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Musika Música toma 8 cerrando con pasión

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Domingo 8 marzo 2015, 14:00 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Sala Príncipe Leopoldo: Raquel Lojendio (soprano), Olatz Saitua (soprano), Maarten Engeltjens (contratenor), Andrew Tortise (tenor), Pablo García López (tenor), Stephan Loges (bajo-barítono), Javier Jiménez Cuevas (bajo), Coro El León de Oro (Marco A. García de Paz, director), Forma Antiqva, Aarón Zapico (director): Haendel: Oratorio «Johannes Passion». Entrada: 8€.

Para cerrar este «finde» tan completo nada mejor que volver a mis pasiones reconocidas de «leónigan» y «en forma antiqva«, unidos de nuevo y con solistas ya escuchados, incluso en esta maratón, sumándose otros y con Händel que también tiene su Pasión según San Juan, gran redescubrimiento que armaron todos estos intérpretes en una sala dedicada a quien en Köthen, pequeña y hermosa ciudad digna de conocerse, hizo posible que Bach pudiese desconectar un poco de la música para la iglesia, ahora con el relevo del nacionalizado inglés que pareció recorrer el camino contrario, por lo que nombre y ubicación idóneos en esta mi última toma, ocho conciertos en dos días y medio que han dado para mucho.
La pasión homónima de Bach en la noche del viernes puede que haya marcado la escucha de esta de Händel, máxime cuando volvió a cojear evitando un resultado óptimo para una obra poquísimo escuchada, puede que eclipsada por la inevitable comparación, y que requiere muchos solistas con pequeñas intervenciones no todas agradecidas y difíciles de encontrar en el panorama actual. Cierto que se trata de una obra de juventud estrenada en Hamburgo en 1704, un oratorio que combina texto del evangelio y glosas poéticas de Postel, musicalmente sencilla pero llena de dramatismo cargado de emotividad.
Para empezar por lo positivo volver a felicitar a Forma Antiqva, imbuidos todavía del «espíritu Halle» después del vespertino del sábado y llenando la «mediana» Sala Príncipe Leopoldo. Encomiable el trabajo de la formación asturiana con Aarón Zapico al frente, pues en los conciertos de Bilbao demostraron porqué son un referente europeo en la interpretación de la música barroca, con un público entregado que disfruta con sus interpretaciones, siempre novedosas al aportar el «plus» de un continuo siempre eficaz, simbiosis necesaria para unas partituras donde llenan momentos teóricamente menores pero iluminados por los gemelos, la «adoptada» Ruth o una Silvia Márquez «alter ego» del hermano mayor. Me consta el trabajo de preparar un solo tras el Mein Sünd’ mich werder kränken sehr trabajado como coral desde el laúd de Pablo, gusto y musicalidad totalmente ceñidos al estilo y ejecutado con la maestría de mi tocayo.
El León de Oro que dirige Marco A. García de Paz no estuvo tan a gusto como el viernes, puede que la colocación no ayudase y además las sopranos carecieron del color característicos para mostrarse menos empastadas de lo que nos tienen acostumbrados. Tampoco puedo decir que las entradas fueran decididas, el gesto de su titular y el de Aarón Zapico son totalmente distintos, por lo que hubo altibajos, bien el coral inicial pero indecisión en el Kreuzige, mejor el siguiente Wir haben ein Gesetz y cuando cantaron a capella, más el coral antes citado (tras la intervención de Pablo Zapico) volúmenes no siempre presentes, algo desequilibrados los planos entre cuerdas y «cortos» en los tutti pero manteniendo la afinación exquisita de la que pueden presumir. Estoy convencido que de haber cantado con la OSPA el resultado hubiese sido magnífico, quedándose en un notable alto por este último concierto, amén del esfuerzo que la maratón ha supuesto para todos los intérpretes.
Destacar la colocación de los solistas, centro para Jesús y el evangelista, con los extremos viniendo al centro para las restantes intervenciones. En las voces solistas teníamos de nuevo haciendo triplete a Lojendio y Loges o doblete de Engeltjes, en la línea de los anteriores conciertos, seguros en sus roles, sumándose el tenor cordobés Pablo García López (que además de la lírica comienza a destacar en estos repertorios religiosos), todos bien en sus intervenciones, color vocal apropiado, empastes hermosos, destacando el dúo de Pablo con el bajo del «león» y ópera ovetense Manuel Quintana Aspra (en la foto superior) realmente ensamblado y agradecido, pero bajando el listón la soprano local Olatz Saitua, voz algo «pequeña» con torpes agilidades -siendo el intríngulis del barroco por excelencia-, y muy flojo el bajo Javier Jiménez Cuevas, a quien es cierto le tocó el papel más difícil, pero suspendiendo por desafinado, falto de mayor técnica, desigualdades en los registros cambiando totalmente el color, careciendo del nivel mínimo para compartir escenario con auténticos profesionales, al menos en este programa.
Siempre con todo el respeto a quien se sube a un escenario, reconociendo el trabajo que supone llegar y mayor en mantenerse, el estudio a lo largo de toda la vida y el cansancio que todo músico pueda arrastrar, debo constatar estos detalles que sin empañar el resultado conjunto, desequilibran la interpretación de una obra como esta Johannes Passion de Händel en la que teníamos muchas esperanzas depositadas pero que no todos se involucraron de igual manera. Mi último concierto no colmó el fin de semana aunque la satisfacción por la experiencia vivida fue tan grande que tendré que dedicar otra entrada más que toma, a modo de epílogo, resumen de vivencias musicales. Al menos este año la agenda nos permitió una escapada que está más cerca de Asturias.

Musika Música toma 6

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Sábado 7 marzo 2015, 19:00 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Sala Rúspoli: Forma Antiqva, Aarón Zapico (director). Haendel: Concerti Grossi op. 6 números 5, 11 y 10, HWV 323, 329 y 328. Entrada: 6€.

