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Terraza de verano con piano

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Martes 23 de julio, 20:00 horas. Claustro del Museo Arqueológico de Asturias, Oviedo. Festival de Verano «Oviedo es Música»: Rosario Andino (piano). Obras de Haydn, Beethoven, M. Saumell, I. Cervantes, Lecuona y Chopin. Entrada libre. Aforo completo.

El claustro del antiguo Convento de San Vicente vuelve a servir de terraza veraniega como en mis años jóvenes de los «Conciertos de la SOF», ahora música en Oviedo también en verano, sumándose a la oferta que nunca termina en la capital del Principado (en breve avanzaremos la próxima temporada). Esta vez el piano como protagonista con un programa muy llevadero a cargo de una pianista que en sus años jóvenes tuvo que ser tremenda porque todavía atesora musicalidad a raudales aunque el virtuosismo con los años está al alcance de pocos, pero la artista cubana de origen asturiano Rosario Andino se atrevió con los «grandes» sin olvidar sones de su patria.

 

La Sonata en re mayor, Hob XVI / 37 (Haydn) abría boca con tres movimientos bien diferenciados: el Allegro con brío que resultó bien expuesto aunque más tranquilo que brioso y poco claro en sonoridades, el Largo e sostenuto al que la acústica natural ayudó a crear atmósferas, y el Presto non troppo más cercano al «allegro sin brio» donde nos limitamos a escuchar sin más, tal vez falto de la emoción requerida para «Papá Haydn».

Las 32 variaciones en do menor sobre un tema original, WoO 80 (Beethoven) también resultan muy exigentes y no sólo en las rápidas, puesto que en cada variación debe permanecer un espíritu que sonó algo desigual con un desarrollos irregulares, aunque siga habiendo mucha música en esta difícil partitura pianística dibujada desde la maestría pero sin el color deseado.

 

Más cercanas y como música de salón (cambiado por terraza) las Seis danzas cubanas que la pianista eligió para esta velada vespertina: Los ojos de Pepa -que ha versionado Chucho Valdés– y La Tedezco de Manuel Saumell Robredo (1817-1870), intento transformador de elevar a culta la música popular, Los tres golpes e Improvisada de Ignacio Cervantes (1847-1905), catalogado en su tiempo como «embajador de la música cubana» por una mayor evolución llegando al sentimiento nacionalista que inundaba el mundo occidental en su tiempo, sin perder el estilo danzante de melodías pegadizas bien armonizadas, y el más popular de los compositores cubanos, Ernesto Lecuona de quien interpretó Ahí viene el chico, arrancado los aplausos de este «bloque danzón» más la archiconocida La comparsa, que alguna vecina de silla tarareaba y personalmente me volvió a las interpretaciones de su paisano también asturiano de origen José Luis Fajardo Trabanco, allá en mis inicios filarmónicos mierenses. El poso de los años unido a la genética dieron buena cuenta de estas páginas populares siempre agradecidas.

Cerrar un recital con Chopin son palabras mayores y la pianista no se achicó al elegir los Valses Op. 70 nº 1 en sol bemol mayor, con un «rubato» un tanto particular, el nº 14 en mi menor, Op. póstumo algo precipitado perdiendo la claridad prístina del mismo, más ese «pseudo super vals» que es la Balada nº 1 en sol menor, Op. 23, ya con los dedos en «su punto» para afrontar esta auténtica prueba de fuego, resultando más musicalidad que técnica pero desbordando maestría y recuerdos juveniles.

Ya como propina todo un esfuerzo extra, el homenaje a Verdi de Liszt con la Paráfrasis de concierto S. 434 o Fantasía sobre «Rigoletto», el célebre cuarteto verdiano para una «bella figlia del piano» que pareció remontar vuelo cual ave fénix en una partitura virtuosa como sólo el húngaro era capaz, también tarareada por alguna maleducada aficionada lírica en medio del variopinto público que llenó los cuatro pasillos del claustro. El respetable agradeció el esfuerzo de la cubana aunque personalmente me faltó poder tomarme una cerveza y fumarme un cigarrillo mientras escuchaba el «piano caribeño».

El jueves volverá la querida Purita de la Riva (Oviedo, 1933) que siempre es un espectáculo, más en casa.

Del Pirineo catalán al Reino de Navarra

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Jueves 11 de julio, 20:00 horas. Gijón Música Antigua 2013. XVI Festival de Música Antigua, Centro de Cultura «Antiguo Instituto». Eusakalbarrokensemble & Enrike Solinís: «La última princesa vasca».

La semana gijonesa traía a viejos conocidos esta vez en grupo, desde Euskadi al mundo, jóvenes aglutinados por Enrike Solinís (guitarra barroca y laúd) en torno a esta formación compuesta por Mariví Blasco (soprano), Kiya Tabassian (setar), Tamar Lalo (flautas), Miren Zeberio (violín barroco), Josetxu Obregón (cello barroco), David Mayoral (percusión) y Maddalen Arzallus (recitadora o «bertsolaria»), probablemente la menos valorada por unos textos en euskera que no entendí aunque siempre relacionados con ese proyecto de aunar la música del final del Reino de Navarra en el siglo XVI y textos contemporáneos. Como dice el programa, «la cuestión interpretativa está enfocada desde las premisas de la diversidad cultural (musulmanes, cristianos, judíos) que se dio en el Reino de Navarra en esa época y que se cree formaba parte de la rutina interpretativa musical».

Con obras variadas donde la soprano valenciana, de voz adecuada para este repertorio, jugó con su timbre de voz natural e impostada, siendo el primer registro realmente hermoso en las canciones tradicionales, y una formación que va alternando según las partituras y arreglos, destacando sobremanera la percusión de David Mayoral (por Pedro Estevan), membranófonos por doquier capaces de crear ambientes rítmicos desde la delicadeza, así como el siempre sorprendente Solinís que volvió con Tabassian a hacer las delicias del público en sus improvisaciones avanzado el concierto.

