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La excelencia de sumar piano y cuarteto

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Jueves 28 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni. David Kadouch (piano), Cuarteto Quiroga. José Ramón Hevia, in memoriam. Obras de: F. Chopin, Clara Schumann, A. Ginastera y R. Schumann.

Buen arranque de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con el francés David Kadouch (Niza, 1985) al que se sumaría el Cuarteto Quiroga (2003) en plena mayoría de edad para rendir el merecido homenaje a su «inspirador» y apoyo constante, mi querido José Ramón Hevia, siempre en nuestra memoria, padre de Aitor y David, que este jueves se hubiera «quitado el sombrero» orgulloso de este concierto en nuestro auditorio, el mismo que va retomando la (a)normalidad de toses, móviles, objetos caídos, aforos ampliados, programas de mano en papel, descansos y mascarillas varias.
Nada mejor que comenzar escuchando a Frédéric Chopin (1810-1849) y sus tres Nocturnos op. 9, que Kadouch afrontó desde la elegancia e intimidad del primero, la delicadeza nostálgica del famoso segundo y la auténtica explosión romántica del tercero, tres planetas sonoros en un mismo universo que fueron acercándose en ese firmamento pianístico que sigue siendo necesario tanto en las filarmónicas como en los grandes auditorios.
Y reivindicando el papel de las mujeres compositoras, buena idea incluir a Clara Schumann, o mejor Clara Wieck (1819-1896) con el apellido real, quien en sus Variaciones sobre un tema de Robert Schumann, op. 20 no solo domina la obra de su esposo sino que la reelabora como excelente intérprete que fue, con un Kadouch esculpiendo el sonido claro, la digitación limpia y los pedales certeros en unas variaciones que fueron las estrellas del cielo pianístico.
Reubicando el escenario llegaría a continuación el Cuarteto Quiroga (Premio Nacional de Música 2018) con el gran Alberto Ginastera (1916-1983)  y su Cuarteto de cuerda nº 1, op. 20 (1948) demostrando de nuevo la excelencia interpretativa en este repertorio (grabado en su CD Terra) que saca a relucir tanto los recursos de cada instrumento como la necesaria compenetración de sus miembros afrontando esta maravilla del compositor argentino. Es maravilloso comprobar el sonido cuidado, la sonoridad única, el ímpetu y entrega en cada uno de los cuatro movimientos (I. Allegro violento ed agitato II. Vivacissimo
III. Calmo e poetico
IV. Allegramente rustico
) donde todo está encajado al milímetro, pulsión única pese a las dificultades que conlleva por los cambios de compás, ritmos enloquecidos y dinámicas asombrosas que «el Quiroga» lleva a la excelencia. Como escribe Arturo Reverter en las notas al programa (enlazadas al inicio en las obras) de este cuarteto del compositor porteño, «encontramos el espíritu estilizado -un factor folklórico subyacente- que habíamos anotado…» entendido a la perfección por estos cuatro intérpretes únicos (Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio) que siguen ampliando horizontes en un repertorio ideal.
Y sumar el piano al cuarteto no resulta cinco sino UNO, inmenso, «experimento camerístico» de visión sinfónica como es el Quinteto para piano y cuerda en mi bemol mayor, op. 44 de Robert Schumann (1810-1856). Importante para el Cuarteto Quiroga encontrar pianistas que respiren como ellos, enriqueciendo sonoridades, latido único en esta formación donde la calidad se da por supuesta y la musicalidad es el toque de distinción. David Kadouch encajó a la perfección con el espíritu interpretativo de este Schumann que homenajea a Beethoven, a Schubert e incluso a Mozart, tal y como disecciona Reverter el quinteto para piano y cuerda. Cuatro movimientos (I. Allegro brillante II. In modo d’una marcia. Un poco largamente III. Scherzo: Molto vivace IV. Allegro ma non troppo ) que exploran formas y fondos, momentos líricos y concertísticos de protagonismos compartidos, conjunción y ejecución a cinco sonando en total y certera unidad, con balances cuidadísimos, fraseos impecables y entrega apasionada.
De regalo no podía faltar el Shostakovich al que José Ramón Hevia admiraba y hasta compartía carácter socarrón e incluso humorístico, músicos de largo alcance, dedicación y bonhomía, como recordaba Cibrián Serra en la dedicatoria previa. El irrepetible ruso que tanto Kadouch como «los Quiroga» tienen en sus atriles individuales, esta tarde aunados en feliz encuentro para el Scherzo de su Quinteto en sol menor, op. 57, resposado y repasado,  pero especialmente dedicado y delicado.

Precisión y emoción

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Sábado 4 de septiembre, 20:00 horas. Iglesia de Santamaría, Monasterio de Valdediós. Círculo Cultural de Valdediós: Atardeceres musicales 2021, «El flujo de la identidad«. Quinto concierto: Metamorfosis. Alissa Margulis (violín), Adolfo Gutiérrez Arenas (violoncello), Josu de Solaun (piano). Obras de Schumann, Liszt, Prokofiev y Brahms.

Última escapada a Valdediós en este verano y vuelta al círculo virtuoso de un Adolfo Gutiérrez Arenas siempre unido a este ciclo que siempre supuso iniciar nuevos proyectos como él mismo escribía en las notas al programa, y puedo decir que esta clausura, quinto concierto de memamorfosis con sus Atardeceres, será el arranque de un trío que hará historia al unirse con el cellista «asturiano» (aunque nacido en Munich) nada menos que la violinista alemana de origen ruso Alissa Margulis y el pianista Josu de Solaun, valenciano universal y cosmopolita. Tres vidas viajeras para un estreno que dibuja el triángulo como la perfección mínima, tres partes iguales y estables, equilibrio también emocional e interpretativo de auténtica altura que bien podríamos bautizar en este Monasterio como «Trío Valdediós».

Y si el triángulo tiene una línea básica, no cabe duda que De Solaun desempeñó a la perfección ese sustento, pues no solo interpretaría un Liszt impactante sino que también brilló en los dos dúos antes de rematar con el trío de Brahms en un concierto de 99 minutos (alguno más rozando la hora y tres cuartos), tres veces 33 por la perfección del 3, la matemática precisión en la ejecución de todos ellos y la emoción que se respiró de principio a fin con un público asombrado y en silencio sepulcral, búsqueda de la perfección conjunta solo al alcance de tres grandes solistas que deciden latir como unidad en la visión musical de cada partitura, trabajada desde la individualidad pero vivida en el conjunto geométrico perfecto de las tres líneas tras trazar líneas paralelas y ascender al mágico o místico número tres.