Para cerrar este sábado nos mudamos a la más pequeña y coqueta Sala Rúspoli, otro nuevo lleno con entradas agotadas, y es que el barroco está de moda, con una entrevista en la edición local del periódico «El Mundo» precisamente a los asturianos Forma Antiqva, que dejo abajo, pues el titular «El futuro pasa por ser barroco» parece decirlo todo y donde la foto de Iñaki Andrés es realmente espectacular con muchas interpretaciones y lecturas para todas las edades, tal y como sucede con sus conciertos. Un orgullo verlos en la prensa y moviendo juventud allá donde actúan.
Aarón Zapico, que no parará en este fin de semana de «Musika Música», al frente de Forma Antiqva nos deleitaron con tres de los doce Concerti Grossi op. 6 en los que Händel volcará su arte orquestal reinterpretado con el sello Zapico.
La acústica de la sala pequeña del Euskalduna es perfecta para estos repertorios que los asturianos afrontaron en su formato ideal, agrupación media con el continuo habitual de los gemelos más la «adoptada» Ruth Verona, órgano y clave más un «violone» que supone el sustento grave, y que son realmente una seña de identidad. No puedo dejar de mencionar el trabajo de recuperación y recreación de los giros «da capo» donde los punteos de Pablo al laúd, los arpegios y «ripienos» de Daniel a la tiorba o las ornamentaciones organísticas de Silvia Márquez son de un gusto y ejecución especiales, volviendo a disfrutar de las intervenciones del cello que parecen auténticos fragmentos de las suites bachianas tamizadas por el aire del compositor del momento, esta tarde Händel.
Y del «grosso» por supuesto la cuerda que parece llevar toda la vida juntos en el sentido del entendimiento, contestaciones y un sonido compacto, sedoso, con movimientos sonando casi camerísticos. En el primero de los conciertos, número 5 de los opus 6, contábamos además con una madera siempre colorista y afinada, que redondeó el primero de los tres grossi de los doce que conforman estos conciertos escritos en un mes allá por octubre de 1739, de estilo o regusto italiano pero con el sello propio, como los Forma Antiqva, auténticos dominadores del compositor de Halle y ofrecidos en el siguiente orden:
Concerto grosso en re mayor, op. 6 nº 5 HWV 323, donde aparecen temas de la «Oda a Santa Cecilia» con la que abrían participación en la maratón barroca bilbaína, realmente brillante en sus seis movimientos, Obertura – Allegro – Presto – Largo – Allegro y Minuetto, contrastes de aire, intensidades, afectos, solos y «grueso» perfectamente engarzados desde una dirección de Aarón Zapico implicado en cada detalle a pesar de los distintos programas que lleva en los últimos tiempos, pero que como estudioso y trabajador incansable, continúa sonsacando y limpiando partituras que en sus versiones suenan siempre nuevas, puede que con la necesidad de revisar la propia historia de la música como ya sucediese y comentase el paralelismo con las pinturas de Velázquez tras ser limpiadas del paso del tiempo y redescubrir colores que plantean escribir de nuevo la estética de este tiempo. Destacables los tiempos extremos precisamente por luminosidad y aire festivo, con un Stefano Rossi de concertino más un violín segundo siempre impactantes como solistas y compañeros, además del ya destacado continuo.
Concerto grosso en la mayor, op. 6 nº 11 HWV 329, cinco movimientos con partes del de órgano ejecutados en «Alexander’s Feast», que destilan aires regios y cortesanos, difíciles rítmicamente y con acelerandos difíciles de encajar fueron otra sorpresa: el Andante Largheto e staccato supuso paladear hasta los silencios y el lirismo del concertino casi rememorando el Carlos Mena del día anterior (con quien los asturianos ya han trabajado), formación ya sin viento pero con ataques y fraseos capaces de creer en la respiración para las cuerdas. Los siguientes movimientos desgajados del primero para tomar protagonismo, Allegro, Largo e staccato realmente asombrosos antes del Andante que sirve para enlazar contrastes, luces y sombras antes del último Allegro que cierra un círculo virtuoso marcado por el mayor de los Zapico con respuesta de mosqueteros musicales.
No eran fuegos artificiales, que podrían serlo, pero la traca final resultó el Concerto grosso en re menor, op. 6 nº 10 HWV 328, volviendo a los cinco movimientos en el llamado modo triste y no por ello oscuro, dramaturgia musical para una mañana soleada dentro y fuera del Euskalduna. De la Obertura al Allegro moderato el magisterio barroco de Forma Antiqva volvió a quedar patente, los comentarios del público corroboraban mis impresiones, sin cegarme la pasión, las texturas alcanzadas por el grueso contrastado con los solistas y el continuo que da la profundidad traían un auténtico paisaje sonoro lleno de detalles, colores y afectos. Un orgullo haber compartido estos momentos irrepetibles que le cargan a uno de energía, la que necesitaríamos todos porque aún queda un domingo realmente ilusionante.

Pasión lírica con más amor que desdicha

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Viernes 13 de febrero, 20:15 horas. Sociedad Filarmónica de Vigo, Auditorio Centro Cultural Afundación, Vigo. Pasión Lírica «Entre el amor y la desdicha»: Beatriz Díaz (soprano), Belén Elvira (mezzo), Juan Antonio Álvarez Parejo (piano). Arias y dúos de ópera y zarzuela.

En pleno siglo XXI mantener sociedades filarmónicas es toda una labor épica, abonados que van dejando por razones obvias su gran afición y poca juventud que tome el relevo. Lástima porque siguen siendo la escuela formativa para mayores auditorios tanto para intérpretes como público. En ellas podemos seguir disfrutando de la llamada música de cámara y recitales líricos con piano que llenarían grandes salas con orquesta.

Ferrol, Coruña y Vigo aunaron esfuerzos para lograr un recital de auténtica pasión con dos mujeres de larga trayectoria y un pianista que ha dedicado toda su vida a este género, acompañando voces que siguen triunfando.

La asturiana de Bóo Beatriz Díaz, la canaria de Lanzarote Belén Elvira y el madrileño Álvarez Parejo organizaron un programa para esta pequeña gira gallega que hizo las delicias del público conocedor de casi todo lo escuchado (más allá de la edad), arias y dúos para soprano y mezzo donde las voces lograron triunfar tanto en solitario como juntas gracias a un empaste perfecto, algo difícil de encontrar en estos tiempos, con alternancia de números que hicieron aún más atractivo el concierto.

La primera parte la abriría Mascagni con su Cavalleria Rusticana, la escena y oración a piano solo emulando una orquesta con esa música siempre bella, antes del Voi lo sapete, o mamma de la mezzo canaria, continuando con Puccini y dos delicias suyas, Tu che di gel sei cinta de «Turandot» que parece escrito para la asturiana, y el dúo de las flores de Madame Butterfly, dulzura allerana y el perfecto entendimiento entre los tres intérpretes. Esta temporada de ópera en Oviedo pude escuchar dos versiones de Butterfly y el esperado «Samson et Dalila» (Saint-Saëns) del que Belén Elvira desgranó la conocida Mon coeur s’ouvre à ta voix convincente, como si las mezzo canarias tuviesen un don para este rol. Las joyas brillaron con Beatriz Díaz en el «Faust» (Gounod) de Ah! Je ris des me voir, gusto y escena siempre de la mano, con esos rubati impecables y bien entendidos desde el piano, antes de la conocida Barcarolle, dúo de «Los cuentos de Hoffmann» (Offenbach) que confirmó el empaste de ambas voces, a unísono como una sola, con los planos en perfecto equilibrio y un piano siempre pendiente de las protagonistas. El cierre operístico de la primera parte lo puso Bizet con la conocida Habanera de «Carmen» ideal para la mezzo canaria hoy con piano, y Les filles du Cadix (Delibes) que en la voz de la asturiana son otra delicia en versión recital que nunca cansa escuchar, destacando lo difícil que resulta cantar en francés sin cambiar el color de voz, algo que lograron ambas.

El llamado género chico lo es solo de nombre, junto con una zarzuela que seguimos sin saber vender incluso en recital, pese a contar con páginas hermosísimas y de igual o mayor calidad que muchas de sus «hermanas mayores».