Agrupado en cuatro bloques pudimos escuchar obras cantadas e instrumentales:

«Amorosen Partitzia» incluía dos del «Cancionero de Palacio» cantadas en euskera, Gaiza Zenduan Lenizanok (Malo lo hubísteis lenizanos) y Jançu Janto (de letra enigmática con raíces en el euskara), las Estampies de «Le Manuscrit du Roi«, el popular Oi Pello Pello («Herrikoia», festiva o popular) y la hermosa Mowachah Billadi Askara árabe-andalusí que con el subrayado del setar de Kiya sonó aún más oriental en la voz natural de Mariví.

«Hamar Manamenduiak» agrupaba cuatro piezas de amplia cronología pero igualmente coherentes en el discurso musical de la formación vasca: Pavana y gallarda (Pabanea eta Gallarda) de C. Gervaise), Pelegria Naizela (Canción de peregrinos) también popular vasca, la judeo-vasca Efthah’na Séfathay para nuevo lucimiento de la valenciana radicada en Sevilla y la movida Bourreé de Avignonez de Philidor l’Aîné, siempre con textos alternando euskera y castellano, Navarra como cruce de caminos.

«Çu icusi ta beste gauçaric…» ya avanzado el programa fue lo que comenzó a animar a un público algo perdido en cuanto a los aplausos, dudando entre esperar cierre de bloque, pero tras Di, Perra Mora de Pedro Guerrero no pudieron sino arrancar de gozo, luego Luis de Milán con la Pavana y gallarda, y nuevo arrebato con la mencionada improvisación. A continuación Con amores, la mi madre (Juan de Anchieta) y Barri onac Dacart ((F. de Salinas) también provocaron bravos para la soprano siempre arropada por una formación que se mueve en este repertorio con una comodidad digna de elogio.

Las «Kontrapas» pusieron el punto final desde la Arpegiatta eta Colassione de Kapsberger en versión casi flamenca (al igual que la otra noche), la canción tradicional de Uzbekistán Gachyari Garalar traducida al castellano y cantada desde el mayor respeto a esas músicas que no necesitan mucha voz sino gusto (y a Mariví le rezuma) con el laúd de Enrique y el setar de Kiya, la Bralea eta Ezpatadantza vasca plena de rítmica popular y para el final recorríamos los Pirineos de los catalanes hasta Navarra con Araniés para escucharlos a todos en Un sarao de la Chacona, misma alegría contagiosa con arreglos adaptados a esta formación, y el estribillo contagioso que casi sirve de «himno» para esta decimosexta edición del festival:

Un sarao de la chacona

 

se hizo el mes de las rosas,
hubo millares de cosas
y la fama lo pregona:

 

A la vida, vidita bona,

 


vida, vámonos a chacona,

 


vida, vámonos a chacona
…

«A la vida bona«, esa pieza que canta a la sana diversión y a la risa de todos, la chacona como filosofía musical, real como la vida. Dejamos el CCAI hasta el próximo año…

…para el alma dejamos el concierto sabatino de LDO en el Teatro Jovellanos, y ahí estaremos para contarlo (cantarlo ellos) como buen «leónigan».

Josetxu Obregón: Celloterapia

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Miércoles 10 de julio, 20:00 horas. Centro Cultura Antiguo Instituto, Gijón. XVI Festival de Música Antigua: Josetxu Obregón (violonchello Sebastian Klotz, 1740): «De la Basílica de San Petronio en Bolonia al Palacio de Köthen» La evolución del repertorio para violonchelo solo en el Barroco. Obras de Domenico Gabrielli, Giovanni Battista Vitali, Domenico Galli y J. S. Bach.

Cuando el cello se independiza del «bajo continuo» y comienza su larga vida en solitario, sus cuerdas tan semejantes a la voz humana pasarán de acompañar a conmover. Josetxu Obregón con un instrumento cuya alma permanece en el tiempo, es capaz de acallar en solitario a un público entre el asombro y la relajación, atónito ante lo escuchado que hace vibrar desde las cuatro cuerdas lo más profundo del sentir humano.

Qué bien explica el programa esa historia del cello solista desde Doménico Gabrielli y sus dos Ricercar, «Primo» y «Quinto» como los ancestros, auténtica referencia en el cello solo, primer virtuoso el «Minghino dal violoncello» y Josetxu el vehículo que nos lo presenta con la pasión del descubridor antes de afrontar la Suite II en re menor BWV 1008 de J. S. Bach, auténtica cumbre musical para este instrumento cuando el «kantor» trabajaba en Köthen para el Príncipe Leopold, palacio que tuve la suerte de visitar y a donde me transporté cerrando los ojos con Obregón y su Klotz de la época, cuerdas de tripa, arco característico y sonoridad enervante en armónicos y resonancias únicas desde una interpretación más que histórica, fidedigna. Si las suites de Bach no eran danzas propias acabarían siéndolo, y su estructura permancerá en todas ellas: Preludio, Allemande, Courante, Sarabande y Gigue, y entre estas otra llamada «galanterie», en la dos primeras suites un Minueto y una Bourré (ambos ejemplos los pudimos escuchar) en las siguientes para incluir la Gavota en las últimas. La segunda suite exige al intérprete todo un equilibrio entre una ejecución ajustada a la partitura y una interpretación histórica sin perder nada de lo que Bach escribe: fraseos increíbles con un arco cual diafragma para las cuerdas vocales cantando y respirando. Primer eslabón de una cadena todavía sin cerrar y catársis total con el público.

Volvimos al «sescento» con dos italianos igualmente señeros en la independencia del «hijo gambista», Vitali y su Tocata y Bergamasca llena de guiños renacentistas con los avances de la época, música instrumental pura y virtuosa con los aires de danza, enlazados con Galli y su Sonata I, nuevo discurso independiente para un instrumento completo en su soledad que el cellista vasco hace propia.