El programa ofrecido en la iglesia del Monasterio de Valdediós estuvo a la altura de los grandes, primero Robert Schumann (1810-1856) y sus «5 piezas en estilo popular» Op. 102 para Adolfo y Josu, sonoridades talladas en cada una de ellas, intenciones claras tomando los títulos de referente interpretativo: Mit Humor, canción sin palabras cantada por el cello y contestada al piano, Langsam (lentamente) verdadera delicia de fraseos y equilibrios dinámicos, Nitcht schnell (no rápido) suficiente para degustar las sutilezas de Schumann en ambos instrumentos, Nicht zu rasch (no demasiado rápido) de consistencia tímbrica y resonancias increíbles antes de la quinta Stark und markiert (fuerte bien marcada), contundencia en las teclas y el arco, la precisión con emoción que hace grande el dúo en un mismo idioma.

Josu de Solaun es un auténtico virtuoso que está asombrando allá donde va y que sigo cuanto puedo, y si tenía anotada en principio la Sonata 4 de Scriabin para este concierto, el cambio y elección de Franz Lizst (1811-1886) y su «Primer Vals de Mefisto» puedo calificarla de mágica además de histórica, increíble, la evocación diabólica en esta iglesia cual hechizo pianístico único, esa Der Tanz in der Dorfschenke’ (El baile en la taberna del pueblo) sinfónica al piano de auténtica melopea, fuerza y pasión, ebrios de música que el valenciano derrocha en cada trago, en cada compás. Vigor preciso y precioso, una boda compartida  por un público boquiabierto cual Fausto y el rapto embriagador para una huída mefistofélica donde nos raptó a todos para llevarnos a la siguiente borrachera emocional.

Si el virtuosismo es seña identitaria romántica, los rusos supieron completar el calor del fuego con el colorido tímbrico jugando con melodías y armonías reconocibles como pocas. Así entendieron Alissa Margulis y Josu de Solaun la  Sonata N° 2 de Serguéi Prokoviev (1891-1953), un violín de amplias dinámicas equilibrado y compartido por el piano, entregados anímicamente en dibujar líneas claras y pinceladas de amplísima paleta. Desde el Moderato pudimos captar un lienzo sonoro limpio, fresco, preparándonos para el riquísimo segundo movimiento, Presto-Poco piu mosso del tempo I, vertiginosos pasajes intercambiándose y entrecruzando las líneas para engrosar un sonido aterciopelado y potente; aparente respiro, corto, sin perder complicidad en el Andante y un apasionante y cromático Allegro con brío-Poco mosso – tempo I- Poco meno mosso – Allegro brío, explosión de color musical, apabullante encaje entre ambos intérpretes, grandeza comprobada en la exactitud del trazo sin dudas, el lienzo que va tomando forma conjunta para alcanzar la belleza final de un violín con personalidad junto a un piano dúctil.

Líneas paralelas, línea recta y al final las tres líneas formando el triángulo, el último romántico Johannes Brahms (1833-1897) y una obra que le ocuparía 36 años, compleja como él mismo y donde la madurez consigue la visión buscada. Margulis, G. Arenas y De Solaun en su amplio bagaje uniendo fuerzas para el  Trío Op. 8,  lirismo a raudales en cada uno, sonidos muy trabajados para unirlos en texturas inimaginables, el piano casi sinfónico abrazando los arcos con registros intercambiables, graves de violín y agudos del cello ampliando gamas tan bien ensambladas por parte de los tres músicos que hacen aún más grande este trío maestro, cuatro movimientos que discurren como la propia vida, melodías brahmsianas inconfundibles  en el Allegro con brío, el asentamiento indudable del Scherzo intachable desde su génesis, la belleza madura y hasta mística con un cello cantando corpóreo cual voz humana del Adagio, diálogos cruzados en conversación a tres y la explosión juvenil del Allegro, así lo entendieron estos jóvenes maduros latiendo juntos, el impulso vital lleno de color y esperanza, la confirmación de la obra bien construida y mejor ejecutada, la historia de unos pentagramas precisos que sólo la interpretación consigue emocionar.

Bravo por este Trío Valdediós al que deseo larga vida y colofón perfecto para este ciclo ya consolidado al que la pandemia solo ha restado público por las medidas de prevención, pero ha llenado de esperanza y emoción estos atardeceres «en un lugar único por belleza e historia» como bien (d)escribe Adolfo Gutiérrez Arenas su hogar desde hace muchos años. Gracias.

Anodino romanticismo

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Viernes 28 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo,  Primavera V: OSPA, Sayaka Shoji (violín), Corinna Niemeyer (directora). Obras de Schumann y Farrenc. Entrada butaca: 15 €.

Programa romántico este quinto del abono primaveral de la OSPA con protagonismo femenino plural, violinista japonesa, directora alemana y compositora francesa (contemporánea del Schumann inicial) con obras que no son habituales en las salas de concierto y que tras su escucha creo tardarán en volver, pese a ser partituras muy bien construidas, ideales para testar cualquier orquesta y batuta, pero que sin duda carecen de esa emoción consustancial a un periodo de la historia musical que nos ha dado probablemente las mejores páginas sinfónicas.

Las notas al programa de Fátima Martín Ruiz (enlazadas arriba en los autores) desgranan las dos composiciones así como las personalidades de sus escritores, centrándonos en esos años de ebullición sinfónica aunque de distinto calado.

El Concierto para violín en re menor, WoO 23 de Robert Schumann
(1810 – 1856) mantiene claramente el melodismo del alemán, su sonoridad orquestal y la estructura clásica de tres movimientos (I. In kräftigem, nicht zu schnellem tempo – II. Langsam – III. Lebhaft, doch nicht zu schnell) pero por una vez creo entender las reticencias del propio compositor y de su destinatario en no estrenarlo. La sonoridad sinfónica buscada por Corinna Niemeyer tapó demasiadas veces el sonido delicado de Sayaka Shoji que afrontó todos los vericuetos técnicos del concierto con solvencia y musicalidad no siempre apreciables ni agradecidas. Al menos pudimos disfrutar momentos bellísimos en el movimiento central pero sobrevoló más lo orquestal (sobre todo en esa polonesa final) que lo concertante en la visión de la directora alemana.

Sí nos deleitamos con el violín aterciopelado y bien sentido de Shoji en su regalo bachiano del «Largo» de la Sonata Nº 3 en do mayor, BWV 1005, verdadera introspección de sonido refinado contrastado con el romántico inicial que no permitió un mayor lucimiento de la talentosa japonesa.

Está bien programar sinfonías románticas poco escuchadas en los auditorios, buscar obras coetáneas y apostar por una mujer como la francesa Louise Farrenc (1804 – 1875), que es de aplaudir, pero su Sinfonía nº 1 en do menor, op. 32 me pareció un ejercicio compositivo bien escrito, dando a cada sección de la orquesta sus protagonismos -que  en la OSPA están más que comprobados- aunque faltase la emoción intrínseca de un romanticismo de libro por estructura y técnica compositiva, incluso buscando el final en tutti que «levante al público», en cierto modo socorrido y siguiendo las modas del momento que también apreciamos en el primer Schumann.

