente camerística y académica (ligada al entonces Conservatorio Provincial de Música y a la Diputación y Fundación Pública «Centro Provincial de Bellas Artes»), que iría creciendo hasta convertirse en la actual orquesta de todos los asturianos en plena madurez. Con un programa titulado El pasado recobrado bien podría servir igualmente para esta onomástica, aunque faltó pedir de regalo que se cubra la plaza de concertino, pues este viernes con escaso público (que sigue preocupando dado que la orquesta y las obras bien merecían más aforo), quedó aún más patente la necesidad de ese puesto tan importante si bien la maestra florentina Lorenza Borrani (1983) hizo un buen doblete.

Y es que la violinista Lorenza Borrani haría las veces de solista en el primer concierto de Mozart y ya desde el puesto de concertino, con María Ovín de ayudante, dirigiría el resto del concierto, labor difícil que se logra primero por la elección de unas obras con una orquesta camerística de poco viento (aumentando según el programa que también llevará a Bilbao) y sin percusión, sumando el conocimiento tanto mozartiano como de «la quinta» de Schubert (siempre escribo que no hay quinta mala) por parte de todos, pero pienso que especialmente el trabajo previo -como buena intérprete de música de cámara- en las «nuevas» de Schnittke o Petrucci (con arreglo de Maderna) donde la maestra italiana Borrani hizo sonar casi como quinteto a una orquesta que creció en plantilla mínimamente a lo largo del programa, siempre con la colocación vienesa que favorece esa sonoridad camerística de empaste y escucha común. Un concierto para disfrutar de la cohesión y empaste instrumental, la alegría de los clásicos y la apuesta por recobrar músicas del pasado con la visión actual que ayudan y enriquecen tanto la interpretación como la escucha, siempre con las martirizadoras toses en el momento más inoportuno.

El Concierto nº 1 para violín en si bemol mayor, K. 207 (1773) de W. A. Mozart (1756-1791) lo escribe el genio de Salzburgo cuando era concertino en su ciudad natal. Tes movimientos (Allegro moderato – Adagio – Presto) en los que Borrani no sólo se lució como solista de sonido preciosista, claro y bien balanceado con la orquesta, sino que dejó a las secciones disfrutarlo con ella, optando por tempi bien llevados y sin precipitación. Las trompas y oboes a dos (hoy un inmenso Juan P. Romero de principal) subrayaron la calidad de una cuerda limpia y precisa en el Presto final. Interesantes las cadencias de la italiana (de las obras de Mozart Artur Schnabel decía que «son demasiado fáciles para los niños y demasiado difíciles para los artistas»), especialmente en el bello Adagio central, con el siempre complicado control al ejercer el doble papel de solista y directora para un concierto refrescante, ideal para abrir oído y cohesionar la sonoridad de las melodías siempre «pegadizas» del irrepetible niño prodigio.

Otro «pasado recobrado» llegaría con el ruso Alfred Schnittke (1934-1998) y su Suite en estilo antiguo (1972) en arreglo camerístico de V. Spivakov & V. Milman (1987), incorporándose algo más de cuerda -excepto los dos contrabajos- junto al clave de Sergey Bezrodny. Cinco danzas originales para violín y piano (I. Pastoral; II. Ballet; III. Minueto; IV. Fuga; V. Pantomima), en principio música de cine y homenaje al barroco como bien explica la doctora Gloria Araceli Rodríguez-Lorenzo en sus notas al programa «Más de cien cantos», y que el fundador de Los Virtuosos de Moscú grabó con ellos también en 1991 con el preciosismo de la cuerda y una OSPA capitaneada por la italiana que sonó cercana y compacta, sin olvidar los guiños del compositor para recobrar esos «aires antiguos» y hacerlos nuevos con la misma esencia. Merecido protagonismo del oboe, tanto marcando las entradas como con su sonido plenamente «pastoril», las contestaciones afinadas y muy controladas de las dos trompas bien empastadas con la disposición de «conjunto vienés», dotando de una tímbrica muy equilibrada para esta suite, especialmente en la Fuga o la impactante y punzante Pantomima final, paladeando cada sección de la cuerda y el clave para una interpretación de «Los Virtuosos Asturianos».

