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Recuperando patrimonio musical

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Jueves 8 de octubre, 21:00 horas. Catedral de León, XII Ciclo Música históricas: «La sonata en el siglo XVIII español«. Solistas de la Orquesta Barroca de Sevilla: Alexis Aguado (violín), Guillermo Peñalver (flauta), Mercedes Ruiz (chelo), Alejandro Casal (clave), Ventura Rico (contrabajo). Obras de los Hermanos Pla (Joan Baptista Pla y José Pla), Francisco Manalt, L. Boccherini y Manuel Cavazza. Coproducción FIOCLE y CNDM. Entrada gratuita.

Dentro del Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE) llegaba este concierto recuperando música de cámara que sonaba en aquellos años de transición de estilos, barroco, galante, preclasicismo, con un quinteto de solistas de la Orquesta Barroca de Sevilla, muchos de ellos conocidos y habituales en otras formaciones, que jugaron en número según las obras, trío, cuarteto y quinteto colocados en el crucero de la Pulchra Leonina cuya reverberación ayudó a una sonoridad íntima, jugando con el color y la tímbrica de unas composiciones recuperadas sonando actuales desde una interpretación clara, precisa, conjuntada y escrupulosa.

Los hermanos Plá, Joan Baptista (ca. 1720-1773) y José (1728-1762), una saga de excelentes instrumentistas de viento afincados en Vic y/o Balaguer, y compositores muy apreciados la Europa de mediados del XVIII, abrieron y cerraron programa con dos Triosonata, la segunda y la sexta de las «6 Sonatas para dos flautas alemanas, violines u oboes bajo para clavicordio o cello» (Londres, 1754), de receta puramente barroca en cuanto a tres movimientos bien contrastados disfrutando de la formación completa de este quinteto, música muy trabajada con peso en el violín y la flauta (Rampal amaba estas música y Peñalver con el traverso superó el nivel del virtuoso francés) en perfecto diálogo y protagonismo bien apoyados por el continuo de chelo a menudo doblado por contrabajo y un clave discreto pero necesario enriqueciendo la paleta tímbrica. El Allegro de la segunda fue bisado al finalizar el concierto y el Largetto de la cuarta ejecutado sin el contrabajo buscando más intimismo y calidez sin el refuerzo grave de los demás movimientos. Sonatas desde el entendimiento de este quinteto que las lleva consigo casi como seña de identidad.

Francisco Manalt (ca. 1710-1759), violinista y compositor de la corte de Fernando VI desde 1735, nos ha dejado su Obra armónica en seis sonatas de cámara de violín y bajo solo (Madrid, 1757) de la que pudimos disfrutar la Sonata en re menor para violín y continuo, un cuarteto prescindiendo de la flauta para lucimiento de todos, Largo andante en trío sin contrabajo que se une en los dos siguientes movimientos, Allegro vivo realmente reluciente además de virtuoso y el Andante Affetuoso de redondez sonora, ensamblados y perfecto entendimiento entre la cuerda frotada y un clave siempre en su sitio, impecable de presencia.

Boccherini centró el concierto con su Sonata en do mayor para violonchelo y continuo, G. 6 (1768) para lucimiento muy especial de Mercedes Ruiz más Alejandro Casal y Ventura Rico (cofundador de la OBS que comentó tras la primera obra la labor de recuperación de esta música sin la cual nuestra historia dejaría páginas en blanco), ese cello que el italiano afincado en Madrid tanto amó y para el que escribió obras clásicas en el repertorio de los grandes instrumentistas, tres movimientos de estructura barroca pero sonido clásico con la firma inimitable de un compositor que siempre ha estado presente en nuestras programaciones gracias en parte a intérpretes como los hermanos Moreno (José Miguel y Emilio Moreno) o Josetxu Obregón por citar dos referentes que siguen trabajando en el repertorio de Boccherini. La cellista cordobesa logró momentos mágicos especialmente en el Largo central y demostró el virtuosismo exigido en los Allegro extremos siempre al servicio de la música, con sus dos excelentes compañeros en un trío maravilloso.

El menos conocido Manuel Cavazza (?-1790), más famoso como oboísta que flautista, aunque debían tocar ambos en la Capilla Real con Felipe V, de ingenio compositivo y conocedor de los instrumentos de viento, también sirvió de lucimiento de Guillermo Peñalver cual «violín de viento» acompañado Mercedes y Alejandro en la Sonata de flauta travesera sola y baxo para la oposición del año 1777, tres movimientos exigentes y contrapuestos donde las propias indicaciones de los tiempos sirven para entender el planteamiento, Allegro con gusto y comodidad de agilidades y registros variados, el Largo cantado con el acompañamiento delicado y un tercer movimiento jugando con los recursos interpretativos: Allegro Regular. Allegro a media voz y gusto. Allegro como antes. Allegro como antes y a media voz. Allegro como antes. Dificultades y exigencias desde una musicalidad demostrada siempre que escucho al flautista sevillano, derrochando talento y facultades, esta vez como solista y protagonista.

Buen concierto en programa y estructura que nos permitió corroborar el nivel de nuestros músicos, exportando una música barroca, frecuentemente sacada a la luz por ellos mismos, que actualmente compite en igualdad de condiciones con formaciones de Pirineos arriba. Y además gente joven que atrae a público de su generación (también de la mía y posteriores) allá donde van. León lo tengo cerca y sigue el festival catedralicio como todos los meses de octubre.

Crudo Amor en casa

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La asociación «Aula de Música Antigua», organizadora entre otras muchas iniciativas del Festival “Eloy Zapico”, traerá a Langreo al conjunto Forma Antiqva recién llegado de sus conciertos por Colombia y su programa «Con afecto y armonía» contando con la soprano canaria Raquel Lojendio, gira organizada por el CNDM dependiente del INAEM, y habiendo alcanzado las cien actuaciones de su Concerto Zapico, todo un hito en el panorama de la música barroca.

©Foto CNDM

En un concierto extraordinario y de carácter solidario que tendrá lugar el domingo 11 de octubre a las 19:00 horas en el Auditorio del Conservatorio Profesional de Música Manuel F. Rodríguez “Jaurés” de Sama de Langreo y con entrada libre, el programa del concierto titulado “Crudo Amor”, se centrará en las composiciones vocales a dos voces y acompañamiento del compositor italiano Agostino Steffani, una de las figuras de más trascendencia y relevancia en la música del periodo barroco. Para este exigente y bello programa, Forma Antiqva se rodeará de dos de las mejores voces del panorama internacional: la soprano María Eugenia Boix y el contratenor Carlos Mena.

Además, estará la violonchelista Ruth Verona, a la que en alguna ocasión he bautizado como la «cuarta herrmana» con Los Zapico, los mellizos Daniel a la tiorba y Pablo a la guitarra más el hermano mayor Aarón al clave y dirección.

Este programa, estrenado en uno de los festivales más importantes de Alemania (el Ludwigsburger Schlossfestspiele), y que ya pudimos disfrutar por los mismos intérpretes en Gijón dentro del Festival de Música Antigua 2014, está siendo grabado estos días en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, sede de la formación asturiana para Winter & Winter, el prestigioso sello alemán que apostó por Forma Antiqva desde el principio, disco que será presentado en marzo de 2016, en una larga tourné que les llevará por Madrid, Oviedo, Zamora o Zaragoza.

Los langreanos no actúa en su «primera casa» de Sama desde 2012, en la Sociedad «La Montera», por lo que aprovechando la excepcionalidad del concierto, éste tendrá carácter solidario y colaborativo. Mediante donativo libre recogido al finalizar el concierto por la Asamblea de Langreo de la Cruz Roja, la asociación musical y Forma Antiqva colaborarán en la ayuda a las familias necesitadas del concejo. Ahí estaremos para contarlo.