Del análisis de su primera sinfonía vuelvo a recomendar las notas al programa de la musicóloga manchega, y dejando en sus cuatro movimientos los correspondientes enlaces para su escucha (I. Andante sostenuto – Allegro; II. Adagio cantabile; III. Minuetto: Moderato; IV. Finale: Allegro assai), destacando de Corinna Niemeyer su gesto preciso y claro más la lucha por ir dibujando los momentos precisos de presencias instrumentales, buscando igualmente los contrastes dinámicos para contagiar un ímpetu que personalmente esta sinfonía no tiene. Una directora joven con una obra casi de examen para todos, donde tampoco se pudo exprimir más de lo que hay. Hubo pasajes interesantes tímbricamente como en el Adagio donde se lucieron las maderas, como siempre, que no tuvieron igual expresividad en una cuerda hoy comandada por Eva Meliskova, ese aroma aún clásico del Minuetto que la OSPA transmitió con más profesión que pasión, y el final impetuoso tan previsible tanto en escritura como en ejecución.

 

 

Subllime sonoridad sentimental

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Viernes 14 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Primavera III: OSPA, Daniel Müller-Schott (violonchelo), Dalia Stasevska (directora). Obras de Sibelius, Schumann y Stravinsky. Entrada butaca: 15€.

En tiempos de pandemia no estamos para muchas celebraciones y los 30 años de la OSPA están sonando poco a poco, sin director titular ni concertino (hoy al menos volvía como invitado Aitor Hevia) y con programas conocidos donde no faltan obras poco escuchadas, solistas de altura y unas batutas ya «fichadas» por otras orquestas aunque nos demuestran cómo funciona de bien nuestra treintañera cuando en el podio las ideas son claras y la comunicación fluye igual que la propia música.

La directora finlandesa Dalia Stasevska traía además de la inicial de su apellido, otras tres «S» para este tercero de primavera: su cercano y sentimental Sibelius, el sublime Schumann de su concierto para violonchelo con el “Ex Shapiro” de Matteo Goffriller  (Venecia, 1737) en las manos de Daniel Müller-Schott, siempre bienvenido en cada visita al auditorio, y la sonoridad de Stravinsky cuya música está tan en los genes de la OSPA como en la cercana Finlandia de Stasevska que sacó a relucir la calidad de la formación asturiana necesitada de interpretaciones tan claras, precisas y entregadas como la escuchada en el Auditorio, siempre con todas las medidas de prevención, higiene, distancia y demás «inconvenientes» que los aficionados soportamos estoicamente para seguir demostrando que «La Cultura es Segura» y la terapia musical lo mejor que podemos aplicarnos.

Del Báltico lleno de contrastes y sentimientos, extremos climatológicos de mitologías y leyendas sonaría el gran sinfonista Jean Sibelius (1865-1957) y su  Rakastava, suite, op. 14 para una cuerda reducida, percusión y triángulo, obra que escribe tras superar un cáncer de garganta en un periodo convulso donde la música de Stravinsky le resulta conocida y hasta en cierto modo reflejada en esta suite en tres movimientos (I. Rakastava II. Rakastetun tie III. Hyvää iltaa … Jää hyvästi) traducidos como “El Amado”, “El camino del Amante” y “Buenas noches, amado mío – Adiós”,  el buen oficio del compositor y de sus intérpretes, la cuerda coral ligera y delicada del primero, la elegancia y sentimiento del segundo más el protagonismo en el tercero de Aitor Hevia de aires folklóricos que sentimos cercanos, cerrando una interpretación que el gesto claro, preciso y conciso de la maestra de origen ucraniano Stasevska.

Robert Schumann (1810-1856) además de sentimental, puede presumir de una sonoridad propia en sus sinfonías que parece aplicar a su Concierto para violonchelo en la menor, op. 129,  y si además contamos con un solista de la altura de Daniel Müller-Schott el colorido y romanticismo de esta bellísima página está asegurado, la perfecta yuxtaposición entre el chelo y la orquesta bien concertada por Stasevska y leída por el alemán con la musicalidad que le caracteriza desde un instrumento que canta y nos hace vibrar. Tres movimientos sin pausa (I. Nicht zu schnell; II. Langsam; III. Sehr lebhaft), intervenciones siempre acertadas de los primeros atriles y una complicidad total entre solista y podio que mantuvo un excelente equilibrio de dinámicas y un sonido compacto además de rico en esta joya del compositor alemán que nos deja al final esa cadenza en el cello  donde  Müller-Schott volcó lo mejor en su instrumento.

Y el cello mágico volvió a cantar como los pájaros en una personal interpretación de El cant dels ocells, siempre asociado a nuestro universal Pau Casals que colocó su instrumento desde un magisterio único en la cumbre, y que al solista alemán podemos considerarlo uno de sus apóstoles, homenaje a nuestra tierra no siempre agradecida con los genios que son más valorados fuera de nuestra fronteras.

La OSPA ha interpretado muchas veces a Igor Stravinsky (1882-1971) con diferentes resultados y acercamientos muy diferentes a sus páginas «bailables«. El Pájaro de Fuego: suite (1919) es una joya que se debe mimar en sus seis partes, con los solistas atentos a la batuta y dándoles confianza en sus intervenciones, más un tutti que no puede despistarse ni un momento por la amplia gama dinámica, rítmica y colorista. Así lo entendieron con una Stasevska clara, de gesto amplio, casi bailando cada número, entendiendo la suite desde la misma esencia de Sibelius, siguiendo con tantas «eses» en este viernes sinfónico.  La inquietante I. Introducción desgranó la calidad de una madera siempre segura y la cuerda deseada; la II. Danza del Pájaro de fuego en el punto exacto de vuelo sin perder plumas y con toda la magia que esconde;  la III. Danza de las Princesas, encumbrando con tal título nobiliario a una «Dalia» en flor, mando preciso y precioso; más fuego para la IV. Danza infernal del Rey Kastchei, agitada (no revuelta), tensa, de cromatismo claros y síncopas bien resueltas por una orquesta totalmente entregada; el remanso de la V. Canción de cuna, cantada por un fagot excelso bien arropado por un «tutti» delicado antes del apoteósico VI. Finale, con una trompa de gala, una cuerda de lujo, una percusión precisa, el crescendo bien construido con el majestuoso y solemne final donde unos metales refulgentes alcanzaron el final feliz de un cuento bien narrado por la directora finlandesa con un color orquestal para seguir soñando.

Extraordinario triplete de La Díaz

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Corren tiempos difíciles, y para el sector musical aún más, con cancelaciones de última hora que rompen la programación y el ritmo de trabajo necesario, pero esta semana antes de mis vacaciones, la soprano Beatriz Díaz afrontó un triplete extraordinario digno de figurar en los anales de esta «Era Covid».

