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Don Alfredo, la muerte no es el final

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Este sábado 31 de octubre se cumplían once años del fallecimiento del Maestro Alfredo de la Roza Campo (Santa Marina de Siero, 1925 – Oviedo, 2004) y «su» Escolanía San Salvador le rendía homenaje con una Misa en San Isidoro oficiada por su párroco Don José Luis Alonso Tuñón, y cantando porque es la mejor forma de mantener vivos a nuestros seres queridos, desde el inicial Cerca de tí, Señor hasta La muerte no es el final pasando por una de las misas compuestas por el propio Don Alfredo, cuyas partituras calígrafas eran mejores que las de imprenta, porque así era este sacerdote que ejerció su pastoral por y desde la música, con alumnado a lo largo de muchos años al que inculcó su pasión plantando una semilla que con el tiempo ha dado buenos frutos.

La «Escolanía de Don Alfredo» sigue funcionando a la perfección, con muchos avatares (situación o vicisitud contraria a la buena marcha de algo) pero muy viva y madura, dirigida actualmente por Elisa García Gutiérrez, también organista y profesora. Por esta formación han pasado varias generaciones, incluyendo a su anterior director Don Gaspar Muñiz, sin olvidarme de Joaquín Sandúa que tanto trabajó codo con codo con Don Alfredo en la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (en los tiempos de Benito Lauret) y que le ayudó a crear junto a Manuel Ardura Nachón la Escolanía de Mieres, de breve recorrido ensayando en la entonces llamada Casa de la Juventud de Mieres en Oñón, con Javier Pérez López de responsable. Todos buenos amigos.

Y los viernes de noviembre vuelven a ser cita obligada del Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza», que con esfuerzo, como todo en la vida, alcanza su undécima edición, siendo esta Misa el verdadero arranque del mismo y siempre con nuestro Alfredo presente. El lema de este año «Nada te turbe», acertado como la música e intérpretes elegidos para la misma, cuatro conciertos #yosoydelciclo, etiqueta en las redes sociales donde la Escolanía y sus seguidores van informando puntualmente.

La Iglesia de Santa María de La Corte acogerá el día 6 de noviembre a las 20:00 horas el concierto del compositor y organista burgalés Germán Yagüe, también en su momento escolano en su tierra, ahora estudiante y organista en Oviedo, que interpretará obras de Correa de Arauxo, Pablo Bruna, Cabanilles o Frescobaldi entre otros. Buen repertorio para poner a prueba el órgano de La Corte, también con mucha historia.
Volveremos a la «sede oficial» de San Isidoro el 13 de noviembre a las 20:30 horas, la iglesia de la Plaza del Ayuntamiento, con la cantante griega Nektaria Karantzi, un referente del canto bizantino que será objeto del programa a escuchar.
El 20 de noviembre a las 20:30 horas será el turno del grupo malagueño Oniria que dirige Daniel Anarte, especializado en repertorio renacentista y barroco en una formación que seguro llamará la atención del público con sacabuches, antecesores de los actuales trombones, percusión y narrador en un concierto titulado «La música estremada», música y mística del Siglo de Oro enlazando con ese «Nada te turbe» tan teresiano con obras del Cancionero de Upsala, Francisco Guerrero, Morales, Cabezón o Victoria.
Cerrará el XI Ciclo la propia Escolanía San Salvador dirigida por el prestigioso profesor y músico argentino Gabriel Garrido, especialista del barroco y fundador del Ensemble Elyma, el 27 de noviembre a las 20:30 horas, un concierto titulado «Oh luz gozosa» con Marc Sunyer al violón, Luis Alberto Rodríguez al bajón, arpa y Elisa García al órgano, interpretando villancicos navideños con batallas y lamentos de Juan de Araujo encontrados en los archivos del virreinato peruano donde fue Maestro de Capilla en Lima, verdadera mina para rescatar repertorio hispano.
coincidiéndome con un concierto en el Auditorio, pero seguro que colofón perfecto de una música que ha encontrado su hueco en el mes que comienza con todos los santos y los difuntos, aunque como la propia letra de esta maravillosa partitura del sacerdote Cesáreo Gabaráin Azurmendi (1936-1991), autor entre muchas más de la popular Pescador de hombres, y hoy convertida como otras en himno militar, aunque fuese compuesta tras la pérdida de Juan Pedro, joven organista de 17 años de su parroquia:

«Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos,
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.
Siendo felices contigo,
sin padecer ni morir
«.

Casi palabras en boca del propio Don Alfredo, siempre en nuestro recuerdo.

Exquisito Kavakos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Leonidas Kavakos (violín y dirección), Orquesta de Cámara de Europa (Chamber Orchestra of Europe). Obras de Beethoven.

No se puede tener mejor inicio de temporada que Beethoven con dos de sus obras dirigidas juntas en Viena también por un violinista director como Franz Clement (como recuerda Ramón G. Avello en las notas del programa), esta vez Oviedo con el griego Leonidas Kavakos marcando diferencias como intérprete y aún más a la batuta, al frente de una orquesta verdaderamente excelente (también con españoles en sus filas, la flautista salmantina Clara Andrada de la Calle y el cellista leonés Luis Zorita) que nos dejó a todos con un sabor de boca difícil de olvidar. El trabajo previo se notó en cada movimiento, en cada tiempo, en cada textura, como un orfebre que haya trabajado todos los detalles, lo que nos permitió escuchar notas que están en la partitura pero no siempre salen a la superficie, y una calidad en todas las secciones que permitió disfrutar dos interpretaciones de altura.

El Concierto para violín en re mayor, op. 61 (1806) sirvió para impactarnos del sonido orquestal y solístico, más allá del Stradivarius «Abergavenny« siempre pleno de presencia, con un entendimiento más allá de la propia concertación, y un amplísimo abanico de dinámicas para una formación realmente de cámara aunque rondando los 50 músicos.

