Inicio

Garanča es La Mezzo

Deja un comentario

Jueves 8 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Elĩna Garanča (mezzo), Oviedo Filarmonía, Karel Mark Chichon (director). Obras de Glinka, Tchaikovsky, Massenet, Saint-Saëns, Gounod, P. Marquina, S. Lope, Manuel Penella y Bizet.

El próximo San Juan hará cinco años de espera que merecieron la pena. Esta vez en solitario (sin Cura), también dirigiendo Chichon (como casi siempre) pero Oviedo Filarmonía en vez de OSPA y el Auditorio en vez de Teatro Campoamor: Elĩna Garanča sigue enamorando con Mark Chichon, con el poso (y peso) de la reciente maternidad que aún hace más bella su voz en cualquier registro, desde una técnica exquisita que hace fluir y llegar a todos los rincones pese a tener detrás (y siempre «a sus pies») una orquesta a pleno rendimiento donde su pareja no perdona, dominando de memoria cada obra como sólo su estado civil puede lograr.

En la línea de las grandes voces, casi todas pasando por esta capital lírica, Oviedo rendido a ella, única, diva, la letona, «La Mezzo»…

Para alcanzar estas cotas de calidad y reconocimiento mundial, sumar además de una voz prodigiosa, la inteligencia en la elección del repertorio, aparcando los roles belcantísticos y centrándose en el repertorio francés (como así lo recoge Pablo Meléndez-Haddad en las notas al programa). En la segunda parte fue Carmen de Bizet y como en su registro, puedo añadir que ella es actualmente «La Carmen de España y no la de Merimé», pero comenzar escuchando el aria «Adiós a tus montañas y tus prados» de la poco conocida La doncella de Orleans (Tchaikovsky) sirve para recuperar repertorios, engrandecer personajes como el de Juana de Arco y agradecer una herencia desde la que pasar directamente al francés que la cantante de Riga hace y siente como nadie.

Primero «Mon coeur s’ouvre à ta voix» del Samson et Dalila (Saint-Saëns) recreándose en el «tempo», vocalizando como una parisina, seduciendo, luciendo en presencia, física y vocal un personaje arriesgado como la partitura, y después Gounod con «Plus grand, dans son obscurité«, el aria más conocida de La Reina de Saba que no tiene nada que envidiar a otras del galo aunque personalmente desconozca esta ópera completa, pero perfecto cierre a la primera parte.

La segunda lo apuntado de Carmen Garanča, cambiando el vestido gris por el rojo pasión. Todas sus arias de la ópera alternando con preludios y entreactos instrumentales engarzado no en el orden de la representación pero eficaz en esta globalidad. Abría con la primera versión de «L’amour est un enfant de Bohème» del acto I, el preludio y la famosa Habanera seguida del entreacto del tercer acto para regalarnos la seguidilla del primer acto (pandereta entre cellos y violas) excepcional, entreacto del cuarto, «En vain, por éviter» del tercero, entreacto del segundo y la canción bohemia para cerrar esta «selección carmina», lección de canto puro, interpretación, riqueza expresiva, destacando la perfecta concertación y conocimiento del maestro Chichon que sacó de la Oviedo Filarmonía lo mejor de ella, cierre de temporada madura, auténtico placer no ya en el acompañamiento sino en sus intervenciones instrumentales:

La obertura de Ruslán y Ludmila (Glinka) es piedra angular de toda orquesta sinfónica, más para arrancar velada y con el aire ligero por el que optó el director llanito, pero que cada sección respondió a los requerimientos. La conocidísima «Meditation» de Thaïs (Massenet) nos permitió disfrutar de la calidad y sonoridad que nuestro concertino Andrei Mijlin atesora, secundado por el arpa de Danuta Wojnar y arropado por todos sus compañeros. La «Bacanal» tras el aria de Dalila Garanča lo fue literalmente por el derroche tímbrico de la orquesta ovetense, odalisca bella, danzarina y clara con la dirección elegante y precisa de Chichon.

Los tres pasodobles enlazados como ambientación o preparación española para la cigarrera andaluza pueden resultar bien fuera de España. Enlazar España Cañí (P. Marquina), Gerona (S. Lope) y el más famoso de Penella (El Gato Montés) todos sin completar, caen en tópicos musicales aunque con Karel Mark la OvFi los hizo sinfónicos, sobre todo el último que sería muy rápido para bailar e incluso cantar.

Toda diva se hace de rogar y los aplausos merecidos trajeron las esperadas «Carceleras» de Las hijas del Zebedeo (Chapí), justo lo español puro y sin tópicos, dicción casi malagueña y género que La Mezzo ama y lleva por todo el mundo, lo que debemos agradecerle, especialmente cantándolo como ella lo hace. Distinta su versión del mundial Granada (A. Lara) aunque costase sacarla tantas veces a escena antes de una segunda propina que levantó al respetable de sus asientos (y Neira cronometró) más por gratitud y emociones anteriores de una interpretación globalmente casi completa. Oviedo capital de la lírica exige hasta en los regalos, y eso que hubo ramos de flores para la pareja. Y queda completar el refrán «a la tercera va la vencida» que no desisto sea directamente en la (temporada de) ópera, aunque en estos tiempos supongo que sólo sea un sueño. La esperanza musical nunca la pierdo, Benalmádena no está tan lejos y Garanča se sintió como en casa, a lo que la OvFil ayudó y Chichon fue cómplice.

