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El Sueño de Gaztambide en invierno

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Jueves 31 de enero, 20:00 horas. Teatro de la Zarzuela, Madrid. J. Gaztambide (1822-1870): El sueño de una noche de verano, ópera cómica en tres actos con libreto de Patricio de la Escosura, estrenada en el Teatro del Ciro de Madrid el 21 de febrero de 1852. Nueva producción del Teatro de la Zarzuela, edición de Tomás Garrido (Archivo SGAE, Madrid 2018). Dedicado a la memoria de Gustavo Tambascio. Entrada butaca: 42 €.

Defendiendo y difundiendo nuestro patrimonio, rescatando una zarzuela de 1852 en su teatro de la calle Jovellanos, sin reparar en gastos y homenajeando al desaparecido Gustavo Tambascio, acudía a la quinta representación (finalizarán el 10 de febrero retransmitiéndola por Facebook©) de El sueño de una noche de verano conociendo el libreto original y algunas críticas en los distintos medios, también digitales pero dejándome llevar por una música de calidad con sus altibajos lógicos, reparto vocal conocido en un momento idóneo, último día de enero frío con el llamado primer reparto, vestuario bellísimo (Jesús Ruiz), variado y colorido, más decorados verdaderamente logrados (Nicolás Boni), destacando sobre todo el bosque mágico o el parque de Richmond.

Lo que se mi hizo difícil fue comprender la acción del siglo XVI en Londres pasada a la Roma de la «Dolce Vita» de los años 50, abocetada por Tambascio y adaptada por Raúl Asenjo junto a la escena de Marco Carniti, debiendo introducir unas partes habladas que alargan innecesariamente la partitura de Gaztambide casi hasta las tres horas, pues sin ellas aún resultaría más loco este argumento rehecho. Hay guiños que chocan para esa década cuando se juega con personajes actuales, el teatro dentro del teatro y dentro del teatro pienso que es rizar el rizo ya rizado, perdiendo la propia crítica del tudelano hacia la monarquía borbónica a partir de los personajes de Shakespeare, con citas a los años franquistas de rancio gusto en estos tiempos.

De los rebautizados personajes podría comentar otro tanto. Primero los añadidos Orson Wells (el doble que termina siendo él), un Director General de Cinematografía y Teatro, o Don Liborio Barón de Brisa, incluso Maruxa con su hermano Mighello / Mr. Random, bien representados por el cuadro de actores (Sandro Cordero, Jorge Merino, Pablo Vázquez, Ana Goya y Miguel Ángel «Mighello» Blanco, respectivamente), después la Reina Isabel que pasa a ser la Princesa Isabella Tortellini, Shakespeare Guillermo del Moro (sí, no es una errata) y Sir John Falstaff Juan Sabadete que además tarareará un Tintarella di luna de Mina transmutada a José Guardiola, todo para que «ambiente el ambiente» cinematográfico o distintas inicios de arias verdianas para el personaje de un tenor que «perdió hasta la voz» esperando debutar como barítono en el Teatro Reggio de Palma cantando Falstaff. El acento italiano de Olivia de Plantagenet será otra ocurrencia para la acción romana aunque la trattoría no sea una taberna inglesa y Tobías un jefe de comedor ¿de Porriño? en vez de «chigrero» que diríamos en Asturias. Ya puestos a «recrear» personal de restauración hasta Mighlello resultó ser emigrado desde Argentina a la capital italiana.

Pero al final lo que importa es la música y sus intérpretes, pese a «obligarles» con añadidos o movimientos escénicos que por momentos pueden perturbar la atención del público (muchos extranjeros aunque se les sobretitula en inglés todo, incluyendo los diálogos). Dos partes de una hora abundante, agrupando los actos segundo y tercero conformaron este sueño casi pesadilla. Comenzar destacando al Maestro Miguel Ángel Gómez-Martínez que se entrega siempre en estos proyectos (El Juramento o La Marchenera aún los recuerdo en Oviedo con agrado), mimando las voces y sacando lo mejor de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, con un clarinete solista inspirado. Sonido claro y equilibrado, disfrutamos con la formación tanto en el prólogo como en el preludio de la segunda parte o la marcha entre el terceto y cuarteto final, habiendo ligeros cambios en el orden de los quince números que conforman este Sueño. No puedo decir lo mismo del Coro Titular que dirige Antonio Fauró, algo corto en efectivos y emisión, por momentos detrás de la orquesta (sobre todo cuando está colocado atrás) y en el «coro de guardabosques» (vestidos de Beefeater con tenores y bajos descompensados.

