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Últimas palabras de Aarón Zapico en Granada

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Domingo, 14 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Monasterio de San Jerónimo, Cantar y tañer / #TrípticoHaydn: Academia Barroca del Festival de Granada, Aarón Zapico (director). Obras de Haydn y Sánchez-Verdú. Fotos de ©Fermín Rodríguez y propias.

(Reseña para para LNE del martes 16, con los añadidos de las fotos mías y de ©Fermín Rodríguez más los links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite, aunque en el blog está la «crítica larga» la tarde tras el concierto).

La septuagésima tercera edición del festival granadino llegaba su último día con un programa doble donde la sesión matinal estuvo a cargo del asturiano Aarón Zapico que ha estado al frente estos cinco años de la Academia Barroca del Festival de Granada.

Con un templo abarrotado hasta en el crucero y antes de comenzar el concierto, el maestro Zapico agradeció al director del festival Antonio Moral su apuesta por esta academia y formatos nuevos, que a la vista del éxito han sido un acierto. Y tras las palabras habladas llegarían las musicales con Haydn y sus “Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze, HOB.XX:1” (Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, 1787) incardinadas con “SHEBA (Siete estudios para orquesta histórica sobre “Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze de J. Haydn”, 2018) del compositor residente en esta edición el algecireño José María Sánchez-Verdú que suponía el estreno en España.

Por tercera vez en el festival volvían a sonar en el mismo espacio Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz tras las anteriores versiones del Cuarteto Quiroga (23 de junio) y el teclado de Yago Mahúgo (6 de julio), al fin la verdadera y primigenia escritura de Haydn (publicada por Artaria a mediados de 1787), quedando solamente por escucharse en Granada la versión en forma de oratorio, pero rindiendo tributo a la Viena como eje de este festival.

Aarón Zapico junto al narrador y periodista radiofónico Enrique Árbol (al que llaman “la voz de Granada”) haría una lectura con una versión arriesgada al alternar el original de Haydn con los estudios de Sánchez-Verdú, no siempre en el orden esperado de original y recreación, pero dejando siempre el elemento sorpresa de las sonoridades que el compositor gaditano saca como buen orquestador que es, de una orquesta joven que rindió con plena entrega y calidad a la maestría del director asturiano, capaz de aglutinar dos obras en una con total naturalidad, esmero en los contrastes, manejo de unas dinámicas donde los silencios son tan importantes como el sonido, aprovechando la reverberación de la iglesia monacal para dejarnos unas últimas palabras de Aaron Zapico en Granada que son parte de la propia historia del Festival.

Si la obra original tiene muchas dificultades, unir esta serie tan heterogénea en los “tempi” manteniendo el bloque sonoro, supuso un verdadero reto interpretativo donde la palabra se sumó a un verdadero espectáculo escuchado con un respetuoso silencio, contagiados de una mística más que poética musical. De los jóvenes músicos excelentes las maderas (oboe, flauta y fagot), bien empastadas las trompas, una cuerda homogénea con solos del concertino de calado maduro, y “El terremoto” final con trompetas y timbales para expirar y respirar.

Las (pen)últimas palabras granadinas

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Domingo, 14 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Monasterio de San Jerónimo, Cantar y tañer / #TrípticoHaydn: Academia Barroca del Festival de Granada, Aarón Zapico (director). Obras de Haydn y Sánchez-Verdú. Fotos de ©Fermín Rodríguez y propias.

Llegaba a mi último día de la septuagésima tercera edición del festival granadino con sesión matinal con mi querido Aarón Zapico que ha estado al frente estos cinco años de la Academia Barroca del Festival de Granada y además inauguró el del pasado año con un Retablo que forma parte de la historia de Falla en Granada.
Antes del concierto, el maestro Zapico agradecería a Antonio Moral (director del festival que finaliza mandato el próximo 31 de julio) su personal apuesta por esta Academia Barroca, lo que supone para estos jóvenes músicos y estos formatos nuevos que abren no solo carrera profesional sino nuevos públicos, un acierto porque el éxito saltó a la vista en este nuevo ciclo.
Tras la palabra hablada llegaría la musical de Haydn y Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, («Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze», HOB.XX:1) compuesta en 1787 e incardinada con “SHEBA (Siete estudios para orquesta histórica sobre “Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze de J. Haydn”, 2018) del algecireño José María Sánchez-Verdú (1968), compositor residente en esta edición y que suponía el estreno en España. De la obra del gaditano que además la compone para una «orquesta histórica», me remito a las notas al programa de Bernardo García-Bernalt que dejo al final de esta entrada, añadiendo que tanto en estos «estudios» como con la adaptación de los lieder de Schubert volvió a demostrarnos el respeto por la obra que le sirve de inspiración, sin perder sus propias señas de identidad y profundo conocimiento de la instrumentación.
En esta edición sonarían por tercera vez en San Jerónimo estas «últimas palabras» tras las anteriores a cargo del Cuarteto Quiroga (23 de junio) verdaderamente memorables, o el fortepiano de Yago Mahúgo (6 de julio), por fin la verdadera y primera escritura de Haydn publicada por Artaria a mediados de 1787), quedando en el tintero poder escuchar en Granada la versión en forma de oratorio, pero rindiendo tributo a la Viena como eje de este festival, un «Tríptico Haydn» muy interesante.
Contando con el narrador y periodista radiofónico de la SER Enrique Árbol (al que llaman “la voz de Granada”), quien interpretaría con vehemencia los pasajes bíblicos preparados para esta «mixtura» atemporal, la versión de Aarón Zapico resultó una lectura arriesgada al alternar Haydn y Sánchez Verdú en las siete sonatas no siempre en ese orden, dejando siempre el elemento sorpresa por las propias sonoridades que el compositor gaditano saca como buen orquestador que es, que no estaban indicadas en el programa y con parte del público «despistado» aunque los espectáculos gratuitos siempre atraen neófitos en la materia de oído poco cultivado.
La joven orquesta rindió con plena entrega y calidad a la maestría del director asturiano, capaz de aglutinar las dos obras en una con naturalidad, mucho esmero en los contrastes, manejando unas dinámicas y tempi extremos «marca de la casa», donde los silencios son tan importantes como el sonido y deben remarcarse, aprovechando la reverberación de dos segundos que tiene esta iglesia monacal granadina para dejarnos unas “últimas palabras de Aaron Zapico en Granada”, ya formando parte de la propia historia del Festival.
Si la obra original, analizada en las notas al programa, presenta muchas dificultades, unir esta serie tan heterogénea en los aires manteniendo el bloque sonoro, supuso un verdadero reto interpretativo donde la verdadera palabra interpretada por Árbol se sumaría al auténtico espectáculo escuchado con un respetuoso silencio «como en misa», contagiados todos los fieles de esta mística musical.
De los jóvenes músicos de esta orquesta, Academia Barroca del Festival de Granada, cuya plantilla también incluyo en esta entrada, destacar las excelentes maderas y solistas (Vicent Giménez Pons al oboe, Clara Burgos Valenciano en la flauta y el fagot de Javier Caruda Ortiz), bien empastadas las trompas, una cuerda homogénea con solos del concertino Alfredo Jaime Doblado de calado maduro, más “El terremoto” final donde trompetas y timbales nos hicieron expirar y respirar, con un maestro de ceremonias verdadero artífice de este «milagro haydniniano» en San Jerónimo.
Componentes de la orquesta:
Notas al programa de Bernardo García-Bernalt:

