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Jubilosa banda sonora sinfónica

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Viernes 27 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV OSPA: «Jubiloso Strauss». Roman Simovic (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Miklos Rózsa y Richard Strauss.

Este cuarto de abono tenía todo para disfrutar de una sesión casi cinematográfica, una conferencia previa titulada «DE HÉROES Y VILLANOS» a cargo de Eduardo Chávarri, autor de las notas al programa, el regreso, por quinta vez si no falla mi blog, del director y violinista Roman Simovic, que nunca defrauda, colaborador artístico de la OSPA junto a otros más donde también se encuentra el Cuarteto Quiroga del hoy concertino invitado Aitor Hevia, nuevamente con Simovic y esta vez con Fernando Zorita de ayudante, el titular Coelho al frente (que también se pasó a saludar al inicio de la conferencia antes de la prueba acústica) y sobre todo un programa para gran orquesta de aires cinematográficos con los que el director, como el cinematográfico, debe manejar una ingente plantilla de numerosos «extras» y además en una «toma única» que da toda la emoción al directo. El disfrute fue total, casi merecedor de un oscar, pues hasta las propinas resultaron como los «bonus track» de los DVD que ahora disfrutamos los cinéfilos desde la comodidad del sillón aunque nada como la pantalla grande, y así fue este viernes el auditorio.

Interesante lo que nos contó el doctor Chávarri con sus ilustraciones musicadas, primero del húngaro Miklós Rózsa (1907-1995) al que conocemos por el cine tras instalarse en Hollywood, especialmente por «Ben Hur» que fue galardonado varias veces más, y que en «La vida privada de Sherlock Holmes» de 1970 (dirigida por Billy Wilder) se escucha en la banda sonora al protagonista tocando el violín que aparece como compositor, una adaptación para el film de «la Metro» del segundo movimiento de su Concierto para violín, op. 24 (1953)en estructura clásica tripartirta: I. Allegro non troppo ma passionato  – II. Lento cantabile – III. Allegro vivace, con la colaboración, dedicatoria, grabación y estreno del virtuoso Jascha Heifetz. Esta vez Roman Simovic (Montenegro, 1981) con su Stradivarius pienso que mejoró al destinatario porque su violín es mágico, su musicalidad contagiosa (de respigar el II. Lento cantabile), el sonido fluye cómodo y vertiginoso cuando así le exige, la orquesta arropa y escucha (con un clarinete inspirado), química total con ella, de sonoridad plena en el último movimiento, y además compartida con un Nuno Coelho como gritando Acción! en esta «película» majestuosa, así que el concierto del compositor magiar al completo nos permitió disfrutar tanto del músico  afincado en Londres como de los primeros atriles (hoy varios segundos en esta primera parte) para «otra banda sonora», la auténtica música sinfónica del pasado siglo que las grandes orquestas también van incorporando a su repertorio.

El belga Eugène Ysaÿe (1858-1931) es uno de los preferidos de los violinistas por su riqueza melódica y virtuosismo, por lo que Simovic nos dejó tras su Rózsa (para recuperarlo en RNE2 cuando lo emita), no una sino dos propinas de las seis sonatas: el impresionante Prelude, primer movimiento  de la nº 2, «Obsesion», ese inicio bachiano para una auténtica lección en solitario del maestro, y más lujo con la conmovedora primera parte del Lento molto sostenuto de la nº 3 «Ballade», perfecto final de esta primera parte que nos dejaba preparados y listos para afrontar una segunda parte «jubilosa», cinematográfica sin imágenes pero con mucha música.

Con la plantilla de cine ya preparada se pudo afrontar a Richard Strauss (1864-1949) al que la OSPA parece regresar puntualmente para ponerse a prueba en todas las secciones y los directores tomar el pulso de la formación asturiana, y tras unas palabras explicativas del maestro portugués, arrancaba el Don Juan TrV156, op. 20, verdaderamente jubiloso, majestuoso y grandioso, heroico por momentos, idílico en otros, casi para una nueva banda sonora con este mito que en estos tiempos está tan mal visto pero que el compositor muniqués enfoca como la búsqueda de su mujer ideal, coincidente con el momento joven en que conoció a su esposa. Como director conocía la orquesta como pocos, y siendo hijo del trompa solista de la ópera de la capital bávara escribió para ellas pasajes que son la verdadera prueba de examen, esta vez la sección asturiana sólo se quedó en «aprobado y rapado» (como decía en mis años de docente) porque en ella se aprecian los errores más que los aciertos. Mejor calificación para el resto de metales, subiendo nota la cuerda homogénea comandada por Hevia, hoy reforzada y necesaria ante la inmensidad del viento, muy brillante la madera y excelente la percusión, todos bien ensamblados por un Nuno Coelho que está recuperando la ilusión y buen hacer de nuestra orquesta «treintañera».

Si a Walt Disney le hubiesen descongelado, estoy convencido que habría rodado una tercera versión de «Fantasía» donde necesariamente Las divertidas travesuras de Till Eulenspiegel, TrV171, op. 28 tendrían su momento, ya todos los solistas en su sitio comenzando por la excelencia del clarinete, hoy Till Weisgerber pero también Eva García, y por supuesto el resto en una chispeante versión llevada al detalle por el maestro portuense, muy atento a las dinámicas y su balance, claro en los cambios de ritmo, apostando por aires para degustar la acción. Cada sección brilló con luz propia, todas las escenas protagonistas y con nota, quedándome de nuevo con una madera hoy inspirada y engordada que hacía más difícil un empaste ideal. El próximo de abono en Oviedo (10 de febrero) seguiremos «revolucionando» con Shostakovich bajo el mando de otro conocido, Ari Rasilainen tras Haydn y su concierto de cello con otra nueva visita (la sexta que tenga controlada desde 2011 en el auditorio ovetense) de Daniel Müller-Schott. Sería buena idea ordenar los programas al revés, para quedarnos con el buen recuerdo de los solistas.

Cuarto concierto de abono muy aplaudido por su vitalidad, calidad y con más asistencia de la habitual, esperando se recupere la afición perdida. Finalmente un consejo para el prócimo: controlar desde taquilla, especialmente on line, las butacas asignadas a los abonados para no ofrecerlas a la venta -es cuestión de «cerrarla» en el ordenador- y así evitar malos tragos a los implicados. Hoy estaban libres las contiguas, pero no quiero pensar lo que sucedería en caso contrario, y más cuando servidor lleva en la misma localidad todos mis años en el Auditorio con la OSPA, incluso en época pandémica de restricciones con las ventas individuales, solo con un breve cese de convivencia tras el que «recuperé mi asiento».

Metamorfosis del Ospedalle della Pietà

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Jueves 26 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertos del Auditorio: Metamorphosen Berlin, Alban Gerhardt (violonchelo), Wolfgang Emanuel Schmidt (violonchelo y director). Obras de Vivaldi, Haydn, Janácek y Karayev.