El miércoles 24 a las 19:30 horas  en el Teatro Jovellanos de Gijón, dentro de la temporada de la Sociedad Filarmónica estaba programado de nuevo, dentro del ciclo «Los Históricos de la Filarmónica», el programa Cantarinos pa que suañes con el pianista y compositor Luis Vázquez del Fresno al que su corazón le dio un susto el lunes, y al que le deseo desde aquí una pronta recuperación.

Noticia triste pero ante la adversidad se mantuvo el concierto, siempre de agradecer por parte de los gestores de la centenaria sociedad gijonesa, armando urgentemente un nuevo programa (el 1.632)  a cargo de la propia Beatriz Díaz con el pianista Marcos Suárez, y organizado en cuatro bloques de tres obras, el tres mágico, donde la soprano allerana  nos dejaría una muestra de su musicalidad, versatilidad y amplio repertorio. Primero tres arias de ópera cantada en italiano, donde estuvieron Händel y el Lascia del «Rinaldo», Porgi amor de las bodas mozartianas, y una de las preferidas de la cantante, Catalani y «La Wally» con Ebben? ne andrò lontana, una lección de bien cantar con toda la amplia gama de color que caracteriza a la asturiana, siempre bien acompañada de un Marcos Suárez que se afianza como maestro repertorista como bien destacó el músico local David Roldán Calvo, quien ejerció de maestro de ceremonias presentando y poniendo cada obra en su contexto histórico.

Tratándose de un recital de «La Díaz«, no puede faltar su adorado Puccini, auténtico amuleto y para el que su voz parece hecha a medida, esta vez la Musetta con alma de Mimì, bien dominada vocal y escénicamente desde hace tiempo, el siempre agradecido (y comprometido) Dvorak de «Rusalka» y su Canción de la luna, otro escalón en un repertorio que va creciendo como su voz, y el Summertime de Gerswhin, el musical hecho ópera, o viceversa, con un arreglo pianístico más rico de lo habitual y esa versatilidad de la soprano asturiana capaz de meterse en cada personaje con el estilo adecuado y la entrega conocida.

No se podía olvidar la inspiración asturiana prevista aunque adaptada al momento, por lo que escuchamos la Asturiana de Falla como un delicioso arrullo, y dos canciones de «Madre Asturias» del recientemente fallecido Antón García Abril, homenaje necesario que desde la calidad de los dos intérpretes fue emotivo y entregado, Duérmete neñu y y Ayer vite na fonte, nuestro folklore hecho universal en estas páginas para tenor pero que en la voz de soprano adquieren nuevos aires y con un pianista demostrando igualmente su papel coprotagonista.

Y el cierre de nuestra zarzuela defendida con la categoría que se merece, «El dúo de la africana» de Fernández Caballero que Beatriz Díaz lleva en la sangre a La Antonelli, Yo he nacido muy chiquita aunque solo de estatura pues resulta siempre grande en escena, No corté más que una rosa del «manojo» vasco Pablo Sorozábal que resultó nuevamente redondo, y la petenera de «La Marchenera» (Moreno Torroba) cerrando este trío lírico hispano con la misma entrega y calidad con la que se iniciaba un comprometido recital donde los obstáculos no lo son cuando hay tanto trabajo detrás y responsabilidad por mantener una calidad en todo lo que canta nuestra asturiana universal. Propinas a pares de zarzuela y ópera, imprescindible el Puccini de O mio babbino caro que en la voz de la allerana sigue siendo música celestial.

Y llegaría el jueves 25 a las 19:30 en el Teatro Jovellanos Concierto Extraordinario de Semana Santa con la OSPA dirigida por el australiano Kynan Johns donde la soprano debutaba como solista con ese motete mozartiano que pone a prueba la voz pero sobre todo la musicalidad, Exultate Jubilate, K. 158a/165 de estilo operístico que hace años parecería impensable para Beatriz Díaz, aunque las enseñanzas del maestro Hernández Silva y la amplitud que ha alcanzado su voz, el día que cumplía 40 años, han demostrado cómo el genio de Salzburgo, al igual que papá Haydn, son perfectos compañeros de viaje.

El director encontró la pulsación ideal para disfrutar los tres movimientos de esta joya juvenil de Mozart, con una Beatriz Díaz cómoda, de amplias dinámicas y lirismo en estado puro (el recitativo plenamente operístico por parte de todos, aunque el órgano quedase en segundo plano) y la OSPA clásica de sonido homogéneo, gustándose y escuchando cada detalle, con los oboes contestando ese texto tan apropiado para este día: «¡Alégrate! ¡Un gran día brilla! ¡Las nubes y la tormenta se han ido!«, final de Aleluya pletórico por repetir escenario y agrandar una historia vocal que todavía nos deparará muchas más alegrías.

La OSPA completaría este extraordinario con el siempre necesario Beethoven al que 2020 le quitó parte de su protagonismo, con Coriolano: obertura op. 62 para comprobar el buen estado sinfónico y la complicidad con un Kynan Johns que en cada visita exprime lo mejor de la formación asturiana, dominador de memoria de todo el concierto donde la recién estrenada «Primavera» sonó con Schumann en una versión clara, precisa, matizada, colorida a pesar de la acústica del Jovellanos que no está pensada para una orquesta romántica a la que Perry So en el anterior concierto, dejó perfectamente engrasada.

Y no hay dos sin tres, pues el viernes 26 a las 19:00 horas se repetía el programa extraordinario en el Auditorio de Oviedo con una entrada que la pandemia y su protocolo dejó mermada pero igual de entregada para un público que recibe a la soprano de Bóo con cariño y siempre expectante. La cultura es segura y la música en vivo única e irrepetible, Beethoven con Johns preparó sonoridades sinfónicas, Mozart un poco más vivo que en Gijón pero con la acústica ideal y presencia de cada sección (esta vez sí sonó el órgano) para una plantilla casi camerística y unas manos australianas delicadas, mimando a la solista que desplegó de nuevo esa magia vocal para el motete que iluminó este triplete de Beatriz Díaz.

La Primavera de Schumann, esa sinfonía primeriza para nada juvenil y llena de vida en sus cuatro movimientos, retomó la calidad sinfónica de la OSPA bajo la batuta de un Johns de gestos claros, sin ampulosidades pero preciso al detalle, conteniendo sonoridades en los momentos delicados, dejando fluir a la cuerda, empastando a todos con el estilete o florete de su batuta con el que fue tocando los resortes necesarios para brindarnos una versión impecable de la Sinfonía nº1 en si bemol mayor, op 38 esperando repetir su escucha en la retransmisión de Radio Clásica que sigue grabando los conciertos de nuestra sinfónica, de nuevo con el bilbaíno Xabier de Felipe de concertino, esperando se cubran pronto las vacantes, pues no me canso de repetir que hace falta un capitán para esta nave y el contramaestre obligado.