Las voces solistas estuvieron todas a buen nivel, destacando sobre todas Luis Cansino como Falstaff todopoderoso, voz rotunda e intérprete completo, convincente, simpático, metiéndose al público en el bolsillo pese a un personaje poco agradecido que el barítono madrileño de sangre viguesa engrandece, incluso «llevando al coro» en el nº 8 para no retrasarse como estábamos notando.

La soprano tinerfeña Raquel Lojendio reinó como Isabel, incluso bailando clásico mientras cantaba con una voz timbrada de técnica sobresaliente, manteniendo mientras bailaba sobre las puntas su color hermoso, y haciendo gala del belcantismo puro en su dúo con el tenor (¡Oh, bosque umbrío! / No soy Julieta). Perfecto complemento en empaste y actuación de Beatriz Díaz como Olivia desde la primera intervención, un papel de registros extremos para una mezzo cantado por la soprano asturiana que solventó sin dificultad, descubriéndonos unos graves bien emitidos aunque ella brille en toda su extensión como es habitual, tanto en los tercetos con la Reina y Falstaff (Alto, lindas fugitivas, nº 3, A Guillermo tú esta noche… nº 13) como en el cuarteto final (Ven amiga, y dí a Guillermo, nº 14), sin olvidarme el desparpajo que tiene como actriz, siendo ideal en estos personajes que los agranda por pequeños que sean.

El tenor argentino Santiago Ballerini está en el grupo de voces agudas pero algo metálicas cuyo color aún se puede pulir, su Guillermo no desentonó dentro de los protagonistas, con una sentida romanza antes del dúo con Isabel. El barítono coruñés Javier Franco como Arturo Látimer completaría este plantel con poderío en las dinámicas fuertes que desequilibró a su favor en el dúo nº11 (Cuando a la lid te provoco…) con el tenor.

Citar también con nota alta al barítono mallorquín Pablo López, el Tobías con acento gallego o la Margarita de la soprano Milagros Poblador (componente del coro) redondeando este elenco vocal del sueño, con un movimiento en escena por momentos complejo (la bicicleta debería haber sido una Vespa), sobre todo en el desfile de cocineros recitando los platos múltiples, pero donde la música sale bien parada a pesar del tiempo transcurrido, con un argumento algo flojo en el original cuya «actualización» no ayudó en absoluto.

Una Clementina para siempre

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Sábado 16 de mayo, 19:00 horas. Teatro de La Zarzuela: «Clementina«, zarzuela en dos actos de Ramón de la Cruz y música de Luigi Boccherini. Director musical: Andrea Marcon. Director de Escena: Mario Gas.  Entrada butaca: 42 €.

Reparto:
Carmen Romeu (Doña Clementina), Vanessa Goikoetxea (Doña Narcisa), Carol García (Doña Damiana), Beatriz Díaz (Cristeta), Juan Antonio Sanabria (Don Urbano), Toni Marsol (Don Lázaro), Xavier Capdet (Marqués de La Ballesta), Manuel Galiana (Don Clemente).

Última de las seis representaciones de esta joya del neoclasicismo escénico español como es «La Clementina» de Boccherini, su única «ópera de salón» que se estrenaba ahora en el Teatro de la Zarzuela tras su paso por el Teatro Español en 2009 también firmada por el regista Mario Gas, producción que ahora regresaba en todo su esplendor vocal e instrumental.

