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La Liù de Beatriz Díaz

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Viernes 23 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, tercer título de la LXV Temporada de Ópera de Oviedo: «Turandot» (Puccini). Función fuera de abono.

PERSONAJES E INTÉRPRETES: Turandot: Maribel Ortega; Emperador: Emilio Sánchez; Timur: Dario Russo; Calaf: Marc Heller; Liù: Beatriz Díaz; Ping: Manel Esteve; Pang: Vicenç Esteve; Pong: Mikeldi Atxalandabaso; Un mandarín: José Manuel Díaz; Príncipe de Persia: Jorge Rodríguez-Norton. Orquesta Oviedo Filarmonía, dirección musical: Gianluca Marcianò; Coro de la Ópera de Oviedo, director del coro: Patxi Aizpiri; Coro de niños Escuela de Música «Divertimento», director: Iván Román Busto.

Mi última «Turandot» en el Campoamor fue en 1975 donde tras la Mimí de «La Bohème» Mirella Freni afrontaba una Liù de auténtico delirio con un reparto encabezado por la ya desparecida Ángeles Gulín. En el 2012 la asturiana de Boo, Beatriz Díaz toma el relevo de su profesora italiana y coloca nuevamente el rol triunfante (como parece sucedió con Eri Nakamura en el estreno de abono), auténtica figura en esta «función joven» y la más aplaudida de toda la representación, recreando un personaje que parece escrito para ella como ya lo hiciese en el Euskalduna en mayo de 2008. Lástima que el resto del reparto no estuviese a su altura, pues la música de Puccini requiere un equilibrio de todo difícil de conseguir, y precisamente faltó.

Beatriz Díaz de amarillo para romper gafes, ya en sus primeras notas en «Il mio vecchio è caduto!», lazarillo de un Timur que estuvo a buen nivel, marcaría distancias con el resto, «Signore ascolta», hasta el final «per non vederlo più!» realmente epílogo para Puccini. Su presencia llena la escena en una producción casi estática, con una línea de canto impecable, homogénea, poderosa en los fortes y generosa en unos pianissimi que flotaban angelicales por encima del ejército orquestal que el de Lucca despliega en su obra póstuma. La musicalidad de la asturiana sigue siendo emocionante y ver cómo se mete en el papel contagia y enamora a todos. Credibilidad global y arias para degustar, auténtica triunfadora («BraBoo» diría M) que se perdieron los abonados.

Bien el trío ya rodado de las tres funciones anteriores donde brilló más Ping hermano barítono que Pang, con el bilbaino Pong equilibrando los conjuntos tanto vocal como escénicamente sin abusar de la bis cómica. Aseada aunque algo forzada la Turandot de Maribel Ortega, en parte por la ubicación en lo alto de la escalera de caracol que hacía presente su voz perdiendo colorido, de registros heterogéneos y matices poco logrados, sacando adelante su papel de «mala de la película» con profesionalidad y bien vestida.

El Calaf de Marc Heller resultó desigual, con potencia a costa de esfuerzo y detrimento de color, olvidando que su personaje va más allá de las notas, enigma que no resolvió ni en el esperado «Nessun dorma».

El coro algo mermado de efectivos cumplió aunque fue cayendo y calando en el difícil final (aunque no hay nada fácil en «Turandot»), notándosele cansado. Muy bien entre bastidores el coro infantil, afinado y con volumen suficiente.

De Marcianò puedo compartir la crítica de otra función en la web «Codalario» de Aurelio M. Seco, incluso la de Abeledo en LNE, buscando más el efectismo en los fortissimi y crescendi que el plano adecuado para complementar el canto, pues la rica y expresionista orquestación del último Puccini es lo que requiere, y la OvFi cumplió con lo que el maestro les exigió, confirmando su buen papel en un foso que se les quedó pequeño.

Por último la sencilla y económica escenografía de Susana Gómez no desentonó en absoluto, austeridad y calidad con los pocos recursos que tuvo perfectamente utilizados, y pese a haber leído algo negativo sobre la escalera de caracol central, personalmente me gustó y funcionó en el agradecido escenario giratorio que dio juego junto a la iluminación y vestuario en conjunto.

Muerte con triunfo del amor y el sacrificio, larga vida para Liù que siempre sale victoriosa y una Beatriz Díaz que nunca pide a gritos sino con trabajo bien hecho más protagonismo en su casa. En tiempos de crisis es una inversión rentable, el llenazo indicativo y los aplausos para ella un toque de atención para quien quiera escuchar.

Lucia televisada

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Lunes 15 de octubre, 20:00 horas. Casa de Cultura de Mieres, retransmisión en directo desde el Teatro Campoamor de Lucia de Lammermoor (Donizetti).

Mariola Cantarero (Lucia), Arturo Chacón-Cruz (Edgardo), Dalibor Jenis (Enrico), Simón Orfila (Raimondo), Mª José Suárez (Alisa), Charles Dos Santos (Lord Arturo), Josep Fadó (Normanno); Coro de la Ópera de Oviedo (Patxi Aizpiri, director); Dirección de escena: Emilio Sagi; diseño de escenografía: Enrique Bordolini, Orquesta Oviedo Filarmonía. Director musical: Marzio Conti.

Cincuenta y cuatro personas acudimos en Mieres a la televisada segunda representación del título segundo de la LXV temporada de la Ópera de Oviedo que triunfó en la primera del pasado sábado como así recoge la prensa regional de Oviedo y Gijón, aunque más cercano a la de mi admirado Aurelio M. Seco, por lo que no entraré en muchos detalles técnicos de esta Lucia carbayona.