Ya han sido suficientes los candidatos y no veo necesario alargar más los plazos, aunque sigan siendo tiempos convulsos, pero la música es un bálsamo necesario, más si podemos disfrutar de Beatriz Díaz, extraordinario triplete que abre mi descanso docente por esta semana. Como dice un querido amigo común,

BraBoo Beatriz

Oviedo sonó anglosajón

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Sábado 6 de marzo, 19:00 horas. Los «Conciertos del Auditorio«: Oviedo Filarmonía, Nicolás Altstaedt (violonchelo y director). Obras de Elgar y Schumann. Entrada butaca: 12 €.

El público asturiano sigue necesitando de la música en vivo y sabe que la cultura es segura, por lo que este sábado y con todas las medidas de prevención impuestas, acudió al auditorio ovetense para disfrutar de un concierto en torno al franco alemán Nicolás Altstaedt en su doble faceta de violonchelista y director al frente de una Oviedo Filarmonía (con Marina Gurdzhiya de concertino) que sigue sacando músculo en estas obras agradecidas y conocidas de todo melómano.

El famoso Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85 de Edward Elgar (1857- 1934) es una obra compuesta en 1919 tras la Primera Guerra Mundial, cuando su música había pasado de moda,  en contraste con su concierto para violín, pero que en los años 60 Jacqueline du Pré rescató convirtiéndose en una de las grabaciones de música clásica más vendidas, y desde entonces los violonchelistas han caído rendidos al poderío de esta obra. Concierto contemplativo y elegíaco que contando con el propio solista como director hizo de él una recreación personalísima en sus cuatro intrincados movimientos (Adagio – Moderato // Lento – Allegro molto // Adagio // Allegro – Moderato – Allegro, ma non troppo – Poco più lento – Adagio), difícil conducir de espaldas pero con la colaboración de Gabriel Ureña que ejerció de alter ego al frente de la sección de chelos, empatía y conocimiento de la obra, para poder encajar a la perfección una composición donde la orquesta funde tímbricas con el solista. Comienzo con un corto pasaje para el violonchelo marcado como «Nobilmente» en un gesto entre asertivo y malhumorado que decía el propio compositor, inicio declaración de intenciones que vuelve brevemente en el segundo movimiento y también al final, así entendidos por Altstaedt, contrastando con la austeridad del tema principal a cargo de unas violas muy sólidas. Resignación y amargura que parecen mezclarse en Elgar aunque siempre brillando la esperanza. Bien empleado el material rapsódico en el violonchelo con su pizzicato y posterior movimiento virtuoso. En los movimientos lentos surge el aire meditativo y de búsqueda interior que el chelo recrea como pocos instrumentos y el maestro exprime en su doble y difícil faceta de solista y director, final notable de ricos contrastes con ese tema principal enérgico, la cadencia acompañada y el retorno de parte de los materiales del movimiento lento, así como esa primera idea con la que comienza el Concierto, para después permanecer con la profunda melancolía que impregna la obra, ese final tan del temperamento «british»  del propio Sir Edward con esta obra incomprendida en su momento e imprescindible en los actuales. Sonido delicado siempre presente el de Altstaedt, interiorizado y carnoso pero igualmente presente ante la complicidad de una orquesta que escuchó al director y un público en silencio sepulcral (bienvenidas las mascarillas) para captar la amplísima paleta dinámica desplegada desde el escenario. Solos en la madera de enorme calidad, metales bien empastados aunque no siempre contenidos, y una cuerda homogénea compartiendo una sonoridad muy británica para esta versátil orquesta ovetense que diez años después de Haider camina hacia la excelencia.

Y una propina inesperada, no con Altstaedt al cello pero manteniendo el ambiente «londinense» previo, sino con el Minueto de la Sinfonía 95 en do menor, Hob.I:95 de Haydn para agradecimiento y lucimiento de Gabriel Ureña que en su solo volvió a mostrarse dominador, colaborador y fiel continuador de un Altstaedt sentado en la tarima asintiendo y dejando a la orquesta disfrutar de este inusual regalo que sirvió de puente a la siguiente sinfonía.

La Sinfonía n.º 2 en do mayor, op. 61 de Robert Schumann (1810 – 1856), fue estrenada por la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig el 5 de noviembre de 1846, bajo la dirección de Félix Mendelssohn, incansable promotor de la música de su amigo y que en momentos tiene pasajes muy suyos pero también bajo la sombra de su admirado Beethoven, cerrando la primera generación de los sinfonistas románticos alemanes. Tras la revisión once días después añadió cambios en la orquestación añadiendo tres trombones, dejando una plantilla que permanece ideal para los cuatro movimientos (Sostenuto assai – Allegro ma non troppo // Scherzo: Allegro vivace // Adagio espressivo // Allegro molto vivace).

Altstaedt sin necesidad de batuta pero con esas manos grandes y poderosas fue trabajando minuciosamente el sonido, desde la aparición de las trompetas en «pianissimo» arropadas por una cuerda sedosa hasta el impetuoso final. Balances bien logrados y tempi ajustados para poder escuchar cada sección con claridad en esta segunda sinfonía Zwickauer tras la «primaveral» primera. Temas sombríos hábilmente orquestados (maderas y metales a dos con los citados tres trombones), adoleció de más músculo en la cuerda para la grandiosidad de la partitura pero mejoró en el segundo movimiento, ritmo acusado, bien marcado y entendido desde el podio, energía contagiada por Altstaedt, violines limpios, contrastes claros, «scherzo de latigazo» como se ha definido, antes del anhelado y estático adagio mucho más equilibrado, con un oboe inspirado, un clarinete en la misma línea, y las trompas bien ensambladas, siempre arropados por una cuerda aterciopelada que el director se encargó de subrayar, y ese final triunfante «en el que vuelvo a ser yo mismo» como escribió Schumann, refiriéndose al hecho de que había sufrido otro ataque de nervios y un período de inercia creativa después de completar el Adagio cerca de Dresde. Fue un ser seguro y magistral por un breve tiempo, menos de un año, después del cual la oscuridad se cerraría de nuevo a su alrededor pero dejándonos esta segunda que globalmente me dejó buen sabor de boca y la constancia del feliz entendimiento y excelente trabajo de Nicolas Altstaedt con la Oviedo Filarmonía en este repertorio que no puede faltarnos.

El efecto Rodiles

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Martes 10 de marzo, 19:00 horas. Club de Prensa La Nueva España: presentación del CD The Butterfly Effect, Noelia Rodiles (piano).

Sigo hace muchos años la carrera imparable de esta pianista avilesina, Noelia Fernández Rodiles, Noelia Rodiles definitivamente para el mundo musical (con permiso de su padre más orgullo materno), y aunque faltase a su último concierto en el Bellas Artes de Oviedo hace dos veranos, precisamente con las obras de este disco, no le pierdo el rastro a su trayectoria ni tampoco sus intervenciones en distintos programas de radio clásica.