Tenía que ser un griego quien nos recordase este Clasicismo con mayúsculas, el que avanza inexorable hacia la libertad, escultura iluminando sombras y oscureciendo luces para no cegarnos y dar vida al mármol o la piedra en un concierto original desde su planteamiento inicial, Allegro ma non troppo sinfónico, pleno, con la colocación y elección instrumental estudiada para conseguir colores únicos, dos trompetas y timbales naturales a la derecha, violines enfrentados y contrabajos tras los primeros. La entrada del solista emocionando por la textura y calidez, la música fluyendo de forma natural en todos, las secciones sonando diferenciadas y uniformes, conduciendo lirismo desde una espontaneidad muy cuidada, Kavakos embriagándonos de música con el «tempo» perfecto y dirigiendo con la naturalidad de saberse entendido en cada momento, con una cadencia para paladear en cada detalle. El Larghetto trajo una cuerda sedosa, aterciopelada, equilibrada con el solista, engarzando sin problemas melodías antes de una nueva «cadenza» que puso la piel de gallina antes de atacar con exactitud germana el Rondó final, precisa la orquesta y precioso el violín, alegría, brillo, comunicación y entendimiento lleno de «rubatos» situados en el momento oportuno, midiendo hasta los calderones y con la velocidad suficiente para dejarnos con la miel en los labios por no tener aún más longitud. Orquesta de colores instrumentales únicos, plegada al ánimo del solista y director griego regalando música por todas partes en este único concierto para violín de Beethoven.

Aplausos y varias salidas para que Kavakos nos regalase la «Gavotte en rondeau» de la Partita nº 3 en mi mayor, BWV1006, un Bach perfecto en todos los sentidos, lección de arco, suavidad en los fraseos, dobles cuerdas con volúmenes diferenciados y siempre música a borbotones. Sólo podía estar Bach en medio de Beethoven.

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Eroica» (1804) me faltarán palabras para poder explicar la inenarrable versión del músico griego con la COE, pues hubo tanto para resaltar que seguro me olvido algo. La riqueza de la tímbrica fue algo único, las dos trompetas naturales presentes junto al timbalero nunca arrebatando volúmenes, el trío de trompas -que ya en dúo durante el concierto de violín sonaron aterciopeladas- como una sola por el color y orgánica en acordes; los fagotes precisos y preciosos, sonando por momentos a trompa y en el dúo con ella una nueva sorpresa auditiva; la flauta solista llena de registros emocionantes; clarinete cercanos al cello por fraseo y timbre; el oboe de una musicalidad que conmovía, con un Kavakos dejando fluir todo sin prisas, paladeando cada melodía con su carácter especial redescubriendo el «segundo estilo» de Beethoven, creación personal donde la música expresa sentimientos e ideas al igual que director y orquesta. No importa si originalmente estaba dedicada a Bonaparte porque realmente sonó y fue concebida como «heróica».
El Allegro con brio nos dejó una cuerda brillante y limpia en el fraseo, contrabajos y cellos presentes, madera y metales alternando protagonismo, dinámicas exquisitas sin perderse nada.
La Marcia funebre. Adagio assai tuvo el acierto de jugar con unos tiempos tranquilos que daban más esperanza que tortura interior, recordándome el sufrimiento del mejor Delacroix pero esperanzador por un más allá, quién sabe si la orilla del tema central, pletórico y magnánimo antes de volver a la triste realidad, emoción a flor de piel pero siempre contenida.
Del Scherzo. Allegro Vivace otro soplo de aire fresco, concepciones dinámicas y rítmicas que serán la firma del genio de Bonn enterrado en Viena, el sonido clásico evolucionado, rápido pero nada vertiginoso, de nuevo escuchando todo en su sitio, oboe, flautas, cuerda, fagotes, trompas, timbales y trompetas… ¡todo! como sólo las grandes formaciones y batutas pueden alcanzar cuando existe la química del entendimiento y la complacencia y aceptación del trabajo bien hecho.
La apoteosis llegó con el Finale. Allegro molto – Poco Andante – Presto, variaciones para degustar de una orquesta pletórica, madura, equilibrada, tímbricas casi desconocidas, dinámicas extremas capaces de acallar el auditorio, solistas impecables, secciones en sana rivalidad sonora, ritmo contagioso y vital, silencios majestuosos, contención y vigor con un director de gesto adecuado, casi contenido, pero que saca a flote la riqueza de una partitura que sigue siendo necesario escucharla al menos una vez al año porque siempre descubrimos algo nuevo doscientos años después, máxime con músicos como los de este inicio de temporada que ha puesto el listón muy alto y las emociones a tope.

Leonidas Kavakos quedó firmando discos, aunque mañana estarán en Lisboa, joyas todos y público de todas las edades haciendo cola, siendo los jóvenes quienes disfrutaron como los que más porque también saben paladear lo exquisito, precisamente por escaso.

Tras la gloria

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Jueves 22 de octubre, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre con invitación.
Puntualidad británica, protocolo obliga, en «el concierto de Los Premios» presidido por el Rey Felipe VI que comenzó con todos los intérpretes en el escenario escuchando el «Himno Nacional» llevado por el Maestro Conti con marcialidad y contención en su debut en este concierto previo al viernes de la ceremonia de los Premios, antes de comenzar la Misa «del Gloria» para un público no habitual que aplaudió al finalizar el segundo de los cinco números, puede que por el ímpetu mostrado en él. Y es que tras el ensayo del día anterior donde ya había unos tiempos extremos y dinámicas contrapuestas en busca de la mayor expresividad, este jueves «a la gloria«, que resulta principal no ya por el título, se llegó volando más que planeando.

El Coro de la Fundación, que dirige y trabaja muy bien todo el año con su titular, fue el verdadero protagonista, plegado a los designios del director italiano, luchando por mantener el brío, mostrándose más cómodo en los lentos, aunque para los solistas no lo fuese. Pese a mi ubicación en la Sala Polivalente como un componente más de la formación, pude comprobar la presencia siempre clara de las voces así como de la orquesta, de matices definidos y equilibrio entre las secciones, solo algo roto por los metales compensado por el excelente efecto orgánico del Maestoso «Quo niam tu sous», aunque los tuviera a todos de espaldas, buen síntoma de su proyección y acústica, totalmente distinta sin la pared habitual.
Del concierto me quedo dentro del extenso y variado Gloria con su «Laudamus te» más el «Domine deus» homofónicos y matizados por coro y orquesta, verdadero remanso tras el vértigo, elevado a placer con David Menéndez del «Qui tolis» poderoso, medido y cantado con el sentimiento y fraseo necesarios, así como el Allegro fugado por la dificultad del aire elegido por Conti para voces e instrumentistas que respondieron al stress «Cum sancto spiritu«.

