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Y hoy descafeinado

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Domingo 2 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: Orchestre des Champs-Elysées, Philippe Herreweghe (director). Obras de Mozart y Beethoven. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

El calor, las giras maratonianas o los suculentos contratos pueden ser la explicación a una velada descafeinada pese a mis expectativas tras disfrutar el pasado 30 de mayo este mismo concierto en “La Viena Española”. Lo vivido en esta noche granadina en el duodécimo día de Festival me dejó con el sabor agridulce de la frustración, con sentimientos encontrados para dos monumentos sinfónicos que me tentaron a titular “No lo sabían”.
No sabían Mozart ni Beethoven el camino de sus sinfonías, la última del salzburgués y la puerta al futuro del alemán, ambos viviendo en la misma capital imperial pero con trayectorias tan distintas aunque no distantes. Del niño que no quería crecer pero madura repentinamente dejándonos un legado de tres sinfonías postreras y rompedoras, al luchador contra el sistema revelándose gritando libertad cambiando moldes a partir de la Heroica que tanta intrahistoria traería con ella.
Mi pregunta tras lo escuchado en este último nocturno sinfónico es si verdaderamente era necesario que nuestros “tótem” de la llamada música historicista, que tanto han aportado al repertorio barroco donde se convirtieron en auténticas autoridades y leyendas, necesitaban ir más allá haciendo incursiones en el Clasicismo, el Romanticismo y hasta el siglo XX, creando orquestas a su medida donde el legado sigue pesando y personalmente han aportado poco en estos “otros” repertorios que se alejan del espíritu juvenil y el ímpetu con el que irrumpieron en el mundo musical, por lo que me pareció triste que el maestro belga al frente de su Orchestre des Champs-Elysées careciese de la misma entrega que apuntaba en el anterior concierto ovetense.
La “Júpiter” que se ha considerado el mayor triunfo de la musica instrumental, no tuvo en Herreweghe ni en su formación lo que esperábamos de ella, pese a la colocación vienesa que ayuda a captar la tímbrica de entonces, pero tampoco el rigor en la dirección del belga, dejando a una orquesta perdida por momentos, sin precisión ni sincronía y hasta un punto desafinada la cuerda, salvándose la madera con unos metales que no encajaban con el resto pese a los intentos por hacerlo. Herreweghe parecía más preocupado por las dinámicas que por los tempi, y el Allegro vivace tardó en armarse y encontrar la velocidad idónea, tan necesaria como la precisión de una obertura operística. La madera fue un salvavidas para la marejada de una cuerda sin garra, aunque el balance se alcanzó, pero no fue suficiente para el arranque.
Ya que de aire operístico hablo, el Andante cantabile que parece esperar la entrada de la voz, no llegó pese al clima de claroscuros que la preparaba. Todo el viento bien empastado pero la cuerda no era seda sino terciopelo por lo espesa, solo con los contrabajos soportando la tímbrica global. El Menuetto: Allegretto encontró mejor acomodo aunque sin la limpieza deseada, con los metales siempre bien sujetos y unos timbales que “emborronaron” la sonoridad de este movimiento. Si el belga insistía en las dinámicas con sus dedos temblorosos, solo el concertino pareció tomar el mando pues el podio no dirigía, más bien invitaba, y la educación en la interpretación no suele resultar bien. Cierto que la sonoridad del viento buscaba las “referencias de época” siendo lo más destacado, pero la orquesta es una maquinaria que necesita funcionar toda ella sn fisuras, algo de lo que los parisinos adolecieron.
Y el Finale: Molto allegro pareció atragantarse ante las dificultades que son conocidas y trabajadas más en una orquesta casi camerística. Escalas poco limpias, desincronización desde unos matices sí marcados por Herreweghe que nos dejaron una “Júpiter” casi “Saturno” por lejana y borrosa.
Tras el descanso esperábamos la «Heroica» para resarcirnos, o al menos eso deseábamos. Pero quedó algo descafeinada, necesitada de más carne en el asador, leña al fuego o la garra del Beethoven rompedor desde el Allegro con brio que ya cojeó en la insegura entrada inicial. Herreweghe seguía invitando más que marcando cada entrada, fraseo, presencia pero sin pulsación clara. Nuevamente la madera (con la llegada de los clarinetes) sacó a relucir lo mejor de la orquesta francesa que nunca encontró el punto exacto. La Marcia funebre. Adagio Assai personalmente pecó de un tempo no acorde con el sentido ni el calificativo, al menos diferenciar los modos aunque las interpretaciones son siempre subjetivas y para gustos colores. Solo pensar la cantidad de formas en pedir y servir un café en cada sitio puede servir para comprender mi sensación de descafeinado (de máquina, de sobre, con leche o solo…).
Mejor servido el Scherzo: Allegro vivace que no puede salir mal si acertamos en las proporciones. El heroísmo del tercer movimiento no llegó a la emoción. Más que una batalla de amplias dinámicas quedamos en fogueo que al menos no dejó heridos. Un poco de brisa hizo peligrar la partitura del belga pese a la pinza de la ropa (obligada al aire libre), pero las trompas naturales hicieron su papel sobresaliente, al menos cargando la proporción para saborearse sin mucha prisa, todo antes del Allegro molto que intentó enderezar un rumbo indeciso para llegar a buen puerto, más pausado para disfrutar de una flauta impecable, con mayor entendimiento en todas las secciones pese a los años que esta nave lleva capitaneada por el maestro, si bien no fuese esta la mejor noche.
Quedó poso en la taza y regusto en el paladar, pero el aroma no engaña. Al menos Mozart y Beethoven no lo sabían.

Yo confieso ante dios Bach

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Viernes 30 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Patio Colegio Mayor Santa Cruz la Real, “Solo Bach”: Orquesta Barroca de Sevilla (OBS), Giovanni Antonini (director). Johann Sebastian Bach (1685-1750): Suites orquestales.

Décimo día de festival y no hay mejor fiesta que la música de Bach que sigue sonando en Granada, esta vez desde “mi casa colegial” con la OBS más el artista residente de esta septuagésima edición el italiano Giovanni Antonini (Milán, 1965) para disfrutar de las cuatro suites orquestales de “Mein Gott”.

Del flautista y director milanés su biografía completa una lista del llamado “historicismo musical” que en este festival está bien representado como vamos comprobando. El fundador de Il Giardino Armonico hace casi cuatro décadas, tiene ya su lugar propio en la recuperación y grabación no solo de lo más destacado del barroco italiano sino que Bach ha pasado a ser otro referente en su ya larga trayectoria, sin olvidarse de “los clásicos” Haydn y Mozart, aunque para este ciclo granadino las suites del cantor han sido las protagonistas con la OBS, curtida en estos repertorios con la gran violinista Lina Tur Bonet de concertino, tándem con Antonini para conseguir el entendimiento necesario en los cuatro monumentos que son las ya populares suites bachianas, y ya interpretadas el pasado año, por lo que el rodaje estaba más que hecho, aunque nunca hay nada igual.