Como en la mítica serie de RTVE «El ministerio del tiempo», este jueves pude recrear con la formación Metamorphosen Berlin, mayoritariamente femenina, con la plantilla ideal (5-4-3-2-1) y su director Wolfgang Emanuel Schmidt el ambiente que debía respirarse en el Ospedalle della Pietà veneciano y viajar por el túnel musical para esta metamorfosis desde Viena a Chequia y Azerbaiyán (sin prisiones), pues esta orquesta de cuerda  «femenina» transitó por todas las épocas con la misma calidad, solvencia, desparpajo con esa sonoridad germana. Si además podemos contar con Alban Gerhardt al violonchelo (aún recuerdo su ya lejano concierto de intercambio astur gallego con la OSPA) en vez del originariamente previsto Johannes Moser (otro conocido del auditorio y también con un enero tan completo como el de 2010), más el propio Schmidt «compitiendo» y compartiendo, la ficción se volvía feliz realidad en un programa rico, variado y sufrido pues el estruendo de toses ha vuelto para quedarse, olvidándonos de los «tiempos de mascarilla» así como de los modales perdidos. Si me olvido del niño y lo cambio por los comentarios a mi alrededor, sigue igual la entrada que hice el pasado noviembre. Pero ni así consiguieron que viajásemos en el tiempo. Schmidt ha conseguido de la Metamorphosen que suene como un solo instrumento,  el ideal orquestal: disciplinada, atenta, rica en dinámicas y con una formación a su altura donde las solistas confluyen para interpretar igual de certeros todos los estilos posibles (sus grabaciones siempre han tenido premios) plegándose a lo que el director les exige en cada momento. Su gira con Oviedo, «La Viena española» parada ya obligada, seguro que será todo un éxito y lo comprobaremos en la prensa digital.
Del llamado «Petre rosso» veneciano muerto en VienaAntonio Vivaldi (1678-1741), con un amplísimo catálogo que no gustaba nada a Stravinski (enterrado en San Michele), y por paradojas de la vida decía del «cura rojo» que «no compuso cientos de obras sino una repetida cientos de veces», escucharíamos con Gerhardt y Schmidt el Concierto para dos violonchelos en sol menor, RV 531 (I. Allegro – II. Largo – III. Allegro) que evidentemente tiene la sonoridad del veneciano, la estructura barroca típica, la plantilla ideal incluyendo el clave, y el encuentro de dos grandes del cello que se entendieron a la perfección haciendo escucharlos (con permiso de griposos, griposas y griposes) como si de uno solo se tratase. Cadencias impolutas, balances perfectos con la orquesta y dinámicas «de libro» en otro de los conciertos para dos instrumentos, el único para dos cellos y el primero doble, con ese Largo que Michel Talbot tilda de «una tristeza casi autobiográfica» en el movimiento lento como bien refleja en las notas al programa (enlazadas en obras) de Alberto González Lapuente.
Y dejando a Gerhard en solitario para tomar la batuta Herr Schimdt, uno de los conciertos ideales del repertorio para cello, el del austriaco Franz Joseph Haydn (1732-1809), Concierto para violonchelo en do mayor, Hob. VII b:1 (I. Moderato – II. Adagio – III. Allegro molto) quien da el paso del barroco al clasicismo aunque se note el conocimiento de «papá Haydn» del estilo previo pero escribiendo para un cello ya en plenitud siguiendo los consejos de Josep Weigl, su destinatario y compañero en la corte de Eszterhazy. El Matteo Goffriller de 1710 en las manos de Alban Gerhardt fue oro de muchos quilates, corpóreo y con un arco impresionante para disfrutar de cada cadenza en los tres movimientos, especialmente el Adagio central donde las dobles cuerdas me llevaría a la Viena del veneciano.
La propina tenía que ser con los dos cellistas, Gerhardt y Schmidt, que «tomaba prestado» el de Lai (quien se sentaría en la silla del clave ya vacío) para la virtuosa locura de J. B. Barrière (1707-1747) y el Allegro prestissimo de su «Sonata en sol mayor, que Schmidt tiene grabada con otro grande como Jens Peter Maintz, esta vez algo menos «prestosa» aunque mi versión sea digna de escucharse (siempre pongo los links para quien quiera curiosear).
La segunda parte nos acercó el tiempo con otras dos figuras de la composición para orquesta de cuerda, comenzando con Leoš Janáček (1854-1928) y su Suite para cuerdas, JW VI/2 (I. Moderato – II. Adagio – III. Andante con moto – IV. Presto – V. Adagio – VI. Andante), la «metamorfosis pura» por empaste, sonoridad, atriles de lujo para una partitura juvenil como la orquesta berlinesa, ritmos contrastados en cada uno de los seis movimientos, el folclore bien entendido y llevado a la orquesta que la calidad de esta formación alemana brindó y brilló a gran altura.
Para concluir, el poco escuchado compositor azerbayiano Gara Garayev, Qara Qarayev ó Kara Karayev (1918- 1982) cuyas Tres miniaturas (Berceuse, Ayse, Danse) nos supieron a poco por lo maravillosas que son y sonaron, especialmente la Danse final vertiginosa que sacó a relucir el potencial de una cuerda empastada (comandada por Indira Koch), joven, disciplinada y siempre atenta en las dinámicas que Schmidt les señalaba, lucimiento de cada primer atril en los tres «aires», metamorfosis orquesta con director, que como cellista conoce al mínimo detalle.
La primera propina, grabada por ellos mismos, «Palladio» (1995) de Sir Karl Jenkins (1944), reconocible sintonía que lo simpático resulta cuando escuchas detrás de ti tras presentarla Schmidt «no sé lo que dijo porque es alemán».
Y otro tanto con la segunda  propina de Antonín Dvořák (1841-1904), el Scherzo (vivace), tercer movimiento perteneciente de la Serenata para cuerdas en mi mayor op. 22 en otra prueba de empuje, sonido envidiable casi como en el CD donde la tienen grabada, virtuosismo y alegría por un viaje musical de altos vuelos sin moverme de la butaca.
Violines primeros: Indira Koch, Elsa Claveria, Sumin Jo, Mariya Tkachyk, Johanna Müller.
Violines segundos: Alexia Eichhorn, Mariami Machaidze, Isabel Morey, Inka von Puttkamer.
Violas: Anastasia Maschkowski, Tobias Mehling, Karolina Pawul.
Violonchelos: Yehjin Chun, Benjamin Lai (excepto en Vivaldi).
Contrabajo: Randall Nordstrom.
Clave: Neil Fellows (sólo en Vivaldi).
Entrevista para LNE:

El piano argentino

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Miércoles 25 de enero, 20:00 h. Teatro Jovellanos, concierto 1660 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Franco Broggi (piano). Obras deA. Williams, Fernández Languasco, J. Aguirre, GuastavinoGinastera y Piazzolla.