En el Credo también hubo momentos para degustar este plato joven del de Lucca, la orquesta en tresillos mientras el coro cantaba «et expatre natum» en un trayecto vital y textual hacia el «lumen de lumine»por la carga tímbrica lograda por Conti preparando el bellísimo «Et incarnatus» bien cantado por Ramón Vargas, timbre ideal para Puccini, más encajado pero no perfecto (de hecho lo debutaba hoy en Oviedo), al que me pareció algo falto de pianos en los agudos, pero de fraseo hermoso con un coro compañero de lujo, y de nuevo David Menéndez «clavando» el «Crucifixus» que me supo a poco por lo bien escrito y mejor cantado, en compañía de un coro arropando y disfrutando a medida que avanzaba este acto de fe tan pucciniano.
Con el Sanctus y Benedictus ya alcanzamos «Pleni sunt coeli et terra», nueva lección del barítono asturiano sobreponiéndose sin problemas a una orquesta en su plano tras aparición regia y comentarios conyugales en el palco, y un «Hosanna» convincente (supongo que sin segundas intenciones). Quedaba el dúo final de los solistas, empastados, unísono antes del último paseo «miserere nobis» no tan impactante como el gloria aunque se buscase la misma desde el final recogido bien marcado por el director italiano.

Punto final hacia las 20:20 h. con «Asturias Patria Querida» sonando sinfónico-coral y popular entonado por todo el «coro trasero», con final italiano al que tendremos que cantárselo más a menudo. Aplausos familiares y salida rápida para la aldea del que suscribe, escapando de tumultos y protocolos.

Ensayo de gloria

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Miércoles 21 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias, ensayo general: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre (con invitación)
Ensayo general para el «concierto de los premios» del jueves a las 19:30 horas al que asisten los actuales reyes (parece que la reina asturiana llegará más tarde, pues estará con Coppola en Gijón) desde que eran príncipes, y ahora la Fundación renombrada «Princesa de Asturias» donde su coro muestra lo mejor de su repertorio sinfónico coral, esta vez debutando la OFil con su titular y una preciosidad de claro sabor operístico como la Misa de Gloria (titulada originalmente «Misa para solistas, cuatro voces y orquesta», 1880) del compositor de Lucca.
De solistas el afamado tenor mexicano Ramón Vargas, que no dio la talla aunque los generales siempre son para encajar más que interpretar, y el barítono asturiano David Menéndez en un momento vocal único y con una trayectoria bien trabajada y asentada en el panorama lírico.

Cinco números con el sello de Puccini para una obra juvenil de apenas una hora de duración donde las voces se mueven en registros medios y graves que dificultan presencias con una nutrida y poderosa orquestación más unos agudos nunca excesivos y bien situados, música al servicio del texto del ordinario de la misa católica.
El maestro Conti optó en este ensayo por dinámicas variadas en todos los intérpretes y agógica casi extrema, tendiendo a unos rubati excesivos que hacían perder pulsación, acelerando en fuertes para frenar los pianos, incluso ritardandi también algo largos, aunque el coro siempre respondió atento al italiano.
El Kyrie arrancó con una cuerda sedosa de graves marcados antes de la entrada del coro casi celestial, con sopranos contenidas en pos de la melodía serena que va contestándose por tenores, bajos y contraltos más el subrayado orquestal antes del «Christe» poderoso en su modulación, casi de requiem dado el carácter marcado por trombones y tuba antes del nuevo «ascenso al cielo», revoloteos pletóricos de esa ondulante melodía.
Contraste total para un Gloria indicado como Allegro ma non troppo despojado del calificativo al buscar un aire casi infantil y demasiado fresco que impidió paladear el texto latino, aunque la orquesta pareció disfutar con este ímpetu casi marcial cual homenaje verdiano de tinte egipcio, deteniendo el vuelo en el «Et in terra», litúrgico en concepción e interpretación, orquestación con reminiscencia de órgano y polifonía clásica de motete elevado a un lenguaje claramente operístico, por lo que esta misa fue tachada de caracter teatral cuando dramatizar consista precisamente en esto, apareciendo el primer solo de tenor «Gratias» cual aria con si bemol incluido y flauta límpida, al que faltó algo de sentimiento y sonido más pulido, menos abierto (puede que por lo comentado de un general), algo que la cuerda sí tuvo presente remarcando los silencios del solista con aromas «bohemios» antes de volver a la gloria coral con un «Qui tollis» para deleite de las voces masculinas contestadas por unas blancas cantando con verdadero mimo y tensión compartida, nuevamente verdiano y marcial de metales presentes manteniendo volúmenes desde el podio, más un «Cum Sancto» impecable, con tensiones bien resueltas para saborear ese fugado final con una orquesta sincopada.
Verdadero acto de fe el Credo aparentemente sencillo pero con recovecos de todos, coro, orquesta y solistas, inicio fortísimo pero de registro grave en el coro, impecable en dinámicas que mantuvo el tipo en todo momento, llegando el solo de tenor sin amoldarse al «Et incarnatus» (el concierto espero sea otra cosa), más buscando encajarlo que sentirlo, agudos tensos y buscando el entendimiento, todo lo contrario del «Crucifixus» del asturiano que resolvió con seguridad y potencia, grave contundente más agudos sostenidos incluso en los pianos, verdadera demostración de buen gusto y musicalidad hasta el los momentos «soto voce» que la orquesta redondeó desde la cuerda, rubricando un excelente número.
El Sanctus et Benedictus devolvió la dulzura sinfónico-coral, escritura con lenguaje propio llena de momentos plenamente luminosos junto a los destellos de oscuridad expresiva, orquesta subyugante en busca de paleta propia, barítono arropado y compartiendo colorido, «Hossana!» que se apaga antes del cierre con el Agnus Dei que nos dejó un dúo solista desequilibrado del lado «visitante» y compensado por los «locales», barítono y coro seguros (manteniendo su «Miserere» afinado) bien apoyados por la orquesta de un Conti enamorado de esta partitura rescatada en 1952 que hacía años no escuchaba en Oviedo.
Ensayo fructífero para todos aunque el concierto siempre es distinto… Mi ubicación será otra pero promete emoción y pasajes para disfrutar.

