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Alquifol Rosado

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Viernes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «El sinfonismo de Dvořák»: Abono 5 OSPA, Alberto Rosado (piano), Shiyeon Sung (directora). Obras de Weber, Inés Badalo y Dvořak.

El papel de las mujeres en la música parece haber llegado para quedarse en este siglo XXI, y tanto directoras como compositoras están ganado protagonismo a nivel mundial. El programa del quinto de abono de la orquesta asturiana estaba organizado a la manera clásica (espero algún día se atrevan a cambiar el orden) con obertura, concierto (con estreno mundial el día antes en Gijón) y una sinfonía, pero al menos teníamos como actual tanto música de nuestro tiempo de una compositora, como una directora premiada en esa mina que es el concurso de dirección Gustav Mahler que organiza la Sinfónica de Bamberg.

Lo más interesante para mí era el concierto para piano y orquesta de la hispanolusa Inés Badalo (Olivenza, 1989) titulado «Zafre», un encargo de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas, que la propia compositora y el solista, Alberto Rosado (Salamanca, 1970) nos presentaron antes del concierto en la sala de cámara con Fernando Zorita de maestro de ceremonias. La RAE define zafre como «Óxido de cobalto mezclado con cuarzo y triturado, que se emplea principalmente para dar color azul a la loza y al vidrio» y es sinónimo de alquifol, de aquí tomo el título para esta entrada. Principalmente el zafre es óxido de cobalto mezclado con cuarzo y hecho polvo, y la palabra viene del árabe zahr, que a su vez parece provenir del persa zahr. La pacense nacida en la raya con Portugal, aunque de pocas palabras (su lenguaje es el musical), nos habló de esa búsqueda de timbres como colores, yo diría que una verdadera química sonora del siempre caro y rico azul cobalto, corroborado por el pianista charro que comentó como paisaje sonoro y también poliédrico por la cantidad de sonoridades que incluye desde todos los puntos de vista, todo un especialista en la música de los compositores vivos, y mejor si están presentes en los ensayos para entrar en detalles más allá de unas partituras que no todos los intérpretes están acostumbrados a descifrar aunque sea el lenguaje de nuestros días (desde hace cien años). Todo bien detallado en el papel que los músicos de la OSPA agradecieron poder trabajar y el solista también. Las notas al programa de Eduardo G. Salueña (que no figura por error sino el del anterior abono) analiza a la perfección esta interesante obra: «(…) profundiza en el color tímbrico y explora la expresividad a través de efectos de diversa índole. Entre estas técnicas extendidas destacan algunas alteraciones en los instrumentos (uso de papel de aluminio en la campana del clarinete para modificar su sonido), su interacción con otros elementos (como los Thai gongs golpeados en agua y elevados para potenciar su glissando) o la forma de tañer las cuerdas (con plectro las del piano o una tarjeta las del arpa). La obra está dedicada a dos intérpretes de piano contemporáneo: el portugués João Casimiro Almeida, quien grabó una reciente versión del de Badalo, y el salmantino Alberto Rosado, encargado del estreno de Zafre».

Se dice del azul cobalto que infunde serenidad, profundidad y una energía renovadora, y desde su descubrimiento «ha sido sinónimo de lujo y exclusividad, utilizado por artistas a lo largo de la historia, desde las dinastías chinas hasta los maestros del Renacimiento, este pigmento no solo era valorado por su intensa belleza sino también por su durabilidad y resistencia a la decoloración. Este color es un puente entre el pasado y el presente, llevando consigo la esencia de la nobleza, la creatividad y la tranquilidad». Puedo utilizar todo lo anterior para describir esta obra que aporta vitalidad y belleza a cualquier espacio, pues la composición de Badalo posee todas esas cualidades, llena de búsquedas tímbricas (se nos hizo difícil encontrar qué instrumento suena ante el trampantojo sonoro con el que los presenta), energía y calma, dibujando auténticos estados anímicos. El papel del piano es exigente siempre, trabajando clusters potentes, por momentos utilizando mitones, pinzando las cuerdas, frotándolas, golpeadas cual máquina de escribir, y con el pedal de reverberación ayudando a crear esos ambientes evanecescentes donde también los tres percusionistas tuvieron sus solos (todo un reto) especialmente con los gongs, más una cadencia del solista cual alquimista sonoro, sin olvidarme de la surcoreana Shiyeon Sung (Busán, 1975), el auténtico crisol para alcanzar este cobalto exclusivo y lujoso con una dirección académica en el gesto, precisa, clara y enérgica sin necesidad de excesos corporales.

El maestro Rosado mantuvo el lenguaje actual con la propina del estudio nº 10 -libro 2- del rumano György Ligeti (1923-2006): «El aprendiz de brujo» Der Zauberlehrling (Prestissimo, staccatissimo, leggierissimo)- que complementó perfectamente el mágico concierto previo, la línea melódica danzante en perpetuo movimiento con acentos en staccato dispersos como gotas de color y que el compositor dedicó al gran pianista Pierre-Laurent Aimard. Esta vez el color fue rosado…

De la OSPA, hoy con plantilla adecuada y alumnado del CONSMUPA entre ellos, seguir corroborando el buen momento que atraviesa independientemente de quién les dirija y de nuevo con el austriaco Benjamin Ziervogel como concertino. Así la obertura de Oberon (Carl María von Weber), página independizada y más conocida que la propia ópera, mantuvo ese sonido compacto en todas las secciones, excelentes las trompas, toda la madera impecable y una orquesta siempre bien balanceada por la directora surcoreana, con pasajes donde disfrutar del clarinete (como un trailer de los conciertos de Weber) cargados de matices y cambios de tempo fidedignos a la partitura (me gusta contemplar en el atril las ediciones «grandes» en vez de las más habituales «de bolsillo»).