En las notas al programa se describe: «Odhecaton (del griego ‘odè’: canto y ‘ècaton’: cien), el nombre del primer libro de música impreso con fines comerciales en Venecia en 1501 por Ottaviano Petrucci, una revolución en la difusión de la música que internacionalizó el estilo franco-flamenco con casi cien canciones polifónicas profanas a tres o cuatro partes de Ockeghem, des Prez, Busnois, Agricola y Obrecht. Este repertorio se convirtió en modelo ‘clásico’ de inspiración para compositores posteriores, que vuelven su mirada a más de cien cantos del pasado». Con ese mismo título de Odehacaton: «suite», el italiano Bruno Maderna (1920-1973) arregla para cuerda y solistas de viento (hoy fagot) trece de ellos rescatados de archivos y bibliotecas, en dos suites que para este concierto sonaron cuatro de esos cantos en distinto orden, para hacerlos cercanos a la par que contemporáneos: I. Obrecht «Rom Peltier», II. Okenghen «Malor me bat», III. Compère «Allins ferons la barbe» y IV. Josquin «Adieu mes amours» donde el lirismo del fagot de Mascarell cantó además de brillar con luz propia y única mientras la cuerda con Borrani al mando revistió de moderna esta música flamenca revisitada. Originalmente escritas con finalidad didáctica para los estudiantes del Conservatorio Benedetto Marcello de Venecia, probablemente en 1950 como parte de los conciertos de fin de curso, este enfoque pedagógico de Maderna vino cual reciclaje para los profesores asturianos con la «coach» italiana de concertino, pues el diálogo entre todos permitió «hacer grupo», equipo, escucharse, sentirse todos protagonistas y volver a disfrutar tanto de esta música siempre bella como de una interpretación global que resultó el mejor entrenamiento («training» suena más actual) para la sinfonía que cerraría este undécimo de abono.

Franz Schubert (1797-1828) es el romántico por excelencia y de su obra no hay suficientes calificativos para una vida tristemente corta. De su corpus sinfónico las primeras sinfonías aún siguen las pautas clásicas de Haydn y Mozart, para ir admirando a Beethoven y abrir paso al llamado «Romanticismo temprano». Al igual que su adorado amigo alemán en la Viena de principios del XIX, la Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 (1816) suma mi dicho de que «no hay quinta mala» pese a no editarse en vida del malogrado compositor vienés, pero el tiempo la ha convertido en una de las más populares . Los músicos de la OSPA la tiene en el cajón para seguir «recobrando el pasado» a lo largo de estos sus primeros 32 años. Con Borrani de concertino nos dejaron una versión brillante, elegante y vital, con tempi bien ajustados en sus cuatro movimientos (Allegro – Andante con moto – Menuetto: Allegro molto – Allegro vivace), ágiles y muy matizados, perfecto ensamblaje de cuerda y viento nuevamente agradecidos por la disposición clásica que favorece y equilibra la escucha sinfónica. Conocedores todos de lo escrito y cómo hacerlo sonar, el arco y gestualidad de la directora florentina fue más que suficiente para esta quinta luminosa que nos dejó tan buen sabor de boca y donde el pasado siempre está presente dando esperanzas para el futuro.

Qué corra la voz porque se necesita más público en el auditorio, y la ilusión por lo bien hecho habrá que contagiarla o darle más publicidad. «La Viena española» se lo merece, este viernes sólo faltó el Cumpleaños feliz.

Emociones con Gabriela Montero desde Amsterdam

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El canal musical «Mezzo» que cumple 25 años, ha retransmitido este sábado 29 de abril a las 20:30 la grabación en vivo de un concierto en la capital holandesa muy emotivo por la participación de mi querida venezolana Gabriela Montero con la Orquesta del Royal Concertgebouw de Amsterdam bajo la dirección de la lituana Mirga Gražinytė-Tyla, celebrado el pasado día 21, con una toma de sonido y realización perfecta como es de esperar en este canal de pago especializado en «música seria».