La selección adecuada, exigente y nuevamente completa en registros, escena y acompañamiento, destacando El dúo No merece ser feliz de «Los Gavilanes» (Guerrero) con madre e hija convincentes o el agradecido Todas las mañanitas de «Don Gil de Alcalá» (Penella), donde sólo faltó hacer los coros al público. Sobrios el ¿Qué te importa que no venga? (Serrano) de «Los claveles» por la canaria, y  la petenera Tres horas antes del día («La marchenera«) de Moreno Torroba por la asturiana, en registros y colores de voz apropiados para ambas para deleitar y recrearse aún más en las siguientes romanzas solistas de la Canción de Paloma de «El barberillo de Lavapiés» (Barbieri), endemoniada para pianistas acompañantes (como toda reducción orquestal) y más para sopranos que logren cantar todo lo escrito además de interpretarla escénicamente, a lo que Beatriz Díaz nos tiene acostrumbrados ¡Brabóo!, y el Chotis del Eliseo de «La Gran Vía» (Chueca), tan castizo en todo que nadie diría que Belén Elvira sea canaria, más un «organillero» de lujo el piano de Parejo. Nada mejor que un poco de humor todos juntos con una página compleja en partitura, con cambios de ritmo difíciles de encajar, y escena simpática como es el dúo de «Los sobrinos del Capitán Grant» (Fernández Caballero), ese En Inglaterra los amantes… donde Miss Ketty Beatriz y Soledad Belén nos hicieron reír con su escenificación, sin escatimar nada en un canto nuevamente bien ensamblado, templado y acertado.

Largos aplausos y dos regalos en solitario también españoles, ese El vito de Obradors que Beatriz Díaz defiende como un auténtico «lied» español mientras Álvarez Parejo protagoniza al fin algo puramente pianístico y no orquestal, exigencias bien resueltas por ambos intérpretes, y La tarántula de «La Tempranica» (G. Giménez), con Belén Elvira que da a lo pícaro altura artística en esta mezzo de amplio registro. Excelente recital con auténtica pasión donde entre el amor y la desdicha reflejadas en las partituras estuvo el buen hacer y calidad de los tres intérpretes.

Como curiosidad seguirán viaje hasta el Baluarte de Pamplona para hacer una antología de zarzuela con coros, orquesta y distintos solistas, comentando que mi admirada Beatriz Díaz cantaba estos recitales gallegos a caballo entre su reciente Oscar de Ballo en la ópera de Bolonia y la Clementina (Boccherini) de mayo en la Zarzuela madrileña. No está nada mal un recital con ambos géneros, más allá de mantener repertorio porque siempre son grandes cuando hay calidad en los intérpretes, algo que se corrobora en cada actuación.

Piano de vértigo

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Miércoles 11 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni: Yuja Wang. Obras de Liszt, Chopin, Scriabin y Balakirev.

En este mundo global de la música ya no cabe hablar de escuelas ni naciones, para la juventud su imagen es lo primero y saben que vende, pero si además hay talento entonces bienvenido sea el marketing, la publicidad y todo lo que haga falta para hacer llegar un producto excelente.
Yuja Wang no es una estrella del pop sino de la llamada música clásica, una joven de nuestro tiempo con una trayectoria impecable unida a una imagen personal rompedora, guapa, delgada, con tacones de vértigo y piernas que luce sin reparo desde una abertura también de quitar el hipo como esta vez (el mismo modelo que lució en Londres el pasado diciembre pasado y que dejo abajo), o las minifaldas que tanto adora.
Yuja Wang
Pero el auténtico vértigo entra cuando se sienta y comienza a brotar auténtica música, sensaciones indescriptibles desde una técnica impresionante que la hace interpretar con profundidad, honestidad, amor hacia las partituras y sobre todo su sentimiento, nada comercial, sinceridad desde el respeto a la obra escrita para recrear páginas inalcanzables en muchos de sus colegas, la confianza en la técnica más la capacidad de utilizarla al servicio de la partitura, entendida además como guía.

Si la primera vez (ya hace seis años) fue impactante, esta segunda debo volver a resaltar su enfoque de los cuatro autores elegidos, a cual más exigente por la dificultad de las obras seleccionadas, que resultó bellísimo, poco convencional y sobre todo muy personal, descubriendo su propia visión de un romanticismo joven capaz de jugar con todos los recursos a su alcance, sonoridades amplísimas, fuerza titánica a pesar de su engañosa fragilidad, pero unos pianísimos como suspiros que hubiesen resultado sublimes de no volver la ignominia de esa parte del público grosero que parece contagiarse (toses, teléfonos y demás basura). Cabreos aparte, me congratula ver estos intérpretes que siguen apostando por el «repertorio imposible» sin escatimar sentimientos, espléndida y esplendorosa juventud que sigue insuflando esperanza en la música, versatilidad de estilos para una interpretación única de esta figura mundial que dejará huella muchos años.

Del concierto, indescriptible de principio a fin, incluyendo doce minutos de propinas tras la auténtica paliza anterior, esbozar impresiones. Empezar con Liszt como «calentamiento» es de por sí arriesgado, y más en tres adaptaciones de los Lieder de Schubert donde el piano tiene que hablar. El canto del cisne S560 no resultó final sino auténtico principio interpretativo, amor y tragedia de la mano sin olvidar la nostalgia, como el Mensaje de amor «Liebesbotschaft» y después la Estancia «Aufenthalt«, dos números contrapuestos creadores de auténtico ambiente interior. De La bella molinera S565 parecía estar escuchando a Dietrich Fischer-Dieskau con el piano de Gerald Moore pero con la recreación del gran Liszt, capaz de condensar todo ese universo a notas que la pianista china resucita para cantar desde el teclado, romanticismo en estado puro con una entrega total, dinámicas extremas sin perdernos nada, fraseos líricos y una poderosa mano izquierda inimaginable al abrir los ojos para contemplar una fragilidad exterior que no casaba con lo escuchado.

Pero todavía vendría el Chopin que Yuja Wang siente propio, como los grandes intérpretes de la historia, y no con lo previsible en estos conciertos sino con la Sonata nº 3 en si menor, op. 58, exigente para toda una vida que desde la visión juvenil tienen una hondura realmente increíble. Cuatro movimientos que son todo un universo de escritura pianística sólo para los elegidos, el Allegro maestoso donde las figuras menores sonaron como perlas en perfecto equilibrio con una izquierda donde los acordes parecían mecer más que sustentar, el Scherzo: Molto vivace de una expresividad en ambas manos capaces de mantener un diálogo legible, como olvidado en estos tiempos, con un uso del pedal siempre en su sitio antes del Largo, remanso espiritual y sonoro, orgánico en el amplio sentido de la palabra, el leve soplo de vida antes del derroche Finale: Presto, catálogo emocional del suspiro al grito interior. Hacía tiempo que no escuchaba la música del polaco con esta grandeza. Ella misma decía antes de tocar en Barcelona: «Ignoraré a quienes no me ven preparada», y no está quedándose con nadie que dicen mis alumnos sino que al escucharla disipa dudas para quien piense solamente en su imagen, corroborando ese dicho de «Las apariencias engañan» o la bíblica «por mis hechos me conoceréis».