Sieben-Sheba: Metaexégesis
Facilitada por la revolución en los procesos de producción y consumo de la música que se vivió en las últimas décadas del siglo XVIII, la obra de Joseph Haydn, paradigma de lo que podría considerarse en su época un estilo compositivo transnacional, tuvo una extraordinaria recepción en España ya desde 1770. Quizá el mayor éxito lo alcanzó con sus Siete últimas palabras de Cristo en la cruz, compuesta alrededor de 1786 por encargo del Marqués de Valde-Íñigo y destinada al ejercicio devocional de Las tres horas que se celebraba el Viernes Santo en el oratorio gaditano de La Santa Cueva. Se le solicitaron siete adagios instrumentales inspirados en cada una de las palabras que, según los evangelios, Cristo dijo desde la cruz, para que fueran alternando con prédicas sobre cada una de ellas. Tras una introducción, la música debía ir expresando las emociones correspondientes a cada palabra, invitando a la meditación, y concluiría con una representación musical del terremoto que siguió a la muerte de Cristo. La versión original –la que hoy se escuchará– fue publicada por Artaria a mediados de 1787, junto a una adaptación para cuarteto y otra para piano (años más tarde se estrenaría también una versión en forma de oratorio).
La dificultad que suponía escribir una serie tan homogénea en los tempi y en la forma sin que resultara monótona fue superada por Haydn con la adopción de un plan tonal global sorprendente, la exploración de diversas variaciones de la forma sonata o el empleo de una paleta de texturas que van desde una ligereza casi quebradiza hasta apabullantes sonoridades masivas. El resultado es una obra híbrida, con elementos de sinfonía característica y de oratorio sin palabras, que expresa la situación anímica de Cristo en su agonía a través de cada una de las palabras que pronuncia. Cada breve texto inspira y articula una frase que los violines primeros exponen al inicio (algo que el oyente solo puede percibir de modo subliminal), motivo que sirve como idea principal, generadora de todo el movimiento. Charles Burney constata lo dicho: «Los temas son tan apasionados y llenos de dolor y tristeza que, aunque todos los movimientos fluyen de modo similar, los motivos, tonalidades y efectos son tan nuevos y diferentes que un verdadero amante de la música no sentirá fatiga alguna ni deseará temas más ligeros para estimular su atención» (A General History of Music, Londres 1789).
Hoy, la exegética obra de Haydn es, a su vez, objeto de otra exégesis musical propuesta por José María Sánchez-Verdú. Su obra SHEBA, que se estrena en España en este concierto, deriva también de un singular encargo realizado en 2018 por el Festival Haydn de los Conciertos del Castillo de Brühl. Escrita para una orquesta historicista de plantilla similar a la que exige Die sieben letzten Worte, consta de siete breves estudios orquestales, susceptibles de insertarse tras cada una de las sonatas, que, de algún modo, dialogan con ellas, las interpretan, comentan o interpelan, planteando una resignificación de la propia retórica de los afectos. La obra de Sánchez-Verdú es una fascinante propuesta de nuevas sonoridades a partir de la exploración de las peculiaridades tímbricas de los instrumentos de época o de la distribución espacial de la orquesta, entre otros elementos: «los registros, los colores tonales y las características
de orquestación de Haydn se deforman como en una especie de anamorfosis del material musical», según el autor. Die sieben Worte y SHEBA, se comunican también mediante rasgos, gestos, recuerdos e impulsos que, como afirma Andreas Speering, «permiten apreciar y experimentar tanto la sorprendente modernidad de Haydn como la profunda sensibilidad histórica de Sánchez-Verdú».

PROGRAMA
Joseph Haydn (1732-1809):
Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze, HOB.XX:1 (Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, 1787):
L´introduzione
Sonata I «Pater, dimitte illis, quia nesciunt, quid faciunt»
Sonata II «Hodie mecum eris in Paradiso»
Sonata III «Mulier ecce filius tuus»
Sonata IV «Deus meus, Deus meus, utquid dereliquisti me»
Sonata V «Sitio»
Sonata VI «Consummatum est»
Sonata VII «In manus tuas Domine, commendo spiritum meum»
Il terremoto
José María Sánchez-Verdú (1968):
SHEBA (Siete estudios para orquesta histórica sobre Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze de J. Haydn) (2018) (estreno en España)

Matinal de schubertíada granadina

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Sábado 13 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Crucero del Hospital Real: Música de cámara | #Schubert esencial. Cosmos Quartet, Katja Maderer (soprano). Obras de Schubert y Sánchez-Verdú. Fotos propias y de ©Fermín Rodríguez.

Penúltima matinal con música de cámara dedicada a Schubert con el Cosmos Quartet y la soprano de Passau Katja Maderer en vez de la inicialmente prevista Katharina Konradi, con una primera parte muy interesante por los arreglos para cuarteto de cuerda de varios lieder de Schubert a cargo de  José María Sánchez-Verdú (1968) y Aribert Reimann (1936-2024) en una interpretación que contó con las traducciones de los poemas proyectadas en los sobretítulos.

El cuarteto catalán lleva diez años juntos y se nota por su complicidad, trabajo profundo de las obras, matices extremos y un sonido cohesionado donde todos saben sus dinámicas y encajan escrupulosamente lo escrito. Los arreglos de los lieder resultaron un plus para los originales, pues la tímbrica es idónea y por momentos, de no ser por los textos, casi podríamos hablar de música litúrgica, que en la voz de Katja Maderer en su lengua natal, engrandeció aún más unos poemas hermosos donde tanto Reimann como Sánchez-Verdú no solo respetan el original, lo miman y hacen crecer, siendo muy aplaudidos por un público variopinto.

Voz bien timbrada la de la soprano alemana, de emisión perfecta y una interpretación bien dramatizada por la expresión tanto musical como facial, bien arropada por «El Cosmos» en seis canciones de la que Luis Gago en su notas al programa tituladas «Canciones sin piano» las desgrana con estas palabras:

Para que la naturaleza te sirva de inspiración hay que embeberse de ella. Es imprescindible renunciar a las comodidades domésticas, echar a andar y detenerte a contemplar cuanto te rodea, una escena familiar en muchos de los cuadros de Caspar David Friedrich, tan recordado este año en el que se conmemora el 250º aniversario de su nacimiento. Los escritores románticos expresaron como pocos las virtudes y los sinsabores que lleva aparejados ese nomadismo constante, esa sensación de extrañamiento en todas partes que te impele a vagar sin rumbo con la sola compañía de arroyos, bosques, árboles, montañas, valles, nubes o, por supuesto, la luna, su más fiel compañera. Goethe presagió ese trasiego poético constante de aquellos Wanderer o errabundos que encontrarían en el caminante de Winterreise de Schubert a su máxima encarnación musical. Por eso no podía faltar en la trilogía de José María Sánchez-Verdú uno de los poemas mayores en lengua alemana: la segunda de las canciones nocturnas que escribió Goethe en cuanto Wanderer él mismo, ocho versos escritos el 6 de septiembre de 1780 en una modesta cabaña situada en la cima del Gickelhahn, la más alta de las colinas en torno a Ilmenau, que Goethe visitó por última vez pocos meses antes de su muerte, el 27 de agosto de 1831. La escribió en una de sus paredes de madera, como si quisiera que perviviera apegada a la naturaleza que la inspiró. El compositor andaluz completa su trilogía con el prodigio poético y musical de Gretchen am Spinnrade, en la que un Schubert adolescente se adentra en la mente perturbada de otra adolescente (la Margarita seducida por Fausto cuya mente gira vertiginosamente al compás de la rueca), y con An den Mond, un poema en el que Goethe defiende «apartarse del mundo» y «vagar en medio de la noche»: sólo así es posible ver con claridad y (re-)encontrarse uno mismo. La luna fue la mayor confidente de los errabundos románticos y es ella la que, desde su atalaya, nos muestra el camino. En sus arreglos para voz y cuarteto de cuerda, Sánchez-Verdú sigue la estela de Aribert Reimann, fallecido hace pocos meses, que practicó este mismo arte de manera pionera con Lieder no sólo de Schubert, sino también de Mendelssohn, Schumann, Liszt o Brahms.

 

En Mignon escuchamos tres canciones cantadas por el personaje homónimo de Wilhelm Meister, una novela formativa en cuyo libro segundo el protagonista encuentra a esta muchacha andrógina en una compañía de circo ambulante. Tan perfectos son sus versos que, al igual que los del Wandrers Nachtlied, atrajeron a todos los grandes liederistas del siglo XIX, Schumann y Wolf incluidos. Reimann, además de compositor, fue un excelente acompañante de cantantes (como Dietrich Fischer-Dieskau y Brigitte Fassbaender: ahí es nada), lo que convierte sus instrumentaciones en auténticos actos interpretativos (en el sentido también de hermenéuticos) del más alto nivel.

Me encantó el calado expresivo de los dos primeros poemas de Goethe pero sobremanera Margarita en la rueca donde el cuarteto de cuerda consigue ese efecto tan complicado en el piano original, demostrando el hondo conocimiento que el músico algecireño (de alma granadina) tiene de la formación, como he venido comprobando a lo largo de este Festival donde es compositor residente. Y del «modelo» a seguir que fue el recientemente fallecido Aribert Reimann, su Mignon nos dejó el feliz encuentro de la soprano alemana y el Cosmos Quartet con una fórmula que está llamada a triunfar en este mundo de la llamada música de cámara que sigue transportándonos a los salones de la Viena imperial.