Volvía a Gijón en este frío enero (se notó en las toses) a los conciertos de su Sociedad Filarmónica para escuchar al joven pianista argentino Franco Broggi (Santa Fé, 1995), de gira por varias ciudades de España y final en París con parada en la capital de la Costa Verde trayéndonos un programa de música escrita por seis compatriotas suyos, compositores del pasado siglo y actuales, de quienes las excelentes notas al programa del doctor Ramón Sobrino son un documento para guardar por su redacción llena no ya de historia bien documentada sino también del conocimiento personal que atesora el catedrático ovetense; también podemos escuchar en Spotify© las listas que para cada concierto nos prepara a los socios una joven directiva que sigue trabajando en la difusión de la música de cámara y apoyo a los jóvenes intérpretes dentro del ciclo patrocinado por la Fundación Alvargonzález.

En su anterior visita a Asturias en octubre de 2019 (que me perdí por estar aún convaleciente), Franco Broggi interpretó junto a la Orquesta Universitaria dirigida por Pedro Ordieres el Concierto Andino para piano solista del organista y compositor hispano-argentino Hugo Fernández Languasco (Paraná, 1944), afincado en Ponferrada, hoy presente en el teatro y del que pudimos disfrutar dentro de sus Evocaciones Líricas el tercer Cuaderno «Martín Fierro» (En el campo – Atardecer – El legado), así titulado por inspirarse en los textos de «El Gaucho Martín Fierro» de José Hernández Pueyrredón.

Tres obras contrapuestas y exigentes para el pianista argentino al que eché de menos un poco más de fuerza en la mano izquierda en los tiempos rápidos, especialmente en la última, para mayor contraste dinámico, aunque su Atardecer resultó íntimo, delicado y con una sonoridad ideal así como los rubatos que sin entrar en «chauvinismos» debemos reconocer que en estas músicas nacionalistas, ser del país ayuda y nuestra propia historia hispana así lo ha corroborado con grandes pianistas españoles que defienden nuestras obras como nadie.

En el caso de Broggi este tercer cuaderno me hace esperar que pueda afrontar los otros dos que el maestro Fernández Languasco ha escrito pues creo que en Franco ha encontrado el intérprete ideal para ellos, recreando las atmósferas de la pampa y el trabajo del gaucho, la familia y la amistad que les une. Al finalizar su interpretación el compositor subió a saludar junto al pianista, siendo muy aplaudido por un público heterogéneo donde la juventud va tomando poco a poco el relevo.

El programa arrancaba con El rancho abandonado op. 32 nº 4 de Alberto Williams (1862-1952)  perteneciente a En la sierra op. 32 (1890) que puso a prueba los agudos del Steinway© sin poder dar todo el colorido que esta partitura tiene, y la mejor forma de comenzar un programa vasto como la propia Argentina por épocas, estilos y danzas. Proseguiría esta primera parte con Julián Aguirre (1868-1924), famoso por otras obras más populares aunque esta vez serían dos al piano, muy rítmicas y sin pausas, la movida Huella op. 49, de nuevo necesitada de más energía en los graves pero bien tocada, y Gato, casi virtuosística con esos ritmos tan contagiosos de nuestros hermanos argentinos, buscando el equilibrio y sonido entre las partes melódicas y las casi guitarrísticas, mucho mejor en la parte central más reposada antes de la repetición.

Argentina tiene dos G en su historia musical, Ginastera y Guastavino, comenzando por éste para cerrar y abrir ambas partes y casi nexo necesario haciendo más comprensivo todo el repertorio pianístico elegido para la ocasión. Su Sonatina en sol menor (I. Allegreto – II. Lento muy expresivo – III. Presto – IV. Las niñas) de Carlos Guastavino (1912-2000) conjuga en el piano el lirismo de sus canciones (la conocida en todas las versiones posibles Se equivocó la paloma o la bellísima La rosa y el sauce por citar solo dos) junto a los ricos ritmos de su tierra (cuencas, zambas, vidalitas, valses, milongas y tantos más) siempre con delicadeza, y así la entendió el pianista santafesino: arpegios limpios de aires románticos en el primer movimiento, el canto criollo sentido del segundo, y el complejo tercero por sus polirritmias y sensación orquestal, desde el conocimiento del lugareño. Y de Santa Fe como Broggi la obra Las niñas originalmente para dos pianos (1948), número inicial de Tres romances argentinos que volvió a dejarnos melodías inconfundibles con ritmo, armonías y rubati tan del gusto de Guastavino, un piano redondo, cercano, juguetón además de bellísimo.

De la otra «G», Alberto Ginastera (1916-1983) su Sonata nº 1 op. 22 (I. Allegro marcato – II. Presto misterioso – III. Adagio molto appassionato – IV. Ruvido ed ostinato) es obra para virtuosos donde Broggi  volcó lo mejor de su aún corta carrera, capaz de integrar folklore con los avances de los años 50 como solo quien conoce el recorrido puede interpretar, poderoso y enérgico en los dos primeros movimientos, con esa politonalidad en ambas manos del Presto al alcance de pocos, el apacible y apasionado por íntimo Adagio para acabar con un cuarto totalmente orquestal (siempre nos recordará Malambo) lleno de polirritmias que no pierden el pulso al más puro estilo Stravinski tamizado por la inspiración de Ginastera.

Y había que terminar con el gran Astor Piazzolla (1921-1992), irrepetible, ya un clásico, rompedor y totalmente actual con su forma de afrontar el llamado «nuevo tango», eligiendo Adiós Nonino (versión para piano) en homenaje a su padre que los que también le perdimos sentimos ese dolor como propio. Interpretación la de Broggi completa, jugando con los dos temas contrastados no ya en velocidad sino en emoción, versión que sin ser la primigenia nos permite sentirla como obra de concierto de total actualidad más que un bailable, reconocible y redondo arrancando un espontáneo y merecido «¡Grande Pibe!» de acento porteño para el santafesino, que nos regalaría el Bailecito de Guastavino, pues no podía ser otro colofón.

Si Ramón Sobrino (también presente acompañando al profesor ya plenamente berciano Fernández Languasco) titulaba sus notas «Pianismo nacionalista argentino», está claro que el concierto de Franco Broggi mantuvo esa globalidad desde las obras al intérprete que seguro comenzará a estar presente en las salas de concierto. Si tienen la posibilidad de conectar con el Canal March escucharán y verán este mismo programa el domingo y el lunes a las 12:00 horas en la Fundación Juan March de Madrid, aunque seguro quedará por una temporada en sus archivos.

De NY a OV

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Viernes 20 de enero, 20:00 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo Jazz. Moisés P. Sánchez 4tet: Dedication II. Entrada butaca: 8 €.