La famosa sala de conciertos de la capital holandesa acogía un programa de lo más atractivo que abría la obra De Profundis de Raminta Šerkšnytė (Kaunas, 1975), un canto sinfónico sin palabras donde la cuerda de la Royal Concertgebouw de Amsterdam, casi como un coro instrumental, sonó como lo que es: una de las mejores del momento, labrada a lo largo de años. Si además está al frente Mirga Gražinytė-Tyla (titular desde febrero de 2016 en la City of Birmingham Symphony Orchestra relevando nada menos que a los Rattle, Oramo o Nelsons) nada puede salir mal. La directora lituana tiene un gesto claro y amplio, precisión milimétrica y una carga sentimental que transmite en cada compás. Maravilloso sonido de la cuerda de estos holandeses universales y hermosa partitura la de su compatriota, escritura actual evocadora de los grandes coros bálticos no exenta de espiritualidad y poesía, impactantemente melancólica y evocadora como así la entendió la maestra Mirga de apellido «impronunciable», muy aplaudida junto a la compositora, presente en la sala. A propósito, me encantan las escaleras por la que se accede al escenario y el público también presente en la zona trasera.

Mi admiración por la pianista venezolana viene de lejos y sus directos (atesoro muchos) nunca dejan indiferente a nadie, pues puedes escucharlos dos días seguidos resultando totalmente distintos. El Concierto  n° 1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893) se lo escuché en Málaga hace siete años y está entre los grandes de su repertorio.

Gabriela Montero ha ido ganando poso interpretativo y manteniendo su entrega pasional en cada obra, la perspectiva vital ya madura que en este concierto volvió a dejarnos. Impresionado por su fuerza y perfecto entendimiento con la joven Mirga dirigiendo la Royal Concertgebouw Orchestra de Amsterdam. La realización nos permitió captar cada detalle, las esperas, la concentración, los fraseos, la digitación, la escucha de todos, y cuando una orquesta suena como la holandesa (ahora Países Bajos), es lógico que el piano solista brille aún más.

El Allegro non troppo e molto maestoso arrancó brillante en tempi y fuerza por parte de todos, ganando en intensidad no solo dinámica sino emocional, verdaderamente majestuoso, de sonido contundente en toda la gama tanto solista como orquesta, arpegios perlados, contestaciones impecables y la directora lituana transmitiendo el lirismo de esta joya.

Contrastes excelsos desde la densidad a la calma, el rubato que Montero entiende a la perfección y Gražinytė-Tyla devolvió a una orquesta en estado de gracia. Octavas vertiginosas al piano, pizzicatti y maderas contestando para preparar la primera cadencia «marca de la casa» con esos diálogos casi sinfónicos que escribió el ruso.

Tras la tempestad llega la calma del Andantino semplice, solo simple el calificativo y compleja escritura que presentó una flauta ideal con esa textura única y la escritura de staccatti virtuosos de la venezolana que en televisión aún resultan más mágicos por su ligereza. De nuevo la complicidad entre podio, orquesta y solista con una realización y toma de sonido adecuadas nos permitieron paladear todo el movimiento central.

Quedaba el Allegro con fuoco, toda una fantasía de colores imaginada en un ballet ruso donde los dedos sobre el piano danzaban vertiginosamente y la batuta de la lituana ejecutaba con la respuesta orquestal perfecta en cada atril, encajando todo. Misma entrega global, mismo sentido interpretativo en un virtuosismo maduro donde la música es protagonista total y Gabriela Montero volcó su magia, potencia y lirismo que emocionan como siempre aunque sea desde la distancia.

En los conciertos de la venezolana afincada en Barcelona, aunque su agenda le deje «poco Mediterráneo», no pueden faltar sus improvisaciones, casi tan esperadas como el concierto de solista, y en la capital de los Países Bajos le cantaron una melodía que transformó en una página bachiana como si «Mein Gott» la poseyese para convertir lo popular en clásico desde el paraíso de las 88 teclas. Bravo por Gabriela.