Sidra y jazz, mezcla asturiana universal

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Septiembre además de cuesta para el bolsillo e inicio de curso también es mes puente estacional entre verano y otoño, la estación ideal asturiana, aún sin arrancar nada del todo pero con momentos de lecturas y conciertos variados. Me gusta escribir sobre música y músicos de mi tierra, una forma de apoyo pero sin «madreñismos» que dice mi primo David Álvarez, queriendo dedicar esta entrada a unos enamorados del jazz y la bossanova, de la música a fin de cuentas, que sin vivir de ello tienen una trayectoria profesional más que larga y no ya por años, que estamos más o menos en la misma quinta todos, habiendo pasado por distintas formaciones y estilos, apostando esta vez por la pareja, un dúo «sui generis«.

Me refiero al dúo turonés Jazz & Bossa 2r1b (los números tienen que ver con la dirección del local de ensayo) formado por Juan Luis Varela y Gustavo Salinas, saxo y bajo eléctrico respectivamente, que decidieron hacer su presentación en casa arrancando las fiestas de El Cristo el pasado viernes 11 de septiembre en la terraza de la Sidrería Casa Chuchu a partir de las 22:30 horas, al aire libre con una megafonía suficiente y todo un repertorio de dieciséis temas conocidos por la mayoría de asistentes que disfrutaron a pesar del orbayu que quiso despertarnos a la realidad de no estar en Copacabana sino en el valle minero por excelencia, hoy en declive pero con las mismas ganas de seguir figurando en el mapa, algo que esta pareja llevan haciendo desde siempre. La música en vivo más viva que nunca pese a dificultades y pegas en aumento.

Muchos meses de ensayo y conciertos varios, con la dificultad de tocar no en cuarteto sino sobre unas excelentes bases pregrabadas de batería o guitarra que pese a resultar «cómodos» como instrumentistas virtuales (no beben, no fuman o no discuten) son de lo más exigente a la hora de tocar con ellos (no se confunden, no esperan, son dictadores con el tempo, no permiten ampliar otra rueda si estás inspirado en el solo…), pero finalmente cierras los ojos y te olvidas que sólo hay dos frente a tí, algo que por otra parte también logramos «hace nada» amenizando una velada literaria de nuestro Mieres.

Premio de Novela Corta Casino de Mieres, Junio 1987

El saxo tenor de Varela tiene su mismo timbre de voz unido al color de sus pinturas, como debe ser: sus fraseos y respiraciones resultan plenamente vocales y luminosos, sobre todo en los temas que tienen letra propia y el soplido tenga acento «portugués brasileiro» como en La chica de Ipanema o la Manha de Carnaval que escuchamos en la película «Orfeo negro«, pero también pronuncie un perfecto inglés del inimitable Frank Sinatra en Fly me to the Moon e incluso los llamados standards que los crooners han inmortalizado (perdón por tanto anglicismo) y el saxo revierte al instrumento.

El bajo de Tavo es prolongación de su forma de ser, el sustento necesario, la discreción y saber estar, escuchando antes de hablar porque sin él no habría diálogos como All of Me o Misty, capaz de bailar sobre el mástil o jugar en las baladas con solos de puntillas bien asentadas rememorando a las grandes Lady Day o Ella. Casi dos horas sin interrupción de buena música, la atemporal más allá de modas porque el tiempo las ha asentado, final de verano con hojas muertas (Autumn Leaves) recordándome al idolatrado Bill Evans al que nos permitimos versionear en aquel proyecto Sopa de LenteJazz con el que debutamos en un concurso donde «Cifu» era parte del jurado con Oviedo capital del jazz español, sótanos llenos de humo y paladar de güisky. Siempre música, omnívoro que disfruto tocando y escuchando, esta vez tentado a buscar un teclado para sumarme a la pareja de amigos músicos. Fue mucho más que la sombra de tu sonrisa…

Tampoco quiero olvidar un recital hermoso con otro dúo de amigos celebrado en Mieres durante las fiestas de San Juan el 25 de junio, mi querida Elena Pérez Herrero y el guitarrista Alfredo Morán, sabiduría y experiencia como mezcla perfecta capaz de aunar boleros con barroco y bossa al mejor estilo Fitzgerald-Pass más el acento asturiano propio, pues la voz de la profesora y cantante mierense no tiene parangón y el acompañamiento del turonés es el ropaje perfecto para un repertorio buscado desde el conocimiento de estilos aparentemente distintos, que no distantes, y felizmente aunados. La grabación de un CD single, los vídeos y ahora apareciendo en la TPA autonómica están dando que hablar, y personalmente no podía ser ajeno a otro proyecto salido también de las Cuencas, mineras cada vez menos, talento siempre y para seguir y exportar.

Gracias amigos y músicos.

Talento también en verano

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Miércoles 12 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: Dúo In Extremis: Andrés Fernández (oboe) y Omar Majbour Navarro (piano). Obras de Schumann, Gilles Silvestrini (1961), Tchaikovsky y O. Majbour (Oviedo, 1983). Entrada libre.

Concierto original con estreno incluido del pianista, director y compositor carbayón, organizado de forma cíclica donde no faltaron las correspondiente intervenciones a solo de dos músicos de casa que “in extremis” lograron evitar más fugas de un público veraniego mal educado que acude a ciegas y sin respeto por nada. Menos mal que sólo queda en anécdota pues todo estuvo bien trabajado y ejecutado por un dúo joven con mucho que decir en el difícil terreno de la música.

Schumann abría programa con Tres romanzas, op. 94, tres originales «lieder» sin palabras para la voz del oboe de timbre no siempre nasal, mientras el piano mantuvo y compartió protagonismo arropando melodías, Nicht schnell bien fraseado arropado por un teclado romántico, intenso Einfach, innig, «sencilla y ardorosa», simplemente íntimo pero con fuego, y la última Nicht schnell llena de intensidades y poesía instrumental.

Del oboísta y compositor francés Gilles Silvestrini pudimos escuchar dos lienzos distintos pero de «pinceladas maestras» donde Andrés Fernández jugó con una amplísima y virtuosa paleta de unas partituras con variadas reminiscencias, explorando sonoridades extremas de un instrumento siempre melódico, más de lo esperado a solo: De los Seis cuadros para oboe solo, el nº 2 «Potager et Arbres en Fleurs, Printemps Pontoise», el cuadro de Camile Pissarro primaveral árbol en flor como inspiración de expresividad máxima, incluso espacial en la búsqueda de colores plenos más allá del impresionismo, proyectando el sonido en las dos alas del claustro, ligero, de acento ruso y extremista sin perder expresión para todo un recital de oboe, y tras el estreno comentado, el nº 8 «Le Ballet Espagnol de E. Manet«, cuadro lleno de luz para un nuevo lucimiento solista, ese baile español que me trajo recuerdos de viajes, rumores de la caleta malagueña de Albéniz, expresividad desde la exploración tímbrica de tintes mediterráneos con pellizco flamenco de Alhambra orientalista como la de nuestro Falla, momentos sonoros cercanos al corno inglés ante un registro grave muy compacto, auténtico muestrario de notas extremas cual arco violinístico para semejar dos voces sin perder sentido melódico, verdaderos lienzos maestros con el pincel del oboe de Andrés Fernández.