La segunda parte, como también escribe Luis Gago, estuvo dedicada al Cuarteto «Rosamunde», disfrutando del espíritu schubertiano lleno de amarga alegría, de contradicciones y búsqueda de respuestas para este caminante al que la vida no le sonrió. Sobre su muerte o no por sífilis ya lo comenté a raíz de los encuentros con el doctor Rafael Ortega-Basagoiti, un poco más de luces y sombras para la biografía del malogrado Franz:

 

Para dar también voz en solitario al Cuarteto Cosmos, el concierto se cierra con una obra de Schubert coetánea de Die schöne Müllerin –otro ciclo de canciones protagonizado por un errabundo que acabará quitándose la vida– y del contagio de sífilis del compositor. El Cuarteto D 804 se abre como un Lied con dos compases de pura introducción figurativa que preparan la entrada de la melodía principal, confiada al primer violín, todo ello en un aura de privacidad y de reclusión que poco o nada tienen que ver con el modo en que solían iniciarse los cuartetos desde el Clasicismo. Esta introversión inicial se refuerza con la elección de una música propia –la escrita para el entreacto posterior al Acto III de Rosamunde– como motivo conductor del Andante en do mayor, otra melodía apacible en el característico ritmo dactílico del composito

De regalo sólo podía sonar Schubert con un excelente Scherzo (Prestissimo) del Cuarteto en mi bemol mayor, D 87 op. 125, presentado por Bernart Prat, para poner la alegría final y el buen humor bromístico (con esos rebuznos tan musicales) de esta matinal schubertíada granadina.

PROGRAMA:

 -I-

Franz Schubert (1797-1828) / José María Sánchez-Verdú (1968):

Wandrers Nachtlied, D 768 (Canción nocturna del caminante)

An den Mond, D 259 (A la luna)

Gretchen am Spinnrade, D 118 (Margarita en la rueca)

Textos de Johann Wolfgang von Goethe

(arreglos para soprano y cuarteto de cuerdas, 2024)*

* Estreno absoluto, encargo del Festival de Granada y la Schubertíada Vilabertrán

Franz Schubert / Aribert Reimann (1936-2024):

«Mignon» (transcr. 1995):

Nur wer die Sehnsucht kennt (Sólo quien conoce el anhelo)

Heiß mich nicht reden (No me hagas hablar)

So laßt mich scheinen (Dejadme hasta serlo parecer un ángel)

-II-

Franz Schubert:
Cuarteto nº 13 en la menor «Rosamunde», D 804 (1824)

Allegro ma non troppo / Andante / Menuetto. Allegretto – Trio / Allegro moderato

Cosmos Quartet:

Helena Satué, violín – Bernat Prat, violín – Lara Fernández, viola – Oriol Prat, violonchelo

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Katja Maderer, soprano

ASOMBRO SOnoro

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Martes 9 de julio, 20:00 horas. 73º Festival de Granada, Teatro CajaGranada | Música de cámara:
SIGMA Project, Iñaki Alberdi (acordeón), Francisco Javier Larreina, espacio escénico. Obra de José María Sánchez-Verdú; Estreno escénico.  Fotos de ©Fermín Rodríguez.

En esta septuagésimo tercera edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada estoy descubriendo poco a poco el particular universo sonoro y camerístico del compositor residente de esta edición, el algecireño José María Sánchez-Verdú (Algeciras, 1968), del que Alberto González Lapuente (1961) ya le describía en el diario ABC (marzo de 2009) así: «en todo el universo compositivo español no habrá un compositor más radical en el estilo y (…) más dispuesto a tender puentes con el ayer (…) La recalcitrante voluntad del compositor le lleva, una y otra vez a rebuscar en la materia sonora adentrándose en el sonido y en la materia acústica de los propios instrumentos» y el tiempo está corroborando este vaticinio del crítico madrileño. Si con la cuerda esta búsqueda ya me sorprendía, en el caso de los saxofonistas valencianos de SIGMA Project junto al acordeonista guipuzcoano Iñaki Alberdi Alzaga (Irún, 1973) en este día 24º de mi festival solo puedo calificarlo de asombroso o jugando con las palabras, como el algecireño con el sonido, «ASOMBRO SOnoro».

Del ciclo KHÔRA que se fue «construyendo» entre 2012 y 2019, dejaré más adelante las propias notas del compositor gaditano, pero quiero resaltar este estreno escénico que logró aún mayor impacto sonoro en un espacio como el del Teatro de la Fundación CajaGranada (que lleva de nombre del Isidoro Máiquez  (actor cartagenero afincado en Granada de finales del siglo XVIII a principios del XIX) pues el escenógrafo Francisco Javier Larreina, pese a las propias limitaciones de un «teatro» muy especial pero aún creciendo y necesitando todavía más recursos, logró ayudar a vestir, revestir y (re)construir un edificio sonoro ya de por sí en una cuarta dimensión espacio-temporal que de haberse escuchado estático en otro recinto, el resultado final no hubiese sido tan espectacular.

Mientras parte del público estaba más pendiente de la semifinal de la Eurocopa 2024 entre España y Francia (ya somos subcampeones), incluso marchando en torno a las 21 horas, yo apenas pensaba palabras que me iba sugiriendo la escucha, luces y movimiento de un quinteto ya de por sí «rompedor» en su composición.

Palabras que brotaban casi como los sonidos de los distintos saxos, solos, emparejados, cambiando de posición, permutándose, moviéndose con un vestuario blanco y pies descalzos buscando aún mayor pureza para no interferir en una construcción temporal como es el directo: espasmos sonoros, edificando sonidos, ecos de risas y diálogos inconexos donde los saxofones imitaban murmullos, gemidos, piar de pájaros, canto de grullas y aleteo de unos extraños «cuervos blancos», gritos, quejidos, la naturaleza en estado hipersónico, recuerdos de la madre Gea o Gaia, del siempre recordado Antón García Abril para la mítica serie «El hombre y la tierra», con aerófonos capaces de todo lo que Sánchez-Verdú ha escrito para esta formación: percusión, efectos especiales y hasta ladridos o aullidos, sumando dextrógiros y levógiros en primer plano y enfrentando los dos saxos bajos para envolvernos literalmente, verdadera polifonía saxofónica de voces iguales y aires atonales, casi salvajes.

Increíble la aparición del acordeón, contemporáneo en conjunto pero descontextualizado al utilizarlo en una posición increíble de tocar, asi inimaginable que sólo Alberdi (totalmente de negro pero iluminado en el amplio sentido del adjetivo) puede hacerlo: tumbado y al revés, el fuelle también visual, manos opuestas en las botoneras, equilibrio por posición entre los sopranos que también insuflarían a un megáfono el aire vital junto a los tenores con el tudel acodado y doble lengüeta de fagot («saxos egipcios») de la Khôra V en un quinteto final efectista cual tren de vapor tomando velocidad, la industrialización sin olvidarse un lenguaje del mundo actual, el bajo  casi hundido el fondo acercándose al primer plano antes del efecto «goteo» final con solo los dos saxos sopranos y las luces apagándose. Eran las 21:22 horas y los nueve episodios alcanzaban un clímax de silencio tras este catálogo sonoro aerófono.

La estructura de KHÔRA es la siguiente:
Khôra I (2 saxos sopranos y 2 saxos bajos)
Horos I (2 saxos sopranos)
Khôra II (2 saxos sopranos y 2 saxos bajos)
Transitus (1 saxo bajo)
Khôra III (2 saxos sopranos, 2 saxos bajos y acordeón)
Horos II (acordeón)
Khôra IV (2 saxos sopranos y 1 saxo tenor)

Transitus II (2 saxos sopranos, 1 saxo tenor y 1 saxo bajo)
Khôra V (2 saxos sopranos, 2 saxos “egipcios” y acordeón)
Y aquí las notas al programa del propio José María Sánchez-Verdú:

El ciclo KHÔRA, para cuarteto de saxofones y acordeón microtonal, está conformado
por nueve piezas. El espacio y su percepción, junto al sonido, son los ejes vertebradores
de todo el proyecto.
Cada una de las partes del ciclo presenta una articulación y percepción distinta del espacio y además prevé una disposición instrumental diferente, creando un campo de interacciones muy contrastado, casi de tipo instalativo, como una cartografía sonora, como una escultura de la memoria del espacio y el sonido. El ciclo ofrece un mundo de escrituras abstractas que ocupan espacios ambiguos y en transición, como contenedores de un pensamiento no aprehensible, de un universo de reflexión y cuestionamiento. El término khôra nace de Platón (Timeo) y es replanteado musicalmente a partir también de la relectura que hizo de este concepto en el siglo XX el filósofo Jacques Derrida (Khôra).
El espacio y la música se despliegan conjuntamente, como una arquitectura abstracta que articula nuestra percepción y la memoria de su forma. El oyente experimenta diversas perspectivas del espacio en relación al elemento musical: se superponen espacios distintos; se crean perspectivas acústicas y visuales extremas que te sitúan en los límites de la percepción del sonido y sus relieves; el silencio y las fuentes sonoras crean diversos campos acústicos; se articulan desplazamientos y movimientos coreográficos de los saxofones como itinerarios de un peregrinaje, etc. Todo ello dota al espacio de un valor primigenio y focaliza la memoria y la escritura de los espacios como temática de todo el proyecto.