2:10.

Carnaval exótico portuense

1 comentario

Domingo 2 de marzo, 18:00 horas. Casa da Música, Oporto: Sala Suggia. «Carnaval Exótico»: Orquestra Sinfónica Do Porto Casa da Música, Tobias Volkmann (director). Obras de Rimski-Korsakov, Nielsen, Tchaikovsky, Ravel y Guo Wenjing. Entrada: 11€ (concierto fuera de temporada).

Rezaba la publicidad del concierto «Júntese a los músicos de la orquesta en la celebración del Carnaval inspirado este año en Oriente y venga disfrazado para este concierto», por lo que el ambiente que se respiraba en la sala principal que lleva el nombre de la famosa cellista local Guihermina Suggia era festivo totalmente, y con aforo completo. Los músicos también iban ataviados y la decoración mínima pero suficiente: globos, puertas orientales, pantalla con sombras chinescas y una inmensa lámpara de Aladino en cartón piedra de la que salió con humo el mago director brasileño Volkmann, luego mudado a mandarín.

El programa tenía muchas y variadas historias para contar con personajes exóticos que nos sugerían múltiples disfraces para un concierto de carnaval, y nada mejor que arrancar con El mar y el barco de Simbad de la siempre evocadora «Sheherazade« (Rimski-Korsakov) que la orquesta local despachó con solvencia y seguridad a pesar de cierta frialdad, siendo la cuerda protagonista, especialmente el concertino español Felipe Rodríguez en sus intervenciones solistas (a la vista de los datos, invitado para este programa, pues lo es de la orquesta lisboeta de la Fundación Gulbenkian).

Mucho más completa la selección de la Suite «Aladino» (Nielsen) donde cada número nos fue dando la talla de esta formación portuense de sonoridades rotundas en los metales, sobre todo las trompetas, más comedida en la madera, percusiones sin exageraciones y una cuerda empastada aunque necesitada de más cuerpo (y efectivos) para equilibrar plantilla, hoy algo ampliada por las obras programadas. Fueron desgranando los números Marcha oriental, Danza hindú, El mercado de Ispahan -de lo más conseguido de la suite- y la Danza de los prisioneros, con esos avances compositivos del danés para un ballet que sólo tiene de infantil el título.

El oboista titular hizo un número de encantamiento donde el folklore húngaro de su tierra dejó paso al de la India, para luego llevar el ritmo del djembé en una hermosa danza del vientre con una bailarina profesional jaleada por todos tras su espectacular baile y figura. Perfecta antesala para los dos números del «Cascanueces« («Quebra-Nozes» en portugués) de Tchaikovski: Danza árabe y Danza china, algunos desajustes probablemente por el ambiente festivo aunque imperdonables en páginas tan conocidas de la música, y con una acústica tan perfecta que percibíamos cada mínimo detalle, con un Volkmann conocedor de estas músicas aunque los músicos no parecieron responder a todas sus órdenes una vez despojado del disfraz de mago…

Mejor el fragmento de Ma Mère l’Oye de Ravel, orquestado por el propio francés en 1911 del original para piano a cuatro manos, Laideronette, emperatriz de las pagodas donde la sonoridad impresionista y la rítmica resultaron bien ejecutadas por la orquesta portuense en esta «premiere«, siendo la obertura Cabalgando en el viento, op. 27 (1997) del chino Guo Wenjing (1956) el perfecto cierre de un concierto de recuerdos orientales muy cinematográficos terminando en ese «Far West» donde los chinos también han tenido protagonismo más allá de la pantalla, asentándose en todo el mundo y siendo parte de nuestra historia cotidiana. La riqueza rítmica y una amplia plantilla orquestal sirvió para mostrar las posibilidades de una orquesta hoy joven en la edad de músicos e historia reciente (desde 2006), con buenas secciones y solistas a la que seguramente su titular Christoph König sacará más partido, así como el paso de invitados que engrandecerán esta formación portuguesa.

Aplausos largos y merecidos que sirvieron para escuchar otro número del Aladino danés no elegido en el concierto, la Blackmoor’s Dance, reafirmando mi opinión de ser Nielsen buena piedra de toque para la orquesta.

Con todo un concierto entretenido y distendido para todos, músicos y público de todas las edades aunque mayoritariamente juvenil para una ciudad que tiene en el complejo diseñado por el arquitecto holandés Rem Koolhaas, el referente musical no ya de sus otras salas sino de todo un excelente contenido acorde a lo que entendemos por «Casa de la Música». La visita guiada en la mañana del sábado fue muy fructífera y enriquecedora si muchos gestores españoles tomasen nota de la importancia que la cultura en general y la música en particular tienen en nuestra sociedad desde un enfoque educativo. Por cierto, Portugal un país intervenido con un IVA del 23% aunque los precios generales estén más baratos que en España… y el cultural ¡13%! (creo que sobran explicaciones)..

RenovadOS PAra bien

Deja un comentario

Viernes 15 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA, abono 3: «El ballet y la música», Rossen Milanov (director). Obras de Stravinsky, Tchaikovsky y Prokofiev.