Un conocido slogan llevado a pegatinas y todo tipo de merchandising ponía «I❤️NY» que este viernes de Jazz podría cambiarse por  «I❤️OV» siendo Oviedo un pequeño New York con la música del Cuarteto de Moisés P. Sánchez (Madrid, 1979) que presentaban 13 años después de su Dedication la segunda parte tras una grabación donde junto al pianista madrileño también estuvieron el contrabajo de Antonio «Toño» Miguel (Zaragoza) y el saxo tenor de Javier Vercher (Madrid, 1978), más la batería de Borja Barrueta (Getxo, 1975) que para esta gira patrocinada por el CNDM (donde es artista residente) y la posterior grabación cuentan con la joven Naima Acuña (Londres, 1988) quien con ese nombre tan coltraniano por sus padres de Pontevedra, estaba predestinada al jazz y nos sorprendió gratamente en este concierto. Este regreso hecho música de NY a OV con el Moisés P. Sánchez 4TET pareció la banda sonora de Williams B. Arrensberg, el viajero o emigrante cercano del siempre recordado Úrculo, vista a la Catedral y maletas llenas de sentimientos.

En poco tiempo Moisés P. Sánchez volvía a Asturias, pero si en Gijón nos acercó a Bach, en esta «Dedicatoria» nos trajo la música y el músico (como bien nos explicó el propio pianista a un Teatro Filarmónica lleno hasta la bandera recordando a Philip Glass), el disfrute para todos y la profesión no ya de intérprete sino también como compositor de unos temas muy trabajados y variados en inspiración y escritura, llenos de matices, cambios de ritmos, estilos y enfoques siempre ricos en las exposiciones pero todavía más en las improvisaciones, ese «cocer» las melodías en vivo, el directo irrepetible y grandioso para un concierto que tocaba este cuarteto tras la presentación en Madrid.

Arrancando con una Dedication trece años después nos pondría en ambiente Moisés con P de Picasso, el pintor universal del piano capaz de sonar como Jarret o Evans, McCoy Tyner junto a Mehldau o Corea, e incluso toques de Chano con Camilo, músicas atlánticas caribeñas pero con sello propio, «Moisés P punto» dominador de todos los lenguajes desde el suyo, excelente dibujante, académico azul y rosa, colorista, cubista y gigantista por equipararlo con el malagueño universal del que este años se cumplen los 50 años de su muerte. Y la paleta del trío se engrandece con un saxo tenor de paleta tan grande como la del maestro,  Javier Vercher jugando con la caña para engrandecer cada tema, evocaciones de Coleman Hawkins y John Coltrane, de Benny Carter y Ben Wester, Dester Gordon, Lester Young y Charlie Parker, pero incluso nuestro Iturralde, tantos maestros donde el saxofonista madrileño, como su paisano y amigo pianista, han bebido. Cada tema e improvisación de Sánchez con la réplica sonora de Vercher. Y la sección rítmica increíble, rotunda, clara y precisa, creativa del contrabajo del seguro Toño Miguel más una batería de Naima Acuña que con un set no muy grande logró una tímbrica hermosa, baquetas, escobillas, mazas o manos, unos platillos más allá de lo ambiental y sobre todo un toque de caja luminoso, clamorosamente colorido, imprescindible incluso en los silencios.

En esta dedicatoria nueva desfilamos por Pennsylvania con el hotel, hoy desaparecido, del mismo nombre en el 401 de la 7ª Avenida de Manhattan, justo enfrente de la estación Pennsylvania Station y el Madison Square Garden, cercano al estudio de grabación donde Moisés esperaba al ayudante de sonido que no aparecía. Recuerdos de angustias previas y felicidad final tras unos tiempos de juventud que hoy son el poso a una vida con el piano protagonista siempre, el jazzman que transita por estados de ánimo, imágenes llevadas a los pentagramas casi papiros o periódicos del día a día. Otro tanto de Melancolía necesaria para disfrutar del cuarteto, ambientes, atmósferas, el plato cocinado por los cuatro donde cada solo, cada combinación tímbrica nos llevaría por tantos mundos que conviven en la música por excelencia del siglo XX, ya interiorizada sin etiquetas en el actual. Obras que funcionan como suites, unidas por un músico que disfruta y contagia su música, polirritmias, acordes melódicos, exuberancia sonora y todos los calificativos que mi tocayo Pablo Sanz nos deja en las notas al programa.

Seguirían los estrenos, y Dedication II como reflejo de los trece años que llenan la mochila, mucho trabajo y menos pelo, el estudio por tantos estilos y compositores, de Shostakovich a Gershwin pasando por Beethoven (su próximo acercamiento), Europa y el Caribe aterrizando en los EEUU que tanto han influido en la historia, la musical incluida. Introducción libre, efectista, evolución bebop, tributo «clásico» a Chopin o Rachmaninov (otro de aniversarios) y el siempre insustituible Waltz for Debby del «dios Evans» sonando en esta dedicatoria segunda.

Y entre dioses no podía faltar «el Monje«, The Monk con una intro de Naima portentosa, poderosa, seguida por un Javier heterodoxo, el sustento de Toño y el vuelo por el universo de las 88 teclas pero sacando color al blanco y negro, banda sonora sentimental, sonido expansivo muy bien amplificado por los técnicos de la casa. La iluminación la pondría el 4TET de Moisés.

Para cerrar programa otra «locura» del músico y compositor transversal (como así le han definido), Dodecatónico, con intervenciones de sus tres músicos impresionantes para una partitura compleja por sus motivos dodecafónicos, polirritmias, matices extremos y las genialidades del directo que dejaron atónito a un público tan variopinto como la música del Cuarteto y el empuje de la gallegolondinense.

De propina Nobody knows what’s behind (Nadie sabe lo que hay detrás), títulos en inglés como Naima y el origen primigenio para esta segunda parte que también es buena contradiciendo el dicho, impregnada en mi memoria del mejor Bach y el recuerda de su Cantata 147, alegría de los hombres de buena voluntad tocados por el eterno y universal lenguaje de la música.

Aire, viento y huracanes sinfónicos

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Sábado, 10 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: CONCIERTOS DEL AUDITORIO. Sergei Dogadin (violín), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Erkoreka, Beach y Chaikovski.