El concierto de Gražinytė-Tyla con la Royal Concertgebouw Orchestra lo cerraría el compositor polaco Mieczyslaw Weinberg ó Wajnberg (Varsovia, 1919 – Moscú, 1996) felizmente recuperado en nuestro tiempo, y de su amplísimo catálogo con 22 sinfonías, la nº 3 en si menor, op. 45 (1949, re. 1959) está grabándose y sonando con cierta frecuencia. Estrenada el 23 de marzo de 1960 tras una amplia revisión tras múltiples circunstancias de todo tipo en Moscú por la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de la URSS dirigida por Alexander Gauk.

La interpretación televisada nos deja un registro muy interesante por la visión de la lituana y la orquesta ideal para esta sinfonía. Un Allegro optimista donde lucirse maderas y metales, el furor del maestro Shostakovich contrastado por lo bucólico del final. Muy rítimico el Allegro giocoso sin apenas respiro hasta la coda. El Adagio del tercer movimiento nos devolvió la cuerda sedosa de los holandeses y el fraseo claro de la lituana, melancolía hasta el clímax para devolvernos la esperada calma antes del último Allegro vivace donde gozar de las trompetas y la percusión, toma de sonido perfecta en esta transmisión en alta definición, y un vals que la batuta de Gražinytė-Tyla pareció bailar hasta ese brillante final del compositor «ruso», con mucha música aún por escuchar que la lituana está defendiendo y difundiendo, esperando sea con la calidad de esta tercera nórdica a más no poder.

Una genial tarde de sábado en casa pero disfrutando con estas músicas como si estuviese «in situ», más estando con mi querida Gabriela al piano.

EnganchadOS PAra la próxima

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Viernes 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Musica est litterae II, Abono X, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Dvořák, Gerhard y Prokofiev.

Tarde completa con la OSPA y su titular Nuno Coelho (Oporto, 1989), que junto a la gerente Ana Mateo nos citaban a las 18:30 en la sala de cámara a todos los abonados para presentarnos la próxima temporada 2023-24, segunda del maestro portugués, que comentaré en otra entrada del blog, y que solo con los titulares y avance de una programación aún sin cerrar completamente, ya nos ha dejado enganchadOS PAra la siguiente, con ilusión, esperanza en otra apuesta de nuestro «Neno» que desgranaré más detalladamente y con más tiempo.

Y a las 19:15 nos dirigimos a la prueba acústica de esta segunda entrega del llamado «Music Folixa Books» de la música literaria, es decir otra muestra de cómo Cervantes y Shakespeare han inspirado tantas partituras. El director portugués también nos explicó los distintos pasajes a revisar antes del concierto con distintos matices y tempi, que también haría al presentar este décimo de abono antes de dar inicio al concierto.

Nuno Coelho se ha ganado el respeto y la admiración poco a poco, concierto a concierto desde sus primeras invitaciones. Cercano y pasional, viviendo la música y transmitiendo una alegría que además de granjearse la simpatía del público, también logró una buena conexión con su orquesta, a la que está devolviendo la confianza perdida tras algunos años que he llamado de «travesía del desierto». Las obras elegidas para este abono demostraron cómo se está retornando al «sonido OSPA» más allá de una mera suma de las secciones, un bloque compacto y unido donde todos se escuchan y transmiten las claras indicaciones desde el podio para alcanzar momentos deliciosos. Sólo queda cubrir de una vez la plaza de concertino, esta vez con otra invitada de larga trayectoria como es la polaca Joanna Wronko. Tres compositores cercanos en el tiempo que han sido auténticos maestros en la orquestación y ayudaron a amalgamar esta orquesta asturiana «En busca del tiempo perdido» como el escrito por Proust.

El amor y todas sus facetas: enamoramiento dulce, pasión, celos, dramatismo llevado hasta el cénit, «música pura» que a menudo ha encontrado en la danza la máxima expresión sin necesidad de palabras merced a unos argumentos literarios donde la ficción parece superada por la realidad con solo leer la prensa o escuchar las noticias. Obras cercanas en el tiempo que ayudan a engrasar la maquinaria sinfónica y las emociones de todo diletante que se precie.

