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Bach: pasión 300 años después

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Lunes 18 de marzo, 20:00 horas. 25 años de «Los Conciertos del Auditorio», Oviedo: La Cetra Barockorchester & Vokalensemble Basel; Jakob Pilgram, Christian Wagner, Shira Patchornik, Sara Mingardo, Mirko Ludwig, Guglielmo BuonsantiFrancesc Ortega; Andrea Marcon (director)Johann Sebastian Bach (1685-1750): Pasión según San Juan, BWV 245 (1724).

Mis amistades saben que cada Semana Santa allá donde me encuentre, escucho las dos pasiones de «Mein Gott» como acto de fe para un cristiano cercano a Lutero (por todo lo que supuso en los grandes cambios en la música, la iglesia, la educación o la explicación del dominio germánico en todos los géneros musicales desde el Renacimiento).

En mi «Ruta Bach» de agosto 2007 pude hacer mi personal peregrinaje para vivir en primera persona cómo pervive el espíritu de El kantor de Leipzig en su patria e impregnarme del culto con su música que tanto envidio como melómano.

A los 300 años del estreno de la Pasión según San Juan, BWV 245, el Auditorio de Oviedo volvió a transportarnos con un respeto sepulcral hacia una música apta para  todos los públicos: católicos, protestantes, agnósticos o ateos, pues la partitura de esta «pasión pequeña» sigue impactando, la pasión y muerte de Jesucristo relatada con la música de Bach como una limpieza espiritual que no debe faltar al menos una vez al año. En mi caso aún resonaba en mi interior la del pasado Festival de Granada con esta misma obra, pero La Cetra Basel con el maestro Marcon al frente junto al Vokalensemble Basel donde estaban cuatro de los siete solistas, dotaron a esta «nueva pasión» del intimismo y calidad desde el primer Herr unser Herrscher (traducción simultánea proyectada). Ni un pero para nadie en este Tour (Christian Wagner parece que perdió el traje y hubo de vestir como vino) que de nuevo puso Oviedo en el mapa de la «capitalidad musical»: el coro de cámara con un empaste y presencia suficiente, una orquesta de tímbricas ideales con un continuo impecable, y las voces protagonistas mimadas tanto en los recitativos donde ellas marcaban la pulsación y expresaban musicalmente los textos, como en las arias que el maestro de Treviso, fundador del conjuntollevó con mano firme, manteniendo una pulsación musicalmente matemática y las dinámicas perfectas para que sonase esta pasión como «un todo».

Juan el Evangelista lo interpretaría el tenor suizo Jakob Pilgram, de voz adecuada y siempre presente en su omnipresente papel de narrador, siempre bien contestado por Jesús o Pilatos en los complicados recitativos. Jesús estuvo a cargo del joven barítono Christian Wagner, de graves suficientes para su cuerda, dramatismo expresivo y un poder melódico (sobre todo en el aria nº 32 con el coro Mein teurer Heiland tras la crucifixión) que fueron de lo mejor del elenco vocal.

No defraudó la veterana contralto Sara Mingardo cuyo registro se mantiene rotundo en el grave de color y volumen homogéneo en sus arias nº 7 Von den Stricken meiner Súnden, magistral junto a los oboes (siempre mejor en esa voz femenina que escasea, que con los contratenores) en un tempo giusto para saborear esta música, y otro tanto en la nº 30 Es ist vollbracht!, dolorosa con la viola de gamba, pausada, fraseada desde la madurez y siempre protagonista, con el cambio de tempo y agilidades aún jóvenes pareciendo flotar sobre el tutti antes del «da capo» al lento con el archilaúd perlado.

Otra voz a tener en cuenta la joven soprano israelí Shira Patchornik, bien en el aria nº 9 Ich folge dir gleichfalls con las dos flautas y su voz casi la tercera, de agudos limpios, y excelente en la nº 35 Zerfließe, mein Herze con flauta y oboe da caccia en las genialidades tímbricas de «dios Bach» bien empastada con el ensamble, volviendo al coro como una más.