Sábado coral en casa

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Sábado 17 de octubre, 20:15 horas. FECORA «Ciclos Corales del Principado», Convento Padres Pasionistas, Mieres. Orfeón de Mieres, director: Luis Alberto Suárez Herrera.
La Federación de Coros de Asturias llena el otoño con sus formaciones en toda la geografía promocionando una de nuestras señas de identidad como es el cantar en grupo, esta vez el Orfeón de Mieres que lo hacía en casa pese a la variada oferta de los fines de semana, congregando poco público pero fiel a coro más veterano del Principado y de los más antiguos de España.
Programa muy variado y del gusto del respetable alternando estilos que todo coro tiene en su repertorio, hoy dirigidos por el jefe de cuerda Luis Alberto Suárez que hizo notar su impronta y carácter, respondiendo perfectamente su coro con 16 voces graves y 18 blancas, bien equilibradas en dinámicas y presencia.

Arrancaron con el siempre emocionado Señor, me cansa la vida del recién fallecido compositor extremeño Juan Alfonso García (como bien recordó en la presentación el presidente Eustaquio Álvarez Hevia) a quien recordaron en esta bella partitura con letra de Antonio Machado dedicada, como otros muchos poemas, a Miguel de Unamuno -a quien le envió  en 1913 este hoy musicado-. Aprovechando la sonoridad de la iglesia del arquitecto Luis Cuesta, el coro sonó muy empastado resultando una interpretación muy emotiva «in memoriam» del músico organista durante 40 años de la Catedral de Granada.

No pueden faltar las habaneras y La golondrina (José Pagán) es una de las habituales, llevada con ritmo nada forzado y más cercano al balanceo que a las galernas como a menudo sucede, igualmente bien balanceado en las distintas interpretaciones de las cuatro voces.
También optó el director por un tiempo lento para Ay! un galán (Javier Armenter) mimando los finales aunque hubiese algún percance pero nunca con «pisotones» para esta danza prima armonizada con mucho sentido y grado de dificultad medio superado por el tiempo que lleva en el repertorio de nuestro coro local.

De los primeros temas grabados por el Orfeón es este maravilloso Capricho del jesuita gijonés José Ignacio Prieto, reteniendo el tiempo «original» y buscando sonoridades del propio texto para disfrutar del contrapunto y las disonancias.
Habanera casi seña de identidad del titular Joaquín Sandúa (hoy en cometidos ornitológicos como juez de canaricultura) es La niña de Marianao (Fernando Moraleda Bellver) que el Orfeón no se limitó a cantar sino a seguir las indicaciones de Suárez Herrera como coro disciplinado y muy trabajado.
También juega con disonancias no siempre logradas a la perfección Ilusión de amor (Santos Montiel, armonizado por Ginés Abellán) y personalmente nunca me gustó el arreglo y armonización de Antonio Barés sobre el bolero Mi viejo San Juan (Noel Estrada, donde los pentagramas deberían ser más indicativos que rigurosos al tratarse de una transcripción demasiado académica que no debe resultar parecida a una habanera, pero el Orfeón de Mieres la tiene desde hace años y así la cantan convencidos y obedientes, como debe ser, gustos propios al margen.

De las muchas composiciones del músico y militar asturiano Antolín de la Fuente (1921-1997) puede que Mocina dame un besín se lleve el número uno en popularidad. En distintas versiones que no olvidan las voces iguales con solos incluidos, la de Luis Alberto volvió a tender al tiempo tranquilo y un ritmo casi de «sardana» tomándonoslo como el beso pequeño de agradecimiento a los presentes.
Y para finalizar con alegría la canción gallega Velai vai  del compositor y director vigués Francisco Antonio Rey Rivero (1919- 2012) calentando motores para los próximos compromisos del Orfeón que volverá a Mieres el 21 de noviembre para celebrar Santa Cecilia en la Casa de Cultura de Mieres con la Coral Benaventana, devolviendo la visita de la semana anterior a la villa zamorana.
Me alegra comprobar que el Orfeón de Mieres, cuyos enlaces a los temas citados, todos suyos, están en su Canal de YouTube, sigue en forma pese al poco relevo generacional, pero de esto mejor hablaremos en otro momento. Nos quedamos con el buen gusto que nos dejó este concierto organizado por FECORA aunque sin mucha publicidad del evento.

Música con aromas

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Viernes 16 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 OSPA, Alexander Vasiliev (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Benito Lauret, Prokofiev, Marcos Fernández Barrero y Paul Hindemith.
Comenzó oficialmente nuestra temporada de la orquesta asturiana, la de sus bodas de plata con una conferencia previa al primero de abono, que derivó en tertulia con varios de los presentes, a cargo de la gerente Ana Mateo acompañada por el gestor y crítico musical Cosme Marina recordando los inicios de la OSPA así como sus orígenes, allá por 1939 (si bien ya existía en la Segunda República) con Ángel Muñiz Toca de concertino y posterior director (olvidándonos de Vicente Santimoteo Maderuelo) o Benito Lauret (¿para cuándo su homenaje?), aquella Orquesta de Cámara de Asturias que tanto ayudó a cimentar la posterior Orquesta Sinfónica de Asturias (OSA) con un joven Víctor Pablo Pérez, antes de la constitución profesional de la formación actual en 1991, donde el tándem Inmaculada QuintanalMax Valdés relanzaron a nivel nacional e internacional la orquesta, verdadera marca Asturias. Interesante tertulia que casi enlazó con el concierto y donde uno de los mayores retos planteados está en la formación del público futuro, enlazando ocio y formación puesto que el proyecto Link Up llegará este curso escolar a su cuarto año, movilizando más de 5.000 escolares de nuestro Principado para actuar con la OSPA cada primavera, todo un ejemplo a seguir que nos ha traído desde la Fundación Kurt Weill del Carnegie Hall neoyorquino el titular actual Rossen Milanov, implicando a docentes, profesores y administraciones. Está por escribirse el libro de estos casi 100 años de historia, donde Oviedo y toda Asturias siempre han tenido en la música su peculiar seña de identidad.