Volvía el maestro titular al frente de nuestra orquesta con un programa de los que hacen afición y donde todos nos sentimos cómodos (tengo pendiente comentar el último CD que también ayuda a costear temporada, precisamente con música de ballet), música para la escena de tres rusos con lenguajes distintos para un mismo fin: excelente música escrita para la danza pero capaces de emocionar sin ella, y así resultó devolviéndonos la OSPA que todos deseamos sustentada en esas tres patas rusas para bailar unos cuentos atemporales.

Nada mejor para calentar motores que la suite El pájaro de fuego (versión 1919) de Stravinsky, selección de seis números de los diecinueve totales del ballet, donde la Introducción «pianissimo» en los contrabajos ya aventuraba colorido y buen hacer, para ir ganando rotundidad desde el buen gusto interpretativo de esta música casi centenaria tan llena de vitalidad. Tiempos bailados interiormente, claridad expositiva, calidad en las intervenciones solistas y sonido compacto lleno de matices de principio a fin para un cuento musicado con mucha enjundia como bien escribe Joaquín Valdeón en las notas al programa (enlazadas en la cabecera de esta entrada con los autores): «… el cromatismo asociado a los elementos sobrenaturales del cuento -mientras que los personajes mortales están emparentados a lo diatónico y al desarrollo melódico compositivo propio del siglo XIX, antítesis diatónico-cromática… «, atreviéndome rematar con una versión de «música para mortales inspirada por inmortales».

La Suite Op. 20a de El lago de los cisnes (Tchaikovsky) es peligrosa por conocida, pero como si de una coreografía instrumental se tratase, el maestro Milanov hizo bailar interiormente la hermosísima partitura que más allá del argumento de cuento resulta un muestrario de danzas contrastadas para mayor gloria de solistas, totalmente centrados y entregados, bien arropados por el «tutti» que empastó a la perfección con algunos «segundos» de «primeros». Hermoso Vals totalmente ruso, delicada Danza de los cisnes y sobre todo la segunda Escena nos mostraron a Miriam del Río (¡el arpa en estado puro! e imprescindible en esta obra) y Vasiliev al que se sumó Atapin como auténticos virtuosos, sin olvidar cada aparición solista de sus compañeros en la bella pugna por enamorar al oyente (ahí siempre Ferriol con su oboe), las Czardas elegantes con percusionistas precisos en su plano sonoro, una Danza Española desde Rusia tamizada en nuestra tierra, la Napolitana casi felliniana de nuestro trompeta holandés y rematar con la Mazurka que nuestro director búlgaro hizo volar para cerrar una primera parte «in crescendo».

Los cuentos musicados están destinados a niños de todas las edades, y Prokofiev los trata con una paleta propia inspirada en sus compatriotas, auténticos recreadores y promotores del ballet. La Cenicienta: Suite nº1 op. 107 concentra en sus ocho números la nueva visión de danzas, mazurkas o valses, escrita en 1946 desde una orquestación potente y delicada al mismo tiempo, bailable pero sin perder el «rubato», algo que Milanov y la OSPA lograron para resarcirnos de malos tragos, incluso recreando mentalmente los episodios bailados, esta tercera pata para un estable taburete (tayuelu en asturiano) danzante en un viernes invernal pero cálido musicalmente hablando. El gato resultó de terciopelo, la pelea no pasó a mayores sino que la «coreografía interna» nos la convirtió en trazos sin dureza, las hadas con ambientes etéreos, y sobre todo el Vals de Cenicienta y la medianoche con las doce campanadas de rigos pero dos horas de adelanto donde los protagonistas de este cuento hecho realidad fueron los maestros de la OSPA con la batuta de coreógrafo que transmite, domina y deja hacer, pero sobre todo la buena música de una partitura bien «bailada».

Los finales de estos cuentos rusos fueron distintos pero felices aunque la guerra volverá la próxima semana, esperemos que sin heridas profundas, al menos que cicatricen pronto…

Y cierre de película

Deja un comentario

Viernes 30 de agosto, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Festival de Verano «Oviedo es Música». Judith Jáuregui (piano), Oviedo Filarmonía, César Álvarez (director). Obras de Sungji Hong, Beethoven y Tchaikovsky. Entrada butaca: 15,50€ (con gastos de emisión).

Cerramos ciclo y vacaciones veraniegas aunque la música nunca se toma descansos en nuestras vidas, y nada menos que con un concierto de los que salimos felices por lo escuchado y vivido, realmente de película.

Para empezar, un estreno absoluto de la ganadora del IV Concurso Magistralia de Creación Musical para Mujeres Compositoras, la Obertura Operatic Breaches de la surcoreana Sungji Hong (1973). La OvFi sigue creciendo en todas su secciones, y además de la versatilidad para los repertorios suma una madurez que se nota desde hace tiempo, esta vez bajo la batuta de César Álvarez que sacó de la orquesta toda una paleta tímbrica (destacando los solos de marimba y xilófono) y emocional que esconde la partitura de la compositora coreana, una línea que crece y decrece en dinámicas, texturas, rítmicas, en cierto modo música cinematográfica sin imágenes y clímax sinfónico para una plantilla que lo dio todo, interpretación que la autora presente en la sala, también agradeció.