«El Timeo nombra khôra (localidad, lugar, espaciamiento, emplazamiento) a esa “cosa” que no es nada de aquello a lo cual, sin embargo, parece “dar lugar”, sin dar jamás nada, empero: ni los paradigmas ideales de las cosas ni las copias que un demiurgo insistente inscribe en ella. […]» (Derrida, Khôra). El concepto platónico de khôra nos sitúa en el campo del espacio, y nos enfrenta al mundo dual del logos y del mito. Khôra es, en este sentido, una suerte de “nodriza”, de “matriz”, y ocupa un lugar que no puede definirse más que ambiguamente. El mito y la escritura forman parte de esta reflexión: «La memoria viva debe exiliarse en los vestigios escritos de otro lugar […]» (Derrida, Khôra). Ernst Bloch habló sobre un sonido que no llena el espacio, sino que lo crea. Los instrumentistas de KHÔRA van creando espacios a través del tiempo.

Ramón Andrés, en el texto que escribió para la grabación de esta obra en el sello austríaco KAIROS, señaló que:

La música que propone KHÔRA es una deslumbrante muestra de ese algo que «se convierte permanentemente en otra cosa», de ese punto imposible de situar, pero que se abre al espacio, a eso que en términos heideggerianos se diría «apertura al mundo», pero de un mundo que emerge gracias a la articulación de un lenguaje, aquí musical, que funda un lugar. De ahí que sea lícito hablar en KHÔRA de sonido y epifanía. Nada en esta partitura se sujeta a la afirmación. Cambio dentro del cambio, no tiene un centro, porque ella deviene en el gran círculo. […] El tiempo, en la música de KHÔRA, es un desplazado más, una metáfora de la duración. Entre otras razones porque esta página se halla rehilada de numerosos microtiempos que fluyen en trayectorias distintas, a veces opuestas, en instantes que apenas llegan a cristalizar, en pequeñas cronologías inversas, que hacen, efectivamente, que todo sonido comporte una especie de epifanía, una incesante creación, ahora, en este caso, como nacimiento de un espacio.

KHÔRA es, en definitiva, un viaje en el tiempo y en el espacio por territorios abstractos levantado sobre raíces profundas (no visibles) de reflexión filosófica que, sin embargo, no enmascaran un mundo sonoro hecho para sentir y percibir con nuestros sentidos.

José María Sánchez-Verdú

SIGMA Project son

Andrés Gomis, Ángel Soria, Alberto Chaves y Josetxo Silguero (saxofones).

PROGRAMA

José María Sánchez-Verdú (1968):

KHÔRA (ciclo para cuarteto de saxofones y acordeón microtonal) (2012-19)

Estreno absoluto de la versión escénica

Grand Bouffe chelística

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Miércoles 19 de junio, 21:30 horas. 73º Festival de Granada. Crucero del Hospital Real | Grandes intérpretes / +Bach:
Jean-Guihen Queyras, violonchelo. Obras de Adnan Saygun, Bach y Kodály. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

La amplia oferta del festival granadino hace difícil elegir a qué concierto asistir, y en mi cuarto día entre el órgano en la Iglesia de los Santos Justo y Pastor con Bernard Foceroulle más Lamber Colson, siempre apetecible, me decanté por «Mein Gott» en el Crucero del Hospital Real (cambiado al inicialmente Patio de los Inocentes) con el chelista canadiense Jean-Guihen Queyras pues me permitía escuchar también a un para mí desconocido Ahmed Adnan Saygun (1907-1991) y el siempre agradecido Kodály en el instrumento más cercano a la voz humana.

Las notas en el libro del Festival tituladas «Bach mirando al futuro» nos cuentan que «en el Festival de 2022, el canadiense Jean-Guihen Queyras interpretó en una inolvidable matinal las suites impares para violonchelo de Bach, que preludió con piezas aforísticas de György Kurtág» y este último miércoles  primaveral volvía «por la noche al genial músico alemán con la más compleja y extensa de sus suites, la Sexta, escrita en realidad para un violonchelo piccolo de cinco cuerdas, lo que complica el acercamiento con un instrumento convencional. Y, como entonces, enfoca la música de Bach hacia el futuro del violonchelo, esta vez con dos obras del siglo XX, una, la de Kodály, bastante conocida y difundida también; la otra, estreno en España, es la de un importante compositor turco, que estudió en la Schola Cantorum de París y pasa, entre otras cosas, por ser el autor de la primera ópera turca de la historia».

Parece que el gran Pau Casals se «desayunaba» cada día una de las seis Suites del dios Bach, por lo que en principio me tomé como un aperitivo, con mucha enjundia, la Partita para violonchelo solo, op. 31 «To the Memory of Friedrich Schiller» (1955) del compositor turco que se estrenaba en España para un programa donde las notas de Enrique Martínez Miura se titulaban «Reflejos bachianos», y por tratarse de una novedad mejor las transcribo: «(…) la Partita de Saygun –acaso la música turca más conocida fuera de su país– nace de otra raíz, el folclore de Anatolia, que en noviembre de 1936 estudiaría con Bartók, cuya influencia no deja de percibirse en Saygun. Compuesta para recordar el 150 aniversario de la muerte de Schiller, la obra fue estrenada en Ankara en 1955 por Martin Bochmann. Hasta que se impuso el título actual, la página se conoció por otras denominaciones, como por ejemplo Requiem-cello Suite. La maestría de la escritura instrumental, puesta de manifiesto por todos los violonchelistas, aun en tesis doctorales dedicadas a la obra, se suma al subrayado de un tono algo pesimista, que se dice procedente de la filosofía sufí. Acordes disonantes, ritmos sincopados, ensimismamiento (Adagio, Allegretto) jalonan esta sorprendente cuanto desafiante Partita». Interesante obra en cinco movimientos reflejando el conocimiento de la forma «Partita» en pleno siglo XX donde todos los registros y técnicas del chelo se aprovechan al máximo, desde esa cuarta cuerda que resuena potente (más en el crucero y mejor que en el patio) hasta los armónicos explorando terrenos casi violinísticos donde Queyras «saca petróleo» de su instrumento (un Pietro Guarneri veneciano de 1729, puesto a su disposición por Canimex Inc. de Drummondville, Quebec, Canadá). Lo dicho, un primer plato potente de un menú que resultaría completísimo.

La Suite nº 6 de Bach si entrar en los planteamientos históricos de su exacto destino instrumental, donde hasta nuestro Adolfo Salazar ya en 1951 apuntaba a «la agilidad superior y una tesitura más aguda que un chelo normal, sobre el que la obra puede ser tocada –siempre y cuando el intérprete sea un virtuoso muy consumado–, bien que obligando a la corrección de algunos acordes», lo que no presenta dudas es el obligado dominio del instrumento y Queyras lo demostró. Toda partitura es cual guión donde el intérprete aportará su punto de vista, su trayectoria, sus experiencias y por supuesto el conocimiento, así que la partitura del kantor tiene todos los ingredientes para ser siempre distinta, sin olvidarnos de un lenguaje italiano del que Bach también tomó buena nota. El Preludio inicial enfocado con calma, la Allemande con ornamentos claros en el chelo del francés, bien «bailada» la Courante y virtuosa Sarabande (siempre recordándome a Marin Marais) con dobles, triples y hasta cuádruples cuerdas. Manteniendo ese contraste barroco las dos Gavottes me llevarían al Cantábrico con el aire de gaita francesa de la segunda antes de la última y elegante Gigue, una lectura la de Queyras visceral, sincera y honesta.

Tras una breve pausa donde ni acudir a verter aguas, llegaría lo más brillante de este concierto, la Sonata para violonchelo solo, op. 8 (1915) de Kodály dedicada a Jenő Kerpely, que la estrenaría el 7 de mayo de 1918, donde Queyras demostró su buena fama. Si Bach era el segundo plato del menú, Kodály no fue el postre sino un verdadero banquete por sí solo, original, apreciado por Béla Bartók, sonata virtuosa y explorando tímbricas que en su momento eran impensables, aunque el primer Saygun cocinó también estos ingredientes. Enrique Martínez Miura la define como «un reto para cualquier intérprete (…)  De virtuosismo radical, se recurre a un catálogo de formas de atacar las notas, invocándose un espejismo polifónico, que es inevitable remitir a Bach, aunque en Kodály, salvo excepciones, el chelo sigue un curso básicamente homofónico. Abundan los efectos tímbricos, como la imitación de instrumentos cíngaros, mas ese alarde técnico nunca perturba la línea principal. Se suma la dificultad de la scordatura, de modo que las cuerdas tercera y cuarta, sol y do, deben afinarse como fa sostenido y si bemol».