Foto ©OSPA

No se han olvidado los responsables de continuar con la propuesta ¿A qué sabe la música? que aglutina el director y cocinero búlgaro con los más reconocidos colegas gastronómicos, esta vez Luis Alberto Martínez de Casa Fermín, quien comentó desde el escenario antes de arrancar el concierto su propuesta plenamente autóctona, «Otoño», con ingredientes de temporada donde están las castañas o las setas, abriendo todos la caja sorpresa entregada al entrar, que contenía globos azules y amarillos (colores de la bandera asturiana) y en su interior aroma de canela, que al soltarlos impregnaron el auditorio para enmarcar el arranque de las Escenas asturianas (1976) de Benito Lauret Mediato (1929-2005), verdadero regalo que el músico cartagenero nos hizo a nuestra cultura, reflejando como nadie la riqueza del folklore asturiano y elevarla a la categoría de música culta. Melodías con orquestación pletórica y luminosa que no podían faltar en este concierto, obra que muchos de los integrantes han interpretado con distintos directores y formaciones (hay un excelente arreglo para Banda) y tomándolo como nexo universal para sentir todos esta esencia asturiana, Milanov el primero y plenamente integrado, dejándonos una versión alegre, nacionalista (aunque el tiempo va cambiándole el color) y diáfana precisamente como nuestra estación más bella, el otoño.

Alexander Vasiliev es el concertino de la OSPA desde sus inicios, diríamos que la cara visible y casi emblema de la formación, siendo habitual ese paso al frente para actuar como solista, dejando su sitio a la ayudante Eva Meliskova, y esta vez con el Concierto para violín nº 2 en sol menor, op. 63 (1935) de Sergei Prokofiev (1891-1953). Podría escribir tanto del autor como del intérprete puesto que ambos sienten esta música como propia, casi genética, y así nos la hicieron llegar con una plantilla orquestal menos numerosa, diríamos que clásica (sin trombones ni tuba) que ayuda a disfrutar del solista, de presencia compacta en todas sus secciones, manteniendo la colocación vienesa de anteriores temporadas, y que brilló con su concertino en sus tres movimientos, juegos tímbricos combinando emparejamientos agradecidos y técnicas acertadísimas. El Allegro moderato arropado por la cuerda grave mostró el virtuosismo de Vasiliev, pizzicatos bien presentes para completar atmósfera preparando un Andante assai emocionante y casi religioso con coprotagonismo del clarinete en el mismo idioma, antes del Allegro ben marcato contrastante, en cierto modo irónico por lo disonante y rítmico sin perder tensión en ningún momento, bien concertado por Milanov, siempre atento a «su mano izquierda», empujado por una percusión en estado de gracia. Excelente versión que agradó al público obligando a salir en repetidas ocasiones al muy querido Vasiliev que se marcó un Capricho (el opus 1 nº 21) de Paganini como regalo, demostrando que los años solo pesan para bien, como en los vinos, madurez y musicalidad innatas compartidas con todos nosotros.

Estuvo bien la idea de alterar el orden inicial del programa y colocar el estreno de Reflejos (2014) de Marcos Fernández Barrero (Barcelona, 1984), un regalo de cumpleaños a nuestra orquesta, que ya interpretase sus Resonancias…  esta vez inspiradas cual breve apunte sinfónico en las notas del himno asturiano trabajando texturas, tímbricas y orquestación con el lenguaje propio del catalán, y que leyendo las notas al programa (enlazadas arriba en los compositores) de Cosme Marina definen perfectamente la intención y ayudaron a saborear este aire de los Lagos de Covadonga en el auditorio.

Totalmente predispuesto ya el oído para afrontar una composición orquestal inmensa y poco programada como la Sinfonía en mi bemol (1940) de Paul Hindemith (1895-1963), verdadera prueba de fuego para la orquesta y su director por la complejidad de una partitura densa que se notó bien entendida y trabajada en todos los aspectos: dinámica y agógica, tiempos pero sobre todo intención. Sinfonía poco conocida de estilo «neoclásico» pero con la firma del alemán por el carácter melódico y enérgico desde una instrumentación potente (maderas a tres, cuatro trompas, tres trompetas y tres trombones, tuba, timbales, percusión y cuerda), auténtico examen final bien planteado por Milanov, feliz en estos repertorios porque conoce sus efectivos a la perfección y partituras de este estilo las disfruta y se nota. Muy interesante cómo sacó a primer plano la escritura contrapuntística que la orquestación exige. Los cuatro movimientos (Muy vivo, Muy lento, Vivo y Moderado) mantuvieron unidad y estilo, desde el arranque breve de la fanfarria con un viento metal poderoso pero nunca aturdiendo, cuarteto de trompas de sonido redondo más trombones y tuba empastados y uniformes, siguiendo con las maderas siempre cálidas y seguras, más la cuerda dando color y expresión incisiva sin olvidarnos del impulso en la percusión. El movimiento lento, sin exagerar y nada estático, diría que épico como en las películas de romanos, permitió alternar colores y dinámicas muy bien trabajadas, nuevamente «los bronces» redondeando sonoridad, solo impecable de flauta, cuerda subyugante y tensa, constraste anímino antes del Sehr langsam tercero, ritmo en estado puro con intervenciones de todas las secciones manteniendo presencia y tensión, crescendos dibujados al detalle, pulsación precisa, melodías claras bien concertadas, antes del Mässig schnelle Halbe, energía e ímpetu «tumultuoso, casi ardiente» que escribe Marina en las notas, disfrute de cada solista y simbiosis orquestal bien trazada desde el podio, colofón sinfónico a esta primera jornada de una temporada festiva que traerá más sorpresas y regalos. Nuestra OSPA está en forma y deseosa de mantener el nivel demostrado: contundentes, seguros y esperanzados… como sus fieles seguidores, contando en aumentar esta gran familia a lo largo del curso en el que ya estamos inmersos.