Y solamente Bach podía cerrar el círculo, la Suite III en do mayor BWV 1009, nuevo despliegue emocional, remanso del alma frotada en cuatro cuerdas, la felicidad del «kantor» en Köthen sin ataduras luteranas, un Prélude brillante, una Allemande de inspiración medieval realmente solemne, la elegante Courante francesa que no italiana más sosegada y asimétrica que Obregón (todo cobró sentido) dibujó con auténtico primor, una Sarabande pausda y expresiva, sincopada como el origen español que el cello transmitió desde la hondura cantábrica, la Bourrée binaria y ligera con nuevos colores baritonales para rematar en esa Gigue inglesa rápida, popular desde el magisterio de Bach que la hace atemporal y transfronteriza, teatral y brillante como toda la interpretación de Josetxu Obregón, magisterio y hondura en un concierto que resultó «celloterapia». La propina calmó aún más a un público que contuvo la respiración como embelesado o hipnotizado por el instrumento más parecido a la voz humana.

Dicen que Casals desayunaba una suite de Bach a diario, nosotros las merendamos de vez en cuando porque pocos violonchelistas se atreven en solitario con tal manjar de difícil digestión, y el último grande que recuerdo fue nada menos que Yo-Yo Ma en Avilés con tres de las seis. Josetxu Obregón es español, lo compartió en Gijón y además hizo de musicoterapeuta. Qué más podemos pedir…

Vaya sarao más bueno

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Martes 9 de julio, 20:00 horas. Gijón Música Antigua 2013. XVI Festival de Música Antigua, Centro de Cultura «Antiguo Instituto». Nuevo Sarao: El Sarao de la Chacona, «Libro segundo de tonos y villancicos a una, dos, tres y quatro voces» (Roma, 1624).

La recuperación del patrimonio musical es casi una obligación para todos y labor minuciosa además de trabajosa. El SCT Laboratorio de Musicología de la Universitat de Lleida y el Festival de Música Antiga dels Pirineus han impulsado esta producción íntegra, estrenada hace dos veranos, del compositor Joan Araniés o Juan Arañés (¿1580?-¿1650?) que también está recogida en disco y pudimos disfrutar en directo en esta semana musical gijonesa que además del concurso está llena de conciertos con figuras españolas de talla internacional, nombres que pasean la llamada «música antigua» por festivales como el nuestro en la capital de la Costa Verde, perfectos continuadores de los hermanos Paniagua o Jordi Savall, savia nueva para largo plazo que beben de las fuentes y recrean paisajes sonoros.

Nuevo Sarao está compuesta por Mercedes Hernández (soprano), Marta Infante (alto), José Pizarro (tenor), Guadalupe del Moral (violín), Manuel Vilas (arpa), Oriol Aymat (violoncelo) y Rafael Bonavita (guitarra barroca y dirección musical), sin olvidar el asesoramiento filológico de Judith Farré imprescindible para unos textos que incluyen a Lope de Vega o Góngora.

La información recogida en el programa explica tanto el intento de recordar el ambiente y paisaje sonoro de aquellas reuniones cortesanas o aristocráticas, saraos del siglo XVII, así como las relaciones políticas y culturales de Italia y España sin olvidar el reflujo con ultramar, siempre enriquecedor para ambas partes, y Nuevo Sarao podemos decir que consiguieron transportarnos a esos tiempos.

Arrancaba el concierto literalmente A la luz del día, dúo soprano-contralto, Dígame un requiebro con soprano y tenor,  más la extensa Para recibir a Lisa de contralto y tenor con un final instrumental exquisito enlazando con el Anónimo San Juan de Lima con sus diferencias, auténtico primor en el paso del arpa al cello, vioín y guitarra que cerraron el primer bloque. Todo apuntaba a un recital impecable.

El segundo bloque comenzaría con Dulce desdén (texto de Lope) a cargo del tenor enlazado con La suave melodía (Andrea Falconiero) instrumental donde se incrustó un breve recitado. Mejor la voz en solitario que en los dúos anteriores, color perfecto para lieder aunque algo corto en proyección.

Araniés es el protagonista y seguimos con Pensamientos altos, soprano y tenor arrancando «a capella», Avecillas suaves con las tres voces bien empastadas y Mi zagala nuevamente con tenor. Buena elección de los roles vocales si bien las féminas siguen primando por vocalización y proyección, especialmente Marta Infante.

Cual intermedio musical pudimos disfrutar de la Sonata seconda detta ‘La Lucimina contenta’ (Marco Uccellini) para deleite con el violín de la cordobesa argentina Guadalupe del Moral bien secundada por sus tres compañeros, con un regusto zíngaro melódico y armónico, que fue complemento perfecto del sarao.

Nuevamente tres canciones de Araniés alternando las combinaciones vocales: En dos lucientes estrellas (con texto de Góngora) a cargo del trío vocal, de lo mejor del concierto, Halconcillo nuevo para contralto y conjunto donde el arpa no participó, y Aquel niño nuevamente para trío e instrumentos omitiendo el violín. Detalles texturales en la elección del acompañamiento, delicia tímbrica de la compostelana Mercedes Hernández en la línea de nuestras grandes sopranos del repertorio antiguo, más el perfecto complemento de la ilerdense Marta Infante, dos voces perfectamente empastadas.

Volvían a sonar en esta semana Lanchas para baylar (recopilado por Martínez Montañón) con recuerdos de joropo, arrancando percusiones en guitarra o cello, unos solos de violín de vertiginoso sabor americano y los toques del arpa centenaria que recobró vida en Paraguay o Venezuela, música de ida y vuelta siempre vigente.

Para el final siempre con Araniés y escucharlos a todos: Parten las galeras donde no participó el violín, y Un sarao de la Chacona, protagonista total, fiesta de alegría contagiosa, alternancias de voces y tutti, sorprendiendo las féminas nuevamente con una Marta Infante impactante en todos los registros, y ese estribillo contagioso entonado por el trío vocal:

Un sarao de la chacona

se hizo el mes de las rosas,

hubo millares de cosas

y la fama lo pregona:

A la vida, vidita bona,
vida, vámonos a chacona,
vida, vámonos a chacona
…

«A la vida bona«, pieza que canta a la sana diversión y a la risa de todos de la época, la chacona como filosofía de vida.