Un sábado ya con aires navideños, sin viento pero con un huracán sinfónico en el auditorio ovetense con cambio de última hora que no impidió respirar una atmósfera musical perfecta, sin apenas toses porque hubo momentos donde los pianísimos y la emoción cortaron el aire.
Nuevos aires en los programas de los conciertos, apostando por compositoras de calidad, históricas y hasta actuales.
Vientos de cambio al organizarlos colocando el concierto con solista en la segunda parte, que  vengo reclamando hace tiempo.
Obras que pasan como ciclones, otras con vientos del norte y un aire gélido que no mata sino que resucita.
La música popular siempre ha sido motivo de inspiración para los grandes compositores, y los tres de este sábado tenían mucho de esos aires, populares hasta en muchas de nuestras expresiones: en asturiano el llamado «airín de las castañas» (definiciones varias al final), nos dan ventoleras, «darse un aire», y así podría continuar porque hubo aire, viento y hasta huracanes en muchas de las acepciones que comento al final de esta entrada para solaz de quien llegue hasta ellas.
Y todo me vino por la primera obra del concierto, Tramuntana (2017) del bilbaíno Gabriel Erkoreka (1969), que en las excelentes notas al programa (enlazadas al inicio en las obras) el doctor Ramón Sobrino explica al detalle: “Tramuntana –según describe el propio compositor– aporta a la orquesta una evocación única del sonido del viento”, ese viento frío y turbulento, que, viene desde “más allá de las montañas”, para soplar sobre Baleares y el nordeste de Cataluña. En la obra “los instrumentos de viento y cuerda se alternan en momentos que van desde la calma hasta la turbulencia, en los que la percusión juega un papel destacado mediante el uso de timbales, sobre los que se colocan diferentes objetos que sirven para articular la estructura de la obra”. En Asturias no tenemos tramontana pero la obra levantó algún murmullo porque el numeroso público que acudió no tiene el oído entrenado a estos aires novedosos aunque tenga referencias a melodías catalanas donde el oboe casi suena a flabiol si bien esperaríamos más viento del norte con chistu. Obra compleja la del vasco y no solo para la sección de viento de la OFil, también para los dos percusionistas y en general para toda la orquesta de la que su titular Lucas Macías Navarro saca «hasta debajo de las piedras» (o de los pentagramas) lo mejor de ella en todo lo que afrontan. La confianza mutua se nota, el momento actual les permite sonar con una amplia gama de matices en cualquiera de los estilos a los que están acostumbrados. El oído se entrena como la vista, los gustos también. Las preferencias son otra cosa, pero Velázquez y Kandinski no son excluyentes y disfrutar de ambos lleva su tiempo. Y la obra de Erkoreka demostró esa complicidad necesaria entre director y orquesta sin perder de vista la labor pedagógica de conocer «nuevas músicas» que dan otros aires a intérpretes y aficionados.
La compositora y pianista estadounidense Amy Beach (1867-1944) comienza a recuperarse poco a poco en este siglo XXI después de triunfar en su país en tiempos más difíciles que los actuales. Su Gaelic Symphony op. 32 en mi menor (1894-96) es su primera gran obra sinfónica que tiene aires románticos cercanos en el tiempo, utilizando melodías tradicionales irlandesas-gaélicas que como asturianos nos suenan cercanas por la parte «celta», rítmica y melódicamente. Sus cuatro movimientos (I. Allegro con fuoco; II. Alla siciliana- Allegro vivace; III. Lento con molto espressione; IV. Allegro di molto) nos permitieron disfrutar de una partitura con calidad y elementos de disfrute sonoro donde cada sección y primeros atriles tuvieron sus momentos de protagonismo, con un Macías que les deja respirar esos pasajes manteniendo siempre un sonido compacto lleno de matices. Movimientos con aires europeos, reminiscencias de Dvořák que pareció guiar a los norteamericanos por el mejor camino sinfónico donde Beach es una de las primeras en seguirle. Viento metal y viento madera arropados por una cuerda clara y precisa, los aires al pie de la letra, fogoso el primero, danzable el segundo, expresivo el tercero con el violín primoroso de Marina Gurdzhiya, más el último muy rápido y brioso con la música de Miss Amy sonando más grandiosa de lo esperado, aires de gloria con alguna ventolera, pasajes evocadores y casi cinematográficos para esta música irlandesa exportado a los Estados Unidos, que aún sigue alimentándose del folclore del viejo continente porque el viento del este no ha dejado de soplar.
A última hora se comunicaba en una hoja impresa a la entrada, que Daniel Lozakovich se veía «obligado a suspender su compromiso en Oviedo debido a un problema personal sobrevenido», siendo sustituido por Sergei Dogadin que llegaba por la mañana para el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 35 de P. I. Chaikovski (1840-1893), una de las obras cumbres de la literatura violinística que no suele faltar en el auditorio de «La Viena española» a lo largo de estos años. Si el virtuoso sueco tiene un currículo impactante, el del ruso no se queda a la zaga, ganador igualmente del Primer Premio del Concurso Internacional Chaikovski (2019), así que lo difícil estaba hecho: encontrar un solista de la misma categoría que el previsto, y la profesionalidad fue solo una brisa comparada con el huracán de toda la segunda parte.
Con un violín Domenico Montagnana (Venecia 1721) cedido por a Rin Collection de Singapore, Dogadin y Macías formaron el mejor tándem posible para interpretar los tres movimientos del concierto de Chaikovski, entendimiento mutuo, máxima atención y tensión por parte de los músicos y sensación de triunfo nada más escuchar el ataque del I. Allegro moderato: sonido redondo en los graves, agudos penetrantes, una cadenza de quitar la respiración con todos los recursos posibles, un arco magistral, armónicos incisivos como murmullos, aire fresco en la interpretación del virtuoso ruso donde se notan no ya sus maestros sino el largo recorrido tanto en la música de cámara como solista con las mejores orquestas y batutas. La II. Canzonetta: Andante nos puso la piel de gallina, emoción y entrega con una concentración por parte del solista y concentración por el resto gracias a un Macías atento a todo, dejando fluir la música de Dogadin y escucharla todos para la mejor interpretación, disfrute compartido en un aire contenido, casi pintando el aire de los pájaros de Casals desde el violín. Y sin miedo para nadie, arriesgando en las velocidades siempre exigentes para todos, el III. Allegro vivacissimo donde confluir la técnica con la música, necesaria una para la otra, claridad en la concertación de Macías, vuelo huracanado de Dogadin, respuesta global de la orquesta y el paso del huracán por el escenario que nos limpió con el aire puro de Chaikovski.

Si el vértigo del último movimiento no fuese suficientemente fuerte, el paso del huracán traería su coletazo a modo de propina: el Paganini «endiablado» de las Variaciones sobre «La Molinara» de Paisiello, toda una lección de música para virtuosos sin fuegos artificiales, solo el disfrute del sonido del violín en las manos de Dogadin que nos hizo olvidar quién era el programado para aplaudir la rapidez y eficacia de los organizadores de estos conciertos (especialmente Cosme Marina) donde las cancelaciones nunca han supuesto merma de calidad y las suspensiones se han convertido en cambios de fecha, sin perder la esperanza ni el ánimo.