Se libraron de la horca

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Miércoles 14 de octubre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXVIII Temporada de Ópera. Verdi: Nabucco. 3ª función. Entrada última hora: 15 €. Fotos ©facebook Opera Oviedo.
Casi lleno para la tercera, que fue la vencida pero por lo mala que resultó con pocas excepciones, y es que este Nabucco verdiano tiene mucho que cantar, el trío protagonista tiene momentos solos donde la desnudez orquestal deja las voces tan expuestas que podemos comprobar virtudes (pocas) y defectos (muchos), el coro se erige en coprotagonista exigiendo a todas las cuerdas un esfuerzo casi sobrehumano.

Lo mejor de la velada, además del éxito de público, algo a anotar a lo largo de todas las funciones, la Oviedo Filarmonía con el maestro Gianluca Marcianó al frente, una señora orquesta de foso con una dirección que la hizo sonar plenamente italiana, limpia, con intervenciones solistas excepcionales (cello, flauta, oboe…), plena donde debía y acompañante de seda en los momentos vocales, tanto en arias como dúos, concertantes y coros, el segundo pilar donde se asentó y salvó de la horca este título.

Las voces que dirige Patxi Aizpiri son el seguro escénico siempre, con algo de cansancio en las voces masculinas que tuvieron algo de «aire» en los agudos y algo detrás de la orquesta en el segundo acto aunque seguros siempre, incluso fuera de escena (a pesar de la dificultad añadida), con algún pasaje calante rápidamente corregido. El esperado Va pensiero se quedó sólo en aseado pese al mimo con el que el director italiano llevó a la orquesta y el tempo, de hecho fue muy aplaudido pero no lo bisaron como en la segunda, dejando el momento «a capella» como lo mejor de la noche tras la travesía anterior. Un notable para este Coro de la Ópera de Oviedo.

Del elenco protagonista el Nabucco del barítono búlgaro Vladimir Stoyanov irrumpió algo pobre de presencia vocal y casi nos adormece, pero en la segunda parte logró transmitir algo de emoción, musicalidad y elegancia pese a la desigualdad de color en un grave algo forzado. La Abigaille de la soprano rusa Ekaterina Metlova resultó lo mejor, por no decir lo menos malo, del reparto, ya recuperada de su amigdalitis, con una técnica capaz de escucharla siempre en primer plano pero cuya maldad no debe ir pareja a la frialdad, lástima porque es una de las figuras que parece están llamadas a triunfar, pero faltó entrega, puede que contagiada de sus compañeros. No cuidó los finales de frase teniendo «fiato» suficiente, lo que hubiera mejorado la percepción global de su actuación.

La mezzo Alessandra Volpe cumplió como Fenena y mantuvo el tipo en los concertantes, color bien equilibrado con su «hermana», sobrada en el agudo y un grave claro sin perder color, una grata sorpresa.
Los problemas vinieron con el Zaccaria de Mikhail Ryssov, carente de registro grave verdadero, forzándolo y empañando una línea melódica bella pero con sensación de tensión en los agudos en una tesitura algo forzada. Solo al final y dominando el medio (que es lo que le quedaba) se salvó de la horca al darle una impronta de emoción y buen hacer. La Anna de Sara Rossini siempre en números conjuntos, quedó a menudo tapada en sus intervenciones por sus compañeros, y el Abdallo del tenor avilesino Jorge Rodríguez Norton breve y justo de presencia.

Trabajo me costó reconocer al ovetense y querido Miguel Ángel Zapater como el Gran Sacerdote de Baal, voz opaca y sin potencia, puede que por algún problema de salud pues conozco su trayectoria y no es lo habitual en él, carente de la rotundez a la que nos tiene acostumbrados su voz de bajo, esta vez debajo del resto y por momentos imperceptible.
El desastre lo trajo un Ismaele que no enamoró a Abigaille, pues el toledano Sergio Escobar, posee un color poco agradecido y técnica escasa que intenta suplir los agudos forzando en extremo lo que le llevó al gallo no deseado, así como problemas de afinación. Sus intervenciones siempre dieron sensación de inseguridad y desasosiego para quien suscribe. La soga pendía pero esta vez hubo milagro, aunque le paso a la nómina de los bautizados como «tenorinos», algo imperdonable cuando tenemos en esta cuerda y con menos renombre voces capaces de afrontar este rol con más solvencia.

La producción de cinco teatros donde además del Campoamor y el Jovellanos gijonés está el Baluarte pamplonés, el Principal de Palma y el St. Gallen suizo, resultó más que aceptable. Positiva la escenografía de Emilio Sagi porque nunca chirría ni molesta la acción, espejos rojos, «telón» cual arpa o barrotes, grandes estructuras y guiños históricos en las estelas o escultura inicial, y colocando las voces donde mejor pueden cantar, apoyado por el vestuario de Pepa Ojanguren, sin excesos y con detalles elegantes como el rojo de Abigaille o las túnicas más el diseño de Luis Antonio Suárez. Impecable y parte importantísima la iluminación de Eduardo Bravo al que el pongo su apellido de calificativo.

Los figurantes bien aunque no tenían grandes exigencias y cumplieron.
El viernes habrá otro reparto antes llamado joven, que seguro mejorará esta tercera, aunque arranca mi temporada oficial con la OSPA, pues este miércoles no fue el mejor día y pensé que cambiaría el argumento final pasando por la soga casi todos y sin intervención divina por ninguna parte.

Crudo amor y puro afecto

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Domingo 11 de octubre, 19:00 horas. Auditorio del Conservatorio Manuel Fernández Rodríguez «Jaurés» de Langreo. Forma Antiqva «Crudo Amor«: Pasiones y afectos en la voz de A. Steffani (1654-1728). María Eugenia Boix (soprano), Carlos Mena (alto), Ruth Verona (chelo), Daniel Zapico (tiorba), Pablo Zapico (guitarra barroca», Aarón Zapico (clave y dirección). Concierto solidario en colaboración con Cruz Roja Española, Asamblea de Langreo.