Intervenciones puntuales de los otros tres componentes corales, comenzando con el inmenso tenor Mirko Ludwig algo menos cómodo en el aria nº 13 Ach, mein Sinn por una mayor presencia orquestal y mejor en el arioso nº 34 Mein Herz, in dem die ganze Welt dramatizado en el arranque y más presente en el resto. No defraudó como Pilatos el catalán Francesc Ortega i Martí en todas sus intervenciones desde la tarima y otro tanto su compañero de cuerda Guglielmo Buonsanti como Pedro, barítono y bajo respectivamente de proyección poderosa sin perder la musicalidad necesaria en sus papeles.

Si el reparto vocal fue bueno, el coro de cámara tuvo la misma calidad de los solistas en él incluidos y ser capaces de empastar desde el esfuerzo común, con amplia gama de matices bien señalados por Marcon, el pueblo cantando Jesum von Nazareth (nº 2b), eligiendo a «Barrabam» (nº 18b), pedir la crucifixión «Kreuzige!» (nº 21d y nº 23d) o preguntar con el bajo «Wohin»(nº 24)  con la entrega necesaria para momentos tan distintos emocionalmente. Y todos los corales un prodigio de espiritualidad comunitaria con el órgano trasladándome a Santo Tomás de Leipzig o a tantos templos protestantes de los países nórdicos donde el pueblo participa a cuatro voces. Gracias «Mein Gott» por la inspiración…

Está claro que La Cetra Basel son una formación pensada no solo para Vivaldi y otros, también y especialmente para este 300 aniversario de la «pequeña pasión de Bach«. Sus anteriores visitas al Auditorio hace ahora siete años (volvería a disfrutarlos este verano pasado en Granada) y la anterior a la pandemia en 2019 con «La Petibon» y Éva Borhi de concertino más directora, ya dejaron claro su dominio en el repertorio barroco. Y Andrea Marcon siempre es un seguro para dirigir y concertar voces, incluso en nuestra zarzuela, por lo que no extrañó comprobar cómo iba sacando lo mejor de cada sección y solistas en su orquesta. La cuerda mantuvo afinación pese a la tripa, el color que da, más los dos números  con el bellísimo arioso del bajo (nº 19 Betrachte, meine Seel) y la movida aria de tenor (nº 20 Erwäge, wie sein blutgefärbte Rücken) donde la concertino afincada en Basilea Eva Saladin y el vienés Germán Echeverri Chamorro cambiaron el violín por la viola d’amore; del continuo tanto el cello como la viola de gamba fueron con el archilaúd los perfectos acompañantes del evangelista pero igualmente el mejor sustento armónico en compañía del violone o los teclados del órgano y el clave. No me olvido del viento, desde el contrafagot discreto pero necesario reforzando los graves, también el fagot, pero especialmente las dos parejas de flauta y oboe (doblando el de caccia) que en las combinaciones y tutti van dando el color a cada uno de los números de este relato evangélico que El kantor crea desde una estructura tanto tímbrica como melódica que elevaría al Paraíso en «la grande según San Mateo«.

Milagrosa pasión bachiana capaz de acallar teléfonos, olvidar móviles y tener dos horas al público en esta liturgia musical siempre irrepetible y necesaria. Sólo me queda la pregunta de por qué un descanso entre las dos partes de esta Pasión según San Juan que rompen la ceremonia como si en una misa tras la homilía los feligreses saliesen al vermú y volviesen para finalizarla. Dios Bach aunque lo perdone no necesita descanso alguno…

Evangelista: Jakob Pilgram

Jesus y Arias: Christian Wagner

Soprano: Shira Patchornik

Alto: Sara Mingardo

Tenor: Mirko Ludwig

Pilatos: Francesc Ortega i Martí

Pedro: Guglielmo Buonsanti

La Cetra Barockorchester

Violines primeros: Eva Saladin*, concertino – Johannes Frisch – Christoph Rudolf – Petra Melicharek.