La pianista donostiarra, con una agenda muy completa en estos tiempos, volvía por tercera vez a Oviedo, en esta ocasión con el Concierto nº 1 en do mayor, Op. 15 para piano y orquesta de Beethoven. Da gusto escuchar las obras concertantes cuando hay un total entendimiento entre batuta y solista, arrancando el Allegro con brio sin excesos en «tempo» que permitieron una primera entrada del piano degustando ese estilo aún clásico pero plenamente beethoveniano, con la estructura de solos, orquesta y concertantes en perfecto equilibrio y la cadencia final delicadamente arrebatadora en los dedos de una Judith que rebosa musicalidad. El Largo rezumó dulzura poética y limpieza en todos los intérpretes, con un director siempre pendiente de la solista, lo que siempre ayuda, sonoridades bien trabajadas en el piano siempre bien arropadas por la orquesta, para sin pausa atacar el Rondo Allegro scherzando que marcaría todo el devenir del movimiento final, escuchándose y contestándose todos, ligeros rubati bien resueltos por una batuta atenta y precisa para un acompañamiento que iba más allá, consiguiendo una verdadera concertación para esta interpretación del «primero de Beethoven» que ya apunta lo que culminará con el «Emperador». Excelente versión del triunvirato Jáuregui-Álvarez-OvFi.

Y si la propia pianista tras los agradecimientos nos hablaba de un viaje, también emocional sin duda, nos hizo un regalo de altura y talla interpretativa que tiene grabado en su CD «Para Alicia«, Granada de Albéniz en un acercamiento y homenaje a la gran Alicia de Larrocha, escapada romántica a una página cual ventana abierta a visiones muy personales que Judith Jáuregui compartió con todos nosotros. Nuevo derroche de musicalidad para esta obra que ya ha interiorizado y siempre suena distinta desde su visión.

Imaginando la película «Cisne negro» escuché la Suite Op. 20 del conocido ballet «El lago de los cisnes» (Tchaikovsky) en una interpretación para paladear auditivamente de principio a fin y reconocer tanto el excelente trabajo del maestro Álvarez como de todas las secciones orquestales, con una cuerda algo corta en plantilla pero que dio de sí para compensar la masa sonora de metales, y unos solistas de lujo, en especial el concertino Andrei Mijlin con el magistral solo del «paso a dos» que arrancó unos merecidos aplausos en mitad de la suite por su genialidad y arte, así como el protagonismo del oboe Jorge Bronte en las conocidas melodías o la siempre impecable arpa de Danuta Wojnar. Cada uno de los números fueron cuadros perfectamente pintados desde una dirección que dejó su impronta a la formación carbayona. Bien y emocionante el conocido Vals, equilibrado y con identidad propia, las danzas de los cisnes y la española o la Mazurka del acto III, sin olvidar la escena final apoteósica y realmente «agitada» donde como ya apunté, el poderío de percusión y viento no aplastó a una cuerda realmente superando el máximo exigible, logrando una interpretación global y turbulenta realmente de película.

La propina, siempre difícil después de Tchaikovsky como decía el maestro Álvarez, sí resultó cinematográfica pudiendo escuchar el tema principal de «Quemado por el sol» (1994, N. Mikhalkhov) del compositor ruso Edward Artémiev (1937), una delicia de partitura donde pudimos apreciar el talento de Gabriel Ureña al chelo, antes de su «escapada vienesa», con un solo en la línea de sus interpretaciones, melancolía y buen gusto, así como el contrapunto de corno inglés de Javier Pérez, un cierre de película para un verano que es simplemente un punto y seguido musical.

Al final pude saludar de nuevo a «la rubia», siempre a gusto en Oviedo y un placer para los que la seguimos desde sus inicios. Septiembre es sinónimo de inicio de curso y «cuesta» para los bolsillos al pasar por taquilla para un 2013-14 que se augura duro pero de excelencias musicales, esperando seguir contándolas desde aquí y continuar compartiendo impresiones personales.

Cierre ruso en Oviedo

1 comentario

Domingo 19 de mayo, 19:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G Iberni»: Daniil Trifonov (piano), Orquesta Nacional Rusa (RNO), Mikhail Pletnev (director). Obras de N. Tcherepnin, Tchaikovsky y Glazunov.

Se acabó el Ciclo de Conciertos del Auditorio y este frío domingo las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con claros y algunas sombras, pero sobre todo luz y elegancia en muchas tardes, incluso gloriosas, poniendo el listón nuevamente muy alto, con un avance de la próxima que promete, aunque le dedicaremos otra entrada.

Lo ruso sigue siendo referencia y nada mejor para clausurar temporada que reunir intérpretes y obras de una tierra que en Asturias sentimos cercana, al menos en lo musical (lo climatológico parece que también).

A Pletnev le hemos disfrutado como pianista y ahora como director, trayendo a su RNO al auditorio carbayón dentro de su gira europea, comenzando con un compositor no muy conocido ni escuchado como N. Cherepnin y La Princesse lontaine (Preludio por la princesa lejana) Op. 4, para calentar motores en una formación que suena impactante en todas sus secciones, colocando contrabajos atrás a la derecha y toda la percusión a la derecha, enfrentando violines para conseguir una sonoridad envolvente que completa la calidad contrastada de una orquesta con 23 años, lo cual es sinónimo de madurez. El entendimiento con su director fundador es total, no hacen falta muchos gestos porque el trabajo permite la economía y el máximo rendimiento. El alumno de Rimski-Korsakov pone buena música en estilo del maestro al argumento de la obra de Edmond Rostand como bien recuerda Rogelio Álvarez Meneses en las notas al programa, arrancando con un impresionante solo de cello (Alexander Gotgelf) y el posterior de oboe (Vitaly Nazarov) bien arropados por una orquesta realmente «redonda».