William Shakespeare (1564-1616) plasmó como pocos el amor cortés y las pasiones humanas, por lo que Antonin Dvořák (1841-1904) escribirá la obertura Othello, op 93, B. 174 en sus años como profesor de composición e instrumentación en Praga antes de mudarse a Nueva York, casi cual relato sinfónico donde explorar toda la dramaturgia del escritor inglés. El inicio lento ya mostró una cuerda disciplinada en los matices, con ataques precisos, sonoridad homogénea, sumando una madera siempre empastada, afrontando el allegro lleno de dramatismo con una paleta de dinámicas potentes, la ternura y los celos como motores tímbricos y expresivos que la orquesta mostró desde la deseada y esperada unidad sinfónica con la respuesta exigida desde la batuta siempre precisa, respirando aires wagnerianos pero también rusos, al igual que en la segunda parte.

Sobre nuestro universal Don Quijote cervantino el catalán de origen franco-suizo y exiliado a Inglaterra Robert Gerhard (1896-1970), que sería el primer compositor de música electrónica inglesa con su «El Rey Lear» (1955), escribirá sus Danzas de Don Quijote (1. Introducción; II. Danza de los Muleros; III. La edad de Oro; IV. En la Cueva de Montesinos y V. Epílogo) tras un encargo del propietario del Arts Theatre Ballet londinense, todo accidentado por la Segunda Guerra Mundial y reescrito en 1958 con forma de esta suite que Coelho nos brindó con «su» OSPA: atriles principales «gustándose» y ganándose el protagonismo, en especial toda la madera, mezclas estilísticas con dodecafonismo de Schönberg y herencia de Pedrell, el españolismo que el propio Quijote destila y Gerhard plasma en cinco movimientos muy exigentes orquestalmente, poco programados pero al fin escuchados en Asturias con toda la calidad de nuestra formación y el ímpetu desde un trabajo concienzudo por parte del maestro portuense. El amor platónico de Alonso Quijano a la Aldonza idealizada como Dulcinea, bendito y loco Quijote con músicas catalanas, danzas caballerescas casi del Rey Arturo con  trompeta y tambor, el descanso tras la batalla contra los molinos, el sueño y la realidad, dualidad femenina rememorando a nuestro gran Francisco Salinas, más ese epílogo tomando al homónimo de Richard Strauss para esta música de ballet que explora y explota los recursos tímbricos, melódicos y rítmicos de la orquesta en una interpretación exquisita por parte de la formación asturiana con el portugués al mando, y un final tan «mimado» e imperceptible que el público tardó en responder con el más que merecido aplauso.

Y la pareja de enamorados más universal que Shakesperare ambientó en Verona será inspiradora de mucha literatura musical donde destacará entre otros rusos Sergei Prokofiev ((1891-1953) cuyo Romeo y Julieta fue pensado para el famoso Teatro Marinsky de Leningrado (hoy San Petersburgo) y rechazado por el Ballet Bolshoi tachándolo de «no oirse bien la música, demasiado corta, tener ritmos impredecibles y ser en suma «imposible de bailar»…» como bien nos cuenta Andrea García Alcantarilla en las notas al programa (página 41), por lo que Prokofiev extrajo dos suites del ballet de 1936 (opus 64bis y 64ter) que se estrenarían en Brno dos años más tarde, y una tercera suite (op. 101) en 1946. Nuno Coelho tomaría de todas ellas nueve números organizados según el orden literario confiriendo así mayor unidad este «relato sinfónico»: I. Montescos y Capuletos, II. La joven Julieta; III. Minueto; IV. Romeo y Julieta (escena del balcón); V. Baile matutino; VI. Muerte de Tybalt; VII. Fray Lorenzo; VIII. Romeo ante la tumba de Julieta; IX. Muerte de Julieta). Si la orquestación del ruso es exquisita y con números muy escuchados como el primero, potentísimo y acertado arranque antes del «tema principal», el segundo con cuerda precisa y presente), el sexto impetuosamente vertiginoso y esa muerte final que angustia por la delicadez revestida de solemnidad orgánica en trombones y tuba, con esta OSPA del décimo que no defraudó en ningún momento. Por fin una cuerda precisa y clara, corpórea, permutando cellos y violas, vientos bien ensamblados con trombones y tuba «entarimados» a la derecha tras los contrabajos, aumentando la sensación de contundencia, piano-celesta y arpa en feliz unión, timbales seguros y sobre todo el papel de una percusión que además de motor daría las pinceladas de color que Prokofiev siempre les escribe.