De propina una obra instrumental (entendí desde el primer piso «Césare Allegri Capella d’amor») antes de bisar nuevas estrofas de la chacona de la buena vida, auténtico Nuevo Sarao del bueno en Gijón.

Y a la noche más sarao, es decir más música…

Francisco Jaime Pantín: entrega y gratitud

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Martes 11 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres. Francisco Jaime Pantín, piano. Obras de Haendel, Beethoven y Schubert.

No hay palabras de agradecimiento para la familia Jaime Pérez, nuestros queridos Paco, Mayte y Daniel (cariñosamente «Los Pantines») por el apoyo que siempre dan al Conservatorio de Mieres, acudiendo sin reparos a compartir su magisterio cuantas veces les han solicitado su presencia, con programas comprometidos donde han compartido sus sentimientos con un público que les aprecia y donde siempre hay química, lo que se nota por las dos partes, a menudo compañeros y alumnos, presentes y ausentes siempre cercanos en el corazón.

Y en la lista de conciertos para celebrar las Bodas de Plata de nuestro conservatorio mierense, han acudido prestos a la cita pudiendo disfrutar con los tres, siendo Francisco quien puso el broche en este caluroso martes donde el repertorio elegido supuso una nueva clase de lo que supone «hacer música disfrutándola».

La primera parte, con un reportero poco educado (palabra que dedicaré una entrada a estos «rompeconciertos») comenzaba con la impresionante Chacona en sol mayor HWV 435 de Haendel, barroco puro por contrastes abruptos en todo el desarrollo de las 21 variaciones sin perder la visión romántica de un intérprete completo. Saltos emocionales de lirismos delicados a fortísimos duros pero nada rudos, octavas en la izquierda galopantes y potentes acompañadas de perlas cristalinas de ornamentos en la derecha, tempos vertiginosos y tranquilidad casi espiritual, sonoridades etéreas frente a auténticos tutti orgánicos en una lección de manejo de pedales, tanto en su sitio como sin él, equiparando esta obra con las contemporáneas del gran Bach, haciendo del piano el clave supremo que no lograron disfrutar.

Y sin perder esas líneas maestras la completísima Sonata en la bemol mayor, nº 31, Op. 110 de Beethoven con esos movimientos tan claramente escritos: Moderato cantabile Molto expresivo, Allegro Molto, Adagio ma non troppo – Arioso dolente – Fuga: allegro ma non troppo – L’istesso tempo di Arioso – L’istesso tempo della Fuga, interpretación magistral, clara en el desarrollo, madurez de escritura y por supuesto de ejecución, romanticismo que bebe de todo lo anterior con la genialidad del sordo de Bonn. Fantástico comprobar la pedagogía directamente, transmitida desde la práctica que muchos políticos no entenderán en toda su vida, orgullo docente que ejerce fuera del aula más que dentro. Hay grabación por parte de Roberto Serrano y podremos volver a disfrutar del Maestro Pantín, un Beethoven que volvería como propina final.

Breve descanso para secarse sudores y despojarse de la chaqueta para afrontar una segunda parte Schubert, uno de los preferidos de Francisco Jaime en solitario o a cuatro manos con María Teresa Pérez (ese Dúo Wanderer, «caminante» que ya deja claros los gustos), el piano romántico bien ensamblado hasta en la elección de las dos obras en la tonalidad engañosa de do mayor, pues el tránsito modulante es permanente y la exigencia técnica total, aunque poder tocar entre amigos casi convirtió la velada del salón mierense en vienesa como aquellas «schubertiadas«, poesía y música en los dedos del invitado, cual anfitrión en nuestra casa: el Momento Musical D 780 nº 1 y la Fantasía Wanderer D 760 sin pausa, concebida como un «toDo mayor», nuevo derroche y entrega de un monumento, más que momento, seguido de los cuatro movimientos «fantasiosos» (Allegro con fuoco ma non troppo – Adagio – Presto – Allegro) que hicieron las delicias de todos, contagiados de la energía a veces contenida y otras rebosante, romanticismo en estado puro con la madurez del trabajo vital que nunca decae, Schubert en estado puro haciendo olvidar su juventud por la vasta producción del malogrado compositor vienés, comprobando la calidad de su casi millar de obras donde el piano tiene un lugar de honor al que Pantín rindió pleitesía.

Aún hubo fuerzas para las propinas con dos «B»: la de Bach con su Allemande de la Suite Francesa nº 5 en sol mayor, BWV 816, como «previsto» tras el Händel inicial, un puente cual connato de amigo que no cuaja, para la otra B de Beethoven, el grande, el inspirado e inspirador con ese segundo movimiento de la Sonata nº 8 en do menor Op. 13 «Patética» que no pudo resultar más a propósito de este concierto entre amigos con entrega recíproca y gratitud como docente, melómano y amigo.

Daniel Jaime Pérez, herencia musical y genética

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Lunes 3 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres: Daniel Jaime Pérez (violín), Teresa Pérez Hernández (piano). Obras de Franck, Sarasate y Sibelius.

Dos artistas que ya pasaron por el escenario de nuestro conservatorio local (el mismo al que han vuelto a denegar la categoría de Profesional) de una familia muy musical y querida allá donde van. Daniel Jaime nos visitó con su padre hace tres años, y esta vez con su madre Teresa Pérez, también protagonista hace poco más de un mes de este año celebración de las Bodas de Plata de nuestro Conser. Hablar de Mayte al piano siempre es un placer y escucharla un lujo, máxime compartiendo escenario con su hijo, no ya acompañarle porque la música es el primer lenguaje de esta familia y se nota. El magisterio en esa joya de Franck, el plano perfecto para acompañar Sarasate más el siempre sacrificado papel orquestal «reducido» de Sibelius que mamá engrandeció.