El club de prensa ovetense hoy entre amigos, pues parece que empieza a cundir el pánico a salir de casa, presentaba el último trabajo discográfico para el sello Eudora, que pese a la indisposición de última hora de Cosme Marina, tuvimos sustituto de lujo con el compositor y catedrático del Conservatorio Superior de Oviedo, Manuel Martínez Burgos, que además fue profesor de Noelia.

El efecto mariposa es un concepto amplio de todos conocido basado en la teoría del caos, aunque sea mucho más poético (como el vestido que lucía Noelia para la ocasión) pensar en que «el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo» como reza el proverbio chino. Mariposas inspiradoras, fusiones románticas y actuales como en su anterior disco Ligeti – Schubert, y también el título de la Sonata nº 5 de Jesús Rueda (Madrid, 1961) que finalmente daría nombre a esta joya de grabación efectuada en la Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza para escucharlo (en formato SACD) como si estuviésemos tan cerca como esta tarde en Oviedo, aunque el piano vertical del periódico no sea lo que se dice apto para virtuosos como Noelia Rodiles, que pese a todo nos deleitó con un aperitivo «sin palabras» de Mendelssohn antes de dársela a la directora del Club de Prensa Maria José Iglesias, y al maestro Martínez Burgos.

Detalles de cómo surge este maridaje entre el siglo XIX y el XXI que unidos dan más sentido a las páginas elegidas, curiosamente emparejadas por los propios compositores españoles a quienes se las encargó la compositora enviando a los tres las obras románticas pensadas previamente y «acertando» en la elección de cada uno de ellos. Las mariposas, Papillons op. 2 de Schumann con la citada sonata de Rueda, las «Romanzas sin palabras» o Lieder ohne Worte, op. 20 de Mendelssohn y los Seis caprichos sin título de David del Puerto (Madrid, 1964), de quienes también escuchamos en vivo el «Canto del gondolero» más el Agitato, y finalmente el Adagio en sol mayor, D178 de Schubert con las Dues pieces per a piano del catalán Joan Magrané (Reus, 1988).

Fusiones que acercan la música de nuestro tiempo con la escucha así emparejada del mejor repertorio romántico y tan actuales unas como otras en el piano sin complejos de Noelia Rodiles, una técnica sobrada para una musicalidad y expresión madura ya desde sus tiempos de estudiante como bien recordaba el profesor Martínez Burgos, y que marca las diferencias en los pianistas sin más y los intérpretes de raza. Excelentes las notas que acompañan al disco donde los españoles nos describen sus obras.
Un riesgo no exento del placer y satisfacción en seguir apostando y promocionando a compositores actuales y además nuestros, en el mismo plano que los «clásicos» pues solo el tiempo marca las diferencias, y el directo, como el disco, dejará testigo sonoro de una categoría musical sin palabras y cual efecto mariposa donde el leve aleteo de estas páginas hispanas pero internacionales se pueden sentir en todo el mundo gracias a discos como este último de mi admirada Noelia.

Dos almas y un solo latido

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Lunes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Gautier Capuçon (chelo), Gabriela Montero (piano). Obras de Schumann, Mendelssohn y Rachmaninov.

Los conciertos de mi querida Gabriela Montero son siempre únicos, irrepetibles, con la emoción a flor de piel, sea sola, con orquesta o esta vez de nuevo en Oviedo compartiendo escena nada menos que con el gran cellista francés Gautier Capuçon, siempre acertado en la elección de sus pianistas (Argerich o Yuja Wang entre las algunas), la reunión de dos talentos, dos almas, dos músicos enormes haciendo música juntos y latiendo como un solo corazón. Giras muy largas con distintos programas y con «jet lag» pero suficientemente preparados para comenzar un viaje a dúo desde Oviedo a Las Palmas pasando por Bilbao en un programa romántico que fue de menos a más en intención, emoción, entendimiento y buen hacer entre dos viejos conocidos.

Primera parte con Leipzig como punto de unión, la Fantasiestücke para violonchelo y piano, op. 73 de Robert Schumann (1810-1856) originalmente para clarinete pero que el cello de Capuçon transporta al lirismo puro, algo corto en sonido, echando de menos una tarima que hiciese de caja de resonancia, y el piano con la tapa abierta para comprobar todos los matices que Montero es capaz de sacar. Tres movimientos cuyos títulos expresan lo que pudimos escuchar: I. Zart und mit Ausdruck (Dulce y con expresión), arranque tenebroso y camerístico, dinámicas ajustadas, melodías y contracantos claros; II. Lebhaft, leicht (Animado, ligero), cristalino en ambos, de la melancolía inicial al optismo, energías bien encauzadas; y el III. Rasch und mit Feuer (Rápidamente y con fuego), apasionado, frenético en ambos, «virtuosismo mutuo… que finaliza de modo épico» como bien escribe Mirta Marcela González en las notas al programa (enlazadas arriba en los autores). Así lo entendía Schumann, su enamorada Clara y los grandes románticos para quienes los términos italianos les quedaban cortos para intentar explicar no ya la intención sino la entrega exigida. Maravilloso entendimiento de dos músicos tan distintos tocando como un solo ente, con muchos años compartiendo escenarios por todo el mundo.

A Félix Mendelsshon-Bartoldy (1809-1847) le debemos el rescate de «Mein Gott Bach», y hay mucho del «kantor» en la Sonata nº 2 para violonchelo y piano en re mayor, op. 58, cuatro escenas más que tiempos, donde los intérpretes dialogan, participan, comparten protagonismo, sin olvidar que todos los compositores elegidos para esta clausura de las jornadas de piano fueron grandes pianistas. Se nota en la escritura predominante aunque el violonchelo canta en todos ellos convirtiendo esta sonata casi en lieder similares a las «Romanzas sin palabras» o incluso corales luteranos donde el teclado quiere evocar al órgano, cuatro movimientos cual relatos llenos de claroscuros sobre los que triunfa siempre la luz. De nuevo admirable el entendimiento en los aires elegidos, en la intención: el I. Allegro assai vivace pletórico, atacado con valentía y con matices increíbles, de los que hacen cortar el silencio, seguido de un técnico y contenido II. Allegretto scherzando, bachiano con juegos de pizzicatos «orgánicos» contestados por el piano; el III. Adagio emocionante por la profundidad en ambos virtuosos, los graves del chelo que vibran como pocos instrumentos mientras el piano suelta destellos y perlas; para terminar el brillante IV. Molto allegro e vivace, perfectamente encajado entre dos solistas que se unen para engrandecer la llamada música de cámara, un dúo como unidad. Impresionante el respeto por el sonido, los finales ajustados en duraciones que quedan flotando en el ambiente derrochando pasión por la música.