Omar Majbour eligió para su intervención solista nada menos que a Tchaikovsky, sinónimo de melodía y sentimiento musical, Tres valses para piano que recordaron parte de los ballets sinfónicos del ruso, contrastes de género y tiempo, el opus 39 nº 9 masculino y quasi orquestal, ligero de ritmo bien marcado, la feminidad «sentimental» opus 51 nº 6, introspección menos bailable por el «rubato» que buscó y contagió todo el intimismo de esencia chopiniana, con una mano izquierda que semeja los violonchelos llevando el peso melódico mientras la derecha alza el vuelo cristalino, para volver a la fortaleza en pareja del opus 40 nº 8 por carácter e interpretación, sinfonismo del teclado en blanco y negro en bailarines de salón y puro romanticismo. Muy buena ejecución del pianista ovetense antes de enfrentarse a su estreno.

La Fantasía para oboe y piano, op. 8 del propio Omar Majbour conjuga parte de lo escuchado en el resto del concierto, conocedor del lenguaje del oboe, dominador de la escritura pianística para pasar del acompañamiento al solo en una obra “ad hoc” de plena actualidad. Tiene tintes franceses como los cuadros de Silvestrini, armonías ricas, un completo y variado discurso más allá del lucimiento del viento, que lo tiene, juegos de notas extremas y disonancias sin perder nunca el sentido melódico característico del instrumento «solista», cargas expresivas a base de amplios reguladores y tiempos contrastados, más silencios subrayando un expresionismo cercano. Interesante obra y ejecución de este dúo “in extremis”. Como en cada estreno suelo tomar notas según voy escuchando, aquí las comparto:

Arranca el oboe solo contestado por pinceladas del piano a base de acordes en melodía tranquila antes de desarrollar un tema de aire ruso por fraseo y acompañamiento, ganando en intensidad y tiempo de forma simultánea para un segundo tema jugando en unísonos, notas cortas y silencios, stacatos en ambos protagonistas y un remanso pianístico solo preparando el tercer tema casi oriental y variando el primero, momentos «ad libitum» antes de un puente del piano que retoma el tempo lento de fraseo muy melódico por parte del oboe, escritura muy clásica con los rellenos armónicos del piano donde no faltan notas pedales que engrandecen una sentimental melodía. Prosigue esta fantasía con un crescendo y tempo agitado a base de arpegios y trinos desembocando en un lento y brillante tema de aire francés con unos graves en el piano que contrastan tímbricantemente con el oboe y caminan juntos hacia un final sin excesos, mínima pausa con e silencio subrayando el vivo y aumento dinámico hasta un seco y concluyente fortísimo.

Tras el ya comentado segundo cuadro del oboista francés, se cerraba el círculo virtuoso con el Adagio y allegro op. 70 de Schumann, perfecto principio y final, auténticas «romanzas sin palabras» del Leipzig de Félix y Robert, el “lied” lento de verbo abstracto y claro seguido del “allegro” final tortuoso y brillante, cascada sentimental de protagonismo compartido en el más puro romanticismo alemán.

Las dos propinas fueron muy del gusto de cualquier melómano por lo conocidas: un respetuoso arreglo del Nocturno op. 9 nº 2 de Chopin, aquí con el oboe llevando toda la melodía y el piano original sin ella, para degustar todavía más del placer y dolor romántico, más el Summertime de Gershwin interpretado y sentido como un canto del siglo XX en el lenguaje americano que perseguía el llamado «Chopin de Broadway», aquí despojado de jazz, perfecto entendimiento de un joven dúo sobresaliente ¡y de casa!.

Del público veraniego irreverente y maleducado volver a destacar sus móviles, movimientos ruidosos de sillas, desvergüenza en marcharse sin esperar una pausa entre obras y demás lindezas que mejor no cabrearse ante el incivismo campante de nuestro tiempo. Por lo menos los fotógrafos respetan los tiempos y algunos incluso desactivan el «click» de sus cámaras digitales, marchando a las redacciones al finalizar los intérpretes. Supongo que algo de complicidad artística hay. Todavía queda mucha música de verano en Oviedo, y en las de pago espero no pasar vergüenza ajena.

P.D. 1: Dejo la crónica de N. Hermida en LNE del 13 de agosto.
P.D. 2: Dejo mi crítica en LNE del 14 de agosto.

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Piedra y terciopelo

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Jueves 6 de agosto, 20:00 horas. Claustro del Museo Arqueológico de Asturias, Festival de Verano Oviedo 2015: Rubén M. Larfeuil (viola), Kennedy Moretti (piano). Obras de Reger, Brahms, Hindemith y Hummel. Entrada libre.

Diferencias entre un violín y una viola: La viola arde más tiempo, en la viola cabe más cerveza, el violín puede afinarse… y así toda colección de chistes sobre los violas, cierto que los hay de todos los instrumentistas, pero la que podemos llamar hermana del violín se lleva la palma, incluso podemos hacer chanza del propio nombre, prefiriendo nombrar a los constructores de guitarras como violeros, genérico de todos en detrimento del afrancesado «luthier» y puede que la razón por la que en Portugal se llama viola a la guitarra. Toda una evolución del término aunque no del propio instrumento.

No podemos entender el llamado cuarteto de cuerda sin la viola, siempre presente y necesario equilibrio en el amplio rango, capaz de sonar a violín o a violonchelo para «cubrir» los excesos de sus hermanos. Y en la orquesta sinfónica otro tanto, siendo sus intervenciones contadas pero muy agradecidas. Existe mucha literatura para la viola y el concierto del asturiano Rubén Menéndez Larfeuil (1984) se ciñó a lo más representativo. Profesor de la Orquesta de RTVE desde 2009 y recién llegado de Santander donde participó con ella, dirigido por el también asturiano Pablo González, en los conciertos del Festival así como los del Concurso Internacional de Piano Paloma O’Shea, para el programa preparado no se anduvo con concesiones ni limitaciones, al contrario, volvió a darlo todo y con el brasileño Kennedy Moretti, un pianista de repertorio que supuso el perfecto complemento para un concierto completo. Reivindicación del protagonismo de un «secundario», los mismos que en el cine realzan el reparto porque sin ellos la acción no resultaría igual y que  cuando se les exige remontan el vuelo como eclipsando a las llamadas primeras figuras, como de menor renombre, incluso algo olvidados los compositores elegidos en comparación con los llamados genios si es que pudiésemos establecer un listado de categorías, y donde sólo Brahms parece tener el privilegio de figurar en el encabezado de protagonistas eternos.

El claustro del antiguo convento de San Vicente demostró la excelente acústica para estos conciertos, sin necesidad de amplificaciones artificiales, y la viola de Rubén convirtió en terciopelo las piedras que se empaparon de música con un dúo de talento y excelencia para un programa virtuoso. Volviendo al símil cinematográfico «Solo ante el peligro» se presentó Larfeuil para comenzar con la Suite nº 1 para viola sola, en sol menor, opus 131d del alemán Max Reger (1873-1916), para llenar no la pantalla sino todo el museo, un placer sonoro disfrutar la calidez y calidad de la viola en ese emular por momentos al violín y en otros al cello, tal es el espectro del secundario (que no segundón) del cuarteto de cuerda, obra de un auténtico perfeccionista y trabajador que parece utilizar esta forma heredera de Bach, otro enamorado del timbre de la viola. Cuatro movimientos contrastados en discurso y emoción, como piezas independientes que engrandecen a esta «hermana» intermedia: Molto sostenuto sosegado, Vivace luminoso, Andante sostenuto fraseado con delicadeza y Molto vivace poderoso, impares hondos en expresión y pares de maravilla técnica al servicio de la música, con la sonoridad de las piedras multiplicando la sensación de paz que transmitía la viola sola.