El plato fuerte vendría de la mano de Trifonov, un pianista que pese a la juventud es ya una auténtica figura desde hace años, para interpretar el conocido Concierto para piano y orquesta nº 1 en SIb M, Op. 23 (Chaikovsky) en una versión donde se notó que el director es también un maestro del piano, y donde Tatiana Porshneva se puso de concertino. Por fin escuchamos ese inicio contundente con un tiempo ajustado a la indicación: Allegro non troppo e molto maestoso, claridad expositiva y limpieza desde un poderoso piano que igual empastaba a la perfección con la orquesta como tomaba un protagonismo aún más marcado gracias a una concertación de Pletnev auténticamente deliciosa. El paso al Allegro con spirito fue otro escalón hacia la cima sonora. Aparición del clarinete (Nikolai Mozgovenko) que volvería a sorprendernos más adelante y todo un juego de texturas cálidas y aterciopeladas en la orquesta. El Andantino semplice – Prestissimo trajo consigo un despliegue técnico impecable, pese a los mínimos desajustes del instrumento solista (hubo momentos de madera en vez de cuerda), unos dificilísimos cambios siempre encajados desde una batuta que manejó a la orquesta como el «otro piano sinfónico» y otro solista (el flauta Maxim Rubtsov) también marcando calidad, pudiendo degustar el lenguaje tan romántico del compositor, para poner todo el fuego final (Allegro con fuoco) en una actuación estelar porque sumó todo para hacerla así: obra, pianista solista, orquesta al completo y director.

El único guiño «no ruso» lo pondría el propio Trifonov con una versión del hermoso lied de SchubertAn Sylvia que hizo cantar el piano como si Bjoerling se hubiese reencarnado en las cuerdas. Delicia total que «obligó» al prodigio ruso a impactarnos con la «Danza Infernal» de El pájaro de fuego (Stravinsky) en arreglo del maestro italiano Guido Agosti, perfecto broche virtuosístico tomando la música de ballet rusa como enlace con la segunda parte, y manteniendo el sabor ruso que impregnó toda la velada.

Con Las estaciones, Op. 67 (Glazunov) volvió el concertino titular Alexei Bruni capitaneando la RNO que volvió a brillar al completo y en cada intervención de unos solistas que son oro puro, y un Pletnev al frente que con su peculiar dirección sacó de este ballet en colaboración con Marius Petipa de cinco movimientos que comienza con El invierno, el mismo que parece no querer abandonar Asturias, brillo, sensibilidad, colorido, texturas, lirismo y todos los calificativos que podamos imaginarnos. Las cuatro variaciones invernales volvieron a descubrir atriles como el trompa o la arpista. El verano y sus cinco partes dejaron un Vals de acacias y amapolas donde las fragancias fueron lanzadas en gotas por Pletnev. El otoño resultó la auténtica bacanal a la que el Petit Adagio siguiente daría un color ocre por toda la cuerda que suena rusa en cada momento, con el motivo más conocido realmente apoteósico para cerrar el ciclo anual, composición y temporada. La orquesta está en un nivel que nos hizo quitar el mal sabor de boca inglés.

Más la fiesta tenía que acabarse con el Pletnev compositor y el Preludio de su Jazz Suite para corroborar que su formación está capacitada para sonar a gloria con cualquier estilo aunque el del concierto dominical resultó muy cercano en el tiempo, siendo el guiño jazzístico la guinda del pastel: gozada de trompeta con sordina (Vladislav Lavrik), percusión y contrabajo que también quisieron reivindicar la calidad que tienen todos y cada uno de sus componentes.

Tentaciones sinfónicas

2 comentarios

Jueves 2 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Xavier de Maistre (arpa), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de J. Guerrero, Ginastera y Tchaikovsky.
Continúa una semana de lo más musical que hace la vida un poco mejor. El titular de la formación capitalina volvió a apostar por la mezcla de obras, aunque pienso que la tentación vive arriba.

De Jacinto Guerrero (1895-1951) escuchamos la breve pero agradecida Jhaía: danza mora (1918), en edición de la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero y perfectamente explicada en las notas al programa por mi admirado Ramón Sobrino Sánchez, que leyéndole es casi como estar escuchando su siempre ameno e irónico verbo. Obra de juventud del toledano con giros arabizantes de su tierra natal («boceto oriental» subtitulaba su estreno) y una orquestación grande que el Maestro Conti llevó con la frescura que sabe transmitir desde una memorización precisa capaz de sacar todo y más de la partitura.