Maravillosa segunda parte con un trabajo arduo de matización, rítmica, transiciones espectaculares, balances conseguidos y el final trágico, sentido, con Coelho aguantando las manos para permitir esos segundos donde las notas aún flotan antes de respirar hondo y alcanzar la atronadora ovación del respetable, más que merecida, con varias salidas a saludar y el aplauso unánime de unos músicos a quienes se les notó el disfrute tras el enorme esfuerzo exigido y bien resuelto.

BBC para BBB rozando la perfección

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Sábado 22 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: BBC Symphony Orchestra, Inmo Yang (violín), Sakari Oramo (director). Obras de Britten, Beethoven y Bartok.

No me acordaré del «Brexit» pero tenemos que reconocer la calidad de las orquestas británicas, y la Sinfónica de la BBC (BBCSO, el equivalente a nuestra OCRTVE) es una de las abanderadas camino de sus cien años (se fundó en 1930). Su sonido aterciopelado, claro, preciso, el equilibrio y calidad de todas las secciones que permite escuchar todo al detalle son algunas de sus muchas cualidades, y más en las obras que trajeron a «La Viena Española» en esta gira.

Finlandia se está convirtiendo en la mejor cantera de los directores de orquesta más reconocidos en este siglo, y Sakari Oramo (Helsinki, 1965) es uno de ellos. Titular desde hace 10 años de esta BBCSO con un curriculum impecable e invitado por las mejores formaciones mundiales. Su claridad en la dirección, de gestos precisos sin exageraciones, batuta ligera que igual corta como un sable, se vuelve florete o dibuja como un pincel, pero sobre todo una mano izquierda que remarca cada detalle convirtiéndolo en el verdadero conductor de una orquesta que responde en todo momento con la misma exigencia y exactitud indicada desde el podio.

Es maravilloso fijarse cómo dirige mientras escuchas cada obra (aún más siendo conocidas) para convertirnos en un atril más desde nuestra butaca, y este sábado el auditorio lleno disfrutó con la Orquesta Sinfónica de la BBC en un programa que tenía las tres B: Britten, Beethoven y Bartok.

Abría concierto el inglés Benjamin Britten con sus Cuatro Interludios marinos de «Peter Grimes», op. 33a para sacar músculo, sonido, complicidades, entendimiento, exactitud, claridad, balances perfectos y verdaderos cuadros sonoros, desde el amanecer con una cuerda luminosa, hasta la tormenta final donde poder desplegar todos los efectivos bien controlados y comandados por Oramo, un repertorio que la BBCSO lleva en sus genes y el finlandés sacó todas las cualidades de su formación en una verdadera lección interpretativa.

Y otra maravillosa interpretación el Concierto para orquesta, Sz. 116 de Béla Bartók, cinco movimientos que como explica Jerónimo Martín en las notas al programa «arguye una similitud (…) y la notificación reciente a Bartok de su leucemia, asemejando cada uno de los movimientos a las cinco etapas emocionales que se atraviesan al recibir una noticia trágica: shock al recibir la noticia (1º mov) – negación, simbolizado en el humorístico Giuoco delle coppie (2º mov) – estado atormentado en la Elegía (3º mov) – ira o desprecio representado en el Intermezzo interrotto (4º mov) – aceptación e incluso alegría por la vida vivida (5º mov)». Disfrutando de una cuerda unificada, compacta, preciosa y precisa, de una fagot con sonido impecable, dos arpas auténticamente celestiales y una formación que «suena a disco», con la dirección de Oramo, lo escuchado fue algo indescriptible, con un Finale. Pedante-Presto donde la gestualidad del finlandés marcó todo para escucharlo cual BBC (de bueno, brillante y corpóreo). En la misma línea la propina de una de las Danzas rumanas de Bartok (*) agradeciendo que tras un concierto exuberante aún nos dejasen pasadas las diez de la noche un regalo con la misma calidad y entrega que el resto de la velada.