La segunda parte nos llevaría hasta Rusia, equidistante entre nosotros y la China natal de esta figura del piano, primero Scriabin y cuatro preludios del llamado Chopin ruso en cierto modo unido a Liszt como si una fusión de la primera parte en miniaturas se tratase, que reafirmaron las emociones iniciales. El Opus 9 nº 1 para la mano izquierda teníamos que comprobar que la derecha reposaba expectante ante la riqueza que cinco dedos y los pedales pueden tener cuando se tocan como hizo Yuja, siguiendo el Preludio op. 11 nº 8, la realmente Fantasía op. 28 y el Op. 37 nº 1, desde ese lenguaje del ruso en transición hacia un siglo XX que estaba cambiando muchos lenguajes, y no digamos los 2 Poèmes op. 63, «Masque» y «Étrangeté«, clima sonoro delicado y nuevamente intimista el primero, casi Mompou por el aroma, rompedor sin jirones el segundo antes de la Sonata nº 9 «Messe Noire», op. 68, explosión total, disonancias, transformaciones, sonoridades increíbles que en el Steinway del Auditorio con la caja escénica ubicada donde debe, llenaron todos los rincones, fuerza en estado puro sin perder la delicadeza de cada acorde, novedoso y contrastado con todo lo anterior pero tan cercano y juvenil que nadie pensaría estar escuchando obras centenarias en manos de una veinteañera. Otro hito que quedaría en nada ante el auténtico derroche que supone Islamey, op. 18 (Balakirev), más conocida en el arreglo sinfónico de Sergei Lyapunov pero que Yuja Wang superó con creces, como si de un piano imposible se tratase, vertiginoso despliegue virtuosístico, casi de posesión diabólica al alcance de muy pocos intérpretes (Lang Lang la tocaba hace años pero sin la profundidad de su compatriota), que no quedó en fuegos de artificio cara a la galería sino en la demostración de calidad superlativa de una pianista que ya está escribiendo una historia única.

De la musicalidad y amor hacia lo que hace dieron prueba las X propinas, comenzando con el Vals op. 64 nº 2 de Chopin que volvió a engrandecer al polaco, el «tempo giusto» y el rubato con gusto y calidez a la primera frente al arrebato de la repetición con una claridad cegadora, la nunca suficientemente escuchada Gretchen am Spinnard D. 118 de Schubert en arreglo de Liszt como si quisiera completar el inicio, auténtica rueca de Margarita en menina velazqueña, catarata cristalina en ambas manos con despliegue musical de matices, círculo de vuelta al principio, o las Variaciones sobre Carmen de Bizet del genio Horowitz que desde ahora podemos atribuirlas directamente a Yuja Wang, pues las ha asimilado y recreado con un conocimiento tan profundo, una melodía saliendo siempre a flote a pesar de las «toneladas de flores» que nunca la hundieron, despliegue técnico asombroso pero aún más el vértigo de sentir cómo fluye la música en los dedos de la artista china, mirándose en el espejo de los grandes del piano para reflejarse en ella el siglo XXI. Si con orquesta es impresionante, a trío galáctica, si a dúo es impactante, sola con el piano directamente milagrosa, regalándonos todavía un Tea for two, digestivo y servido tan clásico que resultó el auténtico regalo tras todo lo escuchado con anterioridad.

De vértigo son sus tacones o sus piernas, pero sus dedos son una montaña rusa que no marea sino que embriaga. Larga vida a Wang.

Pixán, el tenor asturiano vuelve a casa

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Sábado 10 de enero, 20:30 horas. Teatro Jovellanos: Recital de Joaquín Pixán (tenor), Noelia Rodiles (piano), Elena Miró (cello). Obras de Paolo Tosti, María Rodrigo Bellido, Milena Perisic, Juan Durán, Joaquín Rodrigo, Ernesto Lecuona, Miguel Matamoros, Carlos Guastavino, Jorge Muñiz, Joaquín Pérez Fuertes. Entrada: 15 € (+1 € de gestión por compra on-line).

Nuestro tenor más veterano e infatigable, Joaquín Pixán, volvía a casa para recopilar parte de sus trabajos y avanzar nuevos proyectos, siempre innovando desde la tradición o ampliando un patrimonio musical que en su voz adquiere colores universales. El coliseo gijonés resultó algo impertinente con un coro de toses unido a varios silbidos de «guasap» y el «odiado Tárrega» de un celular algo entrado en años, como parte del público que parecía aburrirse con lo desconocido y tan solo despertó (también se calló) con los temas asturianos o más conocidos, demostrando el cariño hacia el cangués y el desprecio hacia músicas que no son exclusivas de melómanos. Hasta Cuca Alonso se hace eco en su crónica del día después. Tampoco supieron comportarse al gritar «no se oye» a grito pelado cuando el tenor intentaba explicar algún tema o pedir que no aplaudiesen en el primer bloque para mantener la unidad, algo que con un respetuoso y educado silencio podría haberse solucionado. Parece que la megafonía es necesaria para los audífonos cuando toda la vida se prescindió de ella en estos recitales, y lo digo desde mi posición en la fila 16 y a punto de cumplir los 56, aunque urbanidad parezca antónimo de edad.

Pixán siempre ha buscado la mejor compañía sobre el escenario, y de sus pianistas que incluso levantan el vuelo, destacar de nuevo a Noelia Fdez. Rodiles, que supone seguir apostando por la calidad, junto a Elena Miró al cello, participando en los cierres de ambas partes, sonido impecable, musicalidad innata y además vocalidad en el instrumento más parecido a la voz humana que proveniendo de su faceta lírica engrandeció las partituras en las que intervino.

Insisto siempre en el Tosti cantado por Pixán porque su voz parece medida para mi tocayo italiano. Esta vez eligió Consolazione sobre versos de Gabriele d’Anunzio, ocho canciones típicas de llamada «Música italiana de salón del XIX» que el tenor domina, incluso sin estar a pleno rendimiento, desde esa media voz intimista y toda la expresión textual. No son las canciones más melódicas y agradecidas de Tosti que pareció no gustar al respetable, pero la interpretación del asturiano con el subrayado de Noelia Rodiles, abrieron boca en todos los sentidos.

Más «garra y pegada» tienen las tres Canciones españolas de concierto de María Rodrigo con textos de María Lejarraga, esos Tres ayes (1924) que también (y tan bien) tiene grabados y supusieron rescatar del olvido unas partituras equiparables a las de Falla, Granados, Turina o Toldrá, exigentes para ambos intérpretes, con veladuras y amplitud de registro donde Pixán mantiene como nadie el color vocal. Me quedo con Serenita está la noche.