Ya con Moretti llegó la profundidad de Brahms (1833-1897) y su Sonata nº 1 en fa menor, opus 120 para poner un primer plano de viola (también en versión con clarinete), acompañada en el sentido amplio del término, dúo de lujo para una obra compleja, con recovecos y exigencias en un largo desarrollo plagado de intensidades para los dos intérpretes, cuatro movimientos ajustados a cada indicación de tempo, cual guión que se haría realidad: Allegro appassionato-Sostenuto ed espressivo, el piano casi orquestal y la cuerda sinfónica en una reducción o cortometraje experimental de obra mayor, Andante un poco adagio cual escena amorosa y contraposición de género, piano masculino y viola femenina, diálogos sabrosos, el toque de humor del Allegretto grazioso que una buena película debe poseer con la alternancia hablada, chispeante y de contagioso ritmo ternario casi vienés concebido por un actor de primera como el hamburgués cuya baja autoestima no le permitió creerse nunca su grandeza, antes de finalizar con un Vivace encajado por el dúo al detalle, protagonistas de un romance tormentoso lleno de emociones musicales en una versión encomiable y personal.

El esfuerzo trajo el necesario descanso para otra proyección o sesión en otro idioma y metraje, realización magistral para argumentos distintos de otro “secundario” como el alemán Paul Hindemith (1895-1963), compositor, musicólogo, violinista y también violista, cuya Sonata nº 4 para viola y piano, opus 11 nº 4 (1919) elige de protagonista a la habitual secundaria, una Phantasie que presentada el piano y contesta la cuerda en feliz evolución que crecerá en el tema con variaciones del siguiente movimiento y el final igualmente variado, para lucimiento violista y virtuosismo pianístico de lenguaje moderno, actual, que explora todo el registro de la hermana del violín, bien apoyada por un piano poderoso y claro alternando planos para una ejecución magistral a dúo, grandeza desde el conocimiento del instrumento tanto del compositor como de los intérpretes, excelente elección y ejecución magistral sin ambages.

Y para terminar nadie mejor que otro secundario de lujo, el austrohúngaro J. N. Hummel (1778-1837), alumno de Mozart, que desde el lenguaje clásico de su maestro alcanza realiza la transición al romanticismo, presente en variadas composiciones para solistas, recordando el famoso concierto para trompeta en mi bemol. Para la viola compone su Potpourri sobre óperas de su maestro y de Rossini, conocida como Fantasía opus 94 convirtiendo la orquesta en piano, versión fresca que la piedra del claustro devolvió sedosa y cercana, resplandeciente como los arcos góticos sobre nosotros, ligereza de la piedra como los arcos en la viola en un saber decir por parte de Larfeuil y Moretti, unos secundarios que actuaron como verdaderos y excelentes protagonistas, indispensables en veladas de cámara tan necesarias como complemento a grandes auditorios, diría que recordándome aquel cine llamado de arte y ensayo de mi juventud, preparación y amplitud de miras para poder disfrutar del llamado séptimo arte en todos los formatos, paralelismo musical que no debemos olvidar.

El público volvió a llenar el claustro pero con el precio de la ignorancia y la mala educación, marchando durante el concierto, sin esperar propinas que aún nos regalaron y se perdieron (gratis total), un arreglo del siempre emotivo Salut d’Amour, op. 12 de Elgar, otro secundario conocido más como música de fondo en documentales de la realeza pero otro compositor imprescindible y protagonista como nuestro dúo.

P. D.: Crítica en La Nueva España del 8 de agosto de 2015:

Malestar pero nada grave

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Martes 4 de agosto, 20:00 horas. Claustro Museo Arqueológico de Asturias: Festival de Verano Oviedo 2015: Manuel Ballesteros Taboada (contrabajo) e Irina Palazhchenko (piano). Obras de Granados, Falla, G. Bottesini, Chopin, Pere Valls y Piazzolla. Entrada libre.

Nuevo lleno en el Arqueológico para escuchar una propuesta original, por lo inusual, aunque me dejase cierto malestar por conocer al solista desde hace muchos años, sabedor de su enorme carrera y trabajo tanto de solista como de profesor de contrabajo, un músico integral capaz de acercarse a todo tipo de repertorios, pero que esta vez no pareció acertar (con) la compañía, pese a los años juntos, ni tampoco con el programa, habiendo como hay repertorio propio en vez de optar por algunas “adaptaciones vocales” y arreglos donde el registro potente y grave resultó poco cantabile, peor aún si además tiene una amplificación añadida cuando la acústica del Claustro hubiese sido más que suficiente.

El contrabajo no es instrumento solista habitual aunque existan intentos a lo largo de la historia en escribir para él, con verdaderas joyas específicas (al menos escuchamos alguna) más allá de su importancia en la música de cámara o la sinfónica, incluso imprescindible en el jazz y mucha música folklórica, repertorios todos en los que Manuel se desenvuelve sin problemas. Pero es difícil casar su color y afinación con el piano (quienes conocen del tema saben el problema), que además casi nunca estuvo a la altura esperada para una concertista especializada precisamente en acompañar. Noté a disgusto al asturiano, al menos fue mi percepción ya desde el principio del concierto, fraseos poco claros, cambios de octava bruscos, arcos poco ligero y sobre todo la falta de entendimiento con el piano, limitándose diría más a tocar que a interpretar en detrimento de un disfrute por falta de ambos que pienso se transmitió al público. Había mucha música en todas las partituras pero sólo nos llegó una mínima parte, verdadera lástima y cierta amargura por mi parte.

El arreglo para cello y piano del Intermezzo de “Goyescas” (Granados) realizado por Gaspar Cassadó, esta vez con contrabajo, sirvió para calentar motores, claro que intentar reducir el hilo de seda orquestal a la cuerda del contrabajo con acompañamiento de piano es tarea más que ingrata. Reconocible la melodía es decir lo mínimo que podríamos esperar, como podríamos aplicar a las siete «Canciones populares españolas» de Falla, que conocemos de memoria tanto en sus versiones originales para piano y voz (habitualmente soprano / mezzo o tenor) pero también en arreglo con guitarra o adaptaciones para violín, viola o cello, hoy también para contrabajo (creo que en arreglo del maestro vienés Ludwig Streicher) que obliga a esforzarse todavía más para alcanzar el fraseo y tesitura humana que sus hermanos mayores tienen más fácil. Tres de ellas escuchamos en este original dúo: El paño moruno resultó de lágrimas, carece de la agilidad original por mucho que el intérprete intente el fraseo humano doblado incluso con el instrumental del piano; la Asturiana (nada que ver con la «Asturianada» del programa, supongo que deslices de la tierra) intenta consolar y así pareció sentirla Manuel pero el instrumento es poco agradecido y hubo momentos de auténtico gemido más que enamoramieneto; y la siempre comprometida Jota no tuvo nada de bailable, un piano «despojado de notas» añadidas al contrabajo que compensó con todo el sentimiento máximo (casi maño) el desequilibrio casi angustioso, siendo mejor el cambio a la octava aguda, más «humano».