ALGUNAS DEFINICIONES DE LA RAE:
Aire: 3. m. viento (‖ corriente de aire). 4. m. Apariencia, aspecto o estilo de alguien o de algo. 5. m. Parecido, semejanza, especialmente de las personas. 6. m. Vanidad o engreimiento. 7. m. Ínfulas, pretensiones, alardes. 9. m. Primor, gracia y brío en el modo de hacer algo. 11. m. canción (‖ música de una canción). 12. m. coloq. Ataque parcial y pasajero de parálisis u otra afección que se manifiesta instantáneamente. 14. m. Mús. Grado de presteza o lentitud con que se ejecuta una obra musical. 15. m. pl. Aquello que viene de fuera alterando los usos establecidos e impulsando modas, corrientes o tendencias nuevas. 16. interj. U. para incitar a una o varias personas a que despejen el lugar donde están o a que se pongan a su tarea lo más pronto posible.
Viento: 1. m. Corriente de aire producida en la atmósfera por causas naturales, como diferencias de presión o temperatura. 5. m. Cosa que mueve o agita el ánimo con violencia o variedad. 6. m. Vanidad y jactancia. 7. m. Cuerda larga o alambre que se ata a una cosa para mantenerla derecha en alto o moverla con seguridad hacia un lado. 8. m. coloq. Expulsión de los gases intestinales. 9. m. Mar. rumbo (‖ dirección trazada en el plano del horizonte). 11. m. Mús. Conjunto de instrumentos de viento de una orquesta. U. t. en pl. con el mismo significado que en sing.
Huracán: 1. m. Viento muy impetuoso y temible que, a modo de torbellino, gira en grandes círculos, cuyo diámetro crece a medida que avanza apartándose de las zonas de calma tropicales, donde suele tener origen. 2. m. Viento de fuerza extraordinaria. 3. m. Suceso o acontecimiento que causa destrucciones o grandes males. 4. m. Persona muy impetuosa.

Ventolera: 1. f. Golpe de viento recio y poco durable. 3. f. coloq. Vanidad, jactancia y soberbia. 4. f. coloq. Pensamiento o determinación inesperada y extravagante.

Aire de les castañes: vientos muy típicos del otoño en el Principado, de ahí la procedencia de su nombre, ya que se dan cuando «cae» la castaña, aunque pueden darse en cualquier época del año. El aire de las castañas es un viento del suroeste asociado a las borrascas atlánticas, suele soplar con una intensidad moderada.

El piano de ayer y hoy

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Miércoles 7 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1657: Noelia Rodiles (piano). Obras de Sánchez Allú, Rueda y Schubert.

La pianista avilesina Noelia Fdez. Rodiles (1985) volvía a casa con un programa hispano alemán que aunaba el romanticismo y la visión actual, demostrando estar en plena madurez vital y artística, mostrando las dotes que la han encumbrado entre las mejores de nuestro panorama, que sigue exportando talento desde hace décadas, asombrando con su trabajo minucioso al afrontar obras de distinto calado con las que se encuentra igual de «cómoda», sin etiquetas, aunque está claro que su Schubert no podía faltar, recordándome a otra pianista del pasado siglo como fue Alicia de Larrocha.
Y es que Rodiles continúa en su línea, melodismo puro, pasión y delicadeza, sonido muy trabajado en cada detalle, entrega total más una honestidad al afrontar cada partitura digna de elogio. Así comenzaba su concierto en el Jovellanos con la Sonata para piano op. 1 en mi bemol mayor del salmantino Martín Sánchez Allú (1823-1858), una maravilla recuperada por la asturiana gracias a la Fundación Juan March, pianismo con recuerdos de Mozart o Beethoven, estructura de sonata clásica en cuatro movimientos pero muy bien elaborada, con momentos profundos que Noelia Rodiles exprime desde su conocimiento y las notas al programa de  María Alonso Bustamante ayuda a comprender aún mejor. Al escuchar estas obras rescatadas del polvo, siempre me pregunto qué hubiera sido de Sánchez Allú si su vida fuese un poco más longeva y de cuánto nos privó su joven muerte. Patrimonio hispano a la altura del alemán que Noelia Rodiles interpretó de manera magistral.
La Sonata nº 5 «The Butterfly Effect» (2017) del madrileño Jesús Rueda (1961) ya la conocía por ser una de las que conforman el CD del año 2020 con el mismo título y su escucha en vivo siempre resulta deliciosa por la destinataria de esta inspirada obra en tres movimientos con las «Mariposas» de Schumann como feliz disculpa, Wings impresionista, Evanescent y etéreo de sonoridades propias donde el pedal debe ir en el lugar justo, y el virtuosismo del Perpetuum Mobile, un verdadero ciclón donde dudo entre calificarlo como delicadamente pasional o pasionalmente delicado. No hubiera estado mal escuchar las otras dos obras de encargo (Magrané y David del Puerto), pero Schubert nos esperaba toda la segunda parte.
La versatilidad refinada de Noelia Rodiles le permite reunir como ella dice, «ofrecer el gran repertorio… junto con obras que se han quedado olvidadas o perdidas», y lo grande vendría con los Seis momentos musicales, D. 780, op. 94 de Franz Schubert (1797-1828). No es cuestión de poner en duda el orden pues el presentado fue alternando aires y expresión con una limpieza infinita, reposado el más conocido de ellos como el nº3, arriesgado como el quinto y vibrante el último, siempre «cantabile» incluso en los más rápidos, aportando ese buen hacer y elegancia de la avilesina en este repertorio tan exigente que con su aparente sencillez lo hace todavía más grande.
Las propinas otras dos joyas de ayer y hoy, hispana y alemana, la Rapsodia Asturiana de Benjamín Orbón (1879-1944), paisano suyo que siempre se agradece escucharlas aunque sea de propina, pues «la tiene siempre en dedos«, y el maravilloso arreglo que el gran Wilhelm Kempf hiciese sobre la Danza de los espíritus bienaventurados o Sgambati del «Orfeo y Euridice» de Gluck.
De nuevo el piano de ayer y hoy, de siempre, gran repertorio con obras que no pueden olvidarse ni perderse, el compromiso de Noelia Rodiles en este último del año en Gijón, que siempre se lo agradezco. Espero que 2023 siga siendo tan fructífero como este que vamos acabando, con música por supuesto.

Literatura musical con ‘Malats’

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Miércoles, 30 de noviembre, 19:45 h. Teatro Filarmónica, concierto 16 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Trío Malats. Obras de MalatsSuk y Mendelssohn.

Crítica completa para LNE del viernes 2 de diciembre sin problemas de espacio, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva, que la prensa no suele admitir.

Tarde desapacible y poco público, aunque siempre fiel el abonado de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, para finalizar este noviembre invernal desde la mejor escuela de melómanos e intérpretes como es el teatro de la calle Mendizábal, hoy punto de partida de un viaje casi literario por partida triple, donde el Trío Malats, formado por Victor Martínez (violín), Alberto Gorrochategui (chelo) y Carlos Galán (piano) rendían su particular homenaje en los 150 años del nacimiento de Joaquín Malats (1872-1912), compartiendo programa con Josef Suk (1874-1935) y Felix Mendelssohn (1809-1847) en otro aniversario, los 175 de su muerte.