Y el sinfonismo siempre presente, esta vez con Dvořak y la séptima compuesta en Londres entre 1884 y 1885, no tan popular como la quinta o novena pero igual de exigente para toda orquesta, y también conocida como «Gran sinfonía». La directora Shiyeon Sung fue la batuta segura que marca todo a la perfección y tiene una mano izquierda con la que matizar cada pasaje dejando que la música fluya, apretando el aire sabedora de la respuesta de los músicos que volvieron a demostrar calidez y calidad. Con la plantilla ideal, todas las secciones pudieron escucharse en su plano sonoro, limpias, musicalidad en todas las intervenciones con maderas en feliz conjunción, metales brillantes sin estridencias, timbales mandando y la cuerda sedosa, precisa, alcanzando una sonoridad propia que solo el tiempo y el trabajo consiguen, destacando el Scherzo: Vivace.

Todo un detalle de la maestra al sacar al alumnado del conservatorio a saludar (una violinista primero, que no figuraba en el programa de mano, más el flautista Lucas Santos  y José Manuel Padín, trombón).

Una más que aseada séptima del checo para seguir manteniendo el nivel de los últimos conciertos de abono. Volverán el día 21 con el titular Nuno Coelho para los siguientes, y la violinista Carolin Widmann con otro programa, igualmente organizado que este quinto, pero también interesante.

PROGRAMA:

CARL MARIA VON WEBER (1786 – 1826)

Oberón: obertura, J. 306

INÉS BADALO (1989 – )

Zafre

ANTONIN DVOŘÁK (1841 – 1904)

Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70

I. Allegro maestoso – II. Poco adagio – III. Scherzo: Vivace – IV. Finale: Allegro

Magisterio del piano

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Miércoles, 12 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Yefim Bronfman, piano. Obras de Mozart, Schumann, Debussy y Tchaikovski.

(Crítica para LNE del viernes 14, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Llegaba en gira, y de nuevo con Oviedo en el mapa musical, el pianista uzbeko Yefim Bronfman (Taskent, 1958), una de las leyendas vivas junto a un Sokolov que lo hará el próximo domingo. Aunque afincado en Nueva York tras ser recriado en Israel, está claro que aún seguiremos hablando de la «Escuela rusa» porque ambos pertenecen a ella en estos tiempos de globalización también en el piano, pero lo que se recibe en la infancia parece permanecer en estos grandes.

El programa que traía Bronfman a la capital asturiana, a quien también podemos nominar para capitalidad del piano al haber pasado por ella toda la élite nacional e internacional, se convertiría en una clase magistral de repertorio e interpretación con un músico por el que no pasan ni pesan los años, poso en cada página sumado al virtuosismo atesorado cada día, dándole una fama bien merecida, con titulares como «técnica imponente, su potencia y sus excepcionales dotes líricas son reconocidos constantemente por la prensa y el público», y así lo corroboramos en un auditorio con buena entrada.

Abrir con Mozart y su Sonata nº 12 en fa mayor, K. 332 (1783) fue la primera lección por una ejecución más allá de lo académico: Allegro brillante,  Adagio lírico y quasi operístico, más el Allegro assai vertiginoso, con ímpetu juvenil, amplio de matices y de sonido prístino.

Siguiente capítulo de magisterio con Schumann y la Arabeske, op. 18 (1839), no solo un ornamento o estilo de contornos figurados, florales o animales utilizados para crear intrincados patrones inspirados en la arquitectura árabe, también un término de danza, una posición de ballet, donde una simple melodía aparece tres veces, interrumpidas por dos pasajes en modo menor donde la melodía no cambia en cada aparición, pero sí nos obliga a reevaluar la figura, como si nuestra visión cambiara cuando se ve a través de las diferentes sombras que proyectan los pasajes intermedios. Un paréntesis emocional entre los problemas del alemán con su amada Clara, verdadero quejido de un artista obligado a trabajar para comer, sin espacio para la imaginación, pero con mucha magia en este corto trabajo de subsistencia que Bronfman interpretó desde una pasional intimad, subyugante en dinámicas.

Tercera etapa en este viaje cronológico, Debussy y tres Images del segundo libro (1911), que puedo calificar de caleidoscopio sonoro pues al francés no le gustaba le asociasen con impresionistas ni simbolistas, aunque su música busque pintar con el sonido, algo que también Schumann reflejó con la frase «El pintor puede aprender de una sinfonía de Beethoven, así como el músico puede aprender de una obra de Goethe». Desde un piano distinto en sonidos hasta entonces lejanos (la inspiración en el gamelán de Java es destacable), Bronfman dibujó óleos, acuarelas y hasta plumillas coloreadas con las Campanas a través de las hojas, la flotante luna luminosa sobre un templo oriental, o Peces dorados, reflexiones acuáticas brillantes y evocadoras, tres cuadros sonoros de pinceladas variadas con un pedal siempre en su sitio, arpegios perlados y la música pintada con el Steinway© ovetense en las manos (y pies) del uzbeko.

Descanso necesario para retornar a la madre patria donde no podía faltar Tchaikovski, al que parecen llevar en los genes tantos pianistas de su generación (Sviatoslav Richter, Shura Cherkassky, Mikhail Pletnev o Sokolov), todos compatriotas y exiliados de la extinta Unión Soviética. El compositor definió su Gran Sonata en sol mayor, op. 37 (1878) como «de perfección inalcanzable», poco frecuentada por los pianistas por «incómoda»  al estar escrita con una reconocible concepción orquestal contenida en el instrumento solista, algo que escuchamos continuamente, y achacándole la falta de familiaridad con la técnica virtuosa del piano, olvidando que también fue un pianista talentoso. Bronfman es todo, virtuoso y talentoso, capaz de afrontar las colosales dificultades que plantean los cuatro movimientos, inaccesible para la mayoría de jóvenes intérpretes. Sonata que requiere además de toda la técnica al servicio de la partitura, una inteligencia musical que el uzbeko demostró sobradamente. Inmenso su esfuerzo, visión llena de pasión, fuerza, melodismo sinfónico por sus amplísimas dinámicas y reminiscencias de todo lo antes escuchado, claridad y equilibrio, cercanía sin gestos para la galería, concentración y toda la energía en una interpretación de máxima entrega.