El virtuoso francés Xavier de Maiestre fue el encargado de interpretarnos el Concierto para arpa y orquesta, Op. 25 (1956) del porteño Alberto Ginastera estrenado en 1965 por nuestro Nicanor Zabaleta. Tres movimientos bien contrastados y escritos aunque «la falta de experiencia previa de Ginastera con la sonoridad del arpa, le lleva a un frecuente tratamiento en bloques solo-tutti, para no tapar al solista, especialmente en el tercer movimiento» como escribe el Dr. Sobrino, lo que no impide disfrutar de una obra con referencias tanto al folklore argentino natal como a sus amigos y maestros. Impresionante el dominio del arpa por parte del intérprete que hace aún más grande la obra y perfecta concertación de Conti, atento al solista y encajando sin mayores problemas las complejidades rítmicas que esta orquesta afronta con seguridad. Emotivo el Molto moderato central con un lenguaje más cercano a sus contemporáneos y buen Vivace final con sonoridades potentes en todos los intérpretes, percusiones especialmente sin olvidar unos metales bien ensamblados.

La propina de El Carnaval de Venecia de Paganini en esta «paráfrasis» para arpa (y tos) no tuvo nada que envidiar a las guitarrísticas del gran Tárrega, con una demoníaca técnica que saca de un instrumento tan complejo sonoridades celestiales…

Palabras mayores es la Sinfonía nº 6 «Patética» en Si m., Op. 74 (Tchaikovski), probablemente la más escuchada y varias veces en este auditorio, nuestro aunque siempre haya público que aplauda al final del «ruidoso» Allegro molto vivace del tercer movimiento. La tentación de interpretarla debe ser grande en cualquier director aunque para toda orquesta supone una obra exigente para todas las secciones, y si no contamos con una plantilla equilibrada, incluso «agigantada», el resultado final siempre será inferior al deseado. Los músicos pueden darlo todo, como así sucedió, y entiendo que los metales no puedan contenerse aún a costa de engullirse a una cuerda mermada para esta magistral y póstuma sinfonía. Marzio Conti tiene más que interiorizada la obra pero reconocerá que faltó cuerpo en los tutti, pero sobre todo equilibrio.

La cuerda tiene pegada cuando puede y se le pide, musicalidad a raudales en toda ella, bien empastada con la madera, pero algo tapada cuando «los bronces» atacan sus ff. Timbales siempre mandando con reguladores contagiosos a toda la formación, percusión toda ella impecable. Impresionante el esfuerzo de todos, Conti el primero: contrastes bien buscados, melodías sonsacadas, tempi ajustados para saborerarlos, interpretación romántica a más no poder pero globalmente se me quedó pequeña. Enhorabuena por los momentos íntimos conseguidos en cellos o violas, sonido que comienza a personalizarse aunque pierda limpieza en los pasajes rápidos. Con todo siempre es una tentación placentera volver a escuchar «La Patética» en vivo.

Lo han puesto difícil

2 comentarios

 

Viernes 26 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 10, OSPA, Pablo González (director), Obras de Varèse, Carter y Tchaikovsky. Notas al programa de Eduardo G. Salueña (quien impartió una conferencia previa, a las 19:00 horas: La estética del contraste: abstracción, urbanismo y bucolismo en el lenguaje orquestal).

Visto lo visto sigue pareciéndome increíble que obras de casi 100 años sigan provocando malestar en parte del público y de algunos músicos de la orquesta, evidentemente no entre los intérpretes ni un director que arriesga en cada aparición y volvió a pensar qué figura perdimos pero cuánto ganó personalmente. Las Integrales (1924-25) de Varèse creo que sonaron por vez primera en Oviedo este viernes (y Avilés el día antes), lógico porque se suele programar buscando equilibrio entre «lo seguro y lo arriesgado», olvidándose que la única forma de educar en estas composiciones es precisamente escuchándolas más a menudo y la apuesta fue total por no decir «rompedora». El director carbayón llevó a los once músicos por auténticas búsquedas sonoras más allá de los ancenstrales y conservadores conceptos académicos que precisamente Varèse quería romper, pese a titular los tres movimientos como Andantino, Allegro y Lento.

El recientemente fallecido Elliot Carter puede resultar tras Varèse como ver un Kandinsky tras Max Ernst, máxime en esa Suite del ballet «El Minotauro» (1947) que resulta cinematográfica y creíble hasta en el «hilo» argumental. Sin apenas respiro la OSPA fue desgranando lo mejor de esta selección del ballet, Obertura y dos escenas de tres y siete números respectivamente de lo más variados en todos los aspectos musicales, bajo la dirección impecable e implicada del maestro carbayón, volviendo a dar confianza a los músicos que sonaron como una auténtica unidad y donde volvió a destacar el cuarteto de trompas que ya han alcanzado el mismo nivel que sus demás compañeros, con sonoridades envidiables y seguras, siempre con esa tremenda seguridad y color que parece contagia la cuerda. Incluso los timbales parecen haberse «domado» pese a recuperar la posición superior.

Lograr este éxito es labor de todos pero pienso que Pablo González ha transmitido ganas y amor por todo lo que dirige, y esta primera parte volvió a demostrar que la formación asturiana puede con cualquier repertorio sin mermar un ápice la excelencia, siendo cuestión de trabajo y convencimiento.