Y supongo que todos me permitan centrarme en este violinista nacido en 1991 que sigue creciendo como intérprete cada vez más, desde el sacrificio que conlleva un instrumento como el elegido aunque tenga todo el apoyo, comprensión y sabios consejos de su familia. Como añadido personal, alegría de haber elegido ese camino cuando a menudo puede resultar lo contrario: odiado sino aparcado como mera afición, esta vez adicción permitida y agradecida.

Daniel Jaime Pérez, con un violín de 2011 construido por el luthier catalán David Bagué, eligió un programa difícil en el que volcó no ya una técnica que sigue mejorando a pasos agigantados, o sonoridades amplias, sino también la musicalidad innata, genética diría yo, que marca la diferencia entre un músico y un artista.

La Sonata en la mayor para violín y piano de César Franck la han bautizado como «una de las joyas más valiosas dentro de la música de cámara», la base de todos, intérpretes y público, hoy músicos en ciernes, docentes pero también aficionados a la buena música. Cuando dos artistas se entienden en el planteamiento resulta joya total, no ya de la composición sino de la interpretación: el Allegretto ben moderato tiene un piano redondo, poderoso, un violín carnoso y bello líricamente, formando un dúo para paladear, como así fue. El Allegro resultó vehemente y y vigoroso, madurez de un Daniel Jaime tan inspirado como el propio movimiento del compositor belga afincado en Francia, jugando con los claroscuros temáticos siempre bien secundado por Teresa Pérez, coprotagonista hasta la doble barra final. El Recitativo-Fantasía volvió a deleitar con emociones cálidas, tranquilas y a la vez apasionadas, cuerpo sonoro y visión juvenil. El Allegretto poco mosso, considerado lo mejor de esta conocida sonata, realmente hermoso, resultó rico y denso como su textura, sonoridades ampias y brillantes en ambos intérpretes que nos dejaron una excelente versión, próximamente «subida a la nube» por Roberto Serrano, como nos tiene acostumbrados este curso que está llegando lentamente a su final.

Sarasate es un hito para lo que entendemos como virtuosismo violinístico pero más allá de la endiablada técnica que exige, la musicalidad de su Habanera, Op. 21 nº 2 irradia desde el inicio. Las dificultades se superan con mucho trabajo pero el sabor musical parece genético y así apostó el dúo familiar, protagonismo del violín con todo el apoyo del piano en esta partitura del pamplonés más universal.

Por si la dureza exigida hasta el momento no fuese alta, el «Allegro moderato» del Concierto para violín y orquesta en re menor, Op. 47 de Sibelius es de sobresaliente para ambos. Las madres siempre se sacrifican por sus hijos, esta vez literal y musicalmente por tener que sacar del piano toda la compleja orquesta diseñada por el finlandés para arropar esta enorme partitura de la literatura violinísitica. Como público y también docente es un orgullo comprobar el avance de los jóvenes y los logros en tres años que son en estas edades un auténtico paso adelante o toque de calidad.

Daniel Jaime Pérez puede presumir no ya de madre sino de tener la orquesta en casa. Espero poder escucharlo completo porque el despliegue emocional y técnico mostrado con Sibelius apunta alto.

Todavía hubo tiempo de disfrutar el «Adagio» del Concierto de violín nº 3 de Mozart, siempre traicionero por la engañosa dificultad, que tras las tenebrosas sombras finlandesas trajo la alegría vienesa de una velada familiar con altas cotas musicales.

¡Gracias familia!

Investigando y sonando

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Jueves 9 de mayo, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres. AMIGO (Aula de Música Iberoamericana «Grupo de Oviedo»).

Capitaneados por el maestro Julio Ogás, que esta tarde ejercería de anfitrión y presentador, el grupo «AMIGO» lleva dos cursos trabajando en el estudio y recuperación del patrimonio español e iberoamericano con alumnos universitarios que pasan del papel pautado a la interpretación sin más ánimo que dar a conocer un repertorio a veces olvidado y tristemente poco tocado, pues no son profesionales de sus instrumentos sino sus vehículos para el arduo trabajo musicológico.

Las fechas de exámenes y avatares estudiantiles nos privaron de escuchar la Romanza para viola y piano del madrileño Conrado del Campo del que se cumplen 60 años del fallecimiento, permaneciendo casi inédita su amplísima producción (más allá de sus cuartetos), aunque el resto del programa se respetó escrupulosamente.

Mejor suerte tiene el compositor venezolano Rodrigo Riera de quien la estudiante de doctorado leonesa Sara Arenillas nos dejó en su guitarra dos obras donde mostrar en el instrumento que también dominaba el larense su mezcla araucana con la herencia europea (de hecho estuvo varios años en España): el Vals campestre más pastoral que vienés, por esa reinterpretación que tanto se ha utilizado en música, y el Homenaje a La Chicachagua, obra lenta y emotiva con la espiritualidad de esa figura popular, que  ha recuperado el grupo AMIGO, en este caso la música de guitarra de una Venezuela siempre rica en música y músicos.

El dúo formado por Cristina Salgueiro (viola y estudiante de grado) y Naiara Francesena (piano y comenzando su licenciatura con premio de Diplomatura en Magisterio) trajeron dos obras muy distintas: del compositor y pianista porteño afincado en Alemania desde los años 90 Juan María Solare (Buenos Aires, 11 agosto 1966) su Reencuentro: Milonga para viola y piano, con distintas versiones -para piano a cuatro manos, con cello o violín, siendo la versión inicial (parrilla) de 2008 en El Escorial- y estrenada para piano y viola en Bremen (25 enero 2010) con todo el sabor y color de la pampa en esta obra lenta donde la viola parece cantar con un acompañamiento lleno de ritmo en el piano, más la conocida Aria Bachiana nº 2 de Heitor Villalobos, uno de los muchos arreglos de esta obra inmortal que evidentemente no mejoran el original pero sirven para popularizar desde la música de cámara obras mayores.