Aún quedaban fuerzas y ganas para no una sino tres propinas (Sokolov puede llegar a seis) donde seguir demostrándonos su magisterio. De nuevo Tchaikovski y de «Las Estaciones» elegir la Canción de otoño (Octubre), un aire más fresco tras la grandiosa sonata. Con ímpetu juvenil su estudio Revolucionario de Chopin fue de una vertiginosa ejecución en la mano izquierda sin perder nunca el primer plano de la derecha. Y qué mejor que terminar con otro ruso emigrado a los EEUU como Rachmaninov y del Preludio en Sol menor, op. 23 nº 5 la majestuosa y rotunda alla marcia para seguir sentando cátedra desde el piano y reivindicar la capitalidad de Oviedo en el universo musical donde no faltan leyendas como Yefim Bronfman.

PROGRAMA:

-I-

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sonata n.° 12 en fa mayor, K. 332

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro assai

Robert Schumann (1810-1856):

Arabeske, op 18

Claude Debussy (1862-1918):

Images (Imágenes), 2e série:

1. «Cloches à travers les feuilles» (Campanas a través de las hojas)

2. «Et la lune descendre sur le temple qui fut» (Y la luna se pone sobre el templo que fue)

3. «Poissons d’or» (Peces dorados)

-II-

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):

Gran sonata en sol mayor, op. 37

I. Moderato e risoluto – II. Andante non troppo quasi moderato – III. Scherzo: Allegro giocoso – IV. Finale: Allegro vivace

El piano universal

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Miércoles, 12 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Yefim Bronfman, piano. Obras de Mozart, Schumann, Debussy y Tchaikovski.

(Reseña desde el teléfono para LNE del jueves 13, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Comienza una semana muy musical donde disfrutar con dos pianistas que son leyendas vivas: el próximo domingo a las 7 de la tarde Don Gregorio Sokolov, y este miércoles el uzbeko Yefim Bronfman (Taskent, 1958), recriado en Israel y afincado en Nueva York, que resume un pianismo absoluto que destila y aúna lo mejor de la escuela soviética, centroeuropea y estadounidense en un recital cual compendio de universalidad y máxima excelencia.

En esta cita ovetense venía desde Alicante trayéndonos un programa variado y cargado de calidad con músicas de Mozart, Schumann y Debussy, para concluir con el poco programado monumento pianístico que es la Gran Sonata en sol mayor de Tchaikovski. Un recital para seguir sumándolo a la historia ovetense del piano que quedará en nuestra memoria de melómanos.

Primero el inicio para saborear buena parte de la historia del piano: la Sonata 12 en fa mayor de Mozart, brillante y juvenil, la Arabeske de Schumann, intima y pasional, más la segunda serie de las Imágenes de Debussy, caleidoscopio sonoro de campanas, luna luminosa o dorados peces. Una completa lección magistral de tres épocas (clasicismo, romanticismo e impresionismo) desde el universo multicolor de las 88 teclas, que Bronfman fue desgranando con una perfección estilística llena de timbres cincelados en cada nota o frase, potencia escalada de amplios matices, colores, y sobre todo el magisterio y poso que dan los muchos años de minucioso trabajo.

Segunda parte con la rocosa sonata de Tchaikovski, plagada de colosales dificultades en sus cuatro movimientos que la hacen casi inaccesible a la mayoría de intérpretes. El compositor la definió como «de perfección inalcanzable», máximo virtuosismo que requiere de una inteligencia musical que solo se alcanza con el tiempo para poder recrear toda la expresión  y sabiduría, además de mucha sensibilidad para esta apasionada obra con aromas del anterior Schumann o de Beethoven. Bronfman nos dejó una ejecución clara, equilibrada, perfecta desde la cercanía, sin excesos gestuales pero volcado y virtuoso, con toda la expresión del compositor ruso y la entregada interpretación del uzbeko, que pone la técnica siempre al servicio de la Música con mayúsculas.

Espléndidas y espléndido Bronfman aún con fuerza para las tres propinas: más Tchaikovski en Octubre («Canción de otoño» de Las Estaciones), el implacable e impecable Revolucionario de Chopin y para terminar con «alla marcia» del Preludio en Sol menor, op. 23 nº 5 de Rachmaninov. Oviedo también capital del piano.

Cumbre pianística en Oviedo

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Esta semana sonará el piano con dos grandes.

Las Jornadas de Piano Luis G. Iberni reúnen a dos pianistas legendarios: Yefim Bronfman y Grigori Sokolov que estarán en el Auditorio «Príncipe Felipe» los próximos días 12 y 16 de febrero respectivamente.

·        Bronfman es ya un pianista legendario y sus recitales en nuestro país son todo un acontecimiento. Ofrecerá un programa con obras de Mozart, Debussy, Schumann y la «Gran Sonata en sol mayor» de Chaikovksi.

·        Regreso siempre esperado a las Jornadas de Piano del pianista ruso, nacionalizado español, Grigory Sokolov, leyenda viva del piano y considerado por la crítica internacional como el mejor pianista de nuestro tiempo. Ofrecerá un programa con obras de W. Byrd y J. Brahms, siempre sorprendiendo y con la “tercera parte” que suele ser el sumum

G de SwinG

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Domingo 9 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertos de Invierno, «George Gershwin: el puente entre la música clásica y el jazz». Banda de Música «Ciudad de Oviedo», Henar F. Clavel (piano), David Colado Coronas (director).

