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Investigando y sonando

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Jueves 9 de mayo, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres. AMIGO (Aula de Música Iberoamericana «Grupo de Oviedo»).

Capitaneados por el maestro Julio Ogás, que esta tarde ejercería de anfitrión y presentador, el grupo «AMIGO» lleva dos cursos trabajando en el estudio y recuperación del patrimonio español e iberoamericano con alumnos universitarios que pasan del papel pautado a la interpretación sin más ánimo que dar a conocer un repertorio a veces olvidado y tristemente poco tocado, pues no son profesionales de sus instrumentos sino sus vehículos para el arduo trabajo musicológico.

Las fechas de exámenes y avatares estudiantiles nos privaron de escuchar la Romanza para viola y piano del madrileño Conrado del Campo del que se cumplen 60 años del fallecimiento, permaneciendo casi inédita su amplísima producción (más allá de sus cuartetos), aunque el resto del programa se respetó escrupulosamente.

Mejor suerte tiene el compositor venezolano Rodrigo Riera de quien la estudiante de doctorado leonesa Sara Arenillas nos dejó en su guitarra dos obras donde mostrar en el instrumento que también dominaba el larense su mezcla araucana con la herencia europea (de hecho estuvo varios años en España): el Vals campestre más pastoral que vienés, por esa reinterpretación que tanto se ha utilizado en música, y el Homenaje a La Chicachagua, obra lenta y emotiva con la espiritualidad de esa figura popular, que  ha recuperado el grupo AMIGO, en este caso la música de guitarra de una Venezuela siempre rica en música y músicos.

El dúo formado por Cristina Salgueiro (viola y estudiante de grado) y Naiara Francesena (piano y comenzando su licenciatura con premio de Diplomatura en Magisterio) trajeron dos obras muy distintas: del compositor y pianista porteño afincado en Alemania desde los años 90 Juan María Solare (Buenos Aires, 11 agosto 1966) su Reencuentro: Milonga para viola y piano, con distintas versiones -para piano a cuatro manos, con cello o violín, siendo la versión inicial (parrilla) de 2008 en El Escorial- y estrenada para piano y viola en Bremen (25 enero 2010) con todo el sabor y color de la pampa en esta obra lenta donde la viola parece cantar con un acompañamiento lleno de ritmo en el piano, más la conocida Aria Bachiana nº 2 de Heitor Villalobos, uno de los muchos arreglos de esta obra inmortal que evidentemente no mejoran el original pero sirven para popularizar desde la música de cámara obras mayores.

Siguiendo con ese espíritu melódico tan característico de mi querida Argentina sonaba el gran Carlos Guastavino con Rosita Iglesias del ciclo «Las Presencias» en arreglo del propio compositor para clarinete, a cargo del instrumentista local Xuacu Llaneza, y piano, nuevamente Naiara Francesena. Hermosa canción con un desarrollo a base de variaciones que saca todo el colorido a la caña logrando una tímbrica variada y expresiva antes de retomar el tema inicial.

Para el final el propio Julio Ogas, al piano, acompañó a su hija Sofía Ogas (cello) con dos obras de sus compatriotas: Escualo de Astor Piazzolla cambiando bandoneón por cello, y la original además de difícil Pampeana nº 2, Op. 21 (Alberto Ginastera), dos formas de entender la música desde la misma tierra, el avanzado lenguaje del llamado «nuevo tango» del primero con un protagonismo compartido de los instrumentos decantado por el fraseo melódico del cello y la rítmica tan propia del piano, y la inspiración pseudonacionalista del folclore puneño que Ginastera nunca conoció personamente, como bien explicó el maestro de Mendoza afincado en nuestra tierra más el cercano de La Pampa todo con el crisol propio de un compositor formado en EEUU con Copland, con ese ritmo de «Malambo» que le ha hecho famoso, «reducido» a dúo.

Sin entrar a valorar la ejecución de todos, destacar el plato fuerte final por la enjundia de las obras y el perfecto entendimiento de los Ogas, como no podía ser menos.