El trío como formación de cámara llenaría los salones románticos hasta los primeros años del pasado siglo, y no faltarían en aquellas pujantes sociedades filarmónicas que hoy luchan por sobrevivir -como las tres asturianas- transportándonos hasta la actualidad en estos reductos musicales. Trío también como género para que los grandes compositores experimentasen con su escritura cual laboratorio sonoro donde el piano conformaba un “sinfonismo a escala reducida” junto a violín y chelo que, además de enriquecer texturas, encontraban la sonoridad buscada antes del paso a las grandes salas de concierto. Los tres compositores elegidos por el Trío Malats son buen ejemplo para interpretar la música de cámara desde distintas épocas y estilos, manteniendo el buen gusto por la escritura “de salón” ejecutada desde la complicidad de tres solistas de altura unidos para latir con un solo corazón en un viaje donde la música no necesita palabras.

La Elegía op. 23 (1902) del checo Suk, alumno de Dvorak, quien influiría enormemente en este género de cámara, sirvió para abrir el concierto, obra en memoria del escritor de novelas y poemas épicos bohemios Julius Zeyer (1841-1901) con esa inspiración literaria expresada por la propia definición de “elegía”: «composición lírica en la que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro acontecimiento infortunado», casi epílogo para el alemán y prólogo del catalán Malats, un niño prodigio que además de excelente pianista, interpretando con 14 años a Beethoven o Mendelssohn, nos dejó páginas tan conocidas como su Serenata española junto a otras menos difundidas, caso del Trío en si bemol mayor, que “El Malats” está ayudando a programar. Tres movimientos con un piano rotundo, lógico en un intérprete como el barcelonés, especialmente en el Allegro; más trabajado el lírico Andante con los tres instrumentos equilibrados en sus intervenciones; más un vertiginoso Vivace final, escritura para virtuosos con aires parisinos de la época estudiantil sin perder el “mediterraneísmo” despojado de folclorismos pero igual de popular y tan catalán en todas las artes de las que la música también bebería.

Palabras mayores la elección de Mendelssohn al que Malats tenía entre sus preferidos y ahora “su trío” interpretaría en la segunda parte: el Trío nº 1 op. 49 en re menor, cuatro movimientos muy exigentes, nuevamente para el piano, donde disfrutar del ambiente que reinaba en la casa del hijo del banquero judío en Leipzig acompañado de otros contemporáneos, romanticismo puro de salón que pide al trío máxima compenetración, demostrada con creces por estos brillantes músicos reunidos en este repertorio que degustamos en la “sala Mendizábal” de este teatro rodeado de mucha arquitectura y literatura -también musical- en cuatro movimientos, primero cual romanza sin palabras, sueños de una noche de verano del segundo, aires escoceses del scherzo o el último esbozo sinfónico escritos por el gran compositor redescubridor del “dios Bach”.

Y la propina del llamado “Brahms ruso” aunque de origen suizo Paul Jon (1872-1940), otro gran compositor de tríos además de sinfonista no lo suficientemente conocido ni difundido, con nuevo tributo a los escritores de “literatura de viajes musicales”, dejándonos una miniatura de ensueño, Rêverie op. 18 nº 3 ampliando las fronteras del Trío Malats en este acercamiento al género de cámara siempre bienvenido para público e intérpretes, rescatando del olvido páginas que nos transportan a salones europeos sin movernos de nuestra butaca en la centenaria sociedad filarmónica ovetense, “La Viena española” en los años 20 ya de este siglo XXI.

Tres de tres

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Miércoles, 30 de noviembre, 19:45 h. Teatro Filarmónica, concierto 16 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Trío Malats. Obras de MalatsSuk y Mendelssohn.

Reseña para LNE del jueves 1 de diciembre escrita desde el teléfono móvil con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva, que la prensa no suele admitir.

Segundo concierto del penúltimo y frío mes en la centenaria sociedad filarmónica ovetense, el decimosexto del año (diciembre aún nos dejará otros dos más) y una de las pocas oportunidades que se presentan de escuchar en vivo el Trío en si bemol de Joaquín Malats (1872-1912) -coincidiendo con el 150 aniversario de su nacimiento- que lo ofreció precisamente quienes llevan el nombre del compositor catalán, Trío Malats, ofreciendo un programa que incluyó también la Elegía Op. 23 de Josef Suk abriendo concierto, más el siempre admirable Trío nº 1, Op. 49 en re menor de Mendelssohn ocupando toda la segunda mitad.

Victor Martínez (violín), Alberto Gorrochategui (chelo) y Carlos Galán (piano) forman este Trío Malats uniendo sus carreras individuales con mismo corazón para difundir por todo el mundo el nombre del músico barcelonés, también promocionando obras españolas actuales sin olvidarse de los grandes compositores universales en todo estilo y época con esta agrupación camerística por excelencia, premiada con varios galardones en una carrera muy asentada. Trío de músicos y de obras para disfrutar del género más experimental en la historia.

Suk y su elegía cual prólogo, poesía por la muerte con el amplio sentido de la palabra lírica, cuerdas y piano de salón ambientando este concierto.

Malats mucho más que un homenaje, aires mediterráneos del Allegro, perfume francés de estudiante en el Andante central, más todo el fin de siglo cosmopolita con el Vivace de un trío respetuoso con su “mentor” entregados en feliz entendimiento.

Mendelssohn siempre grande por escritura, exigencia a sus intérpretes, especialmente el piano, romanticismo puro y laboratorio sinfónico a tres, viaje al Leipzig de banqueros y mucha música donde nos llevaron estos tres tríos.

El final de viaje tuvo parada extra con Paul Juon conocido como “el Brahms ruso” concluyendo un largo trayecto para el poco pero agradecido y entendido público de “La Viena española”, necesitado de estas músicas de salón más que de antitusivos.

Vetusta tiene su música

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Sábado 26 de noviembre, 20:00 h. Sala principal del Auditorio de Oviedo: Conciertos del Auditorio. Sheku Kanneh-Mason (chelo), Elsa Benoit (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Raquel Rodríguez, Haydn y Mahler.

Crítica completa para La Nueva España del lunes 28, sin recortes por el espacio, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Siempre es un placer asistir a un estreno, más si es de casa y sumándole que es una compositora asturiana joven pero con larga trayectoria como Raquel Rodríguez (1980), para redondear un concierto donde convivían con la carbayona nada menos que “papá Haydn” y Mahler, cuyo tiempo ya ha llegado hace más de un siglo, tradición y modernidad en la sempiterna y melómana Vetusta.

Oviedo Filarmonía (OFil) sigue creciendo bajo la batuta de su titular Lucas Macías, quien prosigue su apuesta por incluir mujeres compositoras en los conciertos, y este sábado abría un ciclo titulado “Mapa Sonoro de Vetusta” estrenando «Albidum, camino hacia las estrellas» de la ovetense, cinco movimientos partiendo del origen de la palabra latina traducida como blanquecina, uno de los probables orígenes del topónimo de la capital del Principado para una historia sinfónica y asturiana, siglos traídos al nuestro con la música de bella factura y mucho oficio de Raquel Rodríguez. Obra contundente en efectos y efectivos, cinco etapas bien comentadas en las notas al programa de mi compañero Jonathan Mallada, escritura muy elaborada cual banda sonora desde los indígenas astures en peregrinación al Salvador, el Júpiter efectista guiando ese “campo de estrellas” para una orquesta luminosa bien llevada y estudiada por su titular, una “introspección” con la diosa Trivia completando el simbolismo de una página sinfónica más que blanquecina resplandeciente, largamente aplaudida por un público que la entendió cercana, luminosa y cálida.