Pocas referencias para un melómano de provincias, una grabación de 1954 pero siempre siguiendo prensa en papel y especialmente electrónica cómo iba dándose este esperado estreno en la línea marcada por Paolo Pinamonti de recuperar nuestro patrimonio, leyendo columnas y comentarios de las anteriores funciones que mejor que uno centraban autor, libretista, época o estilos, además de las correspondientes críticas. Tras escuchar el jueves 14 la retransmisión en directo por Radio Clásica, no siempre fidedigna por la ubicación de los micrófonos pese al esfuerzo de los técnicos de sonido, pero válida para hacernos una visión global, asistía el pasado sábado al siempre irrepetible directo con un retraso anunciado por megafonía a causa del extravío de unas partituras que felizmente aparecieron. Supongo que esto solo pasa en España, pero seguimos siendo diferentes.

Larga obertura a cargo de una ORCAM presentando una partitura con reminiscencias barrocas pero plenamente neoclásica y más ópera bufa que zarzuela de salón, con sus partes habladas bien trabajadas sin las que la acción dramática no sería igual, tanto en el reparto vocal como en el actoral, y sin ataduras historicistas en cuanto a afinaciones (la actual con todo lo que supone para el canto y presencia instrumental) o puesta en escena de la época, elegante, con dos ambientes en uno bien diferenciados, vestuario sabiamente buscado e iluminación adecuada.

Maravillosa elección de las voces por parte del músico de Lucca afincado en Madrid para un libro de Ramón de la Cruz que respira lirismo en su totalidad sin olvidar el carácter cómico de enredos amorosos con cierta crítica: cuatro personajes femeninos con dos sopranos (para las hermanas) y dos mezzos (el aya y una ossia soprano para la criada), y cuatro masculinos de los que dos son cantantes, barítono el maestro de música, y tenor el amante secreto, más dos actores para el fanfarrón marqués y el padre de las chicas. Partitura agradecida en general para voces y orquesta, arias, dúos, tercetos y concertantes fáciles de seguir, melodías incluso pegadizas, sin olvidar la dificultad del texto hablado que en el primer acto ocupa más que la propia música, bien resuelta por todo el reparto y con una puesta en escena muy lograda en un decorado palaciego supongo similar al de la mecenas que encargó esta obra, Doña Faustina Téllez-Girón, condesa-duquesa viuda de Benavente.

Encontrar un elenco español para esta joya resultó igualmente todo un acierto, buscando contrastes en todo desde un respeto a esta edición crítica de Miguel Ángel Marín (en 2013): cantantes jóvenes de largo recorrido lírico que engrandecen un género como la zarzuela, del que Boccherini estoy convencido hubiese aportado su visión italiana de nuestra idiosincrasia, sumando la veteranía actoral adaptada a los propios personajes más una orquesta maleable que bajo la batuta de un especialista como Andrea Marcon elevan a joya este título recuperado para siempre y exportable sin ninguna duda a cualquier coliseo mundial.

Carmen Romeu aunque protagonista comparte y contrasta con Vanessa Goikoetxea sus presencias y caracteres opuestos de dos hermanas, vocalmente también, sobria la valenciana y extrovertida la duranguesa (aunque nacida en Palm Beach), ambas de bello sonido y empaste donde la partitura marca perfectamente la línea interpretativa a seguir, puede que un vibrato no siempre expresivo por parte de Romeu en el aria ¡Ay de mí1, Corazón mío y mejor Incauta mariposa, del primer acto o la copla ¡Almas que amor sujetó! en el inicio del segundo, frente a la más pura Goikoetxea en emisión (bella en Del tiempo los rigores e incluso en la «rabieta» Cruel, injusta, ingrata, y sin problemas tampoco en las partes habladas, con un hermoso dúo Duda si vive.

Beatriz Díaz recrea a la criada simpática que llena la escena no ya actoralmente, increíble la dicción y movimientos sobre las tablas, sino vocalmente, excelente Con una buena cara en el primer acto y aún mejor Quien libre ha vivido del segundo. Su registro grave ha ganado presencia sin perder color junto a unos agudos matizados en cada detalle además de sobrada en tesitura, una soprano idónea para esta Cristeta asturiana contrapuesta a la Doña Damiana de Carol García, genialmente caracterizada, equilibrio de caracteres vocales (hermosa aria Vos sois su padre) y dándole la catalana el acento andaluz a esta institutriz o aya seria y hasta odiada por «exigencias del guión» con el color idóneo, caso del dúo con Clementina Blanca paloma.