El virtuoso Bottesini cual Paganini o Sarasate del contrabajo ha sido uno de los mayores defensores de su instrumento, intentando auparle a lo máximo en las salas de concierto y auténtico compositor para privilegiados que son el terror de estudiantes de futuros atriles ante obras que les exigen unas cotas de técnica necesarias. Así escribió su Fantasía de “Lucía de Lammermoor” de locura total en la línea de la fama operística que llegaba a los salones europeos en versiones instrumentales para lucimiento de los músicos de arco. Ballesteros tuvo que lidiar con partitura y pianista, dificultades resueltas de manera desigual, especialmente en los agudos y armónicos, nunca en su sitio, necesitando más “legato” aunque reconociendo la dificultad extrema de esta partitura que tarareaba mentalmente mientras la escuchaba, variaciones diabólicas en un original virtuoso de inspiración belcantista que no tuvo el necesario contrapunto del acompañamiento, siempre mejorable. Original e inusual propuesta de dúo desacertada velada en el terreno interpretativo pese a las buenas intenciones del profesor Manuel Ballesteros.

Para dar descanso al contrabajista tras el esfuerzo titánico y retocar afinaciones, la pianista rusa optó nada menos que la Polonesa en la bemol mayor, op. 53 de Chopin, ignorando el porqué de esta elección a la vista de cómo resultó, “patética” en vez de «heroica», para olvidar en un día nada inspirado y pienso que extraño para una profesional de la que esperaba más, perdiéndose, comiéndose notas, intentando compensarlo más con la intención de un rubato por otra parte nada sentido, que con la ejecución, literal.

Volvimos a escuchar música original para esta formación, precisamente de un alumno de Bottesini, el catalán Pere Valls, profesor de contrabajo al que incluso Casals le estrenó su “Romanza” en transcripción para cello, quien compone la Suite Andaluza (1918) como sus contemporáneos españoles sumergidos en pleno nacionalismo musical, hoy suprimida del programa la Saeta pero escuchando el resto: una emocionada y sentida Serenata con más cuerda que tecla, un Polo gitano de inspiración similar a nuestro ibérico Albéniz que adoleció del «pellizco», sin el ritmo contagioso, y finalmente el siempre agradecido y pegadizo Zapateado, casi como el de mi tocayo navarro que al menos no dañó calzado ajeno aunque se quedase cojo por no bailar o entender lo mismo solista y acompañante. Seguí haciéndome cruces y preguntándome la causa de este desaguisado, máxime en una obra que el dúo tiene más que trabajada, pero no hay dos días iguales y el directo tiene estas cosas.

Del Gran tango de Piazzolla me costó descubrir su magnitud y verdadera grandeza, sentir ese ritmo porteño que no resultó baile pese al intento de Manuel, quien realizó todo un esfuerzo para «convertir» en cello su contrabajo y poder brillar sin resultar pisado por Irina, una verdadera lástima por la divergencia y falta de entendimiento entre dos profesores reconocidos que hubiesen conseguido una verdadera (re)interpretación. Dejo arriba un vídeo de ambos intérpretes con la misma, obra, que sin dejarme las mismas sensaciones del claustro, tampoco resulta muy diferente en cuanto a emociones.

Y como existe una parte del público poco entrenado a los conciertos, desconoce las mínimas normas de cortesía o las costumbres (no siempre cumplidas) de esperar que los concertistas no regresen al escenario para saber que ya ha finalizado. Hubo propina mientras salían delante de mis narices, interrumpiendo, haciendo ruido sin esperar e impidiendo que escuchase la propina de aire español. Ni siquiera la megafonía pudo compensar mi intento de agudizar el odio, pero es lo que tiene.

La crítica para La Nueva España ya está enviada con un título distinto al de esta entrada y las limitaciones de espacio habituales de la prensa escrita, algo que desde aquí no supone hándicap alguno además de la posibilidad de enlazar obras, autores, versiones… Supongo salga el próximo jueves 6 donde volveremos al Arqueológico para otro concierto de este ciclo veraniego carbayón, esperando un buen día para los músicos.

Avanzadas a su época

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Martes 28 de julio, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, «Oviedo es música», Claustro del Museo Arqueológico): Begoña García-Tamargo (soprano), Manuel Burgueras (piano). Obras de Clara Schumann, Fanny Mendelssohn y Pauline Viardot. Entrada libre.

No hay vacaciones para la música y menos en Oviedo, auténtica capital musical allá donde las haya, siendo ya cita ineludible los llamados conciertos de verano muchos de ellos en lugar tan mágico como el Claustro del antiguo Monasterio de San Vicente, el mismo donde estuvo el Padre Feijóo. Recordaba antes del recital mis fiestas de San Mateo en Oviedo con mi abuelo, que me hizo socio de la SOF, acudiendo a muchos conciertos en este mismo recinto así como en el salón de actos de la Escuela de Minas. Y quiero dejarlo aquí porque no es nuevo escuchar música en la calle que toma el nombre del viejo monasterio hoy remodelado Museo Arqueológico.

A la vista del programa bien podía haber titulado la entrada «Leipzig-París-Oviedo» parafraseando una película de Woody Allen que enamoró de nuestra tierra al director y escenógrafo premio Príncipe de Asturias de las Artes 2002, haciendo buena publicidad asturiana. También «Música y músicas» como la excelente guía didáctica elaborada por compañeras profesoras de instituto (al final dejo la portada), incluso «Pasión femenina» para no repetir el de mi crítica para La Nueva España del jueves 30.

Y es que las obras eran originales y femeninas, firmadas por apellidos musicales ilustres, pentagramas en la genética y en la propia vida de unas mujeres apasionadas por la música y hasta avanzadas a su tiempo, romántico y masculino:

Clara Wieck (1819-1896), hija del compositor, profesor de piano y vendedor de ellos Friedrich Wieck, mujer compositora y pianista de talento que se enamoraría de un Robert Schumann que trabajaba en la tienda de su padre, que en cierto modo «la explotaba», casándose contra su voluntad y adoptando el apellido de su amado, renunciando incluso a una carrera más que prometedora para convertirse en la mayor defensora de la música de su esposo, auténtica vida de película.

Fanny Hensel-Mendelssohn (1805-1847), hermana mayor de Félix Mendelssohn, hija de de un banquero y filántropo berlinés, nieta del filósofo judeoalemán Moses Mendelssohn, niña prodigio que estudió con Ignaz Moscheles y composición con Carl Friedrich Zelter que la introdujo en la música de Bach, aunque las imposiciones sociales de su época la «encerrarían» en el salón de su casa de Berlín, donde se hacía música semanalmente, componiendo nada menos que 466 obras entre las que encontramos cuadernos de canciones como las que escuchamos hoy en Oviedo, pero también un oratorio Escenas de la Biblia, obras para piano solo, dúos, un trío para violín chelo y piano op. 11, unas Romanzas sin palabras como las de su hermano, habiendo viajado a Italia donde conoció a distintos compositores antes de su muerte con 42 años y seis meses antes que Félix, pasando a un olvido en parte por una familia que se negó a que sus partituras se comercializaran, sus obras se tocaran, o que se escribiera sobre ella, no ya por los prejuicios habituales sino por proceder de una alta posición social y económica, siendo impensable entonces que una mujer ganara dinero con su trabajo o publicara sus obras, aunque felizmente ha sido rescatada para disfrute de melómanos y estudiosos.