Siguiendo con ese espíritu melódico tan característico de mi querida Argentina sonaba el gran Carlos Guastavino con Rosita Iglesias del ciclo «Las Presencias» en arreglo del propio compositor para clarinete, a cargo del instrumentista local Xuacu Llaneza, y piano, nuevamente Naiara Francesena. Hermosa canción con un desarrollo a base de variaciones que saca todo el colorido a la caña logrando una tímbrica variada y expresiva antes de retomar el tema inicial.

Para el final el propio Julio Ogas, al piano, acompañó a su hija Sofía Ogas (cello) con dos obras de sus compatriotas: Escualo de Astor Piazzolla cambiando bandoneón por cello, y la original además de difícil Pampeana nº 2, Op. 21 (Alberto Ginastera), dos formas de entender la música desde la misma tierra, el avanzado lenguaje del llamado «nuevo tango» del primero con un protagonismo compartido de los instrumentos decantado por el fraseo melódico del cello y la rítmica tan propia del piano, y la inspiración pseudonacionalista del folclore puneño que Ginastera nunca conoció personamente, como bien explicó el maestro de Mendoza afincado en nuestra tierra más el cercano de La Pampa todo con el crisol propio de un compositor formado en EEUU con Copland, con ese ritmo de «Malambo» que le ha hecho famoso, «reducido» a dúo.

Sin entrar a valorar la ejecución de todos, destacar el plato fuerte final por la enjundia de las obras y el perfecto entendimiento de los Ogas, como no podía ser menos.

Agradecer a la Universidad de Oviedo esta gira astur que recaló en Mieres para sumarse a los actos del 25 Aniversario de nuestra Escuela y Conservatorio local en unos momentos donde la tijera cultural amenaza cada día. La buena asistencia al concierto, pese a otras coincidencias, es indicativa de la afición musical que siempre hemos tenido los de esta cuenca, completada con la posibilidad de estudiar «en casa» en los siempre difíciles primeros años de iniciación en un arte que ocupará el resto de nuestras vidas desde muchos puntos, pero siempre desde el conocimiento que ayuda a un mayor y mejor disfrute. En esta dirección remamos todos los presentes y algunos ausentes. Sólo necesitamos que no frenen un esfuerzo de tanto tiempo, pues peligra el futuro de nuestra generación y la herencia de las siguientes.

El cambio climático de Forma Antiqva

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Martes 30 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Forma Antiqva, Aitor Hevia (violín), Aarón Zapico (clave y dirección). Obras de Telemann y Vivaldi. Entrada: 23 €.

La música siempre me depara placeres únicos, irrepetibles en directo aunque las grabaciones tiendan a capturar lo perecedero. En mi vida guardo momentos imborrables que tiendo a compartir con mis seres queridos, siendo un San Fermín de 2011 en Granada uno de ellos. Allí disfruté de un concierto increíble que titulé «Vivaldi redescubierto» con unos paisanos míos que sabía estaban haciendo historia y felizmente era testigo de ella, dudando en titularlo como «Estaciones asturianas».

La música escrita es guión y pauta para los estudiosos, razón de existir en la propia historia y hasta motivo de discusiones encontradas en pleno siglo XXI para musicólogos, melómanos e intérpretes. La música escuchada plantea la dualidad objetividad – subjetividad por todo lo que conlleva de estado anímico en ambas partes, intérpretes y auditorio, preparación y/o formación, pero sobre todo, algo tan primigenio como el gusto individual.

Forma Antiqva no lograrán jamás dejarnos indiferentes, algo que en sí ya marca diferencias. Su regreso a casa siempre resulta noticia y puedo decir que «son profetas en su tierra», que les devuelve en pequeñas dosis todo lo que ellos hacen por ella. Volver a escuchar sus Concerti Figurati ossia Le Quattro Stagioni («Conciertos descriptivos, o Las Cuatro Estaciones») casi dos años después me mantiene la capacidad de seguir sorprendiéndome por lo irrepetible de la música.

Dos de los Concerto Polonoise (Concierto polaco) de Telemann,  los TWV 43:G7 y B3 escoltarían la Symphonia RV 111a de Vivaldi en un bloque ejecutado como único a petición suya, con una formación que varía según programas y ligeramente de «la granadina». Aarón Zapico cual prete bruno tomaría el timón de una nave que convirtió el auditorio carbayón en Ospedale della Pietà que recoge jóvenes músicos de primera remando en la misma dirección, en Ovetus veneciana por aguas mil de este cierre abrileño con acqua alta para dar y tomar. Pero esta orquesta barroca «de casa», capaz de igualar otras que ya han pasado por el mismo escenario, quería arrancar precisamente con el compositor alemán, que fusionase los estilos alemán y francés con su collegium musicum en Leipzig y Eisenach emulando aquel espíritu de difundir los conciertos de música instrumental entre el público aficionado fuera de la exclusividad de los ambientes cortesanos y eclesiásticos como bien recoge en las notas al programa Maria Sanhuesa, autoridad en música de la época y valedora como pocos de nuestro patrimonio histórico y actual. Alternancia de movimientos lentos y rápidos típica de los conjuntos de cuerda y continuo que Forma Antiqva fue desgranando, seguros en los movidos, líricos en los pausados, claros en los danzables, para dejar a Vivaldi aún más luminoso entre ellos. Jorge Jiménez como concertino, conocido ya en Oviedo, marcaba el ritmo y velaba armas nuevamente a las órdenes del Mayor Zapico, capitán de la nave, algo exagerado en el gesto pero eficiente en el resultado: una regata por aguas nada fáciles capaz de mantener equilibrio y contagiar sensación de remanso ante una auténtica tormenta emocional que no dio tregua en casi media hora de remo. El fondo de la embarcación lo ponían los contramaestres Zapico a la tiorba y guitarra – archilaúd, con un clave y órgano de Silvia Márquez más el contrabajo de Vega Montero, que asentaban el conjunto y sumaban agilidades. La tripulación estaba preparada para la larga ciaboga final.