Agradecer que vuelvan a acordarse de los pueblos en tiempos de crisis, pese a la poca presencia de público que achaco a la escasa publicidad y poco lectora de prensa que es la gente de mi pueblo.

Volver a reflejar que no tiene nada que ver el directo del teatro (el viernes estaré en el llamado «reparto joven» fuera de abono) con una retransmisión que sigue adoleciendo de muchos defectos ya apuntados en otras pasadas: fatal la realización, poca luz y un sonido algo irreal que capta hasta el taconeo de los cantantes, con unos planos sonoros irregulares que no reflejan lo que pasa ni encima del escenario ni en el foso (el excelente arpa sonó siempre demasiado presente y por encima de la orquesta).

La Lucia sigue siendo mucha ópera con todos los ingredientes, Oviedo ha tenido muchas para el recuerdo (el «mío» con Rosetta Pizzo y Jaume Aragall) y el elenco estuvo equilibrado, destacando el excelente hacer de Raimondo Orfila, todo un seguro en escena, y Alisa Suárez (no me extraña que David Orihuela le dedique un artículo a la mezzo asturiana), así como un Enrico eslovaco con poderío, tanto en sus arias como en dúos y concertantes, aunque aún podrían limarse algunas asperezas. De los protagonistas el tenor mexicano promete y tiene «poderío» para este rol, aunque creo que deberá cuidar su voz si quiere tener una larga y exitosa carrera, y la Lucia di Cantarero resultó muy personal, más «exagerada» de lo que me gustaría y cuya pirotecnia vocal incluye de todo, vistosidad y relleno que no empañan el resultado global. Sí hubo química en los dúos, aunque «si las mujeres mandasen…».

También cumplieron sin problemas el breve Arturo uruguayo y Normano Fadó.

El Coro de la Ópera volvió a estar impresionante tanto escénica como vocalmente, siendo lo más destacado para mí en una obra que domina de cabo a rabo.

También la OvFi resultó perfecta para lo que fue concebida, bien en todos los aspectos y con un Conti que mimó más a Doña Lucía que al resto, forzando a veces los tempi que hacían perder legibilidad pero ayudan -no siempre- en los pasajes difíciles, siendo más concertador con la protagonista ayudando a una visión vivaz de toda la ópera (de lo que puedo discrepar en parte).

De la escenografía de Sagi nada destacable en ese mundo gótico, romántico y decimonónico de Bram Stoker con chisteras y gafas, donde la imaginación tuvo que funcionar más de lo necesario y las espadas «chirriaban» un poco, pudiendo optar para el suicidio del tenor por un pistoletazo y pólvora en vez de la daga, pero al menos se hace más entendible que otras apuestas escénicas.

Como resumen el equilibrio de todos (sonó muy bien esa maravilla de sexteto) que le dan a esta representación el calificativo de aseada y muy del gusto del público en general. Personalmente no me disgustó pero tengo mucha esperanza en Sabina de Lammermoor

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Música para el cine

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Jueves 17 de mayo, 20:00 h. Teatro Campoamor, proyección de «Metrópolis» (1927) de Fritz Lang; Oviedo Filarmonía, director: Marzio Conti. Partitura original de Gottfried Huppertz, reconstruída por Berndt Heller. Entrada libre.

Lo bueno no pasa de moda aunque lo llamado antiguo se recupere con etiquetas como vintage o histórico. El cine todavía funciona e incluso recuperamos cintas de los inicios sin olvidar que en las proyecciones siempre había música en directo, un pianista por lo menos…

A raíz del centenario del cine o aquél mundial de fútbol español del Naranjito allá por 1982, en Asturias se organizaron muchos pases con esa ambientación, y tuve la suerte de participar en varias, sin olvidar una muy especial con piano y violín de «La aldea perdida» de Florián Rey en el mismo año que la de Lang, con mi añorado Luis Miguel A. Ruiz de la Peña en el Ateneo gijonés y Juan Bonifacio Lorenzo «Boni», siempre organizando estas historias del Séptimo Arte. Tampoco quiero olvidar «Mieres del Camino» (1928) de Juan Díaz Quesada, en el Teatro Jovellanos de Gijón, otra joya recuperada del Teatro Pombo mierense, y un poco más lejos a un grupo catalán de mi juventud, Pegasus, que realzó en vivo la proyección de «Berlín, sinfonía de una ciudad» precisamente cuando «Metrópolis» volvía a la actualidad en los inicios de los 80 por la banda sonora de Giorgio Moroder.

En Asturias se vive el cine y la música con gran intensidad, Prokofiev ha sonado sin las imágenes de «Alexandre Nevski», llevo años clamando por introducir en los conciertos autores más sinfónicos que algunos programados, y esta vez la Universidad de Oviedo devolvíó la Banda Sonora original a la joya de Fritz Lang con la OvFi en el foso y el maestro Conti con muletas y batuta. La música no es tan vanguardista como la película y abusa de efectos que complementan las imágenes más que subrayar la acción, con la referencia casi obligada del Dies Irae, los giros de una Marsellesa que retomaría incluso «Casablanca» y hasta el Charlestón de su época. En parte entiendo otras bandas para la misma película y hasta la «actualización» electrónica para una película de culto más técnica que argumentalmente. Pese a todo es de agradecer el esfuerzo y la siempre pedagógica idea de mostrarnos el origen de muchas cosas tal y como fueron ideadas, y «Metrópolis» la pudimos contemplar con su música en vivo perfectamente adaptada al film en una concertación exacta para una partitura algo light. Las colas para entrar y el llenazo son dignos de análisis, pero la desbandada al descanso (supongo que no estaba en el guión inicial) también.

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