Sin entrar a analizar cada una de las cuatro Suites BWV 1066 a BWV 1069, pues ya se encarga de ello Enrique Martínez Miura en las notas al programa, más que colección de danzas son obras de concierto, y así las entendió Antonini con la OBS (aunque no sea Il Giardino).

En la Suite orquestal nº 1 en do mayor, BWV 1066 pudimos encontrar todos los recursos barrocos de pregunta y respuesta, contrastes en tempi, siempre “apretando” (Forlane bien agitada) y exigiendo a la orquesta, de ritmos, y especialmente los cambios dinámicos que optó el milanés por los súbitos no en las respuestas sino a mitad de la pregunta, con frases más ricas en buen balance entre las secciones. Impecables las lengüetas con el fagot siempre preciso y claro, sin olvidarme del clave con ornamentaciones perladas.

La Suite orquestal nº 2 en si menor, BWV 1067, casi un concierto de trasverso en el que Bach también era un virtuoso, nuevamente jugando con los contrastes y dando la presencia no siempre al máximo del solista Rafael Ruibérriz de Torres, auténtico protagonista «examinado» por el maestro, virtuosismo que va creciendo a lo largo de los siete números, con agilidades por momentos imperceptibles por la búsqueda de una sonoridad más global y homogénea, pero brindándonos la conocida Badinerie final plena de buen gusto, ornamentos perfectos, cromatismos y la aportación bien llevada por Antonini y la OBS, con los cambios de ubicación de la cuerda lógicos en esta segunda suite.

Un descanso para volver a templar instrumentos y ampliar la plantilla con metales y timbales para la Suite orquestal nº 3 en re mayor, BWV 1068, tras las dos primeras más introspectivas pese a números más espontáneos, la tímbrica y “rearme” de los números nos traen lo mejor de “Dios Bach”, con la conocida Air para disfrutar de una cuerda aterciopelada con Lina Tur Bonet “cantándonos” el solo con respuesta bien empastada y disfrutando del clave tan necesario para una textura tan barroca como bella.

Y se hizo la luz, la luna reinaba sobre el claustro del Colegio Mayor Santa Cruz La Real, con la Suite orquestal nº 4 en re mayor, BWV 1069 y toda la OBS (sumándose un tercer oboe), manteniendo la tonalidad de la tercera pero con la agrupación instrumental de trompetas a trío, bien templadas con los timbales sin ensuciar y con el balance perfecto, las lengüetas compartiendo protagonismo, y la cuerda con el continuo, tempi con ritmos casi extremos, Antonini exigiendo y la orquesta respondiendo. Aires de danzas elegantes y tutti rotundos hasta la explosión de la Réjouissance final (que bisarían), imperial, clausura perfecta de un concierto donde la música de Bach fluye limpia, con los músicos escuchándose y el director marcando lo preciso para dejarles “respirar” en cada número, danzable o concertístico, pues las cuatro construcciones combinan conceptos, instrumentos, aires, historias y sentimientos.

Numerosos acólitos que «creemos en un solo Bach» y acudimos a estos regalos que los distintos apóstoles van predicando por Granada. Nos hacemos preguntas y encontramos respuestas, aunque también las damos sin pedírnoslas. Al menos nunca perdemos la fe, y con los años los bachianos fortalecemos nuestra creencia.

Y sábado donde peregrinaremos a escuchar al profeta Koopman desde el órgano de la Parroquia de Nuestro Salvador, pero como todo sábado granadino habrá “misa matutina” en San Jerónimo. Que Dios Bach nos de fuerzas para seguir contándolo: Yo confieso ante Bach todopoderoso que he pecado…

Orquesta Barroca de Sevilla (OBS)

Violines primeros:
Lina Tur Bonet (concertino) – Miguel Romero – Víctor Martínez – Valentín Sánchez – Nacho Ábalos

Violines segundos:
Leo Rossi – Raquel Batalloso – Antonio Almela – Rafael Muñoz-Torrero

Violas:
José Manuel Navarro – Kepa Artetxe – Carmen Moreno

Violonchelos:
Mercedes Ruiz – Aldo Mata
Contrabajo:
Ventura Rico

Clave:
Alejandro Casal

Flauta:
Rafael Ruibérriz de Torres

Oboes:
Jacobo Díaz – José Manuel Cuadrado – Valle González

Fagot:
Javier Zafra

Trompetas:
Jonathan Pia – Ricard Casañ – César Navarro

Timbales:
José Tur

Director:
Giovanni Antonini.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Suite orquestal nº 1 en do mayor, BWV 1066:

Ouverture / Courante / Gavotte I & II / Forlane / Menuett I & II / Bourrée I & II / Passepied I & II

Suite orquestal nº 2 en si menor, BWV 1067:

Ouverture / Rondeau / Sarabande / Bourrée I & II / Polonaise & Double / Menuett / Badinerie

Suite orquestal nº 3 en re mayor, BWV 1068:

Ouverture / Air / Gavotte I & II / Bourrée / Gigue

Suite orquestal nº 4 en re mayor, BWV 1069:

Ouverture / Bourrée I & II / Gavotte / Menuett I & II / Réjouissance

La Pasión según Koopman

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Miércoles 28 de junio, 22:30 horas. 72 Festival de Granada, Colegio Mayor Santa Cruz la Real, “Solo Bach”: Amsterdam Baroque Orchestra and Choir, Ton Koopman (director). Johann Sebastian Bach (1685-1750): Johannes-Passion, BWV 245. Fotos de Fermín Rodríguez.