La Sinfonía nº 1 en Sol m., Op. 13 «Sueños de invierno» (1866) de Tchaikovsky puso tan alto el listón que resulta preocupante pensar en bajar un mínimo esta calidad. Calificativos para estas obras supongo que vienen de análisis concienzudos y comparativos con otras sinfonías (y autores), pero realmente la primera del ruso sonó grande, pletórica, redonda para esta orquesta compacta, de dinámicas apabullantes nunca estridentes, de rubati perfectamente entendidos con la batuta, de claridad lineal dibujada en cada sección y solista con la maestría equiparable de un Courbet. Volver a insistir en el necesario convencimiento más allá de la técnica, en todos exigible y demostrada. Si la recreación de «esta primera» resultó tan increiblemente buena como para intentar convencernos que es lo que gusta a la mayoría, en mi caso corrobora que hay que volcarse con todo lo bueno desde el conocimiento y el esfuerzo.

Si hacía comparaciones entre Ernst (podía haber elegido a Picasso), Kandinsky o Courbet no es cuestión de prioridades sino de ampliar horizontes y gustos. Probablemente cuanta más pintura veamos más nos gustará uno u otro, incluso ¡los tres!, lo malo es que no podamos contemplarla en directo todas las veces que quisiéramos, y menos en Oviedo. No me importa que la primera «tercera obra hoy» sonase pletórica, ahora a esperar todo lo que queda hasta final de temporada.

Como mosqueteros

1 comentario

Lunes 3 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Nicholas Angelich (piano), Renaud Capuçon (violín), Daniel Müller-Schott (cello). Obras de Haydn, Brahms y Tchaikovsky.

En las jornadas de piano no podía faltar otro de los intérpretes grandes como el estadounidense Angelich que nos trajo a trío un lujo de concierto, demostrando cómo las figuras individuales cuando se unen para la esencia musical que es el género camerístico, pueden alcanzar cimas de excelencia, y este trío de mosqueteros al uso dejaron tres joyas muy dispares para esta formación.

Papá Haydn y su poco habitual Trío para piano, violín y violonchelo nº 39 «Zíngaro» en SOL M, Hob. XV/25 tiene tres movimientos bien perfilados sin seguir la «receta sonata» con más peso de la cuerda frotada pero perfectamente desarrollados en los protagonismos. La calidez de los tres intérpretes, en especial el cello de Müller-Schott que sigue impactándome por la sonoridad de su instrumento, nos dejaron un cuarto de hora de pura música de cámara bien entendida por el trío, con un Finale: Rondo al estilo zíngaro más escocés que gitano, recordándome la música folk británica que seguramente escuchó el compositor durante su estancia londinense, y probablemente donde compuso este trío como bien explica en las notas al programa la cellista y musicóloga santanderina Andrea Cabello Soldevilla.

Las notas de Brahms volvían a la sala como si hubiesen quedado flotando desde el sábado, y nada menos que con el Trío nº 1 en SIM, Op. 8, obra de juventud revisada casi cuarenta años después con toda la maestría del genio hamburgués, protagonismo compartido por unos músicos excelentes que fueron desgranando las bellas melodías del Allegro con brio. Tampoco tuvieron problema en afrontar el conocido y difícil Scherzo (Allegro molto) «meno molto» de lo esperado pero igual de exigente técnicamente (puede que la señorita que pasaba las hojas a Mr. Angelich no ayudase a una mayor concentración). Movimiento fresco llevado con ligereza y calidez en Capuçon, bien «contrapesado» por sus dos compañeros, desde el arranque solístico de Daniel y el poso de Nicholas. La emoción llegaba, como siempre en Brahms, con el Adagio resultando y resaltando hondura en los tres intérpretes, los arcos sonando como uno solo y el piano subyugante, para rematar «la faena» con el Allegro final, nueva muestra de entendimiento en la esencia camerística que tanto nos gusta a los que mamamos estas músicas en las sociedades filarmónicas.

Y la segunda parte el Trío para piano, violín y violonchelo ‘A la memoria de un gran artista’ en La m., Op. 50 (Tchaikovsky), también titulado «Patético» y dedicado al mentor y amigo pianista Nikolai Rubinstein muerto en 1881, dos amplios movimientos donde el piano lleva todo el peso de la obra, algo que Angelich asumió con alguna que otra dificultad, nuevamente poco ayudado al pasar hoja, algo excesivo en el uso del pedal, pero sin perder de vista el homenaje del trío a un pianista. Pezzo elegiaco: Moderato assai – Allegro giusto, la tragedia que acompaña al ruso hecha música para una formación nueva para él pero que consigue empastes casi sinfónicos desde el protagonismo del teclado y los arcos como toda la cuerda en sólo dos instrumentos. Y luego las Variaciones, piezas individualizadas agrupadas en dos bloques A) Tema con variazione: Andante con moto, todas de enorme virtuosismo para cada uno de los integrantes del trío, y B) Variazione finale e coda: Allegro risoluto e con fuoco – Andante con moto de comienzo pletórico, apasionado, romántico en estado puro o como escribe la cántabra «un juego de luces y sombras basado en la metamorfosis de un tema», luces del frío ruso y sombras de la marcha fúnebre final. Sombras y luces en estos tres mosqueteros que tocaron como el lema «Uno para todos y todos para uno», delicia camerística en un diciembre que acaba de comenzar.

Más tristeza que amor

Deja un comentario

Viernes 4 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 11 OSPA, Joshua Hopkins (bartítono), Jayce Ogren (director). Obras de Stravinsky, Lieberson y Tchaikovsky.

La conferencia previa sobre Stravinsky a cargo del compositor y musicólogo Israel López Estelche (autor también de las notas al programa que enlazo en los autores) nos preparó para la primera obra del concierto de abono que nos traería un programa realmente interesante donde la sección de viento fue la protagonista como otras veces la cuerda en solitario.