Punto y aparte sería el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 61 de Beethoven con el coreano Inmo Yang y su Stradivarius «bostoniano» de 1718. Tras lo escuchado al fin me convencí que la perfección existe. Oramo presidió el jurado del Concurso Jean Sibelius de 2022 donde Yang obtuvo el primer premio, tras lo que el director comentó: «Ganador por unanimidad. Hubo un gran nivel en la intepretación de Inmo, como músico y como violinista», por lo que supongo fue elegido para estos conciertos de la BBCSO con Sakari Oramo al frente.

La clave está en la musicalidad del coreano, puesto que la técnica de esta generación de virtuosos está en otra galaxia y pueden afrontar los repertorios más exigentes. Pero el sentimiento no se estudia, sumándole el sonido de su violín que enamora desde la primera nota: terciopelo y seda, con un arco impresionante, unos legati increíbles, una gama de matices impresionante, un empaste con la orquesta impensable en vivo y con una proyección, incluso en los pianissimi que parece imposible percibirla como en este concierto de Beethoven. El Allegro ma non troppo comenzaría con el «tempo giusto» marcado por el maestro Oramo para disfrutarlo sin prisa, y el guante lanzado lo recogió Inmo a la perfección. Dulzura, delicadeza, fraseos impecables, limpieza de ejecución, balances orquestales revestidos de un «colchón filarmónico» que parece hacerlo flotar en una nube hasta la primera cadenza: conversión a la pasión y entrega desde el virtuosismo al servicio de esta joya del sordo genial, momentos de transformación que transmiten la profundidad de esta partitura y el engarce ideal entre solista y orquesta. Con el Larghetto pareció detenerse el reloj, escuchando cada nota escrita conformando la unidad del movimiento central, con Oramo concertando al detalle, la orquesta escuchando al solista para mezclarse con él desde la fusión en estado puro antes de otra cadenza suspendida en el aire, cortando la respiración antes de atacar el Rondo. Allegro que la BBCSO continuó con la misma entrega comandada por el director finlandés. La perfección de solista, director y orquesta para un concierto que quedará grabado en mi memoria.

La cuarta B del sábado tenía que ser Bach, de quien Inmo Yang nos regaló la «Sarabande» de la Partita nº1 en si menor, BWV 1002, sin prisas, sentida, transmitiendo con el Stradivarius la grandeza de «Mein Gott» que nos elevó al séptimo cielo musical, placeres eternos en «La Viena Española».

PD: (*) Gracias Alejandro por la corrección a mi error inicial confundiendo propina de Bartok con Kodaly.

Bendita locura de inspiración musical

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Viernes 21 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9 «Musica est litterae I»: OSPA, José Antonio López (barítono), Carlos Mena (director). Obras de Telemann, Ibert, Ravel, Purcell y Finzi.

No nos dejemos impresionar por títulos «cool» muy «modernos» que mezclan idiomas para aparentar universalidad como el propio «Books Folixa Music» ni tan siquiera llamar a estos conciertos y recitales «OspaFest«, pues la literatura siempre ha sido fuente de inspiración musical en esta unión que engrandece los textos desde los orígenes. Y celebrar el 23 de abril musicalmente daría para muchísimos programas, por lo que es de aplaudir la elección de Miguel de Cervantes y William Shakespeare bajo el lema La música es literatura, dos ejes vertebradores del Barroco al siglo XX explorando páginas orquestales donde la palabra cantada crece gracias a los compositores, el español y el inglés que siguen siendo más que suficientes para recorrer mundo.

La presencia del vitoriano Carlos Mena (1971) ya auguraba el perfecto maridaje de estilos, sumándose el barítono murciano José Antonio López (1973) que engrandecerían la figura de un Don Quijote instrumental y también cantado en francés (Ibert y Ravel) más las canciones shakesperianas de Finzi en inglés. Sin descanso, con las mínimas pausas para adaptar plantilla, «El sueño imposible» como titula Pablo Gallego sus notas al programa, unió a Don Miguel y Don Guillermo como inspiradores en distintos estilos bien ensamblados para este primer viaje literario de este extraño abril.