Amparo Antuña Asenjo, directora del conservatorio langreano, hizo la presentación de un concierto muy especial por ser la casa de la familia Zapico, comenzando por Eloy Zapico, el patriarca que en sus tiempos de presidente de la AMPA con sus hijos estudiando en ella, organizaba talleres de construcción de instrumentos antiguos (Manuel Ángel Paz lo sabe bien) que cautivarían a los mellizos, organizando un ciclo de Música Antigua cuando casi nadie había escuchado conceptos como música historicista y buscando recursos económicos para un conservatorio que trajo al mecenas Jaurés, hoy dando nombre a este centro que acogía un concierto con tres de sus ex-alumnos más famosos e internacionales. El auditorio se quedó pequeño para recibirlos como se merece, con alumnos y claustro de profesores incluidos, recién acabada la grabación del CD que llevará el título de «Crudo amor» para el sello Winter&Winter con unos intérpretes de verdadero lujo.
A Steffani muchos le han descubierto por Cecilia Bartoli pero los Zapico le tienen en el repertorio haciéndolo suyo y realizando ediciones propias como la mitad de las escuchadas en una tarde dominical cercana, emocionante y donde la «Teoría de los afectos» tomó cuerpo sonoro como pasión del alma llena de toda la intensidad posible, un concierto que pude disfrutar dentro del XVII Festival de Música Antigua de Gijón el 15 de julio de 2014 y que en Sama resultó especialmente distinto.

A la formación original más la «hermana» Ruth Verona, tan de la familia como ellos, sumábamos dos voces idóneas para esta música y en estado de gracia: la oscense (de Monzón) Eugenia Boix, madurez y magisterio en cada frase, auténtica delicia canora, y el vitoriano Carlos Mena, un contratenor de registro único capaz de convencernos que su voz tiene la naturalidad negada antaño, con un color propio hermoso en todo su amplio y poderoso registro.

La cercanía del inmenso trabajo para un programa ya rodado más todo el previo a la grabación en el Auditorio de Oviedo, suponía dominar las obras al detalle, algo que se transmitió en todo: respiraciones, agilidades a dúo imposibles, finales dejando flotar en el aire cada acorde, recitativos alternando el virtuosismo de los cuatro instrumentistas para una variada y eficaz paleta diferenciadora de cada pentagrama, alternancia de efectos y afectos en las seis «cantatas», entendimiento entre los intérpretes y sobre todo la complicidad de un público emocionado que nunca tuvo prisas en aplaudir, dejándonos un concierto irrepetible.

Abría Begl’occhi, oh Dio, non più con un duetto perfectamente ensamblado y alternancias con alto y soprano siempre con el subrayado adecuado del cuarteto instrumental. Dimmi, dimmi, Cupido tiene edición propia lo que se reafirma por el papel de acompañamiento y solos instrumentales hechos a medida y cuidando cada fraseo e intención textural, cuatro números con recitativos y dúos de unos cantantes empastados como si llevasen toda la vida cantando juntos, la carnalidad de la soprano junto al calor del alto y el subrayado del chelo de aire veneciano. Otro tanto en Occhi, perché piangete? con tres movimientos donde el Allegro está en el central para degustar afectos en estado puro, el cello de Ruth una voz más cuando no «tubo de cuerda» completando tímbricas diría que orgánicas precisamente por la edición tan trabajada de Forma Antiqva, colores específicos en la guitarra de Pablo al inicio, el clave de Aarón antes del lento o la tiorba de Daniel completando un oropel aterciopelado de presencia mientras Mª Eugenia y Carlos ponían figura y contestación a la poética pregunta del título, «ojos, por qué lloráis?»…

Crudo Amor es la cantata estrella de las elegidas, completísima con ocho números llenos de subidas y bajadas de tensión y emoción, calor y color, verdadera fresco sonoro donde las pinceladas de la cuerda son perlas adornando las voces solistas, tapices y oropeles barrocos con la mejor expresión musical posible, combinaciones y contrastes llevados al máximo cual ópera de cámara, intervenciones instrumentales atentas al sentimiento y virtuosismo vocal. Imposible detallar pero no quiero olvidar el endiablado arioso de Carlos Mena Egualmente mi nega frente al aria Oh, toglimi la speme de Mª Eugenia Boix con un acompañamiento de clave digno de las grandes óperas barrocas, agilidades y adornos en todos, solos o a dúo para degustar antes del final en un caminar antes de correr, como las propias líneas de canto rotas tras la calma, especialmente al cantar «speme lusingare» con la guitarra de Pablo rasgueando cual folia inconclusa y sorpresiva dotándola de un ritmo marca de la casa.

Aún quedaba mucho drama por degustar, Sol negl’ occhi para solaz de Ruth «chelo bachiano» seguido de la tiorba cautivadora de Dani dando entrada a los juegos amorosos de Mª Eugenia y Carlos en cuatro números de pureza barroca, líneas claras pese al adorno innato y casi imposible tanto en voces como instrumentos, virtuosismo lleno de musicalidad y colorido, más el último Placidissime catene en edición propia, nueva explosión de color con las agilidades sonando a uno, búsqueda de tímbricas únicas en los cinco números perfectamente fraseados. Una verdadera delicia comprobar el entendimiento de estos músicos.

Y la propina todo un regalo, el dúo Pur ti miro, Pur ti godo de «La coronación de Poppea» (Monteverdi), con tantas similitudes con Steffani, entrando las voces de Poppea Boix y Nerón Mena por el patio de butacas mientras el cuarteto de cuerda preparaba la alfombra espiritual para envolvernos en esa melopea sentimental y bellísima con la música interpretada por Forma Antiqva ¡siempre en forma en estos 15 años!.

La OSPA desde La Cuna

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Viernes 9 de octubre, 18:30 horas. Real Sitio de Covadonga, Basílica. Concierto extraordinario OSPA; solistas de violín: Alexander Vasiliev, Eva Meliskova, Héctor Corpus, Pedro Ordieres; director: Rossen Milanov. Obras de Vivaldi y Tchaikovsky. Entrada gratuita.

Arranca la temporada de las bodas de plata de nuestra Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y nada mejor que haciendo nuevamente este peregrinaje a Covadonga, la cuna de España, con toda la simbología que ello conlleva, de la mano de su titular y con cuatro solistas de la propia formación que afronta un curso de obras señeras alternando con estrenos y visitándonos directores e intérpretes muy vinculados a la orquesta de todos los asturianos.