Esta mañana nos despertábamos con la noticia de la concesión al maestro Ton Koopman de la Medalla del Festival de Granada 2003, y a media tarde se nos comunicaba que la hora prevista del concierto se retrasaba hasta las 22:30, pues el avión que debía salir de Amsterdam a las 09:00 para aterrizar a las 13:00 se había estropeado y hasta las 17:00 no despegaban finalmente rumbo a tierra granadina. Así y todo se abrían las puertas al público a las 22:00 y a las 22:19 veíamos llegar a los intérpretes para organizar el escenario llegando con el tiempo justo sin poder realizar la prueba acústica ni tan siquiera meter algo sólido en el cuerpo.
A las 22:45 Antonio Moral, director del Festival, tomaba la palabra para disculparse en nombre de todos y contarnos la odisea, incluso intentando avisar al público que los parkings cerraban pese a los esfuerzos de toda la organización por prorrogar el cierre, siendo imposible y calculando que esta “Pasión” se realizaría sin la pausa prevista, salvo una pequeña parada tras el nº 14 (coral) y la duración prevista sería de dos horas y diez minutos.
Cual acto de penitencia por todos, al fin salía Ton Koopman con su eterna sonrisa y una vitalidad increíble sabiendo todo lo acontecido, con todos los intérpretes preparados, los dos órganos listos tras los repasos matutino y nocturno del inconmensurable Francisco Alonso Suárez (Paco para todos), y escuchando el primer coro Herr, unser Herrscher, aún sin centrarse casi nadie, con las sopranos algo destempladas, Juan el Evangelista y Jesús en el primer recitativo y los sobretítulos bien proyectados para proseguir esta liturgia bachiana tan esperada.
El maestro Koopman debía ajustar la banqueta, pues ni tiempo había tenido, resisitiéndosele el mecanismo pese a “la ayuda de Jesús” y preparado el contratenor curiosamente antes de cantar su aria “Para desatarme de los lazos de mis pecados” (nº 7) con esta pausa no prevista.
Pero el milagro ocurrió y el oratorio iría tomando el rumbo correcto, la primera aparición de la soprano (nº 9) con el aria “Yo también te sigo con alegres pasos” junto al dúo de flautas parecían cantar los acontecimientos; emisión perfecta y color adecuado, el coro más empastado, incluso los solistas manteniendo un nivel alto; la orquesta ensamblada con un continuo que mantendría y hasta iría aumentando su excelente calidad (cello, fagot, órgano y tiorba) pero los dos protagonistas impresionantes, especialmente el Evangelista, que como hace 9 años en Oviedo, sentía y transmitía todos los textos luteranos, y otra maravilla el contratenor, con el mismo cuarteto solista que ya me maravillase entonces y volvía a hacerlo este miércoles “colegial”.
Desde el número 15 esta “Pasión según San Juan” creció en emociones, entrega, encajando cada número como si la “penitencia” previa por todos pasada ya se hubiese redimido, la Zweiter Teil que sería intensa, equilibrada y apasionada. Los corales sonaron empastados y ricos de matices con Koopman tan claro y preciso como es habitual, llevándolos “al pie de la letra”, con sus continuos en el positivo ornamentando primorosamente, el Evangelista emocionándonos, con Jesús completando el relato junto a esta orquesta que mantiene la sonoridad impecable de los holandeses. Si el dúo de flautas competía en belleza con las voces, los oboes no quedaban a la zaga, el fagot redondeaba un continuo donde el cello solista “hablaba” y realzaba los momentos de dolor con Jesús.
El cambio en el arioso de Jesús (nº 19) y el aria del Evangelista (nº 20) con las dos “violas d’amore” consiguió la tímbrica buscada, y las segundas intervenciones de Hana Blažíková (nº 35, Zerfließe, mein Herze) pero sobre todo de Maarten Engeltjes en su aria Es ist vollbracht! (nº 30) fueron rotundas, de una emisión perfecta, color bellísimo y una auténtica dramatización de los textos de Brockes.
Toda la fuerza de la palabras que “dios Bach” realza, un auténtico tratado de simbología musical matemáticamente resuelto por un Koopman que resuelve los enigmas con la sencillez del maestro y la grandeza de la partitura.
Corales, coros y turbas transmitiendo la voz del pueblo, la orquesta subrayando como sólo Bach es capaz, incluso en esta su primera pasión, sin olvidar la reflexión y toda la expresividad. Emociones en el aria de Jesús con el coro, las arias y ariosos del Evangelista junto a esa sucesión de números tan perfectamente compuesto y alternados fueron elevando espíritus y sensaciones.
El Jesús del bajo Klaus Mertens ponía el dolor y resignación pero también la esperanza; San Juan Evangelista del tenor Tilman Lichdi no pudo encontrar mejor narrador. Y todo el Oratorio llevándonos en liturgia bachiana única hasta el clímax final con el coro Ruht wohl, ihr heiligen Gebeine más el coral Ach Herr, laß dein Lieb Engelen.
Redimimos pecados, esperamos la resurrección tras el dolor y las súplicas que no hubiesen sido posibles sin la “Pasión Koopman, siempre a mayor gloria de Bach”. Aún disfrutaremos con el maestro dos días más, que espero seguir contando puntualmente.
FICHA
Amsterdam Baroque Orchestra and Choir – Tilman Lichdi , tenor (Evangelista) – Klaus Mertens, bajo (Jesús) – Maarten Engeltjes, contratenor – Hana Blaiková, soprano.
Ton Koopman (órgano y director).
Johann Sebastian Bach (1685-1750):
Johannes-Passion, BWV 245 (La pasión según San Juan, 1724).

Cuadrando el círculo

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Lunes 26 de junio, 22:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de Los Arrayanes, “Música de cámara”, Ligeti100: Quatuor Diotima. Obras de: Pedro Osuna, Ligeti, Tomás Marco y Bartók. Fotos de Fermín Rodríguez.

El cuarteto de cuerda es un organismo musical vivo que requiere compartir incluso la propia vida, cuatro músicos de altura y un solo cuarteto verdadero. Así se entiende la formación camerística por excelencia y para que todos los grandes han escrito, siendo a menudo como un banco de pruebas orquestal.

El francés Quatuor Diotima llegaba y llenaba otra nueva noche mágica en La Alhambra con un programa no ya exigente por las cuatro obras, también dotado de un discurso global que solamente al finalizar pudimos comprender en toda su magnitud.
Cuatro cuartetos, cuatro idiomas traducidos a una unidad expresiva capaz de unir a estos compositores de distintas generaciones que conocen perfectamente la herramienta, los recursos de la cuerda manejándola desde su propia experiencia, un crisol cronológico que encontró los intérpretes adecuados para alcanzar las máximas cotas expresivas.

Para abrir la velada nocturna un joven compositor granadino, Pedro Osuna (1997) que estrenaba en España sus Cuatro danzas (2021), un hallazgo de escritura con el marchamo estadounidense lógico en estas generaciones que han cruzado el charco para su formación. Según las describe Juan Manuel Viana en las notas al programa “refleja el amor del músico por el arte de su ciudad natal, donde compuso las danzas centrales, y el de Boston y Los Ángeles, su lugar de residencia, donde escribió la primera y la cuarta”. Escuchar cada una de ellas supuso un viaje a cargo del Diotima, sonoridades extremas en dinámicas, latido único, tímbricas tan bien escritas como interpretadas desde la Introducción que da paso a Ritual nazarí, los recuerdos granadinos en un obsesivo juego de los cuatro instrumentos sonando como uno solo, algo que parece increíble por la dificultad que entraña; la Tarantella en palabras de su autor «juega con el famoso tema napolitano y conduce al movimiento final, una danza celebratoria en la que quise explotar la visceralidad de la música electrónica del presente y la riqueza armónica del jazz» y Celebración con el aire americano, el sello granadino y el sueño francés reunidos en estas cuatro páginas de una calidad sorprendente tanto en la escritura como en la ejecución impresionante del Quatuor Diotima. No sé cómo sería el estreno con el Cuarteto Carpe Diem en Siena (28 de junio de 2022), pero este de Siana hacía tiempo que no se asombraba con una obra actual.