La cuarta parte asturiana «del Quiroga» Aitor Hevia tiene mucho peso en estas «cuatro estaciones de Forma Antiqva» y sin él no resultarán nunca igual (del cuarto gallego lo dejo en los «links» finales, dando de pista que está en los violines segundos). Los años dan madurez y perspectiva, poso y sabor, paso de crianza a gran reserva, por lo que seguir aportando cosas nuevas a los archiconocidos conciertos para violín de Vivaldi no es reto sino virtud.

Apuntaba en el momento de escucharlas en Granada que fue como redescubrir «Las Meninas» tras la limpieza, pero aún siguen capa a capa sacando a la superficie colores nuevos (alternar guitarra y laúd), sombras llenas de luz (silencios ligeramente más largos), fraseos distintos (arcos, ataques, peso del viento en el órgano), dinámicas estremecedoramente extremas (los pp acallaron incluso toses), respiraciones con poso (el sustento del contrabajo solo o el órgano con nota pedal) y sobre todo la frescura del espectáculo (qué bien queda rebajar el tempi cuando el tema mayor torna a menor) volvieron a asombrarme y deslumbrarme sin cegar del todo, para poder visualizar lo siguiente sin momento para el reposo (hasta los movimientos lentos resultaron subyugantes).

Cada estación, cada uno de los doce números sonaron nuevos, pero esta primavera invernal ovetense sirvió para disfrutar de un Verano indescriptible, en especial el Allegro mà non molto. La magia de Hevia no tiene parangón cuando es contagiosa para todos. Hay otras formaciones, incluso españolas, que siguen interpretando «Las Cuatro Estaciones» de Vivaldi, pero Forma Antiqva con Hevia las reinterpretan con la frescura y juventud de quien no pretende más que disfrutar y compartir (los alemanes han apostado por ellos ¡caramba, qué coincidencia!).

No suelo elegir ni priorizar cuando el conjunto es sobresaliente, pero realmente hubo cambio climático y me marcó toda la velada (más el resto de la noche).

El público no daba crédido a este ciclón musical y la propina del conocido Fiddle Faddle (John Johnson) supo a poco ante un auditorio entregado que olvidó la Champions televisada. Sin descanso en todos los sentidos, aún bisarían el Largo de «El invierno», otra delicia para recordar la temperatura real en el exterior, aunque la belleza de la nieve cristalizada fuese musical (en Pajares creo que no). Obras conocidas y siempre distintas, grandeza de los intérpretes que quiero citar uno a uno, pero sobre todo el placer en primera persona de continuar viviendo momentos irrepetibles en una España que va por el camino equivocado: educar no es gasto sino inversión, y Forma Antiqva rentabilizan con creces esta premisa. La música nos haría enderezar el rumbo pero la ignorancia es la madre del atrevimiento, y todavía quedan quienes piensan que el cambio climático es una tontería.

Forma Antiqva:

Violín solista: Aitor Hevia; Violines I: Jorge Jiménez (concertino), Pablo Prieto, Cecilia Clares; Violines II: Cibrán Sierra, Miren Ceberio, Judith Verona; Violas: Antonio Clares, José Vélez; Violonchelos: Diana Vinagre, Ruth Verona; Contrabajo: Vega Montero; Tiorba: Daniel Zapico; Guitarra barroca – archilaúd: Pablo Zapico; Clave – órgano: Silvia Márquez; Clave y dirección: Aarón Zapico.

Zapicos con clase

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Jueves 25 de abril, 18:30 horas. Auditorio del CONSMUPA, Oviedo. Charla concierto: Presentación de instrumentos de cuerda pulsada del Renacimiento y el Barroco (ICPRB): Daniel Zapico (tiorba) y Pablo Zapico (guitarra barroca).

Observar un auditorio donde sea de los más viejos siempre me alegra, aunque es cierto que me rodeaban muchos alumnos de guitarra de un conservatorio muy distinto del mío pero que sigo sintiéndolo como propio. Tener a dos profesores en activo como los «gemelos Zapico«, Dani en Zaragoza y mi tocayo en Madrid, alternando el repertorio que «casi conozco» como ellos con explicaciones de todo tipo (de hecho llegaban de Gijón de la clase anterior) es otro placer.

Alternando música y palabra como debe ser toda charla-concierto, sin demasiados tecnicismos pero contagiando pasión en todo, y sin pasarse del tiempo programado, la verdad que esta clase pasó volando. De lo contado al alimón más allá de las siempre doctas explicaciones sobre la tiorba (Daniel) y la guitarra barroca (Pablo), me quedo con su visión de la llamada «Música Antigua» en el sentido de frescura por saber del virtuosismo de aquellos músicos (mejor que compositores) equivalentes a Caravaggio, Dante… que anotaban en sus partituras de tablatura como el boceto o esqueleto sobre el que ir sumando esas melodías que Forma Antiqva a dúo (Aarón hoy de profesor del Claustro y uno más entre el público aunque seguramente tocando mentalmente con sus hermanos pequeños) desgranan y construyen como nadie.

Breves disertaciones organológicas ilustrativas así como pinceladas de las danzas elegidas, y la música bien ordenada con interpretaciones a la altura habitual, es decir estratosférica, con la complicidad no ya fraternal sino de las muchas horas de ensayo más las que les quedan. Esperamos el día 30 de abril donde recordaremos «Las Cuatro Estaciones» que resultan Tésis Doctoral tras la clase de hoy (y que cosas de la vida, ensayaban después alumnos del propio CONSMUPA donde mi querido Don Ignacio Rodríguez, cada vez más grande en todos los sentidos, tendrá su primera intervención como solista aunque en otra visión llamemos «conservadora»).