A Franz J. Haydn (1732-1809) se le considera el padre de la sinfonía y del cuarteto de cuerda, con amplia y variada producción donde el Concierto para violonchelo nº 2 en re mayor, Hob. VIIb:2 ocupa lugar preminente entre sus obras más escuchadas, esta vez con otro joven intérprete, Sheku Kanneh-Mason (Nottingham, 1999) quien con 13 años ya maravillaba en este repertorio concertístico que se puede disfrutar en internet (ganador del premio BBC al mejor músico joven del año 2016), y con el que triunfó el pasado septiembre en la capital británica junto a la Philharmonia londinense volviendo en febrero del año que viene siempre con el cartel de Sold out en todos ellos -es una verdadera estrella dentro y fuera del Reino Unido desde su popularidad tras tocar en la boda de los emigrados a EEUU ex duques de Essex– y que llevará el próximo diciembre a la Sociedad Filarmónica de Bilbao con la Camerata Salzburg, por lo que era de esperar y muy esperada su interpretación desde su dominio técnico, unido al sonido maravilloso y corpóreo de su chelo, siempre bien concertado por el maestro Macías en sus tres movimientos “clásicos” llenos de energía, especialmente el adagio central y el virtuosismo en el rondó final, de sonoridad cálida, contenida por momentos, que desde el podio mantuvo el equilibrio concertando con las manos para lograr mayor expresividad, especialmente en una cuerda siempre aterciopelada, perfecta compañera de viaje.

El regalo del inglés todo un “clásico moderno” de Burt Bacharach, I Say A Little Prayer que conocimos cantado por Aretha Franklin, sacando del cello, sin arco, una sonoridad actual en este arreglo tan popular como el propio Sheku Kanneh-Mason, juvenil hasta en su “camisa africana”, más allá de modas, épocas o costumbres.

Y si Gustav Mahler (1860-1911) decía que el tiempo de su música aún no había llegado, hoy es el más grabado e interpretado de la historia, por lo que no puede faltar en toda temporada que se precie, esta vez con su Cuarta sinfonía estrenada por el propio compositor hace ahora 121 años, un 25 de noviembre, y con no muy buena acogida del público -de hecho estaría reelaborándola hasta unos meses antes de su muerte y a la que llamaba su “hijastro”-. Excelente orquestación aunque más “ligera” que en otras sinfonías, pero perfecta para la plantilla de la formación ovetense y poder disfrutar todas y cada una de las secciones de la OFil con Lucas Macías dominador de la partitura memorizada hasta el último detalle, jugando y apostando fuerte en los aires muy controlados y respondidos a la perfección por “su orquesta”, cortando la respiración en el Ruhevoll, poco adagio tan profundo o más que el de la viscontiana Quinta, para una cuerda en estado de gracia por su sonoridad compacta y uniforme, hasta llegar al último movimiento, Sehr Behaglich (Muy cómodo) ya con la soprano francesa Elsa Benoit cantando los primeros versos de Das himmlische Leben (La vida celestial) perteneciente a la colección Des Knaben Wunderhorn (El cuerno mágico de la juventud), «lied» sinfónico cantando el goce celestial del hombre maravillado pero confundido, que se pregunta con ojos de niño el significado de todo ello, agradeciendo la proyección del texto traducido. Volumen suficiente de la cantante y pura emoción mahleriana, de nuevo con la orquesta en su mejor momento, un universo sinfónico plagado de estrellas en cada primer atril, disfrutando de Birgit Kolar como concertino por partida doble (utilizado otro para la “scordatura” del segundo movimiento) y redondeando una tarde joven para todas las edades.

Toda una premonición cumplida en esta galaxia musical astur para disfrutar de un sábado donde la OFil con Lucas Macías fueron las estrellas gastronómicas en versión sinfónica bien cocinadas y servidas, brillando con luz propia para cerrar estos placeres melómanos con un viaje por la estrellas de Vetusta.

Estrellas sinfónicas

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Sábado 26 de noviembre, 20:00 h. Sala principal del Auditorio de Oviedo: Conciertos del Auditorio. Sheku Kanneh-Mason (chelo), Elsa Benoit (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Raquel Rodríguez, Haydn y Mahler.

Reseña para La Nueva España del domingo 27 escrita desde el móvil con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Concierto estelar donde no faltó de nada: un estreno mundial de la ovetense Raquel Rodríguez (1980) con el título de «Albidum» (uno de los probables orígenes del topónimo Oviedo) subtitulada “camino hacia las estrellas”; otro brillo en el firmamento con el famoso cellista inglés Sheku Kanneh-Mason, popular mundialmente al tocar en la boda real de los ex duques de Essex; más la Cuarta de Mahler con la soprano francesa Elsa Benoit en el último movimiento, goce celestial visto con los ojos de un niño y el placer melómano.

Más que las estrellas gastronómicas de la Guía Michelín (que vamos ganando para Asturias), este último sábado de noviembre con un Auditorio lleno y supongo hambriento, disfrutamos nada menos que de tres soles sinfónicos:

Primera: Raquel Rodríguez, mucho más que un contundente entrante femenino al que el “master chef” Macías se ha comprometido en servirnos cada menú por él elaborado esta temporada. Un plato para repetir en cualquier momento por su calidad, sabor y guarnición.

Segunda: número 2 de los conciertos para violonchelo de Haydn, donde el plato principal sería el solista británico, un Sheku de camisa y etnia subsahariana para paladear en tres pasos, conectando desde el principio con el titular onubense, maridando y madurando con una orquesta que sigue brillando en cualquier carta siempre bien servido.

Un sorbete original de propina en pizzicato Forever and ever de la oración que nos cantase la gran Aretha Franklin.

Y tercera, digna de ser doble para el Mahler siempre contundente, tradicional pero actual 121 años y un día del estreno de su cuarta sinfonía, donde el sabor especial lo da incluir “La vida celestial”, poema del «Cuerno mágico de la juventud» con soprano en el último movimiento, la francesa Elsa Benoit cual verdadera esencia final para una hora de esta “sinfonía de mortales” donde alcanzar el paraíso mahleriano, magnífica sinfonía de ángeles bien acompañada por el jefe Macías y respetuoso silencio final antes del aplauso unánime.

Merecidas estrellas sinfónicas para este menú que ofreció tres platos estelares, por los ingredientes (compositores de ayer y hoy) junto a unos condimentos especiados y servidos por unos intérpretes esenciales para alcanzar este firmamento musical, desde el primero al último, con una Oviedo Filarmonía que “liga con todo” y brilla en la galaxia sonora de Vetusta, con mejor salud que Don Gustavo.

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