Las tres Canciones asturianas (paráfrasis) de la croata residente en Tenerife Milena Perisic sobre versos de Ángel González resultaron lo mejor para cerrar la primera parte, sumándose el cello de Elena Miró, trío bellísimo en tímbrica con una música atemporal por lo cercana a todos los públicos, captando lo asturiano desde la universalidad tonal para unas melodías expresivas que estaban tanto en la voz como en el cello mientras el piano redondeaba un tríptico hermoso en la voz de Pixán.

En este recorrido musical iberoamericano, la segunda parte comenzó con los Cantares Gallegos sobre versos de Rosalía de Castro, Un repolludo gaiteiro de Juan Durán de difícil interpretación y escucha donde arranca primando la letra sobre la melodía que recae en los intermedios pianísticos de auténtico regusto folclórico, para pasar con las dos de Joaquín Rodrigo, el compositor saguntino capaz de revisar las músicas populares españolas para elevarlas a la categoría de «Lied», ejecutadas como tales por Joaquín con Noelia Rodiles.

El público curó rápidamente su catarro al escuchar las dos canciones cubanas sobre textos anónimos, Se fue de Lecuona y sobre todo Lágrimas negras (Miguel Matamoros) que Pixán recrea desde el original con el piano exquisito de Noelia sobre el que el sentimiento vocal del tenor emerge como nadie.

Punto y aparte tiene el texto de Borges sobre el que Carlos Guastavino compone la Milonga de Dos hermanos, ritmo contagioso para vestir una tragedia, la poetización de la milonga y no la musicalización del poema, narración echa canto en la voz de Joaquín con la guitarra hecha piano.

La vuelta al trío para acabar el concierto sirvió nuevamente para dignificar nuestro folklore cercano, el de El Presi (José González), auténtico adelantado a su época que sólo el paso del tiempo y su estudio musicológico está reivindicando y Pixán eleva a maestro desde los arreglos del asturiano afincado en Estados Unidos Jorge Muñiz, que ya colaboró con el tenor en la Cantata Jovellanos, acompañamiento que pasa de la guitarra al piano y cello remarcando melodías que todos los asturianos llevamos en nuestros genes: Soy asturiano, donde los giros de la tonada se besan con la copla y el flamenco al más puro Falla, Soledá como auténtica joya recogida por Pedrell y agrandada en versión e interpretación del trío, y el popular Paxarín parleru (Xilguerín parleru en otras) que nadie como Pixán es capaz de cantarlo con el gusto y maestría habituales, emocionando a un público que siente estas músicas de raíz que nuestro Torner recogiera hace casi un siglo.

Todavía faltaba el fin de fiesta con auténticos regalos, el estreno de Yes igual que la nieve del poeta asturiano Antonio Gamoneda sobre el que Joaquín Pixán compone una melodía con acompañamiento de cello, un poema profundo en letra y música donde el tenor sorprendió a todos, incluyendo al que suscribe.

Quedaba otra sorpresa de sentarse al piano para acompañarse Santander la marinera (Chema Puente) para después dedicarla al querido Miguel Ángel Revilla, uno más entre el público al que presentó como el mayor defensor de la música asturiana porque Santander es como prolongación o unidad cantábrica más allá de límites geográficos.

Y tras ser invitado Revilluca a subir al escenario, compartiría una de las obras más tristes y conmovedoras de la música asturiana, ese Si yo fuera picador que el ex-presidente recitó emulando a Luis del Olmo en una narración sentida, minería dura y tragedia que unen pueblos vidas, con un Pixán totalmente entregado a un tema también de El Presi al que sigue rindiendo tributo en su voz, elevándolo a la máxima categoría lírica, agradecimiento de años y reconocimiento permanente.

Kraus omnipresente 15 años después

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Jueves 4 de diciembre, 20:00 horas: Teatro Filarmónica, Oviedo. XII Concierto Homenaje a Alfredo Kraus (en el XV aniversario de su muerte): Francisco Corujo (tenor), Virginia Wagner (soprano), Juan Francisco Parra (piano). Arias, dúos y romanzas de ópera y zarzuela. Organiza: Asociación Lírica Asturiana Alfredo Kraus (ALAAK). Entradas socios y público: 12 € y 15 €.

Ópera y zarzuela, dos géneros líricos que realmente son uno, música escénica que el recordado Kraus dominó como nadie, sabiendo elegir el repertorio haciéndolo único por excelente. El recital en su memoria nos trajo a otro tenor canario, tierra de cantantes mayúsculos, más una soprano argentina repasando arias y dúos de los habituales de nuestro homenajeado siempre presente, elección difícil de cada número para la primera parte universal, romántica, como también la segunda dedicada a lo español, duro y con la memoria auditiva de «El Tenor» en cada romanza, en cada aria. Por supuesto el piano de otro canario inmenso, Juan Francisco Parra capaz de hacer una orquesta con 88 teclas en proceso inverso, nada de reducciones orquestales para el piano, puesto que así trata cada partitura el «maestro correpetidor«, tapa acústica abierta plenamente para degustar cada intervención suya con toda la paleta de matices, duraciones y acompañamiento pendiente de las voces, director musical que ha bebido de la fuente y heredado la honestidad con el respeto a lo escrito. Una delicia captar la duración exacta de cada nota, el pedal en su sitio o esa espera siempre del remate vocal para la caída perfecta en el momento justo.

Cantantes y actores que representaron cada rol con mucho esfuerzo y resultados desiguales, color vocal hermoso el de «Pancho» Corujo aunque debe seguir buscando su camino, no imitar, dominar y hacerse su propio repertorio, similar por otra parte al del irrepetible y siempre único Alfredo Kraus. Trabajador incansable pareció más cómodo con Gounod que con el siempre exigente Verdi o la zarzuela de Sorozábal, muchos kilates y peso que todavía debe saber cargar para hacerla más liviana.

De la soprano apellidada Wagner (el que nunca cantó Don Alfredo) y nacida en Argentina, apenas algunos detalles en Cilea, difícil empaste en los dúos de Manón de Massenet o la Gilda poco creíble, más unas zarzuelas que no lucieron pese a la entrega canora. Curiosamente me gustó su registro grave pero totalmente variable el color incluso en el mismo registro, y momentos de brillo metálico junto a otros imperceptibles pese a estar con acompañamiento pianístico. Interpretativamente no pareció creerse todo lo cantado, las «Sierras de Granada» de La Tempranica (Giménez) no están escritas para ella aunque su profesionalidad sea intachable.

Ni tan siguiera ese conocido dúo final de El Gato Montés de Penella consiguió llegarme un poco, porque además del oído mi piel debe erizarse cuando hay magia. Me cabe la satisfacción de seguir disfrutando con el pianismo sabio, sincero y amigo de un Parra enorme en cada recital, que me tomé como lo que era: un recuerdo a la figura de Alfredo Kraus, más grande cada año, y que escuchando su repertorio sigue siendo referente de mi memoria auditiva e inalcanzable por nadie todavía.