Sus tres movimientos presentan un derroche de música y el esfuerzo del chelista donde la mano izquierda  llega a posiciones imposibles y el arco entra por todas partes, energía necesaria pero también momentos pastorales y especialmente los aires zíngaros tan familiares, vitales y expresivos donde Kodály muestra la inspiración en el folklore de su Hungría antes del último Allegro molto vivace, considerado como de los pasajes más difíciles de toda la literatura para violonchelo, una rapsodia casi polifónica en las manos del «chef» Queyras con esta fusión de formas para la bellísima y generosa sonata con la que culminaba esta «Grande Bouffe» chelística, por finalizar ya mis referencias gastronómicas.

PROGRAMA

-I-

Ahmed Adnan Saygun (1907-1991):

Partita para violonchelo solo, op. 31 «To the Memory of Friedrich Schiller» (1955)*

Lento – Vivo – Adagio – Allegretto – Allegro moderato

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Suite para violonchelo nº 6 en re mayor, BWV 1012 (1717-23)

Prélude – Allemande – Courante – Sarabande – Gavotte I – Gavotte II – Gigue

-II-

Zoltán Kodály (1882-1967):

Sonata para violonchelo solo, op. 8 (1915)

Allegro maestoso ma appassionato – Adagio (con grand’ espressione) – Allegro molto vivace

* Estreno en España

Todo es posible en Granada

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Martes 18 de junio, 21:30 horas. 73º Festival de Granada, Patio de los Inocentes (Hospital Real) / Música de cámara | +Bach: Israel Galván (baile), Benjamin Alard (clave y dirección), Miguel Colom (violín) – Fernando Arias (violonchelo), Álvaro Octavio (flauta), Ángel Luis Sánchez (oboe), Vicente Alberola (clarinete). Manuel de Falla, entre la influencia y la creación. Obras de Bach, Sánchez-Verdú, D. Scarlatti, Vásquez, Victoria y Falla. Fotos ©Fermín Rodríguez.

Tercer día de mi festival granadino con un espectáculo original en el Patio de los Inocentes (buen nombre para lo que escuchamos) con entradas sin numerar y un lleno hasta los cipreses. Y de nuevo un estreno del gaditano José María Sánchez-Verdú que tomaría la palabra para explicarnos las relaciones e influencias de su paisano Falla y su inspiración en San Juan de la Cruz y su Cántico Espiritual siempre relacionado con Granada, como las Las ínsulas extrañas (2024).

Pero Bach padre de todas las músicas sería el encargado de abrir la tarde (que iría refrescando) con Benjamin Alard al clave del Museo de Falla (que sigo diciendo tiene muy poco volumen), Álvaro Octavio a la flauta y Miguel Colom al violín, el Affettuoso del quinto Concierto de Brandemburgo donde la originalidad fue el baile de Israel Galván, algo impensable aunque todo es posible en Granada, y aunque no hubiese una conexión con la música al menos pudimos comprobar una gestualidad propia que no ilustraba la música de «Mein Gott» sino la indicación de este movimiento.

El estreno de Sánchez-Verdú con la misma formación que el último Falla, estuvo dirigida por el propio compositor, en su lenguaje atonal exprimiendo todas las tímbricas del sexteto (como el día anterior en su trío), inicio de chelo y clarinete imperceptibles para ir sumándose clave, flauta y oboe. Mi tocayo sevillano Pablo J. Vayón titula las notas al programa como «Ascética y mística del clave» pero en el caso de estas ínsulas al menos fueron creciendo en rítmica con la búsqueda de sonoridades por momentos bruscas, abruptas y atípicas explorando y explotando los recursos habituales del gaditano, que personalmente no me aportan nada nuevo en pleno siglo XXI. El propio compositor escribe de ella: «Mi pieza, lejos de emular el Concerto, describe un viaje casi místico a través de siete paisajes que trazan una ascensión en la percepción. El material musical se despliega en ostinati, bloques que se despliegan como espejos concéntricos, ecos en transiciones orgánicas entre paisajes, y tienen al clave siempre como centro del itinerario. […] Como la ascensión al Monte Carmelo –que describió y también diseñó en un muy especial dibujo con su mano el propio santo– en la pieza musical se conjuga la búsqueda de una plenitud mística y espiritual a través de un terreno místico por naturaleza: el camino. Las ínsulas extrañas es una cartografía de todos estos espejos y resonancias, con San Juan y Manuel de Falla y con el espacio de la montaña que los aunó en espacios y tiempos que dialogan».

Al menos los arreglos del algecireño para «llevarnos hasta Falla» mantuvieron la música primigenia, tanto de Juan Vásquez en De los álamos vengo, madre, ideal la elección de violonchelo y clarinete para ´disfrutar de esos grandes instrumentistas, tan solo algún exceso sonoro y sumando nuevamenre el baile de Galván, tampoco coreografía sino pura heterodoxia desde la expresión corporal, o el Tantum ergo de Victoria para la formación sin el clave, polifonía y tímbrica casi orgánica donde el viento con la cuerda «cantan» sin palabras esta joya  renacentista del Padre abuleño.

Con el cambio en el orden, volvería el sevillano Israel Galván en un taconeo para la Sonata para clavicémbalo en si menor, K. 87 de Domenico Scarlatti que taparía totalmente a Benjamin Alard. Si Bach soporta cante y baile allá donde suene, el napolitano hijo de Alessandro quedó totalmente eclipsado. Cierto que la pulsación del clavecinista francés era clara, precisa y cercana al bailaor, favoreciendo incluso el encaje entre ambos intérpretes, pero hubo más baile que música y la fusión barroca y flamenca aquí no funcionó aunque lo tomaremos como el homenaje a Don Manuel, un gaditano enamorado de Granada que sería lo mejor del espectáculo.

 

El Concierto para clave y cinco instrumentos de Falla, dedicado a Wanda Landowska, «apóstol del clave» como la califica Vayón, y que se lo estrenaría en el Palau catalán el 5 de noviembre de 1926, es en cierto modo una continuación lógica del Retablo que disfrutamos el pasado año con el mismo instrumento que parece enamoró al clavecinista y organista francés. El quinteto al que secundó se mostró impecable en la ejecución y sonoridad a lo largo de los tres movimientos, y escuchando esta página sigue pareciéndome aún más moderna y actual, mirando más a Europa que a España, sin folclorismo y con una desnudez por parte del sexteto que sí enlaza con el ascetismo. De nuevo escuchamos a Falla utilizando a Juan Vásquez en el Allegro, el Lento central con en el Tantum
ergo
victoriano y hasta la fiesta final y colorista del Corpus granadino. La modernidad de hace un siglo que sigue siendo actual.

 

Y la guinda sería utilizar la misma formación instrumental para que Galván se marcarse una sevillana propia (desconozco el arreglo), sentado en una silla (nada flamenca), con sus botines blancos, tocado con una rosa en el pelo, y esas manos que hablan como solo los del sur llevan en los genes. Todo es posible en Granada…

PROGRAMA

Manuel de Falla, entre la influencia y la creación

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Affettuoso del Concierto de Brandemburgo nº 5 en re mayor, BWV 1050, para flauta, violín y clave (1720-21)

José María Sánchez-Verdú (1968):

Las ínsulas extrañas (2024)*

Juan Vásquez (c. 1500-c. 1560) / José María Sánchez-Verdú:

De los álamos vengo, madre (arreglo para clarinete y violonchelo, 2024)*

Tomás Luis de Victoria (h. 1548-1611) / José María Sánchez-Verdú:

Tantum ergo (arreglo para quinteto de flauta, oboe, clarinete, violín y violonchelo, 2024)*

Domenico Scarlatti (1685-1757):

Sonata para clavicémbalo en si menor, K. 87 (L. 33)

Manuel de Falla (1876-1946):

Concierto para clavicémbalo, flauta, oboe, clarinete, violín y violonchelo (1923-26):
Allegro – Lento – Vivace

* Estreno absoluto, encargo Festival de Granada

El fluir del presente al pasado

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Lunes 17 de junio, 22:30 horas. 73º Festival de Granada, Patio de los Arrayanes / Música de cámara | #Schubert esencial: Trío Arbós. Obras de Sánchez-Verdú y Schubert. Fotos de ©Fermín Rodríguez y propias.

José María Sánchez-Verdú (Algeciras, 1968) es el compositor residente de esta septuagésimo tercera edición del internacional festival nazarí y protagonista esta noche junto a Franz Schubert (Viena, 1797-1828), entrando ambos en contacto en este programa del Trío Arbós uniendo clásicos y contemporáneos interpretando los dos tríos con piano del vienés, obras de absoluta madurez escritas un año antes de su muerte, junto a dos obras del gaditano: …In aeternum,  y Jardín de agua II, su sexto trío con piano y estreno absoluto encargo del Festival. Diálogo entre presente y pasado cuyo punto de contacto puede encontrarse quizá en la percepción “fluida” del fenómeno sonoro, y así enfocaré esta reseña inspirándome en las notas del programa: «a Schubert le gusta explorar la forma como meandro: en lugar de poner el foco en el armazón de la estructura, prefiere detenerse en los recodos, las zonas de sombra, en los giros que los materiales dan sobre sí mismos. A la “divina longitud” schubertiana responde la “eternidad” de Sánchez-Verdú, que es liquidez estancada, goteo incesante, eco y resonancia».