Y tras salir el compositor a recoger los merecidos aplausos de un público agradecido por esta apuesta del festival, nada menos que György Ligeti (1923-2006) de quien se conmemora el centenario de su nacimiento, optando los franceses por deleitarnos con su Cuarteto de cuerdas nº 2 (1968), casi medio siglo de diferencia con el de Osuna e igual de actual. Del húngaro podríamos comentar su (r)evolución personal y el segundo cuarteto supone un reto para cualquier formación que quiera explorarlo en toda su riqueza. Quatuor Diotima demostraron que no puede hacerse mejor homenaje, cuatro músicos como remeros de un kayak que no solo van perfectamente sincronizados, las paladas entran y avanzan en este fluir musical del mejor Ligeti, cinco movimientos unidos y sentidos desde todos los recursos de cuerdas, arcos, armónicos, pizzicati, resonancias que en el Patio de los Arrayanes aún calaban más. Hasta algún avión nocturno parecía sumarse a una tímbrica tan actual, una joya del siglo pasado plena de fuerza y angustias, mecánica intrínseca que latió en “un solo Cuarteto”.

La influencia de este segundo de Ligeti nos explicó el de Osuna pero igualmente el siguiente tras el descanso.
Un viaje cronológico, ideológico y hasta geográfico nos traería al madrileño Tomás Marco (1942), compositor residente de esta septuagésima segunda edición del festival granadino, quien siempre ha tenido en su amplio catálogo obras cuartetísticas. Este Cuarteto nº 6 «Gaia’s Song» (2012) encargado por el CNDM y penúltimo hasta la fecha, recoge materiales de danzas de todo el mundo olvidándose del legado occidental que tanto ha constreñido la creación, optando por la expresividad, la rítmica y un tratamiento tímbrico del cuarteto que Los Diotima entendieron con una sonoridad apabullante y una compenetración al alcance de pocos músicos de cámara. El compositor felicitó a los intérpretes y todos compartieron el aplauso más que merecido en un concierto que tomaba forma y sentido tras la obra que cerraría esta “cuadratura del círculo”.

El Cuarteto nº 4, Sz. 91 (1928) de Béla Bartók (1881-1945) sigue siendo tan “moderno” como Ligeti, Osuna o Marco, y Quatuor Diotima ayudaron a redondear el concepto de cuarteto actual, impactante, brillante, caleidoscópico de sonoridades con este cuarto considerado “una de las más altas cimas de todo el repertorio”. Con una estructura en arco o espejo, que Viana define “a modo de palíndromo”, los cinco movimientos sonaron perfectos, bien balanceados en las analogías y protagonismo de los cuarto intérpretes respirando como un solo organismo. Si los extremos resultaron rítmicos, agresivos, sonoridad global, los pares todo un catálogo de efectos como sordinas, pizzicati, diálogos y enfrentamientos aunados por una magia indescriptible que rodearían el hermosísimo lento central, el corazón de la obra y del cuarteto, nocturno como todo el concierto para saborear un chelo rotundo sobre el que sobrevolaron sus tres compañeros de viaje.

Un concierto que tomó sentido gracias a la sabia elección de las obras y la magistral interpretación del Cuarteto Diotima, que retransmitido en vivo por Radio Clásica espero disfrutasen tanto como los presentes en el Patio de Los Arrayanes. Habrá que rogar lo tengan disponible algún tiempo para volver a paladearlo y decir el anhelado “Yo estuve ahí”.

Quatuor Diotima:

Yun-Peng Zhao, violín – Léo Marillier, violín – Franck Chevalier, viola –
Pierre Morlet, violonchelo.

Decepción milanesa

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Domingo 25 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: Filarmonica della Scala, Riccardo Chailly (director). Obras de Chaikovski y Prokófiev. Fotos de Fermín Rodríguez.

Quinto día de festival y doble sesión, la nocturna con un esperado director de fama mundial (agotando las entradas) debutando en este festival al frente de la orquesta de su ciudad que fundase allá por 1982 el siempre recordado milanés Claudio Abbado, formación que escuché hace ahora diez años en “La Viena española” con Daniel Harding sin más recuerdo que el del director.
Y llegó el primer chasco porque de nada sirve un gran piloto si falla el coche, o lo que es peor, si no es competitivo. Haciendo el paralelismo con mi paisano Fernando Alonso, creo que ha demostrado ser el mejor del campeonato en todos los circuitos, aunque en su ya larga trayectoria no siempre ha sabido elegir la escudería pese a dejar huella en todas por las que ha pasado. Lo mismo puedo decir de Riccardo Chailly (Milán, 1953) que se presentó con un programa algo inesperado, titulado en las notas al programa de Pablo L. Rodríguez “Cuando la felicidad suena a tristeza y viceversa” pues la Filarmonica della Scala no carburó y hasta sonó mediocre. Contradicciones sinfónicas para dos páginas que no auguraban nada bueno siendo casi proféticas las palabras de mi tocayo leídas previamente al concierto.
Estaba claro que Serguéi Prokófiev (1891-1953) iba a resultar un “circuito” complicado por lo poco explorada de la Sinfonía nº 7 en do sostenido menor, op. 131 (1952). Cuatro movimientos que sacaron a flote las carencias de los milaneses desde el Moderato inicial. La excelente orquestación del ruso sólo sirvió para comprobar que las entradas iban “al ralentí”, con cierta rémora en todas las secciones, incluso el piano colocado a la derecha del escenario. Del motor de cuatro tiempos uno no funcionaba debidamente. El Allegretto tenía demasiadas curvas y aunque el maestro Chailly las tomaba con precisión, pisando el acelerador a tope, la respuesta de la máquina milanesa no era la esperada. El Andante espressivo que debería servir para disfrutar del paisaje en esta poco transitada séptima, en mi caso me limité a comprobar la gestualidad siempre clara y enorme del director lombardo que no pilotó nunca cómodo esta orquesta operística de la Scala, casi el mismo chasco italiano de Ferrari frente al poderío alemán de Mercedes, que Don Riccardo suele conducir si se me acepta el paralelismo “motororquestal”.
Y llegado el Vivace cual recta final donde exprimir el motor éste casi se rompe. Ninguna sección pareció responder, piezas de primera pero mal ensambladas aunque la “alteración” de Prokofiev elegida fue la rimbombante y positiva, puede que la única felicidad elegida, sin encontrar razones más allá de la originalidad o incluso una boutade (galicismo definido por la RAE como «Intervención pretendidamente ingeniosa, destinada por lo común a impresionar») en esta elección rusa.
Tras un descanso nada merecido, otra sinfonía rusa y póstuma, la Sinfonía nº 6 en si menor, op. 74 «Patética» (1893) de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893). Un circuito más sinuoso y exigente con el mismo piloto e idéntica maquinaria, con más “potencia” pero fallando algún cilindro, si bien los metales funcionaron y hasta el clarinete sonó operístico (no así un oboe demasiado desbordante). La cuerda adoleció de tersura, no hubo buen ensamblaje y tampoco los unísonos fueron tales. El volante de Chailly mandaba pero el giro era el contrario. También hubo alguna incongruencia en las marchas elegidas por el «conductor» para la máquina, pues los crescendi iban unidos a unos acelerandi que no correspondían. Ni siquiera los platillos chocaron con el sonido y precisión escrita bien marcada por el piloto. Y el esperado Finale. Adagio lamentoso resultó literal, inesperada segunda sinfonía milanesa de la noche con un director que sabe pero no pudo demostrar sus mejores dotes dejándome la sensación de haber asistido a un “mal bolo» donde el nombre no es suficiente.
Me quedará este mal sabor de boca como las carreras nocturnas donde mi paisano Alonso tenía que abandonar porque su F1 parecía un GT que ni para coche nupcial servía. Para cerrar y plagiando el título del tocayo zamorano, al menos “la tristeza suena a felicidad y viceversa”.