Dura la vida del cantante, difíciles las tesituras agudas, ardua labor igualar color, de sabios elegir las obras para cada voz y en el momento adecuado, mas eterna la búsqueda de la excelencia desde la personalidad individual, algo al alcance de unos pocos privilegiados.

Paul Lewis, notario de Beethoven

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Martes 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Paul Lewis. Beethoven: las tres últimas sonatas para piano.

El testamento del genio de Bonn, no ya pianístico sino global, puede que sea este tríptico conformado por las opus 109, 110 y 111. Un músico completo, por intérprete y docente, como es el caso de Francisco Jaime Pantín, preparó unas notas al programa donde disecciona estas tres sonatas desde el conocimiento profundo de ellas, y poder leerlas según sonaban en el Steinway© del auditorio (precisamente elegido por el asturiano, nuevamente perfecto en afinación y bien ajustado), con la caja acústica acortada, es decir cerrada, en las manos del pianista británico Paul Lewis, resultó una lección magistral.

Qué difícil el universo de Beethoven reducido al piano, presente en mis años de estudiante y atesorando grabaciones integrales en varios formatos a cargo de los virtuosos de siempre (precisamente Wilhelm Kempff nacía también un 25 de noviembre, de 1895) y más en estas tres últimas sonatas que romperán con la propia forma, algo de lo que solo un genio es capaz: crear para destruir, mundos interiores en cada una de ellas, compuestas entre 1821 y 1822 antes de poder convencerse que más no podía y entrar en sus últimos cinco años dedicado a las sinfonías o los cuartetos de cuerda, también obras maestras pero que parecen estar en el espíritu de esta «última trilogía en blanco y negro».

Interpretar en el mismo concierto las tres sonatas no es ya todo un reto para el intérprete, esfuerzo interior y exterior, sino para un público más sinfónico que camerístico, aunque el mismo que pudo comprobar dos enfoques de Beethoven totalmente opuestos: el del concierto nº 4, sinfónico y apolíneo, frente al de Lewis, camerístico y dionisíaco. Comentando al descanso esto que acabo de apuntar, se me confirmaba que el carácter personal siempre se refleja en el artístico, por lo que no resultó extraño disfrutar de un concierto desgarrador e íntimo, potente y suave, la montaña rusa anímica de Beethoven con Lewis de perfecto traductor.

La Sonata para piano nº 30 en mi mayor, op. 109 en tres movimientos diríamos que clásicos, resultaron el prólogo esperanzador para un «largo discurso dolente» que define Pantín en las notas comentadas. Expresividad al máximo y fuerza para el Vivace ma non troppo. Adagio espressivo, la «broma» (como scherzo) del Prestissimo donde el sonido pulcro del pianista de Liverpool dibujó un contrapunto vigoroso y delicado, para acabar con las seis variaciones del Gesangvoll, mit innigster Empfindung (Andante, molto canntabile ed espressivo), alemán en la indicación, italiano por lo universal, completo por el sentimiento hecho música, técnica al servicio de la partitura, dinámicas impresionantes, uso del pedal preciso sin obviar momentos buscados de «tormenta» antes de la calma, del lirismo que subyace en este epílogo.

Apenas un respiro y llegaba otro aire, nuevo capítulo con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor, op. 110, como bien recuerda el maestro Pantín, «marcada por el epígrafe con amabilita», y Lewis poniendo música a las palabras, mensaje humanístico, amores y desamores, el propio carácter de Beethoven siempre reflejado en sus obras, más íntimo en el piano, el ascenso al paraíso para volver al abismo más profundo, emociones musicales. El Moderato cantabile molto espressivo literal, capaz de percibirse ese contraste interior cual seda y arpillera, el Scherzo: Allegro molto inquietante conseguido desde unas sonoridades increíbles en el universo de las ochenta y ocho teclas, para el Adagio ma non troppo. Fuga: Allegro ma non troppo hacer recordar órganos eclesiásticos no ya por la forma fugado final sino por el clima alcanzado en ambas manos, juegos tímbricos increíbles, pulcritud en cada dedo y luz al final de un túnel del que Beethoven nos saca para dejarnos la esperanza.

La Sonata para piano nº 32 en do menor, op. 111 es el cúlmen y desenlace no ya sonatístico sino interior y global del genio universal, dos movimientos únicos de una envergadura casi inabarcable. Paul Lewis se volcó en transmitir cada emoción no indicada pero escrita, pianista que sabe leer entre notas, conocedor del momento evolutivo, de la vorágine escondida, cada respiro agónico, cada suspiro, tormentas y remansos nuevamente desde una técnica impoluta, un rigor admirable y una entrega interpretativa fabulosa. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato como recuerdos de juventud, escrituras retrospectivas de «patéticas» y «apasionadas» maceradas con el inexorable paso del tiempo y la Arietta: Adagio molto semplice cantabile, como últimos anhelos y alientos, cristalino diseño y ejecución, trinos agudos limpios sustentados por una mano izquierda sobria y segura, honestidad cual confesión de pecados veniales, momentos sincopados casi futuristas por atrasar unos cuantos años el nacimiento del jazz, variaciones como si dando vueltas a la misma idea buscase soluciones y respuestas antes de un inesperado optimismo final. Paco Pantín escribe que «se despide para siempre, con sonrisa melancólica quasi schubertiana» y precisamente nos regalaría el Allegretto  en do menor D 915 del bueno de Franz, porque las notas parecían premonitorias al concluir: «Digno final de un ciclo y de un tríptico que podría constituir el mejor testamento de Beethoven».

Tengo que rematar que Paul Lewis levantó acta increíble, albacea del legado y notario de este documento sonoro que nos llegó a lo más profundo.

El museo como sala de concierto

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Sábado 15 de noviembre, 20:00 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, Concierto de Cámara: Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Sergei Bezrodny (piano). Obras de Tartini, Tchaikovsky, Sarasate, Beethoven, Mozart y Brahms. Entrada: 10€.

Los museos también tienen vida musical, se promocionan además de ofrecer unos espacios realmente únicos y apuestan por conciertos cercanos, de cámara, con figuras en ciernes o ya consagradas. El gijonés Museo Evaristo Valle tiene como seña de identidad un salón que alberga un excelentemente restaurado y bien conservado piano Steinway donado a la Fundación, que siempre es un placer escucharlo en esa ubicación de acústica impecable, más en las manos de un virtuoso como Bezrodny, esta vez a dúo con el joven violinista Ignacio Rodríguez que nos ofrecieron un recital íntimo, emocionante, cargado de dificultades para obras que sonaron preciosistas desde un perfecto entendimiento entre ambos músicos, la veteranía y poso del ruso con la juventud e ímpetu del asturiano, una promesa que se va haciendo realidad.

Las obras elegidas no siguieron un orden cronológico aunque sí cercano y de estilos variados. De G. Tartini escuchamos su Sonata «Didona Abandonata» en sol menor en tres movimientos, bien diferenciados, piano en segundo plano cual clave barroco con tiempos cantábiles en diferentes velocidades, Tempo moderato cual presentación sonora, Allegro con fuoco para regocijo del violín al más puro estilo veneciano, y el Largo / Allegro comodo solamente en la indicación, puesto que la dualidad exige crear ambientes contrapuestos desde una técnica virtuosa que no debe ocultar la musicalidad, algo que Ignacio y Sergei entendieron desde el primer momento.