Violines segundos: Claudio Rado – Germán Echeverri Chamorro* – Ildikó Sajgó – Cecilie Valter.

(* viola d’amore)

Violas: Joanna Michalak – Sonoko Asabuki.

Violonchelos: Jonathan PeŠek – Amélie Chemin.

Viola da gamba: Teodoro Baù.

Contrabajo: Fred Uhlig.

Traverso: Karel Valter – Claire Genewein.

Oboe y Oboe da caccia: Georg Fritz.

Oboe: Priska Comploi.

Fagot: Letizia Viola.

Contrafagot: Giovanni Battista Graziadio.

Órgano: Johannes Keller.

Clave: Joan Boronat Sanz.

Archilaúd: Maria Ferré.

Vokalensemble Basel

Sopranos: Shira Patchornik – Baiba Urka – Jaia Niborski – Cornelia Fahrion – Mirjam Striegel.

Altos: Arnaud Gluck – Andrea Gavagnin – Marcjanna Myrlak – Ana María Fonseca Núñez.

Tenores: Andres Montilla Acurero – Mirko Ludwig – Akinobu Ono – Massimo Lombardi.

Bajos: Guglielmo Buonsanti – Jan Kuhar – Santiago Garzon-Arredondo – Francesc Ortega i Marti.

Andrea Marcon, director.

Feliz desfile barroco

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Miércoles 2 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala de cámara, V Primavera Barroca: Sara Mingardo (contralto), Forma Antiqva, Aarón Zapico (clave y dirección): “Una dulce promesa”, obras del Seicento italiano. CNDM, Fundación Municipal de Cultura.

Crítica para La Nueva España publicada el viernes 4 añadiendo «links», fotos propias y cambiando la tipografía eliminando comillas para utilizar negrita y cursiva:

Los hermanos Zapico siguen trabajando casi a destajo entre Europa y América, enlazando proyectos como el último Literes en la Fundación March con su nuevo disco, séptimo con el sello alemán Winter & Winter, triunfando allá donde van. Volvían este miércoles sin rencores a la casa de la que les echaron (desdichas políticas, burocráticas…) pero llevando igualmente el nombre de Oviedo, de Sama y de Asturias por todo el mundo, haciendo disfrutar el barroco desde su visión personal, atrevida, valiente y respetuosa, que quita capas oscuras y devuelve brillo a lienzos opacos o apagados, casi como nuestra sociedad actual.
Forma Antiqva llenaron la sala triunfando en su tierra además de traernos un regalo, toda una leyenda del canto como la contralto veneciana Sara Mingardo (1961), quien hace diez años cerraba temporada cantando los Kindertotenlieder de Mahler con la OSPA y Valdés, aún en mi recuerdo. Figura de talla mundial que ha actuado junto a grandes batutas y orquestas, un referente en el barroco de amplio catálogo discográfico plagado de premios y reconocimientos, ‘La Mingardo’ resultó un auténtico lujo tenerla en Oviedo, la Viena del Norte, junto a ‘Los Zapico’ (que acompañaron en esta misma temporada a otra italiana de altura como Anna Caterina Antonacci), y un día después los madrileños en el Auditorio Nacional.

Aarón, el mayor de los hermanos, al clave y dirección junto a los gemelos Daniel (tiorba) y Pablo (guitarra barroca) se rodearon para esta cita especial de otros cuatro músicos habituales en sus proyectos: la chelista canaria Ruth Verona, a quien suelo llamar “la cuarta Zapico” por los años y proyectos juntos, el dúo de violines catalán y malagueño respectivamente, Jorge Jiménez y Daniel Pinteño, más Alejandro Villar en las flautas de pico, un leonés en la gran ‘Familia Antiqva’, presentándonos un recital variado en combinaciones y “afectos” de casi noventa minutos con siete bloques diferenciados más por los aplausos que por el orden establecido, siendo la cantante italiana quien tornase silencios en vítores como solo figuras de su talla son capaces de lograr. La alternancia entre instrumentales y vocales tuvieron una continuidad muy buscada y trabajada, preparando ánimos, tonos, ritmos, combinaciones tímbricas y armónicas entre los siete músicos antes de la feliz irrupción de los textos cantados desde el dominio total de Sara Mingardo.