Abría el concierto el trío …In aeternum (1996) y más tarde confluída en el Trío II (1998) como movimiento conclusivo. El escritor y crítico Stefano Russomanno titula sus notas al programa «La música y su fluir». y dice de este trío que es una página enormemente parca en su desarrollo y está construida sobre la «resonancia y extensión de un ostinato, una pulsación sobre la que se despliega un viaje que juega con la resonancia de la scordatura de los instrumentos y con un cierto carácter extático en su material».  Interesante el juego tímbrico y mi propia evocación acuática que en este caso parecía estancada como el propio Patio de Los Arrayanes que ayuda a una acústica increíble, con un violín limpio (Ferdinando Trematore), un cello poderoso en los graves (José Miguel Gómez) y el piano abrazando a ambos (Juan Carlos Garvayo), creando texturas y sensaciones.

El agua fluiría con Schubert y su Trío con piano en si bemol mayor, D 898, op. 99 (1827), cual depuradora llena del estilo inconfundible del incomprendido austríaco, melodías bellísimas que saltaban de uno a otro miembro del trío en un juego muy cuidado y una excelente conjunción fruto de tantos años (llevan desde 1996) tocando juntos, con simples miradas, gestos o simplemente escucharse en el verdadero diálogo musical donde como digo siempre, las «tres patas» suponen el equilibrio perfecto.

Vuelvo a citar las notas de Russomanno sobre este trío: «Salvo por una esporádica incursión juvenil (un Allegro escrito en 1812 a los quince años), la aportación de Schubert a la plantilla del trío con piano se concentra en un espacio restringido de tiempo, entre 1827 y principios de 1828. Como si en su cabeza esta formación hubiese desencadenado de repente una eclosión de ideas imposible de condensar en una única pieza, en pocos meses Schubert escribió dos tríos con piano de extraordinaria envergadura, los opus 99 y 100, cuyos rasgos se antojan en cierto modo complementarios».

El opus 99 comienza con un Allegro moderato desenfadado que corre hacia el lirismo tan característico de Schubert, dando paso a un ambiente más dramático, como un lied sin palabras que quisiera darnos colores ocres en el Andante un poco mosso. Alegría de baile comparable a los saltos de la trucha en un río transparente, danza que va animándose y el Trío compartiéndola con un público que aplaudía cada movimiento (desconocimiento o impulso desenfrenado que espero no se haga «viral»). El Allegro vivace conclusivo nos devolvería a la tranquilidad de la orilla tras un discurrir brillante donde hasta las sombras fueron luminosas.

Volveríamos al estanque del algecireño y su Jardín de agua II (Trío VI) compuesto este año por encargo del Festival Internacional de Música y Danza de Granada y que en palabras del propio compositor, «está centrado en algunos elementos vinculados con el agua en su organicidad, movilidad, fluctuación, sonoridad…, pero en la sutilidad de un estanque en reposo, como en el arte árabe. Musicalmente hace un uso especial de la agógica, de las resonancias del piano y de la superposición de capas distintas de percepción entre los tres instrumentos. La pieza articula no solo estos límites como campo de trabajo, sino que también presenta ciertas formas de espejos (simetrías, deformaciones de imágenes, etc.) o superposiciones de tempi, etc. inspirándose profundamente en el citado arte árabe y en su trabajo con las superficies, la geometría y la ornamentación a través de los espacios, materiales y elementos fundamentales como el agua y la luz». De mayor extensión que el primer trío y siguiendo con los paralelismos acuáticos o acuíferos, personalmente me transmitió una ciénaga donde se vertían residuos tóxicos, casi como la catástrofe de Aznalcóllar, de hace cinco lustro, con el esfuerzo por limpiar un desastre ecológico. De nuevo un trabajo inconmensurable del Trío Arbós defendiendo con profesionalidad y entrega esta partitura aplaudida junto al propio compositor que saldría a saludar y felicitar a los intérpretes por este estreno de este sexto trío que tras el segundo de Schubert me pareció coherente en tanto que las referencias rítmicas sonaron como en la cocina de diseño se llama «deconstrucción».

Y llegó el segundo trío con piano de Schubert que no solo funcionó cual depuradora sino que nos devolvió ese fluir clásico del vienés, inconfundible e inimitable, con melodías utilizadas en multitud de películas (me quedo con Barry Lyndon de Kubrick) que han hecho esta música reconocible más allá de los propios conciertos. Escribe Russomanno que «la proximidad cronológica… con el segundo libro del Viaje de invierno se refleja acaso en el Andante con moto, cuya atmósfera desprende una mezcla –tan schubertiana, por otra parte– de lirismo y desolación. El Allegro inicial transcurre en los cauces de un copioso despliegue de temas y modulaciones que generan una tensión interna continua. La campechana solidez del Scherzo se asienta en un importante trabajo imitativo entre las partes, mientras que el imponente Allegro moderato es producto de la hibridación entre los modelos de la forma sonata y el rondó». Si el primero de los tríos demostró la calidad y calidez de «El Arbós», este segundo fue un dechado de perfección, dinámicas bien trabajadas, balances melódicos ajustados, pasajes rápidos ejecutados con una limpieza tan cristalina como el evocador río, contrastes anímicos hechos música y recuerdos de las propias sonatas de violín que al incorporar el chelo no solo engrosa la propia sonoridad sino que amplía la paleta emotiva siempre presente en Schubert.

De regalo tenía que seguir siendo Schubert de quien nos ofrecerían un arreglo para trío del lied Nacht und Träume (Noche de ensueño) con luna creciente, brisa nocturna y perfume de tilos presentado por Garbayo volviendo a mostrar el magisterio del Trío Arbós en la música del vienés y rindiendo homenaje a la capital austríaca, eje central de esta 73 edición del Festival de Granada.

PROGRAMA

José María Sánchez-Verdú (1968):

…In aeternum (del Trío II) (1996)

Franz Schubert (1797-1828):

Trío con piano en si bemol mayor, D 898, op. 99 (1827):

Allegro moderato – Andante un poco mosso – Scherzo. Allegro
Rondo – Allegro vivace

José María Sánchez-Verdú:

Jardín de agua II (Trío VI) (2024)*

Franz Schubert:

Trío con piano en mi bemol mayor, D 929, op. 100 (1827)

Allegro – Andante con moto – Scherzo. Allegro moderato – Allegro moderato

* Estreno absoluto, encargo del Festival de Granada

Una “Coronis” sobresaliente

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Jueves 18 de abril de 2024, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXI Festival de Teatro Lírico Español. «Coronis», zarzuela barroca en dos jornadas.
Música de
Sebastián Durón, libreto anónimo, a partir de la “Metamorfosis” de Ovidio. Escrita y estrenada en Madrid entre 1701 y 1706. Producción del Théâtre de Caen, coproducción con el Teatro Nacional de la Opéra-Comique de París, la Ópera de Lille, la Ópera de Rouen, la Opéra de Limoges y Le Poème Harmonique: estrenada en el Théâtre de Caen los días 6, 7 y 9 de noviembre de 2019.

(Crítica para Ópera World del viernes 19, con los añadidos de las fotos de Alfonso Suárez©, más links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite).

Oviedo y su Festival de Teatro Lírico han apostado por un título que se estrenaba en Español en tiempos actuales a nivel escénico, tras anteriores versiones de concierto en Madrid (octubre de 2019), Zaragoza, Teatro Real (junio del pasado año) y el pasado marzo en el Auditorio Nacional, uniendo aficiones, a menudo comunes, de zarzuela y barroco (que cuenta con su propia temporada), por lo que el lleno de esta primera función fue para tomar nota y la segunda otro tanto.

El trabajo de la ‘Fundación Ars Hispana’ con Raúl Angulo y Toni Pons es ingente, más en recuperar la figura y obra del briocense Sebastián Durón (1660-1714), recuperando igualmente la escena con una producción francesa evidenciando el poco interés que en nuestra patria tenemos por un patrimonio único, por lo que el aplauso para la capital asturiana en traer esta coproducción del país vecino con Le Poème Harmonique en el foso junto al tándem Dumestre-Porras más un elenco vocal que dejaron una sobresaliente función donde los complicados versos en español, el encaje con la música y todo el movimiento escénico no puede mejorarse hoy en día.