Melancolía y amor adolescente son sinónimos hechos música por Tchaikovsky en su Serenade Melancholique, op. 26 en si menor, repertorio básico para un dúo con dos visiones de la vida y una musical, orquesta reducida a pianista maduro que arropa al violinista enamorado, música desde las entrañas con arranques de pasión bien contenida, románticamente rusas en sonoridades primaverales con madurez interpretativa. Me maravilla comprobar el crecimiento global de mi querido Don Ignacio, capaz de conmover con esta partitura enorme.

Todo virtuoso debe incluir a Sarasate en su currículo,  para el piano (una maravilla ver las partituras del virtuoso ruso) y lógicamente para el violín, repertorio global de diabluras con técnica no siempre al servicio de la música, donde el piano acompaña los dificilísimos pasajes del solista. En el Capricho Vasco, op. 24 el dúo astur-ruso solventó con profesionalidad y musicalidad una página cantábrica más que vasca, a pesar del zortzico inicial, por cercanas melodías. Poso en el violín y solera al piano, cercanía en la amplia gama de grises con el brillo de la madera, impregnada por los albores de la figura moldeada con el cincel del trabajo diario. Nueva confirmación del momento dulce que atraviesa Ignacio Rodríguez, conocedor de la dificultad de una partitura que necesita el fuego artificial sin demasiada interiorización pero que con Sergei Bezrodni alcanza otro sentido.

El breve descanso sirvió para cargar pilas ante un triunvirato de genios exigentes para exprimirlos al máximo. Mi memoria musical está unida a la Sonata nº 1, op. 12 nº 1 en re mayor de Beethoven, por lo que fui acompañando mentalmente cada compás y movimiento, disfrutando con el permanente diálogo de los dos intérpretes, seriedad y cascadas sonoras en el Allegro con brio, permutaciones emotivas en cada variación del Andante con moto, y derroche de sentimientos en el Rondo: Allegro, conversación musical en estado puro, mismo idioma con distintos acentos, los del piano y violín en perfecto entendimiento. Siempre un placer disfrutar del genio de Bonn, más en la música de cámara con sus sonatas para violín y piano, abecé de estudiantes pero también parvulario de melómano que se precie. Comprobar la evolución del violinista asturiano es un orgullo personal, verle ganar en sonido amplio, profundo, redondo, de dinámicas abrumadoras con un arco poderoso y una seguridad pasmosa, con una musicalidad genética, es síntoma de madurez y mucho trabajo.

El segundo movimiento del Concierto nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) es un mundo anterior al del sordo pero fuente inagotable de musicalidad, con un piano «de orquesta» para un discurso violinístico plenamente salzburgués, ingenuo pero inconscientemente maduro, perfecto para este dúo con una cadenza bien tocada, con gusto y seguridad.

Rematar con el Scherzo en do menor para piano y violín de Brahms son palabras mayores tras todo lo escuchado anteriormente. El dúo debe ser y sonar uno, la inmensidad del hamburgués se respira en cada compás, energía y tormento mezclado con remansos perecederos donde la música sale a borbotones. Increíble interpretación de ambos músicos, entrega, pasión, energía, potencia, lirismo, incontinencia rítmica, contrastes dinámicos, auténtica montaña rusa de emociones para una obra grande y exigente en todos los aspectos, excelente colofón de un nuevo concierto en este museo tan musical como el gijonés.

Alina Brown, sobrina-nieta de Evaristo Valle, y coordinadora del museo, felicitando al dúo

Mi sincera felicitación a la Fundación gijonesa con su director Guillermo Basagoiti a la cabeza, que sigue apostando por la música en su bellísimo Museo, y enhorabuena enorme a Don Ignacio y sus padres Chonchi y Maque, pues tantos sacrificios tienen recompensas como la de este «concierto de museo». Su carrera ya en ciernes está bien encauzada, tener un pianista como el ruso supone garantía de éxito (merecido siempre), esperando verle en las siguientes etapas, reconfortante para quienes le seguimos y admiramos desde los inicios. No quiero plagiar a nadie pero la conocida frase «Me llena de orgullo y satisfación» en este caso la compartimos muchos.

Salud para todo un espectáculo

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Jueves 6 de noviembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Teatro d’Amore, música de Monteverdi y sus contemporáneos. Deborah York (soprano), Vincenzo Capezzuto (alto), L’Arpeggiata, Christina Pluhar (directora).

Llegaba a Oviedo la gira de Christina Pluhar con el nuevo espectáculo de su formación, de esos que nunca dejan indiferentes pero con dudas sobre las reacciones del público tras la reprimenda de Sir John Gardiner (que supuso renovar los consejos en el programa).

La apuesta en la programación por conciertos distintos en formato con «sorpresas» parece que vuelve a resultar vencedora, con hora y tres cuartos sin descanso mostrando o recobrando una salud a prueba de bomba, mínimo atisbo de envoltorio pero sin llegar a mayores.

La caja escénica acortada dejó los ingredientes bien servidos: una formación más allá del barroco, músicos completos capaces de ceñirse a Monteverdi dándole un toque actual sin perdernos nada del espíritu original, alternar con músicas tradicionales que suenan frescas y entremeses ligeros ante las llamemos «obras mayores», sin olvidarnos de las danzas teatralizadas de Anna Dego (realmente un espectáculo en sí con tarantellas y pizzica), la cocina resultó natural, ecológica y digerible para descubrimiento de muchos que ni siquiera han probado o conocían la larga trayectoria de la excelente tiorbista austríaca y sus apuestas aparentemente rompedoras pero que llegan a todos los públicos, especialmente aquellos sin complejos ni corsés, recuperando la juventud, o contagiándola, en las salas de concierto.

Hasta el programa de mano resultó completísimo: textos en italiano y español que dan para recreo lector además de auditivo pese a no contar con los «originales«, la soprano Deborah York, algo corta en volumen pero comulgando de esa intimidad que desbordó todo el conjunto, y el impresionante Vincenzo Capezzuto, voz natural y divina, alto ideal en las canciones tradicionales de su Italia, hasta pareja de baile, sin olvidarnos de su «Amor» (Lamento della Ninfa del octavo libro de madrigales de Monteverdi) sentido y cantado como nunca, humano y divino desde la pureza. Hasta las notas al programa de María Sanhuesa son para guardar, conjugando talento y poesía, contagiada de un repertorio que sus palabras expresan a la perfección y con un final del que deseo extraer: «Los cortinajes del escenario de nuestros sentimientos caerán con el motete para voz, solista y continuo (…) De lo profano a lo sacro, amor, dolor, indiferencia, tarantulados, filósofos, asesinos… ¿vida y teatro no son lo mismo?».