La cuerda de la OSPA tiene personalidad propia, y nuevamente comandada por el austriaco Benjamin Ziervogel de concertino invitado, más el clave de David Palanca junto a la percusión impecable de Rafael Casanova, nos ofrecieron la suite Don Quijote, TWV 55:G10 de Georg Philipp Telemann (1681-1767) de estilo y sonoridad ideal bien llevados por un Mena dominador de estos repertorios barrocos. Los siete números (I. Obertura; II. El despertar de D. Quijote; III. El ataque a los molinos de viento; IV. Suspiros de amor por Dulcinea; V. Sancho Panza decepcionado; VI. El galope de Rocinante; VII. El sueño de D. Quijote) fueron la mejor ilustración sonora de estos capítulos que el coloso Telemann recrea magistralmente en esta bendita locura quijotesca llena de humor y color.

En un salto cronológico de gigante, que solo la música puede dar, el francés Jacques Ibert (1890-1962) escribe sus cuatro Canciones de Don Quijote (1932) para la película Don Quichotte de G. W. Pabst. La instrumentación es curiosa y perfecta para que la voz dramatice esos pasajes cervantinos, y José Antonio López pudo lucirse en todas ellas poniendo las imágenes con su amplia gama de matices, musicalidad a raudales y entrega bien entendida por un Mena que como cantante respiró con el barítono. Maravillosas las cuatro (I. Canción de partida; II. Canción a Dulcinea; III. Canción del Duque; IV. Canción de la muerte de D. Quijote) por expresividad, dicción, lirismo y entendimiento, feliz conjunción de obra e intérpretes en un microrrelato hecho música.

Y sin perder los aires del otro lado de los Pirineos pero más cercano, del vascofrancés Maurice Ravel (1875-1937), conocedor y amante de nuestro folklore, sus tres Don Quichotte à Dulcinée (I. Canción novelesca; II. Canción épica; III. Canción báquica) dieron a Cervantes la universalidad musical en la lengua de Molière, para disfrutar nuevamente con José Antonio López, cerrando este nuevo acercamiento al Ilustre Hidalgo con la canción para beber y disfrutar embriagándonos de belleza musical con la OSPA y Carlos Mena perfectos compañeros de viaje, donde delicadeza y potencia fueron de la mano con el barítono lorquí, inmenso Alonso Quijano cantado.

La riqueza de los idiomas se la han dado sus grandes escritores, y así nos referimos al español de Cervantes, el italiano de Dante, el francés de Molière y evidentemente el inglés de Shakespeare. Dos compositores contrapuestos pero como en espejo, dos mundos musicales que beben de su literatura, primero el «Sueño de una noche de verano» que Henry Purcell (1659-1695) convierte en The Fairy Queen o «La reina de las hadas«, híbrido de teatro y ópera para que OSPA y Mena, como con Telemann, nos devolvieran a la sonoridad inicial desde una cuidada selección instrumental (I. Preludio; II. Hornpipe; III. Aire; IV. Rondó; V. Danza de los monos) nuevamente perfecta de interpretación por contrastes y sonoridades plena con plantilla para la ocasión.

Para cerrar aniversarios, homenajes o encuentro vital de Don Miguel y Mr. William, el compositor londinense Gerald Finzi (1901-1956) escribirá entre 1929 y 1942 el ciclo Let us garlands bring, op 18 (canciones de Shakespeare). Con solo la orquesta de cuerda _arreglo posterior al estreno- las cinco canciones en la voz de José Antonio López pusieron lo mejor del noveno de abono, cinco maravillas melódicas donde texto y música emocionan separadas y aún más juntas. Leer los poemas originales o traducidos ya supone un disfrute (I. Márchate, muerte; II. ¿Quién es Silvia?; III. No temas más el calor del sol; IV. Señora mía; V. Érase un joven y su amada); la música de Finzi transita del amor al dolor con rememoranzas isabelinas de la época de Shakespeare pasando por las sempiternas músicas de taberna. Grandeza interpretativa en el idioma inglés con una cuerda aterciopelada que vistió de gala la auténtica fiesta musical comandada por un Mena que transmite confianza y seguridad para que López brillase con luz propia. Un éxito muy aplaudido pese a la escasa entrada que no se merecía este concierto de inspiración literaria, bisando la canción segunda Who is Silvia?.

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