Como bien se titulaba este concierto, George Gershwin es el puente entre la clásica y el jazz, o si se prefiere, la traslación sinfónica de la única música genuinamente estadounidense. El catálogo del pianista y compositor nacido en en el barrio neoyorquino de Brooklyn abarca muchas obras que hoy consideramos standards por lo conocidas que son en múltiples versiones, con muchas utilizadas en el cine -como las dos últimas de este concierto dominical- y verdadero avance al alcanzar el repertorio sinfónico, sin perder de vista que nacieron para las llamadas Big Bands, así que poder escucharlas por la Banda de Música «Ciudad de Oviedo» fue casi acudir a la fuente original, incluso con los arreglos del compositor y clarinetista belga Cornelius Marcel Peeters (1926-2020) o del japonés Naohiro Iwai (1923-2014), buenos conocedores de la instrumentación para banda que han hecho llegar repertorios «clásicos» a estas formaciones, verdadera auténtica cantera musical de ayer, hoy y siempre.

La Obertura Cubana calentaba motores con aires caribeños en aquellos tiempos donde La Habana era el gran casino de los yanquis, ritmos y melodías que nos recuerdan a melodías como El Cumbanchero o El manisero con clarinetes y saxos «emulando» a los violines sinfónicos junto a una percusión algo lejana pero manteniendo el empuje de esta página.

Aún recuerdo el año 1982 donde aprovechando el Mundial de Fútbol se representó por vez primera en el Campoamor la ópera Porgy and Bess con tantas melodías que han ido tomado vida propia en todas las versiones, así que el arreglo del músico belga estuvo más cercano al swing natural que a la lírica, de nuevo con una banda bien ensamblada, una percusión ajustada y bien cuidados los distintos temas por parte del maestro Colado.

Otro tanto sucede con Un Americano en París donde la película con Gene Kelly permanece en nuestra memoria. El músico japonés rehace esta página del neoyorquino dándole la magnificencia que otorga una banda sinfónica con contrabajo y arpa «de teclado» (a cargo de Lisa Tomchuk) más todo el poderío de los metales, un arreglo que nos permitió disfrutar de los excelentes solistas de la banda ovetense (muy bien la saxofonista Helena Maseda y la percusionista Susana Escaño con la bocina y flauta de émbolo), y un sonido compacto además de contundente en todas las secciones.

Y en este puente jazzístico desde la banda llegaba la Rhapsody in Blue, también muy cinematográfica en «Fantasía 2000» de Walt Disney, en Oviedo con la joven pianista Henar F. Clavel (Avilés, 2006). No es habitual encontrar la versión con banda en vez de orquesta porque la sonoridad es mayor y hasta los «colores» cambian, como todavía recuerdo en Barcelona ya hace años con la asturiana Carmen Yepes. El propio Gershwin la escribió originalmente para piano solo (con él en el estreno) y banda de jazz (donde no ponía los instrumentos sino el nombre de los músicos), con ese arranque de clarinete solo (hoy no muy inspirado). No hubiera estado mal reducir plantilla para acercarnos a la esencia porque la gran plantilla no permitió escuchar el piano con toda su presencia, y por momentos pareció un instrumento más en vez de solista, pero aún así no siempre se puede acceder a la versión con orquesta sinfónica y seguro que a la joven avilesina le vino bien poder trabajarla. Los solos demostraron su personalidad, jugando con los tempi y dejándonos casi al «Rachmaninov de Brooklyn» con algunas notas que se perdieron por el camino sin restarle valentía y fuerza. Henar Clavel tiene mucha carrera por delante y capacidad para afrontar cualquier repertorio, mas tendrá que «templar el ánimo» pues su ímpetu juvenil puede perderla (algo que curará con los años para alcanzar la madurez). La formación clásica da una técnica que es válida para todo, también para el jazz (mi recuerdo para Moisés P. Sánchez) pero me decanto por versiones más cercanas al original (recomiendo las de Michel Camilo) o sin miedos a mostrar esa «segunda vía» caso del propio Bernstein, todo un omnívoro como intérprete y compositor, por otra parte tan cercano al propio Gershwin que la tituló «Un experimento en música moderna», siendo otro estadounidense, Ferde Grofé, quien la arreglaría para orquesta.

De propina y sumándose como un atril más, la versión para banda del Danzón nº 2 de Arturo Márquez para dejarnos el calor de esta música cosmopolita de aires caribeños para esta tarde de domingo que llenó el Auditorio.

PROGRAMA

George Gershwin (1898-1937):

1.- Cuban Overture

2.- The Porgy and Bess Collection (arr. C. M. Peeters)

3.- An American in Paris (arr. N. Iwai)

4.- Rhapsody in Blue (solo Piano and Concert Band)

Propina: A. Márquez: Danzón nº 2.

Buen momento sinfónico

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Viernes, 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Abono 4 OSPA, Sara Ferrández (viola), Jaime Martín (director). Obras de Stravinsky, Schumann y Tchaikovsky.

(Crítica para LNE del lunes 10, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Primer viernes de febrero con una oferta por triplicado en «La Viena española» que no quiero pensar se haga como contraprogramación, dada la meticulosa planificación de la OSPA, en este cuarto de abono.

Volvía como director invitado el santanderino Jaime Martín (1965) quien se encontraba con los aficionados antes del concierto recordando su visita hace ahora 13 años como flauta de la LSO que además interpretarían la «Manfred», aunque esta vez desde el podio y junto a la violista madrileña Sara Ferrández (1995), que mantiene la colaboración artística con la orquesta asturiana.

El programa elegido por el director cántabro, consciente que las grandes obras son para los titulares, supo combinar ese aura literaria que daba título al concierto, Manfred, música y literatura con el conocimiento de la OSPA con la que ha podido trabajar muy a gusto en esta ciudad que le encanta desde su primera visita en aquella caravana londinense (comentando cómo aplaudían ante el paisaje).

Interesante elegir a Stravinsky y su Sinfonías para instrumentos de viento, así llamada por la necesidad de una estructura próxima al griego symphönía (συμφωνία) en cuanto a sonido acorde, pero de un solo movimiento -a partir de dos danzas populares- homenaje a Debussy muerto dos años antes, y cuando el compositor ruso estaba en París. Esta obra revisada en 1947, de apenas 10 minutos, nos permitió disfrutar de los vientos asturianos en solitario para comprobar el excelente momento tanto de las maderas como de los metales, sonoridades compactas y la rítmica tan cercana a la Consagración, con matices y texturas que se agradecen tanto por los propios músicos como para un público ya acostumbrado al sonido de las bandas de música que los sinfónicos engrandecieron.