Agradecer a la Universidad de Oviedo esta gira astur que recaló en Mieres para sumarse a los actos del 25 Aniversario de nuestra Escuela y Conservatorio local en unos momentos donde la tijera cultural amenaza cada día. La buena asistencia al concierto, pese a otras coincidencias, es indicativa de la afición musical que siempre hemos tenido los de esta cuenca, completada con la posibilidad de estudiar «en casa» en los siempre difíciles primeros años de iniciación en un arte que ocupará el resto de nuestras vidas desde muchos puntos, pero siempre desde el conocimiento que ayuda a un mayor y mejor disfrute. En esta dirección remamos todos los presentes y algunos ausentes. Sólo necesitamos que no frenen un esfuerzo de tanto tiempo, pues peligra el futuro de nuestra generación y la herencia de las siguientes.

De Weimar a Buenos Aires, pAris… ¡y Oviedo!

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Lunes 19 de noviembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Ute Lemper (voz), con Stefan Malzew (piano, acordeón y clarinete) y Cuarteto Vogler. Obras de Schulhoff, Asso, Emer, Weill, Eisler, Alberstein, Piazzolla y Brel.

Hay voces que con solo escucharlas se te remueve desde la uña del dedo gordo del pie al último pelo de la cabeza. Como bien escribía mi querida Cristina Otadui tras saber de mi asistencia al evento, «la primera vez que la escuché fue como un no sé qué que se yo, que subía desde el estómago… noches de cabaret berlinés de entreguerras, de media negra con costura, de luces bajas… de pasión y de misterio… la voz de Ute Lemper, sin más». Yo añadiría el whisky porque con la Ley Antitabaco ni siquiera el humo flotando. Las notas al programa de Joaquín Valdeón, a quien no respetaron los puntos y aparte, no pueden condensar tanto el repertorio presentado en este improvisado cabaret del auditorio donde las toses formaron parte del ambiente, «el Kampflyrick o lírica de combate».

Primero destacar al pedazo de músico que es Stefan Malzew, no sólo al piano, al acordeón como no podía ser menos en las canciones de Édith Piaf, ambos a la vez como en el mix de WeillBrecht, sino también al clarinete en la popular rusa Tyomnaya Notch o alternando con el piano en los yiddish de Alberstein sino, y sobre todo, por sus increíbles arreglos para este recital donde el Cuarteto Vogler abrió en solitario ambas partes con cuatro de las Cinco piezas para cuarteto de cuerda de Erwin Schulhoff, para después dejar una lección de música juntos y por separado, sonoridades de nuestro tiempo, respetando el original para adaptarlo al estilo siempre único de Frau Lemper, como en el caso de Piazzolla.

Sonido amplificado y bien por lo poco molesto, como debe ser en estos casos, tal vez excesiva primacía de «La Cantante» pero con un dominio del micrófono como los grandes saben, sacando todo el partido de su voz (sobre todo en la segunda parte), quedando algo mermada la presencia del cuarteto y «el hombre orquesta».

Dame Lemper es inimitable aunque por momentos caiga en un expresionismo casi histriónico por los contínuos cambios de emisión (nasal, gutural…) tal vez en su «imitación de otra inimitable» como Edith Piaf. Me hubiera encantado tener los textos y su traducción (aunque los que recitó en español la propia Ute fueran igualmente emotivos y evocadores) pues cada canción eran microrrelatos escenificados como sólo la alemana sabe, elegancia y apenas movimiento, auténtica dama del cabaret berlinés. Mejor en Weill donde Mack the Knife estuvo subrayado por el genial Malzew alternando como dije piano y clarinete, con ese cuarteto que es un primor escucharle, o los cantos de Chava Alberstein que evocan todo lo judío.

Mi amor por la música de Piazzolla es notorio y puedo perdonar incluso la no muy buena pronunciación porque la melodía prima incluso sin texto hasta cuando lo añaden. Qué delicia es Oblivion y el arreglo de Malzew. Y para acabar Jacques Brel con piano y acordeón más el cuarteto, solos únicos, trío de ases con la Chanson de Jacky, la personal interpretación de Ne me quitte pas  y Amsterdam como final de un largo trayecto, políglota como la Lemper, urbes viciosas, tristes arrebatos y promesas en el aire para nunca volver: Paris, Berlín, Moscú, Buenos Aires… incluso Oviedo (y Madrid, con entradas agotadas) en un regalo de jazz donde cerrando los ojos imaginaba a la Pfeiffer encima del piano de los Baker Boys, abriéndolos Lemper y los Fabulosos Vogler & Malzew.

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