Transfiguración y esperanza

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Sábado 24 de junio, 20:00 horas. 72 Festival de Granada, Auditorio Manuel de Falla, “Conciertos de Palacio”: Joven Orquesta Nacional de España (JONDE), Eliahu Inbal (director). Obras de Wagner y Bruckner. Fotos de Fermín Rodríguez.

Cuarto día de Festival y doblete en la Festividad de San Juan con la JONDE completando un duro trabajo desde el pasado 9 de junio con 13 reputadísimos profesores de diferentes especialidades llegados de distintas orquestas y conservatorios para el Segundo Encuentro Sinfónico de 2023, preparando un programa con la murciana Isabel Rubio de directora asistente y residente, para dejarla finalmente en manos del maestro israelí Eliahu Inbal (Jerusalén, 1936) con envidiable salud, ánimo y un eterno magisterio sacando de estos 92 músicos a su mando el mismo ímpetu que él transmite desde el podio.

Se notó la complicidad y esfuerzo para hacer de esta orquesta de “elegidos” (entre 18 y 28 años) un potente equipo musical, emocionando en las obras elegidas, propina incluida, que han girado por Baeza (sede de los encuentros), Almería, Jaén y finalmente Granada cual reválida final.

El profesor Pablo L. Rodríguez titulaba sus notas al programa “Muerte y transfiguración, Wagner y Bruckner” para centrarnos históricamente en estos dos genios para quienes el mundo sinfónico no tenía secretos, y me he permitido trastocar ese título por el de “Transfiguración y esperanza” ante la interpretación de unos músicos ya maduros en este vivero de la JONDE que pronto darán el salto a las orquestas profesionales.

Dos monumentos sinfónicos con el músculo orquestal y protagonismos compartidos, primero Richard Wagner (1813-1883) con el “Preludio y Muerte de Amor”, de Tristan und Isolde, WWV 90 (versión instrumental. 1857-1859), una de las obras clave para el desarrollo de la modernidad acompañado por la versión instrumental del Liebestod, que sustituye la parte cantada de la protagonista, pasando de la muerte de amor original para transmutarse en un amor eterno, introducción magistral donde disfrutar de cada gesto del maestro Inbal y la respuesta exacta de los jóvenes. Entregados mutuamente como enamorados de Wagner, el israelí fue sacando amplios matices con dinámicas extremas, fraseos impecables, llevando a cada sección por sus mejores recursos tímbricos, desde una cuerda tersa y aterciopelada (bravo los cellos), una madera empastada y ajustada, unos metales bien amarrados para el ímpetu que se podría esperar de ellos, más una percusión mandando y en su sitio. Interpretación mayúscula por parte de una JONDE que sin descanso y con toda la plantilla afrontaría el segundo reto de una tarde calurosísima que no les afectó en nada.

Anton Bruckner (1824-1896) era un wagneriano fervoroso y su Sinfonía nº 7 en mi mayor, WAB 107 (1881-83, rev. 1885) es contundente como pocas. Mi tocayo escribe cómo también se vio afectada por la muerte del propio Wagner cuyo pálpito le llegó tras visitarle en Bayreuth, decidiendo homenajearle con ese Adagio elegíaco que en nada se preveía tras el luminoso Allegro moderato inicial.

Destacar de nuevo a chelos, violas, más los solistas de clarinete y trompa sonando a gloria bendita, con algunos de los solistas y principales permutando posiciones siempre de agradecer en materia didáctica. La irrupción de las cuatro trompas wagnerianas no son solamente homenaje al amigo sino la afirmación de una sonoridad impresionante que el maestro Inbal llevó con mano izquierda mientras la derecha blandía una batuta nunca incisiva, bastón de mando permitiendo expresar los juveniles sentimientos de dolor de este segundo movimiento.

El Scherzo bruckneriano no tiene nada de broma y fue maravillosa la continuidad emotiva de todos los músicos llevados con primor por el maestro israelí, con unos metales que siempre me recuerdan las obras organísticas de este compositor católico (no sé si apostólico y romano).

El Finale majestuoso, casi cinematográfico y más resurrección que transfiguración de un “dios Wagner” pero también del mejor Mahler cuyo tiempo ya ha llegado y personalmente creo que el de Bruckner.

La propina auténtica “fuerza del destino” de una JONDE rotunda y madura llevada por un juvenil Eliahu Inbal que regaló de memoria toda su experiencia verdiana con esta obertura llena de gusto, dinámicas, expresividad y manejo orquestal como una de las batutas históricas todavía vivas. Viva VERDI.

Piano para locos e inocentes

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Viernes 23 de junio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), Grandes Intérpretes: Víkingur Ólafsson (piano): “Mozart y sus contemporáneos”. Obras de Galuppi, C. Ph. E. Bach, Haydn, Cimarosa y Mozart. Fotos: Fermín Rodríguez.

Dícese del Hospital Real que “Fue para locos e «inocentes», devino Universidad y en sus salas se conjugan tradiciones musicales” trasladadas al bellísimo Patio de los Mármoles de este hospital encargado por los Reyes Católicos para enfermos pobres y peregrinos que con el emperador Carlos empezará a albergar también a los locos e «inocentes». La Universidad de Granada instaló aquí su sede principal en 1980 con el Rectorado y la Biblioteca Central “donde aquellos empeños quizá se continúen en forma de conocimiento y mapa del mundo, cartografía del espíritu humano y sus meandros que toda biblioteca puede contener” y el Festival también trae un mapa del piano clásico con todos los meandros en este recital del mediático pianista islandés, una de las figuras del “sello amarillo”.

Al pianista Víkingur Ólafsson (Reikiavik, 1984) se le ha calificado de atípico por los programas elegidos y cómo los cohesiona, nos trajo para este recital en el Festival las mismas obras que grabó en 2021 para DG “Mozart & Contemporaries” aunque en distinto orden, desde el más puro Clasicismo pianístico del genio de Salzburgo, pasando por “papá” Haydn, C. Ph. E. Bach (el quinto hijo de “Mein Gott”) junto a los menos escuchados en las 88 teclas por ser más operísticos caso de Cimarosa o “Il Buranello” que abría sesión cual preparación estilística al esperado “tour de force” de hora y media.