Sara Ferrández es hermana del chelista Pablo y parece que la música es genética, tocando ya desde los 3 años, así que elegir el «Concierto para violonchelo en la menor», op. 129 de R. Schumann (otro enamorado del Manfred byroniano) parecía lógico llevarlo a su viola en una adaptación que mantiene toda la carga instrumental pero de sonido menos grave aunque más matizado, especialmente en los agudos. Los tres movimientos sin pausa fueron una muestra de buen hacer por parte de todos: una concertación desde el podio con el balance idóneo para mantener la viola siempre en primer plano, dinámicas acertadas, ropaje orquestal a medida de la solista y complicidad en las respuestas instrumentales entre tutti y viola desde la escucha e interiorización de cada sección. La cadencia final fue un prodigio de fraseo y sonido por parte de Ferrández que volvió a emocionar al auditorio.

De regalo otra demostración de que la música corre por sus venas: nada menos que la «Courante» de la Suite nº1 de Bach que la madrileña ha llevado al disco.

Tchaikovsky siempre es tentador y exigente para toda orquesta, por lo que no suele faltar cada temporada aunque se tienda a las últimas, así que optar por esta cuarta y media que es la «Sinfonía Manfred» en si menor (1885), sin numeración, resultó la mejor opción para un Jaime Martín que la conoce desde los dos lados del atril, y la OSPA ya interpretase alguna vez en sus 33 años de historia. Con una plantilla ideal para la ocasión y tras un excelente rodaje en la primera parte, el momento por el que pasa la sinfónica asturiana es álgido pese a todos los contratiempos, pudiendo aplicar el dicho de «a mal tiempo, buena música». Cuatro movimientos para demostrar un sonido compacto, rotundo y sutil, todas las secciones rindiendo al mejor nivel y la(s) buena(s) mano(s) de un director que sabe dónde exigir porque la respuesta es inmediata. El Lento lúgubre fue narrando las torturas del personaje de Lord Byron que Berlioz no se atrevió a asumir pero sí el ruso, otro enorme orquestador y en plenitud creativa donde su propia vida parece el espejo del personaje romántico, llegando a considerar esta sinfonía la mejor de las escritas para finalmente abominar de ella y optar solamente por este primer movimiento. Trompas empastadas, fraseos claros de una cuerda aterciopelada comandada de nuevo por Aitor Hevia, bien equilibrada en los bajos, la madera con un clarinete bajo enorme y arrancando espontáneos aplausos tras su final apoteósico. El Vivace con spirito resultó vertiginosamente claro pese al virtuosismo exigido, escuchándose todo a la perfección y bien balanceado desde el podio, rico en matices y valiente en el tempo. Felicidad poder escuchar el protagonismo del Andante con moto tanto en un oboe celestial como la trompa lejana, todos arropados por una orquesta sutilmente poderosa en todas las secciones y solistas jugando con una mezcla de enigmática alegría. Y el Allegro con foco realmente grandioso, una percusión enorme y precisa, cuerda incisiva, metales potentes bien ensamblados, con un juego de claroscuros tímbricos junto a la madera más la orquestación «puro Tchaikovsky» con un Martín valiente en el aire y marcando las tensiones siempre fieles a la partitura. Momentos de optimismo y belleza (bravo las dos arpas que no figuraban en el programa), y evitando el final original al carecer de órgano (no es buena la opción de los eléctricos) y la grandiosidad que supone, pudiendo dejarnos distantes por lo escrito tras todas las emociones anteriores, el maestro cántabro optó, como muchos otros, por la adaptación del maestro ruso Yevgueni Svetlánov (autor de una «Antología de la música rusa» a lo largo de más de 30 años) que desemboca retomando material del inicio en una vorágine sonora muy aplaudida por el público.

Buen momento sinfónico el vivido este viernes que esperamos se mantenga a lo largo de los próximos programas, sin olvidarnos de las dominicales matutinas y camerísticas cada mes, otro momento para comprobar el excelente estado de los músicos de la OSPA.

Entrega sinfónica

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Viernes, 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Abono 4 OSPA, Sara Ferrández (viola), Jaime Martín (director). Obras de Stravinsky, Schumann y Tchaikovsky.

(Reseña escrita desde el teléfono para LNE del sábado 8, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Con el título «Manfred, música y literatura» llegó ayer el cuarto de abono de la OSPA en un viernes con triple oferta (en Campoamor y Filarmónica que merma la de por sí baja afluencia a la orquesta del Principado), y el regreso al podio del nuevamente director invitado, el cántabro Jaime Martín, junto a la violista madrileña Sara Ferrández, que interpretaría una adaptación del Concierto para violonchelo de Schumann. Interesante opción donde la viola aporta esa sonoridad a caballo entre violín y chelo más «vocal» y cercana en la intensa interpretación de Ferrández (hermana de Pablo el chelista) con una cadencia final perfectamente arropada por la OSPA en excelente concertación del maestro Martín.

Propina bachiana con la «Courante» de la primera suite para redondear, en el amplio sentido de la palabra, una interpretación llena de musicalidad con la violista más internacional.

La velada se abría con Stravinsky y las «Sinfonías para instrumentos de viento» de título equívoco, al no serlo formalmente sino como la entendían los griegos («sonido acorde»), revisada en 1947. Un solo movimiento donde poder disfrutar de los vientos sinfónicos en solitario para este tributo a Debussy con la rítmica siempre fogosa del ruso, entonces por París. Buena interpretación y empaste ideal con la química de Martín en el podio, tal vez rememorando sus años de flautista alcanzando esa sonoridad tan bandística y rotunda muy matizada.