Paulina García Sitches (1821-1910), hija de dos cantantes de ópera, el tenor Manuel del Pópulo García y Joaquina Sitches, padres igualmente de la famosa mezzo María Malibrán y el barítono Manuel García, inventor del laringoscopio; a nuestra Pauline parece que la casaron con el escritor e hispanista Louis Viardot, veinte años mayor que ella aunque fuese la «pasión española» de Turguéniev, resultando de aquí un más que probable ménage à trois propiciado por el carácter mundano y liberal del esposo e impulsor de la carrera musical de Pauline Viardot García, una romántica en «estado puro» con arte en las venas, capaz de reunir en el salón de su casa de campo en Courtavenel a lo más granado de entonces: músicos como Chopin, Rossini, Saint-Saëns, Gounod, Liszt -profesor suyo y amor imposible no correspondido-, escritores como George Sand (Aurore Dupin, quien parece le presentó a Louis Viardot), Flaubert, el pintor Delacroix… y estrenando obras como las escuchadas este último martes de julio en Oviedo, o ese Cendrillon que disfruté el año pasado por partida doble. Sangre española la de esta cantante «todoterreno» que nunca pisó nuestro país pero cultivando la lengua materna de sus padres para convertirse en la mejor embajadora de nuestra cultura, mujer políglota, cantante de talento, compositora, pianista, buena dibujante, fascinante conversadora, polifacética, enérgica y vigorosa como la describieron muchos de sus invitados.

Tres grandes personalidades que darían para mucho, avanzadas a su tiempo, cercanas a nosotros por lo que significan de mujer culta, luchadora, trabajadora, sin complejos, a contracorriente, inteligente pero también y sobre todo tan apasionada que se «sacrifican» por amor.

De los Sechs Lieder, op. 13 de Clara Schumann escuchamos una selección formada por Ich stand in dunklen Träumen, Sie liebten sich beide, con textos de Heine, y Liebeszauber (poema de Geibel) que mostraron la cercanía literalmente hablando con los lieder de Robert Schumann, por estilo y escritura, pareja voz-piano en complemento perfecto para unos textos en alemán no del todo claros en la potente voz de Begoña García-Tamargo, a quien le faltó sentimiento y profundidad.

Si Schumann suena a Schumann, Mendelssohn suena a Mendelssohn, no es perogrullada, las dos se acercan a la forma musical vocal romántica por excelencia, a la poesía musical del «lied» que  Fanny Hensel comienza igualmente con Sechs Lieder, op. 1, esta vez una selección de cuatro números en alternancias emotivas dadas por el propio texto de Heine en los dos primeros con el subrayado y diálogo pianístico que nos recuerda a Félix: Schwanenlied: Es fällt ein Stern herunter, un canto de cisne no muy convincente por parte de la soprano gijonesa, Warum sind denn die Rosen so blass? preguntando por la palidez de las rosas, demasiado intenso y falto de legato en la voz equilibrando el discurso pianístico del pianista porteño afincado hace años en España, Morgenständchen: In den Wipfeln frische Lüfte, despertar con serenata matutina y aire fresco sobre un poema de Eichendorff, al que le faltó precisamente más frescura pese al empuje pianístico que siempre intentó transmitir la emoción, y finalmente el Gondellied: O komm zu mir mecidos por el «canto del gondolero» pidiendo ser cazador, animal, latido de corazón cantando «ven a mí», subrayado apolíneo en Burgueras siempre atento al canto algo falto de intimismo y convencimiento, necesitando más consonantes para un texto germano musical a más no poder.

Pero el protagonismo lo tuvo Pauline Viardot, un descubrimiento musical de enorme calidad y estilo totalmente contemporáneo, una selección recuperada por el propio Burgueras en la Biblioteca de París y librerías de antiguo, labor que muchos pianistas están realizando sacando a la luz nuevos repertorios y auténticos estrenos (Haí Luli’ sí la hemos escuchado antes) que resultaron singulares y bien entonadas por la soprano asturiana “in crescendo” como la emoción de cada una. De las 5 Poésies toscanas escuchamos tres: L’inamorata, Serenata Fiorentina de mayor empaque y extensión, y Povera me!, más cómoda la soprano con el idioma de Dante que el de Goethe y Schiller de melodías agradecidas para su registro con un piano sorprendente en escritura y ejecución.

Las diez siguientes, de las que escuchamos siete, demostraron el talento de la cantante y compositora francesa en su idioma, música apoyando siempre al texto, lenguaje pianístico puede que inspirador del mejor Nino Rota por armonías y texturas, la intención de la música completando un texto cantado, para mi gusto con exceso de vibrato más allá de la propia expresión de la partitura donde el francés es melodía en sí mismo, destacando Un jour de printemps de voz silabeada y piano cristalino, la antes citada Haí Lulí’ en compás de 6/8, binario de subdivisión ternaria y muy sentida, casi aria operística de salón, más la última, bisada, Grand oiseaux blancs, que tiene inicio de desnudez vocal, momentos «a capella», después un piano leve con apenas una nota grave, para ir levantando el vuelo, remontando y alcanzando toda la tensión hasta tocar y planear desde el cielo, el mismo que comenzaba a oscurecerse tenuemente en este atarceder de estío ovetense, explosión sonora en los dos intérpretes.

Mujeres protagonistas de sus vidas, de sus obras, músicas apasionadas interpretadas por este dúo conocido y muy querido en Asturias, aunque creo debutaban juntos, y que se ganaron al público desde la primera canción, si bien los aplausos rompieron la unidad de las compositoras, pero el respetable manda y cantar en casa tiene estos peajes. Bravo por esta apuesta novedosa si bien Pauline Viardot continúa enamorándonos a todos, empezando por el propio Manuel.

Junio siempre duro incluso para pianistas

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Martes 16 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Ciclo de Jóvenes Intérpretes: Julián Turiel Lobo (piano). Obras de Beethoven, Chopin y Rachmaninov.

Para los estudiantes, como para los profesores, el mes de junio es temible, pero necesario porque no hay punto y final sino seguido. El joven pianista de Alcalá de Henares afincado en nuestra tierra se presentaba en Mieres con un concierto duro donde estaban tres autores que siempre son necesarios en la formación y habituales a la hora de programar recitales, un poco buscando sensaciones y estilo propio en un proceso de trabajo desde una técnica exigente que parece no acabar nunca. Los distintos maestros que le han orientado habrán dejado muchos apuntes que el eterno estudiante deberá adaptar y hacer suyos para alcanzar las mayores cotas de calidad. Julián Turiel Lobo apunta maneras y el concierto fue una pequeña muestra de las altas cotas que puede alcanzar en breve.

La Sonata nº 31 op. 110 en la bemol mayor de Beethoven forma parte de ese repertorio que siempre está ahí y al que se necesita volver con los años para redescubrir pasajes, intenciones, remansos en un fluir tumultuoso. La pasión contenida a lo largo de sus tres movimientos, por otra parte también complejos, como el último Adagio mano troppo – Allegro ma non troppo no permitió gozarlos en su amplitud emocional, no es solo tocarla, todo un esfuerzo, sino interiorizarla para disfrutarla aunque ese «no demasiado» parezca coartar al intérprete. Con la madurez del tiempo que deja poso estoy seguro que la terminará de rematar, pero quedaron detalles dignos de resaltar como las amplias dinámicas alcanzadas y la visión global de cada tiempo, echando de menos un trabajo de pedal más escrupuloso en pos de la limpieza de líneas, especialmente en la fuga del último movimiento.

Chopin es también habitual en todo pianista, esta vez dos obras distintas en ejecución y sentimientos, el Estudio op. 25 nº 12 que exige sacar a flote (de hecho se le ha llamado «Océano») entre un marasmo de notas las distintas melodías en una forma que va más allá de una técnica concreta y donde la mayor o menor velocidad no siempre marca diferencias, aunque se la supone. En cambio la Polonesa-fantasía op. 61 representa lo que mejor pude apreciar en Turiel, esa contención de pasiones, un autocontrol para no desbordarse con un auténtico torrente sonoro. Le encontré más cómodo y profundo en su discurso.