La forma de intercalar las obras del islandés es digna de analizar, no se rige por tonalidades afines o aires contrapuestos sino que parece responder a un momento vital y personal como el vivido esta calurosa tarde-noche granadina. Los pájaros parecían querer sumarse a los trinos al inicio con el Andante spiritoso de la Sonata nº 9 en fa menor de Baldassare Galuppi (1706-1785), y las palomas querían escuchar el primer Rondó en fa mayor, K 533/494 (1786) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Poco a poco llegaba la luz crepuscular y sonaba el más clásico de los Bach, Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788) con el Rondó en re menor, Wq 61/4 (1785), misma forma y tonalidad relativa pero recreo o recreación musical total. Más que suficiente para comprobar que Ólafsson es único por y en todo. Como el volcán impronunciable de su tierra pasa de la erupción rompedora, explosiva, a la más delicada estrella boreal. Su sonido es limpio, claro, preciso, inmaculado, donde el uso de los pedales parece de otro mundo y engrandece cualquier obra por «pequeña que sea». Podemos escuchar todas las notas escritas mimadas en su duración exacta y con toda la gama de matices posible.

Sin pausas, enlazando cada obra sonaría Domenico Cimarosa (1749-1801) y su Sonata nº 42 en re menor arreglada por el propio V. Ólafsson, sonidos casi orgánicos en un piano estratosférico de volúmenes extremos y fraseos degustando hasta los silencios.

Globalidad y preparaciones tímbricas antes del puro Mozart a pares, la Fantasía nº 3 en re menor, K 397 (¿1782?) y el Rondó en re mayor, K 485 (1786), melodías del genio que recuerdan al Beethoven coetáneo de entonces, frescura expositiva, silencios grandiosos, noche luminosa y mágica donde Ólafsson se plegaba, mandaba, respiraba, emocionaba.

Un puente mínimo ya plenamente enamorados del piano otro arreglo del islandés para la Sonata nº 55 en la menor de Cimarosa, sin necesidad de razonar estilo o época, capaz de sonar como barroco trastornado en este hospital real, la música sin etiquetas para disfrutarla en toda su extensión desde el universo en blanco y negro del piano.

De Joseph Haydn (1732-1809) la Sonata para piano en si menor, Hob XVI:32 (c. 1774-1746) fue el mejor ejemplo de la escritura más que el período clásico, inspirador en todos los compositores elegidos pero con un aire común que el piano unifica. No es cuestión de analizar o ver cambios modales o tonos relativos de Mozart a Haydn con la fuerza del sordo de Bonn conviviendo en la Viena imperial y con el islandés paladeando una sonata exigente y contrastada, extremismos emocionales desde la pasión y fuerza en los tiempos rápidos al deleite y recreación del intérprete en los lentos, buscando sonidos siempre claros aunque cambiase la atmósfera.

De nuevo como preparando al genio Mozart que Ólafsson disecciona compás a compás con tres joyas que parecieron una: Kleine Gigue, en sol mayor, K 574 (1789), sólo pequeña de título y enorme interpretación, la conocida por todo estudiante Sonata para piano nº 16 en do mayor «Sonata facile», K 545 (1788), nuevo calificativo satírico del juguetón Mozart, delicia en los tres movimientos con el Allegro al límite sin errores, el riesgo controlado con la limpieza exquisita, los fraseos y la pausa subyugante antes del Andante, inocencia o locura antes del Rondó. Allegretto culminando esta sonata que enlazaba con el Adagio en mi bemol mayor, del Quinteto de cuerda nº 4 en sol menor, K 516 (1787) arreglado por el pianista. La capacidad de exprimir cada detalle, cada frase, la melodía precisa y presente con una musicalidad personal que hace un Mozart islandés lleno de contrastes como la propia tierra nórdica.

Y otra vez los tiempos lentos para comprobar el trabajo sonoro desde el piano, Galuppi y el Larghetto de la Sonata nº 34 en do menor, dolor, oscuridad interior llena de luz, la isla de Burano en otoño y otra inocente locura en el piano de Ólafsson antes de repetir con Mozart en otra terna que iría de la pasión a la interiorización total: la Sonata para piano nº 14 en do menor, K 457 (1784) tripartita y casi “revolucionaria” más que “patética”, Sturm und drang (tormenta e ímpetu) en sus tres movimientos  (Molto alegro – Adagio – Allegro assai), contrastes brutalmente delicados dando paso al Adagio para piano en si menor, K 540 (1788) y cual siguiente plegaria que acalló hasta el respirar, la transcripción que hiciese Liszt del Ave verum corpus, K 618 (1791), escuchar este himno sin coro ni orquesta con la misma emoción e interiorización que el original, el respeto del Abate por el “inocente loco de Salzburgo” ingresado en estos extramuros históricos.

Público entregado, discreción en los saludos y si los 90 minutos “de disco” el directo los mejora, el regalo del CD dedicado a “Mein Gott”, de la Organ Sonata nº 4, BWV 528, el II. Andante (Adagio) en transcripción de August Stradal redondeando un gran recital de un gran intérprete con personalidad propia transmitiendo un sonido único que las grabaciones nunca reflejarán como pudimos escuchar todos los melómanos que llenamos el Patio de los Mármoles más cálido que nunca por ese juego de palabras que no nos dejó fríos a ninguno de los presentes, salvo alguna “loca” quejándose de lo largo que merecía quedarse ingresada como “pobre de espíritu”…

Títeres atemporales

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Miércoles 21 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada. Palacio de Carlos V, Universo vocal (Ópera I): El retablo de maese Pedro: “Un tríptico sobre Don Quijote”. Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Alicia Amo (soprano), David Alegret (tenor), José Antonio López (barítono), Juan Carlos Garvayo (clave), Aarón Zapico (dirección musical); Compañía Etcétera, Enrique Lanz (dirección de escena, títeres, escenografía y proyecciones). Obras de Telemann, Boismortier y Falla.