Las Sinfonías para instrumentos de viento (1920) revisadas por Stravinsky en 1947 y retomando el coral para armonio de su Toumbeau de Claude Debussy, permitió disfrutar de la llamemos «sección organística» del viento que tiene desde hace años un nivel altísimo tanto en las maderas como en los metales, y no defraudaron a pesar de que la dirección del joven Ogren, que volvía por tercera vez, se limitó a lo básico y poco más, pero la musicalidad de los profesores sacó adelante las tres secciones de que consta esta obra escuchada poquísimas veces en vivo.

A la vista del resultado global, lo mejor de la velada resultaría el estreno en España y la primera escucha del barítono Joshua Hopkins cantando cinco sonetos de amor de Pablo Neruda utilizados por Peter Lieberson en Canciones de amor y tristeza, para barítono y orquesta. Sin entrar en la trastienda de la obra, interesantes para comprenderla y bien explicadas en el programa, el peso del texto supera al de las melodías que parecen o quieren brotar de la lectura del mismo. El color de voz de Hopkins y la perfecta dicción castellana (con acento ¿chileno?) cautivó desde el primer verso del soneto XLVI «De las estrellas que admiré», cinco números algo desiguales y monótonos por momentos, con melodías poco pegadizas aunque la instrumentación parecía subrayar los sentimientos del poeta más que el canto. Me gustó el tercero, el soneto LII «Cantas y a sol y a cielo con tu canto…» y los solos de cello a cargo de Atapin que fueron aún más líricos ¿el budismo de Lieberson?, si bien el maestro Ogren no ayudó mucho a ninguno pese a la corrección que no es suficiente. Quedé con ganas de escuchar a Hopkins en otro repertorio porque son los barítonos que me gustan, y en esta primera parte predominó el amor de mi tocayo, con esos tres lánguidos Adiós que cierran el soneto LXXXII «Amor mío, al cerrar esta puerta nocturna».

La tristeza total me sobrevino con la Sinfonía nº 6 en Si m., Op. 74, «Patética» (Tchaikovsky), obra cumbre del ruso que exige atención a todos los detalles desde el arranque pianísimo del Adagio introductorio. La falta de más graves tras el fagot inicial me puso sobre aviso. Los «resonantes clamores» de los que habla François-René Tranchefort en su «Guía de la música sinfónica», así como esa melodía «una de las más abiertamente sentimentales que Chaikovski haya escrito», resultó más bien lastimera. La dirección de Ogren me resultó estudiantil y equivocada, aunque expresase en una entrevista que «para un músico es fundamental tener buen gusto y autoconfianza». Si en un texto subrayamos lo accesorio perdemos la idea, si luego queremos volver atrás queda todo tan resaltado que es ilegible, y utilizando el paralelismo escolar, Jayce se pasó con el rotulador fosforito, además de parecer impasible a la formación que tenía delante. De acuerdo que hubiésemos querido mucha más cuerda, pero con lo que hay su obligación hubiera sido controlar las dinámicas de los metales para equilibrar planos sonoros. Tampoco cuidó la limpieza melódica, algo sucia, ni tampoco la precisión y rigor en los «tutti», siempre desencajados en ese Allegro non troppo que esperaba trágico pero no en esta línea. La majestuosidad se confundió con el «fortissimo», no hubo los contrastes esperados en los tiempos ni siquiera algún detalle que destacase en la ejecución.

Pienso que los músicos se percataron de ello y hubo mejoría en el Allegro con grazia, más por la profesionalidad desde cada atril que por parte del podio, como queriendo tomar las riendas de un caballo desbocado. Pero los profesores deben / tienen que amoldarse al director y los desajustes convertidos en melopea sin sentido volvieron en el Allegro molto vivace cuyo poderío parece agradar a un público que ¡volvió a aplaudir! pero personalmente la dedepción iba en aumento, nada del caracter marcial, pizzicati oscuros y tapados, notas poco claras… Claro que hubo menos toses pero también menos aforo del habitual (¡preocupante esta desbandada de abonados!) aunque cambiando estertores por decenas de paraguas cayéndose arrítmicamente y en los momentos más inoportunos (¡hay guardarropa y hasta la opción de dejarlos directamente en el suelo!). El Adagio lamentoso fue literal, lejos del musical y premonitorio, «el testimonio de la próxima destrucción de sí mismo» que escribe el citado Tranchefort, con las últimas notas imperceptibles del final y un silencio respetuoso exigible siempre antes de bajar los brazos ¿por miedo tras el «patón» del tercero?).

Cuando una obra tan compleja y enorme como la «Patética» no se domina, acaba desbocada y aplastando a todos, desde el director sin mando hasta la orquesta que campó a sus anchas sin ton pero con son, que parece no soportar becarios vengándose a la primera de cambio, incluso del que suscribe, pues hacía mucho tiempo que no salía de escuchar a la OSPA tan cabreado.

Al final triunfó la poesía de Neruda.

P. D. 1: En el Facebook© de la OSPA están las críticas de Diana Díaz, Ramón G. Avello e Eduardo G. Salueña.
 P. D. 2: Crítica de Aurelio M. Seco en «Codalario».

Newer Entries