Un aria de Biagio Marini abría velada, el instrumental Antiqva cual taller de costura que iría confeccionando a medida de la señora Mingardo toda una colección de “los felices 600” para vestirla de pies a cabeza sin olvidar complemento alguno: joyas, tocados o calzado. Su voz el cuerpo con melodías de líneas siempre bellas en su desnudez, bien conservadas, todavía carnosas en emisión, delicadamente perfecta y derrochando musicalidad con todo: la mirada, una sonrisa, un leve gesto nunca afectado, quedando aún el ropaje y los accesorios, las armonías y el “bajo ostinado”, el grave para pisar con seguridad, los agudos cual sombrero con plumaje, y los distintos vestidos un verdadero desfile de calidades, señorío y elegancia natural con perlas al clave marca de la casa o caídas en rasgueos gemelos.

Los compositores como diseños o patrones conocidos comenzando con Andrea Falconieri, O bellissimi capelli junto a las “folías hechas para su señora Doña Tarolilla de Carallenos”, terciopelo con hilo de plata, dúos de violines y flauta cantada sin palabras, tejidos de abrigo previo al gran Monteverdi vestido nupcial, Voglio di vita uscir etéreo con el ‘cuarteto Zapico’, sensual, susurrado, cortando silencios antes de romperlos con atronadores aplausos. Otro tanto el conocido Lamento d’Arianna confeccionado desde la Sinfonía 15 “Dolente partita” (Kapsperger), el taller musical completo, satén y otras calidades en una capa antes de resbalar dejando entrever el juego de la disonancia tensa que resuelve relajada en feliz compañía para descubrir otro monteverdiano Quel sguardo sdegnosetto, improvisaciones sobre la Capona y la Chacona, alfombra roja tejida y teñida con esmero, lentamente, sumando tiorba, guitarra, clave y el último chelo impulsando el pie de Doña Sara para pisar con aplomo, ritmo y elegancia. Misma hechura con la última folía de Merula, veneciana en todo su esplendor como partitura y cantante.

No todo sería oropel y encaje, la cantata de CarissimiDeh, memoria, e che più chiedi?” traería sedas naturales tejidas en la Cuenca del Nalón por los hermanos para lucir casi en la intimidad, sin complejos y a la medida de la señora, recreándose en cada bordado ornamento tras la preparación de “La Loda” (Merula) a cargo del taller musical completo, mismo diseño elegido para el cierre de este desfile barroco. No quiero olvidarme de Allor che Tirsi udia (Giovanni Salvatore), casi tocado o zapatos a medida como accesorios de este atelier instrumental, pues su canto lo confeccionaron entre todos salvo Villar, que usaría tres tesituras de flautas cual canto sin palabras a lo largo de este catálogo primaveral.

Aarón Zapico agradecía el apoyo y confianza en ellos depositada por quienes siguen creyendo en sus proyectos, a los que han estado siempre a su lado en esta sólida carrera que despegaba hace veinte años en Sama con su padre Eloy siempre en el recuerdo. Comentó finalmente que el programa era osado, valiente, lleno de sorpresas, y así fue sin defraudar en ningún momento. El conjunto dio juego tanto solo como acompañando a la leyenda italiana, dando una verdadera lección de canto, un bis del primer Falconieri siempre distinto, del que confesó fue la primera obra aprendida, despidiéndose con la perspectiva y madurez que da una carrera como la suya, dejándonos una paleta de colores para vestir toda la gama emocional y pureza de la contralto junto a estos acompañantes.