Segunda oportunidad para disfrutar de un espectáculo que hace años Antonio Muñoz Molina llamaba “El teatrillo de mundo”, los títeres de cachiporra que en Granada llaman “cristobicas” o en Jaén (como en Asturias) chacolines, una fiesta para niños y mayores que nunca pasará de moda cuando las historias son pura literatura. El texto de “El retablo de maese Pedro” se basa en el capítulo XXVI de la segunda parte de “El Quijote” cervantino, con unas líneas de otras partes de la obra. En este capítulo, el titiritero Maese Pedro llega por casualidad a la misma venta en La Mancha de Aragón donde se encuentran Don Quijote y Sancho. Es la obra que representa Maese Pedro con sus títeres, la historia de la francesa Melisendra, esposa de don Gayferos, a quien tenía cautiva el rey Moro Marsilio, más la liberación por parte del enamorado de esta dama con el final de la persecución por parte de los moros. Llegado este lance, don Quijote en su locura no se da cuenta de que son títeres, destruyendo teatro y muñecos con el fin, según él, de salvar a los fugitivos.
El 25 de junio de 1923 se estrenó en el palacio de la princesa de Polignac en París El retablo de maese Pedro de Manuel de Falla, una de las obras escénicas más singulares e importantes de la historia de la música española. Concebida como una breve ópera de cámara para títeres, la obra se había escuchado ya en marzo de aquel mismo año en el teatro San Fernando de Sevilla, pero en versión de concierto. Para el estreno parisino Falla contó con la colaboración del profesor, grabador y escenógrafo Hermenegildo Lanz (Sevilla 1893 – Granada 1949). En 2009, su nieto Enrique Lanz, líder de la prestigiosa Compañía Etcétera, creó unas marionetas gigantes para presentar la obra en el Teatro Real que también se llevó al Auditorio de la capital asturiana gracias a la Fundación Ópera de Oviedo, y son esas marionetas las que llegaron al escenario de la Alhambra en dos funciones para celebrar su centenario.
Este jueves ya rodada la primera representación, todo encajó a la perfección: una OCG bien balanceada pese a su disposición, con una cuerda delicada (bravo el concertino), precisa y bien contrastada, las lengüetas encajando, los metales en su justa presencia, el clave “histórico” escuchándose más presente y límpido (con un Garvayo que no falla) y la percusión de Noelia Arco encajada en membranas, pandereta y castañuelas… hasta el eolífono o máquina de viento (que algún periodista en el estreno confundió con corrientes que se colaron en el palacio renacentista de Machuca) sopló más precisa “enlazando aires”. Aarón Zapico mantuvo la tensión necesaria para no dejar nada fuera de control, dominio absoluto tanto de la música como de la escena, mimando al trío vocal que este jueves la amplificación “trató mejor”, y en general un excelente “tríptico quijotesco” capaz de aglutinar y organizar una acción donde las épocas barroca y rococó junto al neoclásico de Falla, todas sin pausas, se organizaron para que el número final tuviese la preparación ideal que ayudase a entender toda esta ópera imperial más que camerística, espectáculo total completando un programa donde la magia volvió a surgir y creer que los títeres tienen vida propia y cantan.
Si el día del estreno la tarde mojó los títeres haciéndolos aún más pesados, la segunda fue perfecta y la compañía de Enrique Lanz volvió a triunfar (pese a algún espectador con los pulgares abajo desconociendo su rechazo). La música unió una acción en siete cuadros donde los títeres grandes cantan y presentan el “teatrillo” ya mágico manteniendo la esencia de hace 100 años. Arrancando alguna que otra risa, Melisendra encantadora con el concertino poniéndole el sentimiento, rescatada a caballo por Don Gayferos, los clarines, los “chacolíes” azotando y la música reforzando, títeres que contemplan los grandes, los cervantinos que cantan y actúan, el esforzado Trujamán de Alicia Amo, el niño de “doble voz”, el Maese Pedro de David Alegret que da con la campana el arranque de la acción, y el potente Don Quijote de José Antonio López todavía más corpóreo que su réplica gigantesca blandiendo la espada con la que desbarata el “tinglado”.
Pero la música de Telemann y Boismortier alternándose como si fuese única ex profeso para el espectáculo redondeó el éxito. Sabia organización del director langreano, un Aarón Zapico con tablas y conocimiento de este repertorio barroco diseñado desde la óptica escénica que encajaría perfectamente con Falla, el pregón musical y después de Maese Alegret invitándonos al palacio cual venta desde la Sinfonía que abriría el telón para que Alicia Trujamán fuese narrándonos la acción de “los Etcétera”.
Final de “Estocadas reveses y mandobles” que no destrozan sino que resucitan este retablo centenario donde Melisendra será Dulcinea y el tríptico sobre Don Quijote una ópera imperial que nos haría despertar después de 100 años con “otro sueño de una noche de verano granadino”.
P. D.: Muy recomendable la exposición en el Centro Federico García Lorca hasta octubre de este año comisariada por Andrew A. Anderson.
Ficha:
Palacio de Carlos V, jueves 22 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada. Universo vocal (Ópera I): El retablo de maese Pedro: “Un tríptico sobre Don Quijote”. Obras de Telemann, Boismortier y Falla.
Reparto:
Orquesta Ciudad de Granada (OCG) – Alicia Amo, soprano (Trujamán) – David Alegret, tenor (Maese Pedro) – José Antonio López, barítono (Don Quijote) – Juan Carlos Garvayo, clave – Aarón Zapico dirección musical. Compañía Etcétera. Enrique Lanz dirección de escena, títeres, escenografía y proyecciones.

De princesas y emperadores

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Miércoles 21 de junio, 22:00 horas. Inauguración del 72 Festival de Granada. Palacio de Carlos V, Universo vocal (Ópera I): El retablo de maese Pedro: “Un tríptico sobre Don Quijote”. Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Alicia Amo (soprano), David Alegret (tenor), José Antonio López (barítono), Juan Carlos Garvayo (clave), Aarón Zapico (dirección musical); Compañía Etcétera, Enrique Lanz (dirección de escena, títeres, escenografía y proyecciones). Obras de Telemann, Boismortier y Falla.