Tchaikovsky es el gran sinfonista de la historia y su «Manfred» (compuesta entre la 4ª y la 5ª) es cual poema que relata al torturado personaje de Lord Byron, siendo poco habitual escucharla, por lo que se agradece la elección de Jaime Martín. Plantilla ideal, compacta, solistas perfectos, pasajes delineados donde poder escucharse todo lo escrito por el ruso sin tacha para ninguna sección. Impactante el primer movimiento con los metales brillantes, vertiginoso segundo de maderas virtuosas, enigmático y luminoso el tercero con la cuerda comandada por Aitor Hevia más clara que nunca, y ese grandioso «allegro» con fuego lleno de luces y sombras con las tímbricas limpias (bravo las dos arpas) y variadas, expresando todas las emociones tan características e identificables del genio ruso, cerrando un concierto pleno de entrega por parte de todos gracias a un Jaime Martín siempre convincente y convenciendo a «tutti».

Encanto leonés

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Miércoles 5 de febrero, 20:30 horas. Auditorio Ciudad de León, «León En canto». Recital lírico: Sylvia Schwartz (soprano), Pablo García-López (tenor), Simon Lepper (piano). Recital de canto de varios autores y estilos. Entrada: 10 €.

Viajar a León desde Asturias es como visitar al vecino, y hoy en día las comunicaciones hacen más rápida esta escapada a la meseta, reforzando vínculos con nuestro histórico Reino Astur-Leonés. Quienes me leen conocen los muchos conciertos en la capital castellana y las amistades de las que presumo, a las que este primer miércoles de febrero recordé con esa mezcla de alegría y tristeza que da «pasar lista» y comprobar que muchos se han mudado al auditorio celestial. Pero la música sigue siendo la mejor terapia y queríamos estar en el cierre de este ciclo de tres conciertos de voces conocidas (y por descubrir).

Foto ©Pablo García-López

Interesantes los intérpretes y el programa elegido, un viaje de amores y desamores como presentó mi querido tenor de Villaralto, al que escuché unos días antes en Oviedo. Con el inglés Simon Lepper, uno de sus pianistas de confianza, el recital arrancaría con el siempre complicado y aparentemente sencillo Mozart en su lengua natal, la que Pablo García-López maneja a la perfección tras varios años en Berlín, y el lied An die Freude K. 53/47a, verdadera alegría esta tarjeta de presentación con el reconocido tenor mozartiano antes de los siguientes números con la soprano internacional Sylvia Schwartz (Londres, 1983) a quien aún no había tenido ocasión de escuchar en vivo, y enamoraría al público con estas arias de concierto elegidas: Dans un bois solitaire K. 308, Abendempfindung K. 523, bellísimas en ejecución compartida con Lepper, y otro tanto en Ridente la calma K. 152, recordando mi integral de la gran Elly Ameling que tantas horas escuché (y dejo como siempre en los enlaces o links).

Simon y Pablo han compartido mucho Schubert y no podían faltar de sus lieder la conocida Die Forelle escurridiza pero bien reposada para apreciar tanto el piano como la pegadiza melodía, más el Auf  dem Wasser zu singen, D. 774, simbiosis perfecta de poesía y música de protagonismo mutuo, con el cordobés que ha ganado graves sin perder su inconfundible color y la musicalidad contagiada desde el piano, antes de la célebre serenata Ständchen de una Schwartz en perfecta interpretación por proyección y dicción (el alemán es su segunda lengua), con el piano seguro y reconfortante de Simon. Faltó la «autodescriptiva» An Sylvia pero no el hermoso «trío» Licht und Liebe D. 352, luz y amor de empaste ideal con dos voces en estado de gracia y el piano coprotagonista del siempre ideal Schubert para estos tres intérpretes.

En un recital lírico no podían faltar Rossini o Donizetti y siguiendo con los dúos para cerrar la primera parte: otra serenata, de «las tardes musicales» la duodécima Mira la bianca luna del primero, exigente en el amplio registro de las voces pero bien ejecutada por tenor y soprano, incluso semiescenificada, más Una parola, O Adina (de «L’elisir d’amore»), «la orquesta» de Lepper con Pablo-Nemorino y Sylvia-Adina haciéndonos viajar a tantos elixires con ese punto de partida amoroso desde el recitativo… Qué buena pareja vocal por entendimiento, sonoridad y sobre todo musicalidad, dramatización incluida.

La segunda parte plenamente española uniría autores que son nuestros «liederistas» sin complejos, escrituras musicales para unos textos que son poesía pura donde el piano dialoga con la voz, y así  fue con Enrique Granados para gozar con la elegancia canora de Sylvia Schwartz capaz de unos pianissimi increíbles, de jugar con picarescas y dolores, temores infundados, verdaderos retablos sonoros en miniatura: Amor y Odio, El Majo tímido , pero sobremanera esa queja que es La Maja y el Ruiseñor, unas «Goyescas» pianísticas del inglés con canto ornitológico en el Bösendorfer©  iluminadas cual tapiz dorado por la soprano española logrando la magia del silencio en el auditorio leonés. Hay versiones de referencia (están enlazadas) pero lo escuchado este miércoles me quedará a buen recaudo por esta voz e interpretación tan personal, honda y única.

Reconozco que debemos escuchar más a Eduard Toldrá porque sus canciones siguen emocionando, más con este tándem García-Lopez / Lepper, entrega del tenor y pasión al piano entendiendo las tres páginas elegidas, válidas para hombre o mujer, pero siempre recreadas además de integradas al repertorio por el dúo anglo-española a cual mejor: La zagala alegre, Madre unos ojuelos vi y Después que te conocí, paladeo de todas las letras, interiorización y dramatización con el gusto tanto del compositor catalán como de la pareja hispano-inglesa, y tres partituras que el cordobés tiene en su curriculum discográfico (y ya nos encantase en su momento con otro gran pianista como Aurelio Viribay), para reafirmarse en el siempre irrepetible directo.