Estas cuatro voces femeninas marcarán un catálogo de sensaciones vocales según se emparejan, destacando el arranque de la primera escena Huid corazones extrovertido con la asturiana y la vasca en perfecto dúo al que se suma Don Lázaro para completar terceto, frente al introvertido Blanca paloma de Romeu con García en la escena quinta, por citar dos ejemplos.

El Lázaro del catalán Toni Marsol resultó un auténtico caramelo para el barítono por la amplia paleta vocal y sentimental que tiene, arias casi italianas de estilo bufo (Soy puntual y comedido) frente a las más cantables como Sabrá por mis lecciones, con dúos y concertantes dignos de cualquier ópera contemporánea a Boccherini, sumándole solvencia a las partes habladas para crear este personaje que resulta el auténtico triunfante amoroso en el enredo. La partitura para Don Urbano requiere un tenor muy ligero casi «belcantista» por no decir mozartiano, incluso un «tenore di grazia«, pues tiene la parte más dura de toda la obra, así que el canario Juan Antonio Sanabria hubo de «bailar con la más fea» no ya por un personaje enamorado de la que resultará su hermana sino por unas agilidades diríamos casi barrocas al final de la obra en el aria Hablándome al oído que el sábado resultaron mejor que el jueves, convencido que las dificultades puestas por el compositor italiano estaban al servicio del tenor que la estrenó, costumbre por otra parte habitual de escribir las arias a medida del reparto con el que se contaba. El resto, como su aria El amante que se queja o el dúo con Clementina No imploro tus piedades / Tú sola fuiste, lo solventó el tenor canario (algo tiene esa tierra) con gusto y musicalidad. Pese a lo comentado, bien esta pareja masculina que igualmente dejó impronta en sus personajes y completaron un sexteto vocal (Rondó a seis Para que los placeres) bien diseñado e interpretado, decantado hacia las féminas por calidad y cantidad.

Los dos vejestorios, cariñosamente y con toda mi admiración, los bordaron dos actores, catalán y madrileño para seguir contraponiendo, cuyas voces tenemos en nuestra memoria, personajes enfrentados antes amigos perfectamente interiorizados y bien delineados por otro hombre de teatro como Mario Gas, respeto por la acción y el respeto a la retórica de un Capdet histriónico y contagioso para un papel de fanfarrón al que hoy casi tildaríamos de casposo, junto a Manuel Galiana, señor de la escena, verbo claro y bien dicho, realismo conjugado con el humor irónico y el drama contenido, complemento indispensable de la música, contrastes continuos de ordinariez frente a elegancia con el sabor de un entremés pasado a «dramma giocoso» de estilo ilustrado.

La ORCAM de calidad y sonoridad deliciosa en cada sección, una cuerda presente y compacta, con leve desafinación en algún pasaje (el aire acondicionado no es amigo de los instrumentos), madera solvente y trompas presentes con el volumen adecuado, formación titular llevada por Andrea Marcon con el tempo preciso, mimando las voces y atento a un colorido propio a nivel de conjunto que remarcó una «Clementina» agradecida y muy aplaudida por un coliseo lleno en plenas fiestas madrileñas.

Los sobretítulos incluyeron traducción al inglés en las partes cantadas y todas las habladas, siempre con la dificultad de pasar al idioma de Shakespeare la riqueza del cervantino, un acierto del Teatro de la Zarzuela para un público cada vez más internacional, sumándose también a la campaña del Festival «Yo voy al teatro» para personas con discapacidad auditiva y visual y personas mayores, teniendo de vecinos de localidad a una invidente acompañada de su perra guía Shiva que disfrutaron tanto o más que el resto. ¡Viva la zarzuela! este sábado con sesión matutina incluida.