Sergei Rachmaninov (1873-1943) no debe faltar en ninguno de los dos músicos porque hay simbiosis interpretativa y amor por unas páginas que tienen mucho de bocetos orquestales. La Sonata para violonchelo y piano en sol menor, op. 19 (1901) es contemporánea del archiconocido segundo concierto para piano y tiene la firma inconfundible del ruso con motivos reconocibles tanto en el piano como en el chelo, lo que se tradujo en una entrega emocional en los cuatro movimientos, un sonido muy cuidado por parte de los dos solistas, la continuidad romántica de la primera parte elevada al altar romántico que nunca debe faltar. El chelo comenzando solo, susurrando el piano en el I. Lento. Allegro moderato, atacando esas melodías sinfónicas dialogadas, individualidades bien entendidas; profundo el II. Allegro scherzando, acoplado al detalle con un «tempo» vertiginoso y limpio, el virtuosismo del ruso para unas melodías únicas desde el chelo de Capuçon y el piano de Montero; momento álgido de emociones el III. Andante, protagonismos alternados con el violonchelo sinfónico y el piano solístico en conjunción envidiable, la grandiosidad de una partitura que toma vida en cada nota con dos músicos entregados antes del IV. Allegro mosso, en la línea del tercer concierto de piano por la potencia sonora en ambos, Gabriela apoteósica, Gautier inconmensurable, despliegue de matices, rubatos encajados, tímbricas redondeadas, vuelos de paloma cantados al cello, cielo azul del piano, poesía musical de dos almas latiendo con un solo corazón. No se puede pedir más en una interpretación cálida, entregada y cercana del mejor Rachmaninov.

Público en pie jaleando una interpretación magistral del ruso de quien nos regalaron su Vocalise en arreglo propio de ambos en otra muestra de Música con mayúsculas, el Sergei que enamora, que no pasa de moda, entendido por los dos intérpretes de altura con una obra intensa y corta. Aún nos dejarían otra personalísima visión del tema más conocido (nº18)  de las Variaciones sobre un tema de Paganini, la reducción orquestal a dúo capaz de convertir lo pequeño en grande, bocetos tan artísticos como el original cuando se interpretan como Capuçon y Montero en un encuentro para el recuerdo.

Todavía hubo tiempo para firmar discos, programas, fotos con compatriotas, invitaciones a queso venezolano y alguna que otra confidencia entre amigos, a pesar del madrugón que les esperaba. Siempre quedamos con ganas de más

Terapia de cámara

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Miércoles 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Judith Jáuregui, piano, Cuarteto Signum. Obras de Dvorak y Schumann. Entrada anfiteatro: 16€.

Primera salida de casa tras mi percance pero la cita con mi admirada y querida donostiarra Judith Jáuregui merecía el esfuerzo, más inaugurando las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» en la temporada de los 20 años, y mimando la llamada «música de cámara», verdadera escuela para público e intérpretes en formato de quinteto de piano con cuerda, el complemento ideal en texturas e intenciones por el que los grandes compositores han transitado, caso como banco de pruebas para «formas mayores» exigiendo por parte de los intérpretes una común unión de intenciones, mutuo reconocimiento y mucho amor por la música. Así lo entiende hace tiempo Judith que con los germanos del Cuarteto Signum ha encontrado la quintaesencia camerística debutando juntos en «La Viena del Norte» con dos grandes como Dvorak y Schumann, por quienes en solitario o dúo siente verdadera devoción y ahora con estos dos quintetos escuchados en Oviedo sube otro escalón en una carrera imparable y espléndida de una pianista integral que ya estuvo en estas jornadas hace siete años y cinco veranos con la OFil, sin olvidarme de su paso por la Sociedad Filarmónica Ovetense con el astur-alemán Adolfo G. Arenas en enero de 2013. En Gijón tuve una ocasión más de disfrutar su arte así como en mis escapadas a Musika-Música en el Euskalduna bilbaíno. El Signum Quartett está formado por Florian DondererAnnette Walther, violines, Xandi van Dijk, viola y Thomas Schmitz, violoncello.


Primera parte con Antonin Dvorak y su Quinteto para piano y cuerda nº 2 en la mayor, op. 81, arrancando con el piano que marca aire en el Allegro ma non tanto inicial pero también intenciones, diálogos, empastes no ya de este cuarteto alemán con largo recorrido que le otorga ese carácter unitario, sino del piano con la cuerda en esa escritura tan eslava y cargada de un romanticismo nunca afectado por el toque folklórico. Calidades solistas además de conjuntas que afloraron aún más en el segundo movimiento, Dumka: andante con moto de una hondura y belleza indescriptibles, «lamento» dvorakiano preparando el contraste anímico del Scherzo (Furiant): molto vivace, danza mágica de tímbricas muy logradas, como en todo el quinteto, una pulsión compartida y el brillo amplio como los matices desde una limpieza envidiable para un quinteto que debuta. El Allegro final el broche impetuoso pero contenido, aires schubertianos y checos, muestrario de presencias individuales y conjuntas que suponen un timbre único en la propia formación, el quinteto para pino y cuerda, autónomo pero con un mismo corazón.
La segunda parada obligada el alemán Robert Schumann y su Quinteto para piano y cuerda en mi bemol mayor, op. 44. piedra filosofal de esta formación, la mejor seña de identidad y examen exigente para quienes afrontan esta maravilla camerística. Allegro brillante sin concesiones desde el primer ataque conjunto, vivo, delicadezas en el piano y el cello, perlas en los violines más las flores desde la viola en un mensaje a Clara Wieck del enamorado Robert. Mi admirado Ramón Avello explica perfectamente en las notas al programa el trasfondo, pero esta música no tiene palabras, solo dejarla fluir, disfrutarla. En el escenario había química y se trasladó a un auditorio con mayor entrada de la esperable pese a coincidir otro concierto en la calle Mendizábal. El segundo movimiento con aire fúnebre In modo d’una maarcia. Un poco largamente fue conmovedor, desgarrador en cada instrumento cantado, marmóreo el conjunto pero con la maestría barroca del acabado casi etéreo y carnoso, paso lento con luces de esperanza global antes de recordarnos un final claro que consiguió un silencio respetuoso para disfrutar todavia más de la amplia dinámica de este quinteto. Apenas otro respiro hacia el tránsito vibrante, ascendente, valiente y esperanzador del Scherzo. Molto vivace, desde el piano pasando por las escalas del cuarteto, uniendo intenciones y emociones vitales, virtuosismo al servicio de la música, las frases dialogadas, los conjuntos, la riqueza de matices y la búsqueda de una textura propia. El Allegro ma non troppo final reincidió en calidades y cualidades, individuales y colectivas porque este quinteto además de todo un reto supone un regalo cuando se encuentran los resortes para emocionar, feliz confluencia y encuentro de intérpretes jóvenes además de maduros, JáureguiSignum que todavía darán muchas más alegrías tras esta salida ovetense que todos recordaremos, ellos y nosotros. En mi caso una terapia de cámara mejor que de cama.