Hay que seguir reivindicando la zarzuela como patrimonio de la humanidad y nada mejor que seguir programando páginas populares y reconocibles por todo el mundo como las «endiabladas» Carceleras de «Las Hijas del Zebedeo» (Chapí) donde poder escuchar todo lo escrito para un registro y color que Schwartz asumió con total respeto a la partitura junto a la reducción orquestal al piano de Lepper, impecable por ambos, o esa Bella enamorada («El último romántico» de Soutullo y Vert) con un García-López pletórico en todo el registro, matizado a más no poder junto a este español adoptado para el piano en este género, antes de cerrar la velada con el famoso dúo de «El Gato Montés» (Penella), Torero quiero ser de Pablo-Rafaelillo y Sylvia-Soleá, contagiándonos alegría, amor y escena por parte de los tres intérpretes, una «faena redonda» con todos los trofeos para poder salir a hombros por la puerta grande ante tanto arte sobre las tablas.

La propina más zarzuela con el «trío»: Ese pañuelito blanco de «La Chulapona» (Moreno Torroba) para ya avanzada la noche salir del auditorio leonés contagiado por la magia lírica de grandes artistas que triunfan fuera de nuestras fronteras, proseguir tertulia local con alumnado y profesores de canto y piano, amigos unidos por la música, esperando que los llamados programadores culturales apuesten más por el talento español que quedó demostrado con creces en este recital.

Música y vida

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Viernes 31 de enero, 19:30 horas: Auditorio de la Casa de la Cultura de Mieres, «Así suena la vida de… Luis San Narciso».

Un nuevo capítulo de este ciclo que crece por los invitados y los aforos que han dejado pequeño el Conservatorio de Música para traerlo al auditorio y seguir agotando las entradas en cuanto salen a disposición. Y no es de extrañar porque este último y frío día de enero estaban sobre las tablas dos personas muy queridas: el actor de Ujo Maxi Rodríguez que permutaba su posición para conversar con Luis San Narciso, para los de Mieres (y diferenciándole de su padre el siempre querido y recordado doctor Luis San Narciso Altamira) Luisín, quien pronto se nos iría a Madrid tras un viaje en «Citroen 2CV» descapotable hasta Mojácar (como le contó en El Faro a Mara Torres hace tres años) sonando Raffaella Carrá, como cantaríamos al final y recordaría la directora del «conser» Mercedes Villa al finalizar el acto, para dejar su faceta de actor (le recuerdo en 1982 actuando en el Teatro Lope de Vega de Sevilla) por la de director de reparto (ahora lo llaman casting), el conocimiento desde dentro para elegir los mejores para series y películas de todos conocidas y famosas.

Este encuentro de dos artistas mantendría el formato con música en vivo elegida por el invitado e interpretada por profesores, alumnos, antiguos y actuales del conservatorio mierense pero también muchos amigos, que iré desgranando, y estaba claro que los de nuestra generación somos «omnívoros» porque nos gusta todo. Compartiendo recuerdos y vivencias de nuestro Mieres de infancia y adolescencia, los cines Esperanza y Novedades, el Pombo y sobre todo el Teatro Capitol, cercano al domicilio de Luis el «acelerado» de apariencia tranquila (así se definió) y muy «energético» pero este viernes nervioso además de emocionado por estar en casa con los suyos, junto al siempre «cítrico» Maxi, el espectáculo vital donde iríamos desgranando esta banda sonora tan personal pero igual de compartida.

El «Aria» de la Suite en re mayor de Bach transmite calma, serenidad, música reconocible hasta en las bodas (Maxi le daría el guiño cómico) y así la interpretaron Arancha Pichel (piano), Victoria López (chelo) y Carla Martín (violín).

Y los recuerdos operísticos con Luis padre llevándole a la ópera ovetense (donde eran abonados) y la zarzuela, así como las cintas de cassette en el coche, el amor de hijo de ese «papito querido» que es el aria de Puccini «O mio babino caro» de «Gianni Schicchi» también nos delataría su buen gusto por la lírica italiana, que a Maxi le retrotrae a su experiencia como libretista. La soprano María Peñalver con el piano de Verena Menéndez harían respigarse a un auditorio lleno hasta la bandera.

Luis San Narciso viaja (porque ya decía H. C. Andersen que «viajar es vivir») y de sus recuerdos  por Londres, París o Nueva York vendría su primer viaje a Argentina (tras escala previa en Chile donde coincidiría con unos gaiteros de Mieres) y un tango de Gardel como Por una cabeza que escuchamos en versión instrumental, muy bien arreglada, con el trío de Silvia García (flauta), Victoria López y Verena Menéndez.

Paul Anka probablemente sea de los compositores más prolíficos de la llamada música ligera y sus temas no solo los cantaba él mismo sino Frank Sinatra o Elvis Presley, esta vez en Mieres Juan Carlos Martínez acompañado por un «combo» con Ángel Álvarez (piano), Marta Martín (teclado) y Carla Martín (violín) que tan bien represente ese A mi manera («My Way»), Luis siempre mirando al futuro sin arrepentirse, positivo, Maxi casi de final de película y temeroso además de dudoso como todos los actores que bien conoce Luis.

Evidentemente no podía faltar música de cine y nadie mejor que Ennio Morricone, cuyas bandas sonoras engrandecen cada película (para mí Cinema Paradiso es una joya) y del que Luis eligió «Gabriel’s oboe» de La Misión (1986), rememorando su visionado ya en Madrid. De nuevo el trío de Silvia, Victoria y Verena nos llevarían con la música hasta la garganta del diablo y las Cataratas de Iguazú con esa banda sonora tan evocadora e impresionante de principio a fin, contando con un reparto de lujo que Luis seguro hubiera acertado en su elección: Robert de Niro, Jeremy Irons o Liam Neeson).