La segunda parte sería un paso más en estilo pianístico a partir de las Variaciones sobre un tema de Corelli, op. 42 de otro virtuoso y compositor como Rachmaninov. Complicado resulta mantener presente ese tema que parece crecer en encaje de bolillos y exigencias de todo tipo: ataque, fraseos, pedales, sonoridades, y Julián Turiel Lobo demostró aplomo ante las turbulencias, capaz de no perder los papeles (ni la concentración) pese a los odiados móviles o distintos ruidos en la calle, con un discurso aún necesitado de limpieza pero apuntando maneras de intérprete con mucho que decir, intenciones no solo estilísticas desde el respeto a la partitura, sino con la fuerza juvenil necesaria que el tiempo redondeará. Siempre un placer descubrir talento en una generación a la que deberemos mimar para no perderla a la vista de las previsiones de nuestros incultos dirigentes.

Juan Barahona, escultor del piano

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Los pianistas, como los organistas, y a diferencia de otros instrumentistas, salvo casos muy excepcionales que incluso viajan con él o exigen un modelo y marca concreta, nunca pueden enfrentarse ni tocar el mismo instrumento, no hay dos iguales y cada uno resulta un complejo de sonoridades, teclados de distintas sensibilidades, pedales mejor o peor ajustados y todo un mundo incontrolable por parte del músico, así como la propia acústica de cada sala, lo que sumado a un mismo programa que no será nunca el mismo desde la propia interpretación siempre subjetiva (como del público) y propia del músico, nos da toda una amplísima opción y gama. Casi podría decir que el pianista debe domar cada piano tras dominarlo con un trabajo que nunca se acaba.

Mi admirado Juan Andrés Barahona Yépez (París, 1989) lleva desde los seis años dedicado en cuerpo y alma a una carrera de sacrificios solo «soportada» por un amor por el piano y el apoyo pleno de la familia, toda una vida pese a su juventud que no ha hecho sino continuar creciendo. Sus distintos maestros le han educado muy bien pero la materia prima estaba ahí, y en este 2015 parece haber llegado una oportunidad al alcance de muy pocos como es llegar al XVIII Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» y superar la primera selección de entre más de 200 pianistas llegados de todo el mundo. Lo difícil, estar entre los 20 finalistas, ya es todo un premio, aunque los obstáculos siguen y todavía le queda un mes de julio de auténtico infarto. El estudio diario, el esfuerzo titánico de abordar repertorios, el obligarse a tocar en público, grabarse y corregirse desde una autocrítica y autoexigencia impresionantes… pude volver a disfrutar de dos conciertos parecidos y siempre distintos en Gijón y Mieres, con el grueso del programa idéntico en ambos, aquí los dejo escaneados, y añadiendo algunas diferencias. El común denominador sería la fuerza, tanto física como psíquica unida a una sensibilidad desbordante que se traduce en mimar cada detalle, cada sonido, cada silencio, la importancia de la nota anterior, la del momento y la siguiente, incluso el protagonismo de una sola dentro de un acorde, por lo que dudaba adjetivar el trabajo de Barahona entre dom(in)ador de piano o escultor, optando por esta a tenor de lo que intentaré contar con palabras, siempre difícil tras escucharle en vivo.

Sábado 6 de junio, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón. Obras de Mozart, Albéniz, Ravel, Kurtág y Brahms. Entrada: 10 €.

Martes 9 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Obras de Brahms, Ravel, Kurtág y Beethoven.

Sólo con ver las obras seleccionadas podemos hacernos una idea de la dificultad y exigencia física, una auténtica «paliza» la que Juan Barahona se dio en ambos conciertos. Acabar en Gijón y empezar en Mieres con la Sonata para piano nº 2 op. 2 en fa sostenido menor de Brahms no está al alcance de muchos pianistas. Cada uno de los movimientos requieren del intérprete un trabajo técnico en busca de la expresividad extrema en cada compás, frase, movimientos diseñados incluso independientes para intentar alcanzar la globalidad de esa forma sonata que el hamburgués eleva al infinito.

Juan Barahona ahonda con auténtica madurez y experiencia vital esta maravilla de partitura buscando cada detalle desde un trabajo meticuloso, de precisión casi relojera, mejor aún de joyero para pulir todo, un manejo de los pedales asombroso, unos ataques siempre diferenciados, los fraseos personalísimos ajustados al estilo del llamado postromanticismo desde una honestidad digna de admiración. Si acabar con esta sonata es para la extenuación, empezar parece derrochar toda la fuerza en el primer asalto, pero no ya la juventud sino ese trabajo sin descanso prepara para esto y mucho más.

Un universo distinto es Ravel, para mostrar y demostrar la riqueza del piano cuando se domina y una belleza en aquel nuevo lenguaje que ahora sigue siendo actual, escondiendo la escritura sinfónica en el mundo pianístico, la paleta orquestal frente a la inmensidad de grises. De los seis números que conforman «Le Tombeau de Couperin» la elección de dos tan contrastados como el cuarto Rigaudon y sexto Toccata resultaron un torbellino de sensaciones, la fuerza delicada, el dramatismo, los contrastes que consiguen colorear lo aparentemente monócromo, de nuevo esculpiendo cual Miguel Ángel o Rodin desde una auténtica roca alcanzando calidades de seda marmórea, impresionantes al oído que hace de ojos ante esta maravilla pianística, un cuarto de vértigo lleno de humor fino frente a un sexto martilleante y cristalino. No importa la calidad pétrea, en este caso el «Steinway» del museo o el «Yamaha» del conservatorio, cada material nos dio el acabado propio, difícil elección de la obra de arte final, rotundidad gijonesa y brillo mierense.

La Sonata para piano en do mayor, KV. 330 de Mozart fue el calentamiento del sábado, claridad expositiva, tres tiempos dibujados al detalle, energías en los extremos y el lirismo del Andante Cantabile central, como preparando el material siguiente del Albéniz casi raveliano en Almería del segundo cuaderno de «Iberia«, partitura que Barahona cantó y contó en grande, con poso e incluso «pellizco» que dicen los puristas del flamenco, la grandeza de lo popular llevado a las salas de concierto y defendiendo con fruición una pequeña parte de nuestra piel de toro, convencido que cuando afronte la totalidad de esa biblia pianística que es la Suite Iberia de Albéniz sorprenderá a más de uno. Ubicarlo antes de Ravel fue todo un acierto en Gijón, y en ambos casos el descanso tras el francés era obligado.

En la búsqueda de estilo propio se necesita poder tocar lo máximo y más variado de un repertorio inabarcable para el piano, algo donde los maestros tienen mucha influencia aunque el alumno aventajado, y Juan Barahona siempre lo ha sido, son quienes dicen la última palabra al sentirlos y poder hacerlos suyos. El rumano «casi húngaro» Giórgy Kurtág (1926) es uno de los compositores más interesantes del pasado siglo y un buscador de sonoridades al piano donde sus «Jatékok» (Juegos), de los que ya lleva ocho volúmenes desde que comenzase con ellos en 1973, casi como herramientas didácticas, un mínimo ejemplo y obra ideal para un pianista como el asturiano de adopción que investiga continuamente en ello, eligiendo dos de ellos por lo que pese a la brevedad, Stop and Go hace un derroche tímbrico incluyendo el propio silencio, tan distinto según mantengas o no el pedal, dependiendo del ataque y levantamiento de cada tecla, incluso el toque justo del pie para jugar con los armónicos que sigan manteniéndose el tiempo necesario, todos los recursos llevados también al Hommage a Schubert donde sutilmente se homenajea al instrumento e intérprete vienés que tanto trabajó y admiró a sus contemporáneos, en Gijón perfecto antes de Brahms y en Mieres preparación incluso del instrumento antes de enfrentarse al siempre complicado Beethoven. Debemos saber que pese a la originalidad del lenguaje de Kurtág, su conocimiento y admiración de toda la música anterior desde Machaut hasta Bach o el propio Beethoven, le llevan a su concepción personal. Si se me permite la comparación, hay que conocer todo el proceso de un artista, por ejemplo pintor, antes de saborear las obras últimas, pensando en nuestro Joan Miró.