Granada y Manuel de Falla forman un tándem inseparable desde que el gaditano la visitase varias veces a partir de 1915 hasta instalarse en 1921. La ciudad de Lorca uniría al poeta universal con el compositor y con el artista Hermenegildo Lanz, que llegaría a la ciudad nazarí en 1917, amistades que entre tanto talento dejarían “Los títeres de Cachiporra de Granada” junto al musicólogo Adolfo Salazar, o la “Fiesta del Día de los Reyes Magos” también con el llamado teatro guiñolesco. La princesa de Polignac encargaría a Falla El retablo de maese Pedro, especie de ópera de cámara moderna (que terminaría el 6 de enero de 1923) inspirada en estas funciones con títeres, y se estrenaría en el palacio parisino un 25 de junio de 1925, donde se utilizaron dos tipos de títeres: muñecos grandes para los personajes del público y figuras planas para los personajes del retablo.
Cien años después, “El retablo” sigue siendo palaciego, mejor en la Granada imperial de Carlos V que en el París de los “felices años 20” con la heredera de Singer (el de las máquinas de coser), invadido por el mismo espíritu original de Lorca, Lanz y Falla (muy recomendable la exposición en el Museo Casa de Los Tiros”El pasado presente” sobre el centenario del retablo hasta el 3 de septiembre) y que tenía que estar en este histórico Festival.
Todo un espectáculo en torno a la figura de Don Quijote con la OCG bajo la batuta del asturiano Aarón Zapico que pergeñaría un tríptico desde el barroco que domina desde sus inicios musicales, hasta este Falla centenario, una música global sin pausas con la inspiración literaria para unas músicas que sonaron como un “sueño de una noche de verano” con cumpleaños feliz tras detenerse las tormentas.
Con el palacio al completo en esta inauguración donde no faltó nadie ni nada, comenzaría a sonar Georg Philipp Telemann (1681-1767) y la Burlesque de Quichotte, obertura-suite en sol mayor, TWV 55:G10 (1716), la OCG ubicada atendiendo a la escenografía posterior y con las lengüetas algo separadas que tardaron en ensamblarse, con un Zapico pisando el acelerador apostando por los contrates y tempi arriesgando con una respuesta orquestal impecable y de auténtico barroco.
Sin pausas, aguantando desde la dirección la tensión que enlazaría en una unidad increíble seguiría Joseph Bodin Boismortier (1689-1755) con fragmentos de Don Quichotte chez la Duchesse, op. 97 (1743), misma tensión barroca, cuerda precisa, viento empastando mejor, percusión más “a tempo” y un clave “histórico” algo apagado pese a una amplificación suficientemente discreta que no logró el balance ideal que el Palacio de Carlos V necesitaría para esta música del XVIII con una orquesta del XXI, aunque la entrega de los músicos y su respuesta a la dirección del asturiano fue digna de admiración.
Y con la proyección en el “sobretelón” de los títeres quijotescos llegaría el esperado «El retablo de maese Pedro» (1919-1923) de Manuel de Falla (1876-1946).
El trío solista ubicado a la izquierda pero la acción de la maravillosa Compañía Etcétera de Enrique Lanz, volviéndonos niños nos hizo creer realmente que los títeres cantan, mantienen la acción en total compenetración con la música, y la amplificación que no siempre ayudó a las voces aunque la producción posterior seguramente encuentre el equilibrio justo. Con el cambio al clave “histórico” de Juan Carlos Garvayo, algo limitado en volumen pero con momentos de presencia impecable, una OCG sin limitarse en plantilla a la ideada por Falla, pues el palacio imperial necesitaba más músicos que el salón de “La Polignac” y una sincronización perfecta entre música y escena, Maese Pedro interpretado por el tenor David Alegret daría la pauta de este teatrillo al que cien años no son nada ante su actualidad en todos los aspectos, de amplificación compleja que no ayudó a disfrutar de su color ni textos. Del Trujamán interpretado por la soprano Alicia Amo comentar que tuvo la complejidad vocal de las transiciones entre un timbre de niño con los cambios dramáticos y la no siempre clara dicción, creo que debida a mi cercanía (fila 8) que mezclaba el sonido directo con el amplificado, aunque compensada por esos “cambios de registro” que ayudaron a la conjunción escénica necesaria. En cambio Don Quijote del barítono José Antonio López, siempre seguro de calidad y emisión, no tuvo las diferencias entre «natural y artificial» de su proyección y sensación de poderío, tanto corporal como de proyección, ventajas de esas voces que ni siquiera cambian el color ni la presencia tan necesarias para este Quijote de Falla.
Triunfo total de Enrique Lanz y toda su compañía, un equipo entregado hace años que volvía a dar vida a unos títeres históricos, familiares, con una escena tan creíble como bella con todo lo que conlleva mantener y actualizar un legado centenario. Espectáculo total es la ópera incluso de cámara, el Falla libre para crear esta joya tan actual como entonces desde la grandeza imperial que al fin es justa con una partitura bien leída e interpretada por un elenco al mando del maestro Zapico, conocedor de primera mano de esta producción que ya vivió e interpretó en Oviedo allá por 2009 desde el clave, y con mando absoluto este miércoles de festejos múltiples, llegada del verano para una noche primaveral donde Falla sigue presente y vigente.
La magia prosiguió en la noche granadina sin movernos de La Alhambra, asturianos y hermanos gallegos cerrando círculos y experiencias que mejor contarlas de palabra, pues hay sentimientos y casualidades en la vida que darían para una película. La banda sonora será de Falla…

Granada día 0

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Mañana 21 de junio comienza la 72 edición del Festival de Granada. Historia viva de nuestra música española y siempre unido al nombre de Manuel de Falla, el gaditano enamorado de la capital nazarí. Este 2023 y ya jubilado será todo un orgullo, además de enorme placer, asistir y contar desde aquí lo que me espera en un mes que será inolvidable y tal vez la envidia de todo melómano.

En mis años de estudiante con el profesor Casares, Granada y su festival ya eran algo para no perdérselo, y si además es parte de mi propia historia personal por estar casado con una psicóloga licenciada en esta universidad, era lógico que nos escapásemos a compartir recuerdos de juventud. Mi profesión docente estaba siempre marcada por el calendario escolar, lo que no impedía pasar algunos días de las vacaciones de navidad en esta  ciudad mágica, y mi primera vez en el festival fue en su edición 60 de 2011, conociendo en persona al siempre añorado «El Pérez» con quien comentar su monografía sobre Mahler que ya preparaba segunda edición ampliada, pudiendo escaparme al concierto que no podía perderme, puesto que mis admirados Forma Antiqva actuarían en el Auditorio con un programa que sería un hito en la historia de los langreanos y además la llevarían al disco «con un par», tras una de mis mejores experiencias musicales que reflejé en aquel blog que comenzaba su andadura en 2008 pero donde Granada sería el punto de inflexión.

Con motivo de los 70 años del Festival, ya peinando canas y próxima la jubilación, María del Mar Peña directora de «La oculta Granada» me pedía unas notas que de nuevo plasmé en este blog tras la mudanza con la que cambié de plataforma pero no de sentimientos, rememorando mi primera escapada al Festival (con mayúscula pues no hay otro igual). Ahí escribía hace dos años: «…toda una vida plena que espero volver a disfrutar cuando llegue mi esperada jubilación donde el calendario no será escolar sino plenamente melómano y los conciertos de junio y julio en la ciudad de La Alhambra sigan llenando mi mochila de viajes desde “Siana al mundo y con la música por montera”. Larga vida al Festival de Granada», y aquí estoy cumpliendo un sueño, como rezaba el titular de prensa «el sueño de varias noches de verano».

El 72 Festival arranca con una celebración única, el centenario de «El Retablo de Maese Pedro», una producción que la Ópera de Oviedo nos llevó al Auditorio en diciembre de 2009 enamorándonos de Hermenegildo Lanz y ahora su hijo, repitiendo ahora esta celebración nada menos que en el Palacio de Carlos V y con mi querido Aarón Zapico dirigiéndolo (en Oviedo estaba al clave) al frente de un plantel de voces conocidas y algunos de los principales atriles de la Orquesta Ciudad de Granada, que dirige Lucas Macías compartiéndola con la Oviedo Filarmonía (al final la conexión norte-sur funciona mejor que el tren o los aviones…).

Si hace 12 años tenía «la obligación» de asistir, este 2023 ya es «devoción». Imposible mejorar esta inauguración en una ciudad mágica, en un alojamiento increíble y agradecido a Antonio Moral, a Teresa del Río y a este Festival poder vivir en primera persona esta experiencia que ya forma parte de mi mochila musical y vital, pues «Falla no falla». Con un mes por delante lo difícil ha sido elegir entre tanta oferta magnífica y preparar mi estancia. Seré «Un asturiano en Granada» durante un mes, y esto no tiene precio.

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