Las letras de las canciones merecen más atención de la que muchos músicos les prestamos, incluso una misma como Entre mis recuerdos de Luz Casal pueden significar alegría o tristeza, Luis y Maxi  nos lo hicieron ver: «Cuando la pena cae sobre mí / El mundo deja ya de existir / Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos», en el caso de San Narciso los buenos recuerdos de nuestra mirada hacia atrás, el optimismo siempre presente, y en una versión de otra amiga, la profesora y soprano Ana Nebot (por supuesto con «chupa negra de cuero») con un cuarteto de veteranos en todos los repertorios: los mierenses Juan Yagüe (guitarra), Tino Díaz (bajo) y Manu Baquero (batería) más una «orquesta de cuerda» con los teclados de Marta Martín y Mª José Secades. Como decimos por aquí «prestónos muncho topanos con estos grandes».

Siendo y estando en Mieres no podía faltar Víctor Manuel, probablemente de los primeros en ponernos en el mapa musical desde los años 60 de nuestra infancia, y Soy un corazón tendido al sol es casi un himno bien elegido por Luis y comentado con Maxi, cantado por Nacho Suárez con la misma formación que acompañó a Ana Nebot (muchas amistades comunes que se nos han ido) sumándose el violín de Carla y los «coros» de todos los presentes, porque las canciones de Vitorín son ya nuestras.

Maxi charlaba con Luis (siempre buen conversador) en el sofá traído hasta el auditorio, y se preguntaba cómo se veía el pasado minero del Mieres ya sin minas desde Madrid, y está claro que siempre está en el corazón y la emoción el oro negro que tanta riqueza nos dejó. El himno de la mina sigue siendo Santa Bárbara bendita y después no caben palabras porque la interpretación del Coro Infantil de la Escuela de Música de Mieres, dirigidos por María Peñalver y acompañados al piano por Verena, no pudo ser más emocionante, entrando todos con velas encendidas, cantando afinados con ese color inocente que pronto se pierde, y compartiendo con un nudo en la garganta la estrofa final…

Una organización que movería muchísima gente dentro y fuera de escena (Jorge Areces haciendo de regidor y Javier Tejedor rodando todo para poder conservarlo en la memoria local), luces y sonido impecable (puede que para las primeras filas muy fuerte por la cercanía) y los recuerdos de Mieres que nuestro alcalde hizo llegar a este tándem tan nuestro: Maxi Rodríguez y Luis San Narciso (precioso el cartel y el retrato de Alfredo Casasola Vázquez, otro mierense en Madrid), que en cuanto pueden se escapan a casa, en el camino porque ya lo dice el eslogan… «¡Ven a Mieres! va prestáte».

Con ganas de Primavera…

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Este viernes 31 de enero a las 10.30 horas se presentaba en el Salón de Te del Teatro Campoamor de Oviedo la decimosegunda edición del Ciclo Primavera Barroca titulada «La fiesta de la gran música», una de las iniciativas culturales referentes del ámbito nacional en la llamada interpretación musical historicista. Promovido por el CNDM y la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, ahí estuvieron Francisco Lorenzo y David Álvarez como responsables de ambas instituciones así como Cosme Marina, director artístico y coordinador del ciclo.

El concejal de Cultura volvió a poner de relieve la importancia que Oviedo tiene como capitalidad musical y este ciclo alcanza la XII edición que supone afianzar esta seña de identidad de la capital asturiana (tras el paso el lunes de Klaus Mäkelä y Janine Jansen con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam, otro hito), desde una labor que el tiempo está asentando y ganando abonados más un público fiel a estos conciertos donde estarán figuras del panorama internacional, algunas ya conocidas en otros ciclos asturianos pero que en esta primavera, que llega en invierno, volverán a satisfacer las exigencias de los melómanos con el nivel a que nos tienen acostumbrados.

Francisco Lorenzo corroboró las palabras del presidente, la estrecha colaboración que en los «quince años de pasión por la música» del CNDM (como el propio Lorenzo escribe en la presentación del libro de la temporada) y los vínculos tanto con el Ayuntamiento de Oviedo como la colaboración de sus dos conservatorios (Profesional y Superior) más la Universidad (con la incombustible pasión de Ramón Sobrino), a quienes agradeció su presencia y apoyo incondicional. También se incluye a Oviedo en el ciclo de Jazz (otro que aumenta oferta y abonos en la capital), programando estos «Circuitos» donde figura nuestro ciclo barroco, manteniendo su apuesta por la recuperación histórica de nuestro patrimonio musical con estrenos en nuestro tiempo de compositores como Hernández Illana (ca. 1700-1780) o Diego Pérez de Camino (1738-1796), así como las mujeres compositoras, citando a la francesa Élisabeth Jacquet de La Guerre (1665-1729), todos con intérpretes reconocidos que Cosme Marina detallaría posteriormente.

La programación consta de seis conciertos que tendrán lugar del 4 de marzo al 22 de mayo, sumándose el ciclo de conferencias con algunos de los artistas del ciclo.

En esa media docena de conciertos sonará música de los siglos XVII y XVIII con Diego Ares (que interpretará «las Goldberg» de Bach), Lina Tur Bonet al frente de Musica Alchemica, con un doblete de Vivaldi más Bach, La Guirnalde de Luis Martínez Pueyo junto al contratenor Alberto Miguélez Rouco (artista residente del CNDM esta temporada), recuperando patrimonio hispano,  el esperado grupo francés Nevermind (poder escucharles con «sus compositores» de referencia como Élisabeth Jacquet de La Guerre , Jaques-Martin Hotteterre o F. Couperin será una de las citas imperdibles), el sopranista más solicitado del momento, el venezolano Samuel Mariño junto al Concerto d’Cavalieri traerá el 12 de mayo su espectáculo «Delirio amoroso», un repaso por obras muy conocidas de autores como Haendel, A. Scarlatti, Vivaldi, Porpora o Stradella. Para cerrar el ciclo y celebrando el 500 aniversario de Palestrina la vuelta de Vox Luminis a Oviedo para interpretarnos la Missa del Papa Marcelo en la Sala de Cámara del Auditorio, de acústica ideal para este ciclo que ya es cita obligada en «La Viena española».

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