Quiero comenzar con la dirección de escena y coreografía del colombiano Omar Porras (1963) que jugó con todos los elementos, desde un decorado sencillo pero eficiente, como las telas a modo de olas marinas en la onda del original para la playa de Tracia, un atrezzo suficientemente convincente junto al excelente vestuario “de cuento infantil”, sumándole la iluminación que juega con luces y sombras tan barrocas, un movimiento escénico que completaba no solo los números instrumentales sino también los cantados, con bailarines, acróbatas, actor y contorsionista (cual alter ego de Coronis) que dieron el dinamismo necesario a una acción no muy movida, todo en un encaje perfecto aunque en la nota al excelente programa de mano del propio Porras decía que «debe hacerse con algunas modificaciones con respecto a su concepción original, en la que el uso de la pirotecnia y fuegos artificiales forma parte de la escenografía», alegando legislación en el ámbito de prevención de restos y seguridad que evidentemente parece se cumplieron pues no faltaron y además en abundancia para sorpresa en más de uno, en conjunto con una coordinación completa de efectos y movimientos, sumando una formación instrumental al mando del francés Vincent Dumestre (1968) de sonoridades claras, precisas, presentes y con total respeto a las voces redondeando un espectáculo de arte total.

Con todos estos mimbres y sin entrar en el argumento amoroso de las fábulas del XVII y XVIII done dioses, ninfas y héroes eran los galanes y damas de comedia, esta zarzuela sin partes habladas también tuvo guiños a la actualidad como el torero rematando al tritón que causaron su gracia al igual que el duelo “de género” entre Menandro y Sirene, o la entrada de ambos personajes en la segunda jornada (acto) por el patio de butacas hablando en francés antes de la “humorada” del “tengo la camisa negra” en un castellano más que aceptable que ya quisieran muchos funcionase a la inversa. La calidad vocal e interpretativa desde el actor y bailarín David Cami de Baix incluso antes de comenzar saludando bajo el sobre telón, hasta el conjunto vocal simpático, bien empastado y formado donde estaban el tenor Olivier Fichet y la mezzo Brenda Poupard en los personajes de Marta e Iris respectivamente tejieron parte del éxito global.

De los protagonistas el Menandro de la contralto Anthea Pichanick no solo cautivó con su tartamudeo de guión y su caracterización “echando humo», también la química y empaste con la Sirene de la mezzo Fiona McGown, esos papeles cuya participación en la zarzuela son necesarios para el equilibrio dramático. En cuanto a los dioses un buen y arriesgado rol de Neptuno, colgado antes de bajar a “tierra húmeda” a cargo de la mezzo Caroline Meng, algo corta de emisión, mejor Apolo de Marielou Jacquard aunque ambas posean un color vocal semejante, defendiendo cada una sus regias intervenciones.

Dejo para el final al trío principal y triunfador este jueves ovetense, comenzando por un gran Proteo de amplio y exigente registro a cargo del tenor Cyril Auvity, la ninfa Coronis de la soprano Giulia Bolcato, excelente proyección y casi omnipresente a lo largo de las dos horas de función, y un Tritón impresionante de la mezzo Isabell Druet, difícil desde la caracterización hasta su línea de canto y movimiento escénico, personalmente una agradable sorpresa.

La orquesta contó con un orgánico perfecto para la partitura atribuida a Durón, pues mantuvieron la sonoridad esperada para esta música llena de contrastes en todo (tempi, ritmo, tonalidades, concertantes…). La cuerda aterciopelada y bien afinada, unas maderas en su plano con intervenciones tan líricas como si cantasen sobre las tablas, más un continuo perlado y presente tanto en guitarras y tiorbas como en el teclado o especialmente con el arpa barroca de la española Sara Águeda junto a la percusión siempre ajustada de Pere Olivé (con unas castañuelas únicas), todos comandados por el maestro Dumestre que logró la unidad global para redondear esta excelente producción francesa en el Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo. Larga vida al barroco.

FICHA ARTÍSTICA:

Coronis: Giulia Bolcato – Tritón: Isabelle Druet – Proteo: Cyril Auvity – Menandro: Anthéa Pichanik – Sirene: Fiona McGown – Apolo: Marielou Jacquard – Neptuno: Caroline Meng – Iris / Ensamble vocal: Brenda Poupard – Marta / Ensamble vocal: Olivier Fichet.

Bailarines y acróbatas:

Naïs Arlaud, Alice Botello, Élodie Chan, David Cami de Baix, Caroline Le Roy

Le Poème Harmonique

Dirección musical: Vincent Dumestre

Dirección de escena y coreografía: Omar Porras

Loris Barrucand, asistente musical – Marie Robert, asistente de puesta en escena – Sara Águeda, consejera lingüística – Camille Delaforge, coach vocal – Mathias Roche, iluminación – Amélie Kiritze-Topor, escenografía – Laurent Boulanger, atrezzo – Bruno Fatalot, vestuario, peluquería, zapatería – Véronique Soulier Nguyen, peluquería y maquillaje

Una cantata para el Milenario

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El pasado sábado 20 de abril asistía en la Iglesia de San Juan Bautista del Monasterio de San Salvador de Cornellana al estreno mundial de la Cantata Sancti Salvatoris in Corneliana de mi admirado Guillermo Martínez (¡cosecha del 83!), con tiempo de sobra para disfrutarla a partir de las 20:00 horas, y con el templo del milenario monasterio a rebosar, pudiendo encontrar una silla vacía en un lateral con poca visión pero suficiente para escucharla, que era de lo que se trataba.

La Cantata para el Milenario del Monasterio de Cornellana (1024-2014) es un encargo de la FUNDACIÓN “VALDÉS-SALAS” con el patrocinio de CMC “XXI” (Cosmen Menéndez-Castañedo), escrita en 7 movimientos para soprano, mezzo-soprano, octeto vocal, coro de voces mixtas y un ensemble de metales, percusión, arpa y órgano. Al final de esta entrada dejo todo el elenco cercano a los cien intérpretes para una obra que contaba con un excelente programa de mano para los asistentes donde se incluía además de los textos, un interesantísimo artículo de mi profesor Ángel Medina, catedrático de Musicología de la Universidad de Oviedo ya jubilado, explicando la génesis de esta cantata, y uno más del profesor Daniel Moro Vallina titulado Músicas para un milenario con un análisis pormenorizado de esta cantata de Guillermo Martínez, un libreto para guardar en mi biblioteca como imprescindible fuente de consulta.

Tras la presentación, todos los músicos con el maestro Joaquín Valdeón responsable de otros estrenos de Guillermo Martínez, arrancaban la cantata organizada en siete partes, con una acústica no muy buena para los tutti, teniendo en cuenta que el ensemble instrumental era de viento y percusión más arpa y en el órgano el propio compositor, haciendo difícil la comprensión de los textos, que al menos pudimos seguir por escrito, haciendo difícil encontrar el balance justo ante tal contingente sonoro, aunque hubo momentos más delicados en la instrumentación donde poder apreciar el estilo del compositor y la hermosa musicalidad de varias partes bien interpretadas por los distintos solistas y todo el conjunto.

A nivel global y antes de algunas anotaciones a vuela pluma, comenzar por las dos solistas, la soprano ferrolana Patricia Rodríguez Rico y la mezzo gijonesa Serena Pérez, la primera con más protagonismo y «fija» en los estrenos de Guillermo, desde un prólogo en el segundo número o un aria muy exigente por todo lo que debe y tiene que cantar en el tercero de agudos casi imposibles que flotaron sobre el «ejército milenario», mientras la segunda resultó el contrapeso ideal, el contraste de color de su voz con una bellísima aria en el quinto número, más un buen empaste entre ambas voces.

Insistiendo en la acústica, mejor el Octeto vocal, auténtico «corazón» de la cantata, que el inmenso coro formado la unión de tres (Universitario, «Bloque al Canto» de los aparejadores asturianos más la Capilla «Palacio de Meres») en cuanto a la percepción de las armonías vocales de todo un castillo sonoro para el inicio y final cual fachada coral, si bien el impacto sonoro de ese Coro para el Milenario junto al ensemble instrumental y resto de intérpretes resultó por momentos impresionante.

En la escritura de esta cantata y sin entrar en los detalles del profesor Moro Vallina, hay partes delicadas, otras camerísticas alternando con tutti jugando con los propios textos y creando un clímax sonoro donde no faltaron los textos leídos, solos o sobrepuestos para unas tímbricas muy trabajadas. El Introito «In nomine Patris» arrancó con todo el coro más el ensemble, para que en el Tránsito («Los que buscan al Salvador») el octeto vocal entrase cantando cual coro gregoriano hasta ubicarse en su posición final a la izquierda del coro, mientras el prólogo corría a cargo de la soprano gallega. Interesante la alternancia de los textos, octeto, órgano, arpa, percusión, varias partes a capella y efectistas campanas antes del aria «En el corazón de la antigua España».