En este jueves de verano sonaron el Preludio (Ludovico Roncalli) y la Passacaglia (Kapsperger) para comprobar qué bien empastan tiorba y guitarra barroca. Las Jácaras (Gaspar Sanz) hicieron sonar mentalmente las castañuelas transportándonos a la España del XVII, y otro tanto con las Marionas (Sanz) enlazadas con los Cumbees de Santiago de Murcia, contagiándonos del ritmo al que aludía Pablo como uno de los éxitos de su instrumento en aquellos tiempos que siguen siendo actuales. La Capona & Ciaccona (Kapsperger) recordaron el estilo italiano de este emigrante alemán en unos tiempos tan distintos al actual, para rematar con esa danza perseguida por la Inquisición al bailar más pegados de lo que «la Santa» deseaba para los demás: el primer Fandango de S. Murcia, siempre comentando con la ironía langreana la aparición en tierras mexicanas de libro, músico o vaya usted a saber si ninguno pisó la patria azteca.

Al menos nuestro «Universo Zapico» lleva más kilómetros que los músicos que reinterpretan, siempre con el nombre de Asturias del que son los mejores embajadores para demostrar que la crisis no afecta a sus ganas de trabajar contracorriente.

Introspección aristócrata

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Domingo 21 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Jornadas de Piano Luis G. Iberni«. Leif Ove Andsnes (piano). Obras de Beethoven, Bartok, Liszt y Chopin.

Volvía la esencia del piano solo en las manos de un grandísimo intérprete como el noruego Andsnes que eligió un programa nada populista y desde una visión totalmente personal de un repertorio que domina desde la limpieza de líneas, ciñéndose a la partitura que es la auténtica protagonista, emanando la emoción interior y el pianista mero transmisor.

El público comentaba que resultó frío y no solamente por nórdico, pero pienso que la respuesta está precisamente en las obras seleccionadas.

Beethoven ocupó la primera parte con un Bartók intercalado. Las sonatas elegidas no resultan las conocidas pero en estas pudimos apreciar la evolución del lenguaje del sordo genial con una visión «apolínea» que decía uno de mis vecinos de localidad. La Sonata para piano nº 22 en FA M, Op. 54 de 1804, con solo dos movimientos y calificada como «misteriosa» pero también como «un valle entre altos picachos» en referencia a las sonatas «Waldstein» y «Appassionata» que la flanquean, recoge emociones bien contrastantes con recursos técnicos variados no ya en el desarrollo motívico sino en un viaje tonal, aún mayor en la Op. 101 posterior, desde la sombra concentrada utilizando todos los registros de un piano (alquilado para la ocasión) que con la caja acústica cercana y la especial del auditorio carbayón, dejaron flotando delicias sonoras. La Sonata nº 28 en LA M, Op. 101 de 1816 es el inicio de sus últimas composiciones para el piano donde conviven las citadas emociones llevadas al pentagrama con todo detalle, incluso con indicaciones claras de tiempo «rápido, pero no mucho y con determinación» (las recogen las notas al programa de José Antonio Cantón) y dedicada a la baronesa Dorothea von Ertmann. En ambas sonatas Andsnes optó por la visión fiel desde el estudio interior y concienzudo de la obra, intérprete como cauce de la música más que versión personal, aunque este camino merece un respeto profundo.

Incrustar la Suite para piano, Op. 14 Sz. 62 BB70 de Bartók entre las dos sonatas beethovenianas puede resultar chocante pero visto en conjunto parece tener la lógica de la propia interpretación, rigor y respeto desde la técnica o virtuosismo hecho normal, curiosamente lo que parece alejarlo del público en general. Como una sonatina compuesta a principios de 1916, esta suite presenta influencias varias donde quién sabe si también estará el propio Beethoven en tanto que parece elevarlo desde el Romanticismo al siglo XX con una técnica potente que remarca los cuatro números, destacando un Scherzo claro y sin prisas pese a la complejidad o el Sostenuto final que devuelve la «…tranquilidad vacilante, casi melancólica…« (que escribe Cantón) en un discurso siempre romántico del intérprete noruego.

Franz Liszt y sobre todo Frederic Chopin llenarían la segunda parte más las dos propinas. Tampoco eligió obras populares sino las que parecen encajar en el estilo interpretativo de Andsnes tan introspectivo. De las diez Harmonies Poétiques et Religieuses («Armonías poéticas y religiosas») S. 173 de Liszt optó el noruego por la nº 4 «Pensamientos de los muertos», otro tributo húngaro de la velada cargado del romanticismo global, esta vez meditación «De Profundis» como homenaje a los seres queridos desde la resignación. Y otra dedicatoria aristócrata para la Princesa Carolyne Sayn-Wittgenstein (obvio comentar del apellido). La complejidad que encierra esta obra resultó idónea para una interpretación cargada de sombras claramente dibujadas, conocedor de profundidades desde la hondura musical y poética.

Finalmente el polaco Chopin, el piano romántico por excelencia, el adorado y siempre difícil estilo que toda su producción esconde, esta vez el Nocturno Op. 48 nº 1 en Do m., dedicado a su alumna Laure Duperré en tono menor e inicio sereno que irá creciendo en exigencias técnicas que Leif Ove Andsnes supera sin problemas con una perfección impactante llena de gamas dinámicas amplísimas que el piano devuelve una a una. Dedicada a la baronesa Charlotte de Rotschild, La Balada nº 4, Op. 52 en Fa m. encierra todo un ideario musical desde las texturas o contrapuntos hasta un pre-impresionismo que emana de los dedos del noruego delineado, exacto, detallado y cuidadoso al máximo, enlazando sin aplausos (hubo connato y móvil de turno) con el anterior «sentido nocturnal» para buscar esa unidad chopiniana e incluso romántica que en la balada alcanza auténtico clímax emocional y vigor interpretativo.

Si lo escuchado resultó frío o duro para algunos, la elección de dos Valses del polaco pareció acallar comentarios más por lo conocidos que por la propia interpretación, curiosa y lógicamente en la misma línea de todo el concierto: total respeto a la partitura con una técnica apabullantemente sobria que hacen que lo difícil parezca fácil. Es el rasgo de los grandes… Como si los destinatarios de las obras contagiesen esa aristocracia lejana, totalmente distinta de la actual, al propio Andsnes desde hoy le podemos dar el título «Barón del piano».

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