Más que escribir de las obras, pues dejo el programa escaneado, esta vez quiero dedicarme a los instrumentistas que individualmente pudieron lucirse y también en conjunto, pese a una combinación tímbrica algo similar en cuanto a cuerdas punteadas pero sin estridencias, siempre rica en los formatos y presencias desde una dirección discreta aunque medida al detalle incluso en las improvisaciones.

Doron David Sherwin con el dificilísimo corneto sacó toda la rica paleta de un instrumento evocador de otros y con identidad propia, contracanto de violín, vocal, protagonista con pinceladas siempre de genialidad. Veronila Skuplik logró momentos virtuosos en improvisaciones, ciaccona y especialmene «La Vinciolina» de Mealli, Sonata para violín solo, op. 4 que fue acompañada muy tenue por la tiorba, intimismo y delicadeza llena de virtuosismos. El siempre triunfador (más en casa) David Mayoral capaz de hacer hablar un djembé o darbuka, manejar las castañuelas como si Lucero Tena se reencarnase y sobre todo dar ese colorido a cada obra, ritmo de jazz o tarantella italiana, subrayado de cada melodía con el instrumento preciso. Boris Schmidt al contrabajo siempre en «pizzicato» que convence desde la técnica y nos hace preguntarnos cómo no usarlo antes para Monteverdi, auténtico sustento sonoro y hasta melódico completando polifonía global. El grande, en todos los sentidos, Francesco Turrisi es un jazzman que no sólo le dio a las teclas del clave o el órgano positivo que en momentos puntuales, y como requerían algunos arreglos de Pluhar, parecía un Hammond®, sino que encumbró la melódica a protagonista (como en la Penguin Cafe Orchestra), «cantábile» intermedia entre la armónica popular y el teclado mayor, participando también con los parches en escenas bailadas.

Dejo para el bloque final a Margit Übellacker que sacó del salterio el brillo que necesitaba por momentos el clave o el órgano, completando paleta sonora, incluso con solos difíciles siempre en esa atmósfera de intimismo que la salud del respetable colaboró a mantener; Marcello Vitale con las guitarras barroca y «battente» alternó rítmicas y punteos, luciéndose como los flamencos en las canciones tradicionales cantadas y bailadas, como la clavecinista y organista Haru Kitamika de discreción intrínseca más por el resto «punteado» que por unas intervenciones siempre claras y bien ornamentadas aunque diluidas en esa nube de cuerdas.

Christina Pluhar mantuvo con la tiorba esa nebulosa de la que emergían puntualmente sus músicos, pero con dirección siempre atenta y trabajada con unos intérpretes que saben dónde están, girando de la pureza a la recreación desde el respeto y amor a la música de Monteverdi. Vida fluída, reencarnaciones y teatro musical servidos como Purcell pero con la salsa italiana que agradó a todos, con dos propinas de tarántula y el «Hallelujah» de Leonard Cohen, todo un bonus track en la voz de Capezzuto y breve dúo de York, que no desentonó entre el resto de compañeros de programa.

Viena con sonido asturiano

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©Foto asturias24.es  ® Gabriel Ureña

El pasado lunes 27 de octubre de 2014 era noticia el violonchelista asturiano Gabriel Ureña por interpretar en Viena la Suite nº 1 de Bach ante la Reina de España, con motivo de la inauguración de una exposición sobre Velázquez en el Museo de la Historia del Arte de la capital austríaca, siendo el primer viaje oficial en solitario de su majestad Doña Letizia, asturiana como Don Gabriel, lo que tuvo más repercusión en la prensa regional, no siempre acertada en algo que algunos han llamado, no exento de crítica «madreñismo» por el afán de buscar orígenes astures a todo aquel personaje conocido, independientemente de sus logros o desmanes. Al menos esta vez sí había algo directamente astur en la capital más musical de Europa.

 

® Gabriel Ureña: Concierto 4 de Mayo en el Palacio Strozzi (Florencia)

El chelista avilesino ha pedido una excedencia en la Oviedo Filarmonía (de la que es solista desde el año 2009, siendo el más joven de las orquestas españolas), para poder cursar un máster de alta especialización en la capital de la música con Natalia Gutman, y también con ella un postgrado en Fiésole (Florencia) para una carrera que nunca tiene fin.

Bebiendo directamente de la alumna de Rostropovich, Gabriel Ureña lleva años con su instrumento a cuestas de aquí para allá, trabajando duramente y viajando para completar una formación que vuelve a demostrar la calidad de nuestros intérpretes asturianos, semillas que han florecido desde la llegada hace más de veinte años de los Virtuosos de Moscú a esta tierra, estéril hasta entonces para los músicos de cuerda pero que supuso un punto de inflexión y solaz de melómanos, agrupaciones instrumentales y salas de concierto, siempre desde el esfuerzo personal de gente joven y de sus familias, sacrificadas en todos los sentidos ante una miopía de los gestores que siguen sin ver en la educación una inversión más que un gasto, y en la música un bien cultural del que cualquier país civilizado presume, incluso en tiempos de crisis.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

Gabriel Ureña comenzó sus estudios en el Conservatorio «Julián Orbón» de su Avilés natal con Alexander Osokin antes de pasar a Oviedo con Maite Andérez, aunque su calidad e inquietud le llevó a seguir perfeccionándose y aprendiendo. Siempre un placer escucharle en solitario, a dúo, como solista e incluso dentro de la orquesta carbayona cuyas intervenciones, tanto en conciertos como en la ópera, son destacables.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

En Viena Gabriel forma parte, entre otros del Quatuor du Solei (sustituyendo a Steffan Morris) y con el Ensemble Barroco Contemporáneo de Austria interpretó en otro acto, nada menos que en el famoso Palacio Imperial, un cuarteto de Boccherini.

Como él mismo contaba en la entrevista publicada por el diario LNE, «esta carrera conlleva sacrificio, mucho viaje, pero el esfuerzo se ve recompensado cuando compruebas que el público disfruta con lo que haces«, y quienes le seguimos desde sus inicios podemos corroborarlo. De sus andanzas tengo noticias suyas por las redes sociales, donde encuentra hueco para compartir vivencias con su legión de seguidores, unido a un carácter que le abre todas las puertas. Además de hablar inglés, italiano o el alemán que ya maneja con soltura, el único lenguaje universal sigue siendo la música, y Gabriel es políglota, además de responsable y consecuente, un ejemplo para una juventud que estamos exportando, esperando no se queden en otras tierras porque sería perder una inversión de todos.

La actividad vienesa es frenética, arte en cada esquina, música por todas partes acudiendo a conciertos en sedes históricas o actuando en esos mismos escenarios. La carrera de Gabriel Ureña está bien enfocada y tiene compromisos para todo el curso, recalando en la Sociedad Filarmónica de Oviedo allá para el 12 de mayo de 2015 sin perder ni un minuto. Al menos podemos presumir de un músico asturiano «coronado» en Viena con calidad reconocida y embajador de nuestra tierra, orgullo para todos y envidia (sana) de muchos colegas. Seguiré mandándole «MUCHO CUCHO©».

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