Otro de los números donde poder disfrutar fue el quinto, «Por mil años más, brille tu luz» con el aria de  la mezzo asturiana acompañada en momentos por el octeto vocal, otros por el ensemble y la delicadeza con órgano y arpa, buen ropaje para la voz con texturas muy trabajadas.

De instrumentación poderosa el  Ensemble, con órgano más el octeto de sonoridad muy «olímpica» por la Fanfarria «En el valle de las historias y de los viejos misterios», donde también intervienen el arpa antes de la solista del octeto (Ana Maria Peinado García, otra conocida de La Castalia que ya ha estrenado más obras de Guillermo Martínez) con arpa, una matizada parte central hasta la solista con trompeta, timbales y un Da Capo efectista (silbato incluido), de aires norteamericanos que tan bien maneja nuestro compositor lleno de épica.

Sancti Salvatoris es el último número, nuevos juegos de dinámicas, expresión y tímbricas variadas, con los coros callados  y el octeto a la izquierda, un Ensemble a todo volumen y cambios bruscos de matices (muy bien la trompa solista del mierense Jaime A. Sixto) antes del in crescendo, con los textos hablados alternados con el órgano, un pianisimo final todos juntos, un solo del bajo y mezzo del octeto para la entrada, sumándose la soprano gallega de agudos extremos y finalizando el Tutti  con órgano, arpa, octeto vocal y hasta un glockenspiel cual repique de campanas hasta la última entrada del Coro con las solistas juntas en un final colosal y glorioso que puso al público, que aún no lo estaba, en pie.

Larga vida al milenario Monasterio y toda la inspiración para Guillermo Martínez que sigue regalándonos obras para poder disfrutarlas y enriquecer nuestro patrimonio musical.

INTÉRPRETES

Patricia Rodríguez Rico, soprano

Serena Pérez, mezzo soprano

OCTETO VOCAL «Sine Nomine»:

SOPRANOS: Ana Maria Peinado Garcia – Ángeles Rojas

MEZZOSOPRANOS: Vilma Ramírez Álvarez – Olga Guseva

TENORES: Fernando Fuego García – Eduardo Pintado Sarachaga

BAJOS: André Phelipe Horbatiuk  – Fran Sierra Fernández

CORO UNIVERSITARIO DE OVIEDO

Maestro de coro: Joaquín Valdeón

&

CORO «Bloque al Canto»
(del Colegio de Aparejadores)

Maestro de coro: J. Valdeón

&

CAPILLA MUSICAL «Palacio de Meres»

Maestro de coro: Miguel QA

ORADORES:

Nuria Sánchez y Manuel Valiente (directores de Maliayo Teatro y Rizoma Escena)

ENSEMBLE INSTRUMENTAL

TROMPAS: Jaime Aurelio Sixto – Konrad Markowski

TROMPETAS: Guillermo García Cuesta – Sergio Lomas Roncero – Pablo Núñez Noval

TROMBONES: Ángel Sapiña – Luis Fuego Casielles (TROMBÓN BAJO)

TUBA: Rafael de la Torre

TIMBALES: Miguel Díez Casado

PERCUSIÓN: Rafa Casanova Ortiz – Francisco Revert García – Gabriel Catalán Rivera

ARPA: Mirian del Río

ÓRGANO: Guillermo Martínez

PRENSA:

Coronis llega a Oviedo

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OVIEDO RECUPERA, POR PRIMERA VEZ, LA VERSIÓN ESCÉNICA DE LA ZARZUELA CORONIS

Coronis se estrena mañana jueves 18 de abril en el Teatro Campoamor, donde también podrá verse el sábado 20.

Tras su exitoso estreno en formato de concierto en el Teatro Real, la XXXI edición del Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo recupera, por primera vez, la versión escenificada de la zarzuela.

Se trata de una Producción del Théâtre de Caen, en coproducción con la Opéra-Comique de París,la Ópera de Lille, la Ópera de Rouen, la Opéra de Limoges y Le Poème Harmonique.

Lo contaré para Ópera World y también desde aquí.

© Philippe Delval

Por primera vez, la zarzuela española Coronis estrena su versión escenificada como parte de la programación del Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo en una coproducción de cinco teatros franceses: el Théâtre de Caen, la Opéra-Comique de París, la Ópera de Lille, la Ópera de Rouen, la Opéra de Limoges y Le Poème Harmonique.

Tras su exitoso estreno en 2023 en el Teatro Real, en formato de concierto, Coronis cuenta con el prestigioso director de escena Omar Porras, así como con Vincent Dumestre a cargo de la dirección musical.

Sobre Coronis

Realizada ante el joven rey de España, Felipe V, nieto de Luis XIV, se cantó por completo esta pastoral mitológica: algo excepcional al final del Siglo de Oro cuando España estaba bajo el dominio de la zarzuela, combinando canción y recitado, de igual forma que Londres lo hacía en las semi-óperas como El Rey Arturo.

Durón, maestro de la Capilla Real de Madrid, aprovechó esta llamativa narración para presentar una exótica representación en la corte. Por supuesto, Coronis está tan alejado de la tragedia musical francesa como de la ópera italiana. Encuentra sus orígenes en un teatro musical exclusivo de la capital de los Habsburgo, que sigue siendo en gran parte desconocido hoy en día, a pesar del renovado interés en la ópera barroca.

La variedad de influencias en ella no es menos prodigiosa. Hay coros suntuosos; conmovedores lamenti de estilo italiano; tonadas, canciones populares típicas del teatro español; grandes arias que prefiguran la ópera seria; y coplas, o pareados cuyos refranes animan el diálogo. En resumen, todo un mundo propicio para una combinación de registros en una narrativa donde la burla contará la tragedia.

Aún más notable es el elenco casi enteramente femenino, dividido entre siete sopranos que encarnan no sólo a la heroína sino también a Apolo y Neptuno, con un tenor interpretando al antiguo adivino Proteus. Un reflejo de una España en la que únicamente las mujeres estaban entrenadas para cantar en grupos de teatro, una profesión que los cantores de la capilla real miraban desdeñosamente.

© Philippe Delval

Reparto

Giulia Bolcato – Coronis

Isabelle Druet – Tritón

Cyril Auvity – Proteo

Anthéa Pichanik – Menandro

Fiona McGown – Sirene

Marielou Jacquard – Apolo

Caroline Meng – Neptuno

Brenda Poupard – Iris / Ensamble vocal

Olivier Fichet – Marta / Ensamble vocal

Bailarines y acróbatas:

Naïs Arlaud, Alice Botello, Élodie Chan, David Cami de Baix, Caroline Le Roy

Le Poème Harmonique

Vincent Dumestre, director

Omar Porras, director de escena

Loris Barrucand, asistente musical

Marie Robert, asistente de puesta en escena

Sara Águeda, consejera lingüística

Camille Delaforge, coach vocal

Mathias Roche, iluminación

Amélie Kiritze-Topor, escenografía

Laurent Boulanger, atrezzo

Bruno Fatalot, vestuario, peluquería, zapatería

Véronique Soulier Nguyen, peluquería y maquillaje

©Jean Baptiste Millot

Sinopsis

Primera versión

Este entretenimiento musical narra la historia de la ninfa Coronis, la casta sacerdotisa de Diana, que está devastada por una terrible profecía que augura su muerte al ahogarse en las aguas del mar Egeo. Adorada por un monstruo marino que es tan caprichoso como irascible, ella logra escapar dos veces de sus intentos de secuestrarla. Creyendo que encontrará la salvación implorando la ayuda de Apolo, Coronis en cambio desencadena un conflicto celestial que sumerge a Tracia en fuego y sangre. Sin embargo, afortunadamente, las divertidas intervenciones de dos graciosos personajes del escenario español, ¡logran agregar un aire de alivio cómico en más de una ocasión!

Segunda versión

Al colocar la acción en un entorno bucólico y pastoral donde las ninfas y los pastores viven en armonía, el libreto cuenta la historia de Coronis, la casta y sacerdotisa en los altares de Diana. Al igual que su diosa protectora, se dedica a los placeres de la caza y desprecia los del amor. En esta versión reinventada del mito, Neptuno ya está enamorado de la ninfa y la acción se desarrolla mucho antes del adulterio de Coronis, en el momento en que conoce a Apolo. Cuando se levanta el telón, el adivino Proteo ya ha advertido a Coronis que morirá ahogándose. Como resultado, ésta cree que el destino ha enviado a su asesino, Tritón, hijo de Neptuno, un monstruo marino que aterroriza a la región. Sin embargo, él, como su padre, también está enamorado de la hermosa sacerdotisa de Diana.

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