Educando desde el Romanticismo

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Viernes 27 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Inspiración III, abono 11 OSPA, Peter Pearse (piccolo), Cristóbal Soler (director). Obras de Schumann, Stephenson y Schubert.

Este viernes se recuperaban los encuentros con el compositor una hora antes del concierto, siendo esta vez Luis Vázquez del Fresno (Gijón, 1948) quien mantendría junto a Ana Mateo y los pocos afortunados presentes en la sala de cámara, unos diálogos sobre su vida, herencia musical desde la infancia, mayor por el lado materno, sus años de estudiante en Gijón, Madrid o París, la larga carrera de pianista, su tarea docente como catedrático en el CONSMUPA asturiano, y el siempre compositor rompedor en su momento, conocedor de las llamadas vanguardias en primera línea que no hubo de abrazar sino simplemente estudiarlas para tener un lenguaje propio que como la propia vida, tiene distintos momentos. El maestro gijonés es «compositor invitado» esta temporada, pudiendo escuchar en diciembre la suite Florilegio del alba de su ópera La Dama del Alba que todos esperamos escuchar en vida, contándonos una primicia: el contratenor Carlos Mena ya tiene su partitura para ser «La peregrina» pues su voz de contralto es perfecta para el personaje, con más de cuatro mil compases escritos donde solo pidió al compositor cambiar dos notas… lógica de quien conoce la voz humana y escribe como músico.

Para el undécimo de abono tendríamos de nuevo a Don Luis (al que conocí en su faceta de pianista y compositor en la Filarmónica de Mieres allá por los inicios de los años 70) con la «Primera serie orquestal» del Álbum de la Juventud, op. 68 (selección) de Schumann, de la que también nos habló contándonos la peripecia que relata el autor de las notas al programa Ramón Avello en El Comercio de la partitura original que dirigiese Benito Lauret a la Orquesta de Cámara de Asturias (después OSA, Orquesta Sinfónica de Asturias con Víctor Pablo Pérez, predecesora de la actual OSPA), quemándose en un enero de 1979 fatídico los bajos del Campoamor con instrumentos y parte del archivo de la orquesta, entre otros papeles, la partitura original y las ‘particellas’ de esta obra de Vázquez del Fresno, cual fuego purificador, pues el autor a partir de una grabación casera en cassette (como lo hacía yo con él en Mieres) rehizo la orquestación con la visión y oficio que dan los años y la experiencia.

La obra de Schumann dirigida por Cristóbal Soler (debutando con la OSPA aunque conocido en el foso del Campoamor en la temporada de zarzuela) sería la que abriría velada, selección de esta obra de piano de la que el maestro Vázquez del Fresno contó su acercamiento en París tras arduo trabajo con el Dante de Liszt, y cómo su profesora le dijo la dificultad que entrañaba esta aparente obra didáctica, música pura más allá de los títulos, así que el orquestarla vendría tanto de oficio y conocimiento de la partitura como del espíritu docente en tanto que resulta ideal para su interpretación por parte de orquestas de conservatorio como el propio Vázquez del Fresno comentaba en la conferencia. Nueve números, breves, bien elegidos y orquestados que «engrasan» tanto a la formación en plantilla habitual como a las secciones que tienen todas su protagonismo, con exigencias que desde el podio hacen predominar unas u otras en auténtico trabajo de orfebre, un «piano sinfónico» posibilitando distintas dinámicas y planos imposibles en las teclas pero soñadas y sonadas en la orquesta del director valenciano, múltiples colores de la composición original que un músico global como el gijonés ha llevado a lograr lo imposible, en el mismo camino que Rueda con Albéniz por citar a un contemporáneo suyo que también la OSPA ha interpretado. El público que acudió en mayor número que anteriores conciertos, aplaudió la «revisión» de estas piezas obligando a salir y saludar al profesor Vázquez del Fresno.

Peter Pearse es el flautín de la orquesta (entrevistado en OSPA TV) y buen representante de la calidad de todos sus solistas, a los que se les da la oportunidad de dar el paso al frente para un concierto con ellos, caso del Concertino para piccolo, cuerda y clave (1979) del inglés Allan Stepheson (1949), obra y solista que derrochan amabilidad, simpatía, carácter afable y gracejo, casi un juguete lleno de humor y delicadeza con cuerda de casa y clavecinista también conocida en un verdadero transporte al pasado barroco «revisitado» más que revisado, maravilloso comprobar la belleza sonora del instrumento más pequeño de la orquesta cuando se escribe y ejecuta con la maestría del undécimo de abono. Guiños de humor a obra y compañeros desde el Allegro amabile, recuerdos clásicos con aires de pavana francesa del hermoso Molto lento y la virtuosa última Marcha: Allegretto. Impresionante la sección de cuerda de la OSPA junto al «contrapunto» del clave de Silvia Márquez redondeando una obra de nuestro tiempo con aromas académicos y regustos románticos.
No digamos la propina de Bach y su Badinerie de la Suite nº 2 (aún fresca en el oído) en octava aguda y ornamentada con el gusto y pureza sin estridencias de un flautín de cuento junto a una OSPA aún más de cámara, ideal con el Maestro Soler que la llevó con claridad y dominio. Ramo de flores de Myra Pearse para su esposo y colega junto a todo el cariño de un público y compañeros de la orquesta que le aplaudieron largamente.

El siempre necesario de escuchar Franz Schubert ocuparía toda la segunda parte, de nuevo con la plantilla habitual de la orquesta asturiana y el invitado maestro Soler (entrevistado en OSPA TV) llevándola literalmente de la mano, delicadeza y firmeza, primero con Rosamunda: obertura, D. 644 de ideas claras en discurso, tiempos y sonoridades, para leernos a continuación el maestro valenciano la carta de Franz a su hermano Ferdinand al inicio de su enfermedad, cuya muerte le llegaría en plena composición de la Sinfonía nº 8 en si menor, D. 759 “Inacabada”, una escucha que nos dejó con la sensación de plenitud y gratitud, todo en su sitio interpretado con naturalidad fluyendo en todos. Y es que no pueden faltarnos los grandes sinfonistas a lo largo de la temporada, son nuestra memoria colectiva y casi obligados para toda formación orquestal, más cuando se les hace trabajar con seriedad, disfrutando del sonido claro y preciso de cada familia orquestal en el punto adecuado, con la búsqueda y elección de la tímbrica justa con las dinámicas y balances deseados.

La obertura del ballet ayudó a «completar» este Schubert vienés con unos matices capaces de acallar toses y disfrutar «pianissimi» emocionantes, brillando especialmente el oboe de Juan Pedro Romero, el clarinete de Andreas Weisgerber, el trío de trombones y de nuevo esa cuerda «marca de la casa» donde los violonchelos pusieron la voz a la conocida melodía de «la inacabada», paso del clasicismo al romanticismo que nunca muere cuando se le interpreta como este viernes.

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