Largas colas que me recordaban la Novena de la Santina y un lleno en la Basílica con público llegado en autobuses especiales desde las principales ciudades asturianas y en coches particulares, lo que hizo algo lenta la vuelta a casa pero mereciendo la pena, con dos números cuatros que fueron cual campanadas para este éxito sinfónico, congregando a muchos abonados al lado de aficionados y jubilados que aprovecharon una tarde otoñal muy agradecida.

Las cuatro estaciones, op. 8 (1725) de Antonio Vivaldi puede que sea el conjunto de cuatro conciertos más popular y escuchado de la historia por el gran público, agradecida de escuchar en cualquier versión y estilo interpretativo, que además tuvo cuatro solistas de verdadero lujo para cada una de ellas, cuatro violinistas y artistas que dieron su personal impronta arropados por una orquesta de cámara con clave que sonó siempre poderosa en los graves y clara en los agudos, buen entendimiento y equilibrio entre todos, intentando resumir cada uno de los cuatro conciertos y músicos:

Pedro Ordieres nos dejó una primavera asturiana, inicio algo frío y como «intentos de alergia» hasta ir entonándose a medida que avanzaba, calentando el aire con líneas limpias y tiempos nada vertiginosos que buscaron el color desde una versión muy inglesa, como era de esperar en él, bien arropado por una «camerata de casa».
Héctor Corpus brindó un verano atlántico, cálido pero no plomizo, disfrutando los momentos lentos y degustando los vivos en una cascada de refrescantes gotas desde un clave en el punto justo, peso y poso de violín.

Eva Meliskova nos pintó el mejor cuadro de un joven otoño en Praga, con rubatos sentidos y entendidos por Milanov y el «grosso» desde un romanticismo interpretativo que no olvidó la fuente barroca, sonido muy presente y redondo lleno de musicalidad plena para la estación más vivaldiana.
Nadie mejor para el invierno ruso que Alexander Vasiliev, el magisterio de los años como el de los buenos licores, dominador de técnica y discurso melódico capaz de presentarnos los copos de nieve como diamantes tallados en un aro bien engarzado por una camerística formación de pizzicati redondos que el titular llevó de la mano según cada solistas, siendo un metafórico invierno que espera la primavera de una jubilación nunca total en los músicos.

Lo dicho, cuatro estaciones por cuatro magníficos, cuatro historias como cuadros sonoros con distintas lenguas y el mismo idioma de la música bien ejecutada.

Y el último cuatro, el cuadrado como perfección de los cuatro movimientos de la Sinfonía nº 4 en fa menor, opus 36 (1877-1893) de Tchaikovski, para una orquesta en pleno, plena de buen gusto y sonido, ayudada por la excelente acústica del templo tan bien pintado por «el alemán de Corao» esta vez esculpido por «el búlgaro de la OSPA«, conocedor de memoria al detalle esta maravilla sinfónica así como del material humano con el que cuenta para sacar de todas las secciones la mejor versión posible, esta vez plegadas al escultor. La cuerda sonó siempre mordiente, hiriente, trágica y plena, sin problemas en ningún pasaje, la madera siempre impecable con los solistas encajando todos los detalles, más que pilares gárgolas, la percusión bien ubicada y apareciendo en el primer plano preciso, pero sobre todo unos metales afinados, empastados, potentes y brillantes en perfecto equilibrio con el resto de la plantilla, estabilidad total de cada familia instrumental dando presencia a las melodías que conforman esta cuarta de verdadero lujo, edificio musical lleno de emoción desde la sobriedad. Hoy la Basílica de Covadonga se volvió Catedral sonora y la piedra rosada devolvió una música multicolor por la que pasaron todas las estaciones con una predicción «metereológica» optimista tras el concierto desde la cuna.

Crudo Amor en casa

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La asociación «Aula de Música Antigua», organizadora entre otras muchas iniciativas del Festival “Eloy Zapico”, traerá a Langreo al conjunto Forma Antiqva recién llegado de sus conciertos por Colombia y su programa «Con afecto y armonía» contando con la soprano canaria Raquel Lojendio, gira organizada por el CNDM dependiente del INAEM, y habiendo alcanzado las cien actuaciones de su Concerto Zapico, todo un hito en el panorama de la música barroca.

©Foto CNDM

En un concierto extraordinario y de carácter solidario que tendrá lugar el domingo 11 de octubre a las 19:00 horas en el Auditorio del Conservatorio Profesional de Música Manuel F. Rodríguez “Jaurés” de Sama de Langreo y con entrada libre, el programa del concierto titulado “Crudo Amor”, se centrará en las composiciones vocales a dos voces y acompañamiento del compositor italiano Agostino Steffani, una de las figuras de más trascendencia y relevancia en la música del periodo barroco. Para este exigente y bello programa, Forma Antiqva se rodeará de dos de las mejores voces del panorama internacional: la soprano María Eugenia Boix y el contratenor Carlos Mena.

Además, estará la violonchelista Ruth Verona, a la que en alguna ocasión he bautizado como la «cuarta herrmana» con Los Zapico, los mellizos Daniel a la tiorba y Pablo a la guitarra más el hermano mayor Aarón al clave y dirección.

Este programa, estrenado en uno de los festivales más importantes de Alemania (el Ludwigsburger Schlossfestspiele), y que ya pudimos disfrutar por los mismos intérpretes en Gijón dentro del Festival de Música Antigua 2014, está siendo grabado estos días en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, sede de la formación asturiana para Winter & Winter, el prestigioso sello alemán que apostó por Forma Antiqva desde el principio, disco que será presentado en marzo de 2016, en una larga tourné que les llevará por Madrid, Oviedo, Zamora o Zaragoza.

Los langreanos no actúa en su «primera casa» de Sama desde 2012, en la Sociedad «La Montera», por lo que aprovechando la excepcionalidad del concierto, éste tendrá carácter solidario y colaborativo. Mediante donativo libre recogido al finalizar el concierto por la Asamblea de Langreo de la Cruz Roja, la asociación musical y Forma Antiqva colaborarán en la ayuda a las familias necesitadas del concejo. Ahí estaremos para contarlo.

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