Porque si comentaba la barbaridad que supone afrontar estas obras en un concierto, el esfuerzo y exigencia del intérprete me deja sin calificativos, eligiendo la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor «Hammerklavier», un auténtico martillo para sacar del más duro mármol una escultura humana donde no hay nada de frío ni inmaterial, casi un pensador por no llegar al David. Frente al micromundo húngaro la inmensidad del genio de Bonn hecha sonata, la más personal y exigente para intérpretes y públicos, cuatro movimientos con vida propia muy profunda, madurez vital llevada al lenguaje extremo de las ochenta y ocho teclas, repaso a la historia desde la novedad, aires de fuga que alzan el vuelo del sentimiento en una carrera desenfrenada que necesita momentos de ternura, el universo de Beethoven que Juan Barahona desgranó nota a nota, transitando con paso seguro y golpes certeros, modelando cada aire, impresionándome el Adagio Sostenuto por la solemnidad, gusto sin prisa, fraseo sonoro y especialmente (será por la cercanía aún en la memoria auditiva) el Largo – Allegro Risoluto, el trabajo ante una mole a la que rebajando con el cuidado de no romper la obra que «esconde» aplicó el cincel del mimo y la fuerza necesaria para alcanzar el cénit.

Extenuación total que en Gijón todavía llevó a lo impensable con el regalo de la paráfrasis de Rigoletto que compusiese el genial y virtuoso Liszt, derroche de facultades físicas y mentales tras un «pedazo de programa» que no solo le mantiene en una forma impresionante de cara a Santander sino que le pone muy alto en el panorama de los pianistas augurándole muchos éxitos. Se ganó una cena para reponer y supongo que una buena sesión de Spa para la necesaria relajación que el trabajo de Titán tuvo en estos dos conciertos. Lo malo es que no hay descanso para los músicos, al menos disfruta con su trabajo y lo comparte con el público. Gracias Juan.

Tesoros barrocos en Oviedo

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Jueves 28 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara, Auditorio de Oviedo. «Primavera barroca»: Raquel Andueza (soprano), Al Ayre Español, Eduardo López Banzo (clave y dirección). Tesoros españoles en América, obras de José de Torres, A. Corelli, Giovanni Zamboni Romano y Juan Cabanilles.

Clausura de altura para este ciclo primaveral en colaboración con el CNDM y el Ayuntamiento de Oviedo, que sin llegar a llenar sigue atrayendo un público fiel a la música barroca y melómanos en general, «redescubriendo» esta tarde a José de Torres Martínez Bravo (1670-1738) con cuatro cantadas recuperadas por el propio López Banzo por encargo del propio CNDM en 2013, un género bien explicado en las notas que dejo aquí mismo, maravillas perdidas en su mayoría pero que «debemos seguir grabando y escuchando» como comentaba al final del concierto el músico aragonés antes de regalarnos otro «grave» de una cantata profana, pues no sólo de la religión vivían los compositores, destacando que también fue editor fundando en Madrid una Imprenta de Música en 1699, colaborando a publicar tanto obras suyas como de contemporáneos así como tratados teóricos importantísimos.

Con un sexteto de calidad y sonido impecables y el propio López Banzo al clave, la formación resultó excelente ropaje de una Raquel Andueza que canta como pocas estos repertorios, auténtico placer escucharla poniendo siempre «ánima e corpo«, dicción extraordinaria para unos textos hermosísimos subrayados por una instrumentación donde el barroco Torres muestra un magisterio y estilo propios para unas cantatas que mantienen estructura italiana con el sello español, tesoros que traspasaron fronteras e incluso el océano Atlántico, ayudando a preservar muchas de ellas.

Protagonismo vocal pero sin olvidar intercalar distintas obras contemporáneas para solaz de los músicos de Al Ayre Español,  la Sonata da chiesa a trè, op. 3 nº 12 de Arcangelo Corelli con seis movimientos bien contrastados, puro barroco donde disfrutamos con la cuerda tratada como nadie por un violinista como el italiano que escribía desde el conocimiento directo: un dúo de violines (Sylvan James y Kepa Arteche) en eco perfecto de color haciendo uno, contrapuestos a un solístico cello de James Bush coprotagonista en virtuosismo, y un violone en pizzicato (Xisco Aguiló) redondeando una sonoridad rotunda siempre contrapuesta con el archilaúd de Juan Carlos de Mulder, que nos brindó en la segunda parte Alemanda y Giga de la Sonate d’intabolatura di leuto, op. 1 del laudista G. Zamboni Romano (ca. 1650) deliciosa en emociones, pulcritud y buen gusto, como también el propio López Banzo al clave con el Tiento de segundo tono y las Gallardas de Cabanilles, alumno de Torres, música de tecla de calidad excelsa equiparable a muchos contemporáneos, recordándonos que el trabajo de investigación no aparca su faceta interpretativa en la que lleva toda su vida.

Para José de Torres la inclusión del oboe de Rodrigo Gutiérrez en las cantadas (excepto en la que abría la segunda parte) supuso el toque sutil de textura y color, equilibrio con la voz de Raquel Andueza, timbres complementarios y escritura magistral, «relleno» en las notas largas, contestaciones como prolongaciones vocales, respiraciones paralelas, en un dominio del lenguaje por parte del compositor madrileño capaz de mantener la claridad de los textos dedicados al Santísimo o a Nuestra Señora con unas melodías que refuerzan el carácter dramático, instrumentaciones increíbles como por ejemplo en A el abismo de gracia que en el Area «Si solo es amar amoroso gemir» teje la cuerda un pizzicato plenamente moderno y remanso espiritual para acompañar la delicadeza de voz y oboe, adornadas con perlas del archilaúd y dorados ornamentos del clave que emocionaron al público interrumpiendo con unos sinceros aplausos (más que las toses siempre inoportunas) antes de las «inesperadas» Coplas finales movidas y alegres.

Cada una de las cantadas, de las más de cuatrocientas que parece compuso el madrileño, solo se conserva una quinta parte y en Oviedo pudimos disfrutar de cuatro de ellas más la propina de la profana (sólo el movimiento Grave) en la voz natural, única, convincente de Raquel Andueza, madura, técnica al servicio de estas obras, convincente en todos los registros, y la inmensidad (en el amplio sentido de la palabra) de un Eduardo López Banzo liderando proyecto investigador e interpretativo, mimando cada pentagrama, aportando sabiduría y conocimiento (comentaba que hay seis o siete joyas «cantadas» de todas las que ha recuperado), acompañado de unos músicos que redondearon el mejor broche de ciclo posible.

El avance de programación de la próxima temporada promete seguir en esta línea, esperando que los cambios políticos tengan la suficiente cultura y amplitud de miras para entender cómo se planifican las temporadas, los costes y sobre todo el derecho de todos los ciudadanos a la cultura, siendo la música una de nuestras mejores señas de identidad, auténtica «marca» que en momentos donde se ha alcanzado un nivel de excelencia tras décadas de trabajo y esfuerzo la miopía o desconocimiento pueden echar a perder en un abrir y cerrar de urnas. Recuperarlo será entonces imposible y el retroceso sí nos pondrá cien años atrás.

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